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Noticias inesperadas

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II

Noticias inesperadas

1

Irene caminaba sin prisa hacia su trabajo. Se había levantado antes de lo que esperaba y contaba con tiempo de sobra. El sol brillaba en el cielo, y la temperatura era perfecta. El calor asfixiante característico de Cancún había dado una pequeña tregua. Sonrió. Había parado a comprar algunos de sus dulces preferidos para darse un festín un poco más tarde. Buen tiempo y dulces; era todo lo que necesitaba para estar de buen humor. Entró en las oficinas de Atención al cliente, donde trabajaba prácticamente desde que salió de la Universidad. Todavía no estaba abierto al público, pero algunos de sus compañeros ya se preparaban para tan agotador trabajo. Se dirigió a su puesto y dejó los dulces y el bolso encima de la mesa. Se disponía a ir al baño cuando una compañera la interceptó. Por su expresión parecía emocionada. Tenía un periódico en la mano y lo agitaba como si en él hubiera una noticia realmente asombrosa.

¡Irene, ¿ya lo viste?! —le gritó.

¿Qué cosa? —respondió ella sin mucho interés.

Laura, su compañera de trabajo, era una entrometida que siempre andaba metiendo las narices donde no la llamaban. No la soportaba; de hecho, el sentimiento era mutuo. Solían ignorarse a diario, pero ocasionalmente Laura se acercaba a ella para comentarle algo que con seguridad le molestaría. Irene solía invitarla a comprarse una vida y dejar la suya en paz, pero Laura seguía divirtiéndose a su costa. Fuera lo que fuese lo que había en ese periódico, no debía ser nada bueno.

El periódico de hoy. ¡Está en primera plana!

Laura desdobló el periódico y se lo puso delante de la cara, como si no quisiera que perdiera detalle. Irene palideció cuando vio en la primera hoja una cara que le era demasiado familiar. Cogió los desordenados papeles y leyó el titular, repasando cada palabra como si quisiera encontrar algún tipo de error. Pero no lo había. No podía creerlo. Escritor cancunense logra patrocinio en España, rezaba el título del artículo que encabezaba el periódico quintanarroense Novedades. Justo debajo, una foto de Héctor en la Puerta de Alcalá de Madrid decoraba el escrito. Irene quedó fría como el hielo y pálida como la nieve. Le sudaba la espalda y la temblaban las manos. Laura mostró una sonrisa pícara. Si hubiera podido, le hubiera echado una foto. Conocía a Héctor, y también conocía a Irene. Sabía que el joven había cometido un gran error al casarse con esa bruja. Él era noble como un perro, y ella traicionera como una serpiente.

¡Es tu marido! Bueno, tu exmarido —puntualizó, intentando poner el dedo en la llaga.

Irene frunció el ceño, pero enseguida lo relajó y dejó que una máscara de indiferencia cubriera su rostro. Le devolvió el periódico.

Todavía no estamos divorciados —aclaró, y añadió como si la cosa no fuera con ella—: Me alegro por él.

Laura mantuvo su sonrisa en todo momento. Sabía que por dentro estaba que mordía. Dejó el periódico encima de la mesa de Irene.

Lo dejo acá, por si quieres leerlo al rato.

Y se fue antes de que pudiera negarse. Sabía que lo leería tarde o temprano. Los humanos somos así de estúpidos y masoquistas. Por mucho que algo nos dañe, no podemos evitar seguirlo. Y eso es lo que hizo Irene pasados unos minutos de contención. Abrió el periódico despacio, como si sus hojas contuvieran algún tipo de insecto venenoso, y lo leyó de soslayo.

El pasado mes de marzo, el escritor Héctor Ignacio García viajó a Madrid para firmar unos contratos con una importante editorial… La editorial Atenea dio al escritor cancunense la oportunidad que en su propio país le denegaron… Sus libros serán traducidos al inglés y al portugués… Héctor Ignacio se convierte así en el primer cancunense que publica en España…

¿Ya lo viste? Increíble, ¿no es así? —dijo una voz detrás de ella.

Irene pegó un respingo en su silla y alejó el periódico como acto reflejo. Miró a su espalda. Era Enrique, el marido de Laura. Irene sonrió. Enrique le caía bien; no era un estúpido metomentodo como su esposa.

Estaba… hojeándolo.

Enrique mostró una sonrisa sincera. Ni siquiera imaginaba que ese triunfo pudiera darle dolores de cabeza.

