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Coincidencias

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II

Coincidencias

1

Cuando abrió los ojos unas horas más tarde, no recordaba nada de lo que había pasado el día anterior. Salió de su habitación como cada lunes y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno antes de ir a clase. Somnolienta, llenó un vaso de leche y sacó algunas magdalenas. Bostezó un par de veces, agotada. La magdalena se rompió de tanto mojarla, cayendo en la leche y salpicándole la cara. Refunfuñó. Quería volver a la cama.

Se bebió la leche y fue a vestirse. Antes de entrar en su cuarto, vio salir a Miriam de la habitación que antes había sido de Natanael y que ahora estaba desocupada. Aquel hecho la despertó del todo. La joven salía en pijama y la habitación estaba a oscuras. Por un momento, se le pasó la cabeza que Miriam hubiera discutido con Gema y se hubiera ido a dormir a aquella habitación, pero de pronto recordó todo lo que había pasado la tarde del día anterior, y sudores fríos empezaron a recorrer su cuerpo.

Buenos días —dijo Miriam entre bostezos.

Buenos días… Oye, Miriam, ¿qué día es hoy?

Lunes… —respondió con los ojos entrecerrados mientras se dirigía al baño, esperando que Gema no se le hubiera adelantado.

No…, de número.

Creo que diecisiete.

Ya… ¿Y el mes?

Miriam abrió los ojos un momento y volvió a fruncirlos, extrañada.

Pues, ¿noviembre? —respondió como si fuera una respuesta demasiado obvia.

Sin decir nada más, entró en el cuarto de baño y Natalia permaneció en el pasillo, pensativa. Escuchó cómo se abría la puerta del cuarto de Gema y vio a la susodicha salir igual o más dormida que Miriam. Apoyando la cara en la puerta del baño, intentó abrir.

¡Ocupado! —exclamó Miriam desde dentro, con un claro tono de victoria.

Gema refunfuñó y miró a Natalia, que no despegaba la mirada del suelo.

¿Y a ti qué te pasa? —preguntó con voz adormilada.

Natalia se mordió el labio inferior.

Gema…, ¿a ti te gusta Miriam?

La inesperada pregunta despertó a Gema más de lo que lo hubiera hecho una ducha de agua fría. Natalia detectó el color rojo coloreando sus mejillas.

Pero, ¿qué dices? —fue lo único que contestó antes de huir hacia la cocina.

Natalia frunció los labios cuando su compañera de piso desapareció tras la puerta del pasillo. Volvió a su habitación, y sacó del escritorio el cuaderno que había estado escribiendo la noche anterior. Cuando por fin vio todo lo que había en él, se convenció de que lo que había pasado no había sido un sueño. Realmente estaba en noviembre de 2011.

Para su desgracia.

2

Cogió el tren hacia San Fernando solo para recuperar sus cosas. Sin el móvil, estaría incomunicada, y no podía ir sin el DNI o el carnet de la Universidad. Así que paró en la estación de Bahía Sur y caminó hasta casa de David. Sentía el cuerpo pesado y estaba de mal humor. No quería verle. No otra vez.

David abrió con aire lúgubre. Parecía preocupado. Le hizo una señal para que pasara y Natalia no lo pensó dos veces. Caminó a paso ligero hasta la habitación y buscó con la mirada su bolso.

Está en el armario —le indicó David.

Natalia se lanzó hacia el mueble y lo abrió de par en par. Su bolso estaba colgado en una de las puertas. Rebuscó en él y sacó el móvil. Con rapidez, revisó los mensajes antiguos, pero no había ninguno de Héctor. Había sido su última esperanza.

Tú… no has tocado mi móvil, ¿verdad? —le preguntó con cautela.

No.

Era sincero. Estaba demasiado serio como para mentir. Natalia se colgó su bolso en un hombro e intentó salir de la habitación, pero David se lo impidió, envolviéndola entre sus brazos. Natalia mantenía los suyos a ambos lados de su cuerpo. Solo quería salir de allí. No se sentía cómoda en esa habitación, en esa casa, junto a ese chico.

Tengo que coger el tren —le dijo.

¿No me das un beso? —le preguntó él.

Natalia negó con la cabeza con un lado para otro y fue hasta la puerta. David la siguió.

¿Qué he hecho? —le preguntó, impotente—. Te juro que no sé por qué estás enfadada.

