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Solo es el comienzo

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XIX

Solo es el comienzo

1

Héctor compró en la estación de Cádiz un billete de ida hacia Madrid para el tren que saldría a las cinco menos cuarto de esa tarde. Lo metió en la cartera y Natalia y él salieron de allí.

Te habría salido más barato si lo hubieras comprado de ida y vuelta cuando estabas en Madrid.

No importa.

La agarró de la mano y, apoyándose en la pared de fuera de la estación, la atrajo hacia él y la besó. Ya quedaba poco para la despedida. Se iba acercando la hora y no podían hacer nada más que ver pasar los minutos. El tiempo era el mayor tirano. A los dos les hubiera gustado pararlo y que ese maldito tren que los separaría no llegara nunca. Natalia apoyó su cabeza en el hombro de Héctor y dejó escapar un sollozo. Carecían de importancia las personas que pasaran por allí, que el tiempo corriera, la diferencia de edad o la distancia que los separaría en unas horas. En ese momento nada importaba.

No quiero que te vayas.

Y yo no quiero irme.

Ha sido muy poco tiempo.

Sí, caray…, pero ha merecido la pena el viaje. Te lo dije. Ni todo el dinero del mundo podría pagar un momento junto a ti.

Natalia acarició su cara, pasando por su barba de varios días. Besó la punta de su nariz cariñosamente y sus mejillas. Sumergió los dedos en su pelo negro y depositó un beso en sus labios.

Volveremos a vernos, ¿verdad?

Por supuesto. Ahora que te he conocido en persona no hay marcha atrás—dijo, abrazándola con fuerza—. El mundo puede ser tan grande o tan pequeño como uno quiera que sea, Natalia. Está en nuestras manos hacerlo pequeño para que la distancia se reduzca.

Cómo se nota que eres escritor… —comentó ella, riendo—. Tienes el don de la palabra.

Héctor mostró sus dientes en una sonrisa y volvió a besarla.

Dime qué haremos hoy, antes de que me vaya.

Natalia miró el reloj de su móvil. Sus compañeras de piso le habían dicho que dejarían la casa a la 1. Eran las 12.30, la hora perfecta para sacar la maleta de Héctor de la Pensión e ir a su casa a cocinar algo rico.

¿Te fías de mis dotes culinarios?

2

Natalia abrió la puerta y se aseguró con la mirada de que no había nadie en casa.

Pasa —le dijo a Héctor, que cargaba con su pesada maleta—. ¿Chicas? —preguntó al aire. Nadie respondió. —Ya se han ido.

Héctor dejó su equipaje al lado de la puerta y observó todo lo que le rodeaba. Cuando Natalia le había dicho que entresemana vivía en un piso junto con tres personas más, se había preguntado cómo sería este, si lo tendrían ordenado o hecho un desastre, cómo se organizarían, etc. Natalia se deshizo de la bandolera y la sudadera y se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico. Por suerte, habían hecho una compra hacía poco.

¿Qué te apetece comer?

Sorpréndeme —contestó él, examinando cuidadosamente cada detalle del salón con la mirada.

Algo rápido. Si no, iremos con bulla.

¿Bulla?

Prisa.

Ah, claro.

Iba a sacar un tarro de pasta, que era una de las comidas que más rápido se hacían, cuando vio una nota en la encimera. Era la letra elegante de Miriam:

«En el microondas te hemos dejado unas patatas para que no te entretengas demasiado en la cocina. Suerte.»

Natalia abrió la puerta del microondas. En efecto, dentro había un gran plato lleno de patatas que, por la temperatura, habían sido fritas hacía poco.

«Qué locas están», pensó con una sonrisa.

Héctor entró en la cocina.

Es una casa muy bonita.

Sí, pero casi no está decorada. Y mi cuarto, no sé si lo habrás visto, pero está vacío. Total, para el tiempo que paso aquí… Me voy los jueves, porque los viernes no tengo clases, y vuelvo los domingos por la noche —explicó, sacando tres huevos del frigorífico—. Voy a hacer una tortilla de patatas. ¿Te apetece?

Claro, mi amor.

Batió los tres huevos con rapidez en un bol. Le pidió a Héctor que sacara una sartén del mueble y la pusiera al fuego con un poco de aceite. Mezcló las patatas con el huevo. Cuando la sartén estuvo caliente, volcó el contenido del bol en ella, y pasado un minuto, le dio la vuelta.

El aroma del huevo haciéndose a fuego lento llegó hasta sus fosas nasales.

¡Huele delicioso! —dijo Héctor, a quien la boca empezaba a hacérsele agua.

