Canal RSS

Archivo de la categoría: Alea iacta est (Parte II)

Para mí estás muerto

Publicado en

IX

Para mí estás muerto

1

¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Héctor dejó que una risilla escapara de su boca. Cogió en peso la maleta de su novia y la colocó junto a la suya.

¿Me lo preguntas ahora, que ya montamos en el tren? —preguntó con un tono burlón, mientras la guiaba hasta sus respectivos asientos.

Natalia señaló hacia la salida.

Todavía tenemos la oportunidad de salir huyendo.

Héctor echó una ojeada a la puerta, que tras unos pitidos que alertaban la salida del tren, se cerró, dejando a Natalia con una mueca de disgusto en la cara. Héctor se volvió hacia ella con una sonrisa.

Tarde.

Natalia resopló y vio por la ventana cómo el tren empezaba a alcanzar cierta velocidad. En cuatro horas estarían en San Fernando y les presentaría a sus padres a su novio mexicano de treinta años. Se llevó la mano a la boca y mordió la uña de su dedo pulgar. ¿Y si su padre se ponía muy pesado? ¿Y si hacia algún comentario que pudiera ofender a Héctor? ¿Y si le hacían sentir incómodo?

Le miró de soslayo. Desde la ventana, observaba el paisaje. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Siguen sorprendiéndome los paisajes españoles —comentó, tomando su mano. Natalia le respondió con una expresión preocupada—. ¿Qué ocurre, mi amor? No entiendo por qué estás tan nerviosa. Algún día tendré que conocer a tus padres.

Sí, pero… No sé —murmuró, mirando hacia todos lados.

Se volvió hacia ella y la obligó a enfrentarle con la mirada.

A ver, dime: ¿qué puede salir mal?

Lo pensó con detenimiento, y llegó a la conclusión de que no sabía por qué estaba tan preocupada. Sus padres no eran precisamente unos ogros. Estaba segura de que lo tratarían bien y lo aceptarían sin pensarlo. Aun así, no podía evitar que se le revolviera el estómago.

Nada, supongo —reconoció. Infló los pulmones y los vació de golpe—. Tienes razón. No tengo por qué preocuparme.

Claro que no.

Es la costumbre, supongo. David nunca quería reunirse con mis padres… En realidad, con nadie de mi familia. Se me hace extraño que tú sí quieras.

La besó en la mano y le brindó una mirada cómplice.

Tu familia es mi familia. ¿Esto es una relación, o no?

Claro que sí —respondió sin dudar.

Entonces, no se hable más. San Fernando, allá vamos —dijo, muy animado.

Pero Natalia no estaba tan convencida. Tenía la sensación de que algo saldría mal. Era una corazonada.

Cogió aire y lo soltó lentamente. Seguramente solo estaba nerviosa.

2

Ay, Dios… —murmuró Natalia cuando ya estaban fuera de la estación, girando la cara hacia él, como intentando esconderse de algo o de alguien.

Héctor se detuvo. Conocía esa reacción. La había vivido la última vez que había estado en Cádiz.

¿Qué ocurre? —le preguntó.

Natalia hizo un gesto con la cabeza, señalando disimuladamente a la persona que se encontraba apoyado en una de las barandillas de la estación de trenes. Héctor miró sin disimulo, al igual que hacia el joven de descuidado físico y aspecto que los observaba con cara de pocos amigos.

Tu ex.

Ella asintió.

Héctor la agarró de la mano para tranquilizarla.

Ven, vamos a tomar un taxi.

Salieron por la puerta acristalada y marcharon hacia la izquierda para bajar a la parada de taxis. Ese crío no se atrevería a hacer nada, pero prefería evitar problemas. Así había sido la última vez que se habían encontrado en el parque Genovés. El chico solo había asistido para molestar con su presencia, pero no tenía narices para hacer nada más. Al parecer, esta vez iba a ser diferente.

¡Oye! —les gritó, y acto seguido profirió un silbido colocando dos de sus dedos en la boca—. ¡Os hablo a vosotros!

Héctor se volvió hacia él. No estaba dispuesto a que un niñato los llamase como si de perros se trataran, y mucho menos que se pusiera chulo con ese tono de voz de barriobajero. Natalia también miró hacia él, con el corazón desbocado. No podía creer que David les hubiera llamado, y aún menos, que se estuviera acercando con pasos seguros. Héctor estaba en tensión. Odiaba a ese niño desde que había oído hablar de él, pero no estaba dispuesto a morder a menos que él atacase primero. David se paró cerca de Natalia. Héctor dio un pequeño tirón de su brazo para acercarla más. David lo miró.

Tranquilo, que no te la voy a quitar. Yo no soy un robanovias.

Aunque quisieras, no podrías —contestó Héctor.

David se dirigió entonces a Natalia.

¡Cuánto tiempo, bonita! —dijo, llamándola de la misma forma en que lo hacía cuando salían—. Supongo que no me habrás echado de menos.

Héctor temblaba de ira. Natalia frunció el ceño.

David…

Oh, lo siento… No me acordaba de que ya no eres mi bonita. No desde que me abandonaste por este.

Héctor estaba a punto de saltar, y la chica lo sabía. Así que intentó tranquilizarle con una caricia en la mano a base de mover el pulgar suavemente.

No pienso volver a tratar ese tema.

David sonrió.

No te preocupes. No es contigo con quien quiero hablar hoy. Ya te rogué bastante en su día —le reprochó, y volvió a mirar a Héctor—. Solo he venido a preguntarte cómo se puede ser tan hijo de la gran puta.

Héctor dio un paso violento hacia adelante. Natalia lo agarró con fuerza del cuerpo.

¡Héctor!

Ella no te dejó porque me conociera a mí —rugió el joven mexicano—; lo hizo porque fuiste un pésimo novio.

David apretó los puños. Su sonrisa malintencionada desapareció.

¡Tú qué cojones sabrás!

Sé lo que ella me contó, que no eres más que un niño que nunca maduró. Y por lo que veo, es cierto, porque si fueras un hombre no la perseguirías de esa forma. ¿Por qué no dejas ya de buscarla y de espiarla?

Yo no la espío.

Entonces, ¿cómo sabías que estaríamos acá?

La mirada de David fue significativa.

Porque tú me lo dijiste.

Natalia miró a Héctor, confundida, pero esto no aclaró sus dudas. Su chico estaba casi tan contrariado como ella.

¿Qué dices?

¿Te suena de algo el nombre Messías? —dijo David, con una mueca en la boca.

Los ojos de Héctor parecían platos.

¿Qué? ¿Tú eres Messías?

David apretó la mandíbula. La expresión de Héctor no hacía más que enfurecerlo. Con cada segundo estaba más cerca de lanzarle un puñetazo a la cara. Metió la mano en el bolsillo y sacó un papel arrugado. Con un gesto furioso, le lanzó la bola de papel al pecho, la cual rebotó y cayó al suelo. Héctor se agachó para recogerla. Cuando vio lo que contenía, palideció. Entonces, clavó su mirada en David.

Mientras yo sufría como un perro, tú te estabas tirando a mi novia.

Ya no estabais juntos cuando ocurrió esto —aclaró Héctor.

¡Se suponía que eras mi amigo!

¿Yo qué demonios sabía? —gruñó.

Natalia echó un ojo a la imagen que aún conservaba Héctor entre sus dedos. El corazón le dio un vuelco, y le arrancó la foto de las manos. Tragó saliva. Era una foto de Héctor y ella en el sofá de su casa, en una situación comprometida. Se llevó la mano a la boca y sofocó un quejido. Apretó la foto con sus manos, y sin que ninguno de los chicos presentes lo esperara, se lanzó contra David y comenzó a propinarle tortazos con las manos abiertas.

¡¿Qué coño haces tú con esto?! ¡¿Qué carajo es esto?! —gritaba, sofocada—. ¡Contesta!

La gente que pasaba los miraba, temerosos de que los chicos pudiera empezar una pelea a puñetazo limpio. David la sujetó por los brazos.

¡Alguien me la mandó! Y por las personas que tienen acceso a tu casa, no creo que sea muy difícil adivinarlo…

Natalia palideció de nuevo. Claro que no era difícil. Solo había una persona que tuviera llave de su casa y que fuera capaz de aquello. La chica comenzó a llorar, avergonzada y humillada. Se soltó de un tirón y miró a David con la cara roja de rabia. Parecía que le faltaba la respiración. Héctor la abrazó para tranquilizarla.

¡Os voy a denunciar! ¡A los dos! —chillaba con todas sus fuerzas—. ¡Más te vale que no tengas más fotos como esas! ¡Os vais a acordar de mí!

3

Héctor golpeó a Natanael contra la pared. El chico gruñó de dolor. Natalia agarraba a Héctor de la camiseta y tiraba de él, pero este no iba a parar hasta desahogarse. Cuando, al ver a Natanael salir de la Universidad, le había dicho a su novio que se trataba del ex compañero de piso que había hecho la foto, Héctor se lanzó hacia él cuando estuvo lo suficientemente lejos de la Facultad como para que no pudieran relacionar la pelea con el campus en el que estudiaba Natalia, y que así esta no se viera perjudicada.

¡Héctor, déjalo, no le pegues!

¿Tienes más fotos, cabrón? —preguntó con tono amenazador, colocando su cara muy cerca de la de él. Natanael estaba muy tranquilo. Ni siquiera intentaba defenderse. Era como si ya supiera que eso iba a acabar pasando—. ¡Habla!

Natanael negó con la cabeza.

Solo hice una, y la borré en cuanto se la envié a su ex —reconoció.

Eres un maldito imbécil —sentenció Héctor, sin soltarle—. Te denunciaremos por esto.

Natanael se encogió de hombros.

Haced lo que os dé la gana.

No parecía enfadado. Sus ojos azules miraban fijamente a Natalia, que lloraba copiosamente. El chico exhaló un suspiro. Sabía que lo había hecho todo mal. Había cometido innumerables errores y había hecho esa foto con la intención de dañarla o algo peor. Quería que su relación con ese mexicano se acabara. En ese momento estaba colérico y su mente no pensó en las consecuencias. No había imaginado lo mucho que le dolería ver a Natalia llorar.

¿Por qué hiciste eso? —preguntó Natalia en un susurro, como si más que enfadada, se sintiera infinitamente decepcionada. Natanael había pensado que después de sus continuas peleas no podía estar más desilusionada con él, pero al parecer sí que era posible—. No pensé que pudieras llegar tan lejos.

El chico de ojos azules bajó la mirada, avergonzado, y tragó saliva.

Porque estaba celoso —reconoció, y dejó pasar unos segundos antes de volver a hablar—. Te quiero, Natalia. Cuando terminaste con David, pensé que había llegado mi oportunidad para conquistarte, pero alguien ya se había adelantado. —Miró a Héctor de soslayo—. No podía aceptarlo…

¡Esa no era la manera de hacer las cosas!

Lo sé… —Quería excusarse de todas las formas posibles; intentar que entendiera sus razones, pero ¿de qué serviría? Ya de nada. Había echado todo por la borda. Natalia jamás le perdonaría algo como aquello. Algo tan extremadamente rastrero y asqueroso—. Lo siento. He sido un idiota.

Héctor lo soltó bruscamente. Natanael se colocó bien la camiseta, sin fuerzas, con tristeza.

No importa por qué lo hiciste. Eso es un delito —aclaró Héctor, abrazando a Natalia por la cintura.

¿La enviaste a alguien más? —se atrevió a preguntar Natalia, angustiada.

Natanael negó con la cabeza.

No. Solo a David.

Héctor tiró de Natalia. No quería que estuviera cerca de un chico que era capaz de venderla como si fuera carnaza.

Esto no quedará así…

Natalia agarró fuerte su mano, y apoyó la cabeza en su hombro. Estaba mortalmente seria, y también parecía cansada. Más que nunca.

Héctor…, será mejor que lo dejemos estar.

Ambos se volvieron hacia ella igual de sorprendidos.

¿Qué…?

Quiero dejar de lado esto de una vez. Estoy harta de tantas peleas. No tendría que ser así… —Se dirigió a Natanael. Le lanzó una mirada fría, helada—. No te pondré ninguna denuncia —Tomó la mano de Héctor y empezó a caminar—, pero no quiero tener nada más que ver contigo. A partir de ahora, para mí estás muerto.

Continuaron su camino hasta perderlo de vista. Héctor acarició la mano de Natalia con el pulgar y la chica suspiró.

Oye…, ya sé que querías conocer a mis padres —murmuró—, pero…

Ya sé —entendió Héctor—. Si te ven así, pensarán que te hice algo. Está bien, mi amor. Lo dejamos para la siguiente ocasión.

4

Natalia daba vueltas en la cama de matrimonio de la casa de Cádiz desde que se había acostado. Héctor dormía a su lado, ajeno a todos los pensamientos que se cruzaban en ese momento por su cabeza y al dolor que sentía en el pecho. Al día siguiente, volvería a marcharse, y no volverían a verse hasta Dios sabía cuándo. Una vez más lo perdería y se quedaría hundida, como en la otra ocasión.

No. Esta vez sería peor, porque cuando se habían conocido en marzo apenas habían pasado juntos un fin de semana, y ni siquiera habían compartido habitación. A Natalia apenas le había dado tiempo de saborear su compañía, y aun así había sentido un gran vacío al perderlo. Ver marcharse el tren en el que él iba montado la había destrozado.

Imaginaba la situación del día siguiente. Se abrazarían, se besaría, y después… nada. Él se iría de nuevo y ya no quedaría nada. Volvería a reinar en su vida aquel vacío. No podría evitarlo. Se había acostumbrado demasiado a él, a su presencia, a su voz, a su olor… Se preguntaba cómo sería el despertar sin verle acostado a su lado, sin las bromas y los juegos; qué haría cuando él no pudiera abrazarla para consolarla cuando estuviera triste; qué sentiría al no poder agarrar su mano por la calle; caminar a su lado y hablar de cualquier cosa; simplemente oír su risa.

¿Cómo podría soportarlo aquella vez?

Pero la pregunta que más se repetía era la de ¿cuál sería la siguiente oportunidad para verlo y cuándo llegaría esta? La primera vez, Héctor había tenido que ir a Madrid a firmar los contratos con la editorial, y esa ocasión había llegado con la presentación de su libro. Habían sido casualidades. Le dolía pensar que podría pasar mucho tiempo antes de que Héctor tuviera que volver a España.

Le abrazó con fuerza. No quería volver a perderlo. Desde un principio había conocido las consecuencias que tendría esa relación a distancia, pero no había pensado que la separación sería tan dolorosa. Y lo peor no era eso. Parecía que todo el mundo estaba en contra. Primero, América con sus comentarios malintencionados; después, Natanael, contraponiéndose a su relación e incluso llegando a intentar separarlos; y por último, David, que había ido a buscarlos a la estación. Y ella se preguntaba: ¿por qué? ¿Por qué no podían dejarlos en paz? ¿Por qué no podían dejar que fueran felices?

Se preguntó qué hubiera cambiado si esas tres personas que en su momento habían sido tan importantes para ella no se hubieran metido de por medio, y la respuesta llegó sola y rápida: nada.

Era la triste realidad. Nada hubiera cambiado, porque ella hubiera seguido sufriendo por la distancia. Y seguiría sufriendo durante años, hasta que terminara su carrera y decidieran su futuro juntos. Pero…, ¿valía la pena sufrir durante tantos años, habiendo tantos obstáculos de por medio?, fue lo último que se preguntó Natalia antes de quedarse dormida.

5

Salieron del taxi con el tiempo justo. El tren partía en poco más de cinco minutos. Natalia no había pronunciado palabra desde que le dijera al taxista el destino al que debía llevarles, y a Héctor, teniendo presente la inminente despedida, no se le había pasado por la cabeza que este pudiera ser un comportamiento extraño. Sacó su billete y revisó el vagón y el asiento que se le había asignado. Después, se volvió hacia ella con expresión triste.

Tengo que subir.

Ella asintió.

¿Estás bien?

Natalia abrió la boca un segundo, pero no se sintió con valentía suficiente como para decirle lo que llevaba dentro. Héctor la abrazó con fuerza.

No te preocupes. Volveré antes de lo que te imaginas. Pronto estaremos juntos de nuevo.

Natalia se separó lentamente de él, cabizbaja y negando con la cabeza.

¿No qué? —preguntó Héctor.

Por pronto que regreses, te volverás a ir —dijo—. No creo poder soportar más despedidas.

¿Qué… ? —Ella calló. Héctor fue testigo de cómo una lágrima recorría su mejilla—. ¿Qué quieres decir con eso?

No quiero que vuelvas —respondió con un nudo en la garganta. Tomó aire y volvió a hablar—. No puedo… Yo no creía que estoy iba a ser tan difícil.

¿Qué estás diciendo, Natalia? ¿Me estás dejando?

Todo se pone en nuestra contra. Ya no es solo la distancia lo que hace que esto sea imposible.

¿Imposible? —repitió incrédulo—. ¡Nada es imposible! ¡Te lo dije, el mundo puede ser tan grande o tan pequeño como uno quiera!

Héctor sentía cómo su corazón se resquebrajaba poco a poco. Miraba al tren, que estaba a punto de partir, y a Natalia, que en ese punto lloraba sin control. Si hacía falta, estaba dispuesto a dejarlo ir, pero no podía permitir que las cosas terminaran de esa forma, y más cuando la culpa no había sido de ninguno de los dos. La agarraba con fuerza de los antebrazos e intentaba que lo mirara, pero ella no hacía más que derramar lágrimas y evitar sus ojos.

«Tren de larga distancia con destino Madrid – Puerta de Atocha, con salida a las 12 horas 47 minutos va a efectuar su salida», anunciaban por megafonía.

Héctor esta vez ni siquiera miró el tren, que empezaba a dar señales de partida próxima.

Por favor, Natalia. No puedes dejarme así.

La chica lloraba con la fuerza de una niña pequeña, tapándose los ojos con las manos.

No deberíamos haber empezado esto.

Los ojos de Héctor se humedecieron. Natalia estaba hablando en serio. No era ninguna broma de mal gusto.

No me digas eso, te lo ruego. ¡Esto no puede acabar de esta manera! ¡No fue nuestra culpa todo lo que pasó!

El tren cerró sus puertas y un pitido anunció su puesta en marcha. Héctor miró hacia él un solo segundo; el tiempo suficiente para que Natalia se soltara y saliera corriendo. Sin pensarlo, Héctor corrió detrás de ella, dejando atrás su equipaje. No podía dejarla escapar. Sabía que eso significaría no volver a verla.

Natalia salió de la estación de trenes y corrió con todas sus fuerzas sin mirar por dónde iba. Oía a Héctor detrás de ella. Sabía que tarde o temprano la alcanzaría. Aquello era lo más difícil que había hecho en toda su vida.

¡Natalia!

En un instante de debilidad, miró hacia atrás, y ello le impidió ver el coche que salía del aparcamiento de la estación. Todo fue muy rápido. Oyó un frenazo, giró la mirada y para cuando quiso darse cuenta, aquel coche rojo ya estaba a unos centímetros de ella. Cerró los ojos, se cubrió con los brazos, sintió un golpe en el cuerpo y a continuación otro en la cabeza. El ruido de los cristales acompañó a su caída.

¡Natalia! ¡Natalia! —escuchaba los gritos de Héctor.

Estaba a su lado, la estaba sujetando. Lloraba.

¡Dios mío! ¡No la he visto! ¡Se me ha echado encima!

¡Llame a una ambulancia, apúrese!

Había gritos, llantos, disculpas. Al rato se oyeron unas sirenas. Héctor agarró la mano de su chica mientras la subían a la ambulancia.

Todo va a salir bien, mi amor. Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Nueva vida, nuevas oportunidades

Publicado en

VIII

Nueva vida, nuevas oportunidades

1

Hacía dos días que Héctor no daba señales de vida. Natalia, que había decidido no «tocarle las narices» hasta que él decidiera hablar con ella, estaba furiosa con él, pero también preocupada. Ese comportamiento no era lógico en Héctor. Falta de atención, malas palabras y desaparición por unos días. No, ese no era Héctor. Se preguntó si alguien se habría metido en su sesión sin permiso y habría suplantado su identidad. Se montó ella sola una película en su mente, en la cual Irene entraba en su cuenta, adivinando de algún modo la contraseña, e intentaba perjudicarle haciéndose pasar por él. Pero no, no tenía sentido, ya que Héctor se hubiera conectado al día siguiente y habría conversado con ella como cada día.

«¿Y si le ha borrado su cuenta?», se preguntó. Rápidamente descartó esa posibilidad. Solo intentaba excusar el comportamiento de Héctor. Aun así, no podía creer que a solo dos semanas del viaje a Madrid, cuando ya tenía comprado el billete y realizando todos los preparativos, desapareciera así como así. ¿A qué estaba jugando? ¿Qué estaba pasando?

Al día siguiente, la preocupación ganó al orgullo y su corazón de ablandó hasta el punto de mandarle varios mensajes al móvil…, pero ninguno fue contestado. Comenzó a preguntarse si le habría pasado algo o si había decidido no volver a verla. Con cada minuto que pasaba se angustiaba más. ¿Y si había vuelto a entrar en depresión, como la última vez?

«¿Vuelves a estar deprimido? ¿No quieres volver a verme? ¿Qué ocurre, Héctor? Por favor, contesta al menos para saber que estás bien», rezaba el último mensaje que le había enviado.

Aquella noche se había quedado hasta tarde en el ordenador. Su madre hacía rato que se había ido a la cama, y ella permanecía frente a la pantalla, a la espera de alguna señal de vida. Pero nada. No había absolutamente nada. Héctor no se había conectado en ninguna de las páginas web que frecuentaba, y si lo había hecho, no había dejado ninguna pista de ello.

Natalia quiso golpear la mesa de la impotencia. Se echó las manos a la cara y comenzó a llorar, ahogando los sollozos. Siempre había sido muy reservada y no quería que su madre se despertara a causa de sus lamentos y le preguntara qué ocurría. Lloró hasta que la mesa quedó cubierta de pañuelos y cuando el reloj marcó las tres y media de la mañana, decidió que estaba demasiado cansada para seguir esperando.

Mandó un último mensaje a su Facebook:

«¿Dónde estás, Héctor?»

Y cuando estaba a punto de cerrar, una musiquilla le anunció que tenía un nuevo mensaje. El corazón le dio un vuelvo cuando vio que era de Héctor:

«Aquí estoy, mi amor. Pensé que ya estabas durmiendo.»

Natalia se conectó rápidamente al Messenger, y allí estaba, por fin.

¿Dónde demonios estabas, Héctor Ignacio? —le escribió a toda velocidad, furiosa y feliz a la vez—. ¿Por qué no respondías mis mensajes del móvil?

No podía, mi amor. Mi móvil quedó destrozado.

¿Destrozado? ¿Qué le pasó?

No te vayas a asustar, mi amor. Todo está bien, ¿de acuerdo?

Los latidos del corazón de Natalia empezaron a multiplicarse. Por un momento, olvidó que estaba terriblemente enfadada con él. Héctor se había puesto muy serio, y eso no presagiaba nada bueno.

¿Qué ha pasado, Héctor?

Hace cuatro días, cuando regresaba del trabajo, tuve un accidente de coche. Manejaba a demasiada velocidad y me salí en una curva. El coche quedó destrozado.

Natalia tragó saliva. La noticia había llegado tan de sopetón que no le había dado tiempo a asimilarla. Durante esos días había imaginado mil situaciones en las que Héctor podría haber salido herido, pero nunca llegó a creerlas del todo. Al fin y al cabo, esas cosas solo les pasaban a otras personas.

¿Qué dices?

Por suerte, un hombre que escuchó el accidente se paró y me ayudó. He estado en el hospital hasta esta tarde que me dieron el alta. Quisieron asegurarse de que estaba bien. Me estuvieron haciendo pruebas de todo tipo. No daban crédito a que hubiera salido ileso de tal accidente.

Ay, Dios mío… Pero, ¿estás bien? ¿Tienes roto algo?

Estoy perfectamente, chiquita. Sí tenía algunas heridas, pero muy superficiales. Y de vez en cuando me dan dolores muy fuertes en la espalda. Por eso tengo que ir a que me den unos masajes. Pero de verdad, creo que fue un auténtico milagro. Yo tampoco me lo explico.

Natalia comenzó a llorar de nuevo.

Ay, mi amor, lo siento tanto. Me enfadé por una tontería. Estaba muy cabreada y lo pagué contigo. Te estuve ignorando solo por orgullo. No sabía que te había pasado eso. Perdóname.

Perdóname tú, Natalia. Te hablé muy mal. Yo también estaba de un humor de perros. Tuve problemas en la oficina y estaba insoportable.

No te preocupes, cariño. Me asusté mucho cuando vi que no aparecías, que no contestabas a mis mensajes —confesó.

Yo también me asusté, princesa. Pensé que no volvería a verte cuando vi que me iba a salir de la curva. Me sentí tan mal después, estando en el hospital. Me di cuenta de que mis últimas palabras habían sido muy feas, y si hubiera muerto…

¡Cállate, cállate, no digas eso!