Es una gran noticia. Si lo ves, dale mi enhorabuena.

Claro. Cómo no…

Se marchó con paso firme, tranquilo. Irene se quedó observándolo, y se fijó en todos los compañeros de oficina. Seguramente esa bocazas de Laura ya le había ido a todos con el cuento. Todo el mundo sabría que su ex había conseguido su sueño, y justo después de haberla dejado. Apretó los puños y marchó al baño. Su buen humor se había desvanecido. De camino hacia allí, se cruzó con Laura y dejó que una falsa sonrisa aflorara en sus labios. Tenía que hacer algo que le jodiera pero de verdad. Ya pensaría en algo. De momento, tenía planes para el fin de semana.

2

La tetería era el lugar perfecto para relajarse después de una estresante semana de exámenes en la Universidad. Un espacio acogedor decorado al estilo árabe, con mesas pequeñas, cojines en el suelo y lámparas de colores con una leve iluminación, una fuente al final de la estancia, olor a incienso y música suave. América y Marina pasaban las páginas de una revista de peinados, comentando cómo les gustaría cortarse el pelo y de qué color se lo teñirían. América parecía mucho más entusiasmada que Marina, que únicamente miraba y asentía con la cabeza a todo lo que su amiga decía. Las demás, disfrutaban de una cachimba con sabor a fresa y hablaban de temas diversos, mientras Natalia degustaba su batido de chocolate con nata a precio de robo, pero un día era un día, teniendo en cuenta el estado anímico en el que se encontraba por la partida de Héctor.

¿Qué tal lo llevas? —le había preguntado Teresa, a lo que ella se había encogido de hombros.

Tirando. Ya lo he asimilado.

¿Cuándo vas a volver a verlo? —intervino Rocío, después de dar una calada a la cachimba y llenar el espacio de humo con un agradable olor.

Le he prometido que iré a la presentación de su libro, pero todavía no se sabe cuándo es. Seguramente en septiembre.

A lo justo para empezar la Universidad —comentó Carmen.

Sí, espero que las fechas no coincidan. —Suspiró y bebió de su batido—. Espero conseguir suficiente dinero.

La situación era complicada. Tenía que pagar el tren de ida y vuelta, el hotel y la comida. Sin contar con la entrada a los museos y transportes. La preocupación la invadía nada más pensarlo. No sabía cómo iba a apañárselas. Era demasiado dinero, y su única fuente de ingresos era la paga que su padre le suministraba cada fin de semana. Tendría que ahorrar muchísimo y no gastar en ningún tipo de caprichos, lo que era complicado teniendo en cuenta los gastos que acarreaba la Universidad.

Pues, Marina y yo nos vamos a Murcia —cambió de tema América. Como siempre, parecía que le molestaba que Héctor y Natalia fueran el tema de conversación, y no ella.

¿A Murcia? —preguntó Carmen.

Vamos con mis padres —aclaró—. Un fin de semana a la casa de campo de mis tíos. Tienen piscina y haremos barbacoas. Lo pasaremos muy bien, ¿verdad?

Marina asintió. América hablaba como si estuviera entusiasmada, pero Natalia entreveía ponzoña en sus palabras. Pretendía provocar envidia a las demás, que las allí presente desearan estar en el lugar de Marina. Pero no lo estaba consiguiendo.

¿Y cuándo os vais? —preguntó Natalia por seguir la conversación.

En verano.

¿No me digas? —saltó Teresa, dando a entender la obviedad de su respuesta.

Natalia le rio la gracia. América hizo una pequeña y casi imperceptible mueca. Fue como un tic nervioso, como si acabase de recibir una patada en el estómago.

Me refería al mes.

En julio, seguramente. ¿Nos echaréis de menos? —preguntó poniendo un puchero.

A Marina seguro que sí —comentó Carmen, como quien está gastando una broma, pero Natalia sabía que detrás de sus palabras se ocultaba la mayor de las verdades. Sí, echarían de menos a Marina, pero a ella nadie la extrañaría.

¡Ah, muy bonito! ¡Y a mí que me zurzan!

¡Que no, tonta, que yo sí que te echaré de menos! —exclamó Rocío, abrazándola con fuerza. Natalia se preguntó a qué venía tanto cariño. Tal vez fuera pura falsedad; o quizás se habría equivocado y sí había alguien que la echaría en falta.

