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Año nuevo

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VII

Año nuevo

1

El vestido negro combinaba a la perfección con el peinado que le había improvisado la peluquera: un recogido elegante con los tirabuzones hacia un lado y unas trenzas a modo de tocado.

Una foto con el móvil, y en menos de lo que canta un gallo, Héctor estaba admirándola de nuevo, embobado.

Estoy lista.

¡Guau, princesa! Luces como toda una reina.

Entonces, ¿te gusta mi peinado?

Sí, me late mucho.

La verdad es que a mí también me gusta cómo ha quedado.

¿Ya te vas?

Dentro de poco. En cuanto llegue mi padre. Iremos a ver a mis abuelos y después me llevará a Cádiz, a cenar con mi familia materna.

Yo al rato iré a cenar con mi familia también.

Natalia sintió un desagradable dolor en el estómago.

Estoy triste, Félix —confesó.

No estés triste. —No le hacía falta preguntarle el porqué de su tristeza. Él sentía lo mismo. Estaban conectados de una manera extraña—. Es Nochevieja. La pasarás genial.

Lo sé, preferiría quedarme aquí contigo. No tengo ganas de ir a esa fiesta después de las uvas.

Su malestar tenía nombre, y se llamaba David. Él iría a la fiesta con ella y sus amigas, a pesar de que no le gustaban nada ese tipo de eventos. Por una parte, lo prefería, pues sabía que esos lugares llenos de jóvenes borrachos eran propensos a acoger peleas provocadas por el exceso de alcohol. Pero, por otra…

La culpabilidad le martilleaba la cabeza con furia. En un día tan especial como aquel, no deseaba estar con su novio, sino con el chico que había conocido un par de meses atrás por Internet.

No pienses eso. Ve y disfruta. Te ves hermosa. Los deslumbrarás a todos.

Héctor, por su parte, también era víctima de la tristeza que se siente al saber que la mujer que te gusta pasará la noche con otro; y ese otro será quien la bese y la abrace. Sería quien disfrutase de ella, de su compañía. Su belleza sería para ese niño que no sabía cómo tratarla, no para él.

Gracias. Intentaré disfrutar.

El pitido de un coche llegó hasta sus oídos. Se asomó por la ventana y vio el Citroën de su padre aparcado en la calle. José la saludó con la mano desde el asiento del conductor.

Ya está aquí mi padre. Tengo que irme. Héctor, feliz año nuevo anticipado.

El joven sonrió. ¿Lo había llamado Héctor?

Feliz año nuevo, chiquita. Que sea un año lleno de felicidad para tu familia y para ti.

Igualmente. Muchos besos. Hasta mañana.

Besos, mi niña.

Apagó el ordenador, cogió sus cosas y bajó las escaleras. El coche ya estaba en marcha. Subió al asiento del copiloto y le dio un beso en la mejilla a su padre, que iba bien arreglado con una chaqueta y su pelo engominado hacia atrás.

¡Qué guapa! ¡Tienes que estar pasando un frío…! Ponte el abrigo, anda.

José condujo por las calles abarrotadas de coches que, al igual que ellos, se dirigían a casa de sus familiares para celebrar la Nochevieja. La avenida de Pery Junquera era la más transitada a esa hora.

¿Adónde dijiste que ibais después de las uvas?

Al cotillón de “La leyenda”.

No sé dónde está.

En Cádiz. No te preocupes. David vendrá a recogerme en coche.

¿Y Carmen y América?

Las llevan sus padres.

Aparcar cerca de la casa de sus abuelos fue como un milagro. Los conductores se pegaban tortazos por encontrar un sitio donde estacionar sus vehículos de forma correcta para que no se los llevase la grúa. Al salir del coche, una brisa fría le heló el cuerpo y se apresuró a ponerse el abrigo. Su padre le tendió el brazo. No se le daba especialmente bien caminar con tacones.

Sus abuelos vivían en el séptimo piso de un edificio de ocho plantas. Por suerte, había dos ascensores —que durante un tiempo habían estado estropeados—. Natalia no se imaginaba subiendo siete pisos con tacones; hubiera sido una misión suicida.

José llamó a la puerta, y segundos más tarde, apareció detrás de ella un hombre joven y atractivo, de unos cuarenta años.

Lo siento, no hay pan duro —dijo, haciendo el amago de cerrar la puerta, pero en el último momento, volvió a abrirla con la misma sonrisa pícara con la que había hecho la broma—. ¡Abuelo, que ya viene tu nieta a comérselo todo!

José saludó a su hermano con dos besos y pasó a al salón. Natalia besó a su padrino en la mejilla y fue a saludar a sus abuelos.

