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Feliz no cumpleaños

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V

Feliz no cumpleaños

1

El hipnótico olor de la tienda de chuches se fue desvaneciendo a medida que se alejaron de ella. El paquete de palomitas que Carmen llevaba en la mano se vaciaba con igual rapidez. Natalia volvió a meter la mano como si fuera un gancho y atrapó un puñado que se llevó a la boca. Tomaron asiento en la entrada del Bahía Sur, y no hablaron hasta acabar la bolsa.

¿Estás nerviosa porque llegue mañana? —le preguntó Carmen, sacudiéndose las manos de restos de palomitas.

¿Nerviosa por qué? —inquirió Natalia, que todavía masticaba su último puñado.

Carmen hizo un gesto de obviedad.

Mañana es tu cumpleaños.

Natalia arqueó las cejas.

¿Mañana ya?

No llevaba bien la cuenta de los días. A esas alturas todavía se encontraba algo desorientada en cuestión de tiempo.

Sí, mañana —confirmó Carmen—. ¡Qué cabeza tienes!

No sé en qué día vivo —bromeó.

Carmen hizo una bola con el paquete de palomitas e intentó encestarla en la papelera más cercana.

¿Y vas a celebrarlo como todos los años?

La verdad es que no pensaba celebrarlo —se sinceró ella.

¿Por qué?

«Porque es como si ya lo hubiera hecho.»

Pues, porque es un follón —improvisó—. Hay que comprar mucha comida, para que después la mitad sobre; los invitados llegan tarde, y si no, se van temprano. Me llevo todo el día organizándolo con la mayor ilusión para que los demás no se preocupen ni por la hora.

Pero diecinueve años no se cumplen todos los días.

«¿Diecinueve? Habría jurado que ya eran veinte.»

Ya…

Carmen se dio cuenta por su expresión y por su tono de voz de que ese año, su fiesta no era una prioridad para ella. Como si realmente no le hiciera ilusión; como si no fuera su cumpleaños.

Dejaron su asiento en el Bahía Sur y caminaron de regreso a casa. La noche había caído hacía media hora y el aire frío les calaba los huesos. Natalia pensó que el tema de su cumpleaños había quedado en el olvido, pero cruzando el puente que llevaba a la estación, Carmen volvió a la carga.

Bueno, ¿al menos saldremos a dar una vuelta? —propuso—. Tengo que felicitarte como es debido.

Claro. Saldremos.

2

Carmen colgó el móvil.

Dice Marina que ha tenido un contratiempo y que va a tardar un poco. ¿Vamos hacia su casa para darle el encuentro?

Natalia se encogió de hombros.

Como quieras.

Salieron de la Plaza del Rey en dirección a la Alameda, donde se hallaba la casa de Marina. Natalia se subió hasta el cuello la cremallera de su abrigo. El sol se ocultaría en un rato y la temperatura empezaba a caer en picado.

No entiendo cómo, viviendo tan cerca, siempre llega tarde —comentó Natalia, encogiéndose cuando una fría ráfaga de viento las golpeó en la cara.

Y nosotras, que somos las que más lejos vivimos, siempre llegamos antes de tiempo.

Natalia señaló al cielo. Una gran nube negra amenazaba con descargar más que agua. Un trueno resonó en la ciudad.

Deberíamos darnos prisa, o nos vamos a mojar.

Caminaron a paso rápido hasta la Alameda y llegaron al portal de Marina. Natalia llamó al telefonillo. Segundos más tarde, respondía su amiga.

¡Marina, somos nosotras! ¿Bajas?

Aún me falta un poco. Subid —le pidió.

En la puerta se oyó un chasquido y Carmen empujó justo antes de que empezaran a caer las primeras gotas de lluvia. Nada más cerrar, las chicas escucharon otro trueno, y el sonido que hubo a continuación fue como si el cielo se hubiese desprendido y hubiese chocado contra el suelo. Curiosas, volvieron a abrir la puerta y vieron como una cascada de agua caía sobre el parque de la Alameda.

Madre mía…

Por los pelos.

¿Estás segura de que quieres salir con este tiempo? —le preguntó a Carmen.

Su amiga vaciló.

Tal vez Marina nos deje quedarnos a ver una película…

Subieron al primer piso y llamaron un par de veces a la puerta. Marina abrió la puerta un poco apurada. Parecía nerviosa.

¿Habéis oído eso? —les preguntó nada más entrar—. Está cayendo una buena.

Eso es lo que yo estaba diciendo —dijo Natalia—. No sé si vamos a poder salir con ese chaparrón.

Marina les pidió que dejaran sus cosas en la entrada y las guio hasta el salón. Carmen entró antes que Natalia. Todo estaba oscuro y en silencio. De fondo, solo se escuchaban los truenos y la lluvia caer.

Qué tétrico —comentó Natalia.

Esperad, que enciendo la luz.

Marina pulsó el interruptor y a la vez que se iluminaba la habitación, un montón de globos de colores cayeron sobre las chicas.

¡SORPRESA! —gritaron todos los invitados.

Natalia miró a su alrededor. Estaban todos: Rocío, Teresa, América, Miriam, Gema, Natanael y David. La mesa estaba puesta. Había refrescos, empanada, patatas de varias clases, tortillas… La estancia estaba decorada con montones de globos, serpentinas y una pancarta que rezaba: «¡Felicidades, Natalia!»

Natalia sonrió cuando sus amigos se abalanzaron hacia ella para felicitarla por sus diecinueve años.

La madre que os parió… —murmuró.

Marina enchufó la cadena de música y empezó a sonar una canción de una canción antigua, que enseguida varios de los presentes comenzaron a corear.

No te lo esperabas, ¿eh? —preguntó Carmen.

Qué capulla eres…

Natalia le dio un abrazo. David esperaba solo a uno de los lados de la mesa a que la masa de gente se dispersara. Cuando todos la hubieron felicitado y la fiesta dio comienzo de verdad, se acercó.

Felicidades.

Natalia notó que ni siquiera había hecho el amago de abrazarla.

Gracias —le sonrió—. Conque tú también te habías aliado con ellas…

Yo no he hecho nada. Realmente, casi todo lo han organizado tus amigas —aclaró.

Cuando el silencio empezaba a hacerse presente entre ellos, David resolvió que lo mejor sería unirse a la fiesta e ir a comer algo con los demás. Se inclinó sobre ella y le dio un pico soso.

Durante la merienda-cena, los invitados colmaron de regalos a la cumpleañera. Todos hablaban, cantaban y reían. Todos menos David, que parecía estar en otro mundo. No hablaba con nadie. Si acaso, intentaba poner el punto cómico con algún comentario ingenioso de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo permaneció callado, casi sin tocar la comida —a excepción de las patatas fritas—. Natalia sabía que David no se sentía cómodo entre gente «desconocida», pero su actitud pasiva le cortó el buen rollo más de una vez. Se fijó en que miraba su reloj de pulsera cada pocos segundos. Estaba deseando salir pitando de allí. Natalia imaginó lo que ocurría. Esa noche jugaba el Barcelona. No podía haber otra explicación.

Minutos más tarde, se confirmó su teoría. David se acercó a su oído y habló en voz baja.

Oye, hoy juega el Barça. ¿Te importa si me voy ya?

Natalia apretó la mandíbula. A eso precisamente se refería cuando le dijo a Carmen que había gente que tenía mucha prisa con marcharse.

Te das cuenta de que estás cambiando mi fiesta de cumpleaños por un partido de fútbol, ¿verdad? —le dijo con ojos inquisitivos. David se puso muy serio. Natalia mostró indiferencia ante su expresión—. Puedes irte.

David no dudó en tomarle la palabra. Cinco minutos más tarde salía de casa de Marina con dirección a la suya. Con suerte, llegaría antes de que su equipo marcara un gol. Natalia sofocó una risilla molesta. Al fin y al cabo, no se había sentido tan mal por su comentario.

¿Adónde va David? —le preguntó América.

Tiene cosas que hacer —respondió Natalia.

Prefería no dar detalles, y menos a ella. Le avergonzaba reconocer delante de sus amigas que su novio prefería un partido de fútbol a pasar con ella ese día especial. América no le dio importancia a su respuesta. Estaba demasiado ocupada examinando de arriba abajo a Natanael.

Oye, tú amigo está muy bueno. ¿Tiene novia?

No, que yo sepa.

Bueno, y si tiene, tampoco pasa nada —le dijo, guiñando un ojo.

América se lanzó de lleno hacia su víctima. Lo agarró de la mano y lo invitó a bailar. Natanael parecía un poco incómodo, sobre todo cuando América movía las caderas demasiado cerca de él, pero esperó a que acabara la canción para escabullirse al baño.

Buah, tu amiga no se corta, eh —le dijo Gema, pegando un trago a su bebida—. Mira cómo ha salido huyendo el pobre Natanael.

Las dos empezaron a reír. Natalia se sintió algo culpable. Natanael no conocía a nadie allí a excepción de sus compañeras de piso; para empeorar la situación, era el único hombre en la fiesta. Lo que le faltaba era que América se pusiera a acosarlo. Sintió compasión por él y se levantó de la mesa.

Creo que va a ser mejor que vaya a buscarle.

Salió del salón y caminó hasta el baño. La puerta estaba abierta. Natanael aún estaba dentro, acariciando a uno de los gatos de Marina, que acostado encima del lavamanos, se dejaba hacer sin protestar.

Ese gato suele ser muy arisco. Qué raro que se deje tocar —dijo Natalia.

Natanael le indicó que entrara con una señal, y Natalia cerró la puerta tras sí.

