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Coincidencias

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II

Coincidencias

1

Cuando abrió los ojos unas horas más tarde, no recordaba nada de lo que había pasado el día anterior. Salió de su habitación como cada lunes y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno antes de ir a clase. Somnolienta, llenó un vaso de leche y sacó algunas magdalenas. Bostezó un par de veces, agotada. La magdalena se rompió de tanto mojarla, cayendo en la leche y salpicándole la cara. Refunfuñó. Quería volver a la cama.

Se bebió la leche y fue a vestirse. Antes de entrar en su cuarto, vio salir a Miriam de la habitación que antes había sido de Natanael y que ahora estaba desocupada. Aquel hecho la despertó del todo. La joven salía en pijama y la habitación estaba a oscuras. Por un momento, se le pasó la cabeza que Miriam hubiera discutido con Gema y se hubiera ido a dormir a aquella habitación, pero de pronto recordó todo lo que había pasado la tarde del día anterior, y sudores fríos empezaron a recorrer su cuerpo.

Buenos días —dijo Miriam entre bostezos.

Buenos días… Oye, Miriam, ¿qué día es hoy?

Lunes… —respondió con los ojos entrecerrados mientras se dirigía al baño, esperando que Gema no se le hubiera adelantado.

No…, de número.

Creo que diecisiete.

Ya… ¿Y el mes?

Miriam abrió los ojos un momento y volvió a fruncirlos, extrañada.

Pues, ¿noviembre? —respondió como si fuera una respuesta demasiado obvia.

Sin decir nada más, entró en el cuarto de baño y Natalia permaneció en el pasillo, pensativa. Escuchó cómo se abría la puerta del cuarto de Gema y vio a la susodicha salir igual o más dormida que Miriam. Apoyando la cara en la puerta del baño, intentó abrir.

¡Ocupado! —exclamó Miriam desde dentro, con un claro tono de victoria.

Gema refunfuñó y miró a Natalia, que no despegaba la mirada del suelo.

¿Y a ti qué te pasa? —preguntó con voz adormilada.

Natalia se mordió el labio inferior.

Gema…, ¿a ti te gusta Miriam?

La inesperada pregunta despertó a Gema más de lo que lo hubiera hecho una ducha de agua fría. Natalia detectó el color rojo coloreando sus mejillas.

Pero, ¿qué dices? —fue lo único que contestó antes de huir hacia la cocina.

Natalia frunció los labios cuando su compañera de piso desapareció tras la puerta del pasillo. Volvió a su habitación, y sacó del escritorio el cuaderno que había estado escribiendo la noche anterior. Cuando por fin vio todo lo que había en él, se convenció de que lo que había pasado no había sido un sueño. Realmente estaba en noviembre de 2011.

Para su desgracia.

2

Cogió el tren hacia San Fernando solo para recuperar sus cosas. Sin el móvil, estaría incomunicada, y no podía ir sin el DNI o el carnet de la Universidad. Así que paró en la estación de Bahía Sur y caminó hasta casa de David. Sentía el cuerpo pesado y estaba de mal humor. No quería verle. No otra vez.

David abrió con aire lúgubre. Parecía preocupado. Le hizo una señal para que pasara y Natalia no lo pensó dos veces. Caminó a paso ligero hasta la habitación y buscó con la mirada su bolso.

Está en el armario —le indicó David.

Natalia se lanzó hacia el mueble y lo abrió de par en par. Su bolso estaba colgado en una de las puertas. Rebuscó en él y sacó el móvil. Con rapidez, revisó los mensajes antiguos, pero no había ninguno de Héctor. Había sido su última esperanza.

Tú… no has tocado mi móvil, ¿verdad? —le preguntó con cautela.

No.

Era sincero. Estaba demasiado serio como para mentir. Natalia se colgó su bolso en un hombro e intentó salir de la habitación, pero David se lo impidió, envolviéndola entre sus brazos. Natalia mantenía los suyos a ambos lados de su cuerpo. Solo quería salir de allí. No se sentía cómoda en esa habitación, en esa casa, junto a ese chico.

Tengo que coger el tren —le dijo.

¿No me das un beso? —le preguntó él.

Natalia negó con la cabeza con un lado para otro y fue hasta la puerta. David la siguió.

¿Qué he hecho? —le preguntó, impotente—. Te juro que no sé por qué estás enfadada.

Natalia soltó el pomo y le miró con tristeza. ¿Estaba enfadada? No, o eso creía. Pero había algo que la inducía a salir corriendo de allí. Sí, pudiera ser que fuera aquella locura transitoria en la que se hallaba, que realmente la había llevado a pensar que David y ella habían cortado hacía ya muchos meses. Fuera lo que fuese, necesitaba irse de allí.

No me pasa nada… —le aseguró—. No estoy enfadada. Solo necesito un poco de tiempo. Dame unos días —le pidió, y salió de la casa.

3

Al día siguiente, se levantó un poco antes para organizar la mochila. La noche anterior se había acostado pronto, demasiado cansada como para preparar las asignaturas del día siguiente.

Su agenda mental le recordó que los martes a primera hora tenía Teoría de la literatura. Buscó en su carpeta los apuntes de dicha asignatura, pero por más que pasó hojas y hojas, no encontró nada relacionado. Frunció el ceño. ¿Se las habría dejado en clase? ¿Tal vez las habría prestado? Por un momento se asustó: ¿y si las había perdido?

Salió de su habitación y llamó un par de veces en la de Miriam. Cuando abrió la puerta, la joven ya estaba arreglada y lista para desayunar.

Buenos días —le sonrió.

Buenas días —respondió algo apurada—. Oye, ¿te he dejado yo mis apuntes de Teoría de la literatura?

Miriam pareció confundida. Ella y Natalia estaban en filologías diferentes, pero tenían asignaturas en común —aunque con distintos profesores—, y en muchas ocasiones se prestaban los apuntes para tener toda la información posible de cara al examen. Sin embargo, había algo en la pregunta de Natalia que no encajaba.

Mmmm… Natalia, no sé si me equivoco—comenzó educadamente—, pero Teoría de la literatura la tenemos el semestre que viene. Todavía no la hemos comenzado.

Natalia abrió los ojos como platos.

En ese momento, Gema salió de su habitación con expresión adormilada.

Gema, ¿verdad que Teoría de la literatura la tenemos el semestre que viene? —le preguntó Miriam.

Gema se volvió hacia ella con los ojos entrecerrados.

¿Teoría de qué? —repitió con voz pastosa, y sin esperar a una respuesta, entró en el baño a lavarse la cara.

Natalia frunció el ceño, sintiéndose más estúpida que nunca. Su mente seguía adelantada al tiempo en el que vivía. Habían pasado un par de días desde que había despertado de ese extraño sueño, y todavía no se acostumbraba a la realidad.

Miriam ladeó la cabeza para mirarle la cara.

¿Te encuentras bien? Estás muy pálida.

Estoy un poco cansada —reconoció Natalia, llevándose una mano a la cara—. No he dormido bien.

Miriam la miró con ternura y comprensión, como a una hermana pequeña.

Se nota. Anda, ¿por qué no vuelves a la cama? Gema y yo te pasaremos los apuntes de las clases de hoy.

¿No te importa?

Es preferible eso a que te duermas en clase —respondió, acompañándola hasta su habitación—. Descansa un rato, y si más tarde te sientes con ganas de ir a la siguiente clase…

Gracias, Miriam. Me haces un gran favor.