Estuvo muy cerca.

Tú no te puedes morir, ¿vale? Me prometiste que vendrías a buscarme.

Creo que Dios quiso que cumpliera mi promesa.

Natalia sonrió. Eran tan grandes sus ganas de abrazarlo, de pedirle perdón a la cara, de besarlo… Y gracias al cielo tendría la oportunidad de hacerlo en dos semanas.

Eso sí: ¡como vuelvas a decirme que no te toque las narices, seré yo quien te mate!

Y Héctor se echó a reír con todas las ganas y la energía que le daba esa segunda vida, esa nueva oportunidad. Y supo que la quería más que nunca, porque su último pensamiento antes de perder el conocimiento había sido ella, su Natalia.

2

¿Quieres que te acompañe?

Sandra la miraba algo preocupada. Una despedida en el coche era algo fría, pero no tenía tiempo que perder. Entraba a las ocho a trabajar, y su jefa le hacía recuperar cada minuto que perdiera en asuntos personales. Si la llamaba para avisarla de que llegaría tarde porque su hija cogía un tren hacia Madrid, su hora de salida se retrasaría mínimo hasta las cuatro, y para cuando llegara a su casa, no tendría nada de comer.

Natalia sacó la maleta del capó y se colgó la mochila a la espalda.

No hace falta; no vayas a llegar tarde.

Madre e hija se abrazaron con fuerza e intercambiaron besos.

Tened mucho cuidado por allí. Y llámame en cuanto llegues.

Vale.

Volvió a besar la mejilla de su madre y comenzó el ascenso por las escaleras que le llevaban a la estación de Bahía Sur. Con la mano, se despidió de Sandra. Todavía se sorprendía de lo bien que se habían tomado sus padres su relación con alguien mayor que ella y de un lugar tan lejano.

Nos vemos en una semanita.

Sandra se metió en el coche de nuevo y desapareció por la carretera. Natalia dejó que las escaleras mecánicas la subieran mientras veía el Seat de su madre alejarse. El corazón comenzó a latirse con fuerza cuando llegó a la entrada de la estación. Respiró hondo. No sabía qué demonios le pasaba.

Al lado de la ventanilla de venta de billetes una joven y un par de adultos esperaban con grandes maletas. Se acercó lentamente, dispuesta a preguntar cómo podía bajar a las vías solo con el resguardo de su billete. Entonces, una señora que a juzgar por su uniforme debía trabajar allí, les pidió los resguardos, entregando por cada uno un tícket para pasar al otro lado. Cuando le entregó el suyo, le temblaban las manos. Se sintió avergonzada por su absurdo nerviosismo, y con las mejillas totalmente coloradas, bajó a los andenes.

El aire fresco de la mañana consiguió calmarla un poco, y la espera hizo el resto. Resopló al ver que el andén se iba llenando cada vez más, y se preguntó si podría encontrar su vagón y su asiento sin ningún tipo de problema. Abrió el sobre donde llevaba todo lo que debía saber: Vagón 4, asiento 6A. Intentó retenerlo en la mente a base de repetirlo una y otra vez. Llegó un momento en que no hacía más que pensar en ello, y su corazón se desbocó. Volvió a coger aire y a soltarlo lentamente, pero fue inútil. Solo se tranquilizaría una vez sentada en su asiento.

Anunciaron la llegada del tren con destino Puerta de atocha cuando el reloj de la estación marcaba las ocho y diez, pero no llegó hasta pasados diez minutos. Sonrió al ver una mancha blanca que aparecía entre la niebla y se dirigía a la estación. Antes de que parara, le echó un ojo a los números que señalaban los vagones. Vagón 4, asiento 6A, se repetía una y otra vez. Caminó con rapidez hacia el primer vagón que vio, y en cuya entrada empezaba a aglomerarse la gente. Vagón 5. Se había pasado. Recorrió el camino de vuelta y su ansiedad aumentó al darse cuenta de que el vagón anterior no tenía número. Para asegurarse, se alejó hasta el siguiente y se tranquilizó al ver el número 3 en la puerta. No había duda. Se colocó en la cola, justo detrás de una señora y entró sin prisas. Colocó su maleta en la entrada, junto a la de muchos otros pasajeros, y buscó su asiento, que se encontraba en el medio del vagón, al lado de la ventana.

Perfecto —se dijo.

Dejó la mochila a sus pies y miró quién entraba. En esa parada apenas se llenó el vagón. Natalia se puso sus auriculares y cerró los ojos. Por detrás se escuchaba la conversación de unos señores que acababan de entrar. El tren dejó Bahía Sur y se encaminó hacia su siguiente parada. Por fin respiró tranquila. Ya estaba allí. Nada podía salir mal. Solo quedaban cuatro horas para el reencuentro.

3

Cuando empezó a ver algunas construcciones entre la nada, creyó haber llegado a Madrid. Era casi la una de la tarde. El tren dejó atrás los pequeños edificios para dar paso una vez más a la naturaleza. Natalia se hundió en su asiento. La ilusión se hacía y deshacía en su pecho cada vez que veía algún rastro de civilización e inmediatamente después desaparecía. Hacía un cuarto de hora que debería haber llegado. Estaba empezando a impacientarse.

La chica que viajaba a su lado miraba, distraída, su serie favorita en el móvil. No parecía importarle el retraso del tren. A ella, sin embargo, le atacaba los nervios. Necesitaba llegar cuanto antes, bajarse de esa celda móvil y abrazar a su chico. Tenía ganas de levantarse, caminar hasta la cabina del conductor y gritarle: «¡Acelere! ¡Hay un mexicano esperándome en Puerta de Atocha!»

Miró a su alrededor. Los demás también estaban tranquilos; algunos, incluso dormidos. Un señor mayor miró hacia ella. Era él mismo que hacía rato le había chistado por hablar por teléfono, según él, con un volumen de voz elevado. Frunció el ceño. ¿Pero ella qué era, un perro? Había sido su padre el que la había llamado para saber cómo iba. Ella no tenía la culpa de que el ruido del tren le impidiera hacerse oír. Y en su opinión, tampoco había alzado demasiado la voz.

«Menudo gilipollas… », pensó.

Volvió a revisar el reloj. Las 13.20. Llevaban veinte minutos de retraso.

Apretó los puños. Se estaba poniendo de mal humor. Por las ventanas apareció una gran ciudad, pero no quiso hacerse ilusiones.

«¿Será?»

Y sí, finalmente era Madrid. Se quitó los auriculares en cuanto oyó que se aproximaban a la estación de Puerta de Atocha. Guardó sus cosas en la mochila y se preparó para saltar de su asiento en cuanto el tren dejara de moverse. Ya estaba de pie cuando la joven de su lado ni siquiera había recogido sus cosas. Mientras salían, el señor que le había mandado a callar sonrió a la chica que había viajado junto a ella. Por lo que pudo escuchar, le preguntaba la razón de su viaje. Al parecer estudiaba en la complutense.

Recogió su equipaje y salió del tren, nerviosa, enfadada y a la vez, entusiasmada. Siguió a la multitud, esperando que esta la llevara hasta la salida. Pudo ver a una pareja de policías con un pastor alemán a la salida del tren, algo que nunca había visto en la estación de su ciudad. Tuvo que caminar durante varios minutos por largos pasillos. Aquel lugar era más grande de lo que había imaginado. Al fondo del interminable pasaje, vio unas puertas de cristal y supo que había llegado a la salida. Desde varios metros de distancia pudo distinguirle entre la gente. Su piel bronceada destacaba entre las personas de sus alrededores. No la había visto. Miraba atentamente al panel, seguramente preguntándose por qué el tren tardaba tanto en llegar.

Sujetó bien su maleta y corrió hacia él. Ya no estaba nerviosa; tampoco enfadada. En su rostro se formó una radiante sonrisa que iluminó también la cara de él cuando la vio. Sorteó a varias personas y llegó hasta él. Héctor abrió sus brazos; Natalia soltó la maleta y se lanzó a ellos. Sin decir nada, se besaron como si hiciera siglos que no lo hacían.

4

Natalia salió del cuarto de baño con algo más cómodo. Héctor yacía boca arriba en la cama con una camiseta y en bóxer. Aunque la televisión estaba encendida, él tenía los ojos cerrados. Natalia pensó que podía haberse quedado dormido. Después de tantas horas de avión debía estar agotado. En silencio, dejó su ropa encima de la silla del escritorio y se tumbó a su lado cuidadosamente para no despertarlo. Sin embargo, en cuanto Héctor sintió movimiento a su lado, se volvió hacia Natalia y la abrazó.

¿Estás cansado?

El joven asintió sin abrir los ojos.

Demasiadas horas de vuelo —explicó, soñoliento—. Y el jet lag… Ya sabes.

Claro.

Natalia pasó sus dedos por el pelo negro de Héctor, masajeando lentamente su cabeza. Después, deslizó las uñas por sus mejillas y las yemas de los dedos por su frente. Héctor recibía las suaves caricias como un regalo de los dioses. Hacía tanto tiempo que soñaba con ella que su simple tacto parecía un sueño. Tenía miedo a quedarse dormido por si al despertar no la encontraba.

Duérmete si quieres —le dijo ella—. Yo te cuido.

Héctor abrió los ojos un momento, encontrándose con los ojos castaños de ella. Natalia sonrió y lo besó en los labios. Inmediatamente después quiso detenerse para dejarle descansar, pero el joven no se conformó con un roce tan insignificante y buscó un beso más profundo y prolongado. Acarició con sus dedos los brazos de ella, consiguiendo un suspiro y otra de sus maravillosas sonrisas.

Me relaja mucho cuando me haces cosquillas —le explicó.

Entonces, túmbate boca abajo —le sugirió.

Natalia obedeció sin rechistar. También le pidió que se quitara la camiseta y le desabrochó el sujetador. Ambos cayeron al suelo, y Héctor, ya libre de impedimentos, acarició su espalda en toda su extensión, llevando los dedos de arriba abajo, desde el principio del cuello hasta el fallecimiento de la espalda, con tranquilidad y ternura, como si de algo extremadamente delicado se tratara. Natalia volvió a suspirar. Temía sumergirse en un profundo sueño. Pero no terminaba ahí el trabajo de Héctor. Unos segundos más tarde, no eran sus dedos los únicos que recorrían la espalda desnuda de la gaditana. Héctor repartía besos por sus hombros, cuello y columna, deteniéndose en cada uno de ellos como si quisiera dejar su esencia impregnada en la piel de su chica.

Me gusta —la oyó murmurar.

Héctor se tumbó sobre ella, con cuidado de no aplastarla, y le habló al oído.

¿Nunca te habían hecho algo así?

No, nunca.

Héctor volvió a besarla, esta vez en la mejilla, y Natalia se dio la vuelta para buscar sus labios, quedando boca arriba. Héctor se deshizo de su camiseta mientras la besaba cada vez con más intensidad.

Te amo —dijo él.

Te amo —repitió ella.

Héctor bajó la mano hasta el botón de los pantalones de Natalia. A partir de ese momento, ninguno supo más de sí.

5

La luz mañanera entraba entre las cortinas de la ventana del hotel, pero no fue esta la que despertó a Natalia, sino la sensación de vacío en su estómago. Se incorporó lentamente y bostezó. Durante unos instantes, permaneció mirando a su alrededor, adormilada. Había pasado una noche tranquila y en paz, sin pesadillas, sin interrupciones de sueño. Su estómago se quejó de la falta de comida. El reloj marcaba las diez de la mañana. Había dormido demasiado.

A su lado, Héctor dormía plácidamente tapado con el edredón hasta la cabeza. Le sorprendió le hecho de que no roncara, y se preguntó, sin preocuparse demasiado, si ella habría roncado, y sobre todo, si él la habría oído. Se deshizo de las mantas con los pies, como cuando era niña, y gateó hasta su novio con una sonrisa traviesa. No le veía la cara, pero podía asegurar que se encontraba boca abajo. Le recordó un poco a su padre, y rio. Se puso de pie junto a él y empezó a dar botes en la cama. Esperaba que esta fuera lo suficiente buena como para aguantar su peso, o tendrían que pagar los destrozos.

¡Es hora de levantarse! —exclamó la chica, animada—. ¡Despierta!

Héctor la miró entre las mantas con los ojos medio cerrados y se volvió a tapar hasta la cabeza, removiéndose con holgazanería y exhalando un quejido. Natalia le quitó el edredón con mucho esfuerzo y lo dejó con una sola sábana. Entonces se sentó encima de su espalda y continuó pegando botes.

¡Arriba, marmota! ¡Tengo hambre!

Al quinto bote, Héctor la tiró sobre el colchón y comenzó a hacerle cosquillas.

¿Quién osa interrumpir mi sueño? —preguntó con voz de ultratumba mientras sus dedos se movían hábiles por las costillas de la joven.

Natalia reía a carcajadas, intentando quitárselo de encima.

¡Quita, quita! —gritaba.

¿Ahora sí? ¿Te crees muy graciosa despertándome de esa manera?

¡Para, por favor, que tengo el estómago vacío! —suplicaba ella, revolviéndose como una poseída entre las sábanas—. ¡Quitaaaa!

¿Y las palabras mágicas? —preguntó, parando unos segundo sus manos.

Natalia respiró aliviada, pero todavía no podía parar de reírse y se sentía exhausta.

¡Siento… haberte despertado… así!

Héctor hizo un gesto de negación con la cara.

Esas no son las palabras mágicas, princesa.

Natalia intentó escapar, pero Héctor fue más rápido y la agarró con fuerza contra el colchón.

¡Ay, no! ¡Déjame, por favor!

¡Esas! Esas eran las palabritas mágicas. Pero llegaron tarde…

Natalia intentó hacerle cosquillas también a él, pero Héctor no tenía su mismo talón de Aquiles, y no sucumbió a las risas ni a los movimientos bruscos. El chico levantó una ceja, divertido por el vano intento de Natalia.

¿Intentas pagarme con la misma moneda?

¡Sí!

Pues, fallaste.

¡Entonces, plan B!

Se lanzó hacia su nariz y le dio un lametazo en la punta. Héctor retrocedió. Era el momento de atacar. Sacó su lengua y empezó a babearle toda la cara.

¡Me rindo, me rindo!

Natalia quedó sentada sobre él muerta de risa. Pasó sus manos por la cara de Héctor.

¡Yo también, que me pinchas la lengua con tu barba! ¡Aféitate! —le ordenó, señalando el cuarto de baño.

¿Para qué? —preguntó Héctor, perspicaz, alzando una ceja—. ¿Para que puedas seguir baboseándome?

¡Respuesta correcta! Eres más listo de lo que creía.

Antes de que Héctor pudiera agarrarla, se levantó de la cama y salió huyendo hacia el baño. El chico la persiguió, pero Natalia cerró a tiempo la puerta. Desde fuera, escuchó el agua de la ducha correr. Llamó un par de veces con los nudillos.

¿Quién es? —preguntó ella, juguetona.

Él sonrió.

El lobo.

¿El lobo? Entonces no te abro, que me comes.

Esa es la idea, Caperucita —puntualizó Héctor.

Escuchó una carcajada sincera. Apoyó su cabeza sobre la fría madera y exhaló un suspiro de felicidad. Hacía tanto tiempo que no despertaba de esa forma… Siempre era la misma rutina. El despertador sonaba; ella se despertaba primero. Lo agitaba un par de veces para despertarlo y bajaba a preparar el desayuno. Él usaba el baño antes que ella porque tardaba menos en vestirse. Después bajaba las escaleras, aún adormilado. Ella lo esperaba en la cocina con el café y un beso frío y soso en los labios. No desayunaban juntos. Irene se metía en el baño y se arreglaba para el trabajo hasta que llegaba la hora de irse. Y así todos los días durante tres años. Hasta que un día desapareció su presencia en la cama, el olor a café y los besos insípidos.

La puerta se entreabrió despacio. Natalia se asomó por el hueco y le brindó una sonrisa. Escondía su cuerpo desnudo detrás de la puerta.

¿Entras o qué? —Le guiñó un ojo—. ¿No quieres ducharte conmigo?

Natalia se adentró en la tina y dejó que el agua caliente la relajara.

Héctor apareció detrás de ella unos segundos después, besando su hombro.

No me has dado mi beso de buenos días —le reclamó, quitándole espacio debajo del chorro de agua. Llevó su mano hasta el grifo—. Está demasiado caliente.

La temperatura bajó de un momento a otro, y Natalia sintió el frío en la espalda.

¡Está helada! —exclamó, intentando regular el agua de espaldas.

¡Venganza! —gritó Héctor, luchando por el mando del grifo. Definitivamente, quería tener despertares como ese todos los días.

6

Las noches en la Puerta del Sol eran mágicas. Cientos de flores daban el toque de color que faltaba en el ambiente. En cada esquina, había un espectáculo: una estatua humana, un mimo, un par de chicas que tocaban el violín, un hombre más allá que aporreaba una guitarra, personas disfrazadas de dibujos animados…

¡Mira esos! —señaló Natalia.

Al lado de una de las fuentes, un grupo de siete personas ataviadas con vestidos típicos mexicanos cantaban rodeados de gente.

«¡Ay, ay, ay, ay…, canta y no llores! ¡Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones!»

Vamos a acercarnos —sugirió la chica.

¿Sabían que veníamos o qué pedo? —comentó Héctor ante la casualidad.

Los espectadores tocaban las palmas; algunos se movían al ritmo de la canción; otros cantaban las partes que se sabían. En el medio del coro, una de las mujeres del grupo bailaba al son de la música, moviendo la gran falda de su vestido. La canción terminó poco después de que hubieran llegado. La gente aplaudió. Los más groseros se marcharon antes de que los músicos se acercaran a pedirles unas moneditas a cambio de la actuación. Héctor agarró de la mano a Natalia y la guio en medio de la turba. Poco a poco, la multitud se fue disipando y les fue más fácil caminar.

Natalia miró a su alrededor. Se encontraba en un lugar más bonito de lo que había pensado, y sin embargo, observaba a las personas y se daba cuenta de que parecían algo estresadas, como si fueran con prisas; como si no tuvieran tiempo de apreciar el lugar y el momento en el que estaban. Era tan diferente de su tierra natal…

¡Aquí estamos!

Delante de ellos había una estatua, pero no una cualquiera. Un oso se apoyaba sobre las patas delanteras en un árbol de casi la misma altura que él y alzaba la boca para comer. Natalia sonrió al reconocer el símbolo que tantas veces había visto en libros de editoriales madrileñas.

El oso y el madroño.

Héctor chasqueó la lengua y sonrió con picardía.

Con lo despistada que eres, pensé que no lo reconocerías.

Natalia le pegó suavemente en el brazo con el puño. Héctor preparó su cámara y se acercó a una pareja mayor que en ese momento paseaba a su lado. Natalia sonrió de nuevo al comprobar que no todos los madrileños tenían prisa. Aunque no hubiera podido imaginarse a ese señor corriendo de un lado para otro, y mucho menos a su señora.

Disculpe —les interceptó Héctor—, ¿les importaría tomarnos una foto?

Por supuesto.

El hombre de bigote gris cogió la cámara con cuidado. Héctor se colocó junto a Natalia enfrente de la estatua. El señor apuntó e hizo un par de fotos mientras su mujer esperaba, tranquila. El flash los iluminó dos veces, y entonces Héctor volvió a acercarse al señor.

Mirad a ver si os gusta —les dijo, devolviéndole la Nikon.

Héctor seleccionó la foto. Natalia se asomó a su lado.

¡Qué bonita!

Sí, está padrísima —reconoció el joven—. Muchas gracias.

Gracias —le secundó Natalia.

La pareja sonrió. La señora había vuelto a agarrarse del brazo de su marido.

¿Sois de México? —preguntó el hombre, al reconocer los rasgos y el acento de Héctor.

Yo sí.

Yo no —aclaró Natalia cuando la miraron a ella—. Yo soy de Cádiz.

¡Qué buena combinación! —comentó la señora con la sonrisa más sincera que Natalia había visto desde que había llegado a Madrid.

Sintió que sus mejillas se tornaban rojas. Era la primera vez que le decían algo así, y fue suficiente para hacer que su buen humor se acrecentara.

¡Muchas gracias! —dijo, mientras los señores se despedían de ellos y se encaminaban hacia el centro de Sol.

Natalia se abrazó a Héctor, contenta. Parecía una niña a la que le hubieran hecho un regalo inesperado. Sus ojos brillaban. Y es que a Natalia le hacía feliz los pequeños detalles: una sonrisa, un trato amable…, o en este caso, una frase adecuada.

¿Has oído? Dice que somos una buena combinación.

Se puso de puntillas y le obsequió con un beso en la comisura de los labios. Después, lo agarró de la mano y tiró de él para continuar su marcha.

7

Habían parado a cenar en el primer restaurante que les había entrado por el ojo. Parecía acogedor por dentro y no demasiado caro, teniendo en cuenta los precios excesivos de la capital. El color burdeos de las paredes combinado con algunos toques en negro le daban un punto elegante. La mantelería del mismo color estaba perfectamente planchada y a su alrededor reinaba la limpieza. De fondo se oía un suave hilo musical. Natalia intentó reconocer la canción, pero se rindió al descubrir que la letra estaba en italiano. Un señor alto, de mediana edad, muy estirado y con gafas salió a recibirlos.

¿Mesa para dos?

Sí, por favor.

Natalia sofocó una risilla al ver los andares elegantes del camarero. Sus movimientos eran preciosos y decididos; vestía con un uniforme de trabajo blanco y negro, excesivamente pulcro para tratarse de un restaurante. En su cara solo había seriedad. Debía ser un señor muy meticuloso, tanto dentro como fuera de su trabajo. Fernando, como se llamaba el camarero, acompañó a la pareja hasta la mesa más íntima que quedaba después de haber ocupado las mejores con otras parejas que habían llegado antes. Una vez acomodados, le entregó una carta a cada uno.

¿Qué tomarán de beber los señores?

Coca-cola, por favor —respondió Natalia con una sonrisa.

Otro para mí.

Fernando asintió y volvió sobre sus pasos.

Natalia rio cuando estuvo lo bastante lejos para no oírla.

Me he dado cuenta de una cosa.

Héctor levantó la mirada de la carta para atenderla.

¿Qué cosa, mi amor?

Madrid es muy diferente a Cádiz en todo. ¿Sabes cómo te atienden allí los camareros cuando vas a cenar a algún sitio? —Héctor se encogió de hombros—. Creen que la simpatía y una sonrisa es lo más importante. Obviamente, hay muchos que su trabajo les importa muy poco. Pero los buenos camareros suelen tratarte como si te conocieran de toda la vida. —Miró a Fernando, que esperaba a que el camarero de la barra le preparase las bebidas—. Sin embargo, aquí parece que lo que prima es el respeto y la seriedad. —Se puso muy recta e hizo un gesto solemne con la mano—. Tratarte como si fueras una dama o un caballero…, aunque no lo seas. Sinceramente, tanta seriedad da un poco de miedo. Me gustaría que el camarero sonriera de vez en cuando.

Héctor la tomó de la mano.

En cada lugar es distinto. También depende del tipo de persona con la que trates.

Sí, supongo.

Fernando llegó con sus bebidas y sacó un aparato electrónico de su bolsillo. El tiempo de las libretas había muerto en ese lugar y en muchos otros. Ahora todo estaba informatizado.

¿Han decidido ya los señores?

Natalia corrió a mirar la carta mientras que Héctor pedía lo suyo. No le costó mucho decidir. Fue a por uno de los platos más baratos.

Yo quiero pollo al chilindrón.

¿Con patatas fritas o ensalada?

Natalia miró de soslayo a Héctor y vio que este clavaba sus ojos en ella. Sabía que odiaba la ensalada, a pesar de que las últimas semanas la había comido en algunas ocasiones, intentando acostumbrarse a su sabor.

Con… patatas.

Héctor se tapó la boca con el puño para disimular una sonrisa.

Muy bien.

Fernando recogió las cartas y se retiró de nuevo. Héctor la miró de hito en hito, mientras que ella hacía un puchero y desviaba la mirada a otra parte.

No puedo evitarlo, ¿vale?

Héctor se echó a reír y volvió a tomarle la mano.

Eres todavía una niñita —se burló.

Natalia le soltó la mano y se cruzó de brazos. Héctor sabía que no se había enfadado en serio. Solía ser muy teatrera y le encantaba jugar a discutir.

No soy una niñita.

Héctor bebió de su refresco sin quitarle ojo a su chica.

Eres mi niñita.

