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Perdóname por no tener tu edad

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XIV

Perdóname por no tener tu edad

1

Entonces, ¿estás de acuerdo?

Claro, pequeña. Cuando vaya te devolveré el dinero. Es mejor asegurarme el lugar en el hostal.

Bien, entonces iré en estos días para reservar.

Gracias, mi vida. ¿Sabes? Ayer estuve con mi mamá. Fuimos a tomar un café y a hablar.

¿Cómo está ella? —preguntó Natalia.

Está muy bien. Más que bien. De hecho, está muy contenta.

¿Y eso?

Pues…, le conté sobre lo nuestro.

Esas palabras tardaron en ser procesadas por la mente de Natalia.

«¿Lo nuestro?»

¿Le has hablado de mí?

Sí, mi vida. Sentí ganas de decírselo, y pensé que merecía saberlo. Ella me ha apoyado siempre y no veía razón para retardarlo más.

¿Y qué te dijo?

Se puso muy feliz. Dijo que era como un cuento de hadas. Le enseñé una foto tuya. Dice que eres muy bonita. Le encantaron tu melena y tus ojos.

Natalia enrojeció levemente. No había pensado que Héctor llegase a tomarla tan en serio como para contarle a su madre sobre ella. Eso le daba cierta seguridad. Significaba que de verdad le importaba.

Qué linda… Y, ¿le dijiste mi edad?

Héctor tardó un poco en responder esta vez, pero cuando lo hizo, Natalia deseó no haber preguntado nada.

No exactamente. Solo ahí dije que tenías veintidós.

El corazón le dio un vuelco, pero no uno de esos que ocurren cuando ves a la persona que te gusta, o cuando te habla. En definitiva, cuando pasa algo bueno. Una sensación de angustia se instaló en su pecho, y por primera vez desde que había aceptado darlo todo por ese amor a distancia, dudó en seguir adelante con ese sueño casi imposible.

¿Veintidós? ¿Por qué le dijiste eso?

Aquí suelen minusvalorar a las chavas de tu edad. Prefiero que primero te conozcan antes de juzgar.

«Excusas.»

Tenía una extraña certeza de que lo que acababa de decir no se ajustaba a la realidad. Sabía lo que estaba pasando. Era algo que había temido desde hacía tiempo, pero él no parecía así. No había creído que él fuera de los que le daban importancia a lo que pensaran los demás. Pero se había equivocado. A Héctor le importaba que la gente le juzgara; que le señalaran con el dedo y dijeran: «¡Eh, mira, ese es el tipo que sale con una chica once años menor que él».

Héctor, ¿te avergüenzas de mi edad?

¿Qué? No, claro que no.

Es verdad. No te avergüenzas de mi edad, sino de salir con alguien de mi edad —escribió, y acto seguido añadió—: Lo siento, intento ser comprensiva, pero eso no evita que me sienta mal.

Mi amor, no me avergüenzo, de verdad. Si dijera que tienes diecinueve pensarían que eres una niña inmadura y empezarían a hablar. No quiero eso.

Y ¿qué más da lo que digan? ¿De verdad te importa lo que piensen? ¿No te das cuenta? Si mientes es porque de verdad crees que es algo malo que estemos juntos.

¡No, no es eso, de verdad! Por favor, Natalia, compréndelo —le rogó.

Lo comprendo perfectamente. Parece que lo más importante para ti es el qué dirán. No quiero mentir. No tengo por qué. Tengo diecinueve años, les guste o no, y si nos juzgan por ello, a mí me da igual. Pero si de verdad te importa tanto, no estás obligado a seguir con esto. Necesito que lo entiendas. Eres tú el que tienes que estar bien conmigo y aceptarme tal y como soy, no los demás. —En este punto, una lágrima se deslizó su mejilla—. Perdóname si no puedo tener tu edad, pero las cosas son así, y creía que, al igual que yo te quiero con tus treinta años, tú me querías a mí con mis diecinueve.

Sin que ella se lo dijera, Héctor supo que estaba llorando. Sus palabras estaban llenas de dolor. ¿Cómo había sido tan tonto? ¿Cómo no se había dado cuenta del mal que hacía con una mentira que en principio parecía tan pequeña?

Se metió la Blackberry en el bolsillo y se levantó de su puesto de trabajo. En el baño podría hablar con tranquilidad, sin que nadie le preguntara por qué tenía de repente ese semblante tan serio o por qué parecía que le estaban retorciendo el estómago.

