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Te volvería a elegir

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VIII

Te volvería a elegir

1

Me gustas.

Era la segunda vez que lo hacía. ¿Qué debía hacer ahora, volver a evitar el tema? ¿Debía huir a pesar de que se le cortaba la respiración cada vez que leía esas palabras?

«Ay, Dios, ¿en qué estás pensando? Tiene once años más que tú y está tan lejos…»

Debía ganar tiempo. ¿Habría alguna manera de librarse de contestar?

¡Natalia! —El grito de su madre procedente de la cocina la salvó. Sandra le había dado la excusa perfecta. Para cuando volviera podría cambiar de tema contando cualquier tontería sobre ella.

Un momento. Me llama mi madre.

OK.

Sin esperar un segundo, fue hacia la que, sin saberlo, había sido su salvadora. Con una sonrisa, se asomó a la cocina. Sandra limpiaba pescado en la encimera. En la vitrocerámica, una olla a presión echaba humo por el pivote. Un olor a verduras llenaba la cocina.

Dime.

Saca los platos del lavavajillas, por favor —le pidió sin apartar la vista del pescado.

Natalia resopló y se dirigió al electrodoméstico con una mueca de fastidio en la cara. No podía quejarse. Al fin y al cabo, gracias a esa tarea tendría tiempo para pensar en qué iba a decirle a Héctor cuando volviera.

¿Hay de cenar pescado? —preguntó.

No, esto es para mañana. Estoy haciendo puré de espinacas.

Terminó de colocar cada cosa en su sitio y volvió a su habitación.

Ya estoy aquí —escribió en la ventana de Héctor—. En breve me iré a cenar. Hoy toca puré de espinacas.

¿Puré? Eso lo tomaba yo cuando era un bebé.

Odio las verduras. Solo soy capaz de comérmelas si están en puré.

Héctor rio.

Eres un bebé entonces.

Bien…, Pues soy un bebé.

El chico sonrió ante la ternura que le transmitía Natalia. Le parecía tan adorable.

Me gustaría abrazarte. ¿Me dejarías?

Natalia volvió a sentirse nerviosa, pero intentó relajarse. Un abrazo no era nada malo.

Claro, ¿por qué no?

¿Y si no pudiera resistirme?

«Uff… Esto no me gusta.»

Sentía el corazón en la garganta.

¿Cómo? —preguntó, haciéndose la inocente.

¿Y si… te besara?

Su corazón se disparó en un segundo, sus mejillas se tornaron rojas y sintió mariposas en el estómago. La cosa no iba bien. Nada bien.

Por favor, no me digas eso.

Héctor intentó sonreír, pero no pudo. Sentía como si la realidad le estuviera golpeando en la cara. La última vez que le había dicho «me gustas» pensó que no había nada de malo en ello. No tenía nada que perder. Ella era alguien inalcanzable. Podría haberle mandado a paseo en aquella ocasión, pero ¿a quién le importaba? Acababa de conocerla. No iba a perder gran cosa. ¿Y su novio? Se la pelaba ese idiota. Él estaba soltero y podía jugársela perfectamente. Era ese niñato el que debía cuidar a su novia.

Sí, en esa ocasión había lanzado esas palabras al aire sin pensar, pero esa frase inocente había cobrado un significado mucho más hondo con el paso de los días. Empezaba a ser algo verdaderamente peligroso, algo que le encogía el corazón según pasaban los minutos hablando con ella.

Lo siento. No pretendía incomodarte.

«Incomodarme. ¡Si solo fuera eso…!»

Es que ya te dije que tengo novio y, claro…

Su novio. No podía dejar de sentir rencor hacia ese chico por poseer algo que él no tenía y anhelaba. Ese imbécil, fuera quien fuese, no sabía cuidarla como era debido.

Sí, lo entiendo. Perdóname.

Dios, es que… si esto no fuera tan difícil…

Héctor respiró hondo. ¿Para ella era tan complicado ese asunto como lo era para él? ¿Acaso no era el único que sentía algo?

¿Por qué es difícil para ti, pequeña?

Natalia tomó aire y lo expulsó lentamente para tranquilizarse. Necesitaba decirle la verdad; intentar ocultarlo solo empeoraría las cosas. Estaba cansada de fingir que nada ocurría. Tenía que ser sincera con él y consigo misma.