¿Qué haces aquí? —dijo ella entre risas.

Escapando de tu amiga, la acosadora —respondió.

Natalia se echó a reír.

¿En serio?

No, solo he venido a refrescarme —dijo, abriendo el grifo y metiendo las manos bajo el chorro de agua. El gato saltó del mueble y arañó la puerta para salir. Natalia se la abrió y el animal corrió por el pasillo.

He visto que David se ha ido —comentó Natanael como quien no quiere la cosa mientras se secaba las manos—. ¿Ha pasado algo?

Hoy juega el Barcelona —explicó.

¿Se ha ido a ver un partido de fútbol? —inquirió el chico, sorprendido.

Sí… —respondió ella, hastiada de la situación que vivía con su pareja.

Recargó su espalda contra la puerta del baño y se cruzó de brazos. Natanael se acercó y colocó las manos sobre sus hombros. Natalia resopló.

¿Estás bien?

Solo muy harta —murmuró con la vista clavada en el suelo.

Natanael la apretujó entre sus brazos.

Siento decirlo…, pero tu novio es idiota.

Natalia empezó a reír de nuevo y le correspondió el abrazo. No podía estar más de acuerdo con lo que había dicho.

No estés triste. Es tu cumpleaños.

Regresaron al salón. Sonaba una canción de El Canto del loco. Natanael guio a Natalia hasta la pista, la agarró por la cintura y al ritmo de la música empezó a dar saltos a lo largo y ancho del salón.

Y es que la madre de José me está volviendo locooooo —cantaba—. Y no la voy a dejar porque lo siento y siento todoooo.

¿Qué culpa tengo yo si esa puerta no la he abierto? —entonaron a la vez.

Natalia empezaba a divertirse de verdad. Miriam, Gema y Teresa se unieron a su baile enloquecido mientras América y Rocío charlaban en la mesa. Carmen entró por la puerta ayudando a Marina con una gran tarta de galleta, chocolate y nata que contenía dos velas con el número 19. Los invitados comenzaron a cantar el cumpleaños feliz.

¡Pide un deseo!

Natalia sopló las velas un segundo después. Teresa metió el dedo en la nata y le pringó la nariz a Natalia con ella. Rocío se encargó de cortar la tarta y repartir los trozos. Para entonces, Natalia ya no se acordaba del feo desplante de David. Solo pensaba en su deseo, y en si este se haría realidad.

3

A las siete de la tarde decidió marcar el número de teléfono. Lo había estado meditando desde hacía varios días. Había pasado horas dándole vueltas al asunto, y a medida que se acercaba el momento, peor se encontraba y se acentuaban sus ganas de permanecer en casa. Sabía que para él era un día importante, como para cualquier pareja lo sería, pero para ella había perdido todo valor. Le parecía un día como otro cualquiera; incluso más deprimente que uno normal. Recordó su cumpleaños, y cómo David de había ido aun sabiendo que era un día importante para ella. ¿Por qué no podía hacer lo mismo? Ojo por ojo…

Después de un par de tonos, David contestó con desgana.

¿Qué pasa?

«Tan romántico como siempre», pensó Natalia.

Natalia se tiró en su cama.

David, escucha. No me encuentro bien. ¿Podemos dejarlo para otro día?

No había mentido. El solo pensar en una «velada romántica» con ese chico le revolvía las tripas.

¿Otro día? —preguntó, sorprendido—Natalia…, es nuestro aniversario.

Ya, pero creo que tengo destemplanza.

¿Y si esperamos un poco, a ver si mejoras? —sugirió David.

Natalia exhaló un suspiro e hizo rechinar los dientes. David nunca podía ver por su bienestar. ¿Qué importancia tendría una fecha, un simple número en el calendario, si tu pareja estaba enferma? Para él era lo contrario: ¡qué importaba que su pareja se sintiera mal si el calendario decía que cumplían un año!

David, si salgo y cojo frío me pondré peor —dijo con un tono lúgubre.

Si te abrigas bien…

¡David, que no! Joder, que parece que es más importante celebrar un número que la salud de tu novia.

Lo siento, es que tenía muchas ganas de que llegara esta noche —comentó con tono lastimero.

Hay muchos días. Lo celebraremos cuando me encuentre mejor.

Está bien —por su voz, parecía desilusionado—. Mañana te llamo para ver si estás mejor.

De acuerdo. Un beso.

Oye…, ¿pero está todo bien?

Sí. Solo quiero descansar.

Vale. Te quiero.

No le devolvió el te quiero. Solo colgó y dejó el móvil encima de la mesa, aliviada. Se había quitado de encima una carga que ya empezaba a pesarle en los hombros. Sabía que lo había hecho sentir mal, pero tenía que empezar a pensar en su propio bien. A veces, es bueno ser un poco egoísta. Y es que solo imaginarse delante de él en esa mesa, con ese ambiente romántico, recibiendo regalos y besos que no quería, hacía que le entraran náuseas. Y no, no estaba dispuesta a pasar ese mal trago. Se dio la vuelta y cerró los ojos. La preocupación le había costado demasiadas horas de sueño, y las ojeras empezaban a ser dolorosamente visibles. Sentía que le ardían ojos y sienes. Necesitaba dormir aunque fuera un rato, pero no lo consiguió. Los pensamientos y los recuerdos la retenían en el mundo real. Finalmente, decidió que lo mejor sería darse una ducha y escribir un rato. Con tantas cosas que tenía en la cabeza, hacía tiempo que no se plantaba frente al ordenador y tecleaba sin descanso, componiendo lo que ella llamaba «su best-seller».

El agua sobre su cabeza calmó un poco el dolor, y para cuando se sentó delante del portátil, dispuesta a dejar que su imaginación volara, prácticamente ni se acordaba del sueño que tenía acumulado.

Eran las nueve de la noche cuando sonó el timbre de su casa. Refunfuñó. Cuando más concentrada estaba, tenían que llegar a interrumpirla. Con paso lento y cansado, caminó hasta la puerta entre suspiros y quejidos. Su madre nunca llegaba tan temprano. ¿Por qué justo ese día, que necesitaba un poco de soledad, se adelantaba casi una hora? Pero cuando abrió la puerta y descubrió que no era su madre la que esperaba tras ella, deseó haberse hecho la tonta —o la sorda—, y no haber abierto.

Hola, bonita.

Natalia apoyó la cabeza contra la puerta. Era David. Con una rosa en una mano y una bolsa de regalos en otro.

«Genial… »

David entró sin esperar un segundo, como si presagiara que su novia iba a cerrarle la puerta en las narices. Natalia lo pensó por un momento. No, hubiera sido demasiado cruel.

¿Qué haces aquí? —su voz sonó como si realmente estuviera enferma.

Pensé que si no podemos salir a la calle, podía venir a tu casa a celebrarlo aquí, los dos… tranquilitos.

Arqueó una ceja. ¿Acaso ese imbécil estaba pensando en lo que ella creía que estaba pensando? ¿Acaso sus ojeras, su voz y su cara no le convencían de que no se encontraba bien? Cerró la puerta más fuerte de lo que debía mientras David tomaba asiento en el sofá y comenzaba a molestar a Pantera, que se encontraba dormida en uno de los reposabrazos.

Podemos cenar aquí, si quieres —comentó, mirándola de arriba abajo—. Aunque yo no te veo tan mal. ¿Estás segura de que no quieres salir?

Las pulsaciones de Natalia comenzaron a subir de pronto. Cerró los puños y respiró hondo. Las náuseas hacían de nuevo aparición, y esta vez estaba segura de que vomitaría.

Tengo que ir al baño —anunció.

Se encerró en el cuarto y se acercó al retrete por si las ganas de vomitar aumentaban. Las pulsaciones le disminuyeron poco a poco, los ojos se le humedecieron, comenzó a sentir sudores fríos por todo el cuerpo. Intentó tranquilizarse, pero ese chico conseguía sacarla de quicio. Probó a vomitar, pero no lo consiguió. Empezó a sentir debilidad en todo el cuerpo. Le temblaban las manos y los sudores fríos iban en aumento. Tenía un calor insoportable y por un momento creyó que se caería al suelo. Se apoyó en el lavamanos y levantó la mirada. La imagen que le devolvió el espejo fue la de una chica pálida, con los labios tan blancos como la nieve.

Salió del baño tambaleándose y llamó a David con la fuerza que le quedaba. El chico corrió hasta el pasillo, donde la encontró apoyada contra la pared, a punto de caerse al suelo.

¡Natalia! ¿Qué te pasa?

Me encuentro fatal…

La agarró como pudo y la ayudó a llegar al sofá. La chica se tendió de cualquier manera. No tenía fuerzas para mover un solo dedo. David se sentó a su lado e intentó darle un poco de viento con una revista.

Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado?

Natalia respiraba agitadamente, como si le faltase el aire.

Sentía que me caía al suelo. Tengo mucho calor, sudores fríos, ganas de vomitar…

Sonaron unas llaves en la entrada. Ambos agradecieron que Sandra apareciera por la puerta, cargada de bolsas. Cuando vio a Natalia tumbada en el sofá, mortalmente pálida, y a su novio abanicándola, las soltó y se abalanzó hacia el sofá.

Gorda, ¿qué te pasa?

De repente ha dicho que se encontraba mal. Dice que tiene ganas de vomitar, mucho calor, que no tiene fuerzas —explicó rápidamente David.

Eso es una bajada de tensión. Voy a por el tensiómetro.