¡Pero, ¿quién es esta mocita tan guapa?! —exclamó su abuelo cuando la vio. Después, miró a José—. ¿Dónde te la has encontrado? Esta no puede ser mi nieta.

¡Que sí, abuelo!

Natalia abrazó al hombre mayor con gafas y poco pelo, propinándole tres besos en la misma mejilla. Después, besó a su abuela y a su tía.

¡Qué guapa vienes! ¿Después te vas de fiesta? —le preguntó su tía.

Sí. Me voy con mis amigas y con mi novio a la Leyenda.

Ah, ese sitio es el que está en Cádiz, ¿verdad?

Sí, ese.

El timbre sonó, y la abuela se apresuró a abrir la puerta. Las voces de sus tíos paternos y sus primos llenaron la sala. Su primo Antonio fue el primero en darle un gran beso y un apretón de los suyos.

Hola, prima.

Saludó a sus tíos, recibiendo piropos también de ellos. Le quedaba una larga noche de halagos, de eso estaba segura. La última en entrar en el salón fue su prima María. Le sorprendió ver lo avanzado que estaba su embarazo. El día de Nochebuena no había tenido la oportunidad de verla, porque había ido a comer con el padre de su futura hija a casa de sus suegros.

Hola, primita.

Natalia le dio un abrazo cariñoso, teniendo cuidado con su prominente barriga. Acto seguido, la acarició y sonrió a su prima mayor.

¡Qué guay! ¿De cuánto estás ya?

De cuatro meses.

Está grandota.

Oye, ¿cómo vas con tu novio?

Bien —se vio obligada a decir Natalia. Colocó en su cara la sonrisa más sincera que pudo y continuó con algo que diera base a su escueta respuesta—. El día 17 hicimos un año.

¡Un año ya! ¡Qué bien, prima!

Sí. Un año ya…

2

Eran casi las diez cuando José llevó a Natalia a Cádiz, donde se encontraría con su familia materna al completo. Era la parte mala de tener padres divorciados: en Navidades tenía que pasar las fiestas separada de uno de los dos. Este año le había tocado pasar el fin de año con su madre.

Le dio un beso a su padre y le deseó un feliz año nuevo antes de tiempo. Subió el ascensor hasta el noveno piso y llamó a la puerta. Enseguida se escuchó el ladrido de un perro. Natalia resopló. Adoraba a los gatos, pero no le gustaban los perros.

Por suerte, no era la última. Todavía faltaban por llegar algunos familiares. Su madre ya estaba allí. Repartió besos a diestro y a siniestro. Su familia materna era demasiado grande. Siete hermanos ni más ni menos. Si no llevaba mal la cuenta, en total ya eran diecisiete primos. Las reuniones familiares eran una locura. A las diez y cuarto terminaron de llegar los que quedaban y todos se sentaron a cenar. Se habían dispuesto dos mesas: una alargada que ocupaba gran parte del salón para los jóvenes, y otra algo más pequeña para los mayores. Como resultado, apenas podían moverse.

La cena transcurrió divertida. Las chicas se hacían fotos. Los chicos hablaban. Unos más, otros menos. Contaban novedades, hablaban de los estudios, hacían planes para después de los exámenes… Algunos de los primos —los menos sociables— miraban la tele, aburridos. Otros —los más serios—, vigilaban que todo estuviera en orden. A Natalia le había tocado presidir la mesa. Minuto a minuto, la hora se fue acercando. Eran las doce menos diez cuando su tía empezó a repartir las uvas. Su tío encendió la televisión y toda la familia se reunió delante de ella para ver las campanadas.

Una uva por cada campanada. Se veían incapaces de tragarlas, y optaban por guardarlas en la boca e ir masticando entre una y otra. Por fin, llegó la última campanada y el reloj marcó las doce y un minuto.

¡Feliz año 2012! —gritaron los presentadores de televisión.

Todos se besaban. Era un verdadero caos; demasiada gente, demasiados besos. Pero era un momento de felicidad que solo se vivía una vez al año.

3

La una de la madrugada. Ya esperaban en la cola a que abriera la Leyenda. Una gran y desordenada fila de jóvenes se expandía desde la entrada hasta la carretera; por suerte, no era una zona muy transitada y los coches no solían pasar por allí. David, ataviado con el traje de chaqueta que le había prestado su padre, bien afeitado y cuidadosamente peinado, miraba intranquilo a la multitud, esperando no encontrar a nadie conocido en la fiesta. Carmen estrenaba un vestido de varios colores, estilo hippie. América llevaba un traje negro, ajustado, con transparencias en las mangas.

