Canal RSS

Un camino largo y tortuoso

Publicado en

IV

Un camino largo y tortuoso

1

Diecisiete de diciembre. Un día especial, pues cumplía el primer año de su primera relación. ¡Cómo pasaba el tiempo! ¿Debería estar nerviosa? No, ¿por qué iba a tener que estarlo?

Había quedado con su novio a las nueve de la noche para ir a cenar a su restaurante italiano preferido: el lugar más romántico que había tenido el gusto de conocer. Tenían reservada mesa para las diez.

La hora llegó. Apagó la televisión y se metió en la ducha, algo desganada. No sabía por qué, pero no le ilusionaba tanto ese día como hacía unos meses. Era su aniversario, pero sentía como si fuera un día como otro cualquiera. Salió de la ducha muy relajada. Se envolvió con una toalla, se lio otra en el pelo y se dirigió hacia su habitación. Puso un disco al azar en minicadena de música y pulsó play. Una canción de amor empezó a sonar. Sin perder ni un segundo, cambió a una mucho más marchosa, que no decía ñoñeces.

Abrió el armario y pasó la mano prenda por prenda, indecisa. ¿Debería ponerse falda o pantalón? Falda, sin duda. Era una ocasión especial. Pero, ¿con qué camiseta? ¿Y qué rebeca o jersey? Fuera lo que fuese, que no llevara escote. Esa noche no quería discusiones. David siempre se ponía de mal humor cuando ella enseñaba, por poco que fuera, parte de sus pechos.

Todavía recordaba cuando habían cumplido seis meses juntos. Había comprado un bonito vestido de color rosa, blanco y azul para la ocasión. Se imaginaba a David abriéndole la puerta y quedándose boquiabierto con su nuevo modelo.

«Vaya, pensé que te ibas a arreglar más… », fueron sus palabras exactas.

Sorprendida, ella le había informado de que se había comprado ese vestido para esa noche tan especial.

«Pues parece que vas a la playa», había contestado él.

Natalia frunció el ceño. ¿Él iba a darle lecciones de moda? ¿Precisamente él, que siempre vestía con la misma ropa?

El vestuario de David se componía de unos vaqueros —siempre los mismos—, con una camiseta, normalmente negra, y una camisa de cuadros encima de esta. En total tenía tres camisas que iba intercambiando: una roja, otra gris y otra verde; las tres exactamente iguales. En invierno, solía ponerse también una chamarreta de cuero o una sudadera de rayas amarillas y azules que su madre le había comprado recientemente.

Sacó un jersey rojo, se puso una falda vaquera de volantes y unas botas negras. Se peinó los rizos con los dedos; un lazo rojo la ayudó a dar un toque distinto a la coleta que solía ponerse cuando no tenía ganas de peinarse. Para terminar, sacó su estuche de maquillaje. No solía pintarse demasiado, pero un poco de lápiz marcaría la diferencia. Vio su barra de labios roja y se preguntó si debía usarla. A David le gustaba ese color, aunque a ella no le gustara demasiado.

«Seguro que le gustará», pensó, y se puso un poco en los labios.

2

Media hora más tarde, llegó al Plaza, uno de los centros comerciales de San Fernando. Para variar, David se retrasó algo más de cinco minutos. Siguió caminando para darle el encuentro. Su casa se encontraba a diez minutos de allí. Lo vio a lo lejos. Había elegido la camisa de cuadros grises.

«¡Qué original!», pensó sarcásticamente.

Llevaba una bolsa en la mano izquierda, y algo en la derecha que escondió rápidamente cuando la vio. Llegó hasta ella. Natalia lo abrazó, como siempre hacía. David la besó y acto seguido se pasó la mano por los labios y miró el rastro rojo que había quedado en esta.

¿Para qué te pintas los labios de rojo? —le preguntó.

Natalia suspiró.

«Ya empezamos… »

Me dijiste que te gusta el color rojo —explicó con tono cansado.

Sí, pero no en la calle. Me manchas la boca de rojo.

La chica apretó los puños y su cara se tornó algo más seria.

Camisetas escotadas, pintalabios rojo… ¿algo más que deba ponerme solo cuando estoy enclaustrada en casa contigo? —preguntó de manera mordaz.

David sonrió.

Anda, no te enfades —le pidió, sacando una rosa de detrás de la espalda—. Feliz aniversario.

El rostro de Natalia se iluminó levemente. David sabía que la rosa roja era su flor favorita.

Me encantan las rosas —comentó, acercando la nariz a los pétalos.

La he comprado en el último momento —comentó él—. ¿Vamos al parque y te doy los demás regalos?

¿Hay más? —preguntó ella—. ¿Cuántos?

Algunos —respondió él.

Siempre hacía lo mismo. La llenaba de regalos y ella solo le hacía uno a él. Se sintió mal.

Sentados en un banco del parque, David le dio el primer regalo: un corazón con brazos, piernas y cara que decía «Te quiero». Muy visto. El segundo paquete era rectangular y más pequeño que el anterior. De nuevo, procedió a abrirlo sin prisas. Un marco de fotos de color rosa guardaba en su interior su foto preferida; una que se habían echado cerca de las marismas en el que él la abrazaba por la cintura.

Gracias, me gusta mucho.

Aún queda uno más, pero te lo daré dentro. ¿Vamos ya para allá?

Caminaron agarrados de la mano hasta el restaurante Flavio, el restaurante italiano con más fama de San Fernando. Si no reservabas mesa, lo más seguro era que te quedaras sin poder entrar o que tuvieras que esperar una cola infernal. Siempre estaba lleno.