Sandra desapareció por la puerta del pasillo. Natalia miró a David con los ojos entreabiertos. Parecía muy angustiado, y sobre todo, asustando. Una parte de ella sintió rabia al saber que aquello le había ocurrido por el descontrol emocional que ese chico provocaba en ella cada vez que la ponía de los nervios; pero la otra se compadeció y se sintió culpable al verle allí, tan preocupado, tomándole la mano. ¿Acaso estaba siendo demasiado dura con él…? ¿O demasiado blanda?

Sandra llegó con el tensiómetro. Se lo colocó a Natalia en la muñeca izquierda y esperó a que diera los resultados.

7 la alta, 3 la baja. Tienes la tensión por los suelos. Pon los pies en alto.

Sandra colocó los pies de su hija sobre un cojín y le pidió a David que fuera en busca de una botella de Coca-cola que había en el frigorífico. Con la bebida dulce, Natalia recuperó poco a poco el color y las fuerzas. Pero después de aquello, cerró los ojos y se quedó dormida. Las horas de sueño perdidas, la presión y sobre todo la tristeza habían podido con ella.

4

¿Estás mejor?

Sí.

Ayer no pude despedirme de ti. Te quedaste dormida y me daba pena despertarte —se explicó como si hiciera falta. Para Natalia no fue un disgusto, sino un alivio no verlo allí al despertar. Estaba casi segura de que había sido por su culpa la bajada de tensión.

No importa.

«Aunque si de verdad estabas preocupado, te hubieras quedado hasta que despertara…»

Oye…, siento haber sido tan pesado.

Natalia sonrió con ironía. Una lástima que a través del teléfono no se pudieran ver las expresiones de la cara.

¿Tan pesado? ¿Por qué lo dices? —Su tono era claro: no solo sabía a lo que él se refería, sino que estaba molesta por ello. Aun así, David le siguió el juego. Estaba seguro de que si no lo hacía, sería peor.

Debo reconocer que creía que estabas fingiendo que te encontrabas mal para no ir a cenar conmigo. Últimamente, con todo eso de los sueños has estado muy distante…

Pues espero que a partir de ahora empieces a creerme cuando te digo que estoy enferma —dijo con una voz dura.

Lo siento de nuevo.

Está bien —dijo después de unos segundos—. Tengo que irme a la cama. Mañana tengo clase a primera hora.

Buenas noches, pequeña.

David…

¿Sí?

Pensó si debía decir lo que tenía en mente o callárselo. Si lo decía, haría sentir mal a David, pero si se lo callaba, sería un asunto más al que darle vueltas en su cabeza. Y el cupo ya estaba bastante lleno.

Aunque hubiera sido mentira que me encontraba mal, no puedes obligarme a estar contigo si no quiero. Buenas noches.

Colgó antes de que pudiera responderle. No quería empezar una discusión que no terminaría nunca. Lo único que pretendía era que sus palabras calaran hondo en él, y que reflexionara un rato. Se metió en la cama, más triste y cansada que el día anterior. Ya no era David el único tema que la agobiaba. Pasaban los días y las semanas, y cada día entraba a Internet en busca del esperado mensaje de Héctor, sin resultado. A veces, se desesperaba tanto que lloraba de pura angustia. Quizás se estuviera volviendo loca. Seguramente sería eso. Un sueño la había trastornado. ¿Qué otra explicación podía tener?

Héctor Ignacio García no existía. Ni siquiera había conseguido dar con él en las redes sociales. Solo era alguien que había creado su imaginación; y eso era algo que le dolía en lo más profundo de su alma, porque al haber podido comparar al que hubiera sido el hombre de su vida con la persona que actualmente estaba a su lado, sufría como una condenada. Sin embargo, y a pesar de que empezaba a convencerse de que todo aquello no era real, a menudo ocurrían cosas que había visto en su sueño, y tenían que pasar por situaciones que estaba segura de haber vivido. A menudo, cuando se hallaba en una escena que su cabeza conocía de sobra, pensaba en lo que iba a acontecer, y efectivamente ocurría. Y así pasó el tiempo, un tiempo que en su mente ya había transcurrido hacía mucho, y un día se dio cuenta de que no podía estar tan loca como para conocer el futuro, y que si estaba pasando por todo eso solo podía significar dos cosas: o que volvía a soñar, o que realmente había vivido todo aquello.

Libertad

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Libertad

1

Irene se secó las lágrimas con fuerza. ¡Dios! Si ya se había sentido humillada con el rechazo de Héctor, el mensaje que acababa de leer había acabado de hundirla. ¿Cómo era posible que una escuincla que contaba diez años menos que ella le hablase así? Había tenido el coraje de enfrentarla y de decirle que ella no era nada para Héctor. Golpeó el teclado con fuerza.

¿Nada? Ella había mantenido con él una relación de cuatro años y llevaban tres casados. ¿En serio pensaba que ella no era nada?

Quiso contestar el mensaje, pero ¿para qué? Pelear con esa niña no le traería ningún beneficio; solo dolores de cabeza. Se había equivocado de objetivo. Era a Héctor al que tenía que atacar. Debía echarle el anzuelo de distintas maneras hasta que se decidiera a picar. Al fin y al cabo, ella podía ofrecerle una vida en pareja, una economía…, quizás un hijo. ¿Qué podía darle esa niña?

Gruñó. Sí, ya sabía lo que podía ofrecerle una veinteañera…

Tenía que cambiar de estrategia. Si ofrecerse directamente y amenazar no surtía efecto, tendría que pasar a la última fase, aunque esta llevara más tiempo del que le gustaría. Recurriría al mejor aliado que tenía una mujer a la hora de conquistar a un hombre: los celos.

2

Ese día, cuando Héctor llegó a casa de trabajar, se tumbó directamente en su cama sin deshacerse del uniforme del trabajo. Exhaló un suspiro y cerró los ojos. No tenía ganas de nada. Solo quería dormir. Desde hacía tres días parecía un muerto viviente. Apenas comía, apenas dormía, y solo salía de casa para ir a trabajar. Había dejado de contestar los mensajes de Natalia, y de responder las llamadas de todo aquel que quisiera contactar con él. Los últimos acontecimientos habían terminado de hundirlo en la depresión.

Se había sentido profundamente triste cuando había tenido que separarse de Natalia hacía ya unos meses; la rutina lo había abatido, y su trabajo solo lo asfixiaba y amargaba cada día más. Después estaba Irene, que seguía dando guerra, e incluso había llegado a meterse con Natalia; y ella se había defendido, como era lógico. Pero eso no hacía más que preocuparlo. Después estaba la maldita casa en la que vivía, que no hacía más que traerle quebraderos de cabeza. Era demasiado grande y en consecuencia, demasiado cara para él. Debía quitársela de en medio cuanto antes, pero el banco tampoco se lo ponía fácil.

Y además estaba el tema del divorcio, que parecía no salir nunca.

Había perdido el apetito con tantos disgustos. Por las noches tenía pesadillas que lo martirizaban y no le dejaban descansar. Sus jefes se aprovechaban de él y del resto de sus compañeros. Al principio se había puesto de un humor de perros, pero cuando este pasó, solo había quedado la tristeza, y esta había derivado en una pequeña depresión que no le dejaba ganas para hablar con nadie, y mucho menos para escribir.

Y después…, esa maldita pesadilla que le revolvía el estómago.

El móvil vibró y se iluminó la pantalla.

Abrió los ojos débilmente. Sabía que era Natalia, su pequeña, a la que tanto necesitaba en esos momentos. Pero ella no estaba allí y hablar con ella sabiendo que no podía siquiera tocarla lo ponía peor. Así que ni siquiera miró el mensaje, y simplemente apagó el móvil.

Se volvió en la cama. Sentía la necesidad evadirse del mundo. Imaginar que todo estaba solucionado. Que ya se había divorciado, que al día siguiente no tendría que ir a trabajar, que había vendido su casa por un precio razonable y que podría dejarlo todo para irse a España con su chica. Antes de quedarse dormido, rio. Ojalá las cosas fueran tan fáciles.

3

¿Esperamos a alguien? —refunfuñó Natalia, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Pensaba que íbamos a la tetería a tomar algo.

Marina buscaba con la mirada por los alrededores del ayuntamiento, pero no faltaba nadie. Estaban todas.

¿Un batido helado? —preguntó Carmen.

¡Para el calor! —exclamó a modo de queja.

Ya nos vamos —la tranquilizó Marina—. Es que he quedado aquí con alguien.

¿Se puede saber con quién? —curioseó Rocío.

A ver, desde que nos enteramos de las mentiras de América, he estado indagando —explicó—. América me había contado que, estando en el instituto, había tenido una novia. Una tal…

Raquel —se adelantó Carmen.

Natalia hizo una mueca, como si el solo recuerdo de aquella chica le entrara escalofríos.

Sí, la recuerdo. La que era medio gótica, medio machorra… Así, con el pelo corto tapándole los ojos —señaló, gesticulando con las manos—. Nunca me cayó bien. Nos miraba raro.

Es que era rara —puntualizó Carmen.

Y siniestra…

Marina las miró alternativamente con semblante preocupado. A partir de la descripción que sus amigas acababan de hacer de la ex de América, podía imaginar una persona seria y antipática. Se llevó la mano a la boca de manera pensativa, y cuando las chicas le devolvieron la mirada, se sintió obligada a desviarla.

Bueno, y ¿qué pasa con ella? —preguntó Teresa.

Marina hizo un gesto con la mano, restándole importancia a lo que iba a decir.

Nada, que la he invitado a venir con nosotras.

El silencio se hizo en el grupo de forma repentina. Las chicas se miraron entre todas, y después fulminaron a Marina.

¿Qué?