Una vez que no vio a nadie alrededor, sacó de nuevo el teléfono.

Tienes razón, mi vida. Lo siento mucho. Ya me sentí mal.

Sé que es difícil, pero con la mentira no se soluciona nada. ¿Crees que con tres años más de los que tengo ahora cambiaría todo? Yo no oculto tu edad.

Apoyado contra la puerta del cuarto de baño, Héctor quiso darse golpes contra ella por haber hecho sentir mal a su chica.

Es verdad. Me he comportado como un idiota. Perdóname. Ni siquiera lo pensé. No quise hacerte sentir mal, mi niña. No estés triste. Soy un imbécil.

Eso era lo que necesitaba: que él la comprendiera, que supiera por qué le había dolido esa mentira, por pequeña que fuera. Aunque fuera por tres años, era como escarbar en la llaga.

No te preocupes. Tal vez he sacado un poco las cosas de quicio. Supongo que en tu lugar yo hubiera hecho lo mismo.

No, no lo hubieras hecho. Gracias por sacarme de mi estupidez, mi vida. Así es esto. Ayúdame a ver las cosas claras cuando esté equivocado, y yo haré lo mismo contigo.

Natalia volvió a sonreír.

Por supuesto. Y gracias por escucharme.

Gracias a ti por hacerme entrar en razón.

2

La pizzería Roma apenas acogía a cinco o seis personas esa noche. Con la crisis en la que España se hundía poco a poco, escasas eran las personas que podían permitirse el lujo de salir a cenar.

América, Natalia y Carmen entraron con la extraña timidez que a veces poseía a los jóvenes a la hora de adentrarse en un lugar vacío. Escogieron mesa cerca de la barra y pidieron una pizza familiar de atún, aceitunas y doble de queso y tres Coca-colas. Les entregaron las bebidas en el momento y un ticket con el que recoger la pizza cuando nombraran su número.

Natalia sonreía y movía las piernas como una niña alegre a la que le han dado un caramelo. Marina y Teresa no habían podido ir por asuntos familiares y Rocío había quedado con su novio, pero no importaba. Seguía estando contenta.

¿Por qué tan sonriente? —preguntó Carmen.

Ya casi ha acabado febrero —respondió.

Carmen y América sabían lo que ello conllevaba. A principios de marzo, Héctor llegaría a España para firmar los contratos de sus libros y pasaría por Cádiz el fin de semana para conocer a Natalia. Lo que no sabían las chicas era que detrás de esa sonrisa se escondía algo más: se escondía alivio. Durante todo ese tiempo, Natalia había tenido presente que Héctor era todo un hombre de treinta años y con ella había convivido el miedo a que no la tomara en serio y se cansara de ella, pero el día anterior, el chico le había hablado a su madre sobre ella. Era un paso de gigante.

Natalia vio que su sonrisa se reflejaba en el rostro de Carmen; sin embargo América no conseguía ocultar su molestia. Tenía fruncido el ceño y la boca torcida en una mueca de desagrado, y no se esforzaba siquiera en disimularlo. Su mirada fija estaba llena de reproche. Natalia, en cambio, contrarrestó su ataque con la mejor de las sonrisas. No le daría el gusto de cabrearse. Eso era lo que ella quería.

¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó Carmen, dándole un codazo.

¿A mí? Nada —respondió.

Desde la barra les llegó la voz de la encargada, que mencionaba el número 6, el suyo. América vio la oportunidad perfecta para escabullirse. Cogió el ticket y se ofreció a ir a por la pizza. Fue entonces cuando Natalia dejó ver su molestia.

¿Qué demonios le pasa?

Carmen también se puso sería.

Parece que la señorita no soporta verte feliz.

Pues que se joda —respondió rápidamente.

No le des el gusto de verte enfadada. Ya hablaremos tú y yo a solas de su comportamiento.

América llegó con una pizza grande y humeante. El olor a atún las envolvió y sus manos se movieron solas hacia la comida.

América mordió con cuidado. La pizza estaba acabada de sacar del horno. Cuando consiguió tragarse el caliente mordisco, habló con un tono odioso:

Bueno, y dejando de lado el tema del «panchito» —comenzó, y Natalia tuvo que contenerse para no mirarla mal—, Marina últimamente está insoportable.