El restaurante estaba cerca del parque. David abrió la puerta y la invitó a pasar. Una camarera morena, de pelo rizado y recogido en un moño alto les atendió enseguida.

Teníamos mesa para las diez, a nombre de David.

Esperad un momento, por favor —les pidió la chica para ir a comprobar la reserva. Volvió unos segundos más tarde—. Pasad por aquí.

Los guio hasta una mesa apartada, iluminada con luces claras y decorada con una mantelería blanca y roja.

¿Qué os pongo de beber? —preguntó una vez se hubieron sentado.

Un Coca-cola —pidió la chica.

Dos —corrigió David.

Muy bien.

La camarera desapareció de sus vistas y se quedaron solos. Era muy temprano y apenas había un par de comensales más en la otra esquina de la estancia. Natalia sacó el paquete de la bolsa con la que había estado cargando todo el camino y se lo entregó.

Tu regalo.

Aún me queda uno por darte… Bueno, no importa. Vamos a ver este primero.

La camarera llegó con las bebidas y le dio una carta a cada uno.

Ahora os tomo nota. —Y volvió a irse.

David dejó el regalo a un lado y echó un vistazo a la carta a pesar de que ya sabía lo que iba a tomar. Siempre pedía lo mismo. Nunca quería probar cosas nuevas y pocas eran las que le gustaban. Natalia siempre peleaba con él para que probara las comidas, pero él simplemente se negaba como si fuera un niño pequeño. La chica podía contar los alimentos que ingería David con los dedos de las manos…, y le sobraban dedos.

Pidieron dos pizzas de atún, y David volvió a su regalo. Abrió el papel y lo dejó encima de la mesa. Era una carpeta archivadora. La abrió y su sonrisa se agrandó ante lo que realmente era el regalo de Natalia: un álbum de fotos hecho a mano. Pasó las páginas poco a poco, viendo las fotos, los dibujos hechos por ella y las frases que tenían algún significado para ellos. También reconoció varias letras de canciones. Durante un rato, comentaron las fotos y recordaron momentos mágicos. Cuando llegaron las pizzas, todavía no había acabado de ver todas las fotos. Natalia había hecho un buen trabajo.

En mitad de la cena, David pidió a Natalia que cerrara los ojos. Ella se limpió la boca con la servilleta y obedeció, ilusionada, nerviosa y expectante.

Pon las manos.

Natalia colocó sus manos boca arriba.

No; boca abajo.

Confundida, cambió de posición sus extremidades.

Escuchó cómo David rasgaba un papel; después, sintió que le daba un beso en cada mano, y ensartaba un anillo en el dedo anular de la derecha. Abrió los ojos, sorprendida, y miró con detenimiento la alianza de plata.

No tenía palabras.

Mira por dentro.

Natalia sacó el anillo de su dedo y leyó las palabras del interior:

David y Natalia. 17/12/2010

3

Llegó a casa pasada la una y media de la noche. Le dio un beso a su madre y le comentó cómo había ido la velada y lo que le había regalado David. Sandra, su madre, sonrió cuando le enseñó el anillo de plata.

Yo ya sabía lo del anillo —dijo—. David y Carmen me pidieron un anillo tuyo para acertar en la medida del dedo.

Carmen…, ¡esa niñata se había confabulado con David y con su madre! Definitivamente, adoraba a su mejor amiga.

Natalia entró en su habitación y se puso el pijama con una sonrisa. Estaba contenta. Todo había salido mejor de lo que esperaba. Miró su mano. No se habría podido imaginar que David pensaba regalarle una alianza. Durante las últimas semanas había tenido la sensación de que algo iba mal en su pareja, que algo no encajaba. Al parecer todo había sido una simple paranoia. Las cosas iban bien. David tenía sus defectos, pero ¿quién no? Debía tener un poco más de paciencia e intentar ver todas las virtudes de su novio, que no eran pocas. David la quería, y ella le quería a él… aunque a veces la pusiera de los nervios.

Pese a la hora, no estaba cansada, así que decidió continuar con la historia que había dejado a medias en La pluma del escritor. Encendió el ordenador y abrió el procesador de textos. Puso música de piano y comenzó a escribir. Las palabras salían sin ninguna dificultad. Simplemente pulsaba las teclas y dejaba que las líneas se escribieran solas.

Dos horas más tarde, Natalia terminó de teclear la última palabra del undécimo capítulo de su historia, Lo subió al foro, escribiendo una nota a pie de página donde se disculpaba con los lectores por el retraso.

Ojeó la página en busca de alguna historia nueva que leer, pero todo era antiguo y ninguno de los relatos habían sido actualizados. Entró en una de Félix a la que ya había echado un vistazo anteriormente. Releyó las líneas que ya había visto semanas antes, pero una vez más, fue incapaz de terminar el primer capítulo. Era una de las historias mejor escritas de la página, pero era todo tan triste y crudo que no se veía capaz de seguir leyendo. Apagó la luz y se metió en la cama. Recordó que al día siguiente tendría que seguir traduciendo el texto en griego clásico que tendría que terminar antes del examen final. Cerró los ojos, tranquila.

Estaba estudiando lo que quería, tenía salud, amigas y un buen novio. ¿Qué más necesitaba?

«¿Qué más?»

