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La muerte de la víbora

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VII

La muerte de la víbora

1

David daba vueltas por su habitación como un león enjaulado. Hacía tiempo que esperaba todo aquello, pero una parte de él no había querido aceptar que ese momento tendría que llegar tarde o temprano. Su novia no parecía ni avergonzada ni triste; todo lo contrario. No bajaba la mirada, y en esta resplandecía el brillo de la decisión. Estaba completamente convencida de lo que estaba haciendo. No dudaba, y eso era algo que le dolía profundamente.

No lo acepto —masculló—. No puedo aceptarlo.

Lo siento, David, pero vas a tener que hacerlo te guste o no.

Su voz era firme, implacable.

¿Cómo quieres que lo haga, Natalia? ¡Me estás dejando por un sueño! ¡Un maldito sueño!

Natalia se cruzó de brazos y cerró los ojos, tranquila, serena.

Sé que no era un sueño —murmuró—. Pero entiendo que pienses que es una locura.

¡Es que es una locura! ¡Joder, ¿qué coño piensas hacer, esperar a un espejismo toda la vida?!

Natalia se levantó de la cama y cogió su bolso. No iba a caer en provocaciones. La decisión estaba tomada.

No, iré yo a buscarlo —anunció, caminando hacia la puerta.

¡Estás loca! ¡Como una jodida cabra! —gritó, dándole una patada a la cama. Era la primera vez que Natalia lo veía fuera de sí—. ¡Mierda!

La joven se volvió hacia él y esperó a que se tranquilizara un poco.

David, no es por ese sueño. No es por ese personaje que, según tú, está en mi cabeza…

Y según cualquier psicólogo —aclaró, interrumpiéndola.

Natalia frunció el ceño.

Te dejo porque no te quiero. Porque por más que lo intente, no puedo quererte. No sé si es una ilusión o no, solo sé que mientras él viva en mi cabeza, no puedo estar con nadie más. Y tal vez termine en un manicomio, pero no puedo seguir con esta mentira.

Y dicho esto, se volvió y caminó hasta la puerta, abrió y salió de la casa de David para no volver nunca más. El chico la vio partir desde su ventana, y sin importarle quién pudiera oírle o verle, empezó a vociferar todo lo que su desgarrado corazón le ordenaba.

¿Una mentira? ¡Lo tuyo sí que es una mentira, Natalia! ¡Vives en un mundo de fantasía! ¡Tu vida es una puta mentira, y no serás feliz mientras vivas! ¡Vas a sufrir, te lo aseguro!

La gente se asomaba a las ventanas, las personas de la calle se paraban a mirar a aquel loco que se estaba dejando la voz por aquella chica que, tapándose la cara de vergüenza, bajaba la calle sin mirar atrás.

David cerró la ventana de tal golpe que quebró levemente el cristal. Segundos más tarde, empezaba a reír con amargura. No era él el que estaba loco, como pensaban las personas que le habían juzgado con la mirada y el pensamiento.

2

Dejar a David fue como quitarse un peso de encima; como si durante demasiado tiempo hubiese llevado una gran carga sobre los hombros que la iba aplastando poco a poco. Ahora se sentía libre, llena de energía, aunque todavía un poco resfriada. Aun con las toses, la nariz atascada y pañuelos de papel esparcidos por toda la casa, nadie fue capaz de impedir que Natalia fuera ese día a clase. Se abrigó bien, se enrolló su bufanda preferida alrededor del cuello y salió antes que nadie de la casa. Era consciente de que el tiempo era oro desde el momento en que había decidido cambiar su vida. Héctor llegaba a principios de marzo, y febrero ya avanzaba sin dar tregua. Tenía demasiadas cosas que hacer como para quedarse en la cama esperando a que se le pasara la tos.

Entró en la Universidad como un rayo y recorrió los pasillos que la llevaban a la cafetería. Sabía que allí encontraría a quien estaba buscando, y esta vez no se le escaparía. Desde la puerta echó un vistazo, y allí estaba Raquel, sentada en una esquina, tomándose un café a la vez que leía una revista.

«Perfecto. Así ni se dará cuenta de que me acerco.»

Rio ella sola al darse cuenta de que estaba actuando y pensando como una completa psicópata. Se quitó la bufanda, pensando en usarla de lazo si Raquel intentaba escapar, y avanzó con paso decidido hasta su mesa. La chica ni siquiera se dio cuenta de que tenía compañía hasta que Natalia colocó sus manos sobre la mesa. Fue entonces cuando Raquel dejó de leer para centrarse en su compañera de clase, que le brindaba una exagerada sonrisa que le dio escalofríos.

Buenos días, Raquel.

Raquel tragó saliva.

Buenos días. —Su voz sonó más aguda de lo normal—. Me alegra ver que estás mejor. Ya me habían dicho que te encontrabas mal.

Natalia tomó asiento y dejó sus cosas sobre la mesa sin preguntarle si su presencia la molestaba. Sabía que era así, y no le iba a dar una razón para cortar aquella conversación que tanto le interesaba.

Un poco de fiebre, pero ya estoy bien. Soy fuerte como una roca —bromeó.

Raquel forzó una sonrisa y bebió de su café. Natalia se preguntó cómo sería la forma más adecuada para abordar el tema. Barajó distintas posibilidades, pensó en distintas formas de llegar a ese punto en la conversación, y finalmente llegó a la conclusión de que ninguna manera era apropiada. El tiempo corría y ella lo estaba perdiendo.

Eres la ex de David, ¿verdad?

Raquel se atragantó con el café, dejó el vaso sobre la mesa y empezó a toser. Natalia le dio unos golpecitos en la espalda, y Raquel la miró con miedo.

Tranquila, no voy a matarte —le aseguró Natalia entre risas—. Lo siento, en otra ocasión hubiera tenido más tacto, pero se me va la hora y necesito hacerte algunas preguntas.

Raquel se limpió con ella servilleta y retiró un poco su silla de la mesa, aún desconfiada.

¿Qué preguntas?

Mira, la historia es muy larga y, como he dicho, no tengo tiempo. Pero necesito saber si realmente eres la ex de David y si una vez tuviste un lío con una amiga mía llamada América. Porque si es así, tendrás que contestarme algunas preguntas.

Raquel suspiró. No negó que fuera la ex de David; tampoco preguntó quién era esa tal América. Natalia sonrió. Sabía que había dado en el clavo. Raquel se lo tomó con calma, se terminó su café y después respondió todas sus preguntas. El reloj ya marcaba más de las nueve y diez, pero las chicas seguían charlando. La clase podía esperar.

En efecto, Raquel había estado saliendo con David y América, y tal y como suponía, América era tan mentirosa como ella había pensado. No habían sido paranoias suyas. Además, le dio las mismas razones con las que le había explicado en su supuesto «sueño» de por qué le había pedido a David que la dejara. Todo encajaba. Cada vez estaba más segura de que su sueño no era un sueño.

