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Retorno a la realidad

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I

Retorno a la realidad

1

Héctor caminaba de un lado para otro con el teléfono móvil pegado a la oreja. Su expresión malhumorada no auguraba nada bueno. La persona que había al otro lado del aparato lo estaba poniendo realmente nervioso.

Deja de intentar retrasarlo. No te servirá de nada.

Y volvía a callar, esperanzado de que le diera una respuesta positiva, pero de lo que dijera serviría.

¿No que querías hablar urgentemente conmigo? ¿Qué problema hay ahora? —Y otra pausa—. Pues a mí me urge firmar los papeles del divorcio; así que será mejor que te desocupes pronto.

Y colgó.

Respiró hondo, intentando tranquilizarse. Irene conseguía sacarlo de quicio. Tanto que le había estado insistiendo en que quería verle para tratar asuntos del divorcio y ahora no había manera de que la muy estúpida le dedicara un segundo. Le estaba dando largas; estaba seguro. No quería terminar de una vez con esa absurda relación, e intentaba alargarla como podía.

Mierda…

Un hombre de barba espesa y gafas de vista se acercó a él.

¿Héctor García?

Héctor se dio la vuelta.

Sí, señor.

El hombre le ofreció la mano.

Soy Julián Garrido, el coordinador del programa.

Mucho gusto —respondió Héctor con un firme apretón de manos.

Ven conmigo. Estamos a punto de empezar.

Julián Garrido guio a Héctor por un pasillo hasta llegar a una terraza en cuyo centro se hallaba una larga mesa equipada con varios micrófonos. En la mesa ya se encontraban los integrantes del programa de radio y un joven de expresión nerviosa que, seguramente, había sido invitado a pasar un rato con ellos, al igual que él. Julián Garrido presentó a Héctor y le pidió que se sentara en la única silla que quedaba libre. Le explicaron brevemente cuál sería la dinámica que seguirían, y en unos minutos, saltaron al aire.

Buenas tardes a todos. Mi nombre es Julián Garrido, y estamos una vez más acá en Desde el café —comenzó el coordinador, presentando al programa y a sus compañeros.

Los participantes usuales de Desde el café hablaron largo rato como introducción a la materia de la tarde. Cuando parecía que no les quedaba bromas por hacer, o temas intrascendentes por tratar, Garrido dio paso a Héctor.

Hoy tenemos con nosotros a Héctor García, un joven escritor que, a pesar de no encontrar publicación en México, no se rindió en ningún momento y decidió ir más allá, encontrándose con una respuesta afirmativa en una editorial española. Buenas tardes, Héctor.

Buenas tardes. Gracias por invitarme al programa.

Gracias a ti por venir. Cuéntanos, Héctor, ¿cómo sucedió ese gran milagro que tanto esperabas?

Héctor cogió aire, sonrió, y se dispuso a contar su historia. La historia que a partir de ese momento, repetiría tantas veces.

2

Gema y Miriam bloqueaban la puerta con los brazos cruzados y los ceños fruncidos. Natalia esperaba pacientemente frente a ellas con una maleta. Ninguna de las tres parecía ceder.

Chicas, por favor, sed razonables —les pedía.

Sé razonable tú —decía Gema—. No puedes irte.

Natalia soltó la maleta y se sentó en uno de los brazos del sofá, a espera de que al menos Miriam, que era la más madura del grupo, la dejara salir.

Miriam, por favor.

Lo siento —dijo la chica—, pero esta vez no estoy de acuerdo contigo.

Natalia refunfuñó. Empezaba a cabrearse.

¿Es que no lo entendéis? La situación no puede seguir así. Hay demasiada tensión entre Natanael y yo. Ya no podemos comer todos juntos en la mesa. Cuando nos cruzamos, ni siquiera nos dirigimos la palabra. No me siento a gusto estando aquí —explicó.

Bueno, y ¿no sería más lógico que se fuera él? ¡Natanael fue el que empezó, y esta es la casa de tu tía! —exclamó Gema, recalcando la pertenencia del piso.

