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Habitación 22

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Habitación 22

1

Miriam y Gema permanecían boquiabiertas. Natalia no se movía; tampoco hablaba. Incluso intentaba no respirar mientras esperaba el veredicto. Miriam y Gema se miraron la una a la otra, intentando descifrar lo que pensaba su pareja antes de hablar. Finalmente fue Gema la que lo soltó:

¡Qué loca! ¿Vas a ir hasta Madrid para averiguar si ese chico de tus sueños es real? —preguntó, atónita. Natalia no respondió. En el fondo sabía que no iban a creerla—. ¡Qué guay! ¿Podemos ir contigo?

Natalia arqueó las cejas, sorprendida. Gema parecía entusiasmada con la idea.

¿En serio?

¡Sí, a la aventura! —exclamó.

Miriam se levantó, algo más seria, de la silla en la que estaba y se arrodilló frente a Natalia para estar más cerca de ella. Miriam nunca había sido tan impulsiva como su novia. Ella era la parte reflexiva que le faltaba a Gema. Por eso se complementaban tan bien.

Sabes que esto es una locura, ¿verdad? —le preguntó. Natalia asintió—. Todo lo que dices que ha pasado… esa especie de vuelta al pasado, nadie se la creería. —Natalia bajó la cabeza cuando sus ojos comenzaron a humedecerse—. Y sin embargo dices que estás segura de que no fue un sueño. Que te han pasado muchas cosas que ya habías vivido antes.

Quizás fueron sueños premonitorios. No tuvo por qué pasar de verdad —aportó Gema, intentando aliviar el ambiente tenso que se había creado.

No sé si fueron sueños premonitorios o no —reconoció Natalia con un hilo de voz—, pero sé que Héctor existe, y si no voy a confirmarlo me volveré loca.

Eres consciente de que seguramente lleguemos allí y no encontremos a nadie, ¿verdad? —preguntó Miriam. Natalia volvió a asentir. Esta vez se le escaparon un par de lágrimas. Miriam sonrió—. Escritora soñadora que intenta escribir su propia historia. Definitivamente todos deberíamos hacer lo mismo.

Natalia tragó saliva y levantó la mirada, expectante. Gema se levantó de su asiento.

Entonces, ¿vamos con ella?

Sí, vamos las tres. Y si no encuentras a nadie allí, al menos no estarás sola —le dijo a Natalia.

La chica sonrió y abrazó a su amiga con fuerza. No podía creer que hubiera conseguido su apoyo en una locura como aquella.

Gracias, gracias.

¡Genial! ¿Y cuándo nos vamos? —preguntó Gema, dando saltos.

El viernes 9 de marzo —anunció la protagonista, secándose las lágrimas de los ojos—. Aprovecharemos el fin de semana.

A quien se lo cuente, no se lo creerá —rio Gema.

Es que nadie debe saber por qué vamos a Madrid —la corrigió Miriam, madura y paciente—. A nuestros padres y amigos les decimos que vamos a hacer una excursión. Unas minivacaciones en medio del curso para ver museos y todas esas cosas que hacen que los padres se sientan orgullosos de sus hijos.

Buena idea.

¿Tenéis dinero suficiente para acompañarme? —preguntó Natalia, preocupada por las molestias que pudiera causar.

Miriam le sonrió.

Tenemos algo ahorrado. Eso sí: mientras estemos en Madrid, nada de gastos tontos. Un hospedaje barato y comida más barata aún. ¿Queda claro?

Natalia y Gema levantaron la mano a la vez y la colocaron sobre sus sienes.

¡Sí, señora!

2

Gema observaba el paisaje desde la ventana, emocionada. No solía hacer demasiados viajes, y mucho menos con motivo de una «misión importante», como solía llamarla. Era una aventura. Algo nuevo y apasionante. Como vivir dentro de un libro. Eran esas cosas las que hacían la vida interesante. Debía reconocer que en un primer momento había pensado que Natalia había perdido la cabeza, pero la veía tan convencida de su historia que ella misma se lo había acabado creyendo. Y ¡qué demonios!, se lo iban a pasar de miedo las tres en Madrid en el caso de que no encontraran al príncipe azul de su amiga.

Miriam, sentada a su lado, no parecía tan ilusionada por ese viaje improvisado. Sabía las consecuencias que podría conllevar. Se preguntaba silenciosamente qué ocurriría si llegaban al destino marcado por Natalia y allí no había nada ni nadie; qué pasaría si realmente su amiga había apostado todo lo que tenía a algo que no existía, a una ilusión.

La miró de reojo. La chica, sentada en la parte izquierda, al otro lado del pasillo, miraba distraída la película que pasaban en el tren con los auriculares puestos. Parecía estar muy atenta, pero su mirada estaba perdida, y su mente, muy lejos de allí. Miriam tragó saliva. ¿Y si realmente había perdido la cabeza? ¿Debería animarla a acudir a un psicólogo? Intentó concentrarse en el libro que tenía entre las manos, pero no consiguió leer ni una palabra.

Había una segunda opción. Tal vez sí encontrara lo que estaba buscando, ¿y entonces qué? ¿La llevarían a la televisión por tener poderes paranormales?

Suspiró.

Todo aquello era una verdadera locura. Al final terminarían todas desquiciadas. ¿De verdad estaba considerando la posibilidad de que el mundo tal y como lo conocía no fuera como ella creía? ¿Que hubiese alguna forma de cambiar el tiempo en el que vivían?

Se pasó la mano por la cara, agotada. La noche anterior había dormido poco.

Volvió a mirar a Natalia, y a las tremendas ojeras que no se había molestado en ocultar. No podía imaginarse lo mal que había dormido la chica de pelo rizado. Natalia bostezó. Había tenido pesadillas durante las pocas horas que había dormido. Siempre el mismo sueño horrible. Veía a Héctor en la lejanía, tendiéndole la mano, sonriéndole; pero de repente su cara de deformaba y cambiaba, dando paso al rostro de David, que la miraba de manera acusadora. Entonces, le sonreía como si no tuviera remedio.

¿No te das cuenta de que yo sí soy real? —le decía.

Entonces, él también desaparecía, y la voz de Natanael comenzaba a hablarle:

Ellos ya no están. Quédate conmigo.

Pero Natalia no hacía más que retorcerse y de mover los brazos, como si espantara moscas, esperando que así también se alejara de ella todo aquello. Finalmente, despertaba en su cama, sudando.

Exhaló un suspiro. Aunque no lo demostrara, mil mariposas revoloteaban en su estómago. Sentía los nervios a flor de piel, y no eran precisamente buenos, pues en más de una ocasión había sentido que vomitaría.

Aún quedaban un par de horas para llegar a la capital, y ya estaba que se mordía las uñas. No podía parar de preguntarse qué pasaría si al llegar, no encontrara a Héctor por ninguna parte.

«Me quedaré más tranquila», pensó, pero realmente sabía que no sería así.

Una mano la bajó de la nube en la que se encontraba. Miriam le tocaba en el brazo suavemente. Natalia se quitó uno de los auriculares al ver que esta movía los labios.

¿Estás bien?

Asintió con una sonrisa, intentando reflejar una seguridad que no tenía. Rápidamente, y antes de que Miriam pudiera seguir con la conversación, se volvió a colocar el auricular en la oreja y fingió prestar atención a la película. Miriam volvió a su libro. Pero ya sabía que no estaba bien. Hasta que llegaran a Madrid, nada lo estaría.

3

Entró en el hotel. Todo era igual: la entrada de cristal, la fuente, el comedor a la derecha y la recepción a la izquierda. No podía ser casualidad. Con el corazón a mil por hora, se acercó al recepcionista, un joven cercano a la treintena que le brindó una cálida sonrisa.

Buenos días, señorita —la saludó con una alegría desconocida en los trabajadores madrileños.

Buenas —respondió ella. Su voz temblaba—. Quisiera saber si se hospeda aquí un amigo mío. Su nombre es Héctor Ignacio García.

Héctor Ignacio García —repitió el hombre mientras abría una agenda y buscaba en ella con la mirada.

Natalia cruzó los dedos y cogió aire al darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración. El recepcionista frunció el ceño e hizo una mueca con la boca. No era buena señal.

Lo siento, señorita. No veo ningún Ignacio en la lista. ¿Está segura de que este es el hotel?

Natalia dudó por unos instantes.

Sí, estoy segura. Ignacio es su segundo nombre, no su apellido —respondió finalmente—. ¿Podría volver a comprobarlo?

El joven volvió a mirar el cuadernillo, algo apurado. Un señor enchaquetado, al igual que él, pero de mayor edad, se colocó a su espalda.

¿Hay algún problema, Daniel?

Jaime, ¿sabes si tenemos hospedado a un tal Héctor Ignacio García? —preguntó con nerviosismo.

El hombre lo meditó unos segundos.

Sí, me suena su nombre. Creo que se encuentra en la habitación número 22. Compruébalo. Es el joven mexicano, ¿recuerdas?

El corazón de Natalia dio un vuelco al oír la palabra «mexicano». El joven revisó por tercera vez el cuadernillo.

¡Sí, es cierto! Está en la 22.

Natalia respiró, aliviada.

Disculpe su torpeza, señorita —dijo el hombre mayor—. Es nuevo y a veces se hace un lío.

No tiene importancia. ¿Podría comunicarme con él? Es urgente.

¡Claro, sin problema! —respondió el recepcionista nuevo, cogiendo el teléfono de inmediato y marcando una serie de dígitos—. Buenos días, señor. Perdone que le moleste, pero aquí hay una señorita que desea hablar con usted… Sí, enseguida.

Le tendió el teléfono a Natalia, quien lo cogió con manos temblorosas, al igual que su voz. ¿Sería él o habría sido todo una casualidad?

¿Hola, Héctor?

Un par de segundos de silencio. Solo los latidos de su corazón.

¿Sí?

Un nudo en la garganta. Era su voz.

Me llamo Natalia. Sé que no me conoces —habló ella. Estaba a punto de echarse a llorar—, pero yo sí te conozco y… necesito hablar contigo de algo muy importante. ¿Tal vez podríamos…?

Pásame con el recepcionista, por favor —le interrumpió la voz.

Natalia tragó saliva. ¿Iba a pedir que la echaran?

Vale… —Alargó el aparato hasta el recepcionista de nuevo—. Quiere hablar con usted.

El chico se colocó el auricular en el oído.

¿Sí, señor?… Está bien.

Y colgó.

El señor desea que suba. Es la habitación 22. Coja el ascensor hasta la segunda planta y vaya por el camino de la izquierda hasta el fondo. No hay pérdida.

Gracias.

Subió en el ascensor hasta el segundo piso. Sentía cómo los nervios le provocaban náuseas y un dolor agudo en el pecho. Tenía miedo de lo que fuera a pasar, pero después de todo lo que había ocurrido, no le extrañaría nada de lo que viniera a continuación.

Caminó despacio por el pasillo. El día, su nombre, su procedencia, su voz… ¿Y si aun así no era él? ¿Y si había cometido una tontería viajando hasta Madrid? ¿Se estaría volviendo loca?

El número 22 apareció ante sí brillante, como una luz que se metió de lleno en su mente y provocó otro recuerdo. Era la misma habitación que le habían dado para la presentación del libro de Héctor. Fue entonces cuando supo que no estaba loca. Todo eso, por extraño que pareciera, había sucedido.

Llamó un par de veces y esperó con el corazón en un puño. La puerta se abrió lentamente y detrás de ella apareció él: el chico de sus sueños —o sus recuerdos, como quisiera que fuese—, de ojos castaños, pelo negro alborotado, piel morena y una mirada capaz de intimidarla.

Hola —murmuró Natalia, como si le hubieran robado la voz.

Hola.

Natalia pensó que le saldría el corazón por la boca en cuanto empezase a hablar.

Escucha —le dijo—: sé que no me conoces, pero como he dicho antes, yo a ti sí te conozco. Esto es una locura, pero tú y yo fuimos… Tú fuiste la persona más importante para mí. Y yo no puedo sacarte de mi cabeza. Te sonará raro viniendo de una extraña, pero… —Bajó la cabeza y comenzó a llorar en silencio. Sentía impotencia. ¿Cómo decirle que una vez se habían amado y que, por un estúpido deseo suyo, había vuelto, de alguna forma, al pasado y no se habían conocido? —. No sé cómo explicarte todo esto sin que pienses que estoy como una cabra. Solo sé que te echo de menos y que lo siento —sollozó.

Héctor no decía nada y Natalia no se atrevía a levantar la cabeza para mirarlo y encontrar a una persona que nada sabía de ella ni de lo que estaba hablando.

El joven respiró hondo y sonrió.

¿Como una cabra? —repitió—. ¿Acaso te vas a poner a dar saltos?

Natalia levantó la mirada, esperanzada ante su tono jovial.

Había perdido la esperanza de que te acordaras de mí, Nataly. Pero una parte de mí se negaba a creer que te hubieras olvidado de mí. De verdad esperaba que vinieras a buscarme.

Natalia rompió a llorar y se echó a sus brazos. Héctor cerró la puerta y la abrazó con firmeza.

No me has olvidado.

¿Cómo podría, chiquita?

Lo siento tanto.

Ya no importa.

Y se besaron durante lo que parecieron horas.

Te amo. Perdóname.

Shhh, calla —le ordenó—. Te amo.

4

Gema miró el reloj. Habían pasado tres cuartos de hora desde que Natalia se había adentrado en el hotel. Habían acordado que, si no volvía en diez minutos, era porque había encontrado a quien buscaba, y que si eso ocurría podían irse tranquilas a visitar Madrid.

Parece que ha encontrado al príncipe azul —comentó Gema con una ancha sonrisa—. Increíble, ¿no?

Pero Miriam no parecía tan convencida. Al contrario. Una parte de ella se había asustado al no verla aparecer. Estaba tan segura de que todo aquello era una demencia, que en ese momento podía pensar de todo menos que Natalia se hallara con el tal Héctor. ¿Y si se había encontrado con un loco? ¿Y si la habían secuestrado?

Sacó su móvil. Hacía un rato que le había enviado un mensaje y todavía no se lo había contestado. ¿Qué estaría ocurriendo? Cerró los puños. Sentía las palmas sudorosas. Si le había pasado algo a su amiga, no se lo perdonaría en la vida. Gema le besó una mano.

Tranquila. Seguro que está bien. ¿Qué le iba a pasar en un hotel?

Y ¿si se han encontrado con un psicópata?

Gema soltó una carcajada.

¡Anda ya!

No me quedaré tranquila hasta saber que está bien.

Miriam caminó hasta la entrada del hotel sin soltar a Gema de la mano. Empujó la puerta de cristal y se adentraron en el recibidor. Un joven recibía a unos clientes y les daba las llaves de su habitación. Había otro encargado mayor y más experimentado, pero también más serio, así que Miriam optó por acercarse al joven, que las recibió con una sonrisa.

Buenos días.