Mientras bebía de su batido y las demás bromeaban entre sí, Natalia se preguntó si sus amigas la echarían de menos cuando ella se fuera, al igual que ella echaba de menos a Héctor desde que se había montado en ese tren. Apuró su vaso y se limpió con la servilleta el rastro de chocolate que había quedado en forma de bigote. Entonces, se preguntó si él la echaría de menos y si la recordaría cada día, como ella se acordaba de él.

3

El sonido del timbre lo despertó de un largo e ininterrumpido sueño. Abrió a los ojos cuando fuera quien fuese tocó el timbre por tercera vez. Convencido de que debía ser algo importante, se incorporó de un gruñido y permaneció unos segundos sentado en el filo de la cama, pasando una mano por su pelo revuelto. El reloj marcaba las doce y media. La noche anterior se había quedado despierto hasta tarde dándole vueltas a una nueva idea que se había formado en su cabecita. Quizás pudiera funcionar. Solo necesitaba un poco de ayuda.

Se levantó y se asomó al balcón para ver quién era el pesado que se obstinaba en levantarle de la cama. A pesar de su somnolencia, pudo reconocer con hastío la cabellera morena de la mujer que esperaba impacientemente en la entrada. Cogió una camiseta y unos pantalones de chándal y bajó las escaleras, sintiendo los pies extremadamente pesados. Su cerebro sabía el infierno al que se dirigía y mandaba una orden a sus piernas, que se esforzaban en retrasar el momento.

Oyó un sonido familiar de llaves, y un recuerdo llegó a su mente: su esposa entrando por la puerta después de una noche de fiesta. Primero, sonrió al verle. Después, estalló en carcajadas y fue cuando Héctor se dio cuenta del elevado nivel de alcohol que había ingerido. Lo abrazó con fuerza y, de repente, se echó a llorar. Héctor la agarró de los hombros y le preguntó qué había ocurrido. Irene limpió sus ojos negros por el rímel y se lo confesó todo. Fue la primera vez que le puso los cuernos, pero no la última.

Antes de que pudiera girar la llave, Héctor abrió la puerta de un tirón, llevándose a Irene con ella. La chica lo miró, sorprendida; él a ella, con reproche.

¿Se puede saber qué haces? —le preguntó.

Ella mantuvo una postura altiva.

Como no abriste la puerta, decidí sacar la llave.

Héctor la asesinó con la mirada.

No tienes derecho a entrar aquí cuando chingados quieras.

También es mi casa —lo contradijo ella.

Pero soy yo quien vive acá —puntualizó Héctor, cerrando la puerta de un porrazo al ver a una vecina cotilla asomada a la ventana de su casa—. ¿Qué demonios quieres?

¿Acaso no querías verme?

Eres tú la que andaba molestando con que nos viéramos.

Y no quisiste verme —concluyó Irene.

Andaba ocupado —explicó él, caminando hacia la cocina, visiblemente molesto.

Irene lo siguió hasta el marco de la puerta, donde se reclinó cruzada de brazos. Mientras Héctor se afanaba en revolver el armario en busca de la cafetera, la mujer clavó su mirada en él y habló de manera suspicaz.

Con tu viaje a España.

Héctor, de espaldas a ella, dejó escapar una sonrisa. Metió la parte inferior de la cafetera bajo el grifo, la rellenó de café y la colocó al fuego.

Ah, ya te enteraste.

¿Por qué no me contaste? —le reclamó, frunciendo el ceño.

Héctor se giró hacia ella y se apoyó sobre la encimera, tomando una pose parecida a la suya, pero con un brillo constante de malicia en los ojos.

Y ¿para qué querías saber?

¿No tengo derecho a saberlo?

En verdad, no —contestó francamente—. Siéndote sincero, pensé que te jodería más si te enterabas por boca de otros.

¿Qué? —exclamó ella, fingiéndose ofendida—. ¿Cómo puedes creer que me jodería verte triunfar?

Héctor se cruzó de brazos y dejó escapar un bufido de exasperación.

Entonces, ¿te alegras por mí? ¿No que escribir no era lo mío, y que era mejor en otras cosas? —le recordó sus palabras.

Sigo pensándolo —respondió ella.

Nunca había sido sincera. Lo único que le importaba era herirle de cualquier manera posible. Después de todo lo que había hecho por ella…

Ahí está el problema, Irene: tú no piensas —dijo, sin ningún reparo, y regresó al salón mientras la cafetera empezaba a silbar. Abrió la puerta y la invitó con un gesto de mano a salir—. Ahora, por favor, ¿serías tan amable de marcharte? ¡Ándale!

