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Habitación 22

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Habitación 22

1

Miriam y Gema permanecían boquiabiertas. Natalia no se movía; tampoco hablaba. Incluso intentaba no respirar mientras esperaba el veredicto. Miriam y Gema se miraron la una a la otra, intentando descifrar lo que pensaba su pareja antes de hablar. Finalmente fue Gema la que lo soltó:

¡Qué loca! ¿Vas a ir hasta Madrid para averiguar si ese chico de tus sueños es real? —preguntó, atónita. Natalia no respondió. En el fondo sabía que no iban a creerla—. ¡Qué guay! ¿Podemos ir contigo?

Natalia arqueó las cejas, sorprendida. Gema parecía entusiasmada con la idea.

¿En serio?

¡Sí, a la aventura! —exclamó.

Miriam se levantó, algo más seria, de la silla en la que estaba y se arrodilló frente a Natalia para estar más cerca de ella. Miriam nunca había sido tan impulsiva como su novia. Ella era la parte reflexiva que le faltaba a Gema. Por eso se complementaban tan bien.

Sabes que esto es una locura, ¿verdad? —le preguntó. Natalia asintió—. Todo lo que dices que ha pasado… esa especie de vuelta al pasado, nadie se la creería. —Natalia bajó la cabeza cuando sus ojos comenzaron a humedecerse—. Y sin embargo dices que estás segura de que no fue un sueño. Que te han pasado muchas cosas que ya habías vivido antes.

Quizás fueron sueños premonitorios. No tuvo por qué pasar de verdad —aportó Gema, intentando aliviar el ambiente tenso que se había creado.

No sé si fueron sueños premonitorios o no —reconoció Natalia con un hilo de voz—, pero sé que Héctor existe, y si no voy a confirmarlo me volveré loca.

Eres consciente de que seguramente lleguemos allí y no encontremos a nadie, ¿verdad? —preguntó Miriam. Natalia volvió a asentir. Esta vez se le escaparon un par de lágrimas. Miriam sonrió—. Escritora soñadora que intenta escribir su propia historia. Definitivamente todos deberíamos hacer lo mismo.

Natalia tragó saliva y levantó la mirada, expectante. Gema se levantó de su asiento.

Entonces, ¿vamos con ella?

Sí, vamos las tres. Y si no encuentras a nadie allí, al menos no estarás sola —le dijo a Natalia.

La chica sonrió y abrazó a su amiga con fuerza. No podía creer que hubiera conseguido su apoyo en una locura como aquella.

Gracias, gracias.

¡Genial! ¿Y cuándo nos vamos? —preguntó Gema, dando saltos.

El viernes 9 de marzo —anunció la protagonista, secándose las lágrimas de los ojos—. Aprovecharemos el fin de semana.

A quien se lo cuente, no se lo creerá —rio Gema.

Es que nadie debe saber por qué vamos a Madrid —la corrigió Miriam, madura y paciente—. A nuestros padres y amigos les decimos que vamos a hacer una excursión. Unas minivacaciones en medio del curso para ver museos y todas esas cosas que hacen que los padres se sientan orgullosos de sus hijos.

Buena idea.

¿Tenéis dinero suficiente para acompañarme? —preguntó Natalia, preocupada por las molestias que pudiera causar.

Miriam le sonrió.

Tenemos algo ahorrado. Eso sí: mientras estemos en Madrid, nada de gastos tontos. Un hospedaje barato y comida más barata aún. ¿Queda claro?

Natalia y Gema levantaron la mano a la vez y la colocaron sobre sus sienes.

¡Sí, señora!

2

Gema observaba el paisaje desde la ventana, emocionada. No solía hacer demasiados viajes, y mucho menos con motivo de una «misión importante», como solía llamarla. Era una aventura. Algo nuevo y apasionante. Como vivir dentro de un libro. Eran esas cosas las que hacían la vida interesante. Debía reconocer que en un primer momento había pensado que Natalia había perdido la cabeza, pero la veía tan convencida de su historia que ella misma se lo había acabado creyendo. Y ¡qué demonios!, se lo iban a pasar de miedo las tres en Madrid en el caso de que no encontraran al príncipe azul de su amiga.

