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Confianza y amistad

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III

Confianza y amistad

1

Gema copió el anuncio en cuatro hojas distintas.

«Somos tres chicas y buscamos una persona para compartir piso cerca de la Facultad de Filosofía y letras. Si te interesa llama al: 856789787. Pregunta por Gema.»

No había querido poner el precio por si preguntaba por el anuncio alguien desagradable. En ese caso, solo tenía que poner un precio excesivo y la persona interesada dejaría de estarlo. Era una táctica infalible. Colgó una en la entrada de la Universidad, otra en la puerta de la biblioteca, y una más al lado de cafetería. Eran lugares donde los vería mucha gente. Por último, se dirigió al tablón donde los estudiantes se ofrecían para impartir clases particulares, buscaban piso o anunciaban alguna fiesta universitaria. Si alguien estaba interesado en alquilar una habitación, acudiría allí sin pensarlo. Lo colgó con una chincheta y se abalanzó hacia el pasillo para llegar a casa lo antes posible. Estar en la Universidad por la tarde tenía un efecto deprimente en ella, y las chicas debían estar preguntándose dónde se había metido.

¡Espera!

Se dio la vuelta. Un chico de flequillo castaño miraba el cartel que acababa de poner. Lo arrancó del corcho sin consideración y clavó sus ojos azules en ella.

¿Cuánto?

Gema pestañeó un par de veces, lo miró de arriba abajo y frunció los labios, pensativa. Nunca había pensado que sería precisamente él quien quisiera alquilar la habitación. Pensaba que, siendo una casa habitada por mujeres, sería una fémina la que entrara a vivir con ellas.

¿Quieres alquilarnos la habitación?

¿Hay algún problema? —preguntó el chico, volviendo a dejar el cartel en el corcho.

No, ninguno. Si no te incomoda vivir con chicas…

El joven sonrió.

Creo que podré sacar mi lado femenino.

Gema rio. Podría estar bien.

Son unos ciento cincuenta euros aproximadamente —informó al fin.

El chico abrió tanto los ojos que parecía que estos fueran a salirse de sus órbitas. Gema no supo en un principio si la sorpresa era buena o mala, pero cuando lo vio sonreír, confirmó que era una gran noticia para él.

¿Me acompañas a la cafetería a tomarme un café y hablamos de las condiciones? —ofreció el muchacho sin pensárselo ni un segundo.

2

Natalia escuchó el sonido de la puerta desde su habitación. Era Gema, que llegaba de Dios sabía dónde. Había estado fuera largo rato. Miriam había preguntado por ella, pero no había sabido responderle adónde había ido.

¡Ya estoy aquí! —Su voz era inconfundible—. ¡Natalia!

La llamaba. A saber qué anécdota quería contarle. Se levantó del escritorio sin preocuparse por su aspecto desarreglado y recorrió el pasillo. A medida que avanzaba hacia el salón, su oído percibió una voz masculina. ¿A quién había traído?

Se paró en la puerta y en la estancia pudo ver a sus compañeras de piso conversando animadamente con un joven alto de pelo castaño que le resultó demasiado familiar. Cuando se volvió hacia ella y vio sus ojos azules, supo que algo andaba mal en su cabeza.

¡Ah, mira, Natalia, ya he conseguido un compañero de piso! —exclamó Gema en cuanto la vio.

El joven sonrió a la chica, que se había quedado muda, y se acercó a ella.

Hola, soy…

Natanael —lo interrumpió ella.

El chico se mostró sorprendido.

¿Sabes mi nombre?

Natalia estaba a punto de quedarse muda de nuevo, pero no permitió que los nervios la traicionaran.

Estamos en la misma clase —improvisó, y antes de que pudiera preguntarle al respecto, se presentó—. Yo soy Natalia.

Encantado.

Lo mismo digo —respondió, mostrándole la mejor de sus sonrisas, fingiendo que nada ocurría.

Cuando vio que el chico se quedaba embobado mirándola, supo que no debería haberse mostrado tan encantadora, pues en un futuro podría arrepentirse. Gema cogió las dos maletas que Natanael había dejado en la entrada y le dio una a él y otra a Natalia.

Anda, ¿por qué no le enseñas su habitación, y que se vaya instalando?

Oh, ¿ya te quedas? ¿Sin ver la casa y sin nada?

Natanael se encogió de hombros. Gema los empujó a ambos hacia el pasillo y anduvieron con el equipaje por el angosto corredor. Natalia se paró delante de la habitación que estaba frente a la suya y abrió la puerta. Natanael entró detrás de ella. La habitación era pequeña, pero luminosa, y estaba limpia y ordenada.

No es muy grande… —comentó Natalia.

Es perfecta —dijo Natanael, soltando la maleta encima de la cama—. La casa en la que vivía antes era una pocilga y mi habitación daba pena. Era oscura, la cama estaba rota, la silla del escritorio cojeaba…, y todo por el módico precio de cuatrocientos euros al mes.

¿Cuatrocientos? —repitió Natalia, horrorizada—. ¡Menudo robo!

Y que lo digas. Por eso ni me lo he pensado cuando he visto el cartel de tu amiga. Estaba deseando dejar ese sitio.

Abrió el armario y comenzó a meter ropa de la maleta.

Lo imagino.

Oye, es verdad que estamos en la misma clase, pero nunca habíamos hablado —comentó mientras sacaba su portátil de una de las mochilas y lo colocaba en el escritorio.

Es cierto.

¿Por qué? —preguntó.

Soy muy tímida —se excusó ella.

Pues se acabó la timidez —declaró—. A partir de ahora somos compañeros de piso, y exijo confianza y amistad con las personas que conviven conmigo. ¿Trato hecho? —dijo, ofreciéndole la mano.

Natalia lo miró.

«Confianza y amistad… ¿Y si llegases a traicionarme?», quiso decirle, pero se mordió la lengua a tiempo. «Solo fue un sueño. Solo un sueño», se convenció a sí misma.

Claro. —Y aceptó su mano—. Confianza y amistad.

Natanael sonrió, y volvió a sacar cosas de su maleta. Natalia buscó con la mirada la guitarra española que Natanael tocaba cada noche, pero no la veía por ninguna parte. El chico la pilló desprevenida, mirando hacia todos lados.

¿Qué buscas?

¿Y tu guitarra? —preguntó sin pensar.

Natanael frunció el ceño y permaneció callado y pensativo. Natalia se percató de que una vez más había metido la pata. Ella no tenía por qué saber que él tocaba ningún instrumento, y seguramente todo era un producto de su imaginación. Si allí no había ninguna guitarra era porque él no tocaba. Gema abrió la puerta sin llamar y le tendió al joven el preciado instrumento envuelto en su funda. El corazón de Natalia dio un brinco. Una vez más había acertado.

Te la has olvidado en el salón.

Natanael la dejó sobre la cama. Gema cerró la puerta, y entonces reinó el silencio. Natanael la miraba de forma rara, como intentando adivinar qué pasaba por su mente.

¿Cómo sabías lo de la guitarra?

Pero Natalia era lista y rápida para mentir.

La vi antes en el salón —explicó con una sonrisa nerviosa.

El teléfono empezó a sonar. Dio un par de tonos y de repente enmudeció. Segundos más tarde, Gema llamaba a gritos a Natalia, y la chica vio la oportunidad perfecta para escabullirse. Agarró el pomo de la puerta y antes de salir, dijo:

Espero que algún día toques algo para mí.