Para eso estamos.

Gema salió del baño bostezando y con el pelo revuelto.

Oye, yo también estoy cansada. ¿No me puedo quedar? —le preguntó con cierta picardía.

Las chicas sonrieron, y Miriam avanzó hasta ella para llevarla a la cocina a desayunar.

Tú lo que tienes es mucha cara.

4

El día anterior no había ido a clase por cansancio, por tristeza…, tal vez por trastorno mental. Empezaba a creer que se estaba volviendo loca de verdad. Se equivocaba con los horarios, con las aulas, las materias, con los días. Recordaba cosas que no existían y creía saber lo que iba a ocurrir en cada momento. Lo más raro de todo era que dichas cosas sucedían de verdad minutos después de haberlas pensado. ¿Acaso tenía poderes? ¿Sueños premonitorios, tal vez?

No se lo había contado a nadie. No quería que la miraran con malos ojos, se alejaran de ella o quizás, la llevasen al manicomio. Pero no descartó del todo gastar parte de su dinero en acudir a un psicólogo. Sin embargo, cuando se enteró que cobraban alrededor de sesenta euros por consulta, decidió que lo más asequible sería permanecer con su locura temporal.

Entró en la Universidad y subió las escaleras. Se adentró por uno de los pasillos y caminó hasta la clase 9, un aula pequeña y calurosa. Tocaba Lengua Griega con Rafa, uno de sus profesores favoritos. Los demás solían quejarse de él y temían el examen que tendría lugar después de Navidades. Ella, sin embargo, estaba tranquila. Le gustaba la asignatura, la forma de impartir las clases y el profesor. «Sacaré un sobresaliente», se dijo inconscientemente, recordando la nota que había sacado en su sueño, pero enseguida se obligó a olvidar todo aquello. Una parte de ella no podía eliminar así como así ese año de vida del que había despertado. Su mente no conseguía asumir que nada de aquello era real.

La clase estaba casi vacía. Apenas había dos chicos en la parte trasera, una chica en la parte central y otra más en la esquina. «Jesús Espinosa y Jesús Pizarro, los tocayos. Teresa, y Raquel», repasó su mente, y enseguida añadió: «La ex de David y de América.»

«¡Dios, que no!»

Intentando sacarse esas locas ideas de la cabeza, se sentó al lado de Teresa. La joven estaba tan absorta en su libro de griego que ni siquiera la miró.

Buenos días —le dijo.

Teresa levantó la mirada. Parecía extrañada.

Buenos días —respondió, y enseguida volvió a la lectura.

Natalia sacó sus cosas de la mochila y las colocó en orden encima de la mesa, mientras se preguntaba por qué Teresa habría reaccionado de esa forma tan seca. Hacía tiempo que eran amigas. Solían sentarse siempre los cuatro juntos: Gema, Teresa, Natanael y ella.

Abrió los ojos como platos.

«Natanael.»

Natanael todavía no era su amigo… y Teresa tampoco.

«¿Todavía?», se preguntó de nuevo. «No sabes si lo serán algún día. ¡Vuelve a la realidad! ¡Aterriza!»

Natalia notó que había creado algo de tensión tratando a la chica con tanta familiaridad. Se aclaró la garganta y sacó el texto de Caritón de Afrodisias. Se dio cuenta de que no había traducido casi nada y cruzó los dedos para que el profesor no le pidiera su traducción. Teresa se fijó en su hoja.

¿Hasta dónde has llegado? —le preguntó.

A Natalia le sorprendió que fuera ella la primera en entablar conversación.

No he adelantado. No me encontraba muy bien… —se excusó.

Teresa cogió su texto y señaló una línea de color rosa que indicaba la última frase que había traducido.

Yo he llegado hasta aquí, pero no he conseguido sacarle el sentido.

Natalia se fijó en la narración griega. Le daba la impresión de que hacía una eternidad que no tocaba la historia de Quéreas y Calírroe. Gema llegó al aula, sofocada, cuando la clase estaba casi completa. Dejó su mochila al lado de Natalia y se sentó encima de la mesa, con la respiración agitada y la frente sudorosa.

Creía… que no… llegaba —explicó, demasiado cansada para hablar de corrido.

Rafa entró unos minutos después de ella con una sonrisa y sus mejillas sonrojadas, tan características de él. Sacó sus folios de una carpeta azul y pasó lista antes de empezar con la clase. Justo cuando estaba terminando, alguien llamó a la puerta. Era un joven alto, de ojos azules.

Disculpe el retraso —dijo, cerrando la puerta y dirigiéndose a su sitio, detrás de Gema.

Que no vuelva a pasar —pidió Rafa, repasando la lista rápidamente con la mirada—. ¿Natanael?

Sí.

Natalia tragó saliva y le miró sin poder evitarlo. Se le hacía tan extraño tenerlo tan cerca y saber que no era ni su amigo ni su enemigo ni… nada. Natanael se percató de que estaba siendo observado y sonrió a la chica que miraba cómo sacaba su cuaderno de la mochila negra. Natalia se dio la vuelta, avergonzada, y exhaló un suspiro. Todo era tan raro…

A ver, Natalia —dijo Rafa, exaltándola—, ¿quieres continuar leyendo el texto? Nos quedamos en la línea 34.

La chica cogió el texto, maldiciendo para sus adentros. No tenía la tarea hecha. Iba a quedar en ridículo delante de todos. Comenzó a leer, y cuando el profesor le pidió su traducción, se dio cuenta de que se la sabía de memoria. A medida que pasaba su dedo por las palabras griegas, estas le iban revelando su significado. Rafa y todos sus compañeros quedaron estupefactos ante su perfecta traducción. El profesor llegó a pensar que la habría sacado de Internet, o de algún libro de la biblioteca, pero era imposible. No era una traducción tan profesional como la de un traductor.

Pues…, no puedo ponerte ninguna pega. Está todo perfecto. ¿Alguna pregunta?

Casi todos los allí presentes levantaron la mano. Rafa hizo que Natalia contestara un par de preguntas, asegurándose así que había sido ella la que había trabajado pasando aquel texto al español. Tal y como esperaba, la chica supo contestar a todo.

Teresa se inclinó hacia ella, con una sonrisa y las cejas arqueadas.

¿No decías que no habías adelantado?

Cabrona…, si lo sabías hacer tan bien, podrías haberme ayudado —le reclamó Gema.

Después de su turno, otro alumno salió voluntario, pero Natalia ya no seguía la clase. Su mirada y su mente estaban fijas en la historia escrita en griego que tenía delante. Comenzó a leer cada una de las frases y por arte de magia, la traducción aparecía nítida en su cabeza. Era algo que no podía comprender ni explicar, pero se sabía de memoria la historia de Quéreas y Calírroe. Una vez más, ese extraño sueño llegó a su mente. Había tenido que estudiarse ese texto para el examen sin diccionario.

«Oh, Dios… Me estoy volviendo loca de verdad.»

Hora y media más tarde, cuando salieron de la clase, Natalia todavía estaba en las nubes. Por más que intentaba explicar lo que había pasado en la clase, no tenía respuesta para ello. ¿Acaso seguía soñando?

Natanael pasó por su lado, cargando la mochila en un solo hombro, y le dio un pequeño golpecito en la espalda.

Bien hecho —la felicitó, guiñándole un ojo, y siguió su camino.

Para cuando Natalia quiso darle las gracias, él ya se había ido.

