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Las almas de los libros

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Libro-y-Mariposas

La última gota de lluvia tocó el suelo mientras se detenía frente a la Facultad. Apartó el paraguas para comprobar con la mano que podía cerrarlo. Miró al cielo por encima de sus gafas, empañadas por el vaho fantasmal del aguacero. El viento con olor a sal desplazaba las nubes lentamente a la vez que le acariciaba la piel. Se giró entonces hacia la fachada del gran edificio, preguntándose qué secretos encerraban esas viejas paredes de piedra que como murallas de un mundo utópico y desconocido, se alzaban hacia el cielo grisáceo de aquel viernes.

Empuñando el paraguas como un caballero lo haría con su espada, cogió aire y tragó saliva antes de acercarse a las puertas automáticas. Tímida y silenciosa, al fin traspasó la entrada. Agachó la cabeza para evitar la mirada que se escondía detrás de las gafas de gruesos cristales del conserje, apostado como aplicado vigía de un faro viejo. Miró el umbral de la facultad de Filosofía y Letras y sintió un cosquilleo en el estómago. A veces lograba sonsacarle información a sus primos y le contaban anécdotas de aquel lugar. Hablaban de horarios extraños, de clases que superaban en mucho el número de alumnos de las aulas del instituto; de profesores eruditos en las materias que impartían; del delicioso olor que cada día salía de la cafetería a la hora de comer; pero, sobre todo, de que prácticamente te convertías en un adulto, uno que decidía por voluntad propia qué hacer con su carrera y cómo encaminar su vida. Tenía que comprobar con sus propios ojos si todo aquello era verdad.

Frente a sí vio una cristalera que rodeaba un gran espacio donde jóvenes de diferentes edades charlaban entre risas y apuntes que sujetaban entre sus manos. Sus pasos la llevaron por el pasillo de la derecha mientras sus dedos tocaban el cristal frío y empañado que traía a su mente la imagen de una pecera gigante. A unos metros, había otro patio de dimensiones parecidas al anterior, donde algunas personas aprovechaban la tregua que les daba la lluvia para tomar un café al aire libre y descansar de las clases. Recorrió la cafetería sin mucho entusiasmo; sin duda el olor era delicioso, pero tenía el estómago cerrado. En la copistería, los estudiantes se agolpaban entre los constantes ruidos de las impresoras para conseguir sus apuntes. Pasó también por los despachos de los profesores, observando atentamente cómo funcionaba aquella institución que solo conocía a través de sus primos.

Se remangó la sudadera, y recogiéndose el pelo en un moño desordenado, continuó investigando, recopilando información y atesorándola en su cabeza. Desde muy pequeña, todos habían notado que había algo diferente en ella. No se relacionaba con los demás niños. Siempre estaba sola y callada. Al principio, sus padres pensaron que era un problema de timidez, incluso de autismo, pero había algo más. Cada vez que alguien se le acercaba, la niña clavaba sus ojos en aquella persona, ya fuera conocida o ajena, y parecía ver en su interior, una suerte de curiosidad psíquica. «Es difícil de explicar», decían las personas que lograron percibir aquello. «Como si con solo mirarme, pudiera saber más cosas de mí que yo mismo. Da escalofríos».

La psicóloga calmó los misterios avivados por comentarios de ficción. Lo había llamado de varias formas: empatía, alto nivel de observación…, pero desde luego, había dejado claro que todo aquello no era demasiado usual en una niña tan pequeña. Y esa niña, a pesar de conocer tan bien el mundo que la rodeaba y las personas que en él vivían con solo una mirada, no era capaz de dejar que los demás vieran en su interior. Era un libro cerrado con candado al que solo se le puede ver la tapa, pues sus hojas contenían pasajes que ni la misma psicóloga pudo llegar a leer. Nadie sabía lo que pasaba por la mente de la pequeña.

Con los años, había aprendido a ser algo más sociable, acercarse a los demás y hablar aunque no quisiera, pero sobre todo, a no mirar con esa intensidad que asustaba a todo aquel que se le acercaba. Aprendió a esconder sus pensamientos y adaptarse a lo que los seres humanos llaman grupos sociales. En definitiva, a parecer una chica normal.