¿La has invitado a venir? —preguntó Natalia—. ¿Para qué?

La localicé por medio de unos amigos de América y estuve hablando con ella de todo lo que había pasado. Se interesó mucho. Dijo que tenía cosas que contarnos —se explicó rápidamente—. De hecho, fue ella quien me pidió que quedásemos.

Madre mía… —suspiró Carmen.

¿Tan mala es? —quiso saber Teresa.

Carmen inclinó la cabeza y se encogió de hombros.

Siempre puede haber mejorado el carácter.

¡Mirad, allí viene! —dijo Marina, agitando en alto la mano—. No me parece tan gótica ni tan machorra…

Natalia se dio la vuelta para intentar localizar entre la gente que caminaba en la calle Real a la única chica de aspecto siniestro, tanto en semblante como en atuendos. Para su sorpresa, lo único que vio fue una joven con la cara despejada y ropa colorida que le resultaba extrañamente familiar.

Vaya…, pues al parecer sí que ha cambiado —comentó Carmen.

¡Pero si yo a esa la conozco! —exclamó Natalia—. Está en mi clase. ¿No recordáis lo que os conté sobre una niña lameculos que llegó diez minutos tarde a un examen y se puso a llorarle al profesor?

Teresa se fijó mejor en ella, pues sin gafas no veía bien de lejos.

¡Hostia, es verdad! ¡Es Raquel!

¿Esa es? —preguntó Carmen en voz baja, pero ninguna quiso seguir con el tema al ver que la chica se acercaba con rapidez.

Raquel mostró una sonrisa al llegar al grupo y saludó a Marina primero.

Hola, ¿qué tal?

Fue presentándose a todas las integrantes. Al llegar a Carmen, solo le dio dos besos, seguramente porque la recordaba de años pasados. Saludó a Teresa como siempre hacía en clase, pero cuando se acercó a Natalia, pasó algo extraño: la expresión de su cara cambió casi imperceptiblemente. Natalia atisbó un brillo de preocupación en sus ojos y cómo su sonrisa se deshacía. Dudó un momento, y finalmente, al ver que Natalia no reaccionaba de ninguna forma, la saludó como a todas las demás.

Natalia visualizó en su mente las ocasiones en las que había coincidido con su compañera en la clase y esta ni siquiera se había dignado a saludarla. Pero eso no era todo. Cuando la veía por los pasillos, bajaba la mirada o hacía como si no la hubiera visto. Solía evitarla y no sabía por qué.

Ya en la tetería, Raquel les explicó todo lo acontecido en su relación con América, y cómo esta había seguido persiguiéndola por años.

En realidad, yo no quería salir con ella —explicó, llevándose su taza de café a los labios—. De hecho, dudo que esa niña haya sido alguna vez lesbiana. O bisexual. —Hizo una pausa para pensar—. Sí, bisexual. También le gustaban los chicos. Estuvo liada con un par de mi pandilla.

Esa le da a todo. Si pudiera, se tiraría a su perro —comentó Natalia.

Rocío rio.

¿Quién te dice que no lo viola cuando sus padres no están?

Las chicas empezaron a reír. El camarero les suplicó con la mirada que mantuvieran el orden y el silencio cuando les llevó los batidos e infusiones que quedaban.

Ufff…, sus padres. Cuando descubrieron que estábamos juntas, la llevaron a un psicólogo. No podían admitir que su hija fuera una «desviada». Palabras textuales. O al menos, eso decía ella.

¿Y cortasteis por eso? —preguntó Marina.

Si sus padres no nos hubieran separado, yo habría terminado dejándola —aclaró—. Como ya os he dicho, yo no quería salir con ella. Pero insistía e insistía… Fue ella quien me entró la primera vez.

¿Te besó? —preguntó Teresa—. ¡Qué fuerte!

Bueno, fue un pico…

Y ¿qué más? ¿Qué más?

Pues, se comportaba siempre de forma muy rara. Decía muchas tonterías… ¡Incluso un día me dijo que era bulímica! Obviamente, no me lo creí.

¡Hala, otra enfermedad más! —exclamó Teresa, echándose a reír.

Leucemia, cáncer de laringe, bulimia… ¿Quién da más? —bromeó Natalia.

Además, después empezó a inventar cosas. Que yo la acosaba, que no la dejaba en paz… ¡Y era ella la que no me dejaba en paz a mí! ¿Os podéis creer que hace poco me mandó una foto medio en pelotas?

¿Qué dices?

¡Sí, en ropa interior! Pero vamos, que se le veía casi todo.

¡Qué asco! —exclamó Marina—. ¿Y no te traumatizó?

Entre risas y bromas variadas sobre la “esbelta figura” de América, Natalia miró disimuladamente a Raquel mientras bebía de su batido. Su perfil, su pelo, sus gestos, su ropa… La había visto en alguna parte además de la Universidad, estaba segura, pero su desastrosa mente no le permitía recordar dónde.

Por un instante, se le ocurrió pensar que quizás esa sensación de familiaridad venía de cuando la había conocido, años atrás. Pero no; estaba demasiado cambiada. Había algo más. No era su cara, era su perfil… La había visto de espaldas en alguna parte.

Bueno, si te dijésemos la de cosas que ha inventado de nosotras… —intervino Carmen—. ¡Que somos homófobas, dijo de esta y de mí! —señaló a Natalia, que se hallaba en su mundo.

¡Claro, a mí me dijo lo mismo de vosotras! Por eso, no me caíais bien.

Fue en esa frase en la que Natalia levantó la mirada con los ojos muy abiertos. No le caía bien.

«No le había caído bien… en el pasado», corrigió su mente. A su cabeza llegó una imagen clara, nítida: una chica de espaldas. Pelo negro azabache. El mismo cuerpo, los mismos gestos. Se gira hacia su novio para decirle algo. No le ve la cara, solo el perfil.

Apretó el vaso con ambas manos. Ya sabía dónde la había visto antes.

¿De verdad? ¿Por eso era? —Carmen no pudo evitar sorprenderse.

Qué hija de puta… —murmuró Natalia.

Raquel fijó la vista en Natalia, que le clavaba la mirada como si fueran mil puñales. Supo entonces que el insulto no iba dirigido precisamente a América. Por fin la había reconocido.

Apuró su café y sacó su monedero.

Chicas, tengo que irme. Ha sido un placer —dijo, dejando un par de monedas encima de la mesa.

¿Ya te vas? Pero si acabamos de llegar —se quejó Rocío.

Lo sé, pero tengo un compromiso. Lo siento.

Y sin decir nada más, salió del lugar como alma que lleva el diablo. Todas sabían que algo la apuraba. Su semblante había cambiado. Parecía realmente incómoda por Dios sabía qué.

Natalia se levantó, dejando su bolso y su batido en la mesa.

Ahora vuelvo —dijo—. Se me ha olvidado decirle una cosa.

Salió corriendo de la tetería, dispuesta a alcanzarla. Ya debía haber cogido carrerilla para alejarse de ella lo más pronto posible. Natalia la vio bajando la calle a paso rápido. Corrió detrás de ella y la llamó por su nombre. No quería insultarla de nuevo, solo necesitaba una explicación.

Raquel se paró con el corazón a mil por hora, dispuesta a enfrentarla. Solo esperaba que esa chica no recurriera a la violencia. Se dio la vuelta y la miró a los ojos. Natalia se apoyaba en sus rodillas y cogía aire después de la carrera.

Eres la ex de David. —No era una pregunta.

La chica asintió lentamente.

¿Pero tú no eras lesbiana?

Soy bisexual —aclaró con voz tranquila—. No creas que me copié de América. Más bien, América se copió de mí.

No me jodas…

Oye, no quiero pelea —dijo, levantando las manos en señal de paz.

Yo tampoco. Solo aclarar dudas.

Raquel exhaló un suspiro. Intentaba tranquilizarse, pero la situación la desestabilizaba.

¿Qué dudas?

¿Fue por eso que has contado? —preguntó sin rodeos—. ¿Intentaste quitarme a David porque creías que era una homófoba?

Esperaba una respuesta negativa. ¿Qué si no? Pero el silencio momentáneo de Raquel la sorprendió.

Sí…, y no —contestó con sinceridad—. Natalia, cuando dejé a David, lo hice creyendo que era lo mejor para mí. Después vino una etapa difícil y pensé que tal vez, David no había sido tan mal novio. Estuve pensando en volver con él, pero entonces llegaste tú. Y la verdad, no te voy a engañar; si hubiera sido otra, simplemente habría dejado a David en paz. Pero al saber que eras tú… Me creí todo lo que América dijo de ti y pensé que no eras buena para David. Así que intenté que volviera conmigo.

Natalia se cruzó de brazos. Lo único que salió de su garganta fue un gruñido.

Pero me he dado cuenta de que es justo lo contrario. David no es bueno para ti.

¡Oh!, ¿y ese cambio repentino de idea? —preguntó con un tono algo sarcástico.

Raquel se lo pensó un poco antes de responder. No podía imaginar la reacción que tendría la chica cuando se enterara, pero no tenía por qué importarle. Su relación se había acabado hacía tiempo.

David me llamó hace unas semanas. Me tomó la palabra —dijo con una sonrisa avergonzada—. Estuve en su casa. Estaba despechado, y ya te imaginas lo demás… No, no me lo tiré, si eso me vas a preguntar. Me di cuenta de que no quería ser su segundo plato. Pero bueno, ya te imaginarás que un hombre que hace eso— que un día está enamoradísimo de una y al día siguiente llama a su ex con esas intenciones—, no debe ser tan bueno como parece.