5

Natalia se hallaba sumida en su plato de filetes con patatas. Masticaba despacio y sin apetito. Habían pasado casi dos semanas desde que despertara asustada y confundida en casa de David. Su cabeza empezaba a asumir la realidad que la rodeaba, pero seguía sin poder darle una explicación a muchos de los sucesos extraños que habían acontecido en los últimos días. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos que no se dio cuenta de cómo se sonreían sus compañeras de piso. Fue Miriam la que interrumpió el silencio.

Estás muy callada —le dijo a Natalia.

La susodicha levantó la mirada.

Estaba pensando.

Ninguna de las dos quiso entrometerse en sus pensamientos, por lo que Gema pasó a otro tema rápidamente.

Mira qué casualidad… Nosotras también habíamos estado pensando en algo —soltó como si hubiese encontrado el momento idóneo para contarle su idea.

¿En qué?

Verás, no sé si te habrás dado cuenta, pero… —comenzó, agarrando a Miriam de la mano.

Gema y yo hemos formalizado nuestra relación —terminó Miriam.

Natalia abrió los ojos como platos. No porque el hecho la sorprendiera, sino porque era exactamente lo que había pasado en su sueño. Sus compañeras de piso eran pareja.

¿Te desagrada? —preguntó Miriam, cautelosamente.

Natalia boqueó como un pececillo un par de veces.

No, no. No me lo esperaba. Eso es todo —explicó.

Las chicas suspiraron, ya más relajadas. Natalia se había convertido en algo más que una compañera de piso en las últimas semanas. Era una amiga, y su aceptación era importante para ellas.

Bueno, habíamos pensado que podíamos alquilar la habitación pequeña a alguien más y dormir nosotras dos en la cama de matrimonio —sugirió Gema—. No sé si te importe.

Los gastos se reducirían, y tocaríamos a menos en las tareas de la casa —completó Miriam—. ¿Te parece bien?

Natalia parecía confundida de nuevo. ¿Meter a alguien más en la casa? Su mente voló hasta cierto chico alto y de ojos azules.

«No, no puede ser», se dijo. «Es solo una coincidencia. Nada más.»

Sí, claro. Por mí, todo genial.

Todo serían ventajas. Menos gasto, menos trabajo y un compañero o compañera que la hiciera sentir menos incómoda que compartiendo la casa sola con una pareja. Podría evitar momentos embarazosos en el caso de que esas dos fueran demasiado empalagosas y se pasaran el día besuqueándose delante de ella. Cosa que no creía que pasara, pero mejor prevenir que curar.

Perfecto. Pues mañana podríamos poner un cartel en la Universidad. Siempre hay gente buscando piso —propuso Gema.

Está bien.

A ver si tenemos suerte.

Tengo la sensación de que la tendremos —comentó Natalia.

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Noticias inesperadas

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II

Noticias inesperadas

1

Irene caminaba sin prisa hacia su trabajo. Se había levantado antes de lo que esperaba y contaba con tiempo de sobra. El sol brillaba en el cielo, y la temperatura era perfecta. El calor asfixiante característico de Cancún había dado una pequeña tregua. Sonrió. Había parado a comprar algunos de sus dulces preferidos para darse un festín un poco más tarde. Buen tiempo y dulces; era todo lo que necesitaba para estar de buen humor. Entró en las oficinas de Atención al cliente, donde trabajaba prácticamente desde que salió de la Universidad. Todavía no estaba abierto al público, pero algunos de sus compañeros ya se preparaban para tan agotador trabajo. Se dirigió a su puesto y dejó los dulces y el bolso encima de la mesa. Se disponía a ir al baño cuando una compañera la interceptó. Por su expresión parecía emocionada. Tenía un periódico en la mano y lo agitaba como si en él hubiera una noticia realmente asombrosa.

¡Irene, ¿ya lo viste?! —le gritó.

¿Qué cosa? —respondió ella sin mucho interés.

Laura, su compañera de trabajo, era una entrometida que siempre andaba metiendo las narices donde no la llamaban. No la soportaba; de hecho, el sentimiento era mutuo. Solían ignorarse a diario, pero ocasionalmente Laura se acercaba a ella para comentarle algo que con seguridad le molestaría. Irene solía invitarla a comprarse una vida y dejar la suya en paz, pero Laura seguía divirtiéndose a su costa. Fuera lo que fuese lo que había en ese periódico, no debía ser nada bueno.

El periódico de hoy. ¡Está en primera plana!

Laura desdobló el periódico y se lo puso delante de la cara, como si no quisiera que perdiera detalle. Irene palideció cuando vio en la primera hoja una cara que le era demasiado familiar. Cogió los desordenados papeles y leyó el titular, repasando cada palabra como si quisiera encontrar algún tipo de error. Pero no lo había. No podía creerlo. Escritor cancunense logra patrocinio en España, rezaba el título del artículo que encabezaba el periódico quintanarroense Novedades. Justo debajo, una foto de Héctor en la Puerta de Alcalá de Madrid decoraba el escrito. Irene quedó fría como el hielo y pálida como la nieve. Le sudaba la espalda y la temblaban las manos. Laura mostró una sonrisa pícara. Si hubiera podido, le hubiera echado una foto. Conocía a Héctor, y también conocía a Irene. Sabía que el joven había cometido un gran error al casarse con esa bruja. Él era noble como un perro, y ella traicionera como una serpiente.

¡Es tu marido! Bueno, tu exmarido —puntualizó, intentando poner el dedo en la llaga.

Irene frunció el ceño, pero enseguida lo relajó y dejó que una máscara de indiferencia cubriera su rostro. Le devolvió el periódico.

Todavía no estamos divorciados —aclaró, y añadió como si la cosa no fuera con ella—: Me alegro por él.

Laura mantuvo su sonrisa en todo momento. Sabía que por dentro estaba que mordía. Dejó el periódico encima de la mesa de Irene.

Lo dejo acá, por si quieres leerlo al rato.

Y se fue antes de que pudiera negarse. Sabía que lo leería tarde o temprano. Los humanos somos así de estúpidos y masoquistas. Por mucho que algo nos dañe, no podemos evitar seguirlo. Y eso es lo que hizo Irene pasados unos minutos de contención. Abrió el periódico despacio, como si sus hojas contuvieran algún tipo de insecto venenoso, y lo leyó de soslayo.

El pasado mes de marzo, el escritor Héctor Ignacio García viajó a Madrid para firmar unos contratos con una importante editorial… La editorial Atenea dio al escritor cancunense la oportunidad que en su propio país le denegaron… Sus libros serán traducidos al inglés y al portugués… Héctor Ignacio se convierte así en el primer cancunense que publica en España…

¿Ya lo viste? Increíble, ¿no es así? —dijo una voz detrás de ella.

Irene pegó un respingo en su silla y alejó el periódico como acto reflejo. Miró a su espalda. Era Enrique, el marido de Laura. Irene sonrió. Enrique le caía bien; no era un estúpido metomentodo como su esposa.

Estaba… hojeándolo.

Enrique mostró una sonrisa sincera. Ni siquiera imaginaba que ese triunfo pudiera darle dolores de cabeza.

Es una gran noticia. Si lo ves, dale mi enhorabuena.