Gracias, Raquel. Necesitaba tener esta conversación contigo.

Raquel sonrió, esta vez con sinceridad.

De nada.

Natalia recogió sus cosas y fue hacia la puerta.

¡Ah, una cosa más! —le dijo, volviéndose hacia ella—. Ten cuidado con David. Te llamará pronto para que quedéis.

Raquel quedó perpleja ante aquella afirmación, pero no quiso entrar más en detalles; y tampoco hubiera podido, porque para cuando se quiso dar cuenta, Natalia corría escaleras arriba hacia la clase que ella por la hora había decidido saltarse.

3

Natalia y Carmen se presentaron en casa de Marina sobre las siete de la tarde. Habían estado llamándola al móvil durante horas, pero no lo cogía. Carmen le había contado a Natalia que su amiga llevaba una semana faltando a clases. La teoría más razonable sería que se encontraba enferma, pero Natalia no se lo creía. Sabía lo que estaba ocurriendo. Solo había una enferma en aquella historia, y no era Marina.

Llamaron un par de veces a la puerta, y finalmente abrió una señora de rostro amable y figura regordeta.

Hola —dijo Natalia—. Venimos a ver cómo se encuentra Marina. Sabemos que no se siente bien.

La madre de Marina las dejó pasar sin ningún reparo, y las condujo hasta la habitación de su amiga. La casa era enorme, y aunque habían estado allí más veces, no podían dejar de sorprenderse. Era una casa antigua comprada a precio de ganga y reformada, con tres salones, tres cuartos de baños, cinco habitaciones, cocina e incluso terraza. Llegaron al cuarto de Marina a través de un largo pasillo y la madre abrió la puerta con sigilo.

Despertadla —les pidió la señora con cierta preocupación en la cara, antes de marcharse a atender sus labores—. Ha estado durmiendo casi todo el día.

Natalia y Carmen entraron en la oscura habitación que, pensó Natalia, podía ser tres veces el tamaño de la suya. Dejaron sus cosas en el sofá que se encontraba al lado de la cama y se sentaron en el filo de esta última, al lado del gran bulto que se tapaba con un edredón de colores. A su lado, dormía una gata atigrada que en cuanto las vio, saltó de la cama y salió corriendo de la habitación.

Marina —la llamó Carmen, dándole unos golpecitos en el brazo.

La joven reaccionó al sonido de la voz, e intentó distinguir aquellas siluetas que no correspondían ni a su madre ni a su hermana.

Con un pequeño movimiento, apretó un interruptor que tenía en el cabecero de la cama y se encendió una pequeña lámpara. Realmente tenía mala cara, pero Natalia seguía sin creerse que estuviera enferma.

Hola —dijo, con una sonrisa—. ¿Qué hacéis vosotras aquí? —preguntó, incorporándose.

Venimos a ver cómo estás, que hace una semana que no apareces por clase —explicó Carmen.

Sí, es que no me encontraba bien.

¿Tienes fiebre?

No, no creo —dijo, tocándose la frente—. Estaba cansada y me dolía la cabeza.

Tu madre parecía preocupada —comentó Natalia.

Se preocupa demasiado.

Yo también lo estaría si mi hija no se levanta de la cama a causa de una depresión.

Marina levantó la mirada y la fijó en Natalia, sorprendida y confundida a la vez.

¿Qué?

Sé lo que está pasando —le confesó—. No estás metida en cama porque estés enferma, sino porque estás deprimida.

Marina abrió la boca para hablar, pero solo pronunció un nombre antes que los ojos se le llenaran de lágrimas.

América…

América miente —aseguró Natalia sin duda en la voz.

¿Cómo? —preguntó la chica, secándose las lágrimas—. ¿Que miente?

Yo me creo cualquier cosa de esa —intervino Carmen, que aunque no sabía con certeza si las hipótesis de Natalia eran ciertas, confiaba en que la maldad de América no tuviera límites. Marina sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó la nariz.

Te ha dicho que está enferma, ¿verdad? Que tiene cáncer de laringe y que le están dando quimioterapia. Te ha pedido que te cortes el pelo con ella porque se le va a caer. Que no sabe cuánto tiempo le queda, ¿no es así?

A medida que Natalia iba pronunciando cada una de aquellas palabras, la expresión de Marina fue cambiando drásticamente. Ya no lloraba, solo miraba a Natalia sin parpadear y mortalmente seria.

¿Cómo sabes tú eso?

Natalia sonrió. Había llegado la hora de dejar de ser una tonta.

Lo que importa no es cómo lo sé; sino que todo eso y muchas cosas más que han salido de su boca son mentiras.

4

América apareció puntual en la puerta, tal y como había previsto. En cuanto su madre había salido de casa como cada sábado por la tarde, se había lanzado hacia el teléfono y había marcado ese número que esperaba no tener que teclear nunca más. Dos tonos de llamada, y había respondido un señor. Una vez que le había pasado la llamada a su hija, solo había tenido que cambiar el tono de voz. Miró hacia el pasillo. La puerta abierta. Ya estaba todo preparado. Se miró al espejo y puso la expresión más triste de la que fue capaz. Cuando abrió la puerta, le dio la impresión de que América le seguía el juego y actuaba a hacer el papel de amiga preocupada.

¿Qué ocurre? —le preguntó, abrazándola con fuerza.

Pasa, pasa —le pidió Natalia—. Siéntate.

América no entendía nada, pero entró en el salón con apremio y tomó asiento en el sofá, dejando libre el sitio de Natalia. Sentía curiosidad por saber qué es lo que le había pasado y por qué no había llamado a Carmen —su mejor amiga— en vez de a ella.

Se fijó en que Natalia no perdió el tiempo cerrando la puerta del pasillo, como siempre hacía, para que Pantera no entrara en las habitaciones. Debía ser algo serio. La chica de rizos castaños agarró la mano de su amiga en un gesto desesperado.

¿Por qué no me lo contaste?

América permaneció seria, confundida.

¿El qué?

Marina me ha dicho que tienes cáncer de laringe —confesó, forzando algunas lágrimas.

Natalia agachó la cabeza, fingiendo secarse las lágrimas con el dorso de la mano. La expresión de América casi había provocado en ella un ataque de risa. Pero debía controlarse si no quería echar el plan a perder. Cogió aire y lo expulsó lentamente, como si la angustia no la dejara respirar; pero realmente estaba cogiendo fuerzas para no estallar en carcajadas.

¿Qué? —exclamó América—. ¡No, no! Marina está exagerando. Le dije que me estaban haciendo unas pruebas para ver si tenía cáncer, pero que no era seguro. De hecho, ya me han dado los resultados y no tengo nada —improvisó.

¿Ah, sí? —preguntó ella con gesto inocente. Se llevó una mano al corazón y respiró profundamente, aliviada—. Pero si me dijo que te estaban dando quimioterapia y todo… Que estaba dispuesta a cortarse el pelo para que te sintieras mejor.

