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En las calles de Madrid

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XVI

En las calles de Madrid

1

Se despertó sobresaltado cuando una azafata lo despertó con suavidad. La señorita uniformada le dedicó una sonrisa.

Disculpe. Estamos a punto de llegar a Madrid. Abróchese el cinturón y apague el móvil o cualquier objeto electrónico que pueda llevar encima, por favor.

«¿Ya estamos aquí?»

Medio dormido, se abrochó el cinturón y sacó la Blackberry de su bolsillo. Presionó un botón y listo: apagada. Bostezó abiertamente y se frotó los ojos. Se había quedado dormido leyendo. Guardó el libro en la mochila y miró por la ventana. Ya podía verse la capital en miniatura. Cada vez se acercaba más a ella.

Había tenido un sueño en el pequeño trance en el que había caído casi por media hora. La había visto a ella. Era la segunda vez que la veía en sueños. Con sus rizos, sus ojos grandes, el color rojo en sus mejillas y su sonrisa maravillosa. Había sentido deseos de tocarla, de estirar su mano y acariciar su cara, pero en el sueño solo aparecía ella, perfecta, protagonista de la escena, como un ángel vestido de blanco.

«En unos días más», se dijo.

Sí, en unos días más podría abrazarla por fin. Podría besarla y decirle cuánto la amaba mirándola a los ojos. Solo debía tener un poco de paciencia.

El avión fue descendiendo poco a poco. Con un par de botes, la gran nave tomó tierra. Héctor no podía soportar más la espera. Estaba ansioso por bajar.

Después de unos minutos que se le hicieron eternos, dieron permiso para abandonar el gran pájaro metálico, y Héctor salió del avión despidiéndose de las azafatas. Cruzó el túnel que lo llevaba hasta el aeropuerto. Por fin había llegado a Madrid.

Fue a recoger su maleta y salió a buscar a Lidia, su editora, que debía estar esperándolo por allí. Miró a su alrededor, intentando reconocer entre la multitud a esa mujer que le había dado una oportunidad en el mundo de la literatura. Una melena negra enmarcaba el rostro sonriente de Lidia, que aguardaba apoyada contra una pared cercana. Lo saludó con la mano y esperó a que él se acercara.

Hola, Héctor.

Dos besos, como correspondía en España. Héctor se sintió raro. En México solo era necesario uno.

Hola, Lidia.

¿Cómo ha ido el viaje?

Agotador. Pero ya estoy aquí —repuso con renovadas energías.

Supongo que apenas habrás descansado.

He dormido un poco, pero en un avión es complicado —explicó.

Aún es muy temprano. Podrás dormir cuando llegues al hotel.

¿Qué hora es?

Lidia miró su reloj de muñeca.

Las seis y cuarto de la mañana.

Héctor se apresuró a cambiar sus relojes.

Salieron a la calle. Todavía no había amanecido y el cielo estaba oscuro. Una ráfaga de viento helado lo golpeó en la cara y se encogió instintivamente. Hacía una temperatura bajísima y él no estaba acostumbrado a ese clima tan frío, sino a altas temperaturas que solían rondar los cuarenta grados.

¡Ay, cabrón, qué frío!

Lidia rio.

Será mejor que te pongas algún abrigo. Debemos de estar a unos cinco grados, más o menos.

Metieron las maletas en el maletero de un taxi y pidieron que le llevaran al hotel Gran Versalles. El conductor respondió con una sonrisa y les dio conversación casi todo el trayecto. Le gustaba hablar con sus pasajeros, preguntarles de dónde procedían e imaginar qué harían en Madrid. Si venían por placer o por trabajo. Lejos estaba ese señor de imaginar que el joven mexicano que se hallaba sentado en la parte de atrás del coche estaba a punto de firmar los contratos que impulsarían su carrera como escritor.

