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Marionetas

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III

Marionetas

1

Héctor bajó del coche y caminó durante un par de minutos hasta llegar al parque de las Palapas. Prometeo, el grupo de su hermano, se presentaba esa tarde a un concurso de bandas. Si no se equivocaba, tocaban en cuarto lugar. El evento había comenzado a las ocho de la tarde con asombrosa puntualidad. Apenas pasaban diez minutos de la hora y la primera banda ya daba todo en el escenario. Héctor prefirió no adentrarse demasiado en la multitud que empezaba a agolparse en primera fila. Le gustaba permanecer en un lugar donde los gritos de la gente no taparan la música. Escogió una esquina perfecta y desde la que podría grabar a su hermano en acción cuando sus dedos comenzaran a jugar con la guitarra.

Escuchaba sin demasiada atención la primera banda. No podían compararse con Prometeo. Eran demasiado escandalosos y su cabeza comenzaba a resentirse. No veía el momento en que la siguiente banda subiera al escenario. Vio a Abraham cerca de allí, haciendo los últimos preparativos. Lo saludó con la mano y su hermano corrió hacia él con la guitarra a cuestas.

¿Qué pasó, güey? ¿Desde cuándo estás aquí? —le preguntó, dándole un abrazo fraternal.

Apenas llegué. Está bien cagado el escenario, con todas esas luces que le pusieron —comentó Héctor.

Sí, quedó muy bien. Te quedas a vernos, ¿no?

Héctor colocó las palmas de sus manos mirando hacia el cielo.

Pues, ¿para qué crees que vine?

Estupendo. Si quieres podemos ir a tomar unas chelas cuando todo esto termine.

Eso está hecho.

Los restantes componentes del grupo llamaron a Abraham. Estaba habiendo problemas con uno de los aparatos de sonido. Tendrían que echarle un vistazo antes de salir a escena. Abraham chocó la mano de su hermano y echó a correr.

La segunda banda salió al escenario. Héctor se sentó en el banco más cercano a esperas de que terminara aquella actuación. Solo estaba allí por su hermano; los otros grupos no le interesaban en lo más mínimo.

Corría una brisa agradable aquella cálida noche. Héctor se frotó los ojos y luchó por no cerrarlos. Estaba cansado de toda la semana, y sobre todo, de las preocupaciones que llenaban su cabeza. Había demasiados asuntos que rondaban su mente. Su maldito y asfixiante trabajo, la aún más agobiante hipoteca de la casa, el tema de su divorcio…, pero sobre todo, la echaba de menos a ella. A Natalia. No podía dejar de rememorar cada segundo que había pasado con ella. Su voz, su fragancia, su risa, su piel. Suspiró. Y pensar que todo aquello había empezado como un pequeño juego…, y ahora estaba atrapado sin remedio en él. Cuando decidió ir a conocerla, jamás pensó que podría quedar tan prendado de ella como para no pensar en otra cosa. De hecho, en el camino en tren hasta Cádiz se había preguntado una y otra vez si realmente sentiría algo al verla y no habría sido una vana ilusión. Si hubiese sabido que echaría de menos hasta el más mínimo detalle…

Hola.

Levantó la vista del suelo, preguntándose quién demonios se interponía entre él y sus recuerdos. Llevaba un vestido ajustado, esos que usaba cuando salía a bailar sin él, y unos tacones especiales con los que moverse con facilidad en la pista. Meticulosamente peinada y maquillada. Demasiado arreglada, diría él.

Irene le sonrió. Héctor suspiró. Algo tenía entre manos. Para su desgracia o beneficio, ya la conocía.

Hola —dijo cortante.

Irene ignoró su tono y mantuvo la sonrisa en su boca.

¿Esperando para ver a tu hermano?

Pensé que era obvio.

¿Quieres un poco de compañía?

Iba a decirle que su presencia no era en absoluto agradable, pero antes de que pudiera responder, ella se sentó a su lado y cruzó las piernas suavemente. La luz de los focos se reflejó en su recién depilada piel.

Sacó de su bolso un pequeño estuche, y de este un cigarro. Le dio una calada nada más encenderlo, dejando el pintalabios rojo marcado en el borde. Dejó que el humo flotara durante unos segundos en el aire, deleitándose con el sabor que la nicotina dejaba en su boca. Le ofreció el cigarro a Héctor, quien lo rechazó, perplejo. Ella sabía perfectamente que odiaba el tabaco.

