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Tu amistad es lo primero

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VIII

Tu amistad es lo primero

1

El secretario tecleaba en el ordenador, tomándose su tiempo, mientras Natalia miraba el reloj con impaciencia y tamborileaba sobre la mesa con la yema de los dedos. Ese hombre era eficiente y muy amable en sus formas, pero tranquilo como nadie. Natalia apostaba que, si ese señor de gafas tenía que morir de algo, no sería de un ataque al corazón. Manolo, como se llamaba el secretario, dejó el teclado y levantó la mirada.

Sí, no hay duda. Tu antiguo expediente sigue abierto.

¿A estas alturas de curso? —se quejó Natalia.

El hombre se encogió de hombros.

No fuiste a cerrarlo.

Pensé que lo cerraban cuando me matriculaba en otra carrera —contestó la chica, algo enfurruñada, pero intentando mantener un tono de voz apacible. Ya no recordaba que en «su sueño» había tenido que ir en una ocasión a Jerez a cerrarlo.

No, tienes que ir tú y pedir que te lo cierren.

El hombre volvió a teclear en el ordenador y a usar el ratón con la velocidad nata del que trabaja todos los días con ese tipo de máquinas. La impresora emitió un breve sonido y expulsó tres hojas exactamente iguales. Manolo las selló y se las entregó.

Ve a la secretaría de tu antigua Facultad y cuéntales el problema. Entrégales estas hojas. Una es para ellos, otra es para que te la quedes tú, y la última es para que nos la traigas. Te las sellarán.

Natalia asintió y guardó los documentos en su carpeta.

¿Tengo una fecha límite para entregarla? —preguntó antes de levantarse de la silla.

Manolo colocó las manos hacia arriba.

Cuanto antes mejor.

La joven exhaló un suspiro.

Entonces iré en estos días. Gracias.

Salió de la secretaría de la Facultad como alma que lleva el diablo. Llegaba tarde a la próxima clase. Subió las escaleras hasta la primera planta y corrió por el pasillo hasta el aula 19. Desde lejos pudo vislumbrar la puerta cerrada. El profesor ya había empezado la lección. Caminó hasta la puerta trasera. Abrió con sigilo y asomó la cabeza. El catedrático se había vuelto hacia el Powerpoint que se reflejaba en la pantalla. En la parte de atrás, Natanael, Gema y Teresa le hacían señas para que se sentara junto a ellos. En un momento de despiste del profesor, se escurrió por la abertura y corrió a su asiento, dejando a su paso la puerta abierta. Colocó sus cosas en la mesa y respiró, aliviada. El profesor miró hacia ellos, pero no hizo ningún movimiento ni dijo palabra alguna que le hiciera entender que la había visto entrar tarde.

¿Qué te han dicho? —le preguntó Natanael en un susurro.

Tengo que ir a Jerez a pedir que cierren mi expediente de Derecho —masculló, algo malhumorada.

¿Y ahora te lo dicen? —se extrañó Teresa.

Tendré que faltar un día a clases.

No te preocupes. Nosotras te pasamos los apuntes —comentó Gema.

Eh, querrás decir que yo le dejaré los apuntes. Tú nunca atiendes —le espetó Teresa.

Gema se echó a reír por lo bajo.

Oye, si vas a Jerez, ¿no verás a la tarada esa? —preguntó Gema—. La enferma terminal esa de la que nos contaste.

Teresa levantó la mirada de los apuntes como si de un resorte se tratara.

¡Es verdad! ¿Qué vas a hacer si te la encuentras?

Natalia se encogió de hombros con indiferencia.

Pasar de ella. Solo voy a secretaría y me vuelvo. No la he vuelto a ver desde que estuvo en mi casa ese día.

¿Qué te han contado las demás? —quiso saber Teresa.

Al parecer ya ha conseguido otras amigas.

Natanael soltó una risilla.

Ya ha engatusado a otras —comentó.

Sí, y al parecer no les ha hablado demasiado bien de nosotras. Marina me ha dicho que cada vez que se encuentran con ella —Claudia y Sonia se llaman—, las miran con una cara… Como si fueran a vomitar.

Si es tan mala como aseguráis, les habrá contado cualquier cosa —dijo Gema.

Ella es la víctima —masculló Natalia—, y nosotras somos las malas amigas que la hemos traicionado. Me gustaría saber la nueva película que se ha montado ella sola.