2

Había pasado casi una semana cuando Natanael volvió a acercarse a ella. Era la última hora del miércoles. El horario indicaba que en diez minutos daría comienzo la clase de Pensamiento crítico, discurso y argumentación. Como de costumbre, Natalia se había sentado en la parte de atrás, donde podía escuchar los debates que se organizaban como trabajo de clase sin necesidad de intervenir en ellos. A su lado se encontraban Gema, Teresa y un par de chicos más con los que tendría que hacer uno de los debates que contaría para nota. La semana anterior, cuando Natanael y ella habían discutido, el chico se había sentado en un lugar diferente al acostumbrado, y supuso que ese día haría lo mismo, pero al parecer, se equivocaba.

¿Qué quieres? —le preguntó, cortante, cuando la saludó como si nada hubiera pasado.

Antes de hablar, tomó asiento tranquilamente y dejó su mochila en el suelo.

Solo quería pedirte perdón —contestó, sorpresivamente, aunque su rostro no mostraba ningún tipo de arrepentimiento. ¿Le estaría tomando el pelo?—. Estaba equivocado. Él no te dejará.

Ah… —Su voz sonaba escéptica—. ¿Y ese cambio tan repentino de opinión?

Pues, precisamente porque te saca once años está claro que no te va a dejar escapar. Se puede decir que le ha tocado la lotería contigo, una chica de diecinueve años. Debe estar flipando.

Natalia intentó reprimir su ira, pero no era fácil. No le gustaba nada el camino por el que estaba cogiendo su «amigo». La única intención que tenía era provocarla con sus palabras venenosas.

O sea, ¿que el otro día me dijiste que me dejaría porque no puedo cumplir sus necesidades, y ahora me dices que no me dejará por mi edad? ¿Entonces ahora piensas que sí cumpliré esas necesidades?

Natanael permaneció pensativo por unos segundos.

No —respondió con implacable crudeza—. Sigo creyendo que no lo harás, pero la edad lo compensará todo. Eres como un caramelo para él. —Una sonrisa repugnante se formó en su cara. Era la primera vez que Natalia la veía. Le pareció vomitiva—. Debe darle morbo tu edad.

La bofetada resonó en el aula. Ni siquiera había sido consciente de que había levantado la mano para pegarle. Natanael se llevó la mano a la mejilla adolorida y roja por el impacto. Natalia se sujetó la suya, también adolorida. Era la primera vez que le pegaba una cachetada a alguien. Ninguno hablaba. Solo se miraban, aún impactados por lo que acababa de suceder.

El silencio se hizo en gran parte del aula. Muchos los miraban, asombrados, esperando a que ocurriera algo más. Cuando Natalia fue consciente de que estaba siendo el espectáculo del día, recogió sus cosas y salió de la clase antes de que llegara el profesor. Sería la primera vez que faltara a clase.

3

Héctor entró en el Retiro cuando era casi la una. Se había levantado demasiado tarde y se había tomado su tiempo para ducharse y poner al corriente de todo a su familia por Internet.

El parque del Retiro era un enorme espacio lleno de jardines, monumentos y maravillas que visitar. En esa época, los árboles aún vestían de marrón y amarillo, dando al parque una visión otoñal retardada y encantadora a los ojos de Héctor, que no paraba de hacer fotos a todo tipo de fuentes y monumentos. A pesar del frío que los asolaba ese día, algunas parejas remaban en el gran estanque del Retiro. Héctor se fijó en el embarcadero que alquilaba las barcas y la fila de personas había en él para poder subirse en una. Algunas personas incluso remaban con guantes y bufandas.

«¿A qué loco se le ocurre remar con este frío?», se preguntó.

En medio del estanque, un gran espacio arquitectónico con una columnata rodeaba la figura ecuestre dedicada al rey Alfonso XII. Una escalinata adornada con leones y alegorías de bronce bajaba hasta el agua.

Dio una vuelta al parque, deseando poder compartir con Natalia todo su esplendor, y para cuando se dio cuenta, eran casi las tres de la tarde y tenía que irse a comer. Pero antes, quería pasar a ver una última cosa, y caminó hasta dar con ella.

La Casa de cristal, que había sido construida con la idea de un invernadero, brillaba a la luz del sol. La cúpula acristalada llamó la atención de Héctor, que observaba, fascinado, tamaña obra de arte.