No sabía que fumaras.

Irene se encogió de hombros, y le dio otra calada al cigarro.

A veces es bueno sucumbir al placer… —comentó.

Héctor notó enseguida el doble sentido de aquella frase.

Querrás decir al vicio.

Irene soltó una risilla que pretendía ser coqueta.

Sí, al vicio. Pero el vicio es placentero, ¿no crees?

Héctor no se molestó en responder. No tenía intención de seguirle el juego a esa mujer. En lugar de eso, intentó centrar toda su atención en la banda que tocaba con melodías hipnóticas. A su lado, Irene se removía como una niña inquieta. ¿Cómo podía hacerle entender que no quería verla, que su simple presencia lo ponía nervioso? Resopló. ¿Cuánto más tendría que soportar aquello?

Vio por el rabillo del ojo cómo terminaba su cigarro, lo tiraba al suelo y lo apagaba con el tacón. ¡Qué asco! El olor del tabaco le desagradaba, pero no podía imaginar lo que sería besar a una mujer fumadora. Por suerte, en sus años de matrimonio se había abstenido de probar esa repugnante sustancia enrollada en un trozo de papel.

La tercera banda dejó de tocar. El presentador anunció un pequeño descanso antes de continuar con el concierto. Héctor preparó su cámara. El siguiente grupo era Prometeo. Irene bostezó sonoramente, tapándose la boca.

¿No te gustaría hacer algo más divertido? —le preguntó de repente.

Héctor dejó su cámara por un momento y la miró, arqueando una ceja.

¿Qué?

Me aburro mucho. Sabes que lo mío es la bachata, no esta música ruidosa —explicó. Héctor se sintió ofendido al oír el calificativo que había usado para referirse a la música que hacía y por la que vivía su hermano menor—. Podríamos hacer algo mejor… ¿Ir a cenar, tal vez?

No podía dejar de soltar tonterías por la boca, y por eso Héctor rio en vez de enfurecerse. No tenía remedio. Era la mujer más tozuda y también la más cruel que había conocido. Después de todo lo que había pasado entre ellos, aún le quedaban ganas para seguir atormentándolo. La miró de arriba abajo. Ese vestido, esos tacones, ese maquillaje… Jamás iría a un concierto de bandas vestida de esa forma. Podría jurar que había sabido que él estaría allí, y se había preparado para la oportunidad.

¿Me estás diciendo que vienes a un concierto vestida como si fueras a bailar a una de tus queridas discotecas, me encuentras por casualidad, te aburres y decides invitarme a cenar?

Ir a bailar es mi segunda opción si rechazas la oferta.

Héctor levantó la mano y señaló más allá del parque, a un sitio imaginario.

Pues por allá debe haber algún antro de esos. ¡Vamos, llégale! —la instó agitando la mano. Parecía que estaba hablándole a un perro más que a su exmujer.

El joven volvió los ojos hacia su cámara una vez más. Irene frunció el ceño. Algo se removía en su interior y la llenaba de amargura. Era su orgullo femenino, que estaba siendo herido de muerte en esos momentos. Exhaló un suspiro e intentó relajarse. No estaba allí para discutir, así que decidió aguantar un poco más. Se agachó como pudo delante de él. Su ex ni siquiera se dignaba a mirarla, pero su actitud no iba a poder con ella.

Recuerdo cuando me hacías fotos en todos lados, a todas horas. Yo era tu modelo particular. Me llamabas “tu musa”.

Es cierto.

¿Te gustaría volver a hacerme fotos? —Se levantó y dio una vuelta sobre sí misma con un perfecto manejo de los tacones—. Creo que hoy sería una buena modelo.

Héctor resopló de nuevo. Se levantó con pesadez, dispuesto a acercarse al escenario, donde acababan de anunciar la siguiente banda, la de su hermano. Pero antes, miró a Irene directamente a los ojos. Su mirada no era de rencor ni de odio…, pero tampoco había amor; ese amor por el que tanto había sufrido y luchado. Ya no quedaba nada de él.

Lo siento, Irene, pero ya no eres mi musa.

«Ahora tengo a alguien más», pensó.

Irene lo dejó alejarse sin decir nada. Bajó la cabeza, como alguien a quien habían derrotado, humillado. Apretó los puños, y sus largas uñas pintadas de rojo se clavaron en la palma de su mano. Se dio la vuelta y caminó detrás de él lentamente.

