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Lágrimas que derramar

1

El domingo amaneció caluroso, como casi siempre en Cancún. Precisamente fue el calor lo que despertó a Héctor de un bonito sueño en el que le hubiera gustado seguir inmerso. La sábana que había utilizado la noche anterior para cubrirse encontraba perdida en los pies de la cama. Tanteó con la mano la mesita de noche, en busca del móvil. Al comprobar que aún no habían dado las once, volvió a dejar el teléfono en su sitio y se colocó boca abajo en el colchón. Era demasiado temprano; demasiado temprano para no hacer nada.

Respiró profundamente. Había soñado con ella. Era la primera vez que esa chica desconocida se colaba en sus sueños. No pasaba nada en especial; simplemente estaban juntos, uno enfrente del otro, y ella le sonreía. Esa sonrisa que solo había visto en fotos se le había antojado demasiado real, demasiado bonita e imposible de olvidar. Se preguntaba si realmente sería así como sonreiría, puesto que nunca la había visto en persona, ni siquiera por videoconferencia.

Volvió a ponerse boca arriba y su mirada quedó fija en el techo.

¿Qué estaría haciendo ella? ¿Por qué no se había conectado en toda la semana? ¿Le habría pasado algo? Deseaba que estuviera bien. Y sin embargo, tenía el horrible presentimiento de que nada le había impedido conectarse. Era una extraña certeza que lo entristecía. Posiblemente estuviera intentando alejarse de él. En el fondo sabía que era lo más sensato, pero no podía engañarse a sí mismo: la echaba de menos.

Reuniendo toda la fuerza de voluntad que tenía, se levantó y bajó a desayunar. Esos días la casa le parecía más vacía que nunca. El silencio lo golpeaba como si fuera un boxeador. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cómo odiaba ese silencio. Había pasado meses totalmente solo en esa casa, aislado del mundo, alejado de todos, y nunca había sentido la necesidad de compañía. No quería que los demás se compadecieran de él o que le sacaran el tema de su divorcio. La soledad le hacía bien por esos días, y sin embargo, ahora sentía que le faltaba algo; le faltaba la única compañía que había buscado durante esas últimas semanas; le faltaba Natalia. Necesitaba sus palabras, aunque fueran escritas; su presencia, aunque fuera virtual, aunque no pudiera escuchar su voz o mirarla a los ojos, o reírse con ella. Necesitaba imaginar las expresiones de su cara, los movimientos de sus manos, su mirada, su risa.

Hacía tanto tiempo que no se sentía así…

¿Y si estaba conectada? ¿Y si por fin ese día la veía en el Messenger?

Apuró su café y dejó el vaso en el fregadero. Subió corriendo las escaleras y encendió el portátil. El perro del vecino empezó a ladrar como tantas veces.

¡Ay, ya cállate, pendejo! ¡Me tienes hasta la madre!

En el Messenger, una vez más, no aparecía su foto. Desilusionado, dejó encendido el ordenador y fue a darse una ducha y a cambiarse de ropa. La tristeza y la soledad se habían transformado en rabia cuando esa pequeña esperanza de verla se había desvanecido.

De repente, un sonido lejano llegó hasta su habitación. Un sonido que fue música para sus oídos. El pitido que anunciaba que alguien estaba hablándole por Messenger. ¿Sería ella? En un impulso, saltó por encima de la cama y corrió hacia el cuarto donde tenía el ordenador. En su portátil parpadeaba una lucecita naranja. Agrandó la ventana.

Hola —le decía.

¡Era ella!

¡Nataly!—respondió sin perder un segundo—. ¿Dónde andabas? Estaba muy preocupado.

A miles de kilómetros, Natalia recibió la respuesta en su habitación. De verdad que había intentado con todas sus fuerzas no conectarse, pero cada vez que se acercaba al ordenador notaba un cosquilleo en el estómago que la hacía sentir mal. No podía seguir torturándose ni torturándolo a él. Lo echaba de menos.

Lo siento. Tenía que intentar alejarme.

Ya lo había supuesto.

Y ¿por qué estás aquí?

Te echaba de menos —confesó ella.

Yo también te extrañé —reconoció él—. Demasiado.

Confesiones, suspiros y derrotas. Estaban siendo vencidos por aquello que habían intentado evitar todo ese tiempo, y ya no les quedaban fuerzas para resistirse.

Es como un imán.

Un gran imán que me atrae hasta ti. Es demasiado fuerte.

No entiendo cómo hemos llegado a esto.