Buenas —respondió Miriam—. ¿Ha visto usted entrar a una chica de nuestra edad? Así, con el pelo rizado, con un vestido azul… —dijo, gesticulando con las manos cada característica de Natalia. El recepcionista no tuvo que pensarlo mucho.

¡Ah, sí, la chica de hace un rato! Subió a la habitación 22.

¿Podría comunicarme con ella, por favor? Es urgente.

El joven alzó una ceja, y extrañado, cogió el teléfono y marcó el número de la habitación. Dejó que sonara un par de veces y se lo pasó a la chica.

Qué de urgencias hay últimamente por aquí… —comentó para sí mismo.

El tono de la llamada se repitió varias veces hasta que alguien descolgó.

¿Sí?

Miriam suspiró, aliviada. Era la voz de su amiga.

¿Natalia?

¿Miriam? ¿Todavía estáis ahí abajo?

Estaba preocupada —respondió—. ¿Todo bien por ahí arriba?

Una risilla. Sí, definitivamente todo estaba bien. Gema sonrió al ver que Miriam se destensaba, y pegó la oreja al audífono.

De maravilla.

Supongo que has encontrado lo que buscabas, ¿no? —preguntó Gema.

Sí, justo lo que buscaba —respondió con una voz llena de paz.

Bien, entonces te dejamos tranquila. ¿Nos vemos más tarde? —quiso saber Miriam.

Claro. Yo os llamo cuando salga.

¡Diviértete, golfilla! —exclamó Gema.

El recepcionista las miró con los ojos como platos, e intentó sofocar una sonrisa. Las sureñas…, siempre tan bromistas. Miriam le devolvió el teléfono al recepcionista.

¿Todo en orden? —preguntó por cortesía.

Sí, gracias —respondió Miriam. Estaban a punto de marcharse cuando se le ocurrió algo—. Oiga…, tienen servicio de habitaciones, ¿verdad?

Por supuesto, señorita.

¿Y carta de postres?

Extensa y buenísima.

Y carísima, seguro —murmuró Gema.

Miriam sacó su monedero y contó por encima el dinero que llevaba.

¿Sería posible dejar pagado un postre para que lo subieran después a la habitación 22?

El chico sonrió abiertamente. Todo lo que fueran ingresos…

Claro, señorita.

5

Natalia pasó su mano por el torso desnudo de Héctor, por su brazo, por su cara, y al fin respiró tranquila al saber que volvía a tenerlo a su lado; que nada había sido un sueño. Héctor la abrazó con fuerza, acarició su espalda y la besó en la frente. Ambos exhalaron un suspiro casi al mismo tiempo. ¡Cuánto habían sufrido ambos! Cuánta desesperación al verse separados por el caprichoso destino. Héctor cubrió la desnudez de su chica con la sábana y enredó los dedos en sus rizos.

Cuánto te eché de menos —murmuró.

¿Qué ocurrió? —preguntó Natalia, dudando que él supiera la respuesta a la pregunta que tantas veces se había hecho.

Héctor la abrazó más fuerte, como temeroso de perderla de nuevo.

Me quedé dormido en el hospital, después del accidente —contó Héctor—. Solo recuerdo haberle pedido a Dios mil veces que te salvara la vida. Cuando desperté, estaba tumbado en una cama, y a mi lado estaba Irene.

Natalia se encogió bajo las sábanas y se le formó un nudo en la garganta al imaginar la escena. Héctor pasó los dedos por su brazo desnudo, tranquilizándola, mimándola.

Al principio, me sentí muy perdido. Me preguntaba qué hacía ella allí, por qué no estaba yo en el hospital contigo, qué hacía de regreso en México… A mi alrededor todo estaba cambiado. Me di cuenta de que, de alguna forma, volví a mi vida anterior; que todavía no te conocía. Fue muy desesperante.

Pero…, ¿sabías que existía?

Llegó un momento en el que pensé que todo había sido un sueño —reconoció—. Pero comprendí que lo que sentía por ti era demasiado fuerte como para ser solo eso. Así que investigué y supe que, efectivamente, existías.

¿Por qué no contactaste conmigo?

Recordé lo que había ocurrido antes del accidente. Dijiste que nunca debimos empezar esto. Supe que sufriste mucho con esta relación y preferí mantenerme al margen a menos que tú me buscaras. De hecho, hablé en muchas ocasiones con David bajo mi pseudónimo de Félix para saber si estabas bien. Maldito pendejo… —masculló—, de verdad que me chingaba cada vez que se quejaba de ti, el muy idiota. Supe que esa relación no dudaría.

A Natalia le temblaron los labios.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera venido?

Siempre tuve la esperanza de que vinieras. Por eso le pedí expresamente al encargado si podía darme la misma habitación que cuando viniste a mi presentación. Aunque realmente no pensé que lo fueras a hacer, puesto que nunca recibí un mensaje tuyo. Ni siquiera sabía si te acordabas de mí.

Te busqué por Internet y no te encontré —se excusó ella—. Yo también estuve esperando un mensaje que nunca llegó.

Lo siento. Creí que preferirías una vida sin mí. Ni siquiera estaba seguro de que te acordaras de que existía.

Claro que me acordaba. Pensaba en ti cada día. —Lo besó en los labios—. Cuando desperté, yo también estaba con David. Tuve que volver a pasar de nuevo por todo aquello que ya había dejado atrás. Fue una verdadera pesadilla.

Yo también. Pero me sirvió para darme cuenta de muchas cosas: que debía poner preferencias en mi vida, cambiar algunas cosas…, pero sobre todo, que eres lo más importante para mí. Por eso, en todo este tiempo, me dediqué a reescribir mi vida.

Natalia recordó que esa fue la misma palabra que ella había empleado cuando había decidido que era hora de cambiar el rumbo de las cosas, que ella misma decidiría en su vida, y que no lo dejaría todo en manos del destino.

Alzó la mirada hacia él.

Y ¿qué hiciste?

Héctor colocó detrás de la oreja de Natalia un par de mechones que caían por su cara, cubriendo en parte sus ojos castaños.

Primero, dejé a Irene, y esta vez no esperé ni un minuto para pedir el divorcio; después presenté mi dimisión en el trabajo —no sabes la libertad que sentí al salir de allá—; y por último, busqué un comprador para la casa. Fue todo un proceso, demasiado lento para mi gusto, pero finalmente conseguí librarme de todas las ataduras que me encadenaban a Cancún.

Natalia se incorporó y se quedó mirándolo extrañada.

¿Qué? ¿No tienes ni trabajo ni casa? Pero… ¿por qué? Quiero decir: ¿qué vas a hacer ahora?

Héctor sonrió. Natalia parecía más angustiada que él.

Aún no dejé la casa. Acordé con la compradora que saldría de ella en septiembre. Y por el dinero, no hay problema. Me dan un dinero por haber trabajado tantos años en la empresa. Además, recibí una parte del pago de la casa por adelantado.

Pero Natalia no se quedaba tranquila con esas explicaciones.

¿Y cuando llegue septiembre, qué harás?

Antes de vender la casa, entré en concursos literarios y pedí varias becas. No gané ningún concurso, pero accedieron a darme una beca para una maestría de letras por dos años. ¿Sabes dónde?

Natalia negó con la cabeza.

¡En España! En la ciudad de Salamanca.

La expresión de Natalia empezó a iluminarse poco a poco, como si no terminara de creerse lo que le acababa de revelar, y tuviese miedo a hacerse ilusiones.

¿En Salamanca?

¡Sí, mi amor!

¿De verdad?

¡Sí!

Natalia se tiró sobre él.

Sé que sigue estando lejos de Cádiz —dijo, mientras Natalia le llenaba la cara de besos y la aplastaba bajo su peso—, pero ¿qué es Salamanca comparado con Cancún? Podré ir a visitarte cada poco tiempo.

¡Es la mejor noticia del mundo!

Y sé que ya estuviste, pero quiero que vengas a mi presentación de El corazón de Yucatán.

La chica rio.

Claro que estaré.

Alguien llamó a la habitación. Natalia se levantó de encima de Héctor, y el chico se incorporó. Natalia permaneció callada. ¿Habrían subido sus amigas?

¿Esperas a alguien?

Héctor negó con la cabeza, y acto seguido preguntó en voz alta:

¿Quién es?

¡Servicio de habitaciones!

Y ambos volvieron a mirarse. No recordaban haber pedido nada. Héctor corrió a buscar su ropa tirada por el suelo, y Natalia se metió en el baño a vestirse. No imaginaban que en unos minutos volverían a estar desnudos en la cama, disfrutando del maravilloso postre que Miriam había pagado para ellos.

Unos meses más tarde…

La presentación del libro se llevaba a cabo tal y como Natalia lo recordaba. En primer lugar, había hablado Fernando Gómez, haciendo una pequeña introducción y hablando de la vida de Héctor. Después, fue el profesor Luis Jaén el que tomó las riendas y habló del contenido del libro, de sus puntos fuertes y del lado psicológico de la novela. A continuación, pusieron el vídeo que Héctor traía preparado, en el que su hermano Abraham hablaba de la banda sonora que él mismo había compuesto para el libro de su hermano mayor. Finalmente, llegó el turno de Héctor, que se desvivió por hacer que el público se interesara en la obra. Natalia sonrió. Héctor parecía más tranquilo que la última vez, si es que eso era posible. Ella, sin embargo, estaba igual de orgullosa. Desde su asiento, lo miraba hipnotizada mientras movía los labios, componiendo frases que perdían sentido cuando se fijaba en su sonrisa llena de paz y felicidad.

Héctor se volvió hacia ella y le guiñó un ojo. Natalia le sonrió.

Lidia, la editora de Héctor, se acercó con un ejemplar de El corazón de Yucatán y se lo entregó a Natalia. La joven lo abrazó como si fuera el mayor de sus tesoros. Héctor también tenía uno encima del atril y lo mostró al público.

—Y para acabar la presentación—dijo por el micrófono—, me gustaría que una personita aquí presente abriera el libro por la segunda página no enumerada, donde dedico la novela a varias personas que han sido muy importantes para mí. —Se volvió hacia ella de nuevo—. Natalia, ¿te importaría?

La chica pestañeó un par de veces hasta que se dio cuenta de lo que Héctor le estaba pidiendo. Abrió entonces el libro justo por la página que él le había pedido. Allí estaban las dedicatorias a algunos amigos y familiares, además de la suya.

—¿Puedes leer lo que pone? —le pidió.

Lidia le pasó un micrófono a Natalia, que con las mejillas coloradas por ser repentinamente el centro de atención, comenzó a leer en voz alta. La primera dedicatoria iba dirigida a su primo, que tanto le había ayudado; también había una para su hermano, para su madre y algunos amigos. Finalmente llegó a la suya. No tenía necesidad de leerla, pues se la sabía palabra por palabra, y aun así, los nervios hicieron que siguiera con la lectura, con la sorpresa de que Héctor había cambiado la frase dirigida a ella:

—A Natalia, que me tendió la mano cuando nadie más lo hizo; que me iluminó con su luz cuando la oscuridad estaba a punto de tragarme; que fue en muchos momentos la inspiración que necesitaba para seguir adelante. Mi amiga, mi compañera, mi mujer… Natalia, ¿quieres casarte conmigo?

En la últimas tres palabras, su voz fue decayendo gradualmente y su cara se tornó del mismo color rojo que sus mejillas. Se oyeron suspiros de las chicas y silbidos de los hombres; comentarios románticos y un «ohh» generalizado. Natalia tragó saliva y levantó la vista hacia Héctor, que le devolvía una mirada brillante. El chico se arrodilló delante de ella y abrió una cajita azul. Natalia no se lo podía creer.

—Mi amor, ¿quieres casarte conmigo?

Natalia ni siquiera miró el anillo. No podía apartar la mirada de los ojos de Héctor, que brillaban con una luz especial aquella noche. La chica no respondió, simplemente le echó los brazos al cuello y se echó a llorar. Héctor sonrió.

—¿Eso es un sí?

Natalia asintió con fuerza, pero no despegó su cara del hombro de Héctor. El escritor la abrazó y besó su pelo hasta que ella tuvo el valor para apartarse lo suficiente como para que Héctor pudiera colocar el anillo en su dedo anular. Entonces, ambos sonrieron y se besaron delante de la cámara de Lidia, que captaba el momento sin que ninguno se diera cuenta.

Tocada y hundida

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IX

Tocada y hundida

1

«Estoy muy mal. Me gustaría verte.»

Un mensaje simple, insinuante y lleno de malas intenciones. No era algo que le apeteciera ni mucho menos. De hecho, solo de pensar en los detalles del plan le entraban náuseas. Pero tenía que hacerlo. Era una obligación que se había impuesto a sí misma. Después de haber estado meditándolo demasiado tiempo, había decidido que lo que más quería y necesitaba en ese momento era hacerle daño a esa zorra que le había arruinado la vida, y que por segunda vez la había dejado sola, sin amigas. Si no se vengaba, no se quedaría tranquila. Natalia no sabía lo que había hecho ni con quién se había metido. Si ese idiota contestaba, tendría la oportunidad de devolvérsela. Iría a por lo que más daño pudiera hacerle, lo que la hiciera morir de angustia. No era ningún secreto para ella la persona que podía hacer que Natalia se retorciera de dolor. Ahora más que nunca.

Un pitido. Abrió el mensaje nuevo en el móvil.

«Dime dónde y cuándo.»

Perfecto.

2

América encendió un cigarro y digo un par de caladas seguidas para acostumbrarse cuanto antes al sabor. Hacía poco que había empezado a fumar. Se había dado cuenta de que con esa simple acción, los hombres caían como moscas. Se acercaban, la invitaban a algo y si había suerte… En realidad, siempre funcionaba. Esa noche, ya le habían entrado dos chicos, pero por cuestión de compromiso, no había aceptado la invitación de ninguno a salir del pub y dar una vuelta que, con seguridad, acabaría en la casa de él.

Al final de la calle se vislumbró una sombra horonda y de caminar despreocupado. América sonrió al conocer desde lejos la camisa de cuadros rojos sobre la camiseta negra. A medida que se iba acercando, lo examinó con detalle. Se había afeitado cuidadosamente y su escaso pelo estaba excesivamente engominado. No comprendía qué había podido verle Natalia. Dio una última calada y tiró el cigarro al suelo para pisarlo con el tacón. Sacó todo el humo que mantenía en la boca y dio un par de pasos al frente para saludar a David.

¿Desde cuándo fumas? —fue lo primero que le preguntó.

América se encogió de hombros y compuso una sonrisa con sus labios pintados de rojo.

Gracias por venir. ¿Entramos? —ofreció, señalando la puerta del pub.

David abrió la puerta y le cedió el paso. Dentro, sonaba la voz de Bon Jovi. América entró en el garito contoneando de manera exagerada las caderas. Tomó asiento en la barra y pidió una cerveza.

Otra para mí —pidió David a la camarera.