Abraham y su grupo salieron al escenario con efusividad y alegría. La guitarra en sus manos sonaba de una manera especial. Era el resultado de alguien que realmente hacía lo que le apasionaba. Pura magia. Héctor grababa, distraído. Parecía haberse olvidado de ella. Irene se situó a su lado en silencio. Lo miró y vio paz en su cara, la paz que no había conseguido estando con ella. Y eso le fastidiaba.

Al menos podrías acompañarme a casa —le pidió en voz alta, haciéndose oír entre el sonido de la batería, la guitarra y el bajo.

Pensé que ibas a bailar —contestó él sin quitar la vista del escenario.

La verdad es que no he quedado con nadie —reconoció. Héctor se encogió de hombros—. ¡Ándale, no seas cabrón! ¡La casa de mi mamá está acá al lado!

Pues si está acá al lado bien puedes irte tú solita.

Sabes que es peligroso que una mujer camine sola por la noche. ¡Ándale, Héctor!

Héctor dejó de grabar y bajó la cámara. Le dedicó una mirada de fastidio.

No vas a parar hasta que te acompañe, ¿no es cierto? —Irene se cruzó de hombros y frunció el ceño—. Al menos espérate a que termine. Mi vida ya no gira en torno a ti.

Irene refunfuñó y volvió al banco dando zapatazos. Desde allí, observó a Héctor. A aquel Héctor que tanto había cambiado desde que se habían separado. Antes, ella había sido su princesa, la mujer de su vida; ahora no era más que basura, un estorbo para él, algo que necesitaba quitarse de encima. Y una parte de ella no quería comprenderlo, a pesar de que había sido la principal culpable del cambio radical de Héctor.

2

Por más que lo intentó, sus insinuaciones no sirvieron para nada. Las fórmulas mágicas con las que antes conseguía tener a Héctor comiendo de su mano ya no eran más que palabras sin sentido. Héctor había accedido a acompañarla a su casa, pero se mantenía callado durante todo el trayecto y no soltaba prenda.

El joven escritor se sentía sencillamente estúpido. No podía entender por qué aún se dejaba manipular por aquella mujer. Siempre tenía que salirse con la suya. Eso era algo que nunca le había gustado de ella. Gruñó. Había tenido que anular la salida con su hermano después del concierto solo porque a la señorita se le había antojado que él la acompañara. Lo hacía sentir mal llenándole la cabeza de ideas nefastas hasta que su conciencia lo obligaba a comportarse como un caballero. Las veces que había salido de fiesta con sus amigas había recorrido aquella calle mil veces a altas horas de la madrugada, y nunca había pasado nada. ¿Por qué tendría que ocurrirle algo precisamente esa noche? Era absurdo. Y sin embargo, allí estaba haciendo el idiota.

Si hubiera sabido que ibas a ser una marioneta andante, hubiera regresado yo sola —se quejó de su silencio.

Sí, una marioneta. Eso es precisamente lo que soy —masculló.

¿Qué?

No tengo por qué hablar contigo si no me da la gana.

Irene aceleró el paso, ceñuda, y mostrándose indignada, caminó por delante de él, murmurando y maldiciendo en voz baja.

Por cierto, ¿para cuándo el divorcio? Ya se retrasó más de lo que me hubiera gustado —comentó.

Irene paró su caminata y se dio la vuelta, enfurecida. Héctor frenó en seco. Irene tenía la cara roja; tanto, que parecía a punto de explotar. Sus ojos, humedecidos, predecían el comienzo de una de sus pataletas.

Para eso es lo único que me quieres, ¿verdad? ¡El divorcio es lo único que te interesa de mí! —le reprochó.

Se le saltaron las lágrimas y siguió caminando sin volver a mirarle. Se secó las mejillas con las palmas de las manos. Se sentía humillada y terriblemente cabreada. No sabía por qué hacía todo aquello. Cuando se preguntaba si realmente quería reanudar su relación con Héctor se daba cuenta de que no, y sin embargo no podía dejar de comportarse sin ningún tipo de raciocinio. Sus intentos de seducción y de llamar la atención habían fallado desde el primer momento. Se negaba a creer que él ya no la encontrara atractiva, que no la deseara.

