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Archivo mensual: junio 2015

Ad sidera visus (resumen)

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Natalia es una gaditana de diecinueve años. Universitaria apasionada por la escritura, siente que le falta algo en su vida, y no halla la respuesta a sus inquietudes en Cádiz ni en San Fernando, a pesar de tener ahí buenas amigas y una relación estable, pero de la que solo recibe constantes dudas sobre su sinceridad y compromiso. Al otro lado del océano, está Héctor, de treinta años, que se hunde cada vez más en un profundo abismo del que no puede salir. Su matrimonio ha fracasado, su trabajo le esclaviza y su sueño de ser escritor cada vez parece más lejano.  Las letras, la web y la distancia entre dos continentes serán los factores a considerar en el destino que se les avecina. Natalia conoce a Héctor, y sin darse cuenta, le tiende un cabo para salir de las tinieblas en las que se había visto envuelto, y Héctor conocerá el mundo a través de los ojos de una mujer mucho más joven que él. Sin embargo, al conocerse comprenderán que no todo es tan fácil como parece, pues cada uno tiene una vida y un pasado que los ata, y personas interesadas que intentarán que lo suyo acabe antes de haber empezado.

Me olvidé de decir treinta veces más te quiero

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Me olvidé de decir treinta veces más “te quiero”. Me olvidé de decir que me gustaban tus manos grandes sujetando las mías, pequeñas y blancas, que contrastaban con el cobre de tu piel.

Me olvidé de decir que me hipnotizaba tu mirada enamorada en las que tantas veces me veía reflejada; que tu pelo estaba mejor sin engominar para que mis dedos pudieran perderse en él.

Me olvidé de decir que te necesito a cada momento, cuando me acuesto y me levanto, cuando camino por la calle, busco tu mano y no la encuentro.

Me olvidé de decir que me imagino qué dirás cuando río, lloro, me enfado o bromeo; cuando puedo con el mundo o el mundo puede conmigo.

Me olvidé de decirte que no te fueras, que no soltaras mis manos desesperadas. Me olvidé de decirte treinta veces más te quiero. Me olvidé de pedirte que te quedaras.

La decisión de Mara

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Lo primero de lo que tenía conciencia era de que había despertado delante de un atril, en medio de la nada espiritual. Por entonces solo era una pequeña alma que no sabía cómo había llegado allí. A su alrededor no había nada ni nadie. Había esperado pacientemente durante un tiempo cuando una silueta luminosa e indefinida apareció detrás del atril.

Hola, pequeña. Soy tu alma orientadora. Supongo que buscas un cuerpo —le preguntó aquel ser con una voz femenina extremadamente dulce. Antes de que pudiera contestar, el ser abrió un libro por la mitad y examinó una página con detenimiento—. Sí, precisamente esperamos varios nacimientos para mañana. Voy a mostrarte las opciones. No te separes de mí.

El ser dejó que su luz corporal se expandiera por la inmensa oscuridad y lo abarcara todo con su brillo. El alma se vio deslumbrada por unos segundos, y cuando abrió los ojos, su forma ya no era la de antes. Su nueva apariencia era pequeña, alada y estaba cubierta de plumas. Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba volando a muchos metros del suelo. Sintió el gratificante viento en todo el cuerpo y dejó que este la llevara a donde quisiera. Sobrevoló la ciudad, el bosque, y finalmente el mar. En esa forma podía sentir lo que era la libertad.

Veo que te ha gustado este —dijo la voz de la Orientadora. El alma miró a su lado, y vio que había tomado la misma forma que ella.

¿Qué soy? —le preguntó con palabras que dejaron un suave canto en el aire.

Un ave. El don de estas maravillosas criaturas, como ya has podido comprobar, es el de volar. Son preciosas, ¿verdad?

Son increíbles —corroboró el alma—, pero estoy impaciente por ver las demás opciones.

Entonces, sígueme.

Orientadora bajó en picado hacia el mar, sumergiéndose en las profundidades de este. El alma dudó por un momento y dejó que la inundara un absurdo miedo al peligro. Sin embargo, ese temor desapareció en cuanto se dio cuenta de que podía realizar cualquier temeridad y no salir herida, ya que no podía morir. Aún no había nacido. Así que, imitando a su guía, se lanzó en picado y cerró los ojos antes de entrar en el agua.

El mar la engulló en unos segundos. Sintió su frío tacto recorrer hasta la última de sus plumas; pero cuando volvió a abrir los ojos, estas habían desaparecido para dejar paso a una suave y grisácea piel. En este caso, su cuerpo era alargado y terminaba en una bonita cola. Miró a la superficie, y como si el instinto la impulsara, nadó hacia arriba y salió del agua, realizando una pirueta en el aire.

¡Me encanta esta forma! —exclamó cuando reconoció a Orientadora en otra criatura exactamente igual a ella. Estaba esperándola, tranquila, como si comprendiera que las decisiones importantes toman su tiempo—. ¡Es tan buena como la del ave!

Se llaman delfines. Son unos seres muy inteligentes, y rapidísimos nadadores —explicó.

Las dos juntas exploraron las profundidades marinas, maravillándose con ese mundo de fantasía lleno de corales, tesoros y peces de todos los colores. Escucharon el cantar de las ballenas y fueron testigos del colorido espectáculo de las medusas. Pero lo mejor de todo era la velocidad, los juegos, el océano en sí.

¿Vamos a por uno más? —le preguntó Orientadora, y antes de que pudiera replicar, se encontraba en un cuerpo de más tamaño, fuerte y musculoso, pero también lleno de energía. Su larga crin negra bailaba en el viento mientras corría por campo abierto—. No podrás quejarte. Estoy escogiendo los mejores. Esto es una yegua, bonita, fuerte y rápida.

El alma relinchó de entusiasmo. Con cada nueva figura se sentía más viva y llena de vigor. Tenía ganas de nacer, de vivir en uno de esos cuerpos y ser libre por fin, rodeada de la belleza de la naturaleza, ya fuera en el aire, en el agua o en la tierra. Todos y cada uno de esos aspectos eran fantásticos a su manera. Solo podía soñar con su nueva vida, que estaba a punto de comenzar.

De repente, vio algo en la lejanía. Eran unos seres que Orientadora todavía no les había mostrado. Caminaban sobre sus extremidades inferiores y usaban las superiores para trabajar. Solo tenían pelo en la cabeza —algunos ni eso—, y hablaban un lenguaje mucho más complejo que el de las aves, los delfines o los caballos. Se detuvo rápidamente, desconfiada, pero Orientadora llegó al trote a su lado, tranquilizándola con la mirada.

Tranquila. No pueden vernos. No estás viva, ¿recuerdas?

¿Qué son?

Humanos —lo dijo con un tono sombrío, despectivo, como si estuviera nombrando a las criaturas más bajas del planeta; como si no se merecieran siquiera ser mencionados.

El alma sintió curiosidad. Quiso preguntarle a Orientadora el porqué de su repentina seriedad, pero en vez de eso, decidió arriesgar con algo más.

¿Podemos probar ahora en esos?

Orientadora respondió su pregunta con una mirada fría y tensa.

¿Quieres probar un cuerpo humano? —preguntó, incrédula.

El alma se preguntó si debía continuar con su afán o renunciar, pero el misterio la envolvía y la curiosidad podía con ella. Necesitaba saber qué era lo que caracterizaba a esa raza a la que su alma orientadora parecía despreciar, y por ello, asintió y guardó silencio.