¿Marina?

Sí, se le ha subido mucho a la cabeza que está sacando buenas notas. El otro día le dije que no me había salido muy bien un examen que habíamos hecho y le pregunté cómo le había salido a ella. Me dijo: «Pues a mí me ha salido perfecto. Yo voy a aprobar», con un tono de tonta, que… ¡Ufff!

Carmen y Natalia intercambiaron una mirada extrañada. ¿Marina comportándose así? Imposible. Era una chica muy buena y humilde. Costaba creer que el éxito se le estuviera subiendo a la cabeza.

Y últimamente —continuó América con la boca llena— se va siempre con Rocío y me deja de lado. ¡Es que pasa de mí totalmente!

No puedo creerlo —dijo Natalia.

Pues créelo.

Pero Carmen y Natalia cada vez se fiaban menos de América. Su sexto sentido les decía que tenían que tener cuidado con la que se suponía ser su amiga. Debían indagar en los hechos, pero con cuidado de no lastimar a nadie. No les gustaría causar un problema grave en el grupo por meter las narices en asuntos que no las llamaban.

3

Héctor, tumbado en la toalla, pasó los dedos por la fina arena, removiéndola y arrastrándola mientras el sol coloreaba su ya de por sí bronceada piel. Ese día Playa del Carmen estaba bastante tranquilo a pesar de ser domingo. Había acertado totalmente al llevar allí a su familia para pasar el día. Abrió los ojos levemente. Su madre y su hermana hablaban bajo la sombrilla. Abraham, sin embargo, prefería zambullirse en el mar turquesa una y otra vez. Los rizos mojados caían por su cara, ocultándole los ojos.

Se habían levantado temprano, Esther había preparado algo de comer y se habían puesto rumbo a Playa del Carmen. Unos cincuenta minutos más tarde aproximadamente, habían llegado a la playa. Un sol brillante, el cielo despejado, el agua clara y la suave arena. ¿Qué más podían pedir? Estaba en el paraíso.

«Seguro que a Natalia le gustaría.»

Le encantaría. Ya le había comentado que adoraba la playa y el mar. Era igual que él en ese aspecto. Como un pez en el agua. ¡Lo que habría dado por compartir ese momento con ella!

Héctor —lo llamó su hermana. Sol le miraba con ojos suplicantes, como si le fuera a pedir algún tipo de favor—, ¿podríamos ir a la Quinta avenida más al rato?

La Quinta avenida era la arteria principal de Playa del Carmen. Un lugar lleno de tiendas de recuerdos y restaurantes que llenaba de vida ese paraíso terrenal. Normalmente solía estar infestado de turistas de todas partes del mundo que acudían a dar una vuelta después de un día de playa para comprar regalos que llevarse a casa. Tal vez pudiera aprovechar para comprar algo que regalarle a Natalia.

Sí, claro. Pasaremos a ver las tiendas.

Abraham llegó del agua y sacudió la cabeza como si de un perro se tratase, salpicando a su hermano mayor. Héctor se levantó sin perder un segundo de la toalla y se lanzó contra su hermano, derribándolo y cayendo con él al suelo. Abraham, viéndose lleno de arena, comenzó a reír, y Héctor con él. Hacía tiempo que no sentía esa complicidad con su hermano pequeño.

Y ¿de qué hablaban? —sintió curiosidad.

Vamos a ir a la Quinta avenida al rato —explicó Sol.

Entonces, Héctor se dio cuenta de algo. Si compraba algún regalo delante de su familia, sus hermanos, que todavía no sabían de la existencia de Natalia, lo bombardearían a preguntas.

¿Vienes a nadar, Héctor?

El joven ni siquiera contestó y con una sonrisa corrió al agua. Abraham lo siguió de cerca y se tiró de cabeza. El mar tenía una temperatura perfecta. El color parecía más vivo que nunca.

«Tengo que hacer fotos.»

Para ella. Y otra vez pensó en el asunto de las compras.

Miró a su hermano, que jugaba a intentar zambullirlo, y a su hermana, mirándolos sonriente desde su silla, y él también sonrió. Merecían saberlo.

