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Libertad

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V

Libertad

1

Irene se secó las lágrimas con fuerza. ¡Dios! Si ya se había sentido humillada con el rechazo de Héctor, el mensaje que acababa de leer había acabado de hundirla. ¿Cómo era posible que una escuincla que contaba diez años menos que ella le hablase así? Había tenido el coraje de enfrentarla y de decirle que ella no era nada para Héctor. Golpeó el teclado con fuerza.

¿Nada? Ella había mantenido con él una relación de cuatro años y llevaban tres casados. ¿En serio pensaba que ella no era nada?

Quiso contestar el mensaje, pero ¿para qué? Pelear con esa niña no le traería ningún beneficio; solo dolores de cabeza. Se había equivocado de objetivo. Era a Héctor al que tenía que atacar. Debía echarle el anzuelo de distintas maneras hasta que se decidiera a picar. Al fin y al cabo, ella podía ofrecerle una vida en pareja, una economía…, quizás un hijo. ¿Qué podía darle esa niña?

Gruñó. Sí, ya sabía lo que podía ofrecerle una veinteañera…

Tenía que cambiar de estrategia. Si ofrecerse directamente y amenazar no surtía efecto, tendría que pasar a la última fase, aunque esta llevara más tiempo del que le gustaría. Recurriría al mejor aliado que tenía una mujer a la hora de conquistar a un hombre: los celos.

2

Ese día, cuando Héctor llegó a casa de trabajar, se tumbó directamente en su cama sin deshacerse del uniforme del trabajo. Exhaló un suspiro y cerró los ojos. No tenía ganas de nada. Solo quería dormir. Desde hacía tres días parecía un muerto viviente. Apenas comía, apenas dormía, y solo salía de casa para ir a trabajar. Había dejado de contestar los mensajes de Natalia, y de responder las llamadas de todo aquel que quisiera contactar con él. Los últimos acontecimientos habían terminado de hundirlo en la depresión.

Se había sentido profundamente triste cuando había tenido que separarse de Natalia hacía ya unos meses; la rutina lo había abatido, y su trabajo solo lo asfixiaba y amargaba cada día más. Después estaba Irene, que seguía dando guerra, e incluso había llegado a meterse con Natalia; y ella se había defendido, como era lógico. Pero eso no hacía más que preocuparlo. Después estaba la maldita casa en la que vivía, que no hacía más que traerle quebraderos de cabeza. Era demasiado grande y en consecuencia, demasiado cara para él. Debía quitársela de en medio cuanto antes, pero el banco tampoco se lo ponía fácil.

Y además estaba el tema del divorcio, que parecía no salir nunca.

Había perdido el apetito con tantos disgustos. Por las noches tenía pesadillas que lo martirizaban y no le dejaban descansar. Sus jefes se aprovechaban de él y del resto de sus compañeros. Al principio se había puesto de un humor de perros, pero cuando este pasó, solo había quedado la tristeza, y esta había derivado en una pequeña depresión que no le dejaba ganas para hablar con nadie, y mucho menos para escribir.

Y después…, esa maldita pesadilla que le revolvía el estómago.

El móvil vibró y se iluminó la pantalla.

Abrió los ojos débilmente. Sabía que era Natalia, su pequeña, a la que tanto necesitaba en esos momentos. Pero ella no estaba allí y hablar con ella sabiendo que no podía siquiera tocarla lo ponía peor. Así que ni siquiera miró el mensaje, y simplemente apagó el móvil.

Se volvió en la cama. Sentía la necesidad evadirse del mundo. Imaginar que todo estaba solucionado. Que ya se había divorciado, que al día siguiente no tendría que ir a trabajar, que había vendido su casa por un precio razonable y que podría dejarlo todo para irse a España con su chica. Antes de quedarse dormido, rio. Ojalá las cosas fueran tan fáciles.

3

¿Esperamos a alguien? —refunfuñó Natalia, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Pensaba que íbamos a la tetería a tomar algo.