Claro. Cómo no…

Se marchó con paso firme, tranquilo. Irene se quedó observándolo, y se fijó en todos los compañeros de oficina. Seguramente esa bocazas de Laura ya le había ido a todos con el cuento. Todo el mundo sabría que su ex había conseguido su sueño, y justo después de haberla dejado. Apretó los puños y marchó al baño. Su buen humor se había desvanecido. De camino hacia allí, se cruzó con Laura y dejó que una falsa sonrisa aflorara en sus labios. Tenía que hacer algo que le jodiera pero de verdad. Ya pensaría en algo. De momento, tenía planes para el fin de semana.

2

La tetería era el lugar perfecto para relajarse después de una estresante semana de exámenes en la Universidad. Un espacio acogedor decorado al estilo árabe, con mesas pequeñas, cojines en el suelo y lámparas de colores con una leve iluminación, una fuente al final de la estancia, olor a incienso y música suave. América y Marina pasaban las páginas de una revista de peinados, comentando cómo les gustaría cortarse el pelo y de qué color se lo teñirían. América parecía mucho más entusiasmada que Marina, que únicamente miraba y asentía con la cabeza a todo lo que su amiga decía. Las demás, disfrutaban de una cachimba con sabor a fresa y hablaban de temas diversos, mientras Natalia degustaba su batido de chocolate con nata a precio de robo, pero un día era un día, teniendo en cuenta el estado anímico en el que se encontraba por la partida de Héctor.

¿Qué tal lo llevas? —le había preguntado Teresa, a lo que ella se había encogido de hombros.

Tirando. Ya lo he asimilado.

¿Cuándo vas a volver a verlo? —intervino Rocío, después de dar una calada a la cachimba y llenar el espacio de humo con un agradable olor.

Le he prometido que iré a la presentación de su libro, pero todavía no se sabe cuándo es. Seguramente en septiembre.

A lo justo para empezar la Universidad —comentó Carmen.

Sí, espero que las fechas no coincidan. —Suspiró y bebió de su batido—. Espero conseguir suficiente dinero.

La situación era complicada. Tenía que pagar el tren de ida y vuelta, el hotel y la comida. Sin contar con la entrada a los museos y transportes. La preocupación la invadía nada más pensarlo. No sabía cómo iba a apañárselas. Era demasiado dinero, y su única fuente de ingresos era la paga que su padre le suministraba cada fin de semana. Tendría que ahorrar muchísimo y no gastar en ningún tipo de caprichos, lo que era complicado teniendo en cuenta los gastos que acarreaba la Universidad.

Pues, Marina y yo nos vamos a Murcia —cambió de tema América. Como siempre, parecía que le molestaba que Héctor y Natalia fueran el tema de conversación, y no ella.

¿A Murcia? —preguntó Carmen.

Vamos con mis padres —aclaró—. Un fin de semana a la casa de campo de mis tíos. Tienen piscina y haremos barbacoas. Lo pasaremos muy bien, ¿verdad?

Marina asintió. América hablaba como si estuviera entusiasmada, pero Natalia entreveía ponzoña en sus palabras. Pretendía provocar envidia a las demás, que las allí presente desearan estar en el lugar de Marina. Pero no lo estaba consiguiendo.

¿Y cuándo os vais? —preguntó Natalia por seguir la conversación.

En verano.

¿No me digas? —saltó Teresa, dando a entender la obviedad de su respuesta.

Natalia le rio la gracia. América hizo una pequeña y casi imperceptible mueca. Fue como un tic nervioso, como si acabase de recibir una patada en el estómago.

Me refería al mes.

En julio, seguramente. ¿Nos echaréis de menos? —preguntó poniendo un puchero.

A Marina seguro que sí —comentó Carmen, como quien está gastando una broma, pero Natalia sabía que detrás de sus palabras se ocultaba la mayor de las verdades. Sí, echarían de menos a Marina, pero a ella nadie la extrañaría.

¡Ah, muy bonito! ¡Y a mí que me zurzan!

¡Que no, tonta, que yo sí que te echaré de menos! —exclamó Rocío, abrazándola con fuerza. Natalia se preguntó a qué venía tanto cariño. Tal vez fuera pura falsedad; o quizás se habría equivocado y sí había alguien que la echaría en falta.

Mientras bebía de su batido y las demás bromeaban entre sí, Natalia se preguntó si sus amigas la echarían de menos cuando ella se fuera, al igual que ella echaba de menos a Héctor desde que se había montado en ese tren. Apuró su vaso y se limpió con la servilleta el rastro de chocolate que había quedado en forma de bigote. Entonces, se preguntó si él la echaría de menos y si la recordaría cada día, como ella se acordaba de él.

3

El sonido del timbre lo despertó de un largo e ininterrumpido sueño. Abrió a los ojos cuando fuera quien fuese tocó el timbre por tercera vez. Convencido de que debía ser algo importante, se incorporó de un gruñido y permaneció unos segundos sentado en el filo de la cama, pasando una mano por su pelo revuelto. El reloj marcaba las doce y media. La noche anterior se había quedado despierto hasta tarde dándole vueltas a una nueva idea que se había formado en su cabecita. Quizás pudiera funcionar. Solo necesitaba un poco de ayuda.

Se levantó y se asomó al balcón para ver quién era el pesado que se obstinaba en levantarle de la cama. A pesar de su somnolencia, pudo reconocer con hastío la cabellera morena de la mujer que esperaba impacientemente en la entrada. Cogió una camiseta y unos pantalones de chándal y bajó las escaleras, sintiendo los pies extremadamente pesados. Su cerebro sabía el infierno al que se dirigía y mandaba una orden a sus piernas, que se esforzaban en retrasar el momento.

Oyó un sonido familiar de llaves, y un recuerdo llegó a su mente: su esposa entrando por la puerta después de una noche de fiesta. Primero, sonrió al verle. Después, estalló en carcajadas y fue cuando Héctor se dio cuenta del elevado nivel de alcohol que había ingerido. Lo abrazó con fuerza y, de repente, se echó a llorar. Héctor la agarró de los hombros y le preguntó qué había ocurrido. Irene limpió sus ojos negros por el rímel y se lo confesó todo. Fue la primera vez que le puso los cuernos, pero no la última.

Antes de que pudiera girar la llave, Héctor abrió la puerta de un tirón, llevándose a Irene con ella. La chica lo miró, sorprendida; él a ella, con reproche.

¿Se puede saber qué haces? —le preguntó.

Ella mantuvo una postura altiva.

Como no abriste la puerta, decidí sacar la llave.

Héctor la asesinó con la mirada.

No tienes derecho a entrar aquí cuando chingados quieras.

También es mi casa —lo contradijo ella.

Pero soy yo quien vive acá —puntualizó Héctor, cerrando la puerta de un porrazo al ver a una vecina cotilla asomada a la ventana de su casa—. ¿Qué demonios quieres?

¿Acaso no querías verme?

Eres tú la que andaba molestando con que nos viéramos.

Y no quisiste verme —concluyó Irene.

Andaba ocupado —explicó él, caminando hacia la cocina, visiblemente molesto.

Irene lo siguió hasta el marco de la puerta, donde se reclinó cruzada de brazos. Mientras Héctor se afanaba en revolver el armario en busca de la cafetera, la mujer clavó su mirada en él y habló de manera suspicaz.

Con tu viaje a España.

Héctor, de espaldas a ella, dejó escapar una sonrisa. Metió la parte inferior de la cafetera bajo el grifo, la rellenó de café y la colocó al fuego.

Ah, ya te enteraste.

¿Por qué no me contaste? —le reclamó, frunciendo el ceño.