4

El domingo era un día tonto, como solía decir Natalia. Todo estaba cerrado y no había nada que hacer en la calle. Por ello, la chica había asignado el estudio al último día de la semana. Y en ello estaba, enfrascada en traducciones, cuando sonó el teléfono. Esperó a que su madre lo cogiera por ella, pero se vio obligada a levantarse cuando recordó que había salido hacía rato.

¿Diga?

¡Hola, Naty!

Solo había una persona que la llamaba así.

Hola, Ame. ¿Qué pasa?

¿Tienes algo que hacer esta tarde?

Natalia miró de reojo todo lo que le quedaba por hacer. Le llevaría bastante tiempo terminarlo.

Estaba estudiando.

¿No tienes ni siquiera un ratito para merendar? Tengo que contarte algo.

Parecía contenta y Natalia se preguntó por qué. La curiosidad empezó a invadirla.

Si quieres, puedes venir a merendar a mi casa. Si salimos, me entretendré demasiado.

¡Vale! Aunque sea media hora. Yo también tengo que estudiar. ¿A qué hora te viene bien que vaya?

Ya son las seis, así que cuando quieras —respondió Natalia, con poco entusiasmo.

Entonces voy ya para allá. Nos vemos en diez o quince minutos.

Vale. Hasta ahora.

Y colgó.

Natalia se dejó caer sobre el sofá. No tenía ganas de ver a América, y mucho menos después de los últimos roces con ella por el tema de Héctor. ¿A qué venía ahora tanto interés en quedar con ella? ¿Acaso se habría peleado con Marina?

Suspiró. Solo esperaba que su visita fuera breve. Pantera pegó un salto y se subió encima de ella, como siempre hacía cuando Natalia se tumbaba en el sofá. La chica cogió a la gata y la levantó como si de un bebé se tratara.

Si se pone estúpida, te lanzas a su pierna, ¿vale? —le pidió.

Pantera maulló. Le daba la impresión de que a veces su gata le contestaba con interrogaciones. La soltó en el suelo y se levantó del sofá.

Anda, vamos a preparar la merienda. ¿Quedará algo de cianuro por ahí?

Pantera la siguió hacia la cocina y maulló cuando revolvió entre los dulces.

Qué tontería —se contestó a ella misma—. Si ni con su propio veneno se muere, el cianuro no servirá de nada.

Sacó zumo de piña y unas galletas. Pantera seguía maullando.

Así de pesada quiero que te pongas si da mucho por culo —rio la joven.

Unos minutos más tarde, llamaron a la puerta. América se lanzó a sus brazos, como siempre hacía cuando la veía. Natalia hizo una mueca. Estaba cansada de tanta hipocresía.

He traído bizcocho —anunció América, entrando en su casa—. ¡Hola, Panterita! —exclamó cuando vio a la gata, que inmediatamente salió huyendo. Natalia no pudo reprimir la risa.

«¡Qué gata tan lista!», pensó.

¿Te gusta el zumo de piña? —le preguntó Natalia.

Sí, claro.

Ambas tomaron asiento en el sofá. Mientras merendaban, América comenzó a hablar de cosas intrascendentes, tonterías, cualquier cosa que se le venía a la mente. Natalia empezaba a sentirse hastiada, y miraba el reloj con desesperación, viendo cómo corrían los minutos y América no le contaba la razón por la que le había llamado.

Oye, ¿qué era eso que me ibas a contar? —la abordó cuando tuvo la ocasión.

¡Ah, sí! —dijo ella con la boca llena de bizcocho—. Mi novio quiere venir a San Fernando un fin de semana con unos amigos. Había pensado en hacer de Celestina con Carmen y uno de ellos. Se llama Fernando. No es muy guapo, pero es estudioso y su familia tiene dinero. El único defecto es que fuma, pero bueno… —explicó.

No creo que a Carmen le guste la idea —comentó Natalia, algo seria—. Para empezar, es como yo: odia el tabaco. Y además, ella no se liaría con cualquiera.

«No es como tú», añadió en su mente.

Bueno, pero, espera; eso no es todo. También tengo otro para ti.

Natalia se atragantó con el zumo de piña y empezó a toser compulsivamente.

¿Cómo? —preguntó entre toses.

He dejado al mejor para ti. Es guapo, listo y le encanta leer. Tranquila, este no fuma.

Natalia no podía creerlo. La miraba, incrédula; la boca abierta y los ojos fijos en ella. De verdad que no daba crédito a lo que estaba escuchando.