¡Hala! ¡Quimioterapia! —empezó a reír, con nerviosismo—. ¡Qué tonterías! ¿Acaso me ves mala cara o que se me esté cayendo el pelo?

Natalia la miró de arriba abajo con una mano en la barbilla, cambiando la expresión de su cara.

No, la verdad es que pareces muy sana.

¡Porque estoy sanísima! No sé por qué te habrá mentido, en serio.

Natalia sonrió y dejó que su amiga riera durante un buen rato, como si le hubieran contado un chiste. Examinó su expresión. Era obvio que estaba nerviosa e intentando salir del lío en el que se había metido con más mentiras.

Hablando de eso… Nunca tuve valor para preguntarte, pero… ¿qué pasó con tu leucemia?

América siguió riendo como si no hubiera escuchado nada, pero su expresión se deformó levemente. Lo suficiente para que Natalia supiera que había dado en el clavo.

¿Mi qué?

Tu leucemia —repitió—. La que nos dijiste que tenías en Bachillerato.

La joven no perdió la sonrisa en ningún momento. No se había puesto seria al mencionar su supuesta enfermedad. Cuando alguien menciona algo doloroso de tu pasado, algo se remueve en tu interior, y tu sonrisa se pierde al menos por unos segundos. Natalia lo sabía, y por ello estaba segura de que la había pillado con las manos en la masa.

¡Ah, sí! Fue un error, ¿sabes? Un fallo médico. Finalmente me dijeron que no tenía nada.

Natalia se cruzó de brazos y frunció el ceño.

Y ¿por qué no nos lo dijiste? Lo pasé muy mal por eso.

Su tono era de reproche. América se relajó, pensando que Natalia se lo había tragado. Ahora solo tenía que dejar que sus mentiras fluyeran hasta que todo volviese a la normalidad.

Lo siento, se me olvidaría… —Lo pensó mejor—. O puede que me diera vergüenza deciros que no tenía nada, después de haberos hecho pasar por eso.

«Se le olvidó», pensó Natalia. «Algo tan importante no se olvida. Menuda víbora…»

Pantera subió al sofá y se acurrucó en la falda de América, lo que le dio la excusa perfecta para cambiar de tema. La chica acarició al animal mientras este ronroneaba, a gusto. Comentó lo suave de su pelaje y la belleza de sus ojos verdes. Pantera fijó su mirada en el pasillo. Tenía obsesión por entrar a las habitaciones cada vez que la puerta se encontraba abierta, y esta vez parecía que su dueña le daba permiso de darse un paseo por ese lugar recóndito de la casa que rara vez pisaba. Natalia vio con fastidio cómo su gata se levantaba y caminaba con parsimonia hacia el pasillo. Era su afán aventurero, su curiosidad felina la que la empujaba a colarse en cada rincón de esa pequeña casa. Saltó desde el sofá y se coló por la puerta abierta.

Es monísima —comentó América.

Y muy pesada también.

Pantera comenzó a maullar, y Natalia tragó saliva.

¿Por qué maúlla?

Habrá visto algún bicho —le restó importancia su dueña—. Oye, y hablando de Marina… ¿Sigue igual que siempre? Me contaste que estaba insoportable.

No hay quien la aguante —masculló como si le diera verdadera rabia—. Parece que quiera hacerme sentir mal por sacar mejores notas que yo.

Qué cosa tan rara…

Desde que se junta más con Rocío, es como si estuviera en mi contra. ¡A saber las cosas que le habrá contado de mí!

¿Rocío? —Natalia miró hacia el pasillo, disimuladamente—. ¿Por qué Rocío tendría que contarle cosas malas sobre ti?

¡Ah, es verdad, no te lo he contado! —exclamó—. Pues, resulta que Rocío está detrás de mí.

¿Cómo detrás de ti? ¿Que le gustas? —preguntó Natalia, abriendo los ojos como platos y llevándose una mano a la boca.

¡Sí! No para de molestarme desde que se enteró de que soy bisexual, y le he dicho que se olvide de mí. Que no voy a dejar a Francis por ella, ¿entiendes?

¡Madre mía…!

Y ahora no sé qué cosas le habrá metido a Marina en la cabeza, pero el otro día Marina me dijo que estaba enfadada conmigo porque le estaba haciendo daño a su amiga. ¡Pero si es culpa de ella!

Natalia empezó a reír, y América, desconcertada, no supo si reír con ella o permanecer seria ante el asunto sobre el que estaba tratando.

Por lo que parece, estamos rodeadas de víboras, eh… Ya no te puedes fiar ni de tu propia sombra.

¡De nadie! —puntualizó América, pero enseguida relajó el tono y le echó los brazos a Natalia para que la abrazara con una falsa dulzura en la voz—. Bueno, menos de ti.

Natalia sonrió de nuevo.

Ni de tu propia sombra —repitió de nuevo la joven.

América se apartó de ella. En su rostro volvía a reinar la confusión. Oyó unos pasos en el pasillo. ¿Estaba la madre de Natalia en casa? Se dio la vuelta, y vio salir del pasillo a su peor pesadilla. Rocío, Marina y Carmen salían tranquilamente y se colocaban delante del sofá. América, con la piel pálida como la nieve, pasó la mirada por cada una de sus caras. Carmen parecía indiferente, como si ya se esperara todas sus patrañas; la forma en que Marina la mirada, sujetando entre sus brazos a Pantera, le recordaba a un capo de la mafia a punto de fijar su sentencia de muerte; y Rocío lloraba. No intentaba ocultar su tristeza, y tampoco su indignación. Por último, estaba Natalia, en cuyos ojos solo había asco. La chica se levantó y se unió al grupo, dejando a la acusada sola en el sofá, y sin amigas desde ese momento.

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Cúmulo de desastres

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VII

Cúmulo de desastres

1

Natalia llegó a su casa hecha un basilisco. Entró a oscuras hasta su cuarto y cerró de un portazo. Tenía ganas de gritar, de romper cosas, de golpearse la cabeza contra la pared por lo estúpida que había sido. Se desnudó con rabia y dejó que el ordenador se encendiera mientras se daba una ducha rápida. En su cabeza imaginaba todo lo que podría haberle dicho a esa maldita vieja que le había tomado el pelo. Aún no podía creerlo. Se frotó bien el cuerpo con jabón, intentando deshacerse del olor a grasas. Le dolía todo el cuerpo, estaba agotada y sudorosa, y había perdido toda una tarde en la ardua tarea de limpiar una maldita cocina que llevaba 5 años sin una limpieza a fondo. Los azulejos blancos estaban amarillentos; la grasa se incrustaba hasta en el más escondido rincón; los tarros estaban pringosos y los muebles daban pena. ¡Qué asco! Y sin embargo, había dejado de lado sus escrúpulos y había dado lo mejor de sí para dejar aquel lugar como los chorros del oro. ¿Para qué? Para que, a la hora de cobrar, esa asquerosa vieja le diera cinco euros de menos.