La cara de Irene se deformó en una mueca de rabia y salió pisando fuerte. Antes de que Héctor le cerrara la puerta en la cara, se volvió hacia él y le soltó el verdadero asunto que le había traído a su casa.

Solo quería saber cuándo podemos vernos para continuar con los trámites del divorcio.

Y, ¿por qué no lo dijiste antes? Ya conoces mis horarios de trabajo. Decide día, lugar y hora.

Irene permaneció pensativa durante unos instantes. Héctor esperaba, impaciente por cerrar la puerta de una vez.

¿Sabes qué? Cuando te decidas, me mandas un mensaje —le dijo, y cerró antes de que pudiera replicarle.

Pegó la oreja a la puerta; la oyó exclamar un insulto hacia su persona. El sonido de la puerta de su coche al cerrarse con fuerza y el ruido del motor fueron la señal de que se había ido. Entonces, se echó a reír. Cogió el teléfono y marcó el número de su hermano.

Necesito que me hagas un favor —le dijo en cuanto descolgó—. ¿Cuándo podemos vernos?

4

David salió de la ducha, se vistió lo mejor posible, se peinó y perfumó para la ocasión. Recogió su cuarto y lo preparó todo para la inminente visita. Estuvo a punto de echarse atrás; de llamarla y decirle que no fuera, pero ya era demasiado tarde. Apenas quedaban diez minutos para que llegara, ni un minuto más ni uno menos. Recordaba su puntualidad como una de sus mejores, pero a veces asfixiantes, cualidades. Se preguntó qué sentiría al verla de nuevo después de tanto tiempo. Desde que lo había dejado con Natalia, su ex y él habían vuelto a tomar contacto y hablaban prácticamente a diario. Él le había contado su ruptura, y ella le había confesado que su relación también se había ido al traste. Era la ocasión perfecta. Recordaba exactamente lo que le había dicho aquella vez por teléfono, cuando se había enterado de que había iniciado una nueva relación.

«No sabía lo que tenía, David», lloriqueó entonces. «Sé que ya es demasiado tarde, pero si ves que la cosa no funciona con esa chica, aquí estoy.»

Se había arrastrado. Y en el fondo, aunque no le gustaba pensar así, se lo merecía. Era como si no le importara ser el segundo plato. Porque eso era. Sintió náuseas en el estómago. Una parte de él se asqueaba de lo que estaba haciendo. Esa acción no significaba más que una falta de respeto para Raquel, para Natalia y para sí mismo.

Raquel era la chica que tenía más a mano; la que se había arrodillado figuradamente ante él, pidiéndole que volviera con ella. Irónico, por cierto, pues anteriormente había sido él el que se había humillado rogándole segundas oportunidades. Por otro lado, estaba Natalia, a la que para nada le afectaba su comportamiento. Aun así, hasta él mismo se daba cuenta de que volver con su ex después de haber estado con ella podía dar a entender que nunca la había querido.

Por último estaba él, que se humillaba a sí mismo al intentar algo con su ex, que según había reconocido miles de veces, estaba muy por debajo de Natalia en todos los aspectos. Estaba echando mano de quien tenía más cerca, sin darse cuenta de que eso significaba dar un paso atrás.

El sonido de la puerta llegó hasta su habitación. Ya era demasiado tarde para arrepentirse. Abrió tras coger aire, y allí estaba ella con su pelo negro alisado, tal y como la recordaba.

Hola —lo saludó.

David forzó una sonrisa. Aquella situación le parecía tan extraña, tan irreal.

Hola.

Le ofreció dos besos y la invitó a pasar. La miró caminar hasta su habitación con paso relajado. Hacía tantísimo tiempo que no veía esa estampa que no podía concebirla. Su mente volaba hasta otra chica de rizos castaños que, hasta hacía unos meses, realizaba el mismo recorrido que Raquel en ese momento. La chica dejó sus cosas encima de la cama, sobre la colcha del Barcelona, y ojeó la habitación. Nada había cambiado. Todo seguía en el mismo sitio que cuando visitaba esa casa con frecuencia.

Todo está igual —resolvió.

Sí, casi todo.

Raquel pasó su mano por la colcha de colores rojos y azules.

Del Barcelona hasta el final, ¿eh?

