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El rumbo de la historia

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VI

El rumbo de la historia

1

Unos días más tarde celebraron el cumpleaños de Rocío. Una vez más, Natalia tuvo la sensación de vivir un déjà vu. La cena en el restaurante italiano, las bromas, la bronca de la camarera por alzar demasiado la voz. Desde su asiento, veía a las demás como si viera una película sentada delante de la televisión. Era como si pudiese rebobinar hacia adelante y hacia atrás para saber lo que iba a pasar antes de que ocurriese. Y efectivamente, como tantas veces, su visión se cumplía. Cuando salieron del restaurante Flavio, Natalia miró a América y supo lo que ocurriría a continuación. La chica se acercó a ella, la agarró de brazo y dejó que las demás siguieran adelante. Natalia tragó saliva.

Tengo que contarte algo.

El cuerpo de Natalia se tensó.

No sé si quiero ir a la fiesta —le dijo América.

¿Por qué?

«Ya sé por qué.»

Porque estará Daniel.

«Lo sabía.» Se hizo la tonta.

¿Tu ex?

Sí. Me he enterado de que irá con sus amigos a ese cotillón.

«Son las mismas palabras…»

¿Y qué pasa? —preguntó Natalia, deseando que la respuesta no se correspondiera con lo que ella tenía en mente.

Hay algo que no te he contado —confesó—. Bueno, que no le he contado a nadie.

«Me lo va a decir. Me va a mentir otra vez.»

¿El qué? —se atrevió a preguntar.

La razón por la que dejé a Daniel.

«Está pasando. Está pasando de verdad.»

América caminaba cabizbaja, con una mueca de tristeza en el rostro y un tono de voz apenas audible. Natalia la miraba de reojo. Estaba asustada porque sus predicciones volvían a cumplirse, pero iracunda por volver a pasar por esa fase de gravísimas mentiras.

¿Qué ocurrió?

Mi padre tuvo que ponerle una orden de alejamiento.

Natalia volvió a tragar saliva. «Aquí viene», se dijo.

¿Cómo?

Estábamos con los exámenes de segundo de bachillerato. Yo estaba muy agobiada y no me dejaba en paz. —Hizo una pausa. Respiró hondo y lo soltó de golpe—. Él me forzó, me hizo daño. Daniel me violó, Naty.

2

Deberías haberte quedado en la cama — le dijo Miriam—. Tienes un aspecto horrible.

Natalia levantó la mirada del humeante Cola-cao. Tenía el semblante triste y la faz cenicienta. Miriam empezaba a pensar que las ojeras se habían hecho permanentes en su cara, y cada día la veía más delgada.

Gracias —murmuró Natalia, llevándose el vaso a los labios y dando un pequeño sorbo.

Volvió a dejarlo casi de inmediato en la mesa y apoyó la cara en su mano derecha. La cafetería de la Universidad empezaba a llenarse y la constante cacofonía que formaban los estudiantes al hablar, reír o simplemente caminar le resonaba en la cabeza. Teresa volvió de la barra con una tostada y se la colocó delante. Natalia se tapó la boca y alejó el pan con la otra mano.

Tengo fatiga.

Natanael le frotó la espalda.

Tienes que comer algo. Ayer tampoco cenaste.

Natalia negó con la cabeza y ahogó un quejido. Sus amigos la rodeaban, preocupados.

Mira que te hemos dicho que te quedaras en casa. Es que eres cabezota… —la regañó Gema.

Miriam le puso la mano en la frente y notó que esta ardía.

Tienes fiebre. Tú te vas para casa —dictaminó. Se levantó de la silla y se colocó la mochila en la espalda—. Vamos, que te acompaño.

Natanael se levantó con Natalia y le pidió a Miriam que volviera a sentarse.

No te preocupes. Yo voy con ella.

Natalia se puso el chaquetón y Natanael cargó con su mochila. Despacio, se dirigió a la salida de la cafetería. Se encontraba verdaderamente mal. En lo único en lo que pensaba era en meterse en la cama. En la puerta, chocó con alguien. Le pidió perdón con un murmullo y la chica con la que había tropezado hizo otro tanto y pasó de largo. Natalia se volvió hacia atrás a tiempo para ver la melena oscura de Raquel, que se alejaba mirando al suelo. Quiso ir hacia ella, pararla y aclarar algunas cosas, pero atontada como estaba no le quedaban ganas de jugar a los detectives. Así que dejó que Natanael la guiara hasta la casa.

Gema cogió la tostada que Natalia había rechazado y le pegó un bocado.

No sé qué le pasa, pero desde hace tiempo la noto muy decaída —comentó con la boca llena.