Lo siento, no tengo más —le había dicho. No parecía darle mucha importancia a su estupendo trabajo.

Natalia se había mirado la mano, pensando que era una broma.

No era esto lo acordado —había objetado—. La cocina como una patena por 35 euros. ¡Y poco es, teniendo en cuenta la porquería que he sacado!

La anciana se había encogido de hombros.

O lo tomas o lo dejas. Si no estás conforme, no es mi problema.

¿Cómo que no es su problema? ¡Me dijo que me daría 35 euros, no 30! ¡Es mi dinero, me lo he ganado!

Aquella bruja la miró como si fuera un insecto repugnante.

¿Te parece que me importe? —le preguntó—. Además, ¿para qué quieres tú tanto dinero? ¡Seguro que después te lo gastas en drogas, sinvergüenza!

En ese momento se había quedado de piedra. No podía creerlo. De verdad que no podía. Esa vieja no se conformaba con haberla hecho trabajar duro y haberle pagado menos de lo que le debía…, ¡también la llamaba drogadicta! Cuando el instinto asesino empezó a aflorar en su más tierno ser, supo que debía irse de allí antes de que le estampara uno de sus valiosos jarrones en la cabeza. Pegó un portazo, tal y como lo haría más tarde en su casa, y salió de allí como alma que lleva el diablo.

Cerró el grifo y salió de la ducha. Cuanto más lo pensaba más se cabreaba. ¡Esa hija de…!

Se sentó enfrente del ordenador mientras se vestía. Necesitaba hablar con Héctor y contarle todo lo que había pasado. Sabía que él la haría sentir mejor con sus palabras de aliento, o tal vez ayudándole a acordarse de toda la familia de aquella amargada. Lo vio conectado y no perdió un segundo. Héctor tardó unos minutos en contestar. Natalia sabía que estaba trabajando, pero aun así le soltó la retahíla de sucesos acontecidos esa tarde y esperó a que contestara. Pasadas casi dos horas, su respuesta no había llegado. Al principio se sintió triste, cansada, sola…, pero el nudo que se instaló a su garganta y el dolor de su pecho hicieron surgir la ira. Con cada segundo que pasaba y no contestaba, Natalia se cabreaba cada vez más. En el fondo, sabía que él no tenía la culpa, pero necesitaba estallar, gritar, llorar. No podía más. La tristeza le invadía, y la soledad empezó a ganar terreno cuando se dio cuenta de que, en un momento en el que lo necesitaba tanto, él no estaba allí para ella. En realidad, nunca estaba. No en cuerpo presente, al menos. Y eso la puso furiosa. No estaba enfadada con él, sino con el mundo; con la realidad. Esa maldita realidad en la que estaban separados por miles de kilómetros, y en momentos como ese no podía abrazarse a él y dejarse consolar. Tecleó un último mensaje:

Pensé que estarías aquí ahora que tanto te necesito. Pero no, no estás. Nunca estás.

Y minutos más tarde, llegó el último mensaje de él. Último e inesperado:

No me toques las narices ahora, Natalia.

Y esa frase al principio la dejó fría, pero segundos más tarde hizo que ardiera en llamas de furia. Apagó el ordenador y se metió en la cama sin cenar.

Oyó la puerta de la entrada. Su madre había llegado de casa de su tía. Cerró los ojos y se hizo la dormida. No quería dar explicaciones de por qué estaba en la cama. Sandra entró en su cuarto y le dio un beso de buenas noches, sin intentar despertarla. Una vez que se hubo ido, volvió a abrir los ojos.

«¿Que no te toque las narices?», pensó, furiosa. «Muy bien… Pues no te las tocaré más.»

2

Héctor salió del trabajo echando chispas a las siete de la tarde. Había tenido un día horrible, y se presagiaba peor cuando llegara a casa. Cruzó la calle casi sin mirar, consiguiendo que un par de conductores le pitaran y le mentaran su madre. Caminó hasta el coche a paso ligero y se introdujo en él, cerrando la puerta con fuerza. Arrancó y se puso en marcha a más velocidad de la permitida. Durante el trayecto resopló un par de veces. Estaba demasiado harto de su trabajo. Siempre tenía una razón para cabrearse en ese lugar, ya fuera por los clientes, por las condiciones de trabajo, por sus jefes…, o por los compañeros. Ese día la causa de su mal humor había sido provocada por un compañero en especial, alguien que usualmente no trabajaba en su sucursal: Enrique Ramírez, el ex de Laura y nuevo novio de Irene.

Cuanto más lo pensaba, más se enfurecía. Enrique y él siempre se habían llevado bien. Nunca habían tenido ningún problema el uno con el otro. Y sin embargo, ese día se había pasado de listo.

Todo había comenzado cuando aquella mañana sus jefes le habían comunicado que algunos trabajadores de la sucursal más cercana irían a trabajar ese día con ellos por razones que ni siquiera había escuchado. Había pedido al cielo que entre aquellos trabajadores no estuviera Irene, pero al parecer Dios estaba demasiado ocupado atendiendo otros asuntos como para concederle ese pequeño favor. Y no solo eso; seguramente había sido muy malo en otra vida, porque el desastre venía con complemento. Enrique también trabajaría ese día allí.

«Qué maldita casualidad», había pensado entonces.

Aun así, había querido ser cordial, que traducido a su idioma particular significaba hacer como si no existieran. Así no habría problema alguno.

No sabía lo equivocado que estaba.

Todo había ido bien hasta la hora de comer. Había ido al restaurante más cercano, como siempre hacía, y al volver se había encontrado con una sorpresita. En su ausencia, Enrique había estado mandado correos mediante algún ordenador a los demás compañeros, criticándolo y describiéndolo como un mal trabajador. No sabía si lo había hecho a conciencia o porque era demasiado estúpido, pero también se lo había enviado a él.

Un coche le pitó por saltarse un ceda el paso. Iba demasiado rápido y lo sabía, pero la rabia le impedía levantar el pie del acelerador. Golpeó el volante, frustrado. Por culpa de ese imbécil lo habían suspendido durante un par de días. Después de ver el mensaje, se levantó de su asiento, se dirigió a él y le pidió que lo acompañara hasta un lugar en el que pudieran hablar a solas. La entrometida de Irene los siguió sin haber sido invitada.

Lo que le tengas que decir a él, nos lo puedes decir a los dos —había dicho con cierta chulería.

Héctor no la había mirado siquiera.

Muy inteligente mandarme ese mensaje también a mí —comentó, sarcástico, intentando adivinar por su expresión si lo había hecho adrede o solo había sido una equivocación.

Enrique tragó saliva, pero permaneció serio. Héctor lo supo entonces. Lo había hecho sin querer. Al pobre no parecía llegarle oxígeno al cerebro.

¿Qué mensaje? —intervino Irene. ¡Como si no lo supiera! Aun así, Héctor decidió seguirle el juego.

