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Como Dulcinea para Don Quijote

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VI

Como Dulcinea para Don Quijote

1

Gema y Miriam se apearon del coche con sendas mochilas. Durante el viaje, la preocupada madre de Miriam les había preguntado acerca de sus planes: a qué hora pensaban salir y cuándo pretendían irse a la cama; qué cenarían y si alguien las recogería a la salida de la feria; si iban solas o en grupo; qué clase de borrachos y desharrapados había en ese evento festivo que todos los veranos se celebraba en San Fernando… Les había costado mucho tranquilizarla y convencerla —o eso creían— de que ya eran unas mujeres hechas y derechas, que sabían qué lugares evitar, y que no se quedarían sin comer hasta el día siguiente. Se despidieron de ella y les aseguraron que la llamarían por la mañana para que pasara a buscarlas. El Citroën C5 desapareció por donde había venido, y las chicas se vieron libres de darse un beso en los labios. Miriam sabía que su madre no era tonta y que algo se olía, pero no se sentía con el valor suficiente para confesarle que le gustaban las mujeres. Se acercaron a un edificio recién pintado de un llamativo color azul que desentonaba con los colores pasteles de la zona.

¿Era el primer piso? —preguntó Gema.

Sí, primero A —corroboró Miriam, adelantándose a su novia y pulsando el botón.

Tardaron unos segundos en conseguir respuesta. Nadie preguntó quiénes eran; simplemente abrieron la puerta, y las chicas subieron las escaleras con rapidez.

La puerta del primero A se abrió antes de que pudieran llegar a ella, y Natalia salió con un vestido viejo y unas zapatillas de estar por casa. Las amigas se abrazaros entre gritos de alegría y saltaron al unísono como si hiciera un siglo que no se veían.

¡Te hemos echado de menos! —exclamó Miriam.

¡Y yo a vosotras! Pasad, pasad.

La casa estaba más ordenada de lo que acostumbraba. Su madre la había obligado a limpiar a fondo, como hacía cada vez que venían visitas, sobre todo si estas tenían intención de quedarse a pasar la noche. Y esa madrugada habría nada menos que siete chicas durmiendo en esa casa.

Gema y Miriam dejaron las mochilas en la habitación de Natalia y pasaron a saludar a Sandra, que se encontraba preparando su ropa. Esa noche dormiría en casa de una de sus hermanas, como hacía siempre que su hija le preguntaba si sus amigas podían quedarse a dormir.

El timbre volvió a sonar. Esta vez era Carmen, que había decidido ir antes para estar un rato más con la pareja y que así no se sintieran apartadas del grupo que, al fin y al cabo, conocían solo del cumpleaños de Natalia. Poco después, llegaron Teresa, Marina y Rocío. Habían traído pizzas para cenar antes de irse a la feria. Natalia preparó el horno y puso la mesa. Era las nueve y media cuando las dos primeras pizzas llegaron a la mesa y las chicas se abalanzaron como animales hacia ellas.

Sandra se acercó a la mesa antes de irse y les robó un trozo de la de jamón y atún. Se despidió de ellas, le dio un par de consejos a su hija y salió por la puerta alegremente con su porción de pizza.

¿Está bien que nos vayamos a las diez y media? —preguntó Marina.

En cuanto terminemos de cenar y me arregle —contestó Natalia.

Oye, ¿y dónde vamos a dormir? Somos un montón —comentó Teresa.

Natalia sonrió a Gema con la boca llena.

¿Lo habéis traído?

La joven de pelo corto se levantó y caminó hasta el cuarto de Natalia. Cuando regresó, llevaba entre las manos una bolsa.

Perfecto.

¿Qué es? —preguntó Rocío.

Una cama hinchable —respondió Miriam.

Gema sacó la cama deshinchada de la bolsa y la extendió en el suelo. Inmediatamente, Pantera saltó sobre ella, olisqueándola y revolcándose como si fuera un nuevo juguete. Las chicas se quedaron mirando su gran extensión. Se preguntaban cuánto mediría, y lo más importante…

¿Tenéis algo para llenarla?

2

Cuando llegaron a la entrada de la feria, esta ya estaba abarrotada de jóvenes cargados con botellas de alcohol que se encargarían de beber en el paseo, o de gente algo más sensata que simplemente esperaba a sus amigos para ir a dar una vuelta. Era el último día de dicha festividad, y las luces parecían brillar más que nunca.

El móvil de Natalia apenas se oía con la música y el jaleo que formaba la gente.

¿Sí?… ¿Dónde estás?… —Giró sobre sí misma, alzando la mirada entre el gentío. Finalmente, encontró a quien buscaba y elevó la mano sobre su cabeza—. Ya te he visto.

