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Confianza y amistad

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III

Confianza y amistad

1

Gema copió el anuncio en cuatro hojas distintas.

«Somos tres chicas y buscamos una persona para compartir piso cerca de la Facultad de Filosofía y letras. Si te interesa llama al: 856789787. Pregunta por Gema.»

No había querido poner el precio por si preguntaba por el anuncio alguien desagradable. En ese caso, solo tenía que poner un precio excesivo y la persona interesada dejaría de estarlo. Era una táctica infalible. Colgó una en la entrada de la Universidad, otra en la puerta de la biblioteca, y una más al lado de cafetería. Eran lugares donde los vería mucha gente. Por último, se dirigió al tablón donde los estudiantes se ofrecían para impartir clases particulares, buscaban piso o anunciaban alguna fiesta universitaria. Si alguien estaba interesado en alquilar una habitación, acudiría allí sin pensarlo. Lo colgó con una chincheta y se abalanzó hacia el pasillo para llegar a casa lo antes posible. Estar en la Universidad por la tarde tenía un efecto deprimente en ella, y las chicas debían estar preguntándose dónde se había metido.

¡Espera!

Se dio la vuelta. Un chico de flequillo castaño miraba el cartel que acababa de poner. Lo arrancó del corcho sin consideración y clavó sus ojos azules en ella.

¿Cuánto?

Gema pestañeó un par de veces, lo miró de arriba abajo y frunció los labios, pensativa. Nunca había pensado que sería precisamente él quien quisiera alquilar la habitación. Pensaba que, siendo una casa habitada por mujeres, sería una fémina la que entrara a vivir con ellas.

¿Quieres alquilarnos la habitación?

¿Hay algún problema? —preguntó el chico, volviendo a dejar el cartel en el corcho.

No, ninguno. Si no te incomoda vivir con chicas…

El joven sonrió.

Creo que podré sacar mi lado femenino.

Gema rio. Podría estar bien.

Son unos ciento cincuenta euros aproximadamente —informó al fin.

El chico abrió tanto los ojos que parecía que estos fueran a salirse de sus órbitas. Gema no supo en un principio si la sorpresa era buena o mala, pero cuando lo vio sonreír, confirmó que era una gran noticia para él.

¿Me acompañas a la cafetería a tomarme un café y hablamos de las condiciones? —ofreció el muchacho sin pensárselo ni un segundo.

2

Natalia escuchó el sonido de la puerta desde su habitación. Era Gema, que llegaba de Dios sabía dónde. Había estado fuera largo rato. Miriam había preguntado por ella, pero no había sabido responderle adónde había ido.

¡Ya estoy aquí! —Su voz era inconfundible—. ¡Natalia!

La llamaba. A saber qué anécdota quería contarle. Se levantó del escritorio sin preocuparse por su aspecto desarreglado y recorrió el pasillo. A medida que avanzaba hacia el salón, su oído percibió una voz masculina. ¿A quién había traído?

Se paró en la puerta y en la estancia pudo ver a sus compañeras de piso conversando animadamente con un joven alto de pelo castaño que le resultó demasiado familiar. Cuando se volvió hacia ella y vio sus ojos azules, supo que algo andaba mal en su cabeza.

¡Ah, mira, Natalia, ya he conseguido un compañero de piso! —exclamó Gema en cuanto la vio.

El joven sonrió a la chica, que se había quedado muda, y se acercó a ella.

Hola, soy…

Natanael —lo interrumpió ella.

El chico se mostró sorprendido.

¿Sabes mi nombre?

Natalia estaba a punto de quedarse muda de nuevo, pero no permitió que los nervios la traicionaran.

Estamos en la misma clase —improvisó, y antes de que pudiera preguntarle al respecto, se presentó—. Yo soy Natalia.

Encantado.

Lo mismo digo —respondió, mostrándole la mejor de sus sonrisas, fingiendo que nada ocurría.

Cuando vio que el chico se quedaba embobado mirándola, supo que no debería haberse mostrado tan encantadora, pues en un futuro podría arrepentirse. Gema cogió las dos maletas que Natanael había dejado en la entrada y le dio una a él y otra a Natalia.

Anda, ¿por qué no le enseñas su habitación, y que se vaya instalando?

Oh, ¿ya te quedas? ¿Sin ver la casa y sin nada?

Natanael se encogió de hombros. Gema los empujó a ambos hacia el pasillo y anduvieron con el equipaje por el angosto corredor. Natalia se paró delante de la habitación que estaba frente a la suya y abrió la puerta. Natanael entró detrás de ella. La habitación era pequeña, pero luminosa, y estaba limpia y ordenada.