3

Quedarse allí parada, donde siempre quedaban David y ella, le revolvía el estómago, pero no podía seguir huyendo de la realidad. Así que cuando David la había llamado el día anterior, decidió quedar con él y hacer como si no hubiera pasado nada. Se excusó a sí misma, argumentando que la Universidad la tenía muy agobiada, y que había tenido algunos problemas familiares. David no había querido entrar en detalles, y la había perdonado por su comportamiento anterior.

Pero Natalia no se sentía bien. Al contrario: era como si se encontrase en una pesadilla permanente de la que no podía despertar. Creía haber pasado a otra etapa de su vida, donde tenía una nueva pareja de la que estaba profundamente enamorada, pero todo aquello no era más que una vil jugarreta de su inconsciente. Así que una vez más estaba delante del centro comercial, donde la rutina volvía a golpearla. Siempre era igual: ella llegaba cinco minutos antes y él más de cinco minutos tarde, lo que la hacía esperar algo más de diez minutos de pie, sola y aburrida. Después, él llegaría, le daría un beso insípido en los labios y se irían a caminar agarrados de la mano. Pero su tacto ya no sería suficiente, pues había aprendido a pasear tomando una mano más adulta.

«Él no existe. Métetelo en la cabeza», se repetía una y otra vez, pero de nada servía. Héctor seguía vivo en su mente, y tenía más vida que nunca.

Reconoció a David en la lejanía por la misma camiseta de cuadros que usaba cada día y por sus pesados andares. Se dirigió a él, sintiéndose también ella terriblemente cansada. Había salido más por obligación que por querer pasar un rato con él. Una parte de ella sentía cierta aversión por el chico. Cuando este se inclinó para besarla, tuvo el instinto de volver la cara, pero él la agarró a los dos lados de la cabeza. Nada más sentir esos babosos labios sobre los suyos tuvo la certeza de que iba a vomitar. Sintió calor en las mejillas y frío en la espalda. Un gusto amargo subió por su garganta. Le empujó y se tapó la boca. Intentó no respirar. Su colonia, su olor, también le provocaba náuseas. Esa fragancia que antes tanto le había gustado, ahora la hacía sentirse mal. David no entendía nada.

¿Qué pasa? —le dijo, preocupado, colocando una mano sobre su hombro.

No me beses hoy. No me encuentro muy bien. Tengo ganas de vomitar…

David mostró decepción en su rostro. La tomó de la mano y la miró con tristeza.

¿Te sientes muy mal? —La chica asintió. Tal vez así se librase de su compañía, y pudiera irse a casa—. ¿Prefieres que vayamos a mi casa a ver una película, tranquilos?

Natalia hizo una mueca. No había sido eso lo que esperaba conseguir, pero finalmente asintió. Era mejor que nada. David la agarró de la cintura y caminó sobre sus pasos. Natalia estaba pálida. Tenía mala cara.

Suspiró.

Hoy no hay nadie en mi casa —comentó de repente—. Es una pena que no te encuentres bien para… Porque no te encuentras bien para eso, ¿verdad? —intentó.

Natalia frunció el ceño. Esa era una de las cosas que tanto le asqueaba de David. Siempre pensando en el sexo, siempre en su propio placer, y no en el bien de ella. No pudo evitar compararlo con su novio imaginario. Sabía lo que habría dicho y hecho Héctor. Primero le habría besado las manos, habría mostrado verdadera preocupación por su estado, la habría llevado a casa y hubiera hecho todo lo posible por que se sintiera mejor. Ni se le habría pasado por la mente pedirle que aprovecharan que la casa estaba vacía. No, no lo hubiera hecho. Él era un hombre, no un niño como David.

¿Quieres que vomite en tu cama? —No pudo evitar que el tono fuera claramente hostil.

Bueno, tranquila. No hace falta que te pongas tan borde.

No es que yo sea borde, David; es que tú tienes la sensibilidad de una piedra. Te acabo de decir que me encuentro mal, y lo único que se te pasa por la cabeza es sacarme ese tema. ¿Eso es todo lo que te preocupas por mí?

Vale —dijo, frunciendo el ceño—. No debería habértelo preguntado.

Desde luego que no.

Sentía una opresión en el pecho. En su mente no paraba de preguntarse qué demonios hacía con un chico así y cómo era posible que no le hubiera dejado de una vez por todas. Entonces, se le ocurrió algo: ¿acaso ese sueño tan real había sido una especie de empujón que había creado su inconsciente para romper con David? Hacía mucho tiempo que se sentía insatisfecha, que sabía que David no sería el hombre con el que pasaría el resto de sus días. Tal vez su cabeza había creado todo ese mundo paralelo para convencerla de que ese chico no era para ella y que si su relación se terminaba, podría encontrar a alguien con el que fuera mucho más compatible. Alguien más adulto.

«Alguien como Héctor.»

4

Habían escogido el Ayuntamiento como punto de encuentro. Carmen y Natalia quedaron antes, como siempre hacían, y se encaminaron juntas hacia la Plaza del Rey. Natalia estaba más callada que de costumbre, y Carmen notó enseguida que algo le pasaba, pero no quiso agobiarla con preguntas que la harían sentir peor, así que esperó a que ella quisiera abrirse. Natalia no le contó nada de lo ocurrido las semanas precedentes. No quería que pensara que había perdido la chaveta. Pero sí le habló del estancamiento en el que se encontraba su relación con David, y en esto se explayó a sus anchas. Carmen la escuchaba atentamente y le aconsejaba, poniendo cuidado en cada palabra. Era un tema delicado, y no quería estropearle la noche a su amiga nada más empezar.

Cuando llegaron al Ayuntamiento, Teresa ya estaba allí. En las últimas semanas, Natalia había hecho un gran esfuerzo por trabar amistad con ella e integrarla en el grupo. Le hubiese resultado muy raro quedar con sus amigas y que ella no estuviera. Marina llegó unos minutos más tarde. Su casa estaba a unos minutos de allí, y caminaba a paso tranquilo.

Solo quedaba Rocío, que rara vez se retrasaba.

Me acaba de llamar. Dice que ya están cerca —dijo Marina.

«¿Están?», se preguntó Natalia.

¿Viene con el novio o qué? —inquirió.

Marina se volvió hacia ella, extrañada.

No —respondió, y si no fuera porque vislumbraron a Rocío corriendo hacia ellas, hubiera completado su respuesta.

¡Chicas!

Natalia quedó pálida. Detrás de ella venía América, cansada y sonriente.

¡Que no cunda el pánico! —gritó desde lejos—. ¡Ya estamos aquí!

Llegaron hasta ellas con la respiración agitada y la frente sudorosa. Se apoyaron sobre sus rodillas y esperaron a recuperar la compostura para besar a sus amigas.

¡Qué pechá de correr, carajo! —exclamó América.

Dio un beso a Marina, a Teresa, a Carmen…, y cuando llegó a Natalia, esta se echó hacia atrás, evitando su contacto y asesinándola con la mirada como si fuera un insecto verde y asqueroso.

¿Quién coño ha invitado a esta zorra? —soltó en voz alta.

América se quedó lívida. Las demás se volvieron hacia Natalia, anonadadas. La chica las recorrió con la mirada. Había esperado que alguna de ellas la apoyara y echaran entre todas a esa mentirosa compulsiva. Pero lo que encontró en sus rostros no fue rechazo, sino sorpresa. Después miró a América, que no se había atrevido a abrir la boca. Natalia dejó escapar una sonrisa y comenzó a reír a carcajadas. América también sonrió levemente, y el grupo se destensó al comprender que no era más que una broma. Natalia abrazó a América.