Miriam, sentada a su lado, no parecía tan ilusionada por ese viaje improvisado. Sabía las consecuencias que podría conllevar. Se preguntaba silenciosamente qué ocurriría si llegaban al destino marcado por Natalia y allí no había nada ni nadie; qué pasaría si realmente su amiga había apostado todo lo que tenía a algo que no existía, a una ilusión.

La miró de reojo. La chica, sentada en la parte izquierda, al otro lado del pasillo, miraba distraída la película que pasaban en el tren con los auriculares puestos. Parecía estar muy atenta, pero su mirada estaba perdida, y su mente, muy lejos de allí. Miriam tragó saliva. ¿Y si realmente había perdido la cabeza? ¿Debería animarla a acudir a un psicólogo? Intentó concentrarse en el libro que tenía entre las manos, pero no consiguió leer ni una palabra.

Había una segunda opción. Tal vez sí encontrara lo que estaba buscando, ¿y entonces qué? ¿La llevarían a la televisión por tener poderes paranormales?

Suspiró.

Todo aquello era una verdadera locura. Al final terminarían todas desquiciadas. ¿De verdad estaba considerando la posibilidad de que el mundo tal y como lo conocía no fuera como ella creía? ¿Que hubiese alguna forma de cambiar el tiempo en el que vivían?

Se pasó la mano por la cara, agotada. La noche anterior había dormido poco.

Volvió a mirar a Natalia, y a las tremendas ojeras que no se había molestado en ocultar. No podía imaginarse lo mal que había dormido la chica de pelo rizado. Natalia bostezó. Había tenido pesadillas durante las pocas horas que había dormido. Siempre el mismo sueño horrible. Veía a Héctor en la lejanía, tendiéndole la mano, sonriéndole; pero de repente su cara de deformaba y cambiaba, dando paso al rostro de David, que la miraba de manera acusadora. Entonces, le sonreía como si no tuviera remedio.

¿No te das cuenta de que yo sí soy real? —le decía.

Entonces, él también desaparecía, y la voz de Natanael comenzaba a hablarle:

Ellos ya no están. Quédate conmigo.

Pero Natalia no hacía más que retorcerse y de mover los brazos, como si espantara moscas, esperando que así también se alejara de ella todo aquello. Finalmente, despertaba en su cama, sudando.

Exhaló un suspiro. Aunque no lo demostrara, mil mariposas revoloteaban en su estómago. Sentía los nervios a flor de piel, y no eran precisamente buenos, pues en más de una ocasión había sentido que vomitaría.

Aún quedaban un par de horas para llegar a la capital, y ya estaba que se mordía las uñas. No podía parar de preguntarse qué pasaría si al llegar, no encontrara a Héctor por ninguna parte.

«Me quedaré más tranquila», pensó, pero realmente sabía que no sería así.

Una mano la bajó de la nube en la que se encontraba. Miriam le tocaba en el brazo suavemente. Natalia se quitó uno de los auriculares al ver que esta movía los labios.

¿Estás bien?

Asintió con una sonrisa, intentando reflejar una seguridad que no tenía. Rápidamente, y antes de que Miriam pudiera seguir con la conversación, se volvió a colocar el auricular en la oreja y fingió prestar atención a la película. Miriam volvió a su libro. Pero ya sabía que no estaba bien. Hasta que llegaran a Madrid, nada lo estaría.

3

Entró en el hotel. Todo era igual: la entrada de cristal, la fuente, el comedor a la derecha y la recepción a la izquierda. No podía ser casualidad. Con el corazón a mil por hora, se acercó al recepcionista, un joven cercano a la treintena que le brindó una cálida sonrisa.

Buenos días, señorita —la saludó con una alegría desconocida en los trabajadores madrileños.