Me dijo que si podía presentarle a una amiga, y enseguida pensé en ti. Es perfecto. Le dije que tenía una que quería ser escritora y se le iluminaron los ojos.

Natalia respiró hondo y apretó la mandíbula. Dejó el vaso encima de la mesa, temerosa de romper el cristal de la fuerza que estaba empleando en las manos.

América —le dijo—, no necesito que me presentes a nadie. Yo ya tengo a alguien.

América se quedó callada.

Bueno, pero era para que tuvieses más opciones.

Es que no quiero más opciones —aclaró, recalcando la negación con su tono de voz.

Natalia se levantó, frustrada y cabreada, y empezó a recoger la mesa. América la siguió.

Mira, si no te gusta mi relación con Héctor, está bien. Pero respeta mis decisiones —le exigió.

Vale, vale. Está bien —intentó apaciguarla—. No hace falta que te pongas así. No te lo presento y ya está.

Natalia suspiró. O no entendía nada o se estaba haciendo la tonta.

Tengo que estudiar —dijo, de repente. Necesitaba que se fuera, o sería capaz de tirarle a Pantera a la cara.

¿Estás enfadada?

No, no estoy enfadada —mintió para quitársela de encima.

América sonrió, y dando su respuesta por buena, recogió sus cosas y se dirigió hacia la puerta.

Entonces nos vemos el fin de semana que viene. ¡Adiós!

Natalia cerró la puerta de un portazo en cuanto se fue. Cada día soportaba menos su hipocresía y su estupidez. ¿Cómo había sido capaz de proponerle tal cosa? Se había pasado de la raya.

Marcó un número de teléfono que ya sabía de memoria. Tenía que contárselo a Carmen.

5

Que Teoría de la Literatura fuera la primera asignatura del día era un verdadero suplicio. Las explicaciones de la profesora eran tediosas, su voz adormecía a todo el que la escuchara, y el hecho de que la asignatura se impartiera a primera hora no ayudaba. La mayoría de los asistentes solían desarrollar un odio común hacia la profesora, su forma de impartir la clase y su continua y detestable risa, que soltaba a cada dos por tres sin razón.

Odio Teoría de la Literatura.

Natalia apoyó su cabeza sobre la mesa y cerró los ojos. Esa asignatura no le daba más que dolores de cabeza, y eso que solo acababa de empezar. La aborrecía. No conseguía estar atenta a las explicaciones. Por más que lo había intentado, siempre se descubría a sí misma pensando en lo primero que la distrajera. Empezaba a preguntarse qué malabares tendría que hacer para aprobar la asignatura.

La profesora seguía hablando, y ella seguía sin enterarse de nada.

… que se refleja en la mímesis de la que hablaba Aristóteles. Pero esto ya lo veremos en el siguiente tema.

Y otra vez esa risa que al principio le había resultado graciosa, pero que con el tiempo le ponía los nervios de punta. ¡¿De qué demonios se reía?!

Yo odio a la profesora y su asquerosa risa —señaló Natanael, que siguió el ejemplo de Natalia y, apoyando los brazos sobre la mesa, escondió su cara entre ellos—. ¡Dios, es que no la aguanto!

Veinte minutos después, Natalia decidió que perder su valioso tiempo sin hacer nada no le salía rentable, y sacó los apuntes que había sacado de la copistería de la Universidad.

No te esfuerces. No va a servir para nada.

Al menos así me entretengo —contestó, sacando su subrayador.

Los tocayos, que se encontraban justo detrás de ellos, soltaron un par de chistes sobre la risa de la profesora. Mientras Natanael hablaba con ellos, se burlaba y reía, Natalia continuó con lo suyo. Prefería que no la pillaran hablando en clase. A su izquierda, Gema dormía en silencio y Teresa seguía la clase sin perder detalle.

¿Podemos ir después a la cafetería? —le preguntó Natanael.

¿Hoy no te has traído nada de comer?

Me he quedado dormido —contestó.

Pues si quieres nos vamos cinco minutos antes de que termine la clase para no pillar cola —propuso.

Dicho y hecho. Cinco minutos antes de que la profesora diera por terminada la lección, recogieron sus cosas y corrieron escaleras abajo. La cafetería estaba medio vacía, pero esa condición acabaría en cuanto la primera hora pasase a ser historia.