Colgó y corrió a por la última integrante del grupo.

¿Quién es? —preguntó Miriam al aire.

Natalia se acercaba de nuevo guiando de la mano a Raquel, aquella chica de pelo negro que alguna vez estuvo liada con América y con la que compartía ex.

Chicas, he invitado a Raquel a venir con nosotras —se volvió a la chica y señaló a la pareja del grupo—. A Gema ya la conoces de la clase. Ella es Miriam, su novia.

El grupo en general se sorprendió de la inesperada invitación de Natalia. Aquel día en la tetería, al volver a la mesa después de haber salido corriendo detrás de Raquel, les había contado todo lo ocurrido. ¿Quién se habría imaginado que la ex de América y la de David eran la misma persona?

Rocío se acercó a saludarla efusivamente. Días atrás habían estado hablando mucho por chat. Sentían que un vínculo especial las unía después de haber estado las dos con América.

El grupo de chicas se hizo hueco entre la multitud y accedieron al recinto ferial. En las casetas ya sonaba la música a todo volumen para desgracia de los residentes de los pisos más cercanos. Un gran número de menores se agolpaba a las afueras de la caseta de moda, El Tangazo, deseosos de entrar y dejar que la música los poseyera. Él vigilante, sin embargo, pedía el DNI e impedía la entrada a cualquiera que no alcanzara los dieciocho. Las chicas pasaron de largo. Allí lo único que encontrarían serían chulitos intentando ligar con la primera petarda que se les cruzara, chicas con vestidos excesivamente cortos contorneando el cuerpo como si de lombrices se trataran, y peleas cada vez que un gallito se cruzara con otro.

Podemos ver los fuegos artificiales y después entrar en alguna caseta —sugirió Carmen.

¡Pero primero Gema se tiene que montar conmigo en el Proyect! —dijo Natalia, volviéndose hacia la susodicha—. ¡Me lo prometiste!

Que sí, que sí… Ya vamos —aseguró esta, y le guiñó un ojo a Carmen—. Vamos a dejar que la niña se monte en los cacharritos.

Natalia adoraba la feria, pero no por la razón por la que los jóvenes suelen adorarla; no por las largas noches en vela bailando y bebiendo hasta emborracharse; sino por las atracciones, por las patatas asadas, por el algodón de azúcar y los buñuelos con chocolate. Por las distintas canciones que bailaban en el ambiente, por los vestidos de gitana, por el olor dulce que desprendían las delicias de los puestos de chucherías, por las patatas fritas en el momento… Porque cuando pisaba ese lugar lleno de música y color, cuando montaba en una de esas atracciones y notaba la adrenalina correr por sus venas, sentía que volvía a ser una niña.

Después de hacer cola y satisfacer sus ansias de probar las atracciones, las amigas fueron al paseo a coger sitio para los fuegos artificiales.

Hacía una noche cálida y soplaba una suave brisa. Natalia recordaba la vez en la que, siendo niña, los fuegos artificiales se desviaron a causa del viento y empezaron a caer demasiado cerca de la gente. La multitud había enloquecido y se empujaban unos a otros para poder salir de ese estrecho paseo. Su padre había impedido que la aplastaran, porque cuando ocurrían ese tipo sucesos terroríficos, la gente solo miraba por su propio bien, y no por el de los demás. No importaba a quién pisotearan o hicieran daño con tal de salvarse…, ni siquiera a una niña. Mientras pensaba en lo egoístas que pueden llegar a ser los seres humanos, se oyó un silbido que ascendía hacia el cielo y provocaba una pequeña explosión. Era la señal.

¡Ya empieza! —exclamó Carmen.

Empezaban poco a poco, tirando un solo cohete a la vez. Normalmente solían ser pequeños y de pálidos colores para que la gente se impacientara y no perdiera detalle del espectáculo. Pasados unos minutos, soltaban algunos más grandes y vivos. Colores rosas, azules, verdes, rojos… Cada vez que explotaban en el cielo y lo iluminaban con su luz, Natalia recordaba el sonido de las palomitas al hacerse en el microondas. Tenían formas extrañas. Pudo adivinar flores entre otras. El juego de distintas tonalidades era precioso. La gran masa permanecía en silencio, expectante. Solo se oía a los niños, que asombrados señalaban al cielo y gritaban de júbilo. Cuando las explosiones cesaron y el cielo quedó inundado de humo, algunos aplaudieron. Natalia sonrió, satisfecha.

¿Compramos unas bebidas y damos una vuelta por aquí antes de entrar a bailar? —se hizo oír Marina entre el barullo y la música estruendosa de las atracciones.

¡Me apetece un rebujito! —exclamó Rocío animada.