Orientadora mantenía el cuerpo tenso mientras meditaba la petición de esa pequeña vida que estaba a punto de nacer. Se encontró en un dilema durante unos segundos que parecieron horas, y finalmente, decidió que su trabajo solo era el de presentarle los distintos cuerpos en los que podría vivir el resto de su vida. Eran las almas las que debían elegir.

Está bien.

Una vez más, una luz cegadora lo abarcó todo, y minutos más tarde despertó en el cuerpo de una niña de larga melena pelirroja y ojos azules. Se miró las manos y movió los dedos, asombrada. Con ellos se podrían hacer tantas cosas…

A su alrededor se expandía una gran ciudad, llena de maravillas que en los mundos aéreo, acuático y campestre no habría podido ni soñar. Con sus largas piernas caminó y después corrió entre la gente. Observó las diferentes características de los humanos, y aunque intentó encontrar dos iguales no fue capaz; su olfato percibió el delicioso aroma de los dulces que preparaban en una pastelería, de la comida casera que una anciana preparaba en su casa, de los diferentes perfumes que usaban mujeres y hombres; escuchó la maravillosa voz de una chica que cantaba en la calle; y probó a escuchar la suya propia… Sus sentidos se hallaban extasiados.

Se paró delante de un escaparate, admirando la artesanía creada por las manos del hombre. Definitivamente, aquella especie era mágica. Vio su reflejo en el cristal y por primera vez supo lo que es sonreír. Descubrió que ese gesto era el más bonito que un ser humano puede hacer. ¡Y tan fácil! Solo tenía que mover un poco los labios.

Orientadora apareció detrás de ella en el cuerpo de una niña rubia de una edad parecida. Seguía seria y había cierta tristeza en sus ojos. El alma no podía entender cómo podía sentirse mal en un mundo tan asombroso.

No todo lo que reluce es oro —le explicó cuando se atrevió a preguntarle. Descruzó los brazos y le tendió la mano—. Ven. Quiero que veas la realidad de este mundo.

El alma la tomó, y acto seguido reaparecieron en la nada en la que se había encontrado en un primer momento. Todo volvía a estar oscuro… hasta que aparecieron aquellas imágenes. Eran cientos, miles, y todas horribles. El alma no sabía adónde mirar. Escuchó gritos, llantos, sollozos, súplicas, improperios… Empezó a fijarse más en aquellas escenas:

Un hombre era sacado a rastras de su casa, sin ninguna compasión. El señor de avanzada edad lloraba, tironeaba y suplicaba; en otra imagen, un hombre de mediana edad dormía en la calle tapado con unos cartones en mitad del frío invierno; en otra, una pelea a puñetazo limpio. Uno de ellos terminó sacando una afilada navaja y clavándosela al otro en el estómago; una madre pegaba a su hija con demasiada violencia como para ser una simple regañina; un adolescente rebelde insultaba a sus padres y los agredía constantemente; un grupo de niñas se burlaba de una compañera con sobrepeso; otros niños se insultaban unos a otros; un hombre pegaba una patada a un perro; otro, disparaba a un elefante por simple diversión; una señora miraba a otra por encima del hombro; un adolescente escupía a una joven y la insultaba solo por su tono de piel…

El alma cerró los ojos y se tapó los oídos. Estaba temblando. Tal vez de miedo, tal vez de rabia. Quizás de ambas cosas.

¡Basta, basta! ¡No quiero ver más!

Orientadora dejó que las imágenes se esfumaran al grito de aquella niña que se encogía y lloraba, negándose a presenciar más. El alma orientadora se acercó a ella con su cuerpo infantil, y esperó, pacientemente, a que las preguntas salieran de su boca. Debía ser algo impactante y duro para alguien que ni siquiera había nacido. No había querido hundirla, pero la había visto tan decidida a hacer su elección que había preferido enseñarle ese mundo por entero.

¿Por qué… ? —sollozó la niña—. ¿Por qué se comportan así?

Orientadora se encogió de hombros.

Así son. Se creen superiores a todo lo demás. Piensan que han conquistado la tierra y que pueden hacer y deshacer a su antojo, sin respeto por nada ni por nadie. La maldad y la ambición reina en sus corazones.

¿En los de todos? —se atrevió a preguntar.

No. No todos. También hay humanos buenos. Tanto que su existencia se hace insufrible, y eso es lo peor de todo. No se dan cuenta de que se necesitan los unos a los otros, que son todos iguales. Las diferencias han hecho estragos. Compiten y se dañan entre sí para estar por encima de los demás. No viven en armonía con la naturaleza, y tampoco entre ellos.

Pero ¿qué ha causado esa forma de ser?—quiso saber el alma.

Hay algo que los domina; algo que controla sus mentes. Se llama dinero.

¿Qué es eso?

Es un sistema por el cual puedes conseguir cosas. Cuanto más dinero tienes, más cosas podrás adquirir. Pero si no tienes dinero, no tienes nada. O mejor dicho, no eres nada.

¿Por qué dices eso?

¿Has visto ese señor al que sacaban a la fuerza de su casa? —El alma asintió, despacio, cautelosa, temerosa de la respuesta—. Lo echaban porque no tenía dinero para pagar el lugar donde vive.—El alma se quedó sin habla, impactada—. Supongo que te preguntarás qué pasará con ese hombre… Se llama Luis, y tiene 65 años. No tiene familia, no tiene recursos. Siendo tan mayor, Luis acabó en la calle. Durmiendo entre cartones y mendigando para comer. Y ¿sabes qué es lo peor? Que hay miles de casas sin habitar, pero como no puede pagarlas, Luis tiene que pasar el resto de sus días en la calle. ¿Te das cuenta, pequeña, del egoísmo y la codicia del ser humano? Son capaces de dejar que algunas personas mueran de frío o hambre con tal de que otros se hagan ricos. Es triste, porque hay recursos para todos…

¿Y los que tienen dinero, por qué no lo reparten?

Como ya he dicho, son egoístas y codiciosos. Todo el dinero que puedan tener no es suficiente. Viven por y para él. Les importa un comino los demás.

El alma tragó saliva y se secó las lágrimas de sus mejillas. Con voz estrangulada, siguió preguntando:

¿Y las niñas que insultaban a su compañera por ser de más peso que ellas?

En ese mundo hay una imagen que muchos siguen, y todos los que no estén dentro de ella a menudo son rechazados por la sociedad. Aunque, realmente, no importa cómo seas. Te criticarán y te insultarán de igual manera, ya seas gorda o delgada, alta o baja, rubia o morena…

Y ¿por qué ese chico insultaba a la joven de piel oscura?

Los humanos han creado límites en la tierra y le han dado nombres a lo que ellos llaman “países”. Esos límites no hacen sino acentuar sus diferencias. A menudo creen que son mejores que los de otro país, y no contentos con ello, se insultan, se agreden e incluso se matan. Es el llamado racismo. Se creen los dueños del mundo, y piensan que los demás son peores solo porque su tono de piel, su acento o su idioma son distintos. A menudo quieren ponerse por encima de otros, y ello ha provocado muchas guerras y matanzas estúpidas. Se destruyen entre ellos. No pueden ver que son la misma especie con diferencias mínimas. Pero se odian entre sí, solo por haber nacido en otro lugar… Es incomprensible.

Es realmente horrible —murmuró.