Siendo consciente de que el tiempo corría, el joven salió del parque a toda prisa. Quería comer pronto y entrar en el museo del Prado. Lidia le había aconsejado que entrara antes de las seis, cuando había menos gente. También le había avisado que era un museo enorme, y le llevaría un buen rato verlo entero.

Debía apresurarse. Quería llegar al hotel antes de que anocheciera y los grados bajasen en picado. No podría soportar otra noche como la anterior, en la que su cuerpo se había convertido en un cubo de hielo andante.

4

Héctor caminaba junto a Lidia algo acelerado por el pasillo que los llevaría hasta el despacho del director de la editorial Atenea. Tenía el corazón a mil por hora y esta vez sí podía decir que estaba hecho un flan. Lidia comprendía cómo se sentía. Por sus manos habían pasado varios escritores nóveles que empezaban su carrera literaria publicando para Atenea. Unos pocos iban tranquilos, pero la gran mayoría temblaban de la emoción. Héctor no temblaba, pero sus ojos denotaban impaciencia por firmar aquellos contratos.

¿Nervioso?

No, para nada —mintió.

No te vayas a asustar con el director. Es un coronel retirado y un poco serio, pero es buena persona.

No te preocupes.

Llegaron a una puerta de roble y Lidia llamó un par de veces.

Adelante —dijo una voz ronca desde dentro.

La editora abrió la puerta entonces y dejó que Héctor pasara.

Javier, le traigo a Héctor Ignacio García, ¿recuerda? El escritor cancunense.

El director ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba revisando. Su escritorio era un verdadero caos de libros y papeleo. Parecía un hombre muy ocupado.

Sí, sí, adelante.

Lidia le indicó a Héctor que se sentara, pero sus modales estaban por encima de cualquier cosa, y, arriesgándose a perder la mano derecha, la alargó hasta ponerla enfrente del coronel retirado, que por fin centró su vista en el joven escritor.

Soy Héctor García, señor. Es un placer conocerle.

El director dejó los papeles encima de la mesa y, sin levantarse, se la estrechó con firmeza.

Javier Sánchez, muchacho. Siéntate. Ahora vemos lo de tus contratos.

Héctor por fin tomó asiento y esperó a que el señor Sánchez terminara de hacer lo que quisiera que estuviera haciendo. No paraba de leer distintos papeles y hacer anotaciones en los mismos. Recogía algunos y sacaba otros, y de nuevo el mismo procedimiento. Al fin, abrió un cajón de su escritorio y sacó una carpeta que contenía los documentos que Héctor tendría que firmar.

Aquí tienes. Si está todo conforme, solo tienes que firmas aquí, aquí y aquí —le señaló, y le prestó su pluma.

Héctor le echó una ojeada a los documentos, examinando que todo estuviese en orden, y sin pensarlo dos veces, plantó su firma en los lugares en los que Javier Sánchez se lo había indicado, asegurándose así de dar comienzo a su sueño literario.

5

Héctor llegó al hotel, agotado. Había sido un día de no parar. Por la mañana, había visitado el Palacio Real y los jardines de Sabatini. Y por la tarde, después de comer algo y dar una vuelta por Madrid, se había encontrado casualmente con una exposición temporal de Da Vinci. Dejó todas sus cosas encima de la mesa, se desnudó y se metió en la ducha. Abrió el grifo del agua caliente. Sentía el cuerpo entumecido por la humedad que caía al llegar la noche. Por más que intentaba regresar antes de que se pusiera el sol, se entretenía demasiado por las calles de Madrid, y para cuando se daba cuenta, el cielo se había cubierto con su manto oscuro.

Encendió la televisión y el ordenador portátil que se había llevado para mantener el contacto con su familia sin gastar un peso en llamadas. Como esperaba, Natalia aguardaba por él en el Messenger.

Hola, preciosa.

¡Hola! ¿Ya estás en el hotel?

Sí, compré unas galletas y batido de chocolate para cenar acá.

¿Esa es tu cena? ¡Tienes que comer bien!