Yo también —corroboró Miriam, que no apartaba la mirada de la puerta por la que había salido su amiga.

¿A vosotras no os ha contado nada? —preguntó Teresa.

Absolutamente nada —dijo Miriam—. Pero algo le tiene que estar pasado. Estoy segura.

3

Esa madrugada volvió a despertar de un sueño, que más que sueño podrían haber sido recuerdos o delirios provocados por la fiebre. Fuera como fuere, se levantó de la cama, cansada de que su cabeza quisiera advertirle de lo que estaba ocurriendo. Caminó hasta su escritorio a trompicones. Notaba la cabeza cargada y tenía unas terribles ganas de vomitar. Ya sentada, comenzó a revisar el cuaderno en el que, con el paso de los días, había estado anotando cada coincidencia, por pequeña que fuera, entre el mundo de sus sueños y la realidad. Y llegó a la conclusión de que la historia casi al completo se repetía. Todo volvía a suceder tal y como ella recordaba. Todo menos ese mensaje en su bandeja de entrada, y por lo tanto, su ruptura con David. Apoyó la cabeza entre sus manos. No estaría levantada de no ser porque el desasosiego no la dejaba pegar ojo. Esa tarde, había vuelto a llamar David, y sin darle la oportunidad de hablar, le había colgado. Estaba enferma, desesperada y se le había acabado la paciencia.

Estaban ya a principios de febrero, y todavía no había señales de vida de Héctor. Según recordaba, había empezado a hablar con él en diciembre, y había cortado con David en enero. Los grandes acontecimientos de su historia estaban cambiando. Continuó leyendo. En marzo Héctor había bajado a Cádiz para conocerla, después de estar en Madrid. Tras esa visita, su mundo había empezado a tambalearse. Aún podía sentir la tristeza que la había inundado al verlo marchar, y el sentimiento de soledad que se había apoderado de ella durante los meses siguientes; los celos de Natanael habían acabado con su amistad; América había manipulado a sus amigas con un puñado de sucias mentiras; y Natanael le había mandado una foto a David en la que ella y Héctor se encontraban en una situación algo comprometedora. Si todo seguía por ese rumbo, las cosas se pondrían muy feas de nuevo. Aunque, por otra parte, sin Héctor, gran parte de esos problemas desaparecían. Tal vez ese regreso al pasado había sido una oportunidad que le había dado la vida para dejar de sufrir por la situación en la que ella había decidido meterse.

«Quizás debería dejar de esperarle…», pensó en un momento dado.

Suspiró. Tiró el cuaderno al suelo y se dejó caer en la cama sin cuidado alguno, dándose un golpe en la mano derecha con el cabecero.

¡Ay!

Agarró su mano golpeada con fuerza hasta que el dolor remitió; entonces la soltó con cuidado, buscando alguna marca en la piel, pero la única que encontró fue un pequeño lunar que le hizo viajar de nuevo en el tiempo. Cerró sus ojos. En su cabeza, le tomaba la mano derecha a Héctor, donde el joven tenía un lunar exactamente igual al de ella.

Mira, iguales —le había dicho, enseñándole la mano.

Héctor le había sonreído.

¿Necesitas más pruebas de que estamos hechos el uno para el otro? —le había preguntado él, juntando sus manos.

Nunca las he necesitado —había respondido ella, más segura que nunca.

Volvió a abrir los ojos. Esta vez, bañados en lágrimas. Se dio la vuelta en la cama y lloró amargamente contra la almohada, deseando que sus compañeros de piso no la oyeran. Necesitaba desahogarse. Héctor no era un personaje de ciencia ficción. Lo sabía. Todo había sido su culpa. Había sido ella la que había deseado no haberlo conocido; la que había preferido dejar de sufrir y huir como una cobarde. Había conseguido volver al pasado, cambiar los hechos, y con ello, ser infeliz. Héctor no había sido el culpable de que su historia no funcionara, ni Natanael, ni David, ni América… Sino ella.

De repente, paró de llorar y levantó la cabeza de la cama. El problema había sido ella. Había sido ella la que había hecho las cosas mal. Una sonrisa apareció en su cara. Había hecho las cosas mal, pero ahora tenía la oportunidad de arreglarlas.

Se levantó de un salto de la cama. Llorando no iba a arreglar nada. Recogió el cuaderno y volvió a revisarlo. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Todavía estaba a tiempo de enmendar sus errores.

«¡Eso es!»

La historia estaba cambiando, pero ella podía escribirla de nuevo. Podía escribir su propia historia. Empezando por todo aquello que había querido decir y no se había atrevido, por aquello que había deseado hacer en el pasado y no había hecho. Tenía un mes para ello. Ya era hora de que el rumbo de su vida cambiara para bien.

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