Natalia se quedó muda. Eso sí que no se lo esperaba de David. Sabía que tenía muchos defectos, pero realmente aquello había sido patético. Llamar a su ex por resentimiento…

¿Alguna pregunta más?

Creo que no.

Raquel se acercó y le tendió la mano. Natalia vaciló antes de apretarla con fuerza.

No me caes mal, Natalia. Aunque supongo que tú a mí no podrás ni verme… Espero que no haya malos rollos entre nosotras. Al fin y al cabo, David y América son el pasado.

Natalia arqueó una ceja y sonrió de lado.

Mira que salir con esos dos… Qué mal gusto tienes, hija.

Raquel liberó su mano y soltó una carcajada libre de tensión.

Mejor calla, que tú compartes la mitad de mi mal gusto. Espero que tus siguientes elecciones, al igual que las mías, vayan a mejor.

Han ido a mejor, sin duda.

Raquel le guiñó un ojo con una repentina complicidad.

Parece que tienes una buena historia. Espero poder oírla en otra ocasión…, si es que hay otra. —Se dio la vuelta y levantó la mano—. ¡Hasta luego!

4

Natalia se subía por las paredes. Hacía tres días que no hablaba con Héctor, desde que Irene y ella se hubieron intercambiado mensajes hostiles. Ese día todo parecía normal, pero a la mañana siguiente no encontró el mensaje de buenos días que él siempre le dejaba, y por la tarde, por más mensajes que le envió, Héctor no respondió a ninguno de ellos. Empezó a preocuparse. ¿Acaso la visita de Irene le había confundido? ¿Y si se estaba planteando volver con ella?

Al día siguiente, tampoco hubo respuesta, pero después de rogarle repetidas veces que al menos le dijera si estaba bien para quedarse tranquila, él se dignó a contestar:

«Estoy bien. Ignórame, ¿sí? Necesito estar solo.»

Natalia se quedó de piedra. No entendía su mensaje. ¿Acaso estaba enfadado porque le había contestado a Irene? ¿Por qué debía ignorarle? ¿Qué era lo que había ocurrido y por qué Héctor no quería hablar con ella? Se sintió infinitamente dolida, pero decidió que lo mejor era dejarle en paz. No pensaba estar detrás de él, esperando a que tuviera un rato para hacerle caso. Si quería tiempo, eso tendría.

Al día siguiente tampoco le escribió ni una sola vez. No quería pensarlo, pero ¿y si había decidido dejarla de esa forma tan sutil? ¿Y si el verdadero mensaje que le quería transmitir era el de «déjame en paz»?

Esa noche no pudo dormir bien. La angustia la carcomía. Necesitaba saber la verdad, y si Héctor no quería volver a verla, lo asumiría como una adulta. Pero precisaba que fuera sincero con ella.

Sin embargo, a la tarde siguiente, Héctor la saludó como si nada hubiera pasado.

Hola, mi vida.

Natalia tragó saliva.

Hola.

¿Cómo estás, preciosa?

La chica frunció el ceño y apretó la mandíbula. ¿Acaso era idiota? ¿Cómo la saludaba así después de haberla hecho sufrir de esa manera durante tres malditos días? ¿Qué tenía en la cabeza?

¿A qué estás jugando? —inquirió.

¿Qué?

Has desaparecido durante tres días. Me dijiste que te ignorara.

Ah, nomás necesitaba estar unos días aislado del mundo.

Hablaba tan tranquilo que Natalia sentía que le estallaría la cabeza. Él no le daba importancia al asunto. Parecía no darse cuenta de lo mal que lo había pasado.

¿También de mí? ¿Sabes lo mal que me lo has hecho pasar?

No tuviste por qué.

¡Creía que estabas mal! ¡Llegué a pensar que querías dejarme!

Estaba mal —reconoció—. Por eso me alejé. Pero ya todo está bien, mi vida. No tienes por qué estar así.

¿Que no tengo por qué estar así? —Natalia estaba a punto de explotar. No podía creerse que hubiera tomado esa actitud despreocupada y egoísta. Si hubiera estado delante de él, ya le hubiera propinado una buena bofetada—. ¡Eres gilipollas!

… Vale.

¡Imbécil, estúpido! ¡Te importa todo una mierda!

No es verdad —la contradijo—. Te pedí que me ignoraras porque no quería meterte en mis tonterías.

¡Pues lo hiciste! ¡Al pedirme que me mantuviera al margen ya me involucrabas! ¡He pasado los peores días de mi vida pensando en lo que podría haberte pasado! ¡Quería ayudarte y tú no me dejabas!

¿Crees que yo no lo pasé mal? —contraatacó él, escudándose en su propio dolor.

¡Eres un egoísta!

¿Egoísta por no querer hacerte sentir mal con mis problemas?

¡Me hiciste sentir mal dejándome de lado y pidiendo que te ignorara! ¿Crees que yo nunca he querido apagar el ordenador unos días y aislarme de todo? ¿Sabes por qué nunca lo he hecho? ¡Por ti! ¡Porque sabía que te dolería!

Pensé que sería peor…

¡Soy tu novia, Héctor! ¡Para eso estoy!

Ya te dije que yo también lo pasé mal.

Natalia respiró hondo y tragó saliva. Le temblaban las manos y tenía unas terribles ganas de llorar. Héctor estaba consiguiendo frustrarla. No entendía nada. O sí lo entendía, y se hacía el tonto.

Eres un jodido egoísta —lo acusó de forma más calmada—. Solo piensas en lo mal que lo pasaste tú. ¿Y yo qué? Te importa una mierda cómo me sentí yo. No he hecho más que preocuparme por ti todos estos días. No hacía más que pensar que estabas sufriendo y yo no podía ayudarte. Ni siquiera me has pedido perdón.

¿Perdón? ¿Por qué tendría que hacerlo? Yo no hice nada malo.

Me hiciste sentir mal. ¿Eso no cuenta?

No fue mi culpa.

¿Estás diciendo que sufrí porque quise? ¡Sufría por ti, gilipollas!

Natalia lloraba. No podía creer su comportamiento. No era el mismo de siempre. Era como si se hallara encerrado en una burbuja en la que el único que importaba era él. ¿Qué había pasado en esos días? ¿Qué era lo que lo había vuelto así?

Deja de insultarme, por favor.

Pues deja tú de comportarte como un capullo.

Héctor por fin se puso serio.

¿Quieres saber por qué me fui? ¿Qué fue lo que me hizo alejarme?

Sí, claro que quiero.

Estaba estresado, agobiado, harto de todo. Ya no podía más. Y la otra noche, tuve una pesadilla. Soñé que ibas sola por la calle y te asaltaban unos hombres. Ya puedes imaginar el resto. ¿Sabes cómo me sentí cuando desperté y me di cuenta de que si algo como eso ocurriera de verdad, yo no podría hacer nada, estando a tantos kilómetros?

Natalia cogió aire de nuevo y lo soltó lentamente.

¿Y crees que separándote de mí hubieras conseguido protegerme?

No…, pero me dolía hablar contigo porque recordaba esa maldita pesadilla. Siento si te hice sentir mal. No fue mi intención.

La próxima vez piénsalo dos veces antes de hacer una tontería como esa. Soy tu novia, y eso no significa estar a tu lado solo en los buenos momentos. También en los malos.

Héctor se pasó la mano por los ojos y el pelo. Tenía unas grandes ojeras y gesto cansado.

Te quiero demasiado. Solo estaba desesperado por no tenerte conmigo.

Entonces piensa razonablemente y no me alejes. No vuelvas a hacerlo porque no volveré a aguantarlo.

No, no lo haré más —aseguró.

No. Era como intentar alejar la medicina que curaba una enfermedad que lo degenerada a cada paso que daba, algo realmente estúpido.

Júralo.

Te lo juro.

5

Había menos gente de la que había esperado en el Registro Civil, y aun así estaban tardando más de lo que le hubiera gustado. Pero no le importaba. Estaba tranquilo, relajado… Ya casi saboreaba la ansiada libertad. Quedaban escasos minutos para ser un hombre divorciado, y por ello estaba de buen humor y sonreía.

No se podía decir lo mismo de Irene. Mientras que él hablaba con su hermano Abraham, su todavía esposa no abría la boca para nada, y mantenía un semblante serio. Sus brazos estaban cruzados, y no paraba de dar golpecitos impacientes con el pie, mientras que su hermano y testigo miraba a Héctor con los hombros encogidos, quitándole importancia al mal humor de su hermana pequeña. Héctor la había estado ignorando durante el tiempo que llevaban allí. Pasaba el rato charlando con Abraham, contándole todo lo que se le viniera a la cabeza y preguntándole qué tal iba Prometeo. Hablaban animadamente, y eso hacía que Irene se cabreara e impacientara más.

Ya se tardaron —murmuró la mujer—. ¿Cuánto más tendremos que esperar a estos inútiles?

Nadie le respondió. Su hermano tenía la mirada perdida en el techo blanco, y su casi exmarido y excuñado la ignoraban. Ni la miraban, ni le hablaban… Como si fuera el viento; como si no existiera. No lo soportaba.

Se levantó de su silla de la sala de espera y se dirigió a la puerta donde se encontraba la responsable de tramitar los últimos detalles de su divorcio. No supo por qué hizo esa estupidez. Tal vez por llamar la atención, o quizás porque necesitaba salir de allí cuanto antes y dejar de percibir lo poco que significaba para la persona con la que había pasado los últimos cuatro años.

Héctor se fijó en ella por primera vez y no pudo evitar soltar una sonrisa mezquina. Se volvió hacia su hermano y señaló a Irene con la cabeza.