Héctor abrió la botella y bebió directamente de ella.

Tranquila. Solo esta vez. ¿Sabes con lo que me encontré hoy? ¡Con una exposición de Leonardo Da Vinci!

¡¿Qué?! ¡No puede ser!

Sí, una exposición temporal. Creo que la quitan mañana. Tuve un buen de suerte.

O sea, que ayer fuiste al Retiro y al Prado, y hoy te has encontrado con una exposición de Da Vinci, ¿y todavía pretendes que no te odie?

También fui a los Palacios Reales esta mañana —le confesó con la única intención de fastidiarla.

¡Te odio! —escribió ella.

Héctor comenzó a reír.

No te enfades, pequeña. Algún día los veremos juntos.

Más te vale…

Cuéntame: ¿cómo fueron estos días? —preguntó Héctor—. No hago más que hablar sobre Madrid y todo lo que hago, pero tú apenas me cuentas nada. ¿Qué tal en la Universidad? ¿Todo bien?

Parecía que le había leído la mente. Después de la vergüenza que había pasado el día anterior, había estado tentada de no aparecer por clase tampoco ese día. Pero, qué demonios, se dijo. Había sido culpa de Natanael, no suya. No tenía de qué avergonzarse. No había sido ella quien se había llevado la bofetada.

Se preguntó si debía contárselo a Héctor.

Podría haber ido mejor —reconoció.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Tuve un problema con un «amigo».

¿Por qué entre comillas? —preguntó.

Ya no estoy segura de que sea mi amigo —explicó, sintiendo que su ánimo decaía con cada palabra.

En su habitación, Natanael tocaba con la guitarra la melodía más triste que había escuchado nunca, y no pudo evitar preguntarse si iría dirigida a ella. Últimamente ensayaba demasiado con la guitarra. Todas las tardes, después de comer, iba al gimnasio —a veces se quedaba en casa haciendo pesas—, y después de darse una buena ducha, cogía la guitarra y deslizaba los dedos por sus cuerdas. Pero de ellas siempre salían notas melancólicas.

¿Me puedes contar?

Natalia le explicó todo lo ocurrido el día anterior y por qué había empezado aquella discusión que había terminado en una bofetada con la mano abierta en la cara de Natanael.

Está celoso ese idiota —sentenció Héctor.

¿Celoso? No, no lo creo.

Pero Héctor sí lo creía. Sabía cómo eran los hombres a esa edad —¡él había pasado por ella!—, y ese tipo de palabras con las que el tal Natanael había intentado dañar a Natalia solo venían dadas por un sentimiento: el despecho.

Ni al caso, mi amor. Si te trata así, realmente no es tu amigo.

Natalia se puso los auriculares para no oír las notas de guitarra que llegaban hasta su habitación. Quería cambiar de tema cuanto antes. Perder a un amigo o darse cuenta de que nunca lo había sido no era fácil. Y menos para ella, que ya había perdido tantos por el camino.

Bueno, y ¿mañana qué piensas hacer?

Héctor lo meditó un momento. Sabía que Natalia estaba intentando zanjar aquella conversación, y no la culpaba. Debía ser muy duro para ella.

Es mi último día acá. La verdad es que no lo sé. Mi editora me dijo que me tenía una sorpresa, pero no será hasta la noche. Así que veré qué puedo ver por la mañana.

¿Una sorpresa? ¿Qué será?

No lo sé, pero estoy impaciente por saber.

6

América terminó de estudiar más tarde ese día. Derecho financiero no era una de las asignaturas que mejor se le daba. De hecho, ninguna se le daba bien. La carrera en sí era aburrida y difícil. No podía decir que le gustara, pero sus padres habían querido que fuera abogada. Además, desde hacía rato, le había estado dando vueltas a un asunto que la comía por dentro. Ahora la cuestión era: ¿debía intervenir o sería pasarse de la raya? Aunque, por otra parte, ¿qué sabía ella de límites?