Natalia se sonrojó y bajó la mirada hasta su falda ante aquellos ojos castaños que se clavaban en ella y la ponían nerviosa. Lanzó un gruñido al aire, indicando que no estaba conforme. Héctor sonrió. Había vuelto a dejarla sin palabras. Siempre se le hacía tan fácil… Se le antojaba encantador cuando se sonrojaba y esquivaba su mirada. Entonces comenzaba a removerse inquieta, pensando en algo que decir, pero nunca encontraba las palabras adecuadas. Mientras la observaba, se le ocurrió algo. No sabía si debía arriesgarse. Tal vez se enfadara con él y no le hablara más en lo que restaba de noche, pero ¿qué demonios? Tenía curiosidad por su reacción. Ya podía imaginársela, temblorosa y adorablemente angustiada.

Así que no te gusta ser una niñita —comentó como quien no quiere la cosa.

Natalia levantó la cabeza por fin.

Es que no soy una niña —aclaró.

Héctor cogió su copa y le dio vueltas al líquido que se hallaba dentro, distraído, como si de un catador de vino se tratase.

Sí, tienes razón. Eres toda una mujer.

Natalia no supo identificar su tono de voz. ¿Serio? ¿Tal vez pensativo? ¿Con cierto toque de lujuria? O tal vez… ¿estaba tramando algo?

Ujum…

Mi mujer…

Natalia tragó saliva. El corazón se le aceleraba cada vez que Héctor le hablaba con tal parsimonia, como si realmente quisiera hacerla sentir mayor de lo que era. Y sin embargo, en esos momentos se sentía tan pequeña e indefensa como una niña. El joven permaneció pensativo unos segundos.

Sí —dijo con decisión—, no me hace falta ningún papel que diga que eres mía. Aunque, la verdad, no me importaría… En un futuro, claro. O tal vez…

La miró, insinuante. Natalia contenía la respiración. Parecía estar impactada con sus palabras. Estuvo a punto de echarse a reír, pero decidió continuar con el teatro.

Al fin y al cabo, ya eres una mujer. No eres ninguna niñita.

Ahora sí que reconoció una nota burlona en su voz. Natalia no se movía, no hablaba, casi no respiraba. Intentaba decidir si lo que estaba aconteciendo solo era una broma o si Héctor se había vuelto loco.

¿Qué…? —murmuró al fin.

¿Acaso no te gustaría? —Héctor se levantó en silencio de su silla y rodeó la de ella, quedando detrás de su espalda. La vio tan tensa que no pudo evitar besarla en la mejilla—. ¿No te gustaría, mi princesa? —Pasó a su lado y se colocó en cuclillas. Natalia lo miró con los ojos levemente humedecidos de no pestañear.

¿Qué haces?

Héctor la tomó de la mano de nuevo y se la besó.

¿No te gustaría que en un lugar como este, en mitad de la cena, me levantara despacio, me acercara a ti y me pusiera de rodillas…?

La respiración de Natalia comenzó a acelerarse. Su cara se volvió del color del tomate, y entonces reaccionó, abochornada.

Héctor, por favor, levántate.

¿Que te besara la mano —Volvió a besarla una vez más—, y te mirara a los ojos…?

Héctor, por favor, que nos mira la gente —le suplicaba. Se había vuelto totalmente hacia él e intentaba con ambos brazos que se levantara y volviera a su sitio. Estaba francamente avergonzada, pero Héctor seguía tranquilo.

¿No te gustaría que te pidiera matrimonio de esa forma, mi amor?

¡Héctor!

Alguien se aclaró la garganta a sus espaldas. Ambos se volvieron hacia Fernando, que traía un plato en cada mano y por su expresión, parecía algo contrariado.

¿Interrumpo algo?

Héctor lo miró desapasionado y con cierto aire burlón. Fue cuando Natalia supo que todo había sido una broma de mal gusto.

Le pedí en matrimonio…, pero me rechazó.

Fernando pareció sentirse un poco incómodo hasta que intervino Natalia.

¡Mentira! ¡Solo me estaba tomando el pelo! —exclamó, moviendo las manos delante de sí a toda velocidad.

Héctor se echó a reír de repente y volvió a su sitio, divertido. Fernando soltó todo el aire que había mantenido por unos segundos en los pulmones y se acercó a la mesa. Por primera vez, Natalia vio una sonrisa en su boca. Dejó los platos y se alejó de nuevo.

¡Eres un capullo! —le soltó, aún sofocada.

Héctor bebió un tragó de su Coca-cola. Después continuó riendo. Había merecido la pena.

Deberías haberte visto la cara, mi amor. Te pusiste pálida y roja al mismo tiempo. Nunca vi nada parecido.

Y se echó a reír de nuevo.

Cabrón… Esto no quedará así —le amenazó.

Dejó la servilleta de su falda encima de la mesa y se levantó. Héctor se asustó por un momento.

¿Adónde vas?

Natalia lo crucificó con la mirada.

Al baño, a refrescarme la cara.

Héctor volvió a sonreír mientras la veía alejarse de la mesa con pisadas que denotaban su enfado. Cogió el tenedor y el cuchillo y los clavó en la tierna carne de ternera. Vio cómo su chica se acercaba a Fernando. Incluso enfadada, para él era preciosa.

Natalia acabó con el espacio que quedaba entre ella y el jefe de camareros. El hombre volvió a sonreír cuando la vio. Seguramente, recordaba lo que acababa de pasar y por dentro se moría de risa.

Disculpe, ¿el baño?

El hombre señaló un pasillo a la izquierda.

Está por ese pasillo, señorita —le indicó, amablemente.

Gracias. —Fernando volvió a sonreírle. Estaba a punto de irse, pero sintió la necesidad de decir algo. Se debatió unos segundos entre soltarlo o no, pero definitivamente, si no lo hacía se arrepentiría durante el resto del viaje—. Señor —lo llamó de nuevo. Fernando se volvió hacia ella—, tiene una sonrisa muy agradable. Debería sonreír más. Creo que a los clientes les gustaría.

Y se marchó sin más, dejando estupefacto al supervisor.

Ya en el baño, mientras se lavaba la cara, pensó que se había metido en lo que no la llamaban, y que seguramente un comentario como ese podría haber sido mal recibido por un hombre tan profesional. Sin embargo, cuando terminaron de cenar y Fernando se acercó con dos postres que hacían la boca agua, supo que no era así.

No pedimos postre —dijo Héctor.

A esto invita la casa —aclaró Fernando, y volvió a sonreír a Natalia.

La chica le devolvió la sonrisa y atacó su postre sin más dilación. Definitivamente, aquella era su noche.

8

La suave melodía de piano que emanaba del portátil de Héctor danzaba en el aire y llegaba hasta el cuarto de baño. La luz estaba apagada, y lo único que daba algo de visibilidad era la tenue luz de las velas. Natalia se había encargado de meter en su maleta unas cuantas junto con un mechero que le había cogido prestado a su madre. Había planeado aquella escena desde hacía semanas. Sabía que a Héctor le encantaría la idea, pero obviamente no le había dicho nada. Quería que se tratara de una sorpresa. Solo se oía el relajante murmullo del agua cuando alguno movía alguna extremidad y la música que entraba por la puerta abierta. Natalia exhaló un suspiro de felicidad. No podía imaginar una noche mejor que aquella. Sentía que en cualquier momento podría quedarse dormida en la bañera, con la cabeza apoyada en el pecho de Héctor y arropada por sus brazos y el agua. Héctor besó su mejilla y la apretó con fuerza. Necesitaba hacerlo de vez en cuando para estar seguro de que no estaba soñando. Natalia bostezó y volvió a acurrucarse junto a él.

¿Tienes sueño, mi vida?

No, es que esto me relaja mucho —explicó en voz baja, como una niña a la que se le cierran los ojos del cansancio.

A mí también. —Apoyó su cabeza contra la pared y también él cerró los ojos—. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí tan bien.

Ha sido una buena idea traer las velas, ¿eh?

Fue mejor idea que vinieras. —Acarició uno de los rizos que colgaban de su moño alto y enredó sus dedos índice y corazón en él—. De verdad, gracias por venir, mi amor. Es muy importante para mí que estés en mi presentación.

Para mí también es muy importante. —Natalia se volvió y lo besó en los labios—. Estoy muy orgullosa de ti.

Héctor sonrió. Natalia sabía qué decir para hacerlo sentir bien, y sobre todo, para hacerlo feliz. Deslizó sus dedos por los hombros de ella, bajó por el brazo y acarició la tersa piel de su pierna. Vio cómo una sonrisa se formaba en sus labios. Él también sabía cómo hacerla feliz. Hacía unos meses, hubiera jurado que no sabía nada de mujeres, pero ahora que tenía a su lado a una pareja de verdad, se daba cuenta de que era todo lo contrario. No era él el que había estado equivocado en sus años de matrimonio.

Has crecido —dijo de repente.

Natalia abrió los ojos. Primero, lo miró a él, y después miró sus piernas.

¿Sí? Yo me veo igual que siempre.

No solo se crece de estatura.

¿Por qué lo dices? No he cambiado mucho desde que nos conocimos por primera vez.

Héctor se encogió de hombros.

Te ves más adulta. Cuando nos conocimos no parabas de hablar y estabas toda nerviosa…, pero ahora estás tranquila, relajada, y no hablas demasiado.

¡Sí que hablo! —objetó ella, como si su comentario fuera algo negativo—. Lo que pasa es que ahora estoy muy atontada.

Pero no es igual. Tal vez tú no lo notes, pero yo sí.

Natalia estaba a punto de volver a replicar; entonces, Héctor la besó. Con una sonrisa, se separó durante un segundo.

¡Shhh, cállate!

Y volvió a besarla.

¿Que me calle? —repitió ella, fingiendo estar indignada.

Se miraron por un momento, retándose mutuamente. Ella lo desafiaba a repetir lo que acababa de decir; y él a ella a hacer algo de lo que pudiera arrepentirse. Héctor alzó las cejas un segundo, lo bastante como para hacer reaccionar a Natalia, que le propinó un lametazo en la punta de la nariz. Héctor se secó tranquilamente con el puño, mostrando una sonrisa juguetona.

Te arrepentirás de lo que acabas de hacer…

9

¿Cuánto crees que es un precio razonable? —le preguntó Héctor, mientras se dirigían al embarcadero del parque del Retiro.

Natalia lo pensó un poco. No era buena adivinando precios.

Estaría dispuesta a pagar hasta diez euros, pero no más —sentenció.

Caminaron bajo la sombra de grandes árboles donde centenares de pájaros le cantaban al sol. El estómago de Natalia empezaba a protestar, exigiendo algo de comida, pero quería aprovechar el tiempo. Aún era muy temprano, y no sabía si a cierta hora cerrarían el negocio de las barcas. Llevaba demasiado queriendo montar en una.

Desde unos metros antes de llegar al embarcadero, buscaron con la mirada algún cartel que indicara los precios, pero no había nada. Ni siquiera anunciaban el horario.

Eso lo hacen para que nos acerquemos y piquemos en la trampa —susurró Natalia con tono lúgubre.

Héctor rio y se acercó él solo al mostrador. Natalia permaneció algo más alejada por si tenía que salir huyendo. Héctor se volvió hacia ella.

Son cinco euros, mi amor.

¿Cinco euros? —repitió Natalia, corriendo hacia él—. Es más barato de lo que pensaba.

¿Entonces montamos?

¡Sí!

Héctor pagó las entradas y enfilaron hacia el muelle, donde una pareja salía de su barca con cuidado y se despedían de los encargados. Estos les hicieron un gesto para que se acercaran, y agarraron la embarcación para que pudieran montar sin peligro.

Tenéis hasta la hora que pone en el ticket —les indicó, y dejó que Héctor tomara los remos.

La salida del muelle fue desastrosa. Héctor no se aclaraba con el manejo de la barca y chocaban con otras que estaban amarradas. Natalia reía ante los continuos y vanos esfuerzos del chico, que con sus gafas de sol negras parecía un mafioso. Después de varios intentos, consiguió enderezar la barca, y pudieron navegar derechos.

Oh, sole mio… —cantaba Héctor, imitando a los gondoleros venecianos.

Natalia no podía parar de reír.

¡Eres un torpón! —se carcajeaba de él.

¿Te crees que esto no cansa los brazos, shiquilla? —respondía él, intentando imitar su acento andaluz.

¡Bah, quejica! —Hizo un puchero—. Se suponía que tenías que ser el fuerte caballero que lleva a su dama de paseo por el lago…, pero eres un debilucho.

Ah, pues si te parece tan fácil, toma tú el mando, remera profesional.

Natalia sonrió. Ya se había picado. Al cambiar de sitio, la barca se tambaleó levemente, y Natalia se sentó con cuidado en el lugar de los remos. Había visto cómo se hacía en cientos de películas. Solo había que mover los brazos hacia atrás y hacia delante.

La barca se puso en marcha, recta, sin torceduras. A Natalia le resultaba demasiado fácil.

¡Lo hago mejor que tú!

Presumida, ¡yo te enseñé!

¡Mentira! ¡Aprendí con las películas! —Y empezó a cantar, rememorando cierta escena en barca de una de sus películas Disney favoritas—. Shalalalalala, ¿qué pasó? ¡Qué lástima me dio, que no la besará… Uoh, uoh!

Héctor empezó a reír.

Cálmate, Sirenita.

Natalia giró hacia la izquierda y dirigió la embarcación hacia el monumento de piedra —cuyas escaleras se introducían en el agua—, remando incansablemente.

La sirenita quiere ir a las fuentes —anunció—. Quiero pasar por al lado del agua.

Héctor no habló esta vez. Se quedó callado, observándola remar con energía. Volvía la cabeza hacia atrás, midiendo las distancias entre la barca y el monumento, entonces decidía que tenía que ir más rápido y volvía a avanzar. Parecía una niña entusiasmada con un juguete nuevo.

Nunca pensé que montaría en barca —comentó en un tono nostálgico—. La verdad es que me parecía muy aburrido, y sin embargo… ¡Eh, cuidado!

Natalia se había acercado demasiado al monumento, y la barca avanzaba peligrosamente hacia el chorro de agua que escupía la escultura de un pez.

¡Ay, que nos chocamos!

¡Corrígela, nos va a mojar! —exclamó Héctor.

¡Puedo tocarlo!

¡Pero corrígela, corrígela!

Demasiado tarde. Pasaban por delante del chorro de agua, que en ese momento caía dentro de la barca. Ambos gritaron y Natalia empezó a reír como una desquiciada. La barca naufragó sin rumbo hasta chocar con la piedra. Natalia intentaba mover los remos para sacarla de allí, pero la risa le impedía maniobrar.

¡Ay, que no puedo!

Héctor se puso en pie, agarró la barandilla que separaba el lago de monumento y empujó para impulsar la barca lejos.

Las cosas que tiene que hacer uno… Creo que tendré que volver a los remos.

Natalia remó hacia el centro del estanque. En ese momento envió una mirada desafiante a Héctor sin perder la sonrisa. Maldito karma. No debería haberse metido con él.

De eso nada. Yo soy la capitana de este barco.

10

Esa noche, Natalia cayó en los brazos de Morfeo antes que Héctor, que se había quedado trabajando en algunos asuntos de la presentación que tendría lugar al día siguiente. En ese momento, retransmitían en la televisión una comedia romántica que Natalia había estado viendo antes de quedarse dormida. Héctor la apagó con el mando y arropó a su chica, que tumbada a lo largo de la cama, abrazaba las sábanas con las piernas y la almohada con los brazos. Después la besó en la frente y volvió al trabajo que le esperaba en el ordenador. Aún tenía que terminar el powerpoint con el que marcaría los diferentes puntos de la conferencia. En la pantalla, parpadeaba una ventana de conversación. Era Messías, que le preguntaba cómo iba todo. Héctor miró la hora, y decidió que nunca era demasiado tarde como para hablar con un amigo, y que podía dedicar unos minutos de su tiempo a otra cosa que no fuera trabajo.

11

Natalia y Héctor corrían de un lado para otro en la habitación del hotel. Héctor no se lo podía creer. Era uno de los días más importantes de su vida y se habían quedado dormidos. ¡Los dos! Llevaban tantas noches durmiendo lo menos posible para poder pasar más tiempo junto al otro, que cuando habían llegado de su visita turística a Madrid, se habían tumbado en la cama y se habían sumido en un sueño profundo. Ni siquiera habían puesto el despertador. No tenían previsto echarse una siesta. Natalia fue la primera en terminar de arreglarse. Se enfundó su vestido floral y se peinó y maquillo un poco. En menos de quince minutos estaba lista para salir. Héctor, sin embargo, parecía más nervioso.

¿La camisa por fuera o por dentro? —le preguntó a Natalia.

A ver, métetela por dentro.

Héctor obedeció con máxima rapidez, y esperó a ella decidiera.

Por dentro —sentenció, acercándose y llevando sus manos al cuello de la camisa—. Déjame que te lo arregle. ¿Tienes todas tus cosas?

Sí, todo listo.

Pues, vámonos, corre.

Cerraron la puerta y salieron disparados por el pasillo alfombrado del hotel. Bajaron en el ascensor y salieron a la entrada, pero un sonido familiar los detuvo.

¡Está lloviendo! —exclamó Natalia.

¡Mierda, traigo la laptop en la bolsa!

Vamos a tener que correr hasta la entrada del metro.

Caminaron aprisa por debajo de los balcones, y esperaron bajo un portal a que el semáforo cambiase de color. La lluvia apretaba cada vez más y no parecía tener intención de parar en un buen rato. El semáforo se puso en rojo para los coches. Héctor cogió de la mano a Natalia y emprendieron la carrera hasta la boca del metro. Una vez cubiertos, no se detuvieron y corrieron hasta el túnel del tren correspondiente.

¡Allá está! —exclamó Héctor.

Un último sprint, y se colaron a lo justo por las puertas del primer vagón que vieron. Las puertas se cerraron tras ellos y el metro se puso en marcha. Héctor y Natalia se sentaron en unos asientos libres y cogieron aire. Al cabo de unos segundos se miraron el uno al otro. Estaban exhaustos, mojados y con la cara colorada. Natalia sonrió y ambos se echaron a reír.

¿Te has mojado mucho los pies? —le preguntó Héctor, al ver las sandalias veraniegas que llevaba la joven.

No mucho. No me he traído zapatos cubiertos. No pensaba que fuera a llover.

Con el buen tiempo que hizo hasta hoy…

Cuando llegaron al espacio literario, dejó repentinamente de llover. Héctor pidió perdón por el retraso, pero nadie tenía nada que reclamarle. Al fin y al cabo, ese día él era la estrella. Lidia, su editora, se encargó de todo con ayuda de Fernando Gómez, un filólogo que Héctor había tenido el placer de conocer la vez pasada que estuvo en Madrid. Allí también se encontraban Luis Jaén, el filósofo, y Deyanire Polo, de la revista La tinta madrileña, pero en esa ocasión no se encontraba Hugo Ramírez, el crítico de arte. Prepararon la iluminación, el sonido de los micrófonos y el portátil de Héctor para que un vídeo que él mismo había preparado pudiera proyectarse en la pared del fondo.

La sala estaba llena y todo el mundo tenía su sitio. La gente estaba preparada para dar la bienvenida al escritor mexicano.

Hay más gente de la que esperaba —comentó Héctor.

Si te digo la verdad, yo tampoco sabía que iba a venir tanta gente —se sinceró Lidia—. Anda, toma asiento junto a Luis. Ya vamos a empezar.

Se hizo el silencio una vez que Fernando Gómez, con un micrófono en la mano, se adelantó un par de pasos por delante de la mesa en la que Héctor y Luis esperaban su turno para hablar.

Buenas tardes a todos. Gracias por asistir a la presentación del libro El corazón de Yucatán. Me llamo Fernando Gómez, y voy a hablar un poco del autor aquí presente antes de cederle la palabra al filósofo Luis Jaén para que diga unas palabras acerca de la obra.

»Héctor I. García nació en Cancún (México) y se licenció en Administración de Empresas Turísticas por la Universidad La Salle de Cancún, pero desde pequeño sintió una profunda pasión por el mundo de las letras…

Fernando hablaba y hablaba de Héctor como si supiera toda su vida, pero Natalia, sentada cerca de su chico, no escuchaba. Ese hombre no podría decir nada que ella no supiera todavía. Solo acertaba a observar a su novio, embriagado por la emoción del momento. Se preguntó qué se sentiría al estar sentada en el sitio de él, con toda esa gente observando, dispuesta a escucharte y, sobre todo, a leer lo que has escrito.

Todavía no había llegado su momento, pero era el momento de Héctor y eso la hacía feliz. Sabía cómo debía estar sintiéndose él, porque ambos compartían ese sueño que, al menos uno, estaba empezando a cumplir. Era dichosa por poder compartirlo con él, y el día que fuera ella la que presentase su libro, quería que Héctor estuviera allí, igual, o al menos la mitad, de orgulloso de lo que ella se sentía.

Y sin más dilación, dejo paso a Luis Jaén.

Los aplausos llenaron la sala, y Luis se levantó de su silla para tomar el relevo. Luis Jaén era profesor de filosofía en la Universidad de Madrid, y su experiencia delante de las masas se dejaba ver en el dominio de la dialéctica, en su modo de expresarse y en la forma de mover las manos. Durante unos minutos, habló de El corazón de Yucatán, de los puntos fuertes del libro y de lo que más le había impresionado de este. Natalia no podía saber si todo lo que salía de su boca era verdad o solo mentía para vender, pero no podía negar que sus ganas de tener un ejemplar en las manos aumentaban a medida que Luis alababa el trabajo de Héctor. A continuación, pusieron el vídeo que Héctor traía preparado: una especie de tráiler que, sutilmente, daba a conocer los misterios que aquellas personas podrían encontrar en las páginas del libro. De fondo, sonaba una música maravillosa, totalmente acorde con las imágenes del vídeo. De repente, la música acabó, y las imágenes dieron paso a la figura de un joven de pelo rizado sentado delante de un piano electrónico. El chico sonrió a la cámara.

Hola, ¿qué tal? Soy Abraham García, el hermano de Héctor. Y la música que acaban de escuchar es el soundtrack de la novela El corazón de Yucatán.

Abraham hizo un gesto con la mano, y su imagen se desvaneció para dar paso a la portada del libro, con la que volvió a sonar una de las canciones que formaban parte de la banda sonora. Segundos después, la música se cortó de nuevo, y Abraham volvió a aparecer en la pantalla.

Cuando Héctor volvió de España surgió la idea de hacer un soundtrack para su novela. Se acercó a mí y estuvimos platicando de cómo podíamos hacer. Así que empecé a hacer las maquetas, estuve componiendo con ideas que tenía ya pensadas, y más tarde se las mostré a Héctor. Entonces me puse a grabar, pero sentía que faltaba algo. Así que investigué más sobre la mitología maya, sobre su música, los instrumentos que utilizaban…

»Estuve trabajando mucho en este proyecto hasta que conseguí el resultado que esperaba. Después de que las canciones fueran grabadas, editadas y mezcladas, quedó lo que ahora ustedes pueden escuchar.

»Aprendí mucho con este proyecto, pues es un campo que nunca había experimentado. Fue muy enriquecedor, y lo más interesante de todo fue pasar una historia ya escrita a la música. Les invito a pasar a la página web que aparecerá a continuación para que puedan escuchar el soundtrack completo de El corazón de Yucatán en compañía del libro. Estoy seguro de que lo disfrutarán mucho.

Abraham realizó una despedida hacia la cámara y su imagen se desvaneció de nuevo, esta vez para no volver. Fue el momento en el que Héctor se levantó de la mesa y caminó hasta el atril.

Natalia tragó saliva, nerviosa. Parecía ella la que tenía que salir a hablar.

Buenas tardes. Gracias a todos por venir —dijo Héctor en primer lugar—. Este que acaban de ver es mi hermano Abraham, al que le pedí el favor de componer un soundtrack para mi novela.

No sé cómo estará la novela, pero la música me ha gustado mucho —escuchó Natalia que le decía en voz baja la señora que estaba sentada a su lado a otra mujer de su misma edad.

Natalia sonrió. Habían logrado causar buena impresión.

Héctor comenzó a hablar de su libro, de cómo surgió la idea, de los viajes y la investigación que tuvo que recopilar para escribirlo. Estaba tranquilo y seguro de sí mismo. Hablaba sin trabarse y despreocupado. Ese era su día, y estaba disfrutando al máximo de él. Natalia escuchaba atenta y más enamorada que nunca. Tenía ganas de gritar a los cuatro vientos que el joven del atril era su novio. Su pecho se henchía de orgullo al verle allí, relajado y feliz. En ese instante, supo que quería compartir todos esos momentos con él; estar a su lado en cada uno de sus éxitos, contemplando esa sonrisa que tanto le gustaba.

Después de la presentación, llegó el turno de preguntas. Más tarde, los presentes pudieron adquirir el libro en la entrada de la sala, y una vez comprado podían ponerse a la cola para conseguir la firma del autor.

Natalia esperaba a que Héctor acabara para acercarse y darle la enhorabuena. Sentada en el sofá, vio a Lidia caminar hacia ella. Tenía un ejemplar de El corazón de Yucatán en las manos. Se sentó a su lado y, con una sonrisa, le tendió el libro.

Toma, este es para ti.

¡Gracias!