En cuanto la tuvo en la mano, dio un largo sorbo. Aún se preguntaba por qué demonios había acudido a esa cita que, sin lugar a dudas, no le traería más que problemas. Esperó a que fuera ella quien empezara la conversación, pero no parecía tener intención de hacerlo.

¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente.

América bebió de su cerveza y bajó la mirada, como si hablar de ello la apenara.

Me han dejado de lado. Todas. —Pasó el dedo por debajo del ojo, secando una lágrima imaginaria—. Natalia ha malmetido contra mí.

David frunció el ceño, contrariado.

¿Natalia?

Sí, tu novia ha hecho que me quede sin amigas —masculló, apretando la mandíbula—. Ahora estoy sola.

David hizo una mueca con los labios, y por un momento, en sus ojos brilló la tristeza. Estuvo a punto de decirle que Natalia y él ya no eran pareja, pero le pareció lamentable y, sobre todo, humillante contar por qué su ahora ex lo había dejado. No. Con la mala leche que tenía esa chica, seguro que se burlaría de él. No pensaba pasar por eso. Cogió su vaso y volvió a beber. Lo mejor sería callárselo.

La observó detenidamente. Había cambiado. La última vez que la había visto llevaba un vestido largo de estilo hippie, brackets y coletas en su pelo corto. Nadie diría que era la misma de entonces, con ese exceso de maquillaje, los tacones de aguja y minifalda. Juraría que se había alisado y teñido el pelo de negro, pero quién sabía. Quizás ya lo llevaba así antes y no se había dado cuenta. No era bueno para los detalles.

Y… ¿qué dijo exactamente?

No estoy segura. Pero ya qué más da.

Apuró su cerveza y dejó el vaso en la barra con tanta fuerza que David pensó que se rompería y tendría que pedir disculpas ante la camarera.

He acudido a ti porque no tenía a nadie más. La verdad es que me extraña que Natalia no te haya puesto también en mi contra.

Últimamente no está muy habladora —comentó David para salir del paso.

América gruñó y se puso de pie sobre sus taconazos. Hasta ella misma se preguntaba cómo era capaz de andar con ellos, pero todo fuera por estar más sexy a los ojos de aquel chico.

¿Nos vamos? Necesito que me dé el aire.

David terminó su cerveza y salieron del pub. Después de aquello, todo resulto asombrosamente fácil. Anduvieron durante largo rato hablando de cualquier cosa. En varias ocasiones, América soltó insinuaciones e indirectas que David recibió, aparentemente, de buen agrado. Esto no pasó desapercibido para América, acostumbrada a recibir rechazos de él y que en ese momento estaba alerta a cualquier señal que pudiera indicarle que había llegado el momento de actuar.

Todo sucedió cuando llegaron al portal de su casa. No era una casualidad que los padres de la chica no estuvieran esa noche en su casa. Habían ido a pasar el fin de semana a una casa rural en la sierra para celebrar su aniversario de casados, y América sabía de su escapada romántica desde que su padre se había confabulado con ella hacía ya mes y medio, para darle la sorpresa a su madre. América le invitó a pasar sin dar rodeos. Pensó que se negaría en rotundo, pero en vez de eso, aceptó sin pensarlo.

Ya en el ascensor, el silencio los incomodó durante los pocos segundos que duraba el viaje de ascenso, pero una vez que América abrió la puerta, David la empujó dentro de la casa y la besó. América hizo una mueca. David era demasiado baboso a la hora de besar y no era el tipo de hombre al que se tiraría por placer. No. Aquí había en juego mucho más que unos minutos —Dios sabía cuántos— de diversión; con ello le devolvería a Natalia con creces el sufrimiento con el que la había hecho cargar. David la llevó a su habitación y allí pasó lo que tenía que pasar, pero ninguno disfrutó de ese acto tan deleznable. Ambos se sentían despechados. Cada uno tenía su motivo para encontrarse en esa cama, desnudos y con el corazón atormentado. Ninguno de esos motivos era bueno.

3

Los muebles de la cocina estaban impolutos, o eso parecía. En esta ocasión, Natalia no se había esforzado demasiado en limpiar aquella cocina. Sabía perfectamente lo que pasaría cuando saliese de allí, cansada y sucia, y le pidiera a la vieja su paga por tan ardua tarea. Recordaba sus palabras a la perfección. Primero, la timaría; y después, la llamaría drogadicta sin pudor alguno. Había sido una estupidez acudir de nuevo a esa casa, pero necesitaba el dinero, y ya no sabía de dónde sacarlo. Estaba desesperada. Sin embargo, no era tonta, y no se estaba esforzando ni las tres cuartas partes de lo que se había esforzado la última vez que fue —si es que realmente había estado en esa casa—. Además, tenía una idea algo retorcida en mente, que, sin duda, llevaría a cabo si la vieja se atrevía a pagarle de menos y a tratarla como si fuera una drogadicta. Pasó el trapo por la encimera una última vez, lo exprimió y lo echó sin cuidado en el fregadero. Se lavó las manos y salió de la cocina. Se sonrió. Esta vez no sudaba, y aunque fueran imperceptibles, había dejado algunas manchas en lugares donde la señora de la casa nunca se asomaría, y si lo hacía, no le importaba. No se iba a esforzar más de lo que debía para que después le negaran su dinero.

Se dirigió al salón, donde la anciana se encontraba repanchingada en el butacón delante de la tele. Veía y escuchaba con tanta atención los cotilleos que se intercambiaban en ese cutre programa del corazón que no se dio cuenta que la chica que había contratado para la limpieza de la cocina se encontraba en la puerta, esperando. Natalia tocó un par de veces en el marco de la puerta. La señora la mandó a callar con un siseo y volvió a su programa. Natalia frunció el ceño.

Ya he terminado —anunció la joven, manteniendo la calma.

Ah, ¿sí? —dijo simplemente, y volvió a callar.

Natalia apretó los puños y respiró hondo.

Ya es tarde. Si pudiera pagarme…

La anciana señaló unos billetes que había encima de la mesa, pero ni siquiera la miró y mucho menos le habló.

Natalia se acercó y cogió los dos billetes: uno de diez y otro de veinte. Lo sabía. Había vuelto a intentar timarla.

Disculpe, pero faltan cinco euros —intentó la chica, esperando que la señora fuera razonable.

Lo siento, no tengo más —respondió esta con simpleza.

Natalia alzó una ceja. En el fondo ya lo sabía, pero le daba rabia que le hablara con tanta tranquilidad, y sobre todo, que ni siquiera la mirara mientras lo hacía.

Esto no era lo acordado —dijo ella, también serena.

La anciana se encogió de hombros.

O lo tomas o lo dejas. Si no estás conforme, no es mi problema.

Ah, ¿no es su problema?

La voz de Natalia sonaba dura y cada vez más malévola. En su mente, empezaba a degustar lo que vendría a continuación. Aquella bruja la miró como si fuera un insecto repugnante.

¿Por qué me miras así? —le preguntó—. ¿Acaso estás drogada? ¡Claro! Para eso quieres el dinero, ¿no, sinvergüenza?

La joven permaneció callada, sin alterar la expresión de su rostro. Finalmente, una pequeña sonrisa se formó en su cara. La señora sintió un pequeño escalofrío.

Entonces, ¿no me piensa dar lo que me pertenece?

La mujer frunció el ceño y se mantuvo en su postura altiva a pesar de que por su mente pasaba toda clase de barbaridades. ¿Y si esa chica era una psicópata? ¿Y si pretendía hacerle daño o simplemente, robarle?

Por supuesto que no.

Natalia se encogió de hombros.

Muy bien.

Cogió su bolso y salió del salón. La señora suspiró, aliviada, pero se levantó de su asiento para comprobar que realmente se iba a casa. La chica, sin embargo, no fue hasta la entrada, sino que volvió a la cocina. La anciana vio cómo sacaba un bote de Kétchup de su bolso y comenzaba a vaciarlo sobre el suelo de la cocina.

¡Pero, ¿qué haces?! —gritó.

Natalia recorrió toda la cocina, embadurnándola con el tomate, y no paró hasta vaciar el bote. La señora fue corriendo hacia el patio interior de la casa para coger la escoba, su arma defensiva. Fue entonces cuando Natalia salió corriendo, dejando pisadas de tomate por toda la casa y llevando consigo los 30 euros que se había ganado. La vieja empezó a proferir improperios desde la puerta de su casa, donde veía cómo esa chica a la que había intentado timar se escapaba a paso rápido. La joven se volvió en mitad de la noche y se despidió de ella con la mano en alto y una sonrisa.

¡Ahora limpie usted, vieja amargada! ¡Para que aprenda a tomarle el pelo a su puta madre!

Y corrió calle abajo para perder de vista esa casa a la que no volvería nunca más.

4

Para ella no era ningún secreto dónde se encontrarían esa noche de sábado. Todos los fines de semana durante años quedaban en el mismo sitio, a la misma hora. Viejas costumbres son difíciles de cambiar. Y para la pandilla más aún. Así que cuando quedaba un cuarto de hora para las ocho, se puso sus zapatos de tacón y caminó hasta el centro comercial Plaza. Cuando llegó, Carmen y Natalia ya se encontraban allí. Siempre llegaban las primeras, al menos cinco minutos antes de la hora. Pensó en actuar, pero imaginó la escena cuando estuvieran todas delante y le pareció mucho más humillante y divertido. Así que permaneció escondida tras una columna hasta que vio aparecer a las demás. Una vez que estuvieron todas reunidas, salió de su escondrijo y fingió toparse con ellas.

Las chicas se quedaron pasmadas cuando vieron a América salir de detrás de la columna con una sonrisa, sin bajar la mirada como acostumbraba a hacer cada vez que se encontraba con alguna de ellas. Algo había cambiado, además de su apariencia. Parecía más segura de sí misma, más tranquila, y sobre todo, más mala que nunca.

¿Os olvidabais de mí? —preguntó con todo el morro del mundo.

Las chicas intercambiaron miradas; primero, anonadadas; después, divertidas. Natalia y Marina sonrieron de forma burlona.

¡Anda! Lo siento…, se nos olvidó llamarte —exclamó Marina, dándose un golpecito en la frente de manera teatral.

América la ignoró. No apartaba la mirada de Natalia y mantenía su sonrisa, disfrutando del momento que vendría a continuación. Dio un paso hacia adelante.

¿Sabes? El otro día vi a David.

Natalia se cruzó de brazos. Ella también sonreía. Sabía que América quería fastidiarla de cualquier manera posible, y no iba a darle esa satisfacción.

No me digas.

Sí. Me lo encontré por casualidad y lo invité a una cerveza.

Natalia ensanchó la sonrisa. «Por casualidad… » No había quien se lo creyese.

¿Ah, sí? Entonces, supongo que hablaríais mucho sobre mí.

¿Supones? —Suspiró, teatralmente—. Pues, no… La verdad es que estuvimos demasiado ocupados para acordarnos de ti.

Natalia arqueó una ceja. América cerró los ojos y se llevó una mano a la frente, como si hubiera hecho algo terrible y no pudiera estar más arrepentida.

Ay, no sé cómo decírtelo, cariño… —murmuró.

Las chicas se miraron las unas a las otras. Todas se preguntaban en silencio a qué se refería, pero en el fondo, ya lo sabían, y esperaban tensas y en silencio a que se armara la de Troya. No podían imaginar la reacción que tendría Natalia. ¿La insultaría a gritos? ¿Le tiraría del pelo? ¿Le pegaría un puñetazo en plena cara?

No me lo digas —se adelantó Natalia con voz sombría. Un escalofrío recorrió la espalda de sus amigas —. Mejor déjame adivinarlo. —Colocó una mano bajo su barbilla y esperó unos segundos para dar su predicción—. Te has tirado a David.

América siguió con su teatro, pero una sonrisilla asomaba en sus labios.

Lo siento, cariño… No pudimos evitarlo.

¿Lo sientes? —preguntó Natalia. Aunque pareciera increíble, conservaba la sonrisa en la boca—. ¿Por qué lo sientes?

América no pudo disimular su confusión.

¿Que por qué? Pues…, ¿porque me he acostado con tu novio?

Natalia abrió mucho los ojos, como si acabara de entender la situación. Ahora le tocaba a ella actuar, y sobre todo, joderla. Soltó una risilla y después estalló en carcajadas.

¡No me digas que no te lo ha dicho! —dijo entre risas.

América perdió totalmente la sonrisa.

¿El qué? —preguntó, cautelosa.

¡Que le dejé hace casi un mes! —exclamó. La cara de América se volvió un poema. Las demás comenzaron a reír por lo bajo, pero Natalia no podía dejar de burlarse de ella con su risa escandalosa—. Vamos, que si lo que querías era hundirme, te ha salido el tiro por la culata. —Paró de reír y se aclaró la garganta y colocó las manos como si de una gran dama se tratara—. Perdón, lo que quería decir es: no lo sientas, querida. En realidad, sé que no lo sientes… O puede que ahora que sabes la verdad, sí lo sientas.

Y rio de nuevo.

El grupo se puso en marcha, pasando por al lado de donde América permanecía con la tez grisácea y muerta de rabia. Al pasar por su lado, Natalia le sonrió con una pizca de malicia.

Espero que disfrutaras el polvo, porque tirarte a David por placer tiene tela…

La cara de América comenzó a cambiar de color, pasando del gris al morado y del morado al rojo. Apretó tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas; chirrió tanto los dientes que se hizo daño en la mandíbula; y las risas de sus antiguas amigas le provocaron una locura transitoria que la llevó a volverse hacia Natalia y con cara de demonio, a gritar en plena calle.

¡Zorra! ¡¡Eres una maldita zorraaaaaa!!

La gente que paseaba cerca de ellas se volvió, asustada, y al ver los ojos inyectados en sangre de la joven de pelo negro que pegaba zapatazos en el suelo como si quisiera romperlo y corría el riesgo de quedarse afónica de tanto chillar, el temor los hizo alejarse con rapidez. Era como si fuera a explotar en cualquier momento; o peor: tirarse contra la chica de los rizos y ahorcarla hasta la muerte. Natalia se giró con parsimonia. Ya no había sonrisa en su cara, pero su rostro reflejaba tranquilidad, incluso lástima.

No soy yo la que se ha tirado al ex de una «amiga», cariño. —Esta última palabra la dijo con excesiva dulzura. Tanta, que su sabor se antojaba amargo y falso al mismo tiempo.

América temblaba y se erguía en tensión. Natalia se fijó en sus puños, colorados por la fuerza con la que agarrotaba los dedos. De repente, sus manos se aflojaron y su expresión se resquebrajó. Allí, delante de sus juradas enemigas, América, la mentirosa, la traidora, rompió a llorar como una niña pequeña.

¡Me has jodido la vida! —gritó, tapándose la cara y secándose las lágrimas con más fuerza de la que debería—. ¡Me la has arruinado, hija de puta! ¡Te odio! ¡Zorra! ¡Zorra!