La voz del profesor se fue haciendo más cercana. El hombre se acercaba, caminando tranquilamente por la clase a la vez que daba sus explicaciones. Llegó a la puerta y la cerró sin cuidado alguno, sobresaltando a los más despistados.

Por favor, si vais a llegar tarde, os agradecería que cerrarais la puerta al entrar —comentó, fijando sus experimentados ojos en la joven de pelo rizado.

Natalia enrojeció al instante. Era imposible engañar a ese profesor. Nunca se le escapaba nada.

2

El tren con destino Jerez de la Frontera llegó con puntualidad a la estación de San Fernando Centro. Natalia subió con mal sabor de boca. Ese tren lleno de futuros juristas, criminólogos y administrativos le recordaba demasiado a sus días en la carrera de Derecho. Sin duda, una de las peores decisiones que había tomado. Las puertas se cerraron entre molestos pitidos de aviso y el tren se puso en marcha. Las personas que habían entrado tomaron asiento en el primer sitio que encontraron, pero ella quería un lugar tranquilo donde leer la media hora de trayecto que quedaba hasta la última parada. Pensó en buscar a sus amigas, pero recordó que en el segundo año de carrera les tocaba horario de tarde.

En aquella parte del tren había unos cuantos asientos libres, pero frente al primero se hallaba sentado un señor de espesa barba y cara de pocos amigos; el segundo asiento era el que quedaba libre al lado de unos niños que no paraban de lloriquear y pegar berridos por Dios sabía qué razón; y el último estaba «ocupado» por una señora que, sin ninguna contemplación para con los demás pasajeros, había plantado su bolso y su chaqueta en él. Frunció el ceño y se dirigió a la parte delantera del tren, donde la gente prefería no ir por simple pereza.

Escogió un lugar de espaldas a una de las ventanas y sacó su Lingua latina del bolso. Su profesor de latín se lo había recomendado para mejorar su nivel. Los veinte euros que costaba el libro la persuadieron en un primer momento de hacerse con él, pero con el paso del tiempo, dándose cuenta de que su profesor no le enseñaría nada que ya supiera, y que la profesora que impartía las prácticas pensaba que sus alumnos ya sabían todo lo que debían saber de la lengua —nada más lejos de la realidad—, decidió hacer esa pequeña inversión para su futuro.

No pasó mucho tiempo hasta que notó que alguien la miraba. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero tras pasar la estación de Puerto Real y seguir con esa sensación, supo que realmente alguien no le quitaba los ojos de encima. Levantó la cabeza disimuladamente, como si quisiera ver el paisaje o estirar el cuello, y entonces la vio. Era una joven de cara fina y pelo corto que viajaba sentada al lado de su novio. Natalia la reconoció de inmediato. Había estado en su clase durante el primer cuatrimestre de Derecho. Se llamaba Claudia, y era la nueva mejor amiga de América.

Miró entonces a la chica que intentaba destacar sobre la voz del chico con sus chistes malos y sus falsas carcajadas, y se preguntó cómo no se había dado cuenta antes del escándalo que formaba esa niña.

Volvió sus ojos hacia Claudia. Esta la miraba como quien mira a una babosa, con repugnancia y deseos de pisotearla. Natalia fijó la mirada en su libro de nuevo con una sonrisa irónica. A saber lo que le habría contado su examiga sobre ella y las demás.

Durante cinco minutos, la miró de reojo. No parecía haberle dicho a América nada sobre su presencia, pero efectivamente no le quitaba ojo, y con cada segundo que pasaba, algo se removía en el interior de Natalia, como un demonio que luchaba por salir. Apretó las manos alrededor de su Lingua latina. Después de todo, las malas eran ellas. Claro. Eso debía pensar todo aquel que se hubiera relacionado con América desde el momento en que la pandilla la había dejado de lado.

El tren llegó a Valdelagrana. Aún quedaba un rato para llegar a Jerez. Natalia levantó la cabeza y su mirada chocó con la de Claudia directamente, sin miedo ni vergüenza. No estaba dispuesta a que la trataran como a un insecto cuando había sido otra la bruja de la historia. Cerró su libro, lo metió en el bolso y, tranquilamente se levantó de su asiento. Por un momento, pensó que lo que estaba a punto de hacer era una locura; pero no podía aguantarlo más. Tenía que hacer algo. Caminó con parsimonia hasta donde se encontraban la pareja y América, sonriendo en todo momento a Claudia, cuya expresión se iba deformando y su rostro iba palideciendo a medida que avanzaba. Finalmente, llegó hasta el asiento que quedaba libre y se sentó en él como si nada. Los tres se quedaron mirándola.