Natalia cogió el libro como si fuera un tesoro y tocó la portada con cuidado. Lo primero que hizo al abrir el libro fue oler sus páginas y probar el tacto de estas, como siempre hacía con cada nueva novela que adquiría. Entonces, pasó la primera página y la segunda hasta llegar a las dedicatorias. Sonrió al ver que mencionaba a algunos de sus amigos o a sus familiares, pero cuando llegó al último párrafo su sonrisa desapareció. Allí, grabado en el papel, estaba su nombre.

Tragó saliva.

No podía ser.

Contuvo la respiración.

Pero era. Allí estaba su nombre.

«Natalia, el ángel que me ayudó a resurgir de las sombras, esta historia es para ti.»

Sonrió, tapándose la boca. Volvió a leer la frase una y otra vez. Los ojos se le habían llenado de lágrimas. Cerró el libro por miedo a mojar las hojas y pasó el dorso de la mano por ambos. Miró hacia Héctor, esperando que él se girara y la descubriera emocionada; pero estaba demasiado ocupado firmando ejemplares como para darse cuenta.

¿Por qué no te pones en la cola para que te lo firme? —propuso Lidia.

Natalia se levantó y caminó hasta el último de la fila, abrazando el libro. Volvió a secarse los ojos con las manos. Héctor fue despachando uno por uno con rápidas dedicatorias y amables comentarios a la persona que hubiera comprado la novela. Cuando se acercó ella y le entregó su ejemplar, Héctor se quedó sin palabras, con la mente en blanco y el bolígrafo inmóvil sobre el papel. Rio y finalmente garabateó un par de frases en la primera página. Firmó con su nombre y se lo devolvió. Natalia esperó unos segundos con el libro en la mano, sin saber qué hacer. Había gente esperando tras sí, y una muestra de afecto allí en medio tal vez no era lo más indicado. Dio un paso al lado para irse, pero en el último momento se volvió hacia él y quiso besarle en la mejilla. Héctor, sin embargo, giró la cara y le rozó los labios.

Natalia salió de la fila, colorada y nerviosa. Hubo un par de personas más que pidieron la firma del escritor. Mientras tanto, Natalia aprovechó para leer la dedicatoria:

Disfruta de esta historia. Tú más que nadie sabes lo que significa este sueño. Te amo sobre todas las cosas. Héctor. I García.

Después de las firmas, Lidia organizó todo para la sesión de fotos con la portada de la novela y dos modelos vestidas iguales. Natalia se sorprendió gratamente al descubrir que sus vestidos contenían la portada del libro en la parte delantera. La gente se reunía alrededor para ver posar al escritor, primero con las modelos; después con Luis Jaen y Fernando Gómez; por último con Deyanire Polo; pero nunca con Lidia, su editora.

Lidia se volvió hacia Natalia, que miraba atenta la sesión de fotos.

Cuando termine con estas, te pones tú con Héctor.

Natalia enrojeció de repente.

¿Yo? Anda ya, ¿qué pinto yo ahí? —preguntó, pero Lidia no le hizo ni caso.

Al ver que no tendría opción, Natalia se encogió y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Parecía que era su presentación, y no la de Héctor.

¿Tú eres la novia de Héctor? —le preguntó una señora de avanzada edad que se encontraba detrás de ella. Natalia asintió, y su voz salió como un murmullo ahogado—. ¡Ya decía yo! ¡Pero si estás nerviosísima!

Sonrió, y señaló a su chico, que seguía posando para las cámaras.

Estoy yo más nerviosa que él.

Y que lo digas. Héctor está fresco como una rosa. Pareciera que hace esto todos los días.

Héctor miró hacia ella y le hizo un gesto. Deyanire se separó de su lado. Había terminado su momento de flashes.

Natalia, ven acá.

Lidia le indicó también que ya podía acercarse. Natalia tragó saliva y caminó, vacilante. Héctor la abrazó con fuerza y pretendió que posaran de esa forma. Lidia hizo un gesto de separación con las manos.

A ver, primero una separados, ¿vale, tortolitos?

La gente rio. Ellos también.

Natalia colocó el libro por delante de ella, sonrió y las cámaras empezaron a disparar.

Cúmulo de desastres

Publicado en

VII

Cúmulo de desastres

1

Natalia llegó a su casa hecha un basilisco. Entró a oscuras hasta su cuarto y cerró de un portazo. Tenía ganas de gritar, de romper cosas, de golpearse la cabeza contra la pared por lo estúpida que había sido. Se desnudó con rabia y dejó que el ordenador se encendiera mientras se daba una ducha rápida. En su cabeza imaginaba todo lo que podría haberle dicho a esa maldita vieja que le había tomado el pelo. Aún no podía creerlo. Se frotó bien el cuerpo con jabón, intentando deshacerse del olor a grasas. Le dolía todo el cuerpo, estaba agotada y sudorosa, y había perdido toda una tarde en la ardua tarea de limpiar una maldita cocina que llevaba 5 años sin una limpieza a fondo. Los azulejos blancos estaban amarillentos; la grasa se incrustaba hasta en el más escondido rincón; los tarros estaban pringosos y los muebles daban pena. ¡Qué asco! Y sin embargo, había dejado de lado sus escrúpulos y había dado lo mejor de sí para dejar aquel lugar como los chorros del oro. ¿Para qué? Para que, a la hora de cobrar, esa asquerosa vieja le diera cinco euros de menos.

Lo siento, no tengo más —le había dicho. No parecía darle mucha importancia a su estupendo trabajo.

Natalia se había mirado la mano, pensando que era una broma.

No era esto lo acordado —había objetado—. La cocina como una patena por 35 euros. ¡Y poco es, teniendo en cuenta la porquería que he sacado!

La anciana se había encogido de hombros.

O lo tomas o lo dejas. Si no estás conforme, no es mi problema.

¿Cómo que no es su problema? ¡Me dijo que me daría 35 euros, no 30! ¡Es mi dinero, me lo he ganado!

Aquella bruja la miró como si fuera un insecto repugnante.

¿Te parece que me importe? —le preguntó—. Además, ¿para qué quieres tú tanto dinero? ¡Seguro que después te lo gastas en drogas, sinvergüenza!

En ese momento se había quedado de piedra. No podía creerlo. De verdad que no podía. Esa vieja no se conformaba con haberla hecho trabajar duro y haberle pagado menos de lo que le debía…, ¡también la llamaba drogadicta! Cuando el instinto asesino empezó a aflorar en su más tierno ser, supo que debía irse de allí antes de que le estampara uno de sus valiosos jarrones en la cabeza. Pegó un portazo, tal y como lo haría más tarde en su casa, y salió de allí como alma que lleva el diablo.

Cerró el grifo y salió de la ducha. Cuanto más lo pensaba más se cabreaba. ¡Esa hija de…!

Se sentó enfrente del ordenador mientras se vestía. Necesitaba hablar con Héctor y contarle todo lo que había pasado. Sabía que él la haría sentir mejor con sus palabras de aliento, o tal vez ayudándole a acordarse de toda la familia de aquella amargada. Lo vio conectado y no perdió un segundo. Héctor tardó unos minutos en contestar. Natalia sabía que estaba trabajando, pero aun así le soltó la retahíla de sucesos acontecidos esa tarde y esperó a que contestara. Pasadas casi dos horas, su respuesta no había llegado. Al principio se sintió triste, cansada, sola…, pero el nudo que se instaló a su garganta y el dolor de su pecho hicieron surgir la ira. Con cada segundo que pasaba y no contestaba, Natalia se cabreaba cada vez más. En el fondo, sabía que él no tenía la culpa, pero necesitaba estallar, gritar, llorar. No podía más. La tristeza le invadía, y la soledad empezó a ganar terreno cuando se dio cuenta de que, en un momento en el que lo necesitaba tanto, él no estaba allí para ella. En realidad, nunca estaba. No en cuerpo presente, al menos. Y eso la puso furiosa. No estaba enfadada con él, sino con el mundo; con la realidad. Esa maldita realidad en la que estaban separados por miles de kilómetros, y en momentos como ese no podía abrazarse a él y dejarse consolar. Tecleó un último mensaje:

Pensé que estarías aquí ahora que tanto te necesito. Pero no, no estás. Nunca estás.

Y minutos más tarde, llegó el último mensaje de él. Último e inesperado:

No me toques las narices ahora, Natalia.

Y esa frase al principio la dejó fría, pero segundos más tarde hizo que ardiera en llamas de furia. Apagó el ordenador y se metió en la cama sin cenar.

Oyó la puerta de la entrada. Su madre había llegado de casa de su tía. Cerró los ojos y se hizo la dormida. No quería dar explicaciones de por qué estaba en la cama. Sandra entró en su cuarto y le dio un beso de buenas noches, sin intentar despertarla. Una vez que se hubo ido, volvió a abrir los ojos.

«¿Que no te toque las narices?», pensó, furiosa. «Muy bien… Pues no te las tocaré más.»

2

Héctor salió del trabajo echando chispas a las siete de la tarde. Había tenido un día horrible, y se presagiaba peor cuando llegara a casa. Cruzó la calle casi sin mirar, consiguiendo que un par de conductores le pitaran y le mentaran su madre. Caminó hasta el coche a paso ligero y se introdujo en él, cerrando la puerta con fuerza. Arrancó y se puso en marcha a más velocidad de la permitida. Durante el trayecto resopló un par de veces. Estaba demasiado harto de su trabajo. Siempre tenía una razón para cabrearse en ese lugar, ya fuera por los clientes, por las condiciones de trabajo, por sus jefes…, o por los compañeros. Ese día la causa de su mal humor había sido provocada por un compañero en especial, alguien que usualmente no trabajaba en su sucursal: Enrique Ramírez, el ex de Laura y nuevo novio de Irene.

Cuanto más lo pensaba, más se enfurecía. Enrique y él siempre se habían llevado bien. Nunca habían tenido ningún problema el uno con el otro. Y sin embargo, ese día se había pasado de listo.

Todo había comenzado cuando aquella mañana sus jefes le habían comunicado que algunos trabajadores de la sucursal más cercana irían a trabajar ese día con ellos por razones que ni siquiera había escuchado. Había pedido al cielo que entre aquellos trabajadores no estuviera Irene, pero al parecer Dios estaba demasiado ocupado atendiendo otros asuntos como para concederle ese pequeño favor. Y no solo eso; seguramente había sido muy malo en otra vida, porque el desastre venía con complemento. Enrique también trabajaría ese día allí.

«Qué maldita casualidad», había pensado entonces.

Aun así, había querido ser cordial, que traducido a su idioma particular significaba hacer como si no existieran. Así no habría problema alguno.

No sabía lo equivocado que estaba.

Todo había ido bien hasta la hora de comer. Había ido al restaurante más cercano, como siempre hacía, y al volver se había encontrado con una sorpresita. En su ausencia, Enrique había estado mandado correos mediante algún ordenador a los demás compañeros, criticándolo y describiéndolo como un mal trabajador. No sabía si lo había hecho a conciencia o porque era demasiado estúpido, pero también se lo había enviado a él.

Un coche le pitó por saltarse un ceda el paso. Iba demasiado rápido y lo sabía, pero la rabia le impedía levantar el pie del acelerador. Golpeó el volante, frustrado. Por culpa de ese imbécil lo habían suspendido durante un par de días. Después de ver el mensaje, se levantó de su asiento, se dirigió a él y le pidió que lo acompañara hasta un lugar en el que pudieran hablar a solas. La entrometida de Irene los siguió sin haber sido invitada.

Lo que le tengas que decir a él, nos lo puedes decir a los dos —había dicho con cierta chulería.

Héctor no la había mirado siquiera.

Muy inteligente mandarme ese mensaje también a mí —comentó, sarcástico, intentando adivinar por su expresión si lo había hecho adrede o solo había sido una equivocación.

Enrique tragó saliva, pero permaneció serio. Héctor lo supo entonces. Lo había hecho sin querer. Al pobre no parecía llegarle oxígeno al cerebro.

¿Qué mensaje? —intervino Irene. ¡Como si no lo supiera! Aun así, Héctor decidió seguirle el juego.

Mandó un mensaje a todos diciendo que soy un inútil y no sé cuántas cosas más.

Irene miró a su novio, y después a Héctor.

Eso no puede ser.

Enrique no se defendió. Héctor continuó:

Mira, no sé cuál es tu problema, pero será mejor que no vuelvas a intentar chingarme, porque iré a la supervisora y te reportaré con ella.

Enrique frunció el ceño. Sabía que no tenía argumentos con los que contraatacar.

No dije nada que no fuera cierto —se atrevió a insinuar.

Bueno, si soy malo o no en mi trabajo lo tendrán que decidir nuestros superiores. Tú no eres nadie para escribir lo que escribiste y mucho menos para mandárselo a todos y pretender dejarme en ridículo.

Enrique se puso colorado y miró al suelo, pero no estaba arrepentido, y mucho menos parecía tener intención de disculparse. Héctor mantuvo su mirada acusadora.

No quieres tenerme de enemigo. Te lo puedo asegurar. La próxima vez…

Déjalo ya, Héctor —le pidió Irene con cara de pocos amigos.

Tú cállate.

No le digas a mi chica que se calle —se adelantó Enrique, repentinamente hinchado de valentía.

Héctor no se echó atrás. Se dio cuenta de que toda la furia que desprendía Enrique había sido causada por su nueva novia. A saber qué le había contado de él…

Si lo que hiciste fue por ella —dijo, señalándola con el pulgar—, puedes estar tranquilo. No me interesa en lo más mínimo. Dejó de interesarme hace demasiado.

Enrique miró de soslayo a Irene. La joven se había puesto tensa y mortalmente seria, pálida y fría como un témpano de hielo. Se notaba que la habían afectado esas palabras. Su reacción no le gustaba.

¿Cómo puedo saberlo? —preguntó.

Sencillo: porque yo ya tengo a alguien. —Irene apretó los puños—. Y después de estar con ella no podría fijarme en nadie más. Y tu chica —no pudo resistir usar un tono provocador —no le llega ni a la suela de los zapatos.

De repente, Enrique le lanzó las manos al cuello y lo empujó hacia la pared más cercana. Irene profirió un grito de la impresión, y corrió a socorrer a Héctor.

¡Enrique, suéltalo! —chilló, echándole los brazos al cuello y tirando de él, pero su fuerza comparada con la del hombre era reducida. Entonces, salió corriendo a pedir ayuda. Héctor cerró el puño y lo golpeó en plena nariz. Se oyó un crujido. Enrique gruñó de dolor. Se llevó una mano a la sangrante nariz, dejando la otra en el cuello de Héctor. Entonces, este último consiguió quitárselo de encima y agarrarlo del pelo.

Justo en ese momento llegó una de sus jefas —una mujer severa a la par que amargada—, y lo pilló con las manos en la masa, agarrando a un pobre e indefenso trabajador cuya nariz chorreaba sangre. Al menos, eso es lo que vio ella.

Por suerte —y para sorpresa de todos—, Irene salió en su defensa. Le explicó el mensaje que Enrique había mandado a todos los compañeros (cuya prueba aún se hallaba en los ordenadores), la situación incómoda que se había creado entre ellos, y cómo su novio había intentado asfixiar a su ex, y este se había visto obligado a defenderse. Para la jefa todo quedó muy claro: era una disputa pasional provocada por un novio celoso. Por ello, había decidido no llamar a la policía —lo que fue un alivio para ambos—, pero como castigo los había suspendido a los dos; a Enrique por empezar la pelea, y a Héctor por romperle la nariz.

Héctor apretó la mandíbula.

Y para terminar el día, el mensaje de Natalia donde le decía que nunca tenía tiempo para ella. Sabía que lo que le había dicho estaba mal; que se sentía sola, al igual que él, pero tenía que comprender que era su trabajo. No estaba dejando de atenderla por mera diversión. Respiró hondo. Intentó relajarse, pero no pudo. En un día normal, no hubieran discutido. Él se hubiera marchado al baño, hubiera sacado el móvil y le habría pedido perdón por estar demasiado ocupado. Ella lo hubiera comprendido. Pero no; el mal humor había podido con él y le había hablado de mala manera. Tendría pelea la próxima vez que hablara con ella, y eso lo encorajó aún más. Todo había sido culpa de ese imbécil de Enrique. Había sido el estrés, la rabia…, el momento.

Por unos segundos, sus pensamientos le habían abstraído de la vida real. Se había olvidado que estaba conduciendo, que manejaba un coche a mucha velocidad. Volvió en sí con un bache. Se concentró de nuevo en la carretera, pero ya era tarde. Delante de sí había una curva. ¿Desde cuándo había ahí una curva? Dio un volantazo e intentó girar, pero el coche iba demasiado rápido.

Un gran estruendo, humo, olor a aceite quemado. Por suerte, hubo gente que escuchó el golpe.

Como Dulcinea para Don Quijote

Publicado en

VI

Como Dulcinea para Don Quijote

1

Gema y Miriam se apearon del coche con sendas mochilas. Durante el viaje, la preocupada madre de Miriam les había preguntado acerca de sus planes: a qué hora pensaban salir y cuándo pretendían irse a la cama; qué cenarían y si alguien las recogería a la salida de la feria; si iban solas o en grupo; qué clase de borrachos y desharrapados había en ese evento festivo que todos los veranos se celebraba en San Fernando… Les había costado mucho tranquilizarla y convencerla —o eso creían— de que ya eran unas mujeres hechas y derechas, que sabían qué lugares evitar, y que no se quedarían sin comer hasta el día siguiente. Se despidieron de ella y les aseguraron que la llamarían por la mañana para que pasara a buscarlas. El Citroën C5 desapareció por donde había venido, y las chicas se vieron libres de darse un beso en los labios. Miriam sabía que su madre no era tonta y que algo se olía, pero no se sentía con el valor suficiente para confesarle que le gustaban las mujeres. Se acercaron a un edificio recién pintado de un llamativo color azul que desentonaba con los colores pasteles de la zona.

¿Era el primer piso? —preguntó Gema.

Sí, primero A —corroboró Miriam, adelantándose a su novia y pulsando el botón.

Tardaron unos segundos en conseguir respuesta. Nadie preguntó quiénes eran; simplemente abrieron la puerta, y las chicas subieron las escaleras con rapidez.

La puerta del primero A se abrió antes de que pudieran llegar a ella, y Natalia salió con un vestido viejo y unas zapatillas de estar por casa. Las amigas se abrazaros entre gritos de alegría y saltaron al unísono como si hiciera un siglo que no se veían.

¡Te hemos echado de menos! —exclamó Miriam.

¡Y yo a vosotras! Pasad, pasad.

La casa estaba más ordenada de lo que acostumbraba. Su madre la había obligado a limpiar a fondo, como hacía cada vez que venían visitas, sobre todo si estas tenían intención de quedarse a pasar la noche. Y esa madrugada habría nada menos que siete chicas durmiendo en esa casa.

Gema y Miriam dejaron las mochilas en la habitación de Natalia y pasaron a saludar a Sandra, que se encontraba preparando su ropa. Esa noche dormiría en casa de una de sus hermanas, como hacía siempre que su hija le preguntaba si sus amigas podían quedarse a dormir.

El timbre volvió a sonar. Esta vez era Carmen, que había decidido ir antes para estar un rato más con la pareja y que así no se sintieran apartadas del grupo que, al fin y al cabo, conocían solo del cumpleaños de Natalia. Poco después, llegaron Teresa, Marina y Rocío. Habían traído pizzas para cenar antes de irse a la feria. Natalia preparó el horno y puso la mesa. Era las nueve y media cuando las dos primeras pizzas llegaron a la mesa y las chicas se abalanzaron como animales hacia ellas.

Sandra se acercó a la mesa antes de irse y les robó un trozo de la de jamón y atún. Se despidió de ellas, le dio un par de consejos a su hija y salió por la puerta alegremente con su porción de pizza.

¿Está bien que nos vayamos a las diez y media? —preguntó Marina.

En cuanto terminemos de cenar y me arregle —contestó Natalia.

Oye, ¿y dónde vamos a dormir? Somos un montón —comentó Teresa.

Natalia sonrió a Gema con la boca llena.

¿Lo habéis traído?

La joven de pelo corto se levantó y caminó hasta el cuarto de Natalia. Cuando regresó, llevaba entre las manos una bolsa.

Perfecto.

¿Qué es? —preguntó Rocío.

Una cama hinchable —respondió Miriam.

Gema sacó la cama deshinchada de la bolsa y la extendió en el suelo. Inmediatamente, Pantera saltó sobre ella, olisqueándola y revolcándose como si fuera un nuevo juguete. Las chicas se quedaron mirando su gran extensión. Se preguntaban cuánto mediría, y lo más importante…

¿Tenéis algo para llenarla?

2

Cuando llegaron a la entrada de la feria, esta ya estaba abarrotada de jóvenes cargados con botellas de alcohol que se encargarían de beber en el paseo, o de gente algo más sensata que simplemente esperaba a sus amigos para ir a dar una vuelta. Era el último día de dicha festividad, y las luces parecían brillar más que nunca.

El móvil de Natalia apenas se oía con la música y el jaleo que formaba la gente.

¿Sí?… ¿Dónde estás?… —Giró sobre sí misma, alzando la mirada entre el gentío. Finalmente, encontró a quien buscaba y elevó la mano sobre su cabeza—. Ya te he visto.

Colgó y corrió a por la última integrante del grupo.

¿Quién es? —preguntó Miriam al aire.

Natalia se acercaba de nuevo guiando de la mano a Raquel, aquella chica de pelo negro que alguna vez estuvo liada con América y con la que compartía ex.

Chicas, he invitado a Raquel a venir con nosotras —se volvió a la chica y señaló a la pareja del grupo—. A Gema ya la conoces de la clase. Ella es Miriam, su novia.

El grupo en general se sorprendió de la inesperada invitación de Natalia. Aquel día en la tetería, al volver a la mesa después de haber salido corriendo detrás de Raquel, les había contado todo lo ocurrido. ¿Quién se habría imaginado que la ex de América y la de David eran la misma persona?

Rocío se acercó a saludarla efusivamente. Días atrás habían estado hablando mucho por chat. Sentían que un vínculo especial las unía después de haber estado las dos con América.

El grupo de chicas se hizo hueco entre la multitud y accedieron al recinto ferial. En las casetas ya sonaba la música a todo volumen para desgracia de los residentes de los pisos más cercanos. Un gran número de menores se agolpaba a las afueras de la caseta de moda, El Tangazo, deseosos de entrar y dejar que la música los poseyera. Él vigilante, sin embargo, pedía el DNI e impedía la entrada a cualquiera que no alcanzara los dieciocho. Las chicas pasaron de largo. Allí lo único que encontrarían serían chulitos intentando ligar con la primera petarda que se les cruzara, chicas con vestidos excesivamente cortos contorneando el cuerpo como si de lombrices se trataran, y peleas cada vez que un gallito se cruzara con otro.

Podemos ver los fuegos artificiales y después entrar en alguna caseta —sugirió Carmen.

¡Pero primero Gema se tiene que montar conmigo en el Proyect! —dijo Natalia, volviéndose hacia la susodicha—. ¡Me lo prometiste!

Que sí, que sí… Ya vamos —aseguró esta, y le guiñó un ojo a Carmen—. Vamos a dejar que la niña se monte en los cacharritos.

Natalia adoraba la feria, pero no por la razón por la que los jóvenes suelen adorarla; no por las largas noches en vela bailando y bebiendo hasta emborracharse; sino por las atracciones, por las patatas asadas, por el algodón de azúcar y los buñuelos con chocolate. Por las distintas canciones que bailaban en el ambiente, por los vestidos de gitana, por el olor dulce que desprendían las delicias de los puestos de chucherías, por las patatas fritas en el momento… Porque cuando pisaba ese lugar lleno de música y color, cuando montaba en una de esas atracciones y notaba la adrenalina correr por sus venas, sentía que volvía a ser una niña.

Después de hacer cola y satisfacer sus ansias de probar las atracciones, las amigas fueron al paseo a coger sitio para los fuegos artificiales.

Hacía una noche cálida y soplaba una suave brisa. Natalia recordaba la vez en la que, siendo niña, los fuegos artificiales se desviaron a causa del viento y empezaron a caer demasiado cerca de la gente. La multitud había enloquecido y se empujaban unos a otros para poder salir de ese estrecho paseo. Su padre había impedido que la aplastaran, porque cuando ocurrían ese tipo sucesos terroríficos, la gente solo miraba por su propio bien, y no por el de los demás. No importaba a quién pisotearan o hicieran daño con tal de salvarse…, ni siquiera a una niña. Mientras pensaba en lo egoístas que pueden llegar a ser los seres humanos, se oyó un silbido que ascendía hacia el cielo y provocaba una pequeña explosión. Era la señal.

¡Ya empieza! —exclamó Carmen.