¡La cara que se te ha quedado! —exclamó.

¡Joder, es que estabas tan seria que me lo he creído! —se excusó.

Las demás también rieron. Solo Carmen fue capaz de adivinar la verdad en las palabras de su amiga. Cuando decidieron ir al pub más cercano y dejaron atrás la Plaza del Rey, Natalia aún sentía el corazón bombeando más rápido de lo normal por haberse expuesto de esa forma. Solo cuando Carmen le dio un codazo, la miró con complicidad y rio por lo bajo, supo tranquilizarse. Al fin y al cabo, todo había quedado como una broma.

5

Con cada día que pasaba, Natalia se sentía más perdida y confusa. La aparición de Natanael como compañero de piso había terminado por trastornarla de tal manera que ya no sabía qué era real y qué ficticio. A menudo soñaba con Héctor. En su cabeza aparecían escenas de ese sueño que se le antojaban demasiado reales. A veces se confundía de clase y se dirigía a las de segundo semestre, y en ocasiones llamaba Héctor a David. Solía sospechar de Natanael y de América sin ningún motivo y se sorprendía a sí misma ahorrando dinero compulsivamente, como si estuviera preparándose para un viaje que habría de hacer en un tiempo.

Esa madrugada volvió a soñar con él. Estaban en el hotel de Madrid en el que se habían hospedado en sus sueños. Héctor aparecía a su espalda y la abrazaba con fuerza. Pudo sentir su vello erizándose, escalofríos recorrer su espalda. Héctor la besó como si fuera la última vez que lo hiciera. La suavidad y el sabor de sus labios parecían tan reales… Y de repente, despertó, sintiendo que le habían arrebatado un bonito recuerdo en vez de una ilusión. Con el corazón a mil por hora y la frente chorreando sudor, se levantó de la cama y sacó del escritorio el cuaderno en el que había escrito unos días antes.

A ver, el sueño ha acertado en que Gema y Miriam son pareja y que Natanael ha venido a vivir con nosotras —se dijo a sí misma, haciendo un par de anotaciones en la hoja cuadriculada—. Creo que conocí a Héctor unos días después de mi cumpleaños. Empezamos a hablar el día… ¿catorce?

Arrancó de un tirón el calendario de la pared y redondeó con un círculo los días trece, catorce y quince de diciembre.

Uno de esos días —se dijo—. Si ese sueño no era un sueño, uno de esos días tiene que llegarme un mensaje de él.

Era una locura esperar que pasara algo, pero ¿qué tenía que perder? Guardó el calendario y el cuaderno en el cajón y volvió a la cama. Ahora solo tenía que tachar los días y esperar a que llegara el deseado mensaje que le diera la razón y desmintiera su aparente desquiciamiento.

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Marionetas

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III

Marionetas

1

Héctor bajó del coche y caminó durante un par de minutos hasta llegar al parque de las Palapas. Prometeo, el grupo de su hermano, se presentaba esa tarde a un concurso de bandas. Si no se equivocaba, tocaban en cuarto lugar. El evento había comenzado a las ocho de la tarde con asombrosa puntualidad. Apenas pasaban diez minutos de la hora y la primera banda ya daba todo en el escenario. Héctor prefirió no adentrarse demasiado en la multitud que empezaba a agolparse en primera fila. Le gustaba permanecer en un lugar donde los gritos de la gente no taparan la música. Escogió una esquina perfecta y desde la que podría grabar a su hermano en acción cuando sus dedos comenzaran a jugar con la guitarra.

Escuchaba sin demasiada atención la primera banda. No podían compararse con Prometeo. Eran demasiado escandalosos y su cabeza comenzaba a resentirse. No veía el momento en que la siguiente banda subiera al escenario. Vio a Abraham cerca de allí, haciendo los últimos preparativos. Lo saludó con la mano y su hermano corrió hacia él con la guitarra a cuestas.

¿Qué pasó, güey? ¿Desde cuándo estás aquí? —le preguntó, dándole un abrazo fraternal.

Apenas llegué. Está bien cagado el escenario, con todas esas luces que le pusieron —comentó Héctor.

Sí, quedó muy bien. Te quedas a vernos, ¿no?

Héctor colocó las palmas de sus manos mirando hacia el cielo.

Pues, ¿para qué crees que vine?

Estupendo. Si quieres podemos ir a tomar unas chelas cuando todo esto termine.

Eso está hecho.

Los restantes componentes del grupo llamaron a Abraham. Estaba habiendo problemas con uno de los aparatos de sonido. Tendrían que echarle un vistazo antes de salir a escena. Abraham chocó la mano de su hermano y echó a correr.

La segunda banda salió al escenario. Héctor se sentó en el banco más cercano a esperas de que terminara aquella actuación. Solo estaba allí por su hermano; los otros grupos no le interesaban en lo más mínimo.

Corría una brisa agradable aquella cálida noche. Héctor se frotó los ojos y luchó por no cerrarlos. Estaba cansado de toda la semana, y sobre todo, de las preocupaciones que llenaban su cabeza. Había demasiados asuntos que rondaban su mente. Su maldito y asfixiante trabajo, la aún más agobiante hipoteca de la casa, el tema de su divorcio…, pero sobre todo, la echaba de menos a ella. A Natalia. No podía dejar de rememorar cada segundo que había pasado con ella. Su voz, su fragancia, su risa, su piel. Suspiró. Y pensar que todo aquello había empezado como un pequeño juego…, y ahora estaba atrapado sin remedio en él. Cuando decidió ir a conocerla, jamás pensó que podría quedar tan prendado de ella como para no pensar en otra cosa. De hecho, en el camino en tren hasta Cádiz se había preguntado una y otra vez si realmente sentiría algo al verla y no habría sido una vana ilusión. Si hubiese sabido que echaría de menos hasta el más mínimo detalle…

Hola.

Levantó la vista del suelo, preguntándose quién demonios se interponía entre él y sus recuerdos. Llevaba un vestido ajustado, esos que usaba cuando salía a bailar sin él, y unos tacones especiales con los que moverse con facilidad en la pista. Meticulosamente peinada y maquillada. Demasiado arreglada, diría él.

Irene le sonrió. Héctor suspiró. Algo tenía entre manos. Para su desgracia o beneficio, ya la conocía.

Hola —dijo cortante.

Irene ignoró su tono y mantuvo la sonrisa en su boca.

¿Esperando para ver a tu hermano?

Pensé que era obvio.

¿Quieres un poco de compañía?

Iba a decirle que su presencia no era en absoluto agradable, pero antes de que pudiera responder, ella se sentó a su lado y cruzó las piernas suavemente. La luz de los focos se reflejó en su recién depilada piel.

Sacó de su bolso un pequeño estuche, y de este un cigarro. Le dio una calada nada más encenderlo, dejando el pintalabios rojo marcado en el borde. Dejó que el humo flotara durante unos segundos en el aire, deleitándose con el sabor que la nicotina dejaba en su boca. Le ofreció el cigarro a Héctor, quien lo rechazó, perplejo. Ella sabía perfectamente que odiaba el tabaco.

No sabía que fumaras.

Irene se encogió de hombros, y le dio otra calada al cigarro.

A veces es bueno sucumbir al placer… —comentó.