4

Cuando hubo terminado de arreglarse, Natalia cogió el abrigo y salió a la calle sin demasiados ánimos. Había quedado con David para ver una película en su casa y después, dar una vuelta —si es que la daban—. Siempre hacían lo mismo, y Natalia empezaba a estar aburrida de la monotonía. Encendió su mp3 y se colocó los auriculares en las orejas. Inmediatamente, se escuchó la voz de Beyoncé cantando Single ladies.

Media hora más tarde, llegó a la calle donde se encontraba la casa de su novio. Se paró delante de la puerta, llamó al telefonillo y esperó. Segundos después, escuchó los pasos apresurados del joven y David apareció tras la puerta con una sonrisa. Como de costumbre, la Xbox y el ordenador estaban encendidos en el cuarto de David.

Estaba jugando a un juego nuevo que he conseguido —explicó el chico, sentándose en la silla del ordenador y cogiendo el mando de la consola—. Espera un momentito, ¿vale? Voy a terminar esta partida.

Natalia se tumbó en la cama a ver cómo su pareja terminaba de jugar. Exhaló un suspiro, resignada. David solo sabía jugar a videojuegos. No tenía otro tipo de interés ni diversión. Después de unos minutos, David apagó la consola y se tumbó al lado de Natalia en la cama. La besó y, acto seguido, permaneció callado, mirándola a los ojos.

Oye, ¿tienes ganas de…?

Ahí estaba otra vez esa maldita pregunta. Aquella que rompía toda la magia.

No, hoy no tengo ganas.

¿Segura? —Insistió el chico—. Mis padres han ido a casa de mis abuelos y no vuelven hasta las nueve.

¿Y tu hermana?

Con unas amigas. Tardará.

No me fío, podría volver en cualquier momento.

No lo hará —lo intentó una vez más—. Venga, por favor.

Que no, David. Sabes que no estoy cómoda cuando hay riesgo de que nos pillen. Vamos a ver la película, anda.

La expresión de David cambió de un segundo a otro. Sabía que pasaría, pero no estaba dispuesta a pasar un mal rato para darle gusto a él. Ella no disfrutaba cuando sus padres o su hermana podían llegar en cualquier momento. Simplemente, no podía. David cogió la película y miró a Natalia.

¿Vamos al salón?

La chica se levantó y le siguió en silencio. Tomó asiento en el sofá y observó cómo David encendía la televisión y preparaba la película.

¿Te has enfadado? —se atrevió a preguntar.

No —contestó él de forma seca y cortante.

Estaba enfadado. Otra vez.

¿Entonces qué te pasa?

David se sentó a su lado y sacó de uno de los cajones de la mesa el mando a distancia.

Nunca quieres hacerlo.

Eso no es verdad —le contradijo ella.

No te atraigo, ¿verdad?

«Dios, qué pesado es.»

Siempre usaba el mismo recurso, quizás para conseguir lo que quería, o tal vez porque de verdad pensaba que lo rechazaba por su físico. David no era una persona especialmente obesa, pero le sobraban algunos kilos. Mil veces había dicho que se pondría a dieta o que haría ejercicio, pero nunca lo hacía. No tenía voluntad y las palabras se las llevaba el viento. A Natalia le daba igual sobrepeso, pero David tenía continuos dolores en la pierna por culpa de una operación mal hecha, y Natalia estaba cansada de que siempre se quejara cuando pasearan o de que, en verano, no pudieran ir a la playa a causa de los complejos de su novio.

Que no es eso. No empecemos, ¿quieres? Sabes que no me gusta hacerlo cuando puede llegar gente y punto. Pon la película, anda.

Pero, ¿me quieres?

¡Que sí!

Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que, pasados diez minutos, la voz de la hermana pequeña de David resonó en la entrada.

¡David, ya estoy aquí!

5

Se despertó pasada la una de la tarde y permaneció con la mirada fija en el techo más tiempo del habitual, recorriendo pequeñas manchas y marcas de pintura, contando grietas e imaginando escenas donde su vida era completamente diferente. Se dio la vuelta en el colchón e hizo el remolón durante un rato, pero llegó un momento en el que, harto de estar metido entre las sábanas, terminó por levantarse. Después de darse una ducha, bajó a desayunar, si es que a esa hora se le podía llamar así. Bebió una taza de humeante café mientras zapeaba, buscando algo bueno que ver en la televisión. A esa hora solo había noticas catastróficas: una guerra en cierta parte del mundo, un terremoto, crisis económica y algún que otro asesinato.

Apagó el televisor con desgana y pensó en ponerse a escribir hasta que fuera a comer con su madre y sus hermanos. La imagen del ordenador le recordó algo, o mejor dicho, alguien. ¿Estaría Natalia conectada? ¿Qué hora sería en España?

«Si en Cancún son casi las dos de la tarde, debe ser las nueve de la noche en España.»

Dejó la taza vacía en la cocina y subió a la planta de arriba. Sin perder tiempo, encendió el portátil y abrió su Messenger. Allí estaba: Natalia92. Había puesto una foto nueva. En la de ayer se veía la foto de una rosa roja; en la de hoy, una chica de larga melena castaña que acunaba entre sus brazos a un gato negro.

«Órale…, es linda.»

Antes de que pudiera hablarle, apareció en la ventana el saludo de ella.

¡Hola, Félix! ¿Cómo estás?

¡Hola, Nataly! Muy bien. ¿Y tú?

Algo aburrida.

Oye, ¿esa de la foto eres tú?

Claro. ¿Quién iba a ser si no?

Te ves muy bien. Ya puedo ponerle cara a la famosa Pétalo.