Natanael consiguió un bocadillo de tortilla antes de que la barra se llenara. Ambos salieron al patio y eligieron uno de los bancos que estaban al sol para comer sus respectivos desayunos.

¡Hace una mañana estupenda! —comentó Natalia, estirándose—. Después de tanto frío, echaba de menos el solecito.

Te veo de muy buen humor.

¿Y cómo quieres que esté, si acabamos de terminar con la asignatura más pesada de la mañana?

Natanael se encogió de hombros.

Pero te veo más contenta que de costumbre. De hecho, últimamente estás muy feliz.

Una sonrisa se formó en la cara de Natalia. Pegó un mordisco a su sándwich de queso como si no pensara dar tregua, pero Natanael seguía insistiendo. Necesitaba sonsacarle información sobre el amigo con el que chateaba todas las noches.

¿No piensas decirme la razón?

No hay ninguna razón en especial. Estoy contenta y ya está.

Ya, claro… ¡Vamos, cuéntame!

No sé —dudó ella.

¿Por qué?

No estoy segura de que lo vayas a entender.

Teresa y Gema pasaron por delante de la cristalera. Cuando la vieron, Gema le dijo algo a Teresa y se encaminó hacia la cafetería, no sin antes guiñarle un ojo a Natalia. Teresa se acercó a los chicos.

¿Os habéis enterado del rumor?

¿Qué rumor? —preguntó Natalia.

Están diciendo que la profesora de latín nos va a poner un examen sorpresa ahora.

Natanael la miró fijamente. Natalia, sin embargo, se había quedado pálida.

¿Cómo? —dijeron al unísono.

Al parecer es solo una prueba para saber nuestro nivel, pero vamos, que podría haber avisado.

¡Vaya tela! ¿Nos vamos a la clase ya y repasamos? —le propuso a Natanael, quien volvió a encogerse de hombros.

Como quieras —contestó con la boca llena.

Se levantaron con pena de su apreciado rincón soleado con el desayuno a medio terminar y se encaminaron hacia la primera planta. Teresa se despidió de ellos. Tenía que hacer unas fotocopias antes de ir a la clase. Una vez más, se quedaron solos.

Entonces, crees que no lo entendería.

¿Qué?

Lo que no quieres contarme.

¡Ah! Pues…, no estoy segura.

Si no pruebas, no lo sabrás.

Natalia lo pensó durante unos instantes. Lo miró un par de veces y, finalmente, tomó aire. Que fuera lo que Dios quisiera.

Está bien… He conocido a alguien.

6

Estás loca. Estás totalmente loca. No funcionará.

Natanael parecía francamente molesto, y Natalia no podía entender la razón. No era algo que le afectara a él. Era la segunda persona que reaccionaba mal ante su confesión y la verdad, no sabía por qué eran incapaces de apoyarla. Quizás porque se preocupaban demasiado.

Tal vez, pero si no lo intento me arrepentiré toda la vida.

Eres tonta.

Con el ceño fruncido y los puños cerrados, avanzó a paso rápido por el pasillo. Natalia corrió detrás de él y le detuvo.

¿Por qué soy tonta? ¿Por luchar por lo que quiero?

Tienes muchos pajaritos en la cabeza si crees que durarás con ese tipo.

Y ¿por qué no?

La distancia mata el amor, Natalia. Yo también mantuve una relación a distancia una vez con una chica que estaba apenas a dos horas. ¡Imagínate con un tío que está a tantísimos kilómetros! Bah, ¡qué coño…! ¡Pero si ni siquiera os conocéis en persona!

Intentó seguir caminando, pero Natalia era tozuda como una mula y se puso en medio.

Te estoy diciendo que lo conoceré en unas semanas.

¿Y? ¿Quién te asegura que será igual en persona que por Internet?

¿Estás insinuando que me engaña?

No. Si has hablado con él por micrófono dudo que te engañe. Pero no es lo mismo mantener una relación a distancia que frente a frente.

Eso es obvio, porque será mejor. Podremos tocarnos, mirarnos directamente, abrazarnos. ¿Qué hay de malo en ello? Parece que no has escuchado todo lo que te he contado. Jamás me había sentido así. Él me comprende mejor que nadie, y yo a él. ¿Cómo sé que no es el amor de mi vida si no lo intento? Podría simplemente dejarlo ir, pero no soy una cobarde, y sé que con el tiempo me arrepentiría. Puede que no funcione, lo sé. Pero él lucha por mí, ¿por qué no lo iba a hacer yo también?