Y aún no has visto nada. Muchos son racistas, pero otro tanto son homófobos.

¿Qué quiere decir?

Que no soportan que un hombre quiera ser feliz junto a otro hombre o una mujer se enamore de otra mujer. A ellos también los persiguen.

¡Pero, ¿por qué?! —gritó, indignada. Se negaba a creer que en una raza pudiera caber tanto odio y estupidez—. ¿Por qué se meten en la vida de los demás? ¡¿Por qué no quieren que sean felices?!

Porque la felicidad de otros les corroe por dentro—respondió igual de indignada—. Porque sienten envidia.

¿Y los animales? ¿Qué pasa con ellos? ¿Por qué esos hombres los maltrataban?

Ya te lo he dicho. Se creen los amos del mundo. Los animales, según ellos, tienen que vivir a la manera que ellos manden. Los cazan y los maltratan por diversión; los encarcelan y los venden o exhiben como si sus vidas les pertenecieran. Hacen lo que quieren con ellos, y si dejan de interesarles, simplemente los quitan de en medio. Así es el humano. Cruel por naturaleza; insensible al dolor ajeno. Piensan que esas pobres criaturas no sienten, que no piensan, que no sufren.

El alma hizo entonces la temida pregunta:

Y si yo naciera en un cuerpo humano, ¿me volvería así de horrible?

Orientadora se encogió de hombros.

Eso no se sabe. Todo depende de la educación que te den tus padres. Los sentimientos que tienes ahora no te servirán de nada. Todos tus recuerdos serán borrados cuando nazcas en la especie que elijas. —El alma permaneció callada, mirando al suelo, confusa y triste. Orientadora suspiró—. Es algo complicado. Por eso espero que escojas bien…

¿Puedo ver a mi madre?

¿Qué? —La pregunta la había pillado desprevenida.

Quiero ver a la que será mi madre —pidió el alma con decisión—.¿Puedo?

Pues…, no es algo que se suela hacer. Pero supongo que no hay ningún problema.

La tomó de la mano y reaparecieron en una habitación de hospital. En una cama, junto a la ventana, yacía una mujer de pelo castaño. Con una dulce sonrisa acariciaba su abultado vientre. Ya solo quedaban unas horas para la operación. Aunque pareciera increíble, no estaba asustada. Había esperado demasiado a que llegara ese momento. Solo quería tener a su niña en brazos de una vez.

De repente, un hombre pelirrojo con algo de barba entró en la habitación con un ramo de flores. Tenía una sonrisa blanca y reluciente. Dejó las flores en un jarrón y besó a su mujer, entusiasmado. Había llegado el momento. Esa niña que nacería en unas horas era una bendición del cielo. Casi un milagro, después de tantos intentos fallidos. Colocó las manos en su cintura y besó repetidas veces la barriga de la mujer, que reía, dichosa.

¿Ese es mi padre? —preguntó, como hipnotizada. Orientadora asintió—. Es muy guapo.

Vamos, Mara, sal ya, que papá está deseando cogerte en brazos —le decía el hombre al vientre de su mujer.

El alma vio las sonrisas de ambos; sus miradas, totalmente limpias, exentas de ira, codicia o egoísmo; el amor con el que el hombre besaba a su mujer en los labios y en la barriga, y por un momento llegó a olvidarse de todo el odio que había llenado el gran vacío en el que se encontraba minutos antes. Se volvió hacia Orientadora y sonrió como solo una humana puede hacer.

Quiero nacer humana.

La Orientadora tragó saliva. Estaba confundida. No podía creer que eligiera esa vida después de haber presenciado la maldad característica de esa raza.

¿Estás segura?

Asintió.

Este mundo está lleno de malos sentimientos, de desgracias y de sufrimiento que el mismo hombre crea…, pero mi nacimiento hará feliz a estas personas. Sé que ellos me criarán debidamente y me enseñaran a querer, a respetar y a vivir en armonía con los demás, y así aportar mi granito de arena para que el mundo sea un lugar mejor. Si todos aportaran un poco de amor y no tanto odio, no habría tantas catástrofes. Si todos intentasen ser mejores personas… Ya sé que muchos no lo harán. Pero yo lo haré, y seré ese granito de arena que, al menos, hará la vida de algunas personas más feliz.

Orientadora exhaló un suspiro y la miró con seriedad.

Ojalá todo fuera tan fácil como suena, pequeña alma.

Mara —aclaró el alma—. Puedes llamarme Mara.

ALMA (1)

Juegos destructivos

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Hay historias que deben ser escritas para que la verdad que hay en ellas llegue a la gente que las lea. Esta es una de esas historias: la mía. Y seguramente a pocos les importará, porque ante el sufrimiento de los demás, lo mejor es mirar hacia otro lado y hacer como si no pasara nada. Suele ser lo más fácil. Aun así, necesitaba contarla.

Me llamo Amanda Ramos, y tengo dieciséis años. Desde pequeña, siempre he sido una chica muy tímida y poco sociable. Nací en Barcelona y fui a un colegio público del centro hasta la fatídica edad de catorce años. El día en que me anunciaron que mi padre había encontrado trabajo en Cádiz, empezaron todos mis problemas. Me sentía insegura y asustada. En Barcelona tenía a mi única amiga: Melisa; y dudaba que pudiera hacer nuevos amigos en esa ciudad desconocida para mí. Pero por más que les supliqué que no nos trasladáramos, mi padre estaba atado de pies y manos.

Así pues, un mes más tarde, nos dirigíamos en coche a la otra punta del país. En mi cabeza surgían un montón de dudas: ¿cómo sería el Instituto? ¿Y las gentes de allí? ¿Podría acostumbrarme a ellos? ¿A los profesores? ¿A su forma de ser? Sería muy complicado. Después de todo, mis compañeros de clase ya se conocerían y yo no sería más que una extraña.

Después de interminables horas de viaje, llegamos a mi nueva casa: un piso pequeño comparado con la casa unifamiliar en la que había vivido hasta entonces. Pero eso era lo que menos me importaba.

Llegó el lunes y mi madre me llevó al nuevo Instituto. ¿Su nombre? No tiene importancia. Pero debo reconocer que la primera impresión no hubiera sido tan mala si las ventanas no hubiesen tenido barrotes. El curso había empezado hacía un par de semanas y eso me hacía sentir peor. Los nervios me daban ganas de vomitar. Mi madre habló con mi tutor y este tuvo la amabilidad de acompañarme hasta la clase de 3º A. Cuando llegamos, el aula estaba abarrotada. El profesor puso orden entre los alumnos, me pidió que me sentara en uno de los pupitres libres y me presentó a la clase. Sentí todas las miradas sobre mí, y eso me hizo ponerme más nerviosa.

Saqué mis libros y Juan, como se llamaba mi profesor, se dispuso a dar la clase. No habían pasado ni cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta, interrumpiendo la lección. Era una chica rubia excesivamente emperifollada para ir al Instituto. Y no lo digo por su ropa de marca o su pelo perfectamente planchado, sino por la cantidad exagerada de maquillaje que cubría su cara. Parecía una barbie.

—Bárbara, ya sabes que no dejo entrar a nadie cuando suena la campana —le regañó Juan.