Buenas —respondió ella. Su voz temblaba—. Quisiera saber si se hospeda aquí un amigo mío. Su nombre es Héctor Ignacio García.

Héctor Ignacio García —repitió el hombre mientras abría una agenda y buscaba en ella con la mirada.

Natalia cruzó los dedos y cogió aire al darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración. El recepcionista frunció el ceño e hizo una mueca con la boca. No era buena señal.

Lo siento, señorita. No veo ningún Ignacio en la lista. ¿Está segura de que este es el hotel?

Natalia dudó por unos instantes.

Sí, estoy segura. Ignacio es su segundo nombre, no su apellido —respondió finalmente—. ¿Podría volver a comprobarlo?

El joven volvió a mirar el cuadernillo, algo apurado. Un señor enchaquetado, al igual que él, pero de mayor edad, se colocó a su espalda.

¿Hay algún problema, Daniel?

Jaime, ¿sabes si tenemos hospedado a un tal Héctor Ignacio García? —preguntó con nerviosismo.

El hombre lo meditó unos segundos.

Sí, me suena su nombre. Creo que se encuentra en la habitación número 22. Compruébalo. Es el joven mexicano, ¿recuerdas?

El corazón de Natalia dio un vuelco al oír la palabra «mexicano». El joven revisó por tercera vez el cuadernillo.

¡Sí, es cierto! Está en la 22.

Natalia respiró, aliviada.

Disculpe su torpeza, señorita —dijo el hombre mayor—. Es nuevo y a veces se hace un lío.

No tiene importancia. ¿Podría comunicarme con él? Es urgente.

¡Claro, sin problema! —respondió el recepcionista nuevo, cogiendo el teléfono de inmediato y marcando una serie de dígitos—. Buenos días, señor. Perdone que le moleste, pero aquí hay una señorita que desea hablar con usted… Sí, enseguida.

Le tendió el teléfono a Natalia, quien lo cogió con manos temblorosas, al igual que su voz. ¿Sería él o habría sido todo una casualidad?

¿Hola, Héctor?

Un par de segundos de silencio. Solo los latidos de su corazón.

¿Sí?

Un nudo en la garganta. Era su voz.

Me llamo Natalia. Sé que no me conoces —habló ella. Estaba a punto de echarse a llorar—, pero yo sí te conozco y… necesito hablar contigo de algo muy importante. ¿Tal vez podríamos…?

Pásame con el recepcionista, por favor —le interrumpió la voz.

Natalia tragó saliva. ¿Iba a pedir que la echaran?

Vale… —Alargó el aparato hasta el recepcionista de nuevo—. Quiere hablar con usted.

El chico se colocó el auricular en el oído.

¿Sí, señor?… Está bien.

Y colgó.

El señor desea que suba. Es la habitación 22. Coja el ascensor hasta la segunda planta y vaya por el camino de la izquierda hasta el fondo. No hay pérdida.

Gracias.

Subió en el ascensor hasta el segundo piso. Sentía cómo los nervios le provocaban náuseas y un dolor agudo en el pecho. Tenía miedo de lo que fuera a pasar, pero después de todo lo que había ocurrido, no le extrañaría nada de lo que viniera a continuación.

Caminó despacio por el pasillo. El día, su nombre, su procedencia, su voz… ¿Y si aun así no era él? ¿Y si había cometido una tontería viajando hasta Madrid? ¿Se estaría volviendo loca?

El número 22 apareció ante sí brillante, como una luz que se metió de lleno en su mente y provocó otro recuerdo. Era la misma habitación que le habían dado para la presentación del libro de Héctor. Fue entonces cuando supo que no estaba loca. Todo eso, por extraño que pareciera, había sucedido.

Llamó un par de veces y esperó con el corazón en un puño. La puerta se abrió lentamente y detrás de ella apareció él: el chico de sus sueños —o sus recuerdos, como quisiera que fuese—, de ojos castaños, pelo negro alborotado, piel morena y una mirada capaz de intimidarla.

Hola —murmuró Natalia, como si le hubieran robado la voz.

Hola.