Natalia sonrió, y se le ocurrió que a ella también le gustaría saber cómo era ese escritor desconocido.

Pues yo todavía no puedo ponerte cara.

Te mandé mi dirección de Facebook, pero no me agregaste.

«¡Es verdad!», se dijo Natalia.

Abrió la página social y escribió su nombre: Héctor Ignacio García. Había un par de ellos: uno, de España; otro, de México. Hizo click en el segundo y envió la invitación de amistad.

Ya te he agregado.

Héctor aceptó la nueva invitación. El Facebook de Natalia era reciente, a juzgar por sus pocas fotos. Echó una ojeada: la primera era la misma que tenía en el Messenger. Sí, definitivamente, era linda. En la segunda, la chica se apoyaba en una barandilla con vistas al mar. Sus rizos caían libres por sus hombros y su pecho. Su sonrisa era blanca y perfecta; y sus ojos, grandes y castaños. En la tercera y última foto, un chico mayor que ella, con barba y algo entrado en peso, la abrazaba por la espalda.

Natalia miraba las fotos de Héctor, que eran muchísimas más. El chico parecía más joven de lo que era. Tenía el pelo negro y despeinado; ojos marrones, más oscuros que los de ella. Natalia calculaba que podía superarla un poco en altura; estaba delgado, pero tenía en la cara cierta redondez que le daba un aire infantil; su piel estaba bastante más bronceada.

Apenas usas el Facebook, ¿verdad? —preguntó Héctor.

Todavía no lo controlo del todo. Tú, sin embargo, se ve que lo usas mucho.

Sí, bastante. ¿Qué tal tu domingo?

Me he pasado la tarde traduciendo.

«¿Traduciendo?», se preguntó Héctor. ¿Un libro? ¿Una canción, quizás?

¿Qué traduces?

Quéreas y Calírroe, de Caritón de Afrodisias. Es un texto en griego clásico.

¿Un texto en griego clásico? Esperaba cualquier respuesta menos esa. No era algo demasiado usual, y eso lo hacía más interesante.

¡Guau! ¿Es para tus clases? ¿Qué es lo que estudias?

Filología clásica. Es mi primer año. El año pasado estuve matriculada en Derecho, pero lo dejé porque no me gustaba. Y este año he empezado esta carrera, que es lo que quería de verdad.

Suena muy bien.

Sí, es genial. El año que viene, además, me meteré en un doble grado con Filología Hispánica, y así cuando termine tendré dos titulaciones.

Héctor cada vez quedaba más sorprendido. ¿Dos titulaciones? Eso era algo que no se oía en México.

¿Puedes hacer dos carreras a la vez?

Sí. Es algo nuevo: el doble grado. Cada grado son cuatro años, pero por uno más, es decir, por cinco años, puedes sacarte dos titulaciones a la vez.

¡Órale! Dos carreras… ¡Impresionante!

No te creas. Filología clásica tiene pocas salidas laborales. Por eso quiero sacar las dos carreras, aunque sea más difícil. Y, aun así, nadie me asegura que vaya a tener trabajo el día de mañana como profesora. Salen muy pocas plazas. Por eso quiero prepararme muy bien. Este verano quiero pedir una beca de tres semanas para irme a estudiar inglés al extranjero; y en tercero o cuarto pediré la beca Erasmus para estudiar todo un año de mi carrera fuera.

Con ese curriculum tendrías trabajo asegurado en México. Aquí la gente tiene una carrera como mucho. A veces, ni eso. No están tan preparados, y el nivel de estudios es muy inferior al español. Te darían trabajo en cualquier Universidad.

Pero para eso necesitaría un Doctorado.

¿Un Doctorado? No, aquí no hace falta. Ya te dije que no están tan preparados. Algunos de mis profesores no tenían idea de lo que hablaban. A veces hasta yo los corregía.

¿En serio? —Natalia abrió los ojos como platos—. ¡Qué injusto!

Sí, es una vergüenza. Pero, pues, ni modo… Así que cuando termines serás ¿filóloga?

Sí, filóloga.

Pues entonces vas por buen camino para ser mejor escritora que yo. Estudié Turismo, así que imagínate…

Natalia, en su habitación, no pudo evitar sonreír. Además de gustarle su carrera, la idea de llegar a ser mejor escritora gracias a ella se le antojaba tentadora. Era una de las razones por las que se había decidido a matricularse.

Tú tendrás mucha más experiencia que yo cuando haya terminado. No será fácil alcanzarte.

Él respondió algo ingenioso; ella le igualó en ocurrencias. Entre chistes, anécdotas y charlas serías, el tiempo se pasó volando. Héctor se sentía bien. Hacía tiempo que nadie conseguía hacerle reír o hablarle de cosas que le interesaran. Natalia, por su parte, se sentía cómoda con ese desconocido. Tal vez fuera porque ambos tenían una sensibilidad parecida, puesto que les unía algo que los dos amaban: escribir. Apenas habían hablado un par de veces, pero Natalia sentía que podía contarle cosas que a los demás no podía.

¿Sabes? Recordar lo de las becas y todo lo que quiero hacer en el futuro me pone un poco nerviosa.

¿Y eso por qué?