Héctor la siguió de cerca, sin hacer el intento de alcanzarla. Definitivamente estaba loca. Debía estarlo para actuar de esa forma y, para colmo, reclamarle porque le estuviera pidiendo el divorcio.

Y ¿qué demonios quieres, Irene, después de todo lo que hemos pasado? ¡O mejor dicho, después de todo lo que yo he pasado a tu lado!

La chica se volvió de nuevo para encararlo.

¡Siempre reclamándome por lo que pasaste conmigo! ¡Estoy cansada de que digas que fue un infierno!

Héctor empezaba a perder la paciencia.

¡Es que fue un infierno! ¡Jamás te comportaste como una esposa!

¿Y acaso tú fuiste un buen marido?

¡Yo te fui fiel! —exclamó—. ¡Intenté hacerte feliz, te traté como a una reina! Y ¿qué conseguí a cambio? Rechazos, reproches, insultos y engaños. Pensaste que era un fracasado, que no merecía a alguien como tú. Y no te contentaste con hacérmelo ver y sentir cada día, sino que me engañaste con otros hombres. ¿Y ahora te indignas con que quiera el divorcio lo antes posible?

Los gritos se oían en toda la calle. Curiosos se asomaban a las ventanas para comprobar qué era lo que ocurría. Aquello empezaba a asemejarse a un vulgar espectáculo de circo. Héctor sintió que la cabeza le iba a estallar si no terminaba con aquello lo antes posible.

¡Tú no me satisfacías! —intentó defenderse Irene. Héctor hizo un gesto con el brazo y se dio la vuelta dispuesto a marcharse. —¡Vuelve acá! ¡Todavía no terminamos!

¡Por mí puedes irte a la chingada!

Irene lanzó un gruñido de impotencia al aire y dio tal zapatazo en el suelo que el tacón del zapato cedió y se rompió. Se escucharon las risas de unos chavales desde una ventana. Irene les lanzó una mirada asesina, se quitó el tacón y terminó el recorrido hacia la casa de su madre con un solo zapato.

3

A las seis de la tarde comenzó a sonar el teléfono una y otra vez. Natalia se levantó de la mesa a regañadientes. Odiaba que la interrumpieran mientras estudiaba. Gema y Miriam parecían no escucharlo—seguramente se estuvieran haciendo las tontas—, y Natanael había ido al gimnasio.

Corrió hasta el salón y lo descolgó justo a tiempo.

¿Sí?

¿Naty?

«Oh, no…», se dijo a sí misma cuando reconoció esa voz zalamera y falsa. Si hubiera mirado el número antes de cogerlo, lo habría dejado sonar.

Sí, soy yo.

He hecho algo muy malo —dijo América, angustiada. O al menos lo hacía notar.

¿Qué pasa? —preguntó Natalia, esperando que la conversación no durara más de cinco minutos.

Escucha —le pidió—: he estado yendo al médico mucho últimamente. Han estado haciéndome pruebas para ver si tenía cáncer. No tengo, ¿vale? —aclaró rápidamente—. Pero les dije a Marina y a Rocío que sí tenía porque estaba muy nerviosa. Me anticipé. Y ahora se han enterado de que no es verdad y han venido a mi casa a insultarme, a decirme que soy una mentirosa y una loca, y que van a hacer que tú y Carmen dejéis de ser mis amigas —explicó de un tirón, como si quisiera quitárselo lo antes posible de encima.

Natalia permaneció callada durante unos segundos, intentando asimilar lo que acababa de contarle América. Finalmente soltó una risa incrédula y nasal.

¿Qué? —respondió despacio, como si no supiera qué decir—. ¿Les dijiste que tenías cáncer? ¿Por qué lo hiciste?

A su mente llegó esa vez que, en Bachillerato, su supuesta amiga les había contado que los médicos le habían diagnosticado leucemia. Les había asegurado que no sabía cuánto tiempo le quedaba, pero de sus ojos no salía una sola lágrima. Natalia lloró desconsoladamente durante días, pensando que iba a perderla. Pero milagrosamente, América había seguido adelante sin cambio aparente, y a ella y a Carmen les había dado reparo preguntarle por su enfermedad y los tratamientos que ella conllevaba.