Al subir las escaleras, la atrajo una de las aulas con más capacidad. Echó un ojo y consideró que era un aula demasiado grande para el escaso número de personas que albergaba. Los pocos estudiantes reunidos allí charlaban animadamente por grupos; algunos leían o chequeaban el móvil con una tranquilidad que la sorprendió. Lo que le habían dicho sus primos era cierto. El profesor todavía no había llegado y una idea la sedujo, como si fuese a hacer alguna travesura.

El cosquilleo en el estómago regresó con fuerza, y en un impulso, giró el picaporte. Abrió la puerta y entró aparentando naturalidad y apretando su mochila con fuerza. Los chicos se volvieron hacia ella un momento, pero casi de inmediato retomaron su charla. Con la cabeza gacha y sudando frío, logró colarse hasta las últimas filas, y tomó asiento en una de las mesas, largas y diferentes a las que ella había visto. Cuando vio que no habían reparado en ella, se sintió más tranquila. Sacó un cuaderno para pasar desapercibida y recorrió con la mirada el salón blanco, la gran pizarra y las otras mesas dispuestas en largas filas.

Minutos más tarde entró el profesor. Era un hombre alto y delgado, de tez pálida y abundantes canas matizándole las sienes en un corte de pelo al ras. Llevaba un traje de chaqueta gris impecablemente planchado y una sonrisa que resultaba contagiosa. Con postura correcta y un vocabulario tan pedante que resultaba divertido y tranquilizador, empezó a impartir la clase de Literatura. Increíblemente, la lección se tornaba divertida, y podía seguirla casi sin problema: el maestro explicaba, jugaba con las palabras y componía chistes que solo a ella hicieron reír. Trataba de aprenderse sus movimientos, como si el viejo maestro fuese un director de orquesta: escribía en la pizarra, buscaba textos en un libro lleno de anotaciones, se ajustaba las gafas, jugaba con los botones de su chaqueta, comprobaba la hora y repetía una frase que se le quedó grabada en la memoria: “el tiempo es el mayor tirano”. Una vez acabada la clase, se escabulló entre las filas y alcanzó la puerta con el mismo sigilo con el que había entrado. Antes de que girara el pomo, la voz del profesor la detuvo. Sintió que el estómago le daba un vuelco.

Buen fin de semana.

Ella se volvió, y descubrió que el profesor la miraba tras las gafas con el mismo aire divertido que le había visto en la clase. Forzando una mueca, no consiguió articular la sonrisa.

Buen fin de semana, profesor –contestó.

Y salió con el corazón retumbándole en el pecho.

Tras aquel susto, terminó sentándose junto a la cristalera del primer piso. Se sentía repentinamente decaída. La gente pasaba a su lado sin siquiera mirarla, y eso estaba bien para ella. La invisibilidad era un don que no poseía, pero el hecho de que lo pareciera la tranquilizaba. Los estudiantes iban y venían, hacían y deshacían a su antojo. Estuvo observándolos un buen rato, escuchando sus conversaciones como haría una espía o una maruja entrometida. Algunos iban a las clases, otros preferían pasar las horas en el patio. Entraban y salían de las aulas con pasos diferentes, se tomaban una napolitana de jamón y queso en la cafetería, sacaban algunos apuntes, estudiaban en la biblioteca. Encontraba, extasiada, que aquello en verdad era como entrar en una ciudad en miniatura, un universo que transformaba a los niños en hombres y mujeres pensantes.

El cielo se tornó gris una vez más. Comprobó su reloj de muñeca y descubrió que la manecilla del segundero agonizaba en estertores repetitivos. De hecho, marcaba la hora en que creía haber entrado a la facultad. Seguramente le había entrado el agua de lluvia. Otro reloj a la basura.

Se quitó las gafas para frotarse los ojos con fuerza. La cabeza le dolía. Descubrir y procesar todas aquellas maravillas de la Facultad de Filosofía y Letras sobrecargaba su cerebro y la agotaba. Respiró hondo y esperó a que los alumnos se metieran en las aulas, y los pasillos estuvieran vacíos para ponerse en pie. Bajó las escaleras dispuesta a marcharse.