No es muy grande… —comentó Natalia.

Es perfecta —dijo Natanael, soltando la maleta encima de la cama—. La casa en la que vivía antes era una pocilga y mi habitación daba pena. Era oscura, la cama estaba rota, la silla del escritorio cojeaba…, y todo por el módico precio de cuatrocientos euros al mes.

¿Cuatrocientos? —repitió Natalia, horrorizada—. ¡Menudo robo!

Y que lo digas. Por eso ni me lo he pensado cuando he visto el cartel de tu amiga. Estaba deseando dejar ese sitio.

Abrió el armario y comenzó a meter ropa de la maleta.

Lo imagino.

Oye, es verdad que estamos en la misma clase, pero nunca habíamos hablado —comentó mientras sacaba su portátil de una de las mochilas y lo colocaba en el escritorio.

Es cierto.

¿Por qué? —preguntó.

Soy muy tímida —se excusó ella.

Pues se acabó la timidez —declaró—. A partir de ahora somos compañeros de piso, y exijo confianza y amistad con las personas que conviven conmigo. ¿Trato hecho? —dijo, ofreciéndole la mano.

Natalia lo miró.

«Confianza y amistad… ¿Y si llegases a traicionarme?», quiso decirle, pero se mordió la lengua a tiempo. «Solo fue un sueño. Solo un sueño», se convenció a sí misma.

Claro. —Y aceptó su mano—. Confianza y amistad.

Natanael sonrió, y volvió a sacar cosas de su maleta. Natalia buscó con la mirada la guitarra española que Natanael tocaba cada noche, pero no la veía por ninguna parte. El chico la pilló desprevenida, mirando hacia todos lados.

¿Qué buscas?

¿Y tu guitarra? —preguntó sin pensar.

Natanael frunció el ceño y permaneció callado y pensativo. Natalia se percató de que una vez más había metido la pata. Ella no tenía por qué saber que él tocaba ningún instrumento, y seguramente todo era un producto de su imaginación. Si allí no había ninguna guitarra era porque él no tocaba. Gema abrió la puerta sin llamar y le tendió al joven el preciado instrumento envuelto en su funda. El corazón de Natalia dio un brinco. Una vez más había acertado.

Te la has olvidado en el salón.

Natanael la dejó sobre la cama. Gema cerró la puerta, y entonces reinó el silencio. Natanael la miraba de forma rara, como intentando adivinar qué pasaba por su mente.

¿Cómo sabías lo de la guitarra?

Pero Natalia era lista y rápida para mentir.

La vi antes en el salón —explicó con una sonrisa nerviosa.

El teléfono empezó a sonar. Dio un par de tonos y de repente enmudeció. Segundos más tarde, Gema llamaba a gritos a Natalia, y la chica vio la oportunidad perfecta para escabullirse. Agarró el pomo de la puerta y antes de salir, dijo:

Espero que algún día toques algo para mí.

3

Quedarse allí parada, donde siempre quedaban David y ella, le revolvía el estómago, pero no podía seguir huyendo de la realidad. Así que cuando David la había llamado el día anterior, decidió quedar con él y hacer como si no hubiera pasado nada. Se excusó a sí misma, argumentando que la Universidad la tenía muy agobiada, y que había tenido algunos problemas familiares. David no había querido entrar en detalles, y la había perdonado por su comportamiento anterior.

Pero Natalia no se sentía bien. Al contrario: era como si se encontrase en una pesadilla permanente de la que no podía despertar. Creía haber pasado a otra etapa de su vida, donde tenía una nueva pareja de la que estaba profundamente enamorada, pero todo aquello no era más que una vil jugarreta de su inconsciente. Así que una vez más estaba delante del centro comercial, donde la rutina volvía a golpearla. Siempre era igual: ella llegaba cinco minutos antes y él más de cinco minutos tarde, lo que la hacía esperar algo más de diez minutos de pie, sola y aburrida. Después, él llegaría, le daría un beso insípido en los labios y se irían a caminar agarrados de la mano. Pero su tacto ya no sería suficiente, pues había aprendido a pasear tomando una mano más adulta.

«Él no existe. Métetelo en la cabeza», se repetía una y otra vez, pero de nada servía. Héctor seguía vivo en su mente, y tenía más vida que nunca.