Héctor se giró hacia ella y se apoyó sobre la encimera, tomando una pose parecida a la suya, pero con un brillo constante de malicia en los ojos.

Y ¿para qué querías saber?

¿No tengo derecho a saberlo?

En verdad, no —contestó francamente—. Siéndote sincero, pensé que te jodería más si te enterabas por boca de otros.

¿Qué? —exclamó ella, fingiéndose ofendida—. ¿Cómo puedes creer que me jodería verte triunfar?

Héctor se cruzó de brazos y dejó escapar un bufido de exasperación.

Entonces, ¿te alegras por mí? ¿No que escribir no era lo mío, y que era mejor en otras cosas? —le recordó sus palabras.

Sigo pensándolo —respondió ella.

Nunca había sido sincera. Lo único que le importaba era herirle de cualquier manera posible. Después de todo lo que había hecho por ella…

Ahí está el problema, Irene: tú no piensas —dijo, sin ningún reparo, y regresó al salón mientras la cafetera empezaba a silbar. Abrió la puerta y la invitó con un gesto de mano a salir—. Ahora, por favor, ¿serías tan amable de marcharte? ¡Ándale!

La cara de Irene se deformó en una mueca de rabia y salió pisando fuerte. Antes de que Héctor le cerrara la puerta en la cara, se volvió hacia él y le soltó el verdadero asunto que le había traído a su casa.

Solo quería saber cuándo podemos vernos para continuar con los trámites del divorcio.

Y, ¿por qué no lo dijiste antes? Ya conoces mis horarios de trabajo. Decide día, lugar y hora.

Irene permaneció pensativa durante unos instantes. Héctor esperaba, impaciente por cerrar la puerta de una vez.

¿Sabes qué? Cuando te decidas, me mandas un mensaje —le dijo, y cerró antes de que pudiera replicarle.

Pegó la oreja a la puerta; la oyó exclamar un insulto hacia su persona. El sonido de la puerta de su coche al cerrarse con fuerza y el ruido del motor fueron la señal de que se había ido. Entonces, se echó a reír. Cogió el teléfono y marcó el número de su hermano.

Necesito que me hagas un favor —le dijo en cuanto descolgó—. ¿Cuándo podemos vernos?

4

David salió de la ducha, se vistió lo mejor posible, se peinó y perfumó para la ocasión. Recogió su cuarto y lo preparó todo para la inminente visita. Estuvo a punto de echarse atrás; de llamarla y decirle que no fuera, pero ya era demasiado tarde. Apenas quedaban diez minutos para que llegara, ni un minuto más ni uno menos. Recordaba su puntualidad como una de sus mejores, pero a veces asfixiantes, cualidades. Se preguntó qué sentiría al verla de nuevo después de tanto tiempo. Desde que lo había dejado con Natalia, su ex y él habían vuelto a tomar contacto y hablaban prácticamente a diario. Él le había contado su ruptura, y ella le había confesado que su relación también se había ido al traste. Era la ocasión perfecta. Recordaba exactamente lo que le había dicho aquella vez por teléfono, cuando se había enterado de que había iniciado una nueva relación.

«No sabía lo que tenía, David», lloriqueó entonces. «Sé que ya es demasiado tarde, pero si ves que la cosa no funciona con esa chica, aquí estoy.»

Se había arrastrado. Y en el fondo, aunque no le gustaba pensar así, se lo merecía. Era como si no le importara ser el segundo plato. Porque eso era. Sintió náuseas en el estómago. Una parte de él se asqueaba de lo que estaba haciendo. Esa acción no significaba más que una falta de respeto para Raquel, para Natalia y para sí mismo.

Raquel era la chica que tenía más a mano; la que se había arrodillado figuradamente ante él, pidiéndole que volviera con ella. Irónico, por cierto, pues anteriormente había sido él el que se había humillado rogándole segundas oportunidades. Por otro lado, estaba Natalia, a la que para nada le afectaba su comportamiento. Aun así, hasta él mismo se daba cuenta de que volver con su ex después de haber estado con ella podía dar a entender que nunca la había querido.

Por último estaba él, que se humillaba a sí mismo al intentar algo con su ex, que según había reconocido miles de veces, estaba muy por debajo de Natalia en todos los aspectos. Estaba echando mano de quien tenía más cerca, sin darse cuenta de que eso significaba dar un paso atrás.

El sonido de la puerta llegó hasta su habitación. Ya era demasiado tarde para arrepentirse. Abrió tras coger aire, y allí estaba ella con su pelo negro alisado, tal y como la recordaba.

Hola —lo saludó.

David forzó una sonrisa. Aquella situación le parecía tan extraña, tan irreal.

Hola.

Le ofreció dos besos y la invitó a pasar. La miró caminar hasta su habitación con paso relajado. Hacía tantísimo tiempo que no veía esa estampa que no podía concebirla. Su mente volaba hasta otra chica de rizos castaños que, hasta hacía unos meses, realizaba el mismo recorrido que Raquel en ese momento. La chica dejó sus cosas encima de la cama, sobre la colcha del Barcelona, y ojeó la habitación. Nada había cambiado. Todo seguía en el mismo sitio que cuando visitaba esa casa con frecuencia.

Todo está igual —resolvió.

Sí, casi todo.

Raquel pasó su mano por la colcha de colores rojos y azules.

Del Barcelona hasta el final, ¿eh?

Siempre —respondió, sin dar más detalles.

La joven tomó asiento en la cama, y David en la silla del ordenador.

¿Cómo va todo?

Todo bien —contestó, encogiéndose de brazos—. ¿Y tú?

Muy bien —resumió Raquel—. Me alegro de verte de nuevo.

Y yo —dijo, pero sintió que no había sido sincero—. He preparado una película y palomitas. ¿Te apetece?

Como en los viejos tiempos —comentó, levantándose y caminando hacia el salón, el lugar donde habían tenido lugar aquellas sesiones de cine que tan a menudo hacían, y que seguramente él habría seguido realizando junto con su reciente exnovia.

David puso la película y se sentó en el sofá, junto a ella. Notaba el ambiente un poco tenso, así que agradeció haber elegido una comedia romántica bastante divertida. La típica que no habría visto con Natalia. Le pasó las palomitas a la joven, y durante un rato permanecieron totalmente en silencio.

Cuando se hubo relajado, David se sintió estúpido por haber hecho que la tensión invadiera el ambiente. Ella también se sintió estúpida, pero por haber aceptado la invitación como si no supiera que David estaba convirtiéndola en el segundo plato, como ella misma había pedido hacía más de un año. El chico respiró hondo, la miró de reojo, y decidió pasar a la acción. Se acercó un poco más a ella, intentó con todas sus fuerzas no pensar en Natalia, y la besó en la mejilla, con la vana intención de avanzar hacia sus labios. Pero en el último, Raquel apartó la cara y le echó una mirada mezcla de reproche y lástima.

Sin decir nada, se levantó en medio de la película y se dirigió a por sus cosas. David apagó la televisión tranquilamente, se pasó la mano por la cara y caminó hasta su habitación. Raquel estaba revolviendo en su bolso, en busca del móvil. Cuando lo encontró, tecleó un par de veces y se lo colocó en la oreja. David se apoyó contra la puerta y la observó durante unos segundos.

¿Estás enfadada?

Raquel se paró a mirarlo, y pensó en ignorarlo, pero prefirió aclarar las cosas. Así que, cuando fuera quien fuese le respondió del otro lado del teléfono, le dijo brevemente que había terminado, y que si podían pasar a recogerla. Luego colgó y se guardó el aparato en el bolsillo.

