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La decisión de Mara

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Lo primero de lo que tenía conciencia era de que había despertado delante de un atril, en medio de la nada espiritual. Por entonces solo era una pequeña alma que no sabía cómo había llegado allí. A su alrededor no había nada ni nadie. Había esperado pacientemente durante un tiempo cuando una silueta luminosa e indefinida apareció detrás del atril.

Hola, pequeña. Soy tu alma orientadora. Supongo que buscas un cuerpo —le preguntó aquel ser con una voz femenina extremadamente dulce. Antes de que pudiera contestar, el ser abrió un libro por la mitad y examinó una página con detenimiento—. Sí, precisamente esperamos varios nacimientos para mañana. Voy a mostrarte las opciones. No te separes de mí.

El ser dejó que su luz corporal se expandiera por la inmensa oscuridad y lo abarcara todo con su brillo. El alma se vio deslumbrada por unos segundos, y cuando abrió los ojos, su forma ya no era la de antes. Su nueva apariencia era pequeña, alada y estaba cubierta de plumas. Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba volando a muchos metros del suelo. Sintió el gratificante viento en todo el cuerpo y dejó que este la llevara a donde quisiera. Sobrevoló la ciudad, el bosque, y finalmente el mar. En esa forma podía sentir lo que era la libertad.

Veo que te ha gustado este —dijo la voz de la Orientadora. El alma miró a su lado, y vio que había tomado la misma forma que ella.

¿Qué soy? —le preguntó con palabras que dejaron un suave canto en el aire.

Un ave. El don de estas maravillosas criaturas, como ya has podido comprobar, es el de volar. Son preciosas, ¿verdad?

Son increíbles —corroboró el alma—, pero estoy impaciente por ver las demás opciones.

Entonces, sígueme.

Orientadora bajó en picado hacia el mar, sumergiéndose en las profundidades de este. El alma dudó por un momento y dejó que la inundara un absurdo miedo al peligro. Sin embargo, ese temor desapareció en cuanto se dio cuenta de que podía realizar cualquier temeridad y no salir herida, ya que no podía morir. Aún no había nacido. Así que, imitando a su guía, se lanzó en picado y cerró los ojos antes de entrar en el agua.

El mar la engulló en unos segundos. Sintió su frío tacto recorrer hasta la última de sus plumas; pero cuando volvió a abrir los ojos, estas habían desaparecido para dejar paso a una suave y grisácea piel. En este caso, su cuerpo era alargado y terminaba en una bonita cola. Miró a la superficie, y como si el instinto la impulsara, nadó hacia arriba y salió del agua, realizando una pirueta en el aire.

¡Me encanta esta forma! —exclamó cuando reconoció a Orientadora en otra criatura exactamente igual a ella. Estaba esperándola, tranquila, como si comprendiera que las decisiones importantes toman su tiempo—. ¡Es tan buena como la del ave!

Se llaman delfines. Son unos seres muy inteligentes, y rapidísimos nadadores —explicó.

Las dos juntas exploraron las profundidades marinas, maravillándose con ese mundo de fantasía lleno de corales, tesoros y peces de todos los colores. Escucharon el cantar de las ballenas y fueron testigos del colorido espectáculo de las medusas. Pero lo mejor de todo era la velocidad, los juegos, el océano en sí.

¿Vamos a por uno más? —le preguntó Orientadora, y antes de que pudiera replicar, se encontraba en un cuerpo de más tamaño, fuerte y musculoso, pero también lleno de energía. Su larga crin negra bailaba en el viento mientras corría por campo abierto—. No podrás quejarte. Estoy escogiendo los mejores. Esto es una yegua, bonita, fuerte y rápida.

El alma relinchó de entusiasmo. Con cada nueva figura se sentía más viva y llena de vigor. Tenía ganas de nacer, de vivir en uno de esos cuerpos y ser libre por fin, rodeada de la belleza de la naturaleza, ya fuera en el aire, en el agua o en la tierra. Todos y cada uno de esos aspectos eran fantásticos a su manera. Solo podía soñar con su nueva vida, que estaba a punto de comenzar.

De repente, vio algo en la lejanía. Eran unos seres que Orientadora todavía no les había mostrado. Caminaban sobre sus extremidades inferiores y usaban las superiores para trabajar. Solo tenían pelo en la cabeza —algunos ni eso—, y hablaban un lenguaje mucho más complejo que el de las aves, los delfines o los caballos. Se detuvo rápidamente, desconfiada, pero Orientadora llegó al trote a su lado, tranquilizándola con la mirada.

