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Puerta de Atocha – Cádiz

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XVII

Puerta de Atocha – Cádiz

1

Héctor subió al tren con destino a Cádiz. Dejó su maleta junto con otras en un lugar destinado a ello y buscó su asiento, el 6A. Le había tocado junto a la ventana.

«Perfecto.»

Le encantaba ver el paisaje cuando iba de viaje. Así se distraía y el trayecto se le hacía mucho más corto.

En esa parada nadie ocupó el asiento de al lado, y se vio libre para poner encima su equipaje de mano. Sacó los auriculares y se puso a escuchar música mientras el tren salía de la estación. Ya estaba en marcha. Solo quedaban 4 horas para conocer a Natalia. Empezaba la verdadera cuenta atrás. Se preguntaba si el tacto de sus manos sería suave, cómo olería su pelo y cuál sería la fragancia de su piel; si sería más guapa al natural, si su voz sonaría distinta a como se oía por micrófono, si llevaría puesta una camiseta de las Supernenas, y cuán alta sería. Estaba deseando darle respuesta a todas sus preguntas.

Bostezó. Esa noche apenas había dormido. Se había quedado hasta casi las cuatro de la mañana con Lidia y el grupo de literatos. Se había sentido tan a gusto que no se había percatado de la hora. Ese era su mundo, y algún día, también sería el de Natalia.

La suave melodía que le transmitía su mp3 lo dejó adormecido. Esa mañana no le había costado trabajo levantarse de lo ansioso que se encontraba por coger el tren, pero una vez que el nerviosismo había pasado, su cuerpo le reclamaba todas las horas de sueño que le faltaban. Poco a poco, fue cerrando los ojos hasta que se perdió en sus sueños.

2

Natalia terminó de arreglarse con la ropa que había elegido la noche anterior. Una falda cómoda, unas botas y un suéter de rayas. Metió el móvil en la bandolera después de releer el mensaje que había recibido hacía unas horas:

«Estaré en la estación esperándote. Te lo prometo. No tengas miedo, chiquita. Te amo.»

Cogió también un abrigo que ocupaba poco espacio, lo dobló todo lo que pudo y lo metió a presión en su bandolera. Llaves, dinero… Estaba lista. Miró el reloj: las 11.57. Tenía que irse si no quería llegar tarde. Se apoyó sobre la mesa con un dolor intenso en el estómago. Los nervios le estaban jugando una mala pasada. Cogió aire y lo soltó poco a poco.

«Tranquila, tranquila.»

Vio encima de la mesa el muñeco antiestrés que siempre llevaba a los exámenes o cuando tenía cita en el dentista; en definitiva, cuando estaba nerviosa. Se preguntó si debía cogerlo y arriesgarse a parecer una tonta, y finalmente, decidió que prefería parecer una tonta, pero tener algo que la calmase. Salió de su habitación sigilosamente para no despertar a Gema y a Miriam, que los fines de semanas solían dormir hasta muy tarde. Natanael se había ido temprano a correr, como siempre hacía. Avanzó por el pasillo hasta el salón y se dirigió a la entrada. Estaba a punto de alcanzar la puerta cuando sus compañeras de piso, que habían estado escondidas detrás del sofá, se le abalanzaron.

¿Qué hacéis?

¿Qué hacemos? ¿Qué haces tú? —respondió Gema—. ¿Por qué no nos habías contado nada?

¿Contaros el qué?

Pues lo de tu romance con el galán mexicano —dijo Miriam con un tono empalagoso.

Natalia enrojeció al instante. ¿Cómo lo sabían? ¿Acaso Natanael había ido de maruja contando lo que no le incumbía?

Conque por eso te quedabas… ¡Eres una cerda! —le reclamó Gema—. ¡No nos cuentas nada!

Queremos detalles, y rapidito.

Natalia se las intentó quitar de encima, pero todo intento fue inútil. La agarraban con fuerza y no la dejarían ir hasta que soltara prenda.

Chicas, chicas, ahora no tengo tiempo. Llega a las 12.30 a la estación. Después os lo cuento, ¿vale?

¿Prometido? —preguntaron a la vez.

Sí, sí, prometido.

Y decidieron soltarla. Natalia se apresuró a abrir la puerta por si cambiaban de opinión.

¡Pero de la próxima vez no te libras! —le advirtió Gema.

Que sí, que sí. ¡Adiós!

Y salió corriendo escaleras abajo, esperando que no se le hubiera hecho demasiado tarde.