Empezaban poco a poco, tirando un solo cohete a la vez. Normalmente solían ser pequeños y de pálidos colores para que la gente se impacientara y no perdiera detalle del espectáculo. Pasados unos minutos, soltaban algunos más grandes y vivos. Colores rosas, azules, verdes, rojos… Cada vez que explotaban en el cielo y lo iluminaban con su luz, Natalia recordaba el sonido de las palomitas al hacerse en el microondas. Tenían formas extrañas. Pudo adivinar flores entre otras. El juego de distintas tonalidades era precioso. La gran masa permanecía en silencio, expectante. Solo se oía a los niños, que asombrados señalaban al cielo y gritaban de júbilo. Cuando las explosiones cesaron y el cielo quedó inundado de humo, algunos aplaudieron. Natalia sonrió, satisfecha.

¿Compramos unas bebidas y damos una vuelta por aquí antes de entrar a bailar? —se hizo oír Marina entre el barullo y la música estruendosa de las atracciones.

¡Me apetece un rebujito! —exclamó Rocío animada.

El paseo fue vaciándose poco a poco, y pronto solo quedó la juventud que se reunía allí para beber y pasar el rato. Se pusieron en un lugar tranquilo, donde no hubiera mucha gente, procurando que entre esas personas abundara el sexo femenino más que le masculino, pues este último solía crear más problemas que un grupo de chicas. Aunque tal vez, eligieron mal…

¡Quilla, mira quién está allí! —le dijo Marina a Natalia.

No solo Natalia se dio la vuelta, también toda la tropa. Si querían ser discretas, no lo habían conseguido. Natalia sintió que se le revolvía el estómago. Era América, pero no estaba sola, como ella esperaba verla.

Raquel y Rocío hicieron una mueca con la boca.

Es esa cerda mentirosa —soltó la primera.

Qué patética —comentó Rocío—. Está con los amigos de su hermano.

Normal —comentó Teresa, dando un buche a su tinto con casera—, se ha quedado sola.

Gema y Miriam quisieron participar en la conversación, y se acercaron aún más para curiosear en voz baja.

¿De qué estáis hablando? —preguntó Miriam en un susurro.

¿Quién es? ¿Quién es la cerda mentirosa?—Gema no fue tan sutil.

Natalia señaló con la cabeza a sus espaldas.

La chica de vestido azul, ¿la veis?

Sus amigas miraron y asintieron a la vez. Era imposible no verla. Parecía querer llamar la atención de toda la feria con su risa estridente y sus chistes malos.

¿Recordáis la amiga traidora esa de la que os hablé?

¡¿Esa es la enferma terminal?! —exclamó Gema sin importarle quién pudiera oírle.

El grupo se echó a reír sonoramente. Miriam se quedó observando a la pandilla, que ahora los miraban, la mayoría intrigados por saber de qué se estarían riendo. América le dijo algo al oído a uno de los chicos, y este le rio la gracia, fuera la que fuese.

«¡Hombres!», pensó Natalia.

Rocío apuró su rebujito y rio con malicia. Se acercó a Raquel y pasando el brazo por su hombro, le susurró alguna maldad al oído. La morena sonrió abiertamente y asintió varias veces. Bebió un buche de su Whisky con cola y le dejó su vaso a Natalia. Ambas, agarradas de hombro y cintura respectivamente, se acercaron entre bailes a América y, como si no las hubiera visto antes, la saludaron con falsa sorpresa. Todo el grupo se giró para ver cómo la expresión de América se deformaba al ver dos de sus ex —que además la odiaban a muerte— juntas. Algo inaudito. Y por ello, Gema no pudo evitar grabar la escena con la cámara de su móvil. Dos chicas medio borrachas atormentando a una exnovia en común. Eso tenía que inmortalizarlo. Cuando Raquel y Rocío se encaminaron de nuevo hacia ellas con unas sonrisas de oreja a oreja y América se quedó con cara de pánfila, el grupo entero estalló en carcajadas. Natalia pasó un brazo alrededor de los hombros de Raquel como si la nueva integrante del grupo fuera un gran premio. Entonces, volvió la vista hacia atrás y se percató de que América la asesinaba con la mirada. Su cara mostró una sonrisa; su mano, el dedo corazón.

3

¿Ya te han dicho la fecha de presentación? —le preguntó Messías, su ciberamigo desde hacía largo tiempo.

Héctor intercalaba las tareas del hogar con la charla de su amigo. Tenía que aprovechar sus días libres para poner orden en esa enorme casa. Cuando la vio por primera vez, no se sintió del todo convencido. Compuesta por dos pisos, era excesivamente espaciosa para una pareja. Pero Irene insistió hasta la saciedad, y terminó convenciéndolo. Ahora se arrepentía de aquella decisión. La limpieza no acababa nunca y la hipoteca lo ahogaba. Tenía que trasladarse a un apartamento más pequeño.

Será en septiembre, pero aún no me dijeron la fecha exacta —respondió Héctor.

¿Estás nervioso?

Emocionado. —Recordó los hermosos rincones de Madrid; se sintió ansioso por ver su libro ya preparado y colocado en los estantes de las tiendas; pero sobre todo, dejó volar su mente hasta una joven de sonrisa cautivadora—. Pero más por el reencuentro que por la presentación —admitió.

¿Por el reencuentro? —preguntó Messías, algo perdido.

¿Acaso no te dije?

¿El qué?

¡Mi chica vendrá a Madrid! —anunció, como si de un gran bombazo se tratara.

¿En serio? ¡La famosísima Pétalo irá a tu presentación! —escribió—. Y pensar que hasta hace poco no querías ni verla!

Estaba equivocado —reconoció—. Es sencillamente perfecta.

Vamos, que la relación va viento en popa.

Sin duda.

Me alegro mucho por ti, amigo. ¿Y cómo es físicamente? ¿Es guapa?

Héctor sonrió al recordar de nuevo su joven rostro.

Te dije que es perfecta.

Uy, eso me suena a que no es muy agraciada —bromeó Messías.

Cuando digo perfecta, lo digo en todos los aspectos.

No me lo creeré hasta que la vea.

Héctor sonrió de nuevo, pero esta vez algo picado, con el reto reflejado en el brillo de sus ojos. Así como nadie podía osar insultar a Dulcinea delante de don Quijote de la Mancha, no dejaría que ni su amigo de más confianza se atreviera a dudar de la belleza de su chica.

Te enseñaré una foto, y te tragarás tus palabras.

No quería confiarle una fotografía a alguien del que ni siquiera sabía el nombre, así que la subió como foto de perfil del Messenger. Tardó unos segundos en cambiar la imagen del gato Félix por una en la que estaban los dos en Cádiz, abrazados.

Messías se quedó sin palabras cuando vio a esa chica de pelo rizado y profundos ojos castaños. Su rostro perdió todo el color y empezaron a temblarle las manos.

¿Qué te parece mi niña? Hermosa, ¿verdad?

Messías tardó en responder. No sabía exactamente qué escribir. Finalmente, tragó saliva, respiró hondo y tecleó unas pocas palabras.

No está mal. Oye, tengo que irme. He quedado con unos amigos.

Está bien, güey. Nos vemos.

Messías apagó el ordenador rápidamente. Sentía el corazón acelerado y un profundo dolor en el pecho. No podía ser. Había tantas personas en el mundo… ¿Cómo era posible?

Alguien llamó a su puerta. Era su hermana pequeña.

David, mamá dice que la ayudes con no sé qué —le avisó desde fuera.

Ya voy —contestó David cuando buenamente pudo.

Quiso levantarse de inmediato, pero las náuseas que sentía en el estómago le anunciaron que vomitaría si se atrevía a hacerlo. Así pues, tuvo que esperar unos minutos más en la silla, intentando asimilar lo que acababa de ver.

4

¿En serio?

Natalia no podía creérselo. O sí…, sí que podía. Claro que podía. Las personas no cambian tan fácilmente. Aun así, no conseguía dejar de asombrarse con la poca vergüenza de la que hacían gala algunas personas.

Como lo lees. Me telefoneó esta mañana.

Pero, ¿qué te dijo exactamente?

Era curiosa por naturaleza, pero aquella situación hacia que esa característica se acentuara. Necesitaba conocer los detalles.

Para empezar, me sorprendió oír cómo sollozaba. Me pregunté: «¿qué pedo con esta vieja?». Ya te digo que fuimos compañeros una vez en la misma sucursal, pero la trasladaron a la de Irene. Hacía meses que no hablábamos, aunque siempre tuvimos buena relación. Se llama Laura.

»Le pregunté qué le ocurría, y me contestó: «Enrique rompió conmigo. Y todo por culpa de la perra de tu ex. ¡Se fue con ella! ¡Me dejó por esa víbora!». Ya puedes imaginar mi cara.

¡Qué zorra! Aunque, la verdad, no me extraña. La que es guarra, es guarra —contestó Natalia. No sabía por qué, pero una parte de ella se sentía furiosa con esa mujer. Podía ponerse en la piel de la pobre Laura e imaginar el calvario que estaría pasando.

Lo peor es que llevaban dos años casados —explicó Héctor.

¿Se metió en un matrimonio?

Al parecer se vieron a escondidas en varias ocasiones.

¡Dios, cómo se puede ser tan… asquerosa!

Era indignante. Se suponía que debía estar contenta —o al menos tranquila— al saber que se la había quitado de en medio, y sin embargo, se encontraba consternada por su actitud de niñata y su comportamiento amoral. En su mente no cabía que existiese gente tan retorcida.

Sinceramente, me da igual lo que ella haga o deje de hacer, pero siento tristeza por Laura. Es una buena chica y estaba muy enamorada de su marido.

¡Ese es otro cerdo! Engañando a su mujer… Se ve que Irene y él están hechos el uno para el otro. Son dos hijos de puta. ¡Dios los crea y ellos se juntan! —dijo Natalia.

Ya ni al caso, mi amor. No me gusta decirlo, pero no es cosa nuestra. Y eso mismo le dije a Laura; que lo sentía mucho, pero que Irene ya no es cosa mía, y lo que ella haga no me incumbe. De todas formas, decidimos quedar con unos amigos para ir a la playa en estos días. Necesita olvidarse de lo que pasó.

Sí, intentad animarla. ¡Que se divierta y se olvide de ese idiota! Díselo de mi parte.

Eso haré. Descuida.

Libertad

Publicado en

V

Libertad

1

Irene se secó las lágrimas con fuerza. ¡Dios! Si ya se había sentido humillada con el rechazo de Héctor, el mensaje que acababa de leer había acabado de hundirla. ¿Cómo era posible que una escuincla que contaba diez años menos que ella le hablase así? Había tenido el coraje de enfrentarla y de decirle que ella no era nada para Héctor. Golpeó el teclado con fuerza.

¿Nada? Ella había mantenido con él una relación de cuatro años y llevaban tres casados. ¿En serio pensaba que ella no era nada?

Quiso contestar el mensaje, pero ¿para qué? Pelear con esa niña no le traería ningún beneficio; solo dolores de cabeza. Se había equivocado de objetivo. Era a Héctor al que tenía que atacar. Debía echarle el anzuelo de distintas maneras hasta que se decidiera a picar. Al fin y al cabo, ella podía ofrecerle una vida en pareja, una economía…, quizás un hijo. ¿Qué podía darle esa niña?

Gruñó. Sí, ya sabía lo que podía ofrecerle una veinteañera…

Tenía que cambiar de estrategia. Si ofrecerse directamente y amenazar no surtía efecto, tendría que pasar a la última fase, aunque esta llevara más tiempo del que le gustaría. Recurriría al mejor aliado que tenía una mujer a la hora de conquistar a un hombre: los celos.

2

Ese día, cuando Héctor llegó a casa de trabajar, se tumbó directamente en su cama sin deshacerse del uniforme del trabajo. Exhaló un suspiro y cerró los ojos. No tenía ganas de nada. Solo quería dormir. Desde hacía tres días parecía un muerto viviente. Apenas comía, apenas dormía, y solo salía de casa para ir a trabajar. Había dejado de contestar los mensajes de Natalia, y de responder las llamadas de todo aquel que quisiera contactar con él. Los últimos acontecimientos habían terminado de hundirlo en la depresión.

Se había sentido profundamente triste cuando había tenido que separarse de Natalia hacía ya unos meses; la rutina lo había abatido, y su trabajo solo lo asfixiaba y amargaba cada día más. Después estaba Irene, que seguía dando guerra, e incluso había llegado a meterse con Natalia; y ella se había defendido, como era lógico. Pero eso no hacía más que preocuparlo. Después estaba la maldita casa en la que vivía, que no hacía más que traerle quebraderos de cabeza. Era demasiado grande y en consecuencia, demasiado cara para él. Debía quitársela de en medio cuanto antes, pero el banco tampoco se lo ponía fácil.

Y además estaba el tema del divorcio, que parecía no salir nunca.

Había perdido el apetito con tantos disgustos. Por las noches tenía pesadillas que lo martirizaban y no le dejaban descansar. Sus jefes se aprovechaban de él y del resto de sus compañeros. Al principio se había puesto de un humor de perros, pero cuando este pasó, solo había quedado la tristeza, y esta había derivado en una pequeña depresión que no le dejaba ganas para hablar con nadie, y mucho menos para escribir.

Y después…, esa maldita pesadilla que le revolvía el estómago.

El móvil vibró y se iluminó la pantalla.

Abrió los ojos débilmente. Sabía que era Natalia, su pequeña, a la que tanto necesitaba en esos momentos. Pero ella no estaba allí y hablar con ella sabiendo que no podía siquiera tocarla lo ponía peor. Así que ni siquiera miró el mensaje, y simplemente apagó el móvil.

Se volvió en la cama. Sentía la necesidad evadirse del mundo. Imaginar que todo estaba solucionado. Que ya se había divorciado, que al día siguiente no tendría que ir a trabajar, que había vendido su casa por un precio razonable y que podría dejarlo todo para irse a España con su chica. Antes de quedarse dormido, rio. Ojalá las cosas fueran tan fáciles.

3

¿Esperamos a alguien? —refunfuñó Natalia, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Pensaba que íbamos a la tetería a tomar algo.

Marina buscaba con la mirada por los alrededores del ayuntamiento, pero no faltaba nadie. Estaban todas.

¿Un batido helado? —preguntó Carmen.

¡Para el calor! —exclamó a modo de queja.

Ya nos vamos —la tranquilizó Marina—. Es que he quedado aquí con alguien.

¿Se puede saber con quién? —curioseó Rocío.

A ver, desde que nos enteramos de las mentiras de América, he estado indagando —explicó—. América me había contado que, estando en el instituto, había tenido una novia. Una tal…

Raquel —se adelantó Carmen.

Natalia hizo una mueca, como si el solo recuerdo de aquella chica le entrara escalofríos.

Sí, la recuerdo. La que era medio gótica, medio machorra… Así, con el pelo corto tapándole los ojos —señaló, gesticulando con las manos—. Nunca me cayó bien. Nos miraba raro.

Es que era rara —puntualizó Carmen.

Y siniestra…

Marina las miró alternativamente con semblante preocupado. A partir de la descripción que sus amigas acababan de hacer de la ex de América, podía imaginar una persona seria y antipática. Se llevó la mano a la boca de manera pensativa, y cuando las chicas le devolvieron la mirada, se sintió obligada a desviarla.

Bueno, y ¿qué pasa con ella? —preguntó Teresa.

Marina hizo un gesto con la mano, restándole importancia a lo que iba a decir.

Nada, que la he invitado a venir con nosotras.

El silencio se hizo en el grupo de forma repentina. Las chicas se miraron entre todas, y después fulminaron a Marina.

¿Qué?

¿La has invitado a venir? —preguntó Natalia—. ¿Para qué?

La localicé por medio de unos amigos de América y estuve hablando con ella de todo lo que había pasado. Se interesó mucho. Dijo que tenía cosas que contarnos —se explicó rápidamente—. De hecho, fue ella quien me pidió que quedásemos.

Madre mía… —suspiró Carmen.

¿Tan mala es? —quiso saber Teresa.

Carmen inclinó la cabeza y se encogió de hombros.

Siempre puede haber mejorado el carácter.

¡Mirad, allí viene! —dijo Marina, agitando en alto la mano—. No me parece tan gótica ni tan machorra…

Natalia se dio la vuelta para intentar localizar entre la gente que caminaba en la calle Real a la única chica de aspecto siniestro, tanto en semblante como en atuendos. Para su sorpresa, lo único que vio fue una joven con la cara despejada y ropa colorida que le resultaba extrañamente familiar.

Vaya…, pues al parecer sí que ha cambiado —comentó Carmen.

¡Pero si yo a esa la conozco! —exclamó Natalia—. Está en mi clase. ¿No recordáis lo que os conté sobre una niña lameculos que llegó diez minutos tarde a un examen y se puso a llorarle al profesor?

Teresa se fijó mejor en ella, pues sin gafas no veía bien de lejos.

¡Hostia, es verdad! ¡Es Raquel!

¿Esa es? —preguntó Carmen en voz baja, pero ninguna quiso seguir con el tema al ver que la chica se acercaba con rapidez.

Raquel mostró una sonrisa al llegar al grupo y saludó a Marina primero.

Hola, ¿qué tal?

Fue presentándose a todas las integrantes. Al llegar a Carmen, solo le dio dos besos, seguramente porque la recordaba de años pasados. Saludó a Teresa como siempre hacía en clase, pero cuando se acercó a Natalia, pasó algo extraño: la expresión de su cara cambió casi imperceptiblemente. Natalia atisbó un brillo de preocupación en sus ojos y cómo su sonrisa se deshacía. Dudó un momento, y finalmente, al ver que Natalia no reaccionaba de ninguna forma, la saludó como a todas las demás.

Natalia visualizó en su mente las ocasiones en las que había coincidido con su compañera en la clase y esta ni siquiera se había dignado a saludarla. Pero eso no era todo. Cuando la veía por los pasillos, bajaba la mirada o hacía como si no la hubiera visto. Solía evitarla y no sabía por qué.

Ya en la tetería, Raquel les explicó todo lo acontecido en su relación con América, y cómo esta había seguido persiguiéndola por años.

En realidad, yo no quería salir con ella —explicó, llevándose su taza de café a los labios—. De hecho, dudo que esa niña haya sido alguna vez lesbiana. O bisexual. —Hizo una pausa para pensar—. Sí, bisexual. También le gustaban los chicos. Estuvo liada con un par de mi pandilla.

Esa le da a todo. Si pudiera, se tiraría a su perro —comentó Natalia.

Rocío rio.

¿Quién te dice que no lo viola cuando sus padres no están?

Las chicas empezaron a reír. El camarero les suplicó con la mirada que mantuvieran el orden y el silencio cuando les llevó los batidos e infusiones que quedaban.

Ufff…, sus padres. Cuando descubrieron que estábamos juntas, la llevaron a un psicólogo. No podían admitir que su hija fuera una «desviada». Palabras textuales. O al menos, eso decía ella.

¿Y cortasteis por eso? —preguntó Marina.

Si sus padres no nos hubieran separado, yo habría terminado dejándola —aclaró—. Como ya os he dicho, yo no quería salir con ella. Pero insistía e insistía… Fue ella quien me entró la primera vez.

¿Te besó? —preguntó Teresa—. ¡Qué fuerte!

Bueno, fue un pico…

Y ¿qué más? ¿Qué más?

Pues, se comportaba siempre de forma muy rara. Decía muchas tonterías… ¡Incluso un día me dijo que era bulímica! Obviamente, no me lo creí.

¡Hala, otra enfermedad más! —exclamó Teresa, echándose a reír.

Leucemia, cáncer de laringe, bulimia… ¿Quién da más? —bromeó Natalia.

Además, después empezó a inventar cosas. Que yo la acosaba, que no la dejaba en paz… ¡Y era ella la que no me dejaba en paz a mí! ¿Os podéis creer que hace poco me mandó una foto medio en pelotas?

¿Qué dices?

¡Sí, en ropa interior! Pero vamos, que se le veía casi todo.

¡Qué asco! —exclamó Marina—. ¿Y no te traumatizó?

Entre risas y bromas variadas sobre la “esbelta figura” de América, Natalia miró disimuladamente a Raquel mientras bebía de su batido. Su perfil, su pelo, sus gestos, su ropa… La había visto en alguna parte además de la Universidad, estaba segura, pero su desastrosa mente no le permitía recordar dónde.

Por un instante, se le ocurrió pensar que quizás esa sensación de familiaridad venía de cuando la había conocido, años atrás. Pero no; estaba demasiado cambiada. Había algo más. No era su cara, era su perfil… La había visto de espaldas en alguna parte.

Bueno, si te dijésemos la de cosas que ha inventado de nosotras… —intervino Carmen—. ¡Que somos homófobas, dijo de esta y de mí! —señaló a Natalia, que se hallaba en su mundo.

¡Claro, a mí me dijo lo mismo de vosotras! Por eso, no me caíais bien.

Fue en esa frase en la que Natalia levantó la mirada con los ojos muy abiertos. No le caía bien.

«No le había caído bien… en el pasado», corrigió su mente. A su cabeza llegó una imagen clara, nítida: una chica de espaldas. Pelo negro azabache. El mismo cuerpo, los mismos gestos. Se gira hacia su novio para decirle algo. No le ve la cara, solo el perfil.

Apretó el vaso con ambas manos. Ya sabía dónde la había visto antes.

¿De verdad? ¿Por eso era? —Carmen no pudo evitar sorprenderse.

Qué hija de puta… —murmuró Natalia.

Raquel fijó la vista en Natalia, que le clavaba la mirada como si fueran mil puñales. Supo entonces que el insulto no iba dirigido precisamente a América. Por fin la había reconocido.

Apuró su café y sacó su monedero.

Chicas, tengo que irme. Ha sido un placer —dijo, dejando un par de monedas encima de la mesa.

¿Ya te vas? Pero si acabamos de llegar —se quejó Rocío.

Lo sé, pero tengo un compromiso. Lo siento.

Y sin decir nada más, salió del lugar como alma que lleva el diablo. Todas sabían que algo la apuraba. Su semblante había cambiado. Parecía realmente incómoda por Dios sabía qué.

Natalia se levantó, dejando su bolso y su batido en la mesa.

Ahora vuelvo —dijo—. Se me ha olvidado decirle una cosa.

Salió corriendo de la tetería, dispuesta a alcanzarla. Ya debía haber cogido carrerilla para alejarse de ella lo más pronto posible. Natalia la vio bajando la calle a paso rápido. Corrió detrás de ella y la llamó por su nombre. No quería insultarla de nuevo, solo necesitaba una explicación.

Raquel se paró con el corazón a mil por hora, dispuesta a enfrentarla. Solo esperaba que esa chica no recurriera a la violencia. Se dio la vuelta y la miró a los ojos. Natalia se apoyaba en sus rodillas y cogía aire después de la carrera.

Eres la ex de David. —No era una pregunta.

La chica asintió lentamente.

¿Pero tú no eras lesbiana?

Soy bisexual —aclaró con voz tranquila—. No creas que me copié de América. Más bien, América se copió de mí.

No me jodas…

Oye, no quiero pelea —dijo, levantando las manos en señal de paz.

Yo tampoco. Solo aclarar dudas.

Raquel exhaló un suspiro. Intentaba tranquilizarse, pero la situación la desestabilizaba.

¿Qué dudas?

¿Fue por eso que has contado? —preguntó sin rodeos—. ¿Intentaste quitarme a David porque creías que era una homófoba?

Esperaba una respuesta negativa. ¿Qué si no? Pero el silencio momentáneo de Raquel la sorprendió.

Sí…, y no —contestó con sinceridad—. Natalia, cuando dejé a David, lo hice creyendo que era lo mejor para mí. Después vino una etapa difícil y pensé que tal vez, David no había sido tan mal novio. Estuve pensando en volver con él, pero entonces llegaste tú. Y la verdad, no te voy a engañar; si hubiera sido otra, simplemente habría dejado a David en paz. Pero al saber que eras tú… Me creí todo lo que América dijo de ti y pensé que no eras buena para David. Así que intenté que volviera conmigo.

Natalia se cruzó de brazos. Lo único que salió de su garganta fue un gruñido.

Pero me he dado cuenta de que es justo lo contrario. David no es bueno para ti.

¡Oh!, ¿y ese cambio repentino de idea? —preguntó con un tono algo sarcástico.

Raquel se lo pensó un poco antes de responder. No podía imaginar la reacción que tendría la chica cuando se enterara, pero no tenía por qué importarle. Su relación se había acabado hacía tiempo.

David me llamó hace unas semanas. Me tomó la palabra —dijo con una sonrisa avergonzada—. Estuve en su casa. Estaba despechado, y ya te imaginas lo demás… No, no me lo tiré, si eso me vas a preguntar. Me di cuenta de que no quería ser su segundo plato. Pero bueno, ya te imaginarás que un hombre que hace eso— que un día está enamoradísimo de una y al día siguiente llama a su ex con esas intenciones—, no debe ser tan bueno como parece.

Natalia se quedó muda. Eso sí que no se lo esperaba de David. Sabía que tenía muchos defectos, pero realmente aquello había sido patético. Llamar a su ex por resentimiento…

¿Alguna pregunta más?