Estaban hablando del frío que hacía, del tipo de música que pondrían, de ir a por una bebida en cuanto entraran y del pago por dejar los abrigos en el guardarropa, cuando vieron a Teresa acercándose con su novio, un chico que le sacaba casi dos cabezas, delgado y bien vestido.

¡Hola! —saludó, con alegría—. ¡Feliz año nuevo!

Las chicas se lanzaron a abrazarla.

Este es Raúl —les dijo, señalando a su novio, y se los presentó uno por uno.

Raúl dio besos a las chicas y apretó la mano de David.

Dentro estarán los amigos de Raúl. ¿Podéis veniros con nosotros? No conozco a nadie —le suplicó a Natalia en el oído.

Como toda respuesta, ella sonrió y le guiñó un ojo.

¿Y Marina y Rocío?

Marina decidió no venir, ¿recuerdas? A Rocío supongo que nos la encontraremos dentro —explicó.

Ah, es verdad… ¿Por qué no habrá querido venir?

No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Decía que no tenía muchas ganas.

¡Qué pena!

La cola empezó a moverse y los jóvenes a pegarse empujones para entrar. Dos hombres grandes y fornidos hacían de seguridad en la puerta, mientras dos más revisaban las entradas y dejaban pasar a la ansiosa juventud. Poco después, accedieron al local. El lugar, despejado de mesas, era mucho más grande de lo que Natalia había imaginado. En el escenario, habían puesto una mesa de mezclas y un DJ que jugaba con la música, muy animado. Las luces de colores daban buen ambiente. La música sonaba y la gente bailaba, celebrando el nuevo año que se abría ante ellos con nuevos sueños, nuevas expectativas, nuevas ilusiones. Era un nuevo comienzo.

¿Vamos a por una bebida y después al guardarropa? —sugirió Carmen.

Sí, mejor. Ahora mismo tiene que estar lleno.

Se acercaron a una de las barras. Después de echarlo a suertes, David y Carmen fueron los elegidos para ir a pedir. Un Malibú con piña para Natalia y un Ron con Coca-cola para América. Teresa había desaparecido repentinamente. Seguramente había ido a saludar a los amigos de Raúl.

Minutos más tarde, allí estaban de nuevo David y Carmen. Su mejor amiga había decidido tomar lo mismo que ella. David, sin embargo, llevaba en la mano algo más fuerte.

Después tienes que conducir —le advirtió Natalia.

En el centro de la pista ya había varios grupos de chicas dándolo todo con la canción que estaba de moda. Después de terminar sus respectivas bebidas, salieron para dejar sus abrigos.

«Dos euros por dejar un abrigo. ¡Menudo robo!», pensaba Natalia. Ni siquiera había pensado en el hecho de que le podrían cobrar algo así. Por suerte, Carmen era previsora y siempre llevaba algo de dinero encima. Sin que se lo pidiera, se había ofrecido a dejárselo.

Volvieron a la fiesta. Una canción que pocos conocían dio paso a otra famosísima cuyo estribillo se sabía todo el mundo. Las voces se alzaban por encima del sonido que reproducían los altavoces. En fila de uno y agarrados de la mano, se adentraron en la densa marea humana, en busca de Teresa.

En mitad de la muchedumbre encontraron a Jesús, un excompañero del instituto. América siguió su camino hacia la barra. Jesús y ella nunca habían tenido una buena relación. Natalia le preguntó por Teresa. El chico señaló hacia la otra punta. Natalia se puso de puntillas. Teresa bailaba con Raúl y unos amigos en una de las esquinas del lugar. Natalia no solo dio con ella, también con Daniel, el ex de América. Jesús y él eran grandes amigos. Dio un codazo a Carmen y lo señaló, con la mirada seria. ¿Qué pasaría si Jesús y ella se vieran? La respuesta llegó rápida y chocante. América regresó con una bebida en la mano y al ver a Jesús, fue hacia él con una sonrisa y empezaron a bailar muy pegados.

Natalia y Carmen quedaron perplejas ante la actitud de su amiga. No estaba borracha, y días antes le había dicho a Natalia que tenía miedo de encontrarse con él. ¿A qué estaba jugando?

Carmen la miró. Sus ojos parecían decir: «¿Lo ves?»

Teresa llegó por detrás, sorprendiéndolas con una sonrisa.

¿Qué os pasa? Parece que hayáis visto un fantasma.

No, nada —respondió Natalia, algo molesta—. ¿Vamos a bailar?