Ya casi está. ¿Puedes poner la mesa? Ahí están los platos y los vasos —le indicó, señalando las puertas que debía abrir—, y en el cajón de abajo están los cubiertos.

Mientras Natalia terminaba la tortilla, Héctor colocó la vajilla encima de la mesa y se sentó en una de las sillas. Natalia llegó enseguida con la comida y una botella de agua.

¡A comer!

Que aproveche.

Natalia cortó un trozo para Héctor y después se sirvió otro para ella. Héctor se metió un buen pedazo en la boca y lo masticó despacio, saboreándolo.

¿Qué tal está?

Riquísimo.

Natalia lo probó también.

Sí, la verdad es que me ha salido buenísima.

Oye, ¿y tus compañeros de piso?

Natalia enrojeció de repente. No pensaba decirle que se habían confabulado para dejarlos solos en la casa y que así pasara «lo que tuviera que pasar».

Me dijeron que pasarían el día fuera —mintió.

Oh… Así que, ¿no sabes cuándo volverán?

Por la tarde, me dijeron.

Héctor continuó comiendo, callado y pensativo, como si estuviera meditando algo. Natalia lo achacó al hambre. Solía decirse que cuando la comida estaba buena, no se escuchaba ni una mosca, y al parecer así era. Héctor terminó su trozo de tortilla y apuró su vaso de agua.

¿Tienes más hambre? ¿Quieres un postre? —le preguntó esta, a lo que respondió su pregunta con una negación.

Natalia se deshizo de sus zapatillas deportivas con los mismos pies y los subió a la silla. Miró el reloj y la tristeza volvió a invadirla. Cada vez quedaba menos para su separación, el momento que tanto habían temido ambos. Héctor alargó su mano y acarició la mejilla de su chica —esa mejilla sonrosada que parecía maquillada, y no lo estaba—, después, subió hasta sus espesas y bien depiladas cejas, para volver a bajar luego hasta sus labios. Los acarició con suavidad. ¡Cómo los echaría de menos una vez que no pudiera tocarlos! Con cuidado, levantó la cara de Natalia y la besó suavemente en la comisura de estos. Ella colocó las manos en su cara y profundizó el beso.

Natalia no pensó ni por un momento en lo que podían provocar sus inofensivos besos. Héctor se levantó de su asiento y la tomó en brazos, llevándola hasta el sofá. Haciendo uso de su fuerza la sentó en sus piernas, de frente a él. Pronto, las caricias se hicieron presentes y los besos aumentaron de intensidad. El calor corporal de ambos también aumentó. Héctor introdujo sus manos por debajo de la camiseta de Natalia y tocó la tersa piel a la vez que besaba su cuello. Ella no pudo reprimir un suave suspiro, apenas audible, que terminó de enloquecer al chico, quien, sin perder tiempo, le quitó la camiseta y besó sus hombros. Se hallaba totalmente enardecido por el deseo. Natalia no podía sino dejarse llevar por esas nuevas y maravillosas sensaciones que le brindaba el hombre que amaba. No era consciente de lo lejos que estaban llegando hasta que notó los inquietos dedos de Héctor intentando desabrochar su sujetador. Fue entonces cuando el miedo se apoderó de ella y se apartó de él.

No.

Al ver el temor en los ojos de ella, Héctor comprendió que había sido demasiado brusco. Natalia empezó a temblar.

No tengas miedo. Soy yo. No voy a hacer nada que tú no quieras.

Se vio incapaz de contestar. Quería decirle un millón de cosas y a la vez nada. Necesitaba hacerle saber que ella también quería, pero que estaba asustada y no sabía por qué. Tal vez porque apenas se habían conocido el día anterior. Se encontraba en un dilema moral. Aquella sería una oportunidad única en Dios sabía cuánto tiempo, pero era la ocasión había llegado demasiado pronto.

Es que… No sé… —dijo, con voz temblorosa.

Héctor tomó su mano y la besó tranquilamente.

Tú decides, mi amor. No haremos nada si eso es lo que deseas.

Natalia tragó saliva. Miró el reloj. El tiempo corría en su contra y se acercaba la hora de que Héctor cogiera el tren. ¿Y si no le daba tiempo de llegar? Héctor esperaba una respuesta. Su chica estaba temblando, nerviosa. Por su mente llegó a pasar la posibilidad de que fuera su primera vez, pero lo descartó inmediatamente. Sus miradas se cruzaron. Natalia pasó sus manos temblorosas por el cuello de Héctor.

¿Y si pierdes el tren?

Héctor sonrió. Ella también. Y volvieron a besarse, ya sin duda alguna.