Hola, eres Claudia, ¿verdad? —le preguntó como si no hubiera visto a América sentada justo a su lado.

Sí… —contestó la chica, confundida.

He visto que me estabas mirando, y he pensado: «¿De qué me suena esta chica?» Y al final me he dicho: «¡Ah, claro, pero si estuvimos juntas en primero de Derecho!» Soy Natalia. ¿Te acuerdas de mí?

Claudia balbuceó durante unos instantes. No sabía qué responder. Lo que menos se había esperado era que esa chica se acercara y entablara conversación con ella como si no pasara nada. La había dejado sin armas, sin palabras groseras con las que mandarla a paseo. La había descolocado con su reacción.

Este sitio está ocupado —dijo la chica que se encontraba a su lado, y a la que todavía no había mirado.

Natalia mostró una sonrisa más falsa que un billete de siete euros y se volvió hacia ella. En su mente, imaginaba mil formas distintas de torturarla.

¡Anda, hola! No te había visto —mintió descaradamente—. ¿Que está ocupado? —Se volvió levemente hacia el asiento—. Lo siento, señora invisible, no la había visto.

Y empezó a reír ella sola. Después, dejó su bolso sobre sus piernas y se acomodó.

No te preocupes —le dijo cuando vio que fruncía el ceño y se ponía mortalmente seria—. Enseguida me voy. Solo quería preguntarle una cosa a Claudia—puntualizó, señalándola con el dedo.

En ningún momento perdía la sonrisa, pero quien conociera a Natalia, quien supiera interpretar el brillo de su mirada y cada una de sus expresiones, sabía que esa pequeña curvatura en sus labios no podía traer nada bueno. Era una sonrisa peligrosa; la que pondría un depredador a punto de lanzarse contra su presa.

Dime —le pidió con voz suave y afilada, a la vez que se inclinaba levemente hacia delante—, ¿qué te ha contado tu nueva amiga de nosotras, y en especial de mí, para que me mires como si quisieras tirarme a las vías del tren?

Se hizo el silencio durante unos segundos. Un silencio tenso y frío. América tragó saliva y miró a ambas chicas con el corazón encogido. El novio de Claudia presenciaba la escena ajeno a todo. Claudia ni siquiera parpadeó.

Todo.

Natalia abrió los ojos todo lo que pudo y frunció los labios. Volvió a colocar su cabeza en el respaldo y cruzó los brazos con una sonrisa malintencionada.

¡Ah, todo! ¡Perfecto! —exclamó como si de verdad se alegrara—. Entonces supongo que te habrá contado lo de la leucemia, el cáncer de laringe, la bulimia…

La expresión inquebrantable de Claudia se desintegró poco a poco. Entonces Natalia supo que no sabía nada de aquello. Había llegado su momento.

¿Qué? —murmuró Claudia.

¿Se le ha olvidado contarte eso? —preguntó con gesto inocente—. Pues nada, resulta que tu amiga nos contó en Bachillerato que tenía Leucemia. No sabes lo mal que lo pasé, y todo era mentira. ¡Pero no pasa nada, porque lo importante es que tú estés sana y no que nos hayas hecho daño, ¿verdad, cariño? —dijo, volviendo la cabeza hacia América y guiñándole un ojo.

La joven no se atrevía a decir una palabra. Pálida y callada, parecía a punto de desmayarse. Natalia la examinó unos segundos y continuó sin pudor.

No conforme con ello, a otras dos amigas —Marina y Rocío, ¿las recuerdas?—, les dijo que tenía cáncer de laringe. ¡Qué locura, ¿a que sí?! —comentó como si le hiciera gracia—. Les dijo que se estaba dando quimioterapia. Les contaba cómo le dolía, y Marina estuvo a punto de cortarse el pelo en solidaridad con ella. A mí no me contó nada de eso —aclaró—. Hubiera sido muy raro que tuviera dos enfermedades al mismo tiempo, claro. Pero aquí no acaba todo.

América apretó los labios. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

Engañó a su novio con Rocío y le dijo a esta que lo dejaría por ella, pero nunca lo hizo. Intentó alejarnos a unas amigas de otras poniéndonos en contra de las demás. —Miró directamente a América. La chica no se atrevía a levantar la mirada. En ese punto, sollozaba en silencio—. Y no contenta con eso, se puso a calentar a mi exnovio y a pedirle que se acostara con ella mientras aún estábamos juntos.