Cogió el pijama y se dirigió al baño. Lo pensaría detenidamente en la ducha. Se desnudó frente al espejo, deshizo la coleta de su pelo y dejó las gafas de vista sobre el lavamanos. Lo que vio, para variar, no le gustó nada. Nunca le había agradado su apariencia. Tenía el pelo estropajoso y ondulado, sus ojos solían ocultarse detrás de esas horribles gafas, su sonrisa no sería perfecta hasta que no le quitaran los brackets. Bajó la mirada a su cuerpo. Casi no tenía pecho y era demasiado delgada. Lo único que le gustaba eran sus manos, alargadas y femeninas. Apretó los puños y se sumergió en el abundante chorro de agua caliente que brotaba de la alcachofa. Esa era una de las razones por las que siempre la había envidiado. Ella, con sus rizos castaños, sus ojos grandes y su sonrisa perfecta… Y su talla cien de sujetador, que con cualquier escote captaba la mirada de todos los hombres.

Aún recordaba cuando el chico que le gustaba en la Universidad le había preguntado por «su mejor amiga» y le había pedido que se la presentara. Obviamente, había buscado una excusa para no hacerlo. Para empeorar la situación, Natalia siempre había sacado mejores notas que ella. Había ido directamente a la prueba de acceso a la Universidad nada más acabar el Instituto. Ella, sin embargo, había tenido que hacerla en septiembre porque había cateado tres asignaturas.

Golpeó con una mano la pared de la ducha. ¿Por qué? ¿Por qué era tan perfecta? Y ¿por qué tenía siempre tanta suerte? Sin siquiera buscarlo, había encontrado a un chico que la había llenado de regalos y la consentía: David. Pero no había sido suficiente y lo había dejado por alguien que la hacía feliz, un tipo que vivía a miles de kilómetros y que le sacaba once años. ¡Estaba completamente loca!

¿Y qué había conseguido ella? Un fracaso tras otro en cada relación que mantenía. Por más que buscaba y buscaba, no había un solo hombre que supiera complacerla.

¡América, llevas una hora ahí dentro! Date prisa —exclamó su madre desde fuera del cuarto de baño.

¡Ya voy!

Cerró el grifo y salió de la tina. Se enrolló una toalla en el pelo, otra en el cuerpo, y caminó hasta su habitación con su decisión tomada. Cogió el móvil y escribió un mensaje a toda velocidad. Buscó en la lista de contactos y pulsó enviar. Con una sonrisa, regresó al baño para cambiarse y secarse el pelo enmarañado. Solo quedaba esperar.

7

Héctor salió del metro en la parada llamada Ópera. Ataviado con una camisa verde y una chaqueta que le resguardaba del frío, subió las escaleras que le llevarían hasta la salida, donde se encontraría con Lidia. La joven editora cubría su pequeño cuerpo con un abrigo de color beis que le llegaba hasta las rodillas. Cuando vio a Héctor, lo saludó con la mano y le dio dos besos.

¿Mucho frío? —le preguntó.

Solo tantito —respondió, aunque realmente se estaba helando.

Vamos, nos están esperando.

Héctor prefirió no preguntar adónde iban ni quiénes les esperaban. Quería que fuera una sorpresa, como todo lo que había visto en esa increíble ciudad.

Caminaron durante un par de minutos. Había supuesto que andarían más, y por eso se extrañó cuando vio en una calle el letrero que anunciaba: «Espacio cultural Atenea».

El espacio cultural Atenea estaba equipado con una pequeña barra para todo aquel que quisiera beber algo mientras se deleitaba con los encuentros y reuniones literarias que allí se celebraban. Unos cuantos escalones llevaban a la sala principal: una estancia alargada, cuyas paredes pintadas de gris acogían numerosos cuadros psicodélicos y réplicas en miniatura de la Venus de Milo. El lugar estaba repleto de sofás de color negro y mesas pequeñas. Sobre sus cabezas, resaltaba un gran manto rojo que cubría todo el techo. Héctor se percató de que la sala estaba llena de gente. En la barra, cuatro personas bebían tranquilamente sus respectivas cervezas. Lidia se acercó y los saludó a todos. Después, le hizo un gesto a Héctor para que se acercara.