Mandó un mensaje a todos diciendo que soy un inútil y no sé cuántas cosas más.

Irene miró a su novio, y después a Héctor.

Eso no puede ser.

Enrique no se defendió. Héctor continuó:

Mira, no sé cuál es tu problema, pero será mejor que no vuelvas a intentar chingarme, porque iré a la supervisora y te reportaré con ella.

Enrique frunció el ceño. Sabía que no tenía argumentos con los que contraatacar.

No dije nada que no fuera cierto —se atrevió a insinuar.

Bueno, si soy malo o no en mi trabajo lo tendrán que decidir nuestros superiores. Tú no eres nadie para escribir lo que escribiste y mucho menos para mandárselo a todos y pretender dejarme en ridículo.

Enrique se puso colorado y miró al suelo, pero no estaba arrepentido, y mucho menos parecía tener intención de disculparse. Héctor mantuvo su mirada acusadora.

No quieres tenerme de enemigo. Te lo puedo asegurar. La próxima vez…

Déjalo ya, Héctor —le pidió Irene con cara de pocos amigos.

Tú cállate.

No le digas a mi chica que se calle —se adelantó Enrique, repentinamente hinchado de valentía.

Héctor no se echó atrás. Se dio cuenta de que toda la furia que desprendía Enrique había sido causada por su nueva novia. A saber qué le había contado de él…

Si lo que hiciste fue por ella —dijo, señalándola con el pulgar—, puedes estar tranquilo. No me interesa en lo más mínimo. Dejó de interesarme hace demasiado.

Enrique miró de soslayo a Irene. La joven se había puesto tensa y mortalmente seria, pálida y fría como un témpano de hielo. Se notaba que la habían afectado esas palabras. Su reacción no le gustaba.

¿Cómo puedo saberlo? —preguntó.

Sencillo: porque yo ya tengo a alguien. —Irene apretó los puños—. Y después de estar con ella no podría fijarme en nadie más. Y tu chica —no pudo resistir usar un tono provocador —no le llega ni a la suela de los zapatos.

De repente, Enrique le lanzó las manos al cuello y lo empujó hacia la pared más cercana. Irene profirió un grito de la impresión, y corrió a socorrer a Héctor.

¡Enrique, suéltalo! —chilló, echándole los brazos al cuello y tirando de él, pero su fuerza comparada con la del hombre era reducida. Entonces, salió corriendo a pedir ayuda. Héctor cerró el puño y lo golpeó en plena nariz. Se oyó un crujido. Enrique gruñó de dolor. Se llevó una mano a la sangrante nariz, dejando la otra en el cuello de Héctor. Entonces, este último consiguió quitárselo de encima y agarrarlo del pelo.

Justo en ese momento llegó una de sus jefas —una mujer severa a la par que amargada—, y lo pilló con las manos en la masa, agarrando a un pobre e indefenso trabajador cuya nariz chorreaba sangre. Al menos, eso es lo que vio ella.

Por suerte —y para sorpresa de todos—, Irene salió en su defensa. Le explicó el mensaje que Enrique había mandado a todos los compañeros (cuya prueba aún se hallaba en los ordenadores), la situación incómoda que se había creado entre ellos, y cómo su novio había intentado asfixiar a su ex, y este se había visto obligado a defenderse. Para la jefa todo quedó muy claro: era una disputa pasional provocada por un novio celoso. Por ello, había decidido no llamar a la policía —lo que fue un alivio para ambos—, pero como castigo los había suspendido a los dos; a Enrique por empezar la pelea, y a Héctor por romperle la nariz.

Héctor apretó la mandíbula.

Y para terminar el día, el mensaje de Natalia donde le decía que nunca tenía tiempo para ella. Sabía que lo que le había dicho estaba mal; que se sentía sola, al igual que él, pero tenía que comprender que era su trabajo. No estaba dejando de atenderla por mera diversión. Respiró hondo. Intentó relajarse, pero no pudo. En un día normal, no hubieran discutido. Él se hubiera marchado al baño, hubiera sacado el móvil y le habría pedido perdón por estar demasiado ocupado. Ella lo hubiera comprendido. Pero no; el mal humor había podido con él y le había hablado de mala manera. Tendría pelea la próxima vez que hablara con ella, y eso lo encorajó aún más. Todo había sido culpa de ese imbécil de Enrique. Había sido el estrés, la rabia…, el momento.

Por unos segundos, sus pensamientos le habían abstraído de la vida real. Se había olvidado que estaba conduciendo, que manejaba un coche a mucha velocidad. Volvió en sí con un bache. Se concentró de nuevo en la carretera, pero ya era tarde. Delante de sí había una curva. ¿Desde cuándo había ahí una curva? Dio un volantazo e intentó girar, pero el coche iba demasiado rápido.

Un gran estruendo, humo, olor a aceite quemado. Por suerte, hubo gente que escuchó el golpe.

Año nuevo

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Año nuevo

1

El vestido negro combinaba a la perfección con el peinado que le había improvisado la peluquera: un recogido elegante con los tirabuzones hacia un lado y unas trenzas a modo de tocado.

Una foto con el móvil, y en menos de lo que canta un gallo, Héctor estaba admirándola de nuevo, embobado.

Estoy lista.

¡Guau, princesa! Luces como toda una reina.

Entonces, ¿te gusta mi peinado?

Sí, me late mucho.

La verdad es que a mí también me gusta cómo ha quedado.

¿Ya te vas?

Dentro de poco. En cuanto llegue mi padre. Iremos a ver a mis abuelos y después me llevará a Cádiz, a cenar con mi familia materna.

Yo al rato iré a cenar con mi familia también.

Natalia sintió un desagradable dolor en el estómago.

Estoy triste, Félix —confesó.

No estés triste. —No le hacía falta preguntarle el porqué de su tristeza. Él sentía lo mismo. Estaban conectados de una manera extraña—. Es Nochevieja. La pasarás genial.

Lo sé, preferiría quedarme aquí contigo. No tengo ganas de ir a esa fiesta después de las uvas.

Su malestar tenía nombre, y se llamaba David. Él iría a la fiesta con ella y sus amigas, a pesar de que no le gustaban nada ese tipo de eventos. Por una parte, lo prefería, pues sabía que esos lugares llenos de jóvenes borrachos eran propensos a acoger peleas provocadas por el exceso de alcohol. Pero, por otra…

La culpabilidad le martilleaba la cabeza con furia. En un día tan especial como aquel, no deseaba estar con su novio, sino con el chico que había conocido un par de meses atrás por Internet.

No pienses eso. Ve y disfruta. Te ves hermosa. Los deslumbrarás a todos.

Héctor, por su parte, también era víctima de la tristeza que se siente al saber que la mujer que te gusta pasará la noche con otro; y ese otro será quien la bese y la abrace. Sería quien disfrutase de ella, de su compañía. Su belleza sería para ese niño que no sabía cómo tratarla, no para él.

Gracias. Intentaré disfrutar.