Héctor notó enseguida el doble sentido de aquella frase.

Querrás decir al vicio.

Irene soltó una risilla que pretendía ser coqueta.

Sí, al vicio. Pero el vicio es placentero, ¿no crees?

Héctor no se molestó en responder. No tenía intención de seguirle el juego a esa mujer. En lugar de eso, intentó centrar toda su atención en la banda que tocaba con melodías hipnóticas. A su lado, Irene se removía como una niña inquieta. ¿Cómo podía hacerle entender que no quería verla, que su simple presencia lo ponía nervioso? Resopló. ¿Cuánto más tendría que soportar aquello?

Vio por el rabillo del ojo cómo terminaba su cigarro, lo tiraba al suelo y lo apagaba con el tacón. ¡Qué asco! El olor del tabaco le desagradaba, pero no podía imaginar lo que sería besar a una mujer fumadora. Por suerte, en sus años de matrimonio se había abstenido de probar esa repugnante sustancia enrollada en un trozo de papel.

La tercera banda dejó de tocar. El presentador anunció un pequeño descanso antes de continuar con el concierto. Héctor preparó su cámara. El siguiente grupo era Prometeo. Irene bostezó sonoramente, tapándose la boca.

¿No te gustaría hacer algo más divertido? —le preguntó de repente.

Héctor dejó su cámara por un momento y la miró, arqueando una ceja.

¿Qué?

Me aburro mucho. Sabes que lo mío es la bachata, no esta música ruidosa —explicó. Héctor se sintió ofendido al oír el calificativo que había usado para referirse a la música que hacía y por la que vivía su hermano menor—. Podríamos hacer algo mejor… ¿Ir a cenar, tal vez?

No podía dejar de soltar tonterías por la boca, y por eso Héctor rio en vez de enfurecerse. No tenía remedio. Era la mujer más tozuda y también la más cruel que había conocido. Después de todo lo que había pasado entre ellos, aún le quedaban ganas para seguir atormentándolo. La miró de arriba abajo. Ese vestido, esos tacones, ese maquillaje… Jamás iría a un concierto de bandas vestida de esa forma. Podría jurar que había sabido que él estaría allí, y se había preparado para la oportunidad.

¿Me estás diciendo que vienes a un concierto vestida como si fueras a bailar a una de tus queridas discotecas, me encuentras por casualidad, te aburres y decides invitarme a cenar?

Ir a bailar es mi segunda opción si rechazas la oferta.

Héctor levantó la mano y señaló más allá del parque, a un sitio imaginario.

Pues por allá debe haber algún antro de esos. ¡Vamos, llégale! —la instó agitando la mano. Parecía que estaba hablándole a un perro más que a su exmujer.

El joven volvió los ojos hacia su cámara una vez más. Irene frunció el ceño. Algo se removía en su interior y la llenaba de amargura. Era su orgullo femenino, que estaba siendo herido de muerte en esos momentos. Exhaló un suspiro e intentó relajarse. No estaba allí para discutir, así que decidió aguantar un poco más. Se agachó como pudo delante de él. Su ex ni siquiera se dignaba a mirarla, pero su actitud no iba a poder con ella.

Recuerdo cuando me hacías fotos en todos lados, a todas horas. Yo era tu modelo particular. Me llamabas “tu musa”.

Es cierto.

¿Te gustaría volver a hacerme fotos? —Se levantó y dio una vuelta sobre sí misma con un perfecto manejo de los tacones—. Creo que hoy sería una buena modelo.

Héctor resopló de nuevo. Se levantó con pesadez, dispuesto a acercarse al escenario, donde acababan de anunciar la siguiente banda, la de su hermano. Pero antes, miró a Irene directamente a los ojos. Su mirada no era de rencor ni de odio…, pero tampoco había amor; ese amor por el que tanto había sufrido y luchado. Ya no quedaba nada de él.

Lo siento, Irene, pero ya no eres mi musa.

«Ahora tengo a alguien más», pensó.

Irene lo dejó alejarse sin decir nada. Bajó la cabeza, como alguien a quien habían derrotado, humillado. Apretó los puños, y sus largas uñas pintadas de rojo se clavaron en la palma de su mano. Se dio la vuelta y caminó detrás de él lentamente.

Abraham y su grupo salieron al escenario con efusividad y alegría. La guitarra en sus manos sonaba de una manera especial. Era el resultado de alguien que realmente hacía lo que le apasionaba. Pura magia. Héctor grababa, distraído. Parecía haberse olvidado de ella. Irene se situó a su lado en silencio. Lo miró y vio paz en su cara, la paz que no había conseguido estando con ella. Y eso le fastidiaba.

Al menos podrías acompañarme a casa —le pidió en voz alta, haciéndose oír entre el sonido de la batería, la guitarra y el bajo.

Pensé que ibas a bailar —contestó él sin quitar la vista del escenario.

La verdad es que no he quedado con nadie —reconoció. Héctor se encogió de hombros—. ¡Ándale, no seas cabrón! ¡La casa de mi mamá está acá al lado!

Pues si está acá al lado bien puedes irte tú solita.

Sabes que es peligroso que una mujer camine sola por la noche. ¡Ándale, Héctor!

Héctor dejó de grabar y bajó la cámara. Le dedicó una mirada de fastidio.

No vas a parar hasta que te acompañe, ¿no es cierto? —Irene se cruzó de hombros y frunció el ceño—. Al menos espérate a que termine. Mi vida ya no gira en torno a ti.

Irene refunfuñó y volvió al banco dando zapatazos. Desde allí, observó a Héctor. A aquel Héctor que tanto había cambiado desde que se habían separado. Antes, ella había sido su princesa, la mujer de su vida; ahora no era más que basura, un estorbo para él, algo que necesitaba quitarse de encima. Y una parte de ella no quería comprenderlo, a pesar de que había sido la principal culpable del cambio radical de Héctor.

2

Por más que lo intentó, sus insinuaciones no sirvieron para nada. Las fórmulas mágicas con las que antes conseguía tener a Héctor comiendo de su mano ya no eran más que palabras sin sentido. Héctor había accedido a acompañarla a su casa, pero se mantenía callado durante todo el trayecto y no soltaba prenda.

El joven escritor se sentía sencillamente estúpido. No podía entender por qué aún se dejaba manipular por aquella mujer. Siempre tenía que salirse con la suya. Eso era algo que nunca le había gustado de ella. Gruñó. Había tenido que anular la salida con su hermano después del concierto solo porque a la señorita se le había antojado que él la acompañara. Lo hacía sentir mal llenándole la cabeza de ideas nefastas hasta que su conciencia lo obligaba a comportarse como un caballero. Las veces que había salido de fiesta con sus amigas había recorrido aquella calle mil veces a altas horas de la madrugada, y nunca había pasado nada. ¿Por qué tendría que ocurrirle algo precisamente esa noche? Era absurdo. Y sin embargo, allí estaba haciendo el idiota.

Si hubiera sabido que ibas a ser una marioneta andante, hubiera regresado yo sola —se quejó de su silencio.

Sí, una marioneta. Eso es precisamente lo que soy —masculló.

¿Qué?

No tengo por qué hablar contigo si no me da la gana.

Irene aceleró el paso, ceñuda, y mostrándose indignada, caminó por delante de él, murmurando y maldiciendo en voz baja.

Por cierto, ¿para cuándo el divorcio? Ya se retrasó más de lo que me hubiera gustado —comentó.