¡No lo sé! Estaba asustada y paranoica. Pensé que estaba enferma de verdad —sollozó teatralmente—. Me han dicho de todo. Que de lo que estoy enferma es de la cabeza, que debería ir a un manicomio. Dicen que han hablado con Carmen y que les ha dicho que yo os conté en Bachiller que tenía leucemia. ¡Pero eso no es verdad! ¡Yo os dije que a lo mejor tenía leucemia!

Natalia mantuvo la respiración entonces, y apretó tanto el teléfono que pensó que iba a romperlo. La sangre le subió a la cabeza. Quiso decir algo, pero la incredulidad la dejó muda. Infló los pulmones y dejó salir el aire con lentitud.

«¿Cómo puede ser tan mentirosa?», se preguntó. ¿Acaso creía que era tonta?

«¡Recuerdo perfectamente lo que dijiste! ¡Dijiste que tenías leucemia, zorra! ¡Lloré durante mucho tiempo por ti! ¿Cómo puedes ser tan cínica? ¡¿Cómo?!»

Quería decirle mil cosas. Notaba las palabras en la punta de la lengua, pero se veía incapaz de soltarlas. Quería tener el valor para soltarle en la cara lo loca que estaba, tal y como habían hecho sus amigas, pero en ese momento no tenía el coraje para hacerlo, y se mordió la lengua.

América, tengo que estudiar. Mañana es mi último examen —dijo, intentando esconder todas sus emociones y que estas no se reflejaran en su voz.

Pero tú no estás enfadada conmigo, ¿verdad?

No —respondió con un tono sombrío—. ¿Por qué iba a estarlo?

Vale. Te dejo estudiar. Por favor, no creas lo que te digan si te llaman. Dijeron que lo harían.

Tranquila —contestó, intentando cortarla lo antes posible—. Hasta luego.

Y antes de que ella pudiera despedirse, colgó.

Se quedó mirando el teléfono con rabia. Daba vueltas por su salón como si de un león enjaulado se tratara. Apretaba los dientes y los puños, embravecida. Finalmente, cogió un cojín y se tapó la cara con él.

¡Hija de puta! —gritó con todas sus fuerzas.

Cogió el teléfono de nuevo y marcó rápidamente un número. Dos tonos y alguien respondió. Era la hermana pequeña de Carmen, que enseguida le pasó con su mejor amiga.

Déjame adivinar… ¿América? —dijo Carmen nada más coger el teléfono.

Me lees la mente.

4

Después de un rápido repaso a todo el temario, Natalia decidió cerrar el libro de Mitología y Literatura clásica, y se tumbó sobre la cama. Frotó sus ojos con ambas manos y bostezó. El reloj marcaba las once y media de la noche. A la mañana siguiente tenía examen a primera hora, y todavía tenía que preparar sus cosas y ducharse. Refunfuñó, molesta. Podría haber terminado muchísimo antes, pero no la habían dejado. Había pasado más de media hora hablando con Carmen. Marina y Rocío la habían llamado poco después para contarle todo lo ocurrido, y ella las había informado de todas las posibles mentiras con las que América había embadurnado su vida desde que se conocían, como la supuesta leucemia que padecía o la extraña violación de su exnovio. A juzgar por la voz de Marina, se sentía traicionada y dolida.

¿Mañana terminas los exámenes? —le preguntó esta antes de despedirse.

Sí, de hecho estaba estudiando.

Entonces te dejo estudiar. Pero ya le he dicho a Carmen que pasado mañana tenemos que reunirnos para hablar. Quiero contaros la versión completa de la historia. Y hay algo más que debes saber. También te lo contaré entonces.

La joven tragó saliva. No le daba buena espina lo último que había dicho su amiga, pero no quería alargar la conversación o se le haría de noche.

Perfecto. Ya me mandáis un mensaje con la hora.

Venga. Un beso, y suerte con el examen.

Gracias.

En cuanto colgó, empezó a sonar el móvil de nuevo. Era América otra vez.

«¿Qué quiere ahora?»

Prefirió ponerlo en silencio y dejar que se cansara, pero no se cansó. Llamó cuatro veces más, hasta que decidió marcar el número de su casa. Natalia supo que no la dejaría estudiar en paz hasta que hablara con ella, y finalmente descolgó.

¿Dónde estabas? —le interrogó—. ¿Por qué no cogías el móvil?

Ah, ¿me has estado llamado? —se hizo la tonta—. Perdona, es que lo he puesto en silencio para estudiar mejor —explicó recalcando la palabra estudiar e intentando así que la dejara sentarse en la mesa a hincar los codos.