Clac, clac, clac…

Se dio la vuelta, sorprendida. Buscó a su alrededor, pero allí no había nada ni nadie. ¿Esos habían sido… los cascos de un caballo? Cerró los ojos y aguzó el oído, pero esta vez, detrás de las voces de los estudiantes, de forma lejana, no escuchó el tranquilo caminar de un caballo, sino el filo de dos espadas al chocar. Y mucha, mucha gente hablando. Siguió aquella mezcla de sonidos y voces hasta una puerta de madera que guardaba la biblioteca. Música, risas. Entró en silencio y se quedó frente a la recepción, buscando la fuente de tanto ruido. Ecos, grillos, pájaros que trinaban. Los estudiantes que allí se encontraban guardaban un respetuoso silencio. Y aun así, ella seguía oyendo todo aquel barullo.

Alguien se aclaró la garganta.

¿Puedo ayudarte en algo? –le preguntó la bibliotecaria, una señora de mediana edad que tecleaba Dios sabía qué cosas en un ordenador y de vez en cuando se levantaba para dejar un libro en alguna estantería.

No, no gracias.

Decidió adentrarse en la estancia. Su oído parecía engañarla. No dejaba de oír sonidos que venían de todas partes y de ninguna a la vez. Emanaban de las paredes, de las estanterías y de los libros, pero nadie parecía oírlo además de ella. Una puerta la llevó a un gran patio interior inundado de una luminosidad inusitada en la biblioteca. En las mesas distribuidas por todo el lugar, algunas personas se daban el lujo de charlar en voz baja, pero nada fuera de lo normal. Alzó la vista hacia arriba, examinó los arcos y las pilastras, los dos pisos que se alzaban por encima de aquel, y el techo que a esa altura parecía inalcanzable, como un cielo artificial creado expresamente para ese museo de libros.

¿Le importaría dejarme pasar, bella dama?

«¿Bella dama?», pensó.

Se hizo a un lado por inercia. Un joven con sombrero de plumas, capa y espada pasó a su lado haciendo una ligera reverencia. Abrió la boca, atónita, pero lo que más la sorprendió no fue su peculiar atuendo, sino el hecho de que su cuerpo fuera traslúcido como si se tratara de una fina tela, de efímero humo, de una cortina de agua. Con unos elegantes andares que evocaban otra época, se acercó a tres hombres que llevaban el mismo uniforme, y desenvainando sus espadas, las juntaron en un mismo punto para gritar al unísono de forma solemne:

«¡Todos para uno y uno para todos!»

Clac, clac, clac

Otra vez las pisadas del caballo. Un hombre mayor y escuálido, subido en un jamelgo más deteriorado que él, vestía una armadura ajada y sostenía una lanza en la mano derecha y un escudo en la izquierda. Lo seguía de cerca un hombre bonachón y orondo en un burro que a duras penas podía soportar su enorme peso.

Ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubre una gran serpiente con la que pienso hacer batalla, y quitarle la vida; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra –anunció el caballero de la triste figura.

Mire vuestra merced, que aquello no es una serpiente sino una columna de piedra–respondió el bueno de Sancho Panza con la infinita paciencia que le caracterizaba.

El caballero refunfuñó, seguramente pensando que su escudero debía estar loco o cegato. Se colocó en posición, agarrando con firmeza su arma.

Si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con

ella en fiera y desigual batalla –añadió antes de lanzarse con su fiel Rocinante a combatir a la malvada criatura que solo se encontraba en su atolondrada imaginación.

