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Tocada y hundida

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IX

Tocada y hundida

1

«Estoy muy mal. Me gustaría verte.»

Un mensaje simple, insinuante y lleno de malas intenciones. No era algo que le apeteciera ni mucho menos. De hecho, solo de pensar en los detalles del plan le entraban náuseas. Pero tenía que hacerlo. Era una obligación que se había impuesto a sí misma. Después de haber estado meditándolo demasiado tiempo, había decidido que lo que más quería y necesitaba en ese momento era hacerle daño a esa zorra que le había arruinado la vida, y que por segunda vez la había dejado sola, sin amigas. Si no se vengaba, no se quedaría tranquila. Natalia no sabía lo que había hecho ni con quién se había metido. Si ese idiota contestaba, tendría la oportunidad de devolvérsela. Iría a por lo que más daño pudiera hacerle, lo que la hiciera morir de angustia. No era ningún secreto para ella la persona que podía hacer que Natalia se retorciera de dolor. Ahora más que nunca.

Un pitido. Abrió el mensaje nuevo en el móvil.

«Dime dónde y cuándo.»

Perfecto.

2

América encendió un cigarro y digo un par de caladas seguidas para acostumbrarse cuanto antes al sabor. Hacía poco que había empezado a fumar. Se había dado cuenta de que con esa simple acción, los hombres caían como moscas. Se acercaban, la invitaban a algo y si había suerte… En realidad, siempre funcionaba. Esa noche, ya le habían entrado dos chicos, pero por cuestión de compromiso, no había aceptado la invitación de ninguno a salir del pub y dar una vuelta que, con seguridad, acabaría en la casa de él.

Al final de la calle se vislumbró una sombra horonda y de caminar despreocupado. América sonrió al conocer desde lejos la camisa de cuadros rojos sobre la camiseta negra. A medida que se iba acercando, lo examinó con detalle. Se había afeitado cuidadosamente y su escaso pelo estaba excesivamente engominado. No comprendía qué había podido verle Natalia. Dio una última calada y tiró el cigarro al suelo para pisarlo con el tacón. Sacó todo el humo que mantenía en la boca y dio un par de pasos al frente para saludar a David.

¿Desde cuándo fumas? —fue lo primero que le preguntó.

América se encogió de hombros y compuso una sonrisa con sus labios pintados de rojo.

Gracias por venir. ¿Entramos? —ofreció, señalando la puerta del pub.

David abrió la puerta y le cedió el paso. Dentro, sonaba la voz de Bon Jovi. América entró en el garito contoneando de manera exagerada las caderas. Tomó asiento en la barra y pidió una cerveza.

Otra para mí —pidió David a la camarera.

En cuanto la tuvo en la mano, dio un largo sorbo. Aún se preguntaba por qué demonios había acudido a esa cita que, sin lugar a dudas, no le traería más que problemas. Esperó a que fuera ella quien empezara la conversación, pero no parecía tener intención de hacerlo.

¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente.

América bebió de su cerveza y bajó la mirada, como si hablar de ello la apenara.

Me han dejado de lado. Todas. —Pasó el dedo por debajo del ojo, secando una lágrima imaginaria—. Natalia ha malmetido contra mí.

David frunció el ceño, contrariado.

¿Natalia?

Sí, tu novia ha hecho que me quede sin amigas —masculló, apretando la mandíbula—. Ahora estoy sola.

David hizo una mueca con los labios, y por un momento, en sus ojos brilló la tristeza. Estuvo a punto de decirle que Natalia y él ya no eran pareja, pero le pareció lamentable y, sobre todo, humillante contar por qué su ahora ex lo había dejado. No. Con la mala leche que tenía esa chica, seguro que se burlaría de él. No pensaba pasar por eso. Cogió su vaso y volvió a beber. Lo mejor sería callárselo.

