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Juegos destructivos

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Hay historias que deben ser escritas para que la verdad que hay en ellas llegue a la gente que las lea. Esta es una de esas historias: la mía. Y seguramente a pocos les importará, porque ante el sufrimiento de los demás, lo mejor es mirar hacia otro lado y hacer como si no pasara nada. Suele ser lo más fácil. Aun así, necesitaba contarla.

Me llamo Amanda Ramos, y tengo dieciséis años. Desde pequeña, siempre he sido una chica muy tímida y poco sociable. Nací en Barcelona y fui a un colegio público del centro hasta la fatídica edad de catorce años. El día en que me anunciaron que mi padre había encontrado trabajo en Cádiz, empezaron todos mis problemas. Me sentía insegura y asustada. En Barcelona tenía a mi única amiga: Melisa; y dudaba que pudiera hacer nuevos amigos en esa ciudad desconocida para mí. Pero por más que les supliqué que no nos trasladáramos, mi padre estaba atado de pies y manos.

Así pues, un mes más tarde, nos dirigíamos en coche a la otra punta del país. En mi cabeza surgían un montón de dudas: ¿cómo sería el Instituto? ¿Y las gentes de allí? ¿Podría acostumbrarme a ellos? ¿A los profesores? ¿A su forma de ser? Sería muy complicado. Después de todo, mis compañeros de clase ya se conocerían y yo no sería más que una extraña.

Después de interminables horas de viaje, llegamos a mi nueva casa: un piso pequeño comparado con la casa unifamiliar en la que había vivido hasta entonces. Pero eso era lo que menos me importaba.

Llegó el lunes y mi madre me llevó al nuevo Instituto. ¿Su nombre? No tiene importancia. Pero debo reconocer que la primera impresión no hubiera sido tan mala si las ventanas no hubiesen tenido barrotes. El curso había empezado hacía un par de semanas y eso me hacía sentir peor. Los nervios me daban ganas de vomitar. Mi madre habló con mi tutor y este tuvo la amabilidad de acompañarme hasta la clase de 3º A. Cuando llegamos, el aula estaba abarrotada. El profesor puso orden entre los alumnos, me pidió que me sentara en uno de los pupitres libres y me presentó a la clase. Sentí todas las miradas sobre mí, y eso me hizo ponerme más nerviosa.

Saqué mis libros y Juan, como se llamaba mi profesor, se dispuso a dar la clase. No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta, interrumpiendo la lección. Era una chica rubia excesivamente emperifollada para ir al Instituto. Y no lo digo por su ropa de marca o su pelo perfectamente planchado, sino por la cantidad exagerada de maquillaje que cubría su cara. Parecía una barbie.

—Bárbara, ya sabes que no dejo entrar a nadie cuando suena la campana —le regañó Juan.

La chica puso una expresión inocente en su cara y con tono zalamero se excusó diciendo que le había cogido un atasco llegando al Instituto. Obviamente, no me lo creí. Seguramente había perdido demasiado tiempo arreglándose; pero Juan la dejó pasar, y la chica, con una sonrisa, entró en el aula y avanzó unos pasos hasta darse cuenta, sorprendida, de que alguien ya había ocupado su pupitre. Es decir, yo. Juan le pidió que me dejara ocupar el que había sido su sitio durante las anteriores semanas y que escogiera otro lugar en el que sentarse. Bárbara, no demasiado conforme, pasó por mi lado, lanzándome una mirada venenosa, y se situó en la parte trasera de la clase, donde no podía ser el centro de atención, como estaba acostumbrada.

Cuando terminó la hora, el profesor me aconsejó que le pidiera los apuntes a algún compañero y se marchó de la clase. Tragué saliva; era hora de enfrentarme a la realidad. Miré a un lado y a otro, sin saber qué hacer, pero no pasó mucho tiempo hasta que el chico que se encontraba a mi izquierda, se ofreció a ayudarme. Me sentí muy aliviada, y acepté su ayuda sin pensarlo dos veces. Se llamaba Sergio, y debo reconocer que sentí un flechazo al verlo. Era, sin duda, el chico más guapo de la clase. Su sonrisa era encantadora.