No lo sé. Nunca lo busqué. Pero cada vez siento más esto por ti.

Héctor, tengo algo que decirte… He dejado a David.

2

Se secó las lágrimas de la cara y se sonó la nariz. No se arrepentía de su decisión. Esa relación no iba a ninguna parte y tenía claro que David no era lo que ella buscaba. Pero cortar definitivamente con una persona con la que había compartido un año completo de su vida era doloroso. Sobre todo a sabiendas que no lo volvería a ver. A pesar de todo, no sufría tanto por ella como por él. Sabía que le había destrozado, y no se lo merecía. David siempre había sido bueno con ella y la había tratado muy bien. Tal vez no como hubiera deseado, pero ¿y si era ella demasiado exigente?

El anillo todavía decoraba el dedo anular de su mano derecha. No había sido capaz de quitárselo. Se sentía rara sin él; como si el hecho de desprenderse de ese regalo acabase de una vez con todo. Tampoco se había atrevido a deshacerse de la foto que él le había regalado por su aniversario. A su mente no hacían más que llegar imágenes, momentos, palabras. Cómo se conocieron, la primera vez que se besaron, los abrazos, las miradas… David y ella. Siempre juntos.

Y una vez más se echó a llorar.

El móvil empezó a sonar. La pantalla del teléfono iluminó parte de la oscuridad del cuarto, mostrándole el nombre de su ahora exnovio. Descolgó y respondió sin intentar ocultar su congoja.

¿Sí?

Hola.

Su voz sonaba tranquila, triste.

¿Qué quieres?

¿Estás llorando? —preguntó, como si le sorprendiera.

Sí.

¿Por qué?

Porque no me siento bien —respondió—. ¿Por qué me has llamado?

Necesitaba oírte.

Y comenzaron a hablar, llorando ambos, desahogándose, lamentándose por lo que tenían que pasar. Pero ya no servía de nada lamentarse. Solo quedaba esperar a que el tiempo calmara el dolor.

3

Dios, qué mal me siento.

Lo sé, chiquita. Pero todo pasará.

Héctor, le he destrozado.

No te sientas culpable.

No para de llamarme. No me deja avanzar.

Bloquéalo.

No puedo hacerle eso.

Entonces, no te dejará tranquila.

«Pero es que yo ya no puedo más. No puedo. ¿Qué hago, Dios?»

4

Creí tener todo lo que necesitaba. Creía que era feliz. Y entonces, ¿por qué me siento tan vacía en este momento?

Hay personas que sufren a mi alrededor y yo sigo sonriendo. O, mejor dicho, seguía sonriendo.

La foto aún está en el marco que me regalaste. ¿Por qué sigue ahí? Parece que ahora nada tiene sentido. Es como si estuviera encerrada en una burbuja que me aísla de la realidad.

Estoy triste, y a la vez no lo estoy. Quizás porque nadie puede comprenderme…, porque ni yo misma me comprendo. Ojalá alguien pudiera darme una respuesta. Realmente la necesito.

Probablemente, solo esté cansada. Me duele la cabeza. Quiero llorar y no puedo. Por una vez, quiero llorar. Pero mis ojos están secos y mi cansancio se acentúa.

¿Qué puedo hacer? Nada. Solo sonreír cuando me pregunten si estoy bien y responder con una mentira.»

Era su forma de desahogarse en un blog que había abierto para sí misma y que nadie conocía. Necesitaba quitarse ese peso de encima de los hombros desde que había cortado con David. En su mente había demasiado cargo de conciencia por haberse fijado en otro, por haberlo dejado después de un año, por seguir adelante, sonreír, y abandonarlo a él en el pasado, hundido y lloroso.

La melodía que tenía asignada a los mensajes resonó en la habitación. Cogió el móvil y leyó el contenido:

«A veces un grito es escuchado por más silencioso que sea.»

Era un mensaje de David. A Natalia le recorrió un escalofrío por la espalda cuando el sonido del timbre llegó desde la entrada hasta la soledad de su habitación.

«No puede ser.»

Se levantó de la silla, dejando de lado los apuntes que apenas había podido estudiar en ese largo rato, y se dirigió a la puerta. De camino, encendió la luz del salón. Puso la mano en el pomo y respiró hondo antes de girarlo. David apareció detrás de la puerta con una rosa de tela. Sonrió, o al menos lo intentó, pero ella permaneció seria.

¿Qué haces aquí? —le preguntó como si se tratara de un intruso, alguien no deseado en su casa.