Irene paró su caminata y se dio la vuelta, enfurecida. Héctor frenó en seco. Irene tenía la cara roja; tanto, que parecía a punto de explotar. Sus ojos, humedecidos, predecían el comienzo de una de sus pataletas.

Para eso es lo único que me quieres, ¿verdad? ¡El divorcio es lo único que te interesa de mí! —le reprochó.

Se le saltaron las lágrimas y siguió caminando sin volver a mirarle. Se secó las mejillas con las palmas de las manos. Se sentía humillada y terriblemente cabreada. No sabía por qué hacía todo aquello. Cuando se preguntaba si realmente quería reanudar su relación con Héctor se daba cuenta de que no, y sin embargo no podía dejar de comportarse sin ningún tipo de raciocinio. Sus intentos de seducción y de llamar la atención habían fallado desde el primer momento. Se negaba a creer que él ya no la encontrara atractiva, que no la deseara.

Héctor la siguió de cerca, sin hacer el intento de alcanzarla. Definitivamente estaba loca. Debía estarlo para actuar de esa forma y, para colmo, reclamarle porque le estuviera pidiendo el divorcio.

Y ¿qué demonios quieres, Irene, después de todo lo que hemos pasado? ¡O mejor dicho, después de todo lo que yo he pasado a tu lado!

La chica se volvió de nuevo para encararlo.

¡Siempre reclamándome por lo que pasaste conmigo! ¡Estoy cansada de que digas que fue un infierno!

Héctor empezaba a perder la paciencia.

¡Es que fue un infierno! ¡Jamás te comportaste como una esposa!

¿Y acaso tú fuiste un buen marido?

¡Yo te fui fiel! —exclamó—. ¡Intenté hacerte feliz, te traté como a una reina! Y ¿qué conseguí a cambio? Rechazos, reproches, insultos y engaños. Pensaste que era un fracasado, que no merecía a alguien como tú. Y no te contentaste con hacérmelo ver y sentir cada día, sino que me engañaste con otros hombres. ¿Y ahora te indignas con que quiera el divorcio lo antes posible?

Los gritos se oían en toda la calle. Curiosos se asomaban a las ventanas para comprobar qué era lo que ocurría. Aquello empezaba a asemejarse a un vulgar espectáculo de circo. Héctor sintió que la cabeza le iba a estallar si no terminaba con aquello lo antes posible.

¡Tú no me satisfacías! —intentó defenderse Irene. Héctor hizo un gesto con el brazo y se dio la vuelta dispuesto a marcharse. —¡Vuelve acá! ¡Todavía no terminamos!

¡Por mí puedes irte a la chingada!

Irene lanzó un gruñido de impotencia al aire y dio tal zapatazo en el suelo que el tacón del zapato cedió y se rompió. Se escucharon las risas de unos chavales desde una ventana. Irene les lanzó una mirada asesina, se quitó el tacón y terminó el recorrido hacia la casa de su madre con un solo zapato.

3

A las seis de la tarde comenzó a sonar el teléfono una y otra vez. Natalia se levantó de la mesa a regañadientes. Odiaba que la interrumpieran mientras estudiaba. Gema y Miriam parecían no escucharlo—seguramente se estuvieran haciendo las tontas—, y Natanael había ido al gimnasio.

Corrió hasta el salón y lo descolgó justo a tiempo.

¿Sí?

¿Naty?

«Oh, no…», se dijo a sí misma cuando reconoció esa voz zalamera y falsa. Si hubiera mirado el número antes de cogerlo, lo habría dejado sonar.

Sí, soy yo.

He hecho algo muy malo —dijo América, angustiada. O al menos lo hacía notar.

¿Qué pasa? —preguntó Natalia, esperando que la conversación no durara más de cinco minutos.

Escucha —le pidió—: he estado yendo al médico mucho últimamente. Han estado haciéndome pruebas para ver si tenía cáncer. No tengo, ¿vale? —aclaró rápidamente—. Pero les dije a Marina y a Rocío que sí tenía porque estaba muy nerviosa. Me anticipé. Y ahora se han enterado de que no es verdad y han venido a mi casa a insultarme, a decirme que soy una mentirosa y una loca, y que van a hacer que tú y Carmen dejéis de ser mis amigas —explicó de un tirón, como si quisiera quitárselo lo antes posible de encima.

Natalia permaneció callada durante unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de contarle América. Finalmente soltó una risa incrédula y nasal.

¿Qué? —respondió despacio, como si no supiera qué decir—. ¿Les dijiste que tenías cáncer? ¿Por qué lo hiciste?

A su mente llegó esa vez que, en Bachillerato, su supuesta amiga les había contado que los médicos le habían diagnosticado leucemia. Les había asegurado que no sabía cuánto tiempo le quedaba, pero de sus ojos no salía una sola lágrima. Natalia lloró desconsoladamente durante días, pensando que iba a perderla. Pero milagrosamente, América había seguido adelante sin cambio aparente, y a ella y a Carmen les había dado reparo preguntarle por su enfermedad y los tratamientos que ella conllevaba.

¡No lo sé! Estaba asustada y paranoica. Pensé que estaba enferma de verdad —sollozó teatralmente—. Me han dicho de todo. Que de lo que estoy enferma es de la cabeza, que debería ir a un manicomio. Dicen que han hablado con Carmen y que les ha dicho que yo os conté en Bachiller que tenía leucemia. ¡Pero eso no es verdad! ¡Yo os dije que a lo mejor tenía leucemia!

Natalia mantuvo la respiración entonces, y apretó tanto el teléfono que pensó que iba a romperlo. La sangre le subió a la cabeza. Quiso decir algo, pero la incredulidad la dejó muda. Infló los pulmones y dejó salir el aire con lentitud.

«¿Cómo puede ser tan mentirosa?», se preguntó. ¿Acaso creía que era tonta?

«¡Recuerdo perfectamente lo que dijiste! ¡Dijiste que tenías leucemia, zorra! ¡Lloré durante mucho tiempo por ti! ¿Cómo puedes ser tan cínica? ¡¿Cómo?!»

Quería decirle mil cosas. Notaba las palabras en la punta de la lengua, pero se veía incapaz de soltarlas. Quería tener el valor para soltarle en la cara lo loca que estaba, tal y como habían hecho sus amigas, pero en ese momento no tenía el coraje para hacerlo, y se mordió la lengua.

América, tengo que estudiar. Mañana es mi último examen —dijo, intentando esconder todas sus emociones y que estas no se reflejaran en su voz.

Pero tú no estás enfadada conmigo, ¿verdad?

No —respondió con un tono sombrío—. ¿Por qué iba a estarlo?

Vale. Te dejo estudiar. Por favor, no creas lo que te digan si te llaman. Dijeron que lo harían.

Tranquila —contestó, intentando cortarla lo antes posible—. Hasta luego.

Y antes de que ella pudiera despedirse, colgó.

Se quedó mirando el teléfono con rabia. Daba vueltas por su salón como si de un león enjaulado se tratara. Apretaba los dientes y los puños, embravecida. Finalmente, cogió un cojín y se tapó la cara con él.

¡Hija de puta! —gritó con todas sus fuerzas.

Cogió el teléfono de nuevo y marcó rápidamente un número. Dos tonos y alguien respondió. Era la hermana pequeña de Carmen, que enseguida le pasó con su mejor amiga.

Déjame adivinar… ¿América? —dijo Carmen nada más coger el teléfono.

Me lees la mente.