Sancho negó con la cabeza y cerró los ojos para no ver cómo su amo se daba de bruces contra la dura piedra. Un niño de mirada sumamente avispada, vistiendo ropajes andrajosos y con pies descalzos, aprovechó que el escudero se encontraba distraído con las locuras de su señor para quitarle de la bolsa un trozo de pan que reservaba celosamente para la hora del almuerzo. Al intentar huir, chocó contra un conejo blanco que miraba de manera ansiosa un reloj de bolsillo que sacaba una y otra vez de su chaqueta. El niño recogió el trozo de pan, le sacó la lengua al conejo y salió corriendo antes de que Sancho se diera cuenta de que le había robado. El conejo, por su parte, salió pegando saltos, demasiado preocupado por lo tarde que se le había hecho como para responder a la insolencia de aquel mocoso.

Por donde miraba, los personajes de libros que había leído y de otros tantos que no conocía, inundaban la sala. El rey Arturo celebraba una reunión con sus caballeros en una de las mesas redondas más grandes de la sala. Unas oscuras golondrinas pasaron por delante de ella, buscando en su mágico vuelo el lugar adecuado donde colgar sus nidos. Del sótano, apareció un grupo de romanos que, dirigidos por un altivo Julio César, se disponían a conquistar la silenciosa biblioteca con tácticas que solo ellos conocían.

«Alea iacta est.»

Alzó la vista hacia uno de los balcones que daban a las aulas de la parte nueva de la Universidad. Allí vio a una hermosa joven –demasiado joven, quizás– que se inclinaba en la barandilla, desde la que podía ver a su amado en el piso de abajo.

¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? ¡Renuncia a tu padre, abjura tu nombre!; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso de ser una Capuleto.

Romeo, un joven apuesto con expresión atontada y mirada brillante y febril, esperaba en la zona de las aulas. Alzaba sus manos como si quisiera alcanzar a Julieta, y a la vez se arrodillaba para mostrar la devoción que sentía hacia la mujer de sus sueños.

¡Mi amor, llámame tan sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo, ángel resplandeciente! –respondía apasionadamente–. De aquí en adelante no seré más Romeo.

Cuatro mujercitas de distintas edades jugaban teatralmente entre risas. Una de ellas dejó el libro que llevaba en la mano en una de las mesas y corrió detrás de la más pequeña de las hermanas. Vio piratas en busca de tesoros escondidos, princesas de largos cabellos, animales con el don del habla, criaturas mitológicas y héroes de leyenda. Le extrañó ser la única que podía verlos y oírlos. Se preguntó si acaso había empezado a perder la cordura.

Un hombre mayor que ella, bien vestido y de exquisitos modales, la tomó de la mano y mirándola a los ojos le recitó un conocido verso, ante el cual no pudo más que callar y aguantar la risa.

¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?

Emm…

Don Juan parpadeó un par de veces y la observó con detenimiento. Al ver que se había quedado muda y que sus mejillas enrojecían con cada segundo que pasaba, le soltó la mano y dio un paso atrás.

Vos no sois doña Inés –sentenció.

Ella lo corroboró negando con la cabeza a la vez que se tapaba la boca con la mano para que no la viera sonreír.

Oh, disculpadme, mi señora –le pidió antes de marcharse a buscar a la verdadera doña Inés.

No pudo aguantar la risa dada la disparatada situación en la que se había visto envuelta, rodeada de personajes del maravilloso mundo de algún escritor, llegando a ser incluso cortejada por uno de ellos. La gente la miró. Se dio cuenta de que estaba riéndose de algo que los demás no podían apreciar. ¿Es que ella sentía la magia, sabía dónde encontrarla? Lo cierto era que allí brotaba como una fuente inagotable: de cada rincón, de cada libro, de cada página nueva o deteriorada por el tiempo, y se alzaba hasta llenar el lugar con imágenes construidas de las palabras, personajes que surgían de las nieblas del tiempo, atrapados inevitablemente dentro de sus historias.

Fascinante, ¿no es así?

El profesor en cuya clase se había colado sin permiso se había parado a su lado. Una mano sujetando un par de libros; la otra metida en el bolsillo. Como ella, contemplaba las escenas de cuento con una maravillosa serenidad. Ella permaneció callada, expectante. Había pensado que era la única que podía ver todo aquello, pero al parecer se había equivocado. El profesor se ajustó las gafas de cristales redondos.