¿Puedo pasar? —le pidió.

Natalia se hizo a un lado y dejó que su ex entrara. Se dieron dos besos en las mejillas, como si fueran extraños, y le hizo pasar al salón, donde tomó asiento. Pantera lo reconoció de inmediato y se encaminó hacia él con maullidos suaves y zalameros. Pasó un par de veces entre sus piernas antes de ponerse a dos patas, tomando apoyo en el sofá.

Hola, gata.

Un par de caricias en la cabeza fueron suficientes para que se subiera encima. Natalia rápidamente la bajó del sofá.

Mamá no quiere que se suba. Lo llena todo de pelo —explicó.

Tomó asiento a su lado y ambos se miraron.

¿Has recibido mi mensaje?

Sí. ¿Has leído el blog?

Asintió.

Pensé que necesitarías un abrazo.

Natalia estiró sus brazos y dejó que él la consolara. Habían pasado demasiadas cosas juntos y era una de las pocas personas a las que le podía contar todo. Cuando lo había dejado, se había sentido más sola que nunca. Pero David no era para ella, y eso era algo que tenía claro.

¿Cómo lo has encontrado?

Tengo mis métodos —respondió—. Escribes muy bien. Nunca había leído nada tuyo. Serás una gran escritora.

Los sollozos rompían el silencio. Era una situación de lo más difícil para ambos.

Gracias por venir.

Pensé que a lo mejor te molestaba.

Lo necesitaba.

¿Cómo hemos llegado a esto? —le preguntó—. Todavía no puedo entenderlo. Estábamos tan bien…

Ya.

¿Por qué no me das una segunda oportunidad? —le rogó una vez más—. Tal vez salga bien.

No, no saldrá bien —afirmó Natalia.

¿Cómo lo sabes?

Porque siento algo por otra persona. Ya lo sabes. Si no lo sintiera, tal vez lo intentaría. Pero no es así. A pesar de todo, no puedo quitármelo de la cabeza.

Vale. No me digas nada más. Duele mucho.

Las verdades duelen. A mí también me duele.

Sus miradas volvieron a cruzarse. Los ojos de él estaban secos; los de ella, húmedos, y sin embargo ambos sentían la misma tristeza, el mismo dolor, la misma impotencia.

David acercó su boca, y en un momento de flaqueza, Natalia sintió la necesidad de volver a sentir un beso que acabara con su dolor. Quiso acabar con esa tortura que la comía por dentro; olvidarse de todo y dejar que David la besara.

«Héctor…»

Era a él a quien quería besar; a quien quería abrazar. Por ello, en el último momento, apartó la cara, y David volvió a alejar la suya.

Lo siento. Aún no me acostumbro a la idea de que ya no estás conmigo.

Metió la mano en el bolsillo, del que sacó una cajita, y se la entregó. Natalia le dio vueltas entre las manos.

¿Qué es? —preguntó antes de abrirla.

Será mejor que lo veas.

Abrió la solapa y dejó que el contenido cayera sobre su palma izquierda. Era un candado con sus respectivas llaves. No supo si sonreír o enfadarse. ¿Estaba intentando ablandarla?

¿Sabes para qué es?

Sí —respondió de inmediato—, para poner nuestros nombres, dejarlo cerrado en las cadenas de algún puente y tirar las llaves al agua. Es muy típico.

Pensaba regalártelo por San Valentín.

Natalia apretó las manos en torno al candado y frunció los labios. Sin duda, estaba jugando sucio.

¿Podríamos tumbarnos un rato? —preguntó, señalando el sofá—. Como hacíamos antes.

Natalia respiró hondo y cerró los ojos, intentando pensar con claridad. Cuando volvió a abrirlos, había decidido que aquella situación era absurda. Ellos ya no eran pareja. David no tenía por qué regalarle un candado que simbolizara su amor eterno, ni ella tenía por qué tumbarse junto al chico al que había dejado hacía poco. Así que se levantó con tranquilidad y lo más serena que pudo, le pidió que se fuera y que no volviera a intentar contactar con ella.

Esa noche, cuando David se fue a su casa, Natalia se dirigió a su habitación, miró el marco de fotos en el que aún continuaba la foto con David y el anillo que no se había atrevido a quitarse de la mano derecha. Frunció el ceño, sacó la foto del marco y la alianza de su dedo anular. Era hora de ser valiente y de mirar hacia adelante. Era el momento, no de pasar página, sino de cambiar de libro.

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