Las chicas no le quitaban ojo. Era la primera vez que la veían así, destruida, acabada. Y aunque algunas de ellas lo habían deseado desde hacía mucho, no se enorgullecían de verla de esa forma.

¿Aún no te das cuenta? —Natalia alzó la voz para hacerse oír entre sus llantos—. ¿Después de la que has armado, todavía te quedan ganas de echarle la culpa a los demás?

América dejó de llorar y levantó la mirada. Natalia no se había acercado ni lo haría. Su expresión era dura. Sabía que después de lo que había hecho, nunca se compadecería de ella hasta el punto de tenderle una mano.

Tu situación, que estés sola, la persona en la que te has convertido…, todo lo has creado tú con tus mentiras y tu actitud miserable y envidiosa. Con tus ganas de ser el centro de atención y de herir a las personas. ¿De verdad crees que alguien querría estar contigo? —Hizo una pequeña pausa para que sus palabras calaran hondo en la chica que la miraba fijamente sin decir palabra—. Me llamas zorra, pero aquí la única zorra eres tú. La misma que decidió hundirse en la mierda y no se dio ni cuenta. No busques responsables de tu triste vida. Solo mírate a un espejo y encontrarás a la culpable.

Una vez más, se dio la vuelta y con un gesto de cabeza le indicó a sus amigas que ya podían emprender el camino.

En la calle se había hecho el silencio, pero de pronto comenzaron los murmullos. América levantó la mirada y vio a la gente que hablaba de ella, tapándose la boca, o que la señalaba con disimulo. Pensó que alguien volvería a reírse de ella y salió corriendo, y cuando estuvo a salvo de los murmullos y se detuvo a pensar, supo que la habían derrotado. O lo que era peor, ella había sido su propia contrincante y se había dado una estocada letal.

Natalia tenía razón. Se había hundido a sí misma.

Tu amistad es lo primero

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VIII

Tu amistad es lo primero

1

El secretario tecleaba en el ordenador, tomándose su tiempo, mientras Natalia miraba el reloj con impaciencia y tamborileaba sobre la mesa con la yema de los dedos. Ese hombre era eficiente y muy amable en sus formas, pero tranquilo como nadie. Natalia apostaba que, si ese señor de gafas tenía que morir de algo, no sería de un ataque al corazón. Manolo, como se llamaba el secretario, dejó el teclado y levantó la mirada.

Sí, no hay duda. Tu antiguo expediente sigue abierto.

¿A estas alturas de curso? —se quejó Natalia.

El hombre se encogió de hombros.

No fuiste a cerrarlo.

Pensé que lo cerraban cuando me matriculaba en otra carrera —contestó la chica, algo enfurruñada, pero intentando mantener un tono de voz apacible. Ya no recordaba que en «su sueño» había tenido que ir en una ocasión a Jerez a cerrarlo.

No, tienes que ir tú y pedir que te lo cierren.

El hombre volvió a teclear en el ordenador y a usar el ratón con la velocidad nata del que trabaja todos los días con ese tipo de máquinas. La impresora emitió un breve sonido y expulsó tres hojas exactamente iguales. Manolo las selló y se las entregó.

Ve a la secretaría de tu antigua Facultad y cuéntales el problema. Entrégales estas hojas. Una es para ellos, otra es para que te la quedes tú, y la última es para que nos la traigas. Te las sellarán.

Natalia asintió y guardó los documentos en su carpeta.

¿Tengo una fecha límite para entregarla? —preguntó antes de levantarse de la silla.

Manolo colocó las manos hacia arriba.

Cuanto antes mejor.

La joven exhaló un suspiro.

Entonces iré en estos días. Gracias.

Salió de la secretaría de la Facultad como alma que lleva el diablo. Llegaba tarde a la próxima clase. Subió las escaleras hasta la primera planta y corrió por el pasillo hasta el aula 19. Desde lejos pudo vislumbrar la puerta cerrada. El profesor ya había empezado la lección. Caminó hasta la puerta trasera. Abrió con sigilo y asomó la cabeza. El catedrático se había vuelto hacia el Powerpoint que se reflejaba en la pantalla. En la parte de atrás, Natanael, Gema y Teresa le hacían señas para que se sentara junto a ellos. En un momento de despiste del profesor, se escurrió por la abertura y corrió a su asiento, dejando a su paso la puerta abierta. Colocó sus cosas en la mesa y respiró, aliviada. El profesor miró hacia ellos, pero no hizo ningún movimiento ni dijo palabra alguna que le hiciera entender que la había visto entrar tarde.

¿Qué te han dicho? —le preguntó Natanael en un susurro.

Tengo que ir a Jerez a pedir que cierren mi expediente de Derecho —masculló, algo malhumorada.

¿Y ahora te lo dicen? —se extrañó Teresa.

Tendré que faltar un día a clases.

No te preocupes. Nosotras te pasamos los apuntes —comentó Gema.

Eh, querrás decir que yo le dejaré los apuntes. Tú nunca atiendes —le espetó Teresa.

Gema se echó a reír por lo bajo.

Oye, si vas a Jerez, ¿no verás a la tarada esa? —preguntó Gema—. La enferma terminal esa de la que nos contaste.

Teresa levantó la mirada de los apuntes como si de un resorte se tratara.

¡Es verdad! ¿Qué vas a hacer si te la encuentras?

Natalia se encogió de hombros con indiferencia.

Pasar de ella. Solo voy a secretaría y me vuelvo. No la he vuelto a ver desde que estuvo en mi casa ese día.

¿Qué te han contado las demás? —quiso saber Teresa.

Al parecer ya ha conseguido otras amigas.

Natanael soltó una risilla.

Ya ha engatusado a otras —comentó.

Sí, y al parecer no les ha hablado demasiado bien de nosotras. Marina me ha dicho que cada vez que se encuentran con ella —Claudia y Sonia se llaman—, las miran con una cara… Como si fueran a vomitar.

Si es tan mala como aseguráis, les habrá contado cualquier cosa —dijo Gema.

Ella es la víctima —masculló Natalia—, y nosotras somos las malas amigas que la hemos traicionado. Me gustaría saber la nueva película que se ha montado ella sola.

La voz del profesor se fue haciendo más cercana. El hombre se acercaba, caminando tranquilamente por la clase a la vez que daba sus explicaciones. Llegó a la puerta y la cerró sin cuidado alguno, sobresaltando a los más despistados.

Por favor, si vais a llegar tarde, os agradecería que cerrarais la puerta al entrar —comentó, fijando sus experimentados ojos en la joven de pelo rizado.

Natalia enrojeció al instante. Era imposible engañar a ese profesor. Nunca se le escapaba nada.

2

El tren con destino Jerez de la Frontera llegó con puntualidad a la estación de San Fernando Centro. Natalia subió con mal sabor de boca. Ese tren lleno de futuros juristas, criminólogos y administrativos le recordaba demasiado a sus días en la carrera de Derecho. Sin duda, una de las peores decisiones que había tomado. Las puertas se cerraron entre molestos pitidos de aviso y el tren se puso en marcha. Las personas que habían entrado tomaron asiento en el primer sitio que encontraron, pero ella quería un lugar tranquilo donde leer la media hora de trayecto que quedaba hasta la última parada. Pensó en buscar a sus amigas, pero recordó que en el segundo año de carrera les tocaba horario de tarde.

En aquella parte del tren había unos cuantos asientos libres, pero frente al primero se hallaba sentado un señor de espesa barba y cara de pocos amigos; el segundo asiento era el que quedaba libre al lado de unos niños que no paraban de lloriquear y pegar berridos por Dios sabía qué razón; y el último estaba «ocupado» por una señora que, sin ninguna contemplación para con los demás pasajeros, había plantado su bolso y su chaqueta en él. Frunció el ceño y se dirigió a la parte delantera del tren, donde la gente prefería no ir por simple pereza.

Escogió un lugar de espaldas a una de las ventanas y sacó su Lingua latina del bolso. Su profesor de latín se lo había recomendado para mejorar su nivel. Los veinte euros que costaba el libro la persuadieron en un primer momento de hacerse con él, pero con el paso del tiempo, dándose cuenta de que su profesor no le enseñaría nada que ya supiera, y que la profesora que impartía las prácticas pensaba que sus alumnos ya sabían todo lo que debían saber de la lengua —nada más lejos de la realidad—, decidió hacer esa pequeña inversión para su futuro.

No pasó mucho tiempo hasta que notó que alguien la miraba. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero tras pasar la estación de Puerto Real y seguir con esa sensación, supo que realmente alguien no le quitaba los ojos de encima. Levantó la cabeza disimuladamente, como si quisiera ver el paisaje o estirar el cuello, y entonces la vio. Era una joven de cara fina y pelo corto que viajaba sentada al lado de su novio. Natalia la reconoció de inmediato. Había estado en su clase durante el primer cuatrimestre de Derecho. Se llamaba Claudia, y era la nueva mejor amiga de América.

Miró entonces a la chica que intentaba destacar sobre la voz del chico con sus chistes malos y sus falsas carcajadas, y se preguntó cómo no se había dado cuenta antes del escándalo que formaba esa niña.

Volvió sus ojos hacia Claudia. Esta la miraba como quien mira a una babosa, con repugnancia y deseos de pisotearla. Natalia fijó la mirada en su libro de nuevo con una sonrisa irónica. A saber lo que le habría contado su examiga sobre ella y las demás.

Durante cinco minutos, la miró de reojo. No parecía haberle dicho a América nada sobre su presencia, pero efectivamente no le quitaba ojo, y con cada segundo que pasaba, algo se removía en el interior de Natalia, como un demonio que luchaba por salir. Apretó las manos alrededor de su Lingua latina. Después de todo, las malas eran ellas. Claro. Eso debía pensar todo aquel que se hubiera relacionado con América desde el momento en que la pandilla la había dejado de lado.

El tren llegó a Valdelagrana. Aún quedaba un rato para llegar a Jerez. Natalia levantó la cabeza y su mirada chocó con la de Claudia directamente, sin miedo ni vergüenza. No estaba dispuesta a que la trataran como a un insecto cuando había sido otra la bruja de la historia. Cerró su libro, lo metió en el bolso y, tranquilamente se levantó de su asiento. Por un momento, pensó que lo que estaba a punto de hacer era una locura; pero no podía aguantarlo más. Tenía que hacer algo. Caminó con parsimonia hasta donde se encontraban la pareja y América, sonriendo en todo momento a Claudia, cuya expresión se iba deformando y su rostro iba palideciendo a medida que avanzaba. Finalmente, llegó hasta el asiento que quedaba libre y se sentó en él como si nada. Los tres se quedaron mirándola.

Hola, eres Claudia, ¿verdad? —le preguntó como si no hubiera visto a América sentada justo a su lado.

Sí… —contestó la chica, confundida.

He visto que me estabas mirando, y he pensado: «¿De qué me suena esta chica?» Y al final me he dicho: «¡Ah, claro, pero si estuvimos juntas en primero de Derecho!» Soy Natalia. ¿Te acuerdas de mí?

Claudia balbuceó durante unos instantes. No sabía qué responder. Lo que menos se había esperado era que esa chica se acercara y entablara conversación con ella como si no pasara nada. La había dejado sin armas, sin palabras groseras con las que mandarla a paseo. La había descolocado con su reacción.

Este sitio está ocupado —dijo la chica que se encontraba a su lado, y a la que todavía no había mirado.

Natalia mostró una sonrisa más falsa que un billete de siete euros y se volvió hacia ella. En su mente, imaginaba mil formas distintas de torturarla.

¡Anda, hola! No te había visto —mintió descaradamente—. ¿Que está ocupado? —Se volvió levemente hacia el asiento—. Lo siento, señora invisible, no la había visto.

Y empezó a reír ella sola. Después, dejó su bolso sobre sus piernas y se acomodó.

No te preocupes —le dijo cuando vio que fruncía el ceño y se ponía mortalmente seria—. Enseguida me voy. Solo quería preguntarle una cosa a Claudia—puntualizó, señalándola con el dedo.

En ningún momento perdía la sonrisa, pero quien conociera a Natalia, quien supiera interpretar el brillo de su mirada y cada una de sus expresiones, sabía que esa pequeña curvatura en sus labios no podía traer nada bueno. Era una sonrisa peligrosa; la que pondría un depredador a punto de lanzarse contra su presa.

Dime —le pidió con voz suave y afilada, a la vez que se inclinaba levemente hacia delante—, ¿qué te ha contado tu nueva amiga de nosotras, y en especial de mí, para que me mires como si quisieras tirarme a las vías del tren?

Se hizo el silencio durante unos segundos. Un silencio tenso y frío. América tragó saliva y miró a ambas chicas con el corazón encogido. El novio de Claudia presenciaba la escena ajeno a todo. Claudia ni siquiera parpadeó.

Todo.

Natalia abrió los ojos todo lo que pudo y frunció los labios. Volvió a colocar su cabeza en el respaldo y cruzó los brazos con una sonrisa malintencionada.

¡Ah, todo! ¡Perfecto! —exclamó como si de verdad se alegrara—. Entonces supongo que te habrá contado lo de la leucemia, el cáncer de laringe, la bulimia…

La expresión inquebrantable de Claudia se desintegró poco a poco. Entonces Natalia supo que no sabía nada de aquello. Había llegado su momento.

¿Qué? —murmuró Claudia.

¿Se le ha olvidado contarte eso? —preguntó con gesto inocente—. Pues nada, resulta que tu amiga nos contó en Bachillerato que tenía Leucemia. No sabes lo mal que lo pasé, y todo era mentira. ¡Pero no pasa nada, porque lo importante es que tú estés sana y no que nos hayas hecho daño, ¿verdad, cariño? —dijo, volviendo la cabeza hacia América y guiñándole un ojo.

La joven no se atrevía a decir una palabra. Pálida y callada, parecía a punto de desmayarse. Natalia la examinó unos segundos y continuó sin pudor.

No conforme con ello, a otras dos amigas —Marina y Rocío, ¿las recuerdas?—, les dijo que tenía cáncer de laringe. ¡Qué locura, ¿a que sí?! —comentó como si le hiciera gracia—. Les dijo que se estaba dando quimioterapia. Les contaba cómo le dolía, y Marina estuvo a punto de cortarse el pelo en solidaridad con ella. A mí no me contó nada de eso —aclaró—. Hubiera sido muy raro que tuviera dos enfermedades al mismo tiempo, claro. Pero aquí no acaba todo.

América apretó los labios. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

Engañó a su novio con Rocío y le dijo a esta que lo dejaría por ella, pero nunca lo hizo. Intentó alejarnos a unas amigas de otras poniéndonos en contra de las demás. —Miró directamente a América. La chica no se atrevía a levantar la mirada. En ese punto, sollozaba en silencio—. Y no contenta con eso, se puso a calentar a mi exnovio y a pedirle que se acostara con ella mientras aún estábamos juntos.

La sonrisa había desaparecido de su cara, y ahora solo quedaba reproche en su voz y odio en su mirada. Se volvió hacia Claudia por última vez. La joven parecía confundida; como si no supiera si debía creerla a ella o a su supuesta amiga.