3

Faltaban aproximadamente unos quince minutos para llegar. Habían hecho una parada en la estación de Bahía Sur de San Fernando. En cuanto oyó a la voz femenina mencionando la parada, a Héctor le dio un vuelco al corazón.

«San Fernando. Es donde vive mi niña», se dijo. «Pero tengo que seguir hasta Cádiz como me indicó.»

Pasaron junto a un gran espacio verde conocido popularmente como «el parque del Oeste», donde montones de niños correteaban, pedaleaban en sus bicicletas o jugaban con alguna pelota. El lugar estaba lleno de vida. El sol brillaba con fuerza en el cielo, como no lo había hecho en mucho tiempo. Era un buen presagio. Todo saldría bien. Las manecillas de su reloj no parecían moverse. Los minutos pasaban demasiado lentos. Ansiaba llegar cuanto antes. Ya la lectura no lo contenía; tampoco la música. En su mente se repetía una y otra vez el nombre de ella.

Las vías del tren continuaban rectas. Por ambos lados se veía el mar. El inmenso mar que había tenido que sobrevolar para llegar hasta ese país nuevo para él. El tren dejó atrás el mar y la playa y se adentró en la ciudad. Se sumergieron en un túnel subterráneo sin fin. Héctor, en ningún momento dejó de mirar por la ventana. Por fin podía ver lo que veía ella cada vez que iba a la Universidad. Ya no tendría que imaginar ningún tipo de escenario. Podría comprobar cómo eran con sus propios ojos.

La voz femenina anunció la siguiente y última parada: Cádiz. Pidió a los pasajeros que tuvieran cuidado de no olvidar las pertenencias y les agradeció haber viajado con ellos. Héctor vio cómo, después de casi diez minutos de oscuridad, se daba la luz al final del túnel y ante sus ojos aparecía una estación de trenes. Por fin había llegado.

4

Natalia llegó justo a tiempo a la estación. Había ido a paso rápido para asegurarse de que llegaba antes que Héctor. Respiraba como si hubiera corrido una maratón y estaba cansada. Eso, combinándose con sus nervios, hacía que a veces le faltara el aire.

De repente, vio aparecer el tren y los nervios se apoderaron de ella.

«¿Ya está aquí?», se preguntó. «Pero si todavía es muy temprano… »

Miró el panel que mostraba las llegadas de los trenes y los horarios; después, giró la mirada hacia el reloj de la estación. No había duda: ese era el tren en el que viajaba Héctor. Tragó saliva y apretó con más fuerza su muñequito antiestrés. El tren paró en la estación y su corazón se aceleró aún más si cabía. Sintió náuseas de nuevo y empezó a caminar hacia donde pudiera ver a los viajeros que salían al andén. Andaba despacio, como si fuera a desmayarse en cualquier momento. El miedo volvió a invadirla.

«¿Y si no viene?», pensó. No podría soportar que la dejara plantada.

La gente empezó a salir del tren. Natalia respiró hondo. Había llegado la hora y ya no había marcha atrás. La primera persona que vio fue un hombre mayor de pelo canoso y abundante bigote; después de él, una señora que viajaba con su hija; un joven que cargaba con una gran maleta; un par de universitarias… Tragó saliva. El muñequito antiestrés aún seguía entre sus temblorosas manos. ¿Lo reconocería al verlo? ¿La reconocería él?

Miró al suelo. Cogió aire y lo soltó despacio. Volvió a alzar la mirada y observó cómo seguía pasando gente. Finalmente, vio su cara entre la multitud. Sonrió, aliviada, y él le respondió en la lejanía con otra sonrisa. Quiso correr hacia él, pero las piernas no le respondían.

A Héctor, que también había estado preguntándose a lo largo del viaje si Natalia aparecería, le temblaron las piernas cuando vio la figura femenina de la chica de la que estaba enamorado de pie junto a los horarios de trenes. Le sonreía, pero no se movía. Parecía una estatua. Caminó como pudo hasta ella. Parecía que el corazón se le saldría del pecho de un momento a otro. El camino se le hizo eterno. No podía dejar de pensar en lo que haría cuando estuviera enfrente, pero a pesar de que lo había planeado durante todo el viaje, cuando llegó a ella se le olvidó todo de golpe. Dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos; inmediatamente, Natalia lo abrazó con fuerza. Héctor notó cómo temblaba y la apretó contra él aún más. Olía a flores, tal y como lo había imaginado. Ninguno dijo nada; no fueron capaces de articular sonido alguno. Lo único que se oía eran sus respiraciones. Héctor acarició sus rizos, enredando los dedos entre ellos. Se separó un poco de ella para poder acceder a su boca. Acercó su cara y la besó en los labios.