Yo antes no era así. Tenía una mente mucho más cerrada, muy distinta a como soy ahora. Y fue algo que pasó de repente, de un año para otro. No sé por qué. Antes, no tenía tantas ambiciones, no quería irme fuera de mi ciudad ni alejarme de los míos; pero ahora todo ha cambiado. Todo esto se me ha quedado pequeño y quiero viajar, ver cosas nuevas, aprender… Incluso puede que trabajar en otro país o vivir en otro lugar durante un tiempo. Pero a la vez pienso en mi familia, mis amigos…, y me daría mucha tristeza alejarme de ellos. Además, mi madre se sentiría muy mal si yo me fuera. Pero, claro, tengo que pensar en mí y en mi futuro. No sé. Perdona que te eche esta charla. Te parecerá una tontería.

Pero a Héctor no le parecía una tontería. En absoluto. Era algo que pocas veces oía, o en este caso leía, de una persona tan joven. No sabía a ciencia cierta cuántos años tenía esa chica —calculaba por su forma de escribir y expresarse, unos veintidós años—, pero parecía alguien madura y con las ideas claras. Tal vez ese cúmulo de sentimientos estuviera pudiendo con ella.

¿Cuántos años tienes, Nataly?

A la chica le sorprendió la pregunta. ¿Acaso le iba a decir que se estaba comportando como una cría de cinco años?

Diecinueve.

«¿Solo diecinueve?»

¡Guau! Cada vez me asombra más tu generación, de verdad. Yo a tu edad no tenía las cosas tan claras como las tienes tú. Pero pareces quererlo todo y nada a la vez, mi niña. Debes pensar más en ti y menos en los demás. A veces hay que ser egoísta para poder labrar tu futuro de la forma en que tú quieras.

No es solo eso. También tengo miedo a no encontrar a nadie que pueda seguirme el ritmo, por así decirlo. Tengo miedo de tener que hacer todo ese recorrido sola porque no haya nadie para mí. Tengo pareja desde hace algo más de un año, pero no me apoya en todo esto. Él no piensa en salir de España; ni siquiera en salir de mi ciudad. Es muy corto de miras. Siempre se enfada cuando le digo que voy a pedir la beca Erasmus y voy a estar un año fuera.

Lo sabía; tenía novio.

Nataly, los novios van y vienen, y desde luego, no debes dejar pasar oportunidades como esas solo porque él no esté de acuerdo. Son tus decisiones las que harán que el día de mañana seas lo que quieres ser, y si a él de verdad le importaras debería comprenderlo y apoyarte.

Natalia se dejó caer en el respaldo de la silla. Héctor había dicho justo lo que ella pensaba. David no era como esos novios que se cabrean y se ponen a pegar berridos, sino todo lo contrario: cuando ella le sacaba el tema de la beca Erasmus, él evitaba hablar de ello, como hacía con todo lo que no le gustaba. Natalia era de la opinión de que las diferencias había que hablarlas, y no guardarlas e ir acumulándolas hasta que alguno de los dos estallara como un globo.

Ese chico comprendía su postura. La comprendía a ella. Era algo que rara vez pasaba, pues a veces ni ella misma se entendía.

Tienes razón —escribió, y rápidamente añadió—. Oye, muchas gracias por escucharme. Tengo que irme ya. Es tarde y mañana hay clases.

¡Oh, sí, claro! Siento haberte entretenido.

Me ha gustado hablar contigo. Espero verte otro día conectado.

Me verás.

6

Hoy pondré las actividades en el campus virtual anunció el profesor de Lengua Española, un hombre delgado y menudo, con gafas y bien afeitado—. El jueves terminan las clases, así que estas serán las últimas actividades antes del examen. Ya sabéis que mañana pasaré lista para ver quién lo ha hecho y quién no. Bien, ya podéis marcharos. Hasta mañana.

Natalia cerró el cuaderno. A su lado, Natanael mantenía la cabeza apoyada en su mano derecha con los ojos cerrados. ¿Se habría dormido? Con un codazo, el chico abrió los ojos lentamente. Los tenía totalmente rojos y su expresión se hallaba adormecida. Dirigió la mirada al profesor y a los alrededores de la clase.

¿Ya se ha acabado?

Natalia rio mientras metía las cosas en la mochila.

Sí, dormilón. Ya se ha acabado.

Natanael se estiró y empezó a recoger lo poco que tenía encima de la mesa.

Se me ha hecho eterno.

Pensaba que te gustaba la ortografía.

Me encanta, pero todo lo que está diciendo este tío ya lo sé. Cuando diga cosas nuevas no me aburriré.

Dice cosas nuevas, pero tú estás en tu mundo y no te enteras —corrigió Natalia.

Se levantaron de sus asientos. Natalia se colgó la mochila del hombro.

Vámonos. Tenemos Comunicación y Gestión de la Información.

Natanael resopló, hastiado.

¿Otra vez ese asco de clase?

Natalia volvió a reír.

Anda, deja de quejarte.

La clase de Comunicación y Gestión de la Información no era de las preferidas de Natalia. Era bastante aburrida. Consistía en realizar debates sobre diferentes temas. Natalia y Natanael nunca hablaban en esa clase, pero se entretenían viendo cómo los demás se peleaban entre ellos con argumentos distintos y contrarios. El profesor era un chaval bastante joven al que no echaba más de treinta años. Al igual que el profesor de Lengua, era delgaducho, y su pelo caía por su frente en un desordenado flequillo.