¡Qué susto! Pensé que te habías enfadado.

No, no…

¿Te han llamado?

Respiró hondo. ¿Le decía la verdad o intentaba esconderla?

Sí, me han llamado.

Lo mejor sería aguantar un poco hasta saber toda la historia.

¿Qué te han dicho? —preguntó, nerviosa.

Nada, me han contado todo lo que ha pasado.

América comenzó a arrastrarse y a suplicar que no la dejara de lado como seguramente harían sus otras amigas. Dio excusas baratas y se escudó en el miedo y en los llantos para ablandarla. Pero Natalia ya había tenido suficiente. Intentó tranquilizarla como pudo con palabras convencionales para colgar lo antes posible, y después de unos minutos consiguió su cometido. Pero no había pasado ni un cuarto de hora cuando volvió a llamar.

¡Joder! —exclamó—. ¡¿Qué carajo quiere ahora?!

Esta vez respondió con voz cansina y molesta.

¿Sí?

Naty, ¿Carmen está enfadada conmigo? No me coge el teléfono.

Natalia estuvo a punto de darse cabezazos contra la pared de pura frustración. Se le estaban yendo las horas de estudio por su culpa. Le explicó que Carmen rara vez cogía el móvil a la primera llamada, y que esperara a verla en la Universidad para hablar con ella. Pero América era tozuda como una mula.

Esa no fue la última vez que llamó. A la siguiente, Natalia sintió la necesidad de tirar el teléfono por la ventana.

Ya he hablado con Carmen. Dice que ella no me va a dejar de hablar, pero que ella también se siente dolida por esa mentira, y que es normal que Marina y Rocío estén así.

Es que es normal —puntualizó Natalia.

También le he preguntado una cosa. ¿Recuerdas que Marina se iba a ir con mi familia y conmigo una semana a Murcia, a casa de mis tíos?

Sí… —respondió, temerosa. Sabía por dónde iban los tiros.

Ya no querrá venir… Así que, ¿os queréis venir Carmen y tú?

Natalia volvió a quedarse muda. Su corazón empezó a bombear sangre a una velocidad inusitada. Se estaba poniendo roja de ira. ¿Las estaba utilizando como segundo plato, como bote salvavidas? Quiso mandarla a la mierda en ese momento, pero supo controlarse.

¿A Murcia? —repitió—. No sé… Me da vergüenza estar en casa de tus tíos. Además, no tengo dinero.

¡Pero iría Carmen, y mis padres lo pagan todo!

Estuvo durante cinco minutos poniendo excusas, intentando librarse de ese infierno y de convertirse en la muñeca de repuesto de esa convenida y mentirosa compulsiva. Finalmente le dijo que lo pensaría, dispuesta a rechazar la oferta un poco más adelante, y por fin pudo cortar la conversación.

Eran casi las siete de la tarde. Natalia pensó que podría ponerse a estudiar por fin, pero la suerte no corría de su parte. El teléfono sonó una última vez.

¿Qué pasa ahora? —contestó, cabreada.

América se echó a llorar con lastimeros lamentos que no hacían sino darle ganas de vomitar.

Perdona, ¿te estoy molestando? Es que me siento muy mal.

América, es que mañana tengo mi último examen y no me dejas estudiar. Me la estoy jugando —explicó Natalia, visiblemente malhumorada.

¿Puedo ir a tu casa un ratito? Necesito un abrazo.

«¡Pues que te lo dé tu perro!», pensó Natalia, ya rabiosa. «¿Qué parte de “tengo que estudiar” no entiendes? ¡Coño!»

Es muy tarde, América. Me falta mucho por estudiar.

Solo será media hora. Lo juro. No te quitaré mucho tiempo —suplicó.

Natalia se sintió como la tonta más grande del mundo cuando cedió a sus ruegos. Sabía que era una falsa y una mentirosa, y aun así no era capaz de decirle que no.

Media hora más tarde, América apareció en la puerta de su casa y se lanzó a sus brazos llorando. Entonces supo que el asunto iría para largo, y no se equivocaba. Después de la ducha, se metió en la cama sin cenar. El movimiento de ese día interminable le había quitado el apetito. Antes de irse a dormir, cogió el móvil y mandó un mensaje a Héctor, esperando leer la respuesta a la mañana siguiente.

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