Me contó, llorando, que había dejado a su novio porque la había violado. Que tenía una orden de alejamiento. A otra amiga le contó que la había violado un profesor particular —habló tan seria que Claudia no podía dejar de escucharla—. Cuando descubrimos todas sus mentiras, acudimos a su primera novia. A ella le había contado que era bulímica. Y, ¡no os lo perdáis! ¡Le había dicho que yo era homófoba! Por eso esa chica no me soportaba hace años.

La voz femenina del tren anunció que estaban a punto de llegar a Jerez de la Frontera. La gente empezó a levantarse de sus asientos, a preparar los abrigos y sus mochilas. Sin embargo, los cuatro jóvenes no se movían de donde estaban. Natalia relajó su expresión inundada de rencor y rabia, y dejó que Claudia viera el dolor que le había producido tener una amiga como América en su vida. La susodicha, seguía llorando en su asiento, sin intentar interrumpir la conversación.

Esta chica no puede ser amiga de nadie. No se alegra con el bien ajeno y solo busca llamar la atención, sin importar el daño que pueda hacer. Si no me crees, puedes preguntarle a las demás. Pero no creo que haga falta. Solo tienes que fijarte en que esta mentirosa no ha abierto la boca para desmentirme.

Se colocó el bolso de nuevo. El tren paró y los pasajeros comenzaron a bajar.

Tened cuidado con ella —les aconsejó antes de salir del tren y desaparecer entre la muchedumbre.

3

Natalia llamó un par de veces a la puerta de Natanael. Desde fuera se escuchaba una bonita melodía de guitarra. Natanael le dio permiso para pasar, y abrió la puerta despacio. El chico se encontraba sentado en su cama, con el instrumento entre las manos. Cuando vio quién era la que llamaba, sonrió.

Entra.

Natalia cerró la puerta tras sí y tomó asiento a su lado.

¿Qué tocas?

Nada en especial. Estoy improvisando.

¿Puedo escuchar cómo improvisas?

Natanael respondió colocando los dedos de la mano izquierda en posición y pasando los de la derecha con delicadeza por las cuerdas. Tenía una gran habilidad para tocar. Según sabía, su padre era profesor de guitarra y había empezado a enseñarle cuando él era todavía muy pequeño. El resultado demostraba el trabajo que había detrás. Viéndolo tocar con tanta rapidez y destreza, parecía fácil. Cuando de la guitarra escapó la última nota, Natalia prorrumpió en un aplauso sincero. Era fascinante oír aquella música improvisada, pero tan trabajada a la vez. Natanael hizo un gesto con la mano.

Gracias, gracias. Esta pieza se la dedico a mi mayor fan: la señorita Natalia Jiménez, aquí presente.

Qué gran honor —rio la chica.

Natanael metió el instrumento en su funda. Natalia notó el cuidado y el cariño con el que lo trataba. Parecía imposible que alguien con tanta sensibilidad pudiera hacer las cosas que había llegado a hacer. O, mejor dicho, las que llegaría a hacer si no lo evitaba. Recordó las palabras que le había oído decir la última vez que había hablado con él en ese mundo paralelo en el que se había visto envuelta:

«Te quiero, Natalia. Cuando terminaste con David, pensé que había llegado mi oportunidad para conquistarte, pero al parecer alguien ya se había adelantado. No podía aceptarlo…»

Natanael, tengo que hablar contigo.

El joven mostró una sonrisa nerviosa.

Qué seria te has puesto…

Es algo delicado.

Natanael dejó apartada su sonrisa. Su rostro reflejó un alto grado de preocupación. Colocó la guitarra al lado del armario y puso toda su atención en ella.

Bien, dime.

Natalia se removió, incómoda. No sabía cómo debía empezar. No podía contarle todo lo que había pasado —o que pasaría en el futuro—. La creería loca. Se reiría de ella y no la tomaría en serio. Debía abarcar el tema de una forma diferente.

He dejado a David…

La expresión del chico no dejó de ser seria, pero a Natalia le pareció apreciar un brillo de esperanza en sus ojos azules. Era lo que había esperado.

Vaya…, lo siento. ¿Qué ha pasado?

Se acabó el amor. —No mentía, solo había ocultado parte de la verdad. Agarró una mano de Natanael y la apretó con fuerza, tal vez para ablandarlo un poco y prepararlo para lo que venía a continuación. Debía admitir que se sentía un poco asustada por su reacción—. Natanael, sé que te gusto…

Él dejó de respirar unos instantes y enrojeció por completo. Tragó saliva y la miró a los ojos. Por un momento pensó que se iba a declarar, pero en sus ojos no había amor, solo tristeza. No sabía por qué le había sacado ese tema, ni adónde quería llegar, pero debía ser algo realmente importante, así que asintió.

Sí, me gustas —reconoció, sintiéndose más valiente de lo que en realidad era—. Pero no pensaba entrometerme en tu relación.

Ya lo sé —dijo ella, y apretó de nuevo su mano—. Tenía mucho miedo de hablar contigo de esto —admitió—. Eres uno de mis mejores amigos. Te quiero muchísimo, pero no te veo con los mismos ojos con los que tú me ves a mí.

Una mueca de desilusión. Natanael bajó la mirada.

Entiendo.

Me asusta la manera en la que puedas reaccionar si me enamoro de otra persona —dijo, recordando las peleas, los gritos, la bofetada, los insultos, la fotografía… Se acercó un poco más y le dio un abrazo fraternal—. No quiero que dejes de ser mi amigo. Eres demasiado importante para mí. Por favor, no te alejes.

Natanael la apretó fuerte contra él, respirando su aroma, y de repente se sintió hundido. Ella le gustaba más que a nada. Llevaba enamorado de Natalia desde hacía meses. Pensar que nunca la tendría no era algo fácil de asumir, y más cuando ella misma se lo confirmaba.

Somos amigos —murmuró—. ¿Por qué piensas que me alejaré de ti?

Entonces, ¿si algún día me ves con otro, no te enfadarás? ¿No dejarás de hablarme? —le preguntó.

Natanael permaneció callado durante unos instantes. Verla con otro sería un duro golpe. No sabía si podría soportarlo, pero tampoco entendía cómo era posible que ya estuviera pensando en una nueva relación, habiendo terminado una hacía tan poco tiempo. ¿Acaso ya tendría a otro?

¿Lo dices porque ya estás con alguien más? —se atrevió a preguntar.

Natalia dudó. No, no se podía decir que estaba con alguien, pero sabía que no podría volver a enamorarse a menos que se quitase a Héctor de la cabeza.

No…, no lo sé. Es complicado.

Natanael frunció el ceño y gruñó. Natalia volvió a abrazarlo, segura de que su amigo volvería a reaccionar de forma violenta. Estuvo a punto de echarse a llorar. La presión, la tensión estaba pudiendo con ella. Llevaba a su espalda una carga demasiado grande. Sin embargo, aguantó sin soltar una sola lágrima.

No quiero perderte. Por favor… No sé qué decirte para pedirte que no se termine nuestra amistad.

Natanael exhaló un suspiro. No iba a llorar; tampoco se iba a enfadar. Nunca la había tenido, así que no sabía lo que era perderla. No podía culparla por no quererle a él. Al fin y al cabo, ella le había dado más de lo que podría desear: su amistad, que era más grande que cualquier enamoramiento pasajero que pudiera sentir por cualquier otro.

«Eso es», se dijo.

Se esforzaría por convertirse en su mejor amigo. Sería el número uno, el que siempre estaría allí para ella, el que la consolaría cuando las cosas fueran mal y la haría reír. La ayudaría a estudiar y a divertirse. La acompañaría en sus días libres y la trataría como una princesa. Poco a poco se la iría ganando, y estaba seguro de que tarde o temprano conseguiría conquistarla. Solo necesitaba tiempo, paciencia y mucho coraje para soportar a todo aquel que se le acercara.

No me perderás —dijo, besándole la mejilla—. No importa si no sientes lo mismo por mí. Soy tu amigo y no te dejaré por eso.

¿De verdad?

De verdad. No pasa nada, ¿vale? Si no puedo ser nada más para ti, seré tu mejor amigo. Con eso me conformo. Tu amistad es lo primero. —La estrechó con fuerza entre sus brazos—. Y siempre lo será.

La muerte de la víbora

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VII

La muerte de la víbora

1

David daba vueltas por su habitación como un león enjaulado. Hacía tiempo que esperaba todo aquello, pero una parte de él no había querido aceptar que ese momento tendría que llegar tarde o temprano. Su novia no parecía ni avergonzada ni triste; todo lo contrario. No bajaba la mirada, y en esta resplandecía el brillo de la decisión. Estaba completamente convencida de lo que estaba haciendo. No dudaba, y eso era algo que le dolía profundamente.

No lo acepto —masculló—. No puedo aceptarlo.

Lo siento, David, pero vas a tener que hacerlo te guste o no.

Su voz era firme, implacable.

¿Cómo quieres que lo haga, Natalia? ¡Me estás dejando por un sueño! ¡Un maldito sueño!

Natalia se cruzó de brazos y cerró los ojos, tranquila, serena.

Sé que no era un sueño —murmuró—. Pero entiendo que pienses que es una locura.

¡Es que es una locura! ¡Joder, ¿qué coño piensas hacer, esperar a un espejismo toda la vida?!

Natalia se levantó de la cama y cogió su bolso. No iba a caer en provocaciones. La decisión estaba tomada.

No, iré yo a buscarlo —anunció, caminando hacia la puerta.

¡Estás loca! ¡Como una jodida cabra! —gritó, dándole una patada a la cama. Era la primera vez que Natalia lo veía fuera de sí—. ¡Mierda!

La joven se volvió hacia él y esperó a que se tranquilizara un poco.

David, no es por ese sueño. No es por ese personaje que, según tú, está en mi cabeza…

Y según cualquier psicólogo —aclaró, interrumpiéndola.

Natalia frunció el ceño.

Te dejo porque no te quiero. Porque por más que lo intente, no puedo quererte. No sé si es una ilusión o no, solo sé que mientras él viva en mi cabeza, no puedo estar con nadie más. Y tal vez termine en un manicomio, pero no puedo seguir con esta mentira.

Y dicho esto, se volvió y caminó hasta la puerta, abrió y salió de la casa de David para no volver nunca más. El chico la vio partir desde su ventana, y sin importarle quién pudiera oírle o verle, empezó a vociferar todo lo que su desgarrado corazón le ordenaba.

¿Una mentira? ¡Lo tuyo sí que es una mentira, Natalia! ¡Vives en un mundo de fantasía! ¡Tu vida es una puta mentira, y no serás feliz mientras vivas! ¡Vas a sufrir, te lo aseguro!

La gente se asomaba a las ventanas, las personas de la calle se paraban a mirar a aquel loco que se estaba dejando la voz por aquella chica que, tapándose la cara de vergüenza, bajaba la calle sin mirar atrás.

David cerró la ventana de tal golpe que quebró levemente el cristal. Segundos más tarde, empezaba a reír con amargura. No era él el que estaba loco, como pensaban las personas que le habían juzgado con la mirada y el pensamiento.

2

Dejar a David fue como quitarse un peso de encima; como si durante demasiado tiempo hubiese llevado una gran carga sobre los hombros que la iba aplastando poco a poco. Ahora se sentía libre, llena de energía, aunque todavía un poco resfriada. Aun con las toses, la nariz atascada y pañuelos de papel esparcidos por toda la casa, nadie fue capaz de impedir que Natalia fuera ese día a clase. Se abrigó bien, se enrolló su bufanda preferida alrededor del cuello y salió antes que nadie de la casa. Era consciente de que el tiempo era oro desde el momento en que había decidido cambiar su vida. Héctor llegaba a principios de marzo, y febrero ya avanzaba sin dar tregua. Tenía demasiadas cosas que hacer como para quedarse en la cama esperando a que se le pasara la tos.

Entró en la Universidad como un rayo y recorrió los pasillos que la llevaban a la cafetería. Sabía que allí encontraría a quien estaba buscando, y esta vez no se le escaparía. Desde la puerta echó un vistazo, y allí estaba Raquel, sentada en una esquina, tomándose un café a la vez que leía una revista.

«Perfecto. Así ni se dará cuenta de que me acerco.»

Rio ella sola al darse cuenta de que estaba actuando y pensando como una completa psicópata. Se quitó la bufanda, pensando en usarla de lazo si Raquel intentaba escapar, y avanzó con paso decidido hasta su mesa. La chica ni siquiera se dio cuenta de que tenía compañía hasta que Natalia colocó sus manos sobre la mesa. Fue entonces cuando Raquel dejó de leer para centrarse en su compañera de clase, que le brindaba una exagerada sonrisa que le dio escalofríos.

Buenos días, Raquel.

Raquel tragó saliva.

Buenos días. —Su voz sonó más aguda de lo normal—. Me alegra ver que estás mejor. Ya me habían dicho que te encontrabas mal.

Natalia tomó asiento y dejó sus cosas sobre la mesa sin preguntarle si su presencia la molestaba. Sabía que era así, y no le iba a dar una razón para cortar aquella conversación que tanto le interesaba.

Un poco de fiebre, pero ya estoy bien. Soy fuerte como una roca —bromeó.

Raquel forzó una sonrisa y bebió de su café. Natalia se preguntó cómo sería la forma más adecuada para abordar el tema. Barajó distintas posibilidades, pensó en distintas formas de llegar a ese punto en la conversación, y finalmente llegó a la conclusión de que ninguna manera era apropiada. El tiempo corría y ella lo estaba perdiendo.

Eres la ex de David, ¿verdad?

Raquel se atragantó con el café, dejó el vaso sobre la mesa y empezó a toser. Natalia le dio unos golpecitos en la espalda, y Raquel la miró con miedo.

Tranquila, no voy a matarte —le aseguró Natalia entre risas—. Lo siento, en otra ocasión hubiera tenido más tacto, pero se me va la hora y necesito hacerte algunas preguntas.

Raquel se limpió con ella servilleta y retiró un poco su silla de la mesa, aún desconfiada.

¿Qué preguntas?

Mira, la historia es muy larga y, como he dicho, no tengo tiempo. Pero necesito saber si realmente eres la ex de David y si una vez tuviste un lío con una amiga mía llamada América. Porque si es así, tendrás que contestarme algunas preguntas.

Raquel suspiró. No negó que fuera la ex de David; tampoco preguntó quién era esa tal América. Natalia sonrió. Sabía que había dado en el clavo. Raquel se lo tomó con calma, se terminó su café y después respondió todas sus preguntas. El reloj ya marcaba más de las nueve y diez, pero las chicas seguían charlando. La clase podía esperar.

En efecto, Raquel había estado saliendo con David y América, y tal y como suponía, América era tan mentirosa como ella había pensado. No habían sido paranoias suyas. Además, le dio las mismas razones con las que le había explicado en su supuesto «sueño» de por qué le había pedido a David que la dejara. Todo encajaba. Cada vez estaba más segura de que su sueño no era un sueño.