Esa tarde, fui a casa de Sergio para ponerme al día con todas las asignaturas, pero no tuve suficiente tiempo, por lo que quedamos también al día siguiente. Durante esa semana, pasamos mucho tiempo juntos. Siempre iba con él a clase y estudiábamos juntos por las tardes, después de su entrenamiento de fútbol, al que a menudo acudía para verle jugar. Al parecer esto no agradó demasiado a Bárbara y sus amigas, que empezaron a hacer de mi vida un verdadero infierno. Al principio solo eran miradas despectivas, cuchicheos y risitas por lo bajo. No le di demasiada importancia, pero la cosa fue a peor.

Una mañana, llegué a la clase y mi pupitre estaba ocupado por esas chicas. Me quedé en la puerta unos segundos. Sergio no estaba y no sabía si debía entrar y echarlas de mi sitio. Bárbara, sentada en mi mesa, tan arreglada como siempre, iba acompañada de sus dos amigas —o lameculos, como solía llamarlas en mi mente—: Marta y Beatriz. Hablaban y se reían. Finalmente, decidí entrar y reclamar mi lugar, pero no hizo falta. En cuanto me vieron, Bárbara se levantó de la mesa entre risitas y se fue a su lugar con sus compañeras. Sorprendida, caminé hasta mi pupitre y entendí qué era lo que les causaba tanta gracia. Mi mesa estaba llena de frases humillantes escritas con permanente. Fingiendo que nada me importaba, me senté, y tras respirar hondo, comencé a leer una por una las frases:

<<Pobre idiota. ¿Acaso cree que tiene una oportunidad con Sergio?>>, <<¿Adónde va con ese jersey de abuela? ¡Es horrible!>>,  <<Muérete, asquerosa.>>, <<Por Dios, que alguien le arregle ese pelo estropajoso que tiene.>>, <<En realidad, deberían arreglarle la cara.>>, <<Da asco.>>, <<Es estúpida.>>, <<Queremos que se largue. ¡Que la echen!>>, <<Todos contra Amanda Ramos.>>

Tragué saliva y aguanté las lágrimas. Cuando Sergio llegó y vio todo lo que habían escrito en mi mesa, no dijo nada, y esperó a la salida de clases para abrazarme fuerte. Fue entonces cuando me eché a llorar. No entendía por qué me odiaban tanto.

Al día siguiente, llegué antes que nadie a la clase con papel higiénico y alcohol, y borré la tinta. No le dije nada al profesor ni a mis padres. Pensé que eso lo empeoraría todo; y me consolé a mí misma diciendo que sería algo pasajero, y que ya se cansarían de fastidiarme. Pero me equivocaba. A menudo aludían a mi aspecto, a mi forma de vestir o a mi personalidad para burlarse, y yo ya estaba harta.

Supongo que Bárbara debía de tener mucha influencia y popularidad en el Instituto, porque pronto, no solo sus amigas, sino también las otras chicas y las de otras clases, me daban la espalda y se reían de mí. ¿Cómo era posible que todo el mundo le siguiera el juego? Todavía me pregunto qué les habría contado para que nadie me quisiera. Sergio era el único que seguía a mi lado, y eso me daba algo de confianza.

Aun así, en varias ocasiones le encontré hablando con Bárbara y las demás, riendo con ellas, comentando Dios sabía qué cosas. No me gustaba nada, pero no podía prohibirle que conversara con esas chicas. Parecía que se llevaban muy bien, y eso me daba miedo.

Poco después me enteré de por qué se entendían: hacía relativamente poco, Bárbara y Sergio habían tenido una especie de relación, que se había acabado, según me habían dicho, porque Sergio era algo mujeriego. Sinceramente, no lo creí. Pensé que solo querían fastidiarme, y por eso confié ciegamente en mi amigo.

Un día, cuando llegamos del recreo, mi mochila había desaparecido. La busqué por toda la clase, sin resultado. Finalmente, fue Marta quien señaló por la ventana diciendo:

—Creo que ahí abajo hay algo tuyo.