La sonrisa había desaparecido de su cara, y ahora solo quedaba reproche en su voz y odio en su mirada. Se volvió hacia Claudia por última vez. La joven parecía confundida; como si no supiera si debía creerla a ella o a su supuesta amiga.

Me contó, llorando, que había dejado a su novio porque la había violado. Que tenía una orden de alejamiento. A otra amiga le contó que la había violado un profesor particular —habló tan seria que Claudia no podía dejar de escucharla—. Cuando descubrimos todas sus mentiras, acudimos a su primera novia. A ella le había contado que era bulímica. Y, ¡no os lo perdáis! ¡Le había dicho que yo era homófoba! Por eso esa chica no me soportaba hace años.

La voz femenina del tren anunció que estaban a punto de llegar a Jerez de la Frontera. La gente empezó a levantarse de sus asientos, a preparar los abrigos y sus mochilas. Sin embargo, los cuatro jóvenes no se movían de donde estaban. Natalia relajó su expresión inundada de rencor y rabia, y dejó que Claudia viera el dolor que le había producido tener una amiga como América en su vida. La susodicha, seguía llorando en su asiento, sin intentar interrumpir la conversación.

Esta chica no puede ser amiga de nadie. No se alegra con el bien ajeno y solo busca llamar la atención, sin importar el daño que pueda hacer. Si no me crees, puedes preguntarle a las demás. Pero no creo que haga falta. Solo tienes que fijarte en que esta mentirosa no ha abierto la boca para desmentirme.

Se colocó el bolso de nuevo. El tren paró y los pasajeros comenzaron a bajar.

Tened cuidado con ella —les aconsejó antes de salir del tren y desaparecer entre la muchedumbre.

3

Natalia llamó un par de veces a la puerta de Natanael. Desde fuera se escuchaba una bonita melodía de guitarra. Natanael le dio permiso para pasar, y abrió la puerta despacio. El chico se encontraba sentado en su cama, con el instrumento entre las manos. Cuando vio quién era la que llamaba, sonrió.

Entra.

Natalia cerró la puerta tras sí y tomó asiento a su lado.

¿Qué tocas?

Nada en especial. Estoy improvisando.

¿Puedo escuchar cómo improvisas?

Natanael respondió colocando los dedos de la mano izquierda en posición y pasando los de la derecha con delicadeza por las cuerdas. Tenía una gran habilidad para tocar. Según sabía, su padre era profesor de guitarra y había empezado a enseñarle cuando él era todavía muy pequeño. El resultado demostraba el trabajo que había detrás. Viéndolo tocar con tanta rapidez y destreza, parecía fácil. Cuando de la guitarra escapó la última nota, Natalia prorrumpió en un aplauso sincero. Era fascinante oír aquella música improvisada, pero tan trabajada a la vez. Natanael hizo un gesto con la mano.

Gracias, gracias. Esta pieza se la dedico a mi mayor fan: la señorita Natalia Jiménez, aquí presente.

Qué gran honor —rio la chica.

Natanael metió el instrumento en su funda. Natalia notó el cuidado y el cariño con el que lo trataba. Parecía imposible que alguien con tanta sensibilidad pudiera hacer las cosas que había llegado a hacer. O, mejor dicho, las que llegaría a hacer si no lo evitaba. Recordó las palabras que le había oído decir la última vez que había hablado con él en ese mundo paralelo en el que se había visto envuelta:

«Te quiero, Natalia. Cuando terminaste con David, pensé que había llegado mi oportunidad para conquistarte, pero al parecer alguien ya se había adelantado. No podía aceptarlo…»

Natanael, tengo que hablar contigo.

El joven mostró una sonrisa nerviosa.

Qué seria te has puesto…

Es algo delicado.

Natanael dejó apartada su sonrisa. Su rostro reflejó un alto grado de preocupación. Colocó la guitarra al lado del armario y puso toda su atención en ella.

Bien, dime.

Natalia se removió, incómoda. No sabía cómo debía empezar. No podía contarle todo lo que había pasado —o que pasaría en el futuro—. La creería loca. Se reiría de ella y no la tomaría en serio. Debía abarcar el tema de una forma diferente.