Marina buscaba con la mirada por los alrededores del ayuntamiento, pero no faltaba nadie. Estaban todas.

¿Un batido helado? —preguntó Carmen.

¡Para el calor! —exclamó a modo de queja.

Ya nos vamos —la tranquilizó Marina—. Es que he quedado aquí con alguien.

¿Se puede saber con quién? —curioseó Rocío.

A ver, desde que nos enteramos de las mentiras de América, he estado indagando —explicó—. América me había contado que, estando en el instituto, había tenido una novia. Una tal…

Raquel —se adelantó Carmen.

Natalia hizo una mueca, como si el solo recuerdo de aquella chica le entrara escalofríos.

Sí, la recuerdo. La que era medio gótica, medio machorra… Así, con el pelo corto tapándole los ojos —señaló, gesticulando con las manos—. Nunca me cayó bien. Nos miraba raro.

Es que era rara —puntualizó Carmen.

Y siniestra…

Marina las miró alternativamente con semblante preocupado. A partir de la descripción que sus amigas acababan de hacer de la ex de América, podía imaginar una persona seria y antipática. Se llevó la mano a la boca de manera pensativa, y cuando las chicas le devolvieron la mirada, se sintió obligada a desviarla.

Bueno, y ¿qué pasa con ella? —preguntó Teresa.

Marina hizo un gesto con la mano, restándole importancia a lo que iba a decir.

Nada, que la he invitado a venir con nosotras.

El silencio se hizo en el grupo de forma repentina. Las chicas se miraron entre todas, y después fulminaron a Marina.

¿Qué?

¿La has invitado a venir? —preguntó Natalia—. ¿Para qué?

La localicé por medio de unos amigos de América y estuve hablando con ella de todo lo que había pasado. Se interesó mucho. Dijo que tenía cosas que contarnos —se explicó rápidamente—. De hecho, fue ella quien me pidió que quedásemos.

Madre mía… —suspiró Carmen.

¿Tan mala es? —quiso saber Teresa.

Carmen inclinó la cabeza y se encogió de hombros.

Siempre puede haber mejorado el carácter.

¡Mirad, allí viene! —dijo Marina, agitando en alto la mano—. No me parece tan gótica ni tan machorra…

Natalia se dio la vuelta para intentar localizar entre la gente que caminaba en la calle Real a la única chica de aspecto siniestro, tanto en semblante como en atuendos. Para su sorpresa, lo único que vio fue una joven con la cara despejada y ropa colorida que le resultaba extrañamente familiar.

Vaya…, pues al parecer sí que ha cambiado —comentó Carmen.

¡Pero si yo a esa la conozco! —exclamó Natalia—. Está en mi clase. ¿No recordáis lo que os conté sobre una niña lameculos que llegó diez minutos tarde a un examen y se puso a llorarle al profesor?

Teresa se fijó mejor en ella, pues sin gafas no veía bien de lejos.

¡Hostia, es verdad! ¡Es Raquel!

¿Esa es? —preguntó Carmen en voz baja, pero ninguna quiso seguir con el tema al ver que la chica se acercaba con rapidez.

Raquel mostró una sonrisa al llegar al grupo y saludó a Marina primero.

Hola, ¿qué tal?

Fue presentándose a todas las integrantes. Al llegar a Carmen, solo le dio dos besos, seguramente porque la recordaba de años pasados. Saludó a Teresa como siempre hacía en clase, pero cuando se acercó a Natalia, pasó algo extraño: la expresión de su cara cambió casi imperceptiblemente. Natalia atisbó un brillo de preocupación en sus ojos y cómo su sonrisa se deshacía. Dudó un momento, y finalmente, al ver que Natalia no reaccionaba de ninguna forma, la saludó como a todas las demás.

Natalia visualizó en su mente las ocasiones en las que había coincidido con su compañera en la clase y esta ni siquiera se había dignado a saludarla. Pero eso no era todo. Cuando la veía por los pasillos, bajaba la mirada o hacía como si no la hubiera visto. Solía evitarla y no sabía por qué.