Tranquila. No pueden vernos. No estás viva, ¿recuerdas?

¿Qué son?

Humanos —lo dijo con un tono sombrío, despectivo, como si estuviera nombrando a las criaturas más bajas del planeta; como si no se merecieran siquiera ser mencionados.

El alma sintió curiosidad. Quiso preguntarle a Orientadora el porqué de su repentina seriedad, pero en vez de eso, decidió arriesgar con algo más.

¿Podemos probar ahora en esos?

Orientadora respondió su pregunta con una mirada fría y tensa.

¿Quieres probar un cuerpo humano? —preguntó, incrédula.

El alma se preguntó si debía continuar con su afán o renunciar, pero el misterio la envolvía y la curiosidad podía con ella. Necesitaba saber qué era lo que caracterizaba a esa raza a la que su alma orientadora parecía despreciar, y por ello, asintió y guardó silencio.

Orientadora mantenía el cuerpo tenso mientras meditaba la petición de esa pequeña vida que estaba a punto de nacer. Se encontró en un dilema durante unos segundos que parecieron horas, y finalmente, decidió que su trabajo solo era el de presentarle los distintos cuerpos en los que podría vivir el resto de su vida. Eran las almas las que debían elegir.

Está bien.

Una vez más, una luz cegadora lo abarcó todo, y minutos más tarde despertó en el cuerpo de una niña de larga melena pelirroja y ojos azules. Se miró las manos y movió los dedos, asombrada. Con ellos se podrían hacer tantas cosas…

A su alrededor se expandía una gran ciudad, llena de maravillas que en los mundos aéreo, acuático y campestre no habría podido ni soñar. Con sus largas piernas caminó y después corrió entre la gente. Observó las diferentes características de los humanos, y aunque intentó encontrar dos iguales no fue capaz; su olfato percibió el delicioso aroma de los dulces que preparaban en una pastelería, de la comida casera que una anciana preparaba en su casa, de los diferentes perfumes que usaban mujeres y hombres; escuchó la maravillosa voz de una chica que cantaba en la calle; y probó a escuchar la suya propia… Sus sentidos se hallaban extasiados.

Se paró delante de un escaparate, admirando la artesanía creada por las manos del hombre. Definitivamente, aquella especie era mágica. Vio su reflejo en el cristal y por primera vez supo lo que es sonreír. Descubrió que ese gesto era el más bonito que un ser humano puede hacer. ¡Y tan fácil! Solo tenía que mover un poco los labios.

Orientadora apareció detrás de ella en el cuerpo de una niña rubia de una edad parecida. Seguía seria y había cierta tristeza en sus ojos. El alma no podía entender cómo podía sentirse mal en un mundo tan asombroso.

No todo lo que reluce es oro —le explicó cuando se atrevió a preguntarle. Descruzó los brazos y le tendió la mano—. Ven. Quiero que veas la realidad de este mundo.

El alma la tomó, y acto seguido reaparecieron en la nada en la que se había encontrado en un primer momento. Todo volvía a estar oscuro… hasta que aparecieron aquellas imágenes. Eran cientos, miles, y todas horribles. El alma no sabía adónde mirar. Escuchó gritos, llantos, sollozos, súplicas, improperios… Empezó a fijarse más en aquellas escenas:

Un hombre era sacado a rastras de su casa, sin ninguna compasión. El señor de avanzada edad lloraba, tironeaba y suplicaba; en otra imagen, un hombre de mediana edad dormía en la calle tapado con unos cartones en mitad del frío invierno; en otra, una pelea a puñetazo limpio. Uno de ellos terminó sacando una afilada navaja y clavándosela al otro en el estómago; una madre pegaba a su hija con demasiada violencia como para ser una simple regañina; un adolescente rebelde insultaba a sus padres y los agredía constantemente; un grupo de niñas se burlaba de una compañera con sobrepeso; otros niños se insultaban unos a otros; un hombre pegaba una patada a un perro; otro, disparaba a un elefante por simple diversión; una señora miraba a otra por encima del hombro; un adolescente escupía a una joven y la insultaba solo por su tono de piel…

El alma cerró los ojos y se tapó los oídos. Estaba temblando. Tal vez de miedo, tal vez de rabia. Quizás de ambas cosas.