El pitido de un coche llegó hasta sus oídos. Se asomó por la ventana y vio el Citroën de su padre aparcado en la calle. José la saludó con la mano desde el asiento del conductor.

Ya está aquí mi padre. Tengo que irme. Héctor, feliz año nuevo anticipado.

El joven sonrió. ¿Lo había llamado Héctor?

Feliz año nuevo, chiquita. Que sea un año lleno de felicidad para tu familia y para ti.

Igualmente. Muchos besos. Hasta mañana.

Besos, mi niña.

Apagó el ordenador, cogió sus cosas y bajó las escaleras. El coche ya estaba en marcha. Subió al asiento del copiloto y le dio un beso en la mejilla a su padre, que iba bien arreglado con una chaqueta y su pelo engominado hacia atrás.

¡Qué guapa! ¡Tienes que estar pasando un frío…! Ponte el abrigo, anda.

José condujo por las calles abarrotadas de coches que, al igual que ellos, se dirigían a casa de sus familiares para celebrar la Nochevieja. La avenida de Pery Junquera era la más transitada a esa hora.

¿Adónde dijiste que ibais después de las uvas?

Al cotillón de “La leyenda”.

No sé dónde está.

En Cádiz. No te preocupes. David vendrá a recogerme en coche.

¿Y Carmen y América?

Las llevan sus padres.

Aparcar cerca de la casa de sus abuelos fue como un milagro. Los conductores se pegaban tortazos por encontrar un sitio donde estacionar sus vehículos de forma correcta para que no se los llevase la grúa. Al salir del coche, una brisa fría le heló el cuerpo y se apresuró a ponerse el abrigo. Su padre le tendió el brazo. No se le daba especialmente bien caminar con tacones.

Sus abuelos vivían en el séptimo piso de un edificio de ocho plantas. Por suerte, había dos ascensores —que durante un tiempo habían estado estropeados—. Natalia no se imaginaba subiendo siete pisos con tacones; hubiera sido una misión suicida.

José llamó a la puerta, y segundos más tarde, apareció detrás de ella un hombre joven y atractivo, de unos cuarenta años.

Lo siento, no hay pan duro —dijo, haciendo el amago de cerrar la puerta, pero en el último momento, volvió a abrirla con la misma sonrisa pícara con la que había hecho la broma—. ¡Abuelo, que ya viene tu nieta a comérselo todo!

José saludó a su hermano con dos besos y pasó a al salón. Natalia besó a su padrino en la mejilla y fue a saludar a sus abuelos.

¡Pero, ¿quién es esta mocita tan guapa?! —exclamó su abuelo cuando la vio. Después, miró a José—. ¿Dónde te la has encontrado? Esta no puede ser mi nieta.

¡Que sí, abuelo!

Natalia abrazó al hombre mayor con gafas y poco pelo, propinándole tres besos en la misma mejilla. Después, besó a su abuela y a su tía.

¡Qué guapa vienes! ¿Después te vas de fiesta? —le preguntó su tía.

Sí. Me voy con mis amigas y con mi novio a la Leyenda.

Ah, ese sitio es el que está en Cádiz, ¿verdad?

Sí, ese.

El timbre sonó, y la abuela se apresuró a abrir la puerta. Las voces de sus tíos paternos y sus primos llenaron la sala. Su primo Antonio fue el primero en darle un gran beso y un apretón de los suyos.

Hola, prima.

Saludó a sus tíos, recibiendo piropos también de ellos. Le quedaba una larga noche de halagos, de eso estaba segura. La última en entrar en el salón fue su prima María. Le sorprendió ver lo avanzado que estaba su embarazo. El día de Nochebuena no había tenido la oportunidad de verla, porque había ido a comer con el padre de su futura hija a casa de sus suegros.

Hola, primita.

Natalia le dio un abrazo cariñoso, teniendo cuidado con su prominente barriga. Acto seguido, la acarició y sonrió a su prima mayor.

¡Qué guay! ¿De cuánto estás ya?

De cuatro meses.

Está grandota.

Oye, ¿cómo vas con tu novio?

Bien —se vio obligada a decir Natalia. Colocó en su cara la sonrisa más sincera que pudo y continuó con algo que diera base a su escueta respuesta—. El día 17 hicimos un año.

¡Un año ya! ¡Qué bien, prima!

Sí. Un año ya…

2

Eran casi las diez cuando José llevó a Natalia a Cádiz, donde se encontraría con su familia materna al completo. Era la parte mala de tener padres divorciados: en Navidades tenía que pasar las fiestas separada de uno de los dos. Este año le había tocado pasar el fin de año con su madre.

Le dio un beso a su padre y le deseó un feliz año nuevo antes de tiempo. Subió el ascensor hasta el noveno piso y llamó a la puerta. Enseguida se escuchó el ladrido de un perro. Natalia resopló. Adoraba a los gatos, pero no le gustaban los perros.

Por suerte, no era la última. Todavía faltaban por llegar algunos familiares. Su madre ya estaba allí. Repartió besos a diestro y a siniestro. Su familia materna era demasiado grande. Siete hermanos ni más ni menos. Si no llevaba mal la cuenta, en total ya eran diecisiete primos. Las reuniones familiares eran una locura. A las diez y cuarto terminaron de llegar los que quedaban y todos se sentaron a cenar. Se habían dispuesto dos mesas: una alargada que ocupaba gran parte del salón para los jóvenes, y otra algo más pequeña para los mayores. Como resultado, apenas podían moverse.

La cena transcurrió divertida. Las chicas se hacían fotos. Los chicos hablaban. Unos más, otros menos. Contaban novedades, hablaban de los estudios, hacían planes para después de los exámenes… Algunos de los primos —los menos sociables— miraban la tele, aburridos. Otros —los más serios—, vigilaban que todo estuviera en orden. A Natalia le había tocado presidir la mesa. Minuto a minuto, la hora se fue acercando. Eran las doce menos diez cuando su tía empezó a repartir las uvas. Su tío encendió la televisión y toda la familia se reunió delante de ella para ver las campanadas.

Una uva por cada campanada. Se veían incapaces de tragarlas, y optaban por guardarlas en la boca e ir masticando entre una y otra. Por fin, llegó la última campanada y el reloj marcó las doce y un minuto.

¡Feliz año 2012! —gritaron los presentadores de televisión.

Todos se besaban. Era un verdadero caos; demasiada gente, demasiados besos. Pero era un momento de felicidad que solo se vivía una vez al año.

3

La una de la madrugada. Ya esperaban en la cola a que abriera la Leyenda. Una gran y desordenada fila de jóvenes se expandía desde la entrada hasta la carretera; por suerte, no era una zona muy transitada y los coches no solían pasar por allí. David, ataviado con el traje de chaqueta que le había prestado su padre, bien afeitado y cuidadosamente peinado, miraba intranquilo a la multitud, esperando no encontrar a nadie conocido en la fiesta. Carmen estrenaba un vestido de varios colores, estilo hippie. América llevaba un traje negro, ajustado, con transparencias en las mangas.