Mira, me gustaría negar lo evidente, pero sería engañarme a mí misma. Yo también siento algo por ti. —Héctor sintió cómo un atisbo de esperanza nacía en su pecho, para rápidamente ser destruido—. Es algo que no puedo evitar a pesar de que lo he intentado, pero no puedo dejar que esto siga adelante, ¿lo entiendes? No puedo hacerle eso a David. Llevamos un año juntos. Sería echar todo eso por la borda.

Lo sé.

Era algo obvio. Esa chica jamás le escogería a él teniendo a su novio —con el que ya llevaba un año saliendo— allí junto a ella. ¡Qué estúpido había sido al pesar que tenía una oportunidad!

Dios, ¿por qué tenía que pasar esto? —escribió ella.

No quería complicarte las cosas, de verdad. No había planeado que ocurriera.

Tengo que irme. No puedo estropear esto más.

Entonces, Héctor tuvo miedo. No quería pensar que sus encuentros cibernéticos pudieran acabarse por culpa de una metedura de pata. Debería haberse callado, haber reprimido el impulso de decirle lo que sentía.

No quiero perderte, Natalia. No volveré a mencionar este tema con tal de poder hablar contigo como hasta ahora. Dime que volverás, por favor.

Quiso decirle que no, que ya era hora de parar todo aquello antes de que fuera demasiado tarde, pero sus dedos no quisieron escribirlo. Una lágrima cayó por su mejilla cuando se dio cuenta de que, le gustase o no, ya era demasiado tarde. No podía alejarse de él.

Volveré —dijo —, pero tenemos que olvidarnos de esto.

Su respuesta tardó unos segundos en llegar.

Sí —contestó él a pesar de la tristeza que lo embargaba en ese momento.

Adiós.

Adiós.

2

Con la reciente tristeza aún quemándole, abrió el procesador de textos. Posicionó sus dedos sobre el teclado y respiró hondo. No sabía si podría escribir. Hacía mucho tiempo que las palabras se resistían, hasta tal punto, que había dejado abandonada la historia en el foro. Sin embargo, en cuanto presionó las primeras teclas, sus dedos se movieron ágilmente sobre el teclado. Las frases, los párrafos, se formaban en su cabeza con facilidad y se dibujaban en la pantalla del ordenador. Lo que escribía no era alegre, pero se sentía orgulloso de cada letra. ¿Qué le había hecho esa chica? ¿Qué era lo que tenía que lo estaba volviendo loco?

Sonrió. La pregunta exacta sería «¿qué no tenía?».

En el reproductor de música sonaron las melodías que siempre utilizaba para escribir. Suaves e inspiradoras. Como ella.

Últimamente suspiraba demasiado, y siempre por la misma persona. Aún no podía creerlo. Después de todo lo que había pasado en su matrimonio, se ordenó a sí mismo olvidar el amor por un largo tiempo. Había creído en ella. Había apostado todo lo que tenía en esa relación. ¿Para qué? Para que ella se besuqueara con el primero que pasara en una maldita discoteca. Y él, después de esa traición, había decidido estúpidamente perdonarla y seguir adelante, pero ya nada era lo mismo. Ya no caminaba hacia delante con paso decidido, sino dando tumbos con el corazón destrozado y lleno de desconfianza. Después, empezaron a llegar los problemas de dinero. Deudas, llamadas de bancos y amenazas de embargo, combinados con la reciente traición lo convirtieron en un hombre gruñón y negativo. Se centró en sus asuntos personales, esos que solo él entendía. Estaba solo, y no se daba cuenta.

Finalmente, todo acabó. Y aunque en ese momento se sintió hundido, supo que había sido la mejor decisión. Ya no perdería más años de su vida regalándoselos a alguien que no lo merecía. Estaba dispuesto a mantenerse alejado de cualquier relación, pero sin comerlo ni beberlo, había llegado ella. Nunca habría podido imaginar que una chica de diecinueve años podría hacerle volver a sentir vivo, emocionado. Había entrado en su mundo con las heridas todavía abiertas, sin esperar nada. Al contrario. Todo lo que había querido era hacerle la vida imposible. Era irónico cómo había acabado.