Natalia se puso más seria aún.

Sabes que no sería capaz de echarlo —le dijo—. Además, él viene de lejos, y yo tengo mi casa en San Fernando. Lo único que tengo que hacer es levantarme un poco más temprano y venir en tren. Nos veremos en las clases.

Yo no te veré —contestó Miriam, dando un paso al frente—. No estoy en tu clase, ¿recuerdas?

Natalia vio los ojos húmedos de Miriam, y sintió que su ánimo decaía aún más, si es que eso era posible. ¿Tenía que renunciar a la convivencia con sus amigas, a la independencia, a levantarse media hora antes de las clases, solo por alguien que la había tratado mal? Se levantó del sofá, decidida a hablar, pero Miriam le echó los brazos al cuello, abrazándola con fuerza.

Por favor, no te vayas. Me siento muy sola estando lejos de mi familia. Más aún si te vas.

Miriam, no puedo aguantar más. Es demasiada presión. Las peleas, los silencios incómodos, las pullas… No sé qué le pasa a Natanael, pero ya se está pasando.

Gema se acercó.

Por eso mismo, no debes dejar que gane. Si te vas, le darás lo que quiere —opinó.

¡Es que estoy tan harta…!

Lo sabemos —la cortó Miriam—. A partir de ahora todo será distinto, ¿vale? Hablaremos con Natanael si hace falta, o si no…

Le pegaremos cuando te diga algo —continuó Gema.

Eso no —la regañó Miriam.

Sí, mamá.

Natalia rio, y dejó escapar un par de lágrimas de alivio. Necesitaba reírse. Desde que Héctor se había ido, se había sentido muy desanimada, y la situación con Natanael no hacía más que empeorar. Gema cogió la maleta.

Entonces, ¿puedo llevarla a tu cuarto? —preguntó con mirada suplicante.

Natalia asintió, y antes de que pudiera cambiar de opinión, la joven corrió por el pasillo con la maleta de ruedas.

Tú no te preocupes por nada, ¿vale? Todo irá bien —le dijo Miriam.

Natalia volvió a abrazarla.

Gema tiene razón. Eres como una mamá —comentó, y ambas rieron.

De repente, se oyó el sonido de la puerta. Natanael entraba sudado del gimnasio y con una mochila al hombro. Desde que habían empezado las tensiones y los malos rollos entre ellos, siempre entraba sin saludar. Miriam se volvió hacia él con una sonrisa que al chico no le gustó nada.

Contigo quería yo hablar.

3

Natalia volvió a meter toda su ropa en el armario. De fondo, y a pesar de que la puerta de su cuarto estaba cerrada, se escuchaba la voz alta y clara de Miriam imponiéndose frente a Natanael. Una lagrimilla mojó el edredón. La joven rápidamente borró todo rastro que esta hubiera dejado. Pegada a la pared, encima del escritorio, la foto de una pareja parecía querer animarla y entristecerla a la vez. El joven de la foto era algo mayor que la chica y su piel estaba ligeramente más bronceada. Natalia se sentó frente a ella y la observó durante minutos. Desde que se había montado en ese tren que lo alejaría de ella, la había invadido un vacío que no había sentido nunca antes. Era la sensación de que algo le faltaba, algo imprescindible.

Los primeros días después de su partida habían sido extraños. El hecho de haberse conocido en persona le había creado la falsa ilusión de que desde ese momento en adelante podrían verse siempre que quisieran, como si viviesen apenas a unos metros de distancia en vez de a miles de kilómetros. Pero con el paso de las semanas, esa fantasía había ido evaporándose, dejando a la vista la cruda realidad. Fue entonces cuando Natalia comenzó a llorar y a sentirse más sola que nunca. Habían pasado casi dos meses desde entonces, y seguía sintiendo ese dolor en el pecho que no la dejaba respirar. Para colmo de males, la convivencia con Natanael se había hecho insoportable, y David seguía acosándola con mensajes a todas horas. A veces se sentía tan deprimida que apenas tenía ganas de levantarse de la cama para ir a clases. Y lo peor era que Héctor pasaba la mayor parte de su tiempo libre asistiendo a entrevistas en la radio y en la televisión, y en el trabajo se habían puesto estrictos con el uso de los teléfonos móviles, con lo cual apenas tenían tiempo para hablar. Pero, ¿qué podía hacer? Eran las consecuencias de su elección, y estaba dispuesta a asumirlas.