Ven, que te presento.

El primer hombre tenía cara de bonachón, con las mejillas coloradas y una espesa barba. Era algo corpulento, y vestía con una chaqueta hecha a medida.

Este es otro de nuestros escritores y profesor de filosofía en la Universidad —explicó Lidia.

El hombre apretó con firmeza la mano de Héctor.

Ya a cualquiera le dejan impartir clases, ¿eh? —bromeó el hombre, y soltó una carcajada—. Soy Luis Jaén.

El segundo hombre era más delgado, tenía el pelo más corto e iba bien afeitado. Vestía con una camisa de rayas y detrás de sus gafas se vislumbraba una mirada inteligente. No hizo falta que Lidia lo presentara, pues él solo se adelantó un par de pasos y le ofreció su mano.

Fernando Gómez. Un placer conocerte.

Fernando es filólogo hispánico y también ha publicado libros con nosotros —explicó Lidia.

Lidia presentó, entonces, a la única mujer del grupo: una chica rubia, algo más seria que los señores, y vestida bastante más informal.

Ella es Deyanire Polo, de la revista La tinta madrileña.

Hola.

Deyanire dio dos besos a Héctor con una sonrisa.

Por último, dio un paso al frente un hombre elegantemente vestido con un traje marrón y un sombrero del mismo color. Su edad, algo más avanzada que la de los demás, se adivinaba por su pelo blanco y sus ojos que destilaban sabiduría.

Y este hombre es Hugo Ramírez, un crítico de arte reconocido en toda Europa.

Es un placer, señor —dijo Héctor, alcanzándole la mano.

El hombre le sonrió y la tomó, encantado.

El gusto es todo mío, joven. Lidia nos ha hablado mucho de ti. Enhorabuena por tu próxima publicación. Espero que tu estancia en Madrid esté siendo de tu agrado.

Por supuesto. Su ciudad está muy bonita.

Me alegra oír eso.

Bueno, ¿vamos empezando? —preguntó Luis Jaén, frotándose las manos.

El grupo de intelectuales entró en la sala llena de gente. En medio de la misma se había colocado una mesa de mayor altura que las demás con tres sillas. Luis Jaén y Fernando Gómez se sentaron en dos de ellas e indicaron a Héctor que tomara asiento en la restante. Lidia, Deyanire Polo y Hugo Ramírez escogieron un sitio en un sofá cercano. En unos segundos, la gente había callado y daba comienzo el evento.

Buenas noches —daba la bienvenida Luis a todos los que allí se encontraban—. Gracias a todos por asistir. Soy Luis Jaén, este hombre de mi derecha es Fernando Gómez, y tenemos el honor de presentarles a un escritor procedente de Cancún. Próximamente la editorial Atenea publicará su libro: El corazón de Yucatán. Su nombre es Héctor Ignacio García.

Los asistentes prorrumpieron en aplausos que acallaron en cuanto Fernando Gómez anunció que darían comienzo a las actividades programadas para esa noche. Deyanire Polo se incorporó en su asiento, sacó unos papeles de su bolso y se aclaró la garganta, para después leer en voz alta:

«Hay historias que deben ser contadas. Historias que alguna vez tuvieron lugar y que pueden ser creídas o no. Lo que voy a contar ocurrió de verdad, no son leyendas ni imaginaciones mías. Algunas personas verán verdad en mis palabras; a otras, les valdrá madres. Pero esta es mi historia, y necesitaba contarla

Héctor se preguntaba de qué le sonaba aquello que estaba leyendo Deyanire cuando una imagen se le vino a la mente: él, delante del ordenador, escribiendo ese párrafo hacía ya algunos años. ¡Era el prólogo de su libro lo que estaba leyendo!

Una lagrimilla traviesa se escapó de su ojo derecho, pero antes de que alguien pudiera verla, la secó con su mano disimuladamente.

El evento continuó y se alargó hasta altas horas de la noche. El tiempo pasó volando sin que Héctor se diera cuenta. Definitivamente, ese era su mundo, donde más a gusto se sentía. Y su futuro literario empezaba a vislumbrarse brillante nada más empezar.