Creo que no.

Raquel se acercó y le tendió la mano. Natalia vaciló antes de apretarla con fuerza.

No me caes mal, Natalia. Aunque supongo que tú a mí no podrás ni verme… Espero que no haya malos rollos entre nosotras. Al fin y al cabo, David y América son el pasado.

Natalia arqueó una ceja y sonrió de lado.

Mira que salir con esos dos… Qué mal gusto tienes, hija.

Raquel liberó su mano y soltó una carcajada libre de tensión.

Mejor calla, que tú compartes la mitad de mi mal gusto. Espero que tus siguientes elecciones, al igual que las mías, vayan a mejor.

Han ido a mejor, sin duda.

Raquel le guiñó un ojo con una repentina complicidad.

Parece que tienes una buena historia. Espero poder oírla en otra ocasión…, si es que hay otra. —Se dio la vuelta y levantó la mano—. ¡Hasta luego!

4

Natalia se subía por las paredes. Hacía tres días que no hablaba con Héctor, desde que Irene y ella se hubieron intercambiado mensajes hostiles. Ese día todo parecía normal, pero a la mañana siguiente no encontró el mensaje de buenos días que él siempre le dejaba, y por la tarde, por más mensajes que le envió, Héctor no respondió a ninguno de ellos. Empezó a preocuparse. ¿Acaso la visita de Irene le había confundido? ¿Y si se estaba planteando volver con ella?

Al día siguiente, tampoco hubo respuesta, pero después de rogarle repetidas veces que al menos le dijera si estaba bien para quedarse tranquila, él se dignó a contestar:

«Estoy bien. Ignórame, ¿sí? Necesito estar solo.»

Natalia se quedó de piedra. No entendía su mensaje. ¿Acaso estaba enfadado porque le había contestado a Irene? ¿Por qué debía ignorarle? ¿Qué era lo que había ocurrido y por qué Héctor no quería hablar con ella? Se sintió infinitamente dolida, pero decidió que lo mejor era dejarle en paz. No pensaba estar detrás de él, esperando a que tuviera un rato para hacerle caso. Si quería tiempo, eso tendría.

Al día siguiente tampoco le escribió ni una sola vez. No quería pensarlo, pero ¿y si había decidido dejarla de esa forma tan sutil? ¿Y si el verdadero mensaje que le quería transmitir era el de «déjame en paz»?

Esa noche no pudo dormir bien. La angustia la carcomía. Necesitaba saber la verdad, y si Héctor no quería volver a verla, lo asumiría como una adulta. Pero precisaba que fuera sincero con ella.

Sin embargo, a la tarde siguiente, Héctor la saludó como si nada hubiera pasado.

Hola, mi vida.

Natalia tragó saliva.

Hola.

¿Cómo estás, preciosa?

La chica frunció el ceño y apretó la mandíbula. ¿Acaso era idiota? ¿Cómo la saludaba así después de haberla hecho sufrir de esa manera durante tres malditos días? ¿Qué tenía en la cabeza?

¿A qué estás jugando? —inquirió.

¿Qué?

Has desaparecido durante tres días. Me dijiste que te ignorara.

Ah, nomás necesitaba estar unos días aislado del mundo.

Hablaba tan tranquilo que Natalia sentía que le estallaría la cabeza. Él no le daba importancia al asunto. Parecía no darse cuenta de lo mal que lo había pasado.

¿También de mí? ¿Sabes lo mal que me lo has hecho pasar?

No tuviste por qué.

¡Creía que estabas mal! ¡Llegué a pensar que querías dejarme!

Estaba mal —reconoció—. Por eso me alejé. Pero ya todo está bien, mi vida. No tienes por qué estar así.

¿Que no tengo por qué estar así? —Natalia estaba a punto de explotar. No podía creerse que hubiera tomado esa actitud despreocupada y egoísta. Si hubiera estado delante de él, ya le hubiera propinado una buena bofetada—. ¡Eres gilipollas!

… Vale.

¡Imbécil, estúpido! ¡Te importa todo una mierda!

No es verdad —la contradijo—. Te pedí que me ignoraras porque no quería meterte en mis tonterías.

¡Pues lo hiciste! ¡Al pedirme que me mantuviera al margen ya me involucrabas! ¡He pasado los peores días de mi vida pensando en lo que podría haberte pasado! ¡Quería ayudarte y tú no me dejabas!

¿Crees que yo no lo pasé mal? —contraatacó él, escudándose en su propio dolor.

¡Eres un egoísta!

¿Egoísta por no querer hacerte sentir mal con mis problemas?

¡Me hiciste sentir mal dejándome de lado y pidiendo que te ignorara! ¿Crees que yo nunca he querido apagar el ordenador unos días y aislarme de todo? ¿Sabes por qué nunca lo he hecho? ¡Por ti! ¡Porque sabía que te dolería!

Pensé que sería peor…

¡Soy tu novia, Héctor! ¡Para eso estoy!

Ya te dije que yo también lo pasé mal.

Natalia respiró hondo y tragó saliva. Le temblaban las manos y tenía unas terribles ganas de llorar. Héctor estaba consiguiendo frustrarla. No entendía nada. O sí lo entendía, y se hacía el tonto.

Eres un jodido egoísta —lo acusó de forma más calmada—. Solo piensas en lo mal que lo pasaste tú. ¿Y yo qué? Te importa una mierda cómo me sentí yo. No he hecho más que preocuparme por ti todos estos días. No hacía más que pensar que estabas sufriendo y yo no podía ayudarte. Ni siquiera me has pedido perdón.

¿Perdón? ¿Por qué tendría que hacerlo? Yo no hice nada malo.

Me hiciste sentir mal. ¿Eso no cuenta?

No fue mi culpa.

¿Estás diciendo que sufrí porque quise? ¡Sufría por ti, gilipollas!

Natalia lloraba. No podía creer su comportamiento. No era el mismo de siempre. Era como si se hallara encerrado en una burbuja en la que el único que importaba era él. ¿Qué había pasado en esos días? ¿Qué era lo que lo había vuelto así?

Deja de insultarme, por favor.

Pues deja tú de comportarte como un capullo.

Héctor por fin se puso serio.

¿Quieres saber por qué me fui? ¿Qué fue lo que me hizo alejarme?

Sí, claro que quiero.

Estaba estresado, agobiado, harto de todo. Ya no podía más. Y la otra noche, tuve una pesadilla. Soñé que ibas sola por la calle y te asaltaban unos hombres. Ya puedes imaginar el resto. ¿Sabes cómo me sentí cuando desperté y me di cuenta de que si algo como eso ocurriera de verdad, yo no podría hacer nada, estando a tantos kilómetros?

Natalia cogió aire de nuevo y lo soltó lentamente.

¿Y crees que separándote de mí hubieras conseguido protegerme?

No…, pero me dolía hablar contigo porque recordaba esa maldita pesadilla. Siento si te hice sentir mal. No fue mi intención.

La próxima vez piénsalo dos veces antes de hacer una tontería como esa. Soy tu novia, y eso no significa estar a tu lado solo en los buenos momentos. También en los malos.

Héctor se pasó la mano por los ojos y el pelo. Tenía unas grandes ojeras y gesto cansado.

Te quiero demasiado. Solo estaba desesperado por no tenerte conmigo.

Entonces piensa razonablemente y no me alejes. No vuelvas a hacerlo porque no volveré a aguantarlo.

No, no lo haré más —aseguró.

No. Era como intentar alejar la medicina que curaba una enfermedad que lo degenerada a cada paso que daba, algo realmente estúpido.

Júralo.

Te lo juro.

5

Había menos gente de la que había esperado en el Registro Civil, y aun así estaban tardando más de lo que le hubiera gustado. Pero no le importaba. Estaba tranquilo, relajado… Ya casi saboreaba la ansiada libertad. Quedaban escasos minutos para ser un hombre divorciado, y por ello estaba de buen humor y sonreía.

No se podía decir lo mismo de Irene. Mientras que él hablaba con su hermano Abraham, su todavía esposa no abría la boca para nada, y mantenía un semblante serio. Sus brazos estaban cruzados, y no paraba de dar golpecitos impacientes con el pie, mientras que su hermano y testigo miraba a Héctor con los hombros encogidos, quitándole importancia al mal humor de su hermana pequeña. Héctor la había estado ignorando durante el tiempo que llevaban allí. Pasaba el rato charlando con Abraham, contándole todo lo que se le viniera a la cabeza y preguntándole qué tal iba Prometeo. Hablaban animadamente, y eso hacía que Irene se cabreara e impacientara más.

Ya se tardaron —murmuró la mujer—. ¿Cuánto más tendremos que esperar a estos inútiles?

Nadie le respondió. Su hermano tenía la mirada perdida en el techo blanco, y su casi exmarido y excuñado la ignoraban. Ni la miraban, ni le hablaban… Como si fuera el viento; como si no existiera. No lo soportaba.

Se levantó de su silla de la sala de espera y se dirigió a la puerta donde se encontraba la responsable de tramitar los últimos detalles de su divorcio. No supo por qué hizo esa estupidez. Tal vez por llamar la atención, o quizás porque necesitaba salir de allí cuanto antes y dejar de percibir lo poco que significaba para la persona con la que había pasado los últimos cuatro años.

Héctor se fijó en ella por primera vez y no pudo evitar soltar una sonrisa mezquina. Se volvió hacia su hermano y señaló a Irene con la cabeza.

Fíjate, hermano. Verás en la que se mete la muy pendeja.

Abraham observó cómo su cuñada abría la puerta sin siquiera llamar y asomaba la cabeza. La mujer de gafas y chaqueta negra que se encontraba dentro trabajando levantó la mirada de los papeles que estaba revisando en ese momento y quedó desconcertada.

Disculpe, ¿le falta mucho? Llevamos un buen rato esperando. Tengo que trabajar, ¿sabe? —dijo con un tono grosero y desubicado.

La mujer frunció el ceño, pero no se dignó a levantarse de la silla. Había mucha gente como esa señorita que acababa de abrir su puerta sin permiso. Estaban amargados por el fracaso de su matrimonio y querían que les solucionaran su divorcio lo antes posible para acabar toda relación con su cónyuge. No entendían que los trámites llevaban su tiempo y que, como todo el mundo, tendría que tener un poco de paciencia y dejarla hacer su trabajo.

¿No le enseñaron a usted a llamar antes de entrar? —respondió la mujer, fulminándola con la mirada y esperando unos segundos para que sus palabras calaran hondo y la hicieran enrojecer de vergüenza. Volvió a enfocar su mirada en los documentos presentes—. Ya casi está todo listo, pero tendrá que esperar. Fuera, si no le importa —aclaró, señalando la puerta con el bolígrafo que tenía en la mano—. Cierre la puerta, y no vuelva a interrumpir.

Irene se mordió la lengua, y con la mandíbula bien apretada y la cara colorada, cerró de un portazo y volvió a su asiento pisando fuerte. Lo que le faltaba. Había vuelto a hacer el ridículo delante de su todavía marido. No había tenido suficiente con la intrusión en su casa o con el mensaje a su novia española, ahora también se metía con la encargada de acabar con su matrimonio.

Héctor y Abraham no podían contener ni disimular la risa. La cara que se le había quedado a Irene después de tal respuesta hacía que la infinita espera en ese lugar mereciera la pena. El hermano de Irene también sonreía, pero por respeto a su hermana intentaba guardar la compostura.

Qué pendeja —le susurraba Abraham a su hermano, y cuanto más reían ellos, más colorada se ponía Irene.

La puerta volvió a abrirse pasados unos quince minutos. La mujer de gafas leyó los nombres en un papel.

¿Héctor Ignacio García e Irene López? —preguntó a la sala. Héctor se levantó enseguida; a Irene le costó un poco más. La señora miró a Irene como si de un sapo asqueroso se tratara—. Pueden entrar con sus testigos, por favor. Solo quedan unas firmas y podrán marcharse. Ya sé que se encuentran muy apurados —dijo, lanzando una mirada significativa a Irene.

Héctor y Abraham volvieron a reír mientras entraban en el despacho de la mujer.

Pasados unos minutos y realizadas las mencionadas firmas, Héctor salió del Registro Civil con los papeles del divorcio y una magnífica sensación de tranquilidad. Respiró hondo y se sintió relajado. Al fin era un hombre libre.

Cuestión de edad

Publicado en

IV

Cuestión de edad

1

Miriam y Gema le entregaron las llaves de la casa a Natalia. Había llegado la hora de despedirse. En quince minutos saldrían los autobuses que les llevarían a sus respectivas ciudades. Había terminado la época de exámenes y cada uno volvía a casa por vacaciones de verano. Las chicas abrazaron a Natalia con fuerza y le dieron besos en sendas mejillas.

Te vamos a echar de menos —dijo Miriam.

Yo también a vosotras.

Pero podemos quedar en verano —sugirió Gema—. Pasamos un fin de semana juntas o lo que sea. Vamos a la playa, después fiesta pijama en casa de la que toque…

Miedo me dan tus fiestas del pijama —comentó Natalia, levantando una ceja. El trío empezó a reír—. Ahora en serio: en San Fernando tenéis vuestra casa. En cuanto os aburráis un poco de la monotonía, me llamáis y os venís.

Eso está hecho.

Y recuerda que el año que viene seguimos en el mismo piso, eh.

Eso no se me olvida.

Quedaba poco para que saliesen sus respectivos autobuses. Cada cual metió su maleta en el que le correspondía y abrazaron de nuevo a su amiga.

Nos vemos dentro de poco.

Buen viaje —les deseó la chica.

Pocos minutos después, los autobuses salían y desaparecían entre el tráfico. Natalia suspiró. Demasiado tiempo conviviendo con ellas. Las echaría en falta, aunque solo fuera por unos meses. Miró entonces a la columna en la que Natanael se encontraba apoyado. Su autobús salía un poco más tarde. Resignada, y viendo que él no hacía nada por moverse, decidió acercarse. Una vez delante de él, tendió la mano derecha. El joven la miró, confundido e indiferente.

La llave —le pidió.

Ah, sí…

Metió la mano en su bolsillo y sacó lo que estaba buscando. Natalia prácticamente se la arrancó de la mano y la guardó en la mochila.

Gracias —dijo, seca y cortante. Estaba a punto de irse, pero se acordó de algo en el último segundo—. ¿Quieres que te guarde tu habitación para el curso que viene?

El joven negó con la cabeza.

Buscaré otro piso. Creo que será lo mejor.

Natalia asintió lentamente y se dio la vuelta.

Es una pena que las cosas no siempre pasen como uno quiere —comentó Natanael con cierta tristeza en la voz.

Natalia se volvió hacia él, y su mirada encontró unos ojos azules arrepentidos y melancólicos. Sin decir nada, siguió con su camino. Ella también tenía un transporte que coger y el tren no esperaba a nadie. Ya subida en él, su mente evocó esa mirada triste. Apoyó su cara sobre el cristal y suspiró de nuevo. Se sentía mal, pero no creía que pudiesen recuperar la amistad. Había demasiado dolor, demasiadas heridas de por medio. Por un momento, le hubiera gustado dar marcha atrás y hacer las cosas de otra manera.

2

Héctor volvió a leer el mensaje de Natalia al salir de la entrevista que saldría en el telediario nacional.

«Ya me voy a la cama. Siento no haberme conectado. He tenido un día muy ajetreado. Ya te contaré. Mañana tengo mi último examen, y por la tarde vuelvo a casa por vacaciones. Recuerdo que me dijiste que mañana tienes una entrevista. Mucha suerte y demuéstrales a todos que eres el mejor. ¡Te amo!»

Desde que había regresado a México, había estado muy solicitado por diferentes programas de radio y televisión, además de por la prensa quintanarroense. El trabajo absorbía prácticamente todo su tiempo, y sus jefes se habían puesto estrictos con el uso de los teléfonos móviles. En las últimas semanas apenas había intercambiado unas cuantas palabras con Natalia, y la echaba de menos a rabiar. Antes de cada entrevista, siempre miraba su foto, la besaba e intentaba dar lo mejor de sí para que ella pudiera estar orgullosa. Todo lo que hacía era por y para Natalia, y sin embargo, no le sobraba tiempo para pasar un rato con ella como antaño.

Necesitaba desahogarse, hablar con alguien.

Paró el coche delante de la casa de su madre y pitó un par de veces. Segundos después, Esther salió apresuradamente de la casa y se metió en el coche. Héctor arrancó de nuevo y puso rumbo a la Plaza Las Américas, donde se encontraba la cafetería en la que siempre hablaban su madre y él.

3

Irene llamó a la puerta de la casa de su exsuegra. Sabía que Esther no se encontraba en casa. Los sábados por la tarde, Héctor solía invitarla a un café en la Plaza Las américas para hablar un rato. A veces iban al cine. Llamó una vez más, impaciente y algo nerviosa. Finalmente, fue Abraham el que abrió. Su expresión no mostró ningún tipo de felicidad al verla. Abraham nunca había llegado a soportarla del todo, a pesar de que ella había intentado acercarse.

Buenas tardes, Abraham. ¿Está Sol?

Abraham arqueó una ceja, extrañado. Su excuñada no había visitado la casa desde que su hermano y ella habían roto. Su repentina visita se le hacía rara. No podía traer nada bueno.

Está en la sala —la informó, invitándola a entrar con un gesto—. Supongo que ya conoces el camino.

Cerró la puerta tras ella y subió las escaleras hasta su habitación. Irene hizo una mueca con la cara en cuanto lo perdió de vista. Desde que Héctor y ella habían empezado a salir no había sido testigo de un solo día en el que ese mocoso no se encerrara en su cuarto y se pusiera a componer como un loco. Ella juzgaba su comportamiento como un problema de misantropía, y su trabajo musical como una pérdida de tiempo. Se encogió de hombros. No era problema suyo.

Caminó hasta la salita. Sol veía un programa de televisión sentada en uno de los sillones. Parecía bastante aburrida, porque resopló cuando uno de los presentadores contó un chiste malo. Cogió el mando y cambió de canal. Irene se acercó en silencio y se apoyó sobre el respaldo del sillón.

Hola, Solecito —la saludó con un tono excesivamente zalamero.

Sol se volvió hacia ella, sorprendida, y compuso una sonrisa. Irene había sido como la hermana mayor que nunca había tenido. Siempre se había portado muy bien con ella y habían pasado mucho tiempo juntas. Se había sentido muy mal cuando Héctor la hubo puesto al corriente del fracaso de su matrimonio. Le hubiera gustado que Irene se hubiese pasado por su casa para despedirse, pero no lo había hecho. Desde entonces, no había vuelto a ver a su excuñada.

¡Irene! —Irene se acercó y abrazó a Sol, que la obsequió con varios besos en la mejilla—. ¿Qué haces acá? Mi mamá no está. Fue con Héctor a…

Ya sé que no está —la interrumpió—. Vine a verte a ti. Te echaba de menos, cuñadita.

Sol se encogió en su asiento. Se sentía incómoda. Irene todavía la llamaba cuñada, pero sabía perfectamente que su cuñada ya no era ella.

¿Puedo ofrecerte algo de beber?

No, tranquila. No me quedaré mucho tiempo. Solo pasé a saludar.

Sol apagó la televisión y comenzaron a hablar tranquilamente de sus vidas presentes y recordando los viejos tiempos. Irene fue paciente y escuchó cada una de las anécdotas que Sol tenía que contarle. Sabía que si quería conseguir algo de información no podía ir directa al grano o la chica se asustaría. Debía poner un cebo sutil y dejar que ella se acercara despacio hasta caer en la trampa. Entonces le contaría todo lo que necesitaba saber. Ella era así de ingenua.

Te eché mucho de menos las navidades pasadas.

Irene la tomó de la mano. Un gesto bien pensado que las acercaría más.

Y yo a ti, Solecito. Pero no fue culpa de ninguna de las dos…

Siento mucho que terminara la relación con mi hermano.

Yo lo siento más, pequeña. No quería que pasara —confesó con voz apesadumbrada—. Pero no hablemos de cosas tristes. Hay que celebrar. Me enteré que Héctor va a publicar un libro en España.

¡Sí, mandó sus libros a editoriales españolas y tuvo mucha suerte! —comentó Sol de pasada.

Y ¿cómo es que se le ocurrió tal idea? Mandar sus libros a otro país.

Sol tensó su cuerpo. Fue ahí cuando Irene supo que había dado en el clavo. La joven era transparente como el agua y una mentirosa nefasta. Se notaba a leguas cuando ocultaba algo. Sol se encogió de hombros y desvió la mirada a otro lado, como siempre hacía cuando mentía.

No lo sé.

Irene apretó sus manos con más fuerza y formó en su cara una expresión desoladora.

Sol…, me gustaría que volviéramos a ser una familia. Pero tu hermano no quiere. De verdad que me gustaría. Si al menos supiera qué pasa por su mente…

Sol suspiró, e Irene sonrió por dentro.

Eso no será posible. Héctor no volverá contigo.

¿Por qué? —inquirió.

Sol tragó saliva. No le gustaba meterse en asuntos ajenos, pero quería mucho a su excuñada y no deseaba que siguiera torturándose y luchando por alguien que hacía tiempo la había olvidado. Héctor estaba más enamorado que nunca, y ni siquiera se plantearía la posibilidad de dejar a Natalia. Y, aunque no la conociera, Sol se alegraba de esa relación. Por mucho que quisiera a Irene, Héctor nunca había sido feliz a su lado, y ahora estaba con una chica que lo llenaba de alegría.

Él ya está con alguien.

Irene palideció. Lo había supuesto desde el principio.

¿Quién es? —preguntó con un tono envenenado. Hacía todo lo posible por dulcificar la voz, pero le era inútil. Estaba demasiado enfadada—. Nunca lo veo con nadie. Siempre está solo.

La joven soltó su mano cuando notó que Irene empezaba a apretar más de lo debido.

Ella no es de aquí.

Irene se puso derecha. Desde su asiento, la hermana de Héctor la vio altiva y enojada. Su expresión daba miedo, y aquella situación la ponía nerviosa.

¿Cómo que no es de aquí?

Es española. La conoció por Internet.

«¿Española?» Irene enrojeció de ira. «¿Cómo que española?»

En su cabeza empezaron a formarse falsas elucubraciones. ¿Y si el idiota de su ex había conocido a esa tipa cuando ellos todavía estaban juntos? ¿Y si había sido la razón de que la dejara? ¿Habría sido capaz de romper un matrimonio por un amorío cibernético?

Pero, ¿qué locura es esa?

Su voz se desgarraba a medida que hablaba. No podía creerse que su marido la hubiera dejado por alguien que estaba a tantísimos kilómetros de distancia.

No es asunto mío, Irene. No puedo contarte más.

Irene, desesperada, volvió a agarrar a Sol, esta vez por los hombros. Temblaba de rabia y su mirada era la de una loca. Sol sintió miedo y volvió a encogerse entre los cojines.

Por favor, Sol, tienes que ayudarme a volver con tu hermano. Seremos una familia de nuevo. Yo…

No, Irene —la interrumpió Sol, tajante—. Héctor es feliz con esa chica. La quiere de verdad a pesar de la distancia y de la edad. Yo apruebo esa relación.

¿Edad? ¿Cuántos años tiene? —preguntó, temerosa.

Sol bajó la mirada.

Diecinueve.

Irene la soltó, espantada. Intentó pensar con claridad, pero en su mente se mezclaban varias ideas a la vez. Aquella tormenta mental la mareo un poco. Finalmente, salió corriendo de la casa sin despedirse.

4

Las estrellas cubrían el cielo de Cancún cuando Héctor llegó a su casa después de cenar con su madre y sus hermanos. Nada más llegar, Abraham le alertó de que Irene había estado allí y había pedido hablar con Sol. Héctor sospechó enseguida de sus intenciones. Irene nunca iba de visita por casa de su madre. Algo estaba planeando. Se dirigió a Sol y le preguntó directamente por la visita de su ex. Su hermana pequeña, muy apenada, le había confesado que habían estado hablando durante largo rato y que le había revelado su nueva relación con una chica española menor que él. También comentó cómo había salido corriendo cuando había mencionado su edad.

La preocupación lo carcomía. Se preguntaba qué se le habría pasado por la cabeza para sonsacar a su hermana información y después irse como alma que lleva el diablo. Irene nunca hacía las cosas por hacer, y sabía que aquello traería consecuencias. Gruñó, exasperado. ¿Por qué no podía dejarle en paz de una jodida vez? Abrió la puerta y entró con caminar cansado. Todo estaba oscuro dentro, menos una luz que provenía del piso de arriba. Hizo una mueca. Creía haber apagado todas las luces antes de irse.

Dejó sus cosas en el salón y subió las escaleras. La luz salía de su habitación. Seguía extrañado. No recordaba haberla encendido esa tarde. Entró sin mirar para cambiarse de ropa, cuando vio algo retorcerse en la cama y respingó. Irene yacía en ella, mirándolo de manera sugerente. Llevaba puesta una de sus camisas del trabajo abierta, dejando a la vista un sujetador rojo de encajes y el tanga a juego.