Los ojos de él seguían duros, impenetrables. Por un momento, Natalia creyó ver el mismo rastro de celos en ellos que había visto en los ojos de América. Permanecieron callados, pensativos, dolidos, sosteniéndose la mirada como si se tratara de una lucha, hasta que Natanael quiso poner punto y final a la conversación.

Bien, lucha. Cuando todo acabe, me darás la razón.

¿Crees que me cansaré de esperar? ¿Es eso?

No —respondió. Estuvo a punto de morderse la lengua para no herirla más de lo que ya lo estaba haciendo, pero su propio dolor lo hizo egoísta—. Será él quien te deje.

Sus lágrimas pugnaban por salir, pero su orgullo era más fuerte.

¿Por qué dices eso?

No le darás lo que él necesita.

Apretó los puños.

«¡Cómo desearía darte una bofetada!»

Te refieres al sexo, ¿verdad?

No, no me refería a eso. Él tiene treinta; tú, diecinueve. Es obvio que él cumple todos tus requisitos. Es lo que siempre has buscado. Pero dudo mucho que tú puedas satisfacer todas sus necesidades.

No sabía a lo que se refería, y una pequeña parte de ella tampoco quería saberlo. De su boca no salía más que veneno y estupideces. No daba explicaciones, solo lanzaba predicciones sin ningún tipo de argumento. No estaba dispuesta a escucharlo más.

Pues yo sí lo creo.

Y sin decir nada más, se encaminó hacia la clase, donde le esperaba un examen sorpresa que ya no era tan sorpresa.

7

Julio entró en el restaurante del hotel Xbalamqué apresuradamente. Llegaba casi veinte minutos tarde a la cita que había concertado con su primo, pero el trabajo se le había acumulado y el tráfico le había retrasado más de lo que había pensado que lo haría. Echó un ojo y vio a Héctor sentado en una de las mesas más apartadas. En un principio, no fue consciente de su llegada. Estaba enfrascado en algo que acaparaba toda su atención en la Blackberry. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Héctor levantó la mirada y le saludó con la mano.

Hola, primo. Te estaba esperando.

Julio se abalanzó hacia su primo y le dio un abrazo.

Perdona, Héctor. Mucho trabajo —se excusó, tomando asiento en frente de él.

Lo supongo. ¿Cómo estás?

Agotado, pero muy bien. ¿Cómo va todo con respecto al viaje a España?

De eso quería hablarte.

Un camarero de bronceada piel y gesto amable se acercó a la mesa para atender al recién llegado, que pidió otra cerveza, y les dejó la carta para que decidieran.

¿Hay algún problema? —preguntó Julio, sin quitarle ojo a Héctor.

Héctor hojeó la carta por encima, intentando quitarle hierro al asunto, pero la verdad era que los nervios en el estómago estaban aplacando el hambre que había sentido minutos atrás. Recordó la conversación que había tenido con Natalia y se avergonzó de su actitud. Ella tenía mucha confianza en sí misma. No le importaba lo que pensaran los demás. Sin embargo, él parecía necesitar la aprobación de la gente que le rodeaba. ¿Por qué? ¿Por qué siempre tenía que dar cuentas de lo que hacía a todo el mundo? ¿Por qué no podía pensar en sí mismo por una vez?

No, no, nada de eso. Solo quería pedirte un favor.

Adelante.

¿Te parece si pedimos primero y después te lo cuento todo con calma?

Julio se encogió de hombros y se centró en la lista de suculentos platos que tenía para escoger. El mismo camarero volvió unos minutos más tarde para llevarle a Julio su bebida y anotar la comanda.

Necesito que retrases el viaje de regreso un par de días. En vez de volver el viernes, quiero volver el domingo —soltó Héctor de buenas a primeras.

Julio se encontró francamente sorprendido.

¿Que retrase el regreso? ¿Por qué ese cambio primo?

Espero que no te suponga mucha molestia. Tengo pensado ir a Cádiz en el fin de semana.