Comieron sus respectivos bocadillos con tranquilidad. Natanael sacó su batido de proteínas y se lo bebió de unos pocos sorbos. Natalia solía llamar a su amigo “El señor dietas”, pues siempre combinaba estas con el gimnasio. Y si no iba a este, salía a la calle a correr y a hacer ejercicio durante horas. Estaba obsesionado con su físico. Demasiado, pensaba Natalia. Se fijó en sus brazos musculosos y recordó las carnes flácidas de su novio. David era tan distinto de Natanael… No le preocupaba en absoluto su físico y, por lo que parecía, tampoco su salud. Podía comer una hamburguesa cada día y quedarse tan tranquilo.

Natanael pegó un bocado a su sándwich integral de pavo, y Natalia no pudo evitar sonreír. Natanael le preguntó con la mirada qué era lo que le hacía tanta gracia.

Nada —respondió—. Me estaba imaginando a David siguiendo las dietas y la tabla de ejercicios que haces tú cada día.

Natanael tragó y bebió de su batido. Después, le siguió el juego con cierta maldad y picardía.

Se moriría.

7

Había una conexión especial entre ellos. No sabían bien de lo que se trataba, pero sabían que fuera lo que fuese era peligroso, y más de una vez habían intentado alejarse sin resultado. Cuando trataban de ignorarse, sentían como si un imán los atrajera hacía la pantalla del ordenador. Era una poderosa atracción que los obligaba a buscarse mutuamente y a pasar horas juntos, aunque fuera cibernéticamente. Aun así, ambos hicieron como si no pasara nada. No tenían por qué preocuparse, al fin y al cabo solo eran amigos. Amigos que hablaban diariamente y se llevaban más que bien. Al menos, eso era lo que pensaba Natalia.

Me gustas —escribió Héctor ese día. Los dedos se le habían movido solos sobre el teclado.

Natalia tragó saliva. Su corazón dio un respingo y las mejillas se le tornaron rojas. Aquella reacción la asustó por lo que podía conllevar.

Héctor volvió a escribir antes de que ella pudiera pensar en qué responder.

Me pareces una persona muy interesante. Todo lo que hablas, la manera en que lo dices, tu forma de pensar… Nadie diría que tienes diecinueve años nada más. Me gustaría conocerte en un futuro.

Natalia vio la oportunidad perfecta para desviar el tema.

¡Claro! Cuando quieras, vienes a España y te enseño mi ciudad.

Estaba segura de que nunca iría, así que no había problema.

Héctor sonrió, resignado. Como esperaba, había evadido el tema. Esa chica no daba tregua, y a veces le desesperaba. Demostraba ser una chica fiel a su pareja…, aunque esta fuera una persona realmente estúpida.

Empezaba a arrepentirse de haber escrito aquello último.

¿Cómo se llama tu ciudad?

Natalia volvió a sentirse recelosa. ¿Debía decirle dónde vivía a alguien que no conocía? Pero tras pensarlo un poco, decidió que en Cádiz había demasiadas localidades y aún más Natalias.

¿Crees que podrías adivinarlo?

No conozco los nombres de demasiados lugares en España.

Inténtalo. Te doy una pista: está en la Comunidad Autónoma de Andalucía.

Andalucía… O sea que eres andaluz.

Andaluza.

Oh, perdón, andaluza. No sabía que se distinguía el género, je je.

Sí, se distingue.

Muy bien. Veamos… ¿Córdoba? ¿Granada? ¿Sevilla?

Ninguna de las tres, pero Sevilla se acerca.

¿Me harás mirar en Google?

Natalia se echó a reír.

Creo que ya lo has hecho. Pero está bien. Vivo en Cádiz.

Héctor buscó imágenes de la ciudad de su colega escritora. Murallas, una Catedral y mar… Mucho mar. Pero era distinto al de Cancún. Tenía un color más oscuro que el turquesa que coloreaba las olas caribeñas.

Así que eres una linda gaditana.

A Natalia le sorprendió que supiera el gentilicio, pero supuso que lo había buscado sin perder un momento, y no se equivocaba.

No sé si linda, pero gaditana sí soy. Y tú eres cancunense, ¿cierto?

Exacto.

Mi hermano estuvo hace poco en la Riviera Maya. ¿Está cerca de allí?

Bastante cerca.

Es un lugar precioso. Al menos eso he visto en las fotos.

Es un paraíso. Algún día tienes que venir a conocerlo.

Me encantaría.

Natalia abrió sus Imágenes para buscar alguna foto en la que pudiera enseñarle lo más emblemático de su provincia, pero no encontró ninguna. Recordó que las tenía todas en el ordenador de sobremesa. Dio con alguna que le trajo buenos recuerdos y, sin ser consciente de que la luz naranja parpadeaba en su pantalla y que al otro lado del ordenador un chico estaba impaciente por ver su respuesta, pasó foto tras foto, recordando el momento en el que las había echado.

Habiendo pasado ya muchas, halló una que creía perdida hacía tiempo. En la imagen solo se encontraba ella con un vestido blanco que solía usar para ir a la playa. Estaba casi de espaldas a la cámara, pero levemente girada para mirar al objetivo. Por ese entonces tenía el pelo largo, aunque no tanto como lo tenía ahora, y caía en una cascada de rizos por su espalda. Además, estaba más morena. Una oportuna ráfaga de viento había levantado su vestido lo justo para darle movimiento a la foto. Subió la foto al Facebook. Después, abrió la ventana de Héctor, en la cual estaba escrita la frase «Yo seré tu guía.»

Perdona la tardanza. Estaba buscando una cosa.

No te apures. ¿Lo encontraste?

No exactamente.