Natalia soltó el pomo y le miró con tristeza. ¿Estaba enfadada? No, o eso creía. Pero había algo que la inducía a salir corriendo de allí. Sí, pudiera ser que fuera aquella locura transitoria en la que se hallaba, que realmente la había llevado a pensar que David y ella habían cortado hacía ya muchos meses. Fuera lo que fuese, necesitaba irse de allí.

No me pasa nada… —le aseguró—. No estoy enfadada. Solo necesito un poco de tiempo. Dame unos días —le pidió, y salió de la casa.

3

Al día siguiente, se levantó un poco antes para organizar la mochila. La noche anterior se había acostado pronto, demasiado cansada como para preparar las asignaturas del día siguiente.

Su agenda mental le recordó que los martes a primera hora tenía Teoría de la literatura. Buscó en su carpeta los apuntes de dicha asignatura, pero por más que pasó hojas y hojas, no encontró nada relacionado. Frunció el ceño. ¿Se las habría dejado en clase? ¿Tal vez las habría prestado? Por un momento se asustó: ¿y si las había perdido?

Salió de su habitación y llamó un par de veces en la de Miriam. Cuando abrió la puerta, la joven ya estaba arreglada y lista para desayunar.

Buenos días —le sonrió.

Buenas días —respondió algo apurada—. Oye, ¿te he dejado yo mis apuntes de Teoría de la literatura?

Miriam pareció confundida. Ella y Natalia estaban en filologías diferentes, pero tenían asignaturas en común —aunque con distintos profesores—, y en muchas ocasiones se prestaban los apuntes para tener toda la información posible de cara al examen. Sin embargo, había algo en la pregunta de Natalia que no encajaba.

Mmmm… Natalia, no sé si me equivoco—comenzó educadamente—, pero Teoría de la literatura la tenemos el semestre que viene. Todavía no la hemos comenzado.

Natalia abrió los ojos como platos.

En ese momento, Gema salió de su habitación con expresión adormilada.

Gema, ¿verdad que Teoría de la literatura la tenemos el semestre que viene? —le preguntó Miriam.

Gema se volvió hacia ella con los ojos entrecerrados.

¿Teoría de qué? —repitió con voz pastosa, y sin esperar a una respuesta, entró en el baño a lavarse la cara.

Natalia frunció el ceño, sintiéndose más estúpida que nunca. Su mente seguía adelantada al tiempo en el que vivía. Habían pasado un par de días desde que había despertado de ese extraño sueño, y todavía no se acostumbraba a la realidad.

Miriam ladeó la cabeza para mirarle la cara.

¿Te encuentras bien? Estás muy pálida.

Estoy un poco cansada —reconoció Natalia, llevándose una mano a la cara—. No he dormido bien.

Miriam la miró con ternura y comprensión, como a una hermana pequeña.

Se nota. Anda, ¿por qué no vuelves a la cama? Gema y yo te pasaremos los apuntes de las clases de hoy.

¿No te importa?

Es preferible eso a que te duermas en clase —respondió, acompañándola hasta su habitación—. Descansa un rato, y si más tarde te sientes con ganas de ir a la siguiente clase…

Gracias, Miriam. Me haces un gran favor.

Para eso estamos.

Gema salió del baño bostezando y con el pelo revuelto.

Oye, yo también estoy cansada. ¿No me puedo quedar? —le preguntó con cierta picardía.

Las chicas sonrieron, y Miriam avanzó hasta ella para llevarla a la cocina a desayunar.

Tú lo que tienes es mucha cara.

4

El día anterior no había ido a clase por cansancio, por tristeza…, tal vez por trastorno mental. Empezaba a creer que se estaba volviendo loca de verdad. Se equivocaba con los horarios, con las aulas, las materias, con los días. Recordaba cosas que no existían y creía saber lo que iba a ocurrir en cada momento. Lo más raro de todo era que dichas cosas sucedían de verdad minutos después de haberlas pensado. ¿Acaso tenía poderes? ¿Sueños premonitorios, tal vez?

No se lo había contado a nadie. No quería que la miraran con malos ojos, se alejaran de ella o quizás, la llevasen al manicomio. Pero no descartó del todo gastar parte de su dinero en acudir a un psicólogo. Sin embargo, cuando se enteró que cobraban alrededor de sesenta euros por consulta, decidió que lo más asequible sería permanecer con su locura temporal.