Gracias, Raquel. Necesitaba tener esta conversación contigo.

Raquel sonrió, esta vez con sinceridad.

De nada.

Natalia recogió sus cosas y fue hacia la puerta.

¡Ah, una cosa más! —le dijo, volviéndose hacia ella—. Ten cuidado con David. Te llamará pronto para que quedéis.

Raquel quedó perpleja ante aquella afirmación, pero no quiso entrar más en detalles; y tampoco hubiera podido, porque para cuando se quiso dar cuenta, Natalia corría escaleras arriba hacia la clase que ella por la hora había decidido saltarse.

3

Natalia y Carmen se presentaron en casa de Marina sobre las siete de la tarde. Habían estado llamándola al móvil durante horas, pero no lo cogía. Carmen le había contado a Natalia que su amiga llevaba una semana faltando a clases. La teoría más razonable sería que se encontraba enferma, pero Natalia no se lo creía. Sabía lo que estaba ocurriendo. Solo había una enferma en aquella historia, y no era Marina.

Llamaron un par de veces a la puerta, y finalmente abrió una señora de rostro amable y figura regordeta.

Hola —dijo Natalia—. Venimos a ver cómo se encuentra Marina. Sabemos que no se siente bien.

La madre de Marina las dejó pasar sin ningún reparo, y las condujo hasta la habitación de su amiga. La casa era enorme, y aunque habían estado allí más veces, no podían dejar de sorprenderse. Era una casa antigua comprada a precio de ganga y reformada, con tres salones, tres cuartos de baños, cinco habitaciones, cocina e incluso terraza. Llegaron al cuarto de Marina a través de un largo pasillo y la madre abrió la puerta con sigilo.

Despertadla —les pidió la señora con cierta preocupación en la cara, antes de marcharse a atender sus labores—. Ha estado durmiendo casi todo el día.

Natalia y Carmen entraron en la oscura habitación que, pensó Natalia, podía ser tres veces el tamaño de la suya. Dejaron sus cosas en el sofá que se encontraba al lado de la cama y se sentaron en el filo de esta última, al lado del gran bulto que se tapaba con un edredón de colores. A su lado, dormía una gata atigrada que en cuanto las vio, saltó de la cama y salió corriendo de la habitación.

Marina —la llamó Carmen, dándole unos golpecitos en el brazo.

La joven reaccionó al sonido de la voz, e intentó distinguir aquellas siluetas que no correspondían ni a su madre ni a su hermana.

Con un pequeño movimiento, apretó un interruptor que tenía en el cabecero de la cama y se encendió una pequeña lámpara. Realmente tenía mala cara, pero Natalia seguía sin creerse que estuviera enferma.

Hola —dijo, con una sonrisa—. ¿Qué hacéis vosotras aquí? —preguntó, incorporándose.

Venimos a ver cómo estás, que hace una semana que no apareces por clase —explicó Carmen.

Sí, es que no me encontraba bien.

¿Tienes fiebre?

No, no creo —dijo, tocándose la frente—. Estaba cansada y me dolía la cabeza.

Tu madre parecía preocupada —comentó Natalia.

Se preocupa demasiado.

Yo también lo estaría si mi hija no se levanta de la cama a causa de una depresión.

Marina levantó la mirada y la fijó en Natalia, sorprendida y confundida a la vez.

¿Qué?

Sé lo que está pasando —le confesó—. No estás metida en cama porque estés enferma, sino porque estás deprimida.

Marina abrió la boca para hablar, pero solo pronunció un nombre antes que los ojos se le llenaran de lágrimas.

América…

América miente —aseguró Natalia sin duda en la voz.

¿Cómo? —preguntó la chica, secándose las lágrimas—. ¿Que miente?

Yo me creo cualquier cosa de esa —intervino Carmen, que aunque no sabía con certeza si las hipótesis de Natalia eran ciertas, confiaba en que la maldad de América no tuviera límites. Marina sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó la nariz.

Te ha dicho que está enferma, ¿verdad? Que tiene cáncer de laringe y que le están dando quimioterapia. Te ha pedido que te cortes el pelo con ella porque se le va a caer. Que no sabe cuánto tiempo le queda, ¿no es así?

A medida que Natalia iba pronunciando cada una de aquellas palabras, la expresión de Marina fue cambiando drásticamente. Ya no lloraba, solo miraba a Natalia sin parpadear y mortalmente seria.

¿Cómo sabes tú eso?

Natalia sonrió. Había llegado la hora de dejar de ser una tonta.

Lo que importa no es cómo lo sé; sino que todo eso y muchas cosas más que han salido de su boca son mentiras.

4

América apareció puntual en la puerta, tal y como había previsto. En cuanto su madre había salido de casa como cada sábado por la tarde, se había lanzado hacia el teléfono y había marcado ese número que esperaba no tener que teclear nunca más. Dos tonos de llamada, y había respondido un señor. Una vez que le había pasado la llamada a su hija, solo había tenido que cambiar el tono de voz. Miró hacia el pasillo. La puerta abierta. Ya estaba todo preparado. Se miró al espejo y puso la expresión más triste de la que fue capaz. Cuando abrió la puerta, le dio la impresión de que América le seguía el juego y actuaba a hacer el papel de amiga preocupada.

¿Qué ocurre? —le preguntó, abrazándola con fuerza.

Pasa, pasa —le pidió Natalia—. Siéntate.

América no entendía nada, pero entró en el salón con apremio y tomó asiento en el sofá, dejando libre el sitio de Natalia. Sentía curiosidad por saber qué es lo que le había pasado y por qué no había llamado a Carmen —su mejor amiga— en vez de a ella.

Se fijó en que Natalia no perdió el tiempo cerrando la puerta del pasillo, como siempre hacía, para que Pantera no entrara en las habitaciones. Debía ser algo serio. La chica de rizos castaños agarró la mano de su amiga en un gesto desesperado.

¿Por qué no me lo contaste?

América permaneció seria, confundida.

¿El qué?

Marina me ha dicho que tienes cáncer de laringe —confesó, forzando algunas lágrimas.

Natalia agachó la cabeza, fingiendo secarse las lágrimas con el dorso de la mano. La expresión de América casi había provocado en ella un ataque de risa. Pero debía controlarse si no quería echar el plan a perder. Cogió aire y lo expulsó lentamente, como si la angustia no la dejara respirar; pero realmente estaba cogiendo fuerzas para no estallar en carcajadas.

¿Qué? —exclamó América—. ¡No, no! Marina está exagerando. Le dije que me estaban haciendo unas pruebas para ver si tenía cáncer, pero que no era seguro. De hecho, ya me han dado los resultados y no tengo nada —improvisó.

¿Ah, sí? —preguntó ella con gesto inocente. Se llevó una mano al corazón y respiró profundamente, aliviada—. Pero si me dijo que te estaban dando quimioterapia y todo… Que estaba dispuesta a cortarse el pelo para que te sintieras mejor.

¡Hala! ¡Quimioterapia! —empezó a reír, con nerviosismo—. ¡Qué tonterías! ¿Acaso me ves mala cara o que se me esté cayendo el pelo?

Natalia la miró de arriba abajo con una mano en la barbilla, cambiando la expresión de su cara.

No, la verdad es que pareces muy sana.

¡Porque estoy sanísima! No sé por qué te habrá mentido, en serio.

Natalia sonrió y dejó que su amiga riera durante un buen rato, como si le hubieran contado un chiste. Examinó su expresión. Era obvio que estaba nerviosa e intentando salir del lío en el que se había metido con más mentiras.

Hablando de eso… Nunca tuve valor para preguntarte, pero… ¿qué pasó con tu leucemia?

América siguió riendo como si no hubiera escuchado nada, pero su expresión se deformó levemente. Lo suficiente para que Natalia supiera que había dado en el clavo.

¿Mi qué?

Tu leucemia —repitió—. La que nos dijiste que tenías en Bachillerato.

La joven no perdió la sonrisa en ningún momento. No se había puesto seria al mencionar su supuesta enfermedad. Cuando alguien menciona algo doloroso de tu pasado, algo se remueve en tu interior, y tu sonrisa se pierde al menos por unos segundos. Natalia lo sabía, y por ello estaba segura de que la había pillado con las manos en la masa.

¡Ah, sí! Fue un error, ¿sabes? Un fallo médico. Finalmente me dijeron que no tenía nada.

Natalia se cruzó de brazos y frunció el ceño.

Y ¿por qué no nos lo dijiste? Lo pasé muy mal por eso.

Su tono era de reproche. América se relajó, pensando que Natalia se lo había tragado. Ahora solo tenía que dejar que sus mentiras fluyeran hasta que todo volviese a la normalidad.

Lo siento, se me olvidaría… —Lo pensó mejor—. O puede que me diera vergüenza deciros que no tenía nada, después de haberos hecho pasar por eso.

«Se le olvidó», pensó Natalia. «Algo tan importante no se olvida. Menuda víbora…»

Pantera subió al sofá y se acurrucó en la falda de América, lo que le dio la excusa perfecta para cambiar de tema. La chica acarició al animal mientras este ronroneaba, a gusto. Comentó lo suave de su pelaje y la belleza de sus ojos verdes. Pantera fijó su mirada en el pasillo. Tenía obsesión por entrar a las habitaciones cada vez que la puerta se encontraba abierta, y esta vez parecía que su dueña le daba permiso de darse un paseo por ese lugar recóndito de la casa que rara vez pisaba. Natalia vio con fastidio cómo su gata se levantaba y caminaba con parsimonia hacia el pasillo. Era su afán aventurero, su curiosidad felina la que la empujaba a colarse en cada rincón de esa pequeña casa. Saltó desde el sofá y se coló por la puerta abierta.

Es monísima —comentó América.

Y muy pesada también.

Pantera comenzó a maullar, y Natalia tragó saliva.

¿Por qué maúlla?

Habrá visto algún bicho —le restó importancia su dueña—. Oye, y hablando de Marina… ¿Sigue igual que siempre? Me contaste que estaba insoportable.

No hay quien la aguante —masculló como si le diera verdadera rabia—. Parece que quiera hacerme sentir mal por sacar mejores notas que yo.

Qué cosa tan rara…

Desde que se junta más con Rocío, es como si estuviera en mi contra. ¡A saber las cosas que le habrá contado de mí!

¿Rocío? —Natalia miró hacia el pasillo, disimuladamente—. ¿Por qué Rocío tendría que contarle cosas malas sobre ti?

¡Ah, es verdad, no te lo he contado! —exclamó—. Pues, resulta que Rocío está detrás de mí.

¿Cómo detrás de ti? ¿Que le gustas? —preguntó Natalia, abriendo los ojos como platos y llevándose una mano a la boca.

¡Sí! No para de molestarme desde que se enteró de que soy bisexual, y le he dicho que se olvide de mí. Que no voy a dejar a Francis por ella, ¿entiendes?

¡Madre mía…!

Y ahora no sé qué cosas le habrá metido a Marina en la cabeza, pero el otro día Marina me dijo que estaba enfadada conmigo porque le estaba haciendo daño a su amiga. ¡Pero si es culpa de ella!

Natalia empezó a reír, y América, desconcertada, no supo si reír con ella o permanecer seria ante el asunto sobre el que estaba tratando.

Por lo que parece, estamos rodeadas de víboras, eh… Ya no te puedes fiar ni de tu propia sombra.

¡De nadie! —puntualizó América, pero enseguida relajó el tono y le echó los brazos a Natalia para que la abrazara con una falsa dulzura en la voz—. Bueno, menos de ti.

Natalia sonrió de nuevo.

Ni de tu propia sombra —repitió de nuevo la joven.

América se apartó de ella. En su rostro volvía a reinar la confusión. Oyó unos pasos en el pasillo. ¿Estaba la madre de Natalia en casa? Se dio la vuelta, y vio salir del pasillo a su peor pesadilla. Rocío, Marina y Carmen salían tranquilamente y se colocaban delante del sofá. América, con la piel pálida como la nieve, pasó la mirada por cada una de sus caras. Carmen parecía indiferente, como si ya se esperara todas sus patrañas; la forma en que Marina la mirada, sujetando entre sus brazos a Pantera, le recordaba a un capo de la mafia a punto de fijar su sentencia de muerte; y Rocío lloraba. No intentaba ocultar su tristeza, y tampoco su indignación. Por último, estaba Natalia, en cuyos ojos solo había asco. La chica se levantó y se unió al grupo, dejando a la acusada sola en el sofá, y sin amigas desde ese momento.

El rumbo de la historia

Publicado en

VI

El rumbo de la historia

1

Unos días más tarde celebraron el cumpleaños de Rocío. Una vez más, Natalia tuvo la sensación de vivir un déjà vu. La cena en el restaurante italiano, las bromas, la bronca de la camarera por alzar demasiado la voz. Desde su asiento, veía a las demás como si viera una película sentada delante de la televisión. Era como si pudiese rebobinar hacia adelante y hacia atrás para saber lo que iba a pasar antes de que ocurriese. Y efectivamente, como tantas veces, su visión se cumplía. Cuando salieron del restaurante Flavio, Natalia miró a América y supo lo que ocurriría a continuación. La chica se acercó a ella, la agarró de brazo y dejó que las demás siguieran adelante. Natalia tragó saliva.

Tengo que contarte algo.

El cuerpo de Natalia se tensó.

No sé si quiero ir a la fiesta —le dijo América.

¿Por qué?

«Ya sé por qué.»

Porque estará Daniel.

«Lo sabía.» Se hizo la tonta.

¿Tu ex?

Sí. Me he enterado de que irá con sus amigos a ese cotillón.

«Son las mismas palabras…»

¿Y qué pasa? —preguntó Natalia, deseando que la respuesta no se correspondiera con lo que ella tenía en mente.

Hay algo que no te he contado —confesó—. Bueno, que no le he contado a nadie.

«Me lo va a decir. Me va a mentir otra vez.»

¿El qué? —se atrevió a preguntar.

La razón por la que dejé a Daniel.

«Está pasando. Está pasando de verdad.»

América caminaba cabizbaja, con una mueca de tristeza en el rostro y un tono de voz apenas audible. Natalia la miraba de reojo. Estaba asustada porque sus predicciones volvían a cumplirse, pero iracunda por volver a pasar por esa fase de gravísimas mentiras.

¿Qué ocurrió?

Mi padre tuvo que ponerle una orden de alejamiento.

Natalia volvió a tragar saliva. «Aquí viene», se dijo.

¿Cómo?

Estábamos con los exámenes de segundo de bachillerato. Yo estaba muy agobiada y no me dejaba en paz. —Hizo una pausa. Respiró hondo y lo soltó de golpe—. Él me forzó, me hizo daño. Daniel me violó, Naty.

2

Deberías haberte quedado en la cama — le dijo Miriam—. Tienes un aspecto horrible.