Reconoció a David en la lejanía por la misma camiseta de cuadros que usaba cada día y por sus pesados andares. Se dirigió a él, sintiéndose también ella terriblemente cansada. Había salido más por obligación que por querer pasar un rato con él. Una parte de ella sentía cierta aversión por el chico. Cuando este se inclinó para besarla, tuvo el instinto de volver la cara, pero él la agarró a los dos lados de la cabeza. Nada más sentir esos babosos labios sobre los suyos tuvo la certeza de que iba a vomitar. Sintió calor en las mejillas y frío en la espalda. Un gusto amargo subió por su garganta. Le empujó y se tapó la boca. Intentó no respirar. Su colonia, su olor, también le provocaba náuseas. Esa fragancia que antes tanto le había gustado, ahora la hacía sentirse mal. David no entendía nada.

¿Qué pasa? —le dijo, preocupado, colocando una mano sobre su hombro.

No me beses hoy. No me encuentro muy bien. Tengo ganas de vomitar…

David mostró decepción en su rostro. La tomó de la mano y la miró con tristeza.

¿Te sientes muy mal? —La chica asintió. Tal vez así se librase de su compañía, y pudiera irse a casa—. ¿Prefieres que vayamos a mi casa a ver una película, tranquilos?

Natalia hizo una mueca. No había sido eso lo que esperaba conseguir, pero finalmente asintió. Era mejor que nada. David la agarró de la cintura y caminó sobre sus pasos. Natalia estaba pálida. Tenía mala cara.

Suspiró.

Hoy no hay nadie en mi casa —comentó de repente—. Es una pena que no te encuentres bien para… Porque no te encuentras bien para eso, ¿verdad? —intentó.

Natalia frunció el ceño. Esa era una de las cosas que tanto le asqueaba de David. Siempre pensando en el sexo, siempre en su propio placer, y no en el bien de ella. No pudo evitar compararlo con su novio imaginario. Sabía lo que habría dicho y hecho Héctor. Primero le habría besado las manos, habría mostrado verdadera preocupación por su estado, la habría llevado a casa y hubiera hecho todo lo posible por que se sintiera mejor. Ni se le habría pasado por la mente pedirle que aprovecharan que la casa estaba vacía. No, no lo hubiera hecho. Él era un hombre, no un niño como David.

¿Quieres que vomite en tu cama? —No pudo evitar que el tono fuera claramente hostil.

Bueno, tranquila. No hace falta que te pongas tan borde.

No es que yo sea borde, David; es que tú tienes la sensibilidad de una piedra. Te acabo de decir que me encuentro mal, y lo único que se te pasa por la cabeza es sacarme ese tema. ¿Eso es todo lo que te preocupas por mí?

Vale —dijo, frunciendo el ceño—. No debería habértelo preguntado.

Desde luego que no.

Sentía una opresión en el pecho. En su mente no paraba de preguntarse qué demonios hacía con un chico así y cómo era posible que no le hubiera dejado de una vez por todas. Entonces, se le ocurrió algo: ¿acaso ese sueño tan real había sido una especie de empujón que había creado su inconsciente para romper con David? Hacía mucho tiempo que se sentía insatisfecha, que sabía que David no sería el hombre con el que pasaría el resto de sus días. Tal vez su cabeza había creado todo ese mundo paralelo para convencerla de que ese chico no era para ella y que si su relación se terminaba, podría encontrar a alguien con el que fuera mucho más compatible. Alguien más adulto.

«Alguien como Héctor.»

4

Habían escogido el Ayuntamiento como punto de encuentro. Carmen y Natalia quedaron antes, como siempre hacían, y se encaminaron juntas hacia la Plaza del Rey. Natalia estaba más callada que de costumbre, y Carmen notó enseguida que algo le pasaba, pero no quiso agobiarla con preguntas que la harían sentir peor, así que esperó a que ella quisiera abrirse. Natalia no le contó nada de lo ocurrido las semanas precedentes. No quería que pensara que había perdido la chaveta. Pero sí le habló del estancamiento en el que se encontraba su relación con David, y en esto se explayó a sus anchas. Carmen la escuchaba atentamente y le aconsejaba, poniendo cuidado en cada palabra. Era un tema delicado, y no quería estropearle la noche a su amiga nada más empezar.

Cuando llegaron al Ayuntamiento, Teresa ya estaba allí. En las últimas semanas, Natalia había hecho un gran esfuerzo por trabar amistad con ella e integrarla en el grupo. Le hubiese resultado muy raro quedar con sus amigas y que ella no estuviera. Marina llegó unos minutos más tarde. Su casa estaba a unos minutos de allí, y caminaba a paso tranquilo.