Ella volvía a hacerle sonreír, cantar, reír… A pesar de todo, de la edad, de la distancia, sentía algo por ella. No sabía qué tan fuerte era, pero indudablemente esa chica no le era indiferente.

Pero las cosas no eran tan fáciles. Había demasiados obstáculos. Él contaba treinta años; ella, diecinueve; estaban a miles de kilómetros de distancia; ella tenía novio; él estaba en trámites de divorcio.

Natalia tenía razón. Tenían que olvidarlo ahora que acababa de empezar. Tenía que dejarse de tonterías y ser realista. Ella era inalcanzable. Algo imposible.

Debía alejarse.

3

De verdad, no hace falta que nos acompañes —insistió Natalia—. Todavía es temprano y vamos las dos juntas. Además, voy para casa de Carmen, que me va a dar mi regalo de Reyes.

No importa. Os acompaño hasta la Glorieta. No me cuesta nada.

Natalia apretó el puño izquierdo sin que David lo notara. Quería quedarse a solas con Carmen para desahogarse. Pero por más que le insistía en que no era necesario que las acompañase, él se empeñaba en ir.

«Siempre se queja de que no quiere andar, y hoy que le pido que se vaya a su casa, no quiere.»

¿Podemos entrar en esa tienda un momento? Necesito una caja bonita para meter un regalo de mi madre.

Vale.

En cuanto David se perdió entre las calles de esa tienda abarrotada de gente que buscaba un regalo de última hora, Natalia agarró a Carmen del brazo y se la llevó a la zona de ropa, asegurándose antes de que David estuviera lejos de allí.

Necesito hablar contigo, pero con David delante no puedo. No paro de decirle en que se vaya a su casa, pero insiste en acompañarnos. A ver si entre las dos podemos hacer que desista.

¿Qué es lo que me tienes que contar? —preguntó Carmen—. ¿Algo malo?

Sí, más bien malo.

¿Sobre David?

Sí.

Cuidado, que viene.

David se acercó con sendas cajas en las manos. Una era rosa con rayas blancas; la otra, marrón con gatitos.

¿Cuál os gusta más?

La de los gatitos —respondieron las dos al unísono.

Pero ¿no es demasiado grande?

Las dos son más o menos iguales. Y siempre puedes rellenarla con papel de colores o de periódico si te sobra mucho espacio —sugirió Natalia.

Sí… Bien, pues me llevaré la de los gatos. Voy a pagar.

Te esperamos afuera.

Salieron de la tienda sin perder el tiempo. La cola era bastante larga y solo dos personas atendían en el mostrador. Tardaría unos minutos en salir.

Podemos decirle que nos recoge mi padre —propuso Carmen.

No, entonces tu padre debería acercarle a él también.

¿Y ya le has dicho que vamos a mi casa y no a la tuya?

Sí, se lo he dicho, pero nada. Dice que nos acompaña hasta la Glorieta —resopló con fastidio.

Carmen permaneció pensativa durante unos segundos. Después, sonrió y soltó:

¿Y si salimos corriendo ahora que está entretenido?

Ambas se echaron a reír. Natalia consideró la posibilidad, pero sería demasiado cruel.

A ver si conseguimos desanimarlo aunque sea.

El camino hacia casa se hizo interminable. Por más que le dijeron que iba a tener que andar mucho, que le advirtieron de que después no podría quejarse cuando se sintiera cansado, y que Natalia le reprochó por acompañarle sin quejas el único día que no tenía por qué hacerlo, David se mantuvo firme en su decisión de ir con ellas.

Natalia pasó el camino callada. Carmen intentaba amenizar la caminata hablando de lo primero que se le venía a la cabeza, pero aunque David no se diera cuenta —y no entendía cómo no lo hacía — de que algo iba mal, no podía dejar de pensar en la tormenta que debía estar formándose en el interior de su amiga. Sabía que se sentía mal por algo, y necesitaba soltar ese asunto, pero la presencia de su novio la coartaba, y a esa hora de la noche, después de haber estado aguantando toda la tarde, estaría a punto de explotar.

Cuando por fin se despidieron y David se alejó caminando, Natalia soltó todo lo que tenía dentro.

¡Por fin, joder! ¡Ya no aguantaba más!

Carmen rio de forma comprensiva.