Después del pequeño percance, la noche transcurrió tranquila. Nadie le pidió explicaciones a América. Bailaron durante horas, se encontraron con amigos, hicieron fotos, esperaron a que sonaran sus canciones favoritas e incluso salieron un par de veces a tomar el fresco, pero el «fresco» era tan frío que tuvieron que volver a entrar enseguida.

¿Alguna ha visto a Rocío? —preguntó Teresa—. Yo la vi cuando entré, pero no he vuelto a dar con ella.

Ninguna de nosotras la ha visto —respondió América.

Pero pronto se olvidaron del tema. Rocío iba acompañada por su novio y unas amigas. Estaría bien cuidada.

Las chicas se movían con gracia. Los chicos, no tanto. David intentaba bailar lo menos posible. No era algo que se le diera especialmente bien. Por suerte, no era el único hombre del grupo, así que no sobresalía.

Agarró a Natalia y la atrajo hasta sí. Bailaron pegados un par de canciones y la besó en los labios. Ella estaba contenta. De esa manera, conseguía olvidarse de todo lo que la había estado atormentando durante las últimas semanas.

¿Vienes conmigo a pedir algo? Me muero de sed —le preguntó Carmen.

Sí, pero Coca-cola. Ya no quiero más Malibú.

Yo tampoco. Vamos.

Se alejaron así del grupo y caminaron hacia la barra que se encontraba en el patio. Los oídos les retumbaban de la música. Así estaba mejor, más tranquilidad.

¿Qué os pongo? —preguntó un señor que atendía en la barra.

Dos Coca-colas.

El hombre sonrió y llenó dos vasos.

Sois muy light, ¿no?

Carmen rio.

Siempre.

Un buen buche, y saciada la sed, volvieron a la pista. Los pies empezaban a dolerles por culpa de los tacones.

No puedo más, te lo juro. Los pies me están matando.

Son las cuatro. ¿Aguantamos al menos hasta las cinco? —propuso Carmen.

Está bien —cedió ella—. Hay que amortizar los veinticinco euros que ha costado esto.

Veintisiete —corrigió—. Dos euros del guardarropa.

Es verdad. Te los devolveré en cuanto te vea.

Por cierto, ¿qué te parece lo que hemos visto antes?

¿Lo de América con su ex? —preguntó Natalia.

Sí.

Natalia apretó los puños y frunció el ceño.

Pues, que nos está tomando por tontas.

4

¿Tus compañeros de piso no están?

Se van a su ciudad por vacaciones. Ya te lo he dicho. Estamos solos.

Abrió la puerta y entró delante de él. El piso estaba totalmente oscuro. Encendió la luz y cerró el pestillo cuando David ya estaba dentro. Eran las seis de la mañana y ambos estaban cansados. La casa, usualmente desordenada, estaba impoluta. Se notaba que los cuatro habían hecho un gran trabajo de limpieza antes de ir a pasar las navidades con su familia. Entró en el pasillo y caminó hasta la puerta de la derecha.

Esta es mi habitación.

Dejó sus cosas encima de la cama y fue hacia el cuarto de baño con el pijama que había traído de casa.

Voy a lavarme los dientes. Ponte cómodo.

David se deshizo de los zapatos y la chaqueta. En otra ocasión, habría investigado un poco la habitación de Natalia, pero estaba demasiado cansado.

¿No te has puesto el pijama?

Ahora me lo pongo.

Natalia había regresado con el vestido y la rebeca en el brazo. En su lugar, había un abrigado pijama de dos piezas en tonos rosas y azules.

David sacó de la mochila otro pijama de color marrón.

No te olvides de lavarte los dientes.

¡No he comido nada! —se quejó el chico.

Pero has bebido. Lávatelos —ordenó, dando por zanjado el tema.

David sacó también el cepillo de dientes y marchó enfurruñado hacia el baño. Natalia gruñó. Recordaba aquella vez que la había besado después de comer un bocadillo de paté. Ella odiaba el paté. Estuvo un buen rato insistiéndole en que se lavara los dientes y él no le hacía ni caso. Finalmente, David prefirió no volver a besarla en toda la tarde con tal de no lavarse los dientes.

Deshizo la cama, que por suerte era lo suficientemente grande para que cupieran los dos, y se metió en ella. David volvió unos minutos más tarde.

Apaga la luz y cierra la puerta, por favor.

Era una costumbre. Desde pequeña, había tenido terror a los pasillos oscuros. Prefería no ver lo que había o dejaba de haber en ellos en mitad de la noche. David obedeció y corrió a meterse en la acogedora cama. Abrazó a su novia y le dio un beso en los labios.

Hoy no hay…, ¿verdad? —preguntó David.