Siempre —respondió, sin dar más detalles.

La joven tomó asiento en la cama, y David en la silla del ordenador.

¿Cómo va todo?

Todo bien —contestó, encogiéndose de brazos—. ¿Y tú?

Muy bien —resumió Raquel—. Me alegro de verte de nuevo.

Y yo —dijo, pero sintió que no había sido sincero—. He preparado una película y palomitas. ¿Te apetece?

Como en los viejos tiempos —comentó, levantándose y caminando hacia el salón, el lugar donde habían tenido lugar aquellas sesiones de cine que tan a menudo hacían, y que seguramente él habría seguido realizando junto con su reciente exnovia.

David puso la película y se sentó en el sofá, junto a ella. Notaba el ambiente un poco tenso, así que agradeció haber elegido una comedia romántica bastante divertida. La típica que no habría visto con Natalia. Le pasó las palomitas a la joven, y durante un rato permanecieron totalmente en silencio.

Cuando se hubo relajado, David se sintió estúpido por haber hecho que la tensión invadiera el ambiente. Ella también se sintió estúpida, pero por haber aceptado la invitación como si no supiera que David estaba convirtiéndola en el segundo plato, como ella misma había pedido hacía más de un año. El chico respiró hondo, la miró de reojo, y decidió pasar a la acción. Se acercó un poco más a ella, intentó con todas sus fuerzas no pensar en Natalia, y la besó en la mejilla, con la vana intención de avanzar hacia sus labios. Pero en el último, Raquel apartó la cara y le echó una mirada mezcla de reproche y lástima.

Sin decir nada, se levantó en medio de la película y se dirigió a por sus cosas. David apagó la televisión tranquilamente, se pasó la mano por la cara y caminó hasta su habitación. Raquel estaba revolviendo en su bolso, en busca del móvil. Cuando lo encontró, tecleó un par de veces y se lo colocó en la oreja. David se apoyó contra la puerta y la observó durante unos segundos.

¿Estás enfadada?

Raquel se paró a mirarlo, y pensó en ignorarlo, pero prefirió aclarar las cosas. Así que, cuando fuera quien fuese le respondió del otro lado del teléfono, le dijo brevemente que había terminado, y que si podían pasar a recogerla. Luego colgó y se guardó el aparato en el bolsillo.

David, es absurdo. Ninguno de los dos queremos esto.

El chico asintió, disgustado consigo mismo.

Ya.

Me equivoqué hace un año cuando te dije que te esperaría. Ya no es lo mismo. Has querido a otra persona. Y si ahora quieres algo conmigo quiere decir que, o no sientes nada por mí ahora o no sentías nada por ella. Y creo que más bien es la primera opción. Porque no se puede querer a dos personas a la vez, David. Y si dices que ahora, en este momento, sientes algo por pequeño que sea por mí, después de haber estado con otra, es porque a ella realmente no la querías. Y la querías, ¿verdad?

Sí.

Y la quieres.

David asintió.

Pues yo no voy a ser el segundo plato. Esto no es bueno para ninguno de nosotros. Además…, ha pasado mucho tiempo y ya no es lo mismo. Cuando te dije que quería volver contigo a como diera lugar, estaba celosa porque habías encontrado a otra. Ahora lo veo todo con más claridad. Lo siento.

Cogió su bolso, pasó por su lado sin despedirse y salió de su casa y de su vida para no volver nunca más. David la vio caminar a paso rápido calle abajo desde su ventana. Exhaló un suspiro de amargura y cerró las cortinas.

4

Gema irrumpió en su habitación sin llamar siquiera. Natalia casi se la come por apartar su atención del estudio intensivo en el que se había enfrascado. Esas últimas semanas había estado de un humor de perros. Era el efecto que tenía sobre ella —y sobre todo el que conocía—el encierro temporal que suponían los exámenes. Llevaba demasiados días sin salir de casa, pisando la calle únicamente para dirigirse a la Universidad. De casa a las aulas y de las aulas a casa. A eso se le unía el dolor de cabeza que le provocaba pasar horas y horas delante de distintas asignaturas, y la frustración originada de la falta de contacto con Héctor, que estaba demasiado ocupado con entrevistas aquí y allá.

Gema caminó con pesadez hasta la cama y se dejó caer en ella. En las manos llevaba el Lingua latina, un libro que les habían obligado a comprar.