Me asomé rápidamente y vi, no solo mi mochila, sino todos mis apuntes y mis útiles, desparramados por el suelo. Alguien los había tirado desde el segundo piso en el que se encontraba el aula. Sin perder un segundo, bajé al patio para recuperar lo que era mío. Bárbara, Marta y Beatriz se encargaron de avisar a todas las clases restantes, y pronto, gran parte del Instituto estaba asomado a las ventanas, señalándome y riéndose. Mis apuntes estaban llenos de barro, desordenados e irrecuperables, y mi móvil había quedado destrozado.

Me levanté despacio, metiendo sin cuidado todo en la mochila y miré a las ventanas. Allí, entre las caras de esas niñatas, se encontraba Sergio, claramente divertido, observándome. Pero en cuanto notó que me fijaba en él, escondió la cabeza como un cobarde.

Este incidente no pude pasarlo por alto, y lo hablé con el profesor, que se encargó de castigar a mi clase y llamar a mis padres. Ese día, no fui a estudiar con Sergio ni a verlo jugar al fútbol. Pasó el fin de semana, y no recibí una sola llamada, ni siquiera un mensaje al Facebook, ya que me había quedado sin móvil. En la nombrada red social, veía comentarios de mis compañeros de clase, que masoquistamente, tenía agregados. No hacían más que burlarse y rememorar lo divertido que para ellos había sido tirar mis cosas por la ventana.

El lunes siguiente, Sergio me buscó en el recreo y me pidió perdón por su nefasto comportamiento. Se le veía sinceramente arrepentido, pero yo seguía dolida, y me negué a perdonarle. Cuando se dio cuenta de que estaba dispuesta a quedarme sola con tal de no tener a alguien como él a mi lado, me confesó su supuesto amor, y me besó en un rincón apartado, donde nadie podía vernos. Sé que fui tonta, pero realmente sentía algo por él y acepté sus disculpas. Sin embargo, Sergio me pidió que mantuviésemos nuestra relación en secreto, y que delante de los demás solo fuéramos amigos. No sé si fue por miedo a perderle, pero me conformé con ese amor a escondidas que él me ofrecía.

Pasó el tiempo, y los abusos seguían. Ya no solo se reían, me insultaban por la red o en persona, sino que incluso se atrevían a empujarme cuando pasaban a mi lado. En muchas ocasiones, se lo dije a mis padres, pero creían que exageraba y no le daban importancia.

Las mañanas se hacían insufribles, pero por las tardes me iba a casa de Sergio sin faltar un solo día, y pasábamos mucho tiempo juntos. Un sábado fui a ver una película a su casa. Sus padres habían salido, así que pude quedarme hasta tarde. Sonriente, sacó de debajo de su cama unas botellas de licor. Al parecer se las había conseguido un amigo mayor de edad. Yo nunca había bebido, y no me gustaba la idea de empezar con catorce años, pero finalmente me dejé convencer. Al principio me quemaba la garganta, pero entre juegos y risas, tomé un chupito tras otro hasta emborracharme por primera vez. Desperté unas horas más tarde con un horrible dolor de cabeza y sin recordar nada de lo que había pasado. Sergio me sonrió. Él estaba fresco como una rosa. Al parecer ya había bebido anteriormente. Me acompañó a mi casa y se despidió deseándome un buen domingo.

—Nos veremos el lunes en clase —me dijo, dándome después un beso.

Cuando lo perdí de vista, subí contenta. No podía esperar lo que pasaría al comienzo de la semana.

El lunes todo estaba como de costumbre. Yo llegaba y la gente me señalaba con el dedo. Ya estaba acostumbrada, así que no me extrañé. Pero cuando entré en el centro, mi expresión tranquila se transformó en una de horror. Las paredes del Instituto estaban empapeladas con cientos de fotografías en las que me encontraba en ropa interior, tumbada sobre un sofá que reconocí como el de la casa de Sergio, y rodeada de botellas de licor. En todos los carteles, la misma frase se repetía una y otra vez: <<No solo zorra, también alcohólica.>>

La gente me señalaba y se reía. Solo unos pocos me miraban con lástima; pero nadie salía a mi defensa. No me lo podía creer. ¿Por qué me estaba pasando todo eso? ¿Qué había hecho yo para merecerlo?