La chica puso una expresión inocente en su cara y con tono zalamero se excusó diciendo que le había cogido un atasco llegando al Instituto. Obviamente, no me lo creí. Seguramente había perdido demasiado tiempo arreglándose; pero Juan la dejó pasar, y la chica, con una sonrisa, entró en el aula y avanzó unos pasos hasta darse cuenta, sorprendida, de que alguien ya había ocupado su pupitre. Es decir, yo. Juan le pidió que me dejara ocupar el que había sido su sitio durante las anteriores semanas y que escogiera otro lugar en el que sentarse. Bárbara, no demasiado conforme, pasó por mi lado, lanzándome una mirada venenosa, y se situó en la parte trasera de la clase, donde no podía ser el centro de atención, como estaba acostumbrada.

Cuando terminó la hora, el profesor me aconsejó que le pidiera los apuntes a algún compañero y se marchó de la clase. Tragué saliva; era hora de enfrentarme a la realidad. Miré a un lado y a otro, sin saber qué hacer, pero no pasó mucho tiempo hasta que el chico que se encontraba a mi izquierda, se ofreció a ayudarme. Me sentí muy aliviada, y acepté su ayuda sin pensarlo dos veces. Se llamaba Sergio, y debo reconocer que sentí un flechazo al verlo. Era, sin duda, el chico más guapo de la clase. Su sonrisa era encantadora.

Esa tarde, fui a casa de Sergio para ponerme al día con todas las asignaturas, pero no tuve suficiente tiempo, por lo que quedamos también al día siguiente. Durante esa semana, pasamos mucho tiempo juntos. Siempre iba con él a clase y estudiábamos juntos por las tardes, después de su entrenamiento de fútbol, al que a menudo acudía para verle jugar. Al parecer esto no agradó demasiado a Bárbara y sus amigas, que empezaron a hacer de mi vida un verdadero infierno. Al principio solo eran miradas despectivas, cuchicheos y risitas por lo bajo. No le di demasiada importancia, pero la cosa fue a peor.

Una mañana, llegué a la clase y mi pupitre estaba ocupado por esas chicas. Me quedé en la puerta unos segundos. Sergio no estaba y no sabía si debía entrar y echarlas de mi sitio. Bárbara, sentada en mi mesa, tan arreglada como siempre, iba acompañada de sus dos amigas —o lameculos, como solía llamarlas en mi mente—: Marta y Beatriz. Hablaban y se reían. Finalmente, decidí entrar y reclamar mi lugar, pero no hizo falta. En cuanto me vieron, Bárbara se levantó de la mesa entre risitas y se fue a su lugar con sus compañeras. Sorprendida, caminé hasta mi pupitre y entendí qué era lo que les causaba tanta gracia. Mi mesa estaba llena de frases humillantes escritas con permanente. Fingiendo que nada me importaba, me senté, y tras respirar hondo, comencé a leer una por una las frases:

<<Pobre idiota. ¿Acaso cree que tiene una oportunidad con Sergio?>>, <<¿Adónde va con ese jersey de abuela? ¡Es horrible!>>,  <<Muérete, asquerosa.>>, <<Por Dios, que alguien le arregle ese pelo estropajoso que tiene.>>, <<En realidad, deberían arreglarle la cara.>>, <<Da asco.>>, <<Es estúpida.>>, <<Queremos que se largue. ¡Que la echen!>>, <<Todos contra Amanda Ramos.>>

Tragué saliva y aguanté las lágrimas. Cuando Sergio llegó y vio todo lo que habían escrito en mi mesa, no dijo nada, y esperó a la salida de clases para abrazarme fuerte. Fue entonces cuando me eché a llorar. No entendía por qué me odiaban tanto.

Al día siguiente, llegué antes que nadie a la clase con papel higiénico y alcohol, y borré la tinta. No le dije nada al profesor ni a mis padres. Pensé que eso lo empeoraría todo; y me consolé a mí misma diciendo que sería algo pasajero, y que ya se cansarían de fastidiarme. Pero me equivocaba. A menudo aludían a mi aspecto, a mi forma de vestir o a mi personalidad para burlarse, y yo ya estaba harta.

Supongo que Bárbara debía de tener mucha influencia y popularidad en el Instituto, porque pronto, no solo sus amigas, sino también las otras chicas y las de otras clases, me daban la espalda y se reían de mí. ¿Cómo era posible que todo el mundo le siguiera el juego? Todavía me pregunto qué les habría contado para que nadie me quisiera. Sergio era el único que seguía a mi lado, y eso me daba algo de confianza.

Aun así, en varias ocasiones le encontré hablando con Bárbara y las demás, riendo con ellas, comentando Dios sabía qué cosas. No me gustaba nada, pero no podía prohibirle que conversara con esas chicas. Parecía que se llevaban muy bien, y eso me daba miedo.

Poco después me enteré de por qué se entendían: hacía relativamente poco, Bárbara y Sergio habían tenido una especie de relación, que se había acabado, según me habían dicho, porque Sergio era algo mujeriego. Sinceramente, no lo creí. Pensé que solo querían fastidiarme, y por eso confié ciegamente en mi amigo.

Un día, cuando llegamos del recreo, mi mochila había desaparecido. La busqué por toda la clase, sin resultado. Finalmente, fue Marta quien señaló por la ventana diciendo:

—Creo que ahí abajo hay algo tuyo.

Me asomé rápidamente y vi, no solo mi mochila, sino todos mis apuntes y mis útiles, desparramados por el suelo. Alguien los había tirado desde el segundo piso en el que se encontraba el aula. Sin perder un segundo, bajé al patio para recuperar lo que era mío. Bárbara, Marta y Beatriz se encargaron de avisar a todas las clases restantes, y pronto, gran parte del Instituto estaba asomado a las ventanas, señalándome y riéndose. Mis apuntes estaban llenos de barro, desordenados e irrecuperables, y mi móvil había quedado destrozado.

Me levanté despacio, metiendo sin cuidado todo en la mochila y miré a las ventanas. Allí, entre las caras de esas niñatas, se encontraba Sergio, claramente divertido, observándome. Pero en cuanto notó que me fijaba en él, escondió la cabeza como un cobarde.

Este incidente no pude pasarlo por alto, y lo hablé con el profesor, que se encargó de castigar a mi clase y llamar a mis padres. Ese día, no fui a estudiar con Sergio ni a verlo jugar al fútbol. Pasó el fin de semana, y no recibí una sola llamada, ni siquiera un mensaje al Facebook, ya que me había quedado sin móvil. En la nombrada red social, veía comentarios de mis compañeros de clase, que masoquistamente, tenía agregados. No hacían más que burlarse y rememorar lo divertido que para ellos había sido tirar mis cosas por la ventana.

El lunes siguiente, Sergio me buscó en el recreo y me pidió perdón por su nefasto comportamiento. Se le veía sinceramente arrepentido, pero yo seguía dolida, y me negué a perdonarle. Cuando se dio cuenta de que estaba dispuesta a quedarme sola con tal de no tener a alguien como él a mi lado, me confesó su supuesto amor, y me besó en un rincón apartado, donde nadie podía vernos. Sé que fui tonta, pero realmente sentía algo por él y acepté sus disculpas. Sin embargo, Sergio me pidió que mantuviésemos nuestra relación en secreto, y que delante de los demás solo fuéramos amigos. No sé si fue por miedo a perderle, pero me conformé con ese amor a escondidas que él me ofrecía.

Pasó el tiempo, y los abusos seguían. Ya no solo se reían, me insultaban por la red o en persona, sino que incluso se atrevían a empujarme cuando pasaban a mi lado. En muchas ocasiones, se lo dije a mis padres, pero creían que exageraba y no le daban importancia.