4

Después de un rápido repaso a todo el temario, Natalia decidió cerrar el libro de Mitología y Literatura clásica, y se tumbó sobre la cama. Frotó sus ojos con ambas manos y bostezó. El reloj marcaba las once y media de la noche. A la mañana siguiente tenía examen a primera hora, y todavía tenía que preparar sus cosas y ducharse. Refunfuñó, molesta. Podría haber terminado muchísimo antes, pero no la habían dejado. Había pasado más de media hora hablando con Carmen. Marina y Rocío la habían llamado poco después para contarle todo lo ocurrido, y ella las había informado de todas las posibles mentiras con las que América había embadurnado su vida desde que se conocían, como la supuesta leucemia que padecía o la extraña violación de su exnovio. A juzgar por la voz de Marina, se sentía traicionada y dolida.

¿Mañana terminas los exámenes? —le preguntó esta antes de despedirse.

Sí, de hecho estaba estudiando.

Entonces te dejo estudiar. Pero ya le he dicho a Carmen que pasado mañana tenemos que reunirnos para hablar. Quiero contaros la versión completa de la historia. Y hay algo más que debes saber. También te lo contaré entonces.

La joven tragó saliva. No le daba buena espina lo último que había dicho su amiga, pero no quería alargar la conversación o se le haría de noche.

Perfecto. Ya me mandáis un mensaje con la hora.

Venga. Un beso, y suerte con el examen.

Gracias.

En cuanto colgó, empezó a sonar el móvil de nuevo. Era América otra vez.

«¿Qué quiere ahora?»

Prefirió ponerlo en silencio y dejar que se cansara, pero no se cansó. Llamó cuatro veces más, hasta que decidió marcar el número de su casa. Natalia supo que no la dejaría estudiar en paz hasta que hablara con ella, y finalmente descolgó.

¿Dónde estabas? —le interrogó—. ¿Por qué no cogías el móvil?

Ah, ¿me has estado llamado? —se hizo la tonta—. Perdona, es que lo he puesto en silencio para estudiar mejor —explicó recalcando la palabra estudiar e intentando así que la dejara sentarse en la mesa a hincar los codos.

¡Qué susto! Pensé que te habías enfadado.

No, no…

¿Te han llamado?

Respiró hondo. ¿Le decía la verdad o intentaba esconderla?

Sí, me han llamado.

Lo mejor sería aguantar un poco hasta saber toda la historia.

¿Qué te han dicho? —preguntó, nerviosa.

Nada, me han contado todo lo que ha pasado.

América comenzó a arrastrarse y a suplicar que no la dejara de lado como seguramente harían sus otras amigas. Dio excusas baratas y se escudó en el miedo y en los llantos para ablandarla. Pero Natalia ya había tenido suficiente. Intentó tranquilizarla como pudo con palabras convencionales para colgar lo antes posible, y después de unos minutos consiguió su cometido. Pero no había pasado ni un cuarto de hora cuando volvió a llamar.

¡Joder! —exclamó—. ¡¿Qué carajo quiere ahora?!

Esta vez respondió con voz cansina y molesta.

¿Sí?

Naty, ¿Carmen está enfadada conmigo? No me coge el teléfono.

Natalia estuvo a punto de darse cabezazos contra la pared de pura frustración. Se le estaban yendo las horas de estudio por su culpa. Le explicó que Carmen rara vez cogía el móvil a la primera llamada, y que esperara a verla en la Universidad para hablar con ella. Pero América era tozuda como una mula.

Esa no fue la última vez que llamó. A la siguiente, Natalia sintió la necesidad de tirar el teléfono por la ventana.

Ya he hablado con Carmen. Dice que ella no me va a dejar de hablar, pero que ella también se siente dolida por esa mentira, y que es normal que Marina y Rocío estén así.

Es que es normal —puntualizó Natalia.

También le he preguntado una cosa. ¿Recuerdas que Marina se iba a ir con mi familia y conmigo una semana a Murcia, a casa de mis tíos?

Sí… —respondió, temerosa. Sabía por dónde iban los tiros.

Ya no querrá venir… Así que, ¿os queréis venir Carmen y tú?

Natalia volvió a quedarse muda. Su corazón empezó a bombear sangre a una velocidad inusitada. Se estaba poniendo roja de ira. ¿Las estaba utilizando como segundo plato, como bote salvavidas? Quiso mandarla a la mierda en ese momento, pero supo controlarse.

¿A Murcia? —repitió—. No sé… Me da vergüenza estar en casa de tus tíos. Además, no tengo dinero.

¡Pero iría Carmen, y mis padres lo pagan todo!

Estuvo durante cinco minutos poniendo excusas, intentando librarse de ese infierno y de convertirse en la muñeca de repuesto de esa convenida y mentirosa compulsiva. Finalmente le dijo que lo pensaría, dispuesta a rechazar la oferta un poco más adelante, y por fin pudo cortar la conversación.

Eran casi las siete de la tarde. Natalia pensó que podría ponerse a estudiar por fin, pero la suerte no corría de su parte. El teléfono sonó una última vez.

¿Qué pasa ahora? —contestó, cabreada.

América se echó a llorar con lastimeros lamentos que no hacían sino darle ganas de vomitar.

Perdona, ¿te estoy molestando? Es que me siento muy mal.

América, es que mañana tengo mi último examen y no me dejas estudiar. Me la estoy jugando —explicó Natalia, visiblemente malhumorada.

¿Puedo ir a tu casa un ratito? Necesito un abrazo.

«¡Pues que te lo dé tu perro!», pensó Natalia, ya rabiosa. «¿Qué parte de “tengo que estudiar” no entiendes? ¡Coño!»

Es muy tarde, América. Me falta mucho por estudiar.

Solo será media hora. Lo juro. No te quitaré mucho tiempo —suplicó.

Natalia se sintió como la tonta más grande del mundo cuando cedió a sus ruegos. Sabía que era una falsa y una mentirosa, y aun así no era capaz de decirle que no.

Media hora más tarde, América apareció en la puerta de su casa y se lanzó a sus brazos llorando. Entonces supo que el asunto iría para largo, y no se equivocaba. Después de la ducha, se metió en la cama sin cenar. El movimiento de ese día interminable le había quitado el apetito. Antes de irse a dormir, cogió el móvil y mandó un mensaje a Héctor, esperando leer la respuesta a la mañana siguiente.

Letras de una desconocida

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III

Letras de una desconocida

1

El reloj marcaba casi las dos de la mañana. Al día siguiente tenía que levantarse temprano para trabajar, pero el sueño no conseguía domar su cuerpo ni cansar sus ojos. Terminó un último párrafo que no lo dejó del todo satisfecho y cerró el procesador de textos. Había escrito durante hora y media sin parar ni un instante, pero el resultado no era de su agrado. Últimamente veía todo de forma negativa. Pensó en irse a la cama, pero antes decidió echar una ojeada al foro La pluma del escritor. No había nada nuevo, pero su instinto masoquista le hizo dirigirse a la historia de esa tal Pétalo. Tal y como había supuesto, los comentarios de sus admiradores habían aumentado. Volvió a sentir esa amarga sensación que lo recorría de pies a cabeza cada vez que veía el seudónimo de esa cría.

Abrió la historia. Se le había acabado la paciencia, y a ella, tiempo de tregua. Por fin, después de tanto tiempo, se dispuso a leer. De entrada, se sorprendió gratamente al darse cuenta de que estaba escrita sin faltas de ortografía.