¿A Cádiz? ¿Para qué quieres ir hasta allá? —Héctor permaneció en silencio unos segundos hasta que una sonrisa reveladora se formó en su boca. Fue entonces cuando su primo se dio cuenta. Hacía muchísimo tiempo que no veía esa sonrisa y ese brillo en los ojos de Héctor. La última vez que lo había hecho, había sido cuando le había confesado que tenía planes de boda con Irene—. Oh, no me digas que es por una mujer.

Sí, es exactamente por eso —se atrevió a reconocer.

¡No manches primo! ¿Quién es ella?

Una vez más, como había hecho con su madre, Héctor relató cómo había conocido a esa chica especial que se había convertido en su fuerza para sonreír a la vida y para seguir adelante. Mientras hablaba de su afición a la lectura y de su sueño de ser escritora, llegó la comida. Julio comía y Héctor hablaba. Estaba tan emocionado y tan sumergido en la historia que ni siquiera se dio cuenta de que la comida se enfriaba.

Necesito conocerla, primo. Esta es el momento perfecto. Es como si el destino hubiese querido que me hablaran desde España. No puedo dejar escapar esta oportunidad.

Julio parecía ver a través de él con su mirada penetrante. Dejó el tenedor encima del plato y sonrió a Héctor.

Ay, te enamoraste, cabrón.

El color rojo subió hasta sus mejillas.

Perdidamente. —Julio tomó un sorbo de la cerveza—. Primo…, solo hay un pequeño detalle que…

¿Qué?

Ella tiene diecinueve años.

Y en vez de bajar los ojos hacia su plato, Héctor aguantó la mirada de su primo, expectante, aguardado el veredicto. Julio había sido como un padre para él y, aunque sabía que su opinión no influiría en su decisión final, una parte de él necesitaba su aprobación.

¿Cuántos años tienes, Héctor?

Treinta.

Otra sonrisa por parte de Julio.

Es la edad perfecta, primo. Adelante, sé feliz.

Héctor no podía creerlo.

¿En serio?

Sí. Todo el mundo tiene derecho a ser feliz. ¿Qué importa la edad? Además, ustedes tienen un punto a favor: un sueño en común. Comparten la pasión por la escritura. Eso es muy importante. Solo ten cuidado, primo. Lucha por ella, pero si llegas a ver que esto no tiene futuro, no sigan adelante, porque ambos saldrán dañados.

8

Acababa de salir del trabajo cuando sonó esa insoportable melodía que había sido símbolo de su supuesto amor con Irene. Sacó la Blackberry del bolsillo y miró la pantalla. Era ella. Dejó que siguiera sonando hasta que terminó la llamada. No tenía ganas de hablar con esa mujer. O mejor dicho, de discutir. Pero Irene era testaruda y el móvil comenzó a sonar pasados unos segundos. ¡Cómo sabía la hora a la que salía de trabajar, la condenada!

¿Bueno?

Hola, Héctor. ¿Te hablo en un mal momento?

Apenas salgo de trabajar —respondió simplemente.

Abrió la puerta del coche y se introdujo en él.

Solo quería saber si podemos vernos esta semana para tomar un café y resolver asuntos del divorcio.

¿Tomar una café con ella? Ni hablar. No quería que le hiciera perder demasiado tiempo. Si paraban en una cafetería, la conversación podría alargarse, y no deseaba verla más de lo necesario.

Lo siento, esta semana y la próxima voy a estar ocupado.

No quería decirle la verdad. Sabía lo manipuladora y dramática que podía llegar a ser y no quería ningún numerito antes de partir hacia España.

La voz de Irene sonó algo más dura y cabreada.

«Por Dios, que no empiece con sus berrinches», pensó Héctor.

Oye, Héctor, no tienes que ponerme excusas. Sé que no quieres verme, pero son asuntos importantes que…

No son excusas —la interrumpió antes de que se pusiera pesada—. En verdad voy a estar muy ocupado. Si quieres podemos vernos dentro de dos semanas.

Ah, ¿y se puede saber en qué estarás tan ocupado?

Eso no te incumbe.

Y le colgó. Sabía que eso la fastidiaba muchísimo. Se divertía nada más de pensar en la cara que estaría poniendo en ese instante. Antes de guardar el móvil, se metió en su reproductor de música, eligió una canción al azar, la puso de tono de llamada y borró para siempre la canción de Irene.

Con una sonrisa de oreja a oreja, se puso el cinturón, metió la llave y arrancó. Aún tenía muchas cosas que preparar antes de su gran viaje.

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