Las mañanas se hacían insufribles, pero por las tardes me iba a casa de Sergio sin faltar un solo día, y pasábamos mucho tiempo juntos. Un sábado fui a ver una película a su casa. Sus padres habían salido, así que pude quedarme hasta tarde. Sonriente, sacó de debajo de su cama unas botellas de licor. Al parecer se las había conseguido un amigo mayor de edad. Yo nunca había bebido, y no me gustaba la idea de empezar con catorce años, pero finalmente me dejé convencer. Al principio me quemaba la garganta, pero entre juegos y risas, tomé un chupito tras otro hasta emborracharme por primera vez. Desperté unas horas más tarde con un horrible dolor de cabeza y sin recordar nada de lo que había pasado. Sergio me sonrió. Él estaba fresco como una rosa. Al parecer ya había bebido anteriormente. Me acompañó a mi casa y se despidió deseándome un buen domingo.

—Nos veremos el lunes en clase —me dijo, dándome después un beso.

Cuando lo perdí de vista, subí contenta. No podía esperar lo que pasaría al comienzo de la semana.

El lunes todo estaba como de costumbre. Yo llegaba y la gente me señalaba con el dedo. Ya estaba acostumbrada, así que no me extrañé. Pero cuando entré en el centro, mi expresión tranquila se transformó en una de horror. Las paredes del Instituto estaban empapeladas con cientos de fotografías en las que me encontraba en ropa interior, tumbada sobre un sofá que reconocí como el de la casa de Sergio, y rodeada de botellas de licor. En todos los carteles, la misma frase se repetía una y otra vez: <<No solo zorra, también alcohólica.>>

La gente me señalaba y se reía. Solo unos pocos me miraban con lástima; pero nadie salía a mi defensa. No me lo podía creer. ¿Por qué me estaba pasando todo eso? ¿Qué había hecho yo para merecerlo?

Corrí hasta el primer cartel que vi, lo arranqué y lo tiré al suelo después de hacerlo una bola, pero era inútil: había demasiados. Avergonzada y llorosa, salí corriendo del Instituto tapándome la cara. No quería que nadie me viera.

Los profesores y mis padres tomaron cartas en el asunto. Denuncias, juicios…, pero la ley nada podía hacer contra los que me habían causado tanto daño, pues todos eran menores. Y aunque la policía intervino para solucionarlo, alguien metió la foto en la que salía semidesnuda en Internet. La red se llenó de comentarios groseros y degradantes hacia mí. Algunos me llamaban “puta” o “zorra”; otros se conformaban con insinuar que les gustaría pasar una noche conmigo.

Me llevaron al médico y me hicieron pruebas para comprobar si Sergio se había propasado esa noche de la que no recordaba nada, pero, gracias a Dios, los resultados aclararon que ese chico en el que tanto había confiado solo se había atrevido a desnudarme.

Me sentí incapaz de regresar a ese Instituto. Mis padres lo comprendieron y me cambiaron de centro a mitad de curso. En el nuevo Instituto se había corrido la voz de mi mala fama, y nadie se acercaba a mí. Solía pasar los recreos sola en la biblioteca, pero al menos nadie me insultaba y me dejaban en paz, aunque por Internet, seguían los abusos.

La tranquilidad duró poco tiempo. Bárbara y sus amigas no se iban a conformar, e hicieron un vídeo que mandaron a mi correo. Habían inventado una canción con mi nombre en el que me agredían verbalmente de todas las formas posibles. Esa misma semana, estando en un descanso entre clase y clase, recibí un mensaje al móvil que me habían comprado mis padres después de que me tiraran el antiguo desde la ventana. Era de un número desconocido, y rezaba: <<Sal. Tenemos algo para ti.>>

Pensé que podrían ser mis padres y obedecí. Era un día nublado y estaba a punto de llover. En la entrada, Bárbara, Marta, Beatriz y un grupo de chicos me esperaban. También pude ver allí a Sergio, que algo más apartado, parecía un poco incómodo. Comenzaron a insultarme. Me llamaban zorra, borracha, estúpida… Me decían que nadie me quería. Quise irme, pero me rodearon. Antes de que pudiera gritar, Marta y Beatriz me agarraron y me tiraron del pelo. Bárbara permanecía impasible. No quería ensuciarse las manos conmigo.

—¡Pegadle ya! —gritó un chico, y entre las dos me tiraron al suelo y me dieron patadas.

Por suerte, un profesor llegó a tiempo, y la pandilla salió huyendo. El señor me ayudó y llamaron a una ambulancia. Me habían roto dos costillas y me habían partido el labio. Tenía moratones en la cara y en el cuerpo.

Mis padres volvieron a meterse en disputas. De nuevo denuncias, juicios, amenazas y tensiones. Alguien había grabado la paliza que me habían propinado y la había subido a Internet, donde las burlas prosperaban sin que nadie pudiera evitarlo.

Entré en graves depresiones y tuve serios ataques de ansiedad. Caí en el alcohol. Creía que me ayudaba a olvidar, pero solo empeoraba la situación.

Pasaron unas semanas en las que me negué a asistir al Instituto, y las cosas se tranquilizaron un poco. Quise pensar que mis acosadores empezaban a cansarse de perseguirme o que se les había acabado los medios para torturarme; pero no era así. La maldad gratuita nunca acaba y más cuando procede de personas sin corazón que se divierten al ver sufrir a los demás.

Una tarde, después de que mis padres salieran a comprar, entré en mi correo electrónico. Tenía nuevos mensajes; la mayoría simples insultos de gente anónima, pero el último me heló la sangre:

<<Hasta ahora hemos sido buenos contigo, y te hemos dado menos de lo que mereces. Pero, ¿adivina qué? La noche en la que tu amiguito te hizo esa foto en ropa interior, también sacó algunas en las que te encuentras completamente desnuda. ¿Quién sabe? Tal vez nos animemos a mandárselas a todo el mundo. Estábamos pensando en hacer una página web y colgar ahí tus fotos. ¿Qué te parece?>>

Comencé a llorar amargamente. Me dolía el pecho y me faltaba el aire. No podía respirar. ¿Por qué me hacían eso? Me senté en la cama para intentar tranquilizarme, pero no lo conseguía. Todo el mundo me vería desnuda. No podría soportarlo. Me sentí mareada y con náuseas. Lo que pasó a continuación, ni siquiera lo pensé: corrí a la cocina, cogí un bote de lejía y me lo bebí sin pensar. Me sentí realmente mal. Me tumbé en la cama y esperé la muerte, que creí que me alcanzaría pronto, pero mis padres llegaron antes de lo que pensaba y me llevaron al hospital una vez más. Los médicos pudieron hacerme un lavado de estómago a tiempo. Durante los días que estuve hospitalizada nadie vino a visitarme.

Cuando regresé a casa, lo primero que hice fue conectarme a Internet. A pesar de mi intento fallido de suicidio, la gente no se había ablandado. Comentarios como <<Qué pena que haya fallado.>>, <<Debería haberse muerto>>, <> llenaban la red social.