Solo quedaba Rocío, que rara vez se retrasaba.

Me acaba de llamar. Dice que ya están cerca —dijo Marina.

«¿Están?», se preguntó Natalia.

¿Viene con el novio o qué? —inquirió.

Marina se volvió hacia ella, extrañada.

No —respondió, y si no fuera porque vislumbraron a Rocío corriendo hacia ellas, hubiera completado su respuesta.

¡Chicas!

Natalia quedó pálida. Detrás de ella venía América, cansada y sonriente.

¡Que no cunda el pánico! —gritó desde lejos—. ¡Ya estamos aquí!

Llegaron hasta ellas con la respiración agitada y la frente sudorosa. Se apoyaron sobre sus rodillas y esperaron a recuperar la compostura para besar a sus amigas.

¡Qué pechá de correr, carajo! —exclamó América.

Dio un beso a Marina, a Teresa, a Carmen…, y cuando llegó a Natalia, esta se echó hacia atrás, evitando su contacto y asesinándola con la mirada como si fuera un insecto verde y asqueroso.

¿Quién coño ha invitado a esta zorra? —soltó en voz alta.

América se quedó lívida. Las demás se volvieron hacia Natalia, anonadadas. La chica las recorrió con la mirada. Había esperado que alguna de ellas la apoyara y echaran entre todas a esa mentirosa compulsiva. Pero lo que encontró en sus rostros no fue rechazo, sino sorpresa. Después miró a América, que no se había atrevido a abrir la boca. Natalia dejó escapar una sonrisa y comenzó a reír a carcajadas. América también sonrió levemente, y el grupo se destensó al comprender que no era más que una broma. Natalia abrazó a América.

¡La cara que se te ha quedado! —exclamó.

¡Joder, es que estabas tan seria que me lo he creído! —se excusó.

Las demás también rieron. Solo Carmen fue capaz de adivinar la verdad en las palabras de su amiga. Cuando decidieron ir al pub más cercano y dejaron atrás la Plaza del Rey, Natalia aún sentía el corazón bombeando más rápido de lo normal por haberse expuesto de esa forma. Solo cuando Carmen le dio un codazo, la miró con complicidad y rio por lo bajo, supo tranquilizarse. Al fin y al cabo, todo había quedado como una broma.

5

Con cada día que pasaba, Natalia se sentía más perdida y confusa. La aparición de Natanael como compañero de piso había terminado por trastornarla de tal manera que ya no sabía qué era real y qué ficticio. A menudo soñaba con Héctor. En su cabeza aparecían escenas de ese sueño que se le antojaban demasiado reales. A veces se confundía de clase y se dirigía a las de segundo semestre, y en ocasiones llamaba Héctor a David. Solía sospechar de Natanael y de América sin ningún motivo y se sorprendía a sí misma ahorrando dinero compulsivamente, como si estuviera preparándose para un viaje que habría de hacer en un tiempo.

Esa madrugada volvió a soñar con él. Estaban en el hotel de Madrid en el que se habían hospedado en sus sueños. Héctor aparecía a su espalda y la abrazaba con fuerza. Pudo sentir su vello erizándose, escalofríos recorrer su espalda. Héctor la besó como si fuera la última vez que lo hiciera. La suavidad y el sabor de sus labios parecían tan reales… Y de repente, despertó, sintiendo que le habían arrebatado un bonito recuerdo en vez de una ilusión. Con el corazón a mil por hora y la frente chorreando sudor, se levantó de la cama y sacó del escritorio el cuaderno en el que había escrito unos días antes.

A ver, el sueño ha acertado en que Gema y Miriam son pareja y que Natanael ha venido a vivir con nosotras —se dijo a sí misma, haciendo un par de anotaciones en la hoja cuadriculada—. Creo que conocí a Héctor unos días después de mi cumpleaños. Empezamos a hablar el día… ¿catorce?

Arrancó de un tirón el calendario de la pared y redondeó con un círculo los días trece, catorce y quince de diciembre.

Uno de esos días —se dijo—. Si ese sueño no era un sueño, uno de esos días tiene que llegarme un mensaje de él.

Era una locura esperar que pasara algo, pero ¿qué tenía que perder? Guardó el calendario y el cuaderno en el cajón y volvió a la cama. Ahora solo tenía que tachar los días y esperar a que llegara el deseado mensaje que le diera la razón y desmintiera su aparente desquiciamiento.

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