Natalia pensó que le saldría el corazón por la boca en cuanto empezase a hablar.

Escucha —le dijo—: sé que no me conoces, pero como he dicho antes, yo a ti sí te conozco. Esto es una locura, pero tú y yo fuimos… Tú fuiste la persona más importante para mí. Y yo no puedo sacarte de mi cabeza. Te sonará raro viniendo de una extraña, pero… —Bajó la cabeza y comenzó a llorar en silencio. Sentía impotencia. ¿Cómo decirle que una vez se habían amado y que, por un estúpido deseo suyo, había vuelto, de alguna forma, al pasado y no se habían conocido? —. No sé cómo explicarte todo esto sin que pienses que estoy como una cabra. Solo sé que te echo de menos y que lo siento —sollozó.

Héctor no decía nada y Natalia no se atrevía a levantar la cabeza para mirarlo y encontrar a una persona que nada sabía de ella ni de lo que estaba hablando.

El joven respiró hondo y sonrió.

¿Como una cabra? —repitió—. ¿Acaso te vas a poner a dar saltos?

Natalia levantó la mirada, esperanzada ante su tono jovial.

Había perdido la esperanza de que te acordaras de mí, Nataly. Pero una parte de mí se negaba a creer que te hubieras olvidado de mí. De verdad esperaba que vinieras a buscarme.

Natalia rompió a llorar y se echó a sus brazos. Héctor cerró la puerta y la abrazó con firmeza.

No me has olvidado.

¿Cómo podría, chiquita?

Lo siento tanto.

Ya no importa.

Y se besaron durante lo que parecieron horas.

Te amo. Perdóname.

Shhh, calla —le ordenó—. Te amo.

4

Gema miró el reloj. Habían pasado tres cuartos de hora desde que Natalia se había adentrado en el hotel. Habían acordado que, si no volvía en diez minutos, era porque había encontrado a quien buscaba, y que si eso ocurría podían irse tranquilas a visitar Madrid.

Parece que ha encontrado al príncipe azul —comentó Gema con una ancha sonrisa—. Increíble, ¿no?

Pero Miriam no parecía tan convencida. Al contrario. Una parte de ella se había asustado al no verla aparecer. Estaba tan segura de que todo aquello era una demencia, que en ese momento podía pensar de todo menos que Natalia se hallara con el tal Héctor. ¿Y si se había encontrado con un loco? ¿Y si la habían secuestrado?

Sacó su móvil. Hacía un rato que le había enviado un mensaje y todavía no se lo había contestado. ¿Qué estaría ocurriendo? Cerró los puños. Sentía las palmas sudorosas. Si le había pasado algo a su amiga, no se lo perdonaría en la vida. Gema le besó una mano.

Tranquila. Seguro que está bien. ¿Qué le iba a pasar en un hotel?

Y ¿si se han encontrado con un psicópata?

Gema soltó una carcajada.

¡Anda ya!

No me quedaré tranquila hasta saber que está bien.

Miriam caminó hasta la entrada del hotel sin soltar a Gema de la mano. Empujó la puerta de cristal y se adentraron en el recibidor. Un joven recibía a unos clientes y les daba las llaves de su habitación. Había otro encargado mayor y más experimentado, pero también más serio, así que Miriam optó por acercarse al joven, que las recibió con una sonrisa.

Buenos días.

Buenas —respondió Miriam—. ¿Ha visto usted entrar a una chica de nuestra edad? Así, con el pelo rizado, con un vestido azul… —dijo, gesticulando con las manos cada característica de Natalia. El recepcionista no tuvo que pensarlo mucho.

¡Ah, sí, la chica de hace un rato! Subió a la habitación 22.

¿Podría comunicarme con ella, por favor? Es urgente.

El joven alzó una ceja, y extrañado, cogió el teléfono y marcó el número de la habitación. Dejó que sonara un par de veces y se lo pasó a la chica.

Qué de urgencias hay últimamente por aquí… —comentó para sí mismo.