La observó detenidamente. Había cambiado. La última vez que la había visto llevaba un vestido largo de estilo hippie, brackets y coletas en su pelo corto. Nadie diría que era la misma de entonces, con ese exceso de maquillaje, los tacones de aguja y minifalda. Juraría que se había alisado y teñido el pelo de negro, pero quién sabía. Quizás ya lo llevaba así antes y no se había dado cuenta. No era bueno para los detalles.

Y… ¿qué dijo exactamente?

No estoy segura. Pero ya qué más da.

Apuró su cerveza y dejó el vaso en la barra con tanta fuerza que David pensó que se rompería y tendría que pedir disculpas ante la camarera.

He acudido a ti porque no tenía a nadie más. La verdad es que me extraña que Natalia no te haya puesto también en mi contra.

Últimamente no está muy habladora —comentó David para salir del paso.

América gruñó y se puso de pie sobre sus taconazos. Hasta ella misma se preguntaba cómo era capaz de andar con ellos, pero todo fuera por estar más sexy a los ojos de aquel chico.

¿Nos vamos? Necesito que me dé el aire.

David terminó su cerveza y salieron del pub. Después de aquello, todo resulto asombrosamente fácil. Anduvieron durante largo rato hablando de cualquier cosa. En varias ocasiones, América soltó insinuaciones e indirectas que David recibió, aparentemente, de buen agrado. Esto no pasó desapercibido para América, acostumbrada a recibir rechazos de él y que en ese momento estaba alerta a cualquier señal que pudiera indicarle que había llegado el momento de actuar.

Todo sucedió cuando llegaron al portal de su casa. No era una casualidad que los padres de la chica no estuvieran esa noche en su casa. Habían ido a pasar el fin de semana a una casa rural en la sierra para celebrar su aniversario de casados, y América sabía de su escapada romántica desde que su padre se había confabulado con ella hacía ya mes y medio, para darle la sorpresa a su madre. América le invitó a pasar sin dar rodeos. Pensó que se negaría en rotundo, pero en vez de eso, aceptó sin pensarlo.

Ya en el ascensor, el silencio los incomodó durante los pocos segundos que duraba el viaje de ascenso, pero una vez que América abrió la puerta, David la empujó dentro de la casa y la besó. América hizo una mueca. David era demasiado baboso a la hora de besar y no era el tipo de hombre al que se tiraría por placer. No. Aquí había en juego mucho más que unos minutos —Dios sabía cuántos— de diversión; con ello le devolvería a Natalia con creces el sufrimiento con el que la había hecho cargar. David la llevó a su habitación y allí pasó lo que tenía que pasar, pero ninguno disfrutó de ese acto tan deleznable. Ambos se sentían despechados. Cada uno tenía su motivo para encontrarse en esa cama, desnudos y con el corazón atormentado. Ninguno de esos motivos era bueno.

3

Los muebles de la cocina estaban impolutos, o eso parecía. En esta ocasión, Natalia no se había esforzado demasiado en limpiar aquella cocina. Sabía perfectamente lo que pasaría cuando saliese de allí, cansada y sucia, y le pidiera a la vieja su paga por tan ardua tarea. Recordaba sus palabras a la perfección. Primero, la timaría; y después, la llamaría drogadicta sin pudor alguno. Había sido una estupidez acudir de nuevo a esa casa, pero necesitaba el dinero, y ya no sabía de dónde sacarlo. Estaba desesperada. Sin embargo, no era tonta, y no se estaba esforzando ni las tres cuartas partes de lo que se había esforzado la última vez que fue —si es que realmente había estado en esa casa—. Además, tenía una idea algo retorcida en mente, que, sin duda, llevaría a cabo si la vieja se atrevía a pagarle de menos y a tratarla como si fuera una drogadicta. Pasó el trapo por la encimera una última vez, lo exprimió y lo echó sin cuidado en el fregadero. Se lavó las manos y salió de la cocina. Se sonrió. Esta vez no sudaba, y aunque fueran imperceptibles, había dejado algunas manchas en lugares donde la señora de la casa nunca se asomaría, y si lo hacía, no le importaba. No se iba a esforzar más de lo que debía para que después le negaran su dinero.