8

¿Qué, nerviosa?

¡Atacada!

Carmen rio. Había llegado la antesala de la cita de su mejor amiga con el chico que había conocido por Internet. Debía estar caminando de un lado para otro en su habitación, deseando que llegase el día siguiente.

¿A qué hora llega?

A las 12.30. Y se va el domingo a las 16.40 o por ahí. No recuerdo bien la hora.

Natalia se tumbó en la cama con el teléfono inalámbrico pegado a la oreja. Llevaban más de media hora hablando. Gema y Miriam siempre se quejaban de la duración de las llamadas de su compañera de piso. Cuando su mejor amiga se encontraba al otro lado de la línea, no había quien la separara del teléfono. Si querían hablar con algún familiar o llamar a un restaurante de comida rápida, tenían que esperar un buen rato.

Entonces supongo que no volverás a San Fernando este fin de semana.

No, no merece la pena. Todo lo que quiero enseñarle está en Cádiz. Me quedo aquí y ya nos vemos el fin de semana que viene.

¡Sí! Que me tendrás que contar.

Y enseñarte fotos. Si quieres podemos montar una merendola en mi casa. Hacemos tortitas, compramos batido y después de que te enseñe y te cuente, podemos ver una película.

¡Hecho! Y, ¿piensas invitar a América?

No —se negó rotundamente—. No estoy dispuesta a que siga criticando a Héctor y poniendo malas caras. Para eso, que se quede en su casa.

Carmen lo meditó unos segundos.

Yo creo que lo que le pasa es que te tiene envidia.

¿Envidia? —soltó, indignada—. ¿De qué?

De que eres feliz. ¿No te has dado cuenta de que siempre quiere ser el centro de atención? Es como si la felicidad de los demás le jodiera. Me he estado fijando durante todo este tiempo, y América es muy envidiosa. Solo hay que ver lo que hizo el otro día, en el pub.

¡Dios…! ¡Me dieron unas ganas de pegarle una hostia…!

Lo hizo solo para fastidiarte. Pero le salió el tiro por la culata y a final acabaste siendo tú la protagonista de la noche. Por eso se quedó callada el resto del tiempo que estuvimos allí.

Sí, puede ser.

Ambas permanecieron calladas y pensativas, intentando asimilar que alguien que decía ser su amiga pudiera ser tan rastrera.

Por cierto, ¿qué pasó al final con Natanael?

Natalia suspiró, hastiada. Ese era otro tema del que preocuparse.

Nada. No me dirige la palabra desde que le pegué el bofetón.

Se lo merecía.

Lo sé. Y hasta que no se acerque a pedirme disculpas, yo no se las pediré a él.

Pero, tú sabes por qué se comporta así, ¿no?

Natalia frunció el ceño, confundida, y se incorporó en la cama, como si así pudiese prestar más atención al tema.

Pues no. ¿Cuál es tu teoría?

Pues ¡que está loco por ti, claro!

La chica estuvo a punto de echarse a reír. ¿Natanael enamorado de ella? Imposible.

¡Anda ya! No bromees.

No lo hago. Piensa que los celos son muy poderosos. Hacen que la gente haga cosas que normalmente no haría.

¿Y por qué no me lo ha dicho en vez de comportarse como un crío?

Carmen se encogió de hombros inconscientemente.

Hombres…

Natalia empezó a preocuparse. ¿Y si lo que decía Carmen resultaba ser cierto? Ella tenía una intuición para ese tipo de cosas y no solía equivocarse. Natalia y ella solían bromear sobre sus poderes de adivinación.

¡Natalia, necesitamos el teléfono! —gritó Gema, aporreando su puerta repetidas veces.

¡Voy! —contestó a voz de grito—. No sé si lo has oído, pero tengo que colgar.

Sí, lo he oído —rio Carmen—. Bueno, pues nos vemos el sábado que viene. ¡Suerte mañana!

Gracias. ¡Hasta el sábado!

¡Adiós!