4

David mataba a todo soldado que encontrara en el punto de mira en ese juego nuevo que había conseguido a precio de ganga. Eran más de la una de la mañana. Sus padres y hermana hacía largo rato que se habían acostado, pero él no tenía prisa por irse a la cama. La mesa estaba llena de envoltorios vacíos de chocolatinas y bolsas de patatas. También un plato sucio y lleno de migas de pan y un vaso de Coca-cola a medio beber. Cuando Natalia decidió terminar con su relación, empezó una dieta algo más estricta que a las que estaba acostumbrado, pero en ese momento no estaba de ánimos para dietas.

En su móvil había más de veinte llamadas perdidas. Sus amigos intentaban contactar con él, saber cómo estaba, pero no tenía ganas de hablar con nadie, y menos de responder cientos de preguntas como: «¿Por qué lo habéis dejado? ¿Qué ha pasado? ¿Desde cuándo teníais problemas?». Ya había respondido a ellas una vez. La primera y última vez que salió de fiesta con su grupo después de su ruptura. Entre todos habían intentado sonsacarle información.

«Éramos muy diferentes», fue la única razón que se atrevió a dar.

«Pero eso no tiene por qué ser un problema», le había dicho una de sus amigas. La primera vez que Natalia le había hablado sobre terminar, él había pensado lo mismo. Que los componentes de una pareja no tienen por qué ser iguales, que eso al cabo del tiempo resultaba aburrido y problemático. Pero cuando se había enterado de que había otro de por medio, las pocas esperanzas que le quedaban se las llevó el viento.

El móvil volvió a sonar, y decidió ponerlo en silencio. Había tenido suficiente con las malas palabras que había recibido de su padre cuando había decidido contarles a él y a su madre que la relación más larga que había tenido se había ido al traste. En vez de apoyarle y hacerle sentir mejor con palabras cariñosas como había hecho su madre, había comenzado a despotricar.

«Te lo dije. Te dije que te iba a dejar si seguías así. Siempre pasa lo mismo. ¿Cuántas te han dejado ya, David? ¿No será que algo estás haciendo mal?», le había dicho entre otras muchas frases venenosas.

Según él todo había sido su culpa. Igual que Natalia. Ella le había echado toda la culpa a él. Apretó el mando de la consola con fuerza y se limpió furiosamente con la manga del pijama la lágrima que caía por su mejilla. En la papelera estaba la única foto de ellos que no había guardado en un baúl, la que conservaba debajo de la almohada para poder verla todas las noches. Ahora no era más que añicos.

Apagó la televisión y se metió en la cama, preguntándose quién había sido el hijo de puta que había querido joderle. Cogió el móvil y volvió a abrir el mensaje de ese número privado. La frase: «Mira lo que hace tu ex mientras tú te mueres por ella» predecía a una fotografía en la que se la veía a ella desnuda de cintura para arriba y encima de un hombre algo mayor que la besaba, ignorando que estaban siendo observados. Estuvo tentado a tirar el móvil al suelo, pero pudo controlarse a tiempo, y calmó su dolor llorando como si de un niño pequeño se tratara, preguntándose una y otra vez cómo había podido olvidarlo tan rápido. La rabieta duró unos minutos, y cuando se tranquilizó, algo verdaderamente estúpido le vino a la mente. Estúpido y patético. Pero, ¿y qué? En ese momento nada le importaba.

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