David, es absurdo. Ninguno de los dos queremos esto.

El chico asintió, disgustado consigo mismo.

Ya.

Me equivoqué hace un año cuando te dije que te esperaría. Ya no es lo mismo. Has querido a otra persona. Y si ahora quieres algo conmigo quiere decir que, o no sientes nada por mí ahora o no sentías nada por ella. Y creo que más bien es la primera opción. Porque no se puede querer a dos personas a la vez, David. Y si dices que ahora, en este momento, sientes algo por pequeño que sea por mí, después de haber estado con otra, es porque a ella realmente no la querías. Y la querías, ¿verdad?

Sí.

Y la quieres.

David asintió.

Pues yo no voy a ser el segundo plato. Esto no es bueno para ninguno de nosotros. Además…, ha pasado mucho tiempo y ya no es lo mismo. Cuando te dije que quería volver contigo a como diera lugar, estaba celosa porque habías encontrado a otra. Ahora lo veo todo con más claridad. Lo siento.

Cogió su bolso, pasó por su lado sin despedirse y salió de su casa y de su vida para no volver nunca más. David la vio caminar a paso rápido calle abajo desde su ventana. Exhaló un suspiro de amargura y cerró las cortinas.

4

Gema irrumpió en su habitación sin llamar siquiera. Natalia casi se la come por apartar su atención del estudio intensivo en el que se había enfrascado. Esas últimas semanas había estado de un humor de perros. Era el efecto que tenía sobre ella —y sobre todo el que conocía—el encierro temporal que suponían los exámenes. Llevaba demasiados días sin salir de casa, pisando la calle únicamente para dirigirse a la Universidad. De casa a las aulas y de las aulas a casa. A eso se le unía el dolor de cabeza que le provocaba pasar horas y horas delante de distintas asignaturas, y la frustración originada de la falta de contacto con Héctor, que estaba demasiado ocupado con entrevistas aquí y allá.

Gema caminó con pesadez hasta la cama y se dejó caer en ella. En las manos llevaba el Lingua latina, un libro que les habían obligado a comprar.

¡Qué asco más grande le estoy cogiendo al latín, coño! —exclamó.

Natalia se volvió en su silla giratoria.

Pues, te has metido en Filología clásica, compañera.

Ya lo sé. Pero es que esta mierda no hay quien la entienda —dijo, zarandeando el libro. Pasó un par de hojas, fijando la vista en la lección de gramática del tema seis. Tras deslizar la mirada por un par de líneas, dejó el libro sobre su cara y se abrió de brazos—. ¡Estoy harta ya!

Natalia volvió a darse la vuelta hacia el escritorio. Cogió los papeles que tenía desperdigados sobre la mesa, los colocó en orden y los metió en una carpeta.

Sí, yo también —dijo, frustrada—. Necesito acabar ya.

Se levantó de la silla y se tumbó junto a Gema. La pelirroja de bote se quitó el libro de la cara. Tenía grandes ojeras de dormir poco por las noches. Natalia era consciente de lo difícil que le resultaba mantener todo el temario en la mente. Normalmente, Miriam la ayudaba a estudiar con distintos métodos.

¿Y Miriam?

Se ha ido al aulario. Ella también tiene examen mañana. De Francés —precisó—. Creo que mi mal humor la estaba desconcentrando.

¿Te lo ha dicho?

No —aclaró—, pero no parecía muy contenta.

Gema cerró los ojos. Natalia notó cierta tristeza en su voz.

El móvil de Natalia anunció un nuevo mensaje. La chica se incorporó para alcanzar el aparato y lo abrió con impaciencia. Su semblante se ensombreció en cuanto vio que se trataba de basura propagandística. Gema la observó mientras dejaba el móvil de nuevo sobre la mesa.

¿Tu chico? —preguntó.

Ojalá —dijo, tumbándose de nuevo junto a ella—. Últimamente está muy ocupado con el trabajo y entrevistas para la televisión, la radio, la prensa… No le queda demasiado tiempo para mí.

Ya…

Pasaron unos segundos en silencio, ambas con los ojos cerrados, pensando en sus cosas y en las de la amiga que tenían al lado.

¿Estás bien? —le preguntó Gema.

No —respondió—. ¿Y tú? ¿Estás bien?

Gema suspiró.

A veces pienso que no estoy hecha para esto —confesó con la voz rota—. Tal vez estudiar no sea lo mío.

Natalia se levantó de un salto y la agarró de ambos brazos.

¡Ah, no! Tristezas y lamentos los mínimos —la regañó, obligándola a levantarse—. Vas a aprobar porque yo me voy a encargar de ayudarte. Pero antes, vamos a por una buena merendola con mucho chocolate. Creo que a las dos nos hace falta.

Gema se tiró sobre ella y dejó que Natalia la guiara hasta la cocina entre bromas picantes sobre lo que haría ella con el chocolate.

La tarde de estudio se alargó hasta pasada la media noche. Para entonces, Natalia decidió que era demasiado tarde como para buscar a Héctor en el ordenador, y se acostó un día más sin haber podido saludar siquiera a su chico.

6

¿Qué te parece la idea?

Abraham pasó la mano por las teclas de su piano, pensativo. Lo que le pedía Héctor era algo nuevo que nunca había hecho. Conllevaba un reto, sin duda, pero no estaba seguro de poder conseguir lo que él deseaba.

La idea me gusta, pero será complicado… —contestó, indeciso—. No sé si los resultados serán los que imaginas.

Héctor colocó una mano sobre el hombre de Abraham.

Confío en ti. Sé que puedes con eso y mucho más.

Pero nunca lo hice antes —titubeó.

Una parte de él se moría por probar y ver el resultado, pero la otra se preguntaba si Héctor quedaría satisfecho con su pedido o sería una decepción para ambos.

Siempre hay una primera vez para todo —lo animó Héctor, y señaló todos los materiales que había a su alrededor—. Tienes lo necesario: instrumentos, experiencia y talento.

Abraham siguió su mano con la mirada, repasando todo lo que podría serle útil a la hora de componer. Sonrió. En el fondo, no hacía falta que lo convenciera. Aunque dudoso, había decidido lanzarse desde el primer momento. El único problema era la lectura. Odiaba leer.

Tendrás que pasarme el libro. Le echaré un vistazo para ver cómo le hago.

Héctor lo abrazó y le agarró la mano de manera fraternal.

¡Eso es todo, güey!

A ver qué sale del experimento…

El final

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II

El final

1

Héctor se levantó más tarde que de costumbre. Gracias a Dios libraba los domingos. Se desperezó y salió de la cama para meterse directamente a la ducha. El agua fría lo despertó del todo mientras su mente no cesaba de dar vueltas. Recordaba lo vivo que se había sentido hacía algún tiempo, cuando al abrir los ojos se encontraba con la mujer que más había querido. Por más que lo intentaba, le costaba desprenderse de esa imagen que a veces tanto anhelaba: la de su mujer dormida a su lado con el pelo revuelto.

Se vistió con lo primero que encontró y bajó a desayunar. Mientras bebía de su taza de café, volvía a sentir esa sensación tan desagradable en el pecho que provocaba la amargura, compañera de su soledad desde hacía ya varios meses. No era eso lo que tenía en la cabeza en el momento en el que le había pedido matrimonio a Irene.