¡Qué asco más grande le estoy cogiendo al latín, coño! —exclamó.

Natalia se volvió en su silla giratoria.

Pues, te has metido en Filología clásica, compañera.

Ya lo sé. Pero es que esta mierda no hay quien la entienda —dijo, zarandeando el libro. Pasó un par de hojas, fijando la vista en la lección de gramática del tema seis. Tras deslizar la mirada por un par de líneas, dejó el libro sobre su cara y se abrió de brazos—. ¡Estoy harta ya!

Natalia volvió a darse la vuelta hacia el escritorio. Cogió los papeles que tenía desperdigados sobre la mesa, los colocó en orden y los metió en una carpeta.

Sí, yo también —dijo, frustrada—. Necesito acabar ya.

Se levantó de la silla y se tumbó junto a Gema. La pelirroja de bote se quitó el libro de la cara. Tenía grandes ojeras de dormir poco por las noches. Natalia era consciente de lo difícil que le resultaba mantener todo el temario en la mente. Normalmente, Miriam la ayudaba a estudiar con distintos métodos.

¿Y Miriam?

Se ha ido al aulario. Ella también tiene examen mañana. De Francés —precisó—. Creo que mi mal humor la estaba desconcentrando.

¿Te lo ha dicho?

No —aclaró—, pero no parecía muy contenta.

Gema cerró los ojos. Natalia notó cierta tristeza en su voz.

El móvil de Natalia anunció un nuevo mensaje. La chica se incorporó para alcanzar el aparato y lo abrió con impaciencia. Su semblante se ensombreció en cuanto vio que se trataba de basura propagandística. Gema la observó mientras dejaba el móvil de nuevo sobre la mesa.

¿Tu chico? —preguntó.

Ojalá —dijo, tumbándose de nuevo junto a ella—. Últimamente está muy ocupado con el trabajo y entrevistas para la televisión, la radio, la prensa… No le queda demasiado tiempo para mí.

Ya…

Pasaron unos segundos en silencio, ambas con los ojos cerrados, pensando en sus cosas y en las de la amiga que tenían al lado.

¿Estás bien? —le preguntó Gema.

No —respondió—. ¿Y tú? ¿Estás bien?

Gema suspiró.

A veces pienso que no estoy hecha para esto —confesó con la voz rota—. Tal vez estudiar no sea lo mío.

Natalia se levantó de un salto y la agarró de ambos brazos.

¡Ah, no! Tristezas y lamentos los mínimos —la regañó, obligándola a levantarse—. Vas a aprobar porque yo me voy a encargar de ayudarte. Pero antes, vamos a por una buena merendola con mucho chocolate. Creo que a las dos nos hace falta.

Gema se tiró sobre ella y dejó que Natalia la guiara hasta la cocina entre bromas picantes sobre lo que haría ella con el chocolate.

La tarde de estudio se alargó hasta pasada la media noche. Para entonces, Natalia decidió que era demasiado tarde como para buscar a Héctor en el ordenador, y se acostó un día más sin haber podido saludar siquiera a su chico.

6

¿Qué te parece la idea?

Abraham pasó la mano por las teclas de su piano, pensativo. Lo que le pedía Héctor era algo nuevo que nunca había hecho. Conllevaba un reto, sin duda, pero no estaba seguro de poder conseguir lo que él deseaba.

La idea me gusta, pero será complicado… —contestó, indeciso—. No sé si los resultados serán los que imaginas.

Héctor colocó una mano sobre el hombre de Abraham.

Confío en ti. Sé que puedes con eso y mucho más.

Pero nunca lo hice antes —titubeó.

Una parte de él se moría por probar y ver el resultado, pero la otra se preguntaba si Héctor quedaría satisfecho con su pedido o sería una decepción para ambos.

Siempre hay una primera vez para todo —lo animó Héctor, y señaló todos los materiales que había a su alrededor—. Tienes lo necesario: instrumentos, experiencia y talento.

Abraham siguió su mano con la mirada, repasando todo lo que podría serle útil a la hora de componer. Sonrió. En el fondo, no hacía falta que lo convenciera. Aunque dudoso, había decidido lanzarse desde el primer momento. El único problema era la lectura. Odiaba leer.

Tendrás que pasarme el libro. Le echaré un vistazo para ver cómo le hago.

Héctor lo abrazó y le agarró la mano de manera fraternal.

¡Eso es todo, güey!

A ver qué sale del experimento…

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