Entró en la Universidad y subió las escaleras. Se adentró por uno de los pasillos y caminó hasta la clase 9, un aula pequeña y calurosa. Tocaba Lengua Griega con Rafa, uno de sus profesores favoritos. Los demás solían quejarse de él y temían el examen que tendría lugar después de Navidades. Ella, sin embargo, estaba tranquila. Le gustaba la asignatura, la forma de impartir las clases y el profesor. «Sacaré un sobresaliente», se dijo inconscientemente, recordando la nota que había sacado en su sueño, pero enseguida se obligó a olvidar todo aquello. Una parte de ella no podía eliminar así como así ese año de vida del que había despertado. Su mente no conseguía asumir que nada de aquello era real.

La clase estaba casi vacía. Apenas había dos chicos en la parte trasera, una chica en la parte central y otra más en la esquina. «Jesús Espinosa y Jesús Pizarro, los tocayos. Teresa, y Raquel», repasó su mente, y enseguida añadió: «La ex de David y de América.»

«¡Dios, que no!»

Intentando sacarse esas locas ideas de la cabeza, se sentó al lado de Teresa. La joven estaba tan absorta en su libro de griego que ni siquiera la miró.

Buenos días —le dijo.

Teresa levantó la mirada. Parecía extrañada.

Buenos días —respondió, y enseguida volvió a la lectura.

Natalia sacó sus cosas de la mochila y las colocó en orden encima de la mesa, mientras se preguntaba por qué Teresa habría reaccionado de esa forma tan seca. Hacía tiempo que eran amigas. Solían sentarse siempre los cuatro juntos: Gema, Teresa, Natanael y ella.

Abrió los ojos como platos.

«Natanael.»

Natanael todavía no era su amigo… y Teresa tampoco.

«¿Todavía?», se preguntó de nuevo. «No sabes si lo serán algún día. ¡Vuelve a la realidad! ¡Aterriza!»

Natalia notó que había creado algo de tensión tratando a la chica con tanta familiaridad. Se aclaró la garganta y sacó el texto de Caritón de Afrodisias. Se dio cuenta de que no había traducido casi nada y cruzó los dedos para que el profesor no le pidiera su traducción. Teresa se fijó en su hoja.

¿Hasta dónde has llegado? —le preguntó.

A Natalia le sorprendió que fuera ella la primera en entablar conversación.

No he adelantado. No me encontraba muy bien… —se excusó.

Teresa cogió su texto y señaló una línea de color rosa que indicaba la última frase que había traducido.

Yo he llegado hasta aquí, pero no he conseguido sacarle el sentido.

Natalia se fijó en la narración griega. Le daba la impresión de que hacía una eternidad que no tocaba la historia de Quéreas y Calírroe. Gema llegó al aula, sofocada, cuando la clase estaba casi completa. Dejó su mochila al lado de Natalia y se sentó encima de la mesa, con la respiración agitada y la frente sudorosa.

Creía… que no… llegaba —explicó, demasiado cansada para hablar de corrido.

Rafa entró unos minutos después de ella con una sonrisa y sus mejillas sonrojadas, tan características de él. Sacó sus folios de una carpeta azul y pasó lista antes de empezar con la clase. Justo cuando estaba terminando, alguien llamó a la puerta. Era un joven alto, de ojos azules.

Disculpe el retraso —dijo, cerrando la puerta y dirigiéndose a su sitio, detrás de Gema.

Que no vuelva a pasar —pidió Rafa, repasando la lista rápidamente con la mirada—. ¿Natanael?

Sí.

Natalia tragó saliva y le miró sin poder evitarlo. Se le hacía tan extraño tenerlo tan cerca y saber que no era ni su amigo ni su enemigo ni… nada. Natanael se percató de que estaba siendo observado y sonrió a la chica que miraba cómo sacaba su cuaderno de la mochila negra. Natalia se dio la vuelta, avergonzada, y exhaló un suspiro. Todo era tan raro…

A ver, Natalia —dijo Rafa, exaltándola—, ¿quieres continuar leyendo el texto? Nos quedamos en la línea 34.

La chica cogió el texto, maldiciendo para sus adentros. No tenía la tarea hecha. Iba a quedar en ridículo delante de todos. Comenzó a leer, y cuando el profesor le pidió su traducción, se dio cuenta de que se la sabía de memoria. A medida que pasaba su dedo por las palabras griegas, estas le iban revelando su significado. Rafa y todos sus compañeros quedaron estupefactos ante su perfecta traducción. El profesor llegó a pensar que la habría sacado de Internet, o de algún libro de la biblioteca, pero era imposible. No era una traducción tan profesional como la de un traductor.