Fíjate, hermano. Verás en la que se mete la muy pendeja.

Abraham observó cómo su cuñada abría la puerta sin siquiera llamar y asomaba la cabeza. La mujer de gafas y chaqueta negra que se encontraba dentro trabajando levantó la mirada de los papeles que estaba revisando en ese momento y quedó desconcertada.

Disculpe, ¿le falta mucho? Llevamos un buen rato esperando. Tengo que trabajar, ¿sabe? —dijo con un tono grosero y desubicado.

La mujer frunció el ceño, pero no se dignó a levantarse de la silla. Había mucha gente como esa señorita que acababa de abrir su puerta sin permiso. Estaban amargados por el fracaso de su matrimonio y querían que les solucionaran su divorcio lo antes posible para acabar toda relación con su cónyuge. No entendían que los trámites llevaban su tiempo y que, como todo el mundo, tendría que tener un poco de paciencia y dejarla hacer su trabajo.

¿No le enseñaron a usted a llamar antes de entrar? —respondió la mujer, fulminándola con la mirada y esperando unos segundos para que sus palabras calaran hondo y la hicieran enrojecer de vergüenza. Volvió a enfocar su mirada en los documentos presentes—. Ya casi está todo listo, pero tendrá que esperar. Fuera, si no le importa —aclaró, señalando la puerta con el bolígrafo que tenía en la mano—. Cierre la puerta, y no vuelva a interrumpir.

Irene se mordió la lengua, y con la mandíbula bien apretada y la cara colorada, cerró de un portazo y volvió a su asiento pisando fuerte. Lo que le faltaba. Había vuelto a hacer el ridículo delante de su todavía marido. No había tenido suficiente con la intrusión en su casa o con el mensaje a su novia española, ahora también se metía con la encargada de acabar con su matrimonio.

Héctor y Abraham no podían contener ni disimular la risa. La cara que se le había quedado a Irene después de tal respuesta hacía que la infinita espera en ese lugar mereciera la pena. El hermano de Irene también sonreía, pero por respeto a su hermana intentaba guardar la compostura.

Qué pendeja —le susurraba Abraham a su hermano, y cuanto más reían ellos, más colorada se ponía Irene.

La puerta volvió a abrirse pasados unos quince minutos. La mujer de gafas leyó los nombres en un papel.

¿Héctor Ignacio García e Irene López? —preguntó a la sala. Héctor se levantó enseguida; a Irene le costó un poco más. La señora miró a Irene como si de un sapo asqueroso se tratara—. Pueden entrar con sus testigos, por favor. Solo quedan unas firmas y podrán marcharse. Ya sé que se encuentran muy apurados —dijo, lanzando una mirada significativa a Irene.

Héctor y Abraham volvieron a reír mientras entraban en el despacho de la mujer.

Pasados unos minutos y realizadas las mencionadas firmas, Héctor salió del Registro Civil con los papeles del divorcio y una magnífica sensación de tranquilidad. Respiró hondo y se sintió relajado. Al fin era un hombre libre.

Contigo, nunca más

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V

Contigo, nunca más

1

Un mensaje en el móvil era lo que la había hecho correr a la hora de vestirse. «Nos vemos a las nueve en vez de a las nueve y media. Estas han quedado antes.»

«Estas han quedado antes… ¡Se les podía haber ocurrido a las siete, y no a las ocho y media!»

Todo aquel que la conociera sabía que necesitaba, mínimo, media hora para vestirse y al menos quince minutos para darse una ducha. Y si a eso se le sumaba el hecho de que vivía en una punta de la ciudad y tenía que caminar treinta minutos para llegar al centro, la cosa empeoraba. Pero claro, como todas las demás vivían en una zona céntrica… Así que, como solía decir, había tenido que «darse patadas en el culo» para ducharse, vestirse en el tiempo justo y salir corriendo hacia el punto de encuentro con su mejor amiga.

Cuando llegó al parque, Carmen aún no había llegado. Se apoyó contra una pared y cambió de canción. Un coche en el que iban montados tres chavales con la música a todo volumen pasó por delante de ella. El copiloto, un joven de unos veintipocos años, moreno y con cara de gamberro, le silbó.

¡Guapa!

Natalia lo miró de reojo sin prestar demasiada atención. Continuó tarareando la canción, como si no lo hubiera oído.

Levantó la vista cuando se dio cuenta de que Carmen se acercaba por la acera de enfrente. Llevaba el pelo liso, se había quitado las gafas y pintado los ojos. Los chicos del coche también le silbaron a ella. Carmen se quedó mirándolos, sorprendida. Una vez que pasaron de largo, cruzó el paso de peatones y se reunió con su mejor amiga.

¿Has visto eso?

Sí, a mí también me lo han hecho. Idiotas… Vámonos.

Hemos quedado a las nueve y media en la Plaza del rey.

Entonces vamos por la calle San Rafael. —Caminaron a lo largo de un parque conocido como la Glorieta y entraron en la mencionada calle—. Bueno, y ¿se puede saber a qué se debe este repentino cambio de hora?

Carmen sonrió y mostró una expresión de inocencia. Conocía a su amiga. Llevaban juntas siete años. A esas alturas, conocía cada gesto, cada expresión de su cara, cada tono de voz…, y estaba segura de que ese que había empleado anunciaba tempestad.

No lo sé. Me han llamado a última hora y me han dicho que habían quedado a las nueve y media porque Teresa se tenía que ir antes por no sé qué… Ni idea. Tú sabes que yo soy una mandada; solo informo.

¡Pues, menuda gracia! ¿Sabes lo que he tenido que correr para llegar a la hora? Debo tener el brazo lleno de cardenales. ¡Me he pegado unos porrazos de tanto correr de un lado para otro…!

Carmen soltó una escandalosa carcajada.

¡No hace gracia!

¿Entonces por qué estás sonriendo?

Natalia no podía aguantar la risa.

Mira, te voy a contar la odisea que he tenido que pasar hasta llegar aquí. —Se aclaró la garganta—. Estaba yo tan tranquila en mi sofá, con mi portátil, cuando de repente me llega un mensaje al móvil. ¡Que con la música tan escandalosa que tengo como tono, he pegado un bote…!

Carmen intentaba aguantar la risa, pero el comienzo del relato ya era demasiado bueno.

¡Que esa es otra! ¿Por qué me mandas un mensaje en vez de llamarme, tía perra? ¿Y si no llego a enterarme?

¡Pero, ¿cómo no vas a enterarte?! ¡Si acabas de decir que tienes una música que se oye a un kilómetro!

Bueno, calla, que continúo: Miro el mensaje. Lo leo tres veces, sin poder creérmelo. Miro el reloj de la pared: ¡Las ocho y media! —dijo, dando énfasis a la hora—. Vuelvo a mirar el mensaje… y al reloj. El mensaje, y el reloj —relata, fingiendo que mira un móvil invisible y a una pared que no hay—. «¡Joder, que no llego!» Salté del sofá, se me enredó un pie en el cable del ordenador y casi me caigo de boca. Voy corriendo a la cocina y enciendo el calentador. Ahora, el calentador que no se encendía —porque últimamente está tonto. Creo que vamos a tener que llamar para que lo reparen —, y yo ya con los nervios de punta. El calentador, que no se encendía, y ahora encima llega la gata pesada y empieza a maullar.

Tendría hambre, la pobre.

¿Qué va a tener hambre? ¡Si tenía el cuenco lleno de pienso! —Le hace un gesto para que no hable y sigue—. Espera, que no he acabado. Me meto en la ducha, con mi gorrito para no mojarme el pelo. Cuando salgo, el problema de siempre: «¿Qué me pongo?». Que si estos pantalones se me han quedado pequeños, que si la camiseta esta no conjunta con nada, que si las botas… Cuando por fin consigo encontrar algo que me gusta…, le encuentro una mancha al pantalón, que no sé de dónde narices ha salido. Total, que vuelta a empezar otra vez. ¡Si vieras cómo he dejado el cuarto…! Y viendo que llegaba tarde, he salido corriendo, me he encontrado con esa panda de tontos del culo —dijo, haciendo un gesto hacia atrás, como queriendo recordar a los chicos del coche azul—, y tú, para variar, has llegado tarde. ¡Siempre llegas tarde!

Es que quería maquillarme un poquito. ¡Nunca me maquillo! —se quejó con voz de niña.

¡Pues maquíllate diez minutos antes!

Es que me había quedado dormida en el sofá…

Vaga.

¡Habló!

Yo no soy vaga; vivo la vida con tranquilidad.

Las dos se echaron a reír y continuaron caminando así, divertidas, hablando de asuntos intrascendentes y otros más importantes.

Oye, ¿has traído la mercancía? —preguntó Natalia con aire sospechoso.

Maricarmen se descolgó el bolso, mirando hacia todos lados con los ojos entrecerrados, y le mostró el contenido.

Aquí la traigo. ¿Tienes el dinero?

¿Qué dinero? Si lo compramos juntas —replicó Natalia sin dejar el tono misterioso.

Es el impuesto por guardarlo en mi casa.

Pues te vas a comer un…

¡Eh!

Las dos volvieron a reír.

Las calles ya estaban decoradas con las coloridas luces navideñas. Las calles, atestadas de gente, daban vida a dicha festividad. Personas de todas clases y edades se precipitaban hacia las tiendas buscando el regalo idóneo para sus seres queridos.