Ya sabía yo que estarías cabreadísima.

¡Como para no estarlo! ¡Puff…! Por una vez que le digo que se vaya a su casa, el tío por cojones tiene que venir! Pero, ¿es que no se da cuenta de nada? ¡Le he insistido veinte veces en que no venga!

Es un hombre. No suelen darse cuenta de las cosas.

Sí, ya…

Bueno, cuéntame.

Natalia cogió aire. Intentó relajarse y que el enfado y la tensión que había acumulado durante esa media hora se evaporaran. Cuando estuvo algo más tranquila, habló con un tono serio:

Creo que voy a dejar a David.

Carmen se paró en medio de la calle y abrió los ojos como platos. Eso sí que no se lo esperaba. Alguna que otra vez, su amiga le había comentado alguna discusión que habían tenido, pero normalmente eran asuntos tontos y sin mayor importancia. Era la pareja estable del grupo. ¿Cómo habían llegado a ese extremo sin que ella se diera cuenta?

¿Qué?

Él no lo sabe.

Espera, espera… Es que todavía estoy asimilándolo. Ya decía yo que te veía muy seria hoy durante la cabalgata.

¡Es porque me estaba poniendo de los nervios! ¿No lo has visto? Se ha pasado la tarde intentando hacerse el gracioso, haciendo tonterías… ¡Siempre es igual! Ya sé que yo también soy una payasa, pero tengo un límite. Me gustaría que se comportara de vez en cuando de forma algo más madura. ¡Que tiene veintidós años, no es un crío! No hay forma de hablar de algo serio con él. Todo se lo toma a broma.

Sí, ya me he dado cuenta.

Son muchas cosas, muchos defectos. Ha llegado un momento en que, cuando pienso en él, solo vienen a mi mente cosas malas. Sé que es muy bueno conmigo. No es un mal novio. Pero es que no hay forma de hablar con él las cosas que no me gustan. Siempre rehúye el tema. Las cosas hay que hablarlas, ¿o no?

Pues sí.

Y mientras Natalia enumeraba uno por uno todos los fallos que veía en David, Carmen escuchaba atentamente, sin interrumpirla, a menos que ella le pidiera su opinión. Nunca se hubiera imaginado que las cosas entre ella y David estuvieran tan mal. David, por lo que Natalia le contaba, vivía en un mundo aparte en el que nunca había problemas, en el que no hacía falta solucionar ningún tipo de conflictos. Y Natalia había ido acumulando todo lo que quería gritarle en su interior, hasta que había estallado. Lo peor era que él no se daba cuenta de nada. Solo había que ver cómo se había comportado hacía un rato. A pesar de la insistencia de Natalia, de su mala cara, de su silencio…, no se había dado cuenta de que su novia se sentía mal y necesitaba un rato a solas con su mejor amiga.

Es que las mujeres maduramos antes que los hombres.

Yo no puedo más, de verdad. Lo he intentado todo, pero David no crece. Y a esa inmadurez se le une todo lo que te he contado: que no tiene ningún tipo de ilusión ni expectativas, que no hace nada excepto jugar a los videojuegos, que no tiene voluntad para nada de lo que dice que va a hacer… Creo que necesito más que eso. Y para estar con alguien sabiendo que tarde o temprano se va a acabar, mejor dejarlo ahora, ¿no?

A lo mejor si lo hablas con él y vuelves a intentarlo… —propuso Carmen—. Tal vez funcione.

Ya he intentado hablarlo con él montones de veces, pero ya te he dicho que pasa de todo.

Entonces no tienes otra opción.

Me da pena, porque sé que le voy a hacer daño, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?

No es tu culpa. Lo has intentado, pero si él no pone de su parte, no sirve para nada.

Ya.

Carmen examinó su expresión. En el brillo de sus ojos veía dolor, rabia contenida, remordimientos. Miró hacia el cielo y elevó el volumen de su voz para darle algo de comicidad al tema.

Al final vamos a tener que irnos a Marte a buscar un novio, te lo digo. Nuestro hombre ideal debe ser marciano, y por eso no lo encontramos aquí —bromeó Carmen, intentando levantar los ánimos.

Natalia sonrió.

¡Claro que sí! Un marciano para ti y otro para mí. «Somos terrícolas. Venimos en son de paz.»