Se dirigió al salón, donde la anciana se encontraba repanchingada en el butacón delante de la tele. Veía y escuchaba con tanta atención los cotilleos que se intercambiaban en ese cutre programa del corazón que no se dio cuenta que la chica que había contratado para la limpieza de la cocina se encontraba en la puerta, esperando. Natalia tocó un par de veces en el marco de la puerta. La señora la mandó a callar con un siseo y volvió a su programa. Natalia frunció el ceño.

Ya he terminado —anunció la joven, manteniendo la calma.

Ah, ¿sí? —dijo simplemente, y volvió a callar.

Natalia apretó los puños y respiró hondo.

Ya es tarde. Si pudiera pagarme…

La anciana señaló unos billetes que había encima de la mesa, pero ni siquiera la miró y mucho menos le habló.

Natalia se acercó y cogió los dos billetes: uno de diez y otro de veinte. Lo sabía. Había vuelto a intentar timarla.

Disculpe, pero faltan cinco euros —intentó la chica, esperando que la señora fuera razonable.

Lo siento, no tengo más —respondió esta con simpleza.

Natalia alzó una ceja. En el fondo ya lo sabía, pero le daba rabia que le hablara con tanta tranquilidad, y sobre todo, que ni siquiera la mirara mientras lo hacía.

Esto no era lo acordado —dijo ella, también serena.

La anciana se encogió de hombros.

O lo tomas o lo dejas. Si no estás conforme, no es mi problema.

Ah, ¿no es su problema?

La voz de Natalia sonaba dura y cada vez más malévola. En su mente, empezaba a degustar lo que vendría a continuación. Aquella bruja la miró como si fuera un insecto repugnante.

¿Por qué me miras así? —le preguntó—. ¿Acaso estás drogada? ¡Claro! Para eso quieres el dinero, ¿no, sinvergüenza?

La joven permaneció callada, sin alterar la expresión de su rostro. Finalmente, una pequeña sonrisa se formó en su cara. La señora sintió un pequeño escalofrío.

Entonces, ¿no me piensa dar lo que me pertenece?

La mujer frunció el ceño y se mantuvo en su postura altiva a pesar de que por su mente pasaba toda clase de barbaridades. ¿Y si esa chica era una psicópata? ¿Y si pretendía hacerle daño o simplemente, robarle?

Por supuesto que no.

Natalia se encogió de hombros.

Muy bien.

Cogió su bolso y salió del salón. La señora suspiró, aliviada, pero se levantó de su asiento para comprobar que realmente se iba a casa. La chica, sin embargo, no fue hasta la entrada, sino que volvió a la cocina. La anciana vio cómo sacaba un bote de Kétchup de su bolso y comenzaba a vaciarlo sobre el suelo de la cocina.

¡Pero, ¿qué haces?! —gritó.

Natalia recorrió toda la cocina, embadurnándola con el tomate, y no paró hasta vaciar el bote. La señora fue corriendo hacia el patio interior de la casa para coger la escoba, su arma defensiva. Fue entonces cuando Natalia salió corriendo, dejando pisadas de tomate por toda la casa y llevando consigo los 30 euros que se había ganado. La vieja empezó a proferir improperios desde la puerta de su casa, donde veía cómo esa chica a la que había intentado timar se escapaba a paso rápido. La joven se volvió en mitad de la noche y se despidió de ella con la mano en alto y una sonrisa.

¡Ahora limpie usted, vieja amargada! ¡Para que aprenda a tomarle el pelo a su puta madre!

Y corrió calle abajo para perder de vista esa casa a la que no volvería nunca más.