Me mandaron un tratamiento de antidepresivos, pero nada funcionaba. Me sentía sola y mal. Cada día buscaba razones para seguir viviendo…, pero nunca las encontraba. Lloraba cada noche hasta que el sueño podía conmigo. No quería salir de casa ni siquiera para ir al Instituto. Llegó el verano, y apenas me dejé ver por las calles de la ciudad. No tenía amigos, solo a mis padres; y ya ni ellos sabían qué hacer conmigo; cómo animarme o hacer que siguiera hacia adelante.

Cumplí quince años, y mis padres lo celebraron quitándome el ordenador portátil para que no pudiera ver todos los comentarios, fotos o vídeos que subían sobre mí. Estaban tan cansados como yo y querían terminar con esa situación a como diera lugar, pero no sabían cómo.

Ese año fue igual o peor que el anterior. En las clases nadie me hacía caso; al principio solo me ignoraban como si no pudieran verme, pero con el paso de los meses, Bárbara fue ejerciendo su influencia entre sus conocidos, y también allí comenzaron a juzgarme y a maltratarme psicológicamente. El colmo fue cuando, un día, al regresar a casa, encontré en mi mochila un paquetito con una nota: Prueba con esto. Quizás funcione mejor que la lejía.

Rápidamente, abrí el paquete. El contenido eran decenas de pastillas de diferentes clases. Alguien había metido drogas en mi mochila.

<Si eso es lo que quieren… >, pensé, y desde ese día empecé a consumir drogas sin que mis padres lo supieran.

La incertidumbre me mataba a cada segundo que pasaba, y comencé a acudir a la biblioteca del Instituto para ver mi correo y entrar en Facebook. Esos chicos me habían etiquetado en fotos de lejías, alcohol y drogas, comentando que deseaban que leyera lo que escribían para que me suicidara. Pensé que nadie merecía eso. ¿Por qué no me dejaban pasar página de una vez?

Acabo de cumplir diecisiete años, y todavía me siguen acosando. La foto que me hicieron aquella vez vuelve a estar en Internet. ¿Qué tenemos que hacer para que la ley tome cartas en el asunto, esperar a que mis acosadores cumplan los dieciocho? Lo siento, no puedo esperar un año más; no cuando he pasado los dos peores años de mi vida.

No puedo más. Me siento sola. Necesito a alguien. ¿Por qué todos están en mi contra? ¿Por qué no me dejan seguir adelante?

Sé que miles de chicas en el mundo sufren lo que yo estoy sufriendo: el acoso, el abuso, los maltratos tanto psicológicos como físicos; y espero, sinceramente, que ellas sean lo suficientemente valientes y fuertes como para continuar adelante y salir de esta situación. Yo no he podido hacerlo.

Para cuando alguien encuentre esto, yo ya no estaré. La verdad es que no creo que a nadie más que a mis padres le importe. Seguramente, después de mi muerte, la gente seguirá riéndose y me recordarán entre burlas, agradeciendo que me suicidara o echándome a mí la culpa de todo.

Solo espero que la situación cambie, y que alguien haga algo por todas esas chicas que han pasado, están pasando y pasarán por lo mismo que yo. Que en la juventud se cree la conciencia de que con el acoso no se juega; que pueden arruinarle la vida a una persona y hacerla sufrir hasta que no vea otra salida más que la que yo voy a tomar.

Lo que no entiendo —y nunca lo he conseguido entender— es por qué las buenas personas sufren por culpa de la gente mala, y estos últimos no reciben ningún castigo por ello. Al contrario. Lo normal es que nadie se oponga y los dejen hacer y deshacer a su antojo. Sea como sea, ya no importa. Al menos, no a mí.

Siento ser tan cobarde, pero esos chicos nunca se cansarán de perseguirme. No les voy a dar el gusto de seguir haciendo conmigo los que le dé la gana. Se acabó.

Papá, mamá, lo siento. Os quiero, y siempre os querré.

Diario de Cádiz, edición del Jueves 24 de agosto de 2012

Suicidio de una joven de dieciséis años

tras dos años de acoso

Amanda Ramos, de dieciséis años, se quitó la vida después de dos años de acoso escolar y a través de Internet. Ella misma cuenta su historia en un cuaderno.

Por Jaime Rodríguez

Todo comienza con una mudanza; un nuevo Instituto y nuevos compañeros. Amanda Ramos, la joven de dieciséis años que se suicidó hace una semana tras sufrir el acoso escolar y cibernético de sus compañeros durante dos años, nos desvela su trágica historia en un cuaderno que escribió antes de acabar con su vida.

<>, relató Amanda en su despedida. Sus compañeras le hicieron la vida imposible durante cada día de clase. Sus ataques comenzaron con insultos escritos en su pupitre y continuaron destrozando sus útiles del Instituto.

La situación fue a peor cuando el supuesto novio de Amanda Ramos la emborrachó y consiguió hacerle fotos semidesnuda sin que la joven se diera cuenta. De un día para otro, Amanda encontró el Instituto en el que estudiaba empapelado con cientos de carteles con su foto y comentarios que la denigraban. La foto, además, fue subida a la red, donde continuó la persecución de la joven.

España está conmocionada. El suicidio de la adolescente ha reabierto el debate sobre los riesgos del bullying escolar, el ciberbullying y la protección excesiva e injusta de los menores ante la ley; y es que solo por no tener la mayoría de edad, los causantes de esta tragedia han quedado impunes.

El caso de Amanda Ramos no solo es dramático por su desenlace, sino por todo el sufrimiento que relata la joven en su cuaderno, provocada por sus compañeros de clase, llegando en una ocasión hasta a propinarle una paliza y a meterle drogas en la mochila.

Amanda ya había intentado suicidarse una vez ingiriendo un bote de lejía, pero sus padres llegaron a tiempo, evitando la tragedia. Lamentablemente, esta vez no fue así. Después de dos años de continua lucha contra el acoso, la joven no se vio con fuerzas para seguir adelante.

El cuerpo de la joven Amanda Ramos fue encontrado por su madre tirado en el suelo de su habitación, con severos cortes en las muñecas. Sin embargo, la autopsia aclaró que la muerte había sido provocada por una sobredosis de pastillas.

Los padres piden que el infierno por el que pasó su hija sirva de ejemplo para que no se repita un caso así; que se aplique tolerancia cero con los acosadores, aunque estos sean menores. “En estos casos, la ley no debería protegerlos.”

Rizos oscuros

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Cuando era niño, pasaba cada mañana por delante del “castillo encantado” que había de camino al colegio y me quedaba observándolo expectante hasta casi perder la noción del tiempo. Tenía la ilusión de que ocurriera algo paranormal delante de mis ojos que pudiera contar a mis amigos en el recreo.

Mi madre era escritora, y cada noche me contaba historias maravillosas a la hora de dormir. En varias ocasiones, me habló de la leyenda de ese lugar que llevaba años deshabitado. Se decía que había sido el hogar de una familia de nobles que habían luchado con valentía en numerosas conquistas, pero ese mismo arrojo les había acarreado muchos problemas tales como hacerse con un número mayor de enemigos que de amigos. Los dueños del castillo tenían un único hijo que correteaba feliz por los campos que rodeaban las altas paredes de piedra. Su padre siempre le decía que esas tierras algún día le pertenecerían y podría hacer con ellas lo que se le antojase, y el chico soñaba con Dios sabía qué ambiciones. Pero una noche, se inició un terrible incendio en el castillo que se llevó la vida del niño y de su madre, junto con la sonrisa del padre. Aunque se dijo que había sido un accidente, los rumores de que había sido un atentado contra la familia se iban extendiendo. La leyenda cuenta que el padre enterró los restos de su amada familia en un gran horno de piedra que llevaba generaciones sin ser utilizado, y luego, incapaz de soportar la pena, se suicidó.