Mi niña…

Ella soltó todo el aire que tenía en los pulmones, intentando calmarse, pero su voz tembló al hablar.

Pensaba que no ibas a venir.

Te lo prometí.

5

Subieron al primer taxi que vieron libre y Natalia le indicó al taxista la dirección de la pensión en la que Héctor pasaría la noche. A ambos les costaba creer que por fin estuvieran el uno al lado del otro. Era lo que habían estado esperando tanto tiempo. Al bajar del tren, Héctor había sentido que el corazón le latía a toda prisa y cuando la vio de lejos, esperándole, pensó que se le saldría el estómago por la boca si se le ocurría hablar. Ella estaba allí, junto a los horarios de trenes, con una sonrisa nerviosa y totalmente petrificada. No supo lo que iba a hacer hasta que estuvo enfrente de ella. Fue entonces cuando decidió que lo mejor sería abrazarla, por lo que dejó la maleta en el suelo y abrió los brazos para acoger a la temblorosa muchacha.

Ahora dejaremos las cosas en la pensión e iremos a comer. ¿Te parece bien?

Tú solo guíame. Yo te seguiré a donde vayas.

Natalia sonrió. Adoraba su acento; él adoraba el de ella. Se echó sobre su hombro y tomó su mano.

Aún no me creo que estés aquí. Ayer me entró muchísimo miedo porque no te vi conectado en todo el día.

Me falló el Messenger, y como tenía la reunión de la que te hablé… Si lo hubiese sabido, te hubiera mandado un mensaje para que no te angustiaras.

Ya no importa. Cuéntame: ¿qué tal por Madrid?

Su cara se iluminó.

Estuvo padrísimo. Todo muy bien. Su capital es preciosa, mi amor. Andaba todo fascinado con cada cosa que veía. —Rio—. Parecía medio tarado mirando a todos lados.

¿Y con la editora, qué? ¿Todo bien?

¡Oh, sí! Mi editora es muy buena onda. Muy simpática, de verdad. Incluso me dio una sorpresa. Ayer, en esa reunión que tuvimos, donde por cierto conocí a muchas personas, todas muy agradables… Bueno, pues allí varias personalidades —escritores y filósofos—, empezaron a leer unos párrafos que me resultaron muy familiares. Me dije: «ay, ¿de qué me suenan?» ¡Resulta que era mi libro lo que estaban leyendo!

¿En serio? —preguntó, impresionada.

¡Sí! Me sentí muy emocionado.

Y ¿cómo no estarlo? Debiste alucinar.

¡Imagínate! ¡Yo no me esperaba nada!

Natalia agarró una de las manos de Héctor entre las suyas. Ambos las tenían resecas por la reciente ola de frío siberiana que había asolado el país. La acarició con ternura. La piel oscura de Héctor contrastaba con la palidez de sus manos.

Me alegro muchísimo por ti. Estás cumpliendo el sueño de ambos.

Tú también lo cumplirás algún día. Ya te dije que tienes el Don.

Ojalá…

Héctor alargó su mano y rozó la mejilla de Natalia; después, acarició su pelo de la forma que tantas veces había soñado que haría: enredando sus dedos en él. Los deslizó hasta llegar a las puntas y los soltó suavemente. Natalia se estremeció. Sentía cosquillas cuando le tocaban el pelo. En realidad, tenía cosquillas en casi todas partes. Eran su talón de Aquiles.

¿Te molesta? —preguntó Héctor.

No, al contrario; me encanta.

Permanecieron en silencio unos segundos hasta que Héctor dejó de acariciar el cabello de Natalia.

¿Qué tienes ahí? —preguntó Héctor, viendo que la joven sujetaba algo en su mano izquierda. La chica la abrió y le mostró el muñequito antiestrés que había utilizado antes de que llegara.

Es un antiestrés. Siempre lo uso cuando estoy muy nerviosa o asustada. Para tranquilizarme, ya sabes…

Héctor lo cogió y apretó suavemente. Después sonrió y se lo devolvió.

¿Sabes? Me lo he pasado muy bien en Madrid, pero estaba deseando que llegara hoy. Cuando el tren llegó a San Fernando, pensé: «Ya casi estoy. Esta es la ciudad de mi Natalia». El camino se me hizo larguísimo a pesar de que dormí un buen.