El tono de la llamada se repitió varias veces hasta que alguien descolgó.

¿Sí?

Miriam suspiró, aliviada. Era la voz de su amiga.

¿Natalia?

¿Miriam? ¿Todavía estáis ahí abajo?

Estaba preocupada —respondió—. ¿Todo bien por ahí arriba?

Una risilla. Sí, definitivamente todo estaba bien. Gema sonrió al ver que Miriam se destensaba, y pegó la oreja al audífono.

De maravilla.

Supongo que has encontrado lo que buscabas, ¿no? —preguntó Gema.

Sí, justo lo que buscaba —respondió con una voz llena de paz.

Bien, entonces te dejamos tranquila. ¿Nos vemos más tarde? —quiso saber Miriam.

Claro. Yo os llamo cuando salga.

¡Diviértete, golfilla! —exclamó Gema.

El recepcionista las miró con los ojos como platos, e intentó sofocar una sonrisa. Las sureñas…, siempre tan bromistas. Miriam le devolvió el teléfono al recepcionista.

¿Todo en orden? —preguntó por cortesía.

Sí, gracias —respondió Miriam. Estaban a punto de marcharse cuando se le ocurrió algo—. Oiga…, tienen servicio de habitaciones, ¿verdad?

Por supuesto, señorita.

¿Y carta de postres?

Extensa y buenísima.

Y carísima, seguro —murmuró Gema.

Miriam sacó su monedero y contó por encima el dinero que llevaba.

¿Sería posible dejar pagado un postre para que lo subieran después a la habitación 22?

El chico sonrió abiertamente. Todo lo que fueran ingresos…

Claro, señorita.

5

Natalia pasó su mano por el torso desnudo de Héctor, por su brazo, por su cara, y al fin respiró tranquila al saber que volvía a tenerlo a su lado; que nada había sido un sueño. Héctor la abrazó con fuerza, acarició su espalda y la besó en la frente. Ambos exhalaron un suspiro casi al mismo tiempo. ¡Cuánto habían sufrido ambos! Cuánta desesperación al verse separados por el caprichoso destino. Héctor cubrió la desnudez de su chica con la sábana y enredó los dedos en sus rizos.

Cuánto te eché de menos —murmuró.

¿Qué ocurrió? —preguntó Natalia, dudando que él supiera la respuesta a la pregunta que tantas veces se había hecho.

Héctor la abrazó más fuerte, como temeroso de perderla de nuevo.

Me quedé dormido en el hospital, después del accidente —contó Héctor—. Solo recuerdo haberle pedido a Dios mil veces que te salvara la vida. Cuando desperté, estaba tumbado en una cama, y a mi lado estaba Irene.

Natalia se encogió bajo las sábanas y se le formó un nudo en la garganta al imaginar la escena. Héctor pasó los dedos por su brazo desnudo, tranquilizándola, mimándola.

Al principio, me sentí muy perdido. Me preguntaba qué hacía ella allí, por qué no estaba yo en el hospital contigo, qué hacía de regreso en México… A mi alrededor todo estaba cambiado. Me di cuenta de que, de alguna forma, volví a mi vida anterior; que todavía no te conocía. Fue muy desesperante.

Pero…, ¿sabías que existía?

Llegó un momento en el que pensé que todo había sido un sueño —reconoció—. Pero comprendí que lo que sentía por ti era demasiado fuerte como para ser solo eso. Así que investigué y supe que, efectivamente, existías.

¿Por qué no contactaste conmigo?

Recordé lo que había ocurrido antes del accidente. Dijiste que nunca debimos empezar esto. Supe que sufriste mucho con esta relación y preferí mantenerme al margen a menos que tú me buscaras. De hecho, hablé en muchas ocasiones con David bajo mi pseudónimo de Félix para saber si estabas bien. Maldito pendejo… —masculló—, de verdad que me chingaba cada vez que se quejaba de ti, el muy idiota. Supe que esa relación no dudaría.

A Natalia le temblaron los labios.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera venido?