Corrí hasta el primer cartel que vi, lo arranqué y lo tiré al suelo después de hacerlo una bola, pero era inútil: había demasiados. Avergonzada y llorosa, salí corriendo del Instituto tapándome la cara. No quería que nadie me viera.

Los profesores y mis padres tomaron cartas en el asunto. Denuncias, juicios…, pero la ley nada podía hacer contra los que me habían causado tanto daño, pues todos eran menores. Y aunque la policía intervino para solucionarlo, alguien metió la foto en la que salía semidesnuda en Internet. La red se llenó de comentarios groseros y degradantes hacia mí. Algunos me llamaban “puta” o “zorra”; otros se conformaban con insinuar que les gustaría pasar una noche conmigo.

Me llevaron al médico y me hicieron pruebas para comprobar si Sergio se había propasado esa noche de la que no recordaba nada, pero, gracias a Dios, los resultados aclararon que ese chico en el que tanto había confiado solo se había atrevido a desnudarme.

Me sentí incapaz de regresar a ese Instituto. Mis padres lo comprendieron y me cambiaron de centro a mitad de curso. En el nuevo Instituto se había corrido la voz de mi mala fama, y nadie se acercaba a mí. Solía pasar los recreos sola en la biblioteca, pero al menos nadie me insultaba y me dejaban en paz, aunque por Internet, seguían los abusos.

La tranquilidad duró poco tiempo. Bárbara y sus amigas no se iban a conformar, e hicieron un vídeo que mandaron a mi correo. Habían inventado una canción con mi nombre en el que me agredían verbalmente de todas las formas posibles. Esa misma semana, estando en un descanso entre clase y clase, recibí un mensaje al móvil que me habían comprado mis padres después de que me tiraran el antiguo desde la ventana. Era de un número desconocido, y rezaba: <<Sal. Tenemos algo para ti.>>

Pensé que podrían ser mis padres y obedecí. Era un día nublado y estaba a punto de llover. En la entrada, Bárbara, Marta, Beatriz y un grupo de chicos me esperaban. También pude ver allí a Sergio, que algo más apartado, parecía un poco incómodo. Comenzaron a insultarme. Me llamaban zorra, borracha, estúpida… Me decían que nadie me quería. Quise irme, pero me rodearon. Antes de que pudiera gritar, Marta y Beatriz me agarraron y me tiraron del pelo. Bárbara permanecía impasible. No quería ensuciarse las manos conmigo.

—¡Pegadle ya! —gritó un chico, y entre las dos me tiraron al suelo y me dieron patadas.

Por suerte, un profesor llegó a tiempo, y la pandilla salió huyendo. El señor me ayudó y llamaron a una ambulancia. Me habían roto dos costillas y me habían partido el labio. Tenía moratones en la cara y en el cuerpo.

Mis padres volvieron a meterse en disputas. De nuevo denuncias, juicios, amenazas y tensiones. Alguien había grabado la paliza que me habían propinado y la había subido a Internet, donde las burlas prosperaban sin que nadie pudiera evitarlo.

Entré en graves depresiones y tuve serios ataques de ansiedad. Caí en el alcohol. Creía que me ayudaba a olvidar, pero solo empeoraba la situación.

Pasaron unas semanas en las que me negué a asistir al Instituto, y las cosas se tranquilizaron un poco. Quise pensar que mis acosadores empezaban a cansarse de perseguirme o que se les había acabado los medios para torturarme; pero no era así. La maldad gratuita nunca acaba y más cuando procede de personas sin corazón que se divierten al ver sufrir a los demás.