Dios, no se lo podía creer.

Hola, Héctor. —Su voz era provocadora.

Héctor intentó mantener la calma, fijando la mirada en sus ojos. Estaba estático. El estupor se había apoderado de su cuerpo, imposibilitándole cualquier movimiento.

Irene bajó de la cama y se acercó contoneando las caderas y desordenando su pelo negro con una mano. Pasó las yemas de sus dedos por la camiseta de Héctor y acercó su boca a la de él. Héctor dio un paso hacia atrás. Su mente no podía concebir lo que estaba presenciando. Recordaba los cientos de veces que le había pedido que se pusiera un conjunto sexy para él, aunque fuera en su aniversario de bodas, pero ella nunca había querido. Tampoco había consentido vestirse con la ropa de él, a pesar de que sabía que eso lo hubiera enloquecido. Y ahora, allí estaba, con una de sus camisas y el conjunto más sexy que había visto nunca. Lástima que fuera ella quien que lo llevara. Cogió aire y lo soltó lentamente.

¿Qué… demonios… estás… haciendo? —preguntó, cada vez más cabreado.

Siempre quisiste esto. Acá lo tienes —respondió ella, intentando tocarlo, pero Héctor la agarraba de las muñecas y apartaba sus manos.

Ya es demasiado tarde, ¿no crees?

Nunca es tarde —respondió con tono sensual, esperando que él cayera en sus redes.

No funcionó.

Por favor, deja de hacer el ridículo, quítate mi camisa, vístete y lárgate cuanto antes —le pidió, saliendo de su habitación para dejar de contemplar esa escena que le revolvía el estómago.

Irene lo siguió, iracunda y pegando voces.

¿Piensas que esto es hacer el ridículo? ¡Estoy intentando recuperarte!

Héctor se volvió hacia ella en mitad del pasillo.

Ya deberías saber que no quiero nada contigo.

¡Claro, porque ya la tienes a ella, ¿no?! ¡A esa escuincla española! ¡Debería darte vergüenza! ¡Solo es una niña!

¡Pues, es mucho más madura de lo que tú serás nunca! —alzó la voz. Estaba empezando a enfurecerse de verdad.

¡Eres un pinche pendejo! ¡Me dejaste por ella, ¿verdad?!

¡La conocí mucho después de dejarte! ¡No intentes hacerme culpable de tus fallos! No supiste comportarte como una esposa, y mírate ahora: primero utilizas a mi hermana para sonsacarle información y ahora te metes en mi casa y te rebajas de esta forma… Das asco.

Irene comenzó a llorar. Se lanzó hacia su ex y lo abrazó con fuerza, a pesar de que Héctor intentaba que lo soltara.

Por favor, Héctor, no seas idiota. Con esto solo quería demostrarte que ella no tiene nada que yo no tenga.

¿Que no tiene nada? —repitió Héctor anonadado. La agarró por los antebrazos y la alejó de sí. Entonces la miró a los ojos con seriedad, y le habló con la mayor tranquilidad que pudo—. No la conoces. Si piensas que solo estoy con ella por su cuerpo, estás muy equivocada. —Señaló las escaleras—. Quiero que te largues de mi casa, y de mi vida. Para siempre.

Después, se volvió hacia su estudio, entró y cerró de un portazo, dando a entender que la conversación se había terminado. Irene cayó de rodillas al suelo y comenzó a llorar como una niña pequeña. Esperaba que Héctor la oyese, que se le ablandara el corazón y saliese a abrazarla; pero eso no pasó. Héctor no volvería a abrazarla nunca más.

5

Irene lloraba desconsoladamente delante del ordenador, pero no tanto por haber perdido a su marido, sino por la humillación a la que la había sometido este al rechazarla por una niña. Lo había perdido todo: su marido, su casa, su vida…

No podía entender cómo la había reemplazado por una chiquilla de diecinueve años. Era inverosímil. ¿Qué habría visto en ella? ¿Cómo era posible que la prefiriera antes que a la que había sido su pareja durante cuatro años? Ella tenía una carrera, un trabajo, era una mujer hecha y derecha. Y aun así…

Se sonó la nariz con otro pañuelo. Había gastado una caja entera desde que había llegado a casa de su madre. Encendió el ordenador y abrió su sesión en Facebook, deseosa de conocer a su enemiga. No le fue difícil encontrarla. Solo tuvo que indagar un poco en la sesión de Héctor. Tenía fotos con ella. Natalia Jiménez, una chica de pelo rizado y sonrisa blanca, pero nada con lo que no pudiera competir. Se hubiese preocupado más si hubiese descubierto una modelo de ojos claros y pelo platino. Era bonita, pero no tenía nada que envidiarle.

Estuvo tentada a enviarle un mensaje. Tal vez debería hacerlo. Quizás Héctor no le hubiera contado nada de ella; quizás no supiera que estaba casado. Con suerte se asustaría y saldría huyendo.

«Al fin y al cabo, la juventud no sabe lo que quiere», pensó.

No creía que una chica que ni siquiera llegaba a la veintena pudiera buscar algo serio con un treintañero deseoso de una vida en común. Seguramente lo único que buscaba era una aventura con alguien de mayor experiencia. Solo tenía que espantarla un poco. Un mensaje brusco y amenazador sería suficiente. Entró en su perfil y empezó a teclear un mensaje privado. No le llevó más de unos segundos.

Enviar.

Se secó las lágrimas y sonrió, confiada. Ahora solo tenía que esperar, si es que se atrevía a contestar.

6

Natalia y Carmen entraron en el centro comercial Bahía Sur aproximadamente a la una y media de ese sábado. Caminaron por el interior, evitando pararse en las tiendas para llegar lo antes posible a la cita. Marina, Rocío y Teresa ya debían haber llegado.

A esa hora, el Bahía se iba llenando. La gente aprovechaba el fin de semana para hacer sus compras o para salir a comer. Esperaban que sus amigas hubieran cogido sitio en el restaurante que habían elegido.

Natalia estaba nerviosa e impaciente. Quería saber la verdad de una vez por todas. Y sobre todo, aquello que Marina tenía que contarle. Carmen estaba más tranquila. Había calado a América desde hacía tiempo, y la ruptura de su amistad no le dolía en absoluto, pero igualmente sentía curiosidad.

Llegaron al restaurante. Desde lejos vieron la mesa en la que se encontraban sentadas sus amigas, pero había alguien más con ellas: un chico de gran tamaño y barba de varios días.

¿Ese no es el novio de América? —preguntó Natalia.

Sí. No sabía que iba a venir —respondió Carmen, contrariada.

¿Cómo se llama, por cierto? Que no me acuerdo.

Francis.

Marina las saludó con la mano. Las chicas se acercaron con cautela, intentando adivinar si Francis venía en son de paz o con ganas de pelea. Pero a medida que avanzaban, se dieron cuenta de que el joven se hallaba tranquilo y sumiso; así que le saludaron con la misma amabilidad con la que lo hicieron con las demás, y tomaron asiento.

El camarero se acercó a tomarles nota, y una vez retirado, empezó la tertulia.

Todo empezó antes de Navidad —contó Marina—. Fue cuando nos dijo a Rocío y a mí que le habían diagnosticado cáncer de laringe. Dijo que tenían que darle sesiones de quimioterapia.

¿Fue por eso por lo que estabas tan desanimada? —intervino Natalia, recordando las navidades pasadas—. No quisiste venir con nosotras a la fiesta de fin de año.

Sí, por eso fue. Estuve muchísimo tiempo llorando por ella, porque pensaba que mi mejor amiga se iba a morir.

¿Qué nos vas a contar a nosotras? —dijo Carmen, y señaló a Natalia—. ¿Sabes cómo se puso esta cuando nos dijo en bachillerato que le habían diagnosticado leucemia?

¡¿También dijo eso?! —exclamó Teresa, que no sabía la historia.

Y a mí también me dijo hace poco que su ex la había violado. Que habían tenido que ponerle una orden de alejamiento, y por eso habían cortado —explicó Natalia, con una expresión tan seria que daba miedo.

Bueno, y esto no os lo he contado, pero a mí una vez me contó que la había violado un profesor particular que le habían puesto sus padres —intervino Carmen.

¡Joder, a esta la ha violado todo el mundo! —rio Teresa—. ¡Claro, como es una sex symbol!

¡Es una loca y una enferma! —exclamó Marina.

Oye, pero sigue contando.

Rocío estaba callada y miraba su refresco como si le incomodara la situación. Francis se encontraba igualmente callado, pero en su caso, siempre había sido poco hablador.

Pues, como os decía, estuvo todo este tiempo diciendo que le estaban dando quimioterapia, que cada vez que iba lo pasaba fatal, que se le iba a caer el pelo… ¡Incluso me ofrecí para cortármelo con ella para que no se sintiera mal, y la muy zorra incluso se trajo una revista con cortes de pelo para que decidiéramos!

¿Qué dices?

Qué hija de puta… —comentó Natalia—. Aun sabiendo lo que a ti te gusta tener el pelo largo.

Y ¿cómo descubristeis que era mentira? —sintió curiosidad Teresa.

Desde hacía tiempo sospechábamos, porque siempre la veíamos muy bien y nos extrañaba. Y el otro día dijo que tenía que ir a darse una sesión de quimioterapia; así que me ofrecí para acompañarla. Empezó a ponerme excusas: que si no hacía falta, que no sé qué… Le pregunté dónde se la daban y me dijo que lo hacían en el Hospital San Carlos. Resulta que tengo una prima trabajando allí, y le pregunté si en ese hospital realizaban esas sesiones, y me dijo que no.

¡Pillada!

Entonces quedamos Rocío y yo para ir a su casa, y la llamamos para avisarla. Le pregunté si era verdad que tenía cáncer, que habíamos descubierto lo de la quimioterapia, y se hizo la ofendida. Preguntó por qué no la creía, que lo que nos había contado era verdad y bla bla bla… Entonces, me dice: «Si quieres, te bajo las pruebas que me han hecho.»

Y le dijisteis que sí —adivinó Teresa, echándose a reír instantáneamente.

¡Pues claro! Y fue cuando reconoció que no tenía nada. Dijo que le habían hecho las pruebas, y que ella se había adelantado al resultado porque estaba nerviosa, pero que al final estaba sana.

¡Qué gilipollez! ¿Y por eso dijo que le daban las sesiones? ¡Anda, hombre! Menuda mentirosa —gruñó Natalia.

Pero lo mejor de todo fue cuando la hicimos bajar de su casa para hablar con ella: ¡Estaba tan tranquila! Lo primero que nos dijo fue: «¿Qué?».

Increíble —musitó Carmen.

Y le preguntamos por lo de la leucemia—dijo, centrando su atención en Carmen, con quien primera había mantenido aquella conversación sobre primera supuesta enfermedad de América—, y dijo que os había dicho que «podía tener leucemia», no que tuviera.

¡Dijo que tenía! —recalcó Carmen, empezando a cabrearse.

¿Sabéis todo lo que me hizo pasar? Se suponía que yo era su mejor amiga. Pasé por una gran depresión por su culpa.

Natalia bebió un sorbo de su bebida. Se le estaba quedando la boca seca de todo lo que estaba saliendo a la luz. Miró a las demás. Carmen se encontraba igual de seria que ella; la expresión de Teresa reflejaba incredulidad, pero parecía divertida. Su relación con América nunca había ido más allá de un par de besos al saludarse; Marina, sin embargo, tenía verdadero odio en la mirada; Francis y Rocío seguían callados, y la joven miraba apenada a la mesa.

Rocío, estás muy callada.

La chica levantó la cara. Tenía los ojos levemente humedecidos.

Es que la cosa no termina ahí —explicó Marina, y se volvió hacia su amiga—. Diles. Diles lo que te hizo a ti.

Natalia soltó su Coca-cola. Teresa se colocó recta en su silla, como si de esa forma pudiera prestar mayor atención. Rocío se aclaró la garganta. Sintió su voz pastosa cuando la dejó salir.

Supongo que sabréis que América es bisexual, ¿no? —Todas asintieron, impacientes—. Esto que voy a decir os va a sorprender, pero… América se lio conmigo en varias ocasiones y dijo que dejaría a Francis por mí —contó mirándole de reojo, intentando que interpretara ese gesto como una disculpa—. Me dijo que me quería a mí, que estaba con Francis solo por estar, pero que iba a ser valiente y se iba a quedar conmigo. —Hizo una pequeña pausa para coger aire—. Después nunca lo dejaba…

A la pobre chica le temblaban los labios. Acababa de reconocer dos verdades algo complicadas: que era homosexual, algo que solo Marina y América sabían, y que esta última le había puesto los cuernos a su novio allí presente con ella. Apretó los puños sobre sus piernas y miró las caras de sus amigas. Natalia permanecía con la boca abierta; Carmen mantenía los ojos como platos; y Teresa era una mezcla de ambas.

El silencio duró unos pocos segundos. Natalia fue la primera en expresar sus pensamientos.

¿Eres lesbiana? —preguntó en el momento en el que el camarero traía sus platos.

El hombre se quedó parado por un instante, preguntándose si era el mejor momento para llevarles la comida, pero seguidamente colocó cada plato delante de su comensal y se retiró. Natalia aún estaba roja del bochorno por el que una vez más le había hecho pasar su bocaza.

¡Qué cerda! ¡No nos habías dicho nada! —saltó Teresa con una sonrisa en la boca.

Pero, ¿tú no tenías novio? —le preguntó Carmen.

Lo dejé —contestó—. Ha sido algo difícil de asumir que en realidad no me gustan los hombres, ¿sabéis?

¡Anda, tonta, pero si eso no tiene nada de malo! —la animó Carmen.

Bueno, solo tiene una cosa mala —dijo Natalia. Todas se quedaron mirándola entre preocupadas y sorprendidas. —Que te has liado con América. —En su cara apareció una expresión de profundo asco—. ¿No te envenenaste con su lengua viperina?

Todas empezaron a reír, incluida Rocío. Por un momento, sintió que se deshinchaba. Era la tensión que había acumulado durante tanto tiempo y que empezaba a esfumarse. Sus amigas lo habían aceptado bien. Ahora podía estar más tranquila.

Había un componente en el grupo que todavía no había pronunciado palabra alguna. Seguía tan callado como al principio, como una estatua. Y las chicas empezaron a sentirse mal por él.

Siempre ha sido una mentirosa —dijo cuando le preguntaron su opinión—. En realidad, yo ya sabía lo vuestro—reconoció, mirando a Rocío—. Yo sabía que era bisexual, pero me pidió que no contara nada de lo que había pasado entre vosotras a nadie. Me dijo que ni Carmen ni Natalia lo entenderíais porque sois un poco homófobas.

Natalia se atragantó en ese momento con un trozo de carne que tenía en la boca y empezó a toser compulsivamente. Carmen le pasó el Coca-cola y le dio unos golpecitos en la espalda.

¡¿Que somos homófobas?! —exclamó indignada entre toses—. ¡Hija de puta! ¡Homófoba, yo! ¡Pero si comparto piso con una pareja de mujeres!

A saber la de cosas que habrá dicho de nosotras —comentó Carmen, algo más tranquila.

Natalia apretaba los dientes, rabiosa. No podía creerlo. Una de las cosas por las que se caracterizaba era por estar en contra de la intolerancia hacia la homosexualidad. Llamarla homófoba era lo peor que había podido hacer, o eso creía ella. Se metió un trozo de filete en la boca, murmurando a la vez miles de insultos hacia esa arpía que había estado insultándola a sus espaldas.

Marina la miraba, cautelosa. Había llegado el momento de decirle la verdad.

Hay algo más que tienes que saber —le dijo—. Es lo que te comenté antes de ayer.

Natalia tragó y dejó los cubiertos sobre la mesa. El rostro de Marina se había ensombrecido. Mala señal.

Dime.

Hace relativamente poco, cuando todavía no había empezado con Francis —recalcó, para no hacer más daño al chico de barba espesa—, América me dijo que ella en ese momento no quería una relación seria. Lo único que quería era…, ya sabes…

Tirarse al primero que pillara —completó ella.

Sí —confirmó Marina—. Me contó que tenía alguien en el punto de mira, pero que no sabía si a ti te importaría. Dijo que había estado hablando con él.

El corazón de Natalia palpitó con más fuerzas que nunca. Su rostro había perdido todo el color que unos segundos antes le había dado la furia. Le daba miedo preguntar, pero necesitaba saberlo.

¿Por qué me iba a importar?

Marina tomó aire y lo expulsó lentamente.

Porque era David.

7

Natalia entró en su casa como alma que lleva el diablo, maldiciendo a diestro y siniestro. Su madre había salido, gracias a Dios, y no podía ver su furioso estado de ánimo. Soltó sus cosas en un sillón y se lanzó a por el teléfono. Buscó en la agenda el número a marcar y no perdió un segundo en hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no llamaba a esa casa. Le temblaban las manos, y seguramente también la voz, pero no estaba dispuesta a que eso le impidiera llegar al fondo de la verdad. Con suerte, estaría en su habitación enclaustrado como siempre y lo cogería él. El primer tono. Cruzó los dedos.

«Cógelo.»

No podía aguantar la incertidumbre.

Segundo tono.

«Venga.»

El tercer tono.

«Deja los putos videojuegos y coge el teléfono de una puta vez.»

Cuarto tono. Alguien descolgó el teléfono.

¿Diga?

8

Alguien llamó cuando estaba en medio de una partida. Seguramente, alguno de sus amigos. Finalmente había aceptado sus peticiones, y saldría esa noche de sábado. Comprarían algunas bebidas y se irían al paseo a beber y olvidar. Se había convencido a sí mismo de que le sentaría bien divertirse un rato y reír como antes. No podía estar de luto por su fracasada relación durante mucho más tiempo. Paró la partida y cogió el estridente aparato. El número le resultaba familiar, pero no acertaba a adivinar a quién pertenecía.

Un escalofrío recorrió su espalda. La terminación le traía recuerdos de cuando pulsaba esas teclas todos los días. ¿Pudiera ser…?

¿Diga? —respondió, después de tragar saliva.

Hola —dijo la voz de ella. Esa voz que hacía tanto que no oía y tanto anhelaba.

Hola.

¿Sabes quién soy? —Parecía seria.

Sí. ¿Qué pasa?

Hay algo realmente serio que quiero preguntarte.

David mantuvo un tono indiferente.

Adelante.

¿Te has tirado a América?

David quedó impactado en un primer momento, y segundos más tarde reaccionó de la única forma en que una persona inocente de una acusación tan seria lo hubiera hecho.

¡¿Qué?! —exclamó, intentando no levantar demasiado la voz para que sus padres no se enteraran.

Fue hacia la puerta y la cerró con sigilo, aunque lo que le hubiera gustado hubiera sido dar un portazo que se oyera en toda la casa.

Lo que has oído.

¿A qué viene esto?

Hemos descubierto algunas cosas sobre América —resumió Natalia—. Mentiras muy graves que ha dicho. Y una de ellas ha sido que pensaba follar contigo. ¿Qué sabes tú de eso?

David resopló. Ya prácticamente había olvidado ese tema. Pasó los dedos por su pelo corto y tomó asiento en el filo de la cama.

No quise decirte nada en su momento porque tenía miedo a que la creyeras a ella antes que a mí.

¿A qué te refieres?

La voz de Natalia era dura, afilada y peligrosa como un cuchillo.

Cuando estábamos juntos, tu amiga se pasó un tiempo hablando conmigo por Internet. Me mandaba mensajes… sugerentes.

La chica frunció el ceño.

¿Me estás diciendo que intentaba ponerte cachondo?

Sí. Y de hecho en más de una ocasión me propuso lo que ya te imaginas, pero obviamente yo le dije que no.

Natalia soltó una risa sarcástica.

No me lo dijiste porque tenías miedo a que la creyera a ella…

Exacto.

Y ¿no será que te lo callaste porque te gustaba? —soltó ella sin pensar.

Pero, ¿quién te crees que soy?

¡Eres el idiota que sabía que a su novia la estaba traicionando una de sus mejores amigas y no dijo nada!

Mira, no tengo ganas de discutir. Hasta luego.

Estaba a punto de colgar cuando oyó su última frase.

Encima, cobarde. Eres tan traidor como ella.

No supo si dejar el teléfono o responderle. Se moría de ganas por decirle lo que pensaba, pero él nunca había poseído una lengua viperina que soltara veneno sin ton ni son. Quizás era hora de empezar a tenerla.

Qué irónico que tú me hables de traición. —Una pausa para ver si respondía, pero Natalia estaba demasiado indignada como para reaccionar—. Adiós.

No quería oírla más. Ella no era la única que se sentía traicionada. Por una vez, tenía que mirar por su propio bien, y no por el de los demás.

9

Supongo que ya sabrás quién soy. Y por si Héctor no te ha hablado de mí, soy SU MUJER.

Ya me enteré de lo que hubo entre ustedes. ¿Cómo te atreviste a inmiscuirte en un matrimonio? Nosotros todavía estamos casados, y tú no eres más que una escuincla que se cruzó en su camino. Será mejor que te alejes. ¿No ves que no puedes ofrecerle nada, niñita estúpida?

¡Deja a MI MARIDO!

Era el mensaje que le había enviado Irene desde su Facebook. Natalia ardía de rabia en su habitación.

«¡Hija de la grandísima puta!», pensaba.

Entre sus brazos apretaba con fuerza un cojín, intentando relajarse antes de responder. Después del día de perros que había pasado, lo menos que le quedaba era paciencia. Primero se había enterado de lo que América había estado haciendo a sus espaldas; después, David se ponía chulo por teléfono; Héctor le había contado lo acontecido en su casa la madrugada pasada; y ahora se encontraba con el mensaje de esa idiota que no se daba por vencida.

Respiró hondo.

Sabía que no debía decirle nada a Héctor hasta haber terminado con aquel asunto. Él era más prudente que ella, y con seguridad le pediría que no le siguiera el juego, pero en esos momentos estaba demasiado encendida como para perder la valiosa oportunidad de escupirle metafóricamente en la cara con sus palabras. ¡Cómo le hubiera gustado estar en ese momento delante de ella y poder hacerlo de verdad!

Respiró hondo un par de veces. Tenía que relajarse. Con la mente fría escribiría algo realmente dañino, pero cabreada como estaba solo conseguiría caer en su juego y darle el gusto. No. Irene debía pensar que ese mensaje no la había afectado lo más mínimo, que ella no la consideraba una rival porque hacía tiempo que estaba fuera de juego.

Soltó el cojín y colocó los dedos sobre el teclado. Lo tenía:

Queridísima Irene:

Claro que te conozco. Héctor y yo nos contamos todo. Es un hombre maravilloso, y sobre todo, sincero. Yo también me he enterado del numerito que le formaste anoche. Muy astuto, pero ¿sabes? Héctor es inteligente, y estaba claro que no iba a caer en tu trampa.

Dime una cosa: si ya sabías que estaba conmigo, ¿por qué te arriesgaste a hacer el ridículo de esa forma? No sé los demás hombres, pero a Héctor no le gusta que las mujeres se arrastren. Después de cuatro años con él, ya deberías saberlo.

Lo siento, cariño, pero él no va a volver contigo, y no es por mí. Aunque yo no existiera, Héctor jamás regresaría a esa relación que no le traía más que dolor. Y mucho menos ahora, que está despegando en el mundo de la literatura. Me pregunto si esa es la razón de tu afán por conquistarlo de nuevo. Ahora él está conmigo, y pronto dejaréis de estar casados. Yo no te lo he quitado. Tú lo perdiste.

Por cierto, tal vez sea una “escuincla estúpida” que no tiene nada que ofrecerle, pero está conmigo. Así que tan mala no debo ser. Una cosa más: ahora él es MI NOVIO, y yo soy SU MUJER. Y tú… no eres nada.

Te mando un saludo desde España.

Natalia.

Enviar.

Natalia sonrió, satisfecha. Había estado a punto de escribir algo como «Deja en paz a mi chico o te sacaré los ojos», o quizás: «Como me vuelva a enterar que le zorreas a mi novio, cuando vaya para México te voy a arrancar los pelos uno a uno», pero había conseguido tranquilizarse y evitar ponerse a su nivel. Estaba segura de que aquello le daría más rabia que una respuesta llena de insultos. Abrió la conversación con Héctor y tecleó, animada.

Tu ex me acaba de mandar un mensaje.

¿Irene? ¿Qué te dijo?

En resumen: que soy una niñita estúpida y que deje en paz a su marido.

No le habrás respondido…, ¿verdad?

Natalia rio como si fuera una niña que acaba de realizar alguna travesura.

Que nadie me toque a MI CHICO.