El paseo fue vaciándose poco a poco, y pronto solo quedó la juventud que se reunía allí para beber y pasar el rato. Se pusieron en un lugar tranquilo, donde no hubiera mucha gente, procurando que entre esas personas abundara el sexo femenino más que le masculino, pues este último solía crear más problemas que un grupo de chicas. Aunque tal vez, eligieron mal…

¡Quilla, mira quién está allí! —le dijo Marina a Natalia.

No solo Natalia se dio la vuelta, también toda la tropa. Si querían ser discretas, no lo habían conseguido. Natalia sintió que se le revolvía el estómago. Era América, pero no estaba sola, como ella esperaba verla.

Raquel y Rocío hicieron una mueca con la boca.

Es esa cerda mentirosa —soltó la primera.

Qué patética —comentó Rocío—. Está con los amigos de su hermano.

Normal —comentó Teresa, dando un buche a su tinto con casera—, se ha quedado sola.

Gema y Miriam quisieron participar en la conversación, y se acercaron aún más para curiosear en voz baja.

¿De qué estáis hablando? —preguntó Miriam en un susurro.

¿Quién es? ¿Quién es la cerda mentirosa?—Gema no fue tan sutil.

Natalia señaló con la cabeza a sus espaldas.

La chica de vestido azul, ¿la veis?

Sus amigas miraron y asintieron a la vez. Era imposible no verla. Parecía querer llamar la atención de toda la feria con su risa estridente y sus chistes malos.

¿Recordáis la amiga traidora esa de la que os hablé?

¡¿Esa es la enferma terminal?! —exclamó Gema sin importarle quién pudiera oírle.

El grupo se echó a reír sonoramente. Miriam se quedó observando a la pandilla, que ahora los miraban, la mayoría intrigados por saber de qué se estarían riendo. América le dijo algo al oído a uno de los chicos, y este le rio la gracia, fuera la que fuese.

«¡Hombres!», pensó Natalia.

Rocío apuró su rebujito y rio con malicia. Se acercó a Raquel y pasando el brazo por su hombro, le susurró alguna maldad al oído. La morena sonrió abiertamente y asintió varias veces. Bebió un buche de su Whisky con cola y le dejó su vaso a Natalia. Ambas, agarradas de hombro y cintura respectivamente, se acercaron entre bailes a América y, como si no las hubiera visto antes, la saludaron con falsa sorpresa. Todo el grupo se giró para ver cómo la expresión de América se deformaba al ver dos de sus ex —que además la odiaban a muerte— juntas. Algo inaudito. Y por ello, Gema no pudo evitar grabar la escena con la cámara de su móvil. Dos chicas medio borrachas atormentando a una exnovia en común. Eso tenía que inmortalizarlo. Cuando Raquel y Rocío se encaminaron de nuevo hacia ellas con unas sonrisas de oreja a oreja y América se quedó con cara de pánfila, el grupo entero estalló en carcajadas. Natalia pasó un brazo alrededor de los hombros de Raquel como si la nueva integrante del grupo fuera un gran premio. Entonces, volvió la vista hacia atrás y se percató de que América la asesinaba con la mirada. Su cara mostró una sonrisa; su mano, el dedo corazón.

3

¿Ya te han dicho la fecha de presentación? —le preguntó Messías, su ciberamigo desde hacía largo tiempo.

Héctor intercalaba las tareas del hogar con la charla de su amigo. Tenía que aprovechar sus días libres para poner orden en esa enorme casa. Cuando la vio por primera vez, no se sintió del todo convencido. Compuesta por dos pisos, era excesivamente espaciosa para una pareja. Pero Irene insistió hasta la saciedad, y terminó convenciéndolo. Ahora se arrepentía de aquella decisión. La limpieza no acababa nunca y la hipoteca lo ahogaba. Tenía que trasladarse a un apartamento más pequeño.

Será en septiembre, pero aún no me dijeron la fecha exacta —respondió Héctor.

¿Estás nervioso?

Emocionado. —Recordó los hermosos rincones de Madrid; se sintió ansioso por ver su libro ya preparado y colocado en los estantes de las tiendas; pero sobre todo, dejó volar su mente hasta una joven de sonrisa cautivadora—. Pero más por el reencuentro que por la presentación —admitió.

¿Por el reencuentro? —preguntó Messías, algo perdido.

¿Acaso no te dije?

¿El qué?

¡Mi chica vendrá a Madrid! —anunció, como si de un gran bombazo se tratara.

¿En serio? ¡La famosísima Pétalo irá a tu presentación! —escribió—. Y pensar que hasta hace poco no querías ni verla!

Estaba equivocado —reconoció—. Es sencillamente perfecta.

Vamos, que la relación va viento en popa.

Sin duda.