Estaban hablando del frío que hacía, del tipo de música que pondrían, de ir a por una bebida en cuanto entraran y del pago por dejar los abrigos en el guardarropa, cuando vieron a Teresa acercándose con su novio, un chico que le sacaba casi dos cabezas, delgado y bien vestido.

¡Hola! —saludó, con alegría—. ¡Feliz año nuevo!

Las chicas se lanzaron a abrazarla.

Este es Raúl —les dijo, señalando a su novio, y se los presentó uno por uno.

Raúl dio besos a las chicas y apretó la mano de David.

Dentro estarán los amigos de Raúl. ¿Podéis veniros con nosotros? No conozco a nadie —le suplicó a Natalia en el oído.

Como toda respuesta, ella sonrió y le guiñó un ojo.

¿Y Marina y Rocío?

Marina decidió no venir, ¿recuerdas? A Rocío supongo que nos la encontraremos dentro —explicó.

Ah, es verdad… ¿Por qué no habrá querido venir?

No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Decía que no tenía muchas ganas.

¡Qué pena!

La cola empezó a moverse y los jóvenes a pegarse empujones para entrar. Dos hombres grandes y fornidos hacían de seguridad en la puerta, mientras dos más revisaban las entradas y dejaban pasar a la ansiosa juventud. Poco después, accedieron al local. El lugar, despejado de mesas, era mucho más grande de lo que Natalia había imaginado. En el escenario, habían puesto una mesa de mezclas y un DJ que jugaba con la música, muy animado. Las luces de colores daban buen ambiente. La música sonaba y la gente bailaba, celebrando el nuevo año que se abría ante ellos con nuevos sueños, nuevas expectativas, nuevas ilusiones. Era un nuevo comienzo.

¿Vamos a por una bebida y después al guardarropa? —sugirió Carmen.

Sí, mejor. Ahora mismo tiene que estar lleno.

Se acercaron a una de las barras. Después de echarlo a suertes, David y Carmen fueron los elegidos para ir a pedir. Un Malibú con piña para Natalia y un Ron con Coca-cola para América. Teresa había desaparecido repentinamente. Seguramente había ido a saludar a los amigos de Raúl.

Minutos más tarde, allí estaban de nuevo David y Carmen. Su mejor amiga había decidido tomar lo mismo que ella. David, sin embargo, llevaba en la mano algo más fuerte.

Después tienes que conducir —le advirtió Natalia.

En el centro de la pista ya había varios grupos de chicas dándolo todo con la canción que estaba de moda. Después de terminar sus respectivas bebidas, salieron para dejar sus abrigos.

«Dos euros por dejar un abrigo. ¡Menudo robo!», pensaba Natalia. Ni siquiera había pensado en el hecho de que le podrían cobrar algo así. Por suerte, Carmen era previsora y siempre llevaba algo de dinero encima. Sin que se lo pidiera, se había ofrecido a dejárselo.

Volvieron a la fiesta. Una canción que pocos conocían dio paso a otra famosísima cuyo estribillo se sabía todo el mundo. Las voces se alzaban por encima del sonido que reproducían los altavoces. En fila de uno y agarrados de la mano, se adentraron en la densa marea humana, en busca de Teresa.

En mitad de la muchedumbre encontraron a Jesús, un excompañero del instituto. América siguió su camino hacia la barra. Jesús y ella nunca habían tenido una buena relación. Natalia le preguntó por Teresa. El chico señaló hacia la otra punta. Natalia se puso de puntillas. Teresa bailaba con Raúl y unos amigos en una de las esquinas del lugar. Natalia no solo dio con ella, también con Daniel, el ex de América. Jesús y él eran grandes amigos. Dio un codazo a Carmen y lo señaló, con la mirada seria. ¿Qué pasaría si Jesús y ella se vieran? La respuesta llegó rápida y chocante. América regresó con una bebida en la mano y al ver a Jesús, fue hacia él con una sonrisa y empezaron a bailar muy pegados.

Natalia y Carmen quedaron perplejas ante la actitud de su amiga. No estaba borracha, y días antes le había dicho a Natalia que tenía miedo de encontrarse con él. ¿A qué estaba jugando?

Carmen la miró. Sus ojos parecían decir: «¿Lo ves?»

Teresa llegó por detrás, sorprendiéndolas con una sonrisa.

¿Qué os pasa? Parece que hayáis visto un fantasma.

No, nada —respondió Natalia, algo molesta—. ¿Vamos a bailar?

Después del pequeño percance, la noche transcurrió tranquila. Nadie le pidió explicaciones a América. Bailaron durante horas, se encontraron con amigos, hicieron fotos, esperaron a que sonaran sus canciones favoritas e incluso salieron un par de veces a tomar el fresco, pero el «fresco» era tan frío que tuvieron que volver a entrar enseguida.

¿Alguna ha visto a Rocío? —preguntó Teresa—. Yo la vi cuando entré, pero no he vuelto a dar con ella.

Ninguna de nosotras la ha visto —respondió América.

Pero pronto se olvidaron del tema. Rocío iba acompañada por su novio y unas amigas. Estaría bien cuidada.

Las chicas se movían con gracia. Los chicos, no tanto. David intentaba bailar lo menos posible. No era algo que se le diera especialmente bien. Por suerte, no era el único hombre del grupo, así que no sobresalía.

Agarró a Natalia y la atrajo hasta sí. Bailaron pegados un par de canciones y la besó en los labios. Ella estaba contenta. De esa manera, conseguía olvidarse de todo lo que la había estado atormentando durante las últimas semanas.

¿Vienes conmigo a pedir algo? Me muero de sed —le preguntó Carmen.

Sí, pero Coca-cola. Ya no quiero más Malibú.

Yo tampoco. Vamos.

Se alejaron así del grupo y caminaron hacia la barra que se encontraba en el patio. Los oídos les retumbaban de la música. Así estaba mejor, más tranquilidad.

¿Qué os pongo? —preguntó un señor que atendía en la barra.

Dos Coca-colas.

El hombre sonrió y llenó dos vasos.

Sois muy light, ¿no?

Carmen rio.

Siempre.

Un buen buche, y saciada la sed, volvieron a la pista. Los pies empezaban a dolerles por culpa de los tacones.

No puedo más, te lo juro. Los pies me están matando.

Son las cuatro. ¿Aguantamos al menos hasta las cinco? —propuso Carmen.

Está bien —cedió ella—. Hay que amortizar los veinticinco euros que ha costado esto.

Veintisiete —corrigió—. Dos euros del guardarropa.

Es verdad. Te los devolveré en cuanto te vea.

Por cierto, ¿qué te parece lo que hemos visto antes?

¿Lo de América con su ex? —preguntó Natalia.

Sí.

Natalia apretó los puños y frunció el ceño.

Pues, que nos está tomando por tontas.