Una tarde, después de que mis padres salieran a comprar, entré en mi correo electrónico. Tenía nuevos mensajes; la mayoría simples insultos de gente anónima, pero el último me heló la sangre:

<<Hasta ahora hemos sido buenos contigo, y te hemos dado menos de lo que mereces. Pero, ¿adivina qué? La noche en la que tu amiguito te hizo esa foto en ropa interior, también sacó algunas en las que te encuentras completamente desnuda. ¿Quién sabe? Tal vez nos animemos a mandárselas a todo el mundo. Estábamos pensando en hacer una página web y colgar ahí tus fotos. ¿Qué te parece?>>

Comencé a llorar amargamente. Me dolía el pecho y me faltaba el aire. No podía respirar. ¿Por qué me hacían eso? Me senté en la cama para intentar tranquilizarme, pero no lo conseguía. Todo el mundo me vería desnuda. No podría soportarlo. Me sentí mareada y con náuseas. Lo que pasó a continuación, ni siquiera lo pensé: corrí a la cocina, cogí un bote de lejía y me lo bebí sin pensar. Me sentí realmente mal. Me tumbé en la cama y esperé la muerte, que creí que me alcanzaría pronto, pero mis padres llegaron antes de lo que pensaba y me llevaron al hospital una vez más. Los médicos pudieron hacerme un lavado de estómago a tiempo. Durante los días que estuve hospitalizada nadie vino a visitarme.

Cuando regresé a casa, lo primero que hice fue conectarme a Internet. A pesar de mi intento fallido de suicidio, la gente no se había ablandado. Comentarios como <<Qué pena que haya fallado.>>, <<Debería haberse muerto>>, <> llenaban la red social.

Me mandaron un tratamiento de antidepresivos, pero nada funcionaba. Me sentía sola y mal. Cada día buscaba razones para seguir viviendo…, pero nunca las encontraba. Lloraba cada noche hasta que el sueño podía conmigo. No quería salir de casa ni siquiera para ir al Instituto. Llegó el verano, y apenas me dejé ver por las calles de la ciudad. No tenía amigos, solo a mis padres; y ya ni ellos sabían qué hacer conmigo; cómo animarme o hacer que siguiera hacia adelante.

Cumplí quince años, y mis padres lo celebraron quitándome el ordenador portátil para que no pudiera ver todos los comentarios, fotos o vídeos que subían sobre mí. Estaban tan cansados como yo y querían terminar con esa situación a como diera lugar, pero no sabían cómo.

Ese año fue igual o peor que el anterior. En las clases nadie me hacía caso; al principio solo me ignoraban como si no pudieran verme, pero con el paso de los meses, Bárbara fue ejerciendo su influencia entre sus conocidos, y también allí comenzaron a juzgarme y a maltratarme psicológicamente. El colmo fue cuando, un día, al regresar a casa, encontré en mi mochila un paquetito con una nota: Prueba con esto. Quizás funcione mejor que la lejía.

Rápidamente, abrí el paquete. El contenido eran decenas de pastillas de diferentes clases. Alguien había metido drogas en mi mochila.

<Si eso es lo que quieren… >, pensé, y desde ese día empecé a consumir drogas sin que mis padres lo supieran.

La incertidumbre me mataba a cada segundo que pasaba, y comencé a acudir a la biblioteca del Instituto para ver mi correo y entrar en Facebook. Esos chicos me habían etiquetado en fotos de lejías, alcohol y drogas, comentando que deseaban que leyera lo que escribían para que me suicidara. Pensé que nadie merecía eso. ¿Por qué no me dejaban pasar página de una vez?

Acabo de cumplir diecisiete años, y todavía me siguen acosando. La foto que me hicieron aquella vez vuelve a estar en Internet. ¿Qué tenemos que hacer para que la ley tome cartas en el asunto, esperar a que mis acosadores cumplan los dieciocho? Lo siento, no puedo esperar un año más; no cuando he pasado los dos peores años de mi vida.

No puedo más. Me siento sola. Necesito a alguien. ¿Por qué todos están en mi contra? ¿Por qué no me dejan seguir adelante?