Ya en la tetería, Raquel les explicó todo lo acontecido en su relación con América, y cómo esta había seguido persiguiéndola por años.

En realidad, yo no quería salir con ella —explicó, llevándose su taza de café a los labios—. De hecho, dudo que esa niña haya sido alguna vez lesbiana. O bisexual. —Hizo una pausa para pensar—. Sí, bisexual. También le gustaban los chicos. Estuvo liada con un par de mi pandilla.

Esa le da a todo. Si pudiera, se tiraría a su perro —comentó Natalia.

Rocío rio.

¿Quién te dice que no lo viola cuando sus padres no están?

Las chicas empezaron a reír. El camarero les suplicó con la mirada que mantuvieran el orden y el silencio cuando les llevó los batidos e infusiones que quedaban.

Ufff…, sus padres. Cuando descubrieron que estábamos juntas, la llevaron a un psicólogo. No podían admitir que su hija fuera una «desviada». Palabras textuales. O al menos, eso decía ella.

¿Y cortasteis por eso? —preguntó Marina.

Si sus padres no nos hubieran separado, yo habría terminado dejándola —aclaró—. Como ya os he dicho, yo no quería salir con ella. Pero insistía e insistía… Fue ella quien me entró la primera vez.

¿Te besó? —preguntó Teresa—. ¡Qué fuerte!

Bueno, fue un pico…

Y ¿qué más? ¿Qué más?

Pues, se comportaba siempre de forma muy rara. Decía muchas tonterías… ¡Incluso un día me dijo que era bulímica! Obviamente, no me lo creí.

¡Hala, otra enfermedad más! —exclamó Teresa, echándose a reír.

Leucemia, cáncer de laringe, bulimia… ¿Quién da más? —bromeó Natalia.

Además, después empezó a inventar cosas. Que yo la acosaba, que no la dejaba en paz… ¡Y era ella la que no me dejaba en paz a mí! ¿Os podéis creer que hace poco me mandó una foto medio en pelotas?

¿Qué dices?

¡Sí, en ropa interior! Pero vamos, que se le veía casi todo.

¡Qué asco! —exclamó Marina—. ¿Y no te traumatizó?

Entre risas y bromas variadas sobre la “esbelta figura” de América, Natalia miró disimuladamente a Raquel mientras bebía de su batido. Su perfil, su pelo, sus gestos, su ropa… La había visto en alguna parte además de la Universidad, estaba segura, pero su desastrosa mente no le permitía recordar dónde.

Por un instante, se le ocurrió pensar que quizás esa sensación de familiaridad venía de cuando la había conocido, años atrás. Pero no; estaba demasiado cambiada. Había algo más. No era su cara, era su perfil… La había visto de espaldas en alguna parte.

Bueno, si te dijésemos la de cosas que ha inventado de nosotras… —intervino Carmen—. ¡Que somos homófobas, dijo de esta y de mí! —señaló a Natalia, que se hallaba en su mundo.

¡Claro, a mí me dijo lo mismo de vosotras! Por eso, no me caíais bien.

Fue en esa frase en la que Natalia levantó la mirada con los ojos muy abiertos. No le caía bien.

«No le había caído bien… en el pasado», corrigió su mente. A su cabeza llegó una imagen clara, nítida: una chica de espaldas. Pelo negro azabache. El mismo cuerpo, los mismos gestos. Se gira hacia su novio para decirle algo. No le ve la cara, solo el perfil.

Apretó el vaso con ambas manos. Ya sabía dónde la había visto antes.

¿De verdad? ¿Por eso era? —Carmen no pudo evitar sorprenderse.

Qué hija de puta… —murmuró Natalia.

Raquel fijó la vista en Natalia, que le clavaba la mirada como si fueran mil puñales. Supo entonces que el insulto no iba dirigido precisamente a América. Por fin la había reconocido.

Apuró su café y sacó su monedero.

Chicas, tengo que irme. Ha sido un placer —dijo, dejando un par de monedas encima de la mesa.

¿Ya te vas? Pero si acabamos de llegar —se quejó Rocío.