«Es un buen comienzo», reconoció, «pero eso no quiere decir nada.»

Leyó párrafo por párrafo, intentando detectar incorrecciones, pero apenas encontró pequeños fallos que podría tener cualquiera. Sus ojos recorrieron línea tras línea. A veces, releía la misma para deleitarse con la maravillosa forma de redactar que tenía la autora. Rio ante algunas palabras que desconocía y hasta le gustó el toque de humor que en ocasiones le daba a los personajes.

A medida que pasaba sus ojos por la pantalla, se daba cuenta de que esa chica no solo sabía escribir, sino que, muy a su pesar, estaba consiguiendo engancharlo con la trama. Tenía talento, eso era innegable. Los personajes desprendían sentimiento y parecían estar vivos. Podía ponerse en la piel de esas personas, imaginar lo que se les pasaba por la cabeza. Alguna que otra vez se sintió identificado con alguno de los personajes. Para cuando llegó al final del primer capítulo, no pudo reprimir las ganas de ir a por el siguiente; cuando hubo acabado el segundo, continuó con el tercero, y así sucesivamente hasta acabar el capítulo undécimo.

Suspiró. Se había equivocado. Esa chica, Pétalo, fuera quien fuese sabía lo que hacía. Eso no le aseguraba que fuera una persona prepotente o que no se le hubiese subido la fama a la cabeza con tantos seguidores, pero tenía que admitir que si era así, al menos tenía una razón para creérselo.

Se decidió a contestar al tema. Había errado en su prejuicio contra Pétalo y no le importaba reconocerlo. De hecho, sentía una extraña satisfacción por haberse equivocado.

«Hola, Pétalo. Es un gusto encontrar una historia de buena calidad, y con tan buena ortografía y gramática. Me has sorprendido gratamente.

Me mantuviste en vilo durante todo este capítulo. Lo lograste. Conseguiste que me dejara llevar por la trama, y te aseguro que eso no es fácil. Para hacer eso hay que tener el Don, niña, y tú lo tienes. Felicidades por brindar un poco de la magia que sale de tus dedos hacia el teclado. Puedes sentirte bien, porque la escritura es lo tuyo. Sencilla, directa y sincera, sin temor al qué dirán.

Me has dejado sin palabras. Eres de las pocas personas que comprenden que los personajes no son simplemente eso, personajes; sino que tienen vida. Tú entiendes muy bien ese principio esencial, pero tan difícil de escribir: contar una historia, pero darle la libertad a tus personajes para decidir su destino. Y eso significa ser impredecible. Meterte en ellos, fundirte en su mente y corazón, darles esperanzas, tristezas, dar esa magnífica ilusión de que no hay un guion establecido, una trama prediseñada, y todo vaya en una línea de tiempo tan natural como la vida misma.

Con esto dicho, me despido deseándote que continúes así, con ese trabajo tan maravilloso que estás haciendo. Espero poder leer pronto otro de tus capítulos.

Si quieres contactar conmigo para intercambiar puntos de vista o si necesitas consejos, puedes agregarme a la dirección: HectorIG@hotmail.com, o buscarme en Facebook: Héctor Ignacio García.

Un abrazo, colega escritora.»

Para cuando Héctor apagó el portátil, eran las cuatro y media de la mañana. En poco más de un par de horas debía levantarse para ir al trabajo, pero no le importaba. Por primera vez en mucho tiempo, algo le había hecho abstraerse de todos sus problemas y preocupaciones, y ese algo eran las letras de aquella desconocida.

Apagó el ordenador, sintiendo los ojos cansados. Una vez en la cama, sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad. Permaneció unos minutos con la mirada perdida y, después miró el marco de fotos que se hallaba en el mueble frente a la cama, en el que una feliz pareja miraba a la cámara con deslumbrantes sonrisas. Se dio la vuelta hacia el lado vacío de la cama de matrimonio. En las noches era cuando más solo se sentía al no tener a su lado a la compañera que deseaba, a la que una vez tuvo, pero no fue capaz de retener. Ahora no quedaba nada, solo el hueco vacío en una cama demasiado grande para él.

2

Terminó de hacer la cama y colocó descuidadamente los peluches en el colchón.

En la minicadena sonaba una famosa canción de Avril Lavigne. Natalia la cantaba con entusiasmo, desafinando cada vez que la cantante alzaba la voz. Usaba el palo de la escoba a modo de micrófono cada pocos segundos e imaginando algo tan descabellado como que se encontraba encima de un escenario, delante de un público enloquecido. Terminó de barrer y decidió tomarse un respiro de cinco minutos para ver qué había de nuevo en la red. Probó suerte en el foro en el que escribía, después de haber pasado por numerosas páginas web sin éxito.

¡Bingo! Tenía un comentario nuevo de un tal Félix. Sí, recordaba haberlo visto en varias zonas del foro, pero nunca habían hablado. Había entrado en su perfil un par de veces si mal no recordaba. Al parecer era escritor. En aquella página tenía un par de historias escritas, pero no las había leído. La crudeza que desprendían sus palabras la había echado para atrás. Leyó su comentario con atención y gratamente sorprendida de que hubiera en La pluma del escritor alguien con criterio. Todo lo que le habían dicho hasta ese momento era «Qué historia tan buena» o «Continúa, por favor. Me encanta». Estaba cansada de ese tipo de mensajes que no la ayudaban ni le aportaban nada. Pensó en agregarle al Facebook, pero prefirió contenerse.

«Primero al Messenger.»

Lo agregó y cerró el portátil.

En el salón, Pantera corría de un lado para otro, intentando cazar una mosca. Pegaba brincos, se subía por los sillones y por el sofá. El resultado no se hizo esperar cuando la gata negra consiguió acorralar al insecto contra una de las ventanas. Con una de las patas le dio un par de golpes, atontándola. La mosca cayó al suelo y la felina corrió a jugar con ella. Cada vez que su diminuta compañera de juegos intentaba escapar, Pantera se tiraba sobre ella para impedir su huida. Finalmente, cuando el bichito apenas se movía, la gata lo atrapó con la boca y se lo tragó. Natalia hizo una divertida mueca de asco, pero se acercó a su mascota y la acarició en la cabeza.

Muy bien. ¡Esa es mi cazadora de bichos!

Se dirigió a la cocina, seguida de cerca por la gata, que en cuanto entró por la puerta empezó a pedir comida con maullidos agudos y suaves.

Natalia miró hacia la esquina. El cuenco de pienso estaba lleno y todavía tenía agua.

«Gata caprichosa…»

Pantera volvió a maullar, esta vez con un llanto más lastimero. Se colocó entre sus piernas y rozó la cabeza. Natalia sonrió, pero la ignoró. Empezó a sacar la ropa limpia de la lavadora y la metió en la secadora. Giró el temporizador, y en cuanto se hizo presente ese ruido atronador, Pantera salió corriendo de la cocina. Volvió al salón, donde la gata la miraba fijamente.

Te lo mereces, por pesada —le dijo, acercándole la cara.

Pantera le olisqueó las mejillas y la nariz. Después, se tumbó en el sofá y se quedó dormida.

Cuando Héctor entró en su Messenger, se percató con sorpresa de que la tal Pétalo había decidido agregarle.

Natalia92@hotmail.com

Debía de ser ella. No le había dado su Messenger a nadie más.

«Así que Natalia», se dijo.

