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El triángulo elegíaco en El amor en los tiempos del cólera

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El triángulo elegíaco en El amor en los tiempos del cólera

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El objeto de estudio de este trabajo será uno de los capítulos del libro Motivos y tópicos amatorios clásicos en El amor en los tiempos del cólera, de Manuel Cabello Pino, donde expone el tópico clásico del triángulo amoroso elegíaco. En este se encontrarían el amante pobre o pauper amator (Florentino Ariza), la amada codiciosa o avara puella (Fermina Daza) y el amante rico o dives amator (Doctor Juvenal Urbino). Por otra parte, tenemos a la alcahueta o lena, cuyo personaje concuerda con la Hermana Franca de la Luz. Y como motivos relacionados al mencionado triángulo, estarían los regalos a la amada o munera, y el tema del amor contra el dinero, o Amor vs Res.

 

El triángulo amoroso es un motivo muy usado por los poetas elegíacos de la Antigüedad Clásica, como Tibulo, Propercio y Ovidio. El pauper amator lo encontramos fielmente representado en Florentino Ariza, protagonista y víctima del desengaño amoroso. El amante pobre acostumbraba a ser un poeta que cantaba a la amada, renunciando a la vida activa y dedicándose al otium de la escritura amorosa, siendo precisamente esto lo que hace que la mujer se decida por otro hombre con mayor poder adquisitivo. Como avara puella tenemos a Fermina Daza, al principio niña y después mujer. En Fermina se da un cambio a través de los años que no llega a producirse en Florentino. Al principio, no solo acepta sino que corresponde sus pretensiones amorosas, pero después de un tiempo separados, vuelven a encontrarse, y Fermina cambia inmediatamente de parecer. Es entonces cuando aparece el doctor Juvenal Urbino (dives amator), mucho más centrado y nada romántico, con el que termina casándose.

 

La opinión que Manuel Cabello tiene sobre el personaje de Fermina es que la niña, a medida que pasan los años, deja atrás el romanticismo para ser más práctica y mirar más el lado económico. Es entonces cuando se convertirá en la amada codiciosa del triángulo amoroso y se casará con un doctor de prestigio y buena situación. Sin embargo, aunque Fermina termina por transformarse en la dama que su padre quería que fuera, en un primer momento decide seguir hasta el final con el poeta que la admira en la lejanía. Esta ilusión del amor se rompe cuando vuelve a verlo, pero no porque pensara que no podía darle una vida acomodada, sino más bien porque durante todo ese tiempo su relación se había basado en una idealización del amor y del amante. Pues cuando Florentino le pide que lea la carta en la que se declara, Fermina ni siquiera lo mira.

 

Sin apartar la vista del bordado, le contestó: «No puedo recibirla sin el permiso de mi padre».

 

Así pues, cuando vuelven a encontrarse unos años más tarde, Fermina se da cuenta de que nunca lo había querido, y que solo se trataba de una de las muchas locuras de la juventud.

 

Ella volvió la cabeza y vio a dos palmos de sus ojos los otros ojos glaciales, el rostro lívido, los labios petrificados de miedo, tal como los había visto en el tumulto de la misa del gallo la primera vez que él estuvo tan cerca de ella, pero a diferencia de entonces, no sintió la conmoción del amor sino el abismo del desencanto, y se preguntó aterrada cómo había podido incubar durante tanto tiempo y con tanta sevicia semejante quimera en el corazón.

 

Ya se ha hablado del amante pobre y la amada codiciosa. El tercer extremo del triángulo es el amante rico, el doctor Juvenal Urbino. Un hombre que “conquista” a la amada a base de regalos y bienes materiales. Se convertirá en el enemigo directo de Florentino, que esperará hasta su muerte para recuperar a Fermina. Esencial para la relación entre el doctor y Fermina, que en un principio siente rechazo hacia Juvenal, será la aparición de la Hermana Franca de la Cruz, que como  una alcahueta entrará en escena para convencer a su antigua alumna del regalo que sería para cualquier mujer un hombre con tan buena fortuna. Es curioso el hecho de que sea una monja la que interceda en favor de los bienes materiales; más, habiendo sido esta misma quien había expulsado del colegio a la niña por escribir una carta de amor a Florentino Ariza.