Lo sé, pero tengo un compromiso. Lo siento.

Y sin decir nada más, salió del lugar como alma que lleva el diablo. Todas sabían que algo la apuraba. Su semblante había cambiado. Parecía realmente incómoda por Dios sabía qué.

Natalia se levantó, dejando su bolso y su batido en la mesa.

Ahora vuelvo —dijo—. Se me ha olvidado decirle una cosa.

Salió corriendo de la tetería, dispuesta a alcanzarla. Ya debía haber cogido carrerilla para alejarse de ella lo más pronto posible. Natalia la vio bajando la calle a paso rápido. Corrió detrás de ella y la llamó por su nombre. No quería insultarla de nuevo, solo necesitaba una explicación.

Raquel se paró con el corazón a mil por hora, dispuesta a enfrentarla. Solo esperaba que esa chica no recurriera a la violencia. Se dio la vuelta y la miró a los ojos. Natalia se apoyaba en sus rodillas y cogía aire después de la carrera.

Eres la ex de David. —No era una pregunta.

La chica asintió lentamente.

¿Pero tú no eras lesbiana?

Soy bisexual —aclaró con voz tranquila—. No creas que me copié de América. Más bien, América se copió de mí.

No me jodas…

Oye, no quiero pelea —dijo, levantando las manos en señal de paz.

Yo tampoco. Solo aclarar dudas.

Raquel exhaló un suspiro. Intentaba tranquilizarse, pero la situación la desestabilizaba.

¿Qué dudas?

¿Fue por eso que has contado? —preguntó sin rodeos—. ¿Intentaste quitarme a David porque creías que era una homófoba?

Esperaba una respuesta negativa. ¿Qué si no? Pero el silencio momentáneo de Raquel la sorprendió.

Sí…, y no —contestó con sinceridad—. Natalia, cuando dejé a David, lo hice creyendo que era lo mejor para mí. Después vino una etapa difícil y pensé que tal vez, David no había sido tan mal novio. Estuve pensando en volver con él, pero entonces llegaste tú. Y la verdad, no te voy a engañar; si hubiera sido otra, simplemente habría dejado a David en paz. Pero al saber que eras tú… Me creí todo lo que América dijo de ti y pensé que no eras buena para David. Así que intenté que volviera conmigo.

Natalia se cruzó de brazos. Lo único que salió de su garganta fue un gruñido.

Pero me he dado cuenta de que es justo lo contrario. David no es bueno para ti.

¡Oh!, ¿y ese cambio repentino de idea? —preguntó con un tono algo sarcástico.

Raquel se lo pensó un poco antes de responder. No podía imaginar la reacción que tendría la chica cuando se enterara, pero no tenía por qué importarle. Su relación se había acabado hacía tiempo.

David me llamó hace unas semanas. Me tomó la palabra —dijo con una sonrisa avergonzada—. Estuve en su casa. Estaba despechado, y ya te imaginas lo demás… No, no me lo tiré, si eso me vas a preguntar. Me di cuenta de que no quería ser su segundo plato. Pero bueno, ya te imaginarás que un hombre que hace eso— que un día está enamoradísimo de una y al día siguiente llama a su ex con esas intenciones—, no debe ser tan bueno como parece.

Natalia se quedó muda. Eso sí que no se lo esperaba de David. Sabía que tenía muchos defectos, pero realmente aquello había sido patético. Llamar a su ex por resentimiento…

¿Alguna pregunta más?

Creo que no.

Raquel se acercó y le tendió la mano. Natalia vaciló antes de apretarla con fuerza.

No me caes mal, Natalia. Aunque supongo que tú a mí no podrás ni verme… Espero que no haya malos rollos entre nosotras. Al fin y al cabo, David y América son el pasado.

Natalia arqueó una ceja y sonrió de lado.

Mira que salir con esos dos… Qué mal gusto tienes, hija.

Raquel liberó su mano y soltó una carcajada libre de tensión.