Me alegro mucho por ti, amigo. ¿Y cómo es físicamente? ¿Es guapa?

Héctor sonrió al recordar de nuevo su joven rostro.

Te dije que es perfecta.

Uy, eso me suena a que no es muy agraciada —bromeó Messías.

Cuando digo perfecta, lo digo en todos los aspectos.

No me lo creeré hasta que la vea.

Héctor sonrió de nuevo, pero esta vez algo picado, con el reto reflejado en el brillo de sus ojos. Así como nadie podía osar insultar a Dulcinea delante de don Quijote de la Mancha, no dejaría que ni su amigo de más confianza se atreviera a dudar de la belleza de su chica.

Te enseñaré una foto, y te tragarás tus palabras.

No quería confiarle una fotografía a alguien del que ni siquiera sabía el nombre, así que la subió como foto de perfil del Messenger. Tardó unos segundos en cambiar la imagen del gato Félix por una en la que estaban los dos en Cádiz, abrazados.

Messías se quedó sin palabras cuando vio a esa chica de pelo rizado y profundos ojos castaños. Su rostro perdió todo el color y empezaron a temblarle las manos.

¿Qué te parece mi niña? Hermosa, ¿verdad?

Messías tardó en responder. No sabía exactamente qué escribir. Finalmente, tragó saliva, respiró hondo y tecleó unas pocas palabras.

No está mal. Oye, tengo que irme. He quedado con unos amigos.

Está bien, güey. Nos vemos.

Messías apagó el ordenador rápidamente. Sentía el corazón acelerado y un profundo dolor en el pecho. No podía ser. Había tantas personas en el mundo… ¿Cómo era posible?

Alguien llamó a su puerta. Era su hermana pequeña.

David, mamá dice que la ayudes con no sé qué —le avisó desde fuera.

Ya voy —contestó David cuando buenamente pudo.

Quiso levantarse de inmediato, pero las náuseas que sentía en el estómago le anunciaron que vomitaría si se atrevía a hacerlo. Así pues, tuvo que esperar unos minutos más en la silla, intentando asimilar lo que acababa de ver.

4

¿En serio?

Natalia no podía creérselo. O sí…, sí que podía. Claro que podía. Las personas no cambian tan fácilmente. Aun así, no conseguía dejar de asombrarse con la poca vergüenza de la que hacían gala algunas personas.

Como lo lees. Me telefoneó esta mañana.

Pero, ¿qué te dijo exactamente?

Era curiosa por naturaleza, pero aquella situación hacia que esa característica se acentuara. Necesitaba conocer los detalles.

Para empezar, me sorprendió oír cómo sollozaba. Me pregunté: «¿qué pedo con esta vieja?». Ya te digo que fuimos compañeros una vez en la misma sucursal, pero la trasladaron a la de Irene. Hacía meses que no hablábamos, aunque siempre tuvimos buena relación. Se llama Laura.

»Le pregunté qué le ocurría, y me contestó: «Enrique rompió conmigo. Y todo por culpa de la perra de tu ex. ¡Se fue con ella! ¡Me dejó por esa víbora!». Ya puedes imaginar mi cara.

¡Qué zorra! Aunque, la verdad, no me extraña. La que es guarra, es guarra —contestó Natalia. No sabía por qué, pero una parte de ella se sentía furiosa con esa mujer. Podía ponerse en la piel de la pobre Laura e imaginar el calvario que estaría pasando.

Lo peor es que llevaban dos años casados —explicó Héctor.

¿Se metió en un matrimonio?

Al parecer se vieron a escondidas en varias ocasiones.

¡Dios, cómo se puede ser tan… asquerosa!

Era indignante. Se suponía que debía estar contenta —o al menos tranquila— al saber que se la había quitado de en medio, y sin embargo, se encontraba consternada por su actitud de niñata y su comportamiento amoral. En su mente no cabía que existiese gente tan retorcida.

Sinceramente, me da igual lo que ella haga o deje de hacer, pero siento tristeza por Laura. Es una buena chica y estaba muy enamorada de su marido.

¡Ese es otro cerdo! Engañando a su mujer… Se ve que Irene y él están hechos el uno para el otro. Son dos hijos de puta. ¡Dios los crea y ellos se juntan! —dijo Natalia.

Ya ni al caso, mi amor. No me gusta decirlo, pero no es cosa nuestra. Y eso mismo le dije a Laura; que lo sentía mucho, pero que Irene ya no es cosa mía, y lo que ella haga no me incumbe. De todas formas, decidimos quedar con unos amigos para ir a la playa en estos días. Necesita olvidarse de lo que pasó.

Sí, intentad animarla. ¡Que se divierta y se olvide de ese idiota! Díselo de mi parte.

Eso haré. Descuida.

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