¡Basta, basta! ¡No quiero ver más!

Orientadora dejó que las imágenes se esfumaran al grito de aquella niña que se encogía y lloraba, negándose a presenciar más. El alma orientadora se acercó a ella con su cuerpo infantil, y esperó, pacientemente, a que las preguntas salieran de su boca. Debía ser algo impactante y duro para alguien que ni siquiera había nacido. No había querido hundirla, pero la había visto tan decidida a hacer su elección que había preferido enseñarle ese mundo por entero.

¿Por qué… ? —sollozó la niña—. ¿Por qué se comportan así?

Orientadora se encogió de hombros.

Así son. Se creen superiores a todo lo demás. Piensan que han conquistado la tierra y que pueden hacer y deshacer a su antojo, sin respeto por nada ni por nadie. La maldad y la ambición reina en sus corazones.

¿En los de todos? —se atrevió a preguntar.

No. No todos. También hay humanos buenos. Tanto que su existencia se hace insufrible, y eso es lo peor de todo. No se dan cuenta de que se necesitan los unos a los otros, que son todos iguales. Las diferencias han hecho estragos. Compiten y se dañan entre sí para estar por encima de los demás. No viven en armonía con la naturaleza, y tampoco entre ellos.

Pero ¿qué ha causado esa forma de ser?—quiso saber el alma.

Hay algo que los domina; algo que controla sus mentes. Se llama dinero.

¿Qué es eso?

Es un sistema por el cual puedes conseguir cosas. Cuanto más dinero tienes, más cosas podrás adquirir. Pero si no tienes dinero, no tienes nada. O mejor dicho, no eres nada.

¿Por qué dices eso?

¿Has visto ese señor al que sacaban a la fuerza de su casa? —El alma asintió, despacio, cautelosa, temerosa de la respuesta—. Lo echaban porque no tenía dinero para pagar el lugar donde vive.—El alma se quedó sin habla, impactada—. Supongo que te preguntarás qué pasará con ese hombre… Se llama Luis, y tiene 65 años. No tiene familia, no tiene recursos. Siendo tan mayor, Luis acabó en la calle. Durmiendo entre cartones y mendigando para comer. Y ¿sabes qué es lo peor? Que hay miles de casas sin habitar, pero como no puede pagarlas, Luis tiene que pasar el resto de sus días en la calle. ¿Te das cuenta, pequeña, del egoísmo y la codicia del ser humano? Son capaces de dejar que algunas personas mueran de frío o hambre con tal de que otros se hagan ricos. Es triste, porque hay recursos para todos…

¿Y los que tienen dinero, por qué no lo reparten?

Como ya he dicho, son egoístas y codiciosos. Todo el dinero que puedan tener no es suficiente. Viven por y para él. Les importa un comino los demás.

El alma tragó saliva y se secó las lágrimas de sus mejillas. Con voz estrangulada, siguió preguntando:

¿Y las niñas que insultaban a su compañera por ser de más peso que ellas?

En ese mundo hay una imagen que muchos siguen, y todos los que no estén dentro de ella a menudo son rechazados por la sociedad. Aunque, realmente, no importa cómo seas. Te criticarán y te insultarán de igual manera, ya seas gorda o delgada, alta o baja, rubia o morena…

Y ¿por qué ese chico insultaba a la joven de piel oscura?

Los humanos han creado límites en la tierra y le han dado nombres a lo que ellos llaman “países”. Esos límites no hacen sino acentuar sus diferencias. A menudo creen que son mejores que los de otro país, y no contentos con ello, se insultan, se agreden e incluso se matan. Es el llamado racismo. Se creen los dueños del mundo, y piensan que los demás son peores solo porque su tono de piel, su acento o su idioma son distintos. A menudo quieren ponerse por encima de otros, y ello ha provocado muchas guerras y matanzas estúpidas. Se destruyen entre ellos. No pueden ver que son la misma especie con diferencias mínimas. Pero se odian entre sí, solo por haber nacido en otro lugar… Es incomprensible.

Es realmente horrible —murmuró.

Y aún no has visto nada. Muchos son racistas, pero otro tanto son homófobos.

¿Qué quiere decir?