Pues…, no puedo ponerte ninguna pega. Está todo perfecto. ¿Alguna pregunta?

Casi todos los allí presentes levantaron la mano. Rafa hizo que Natalia contestara un par de preguntas, asegurándose así que había sido ella la que había trabajado pasando aquel texto al español. Tal y como esperaba, la chica supo contestar a todo.

Teresa se inclinó hacia ella, con una sonrisa y las cejas arqueadas.

¿No decías que no habías adelantado?

Cabrona…, si lo sabías hacer tan bien, podrías haberme ayudado —le reclamó Gema.

Después de su turno, otro alumno salió voluntario, pero Natalia ya no seguía la clase. Su mirada y su mente estaban fijas en la historia escrita en griego que tenía delante. Comenzó a leer cada una de las frases y por arte de magia, la traducción aparecía nítida en su cabeza. Era algo que no podía comprender ni explicar, pero se sabía de memoria la historia de Quéreas y Calírroe. Una vez más, ese extraño sueño llegó a su mente. Había tenido que estudiarse ese texto para el examen sin diccionario.

«Oh, Dios… Me estoy volviendo loca de verdad.»

Hora y media más tarde, cuando salieron de la clase, Natalia todavía estaba en las nubes. Por más que intentaba explicar lo que había pasado en la clase, no tenía respuesta para ello. ¿Acaso seguía soñando?

Natanael pasó por su lado, cargando la mochila en un solo hombro, y le dio un pequeño golpecito en la espalda.

Bien hecho —la felicitó, guiñándole un ojo, y siguió su camino.

Para cuando Natalia quiso darle las gracias, él ya se había ido.

5

Natalia se hallaba sumida en su plato de filetes con patatas. Masticaba despacio y sin apetito. Habían pasado casi dos semanas desde que despertara asustada y confundida en casa de David. Su cabeza empezaba a asumir la realidad que la rodeaba, pero seguía sin poder darle una explicación a muchos de los sucesos extraños que habían acontecido en los últimos días. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos que no se dio cuenta de cómo se sonreían sus compañeras de piso. Fue Miriam la que interrumpió el silencio.

Estás muy callada —le dijo a Natalia.

La susodicha levantó la mirada.

Estaba pensando.

Ninguna de las dos quiso entrometerse en sus pensamientos, por lo que Gema pasó a otro tema rápidamente.

Mira qué casualidad… Nosotras también habíamos estado pensando en algo —soltó como si hubiese encontrado el momento idóneo para contarle su idea.

¿En qué?

Verás, no sé si te habrás dado cuenta, pero… —comenzó, agarrando a Miriam de la mano.

Gema y yo hemos formalizado nuestra relación —terminó Miriam.

Natalia abrió los ojos como platos. No porque el hecho la sorprendiera, sino porque era exactamente lo que había pasado en su sueño. Sus compañeras de piso eran pareja.

¿Te desagrada? —preguntó Miriam, cautelosamente.

Natalia boqueó como un pececillo un par de veces.

No, no. No me lo esperaba. Eso es todo —explicó.

Las chicas suspiraron, ya más relajadas. Natalia se había convertido en algo más que una compañera de piso en las últimas semanas. Era una amiga, y su aceptación era importante para ellas.

Bueno, habíamos pensado que podíamos alquilar la habitación pequeña a alguien más y dormir nosotras dos en la cama de matrimonio —sugirió Gema—. No sé si te importe.

Los gastos se reducirían, y tocaríamos a menos en las tareas de la casa —completó Miriam—. ¿Te parece bien?

Natalia parecía confundida de nuevo. ¿Meter a alguien más en la casa? Su mente voló hasta cierto chico alto y de ojos azules.

«No, no puede ser», se dijo. «Es solo una coincidencia. Nada más.»

Sí, claro. Por mí, todo genial.

Todo serían ventajas. Menos gasto, menos trabajo y un compañero o compañera que la hiciera sentir menos incómoda que compartiendo la casa sola con una pareja. Podría evitar momentos embarazosos en el caso de que esas dos fueran demasiado empalagosas y se pasaran el día besuqueándose delante de ella. Cosa que no creía que pasara, pero mejor prevenir que curar.

Perfecto. Pues mañana podríamos poner un cartel en la Universidad. Siempre hay gente buscando piso —propuso Gema.

Está bien.

A ver si tenemos suerte.

Tengo la sensación de que la tendremos —comentó Natalia.

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