Mejor calla, que tú compartes la mitad de mi mal gusto. Espero que tus siguientes elecciones, al igual que las mías, vayan a mejor.

Han ido a mejor, sin duda.

Raquel le guiñó un ojo con una repentina complicidad.

Parece que tienes una buena historia. Espero poder oírla en otra ocasión…, si es que hay otra. —Se dio la vuelta y levantó la mano—. ¡Hasta luego!

4

Natalia se subía por las paredes. Hacía tres días que no hablaba con Héctor, desde que Irene y ella se hubieron intercambiado mensajes hostiles. Ese día todo parecía normal, pero a la mañana siguiente no encontró el mensaje de buenos días que él siempre le dejaba, y por la tarde, por más mensajes que le envió, Héctor no respondió a ninguno de ellos. Empezó a preocuparse. ¿Acaso la visita de Irene le había confundido? ¿Y si se estaba planteando volver con ella?

Al día siguiente, tampoco hubo respuesta, pero después de rogarle repetidas veces que al menos le dijera si estaba bien para quedarse tranquila, él se dignó a contestar:

«Estoy bien. Ignórame, ¿sí? Necesito estar solo.»

Natalia se quedó de piedra. No entendía su mensaje. ¿Acaso estaba enfadado porque le había contestado a Irene? ¿Por qué debía ignorarle? ¿Qué era lo que había ocurrido y por qué Héctor no quería hablar con ella? Se sintió infinitamente dolida, pero decidió que lo mejor era dejarle en paz. No pensaba estar detrás de él, esperando a que tuviera un rato para hacerle caso. Si quería tiempo, eso tendría.

Al día siguiente tampoco le escribió ni una sola vez. No quería pensarlo, pero ¿y si había decidido dejarla de esa forma tan sutil? ¿Y si el verdadero mensaje que le quería transmitir era el de «déjame en paz»?

Esa noche no pudo dormir bien. La angustia la carcomía. Necesitaba saber la verdad, y si Héctor no quería volver a verla, lo asumiría como una adulta. Pero precisaba que fuera sincero con ella.

Sin embargo, a la tarde siguiente, Héctor la saludó como si nada hubiera pasado.

Hola, mi vida.

Natalia tragó saliva.

Hola.

¿Cómo estás, preciosa?

La chica frunció el ceño y apretó la mandíbula. ¿Acaso era idiota? ¿Cómo la saludaba así después de haberla hecho sufrir de esa manera durante tres malditos días? ¿Qué tenía en la cabeza?

¿A qué estás jugando? —inquirió.

¿Qué?

Has desaparecido durante tres días. Me dijiste que te ignorara.

Ah, nomás necesitaba estar unos días aislado del mundo.

Hablaba tan tranquilo que Natalia sentía que le estallaría la cabeza. Él no le daba importancia al asunto. Parecía no darse cuenta de lo mal que lo había pasado.

¿También de mí? ¿Sabes lo mal que me lo has hecho pasar?

No tuviste por qué.

¡Creía que estabas mal! ¡Llegué a pensar que querías dejarme!

Estaba mal —reconoció—. Por eso me alejé. Pero ya todo está bien, mi vida. No tienes por qué estar así.

¿Que no tengo por qué estar así? —Natalia estaba a punto de explotar. No podía creerse que hubiera tomado esa actitud despreocupada y egoísta. Si hubiera estado delante de él, ya le hubiera propinado una buena bofetada—. ¡Eres gilipollas!

… Vale.

¡Imbécil, estúpido! ¡Te importa todo una mierda!

No es verdad —la contradijo—. Te pedí que me ignoraras porque no quería meterte en mis tonterías.

¡Pues lo hiciste! ¡Al pedirme que me mantuviera al margen ya me involucrabas! ¡He pasado los peores días de mi vida pensando en lo que podría haberte pasado! ¡Quería ayudarte y tú no me dejabas!

¿Crees que yo no lo pasé mal? —contraatacó él, escudándose en su propio dolor.

¡Eres un egoísta!

¿Egoísta por no querer hacerte sentir mal con mis problemas?