Siempre tuve la esperanza de que vinieras. Por eso le pedí expresamente al encargado si podía darme la misma habitación que cuando viniste a mi presentación. Aunque realmente no pensé que lo fueras a hacer, puesto que nunca recibí un mensaje tuyo. Ni siquiera sabía si te acordabas de mí.

Te busqué por Internet y no te encontré —se excusó ella—. Yo también estuve esperando un mensaje que nunca llegó.

Lo siento. Creí que preferirías una vida sin mí. Ni siquiera estaba seguro de que te acordaras de que existía.

Claro que me acordaba. Pensaba en ti cada día. —Lo besó en los labios—. Cuando desperté, yo también estaba con David. Tuve que volver a pasar de nuevo por todo aquello que ya había dejado atrás. Fue una verdadera pesadilla.

Yo también. Pero me sirvió para darme cuenta de muchas cosas: que debía poner preferencias en mi vida, cambiar algunas cosas…, pero sobre todo, que eres lo más importante para mí. Por eso, en todo este tiempo, me dediqué a reescribir mi vida.

Natalia recordó que esa fue la misma palabra que ella había empleado cuando había decidido que era hora de cambiar el rumbo de las cosas, que ella misma decidiría en su vida, y que no lo dejaría todo en manos del destino.

Alzó la mirada hacia él.

Y ¿qué hiciste?

Héctor colocó detrás de la oreja de Natalia un par de mechones que caían por su cara, cubriendo en parte sus ojos castaños.

Primero, dejé a Irene, y esta vez no esperé ni un minuto para pedir el divorcio; después presenté mi dimisión en el trabajo —no sabes la libertad que sentí al salir de allá—; y por último, busqué un comprador para la casa. Fue todo un proceso, demasiado lento para mi gusto, pero finalmente conseguí librarme de todas las ataduras que me encadenaban a Cancún.

Natalia se incorporó y se quedó mirándolo extrañada.

¿Qué? ¿No tienes ni trabajo ni casa? Pero… ¿por qué? Quiero decir: ¿qué vas a hacer ahora?

Héctor sonrió. Natalia parecía más angustiada que él.

Aún no dejé la casa. Acordé con la compradora que saldría de ella en septiembre. Y por el dinero, no hay problema. Me dan un dinero por haber trabajado tantos años en la empresa. Además, recibí una parte del pago de la casa por adelantado.

Pero Natalia no se quedaba tranquila con esas explicaciones.

¿Y cuando llegue septiembre, qué harás?

Antes de vender la casa, entré en concursos literarios y pedí varias becas. No gané ningún concurso, pero accedieron a darme una beca para una maestría de letras por dos años. ¿Sabes dónde?

Natalia negó con la cabeza.

¡En España! En la ciudad de Salamanca.

La expresión de Natalia empezó a iluminarse poco a poco, como si no terminara de creerse lo que le acababa de revelar, y tuviese miedo a hacerse ilusiones.

¿En Salamanca?

¡Sí, mi amor!

¿De verdad?

¡Sí!

Natalia se tiró sobre él.

Sé que sigue estando lejos de Cádiz —dijo, mientras Natalia le llenaba la cara de besos y la aplastaba bajo su peso—, pero ¿qué es Salamanca comparado con Cancún? Podré ir a visitarte cada poco tiempo.

¡Es la mejor noticia del mundo!

Y sé que ya estuviste, pero quiero que vengas a mi presentación de El corazón de Yucatán.

La chica rio.

Claro que estaré.

Alguien llamó a la habitación. Natalia se levantó de encima de Héctor, y el chico se incorporó. Natalia permaneció callada. ¿Habrían subido sus amigas?

¿Esperas a alguien?

Héctor negó con la cabeza, y acto seguido preguntó en voz alta:

¿Quién es?

¡Servicio de habitaciones!

Y ambos volvieron a mirarse. No recordaban haber pedido nada. Héctor corrió a buscar su ropa tirada por el suelo, y Natalia se metió en el baño a vestirse. No imaginaban que en unos minutos volverían a estar desnudos en la cama, disfrutando del maravilloso postre que Miriam había pagado para ellos.