–La gente dice que a veces se escucha la voz de un niño, su risa… –me había dicho mi madre la noche antes de que mi curiosidad me llevara a colarme en aquellas tierras como un vulgar ladrón.

Estaba atardeciendo y apenas pasaba gente por aquel camino. Me pareció el momento idóneo, ya que de noche no me hubiera atrevido, y de día era demasiado arriesgado. Para alguien tan inquieto como yo, la muralla que me separaba de la aventura de mi vida no supuso un gran obstáculo. Me pasaba el día subiendo a los árboles para coger la fruta que encontraba en ellos o para observar a los pájaros en sus nidos.

La primera impresión que tuve del lugar fue francamente decepcionante: después de tantos años, el campo estaba desolado. Solo malas hierbas crecían en aquel terreno que en otra época debía haber sido deslumbrante. Caminé hacia el castillo, esperando hallar una forma de entrar en él y descubrir los misterios que guardaría en su interior. Había una entrada principal cerrada con llave, lo que no me sorprendió, y algunas puertas más repartidas alrededor del castillo, pero ninguna estaba abierta. Las ventanas tenían tanto polvo que apenas se podía ver el interior por ellas, y descubrí alguna rota, pero con peligrosos cristales que amenazaban con rasgarme la piel si me atrevía a entrar. Era como una amenaza silenciosa.

–Oye, tú. –Respingué y me di la vuelta de un salto. Un chico algo más alto que yo, de rizos negros, me miraba con curiosidad–. ¿Cómo has entrado?

Tragué saliva y sentí cómo la sangre se me agolpaba en las mejillas.

–Lo siento –me disculpé con nerviosismo, mirando hacia todos lados, preocupado por si aparecía alguien de mayor edad que traería consigo mayores consecuencias–. No sabía que aquí viviera nadie. ¿En tu casa?

El chico asintió. No parecía demasiado ofendido por el allanamiento a su propiedad. Aunque, pensándolo detenidamente, a esa edad ninguno de los dos sabríamos que significaban aquellos términos.

–¿Quieres jugar? –me preguntó sin más unos segundos después.

Éramos niños y estábamos solos. No necesitábamos mucho más para tratarnos como si nos conociéramos de toda la vida. Es la dulce inocencia aquella falta de maldad con la que agarras la mano del prójimo sin juzgarle. Desgraciadamente, a medida que crecemos aprendemos a mirar por el hombro, a desconfiar del vecino y a sonreír con hipocresía.

Me llevó a sus lugares favoritos y me contó secretos de ellos, cosas que mamá jamás había mencionado en sus historias. Escuchando sus palabras, aquel paraje desolador empezó a convertirse a mi vista en un lugar lleno de verde naturaleza, con estanques y flores que aromatizaban el ambiente. El castillo había dejado de ser una ruina de puertas cerradas para transformarse en un lugar lleno de luz y vida donde los sueños se hacían realidad.

Cuando nos acercamos a la entrada principal, estuve a punto de advertirle que estaba cerrada a cal y canto, pero el chico dio un pequeño tirón y la abrió sin esfuerzo. Pensé, por lo que había visto por la ventana rota, que el interior estaría lleno de polvo y oscuro. Me equivocaba. Las habitaciones eran grandes y luminosas, y mantenían la majestuosidad de tiempos pasados. Me quedé embobado mirando lo que parecía el escudo de la familia colocado en una gran pared: un fondo rojo albergaba tres ollas de reluciente oro.

Aquel niño me agarró de la mano, llevándome por los pasillos casi a rastras y guiándome por las distintas estancias que aquel palacio. Me mostró su habitación y me obsequió con uno de los muchos libros que tenía en una estantería. Ya con el regalo a salvo entre los brazos, lo seguí hasta la bodega. Paseé la mirada por aquellos barriles amontonados en varias filas con curiosidad.

–A mi padre le encantan los vinos –me explicó–. Los manda traer de todas partes. No importa el dinero que cuesten; ante todo tiene que ser un buen vino –dijo, imitando una voz madura. Ambos reímos–. Cuando sea mayor, no tendrá que traerlos de ninguna parte.

–¿Por qué?

–Porque los haré yo mismo. Aquí –especificó con entusiasmo abriendo los brazos para abarcar imaginariamente toda la finca–. Haré los mejores vinos del mundo. Todo el mundo los querrá. Y mi padre será mi mejor cliente. No tendrá que buscarlos fuera, porque los tendrá aquí mismo. Y… –clavó sus ojos en mí –necesitaré a alguien que me eche una mano. Yo solo no puedo. ¿Me ayudarás?

–¡Claro que sí! –respondí sin pensarlo, contagiado de sus ganas y sin darme cuenta, enamorado de sus grandes expectativas.

Finalmente, me llevó de nuevo fuera de su casa. Estaba oscureciendo, y la verdad es que agradecí estar acompañado. El niño me guio una vez más por los campos hasta un lugar del que sí había oído hablar: el horno de piedra.

–Este es uno de mis lugares favoritos –comentó el chico, y su voz sonó extrañamente lejana.

–¿Por qué?

Él se encogió de hombros con una sonrisa.

–No lo sé. Siempre me ha gustado. Supongo que porque mi padre ayudó a construirlo.

La leyenda que me había contado mi madre me vino rápidamente a la cabeza y estuve a punto de soltarlo, pero pensé que después de saber la historia que se cernía sobre aquel sitio, ese chico no volvería a dormir por las noches, y preferí callarme.

El sol terminó de ocultarse y decidí que era hora de volver a casa. Me volví para despedirme de mi nuevo amigo, pero él ya no estaba allí. Quise llamarle por su nombre, pero me di cuenta de que no lo sabía. Yo tampoco le había dicho el mío.

El miedo a la oscuridad me atenazó por un momento y salí corriendo de allí todo lo rápido que mis piernas lo permitieron.

Al amanecer, nada más salir el sol, regresé para ver a mi misterioso amigo, pero allí no había nadie. Volví también los dos días siguientes con el mismo resultado, y terminé por rendirme. Nunca más vi al niño de los cabellos rizados.

Una noche, abrí el cuento que me había regalado. Era un tomo viejo y maltratado por el tiempo. Debía tener mucho cuidado si no quería que las hojas se rompieran. Tenía dibujos descoloridos y apenas visibles. El contenido trataba una serie de leyendas e historias fantásticas parecidas a las que me habían contado tantas veces. Una de ellas, era la que hablaba del castillo en el que había entrado, pero mucho más detallada que la que mi madre había tratado de forma más fugaz. En una de las páginas, había una fotografía de un retrato que había sido hallado en la casa. Un señor con bigote y una mujer de larga cabellera recogida en un moño, posaban sus manos sobre los hombros del que debía ser su hijo: un niño de rizos oscuros y sonrisa ensoñadora.

Han pasado veinte años desde aquella experiencia, y jamás se ha borrado de mi memoria la cara de ese chico que se había mostrado a mí, me había hecho llegar un mensaje, y después se había marchado para nunca más volver; esa misma cara que unas noches más tarde había encontrado entre las páginas de un libro olvidado.