A Héctor le llegó una notificación. Natalia había subido una foto nueva. Clicó sobre ella y apareció en mayores dimensiones. Era ella con un vestido de color blanco. Recorrió cada detalle con la mirada, y no pudo evitar tragar saliva. Un pinchazo en el corazón y un peligroso cosquilleo en el estómago. Tuvo la tentación de comentar, pero podría causarle problemas con su novio si lo hacía.

Oye, eres un ángel.

Eso tomó por sorpresa a la chica, que notó cómo su corazón daba otro brinco.

¿Eh?

Un precioso ángel vestido de blanco.

¡Oh! ¿Has visto la foto?

Te ves hermosa.

Gracias.

Gracias a ti —respondió él.

¿Por qué? —preguntó ella.

Por subirla.

8

Terminó de meter todas sus cosas en la maleta. No en la pequeña —la que utilizaba para los fines de semana—, sino la grande, esa que usaba cuando volvía a casa por vacaciones. Pensó en dejar algo en el armario, pero se dio cuenta de que no podría ponerse la falda que tenía en casa sin su camiseta rosa, que el pantalón vaquero iba genial con el jersey beis, y que la sudadera roja con capucha era demasiado cómoda como para dejarla apartada toda la Navidad. Así que, finalmente, optó por no dejar ni un calcetín. Cerró la apretada maleta y la puso en el suelo como pudo. En el pasillo ya se oían las voces y el traqueteo de las maletas de sus compañeros.

Salió de su habitación, fijándose que no se le olvidara nada. En el salón, Gema y Miriam, con sus maletas ya preparadas, jugaban a una guerra de cojines en el sofá, mientras Natanael, apoyado en la puerta de salida, esperaba a que la última de sus compañeras terminara su equipaje para llamar a un taxi.

¡Hombre, por fin! —exclamó cuando vio a Natalia aparecer por el pasillo—. ¿Qué hacías, fabricar la maleta?

No seas exagerado, que acabo de oíros por el pasillo.

Sí, pero llevábamos listos como media hora.

¡Claro, claro…!

Bueno, ¿qué? ¿Llamamos al taxi? Os recuerdo que los autobuses salen a partir de las 19:15 y ya son casi las 18:50.

Pues, ¿a qué esperas? —le espetó Gema.

Cogió el teléfono inalámbrico y se lo lanzó. Natanael lo agarró con un ágil movimiento.

¿Por qué siempre tengo que llamar yo?

Porque eres el hombre de la casa —respondió Miriam, guiñándole el ojo.

Natanael sonrió y marcó. Esas tres siempre hacían con él lo que querían.

Natalia dejó el equipaje a un lado y se lanzó al sofá, sentándose justo en medio de la pareja. Metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, sacó un par de paquetitos envueltos en papel de regalo azul celeste y obsequió a las chicas con sendos presentes.

Esto es para vosotras. Feliz Navidad.

¿Para nosotras?

¿Por qué te has molestado, tonta?

Es que no nos veremos hasta finales de enero y os echaré de menos, mis pequeñas saltamontes.

Las chicas se unieron en un tierno abrazo y la pareja procedió a abrir sus regalos. Segundos más tarde, cada una tenía en su mano un colgante con el yin y el yang respectivamente.

Es lo que siempre llegaba a la mente de Natalia cuando pensaba en sus compañeras. Gema llevaba el pelo corto y teñido de rojo, un piercing en la ceja y siempre vestía con camisetas de estilo heavy. Miriam era todo lo contrario: muy femenina, de pelo largo y castaño. Le encantaba usar vestidos y la dulzura era su cualidad más sobresaliente. Parecían diferentes, opuestas, y sin embargo, juntas creaban una armonía que muchos buscarían sin ser capaces de encontrarla.

Gema y Miriam volvieron a abrazar a Natalia y depositaron varios besos en sus sonrosadas mejillas. Después, se pusieron los colgantes y pidieron a Natalia que les hiciera una fotografía juntando ambas partes. Meses más tarde, Natalia descubriría aquella foto en el cuarto de sus amigas y se daría cuenta de lo que había significado ese pequeño regalo para ellas.

Natanael dejó el teléfono en su sitio y se dirigió a ellas, sin entender por qué estaban tan emocionadas. Se había perdido el gran momento mientras pedía el taxi. Natalia se levantó y sacó un paquete más del bolsillo, esta vez envuelto en papel verde, y se lo entregó a Natanael.

Es tu regalo de Navidad. Espero que te guste.

Más emocionado de lo que se mostró, Natanael se deshizo del papel que le estorbaba la visión y descubrió una pulsera de cuero. Natalia siempre le había dicho que debían de quedarle genial, y él siempre había mostrado interés en conseguir una precisamente porque a ella le gustaban. Le hubiera encantado decirle la verdad: que esa pulsera era especial porque era un regalo suyo; que los complementos nunca habían sido su debilidad, pero que se la pondría siempre con tal de llevar consigo algo de ella. Sin embargo, hizo acallar sus pensamientos y le dio un cálido abrazo que ella interpretó como signo de amistad.

A su espalda, Natanael sonrió.

«Ya verás cuando lo vea», pensó.