Natalia colgó, soltó el aparato sobre la cama y se dejó caer en el colchón, sintiéndose repentinamente más cansada. ¿Sería verdad la envidia de América y los celos de Natanael? Tenía que ser cuidadosa y fijarse bien en el comportamiento de ambos. Ya demasiadas veces le habían asestado puñaladas por la espalda. No quería que volviera a suceder.

Haciendo un gran esfuerzo, se levantó de su cama y llevó el teléfono al salón. Miriam y Gema ni siquiera se dieron cuenta de su presencia, pues se encontraban inmersas en un videojuego de batalla de la PlayStation 2. En la pantalla, una chica de largas coletas negras vestida con un kimono rojo lanzaba patadas altas a un gorila con pantalones y mal aspecto. Gema pulsaba los botones del mando con rapidez y fuerza; Miriam parecía algo más relajada, pero igualmente concentrada en la lucha.

¡Venga, venga! —gritaba Gema.

Te está costando, ¿eh, cariño?

La chica de coletas saltó sobre el gorila, haciéndole una llave y el animal cayó derrotado. En la pantalla aparecieron las letras «K.O.». Game over.

¡Noooo!

Miriam rio. Gema soltó el mando y se cruzó de brazos, enfurruñada. Miriam se acercó y le dio un beso en la mejilla para consolarla.

Buena partida —comentó Natalia.

Por fin, las dos alzaron la vista hasta ella. La chica, apoyada en el marco de la puerta, les mostró el teléfono.

¿No lo necesitabais?

Sí, vamos a pedir comida china —preguntó Miriam—. ¿Te apetece?

Pedidme arroz tres delicias —contestó como toda respuesta, y les lanzó el teléfono.

Miriam lo atrapó al vuelo. Cogió el folleto del restaurante chino y marcó el número. Gema le mostró el mando a Natalia.

¿Quieres jugar?

No, gracias. Otro día. Tengo que ducharme.

Todavía no nos has contado por qué te has quedado este fin de semana.

Miriam colgó el teléfono.

Está comunicando—explicó, y fijó su atención en Natalia—. Bueno, cuéntanos.

He dicho que tengo que ducharme —se excusó, sonriendo—. Otro día.

«Otro día, otro día». Pareces un loro. ¿No sabes decir otra cosa? —se quejó Gema.

En serio. Hoy tengo que acostarme temprano.

Está bien. Pero mañana no te libras.

«Creo que sí me libraré», pensó Natalia, pensando en su temprana hora de salida y su regreso a las tantas de la mañana.

Se dio la vuelta y estuvo a punto de chocar con Natanael.

¿Me dejas pasar? —fueron las primeras palabras que le dedicó en días.

Iba sin camiseta, sudoroso, mostrando su atlético abdomen. El flequillo ocultaba parte de sus ojos azules. Debía de haber estado entrenando en su habitación, lo que era raro, pues solía hacer su ejercicio diario por las tardes en el gimnasio. Por las noches prefería tocar la guitarra. Pero esa noche no había escuchado una sola nota.

Pensó en lo que le había comentado un día: que cuando se sentía nervioso o agobiado por algo, se ponía a hacer ejercicio compulsivamente. ¿Tendría algo que ver?

Claro —contestó ella, cortante, y se hizo a un lado.

Natanael pasó sin decir una palabra más y se dirigió a la cocina. Natalia caminó hacia el baño. Era la primera vez que veía a Natanael con el torso desnudo. Por muy sudado que se encontrara, siempre salía de su habitación con una camiseta. Empezaba a preguntarse si lo habría hecho adrede. Las palabras de Carmen se repitieron en su cabeza: «Los celos son poderosos. Hacen que la gente haga cosas que normalmente no harían.»

Antes de entrar en el baño, volvió a revisar el Messenger, pero allí no había nadie. Héctor no se había conectado en todo el día. Preocupada, le envió un mensaje al móvil:

«Sé que no debería, pero tengo miedo a que mañana no aparezcas. Te estaré esperando a las 12.30 en la estación. Por favor, ve.»