Recordó a la protagonista de su libro de cuentos preferido cuando era niño, Nataly. Sonrió. Lo había leído tantas veces que casi se lo sabía de memoria. Recordaba la sensación que le recorría por el pecho cada vez que, al leer los diálogos, imaginaba la dulce voz de la protagonista.

¿Y si la llamaba así? ¿Se sentiría ofendida por tomarse demasiadas confianzas con ella?

Una musiquita anunció la entrada de la susodicha al Messenger. Tenía una rosa como imagen y su nombre enmarcado entre estrellas. Aún no le convencía del todo esa chica. Quería saber cómo era su carácter y si el éxito en La pluma del escritor se le había subido a la cabeza. No recordaba la última vez en la que la vida de un desconocido le había importado tanto. Tal vez porque su propia vida era un desastre, pero en ese momento, ¿qué importaba?

Fuera como fuere, estaba a punto de averiguarlo.

¡Hola, Nataly! —escribió, y esperó su respuesta.

3

A las doce de la noche, Natalia entró en su habitación con un dolor terrible en los pies de tanto andar.

Encendió el portátil y se cambió de ropa, dejando los zapatos tirados en medio del cuarto y usando la silla como perchero. Pronto se acostaría, pero antes quería ver si tenía algún correo nuevo. Entró en el Messenger. Observó que tenía un nuevo contacto en la pantalla. HéctorIG estaba conectado. Era el chico al que había agregado esa mañana, pero ni siquiera se fijó en él. En su correo no había nada nuevo. Estaba a punto de cerrar la sesión cuando una ventana se abrió: HéctorIG la saludaba.

¡Hola, Nataly!

«¿Nataly?»

Hola —respondió ella.

¿Cómo estás? Eres Pétalo en La pluma del escritor, ¿verdad?

«La típica charla aburrida que no sirve para nada», se dijo la chica y tecleó una respuesta que pudiera librarla de aquello.

Sí, soy yo. Y tú eres Félix, ¿verdad? Me has pillado cuando estaba a punto de irme.

Sonaba algo brusco. Tal vez el chico pensara que era una maleducada.

¡Oh, disculpa! Solo quería decirte que es un placer leer lo que escribes. A pocos los llamo “compañeros escritores”, y a ti te considero una.

Natalia, que se encontraba medio tirada en su silla, se incorporó repentinamente interesada en las palabras de Héctor. Por lo que había leído en su perfil del foro, era un joven escritor de treinta años y procedente de Cancún, México, que contaba con un libro publicado.

«Que te publiquen un libro no es fácil», pensó. «Este chico debe saber del tema.»

¿En serio?

Sí, de verdad. Creo que tienes el Don. No todos los escritores lo tienen. Tratas a los personajes como si estuvieran vivos, les das sentimientos, y los diálogos y las descripciones son tan naturales… Haces un buen trabajo, de verdad. Solo te falta pulirte un poco, pero vas muy bien.

Natalia no pudo evitar sonreír.

Gracias. Muchas gracias. No sabes lo importante que es eso para mí. Escribir es mi gran pasión y quiero mejorar. Tus consejos me servirían de mucho.

Te los daré siempre que quieras recibirlos.

Claro que quiero.

Y así, entre agradables discusiones sobre cómo debían ser los personajes, cómo les gustaba describirlos a cada uno, cuál era la forma correcta de escribir ciertas líneas o cuáles eran sus libros favoritos, el tiempo se les pasó volando. Cuando Natalia volvió a mirar el reloj, ya eran cerca de las tres de la madrugada.

Ya es muy tarde. Tengo que irme a la cama.

¿Qué hora es allá?

Casi las tres de la madrugada. ¿Y allí?

Las ocho de la tarde —respondió, y rápidamente añadió—. Órale, pues sí que es tarde ya. Perdona por haberte desvelado.

No te preocupes. Me ha gustado mucho hablar contigo.

Lo mismo aquí. ¿Te conectarás mañana?

Natalia lo pensó por un momento.

Tal vez, pero no podré quedarme hasta tan tarde.

Está bien. Que duermas bien, Nataly.

Buenas noches, Félix. —Antes de desconectarse, vio su nick, “HéctorIG”, y pensó en algo—. Por cierto, ¿Héctor es tu verdadero nombre?

Sí.

¿Y por qué Félix?

Por la caricatura del gato Félix. Es mi preferida. Y ¿por qué Pétalo?

Por la líder de las Supernenas.

¿Las Supernenas?

The Powerpuff girls.

Ah, ¡las chicas Superpoderosas! Aquí es Bombón, si mal no recuerdo.

Lo sé —afirmó—. Bueno, entonces ¿cómo quieres que te llame, Héctor o Félix?

Puedes llamarme como quieras.

Entonces, Félix. Al menos, por ahora. Adiós, Félix.

Adiós, Pétalo.

Dicho esto, se desconectó y apagó el ordenador. Hablar con alguien que compartía su misma pasión por la lectura y la escritura era algo que pocas veces podía hacer. Se metió en la cama con una sensación gratificante. Las sábanas estaban frías. Se encogió debajo de las mantas, se dio la vuelta e intentó dormirse.

4

En otro lado del mundo, Héctor también cerró la sesión del Messenger, satisfecho. Pétalo no había resultado ser tan mala como había creído. Habían mantenido una conversación muy amena sobre distintos libros e intercambiado consejos sobre cómo escribir mejor. Hacía mucho tiempo que no hablaba así con nadie; hacía demasiado que evitaba al resto del mundo.

Sonrió. La había llamado Nataly y ni siquiera le había preguntado por qué. Y su sobrenombre… Él pensando que era una niña cursi y tonta, y en realidad era una adicta a las animaciones.

Se levantó y fue hacia la estantería de libros que tenía al lado del ordenador. Buscó por unos momentos y sacó un libro de portada maltratada y hojas envejecidas. En la parte superior de la portada, el título «Nataly» sobresalía con grandes letras blancas. Quizás le contara otro día por qué la había llamado Nataly.

«Tal vez mañana», pensó. Y no supo la razón, pero sintió impaciencia por que llegara el día siguiente.

Volvió al ordenador después de cenar algo. Estuvo un rato más en el que escribió diez páginas de la historia que actualizaba cada cierto tiempo en La pluma del escritor. Parecía que su bloqueo mental había dado una tregua momentánea. Cuando estuvo satisfecho de su trabajo, lo guardó y apagó el ordenador.

Se metió en la cama, y fue entonces cuando la vio de nuevo. Esa maldita foto de bodas que todavía no se había atrevido a quitar de la cómoda. Aún seguía allí, recordándole todo lo que había vivido y lo que aún vivía. Se quitó la sábana de encima, fue hasta el marco de fotos y la sacó, dejando el cuadro vacío en el mueble. Miró la foto una vez más y se dispuso a romperla. Por un momento, sintió que flaqueaba y que sus manos no le respondían. A su mente llegaron cientos de imágenes, cientos de momentos horribles, miles de palabras desagradables y acciones indeseables. Irene había sido cruel y rastrera con él en muchos sentidos. Dejándose llevar por la rabia, movió sus manos y partió la foto en dos, en cuatro, y en ocho… Para acabar, hizo una bola con todo y lo lanzó a la papelera.

Una vez más con la amargura oprimiendo su pecho, volvió a la cama. Odiaba el amor y todo lo que él acarreaba. No traía más que sufrimiento.

Con esa oleada de pensamientos negativos, se sumergió en un sueño para nada reparador.