 

La Hermana Franca le entrega, además, un obsequio del doctor. Ya anteriormente habían entrado en escena los regalos a la amada o munera. El amante pobre regala constantemente serenatas y poemas a su amada, y esta a cambio le envía toda clase de regalos. Los munera del poeta, sin embargo, no tienen tanto peso como la vida acomodada que le puede ofrecer el doctor Juvenal Urbino, que la llena de caprichos, ya sean vestidos, viajes, o animales exóticos.

 

Por último, en el capítulo se trata el tema del amor en contraposición al dinero, motivos representados claramente en los personajes masculinos. Florentino Ariza, como dice Hidelbranda, «es feo y triste, pero es todo amor». Un poeta, un enamorado sin remedio, cuyo único consuelo lo encuentra en las relaciones sexuales con otras mujeres. Juvenal Urbino es todo lo contrario. No busca un matrimonio basado en el amor. No cree que sea necesario para la relación. Y cuando su mujer le grita lo infeliz que es, él contesta tranquilo: «Recuerda siempre que lo importante de un buen matrimonio no es la felicidad, sino la estabilidad».

 

En la antigua Roma, se propugnaba como ideal romano una vida basada en la milicia, el foro y la política, es decir, la vida activa a través de la que conseguir prestigio y riquezas. El amor, en muchas ocasiones, era incompatible con esta concepción de la vida. Pues los enamorados (buenos ejemplos son los poetas elegíacos), daban más importancia al ocio, a la escritura, esto es, a una vida pasiva. Esto provocaba la pérdida de su prestigio y su dinero. Tibulo escribe en una de sus elegías:

 

Non ego laudari curo, mea Delia: tecum

dum modo sim, quaeso segnis inersque vocer.

 

No me preocupa ser alabado, Delia mía,

siempre que esté contigo, ruego ser llamado vago e incompetente.

En El amor en los tiempos del cólera, Florentino Ariza representaría al poeta enamorado y pobre que renuncia a esa vida activa para dedicarse plenamente al amor, algo que sin duda, no ayuda en su relación con Fermina. Aun así, hay algo que diferencia a Florentino de sus predecesores, los poetas elegíacos, y es la persistencia en su amor a lo largo de los años, sin rendirse, y dándose cuenta de que si quiere tener una oportunidad con ella algún día, debe avanzar tanto personal como económicamente. Es así como pasa a la vida activa que quizás le hubiera dado el amor de Fermina.

 

El doctor Juvenal Urbino, sin embargo, está fuertemente ligado a esa vida activa, en la que no solo es un doctor de prestigio, sino que participa activamente en eventos sociales que puedan ayudar a avanzar a su ciudad natal; un claro reflejo del romano antiguo. Y por otra parte, en su vida personal, desecha  el amor para crear un matrimonio basado en la estabilidad económica.

 

Una vez que el doctor fallece a causa de un accidente, se da esa segunda oportunidad tan esperada por Florentino para reconquistar a Fermina, que ya es una mujer anciana al igual que él, y lo consigue a pesar de la opinión de los hijos de Fermina, que creen que el amor entre personas de avanzada edad es inapropiado. Esta idea también es muy usual en los poemas clásicos. Tibulo ya lo escribía en su elegía I.

 

Iam veniet tenebris Mors adoperta caput;

iam subrepet iners aetas, nec amare decebit,

dicere nec cano blanditias capite.

 

Ya vendrá la Muerte con la cabeza cubierta por la oscuridad;

Ya se insinuará la edad inactiva, y no será apropiado amar,

ni decir halagos con la cabeza cana.

 

Como se puede comprobar, El amor en los tiempos del cólera es una obra plagada de tópicos clásicos. Algunos se han tratado en otro trabajo y otros como la militia amoris o el servitium amoris se han dejado a un lado por cuestiones de espacio. Pero lo que está claro es que García Márquez ha echado mano de una gran recopilación de motivos de la Antigüedad Clásica para escribir una de sus obras maestras, y que detrás de El amor en los tiempos del cólera hay mucho más que una simple historia de amor atemporal.

 

Bibliografía:

 

  • García Márquez, Gabriel (1997), El amor en los tiempos del cólera, Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial.

 

  • Cabello Pino, Manuel (2010), El triángulo amoroso elegíacos. Motivos y tópicos amatorios clásicos en El amor en los tiempos del cólera, (pp.189-207), Huelva, Essan Grafic, S.L.