He dejado a David…

La expresión del chico no dejó de ser seria, pero a Natalia le pareció apreciar un brillo de esperanza en sus ojos azules. Era lo que había esperado.

Vaya…, lo siento. ¿Qué ha pasado?

Se acabó el amor. —No mentía, solo había ocultado parte de la verdad. Agarró una mano de Natanael y la apretó con fuerza, tal vez para ablandarlo un poco y prepararlo para lo que venía a continuación. Debía admitir que se sentía un poco asustada por su reacción—. Natanael, sé que te gusto…

Él dejó de respirar unos instantes y enrojeció por completo. Tragó saliva y la miró a los ojos. Por un momento pensó que se iba a declarar, pero en sus ojos no había amor, solo tristeza. No sabía por qué le había sacado ese tema, ni adónde quería llegar, pero debía ser algo realmente importante, así que asintió.

Sí, me gustas —reconoció, sintiéndose más valiente de lo que en realidad era—. Pero no pensaba entrometerme en tu relación.

Ya lo sé —dijo ella, y apretó de nuevo su mano—. Tenía mucho miedo de hablar contigo de esto —admitió—. Eres uno de mis mejores amigos. Te quiero muchísimo, pero no te veo con los mismos ojos con los que tú me ves a mí.

Una mueca de desilusión. Natanael bajó la mirada.

Entiendo.

Me asusta la manera en la que puedas reaccionar si me enamoro de otra persona —dijo, recordando las peleas, los gritos, la bofetada, los insultos, la fotografía… Se acercó un poco más y le dio un abrazo fraternal—. No quiero que dejes de ser mi amigo. Eres demasiado importante para mí. Por favor, no te alejes.

Natanael la apretó fuerte contra él, respirando su aroma, y de repente se sintió hundido. Ella le gustaba más que a nada. Llevaba enamorado de Natalia desde hacía meses. Pensar que nunca la tendría no era algo fácil de asumir, y más cuando ella misma se lo confirmaba.

Somos amigos —murmuró—. ¿Por qué piensas que me alejaré de ti?

Entonces, ¿si algún día me ves con otro, no te enfadarás? ¿No dejarás de hablarme? —le preguntó.

Natanael permaneció callado durante unos instantes. Verla con otro sería un duro golpe. No sabía si podría soportarlo, pero tampoco entendía cómo era posible que ya estuviera pensando en una nueva relación, habiendo terminado una hacía tan poco tiempo. ¿Acaso ya tendría a otro?

¿Lo dices porque ya estás con alguien más? —se atrevió a preguntar.

Natalia dudó. No, no se podía decir que estaba con alguien, pero sabía que no podría volver a enamorarse a menos que se quitase a Héctor de la cabeza.

No…, no lo sé. Es complicado.

Natanael frunció el ceño y gruñó. Natalia volvió a abrazarlo, segura de que su amigo volvería a reaccionar de forma violenta. Estuvo a punto de echarse a llorar. La presión, la tensión estaba pudiendo con ella. Llevaba a su espalda una carga demasiado grande. Sin embargo, aguantó sin soltar una sola lágrima.

No quiero perderte. Por favor… No sé qué decirte para pedirte que no se termine nuestra amistad.

Natanael exhaló un suspiro. No iba a llorar; tampoco se iba a enfadar. Nunca la había tenido, así que no sabía lo que era perderla. No podía culparla por no quererle a él. Al fin y al cabo, ella le había dado más de lo que podría desear: su amistad, que era más grande que cualquier enamoramiento pasajero que pudiera sentir por cualquier otro.

«Eso es», se dijo.

Se esforzaría por convertirse en su mejor amigo. Sería el número uno, el que siempre estaría allí para ella, el que la consolaría cuando las cosas fueran mal y la haría reír. La ayudaría a estudiar y a divertirse. La acompañaría en sus días libres y la trataría como una princesa. Poco a poco se la iría ganando, y estaba seguro de que tarde o temprano conseguiría conquistarla. Solo necesitaba tiempo, paciencia y mucho coraje para soportar a todo aquel que se le acercara.

No me perderás —dijo, besándole la mejilla—. No importa si no sientes lo mismo por mí. Soy tu amigo y no te dejaré por eso.

¿De verdad?

De verdad. No pasa nada, ¿vale? Si no puedo ser nada más para ti, seré tu mejor amigo. Con eso me conformo. Tu amistad es lo primero. —La estrechó con fuerza entre sus brazos—. Y siempre lo será.

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