¡Me hiciste sentir mal dejándome de lado y pidiendo que te ignorara! ¿Crees que yo nunca he querido apagar el ordenador unos días y aislarme de todo? ¿Sabes por qué nunca lo he hecho? ¡Por ti! ¡Porque sabía que te dolería!

Pensé que sería peor…

¡Soy tu novia, Héctor! ¡Para eso estoy!

Ya te dije que yo también lo pasé mal.

Natalia respiró hondo y tragó saliva. Le temblaban las manos y tenía unas terribles ganas de llorar. Héctor estaba consiguiendo frustrarla. No entendía nada. O sí lo entendía, y se hacía el tonto.

Eres un jodido egoísta —lo acusó de forma más calmada—. Solo piensas en lo mal que lo pasaste tú. ¿Y yo qué? Te importa una mierda cómo me sentí yo. No he hecho más que preocuparme por ti todos estos días. No hacía más que pensar que estabas sufriendo y yo no podía ayudarte. Ni siquiera me has pedido perdón.

¿Perdón? ¿Por qué tendría que hacerlo? Yo no hice nada malo.

Me hiciste sentir mal. ¿Eso no cuenta?

No fue mi culpa.

¿Estás diciendo que sufrí porque quise? ¡Sufría por ti, gilipollas!

Natalia lloraba. No podía creer su comportamiento. No era el mismo de siempre. Era como si se hallara encerrado en una burbuja en la que el único que importaba era él. ¿Qué había pasado en esos días? ¿Qué era lo que lo había vuelto así?

Deja de insultarme, por favor.

Pues deja tú de comportarte como un capullo.

Héctor por fin se puso serio.

¿Quieres saber por qué me fui? ¿Qué fue lo que me hizo alejarme?

Sí, claro que quiero.

Estaba estresado, agobiado, harto de todo. Ya no podía más. Y la otra noche, tuve una pesadilla. Soñé que ibas sola por la calle y te asaltaban unos hombres. Ya puedes imaginar el resto. ¿Sabes cómo me sentí cuando desperté y me di cuenta de que si algo como eso ocurriera de verdad, yo no podría hacer nada, estando a tantos kilómetros?

Natalia cogió aire de nuevo y lo soltó lentamente.

¿Y crees que separándote de mí hubieras conseguido protegerme?

No…, pero me dolía hablar contigo porque recordaba esa maldita pesadilla. Siento si te hice sentir mal. No fue mi intención.

La próxima vez piénsalo dos veces antes de hacer una tontería como esa. Soy tu novia, y eso no significa estar a tu lado solo en los buenos momentos. También en los malos.

Héctor se pasó la mano por los ojos y el pelo. Tenía unas grandes ojeras y gesto cansado.

Te quiero demasiado. Solo estaba desesperado por no tenerte conmigo.

Entonces piensa razonablemente y no me alejes. No vuelvas a hacerlo porque no volveré a aguantarlo.

No, no lo haré más —aseguró.

No. Era como intentar alejar la medicina que curaba una enfermedad que lo degenerada a cada paso que daba, algo realmente estúpido.

Júralo.

Te lo juro.

5

Había menos gente de la que había esperado en el Registro Civil, y aun así estaban tardando más de lo que le hubiera gustado. Pero no le importaba. Estaba tranquilo, relajado… Ya casi saboreaba la ansiada libertad. Quedaban escasos minutos para ser un hombre divorciado, y por ello estaba de buen humor y sonreía.

No se podía decir lo mismo de Irene. Mientras que él hablaba con su hermano Abraham, su todavía esposa no abría la boca para nada, y mantenía un semblante serio. Sus brazos estaban cruzados, y no paraba de dar golpecitos impacientes con el pie, mientras que su hermano y testigo miraba a Héctor con los hombros encogidos, quitándole importancia al mal humor de su hermana pequeña. Héctor la había estado ignorando durante el tiempo que llevaban allí. Pasaba el rato charlando con Abraham, contándole todo lo que se le viniera a la cabeza y preguntándole qué tal iba Prometeo. Hablaban animadamente, y eso hacía que Irene se cabreara e impacientara más.