Y una vez más comenzaron a reír como solo ellas dos sabían hacer. Siguiendo una la broma de la otra como las mejores amigas que eran, como hermanas. Carmen pasó su brazo por el hombro de Natalia y la estrechó, infundiéndole ánimos. Sabía que su amiga estaba pasando por un mal momento. Todo pasaría, pero ahora le tocaba sufrir. Era lo que tenía el amor. Unas veces estás arriba, y otras abajo. Como en una montaña rusa.

4

El coche de José aparcó en doble fila, a un lado de la estrecha carretera. Natalia bajó del coche acarreando una bolsa de regalos para David y una tarta fondant para sus padres.

No tardes mucho —le pidió su padre—. Entro a trabajar a la una.

Lo intentaré.

Llamó al portal y David, todavía en pijama, no tardó en abrir la puerta. Le dio un beso y la ayudó con la tarta.

Entra. Mis padres están en el salón. Ellos también tienen algo para ti.

Le guiñó el ojo, la invitó a pasar, y cuando Natalia caminaba por delante de él, le dio su acostumbrada palmadita en el culo. Natalia refunfuñó, pero no dijo nada. Era demasiado temprano para empezar una pelea. Se sentó en la cama cubierta por la colcha azul del Barcelona, un equipo tan querido por él, pero tan odiado por ella. David cerró la puerta tras sí y dejó la tarta encima de la mesa.

Bien, ¿quién da primero a quién?

Como quieras. Pero tiene que ser algo rápido. Mi padre me está esperando fuera. Tiene que entrar a trabajar en un rato.

Vale. Entonces, yo primero.

De su armario, sacó una bolsa bien cargada de paquetes mal envueltos. Se sentó a su lado y sacó uno por uno. El primero era pequeño, minúsculo, y estaba envuelto en papel rosa. Lo abrió con rapidez. Era un pendrive blanco y amarillo.

Perfecto. Llevo siglos necesitando uno —comentó sin ningún entusiasmo.

Te he metido música y algunas cositas. Ya las verás cuando estés en casa. Siguiente.

Sacó un paquete más grande y rectangular. Solo por la forma ya sabía qué era. El papel destrozado dejó al descubierto un libro no demasiado famoso, pero que desde hacía tiempo le había llamado la atención desde el escaparate de su librería favorita.

¡Es el que yo quería! ¡Gracias!

Espero que sea tan bueno como cuesta.

El siguiente era blandito y alargado. Se llevó una agradable sorpresa cuando descubrió a uno de sus personajes favoritos de animación en forma de peluche, aunque este no reflejara la genialidad que desprendía en la pantalla.

El penúltimo regalo consistía en una lámpara en miniatura para poder leer por las noches. Un regalo muy práctico para ella. Por fin llegó el último regalo, rectangular y delgado, envuelto en papel de regalo azul. Lo rasgó con rapidez.

¡Vaya! —exclamó Natalia.

Un álbum de fotos de tapas rosas, tacto suave y con sus nombres en la portada se encontraba cuidadosamente plastificado en papel de burbujas. Abrió el álbum y lo examinó con detenimiento. Las páginas eran gruesas, duras y plastificadas. Estaba hecho a ordenador, con miles de fotos de ellos en diferentes formas: estrellas, corazones, círculos… A su alrededor, había montones de dibujos y frases.

¿Te gusta?

Es precioso.

Miró despacio cada detalle, las fuentes de las letras, la forma de las fotos, los maravillosos paisajes colocados como fondos. Recordó el momento en que se hicieron cada una de las fotos y leyó las frases.

Eres todo lo que siempre soñé.

Simplemente estás hecha para mí.

Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado.

Natalia tragó saliva. Un nudo en la garganta se le iba agrandando poco a poco, y estaba a punto de echarse a llorar.

El pitido del coche de su padre la salvó de estropear el día. Debía darse prisa y terminar con la entrega de regalos antes de que a José se le acabara la paciencia. Antes de guardar el álbum en la bolsa, leyó la última frase ubicada debajo de su foto favorita.

Si tuviera que volver a elegir, te elegiría a ti una y otra vez.

Sí, él la elegiría a ella sin lugar a dudas. Pero ¿y ella? ¿Lo elegiría a él?

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