4

Para ella no era ningún secreto dónde se encontrarían esa noche de sábado. Todos los fines de semana durante años quedaban en el mismo sitio, a la misma hora. Viejas costumbres son difíciles de cambiar. Y para la pandilla más aún. Así que cuando quedaba un cuarto de hora para las ocho, se puso sus zapatos de tacón y caminó hasta el centro comercial Plaza. Cuando llegó, Carmen y Natalia ya se encontraban allí. Siempre llegaban las primeras, al menos cinco minutos antes de la hora. Pensó en actuar, pero imaginó la escena cuando estuvieran todas delante y le pareció mucho más humillante y divertido. Así que permaneció escondida tras una columna hasta que vio aparecer a las demás. Una vez que estuvieron todas reunidas, salió de su escondrijo y fingió toparse con ellas.

Las chicas se quedaron pasmadas cuando vieron a América salir de detrás de la columna con una sonrisa, sin bajar la mirada como acostumbraba a hacer cada vez que se encontraba con alguna de ellas. Algo había cambiado, además de su apariencia. Parecía más segura de sí misma, más tranquila, y sobre todo, más mala que nunca.

¿Os olvidabais de mí? —preguntó con todo el morro del mundo.

Las chicas intercambiaron miradas; primero, anonadadas; después, divertidas. Natalia y Marina sonrieron de forma burlona.

¡Anda! Lo siento…, se nos olvidó llamarte —exclamó Marina, dándose un golpecito en la frente de manera teatral.

América la ignoró. No apartaba la mirada de Natalia y mantenía su sonrisa, disfrutando del momento que vendría a continuación. Dio un paso hacia adelante.

¿Sabes? El otro día vi a David.

Natalia se cruzó de brazos. Ella también sonreía. Sabía que América quería fastidiarla de cualquier manera posible, y no iba a darle esa satisfacción.

No me digas.

Sí. Me lo encontré por casualidad y lo invité a una cerveza.

Natalia ensanchó la sonrisa. «Por casualidad… » No había quien se lo creyese.

¿Ah, sí? Entonces, supongo que hablaríais mucho sobre mí.

¿Supones? —Suspiró, teatralmente—. Pues, no… La verdad es que estuvimos demasiado ocupados para acordarnos de ti.

Natalia arqueó una ceja. América cerró los ojos y se llevó una mano a la frente, como si hubiera hecho algo terrible y no pudiera estar más arrepentida.

Ay, no sé cómo decírtelo, cariño… —murmuró.

Las chicas se miraron las unas a las otras. Todas se preguntaban en silencio a qué se refería, pero en el fondo, ya lo sabían, y esperaban tensas y en silencio a que se armara la de Troya. No podían imaginar la reacción que tendría Natalia. ¿La insultaría a gritos? ¿Le tiraría del pelo? ¿Le pegaría un puñetazo en plena cara?

No me lo digas —se adelantó Natalia con voz sombría. Un escalofrío recorrió la espalda de sus amigas —. Mejor déjame adivinarlo. —Colocó una mano bajo su barbilla y esperó unos segundos para dar su predicción—. Te has tirado a David.

América siguió con su teatro, pero una sonrisilla asomaba en sus labios.

Lo siento, cariño… No pudimos evitarlo.

¿Lo sientes? —preguntó Natalia. Aunque pareciera increíble, conservaba la sonrisa en la boca—. ¿Por qué lo sientes?

América no pudo disimular su confusión.

¿Que por qué? Pues…, ¿porque me he acostado con tu novio?

Natalia abrió mucho los ojos, como si acabara de entender la situación. Ahora le tocaba a ella actuar, y sobre todo, joderla. Soltó una risilla y después estalló en carcajadas.

¡No me digas que no te lo ha dicho! —dijo entre risas.

América perdió totalmente la sonrisa.

¿El qué? —preguntó, cautelosa.

¡Que le dejé hace casi un mes! —exclamó. La cara de América se volvió un poema. Las demás comenzaron a reír por lo bajo, pero Natalia no podía dejar de burlarse de ella con su risa escandalosa—. Vamos, que si lo que querías era hundirme, te ha salido el tiro por la culata. —Paró de reír y se aclaró la garganta y colocó las manos como si de una gran dama se tratara—. Perdón, lo que quería decir es: no lo sientas, querida. En realidad, sé que no lo sientes… O puede que ahora que sabes la verdad, sí lo sientas.