Que no soportan que un hombre quiera ser feliz junto a otro hombre o una mujer se enamore de otra mujer. A ellos también los persiguen.

¡Pero, ¿por qué?! —gritó, indignada. Se negaba a creer que en una raza pudiera caber tanto odio y estupidez—. ¿Por qué se meten en la vida de los demás? ¡¿Por qué no quieren que sean felices?!

Porque la felicidad de otros les corroe por dentro—respondió igual de indignada—. Porque sienten envidia.

¿Y los animales? ¿Qué pasa con ellos? ¿Por qué esos hombres los maltrataban?

Ya te lo he dicho. Se creen los amos del mundo. Los animales, según ellos, tienen que vivir a la manera que ellos manden. Los cazan y los maltratan por diversión; los encarcelan y los venden o exhiben como si sus vidas les pertenecieran. Hacen lo que quieren con ellos, y si dejan de interesarles, simplemente los quitan de en medio. Así es el humano. Cruel por naturaleza; insensible al dolor ajeno. Piensan que esas pobres criaturas no sienten, que no piensan, que no sufren.

El alma hizo entonces la temida pregunta:

Y si yo naciera en un cuerpo humano, ¿me volvería así de horrible?

Orientadora se encogió de hombros.

Eso no se sabe. Todo depende de la educación que te den tus padres. Los sentimientos que tienes ahora no te servirán de nada. Todos tus recuerdos serán borrados cuando nazcas en la especie que elijas. —El alma permaneció callada, mirando al suelo, confusa y triste. Orientadora suspiró—. Es algo complicado. Por eso espero que escojas bien…

¿Puedo ver a mi madre?

¿Qué? —La pregunta la había pillado desprevenida.

Quiero ver a la que será mi madre —pidió el alma con decisión—.¿Puedo?

Pues…, no es algo que se suela hacer. Pero supongo que no hay ningún problema.

La tomó de la mano y reaparecieron en una habitación de hospital. En una cama, junto a la ventana, yacía una mujer de pelo castaño. Con una dulce sonrisa acariciaba su abultado vientre. Ya solo quedaban unas horas para la operación. Aunque pareciera increíble, no estaba asustada. Había esperado demasiado a que llegara ese momento. Solo quería tener a su niña en brazos de una vez.

De repente, un hombre pelirrojo con algo de barba entró en la habitación con un ramo de flores. Tenía una sonrisa blanca y reluciente. Dejó las flores en un jarrón y besó a su mujer, entusiasmado. Había llegado el momento. Esa niña que nacería en unas horas era una bendición del cielo. Casi un milagro, después de tantos intentos fallidos. Colocó las manos en su cintura y besó repetidas veces la barriga de la mujer, que reía, dichosa.

¿Ese es mi padre? —preguntó, como hipnotizada. Orientadora asintió—. Es muy guapo.

Vamos, Mara, sal ya, que papá está deseando cogerte en brazos —le decía el hombre al vientre de su mujer.

El alma vio las sonrisas de ambos; sus miradas, totalmente limpias, exentas de ira, codicia o egoísmo; el amor con el que el hombre besaba a su mujer en los labios y en la barriga, y por un momento llegó a olvidarse de todo el odio que había llenado el gran vacío en el que se encontraba minutos antes. Se volvió hacia Orientadora y sonrió como solo una humana puede hacer.

Quiero nacer humana.

La Orientadora tragó saliva. Estaba confundida. No podía creer que eligiera esa vida después de haber presenciado la maldad característica de esa raza.

¿Estás segura?

Asintió.

Este mundo está lleno de malos sentimientos, de desgracias y de sufrimiento que el mismo hombre crea…, pero mi nacimiento hará feliz a estas personas. Sé que ellos me criarán debidamente y me enseñaran a querer, a respetar y a vivir en armonía con los demás, y así aportar mi granito de arena para que el mundo sea un lugar mejor. Si todos aportaran un poco de amor y no tanto odio, no habría tantas catástrofes. Si todos intentasen ser mejores personas… Ya sé que muchos no lo harán. Pero yo lo haré, y seré ese granito de arena que, al menos, hará la vida de algunas personas más feliz.

Orientadora exhaló un suspiro y la miró con seriedad.

Ojalá todo fuera tan fácil como suena, pequeña alma.

Mara —aclaró el alma—. Puedes llamarme Mara.

ALMA (1)

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