Francamente, cuando entré por primera vez en la Facultad, pensé que me había vuelto loco. Pero con el tiempo comprendí que no es que yo hubiera perdido la razón, sino que no todos tienen el don de ver los prodigios que guardan las puertas de esta Biblioteca. Jamás he visto cosa parecida en otras tantas, y créeme que he visitado muchas.

Ambos sonrieron. La chica decidió que el maestro hablaba con franqueza. No se estaba burlando de ella.

¿Alguien más puede verlos? –La pregunta salió sola de sus labios.

Asintió.

Algunos de los profesores de la Universidad –respondió.

¿Y por qué?

¿Por qué podemos verlos? Supongo que solo los que sienten verdadera pasión por los libros son capaces de ver las almas que estos contienen. Tiene lógica, ¿no?

Ella parpadeó, anonadada.

¿Los libros tienen alma?

No todos. Me gustaría decir que todos los escritores escriben por amor a las letras, pero sería un engaño tanto para ti como para mí mismo –confesó con una voz profunda, jugando con los botones de su chaqueta. Un personaje vestido con túnica, y cargando varios pergaminos en una mano, lo saludó al pasar por su lado, y él respondió con familiaridad–. Tristemente, hoy en día hay demasiadas personas que usan las letras como medio para sacar dinero. Pero hay muchos libros que, por supuesto, contienen las almas de los escritores que los han traído al mundo, y las de los personajes que ahora ves delante de ti.

Para mí los que no escriben por placer no son verdaderos escritores –opinó en voz alta.

El profesor se volvió hacia ella.

¿Eres nueva en la Universidad?

Negó con la cabeza, nerviosa y avergonzada a la vez por si el profesor le reprochaba el hecho de que se hubiera metido en su clase como oyente sin pedir permiso.

Empiezo el año que viene –confesó con reparo–. Pero tenía curiosidad.

Bueno, pues el año que viene serás bienvenida. Ya sabes a lo que atenerte –rio mientras señalaba el armonioso caos que reinaba en la sala. Ella también rio. El señor miró su reloj–. Ay, el tiempo es el mayor de los tiranos. ¡Cómo vuela! Tengo que irme, no vaya a ser que me coja el taurus.– Rio por su propio chiste latino, y como si una idea le viniese a la mente, se volvió una vez más hacia ella–. Por cierto, hablando de toros: si quieres bajar al sótano, ten cuidado. El minotauro ha instalado ahí su guarida. ¡Me pega cada susto cuando bajo a por algún libro! Una criatura fascinante, sin duda, pero le faltan modales.

La chiquilla soltó una carcajada.

¿Y Teseo?

Debe andar buscándolo. Si te pregunta, no le digas nada. No quiero ser el responsable de la muerte de aquel híbrido.

Descuide. Aunque –hizo una mueca de tristeza– ya sabemos cómo termina la historia.

El profesor se encogió de hombros.

Sí, pero ellos no lo saben –le dijo, guiñándole el ojo antes de salir por la puerta por la que había llegado.

Permaneció allí algunos minutos más, sintiéndose completamente cómoda en un lugar por primera vez en mucho tiempo. Se acercó a la mesa donde Jo, una de las protagonistas de Mujercitas, había abandonado un libro antes de salir corriendo tras su traviesa hermana de rubios tirabuzones. Lo cogió. Era pequeño, y sus páginas olían a nuevas. “Vida Universitaria y leyendas de la biblioteca”, leyó en una portada de vivos colores. Se dio cuenta de que era el único libro que no llevaba código de barras en la parte interna ni etiqueta en la externa. Se preguntó si la pillarían si decidía llevárselo a casa. Finalmente, se lo metió en la mochila y salió de la biblioteca sin problema.

Fuera, volvía a chispear. Abrió el paraguas con la imagen de un panda sonriente, echando antes un último vistazo a la fachada, evocando en un suspiro todo lo que había visto allí adentro. En un impulso, echó un ojo su reloj de muñeca. La manecilla del segundero atascado cobró vida en ese momento y continuó marcando el tiempo, imperturbable. La niña sonrió, se echó la mochila al hombro y continuó su camino.

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