Marionetas

Publicado en

III

Marionetas

1

Héctor bajó del coche y caminó durante un par de minutos hasta llegar al parque de las Palapas. Prometeo, el grupo de su hermano, se presentaba esa tarde a un concurso de bandas. Si no se equivocaba, tocaban en cuarto lugar. El evento había comenzado a las ocho de la tarde con asombrosa puntualidad. Apenas pasaban diez minutos de la hora y la primera banda ya daba todo en el escenario. Héctor prefirió no adentrarse demasiado en la multitud que empezaba a agolparse en primera fila. Le gustaba permanecer en un lugar donde los gritos de la gente no taparan la música. Escogió una esquina perfecta y desde la que podría grabar a su hermano en acción cuando sus dedos comenzaran a jugar con la guitarra.

Escuchaba sin demasiada atención la primera banda. No podían compararse con Prometeo. Eran demasiado escandalosos y su cabeza comenzaba a resentirse. No veía el momento en que la siguiente banda subiera al escenario. Vio a Abraham cerca de allí, haciendo los últimos preparativos. Lo saludó con la mano y su hermano corrió hacia él con la guitarra a cuestas.

¿Qué pasó, güey? ¿Desde cuándo estás aquí? —le preguntó, dándole un abrazo fraternal.

Apenas llegué. Está bien cagado el escenario, con todas esas luces que le pusieron —comentó Héctor.

Sí, quedó muy bien. Te quedas a vernos, ¿no?

Héctor colocó las palmas de sus manos mirando hacia el cielo.

Pues, ¿para qué crees que vine?

Estupendo. Si quieres podemos ir a tomar unas chelas cuando todo esto termine.

Eso está hecho.

Los restantes componentes del grupo llamaron a Abraham. Estaba habiendo problemas con uno de los aparatos de sonido. Tendrían que echarle un vistazo antes de salir a escena. Abraham chocó la mano de su hermano y echó a correr.

La segunda banda salió al escenario. Héctor se sentó en el banco más cercano a esperas de que terminara aquella actuación. Solo estaba allí por su hermano; los otros grupos no le interesaban en lo más mínimo.

Corría una brisa agradable aquella cálida noche. Héctor se frotó los ojos y luchó por no cerrarlos. Estaba cansado de toda la semana, y sobre todo, de las preocupaciones que llenaban su cabeza. Había demasiados asuntos que rondaban su mente. Su maldito y asfixiante trabajo, la aún más agobiante hipoteca de la casa, el tema de su divorcio…, pero sobre todo, la echaba de menos a ella. A Natalia. No podía dejar de rememorar cada segundo que había pasado con ella. Su voz, su fragancia, su risa, su piel. Suspiró. Y pensar que todo aquello había empezado como un pequeño juego…, y ahora estaba atrapado sin remedio en él. Cuando decidió ir a conocerla, jamás pensó que podría quedar tan prendado de ella como para no pensar en otra cosa. De hecho, en el camino en tren hasta Cádiz se había preguntado una y otra vez si realmente sentiría algo al verla y no habría sido una vana ilusión. Si hubiese sabido que echaría de menos hasta el más mínimo detalle…

Hola.

Levantó la vista del suelo, preguntándose quién demonios se interponía entre él y sus recuerdos. Llevaba un vestido ajustado, esos que usaba cuando salía a bailar sin él, y unos tacones especiales con los que moverse con facilidad en la pista. Meticulosamente peinada y maquillada. Demasiado arreglada, diría él.

Irene le sonrió. Héctor suspiró. Algo tenía entre manos. Para su desgracia o beneficio, ya la conocía.

Hola —dijo cortante.

Irene ignoró su tono y mantuvo la sonrisa en su boca.

¿Esperando para ver a tu hermano?

Pensé que era obvio.

¿Quieres un poco de compañía?

Iba a decirle que su presencia no era en absoluto agradable, pero antes de que pudiera responder, ella se sentó a su lado y cruzó las piernas suavemente. La luz de los focos se reflejó en su recién depilada piel.

Sacó de su bolso un pequeño estuche, y de este un cigarro. Le dio una calada nada más encenderlo, dejando el pintalabios rojo marcado en el borde. Dejó que el humo flotara durante unos segundos en el aire, deleitándose con el sabor que la nicotina dejaba en su boca. Le ofreció el cigarro a Héctor, quien lo rechazó, perplejo. Ella sabía perfectamente que odiaba el tabaco.

No sabía que fumaras.

Irene se encogió de hombros, y le dio otra calada al cigarro.

A veces es bueno sucumbir al placer… —comentó.

Héctor notó enseguida el doble sentido de aquella frase.

Querrás decir al vicio.

Irene soltó una risilla que pretendía ser coqueta.

Sí, al vicio. Pero el vicio es placentero, ¿no crees?

Héctor no se molestó en responder. No tenía intención de seguirle el juego a esa mujer. En lugar de eso, intentó centrar toda su atención en la banda que tocaba con melodías hipnóticas. A su lado, Irene se removía como una niña inquieta. ¿Cómo podía hacerle entender que no quería verla, que su simple presencia lo ponía nervioso? Resopló. ¿Cuánto más tendría que soportar aquello?

Vio por el rabillo del ojo cómo terminaba su cigarro, lo tiraba al suelo y lo apagaba con el tacón. ¡Qué asco! El olor del tabaco le desagradaba, pero no podía imaginar lo que sería besar a una mujer fumadora. Por suerte, en sus años de matrimonio se había abstenido de probar esa repugnante sustancia enrollada en un trozo de papel.

La tercera banda dejó de tocar. El presentador anunció un pequeño descanso antes de continuar con el concierto. Héctor preparó su cámara. El siguiente grupo era Prometeo. Irene bostezó sonoramente, tapándose la boca.

¿No te gustaría hacer algo más divertido? —le preguntó de repente.

Héctor dejó su cámara por un momento y la miró, arqueando una ceja.

¿Qué?

Me aburro mucho. Sabes que lo mío es la bachata, no esta música ruidosa —explicó. Héctor se sintió ofendido al oír el calificativo que había usado para referirse a la música que hacía y por la que vivía su hermano menor—. Podríamos hacer algo mejor… ¿Ir a cenar, tal vez?

No podía dejar de soltar tonterías por la boca, y por eso Héctor rio en vez de enfurecerse. No tenía remedio. Era la mujer más tozuda y también la más cruel que había conocido. Después de todo lo que había pasado entre ellos, aún le quedaban ganas para seguir atormentándolo. La miró de arriba abajo. Ese vestido, esos tacones, ese maquillaje… Jamás iría a un concierto de bandas vestida de esa forma. Podría jurar que había sabido que él estaría allí, y se había preparado para la oportunidad.

¿Me estás diciendo que vienes a un concierto vestida como si fueras a bailar a una de tus queridas discotecas, me encuentras por casualidad, te aburres y decides invitarme a cenar?

Ir a bailar es mi segunda opción si rechazas la oferta.

Héctor levantó la mano y señaló más allá del parque, a un sitio imaginario.

Pues por allá debe haber algún antro de esos. ¡Vamos, llégale! —la instó agitando la mano. Parecía que estaba hablándole a un perro más que a su exmujer.

El joven volvió los ojos hacia su cámara una vez más. Irene frunció el ceño. Algo se removía en su interior y la llenaba de amargura. Era su orgullo femenino, que estaba siendo herido de muerte en esos momentos. Exhaló un suspiro e intentó relajarse. No estaba allí para discutir, así que decidió aguantar un poco más. Se agachó como pudo delante de él. Su ex ni siquiera se dignaba a mirarla, pero su actitud no iba a poder con ella.

Recuerdo cuando me hacías fotos en todos lados, a todas horas. Yo era tu modelo particular. Me llamabas “tu musa”.

Es cierto.

¿Te gustaría volver a hacerme fotos? —Se levantó y dio una vuelta sobre sí misma con un perfecto manejo de los tacones—. Creo que hoy sería una buena modelo.

Héctor resopló de nuevo. Se levantó con pesadez, dispuesto a acercarse al escenario, donde acababan de anunciar la siguiente banda, la de su hermano. Pero antes, miró a Irene directamente a los ojos. Su mirada no era de rencor ni de odio…, pero tampoco había amor; ese amor por el que tanto había sufrido y luchado. Ya no quedaba nada de él.

Lo siento, Irene, pero ya no eres mi musa.

«Ahora tengo a alguien más», pensó.

Irene lo dejó alejarse sin decir nada. Bajó la cabeza, como alguien a quien habían derrotado, humillado. Apretó los puños, y sus largas uñas pintadas de rojo se clavaron en la palma de su mano. Se dio la vuelta y caminó detrás de él lentamente.

Abraham y su grupo salieron al escenario con efusividad y alegría. La guitarra en sus manos sonaba de una manera especial. Era el resultado de alguien que realmente hacía lo que le apasionaba. Pura magia. Héctor grababa, distraído. Parecía haberse olvidado de ella. Irene se situó a su lado en silencio. Lo miró y vio paz en su cara, la paz que no había conseguido estando con ella. Y eso le fastidiaba.

Al menos podrías acompañarme a casa —le pidió en voz alta, haciéndose oír entre el sonido de la batería, la guitarra y el bajo.

Pensé que ibas a bailar —contestó él sin quitar la vista del escenario.

La verdad es que no he quedado con nadie —reconoció. Héctor se encogió de hombros—. ¡Ándale, no seas cabrón! ¡La casa de mi mamá está acá al lado!

Pues si está acá al lado bien puedes irte tú solita.

Sabes que es peligroso que una mujer camine sola por la noche. ¡Ándale, Héctor!

Héctor dejó de grabar y bajó la cámara. Le dedicó una mirada de fastidio.

No vas a parar hasta que te acompañe, ¿no es cierto? —Irene se cruzó de hombros y frunció el ceño—. Al menos espérate a que termine. Mi vida ya no gira en torno a ti.

Irene refunfuñó y volvió al banco dando zapatazos. Desde allí, observó a Héctor. A aquel Héctor que tanto había cambiado desde que se habían separado. Antes, ella había sido su princesa, la mujer de su vida; ahora no era más que basura, un estorbo para él, algo que necesitaba quitarse de encima. Y una parte de ella no quería comprenderlo, a pesar de que había sido la principal culpable del cambio radical de Héctor.

2

Por más que lo intentó, sus insinuaciones no sirvieron para nada. Las fórmulas mágicas con las que antes conseguía tener a Héctor comiendo de su mano ya no eran más que palabras sin sentido. Héctor había accedido a acompañarla a su casa, pero se mantenía callado durante todo el trayecto y no soltaba prenda.

El joven escritor se sentía sencillamente estúpido. No podía entender por qué aún se dejaba manipular por aquella mujer. Siempre tenía que salirse con la suya. Eso era algo que nunca le había gustado de ella. Gruñó. Había tenido que anular la salida con su hermano después del concierto solo porque a la señorita se le había antojado que él la acompañara. Lo hacía sentir mal llenándole la cabeza de ideas nefastas hasta que su conciencia lo obligaba a comportarse como un caballero. Las veces que había salido de fiesta con sus amigas había recorrido aquella calle mil veces a altas horas de la madrugada, y nunca había pasado nada. ¿Por qué tendría que ocurrirle algo precisamente esa noche? Era absurdo. Y sin embargo, allí estaba haciendo el idiota.

Si hubiera sabido que ibas a ser una marioneta andante, hubiera regresado yo sola —se quejó de su silencio.

Sí, una marioneta. Eso es precisamente lo que soy —masculló.

¿Qué?

No tengo por qué hablar contigo si no me da la gana.

Irene aceleró el paso, ceñuda, y mostrándose indignada, caminó por delante de él, murmurando y maldiciendo en voz baja.

Por cierto, ¿para cuándo el divorcio? Ya se retrasó más de lo que me hubiera gustado —comentó.

Irene paró su caminata y se dio la vuelta, enfurecida. Héctor frenó en seco. Irene tenía la cara roja; tanto, que parecía a punto de explotar. Sus ojos, humedecidos, predecían el comienzo de una de sus pataletas.

Para eso es lo único que me quieres, ¿verdad? ¡El divorcio es lo único que te interesa de mí! —le reprochó.

Se le saltaron las lágrimas y siguió caminando sin volver a mirarle. Se secó las mejillas con las palmas de las manos. Se sentía humillada y terriblemente cabreada. No sabía por qué hacía todo aquello. Cuando se preguntaba si realmente quería reanudar su relación con Héctor se daba cuenta de que no, y sin embargo no podía dejar de comportarse sin ningún tipo de raciocinio. Sus intentos de seducción y de llamar la atención habían fallado desde el primer momento. Se negaba a creer que él ya no la encontrara atractiva, que no la deseara.

Héctor la siguió de cerca, sin hacer el intento de alcanzarla. Definitivamente estaba loca. Debía estarlo para actuar de esa forma y, para colmo, reclamarle porque le estuviera pidiendo el divorcio.

Y ¿qué demonios quieres, Irene, después de todo lo que hemos pasado? ¡O mejor dicho, después de todo lo que yo he pasado a tu lado!

La chica se volvió de nuevo para encararlo.

¡Siempre reclamándome por lo que pasaste conmigo! ¡Estoy cansada de que digas que fue un infierno!

Héctor empezaba a perder la paciencia.

¡Es que fue un infierno! ¡Jamás te comportaste como una esposa!

¿Y acaso tú fuiste un buen marido?

¡Yo te fui fiel! —exclamó—. ¡Intenté hacerte feliz, te traté como a una reina! Y ¿qué conseguí a cambio? Rechazos, reproches, insultos y engaños. Pensaste que era un fracasado, que no merecía a alguien como tú. Y no te contentaste con hacérmelo ver y sentir cada día, sino que me engañaste con otros hombres. ¿Y ahora te indignas con que quiera el divorcio lo antes posible?

Los gritos se oían en toda la calle. Curiosos se asomaban a las ventanas para comprobar qué era lo que ocurría. Aquello empezaba a asemejarse a un vulgar espectáculo de circo. Héctor sintió que la cabeza le iba a estallar si no terminaba con aquello lo antes posible.

¡Tú no me satisfacías! —intentó defenderse Irene. Héctor hizo un gesto con el brazo y se dio la vuelta dispuesto a marcharse. —¡Vuelve acá! ¡Todavía no terminamos!

¡Por mí puedes irte a la chingada!

Irene lanzó un gruñido de impotencia al aire y dio tal zapatazo en el suelo que el tacón del zapato cedió y se rompió. Se escucharon las risas de unos chavales desde una ventana. Irene les lanzó una mirada asesina, se quitó el tacón y terminó el recorrido hacia la casa de su madre con un solo zapato.

3

A las seis de la tarde comenzó a sonar el teléfono una y otra vez. Natalia se levantó de la mesa a regañadientes. Odiaba que la interrumpieran mientras estudiaba. Gema y Miriam parecían no escucharlo—seguramente se estuvieran haciendo las tontas—, y Natanael había ido al gimnasio.

Corrió hasta el salón y lo descolgó justo a tiempo.

¿Sí?

¿Naty?

«Oh, no…», se dijo a sí misma cuando reconoció esa voz zalamera y falsa. Si hubiera mirado el número antes de cogerlo, lo habría dejado sonar.

Sí, soy yo.

He hecho algo muy malo —dijo América, angustiada. O al menos lo hacía notar.

¿Qué pasa? —preguntó Natalia, esperando que la conversación no durara más de cinco minutos.

Escucha —le pidió—: he estado yendo al médico mucho últimamente. Han estado haciéndome pruebas para ver si tenía cáncer. No tengo, ¿vale? —aclaró rápidamente—. Pero les dije a Marina y a Rocío que sí tenía porque estaba muy nerviosa. Me anticipé. Y ahora se han enterado de que no es verdad y han venido a mi casa a insultarme, a decirme que soy una mentirosa y una loca, y que van a hacer que tú y Carmen dejéis de ser mis amigas —explicó de un tirón, como si quisiera quitárselo lo antes posible de encima.

Natalia permaneció callada durante unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de contarle América. Finalmente soltó una risa incrédula y nasal.

¿Qué? —respondió despacio, como si no supiera qué decir—. ¿Les dijiste que tenías cáncer? ¿Por qué lo hiciste?

A su mente llegó esa vez que, en Bachillerato, su supuesta amiga les había contado que los médicos le habían diagnosticado leucemia. Les había asegurado que no sabía cuánto tiempo le quedaba, pero de sus ojos no salía una sola lágrima. Natalia lloró desconsoladamente durante días, pensando que iba a perderla. Pero milagrosamente, América había seguido adelante sin cambio aparente, y a ella y a Carmen les había dado reparo preguntarle por su enfermedad y los tratamientos que ella conllevaba.

¡No lo sé! Estaba asustada y paranoica. Pensé que estaba enferma de verdad —sollozó teatralmente—. Me han dicho de todo. Que de lo que estoy enferma es de la cabeza, que debería ir a un manicomio. Dicen que han hablado con Carmen y que les ha dicho que yo os conté en Bachiller que tenía leucemia. ¡Pero eso no es verdad! ¡Yo os dije que a lo mejor tenía leucemia!

Natalia mantuvo la respiración entonces, y apretó tanto el teléfono que pensó que iba a romperlo. La sangre le subió a la cabeza. Quiso decir algo, pero la incredulidad la dejó muda. Infló los pulmones y dejó salir el aire con lentitud.

«¿Cómo puede ser tan mentirosa?», se preguntó. ¿Acaso creía que era tonta?

«¡Recuerdo perfectamente lo que dijiste! ¡Dijiste que tenías leucemia, zorra! ¡Lloré durante mucho tiempo por ti! ¿Cómo puedes ser tan cínica? ¡¿Cómo?!»

Quería decirle mil cosas. Notaba las palabras en la punta de la lengua, pero se veía incapaz de soltarlas. Quería tener el valor para soltarle en la cara lo loca que estaba, tal y como habían hecho sus amigas, pero en ese momento no tenía el coraje para hacerlo, y se mordió la lengua.

América, tengo que estudiar. Mañana es mi último examen —dijo, intentando esconder todas sus emociones y que estas no se reflejaran en su voz.

Pero tú no estás enfadada conmigo, ¿verdad?

No —respondió con un tono sombrío—. ¿Por qué iba a estarlo?

Vale. Te dejo estudiar. Por favor, no creas lo que te digan si te llaman. Dijeron que lo harían.

Tranquila —contestó, intentando cortarla lo antes posible—. Hasta luego.

Y antes de que ella pudiera despedirse, colgó.

Se quedó mirando el teléfono con rabia. Daba vueltas por su salón como si de un león enjaulado se tratara. Apretaba los dientes y los puños, embravecida. Finalmente, cogió un cojín y se tapó la cara con él.

¡Hija de puta! —gritó con todas sus fuerzas.

Cogió el teléfono de nuevo y marcó rápidamente un número. Dos tonos y alguien respondió. Era la hermana pequeña de Carmen, que enseguida le pasó con su mejor amiga.

Déjame adivinar… ¿América? —dijo Carmen nada más coger el teléfono.

Me lees la mente.

4

Después de un rápido repaso a todo el temario, Natalia decidió cerrar el libro de Mitología y Literatura clásica, y se tumbó sobre la cama. Frotó sus ojos con ambas manos y bostezó. El reloj marcaba las once y media de la noche. A la mañana siguiente tenía examen a primera hora, y todavía tenía que preparar sus cosas y ducharse. Refunfuñó, molesta. Podría haber terminado muchísimo antes, pero no la habían dejado. Había pasado más de media hora hablando con Carmen. Marina y Rocío la habían llamado poco después para contarle todo lo ocurrido, y ella las había informado de todas las posibles mentiras con las que América había embadurnado su vida desde que se conocían, como la supuesta leucemia que padecía o la extraña violación de su exnovio. A juzgar por la voz de Marina, se sentía traicionada y dolida.

¿Mañana terminas los exámenes? —le preguntó esta antes de despedirse.

Sí, de hecho estaba estudiando.

Entonces te dejo estudiar. Pero ya le he dicho a Carmen que pasado mañana tenemos que reunirnos para hablar. Quiero contaros la versión completa de la historia. Y hay algo más que debes saber. También te lo contaré entonces.

La joven tragó saliva. No le daba buena espina lo último que había dicho su amiga, pero no quería alargar la conversación o se le haría de noche.

Perfecto. Ya me mandáis un mensaje con la hora.

Venga. Un beso, y suerte con el examen.

Gracias.

En cuanto colgó, empezó a sonar el móvil de nuevo. Era América otra vez.

«¿Qué quiere ahora?»

Prefirió ponerlo en silencio y dejar que se cansara, pero no se cansó. Llamó cuatro veces más, hasta que decidió marcar el número de su casa. Natalia supo que no la dejaría estudiar en paz hasta que hablara con ella, y finalmente descolgó.

¿Dónde estabas? —le interrogó—. ¿Por qué no cogías el móvil?

Ah, ¿me has estado llamado? —se hizo la tonta—. Perdona, es que lo he puesto en silencio para estudiar mejor —explicó recalcando la palabra estudiar e intentando así que la dejara sentarse en la mesa a hincar los codos.

¡Qué susto! Pensé que te habías enfadado.

No, no…

¿Te han llamado?

Respiró hondo. ¿Le decía la verdad o intentaba esconderla?

Sí, me han llamado.

Lo mejor sería aguantar un poco hasta saber toda la historia.

¿Qué te han dicho? —preguntó, nerviosa.

Nada, me han contado todo lo que ha pasado.

América comenzó a arrastrarse y a suplicar que no la dejara de lado como seguramente harían sus otras amigas. Dio excusas baratas y se escudó en el miedo y en los llantos para ablandarla. Pero Natalia ya había tenido suficiente. Intentó tranquilizarla como pudo con palabras convencionales para colgar lo antes posible, y después de unos minutos consiguió su cometido. Pero no había pasado ni un cuarto de hora cuando volvió a llamar.

¡Joder! —exclamó—. ¡¿Qué carajo quiere ahora?!

Esta vez respondió con voz cansina y molesta.

¿Sí?

Naty, ¿Carmen está enfadada conmigo? No me coge el teléfono.

Natalia estuvo a punto de darse cabezazos contra la pared de pura frustración. Se le estaban yendo las horas de estudio por su culpa. Le explicó que Carmen rara vez cogía el móvil a la primera llamada, y que esperara a verla en la Universidad para hablar con ella. Pero América era tozuda como una mula.

Esa no fue la última vez que llamó. A la siguiente, Natalia sintió la necesidad de tirar el teléfono por la ventana.

Ya he hablado con Carmen. Dice que ella no me va a dejar de hablar, pero que ella también se siente dolida por esa mentira, y que es normal que Marina y Rocío estén así.

Es que es normal —puntualizó Natalia.

También le he preguntado una cosa. ¿Recuerdas que Marina se iba a ir con mi familia y conmigo una semana a Murcia, a casa de mis tíos?

Sí… —respondió, temerosa. Sabía por dónde iban los tiros.

Ya no querrá venir… Así que, ¿os queréis venir Carmen y tú?

Natalia volvió a quedarse muda. Su corazón empezó a bombear sangre a una velocidad inusitada. Se estaba poniendo roja de ira. ¿Las estaba utilizando como segundo plato, como bote salvavidas? Quiso mandarla a la mierda en ese momento, pero supo controlarse.

¿A Murcia? —repitió—. No sé… Me da vergüenza estar en casa de tus tíos. Además, no tengo dinero.

¡Pero iría Carmen, y mis padres lo pagan todo!

Estuvo durante cinco minutos poniendo excusas, intentando librarse de ese infierno y de convertirse en la muñeca de repuesto de esa convenida y mentirosa compulsiva. Finalmente le dijo que lo pensaría, dispuesta a rechazar la oferta un poco más adelante, y por fin pudo cortar la conversación.

Eran casi las siete de la tarde. Natalia pensó que podría ponerse a estudiar por fin, pero la suerte no corría de su parte. El teléfono sonó una última vez.

¿Qué pasa ahora? —contestó, cabreada.

América se echó a llorar con lastimeros lamentos que no hacían sino darle ganas de vomitar.

Perdona, ¿te estoy molestando? Es que me siento muy mal.

América, es que mañana tengo mi último examen y no me dejas estudiar. Me la estoy jugando —explicó Natalia, visiblemente malhumorada.

¿Puedo ir a tu casa un ratito? Necesito un abrazo.

«¡Pues que te lo dé tu perro!», pensó Natalia, ya rabiosa. «¿Qué parte de “tengo que estudiar” no entiendes? ¡Coño!»

Es muy tarde, América. Me falta mucho por estudiar.

Solo será media hora. Lo juro. No te quitaré mucho tiempo —suplicó.

Natalia se sintió como la tonta más grande del mundo cuando cedió a sus ruegos. Sabía que era una falsa y una mentirosa, y aun así no era capaz de decirle que no.

Media hora más tarde, América apareció en la puerta de su casa y se lanzó a sus brazos llorando. Entonces supo que el asunto iría para largo, y no se equivocaba. Después de la ducha, se metió en la cama sin cenar. El movimiento de ese día interminable le había quitado el apetito. Antes de irse a dormir, cogió el móvil y mandó un mensaje a Héctor, esperando leer la respuesta a la mañana siguiente.