Natalia levantó la mirada del humeante Cola-cao. Tenía el semblante triste y la faz cenicienta. Miriam empezaba a pensar que las ojeras se habían hecho permanentes en su cara, y cada día la veía más delgada.

Gracias —murmuró Natalia, llevándose el vaso a los labios y dando un pequeño sorbo.

Volvió a dejarlo casi de inmediato en la mesa y apoyó la cara en su mano derecha. La cafetería de la Universidad empezaba a llenarse y la constante cacofonía que formaban los estudiantes al hablar, reír o simplemente caminar le resonaba en la cabeza. Teresa volvió de la barra con una tostada y se la colocó delante. Natalia se tapó la boca y alejó el pan con la otra mano.

Tengo fatiga.

Natanael le frotó la espalda.

Tienes que comer algo. Ayer tampoco cenaste.

Natalia negó con la cabeza y ahogó un quejido. Sus amigos la rodeaban, preocupados.

Mira que te hemos dicho que te quedaras en casa. Es que eres cabezota… —la regañó Gema.

Miriam le puso la mano en la frente y notó que esta ardía.

Tienes fiebre. Tú te vas para casa —dictaminó. Se levantó de la silla y se colocó la mochila en la espalda—. Vamos, que te acompaño.

Natanael se levantó con Natalia y le pidió a Miriam que volviera a sentarse.

No te preocupes. Yo voy con ella.

Natalia se puso el chaquetón y Natanael cargó con su mochila. Despacio, se dirigió a la salida de la cafetería. Se encontraba verdaderamente mal. En lo único en lo que pensaba era en meterse en la cama. En la puerta, chocó con alguien. Le pidió perdón con un murmullo y la chica con la que había tropezado hizo otro tanto y pasó de largo. Natalia se volvió hacia atrás a tiempo para ver la melena oscura de Raquel, que se alejaba mirando al suelo. Quiso ir hacia ella, pararla y aclarar algunas cosas, pero atontada como estaba no le quedaban ganas de jugar a los detectives. Así que dejó que Natanael la guiara hasta la casa.

Gema cogió la tostada que Natalia había rechazado y le pegó un bocado.

No sé qué le pasa, pero desde hace tiempo la noto muy decaída —comentó con la boca llena.

Yo también —corroboró Miriam, que no apartaba la mirada de la puerta por la que había salido su amiga.

¿A vosotras no os ha contado nada? —preguntó Teresa.

Absolutamente nada —dijo Miriam—. Pero algo le tiene que estar pasado. Estoy segura.

3

Esa madrugada volvió a despertar de un sueño, que más que sueño podrían haber sido recuerdos o delirios provocados por la fiebre. Fuera como fuere, se levantó de la cama, cansada de que su cabeza quisiera advertirle de lo que estaba ocurriendo. Caminó hasta su escritorio a trompicones. Notaba la cabeza cargada y tenía unas terribles ganas de vomitar. Ya sentada, comenzó a revisar el cuaderno en el que, con el paso de los días, había estado anotando cada coincidencia, por pequeña que fuera, entre el mundo de sus sueños y la realidad. Y llegó a la conclusión de que la historia casi al completo se repetía. Todo volvía a suceder tal y como ella recordaba. Todo menos ese mensaje en su bandeja de entrada, y por lo tanto, su ruptura con David. Apoyó la cabeza entre sus manos. No estaría levantada de no ser porque el desasosiego no la dejaba pegar ojo. Esa tarde, había vuelto a llamar David, y sin darle la oportunidad de hablar, le había colgado. Estaba enferma, desesperada y se le había acabado la paciencia.

Estaban ya a principios de febrero, y todavía no había señales de vida de Héctor. Según recordaba, había empezado a hablar con él en diciembre, y había cortado con David en enero. Los grandes acontecimientos de su historia estaban cambiando. Continuó leyendo. En marzo Héctor había bajado a Cádiz para conocerla, después de estar en Madrid. Tras esa visita, su mundo había empezado a tambalearse. Aún podía sentir la tristeza que la había inundado al verlo marchar, y el sentimiento de soledad que se había apoderado de ella durante los meses siguientes; los celos de Natanael habían acabado con su amistad; América había manipulado a sus amigas con un puñado de sucias mentiras; y Natanael le había mandado una foto a David en la que ella y Héctor se encontraban en una situación algo comprometedora. Si todo seguía por ese rumbo, las cosas se pondrían muy feas de nuevo. Aunque, por otra parte, sin Héctor, gran parte de esos problemas desaparecían. Tal vez ese regreso al pasado había sido una oportunidad que le había dado la vida para dejar de sufrir por la situación en la que ella había decidido meterse.

«Quizás debería dejar de esperarle…», pensó en un momento dado.

Suspiró. Tiró el cuaderno al suelo y se dejó caer en la cama sin cuidado alguno, dándose un golpe en la mano derecha con el cabecero.

¡Ay!

Agarró su mano golpeada con fuerza hasta que el dolor remitió; entonces la soltó con cuidado, buscando alguna marca en la piel, pero la única que encontró fue un pequeño lunar que le hizo viajar de nuevo en el tiempo. Cerró sus ojos. En su cabeza, le tomaba la mano derecha a Héctor, donde el joven tenía un lunar exactamente igual al de ella.

Mira, iguales —le había dicho, enseñándole la mano.

Héctor le había sonreído.

¿Necesitas más pruebas de que estamos hechos el uno para el otro? —le había preguntado él, juntando sus manos.

Nunca las he necesitado —había respondido ella, más segura que nunca.

Volvió a abrir los ojos. Esta vez, bañados en lágrimas. Se dio la vuelta en la cama y lloró amargamente contra la almohada, deseando que sus compañeros de piso no la oyeran. Necesitaba desahogarse. Héctor no era un personaje de ciencia ficción. Lo sabía. Todo había sido su culpa. Había sido ella la que había deseado no haberlo conocido; la que había preferido dejar de sufrir y huir como una cobarde. Había conseguido volver al pasado, cambiar los hechos, y con ello, ser infeliz. Héctor no había sido el culpable de que su historia no funcionara, ni Natanael, ni David, ni América… Sino ella.

De repente, paró de llorar y levantó la cabeza de la cama. El problema había sido ella. Había sido ella la que había hecho las cosas mal. Una sonrisa apareció en su cara. Había hecho las cosas mal, pero ahora tenía la oportunidad de arreglarlas.

Se levantó de un salto de la cama. Llorando no iba a arreglar nada. Recogió el cuaderno y volvió a revisarlo. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Todavía estaba a tiempo de enmendar sus errores.

«¡Eso es!»

La historia estaba cambiando, pero ella podía escribirla de nuevo. Podía escribir su propia historia. Empezando por todo aquello que había querido decir y no se había atrevido, por aquello que había deseado hacer en el pasado y no había hecho. Tenía un mes para ello. Ya era hora de que el rumbo de su vida cambiara para bien.

Feliz no cumpleaños

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V

Feliz no cumpleaños

1

El hipnótico olor de la tienda de chuches se fue desvaneciendo a medida que se alejaron de ella. El paquete de palomitas que Carmen llevaba en la mano se vaciaba con igual rapidez. Natalia volvió a meter la mano como si fuera un gancho y atrapó un puñado que se llevó a la boca. Tomaron asiento en la entrada del Bahía Sur, y no hablaron hasta acabar la bolsa.

¿Estás nerviosa porque llegue mañana? —le preguntó Carmen, sacudiéndose las manos de restos de palomitas.

¿Nerviosa por qué? —inquirió Natalia, que todavía masticaba su último puñado.

Carmen hizo un gesto de obviedad.

Mañana es tu cumpleaños.

Natalia arqueó las cejas.

¿Mañana ya?

No llevaba bien la cuenta de los días. A esas alturas todavía se encontraba algo desorientada en cuestión de tiempo.

Sí, mañana —confirmó Carmen—. ¡Qué cabeza tienes!

No sé en qué día vivo —bromeó.

Carmen hizo una bola con el paquete de palomitas e intentó encestarla en la papelera más cercana.

¿Y vas a celebrarlo como todos los años?

La verdad es que no pensaba celebrarlo —se sinceró ella.

¿Por qué?

«Porque es como si ya lo hubiera hecho.»

Pues, porque es un follón —improvisó—. Hay que comprar mucha comida, para que después la mitad sobre; los invitados llegan tarde, y si no, se van temprano. Me llevo todo el día organizándolo con la mayor ilusión para que los demás no se preocupen ni por la hora.

Pero diecinueve años no se cumplen todos los días.

«¿Diecinueve? Habría jurado que ya eran veinte.»

Ya…

Carmen se dio cuenta por su expresión y por su tono de voz de que ese año, su fiesta no era una prioridad para ella. Como si realmente no le hiciera ilusión; como si no fuera su cumpleaños.

Dejaron su asiento en el Bahía Sur y caminaron de regreso a casa. La noche había caído hacía media hora y el aire frío les calaba los huesos. Natalia pensó que el tema de su cumpleaños había quedado en el olvido, pero cruzando el puente que llevaba a la estación, Carmen volvió a la carga.

Bueno, ¿al menos saldremos a dar una vuelta? —propuso—. Tengo que felicitarte como es debido.

Claro. Saldremos.

2

Carmen colgó el móvil.

Dice Marina que ha tenido un contratiempo y que va a tardar un poco. ¿Vamos hacia su casa para darle el encuentro?

Natalia se encogió de hombros.

Como quieras.

Salieron de la Plaza del Rey en dirección a la Alameda, donde se hallaba la casa de Marina. Natalia se subió hasta el cuello la cremallera de su abrigo. El sol se ocultaría en un rato y la temperatura empezaba a caer en picado.

No entiendo cómo, viviendo tan cerca, siempre llega tarde —comentó Natalia, encogiéndose cuando una fría ráfaga de viento las golpeó en la cara.

Y nosotras, que somos las que más lejos vivimos, siempre llegamos antes de tiempo.

Natalia señaló al cielo. Una gran nube negra amenazaba con descargar más que agua. Un trueno resonó en la ciudad.

Deberíamos darnos prisa, o nos vamos a mojar.

Caminaron a paso rápido hasta la Alameda y llegaron al portal de Marina. Natalia llamó al telefonillo. Segundos más tarde, respondía su amiga.

¡Marina, somos nosotras! ¿Bajas?

Aún me falta un poco. Subid —le pidió.

En la puerta se oyó un chasquido y Carmen empujó justo antes de que empezaran a caer las primeras gotas de lluvia. Nada más cerrar, las chicas escucharon otro trueno, y el sonido que hubo a continuación fue como si el cielo se hubiese desprendido y hubiese chocado contra el suelo. Curiosas, volvieron a abrir la puerta y vieron como una cascada de agua caía sobre el parque de la Alameda.

Madre mía…

Por los pelos.

¿Estás segura de que quieres salir con este tiempo? —le preguntó a Carmen.

Su amiga vaciló.

Tal vez Marina nos deje quedarnos a ver una película…

Subieron al primer piso y llamaron un par de veces a la puerta. Marina abrió la puerta un poco apurada. Parecía nerviosa.

¿Habéis oído eso? —les preguntó nada más entrar—. Está cayendo una buena.

Eso es lo que yo estaba diciendo —dijo Natalia—. No sé si vamos a poder salir con ese chaparrón.

Marina les pidió que dejaran sus cosas en la entrada y las guio hasta el salón. Carmen entró antes que Natalia. Todo estaba oscuro y en silencio. De fondo, solo se escuchaban los truenos y la lluvia caer.

Qué tétrico —comentó Natalia.

Esperad, que enciendo la luz.

Marina pulsó el interruptor y a la vez que se iluminaba la habitación, un montón de globos de colores cayeron sobre las chicas.

¡SORPRESA! —gritaron todos los invitados.

Natalia miró a su alrededor. Estaban todos: Rocío, Teresa, América, Miriam, Gema, Natanael y David. La mesa estaba puesta. Había refrescos, empanada, patatas de varias clases, tortillas… La estancia estaba decorada con montones de globos, serpentinas y una pancarta que rezaba: «¡Felicidades, Natalia!»

Natalia sonrió cuando sus amigos se abalanzaron hacia ella para felicitarla por sus diecinueve años.

La madre que os parió… —murmuró.

Marina enchufó la cadena de música y empezó a sonar una canción de una canción antigua, que enseguida varios de los presentes comenzaron a corear.

No te lo esperabas, ¿eh? —preguntó Carmen.

Qué capulla eres…

Natalia le dio un abrazo. David esperaba solo a uno de los lados de la mesa a que la masa de gente se dispersara. Cuando todos la hubieron felicitado y la fiesta dio comienzo de verdad, se acercó.

Felicidades.

Natalia notó que ni siquiera había hecho el amago de abrazarla.

Gracias —le sonrió—. Conque tú también te habías aliado con ellas…

Yo no he hecho nada. Realmente, casi todo lo han organizado tus amigas —aclaró.

Cuando el silencio empezaba a hacerse presente entre ellos, David resolvió que lo mejor sería unirse a la fiesta e ir a comer algo con los demás. Se inclinó sobre ella y le dio un pico soso.

Durante la merienda-cena, los invitados colmaron de regalos a la cumpleañera. Todos hablaban, cantaban y reían. Todos menos David, que parecía estar en otro mundo. No hablaba con nadie. Si acaso, intentaba poner el punto cómico con algún comentario ingenioso de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo permaneció callado, casi sin tocar la comida —a excepción de las patatas fritas—. Natalia sabía que David no se sentía cómodo entre gente «desconocida», pero su actitud pasiva le cortó el buen rollo más de una vez. Se fijó en que miraba su reloj de pulsera cada pocos segundos. Estaba deseando salir pitando de allí. Natalia imaginó lo que ocurría. Esa noche jugaba el Barcelona. No podía haber otra explicación.

Minutos más tarde, se confirmó su teoría. David se acercó a su oído y habló en voz baja.

Oye, hoy juega el Barça. ¿Te importa si me voy ya?

Natalia apretó la mandíbula. A eso precisamente se refería cuando le dijo a Carmen que había gente que tenía mucha prisa con marcharse.

Te das cuenta de que estás cambiando mi fiesta de cumpleaños por un partido de fútbol, ¿verdad? —le dijo con ojos inquisitivos. David se puso muy serio. Natalia mostró indiferencia ante su expresión—. Puedes irte.

David no dudó en tomarle la palabra. Cinco minutos más tarde salía de casa de Marina con dirección a la suya. Con suerte, llegaría antes de que su equipo marcara un gol. Natalia sofocó una risilla molesta. Al fin y al cabo, no se había sentido tan mal por su comentario.

¿Adónde va David? —le preguntó América.

Tiene cosas que hacer —respondió Natalia.

Prefería no dar detalles, y menos a ella. Le avergonzaba reconocer delante de sus amigas que su novio prefería un partido de fútbol a pasar con ella ese día especial. América no le dio importancia a su respuesta. Estaba demasiado ocupada examinando de arriba abajo a Natanael.