4

¿Tus compañeros de piso no están?

Se van a su ciudad por vacaciones. Ya te lo he dicho. Estamos solos.

Abrió la puerta y entró delante de él. El piso estaba totalmente oscuro. Encendió la luz y cerró el pestillo cuando David ya estaba dentro. Eran las seis de la mañana y ambos estaban cansados. La casa, usualmente desordenada, estaba impoluta. Se notaba que los cuatro habían hecho un gran trabajo de limpieza antes de ir a pasar las navidades con su familia. Entró en el pasillo y caminó hasta la puerta de la derecha.

Esta es mi habitación.

Dejó sus cosas encima de la cama y fue hacia el cuarto de baño con el pijama que había traído de casa.

Voy a lavarme los dientes. Ponte cómodo.

David se deshizo de los zapatos y la chaqueta. En otra ocasión, habría investigado un poco la habitación de Natalia, pero estaba demasiado cansado.

¿No te has puesto el pijama?

Ahora me lo pongo.

Natalia había regresado con el vestido y la rebeca en el brazo. En su lugar, había un abrigado pijama de dos piezas en tonos rosas y azules.

David sacó de la mochila otro pijama de color marrón.

No te olvides de lavarte los dientes.

¡No he comido nada! —se quejó el chico.

Pero has bebido. Lávatelos —ordenó, dando por zanjado el tema.

David sacó también el cepillo de dientes y marchó enfurruñado hacia el baño. Natalia gruñó. Recordaba aquella vez que la había besado después de comer un bocadillo de paté. Ella odiaba el paté. Estuvo un buen rato insistiéndole en que se lavara los dientes y él no le hacía ni caso. Finalmente, David prefirió no volver a besarla en toda la tarde con tal de no lavarse los dientes.

Deshizo la cama, que por suerte era lo suficientemente grande para que cupieran los dos, y se metió en ella. David volvió unos minutos más tarde.

Apaga la luz y cierra la puerta, por favor.

Era una costumbre. Desde pequeña, había tenido terror a los pasillos oscuros. Prefería no ver lo que había o dejaba de haber en ellos en mitad de la noche. David obedeció y corrió a meterse en la acogedora cama. Abrazó a su novia y le dio un beso en los labios.

Hoy no hay…, ¿verdad? —preguntó David.

Natalia miró el reloj. Eran más de las seis. Al día siguiente tenía que ir a su casa a ayudar a su madre a preparar la comida de año nuevo.

Es un poco tarde.

En su voz no había pasión; en la de él tampoco. Tal vez por el cansancio. Había sido una noche muy larga. Quizás por el alcohol. Pero casi no habían bebido. Excusas. Solo ponían excusas.

«¡Qué demonios!», pensó Natalia.

Era Año Nuevo. Una fiesta que celebrar, un momento especial. Una noche para comenzar de nuevo. Incluso se había comprado ropa interior roja —que las leyendas decían que en Nochevieja traían suerte— y sexy para la ocasión. ¿Qué mejor noche que esa para dejarse llevar, para aclarar las dudas, para amar otra vez como el primer día?

Besó a David con dulzura, incitándolo, dándole a entender que esa noche no sería una noche más. Pero cuando pasó largo rato y sus besos no parecían inmutar a David, empezó a preocuparse. Cuando se quitó el pijama y David no dijo nada de su ropa interior llena de transparencias, su ánimo decayó; y cuando a su mente llegó el nombre de otra persona, supo con certeza que esa no sería su noche.

5

La casa de la señora Esther empezaba a llenarse. Ya habían llegado casi todos los invitados. Tíos y primos que venían de Mérida, y otros que habían llegado de la capital. El señor Francisco Ruiz, jefe de la revista Pioneros y gran amigo de la familia, se acercó a la cocina para agradecer a Esther la invitación en esa noche tan especial.

No tiene por qué agradecer, Francisco. Es un placer tenerlo con nosotros.

Héctor puso villancicos para amenizar la velada. Sol y Abraham hablaban con su abuela materna, a la que hacía mucho tiempo que no veían. La mesa estaba puesta, y solo faltaban que los manjares se sirvieran. Esther llevó a la mesa ponche de frutas y patatas al horno recién hechas. Por último, sacó el plato estrella: pata de cerdo claveteada con salsa chipotle.

La familia se sentó a la mesa y comieron y bebieron a gusto. Durante la cena, Héctor tuvo que soportar algunas preguntas sobre su separación e Irene, pero no se sintió molesto. Sabía que su familia no lo hacía con mala intención, porque prefirieron no entrar en detalles y cambiaron a temas más alegres.

Una hora más tarde, no quedaba nada en los platos. La cena había sido un éxito, y aún quedaba el postre. Esther se adentró en la cocina y regresó con un pastel de tres leches decorado con melocotones, kiwis y fresas: el postre preferido de Héctor. Su madre le guiñó un ojo y cortó un gran trozo para él.

La hora de las campanadas se iba acercando. Se repartieron las uvas y se prepararon para la llegada de año nuevo. Héctor siempre había oído que se debía pedir un deseo por campanada, pero nunca había creído en esas leyendas. Sin embargo, siempre usaba en esa fecha ropa interior de color rojo para tener suerte en el amor. ¿Acaso eso no era creer en leyendas?

¡Ya empiezan! —anunció Sol.

¡Ton!

Primera campanada, y primera uva.

«Que mi madre encuentre la felicidad.»

¡Ton!

«Que mi hermano triunfe en el mundo de la música.»

¡Ton!

«Que Sol termine sus estudios.»

¡Ton!

«Deseo que todo cambie

¡Ton!

«Que llegue pronto el divorcio.»

¡Ton!

«Que mis jefes dejen de joder.»

¡Ton!

«Que mi trabajo sea reconocido.»

¡Ton!

«Quiero que se cumpla mi sueño.»

¡Ton!

«Que Natalia sea feliz.»

¡Ton!

«Quiero ser feliz.»

¡Ton!

«Quiero una nueva vida.»

¡Ton!

«Y que Natalia forme parte de ella.»

¡Feliz año nuevo! —gritaron todos al unísono, y comenzaron a repartir besos y abrazos.

Esther se acercó a su primogénito y lo rodeó con sus maternales brazos.

Feliz año nuevo, hijo. Este año vendrá lleno de cosas buenas para ti. Estoy segura. Todo irá mejor a partir de ahora. 2012 será tu año.

Se tiraron lentejas por la casa, en representación de la abundancia. Afuera, se comenzaron a oír petardos. Héctor, Abraham y Sol se asomaron a la ventana. Los vecinos quemaban un muñeco de tamaño real que representaba el año que se iba. Los petardos de los que estaba relleno explotaban según el fuego los quemaba. Héctor observó cómo el fuego consumía la tela hasta no dejar ni rastro de ella. Así había pasado con el 2011. Ya no quedaba nada de él, como tampoco debía quedar nada de su antigua vida.