A Natalia le encantaba la Navidad. Lo que más le gustaba, sin duda, era el momento en el que sus padres y amigos habrían los regalos que con tanto cariño había buscado para ellos. Desde el año pasado, además, tenía a alguien más a quien regalar: David. El año anterior, para cuando llegó el seis de enero, ellos apenas acababan de empezar a salir, y por ello no le había dado demasiadas vueltas y le había regalado un cojín con forma de huevo Kinder con la frase “Te quiero un huevo”. Cuando lo vio en el escaparate, le pareció el regalo perfecto. David y Natalia se habían conocido por una red social. Tenían una amiga en común, y él, después de ver su foto en el perfil de la chica, había decidido agregarla. Natalia, que nunca había aceptado en una red social a nadie que no conociera, esa noche decidió arriesgar.

Recordó por qué lo había hecho. Fue la temporada en la que estaba perdidamente enamorada de uno de sus mejores amigos, pero este, a pesar de sentir lo mismo por ella, nunca quiso intentarlo, y Natalia se sentía cada vez más hundida. Cuando vio que ese chico quería conocerla, en vez de cerrarse completamente, pensó que sería bueno hablar con alguien y animarse un poco. David resultó ser un chico muy agradable. Natalia sentía que una nueva ilusión crecía dentro de ella a pesar de no poder olvidar a su mejor amigo con tanta facilidad. Unas pocas semanas después, quedaron para ir al cine y conocerse en persona. Natalia el día anterior le había dicho que tenía antojo de chocolate Kinder. Para su sorpresa, ya estando sentados en el cine, David sacó un huevo Kinder de su chaqueta cuando no miraba y lo puso encima de las palomitas.

¡Despierta! —Carmen chasqueó los dedos delante de sus ojos—. ¿En qué estabas pensando?

Natalia suspiró profundamente.

En que tenemos que quedar para comprar los regalos de Navidad.

2

Así que al final tuviste que tragarte tus palabras —le había escrito Messías.

Sí, güey —reconoció Héctor—. Resultó ser buena chava. Hablamos mucho estos últimos días.

¿Y qué tal es?

Pues, es simpática y divertida. También inteligente, y además, está muy bonita.

¡Uyyyy, eso me suena a flechazo!

El joven mexicano suspiró.

No te voy a negar que algo se me pasó por la cabeza—reconoció—, pero no. Ella es bastante menor que yo y está muy lejos.

¿Cuánto menor? —preguntó Messías, curioso.

Once años —escribió Héctor.

Sus mejillas se habían vuelto rojas en un instante.

¡Hostias!

Sí, güey, pensé que era mayor por su forma de escribir, pero es una chavita. Apenas tiene 19 años. Sería una locura intentar algo con ella.

Se le revolvió el estómago en cuanto leyó lo que él mismo había escrito. Era como si no creyera en sus propias palabras.

Sería una locura, sí, pero aun así estás aquí, esperándola.

Héctor pasó la mano derecha por su pelo, despeinándolo con desesperación.

¿Y qué más puedo hacer? Hablar con ella es lo único que me alegra un poco el día.

¡Ohhh, qué romántico! Félix se nos ha enamorado —se burló Messías.

No mames, cabrón. Ya te dije que nada que ver.

Bueno, como tú digas. Pero yo aquí veo tema.

¿Tema? —preguntó Héctor, confundido.

Que vosotros dos terminaréis juntos.

¿Qué dices? Claro que no. Además, yo acabo de salir de una relación, y ya estoy suficientemente decepcionado.

Pero ella te está volviendo a ilusionar. ¿O no?

No sé… Puede ser…

Lo que yo te diga, amigo. Contra el amor no se puede luchar.

Ay, ya deja de chingar, cabrón.

¿Chingar? ¡Más quisiera yo! Mi novia me tiene a dos velas.

¿Y eso qué quiere decir?

Que últimamente no hay forma de llevarla a la cama. Por más que se lo digo, siempre busca alguna excusa —explicó Messías—. Después se queja cuando le digo que estoy harto de «hacerme yo mismo los trabajos».

Héctor se atragantó con el zumo que bebía directamente del cartón. Tosió un par de veces y volvió a la conversación, anonadado.

¿Pero acaso se lo dices?

Sí.

Eres un pendejo, güey. Esas cosas no se les dice a las mujeres. No les gusta. Es grosero.

Ah, ¿qué más da?

Héctor se encontraba cada vez más sorprendido. Ese chico era un dejado. No podía ni imaginarse la reacción que habría tenido Irene si alguna vez le hubiera dicho algo como aquello. Seguramente le habría mandado al sofá sin pensarlo dos veces.

Las mujeres cuentan todo; cada detalle. Seguro que ahora no está contigo porque se enojó. Dime, ¿por qué hoy no sales, si es sábado?

No seas paranoico —replicó Messías—. No hemos quedado porque he tenido un partido de fútbol esta tarde y estoy cansado.

Bueno, ten cuidado, amigo. A veces no queremos ver lo que va mal. Te lo digo por experiencia con Irene. Todo estaba horrible, pero yo estaba ciego.

No te preocupes. Todo va a la perfección. Mi chica me quiere tal como soy.

Exhaló un suspiro. Él nunca podría haber pronunciado esa frase. Irene siempre tenía algo que reclamarle. Nunca le había querido tal y como era.

«Pues, qué suertudo, amigo.»

3

¡Felicidades, Rocío!

Rocío y Teresa ya estaban esperando delante del Ayuntamiento cuando Natalia y Carmen llegaron. Se saludaron con dos besos e intercambiaron los típicos halagos que se hacen cuando te arreglas más de lo normal.

¿Todavía no han llegado América y Marina?

No. Habían quedado para venir juntas, pero para variar, llegan tarde —contestó Teresa.

Bueno, y ¿adónde vamos a ir? —quiso saber Natalia.

He reservado mesa en el restaurante Flavio. ¿Tenéis hambre? —anunció Rocío.

Un poco —respondió Carmen.

Yo, sí, y bastante —dijo Natalia.

¿Tú cuándo no tienes hambre?

Solo cuando tú no estás delante. —Y con esta respuesta, fingió arañarla en el brazo con una mueca de deseo.

Uy, ¡cómo viene esta! —exclamó Teresa, soltando una carcajada.

¡Pues, como siempre!

Es que Carmen es mi amante —explicó Natalia, agarrándola del brazo. Acto seguido, colocó el dedo índice sobre sus labios—. Pero esto es un secreto. Que no se entere David.

Entre bromas y risas llegaron Marina y América a ritmo apurado y con gesto arrepentido.

¡Perdón! —exclamó Marina desde lejos.

¿Qué estabais haciendo?

La señora —contestó América, señalando a Marina—, que antes de salir se ha puesto a buscar a sus tres gatos por toda la casa. ¡Y mira que es grande!

¿Para qué te has puesto a buscar a los gatos? —preguntó Natalia.

¿Tienes tres gatos? —se sorprendió Teresa.

Sí —respondió Marina a esto, y se volvió hacia Natalia—. Es que no encontrábamos a uno de mis gatos, y me daba miedo que se hubiese escapado. Pero nada, al final estaba encima de mi armario.

Pues si tienes que ponerte a buscar a los tres gatos cada vez que sales de casa, no llegarás puntual en la vida.

No, solo ha sido esta vez, de verdad.

Lo que sea. Bueno, ¿nos vamos? ¡Me muero de hambre! —exclamó la chica.

Venga, que tengo hecha la reserva para las diez.

Cuando llegaron al restaurante Flavio, algunas familias, parejas y grupos de amigos ya llenaban las mesas de la planta baja. La camarera las guio hasta una mesa redonda reservada para ellas. Les tomó nota de las bebidas y se apresuró a servirlas.

Podemos pedir una pizza para las dos —sugirió Carmen.

Sí, mejor, que la economía no está para muchos gastos —contestó Natalia.

Poco después, volvió la misma camarera con las bebidas y las cartas, y una vez que hubieron pedido las pizzas, llegó la hora de los regalos.

Saca la «mercancía» —le dijo Natalia a Carmen.

La «mercancía» consistía en un peluche y una colonia que habían comprado a medias. Marina le regaló un marco de fotos, y América, un pañuelo de tonos azules.

Con el paso de los minutos, las risas de las seis chicas y su tono de voz subían de volumen. Cada una de ellas pugnaba por hacerse oír entre el barullo que ellas mismas estaban formando.

¡Bajad la voz, que nos van a llamar la atención! —exclamó Natalia, pero no sirvió de nada.

Instantes después, volvían a alzar la voz. La camarera que las había atendido no tardó en llegar con cierta molestia en la cara.

Por favor, ¿podéis bajar el volumen? Estáis molestando a los demás clientes. Gracias.

Os dije que nos echarían la bronca —dijo Natalia en cuanto se hubo ido la muchacha.

¡Bah, esa es una malfollada! —exclamó América.

No—la contradijo Natalia en tono de sermón—, es que estáis armando mucho follón.

Minutos después, se habían olvidado de la camarera que les había cortado la diversión y volvían a la carga con otros temas, esta vez intentando moderar el volumen para que no volviera a repetirse la incómoda situación.

¿Os parece bien si después vamos al pub nuevo que han abierto en la Calle Real? —sugirió Rocío.

¡Sí! ¡Vamos a por unos chupitos! —exclamó América, bastante animada.

Y tenemos que hablar de qué vamos a hacer en fin de año —recordó Natalia, dando el último mordisco a su primer trozo de pizza.

Ah, sí, eso os iba a comentar. Me han dicho que el cotillón de La leyenda, en Cádiz, está genial y es barato. Podríamos ir allí —propuso Rocío.

¿Cuánto es «barato»? —preguntó Natalia, asustada.

Me dijeron que unos veinticinco euros.