 

  • Tibulo (1990), Elegías, Salamanca, Edición, traducción y notas de Hugo Francisco Bauza, Europa Artes Gráficas S.A.

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Fue bonito ver el destino donde solo había casualidades. Dejé la puerta entreabierta por si algún día decidías volver, porque eras y sigues siendo la última pieza de un puzzle que quedó incompleto …

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Fue bonito ver el destino donde solo había casualidades. Dejé la puerta entreabierta por si algún día decidías volver, porque eras y sigues siendo la última pieza de un puzzle que quedó incompleto cuando te perdiste en el camino. El amor es un estado de la mente, no del corazón, me digo para aliviar la pesada carga, e intento engañar a la mente, para así apartar el dolor.

Me repito cada día que no volverás, que no merece la pena pensar. Envidio a aquellos que olvidan con facilidad. Quiero dejar de imaginar un futuro contigo. Me pregunto constantemente cuándo te irás de mi cabeza para no volver. Una parte, una pequeñísima parte de mí, sigue creyendo en ti. Pero no puedo, no quiero más. Me gustaría simplemente olvidarlo todo y seguir adelante.

El “fue bonito mientras duró” no me vale. No es suficiente. Aún no quiero entender que un bello pasado deba quedarse solo en una historia que contar; en un “debería haber sido más y no fue”.

“Lo habrás olvidado cuando seas capaz de contar tu historia sin llorar.” Y cuando pienso que lo voy superando, nuevas lágrimas llegan a mis ojos. Y recuerdo. Y no puedo creer que aquella fuera la última vez que nos vimos.

Quedaba tan poco… Ítaca estaba tan cerca que podía tocarla con la punta de los dedos. Y entonces, se esfumó sin dejar rastro. Y mis manos siguen heladas, y mis ojos cambian a la luz del sol. Nada ha cambiado. Nada excepto tú.

Madrid. Trenes de larga distancia. El canon en Re Mayor de Pachelbel. Y el panda y la Tigresa, que ya son tres. Y tres me hubiera gustado ser. Porque cuatro son los años. Porque cinco serán y yo seguiré aquí, sin más, quizás mucho más feliz o tal vez algo más apagada. Quizás más sabia y adulta, pero pequeña en mi interior. Y quizás entonces seas tú solo un hombre, un recuerdo sin nombre, una tarde en la playa mojando los pies en el mar. Y lo ansío y a la vez lo temo.

Y quizás, solo quizás, sea hora de cerrar la puerta y dejar de esperar.nostalgia.jpg

Yo solo intentaba no caerme

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Yo solo intentaba no caerme. Patinaba torpemente sobre esos zapatos de ruedas en líneas por un parque adornado con los colores del otoño. Fueron mis amigos los que vieron una pequeña figura oscura atravesar el camino y esconderse en unos matorrales. Parecía tan diminuta en las manos de aquel chico… Con sus ojos verdes y su agudos maullidos nos encandiló a todos, pero fui yo la que se ofreció para buscarle un hogar sin saber que desde ese momento, ya lo tenía. Esa tarde, yo solo intentaba no caerme, pero caí irremediablemente, y ahora Pantera se sienta junto a mí, al lado del teclado, mientras escribo esta brevísima historia. La historia de cómo conocí a mi pequeña alma gemela gatuna.

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Una senda de dioses y sonrisas

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De ese verano, recuerdo una carretera llena de mariposas que esquivaban con su frenético aleteo el coche que nos llevaba a tierras de leyenda.  También recuerdo el primer armadillo que vi en mi vida, caminando por el borde del camino hasta perderse entre la maleza, y a la familia de coatíes que habitaba en aquel parque natural que se abría a un mar pintado de turquesa, rodeado de playas de arena blanca y suave; la misma por la que caminábamos aquellas noches estrelladas.

Bajo un sol intenso y con el único apoyo de nuestras gorras y unas botellas de agua que se iban calentando con cada segundo, nos aventurábamos a subir a lo alto de templos, cuyas inclinadas escaleras parecían tocar el cielo. Sin duda, los mejores eran aquellos que, apartados de la sociedad y del turismo masivo, nos permitían soñar con tiempos pasados, complicados juegos de pelota y sacrificios realizados al Xibalbá en profundos cenotes.