Pero ya no importaba.

Una melodía inconfundible se escuchó a lo lejos, en el salón. Era la canción que Irene y él siempre escuchaban juntos; su canción. Ahora solo eran notas que perdían sentido en sus oídos y que lo único que le provocaban era resentimiento y dolor. Dejó que el teléfono móvil sonara hasta perder la llamada, pero esa odiosa melodía se hizo presente una vez más.

«Tengo que quitarla», pensó Héctor.

En la pantalla, descubrió el nombre de su hermano Abraham. Si no descolgaba, volvería a llamar una y otra vez hasta que lo hiciera. Él era así.

¿Sí, bueno?

¡Héctor, por fin! ¿Qué hacías que no respondías al celular?

Estaba en la ducha —mintió.

Siempre que te marco estás en la ducha —comentó—. Oye, esta noche tocamos en el Pabilo. Vendrás, ¿verdad?

Héctor no pudo evitar una mueca de fastidio. Adoraba escuchar a Prometeo, la banda en la que su hermano tocaba la guitarra, pero ese día no estaba de humor. Hacía meses que no se sentía animado.

¿Esta noche?… No sé, carnal.

¿Acaso ya tienes otros planes?

Dudó, pero sabía que aunque mintiese, su hermano sabría que no le decía la verdad.

No, no tengo nada que hacer.

¿Y bien?

Sabes que no me siento con ánimos para fiestas.

¡No manches, güey! Tienes que salir a divertirte. Te vendrá bien.

No sé…

Prométeme que al menos lo pensarás.

Suspiró, cansado. Tampoco estaba para discutir.

Sale.

¡Genial! A las nueve en el Pabilo.

Héctor frunció levemente el ceño. Abraham daba por hecho que estaría presente esa noche.

Espera un momento. No dije que vaya a ir seguro…

Un pitido constante le confirmó que su hermano había colgado antes de que pudiera negarse. Siempre hacía lo mismo.

Dejó el móvil encima de la mesa entre maldiciones y se dejó caer en el sofá casi sin energías. En ese bar se encontraría con demasiada gente conocida. Ya podía imaginarse la escena: todos le mirarían con lástima; algunos incluso se acercarían para preguntarle cómo estaba y darle ánimos. Seguramente, muchos le interrogarían para saber los detalles. Otros —los que todavía no supieran de su ruptura—, le preguntarían por su mujer, y eso le revolvería el estómago.

Cogió su móvil de nuevo y permaneció mirando la pantalla largo rato, pensando en cambiar la melodía que tanto le recordaba a ella. Finalmente, decidió que no se sentía preparado para deshacerse también de la que había sido su canción por demasiado tiempo. Volvió a dejar el teléfono en la mesa y se tumbó con los ojos cerrados.

No se reconocía a sí mismo. Antes había sido una persona soñadora, entusiasta, que adoraba la vida…, y sin embargo en ese momento no era más que una sombra de lo que había sido. Estaba hastiado de su actitud pesimista, pero tampoco contaba con fuerzas para intentar cambiar la situación. Era como si todas sus ilusiones, todos sus sueños, todo su mundo se hubiera ido con Irene.

El móvil volvió a sonar, esta vez con una melodía diferente. Era un mensaje. Su hermano Abraham le amenazaba con horribles consecuencias si se atrevía a no aparecer esa noche. Sonrió por primera vez en todo el día, lo sopesó por unos segundos, y finalmente decidió que había llegado la hora de dejar de lamentarse y empezar a vivir de nuevo, aunque fuera poco a poco. Tecleó rápidamente una respuesta y le dio a enviar.

Abraham recibió el mensaje unos segundos más tarde.

«Allí estaré.»

2

Otro domingo que acababa. Natalia regresó al piso en el que vivía entre semana en Cádiz. Piso que, estando prácticamente al lado de la Facultad, le salía gratis. Lo único que tenía que pagar era luz, agua y comida, que a repartir entre cuatro salía más rentable que comprar el bono trimestral del tren. Pero eso no era lo mejor. El hecho de no tener que levantarse dos horas antes para estar en clase puntual la ponía de buen humor.

Cuando su tía Mercedes le había propuesto la posibilidad de ir a vivir en ese piso durante el curso escolar, no lo dudó ni un minuto. Mercedes era viuda y tenía un buen dinero ahorrado. Después de años de soledad, había conocido a un buen hombre que la había hecho subir a las nubes. Cuando le propuso ir a vivir con él, dejó su casa y decidió alquilarla para los estudiantes que venían desde lejos a la Universidad.

«El único problema es que compartirás el piso con otras personas», le había dicho.

«Mejor», pensó. «Así los gastos se reducirán.»

Le había pedido que no dijera nada de que no pagaba un céntimo por vivir allí, le entregó una llave y la dejó hacer y deshacer a su antojo. Total, ¿a ella qué más le daba? Ya tenía otra casa.

Al llegar a la casa, Natanael veía una serie muy entretenido en el sofá.

Hola —saludó con desgana.

¡Hola! ¿Qué tal?

Podría estar mejor—refunfuñó Natalia—. ¿Y las dos locas?

Gema está en la ducha, y Miriam ha ido a por unas pizzas. También hemos pedido para ti.

Genial.

Gema procedía de Rota. No solo compartía piso con Natalia; también estaba en su clase, estudiando Filología Clásica. Miriam venía desde Sanlúcar de Barrameda y estudiaba un doble grado de Filología Francesa e Inglesa. Se habían conocido al comenzar el curso, y desde la primera vez que Gema y Miriam se vieron, hubo química entre ellas. Las miradas, las sonrisas, los roces casuales, pasaron a los besos, a las palabras de amor, a las caricias. Unas semanas más tarde, hacían oficial su relación.

Natanael también estudiaba Filología Clásica. Natalia y él se habían hecho grandes amigos. El chico venía desde Granada y, al igual que la reciente pareja, volvía a casa en vacaciones o cada vez que el dinero le llegaba para pagar el costoso autobús.

En un principio, solo iban a ser las tres chicas en el piso, pues había una habitación matrimonial y dos más pequeñas. Pero cuando Miriam y Gema empezaron a salir, pensaron que sería una buena idea dormir en la cama de matrimonio, alquilar la habitación restante a otra persona, y que así los gastos se redujeran.

Natalia dejó sus cosas en el cuarto. Se puso el pijama, cogió el libro que tenía encima de la mesa de noche y se sentó al lado de Natanael.

¿Está bien? —preguntó el chico sin apartar la vista de la pantalla.

Acabo de empezarlo.

Ya me contarás cuando lo termines.

Y continuó riéndose con el programa que emitían mientras Natalia permanecía seria y callada.

¿Te lo pasaste bien en tu cumpleaños?

Sí, claro. Todo genial —contestó con poco entusiasmo.

Tu novio es simpático.

La chica asintió sin decir nada, y Natanael dejó de fijar su mirada en la televisión para centrarla en ella.

¿Qué ha pasado? —preguntó con un tono que no daba pie a escabechinas.

Hemos ido al cine esta tarde y nos hemos encontrado a su ex —resumió la chica, con el ceño fruncido.

Ufff… ¿La que le llamó suplicándole que te dejara y volviese con ella?

Sí, esa misma. La muy perra…

Bueno, ¿y qué ha ocurrido?