Natalia miró el reloj. Eran más de las seis. Al día siguiente tenía que ir a su casa a ayudar a su madre a preparar la comida de año nuevo.

Es un poco tarde.

En su voz no había pasión; en la de él tampoco. Tal vez por el cansancio. Había sido una noche muy larga. Quizás por el alcohol. Pero casi no habían bebido. Excusas. Solo ponían excusas.

«¡Qué demonios!», pensó Natalia.

Era Año Nuevo. Una fiesta que celebrar, un momento especial. Una noche para comenzar de nuevo. Incluso se había comprado ropa interior roja —que las leyendas decían que en Nochevieja traían suerte— y sexy para la ocasión. ¿Qué mejor noche que esa para dejarse llevar, para aclarar las dudas, para amar otra vez como el primer día?

Besó a David con dulzura, incitándolo, dándole a entender que esa noche no sería una noche más. Pero cuando pasó largo rato y sus besos no parecían inmutar a David, empezó a preocuparse. Cuando se quitó el pijama y David no dijo nada de su ropa interior llena de transparencias, su ánimo decayó; y cuando a su mente llegó el nombre de otra persona, supo con certeza que esa no sería su noche.

5

La casa de la señora Esther empezaba a llenarse. Ya habían llegado casi todos los invitados. Tíos y primos que venían de Mérida, y otros que habían llegado de la capital. El señor Francisco Ruiz, jefe de la revista Pioneros y gran amigo de la familia, se acercó a la cocina para agradecer a Esther la invitación en esa noche tan especial.

No tiene por qué agradecer, Francisco. Es un placer tenerlo con nosotros.

Héctor puso villancicos para amenizar la velada. Sol y Abraham hablaban con su abuela materna, a la que hacía mucho tiempo que no veían. La mesa estaba puesta, y solo faltaban que los manjares se sirvieran. Esther llevó a la mesa ponche de frutas y patatas al horno recién hechas. Por último, sacó el plato estrella: pata de cerdo claveteada con salsa chipotle.

La familia se sentó a la mesa y comieron y bebieron a gusto. Durante la cena, Héctor tuvo que soportar algunas preguntas sobre su separación e Irene, pero no se sintió molesto. Sabía que su familia no lo hacía con mala intención, porque prefirieron no entrar en detalles y cambiaron a temas más alegres.

Una hora más tarde, no quedaba nada en los platos. La cena había sido un éxito, y aún quedaba el postre. Esther se adentró en la cocina y regresó con un pastel de tres leches decorado con melocotones, kiwis y fresas: el postre preferido de Héctor. Su madre le guiñó un ojo y cortó un gran trozo para él.

La hora de las campanadas se iba acercando. Se repartieron las uvas y se prepararon para la llegada de año nuevo. Héctor siempre había oído que se debía pedir un deseo por campanada, pero nunca había creído en esas leyendas. Sin embargo, siempre usaba en esa fecha ropa interior de color rojo para tener suerte en el amor. ¿Acaso eso no era creer en leyendas?

¡Ya empiezan! —anunció Sol.

¡Ton!

Primera campanada, y primera uva.

«Que mi madre encuentre la felicidad.»

¡Ton!

«Que mi hermano triunfe en el mundo de la música.»

¡Ton!

«Que Sol termine sus estudios.»

¡Ton!

«Deseo que todo cambie

¡Ton!

«Que llegue pronto el divorcio.»

¡Ton!

«Que mis jefes dejen de joder.»

¡Ton!

«Que mi trabajo sea reconocido.»

¡Ton!

«Quiero que se cumpla mi sueño.»

¡Ton!

«Que Natalia sea feliz.»

¡Ton!

«Quiero ser feliz.»

¡Ton!

«Quiero una nueva vida.»

¡Ton!

«Y que Natalia forme parte de ella.»

¡Feliz año nuevo! —gritaron todos al unísono, y comenzaron a repartir besos y abrazos.

Esther se acercó a su primogénito y lo rodeó con sus maternales brazos.

Feliz año nuevo, hijo. Este año vendrá lleno de cosas buenas para ti. Estoy segura. Todo irá mejor a partir de ahora. 2012 será tu año.

Se tiraron lentejas por la casa, en representación de la abundancia. Afuera, se comenzaron a oír petardos. Héctor, Abraham y Sol se asomaron a la ventana. Los vecinos quemaban un muñeco de tamaño real que representaba el año que se iba. Los petardos de los que estaba relleno explotaban según el fuego los quemaba. Héctor observó cómo el fuego consumía la tela hasta no dejar ni rastro de ella. Así había pasado con el 2011. Ya no quedaba nada de él, como tampoco debía quedar nada de su antigua vida.

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