Y rio de nuevo.

El grupo se puso en marcha, pasando por al lado de donde América permanecía con la tez grisácea y muerta de rabia. Al pasar por su lado, Natalia le sonrió con una pizca de malicia.

Espero que disfrutaras el polvo, porque tirarte a David por placer tiene tela…

La cara de América comenzó a cambiar de color, pasando del gris al morado y del morado al rojo. Apretó tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas; chirrió tanto los dientes que se hizo daño en la mandíbula; y las risas de sus antiguas amigas le provocaron una locura transitoria que la llevó a volverse hacia Natalia y con cara de demonio, a gritar en plena calle.

¡Zorra! ¡¡Eres una maldita zorraaaaaa!!

La gente que paseaba cerca de ellas se volvió, asustada, y al ver los ojos inyectados en sangre de la joven de pelo negro que pegaba zapatazos en el suelo como si quisiera romperlo y corría el riesgo de quedarse afónica de tanto chillar, el temor los hizo alejarse con rapidez. Era como si fuera a explotar en cualquier momento; o peor: tirarse contra la chica de los rizos y ahorcarla hasta la muerte. Natalia se giró con parsimonia. Ya no había sonrisa en su cara, pero su rostro reflejaba tranquilidad, incluso lástima.

No soy yo la que se ha tirado al ex de una «amiga», cariño. —Esta última palabra la dijo con excesiva dulzura. Tanta, que su sabor se antojaba amargo y falso al mismo tiempo.

América temblaba y se erguía en tensión. Natalia se fijó en sus puños, colorados por la fuerza con la que agarrotaba los dedos. De repente, sus manos se aflojaron y su expresión se resquebrajó. Allí, delante de sus juradas enemigas, América, la mentirosa, la traidora, rompió a llorar como una niña pequeña.

¡Me has jodido la vida! —gritó, tapándose la cara y secándose las lágrimas con más fuerza de la que debería—. ¡Me la has arruinado, hija de puta! ¡Te odio! ¡Zorra! ¡Zorra!

Las chicas no le quitaban ojo. Era la primera vez que la veían así, destruida, acabada. Y aunque algunas de ellas lo habían deseado desde hacía mucho, no se enorgullecían de verla de esa forma.

¿Aún no te das cuenta? —Natalia alzó la voz para hacerse oír entre sus llantos—. ¿Después de la que has armado, todavía te quedan ganas de echarle la culpa a los demás?

América dejó de llorar y levantó la mirada. Natalia no se había acercado ni lo haría. Su expresión era dura. Sabía que después de lo que había hecho, nunca se compadecería de ella hasta el punto de tenderle una mano.

Tu situación, que estés sola, la persona en la que te has convertido…, todo lo has creado tú con tus mentiras y tu actitud miserable y envidiosa. Con tus ganas de ser el centro de atención y de herir a las personas. ¿De verdad crees que alguien querría estar contigo? —Hizo una pequeña pausa para que sus palabras calaran hondo en la chica que la miraba fijamente sin decir palabra—. Me llamas zorra, pero aquí la única zorra eres tú. La misma que decidió hundirse en la mierda y no se dio ni cuenta. No busques responsables de tu triste vida. Solo mírate a un espejo y encontrarás a la culpable.

Una vez más, se dio la vuelta y con un gesto de cabeza le indicó a sus amigas que ya podían emprender el camino.

En la calle se había hecho el silencio, pero de pronto comenzaron los murmullos. América levantó la mirada y vio a la gente que hablaba de ella, tapándose la boca, o que la señalaba con disimulo. Pensó que alguien volvería a reírse de ella y salió corriendo, y cuando estuvo a salvo de los murmullos y se detuvo a pensar, supo que la habían derrotado. O lo que era peor, ella había sido su propia contrincante y se había dado una estocada letal.

Natalia tenía razón. Se había hundido a sí misma.

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