¡Ah, pues está muy bien! —opinó Carmen.

Marina y América permanecieron calladas, como si el tema que habían propuesto fuera algo incómodo para ambas.

Yo voy a ir con Raúl y sus amigos. Podemos vernos allí —intervino Teresa.

¡Perfecto! —Natalia se dirigió a las dos únicas que no habían hablado—. ¿Vosotras qué opináis?

Marina miró un segundo a América. Fue un instante casi imperceptible que nadie captó, y luego habló con tristeza.

Lo siento mucho, pero yo no voy a ir. Este año no me apetecen fiestas.

¿Qué? —exclamó Natalia, repentinamente desilusionada—. Pero, ¿por qué? Lo guay es que estemos todas juntas.

Ya lo sé, pero es que tampoco tengo demasiado dinero.

¿Y tú? —le preguntó Carmen a América.

Esta se encogió de hombros.

No lo sé. Ya veremos.

Más tarde, cuando habían terminado de pagar la cuenta y se dirigían al pub por la calle Real, América se acercó a Natalia.

Tengo que contarte algo.

La agarró del brazo y dejó que las demás siguieran adelante para quedarse ellas algo rezagadas y poder hablar con tranquilidad. Entre el barullo de la gente yendo y viniendo, los villancicos que sonaban en las calles y la alegría que desprendía el ambiente navideño, ninguna de las chicas se dio cuenta de que a sus espaldas un aire sombrío envolvía a dos de sus amigas.

No sé si quiero ir a la fiesta.

¿Por qué?

Porque estará Daniel.

¿Daniel? ¿Tu ex, con el que estuviste más de dos años?

Sí. Me he enterado de que irá con sus amigos a ese cotillón.

¿Y qué pasa? —preguntó Natalia, restándole importancia—. Tú estás con nosotras. No tienes ni por qué saludarle.

Hay algo que no te he contado —confesó. Su actitud lúgubre empezaba a asustar a Natalia—. Bueno, que no le he contado a nadie.

¿El qué? —se atrevió a preguntar.

La razón por la que dejé a Daniel.

Natalia presintió que lo que se avecinaba no era nada bueno. América caminaba cabizbaja, con una mueca de tristeza en el rostro y un tono de voz apenas audible.

¿Qué ocurrió?

Mi padre tuvo que ponerle una orden de alejamiento.

¿Cómo? —preguntó, patidifusa.

Estábamos con los exámenes de segundo de bachillerato. Yo estaba muy agobiada y no me dejaba en paz. —Hizo una pausa, cogiendo fuerzas para lo que venía. Respiró hondo y lo soltó de golpe—. Él me forzó, me hizo daño. Daniel me violó, Naty.

4

¿Eso te dijo?

Sí, un momento.

Sandra, la madre de Natalia acababa de entrar en el salón, donde su hija había estado largo rato hablando por teléfono tirada en el sofá. Natalia permaneció callada hasta que vio a su madre entrar en la cocina, pero seguía sin fiarse. Estaba segura de que pondría la oreja disimuladamente. Se levantó del sofá, llevándose consigo la manta en la que se encontraba envuelta, y caminó hasta su cuarto, cerrando la puerta para asegurar total discreción.

Perdona, estaba mi madre delante. —Se tumbó en la cama, enrollándose en la manta—. Pues eso, me dijo que su ex la había violado y que le daba miedo ir al cotillón.

Carmen se sentía recelosa.

A mí me contó hace tiempo que un chico la había violado, pero que era un profesor particular que tenía o algo así.

Tal vez le avergonzaba confesar que había sido su propio novio.

Ni idea, pero la verdad es que no sé si creérmelo.

Natalia se mostraba algo más ingenua.

No sé, no creo que mienta en algo tan grave, ¿no? Pero, por otra parte, Daniel no parece de esa clase de chicos.

¿Recuerdas lo que nos dijo en 2º de Bachiller?

Sí, lo de que le habían diagnosticado leucemia. ¿Cómo no me voy a acordar, si me harté de llorar?

Durante muchísimo tiempo no había podido quitárselo de la cabeza. Ese día, América les había pedido que la acompañaran a un lugar apartado del patio del Instituto. Tenía un semblante serio que presagiaba malas noticias. Al principio intentó que ellas lo adivinaran, diciendo que le habían hecho unas pruebas médicas. Finalmente, fue Natalia la que pronunció la palabra temida. América había sonreído amargamente. Le costaba que las palabras salieran de su boca. Carmen se quedó de piedra, pero Natalia se echó a llorar. Cuando América vio el rostro bañado en lágrimas de su mejor amiga, la abrazó con fuerza. Fue uno de los momentos más angustiosos de su vida.

Sin embargo, dos años más tarde, todavía no sabían nada nuevo de su supuesta enfermedad. En ningún momento les había comunicado que estuviera siguiendo un tratamiento, su aspecto parecía saludable y no conseguían notar ningún cambio en ella. Les costaba creer que una leucemia se hubiese curado de la noche a la mañana, pero tenían la valentía de preguntarle.

Han pasado dos años y no se le ve ningún cambio. Tampoco ha vuelto a sacarnos el tema.

Natalia suspiró profundamente. Todo era tan extraño y confuso.

De verdad, no sé qué pensar.

Yo de América no me creo casi nada.

Bueno, hagamos como que no pasa nada. Dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Si todo lo que está contando es mentira, se acabará sabiendo.

Sí, solo nos queda esperar.

Ajá… Por cierto, el lunes vamos a ir a comprar las entradas para el cotillón.

¿América va? —preguntó Carmen.

Sí, se dejó convencer fácilmente.

¿Ves? —saltó—. Si tanto miedo le diera ir, no se dejaría convencer por más que le dijeras.

Ya…

¿Y Marina?

Ella dice que no va. Parecía muy decidida.

¿No la notaste rara ayer? Creo que debe de pasarle algo y no nos lo quiere contar. Tal vez tenga problemas con la familia. Ella siempre tiene ganas de fiesta.

Sí —corroboró Natalia—, parecía triste. Vamos a tener que investigar. Demasiados misterios nos acechan.

Ambas rieron, pero ciertamente se convencieron de que debían llegar al final del asunto. Algo extraño estaba ocurriendo en su grupo y tenían que averiguar el qué.

Tengo que irme —informó Carmen—. Mi tía se va de compras navideñas y tengo que quedarme de niñera con mis tres primos.

Sí, yo también tengo que irme. Tengo que ir preparándome, que a las nueve nos vamos a casa de mis tíos a celebrar la Noche buena. ¿Te parece bien si vamos el lunes a por las entradas tempranito y después nos vamos a comprar los regalos de Navidad?

Perfecto.

Bien, pues el lunes hablamos sobre la hora, ¿vale?

Venga. ¡Adiós!

5

Héctor terminó de prepararse para ir a casa de su madre a comer con ella y con sus hermanos. La comida de Navidad consistía en un recalentado de la cena de Nochebuena. Su madre solía preparar tortas rellenas de pavo —que había sobrado la noche anterior— y verduras. Se le hacía la boca agua nada más pensarlo.

Salió de su casa con una bolsa de regalos en una mano y la llave del coche en la otra. El coche estaba aparcado donde siempre, frente a su casa. Todo normal hasta que la vio a ella. Una mujer de piel bronceada y pelo negro esperaba apoyada en la puerta de su coche. Héctor frunció el ceño. Hacía tiempo que no la veía, y hubiera preferido que siguiera así.

Hola, Héctor. Feliz Navidad.

Hola —dijo él, cortante, caminando hasta el coche y abriendo la puerta trasera para dejar los regalos. Después, pasó por delante de ella y se dirigió al asiento del conductor.

¿Cómo estás?

Después de todo lo que le había hecho, de tantas humillaciones y desprecios, de haberlo dado todo por ella y que lo despreciara como si no valiera nada, de que le hiciera sentir pequeño e inútil, todavía se atrevía a preguntarle cómo estaba.

«Horrible, y todo por tu culpa. ¿Por qué tuviste que volver? ¿Por qué siempre tienes que andar chingando?»

De maravilla. ¿A qué viniste?

Irene ignoró su pregunta y su expresión mostró falsa tristeza.

¿Aún me guardas rencor? ¿Me odias, Héctor?

El joven lo pensó durante unos instantes. Buscaba herirla con sus palabras, como ella lo había herido a él en tantísimas ocasiones. ¿Odiarla? Tal vez no, pero no quería ni verla.

Para odiarte tendría que sentir algo por ti. Lo único que me produces es indiferencia.

Su respuesta pareció molestarla, pero dudaba mucho que la hubiera herido. Irene frunció el ceño y se cruzó de brazos.

¿Indiferencia? ¿Después de cuatro años juntos?

Lo dices como si no hubiera sido el infierno.

¿Eso fue para ti?

Héctor rio, incrédulo.

Cómo puede ser que todavía lo preguntes.

Abrió la puerta del conductor, dispuesto a acabar de una vez con esa conversación que no llevaba a nada, pero Irene volvió a cerrarla, y de nuevo con una expresión triste, se acercó a él, intentando abrazarlo. Héctor dio un paso atrás y se quitó sus brazos de encima.

¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero que me toques?

Héctor, es Navidad —dijo con voz lastimera—. Pensé que podríamos volver a intentarlo.

Pues pensaste mal. Contigo, nunca más.

Y entró en el coche. Metió la llave y arrancó. Antes de irse bajó la ventanilla.

El divorcio seguirá en marcha —sentenció, para luego apretar el acelerador, dejando a Irene sola y sumergida en un mar de pensamientos marchitos.