9

Subió al tren antes que ninguna otra persona y se decidió por un asiento en la esquina del primer vagón. Puso la maleta a un lado, se quitó la mochila y la dejó a sus pies. Sacó de ella el libro que había estado leyendo esos últimos días. La portada de color verde encuadraba unas letras blancas que rezaban: «Cartas de San Valentín». El escritor era un tal Julio Vázquez, un joven sevillano de veintipocos años que había terminado la carrera de Periodismo en Madrid. La verdad era que Natalia no entendía cómo habían podido publicarle, y mucho menos cómo se había convertido en un best-seller. Aquel libro del que todo el mundo hablaba le estaba resultando, no solo aburrido, sino también predecible y decepcionante, ya fuera por la poca personalidad de los personajes, la fácil escritura del autor o la sosa trama de la historia. Lo menos que hubiera pedido era que, al menos no contuviera faltas de ortografía, pero a lo largo del relato ya había encontrado varias.

«¿Es que no se fijan antes de publicarlo?», pensó.

Cambió de canción en su mp3. Una de piano vendría perfecta para concentrarse en la lectura. Puso una al azar y depositó el aparato en su pierna izquierda para enfrascarse de nuevo en ese «best-seller». Paseó la mirada por una línea tras otra. Era la historia de una chica que se enamora de un chico y a la vez le gusta otro. No sabe por quién decidirse. A su vez, cada uno de esos chicos tienen distintas tentaciones: amigas de clase o conocidas que hacen renacer sus más bajos instintos, pero ambos creen estar enamorados de la protagonista.

«¡Venga ya! ¡Maldito culebrón! ¿Es que esta gente no sabe lo que es el amor?»

Cerró el libro. Cada capítulo era peor que el anterior.

Un señor se sentó en el asiento de enfrente. Un fuerte olor a tabaco llegó hasta las fosas nasales de Natalia, quien intentó disimular su disgusto, pero apenas lo consiguió.

Abrió de nuevo el libro. Tenía que distraerse o pasaría el peor viaje de toda su vida. Continuó leyendo. En su mp3 sonó una bachata: Angels.

«Angels…»

La frase de Héctor llegó hasta su mente. «Eres un ángel.»

Sonrió. Nunca le habían dicho algo así. Ni siquiera David, que solía llamarla “bonita” o “preciosa”, pero su forma de piropear solía ir más por el camino de un obrero, mucho más brusco. Héctor era dulce en ese aspecto. Normal, por otra parte, ya que el escritor le sacaba ocho años a su novio. Y a ella, once.

A veces deseaba que David fuera como Héctor.

«Deja ya de pensar en eso», se dijo, con tranquilidad. «Cada uno es como es. No puedes pretender cambiarle.»

Una conocida melodía empezó a sonar en su mochila. Era un mensaje de David.

«Te echo de menos. ¿Podemos quedar hoy? Tengo ganas de verte. Te quiero.»

Sonrió y respondió al mensaje:

«Si quieres, quedamos esta noche. ¿A las nueve en el Plaza? Te quiero.»

Pocos minutos más tarde, otro mensaje:

«Perfecto. ¿Vamos a cenar? Después lo hablamos. Nos vemos a las nueve, preciosa.»

Se quedó un rato mirando la pantalla, a pesar de que sus pensamientos estaban en otra parte; concretamente, en dos chicos totalmente diferentes, completamente opuestos.

«Me gustas», le había dicho Héctor el día anterior.

Su corazón pareció encogerse por una repentina y extraña angustia. ¿De verdad habría querido decir que ella le atraía, como mujer, como pareja? Eso era imposible. Acababan de conocerse. Él contaba once años más que ella. ¿Cómo iba a gustarle una cría? Cogió aire y lo expulsó lentamente, intentando calmar las pulsaciones de su corazón. Definitivamente no podía ser. Seguramente había querido decir que le caía bien. Las diferencias del lenguaje podían incurrir en malentendidos tontos.

Metió el móvil en la mochila y su mano dio con algo de tacto suave. Intentó averiguar qué era, pero no recordaba haber metido nada parecido en ese bolsillo. Sacó el objeto misterioso. Era una bolsita de tela blanca transparente desde la que se vislumbraba una pulsera de cuero. Por un momento pensó que era la que le había regalado a Natanael, pero se dio cuenta de que la que tenía en la mano era más femenina. Una nota acompañaba a la pulsera:

«Estoy seguro de que a ti también te quedaría bien. Feliz Navidad. Natanael.»

Natalia ahogó una risilla. No podía creerse que hubieran tenido la misma idea.

Con una sonrisa, se puso la pulsera y metió la bolsita en la mochila. Después, continuó leyendo, o al menos, intentándolo, pero nada. Ni el regalo inesperado de su amigo había conseguido evadirla de sus pensamientos. Cambió de canción; esta vez a una algo más movida que le hiciera mantener la mente ocupada. Pensó en los colgantes que les había regalado a Gema y a Miriam. El yin y el yang. Eran tan distintas, y sin embargo, no podían estar la una sin la otra. David y ella también eran muy diferentes, pero había una diferencia que la inquietaba: ella no sentía que como pareja crearan la armonía que veía en sus compañeras. No tenía la necesidad imperiosa de pasar cada día de su vida junto a David.

El hombre que estaba sentado delante de ella la miró cuando sin querer se le escapó el estribillo de la canción que había triunfado ese último verano y que describía a la perfección sus sentimientos.

«Y ahora aparece él, y parece que me equivoqué. Quizás no supe elegir. Cogimos el camino largo y tortuoso, ¿no es así?»

Unos minutos más tarde, el tren se puso en marcha con rumbo hacia Jerez de la Frontera. Fue entonces cuando Natalia desistió de intentar seguir su lectura y decidió guardar el libro en la mochila. Una chica enamorada de dos al mismo tiempo. ¡Qué tontería! No se podía querer a dos personas a la vez. ¿O sí?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: