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No puedo olvidarlo

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IX

No puedo olvidarlo

1

Sin perder tiempo, abrió el Messenger con una creciente ansiedad y buscó su nombre.

«Por favor, que esté», pensó, pero su plegaria no dio resultado. En la pantalla solo había conectados dos conocidos con los que nunca hablaba. Miró el reloj. Tal vez fuera demasiado temprano todavía. ¿Qué hora sería en México?

Todo había empezado cuando había decidido volver a echar una ojeada al álbum de fotos. A la tercera fotos, había empezado a sentir náuseas; a la segunda frase, un nudo en la garganta; y a la cuarta página, ya no podía seguir sin que le temblaran las manos. Entonces, una parte masoquista de sí misma decidió que sería buena idea mirar el pendrive que también le había regalado David y que estaba lleno de imágenes románticas y canciones tan dulces que al segundo estribillo ya se sentía empalagada con sus palabras de amor.

Como si hubiera escuchado su súplica, la inconfundible imagen del gato Félix se dejó ver como un rayo de luz y esperanza. Lo que no sabía Natalia era que Héctor llevaba un par de días pendiente del Messenger, desconectado para todos, esperando solo por ella.

Héctor.

El hombre se llevó una grata sorpresa al ver que era ella quien le hablaba primero. Había pensado que, después de dos días sin charlar, tendría que ser él el que comenzara la conversación.

¡Nataly! ¿Cómo estás?

Mal —se sinceró ella—. Necesito hablar. ¿Estás muy ocupado?

No, pequeña. ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?

Me siento fatal.

Cuéntame, por favor. ¿Qué pasa?

Creo que voy a dejar a David.

El corazón de Héctor dio un vuelco. ¿Había leído bien? ¿Iba a dejar a su novio?

Por un momento, quiso sonreír, pero se obligó mantener la seriedad. Nada era seguro; ni siquiera sabía la razón por la que quería terminar su actual relación. Tal vez solo fuera una pataleta después de una pelea. La idea de que rompieran floreció en su mente y plantó raíces, haciendo que su imaginación volara hasta confines que hasta entonces habían estado cerrados bajo llave y con un claro letrero de prohibición. Luchando contra su propia mente, decidió que el tema no era algo de lo que debía alegrarse. Sabía lo que significaba una ruptura. Natalia debía estar retorciéndose de dolor, y lo menos que quería era que ella sufriera.

¿Por qué? —fue lo único que se atrevió a decir. Aunque lucha interna de sentimientos contrarios le bloqueaba y no le dejaba espacio para pensar con claridad.

No puedo más con esto. No me puedo seguir engañando a mí misma. Las cosas no van bien. Dejaron de funcionar hace mucho ya y no he querido verlo. He intentado que funcione y llevar esto para adelante, pero es inútil. Estoy cansada.

Durante largos minutos le contó todo lo que le molestaba con respecto a su novio: sus celos cuando usaba ropa algo escotada, su falta de ilusión y ambición ante la vida, su poco interés por avanzar y hacer algo para superarse a sí mismo, la manera brusca en la que a veces la trataba, su poco interés en hablar las cosas cuando tenían un problema, o la escasa voluntad que tenía para dejar los complejos atrás.

¿Por qué no hablas con él todas esas cosas que no te gustan? —propuso Héctor, intentando ser lo más objetivo posible.

¡Lo he intentado miles de veces, pero no me escucha! Siempre rehúye el tema. Estoy harta.

Eso es muy inmaduro por su parte. Pero, chiquita, cada persona es como es, y no creo que cambie con el tiempo.

Ya lo sé. Pero me da mucha pena dejarlo. Hemos estado juntos un año, ¿debo echarlo todo a perder?

Héctor recordaba los días anteriores a su ruptura definitiva con Irene. Había sido tan difícil tomar la decisión. Por su mente siempre pasaba lo mismo: «¿Debo echar todo este tiempo a perder?». Pero con el tiempo se dio cuenta de que la pregunta correcta hubiera sido: «¿Debo seguir perdiendo el tiempo junto a ella?»

Sé cómo te sientes, pero si sigues así solo conseguirás hacerte daño. Tienes que pensar un poco más en ti.

Es que él es tan bueno conmigo… No se merece esto.

Tampoco se merece que le engañes con respecto a lo que sientes, ¿no crees? Debes ser sincera con él.

No quiero perderle del todo, pero no querrá ser mi amigo.

Si esa es su decisión, no podrás hacer nada.

Ya… Hablaré con él la próxima vez que lo vea.

Sé valiente, pequeña. Tienes que buscar tu felicidad ante todo. Sé que es duro al principio, pero al cabo del tiempo será lo mejor.

Natalia pensó en ese último año. Recordó los buenos momentos, y también los malos. Pero recordaba mejor estos últimos. Los defectos de David se ponían por encima de sus cualidades. Y, por primera vez, Natalia sintió que había perdido un año valiosísimo de la mano de alguien que no le había aportado nada. No estaba echando a perder ese año, lo estaba recuperando. David la anulaba como persona. Coartaba su forma de ser, y una pareja no debe ser así.

O ¿acaso crees que pasarás con él el resto de tu vida? —se atrevió a preguntar Héctor, temiendo la respuesta, pero esperando que Natalia fuera lo suficiente inteligente como para acertar en su decisión.

¿Pasar con él el resto de su vida?

No.

Lo tenía demasiado claro. Y no era algo de lo que se hubiera dado cuenta hacía poco. Lo supo desde el primer mes, y habían pasado once meses desde aquello. Pero en su inconsciente se había negado a aceptar que esa relación estaba destinada al fracaso.

David no era el hombre de su vida. Tenía muy claro que la persona que fuera a envejecer con ella no era alguien que pretendía cambiarla. No. La persona que realmente la quisiera, no le cortaría las alas, sino que la ayudaría a que estas se expandieran y la tomaría de la mano para enseñarle a volar. Así debía ser una pareja. Una de verdad.

Sí, tienes razón. Esto no lleva a nada. No tiene futuro, y así no merece la pena.

Héctor sonrió.

Me alegra que lo entiendas.

2

Por suerte, a las cinco de la tarde la gente se echaba la siesta y la calle estaba prácticamente vacía. No le gustaba que desconocidos de todas clases y edades se quedaran mirándola por culpa de su semblante triste. Sentía unos horribles nervios en el estómago que no la dejaban caminar tranquila. Tenía náuseas, como siempre que estaba nerviosa. En su mp3 sonaba una canción triste, acorde con la situación. Asqueada, apagó el aparato y lo metió en su bolso. En ese momento, ni la música podía calmarla. Respiró hondo y cruzó el paso de peatones. Ya casi estaba llegando y aún era temprano. Bajó por el parque Almirante Laulhé, donde algunos niños jugaban con la pelota y otros echaban de comer a los patos que se encontraban dentro de un pequeño espacio acuático. En un par de minutos llegó a una de las entradas, donde había quedado con David. Ahora solo tocaba esperar.

Una pareja de enamorados pasó a su lado haciéndose carantoñas y diciéndose zalamerías que creían oír solo ellos. Natalia apretó su muñeco antiestrés.

«¿Por qué siempre que una persona se siente mal con respecto al tema amoroso tienen que aparecer miles de parejitas demostrándose lo felices que son?»

Permaneció mirándolos durante unos segundos, hasta que se perdieron detrás de una esquina, la misma de la que segundos más tarde apareció la figura de David. Miró a un lado y a otro y cruzó la calle. Natalia ya lo esperaba al otro lado con una sonrisa culpable.

Hola —la saludó David cuando llegó a su lado, con una voz llena de tristeza y de miedo. Miedo por lo que pudiera pasar a continuación, por que las palabras de su novia pudieran hacerle otra vez ese daño que ya había sufrido anteriormente y que esa escena en la que ya tres personas le habían dicho que preferían seguir sus vidas sin él se repitiera de nuevo.

Natalia, por su parte, empezó a llorar antes de poder decir una sola palabra. Era ella quien quería acabar con todo lo que habían construido juntos, pero nadie había dicho que sería fácil. Llevaban un año juntos. Él había sido su primer novio. ¿Cómo decirle que quería romper del día a la mañana?

David la abrazó con fuerza cuando ella se echó a sus brazos y escondió su rostro empapado en lágrimas en uno de sus hombros. Las cosas no iban bien. Todavía no había dicho una sola palabra y ya se había echado a llorar.

¿Vamos al Barrero?

Asintió y ambos fueron hacia el parque con caminar pesado y lúgubre.

El Barrero era un parque en el que tiempo atrás se hallaba una cantera, junto al Observatorio de la Marina. El lugar se encontraba lleno de caminos que giraban alrededor de una gran pradera central llena de árboles y rocas. En uno de los laterales, un pequeño restaurante acogía a todo aquel que quisiera comer mientras sus hijos se divertían en la zona de columpios. En la parte superior del parque, se encontraba el mirador y un monumento conmemorativo dedicado a Clara, una niña que había sido asesinada en ese mismo lugar hacía años.

¿Nos sentamos aquí?

Sin esperar una respuesta, David tomó asiento en uno de los bancos.

Unos niños pasaron por delante de ellos. Uno iba en bicicleta; los otros dos, en monopatines. Natalia observó su alrededor. Estaban rodeados de niños que corrían de un lado para otro. No esperaba que hubiera tanta gente en el parque siendo tan temprano.

Si quieres nos ponemos en otro sitio —sugirió David, leyendo su mente.

No, da igual. Vayamos a donde vayamos estará igual de lleno.

Silencio durante unos minutos. Natalia tomó aire. ¿Por dónde debía empezar? Lo miró a la cara, pero él mantenía su mirada en el suelo asfaltado. No quería mirar sus ojos y ver algo que prefería no conocer. Lo mejor era huir de la verdad, como siempre había hecho.

No sé por dónde empezar.

David tragó saliva.

Quieres que lo dejemos, ¿verdad?

El aire era tan tenso que podría haberse cortado fácilmente con una sierra.

No lo sé. —Más lágrimas. Un nudo en la garganta—. Es que… no lo sé.

¿Por qué?

Natalia sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se sonó la nariz.

Porque no me siento bien. —Pasó la mano por sus mejillas y se secó las lágrimas—. Hay muchas cosas de ti que no encajan conmigo. Hay muchas cosas que no me gustan, y siempre que intento hablarlo contigo rehúyes el tema. Prefieres dejarlo a un lado antes que hablarlo y solucionarlo, y ya ha llegado un punto en que no puedo soportarlo más. —Reunió todo el valor que pudo y se volvió hacia él para hablarle frente a frente. Pero David continuaba con la mirada clavada en el suelo—. Eres un buen novio y me tratas muy bien, pero me he dado cuenta de que necesito otras cosas que tú no me aportas. Necesito más.

¿Qué cosas?

Madurez, para empezar. Hay veces que siento que salgo con un niño. Es lo que te he dicho antes: siempre que sale a la luz un tema que no te gusta, lo haces a un lado en vez de afrontarlo y hablarlo para solucionarlo. Además, cuando quiero contarte algo serio, siento que no me escuchas. Te pasas el día haciendo tonterías. Sé que yo también soy muy infantil, pero la diferencia es que yo sé cuándo comportarme como una niña y cuándo como una adulta. Necesito que mi pareja sea así también, pero tú rara vez te comportas como un adulto.

»Y no solo eso. También en cuanto a tus expectativas. No tienes ningún tipo de ilusión, ningún sueño. Tu única ambición es conseguir un trabajo que dé lo suficiente para vivir y poder quedarte en el mismo sitio toda tu vida. Yo tengo otras ilusiones. Quiero convertirme en una gran escritora, terminar mi carrera, hacer un máster…, quizás un Doctorado. También quiero ver mundo, viajar, conocer. Y cumplir mis metas. Pero tú, ¿qué tienes, David? No tienes nada de eso. De hecho, si yo no estuviera, la vida te parecería una mierda. Parece que yo soy tu centro, y eso no puede ser así. Solo hay una vida y hay que vivirla. El tiempo pasa volando. Cariño, tienes veintidós años, cuatro más que yo, y no tienes nada ni luchas por tenerlo. Todo te da igual.

¿Qué quieres que haga —saltó David—, si hasta que no apruebe la asignatura que me queda en el Grado Superior no puedo continuarlo?

Y ¿qué haces mientras? Las cosas no están fáciles para nadie ahora. Tu futuro dependerá de lo que hagas ahora. Te he dicho miles de veces que hagas cursos, estudies inglés…, cualquier cosa antes de perder este año que tienes libre. Pero no lo haces. No tienes voluntad. Si no fuera porque sales conmigo ni siquiera te moverías de casa. ¡Te pasas el día jugando a los videojuegos, David! Se te pasa la vida delante de la pantalla y no haces nada. Estás perdiendo tu juventud.

Dices eso porque a ti te gusta leer y escribir, y el tiempo que tienes libre lo aprovechas haciendo eso, pero a mí no me gusta la lectura ni la escritura. En mi tiempo libre hago lo que me gusta, que es jugar a los videojuegos —se excusó.

Pero es que tu tiempo libre es prácticamente todo el día, David. Podrías hacer mil cosas en este tiempo, pero no haces nada. Por ejemplo, ¿por qué no sales a hacer deporte? En verano nunca vamos a la playa porque te da complejo. ¡Que esa es otra! Tienes complejo de que la gente te vea en bañador, pero no haces nada por solucionarlo. Te limitas a compadecerte de ti mismo y a comer porquerías. Has dicho mil veces que vas a ponerte a dieta y nunca lo has hecho. Sabes que no me importa, pero lo que no podemos dejar es que esa vergüenza tuya nos afecte. Tienes la autoestima por los suelos. Deberías quererte más a ti mismo. Te pasas el día quejándote de mi manera de vestir, cuando tú siempre llevas lo mismo porque te sientes mal llevando una camiseta que no sea negra.

»Y hay algo más que no me gusta: te pasas el día tocándome el culo. Te he dicho mil veces que no me gusta, y sin embargo, lo sigues haciendo. Te tomas todo lo que te digo a broma. Y estás todo el día diciéndome: ¿me quieres? ¿De verdad me quieres? No me quieres. No te gusto. Eso me quema muchísimo, David. Me agobia.

El chico apretó los puños débilmente y soltó una pequeña risilla nasal.

Parece que te lo hubieras aprendido de memoria. No sabía que había tantas cosas. Creía que todo iba bien.

Eso es porque siempre que te digo algo, te niegas a escuchar.

No sé qué decirte. Yo creo que las cosas no van tan mal como tú lo pintas.

Natalia gruñó, exasperada.

¿Por qué no quieres verlo?

Una lágrima resbaló por la mejilla de David hasta perderse debajo de su barbilla.

No es eso… Puedo cambiar algunas cosas si te molestan, pero otras… Yo soy así, y no puedo hacer nada. Lo que has dicho de tener sueños: no tengo ninguno. No hay nada que me guste especialmente además del fútbol. No soy como tú. Me conformo con tener en el futuro una casa, un trabajo y una mujer que me quiera.

Natalia suspiró. Ese era el problema. David no era malo. Simplemente eran diferentes y dos mitades con diferentes hendiduras no pueden encajar por más que se fuercen. No estaban hechos el uno para el otro, eso era todo.

Estuve hablando con alguien… —soltó Natalia de repente. Tenía que ser sincera. No podía echar el muerto de todo a David, aunque su actitud fuera la que tenía gran parte de culpa—. Tengo que serte sincera… Conocí a un chico por un foro. Bueno…, un chico… Tiene treinta años. Es escritor, de México. Estuve hablando con él sobre esto. Me sentía mal y con él cogí mucha confianza. — Suspiró. Tenía que ser valiente. Debía contárselo. Sinceridad ante todo. Se dio ánimos a sí misma, pero por más que lo intentó, no se sintió preparada para confesarle la cruda verdad—. Me aconsejó que no siguiéramos con esto. Que simplemente somos diferentes. Que cada persona es como es y no se puede cambiar. Me dijo que si las cosas están así, solo irá a peor.

Me cae mal ese tío. —Sonrió amargamente—. Por un momento, pensé que ibas a decir que te habías enamorado de él.

Natalia tragó saliva y su corazón dio un vuelco. Ahora se sentía peor que antes, mucho más culpable. Debería habérselo dicho. Ocultarlo no serviría de nada.

No, no… Él es mucho mayor que yo. Además, vive en otro país. Tendría que estar loca.

Y lo estaba.

¿Entonces? ¿Le harás caso?

No lo sé. Estoy muy confundida. Realmente, no creo que esto tenga futuro, pero…

Natalia empezó a temblar. El sol caía y el frío se hacía presente poco a poco. David se levantó del banco.

Vamos a coger un taxi hasta tu casa. No quiero que te resfríes.

Caminaron por el parque. El viento helado los hizo estremecerse.

Si quieres, podemos darnos un tiempo. Pasar un tiempo separados, y cuando sepas qué es lo que quieres, me lo dices.

No creo que eso sea justo, porque seguramente en ese tiempo yo me sentiré mejor, y tú te sentirás peor por la espera. Lo menos que quiero es hacerte daño.

Lo sé, pero lo prefiero antes que cortar.

Me siento mal, David. Es como si ya no sintiera lo mismo que sentía al principio. Me gustaría pedirte algo, pero no creo que sea justo.

Ya me imagino lo que es. Quieres un beso, ¿verdad?

Sí.

David la agarró por la espalda y la besó profundamente. Esa acción lo único que hizo fue confundirla más. Quería a David, pero las cosas habían cambiado. Era un sentimiento que apenas tenía fuerza. Algo que no era suficiente para llevar hacia adelante una relación que estaba en crisis.

Si antes estaba hecha un lío, ahora estoy peor.

Se abrazaron. En cierto modo, ninguno de los dos quería que su relación acabase. Natalia sabía que era lo mejor, pero le dolía pensar que no volvería a verlo. Ya varias veces le había preguntado a David si seguirían siendo amigos si su relación llegara a acabar. A pesar de que, para variar, solía evadir el tema, un día le contestó con una negativa. Sus sentimientos por ella no podrían cambiar tanto como para ser solo amigos, y menos habiendo compartido un año completo de su vida juntos. Las cosas no eran tan fáciles. O blancas o negras, pero nunca grises. Y tal vez fue esto lo que la hizo dudar de la decisión que había tomado.

Volvamos a intentarlo.

David la apretó fuerte entre sus brazos.

¿En serio?

Sí. —Le sonrió—. Tal vez todo vaya bien si ponemos más de nuestra parte.

David también sonrió, aunque con un rastro de tristeza en sus ojos. Entonces, volvió a besarla, con una suavidad y dulzura que nunca antes había utilizado con ella. Una dulzura que ella siempre había añorado sin darse cuenta…, y que llegaba tarde.

3

Esa noche David volvió a acompañarla hasta su casa, como siempre hacía. Antes de irse, la besó con cuidado, como si tuviera miedo a que un movimiento demasiado brusco pudiera hacerle cambiar de idea. Durante el trayecto habían estado hablando largo y tendido sobre la segunda oportunidad con la que ella le había obsequiado. Había tenido la valentía de preguntar si estaba segura, y ella había respondido afirmativamente. Ahora solo debía esforzarse por que todo saliera bien.

Te quiero —le dijo él antes de que subiera las escaleras que la llevarían hasta su piso.

Te quiero —soltó ella por inercia.

Y otro beso.

El taxi que minutos antes había llamado David paró en el portal que este le había indicado previamente. Se despidieron y David subió al coche. Natalia ni siquiera esperó a que este desapareciera de su vista para subir al primer piso. Afortunadamente, su madre no estaba en casa. Entró en su cuarto, dejó el bolso encima de la cama y se desvistió, quedándose únicamente en ropa interior. Encima del escritorio descansaba el portátil. Fue poner la vista en él y esa odiosa sensación de nerviosismo volvió a instalarse en su pecho.

Encendió la pantalla y entró en el Messenger sin cambiar su estado de «Desconectado». Allí estaba él, como cada noche. Su foto y su nombre eran los únicos que resaltaban en esa gran lista de contactos. Miró el anillo de su dedo y esa foto que tanto le gustaba en el marco que David le había regalado, y entonces se convenció a sí misma de que había hecho lo correcto. Llevaba un año con David; juntos habían compartido muchísimas cosas; él había hecho demasiado por ella y estaba allí siempre que lo necesitaba. Héctor era un hombre al que acababa de conocer, que la superaba once años en edad y que vivía en otro país. Sabía que sentir algo por él solo le acarrearía sufrimiento. Debía alejarse. Aún estaba a tiempo. Debía frenar esos sentimientos ahora que no hacían más que empezar.

Cerró el portátil y sacó ropa interior limpia y el pijama. Cargada con ellos, se dirigió al baño. Una ducha la relajaría.

Mientras el agua caía por su cuerpo, cerró los ojos y recordó el «te quiero» que le había contestado a David, y se preguntó si había sido sincero.

«Y si lo fue, ¿por qué me sentí tan mal diciéndolo?»

¿Estaría haciendo realmente lo correcto? ¿Darse una segunda oportunidad sería lo más adecuado? Ni siquiera había tenido el valor de confesar a David que los motivos de sus dudas se habían acrecentado por culpa de una tercera persona. Alguien que la había hecho suspirar mientras él la había hecho frustrarse; que la había hecho sonreír mientras él la había hecho enfadar; alguien con el que sentía ganas de hablar todas las noches, que compartía sus mismos sueños; alguien que de verdad la comprendía.

Una lágrima se confundió con el agua que caía de la alcachofa. Salada y amarga, se perdió entre miles de gotas que desaparecían bajo sus pies.

Lo siento, Héctor —sollozó—. Siento haber sido una cobarde.

4

En el ordenador, dos nuevos correos negativos. Contándolos, ya había recibido cinco respuestas de editoriales españolas que se negaban a publicar sus obras. En realidad, no le sorprendía. En México todas las editoriales a las que había acudido le habían dado una negativa.

«Lo siento, no es lo que buscamos», era lo que siempre respondían.

Para colmo de males, hacía ya seis días que Natalia no daba señales de vida. No contestaba a sus mensajes, no se conectaba al Messenger… Estaba francamente preocupado. En su cabeza solo cabían dos posibilidades, y ninguna le gustaba: o le había pasado algo, o había decidido alejarse de él definitivamente. Quiso barajar otras posibilidades, como que el ordenador se le hubiera estropeado o que el Internet estaba fallando, pero su mente las alejaba inconscientemente.

Nunca había pensado que las acciones de esa joven podrían afectarle tanto. ¿Qué era lo que le había hecho para dejarlo así? Por más que intentaba convencerse a sí mismo de que esos sentimientos eran una locura, no podía dejar de pensar en ella. Había llegado a tal punto que necesitaba verla conectada diariamente para sentirse feliz.

«¿A quién pretendes engañar, Héctor?», se decía. «¿Por qué iba ella a fijarse en alguien como tú pudiendo elegir entre galanes que pueden ofrecerle algo más que una relación a distancia? Además, con lo cambiantes que son los jóvenes seguro que se cansaría de ti en poco tiempo.»

Y aun así, con estos pensamientos pesimistas, seguía pendiente a ella. No podía evitarlo. Era como un hechizo del que no podía escapar.

¿Qué le había hecho esa chica?

Se produjo un sonido en el Messenger. Alguien había entrado.

Lleno de esperanza, se lanzó a buscar a Natalia, pero no era ella quien se había conectado, sino Messías.

Ey, tío, ¿qué te cuentas? —le saludó.

Héctor contestó desganado. No era con él con quien quería hablar.

Estoy mal, güey. Lleva una semana sin conectarse. Creo que no quiere saber nada de mí.

No seas idiota. Seguramente tendrá cosas que hacer, o se le habrá estropeado el ordenador.

La última vez que hablé con ella me dijo que estaba dispuesta a dejar a su novio. Quizás cambió de idea…

¡Espera, espera! ¿Tiene novio? —Se sorprendió Messías—. Eso es algo que no me habías contado.

Pero está muy harta de él. No la trata como debería —la excusó.

Messías tardó un poco más en responder esta vez.

Tío, si te soy sincero, no sé qué pensar. Que esa chica te siga el juego teniendo novio, y que encima te diga que lo va a dejar y desaparezca durante una semana… ¿No crees que puede estar jugando contigo?

Héctor lo meditó. Intentó ser objetivo, pero no podía. Algo dentro de él le decía que Natalia no era de esas, y por más que le advirtieran no podría creer que aquella niña que a sus ojos era tan inocente, pudiera estar convirtiendo todo aquello en un simple juego.

No… Sé que no. Estoy seguro de que ella también siente algo por mí.

Ten cuidado, Félix. A veces, nuestra intuición puede fallar. Podemos estar muy seguros de algo, y equivocarnos.

Esta vez no estoy equivocado.

Está bien. Solo ten cuidado.

5

La tarde del viernes se presentó oscura y lluviosa. Natalia no tenía ganas de salir y el tiempo no acompañaba. David la había llamado para dejarle decidir los planes de ese día. Natalia eligió una tarde de cine en casa tranquilo. Su madre se iba a visitar a una de sus tías, así que podrían ver una película en su casa, comer palomitas y resguardarse del temporal.

David se presentó cerca de las siete. La película, estrenada recientemente en el cine, trataba una historia de hechiceros, brujas, hadas y demás criaturas mitológicas que a Natalia le encantaban. Por primera vez en mucho tiempo, David le había dejado elegir la película. Por fin era consciente de que siempre escogía las películas y pocas veces le daba el gusto de ver las que ella quería.

Natalia metió las palomitas en el microondas y sacó refrescos. Un trueno sonó a lo lejos. Se asomó por la ventana. La lluvia caía con fuerza, golpeando el suelo y encharcándolo. En el microondas ya se escuchaba el pop del maíz al saltar. Recién sacadas, se llevó un par a la boca y llevó el bol al salón, donde David ya había abierto uno de los paquetes de patatas que había comprado por el camino y devoraba unas cuantas.

Pusieron la película, apagaron las luces y se taparon con una manta.

Esa tarde, David no le preguntó ni una sola vez si le apetecía hacer el amor, y Natalia lo agradeció. Quería que ese nuevo comienzo empezara con buen pie y que su novio no la agobiara con esos temas mientras se sintiese confundida. Durante la película, la joven fue más cariñosa que de costumbre: le agarró la mano en numerosas ocasiones, le regaló repetidos besos y se acurrucó a su lado, dejando caer la cabeza en su hombro; pero David no reaccionaba. Devolvía sus besos con triste frialdad y apenas la miraba. A Natalia llegó a parecerle que no prestaba atención a la película, y llegó un momento en que ella tampoco lo hacía. Esa película la aburría y parecía no tener fin.

¿Estás bien? —le preguntó.

Sí —respondió él, y volvió a sumergirse en ese silencio.

En el fondo, Natalia había sido consciente de que ocurriría; sabía que las cosas no volverían a ser igual una vez que se hubiera sincerado. David se sentía mal y ya no tenía la misma confianza ciega que había tenido anteriormente en la relación.

Natalia cogió el mando y paró la película. Encendió las luces y se volvió hacia él. David ni siquiera se molestó en preguntar por qué.

¿Qué te pasa? —Después de hacer esta pregunta, Natalia se sintió verdaderamente estúpida. No necesitaba que David le contestara para saber lo que ocurría, pero debía abrirse con ella.

Nada.

Aún sigues dándole vueltas a lo del otro día, ¿verdad?

No puedo evitarlo —murmuró—. Creía que todo iba genial. Yo no veía ningún problema en la relación. Y de repente vienes y me dices que todo está mal. Es como si la confianza se hubiera venido abajo.

Eso no es verdad. Sabías que había cosas que estaban mal, pero preferías ignorarlas.

No pensaba que estuviera todo tan mal.

David, no voy a entrar otra vez en eso porque ya lo hablamos. Hemos empezado de nuevo, ¿no? Borrón y cuenta nueva.

David la abrazó, sin convicción.

Sí…

Sé cómo te sientes; es normal. —Mirándole a los ojos, le acarició la mejilla—. Pero verte así lo único que consigue es que me sienta insegura con respecto a mi decisión.

Esperó por una respuesta; una respuesta que nunca llegó. David volvió a callar, como siempre hacía, y ese silencio inundó la mente de Natalia una vez más. Besó su frente cariñosamente y volvió a apagar las luces. Play en el mando y la película continuó su curso, pero ya nadie la veía. Ni siquiera la oían.

6

Podemos darnos un tiempo si es lo que necesitas, ya te lo dije —ofreció David en un intento desesperado por no perder a Natalia. Daba gracias por estar solo en casa. Lo que menos quería en esos momentos era que sus padres lo oyeran hablar por teléfono con su novia.

No, no necesito tiempo. Ya sé lo que quiero. Fue un error intentarlo de nuevo. Es inútil retrasar lo que pasará tarde o temprano, y esto hace tiempo que está roto.

Ni siquiera lo has intentado.

Natalia echó la cabeza hacia atrás, dejándola reposar en el respaldo del sillón. Si supiera David la de vueltas que le había dado al asunto y la de dolores de cabeza que le había causado. Había intentado mirarlo de todas las maneras y desde todas las perspectivas posibles, pero el resultado siempre era el mismo. No era feliz con David, y esto no era únicamente porque sintiera algo por otra persona, sino también porque no encajaban. Eran muy diferentes; tanto, que chocaban. Él no era lo que buscaba, y si seguía alargando una relación que no iba a ninguna parte, tarde o temprano se arrepentiría.

Sí lo he intentado, pero me he dado cuenta de que no sirve de nada. Somos muy diferentes. Esto no tiene futuro.

No sabes lo que pasará. Tal vez lo intentemos y vaya bien.

No quería ver la realidad. Estaba cegado. Para él las cosas siempre habían ido bien, o mejor dicho, se había negado a ver que iban mal.

No, David. Ya nada puede volver a ser lo mismo. Estás siempre triste por todo lo que te dije. Ya no volverás a confiar en nuestra pareja. Y yo no siento que hayas cambiado. De hecho, no soy nadie para cambiarte. Cada uno es como es.

No entiendo qué es lo que ha podido cambiar en tan poco tiempo… Hasta hace unas semanas me decías que me querías. ¿Qué he hecho mal?

Los ojos de Natalia se humedecieron de tristeza y culpabilidad. Se sentía tan mal. David era tan bueno… Le estaba haciendo daño; muchísimo. Y eso era algo que no se perdonaba a sí misma. No quería herirlo, pero tampoco podía seguir ocultándole la verdad. Merecía saber que, aunque la relación se había ido desgastando poco a poco, él no era el único responsable de la ruptura.

Tengo que serte sincera. Todo esto no es solo tu culpa. —Cogió aire y lo expulsó lentamente, intentando ser fuerte—. El otro día te hablé de un chico mexicano que me había aconsejado, ¿recuerdas?

Unos segundos de silencio, y después una respuesta temerosa:

Sí.

Tenías razón. Siento algo por él. —Al soltar estas palabras, unas lágrimas escaparon de sus ojos y su voz de quebró—. No sé cuándo pasó, pero empecé a sentirme atraída. Intenté alejarme, pero es demasiado fuerte. Y no puedo seguir con esto sintiendo algo por otra persona, ¿entiendes?

David no sabía qué decir. En el momento en que ella había admitido que había una tercera persona, su corazón se había roto en mil pedazos. Los problemas entre ellos los podría haber solucionado, pero si entraban en escena sentimientos hacia otro hombre, la cosa cambiaba. Era algo que no dependía de él.

No puedo creerlo…

Lo siento. Ojalá no sintiera esto que siento, pero no puedo negarlo más. Me come por dentro —sollozó.

Siento como si me hubieras puesto los cuernos.

Aunque ese chico hubiera estado aquí sabes que jamás te hubiera sido infiel.

Pero sientes algo por él.

Por eso es que corto contigo.

Ya no era ella la única que lloraba.

¿Desde cuándo…?

Pues…, solo hace un mes que hablamos. Eso es lo extraño. Nos conocemos solamente de hace un mes. No lo entiendo. No entiendo cómo ha podido pasar.

Una parte de él la odiaba, pero la otra no podía dejarla marchar, y mucho menos a sabiendas que otro se la llevaría. Tal vez no físicamente, pero se quedaría con sus sentimientos, con esos que tan celosamente había custodiado desde hacía un año. No quería rendirse tan fácilmente, aunque eso significara arrastrarse.

¿No puedo hacer nada para volver a conquistarte? Tal vez pueda hacer que lo olvides.

No. Ya lo he intentado. Es imposible. No puedo olvidarlo.

David soltó una amarga risa nasal.

Al final soy yo el que se queda solo.

Yo también estoy sola.

Tú lo tienes a él —gruñó.

¿Que lo tengo? David, no tengo nada. Está a miles de kilómetros, en otro país, ¿entiendes? Y eso es mucho más doloroso, porque no puedo estar con él.

Más lágrimas, respiraciones entrecortadas, silencio.

Entonces…, ¿es definitivo?

Sí.

No encontraré a nadie como tú —sentenció.

Eso siempre se dice.

Pero esta vez lo sé. No encontraré a nadie como tú.

Natalia se secó las lágrimas e intentó serenarse.

La encontrarás. Y cuando lo hagas, por favor, escúchala, habla con ella de los problemas que tengáis, no los rehúyas.

Vale, Natalia —la cortó—. Dejémoslo. No quiero hablar del tema.

¡No! —exclamó ella, volviendo a llorar—. ¡Escúchame! Estamos en esta situación porque nunca me has escuchado. Huyendo no se soluciona nada. A la próxima escúchala, hablad de lo que no os guste del otro e intentad solucionarlo. Y, David, intenta quererte más a ti mismo. Si no te quieres tú, nadie te va a querer. Tienes la autoestima por los suelos. Crees que no vales nada, pero sí que vales, joder. Vales muchísimo.

Entonces, ¿por qué me dejas?

Porque no somos compatibles, cariño, y me he dado cuenta demasiado tarde. Pero eso no quiere decir que no seas una gran persona. Te mereces mucho más que esto. Ve siempre a por algo mejor de lo que has tenido. Nunca te conformes con menos. Ten presente todo esto que te digo, ¿vale?

Vale.

El sonido de unas llaves llegó hasta sus oídos. Supo de inmediato que su madre subía las escaleras y se dirigió al cuarto de baño para que no viera los rastros que las lágrimas habían dejado en su cara.

Tengo que colgar. Ha llegado mi madre.

Está bien. Ya hablaremos. Un beso.

Otro para ti.

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