Pues, resulta que, ¡como no hay películas en el cine, han tenido que entrar en la misma sala que nosotros! Por suerte, nuestros asientos estaban lejos. Pero David se ha pasado las dos horas de película mirando hacia su sitio. Y cuando íbamos a salir, ha decidido ir a saludarla porque “era de buena educación” —argumentó, furiosa.

Ya me puedo imaginar tu cara —se carcajeó el chico.

¡Un poema! De verdad, es que se me revuelve el estómago de solo recordarlo.

El sonido de la puerta. Miriam entró a la sala con un par de pizzas familiares que desprendían un olor delirante.

¡Ya está aquí la cena! —anunció. Las dejó encima de la mesa y guiñó un ojo a Natalia—. Llegas justo a tiempo, pequeña. ¿Y Gema?

En la ducha —volvió a informar Natanael sin quitar los ojos de las cajas de cartón.

¿Todavía?

Miriam se dirigió al baño. Natalia aprovechó para escabullirse hasta las pizzas. Levantó la tapa de la primera, relamiéndose e intentando adivinar los ingredientes. Pollo, ternera y chorizo. ¡Cómo olía! Abrió también la segunda. Atún, jamón york y aceitunas. Su mano se adentró en la fina masa llena de ingredientes y con sus dedos índices atrapó un trozo de atún que se llevó a la boca.

¡Ejem! Que te estoy viendo.

Natanael le sonreía, cómplice, desde el sofá. El programa había terminado y ahora volcaba toda tu atención en ella.

No, tú no has visto nada.

Eso será en el caso de que me traigas un trozo de pollo.

Levantó la primera tapa y cogió un poco de pollo, dejando una huella imborrable en el queso. Rápidamente, se lo llevó a Natanael, que se lo metió en la boca.

Vale. Yo me callo y tú te callas.

Trato hecho.

Desde el pasillo oyeron golpes en la puerta del baño y los gritos de Miriam.

¿Quieres salir ya? ¡Esta gente está atacando las pizzas!

3

El Pabilo era una cafetería localizada en el número 31 de la avenida Yaxchilán, junto al hotel Xbalamqué, cuyas paredes exteriores estaban adornadas con inmensos murales alusivos a la mitología maya. El lugar era espacioso, pintado en tonos claros y decorado con cuadros salpicados de color. Algunas velas aromatizaban el ambiente. Una pequeña barra estaba al servicio del público. Al fondo, un pequeño escenario presidía la sala. El lugar empezaba a llenarse a pesar de que apenas eran las ocho y media. Héctor nadó entre la multitud y se acercó al estrado, donde su hermano Abraham y los otros dos componentes del grupo terminaban los últimos preparativos para el pequeño concierto que estaban a punto de dar comienzo.

¡Abraham!

Abraham levantó la mirada, y se lanzó sobre su hermano en cuanto lo vio, incrédulo. Había pensado que se echaría atrás en el último momento.

¡Ya pensé que no venías! —exclamó Abraham.

¡Pero si llego media hora antes!

¿Preparado para el desmadre?

Por supuesto.

Ya casi está todo listo. Mamá y Sol también vienen. Deben estar llegando —le informó su hermano menor.

¿Vienen en camión? —preguntó Héctor—. Podría haberlas traído.

Pierde cuidado. Las trae el primo Julio.

¿Julio también viene?

Pues, ¿qué creías? Tenía que invitarlo.

Roberto y Arturo, los dos otros integrantes del grupo, se acercaron a saludar a Héctor, quien les estrechó la mano amistosamente y les deseó suerte. Roberto era el enérgico batería, alto, de pelo liso y largo hasta el cuello. Arturo se encargaba del bajo. Era el único de la banda que llevaba el pelo corto y, de los tres miembros, era el más reservado y callado.

En unos minutos más todo estuvo listo. Amplificadores conectados, altavoces a punto y los instrumentos listos para tocar. Hicieron un par de pruebas de sonido, y una vez que comprobaron que todo iba a las mil maravillas, se dispusieron a comenzar la velada.

¡Héctor!

Esther, su madre, y Sol, su hermana pequeña de veinticuatro años, seguidas de cerca por Julio, el primo de Héctor, se abrían paso entre la gente.

¡Hola, hermanito!

Sol besó la mejilla de Héctor y tomó asiento, ilusionada. Héctor le dio un beso a su madre y abrazó a su primo, al que hacía tiempo que no veía.

Hijo, ¿cómo estás? Últimamente ni vienes a la casa.

Lo sé, mamá. Anduve ocupado con cosas del trabajo.

Unos segundos de silencio.

¿Seguro que solo es eso?

Sí, mamá.

Afortunadamente para Héctor, la voz de su hermano terminó con el breve interrogatorio de su madre. Las luces se apagaron, y en el escenario, algunos focos que iluminaron a los protagonistas de la noche.

Buenas noches. Bienvenidos. Nosotros somos Prometeo, y esta noche vamos a tocar algunas de nuestras rolas que esperamos que les gusten. Empezamos.

Desde el primer momento en que Abraham puso sus dedos sobre las cuerdas de la guitarra, la música fluyó de una manera mágica. La guitarra, el bajo y la batería creaban una combinación explosiva en las manos entusiastas de los integrantes del grupo. La gente parecía satisfecha. Algunas fans de Prometeo gritaban enloquecidas al reconocer la canción que sonaba. Para entonces, en el Pabilo no cabía ni un alfiler. Las personas se quedaban de pie con tal de escuchar al grupo que, durante los últimos meses, había creado verdadera fama en Cancún. Con el reciente éxito que habían cosechado, Prometeo se había planteado la posibilidad de encontrar una chica que le diera el punto vocálico que le faltaba a la banda, pero durante el tiempo que habían estado buscando no habían tenido suerte. Las candidatas a vocalista o no afinaban o no tenían actitud para desenvolverse en el escenario.

Héctor se encontraba absorto. Abraham había mejorado muchísimo desde la última vez que lo había oído tocar. Siempre se esforzaba al máximo. La música era para su hermano lo que para él era la escritura: su vida. Solo había una diferencia: Abraham había ido escalando, superándose a sí mismo, mientras que él llevaba meses en los que se lamentaba más de lo que escribía.

Una chica morena de pelo corto y ojos verdes se adentró en la multitud y se acercó a la familia, que se hallaba fascinada por las notas que corrían por las venas de los músicos, pasaban por los instrumentos y llegaban hasta sus oídos. Se trataba de Claudia, la novia de Abraham.

Buenas noches. ¿Empezó hace mucho? —preguntó, repartiendo besos entre los presentes.

No, solo un poquito —contestó Sol.

¡Uff…, menos mal! Mi padre se perdió de camino para acá. Tuvimos que pararnos a preguntar.

Abraham sonrió a su novia sin dejar de tocar la guitarra, y ella le mandó un beso con la mano.

La velada fue más divertida de lo que Héctor había esperado. Las creaciones del grupo de su hermano cada vez eran mejores, y él estaba pasando un buen rato charlando con su familia, a la cual hacía algunas semanas que no veía. Eran casi las diez y media de la noche cuando Prometeo se dispuso a tocar su última canción.

Esta composición se llama El final y quiero dedicársela a mi hermano. Sé que la necesita. Va por ti, Héctor.

Aplausos, miradas hacia el afortunado, y de nuevo gritos de emoción de las seguidoras cuando comenzó la melodía más famosa del grupo. En el momento en que comenzó a sonar la canción, los ojos de Héctor se humedecieron y tuvo que apartar la mirada para que su familia no notara que estaba a punto de llorar.