3

Natanael entró en el edificio llave en mano y subió las escaleras despacio. Sentía nervios en el estómago. No sabía lo que encontraría al llegar a casa, pero seguramente no sería nada bueno. Al contrario, le dolería verla con él, al igual que le había dolido verla con su exnovio en su cumpleaños. Pero necesitaba ver la realidad con sus propios ojos; convencerse de que ella nunca sería para él. Introdujo con cuidado la llave en la cerradura y la giró en silencio. Respiró hondo y, con el corazón a mil por hora, la entreabrió. Se asomó levemente y recorrió el salón con la mirada. Sus ojos se detuvieron en el sofá, y lo que vio le revolvió el estómago. Apretó la mandíbula. Las náuseas le estaban dando ganas de vomitar. Cerró los ojos y se mordió el puño para no gritar de frustración. Entonces, volvió a mirar. Allí estaba ella, sentada sin camiseta encima de ese hombre, que la besaba sin control. Y ella… ella sonreía, feliz, encantada. Pensó en irse de inmediato. Su intención había sido una mera terapia de choque, pero si se iba sin más, no se quedaría tranquilo.

Sacó su móvil y dirigió la cámara hacia ellos. Ese maldito degenerado no podía salirse con la suya y quedarse tan ancho. Hizo una foto rápida, cerró la puerta silenciosamente y salió como si le llevara el demonio. Bajó las escaleras a la carrera, tropezando con un señor que lo calificó de maleducado, pero ni siquiera se molestó en contestarle. Salió a la calle y corrió hasta que el cansancio pudo con él. Entonces, se apoyó contra una pared y empezó a pegarle puñetazos con la mano derecha hasta quedar esta sangrante y rota.

Maldita sea… Maldita sea —sollozó.

Apoyó su espalda en ella y se dejó caer lentamente con los ojos llenos de lágrimas.

4

Natalia se puso la camiseta y cogió la bandolera. Héctor terminó de vestirse y cogió su maleta.

¡Voy bajando!

Natalia se metió por la cabeza su sudadera rápidamente y le siguió escaleras abajo. Miró el reloj antes de salir: las cuatro y veinte. El tren saldría dentro de veinticinco minutos. Tenían que correr si querían llegar a tiempo. Héctor ya la esperaba en el portal.

¿Por dónde?

Por aquí —indicó ella, emprendiendo el camino hacia la parada de taxis.

A pesar del extraordinario peso de la maleta, Héctor seguía su ritmo perfectamente. Bajaron una cuesta. A unos metros, en la acera de enfrente, se veía la parada.

Tenemos que cruzar.

Bajaron de la acera, dispuestos a cruzar, pero permanecieron durante unos instantes sobre la calle asfaltada. Natalia caminaba a paso rápido. Miró el reloj del móvil: casi las cuatro y veinticinco. Si no aligeraban el paso, Héctor perdería su transporte para la capital.

¡Te echo una carrera! —exclamó, empezando a correr—. ¡Esta vez sí que ganaré!

Héctor aceptó el reto con una sonrisa. Natalia se vio adelantada por un chico que, no solo era mayor que ella, sino que llevaba un gran peso en la maleta. Recorrieron el camino que quedaba hasta la parada de taxis. Afortunadamente, había dos libres. En cuanto llegaron, el taxista, un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso y bigote espeso, salió del coche y ayudó a Héctor a meter su equipaje en el maletero. Natalia subió a la parte trasera, seguida por Héctor. El taxista tomó asiento y puso el coche en marcha.

A la estación de Cádiz, por favor —dijo Natalia, abrochándose el cinturón de seguridad.

Salieron sin perder el tiempo. Héctor ni siquiera se preocupó por ponerse el cinturón. Se echó sobre el pecho de Natalia, agotado. Tenía la cara algo roja y respiraba con agitación. Estiró el brazo hacia el botón que abría la ventana por el lado de la chica.

Abre —le pidió.

Espero que lleguemos a tiempo —comentó ella, obedeciendo su petición.

En cinco minutos estaremos allí —contestó el taxista.

Natalia sonrió y miró a Héctor, ya algo más recuperado, y acarició su pelo, alborotándolo más de lo que estaba. Él la miraba como siempre lo hacía, de esa forma tan profunda, que parecía querer ver su interior.

Te amo —susurró.

Natalia besó su frente.

Y yo a ti.