Cuando el calor se hacía insoportable, invocábamos en broma al dios Chaac, que se encargaba de regalarnos aguaceros inesperados y nos obligaban a refugiarnos bajo la primera palapa con la que nos cruzáramos. La lluvia era un buen aliciente para detener nuestra ruta y saciar el hambre con sabores desconocidos para mí. Aún se me hace la boca agua al pensar en aquel pescado llamado Tikin xic que degustamos en Isla Mujeres mientras las nubes descargaban la voluntad de los dioses; o la cochinita pibil que devoramos, hambrientos, en la cena del hotel desde el que pudimos divisar las luces del espectáculo nocturno de Uxmal.

Por supuesto, no todo lo que comí fue maravilloso. Preferí borrar de mi memoria los nombres de aquellos platos que, por su exceso de picante y especias, reaccionaron como una bomba en mi delicado estómago y me obligaron a pasar algunos días a base de patatas cocinas y arroz blanco.

Él todavía se ríe por ello. Por ello y por el brinco que di al ver a mi lado al hombre disfrazado de guerrero maya que nos guio por la ruta del cacao, donde pude comprobar que el chocolate no está tan rico si no ha pasado antes por una serie de procesos para suavizar su amargo sabor. Prefería, sin duda, las marquesitas y los tamales de chocolate.

Me acuerdo también de los acantilados que daban al océano, del despertar en la cama colgante de una cabaña perdida de la mano de Kukulkán, donde solo se escuchaba la brisa, las olas al romper en la playa, y una respiración profunda y relajada a mi lado.

Y cómo olvidar las tortugas y los tiburones ballena con los que íbamos a nadar… y que fueron reemplazados por un pequeño y manso tiburón gata por mi miedo irremediable a todo ser vivo que pudiera tragarme con solo abrir la boca.

Recuerdo los viajes en barco, los animales y a las personas. A mi familia mexicana; a todo aquel que, estando en un país tan lejano, me hizo sentir como en casa. Cada pequeño gesto, cada mirada. Pero sobre todo, recuerdo las sonrisas, no tanto por lo que veía, sino por la persona con la que lo veía; mi guía particular, el compañero del viaje de mi vida montada en un coche viejo a lo largo de la Riviera maya.

 

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Ad sidera visus (resumen)

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Natalia es una gaditana de diecinueve años. Universitaria apasionada por la escritura, siente que le falta algo en su vida, y no halla la respuesta a sus inquietudes en Cádiz ni en San Fernando, a pesar de tener ahí buenas amigas y una relación estable, pero de la que solo recibe constantes dudas sobre su sinceridad y compromiso. Al otro lado del océano, está Héctor, de treinta años, que se hunde cada vez más en un profundo abismo del que no puede salir. Su matrimonio ha fracasado, su trabajo le esclaviza y su sueño de ser escritor cada vez parece más lejano.  Las letras, la web y la distancia entre dos continentes serán los factores a considerar en el destino que se les avecina. Natalia conoce a Héctor, y sin darse cuenta, le tiende un cabo para salir de las tinieblas en las que se había visto envuelto, y Héctor conocerá el mundo a través de los ojos de una mujer mucho más joven que él. Sin embargo, al conocerse comprenderán que no todo es tan fácil como parece, pues cada uno tiene una vida y un pasado que los ata, y personas interesadas que intentarán que lo suyo acabe antes de haber empezado.

Me olvidé de decir treinta veces más te quiero

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Me olvidé de decir treinta veces más “te quiero”. Me olvidé de decir que me gustaban tus manos grandes sujetando las mías, pequeñas y blancas, que contrastaban con el cobre de tu piel.

Me olvidé de decir que me hipnotizaba tu mirada enamorada en las que tantas veces me veía reflejada; que tu pelo estaba mejor sin engominar para que mis dedos pudieran perderse en él.

Me olvidé de decir que te necesito a cada momento, cuando me acuesto y me levanto, cuando camino por la calle, busco tu mano y no la encuentro.

Me olvidé de decir que me imagino qué dirás cuando río, lloro, me enfado o bromeo; cuando puedo con el mundo o el mundo puede conmigo.

Me olvidé de decirte que no te fueras, que no soltaras mis manos desesperadas. Me olvidé de decirte treinta veces más te quiero. Me olvidé de pedirte que te quedaras.