Sé que miles de chicas en el mundo sufren lo que yo estoy sufriendo: el acoso, el abuso, los maltratos tanto psicológicos como físicos; y espero, sinceramente, que ellas sean lo suficientemente valientes y fuertes como para continuar adelante y salir de esta situación. Yo no he podido hacerlo.

Para cuando alguien encuentre esto, yo ya no estaré. La verdad es que no creo que a nadie más que a mis padres le importe. Seguramente, después de mi muerte, la gente seguirá riéndose y me recordarán entre burlas, agradeciendo que me suicidara o echándome a mí la culpa de todo.

Solo espero que la situación cambie, y que alguien haga algo por todas esas chicas que han pasado, están pasando y pasarán por lo mismo que yo. Que en la juventud se cree la conciencia de que con el acoso no se juega; que pueden arruinarle la vida a una persona y hacerla sufrir hasta que no vea otra salida más que la que yo voy a tomar.

Lo que no entiendo —y nunca lo he conseguido entender— es por qué las buenas personas sufren por culpa de la gente mala, y estos últimos no reciben ningún castigo por ello. Al contrario. Lo normal es que nadie se oponga y los dejen hacer y deshacer a su antojo. Sea como sea, ya no importa. Al menos, no a mí.

Siento ser tan cobarde, pero esos chicos nunca se cansarán de perseguirme. No les voy a dar el gusto de seguir haciendo conmigo los que le dé la gana. Se acabó.

Papá, mamá, lo siento. Os quiero, y siempre os querré.

Diario de Cádiz, edición del Jueves 24 de agosto de 2012

Suicidio de una joven de dieciséis años

tras dos años de acoso

Amanda Ramos, de dieciséis años, se quitó la vida después de dos años de acoso escolar y a través de Internet. Ella misma cuenta su historia en un cuaderno.

Por Jaime Rodríguez

Todo comienza con una mudanza; un nuevo Instituto y nuevos compañeros. Amanda Ramos, la joven de dieciséis años que se suicidó hace una semana tras sufrir el acoso escolar y cibernético de sus compañeros durante dos años, nos desvela su trágica historia en un cuaderno que escribió antes de acabar con su vida.

<>, relató Amanda en su despedida. Sus compañeras le hicieron la vida imposible durante cada día de clase. Sus ataques comenzaron con insultos escritos en su pupitre y continuaron destrozando sus útiles del Instituto.

La situación fue a peor cuando el supuesto novio de Amanda Ramos la emborrachó y consiguió hacerle fotos semidesnuda sin que la joven se diera cuenta. De un día para otro, Amanda encontró el Instituto en el que estudiaba empapelado con cientos de carteles con su foto y comentarios que la denigraban. La foto, además, fue subida a la red, donde continuó la persecución de la joven.

España está conmocionada. El suicidio de la adolescente ha reabierto el debate sobre los riesgos del bullying escolar, el ciberbullying y la protección excesiva e injusta de los menores ante la ley; y es que solo por no tener la mayoría de edad, los causantes de esta tragedia han quedado impunes.

El caso de Amanda Ramos no solo es dramático por su desenlace, sino por todo el sufrimiento que relata la joven en su cuaderno, provocada por sus compañeros de clase, llegando en una ocasión hasta a propinarle una paliza y a meterle drogas en la mochila.

Amanda ya había intentado suicidarse una vez ingiriendo un bote de lejía, pero sus padres llegaron a tiempo, evitando la tragedia. Lamentablemente, esta vez no fue así. Después de dos años de continua lucha contra el acoso, la joven no se vio con fuerzas para seguir adelante.

El cuerpo de la joven Amanda Ramos fue encontrado por su madre tirado en el suelo de su habitación, con severos cortes en las muñecas. Sin embargo, la autopsia aclaró que la muerte había sido provocada por una sobredosis de pastillas.

Los padres piden que el infierno por el que pasó su hija sirva de ejemplo para que no se repita un caso así; que se aplique tolerancia cero con los acosadores, aunque estos sean menores. “En estos casos, la ley no debería protegerlos.”

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