Aún no se podían creer lo que había sucedido entre ellos. Había sido todo tan rápido y espontáneo que parecía un sueño. Pero no, no había sido un sueño ni mucho menos. A pesar de todo, a pesar de la diferencia de edad, de la distancia que los separaba cada día, de que pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a verse, de que solo hacía un día que se habían conocido en persona… a pesar de todas esas cosas, se habían entregado el uno al otro sin complejos, sin prejuicios, solo como dos personas que habían nacido para estar juntos. Ambos se preguntaban si habría sido demasiado pronto, pero llegaron a la misma conclusión: no tenían tiempo que perder. Cada minuto que pasaba iba en su contra. Se iban a separar otra vez hasta Dios sabía cuándo, y necesitaban algo que les dijera que ese no iba a ser el fin, que su amor perduraría a pesar del tiempo y de la distancia. Y con ese acto, no habían hecho más que confirmar que no podrían olvidarse tan fácilmente.

Llegaron a la estación a las cuatro y media. Héctor pagó al taxista y con su ayuda sacó la maleta del coche. Natalia intentó ayudar con el equipaje, pero pesaba demasiado para ella. Héctor cogió la maleta sin ningún esfuerzo y siguió a la chica. El reloj marcaba las cuatro y media pasadas cuando entraron en la estación de trenes. Lo habían conseguido. Se abrazaron con fuerza y se besaron. Una voz de mujer anunció la inminente llegada del tren de larga distancia con destino Madrid-Puerta de Atocha. Al igual que ellos, montones de personas se despedían de sus seres queridos: un chaval abrazaba a su madre y le daba un beso en la mejilla a su hermana pequeña, quien le despedía con su rechoncha y diminuta mano; un padre decía adiós a sus hijos y a su mujer; una joven besaba con fervor a su pareja.

Te amo —volvió a decir Héctor—. Eres maravillosa. Nunca dejes que te digan lo contrario. Conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Sonríe siempre, mi niña.

Tú también —murmuró ella—. Nos volveremos a ver.

Claro que sí —garantió él—. Por supuesto.

Natalia le echó los brazos al cuello y lo besó. Héctor pasó los suyos por su cintura y la estrechó aún más. La misma voz de unos minutos antes avisó de la parada del tren en la estación y dio instrucciones sobre los distintos vagones. El tren salía en cinco minutos. Se besaron una vez más y caminaron hasta el tren con destino a Madrid. Buscaron el vagón y se pararon junto a la puerta para asegurarse de que esta no se cerrara sin que Héctor hubiera entrado. Natalia metió la mano en su bolsillo derecho, sacó algo de él, agarró la mano de Héctor y se lo puso en la palma. Era su muñequito antiestrés. Héctor la miró a los ojos y desvió rápidamente la mirada. Por un momento pensó que iba a echarse a llorar.

Natalia, esto es…

Cuídamelo —le pidió, cerrando su mano—. Te dará fuerzas cuando lo necesites. Te amo. —Volvió a besar la comisura de sus labios—. Que tengas un buen viaje, cariño.

Mañana estaré conectado. Hablaremos entonces.

Claro. —Le sonrió—. Ahora, vete. No vayas a quedarte en tierra.

Héctor le devolvió la sonrisa.

Adiós, mi amor.

Adiós…

Héctor subió al tren con el corazón encogido. Se volvió un momento para dedicarle su mejor sonrisa y después desapareció por la puerta del vagón. Natalia se colocó los auriculares. Ya está, se había ido. Caminó unos pasos, intentando verlo por las ventanas. La voz femenina volvió a anunciar la salida del tren. Las puertas se cerraron y el larga distancia se puso en marcha. Algunos familiares se despedían con la mano de las personas que iban montadas en el tren. Por fin dio con Héctor, que la miraba desde una de las ventanas y se despedía con la mano. Natalia sonrió y movió la mano despacio, como si así pudiera retardar el momento de su partida.

En cuanto el tren se perdió de vista en la lejanía, las personas que allí se hallaban, se dispersaron. Todas, menos Natalia, que aún no se podía creer que se hubiera ido. Dos amargas lágrimas cayeron de sus ojos, y a estas las siguieron muchas más. Héctor se había ido tan rápido como había venido. Ya no quedaba nada. Solo recuerdos demasiado cercanos. Encendió su mp3, puso una de las canciones más bonitas y tristes de su repertorio —porque somos así, nos gusta escuchar música que nos haga llorar cuando nos sentimos melancólicos—, y se alejó con la cara empapada en lágrimas.

«Volveremos a vernos», se prometió a sí misma. «Esto solo es el comienzo.»

Una frase llegó a su cabeza y no pudo hacer sino sonreír.

Ad sidera visus… Siempre debía ser así. Siempre con la mirada al cielo.