Pues cuando yo llegué a la estación, pensé: «Bueno, ahora solo tengo que esperar cinco minutos más». Y de repente, vi el tren aparecer en el andén y me dije: «No puede ser. ¡Es demasiado pronto!».

Héctor soltó una carcajada ante la expresión de pánico que Natalia había articulado. Le encantaba su expresividad. Aún no había logrado hallar algo en ella que le disgustara. Parecía imposible que fuera tan perfecta.

¿Qué pasa? —preguntó ella con una risa nerviosa y con la mirada fija en el suelo, como hacía siempre que se avergonzaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había quedado mirándola fijamente.

Me gusta mirarte. —Ella no respondió. Tenía la habilidad de dejarla sin habla con las palabras oportunas. Por una vez, decidió no torturarla más de lo debido. —Oye, está muy bien el transporte público de España —comentó para cambiar de tema—. Los camiones, los trenes… Allá, en México, cuando quieres tomar el camión, solo ves la ruta que sigue, pero no sabes a qué hora pasará.

Con el camión te refieres al autobús, ¿verdad?

Sí, el camión, el autobús.

¿Y los trenes? ¿Son iguales?

Mucho más viejos. Nunca imaginé algo como esto cuando pensaba en cómo ibas a la Universidad. Tienes mucha suerte. Cuando venía hacia aquí, estuve observando el paisaje. Está bien bonito.

Sí, ¿verdad? El otro día, cuando iba hacia la Universidad, vi cómo amanecía. Era chulísimo.

El parque Genovés se dejó ver por las ventanas. Lo recorrieron hasta dejarlo atrás, y el taxista bajó por una calle estrecha. En una esquina, un cartel anunciaba la Pensión Los Girasoles con letras rojas.

Hemos llegado —anunció el taxista.

6

Cuando entraron, el hombre de gafas que la había atendido la otra vez, salió a darles la bienvenida.

Hola —dijo Natalia—. ¿Se acuerda de mí?

Por supuesto.

No hizo falta ni recordarle el nombre de la reserva.

¿Puedes dejarme tu documentación, por favor? —le preguntó a Héctor.

¿Sirve el pasaporte?

Sin problemas. —Escribió algo en un papel—. Cariño, ¿está lista la número nueve? —preguntó alzando la voz para que su mujer, que se encontraba en el piso de arriba, pudiera escucharlo.

¡Le falta un minuto! —respondió ella.

Bien, mientras voy a preparar todo esto —murmuró para sí mismo.

El hombre continuó escribiendo. Natalia observó la recepción con detenimiento: un lugar pequeño equipado con un sofá tapizado en color beis y un par de sillones marrones. Nada más entrar, había un par de habitaciones y un baño. Las estrechas escaleras de mármol llevaban a otros cuartos. El techo era alto, y el primer piso se asemejaba a un clásico balcón andaluz.

El propietario hizo firmar un papel al chico y le hizo entrega de la llave.

Aquí tienes. Es la número nueve —indicó. Después, alzó la voz de nuevo para hacerse oír—. ¿Le enseñas tú la habitación?

¡Sí! —respondió rápidamente la mujer.

Sube —le dijo—. Mi mujer te explica.

Héctor subió las escaleras con la maleta a cuestas. Natalia oía cómo la mujer le daba instrucciones desde el piso de abajo. Cada vez que hablaba Héctor, ya fuera para saludar, para preguntar algo o para dar las gracias, Natalia no podía hacer más que sonreír.

Puedes sentarte, si quieres —le dijo el hombre.

No importa, gracias. Prefiero no acomodarme —respondió ella con una sonrisa.

Héctor bajó unos minutos más tarde. Natalia había estado escuchando cómo metía y sacaba cosas de la maleta para, finalmente, cerrar la cremallera. El lugar era tan pequeño que a través del patio se escuchaba todo.

¿Listo?

Listo. —Entregó la llave al hombre.

Cuando vuelvas, solo tienes que llamar al timbre y esperar un momento a que salga. Nuestra casa es esta misma —dijo, señalando una puerta al lado de la recepción.

Muy bien. ¿Cómo se llama usted?

El hombre pareció sorprendido. Seguramente no estaba acostumbrado a que los clientes le preguntaran su nombre.

Antonio.

Mucho gusto, Antonio —dijo Héctor, ofreciéndole la mano, que aceptó con mucho gusto. Después, se volvió hacia Natalia—. Bueno, guía no autorizada, que comience el tour.