Ya se tardaron —murmuró la mujer—. ¿Cuánto más tendremos que esperar a estos inútiles?

Nadie le respondió. Su hermano tenía la mirada perdida en el techo blanco, y su casi exmarido y excuñado la ignoraban. Ni la miraban, ni le hablaban… Como si fuera el viento; como si no existiera. No lo soportaba.

Se levantó de su silla de la sala de espera y se dirigió a la puerta donde se encontraba la responsable de tramitar los últimos detalles de su divorcio. No supo por qué hizo esa estupidez. Tal vez por llamar la atención, o quizás porque necesitaba salir de allí cuanto antes y dejar de percibir lo poco que significaba para la persona con la que había pasado los últimos cuatro años.

Héctor se fijó en ella por primera vez y no pudo evitar soltar una sonrisa mezquina. Se volvió hacia su hermano y señaló a Irene con la cabeza.

Fíjate, hermano. Verás en la que se mete la muy pendeja.

Abraham observó cómo su cuñada abría la puerta sin siquiera llamar y asomaba la cabeza. La mujer de gafas y chaqueta negra que se encontraba dentro trabajando levantó la mirada de los papeles que estaba revisando en ese momento y quedó desconcertada.

Disculpe, ¿le falta mucho? Llevamos un buen rato esperando. Tengo que trabajar, ¿sabe? —dijo con un tono grosero y desubicado.

La mujer frunció el ceño, pero no se dignó a levantarse de la silla. Había mucha gente como esa señorita que acababa de abrir su puerta sin permiso. Estaban amargados por el fracaso de su matrimonio y querían que les solucionaran su divorcio lo antes posible para acabar toda relación con su cónyuge. No entendían que los trámites llevaban su tiempo y que, como todo el mundo, tendría que tener un poco de paciencia y dejarla hacer su trabajo.

¿No le enseñaron a usted a llamar antes de entrar? —respondió la mujer, fulminándola con la mirada y esperando unos segundos para que sus palabras calaran hondo y la hicieran enrojecer de vergüenza. Volvió a enfocar su mirada en los documentos presentes—. Ya casi está todo listo, pero tendrá que esperar. Fuera, si no le importa —aclaró, señalando la puerta con el bolígrafo que tenía en la mano—. Cierre la puerta, y no vuelva a interrumpir.

Irene se mordió la lengua, y con la mandíbula bien apretada y la cara colorada, cerró de un portazo y volvió a su asiento pisando fuerte. Lo que le faltaba. Había vuelto a hacer el ridículo delante de su todavía marido. No había tenido suficiente con la intrusión en su casa o con el mensaje a su novia española, ahora también se metía con la encargada de acabar con su matrimonio.

Héctor y Abraham no podían contener ni disimular la risa. La cara que se le había quedado a Irene después de tal respuesta hacía que la infinita espera en ese lugar mereciera la pena. El hermano de Irene también sonreía, pero por respeto a su hermana intentaba guardar la compostura.

Qué pendeja —le susurraba Abraham a su hermano, y cuanto más reían ellos, más colorada se ponía Irene.

La puerta volvió a abrirse pasados unos quince minutos. La mujer de gafas leyó los nombres en un papel.

¿Héctor Ignacio García e Irene López? —preguntó a la sala. Héctor se levantó enseguida; a Irene le costó un poco más. La señora miró a Irene como si de un sapo asqueroso se tratara—. Pueden entrar con sus testigos, por favor. Solo quedan unas firmas y podrán marcharse. Ya sé que se encuentran muy apurados —dijo, lanzando una mirada significativa a Irene.

Héctor y Abraham volvieron a reír mientras entraban en el despacho de la mujer.

Pasados unos minutos y realizadas las mencionadas firmas, Héctor salió del Registro Civil con los papeles del divorcio y una magnífica sensación de tranquilidad. Respiró hondo y se sintió relajado. Al fin era un hombre libre.

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