Unos meses más tarde…

La presentación del libro se llevaba a cabo tal y como Natalia lo recordaba. En primer lugar, había hablado Fernando Gómez, haciendo una pequeña introducción y hablando de la vida de Héctor. Después, fue el profesor Luis Jaén el que tomó las riendas y habló del contenido del libro, de sus puntos fuertes y del lado psicológico de la novela. A continuación, pusieron el vídeo que Héctor traía preparado, en el que su hermano Abraham hablaba de la banda sonora que él mismo había compuesto para el libro de su hermano mayor. Finalmente, llegó el turno de Héctor, que se desvivió por hacer que el público se interesara en la obra. Natalia sonrió. Héctor parecía más tranquilo que la última vez, si es que eso era posible. Ella, sin embargo, estaba igual de orgullosa. Desde su asiento, lo miraba hipnotizada mientras movía los labios, componiendo frases que perdían sentido cuando se fijaba en su sonrisa llena de paz y felicidad.

Héctor se volvió hacia ella y le guiñó un ojo. Natalia le sonrió.

Lidia, la editora de Héctor, se acercó con un ejemplar de El corazón de Yucatán y se lo entregó a Natalia. La joven lo abrazó como si fuera el mayor de sus tesoros. Héctor también tenía uno encima del atril y lo mostró al público.

—Y para acabar la presentación—dijo por el micrófono—, me gustaría que una personita aquí presente abriera el libro por la segunda página no enumerada, donde dedico la novela a varias personas que han sido muy importantes para mí. —Se volvió hacia ella de nuevo—. Natalia, ¿te importaría?

La chica pestañeó un par de veces hasta que se dio cuenta de lo que Héctor le estaba pidiendo. Abrió entonces el libro justo por la página que él le había pedido. Allí estaban las dedicatorias a algunos amigos y familiares, además de la suya.

—¿Puedes leer lo que pone? —le pidió.

Lidia le pasó un micrófono a Natalia, que con las mejillas coloradas por ser repentinamente el centro de atención, comenzó a leer en voz alta. La primera dedicatoria iba dirigida a su primo, que tanto le había ayudado; también había una para su hermano, para su madre y algunos amigos. Finalmente llegó a la suya. No tenía necesidad de leerla, pues se la sabía palabra por palabra, y aun así, los nervios hicieron que siguiera con la lectura, con la sorpresa de que Héctor había cambiado la frase dirigida a ella:

—A Natalia, que me tendió la mano cuando nadie más lo hizo; que me iluminó con su luz cuando la oscuridad estaba a punto de tragarme; que fue en muchos momentos la inspiración que necesitaba para seguir adelante. Mi amiga, mi compañera, mi mujer… Natalia, ¿quieres casarte conmigo?

En la últimas tres palabras, su voz fue decayendo gradualmente y su cara se tornó del mismo color rojo que sus mejillas. Se oyeron suspiros de las chicas y silbidos de los hombres; comentarios románticos y un «ohh» generalizado. Natalia tragó saliva y levantó la vista hacia Héctor, que le devolvía una mirada brillante. El chico se arrodilló delante de ella y abrió una cajita azul. Natalia no se lo podía creer.

—Mi amor, ¿quieres casarte conmigo?

Natalia ni siquiera miró el anillo. No podía apartar la mirada de los ojos de Héctor, que brillaban con una luz especial aquella noche. La chica no respondió, simplemente le echó los brazos al cuello y se echó a llorar. Héctor sonrió.

—¿Eso es un sí?

Natalia asintió con fuerza, pero no despegó su cara del hombro de Héctor. El escritor la abrazó y besó su pelo hasta que ella tuvo el valor para apartarse lo suficiente como para que Héctor pudiera colocar el anillo en su dedo anular. Entonces, ambos sonrieron y se besaron delante de la cámara de Lidia, que captaba el momento sin que ninguno se diera cuenta.

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