Oye, tú amigo está muy bueno. ¿Tiene novia?

No, que yo sepa.

Bueno, y si tiene, tampoco pasa nada —le dijo, guiñando un ojo.

América se lanzó de lleno hacia su víctima. Lo agarró de la mano y lo invitó a bailar. Natanael parecía un poco incómodo, sobre todo cuando América movía las caderas demasiado cerca de él, pero esperó a que acabara la canción para escabullirse al baño.

Buah, tu amiga no se corta, eh —le dijo Gema, pegando un trago a su bebida—. Mira cómo ha salido huyendo el pobre Natanael.

Las dos empezaron a reír. Natalia se sintió algo culpable. Natanael no conocía a nadie allí a excepción de sus compañeras de piso; para empeorar la situación, era el único hombre en la fiesta. Lo que le faltaba era que América se pusiera a acosarlo. Sintió compasión por él y se levantó de la mesa.

Creo que va a ser mejor que vaya a buscarle.

Salió del salón y caminó hasta el baño. La puerta estaba abierta. Natanael aún estaba dentro, acariciando a uno de los gatos de Marina, que acostado encima del lavamanos, se dejaba hacer sin protestar.

Ese gato suele ser muy arisco. Qué raro que se deje tocar —dijo Natalia.

Natanael le indicó que entrara con una señal, y Natalia cerró la puerta tras sí.

¿Qué haces aquí? —dijo ella entre risas.

Escapando de tu amiga, la acosadora —respondió.

Natalia se echó a reír.

¿En serio?

No, solo he venido a refrescarme —dijo, abriendo el grifo y metiendo las manos bajo el chorro de agua. El gato saltó del mueble y arañó la puerta para salir. Natalia se la abrió y el animal corrió por el pasillo.

He visto que David se ha ido —comentó Natanael como quien no quiere la cosa mientras se secaba las manos—. ¿Ha pasado algo?

Hoy juega el Barcelona —explicó.

¿Se ha ido a ver un partido de fútbol? —inquirió el chico, sorprendido.

Sí… —respondió ella, hastiada de la situación que vivía con su pareja.

Recargó su espalda contra la puerta del baño y se cruzó de brazos. Natanael se acercó y colocó las manos sobre sus hombros. Natalia resopló.

¿Estás bien?

Solo muy harta —murmuró con la vista clavada en el suelo.

Natanael la apretujó entre sus brazos.

Siento decirlo…, pero tu novio es idiota.

Natalia empezó a reír de nuevo y le correspondió el abrazo. No podía estar más de acuerdo con lo que había dicho.

No estés triste. Es tu cumpleaños.

Regresaron al salón. Sonaba una canción de El Canto del loco. Natanael guio a Natalia hasta la pista, la agarró por la cintura y al ritmo de la música empezó a dar saltos a lo largo y ancho del salón.

Y es que la madre de José me está volviendo locooooo —cantaba—. Y no la voy a dejar porque lo siento y siento todoooo.

¿Qué culpa tengo yo si esa puerta no la he abierto? —entonaron a la vez.

Natalia empezaba a divertirse de verdad. Miriam, Gema y Teresa se unieron a su baile enloquecido mientras América y Rocío charlaban en la mesa. Carmen entró por la puerta ayudando a Marina con una gran tarta de galleta, chocolate y nata que contenía dos velas con el número 19. Los invitados comenzaron a cantar el cumpleaños feliz.

¡Pide un deseo!

Natalia sopló las velas un segundo después. Teresa metió el dedo en la nata y le pringó la nariz a Natalia con ella. Rocío se encargó de cortar la tarta y repartir los trozos. Para entonces, Natalia ya no se acordaba del feo desplante de David. Solo pensaba en su deseo, y en si este se haría realidad.

3

A las siete de la tarde decidió marcar el número de teléfono. Lo había estado meditando desde hacía varios días. Había pasado horas dándole vueltas al asunto, y a medida que se acercaba el momento, peor se encontraba y se acentuaban sus ganas de permanecer en casa. Sabía que para él era un día importante, como para cualquier pareja lo sería, pero para ella había perdido todo valor. Le parecía un día como otro cualquiera; incluso más deprimente que uno normal. Recordó su cumpleaños, y cómo David de había ido aun sabiendo que era un día importante para ella. ¿Por qué no podía hacer lo mismo? Ojo por ojo…

Después de un par de tonos, David contestó con desgana.

¿Qué pasa?

«Tan romántico como siempre», pensó Natalia.

Natalia se tiró en su cama.

David, escucha. No me encuentro bien. ¿Podemos dejarlo para otro día?

No había mentido. El solo pensar en una «velada romántica» con ese chico le revolvía las tripas.

¿Otro día? —preguntó, sorprendido—Natalia…, es nuestro aniversario.

Ya, pero creo que tengo destemplanza.

¿Y si esperamos un poco, a ver si mejoras? —sugirió David.

Natalia exhaló un suspiro e hizo rechinar los dientes. David nunca podía ver por su bienestar. ¿Qué importancia tendría una fecha, un simple número en el calendario, si tu pareja estaba enferma? Para él era lo contrario: ¡qué importaba que su pareja se sintiera mal si el calendario decía que cumplían un año!

David, si salgo y cojo frío me pondré peor —dijo con un tono lúgubre.

Si te abrigas bien…

¡David, que no! Joder, que parece que es más importante celebrar un número que la salud de tu novia.

Lo siento, es que tenía muchas ganas de que llegara esta noche —comentó con tono lastimero.

Hay muchos días. Lo celebraremos cuando me encuentre mejor.

Está bien —por su voz, parecía desilusionado—. Mañana te llamo para ver si estás mejor.

De acuerdo. Un beso.

Oye…, ¿pero está todo bien?

Sí. Solo quiero descansar.

Vale. Te quiero.

No le devolvió el te quiero. Solo colgó y dejó el móvil encima de la mesa, aliviada. Se había quitado de encima una carga que ya empezaba a pesarle en los hombros. Sabía que lo había hecho sentir mal, pero tenía que empezar a pensar en su propio bien. A veces, es bueno ser un poco egoísta. Y es que solo imaginarse delante de él en esa mesa, con ese ambiente romántico, recibiendo regalos y besos que no quería, hacía que le entraran náuseas. Y no, no estaba dispuesta a pasar ese mal trago. Se dio la vuelta y cerró los ojos. La preocupación le había costado demasiadas horas de sueño, y las ojeras empezaban a ser dolorosamente visibles. Sentía que le ardían ojos y sienes. Necesitaba dormir aunque fuera un rato, pero no lo consiguió. Los pensamientos y los recuerdos la retenían en el mundo real. Finalmente, decidió que lo mejor sería darse una ducha y escribir un rato. Con tantas cosas que tenía en la cabeza, hacía tiempo que no se plantaba frente al ordenador y tecleaba sin descanso, componiendo lo que ella llamaba «su best-seller».

El agua sobre su cabeza calmó un poco el dolor, y para cuando se sentó delante del portátil, dispuesta a dejar que su imaginación volara, prácticamente ni se acordaba del sueño que tenía acumulado.

Eran las nueve de la noche cuando sonó el timbre de su casa. Refunfuñó. Cuando más concentrada estaba, tenían que llegar a interrumpirla. Con paso lento y cansado, caminó hasta la puerta entre suspiros y quejidos. Su madre nunca llegaba tan temprano. ¿Por qué justo ese día, que necesitaba un poco de soledad, se adelantaba casi una hora? Pero cuando abrió la puerta y descubrió que no era su madre la que esperaba tras ella, deseó haberse hecho la tonta —o la sorda—, y no haber abierto.

Hola, bonita.

Natalia apoyó la cabeza contra la puerta. Era David. Con una rosa en una mano y una bolsa de regalos en otro.

«Genial… »

David entró sin esperar un segundo, como si presagiara que su novia iba a cerrarle la puerta en las narices. Natalia lo pensó por un momento. No, hubiera sido demasiado cruel.

¿Qué haces aquí? —su voz sonó como si realmente estuviera enferma.

Pensé que si no podemos salir a la calle, podía venir a tu casa a celebrarlo aquí, los dos… tranquilitos.

Arqueó una ceja. ¿Acaso ese imbécil estaba pensando en lo que ella creía que estaba pensando? ¿Acaso sus ojeras, su voz y su cara no le convencían de que no se encontraba bien? Cerró la puerta más fuerte de lo que debía mientras David tomaba asiento en el sofá y comenzaba a molestar a Pantera, que se encontraba dormida en uno de los reposabrazos.

Podemos cenar aquí, si quieres —comentó, mirándola de arriba abajo—. Aunque yo no te veo tan mal. ¿Estás segura de que no quieres salir?

Las pulsaciones de Natalia comenzaron a subir de pronto. Cerró los puños y respiró hondo. Las náuseas hacían de nuevo aparición, y esta vez estaba segura de que vomitaría.

Tengo que ir al baño —anunció.

Se encerró en el cuarto y se acercó al retrete por si las ganas de vomitar aumentaban. Las pulsaciones le disminuyeron poco a poco, los ojos se le humedecieron, comenzó a sentir sudores fríos por todo el cuerpo. Intentó tranquilizarse, pero ese chico conseguía sacarla de quicio. Probó a vomitar, pero no lo consiguió. Empezó a sentir debilidad en todo el cuerpo. Le temblaban las manos y los sudores fríos iban en aumento. Tenía un calor insoportable y por un momento creyó que se caería al suelo. Se apoyó en el lavamanos y levantó la mirada. La imagen que le devolvió el espejo fue la de una chica pálida, con los labios tan blancos como la nieve.

Salió del baño tambaleándose y llamó a David con la fuerza que le quedaba. El chico corrió hasta el pasillo, donde la encontró apoyada contra la pared, a punto de caerse al suelo.

¡Natalia! ¿Qué te pasa?

Me encuentro fatal…

La agarró como pudo y la ayudó a llegar al sofá. La chica se tendió de cualquier manera. No tenía fuerzas para mover un solo dedo. David se sentó a su lado e intentó darle un poco de viento con una revista.

Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado?

Natalia respiraba agitadamente, como si le faltase el aire.

Sentía que me caía al suelo. Tengo mucho calor, sudores fríos, ganas de vomitar…

Sonaron unas llaves en la entrada. Ambos agradecieron que Sandra apareciera por la puerta, cargada de bolsas. Cuando vio a Natalia tumbada en el sofá, mortalmente pálida, y a su novio abanicándola, las soltó y se abalanzó hacia el sofá.

Gorda, ¿qué te pasa?

De repente ha dicho que se encontraba mal. Dice que tiene ganas de vomitar, mucho calor, que no tiene fuerzas —explicó rápidamente David.

Eso es una bajada de tensión. Voy a por el tensiómetro.

Sandra desapareció por la puerta del pasillo. Natalia miró a David con los ojos entreabiertos. Parecía muy angustiado, y sobre todo, asustando. Una parte de ella sintió rabia al saber que aquello le había ocurrido por el descontrol emocional que ese chico provocaba en ella cada vez que la ponía de los nervios; pero la otra se compadeció y se sintió culpable al verle allí, tan preocupado, tomándole la mano. ¿Acaso estaba siendo demasiado dura con él…? ¿O demasiado blanda?

Sandra llegó con el tensiómetro. Se lo colocó a Natalia en la muñeca izquierda y esperó a que diera los resultados.

7 la alta, 3 la baja. Tienes la tensión por los suelos. Pon los pies en alto.

Sandra colocó los pies de su hija sobre un cojín y le pidió a David que fuera en busca de una botella de Coca-cola que había en el frigorífico. Con la bebida dulce, Natalia recuperó poco a poco el color y las fuerzas. Pero después de aquello, cerró los ojos y se quedó dormida. Las horas de sueño perdidas, la presión y sobre todo la tristeza habían podido con ella.

4

¿Estás mejor?

Sí.

Ayer no pude despedirme de ti. Te quedaste dormida y me daba pena despertarte —se explicó como si hiciera falta. Para Natalia no fue un disgusto, sino un alivio no verlo allí al despertar. Estaba casi segura de que había sido por su culpa la bajada de tensión.

No importa.

«Aunque si de verdad estabas preocupado, te hubieras quedado hasta que despertara…»

Oye…, siento haber sido tan pesado.

Natalia sonrió con ironía. Una lástima que a través del teléfono no se pudieran ver las expresiones de la cara.

¿Tan pesado? ¿Por qué lo dices? —Su tono era claro: no solo sabía a lo que él se refería, sino que estaba molesta por ello. Aun así, David le siguió el juego. Estaba seguro de que si no lo hacía, sería peor.

Debo reconocer que creía que estabas fingiendo que te encontrabas mal para no ir a cenar conmigo. Últimamente, con todo eso de los sueños has estado muy distante…

Pues espero que a partir de ahora empieces a creerme cuando te digo que estoy enferma —dijo con una voz dura.

Lo siento de nuevo.

Está bien —dijo después de unos segundos—. Tengo que irme a la cama. Mañana tengo clase a primera hora.

Buenas noches, pequeña.

David…

¿Sí?

Pensó si debía decir lo que tenía en mente o callárselo. Si lo decía, haría sentir mal a David, pero si se lo callaba, sería un asunto más al que darle vueltas en su cabeza. Y el cupo ya estaba bastante lleno.

Aunque hubiera sido mentira que me encontraba mal, no puedes obligarme a estar contigo si no quiero. Buenas noches.

Colgó antes de que pudiera responderle. No quería empezar una discusión que no terminaría nunca. Lo único que pretendía era que sus palabras calaran hondo en él, y que reflexionara un rato. Se metió en la cama, más triste y cansada que el día anterior. Ya no era David el único tema que la agobiaba. Pasaban los días y las semanas, y cada día entraba a Internet en busca del esperado mensaje de Héctor, sin resultado. A veces, se desesperaba tanto que lloraba de pura angustia. Quizás se estuviera volviendo loca. Seguramente sería eso. Un sueño la había trastornado. ¿Qué otra explicación podía tener?

Héctor Ignacio García no existía. Ni siquiera había conseguido dar con él en las redes sociales. Solo era alguien que había creado su imaginación; y eso era algo que le dolía en lo más profundo de su alma, porque al haber podido comparar al que hubiera sido el hombre de su vida con la persona que actualmente estaba a su lado, sufría como una condenada. Sin embargo, y a pesar de que empezaba a convencerse de que todo aquello no era real, a menudo ocurrían cosas que había visto en su sueño, y tenían que pasar por situaciones que estaba segura de haber vivido. A menudo, cuando se hallaba en una escena que su cabeza conocía de sobra, pensaba en lo que iba a acontecer, y efectivamente ocurría. Y así pasó el tiempo, un tiempo que en su mente ya había transcurrido hacía mucho, y un día se dio cuenta de que no podía estar tan loca como para conocer el futuro, y que si estaba pasando por todo eso solo podía significar dos cosas: o que volvía a soñar, o que realmente había vivido todo aquello.