Por ese entonces, era demasiado pequeño para saber el mensaje que aquella aparición había tratado de hacerme llegar, pero cada noche recordaba sus palabras, sus ilusiones. Soñé repetidas veces con sus rizos oscuros y su voz sonaba como un eco en mi mente. Llegó a convertirse en una verdadera obsesión y comencé a hacer investigaciones más profundas sobre la familia que había habitado aquella casa. También volví a adentrarme en la finca de vez en cuando para confirmar que lo que había visto había sido real y que no me estaba volviendo loco con cada segundo que pasaba. Pero cada vez que volvía encontraba la misma situación: unas puertas cerradas y ni un alma en un paraje que cada día moría de tristeza por los sueños que no habían llegado a cumplirse de un pequeño inocente que había muerto a manos del odio. Y un día, cada día más convencido de lo que debía hacer, tomé una decisión que marcaría mi vida para siempre.

Hice un gran esfuerzo económico durante años, con la ayuda de mi familia, que confió plenamente en mí desde que les planteé el proyecto en el que había decidido embarcarme. Al ser un lugar que necesitaba un gran dinero en reformas y que nadie quería, me lo dejaron más barato de lo que jamás hubiera soñado. Trabajé duro en la restauración de la finca y del castillo, porque por supuesto, cuando me dieron las llaves, pude comprobar que el interior no era ni mucho menos como lo había visto aquella noche de sucesos mágicos.

Llevó mucho tiempo y dinero volver a recuperar la grandeza que aquel lugar había tenido en tiempos mejores, pero no paré hasta que cada detalle fuera idéntico a como lo recordaba. Incluso encargué bordar un escudo exactamente igual al que había visto. Finalmente, le puse el nombre de mi familia.

Cuando todo estuvo listo, fue la hora de empezar a trabajar para que el negocio prosperara, algo lento y tedioso que supuso una gran inversión por mi parte. Debo reconocer que hubo momentos en el que pensé en tirar la toalla. Esto es una locura. Me estoy arruinando solo porque vi una alucinación, me decía a mí mismo. Pero mi madre siempre creyó en mí y me apoyó hasta cuando ambos sentíamos que no llegaríamos a nada por aquel camino tortuoso.

–Los comienzos siempre son difíciles –me decía–. Las estrellas no siempre brillaron como lo hacen hoy. Y a pesar de que muchas de ellas ya no están, nos sigue llegando su luz.

Era lo que necesitaba para seguir adelante: alguien que creyera en mí. Sí, quizás todo eso fuera una locura, pero ¿qué sería de la vida sin locuras? Así que casi al borde de la ruina, continué adelante, poniendo todo mi empeño en aquello en lo que creía. De vez en cuando, sentía el peso de una mano invisible en mi hombro que me daba fuerzas, para más tarde empujarme hacia delante.

No hace falta decir que es pronto todavía para convertir nuestros viñedos en los más famosos y nuestros vinos en los más cotizados, pero tengo la esperanza de que con los años, los herederos de este imperio que empiezo a construir cumplan el sueño que protegían con recelo estas paredes, a la espera de que alguien lo realizara por su dueño.

Por supuesto, nunca le conté a nadie que el castillo Oller del Mas había sido reformado y devuelto a la vida por mi obsesión de cumplir los deseos de un niño que quería complacer a su padre y que no descansaría en paz hasta verlo realizado, aunque fuera desde el otro mundo.

Flechas de oro

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Una vez más, Febo revela el día en su carro fastuoso. Al abrirse mis ojos y dar con aquella fotografía, otra flecha dorada alcanza mi corazón. Todas las mañanas me doy la vuelta en la cama e intento volver a conciliar el sueño. Y sueño de nuevo con él. Ciego y alado diosecillo, ¿por qué juegas a que soy tu diana? Mientras renuevas cada día el oro en mi interior, plomo ingrato colocas en tus dardos para que mis ojos no puedan verlo más que a él.

Dime entonces, hijo de Citerea, si, cómplice de las moiras, decidiste mi destino, ¿por qué nos separa el mismo mar tormentoso que trajo la tragedia al enamorado Leandro y a su amante Hero? Si es tu voluntad que viva encadenada a este amor, alivia la cruel distancia que como una enfermedad nos acompaña.

De nuevo, esconderá Sol el día para dejar paso a su hermana bicorne. Entre sábanas me revuelvo, tratando de no soñar y a la vez, anhelando alcanzarte en mis sueños, el único lugar donde puedo tenerte. Por la ventana entra la suave luz de luna. Diana, reina de los astros, ¿también tú disfrutarás alcanzándome con tus flechas?

Las almas de los libros

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Libro-y-Mariposas

La última gota de lluvia tocó el suelo mientras se detenía frente a la Facultad. Apartó el paraguas para comprobar con la mano que podía cerrarlo. Miró al cielo por encima de sus gafas, empañadas por el vaho fantasmal del aguacero. El viento con olor a sal desplazaba las nubes lentamente a la vez que le acariciaba la piel. Se giró entonces hacia la fachada del gran edificio, preguntándose qué secretos encerraban esas viejas paredes de piedra que como murallas de un mundo utópico y desconocido, se alzaban hacia el cielo grisáceo de aquel viernes.

Empuñando el paraguas como un caballero lo haría con su espada, cogió aire y tragó saliva antes de acercarse a las puertas automáticas. Tímida y silenciosa, al fin traspasó la entrada. Agachó la cabeza para evitar la mirada que se escondía detrás de las gafas de gruesos cristales del conserje, apostado como aplicado vigía de un faro viejo. Miró el umbral de la facultad de Filosofía y Letras y sintió un cosquilleo en el estómago. A veces lograba sonsacarle información a sus primos y le contaban anécdotas de aquel lugar. Hablaban de horarios extraños, de clases que superaban en mucho el número de alumnos de las aulas del instituto; de profesores eruditos en las materias que impartían; del delicioso olor que cada día salía de la cafetería a la hora de comer; pero, sobre todo, de que prácticamente te convertías en un adulto, uno que decidía por voluntad propia qué hacer con su carrera y cómo encaminar su vida. Tenía que comprobar con sus propios ojos si todo aquello era verdad.

Frente a sí vio una cristalera que rodeaba un gran espacio donde jóvenes de diferentes edades charlaban entre risas y apuntes que sujetaban entre sus manos. Sus pasos la llevaron por el pasillo de la derecha mientras sus dedos tocaban el cristal frío y empañado que traía a su mente la imagen de una pecera gigante. A unos metros, había otro patio de dimensiones parecidas al anterior, donde algunas personas aprovechaban la tregua que les daba la lluvia para tomar un café al aire libre y descansar de las clases. Recorrió la cafetería sin mucho entusiasmo; sin duda el olor era delicioso, pero tenía el estómago cerrado. En la copistería, los estudiantes se agolpaban entre los constantes ruidos de las impresoras para conseguir sus apuntes. Pasó también por los despachos de los profesores, observando atentamente cómo funcionaba aquella institución que solo conocía a través de sus primos.

Se remangó la sudadera, y recogiéndose el pelo en un moño desordenado, continuó investigando, recopilando información y atesorándola en su cabeza. Desde muy pequeña, todos habían notado que había algo diferente en ella. No se relacionaba con los demás niños. Siempre estaba sola y callada. Al principio, sus padres pensaron que era un problema de timidez, incluso de autismo, pero había algo más. Cada vez que alguien se le acercaba, la niña clavaba sus ojos en aquella persona, ya fuera conocida o ajena, y parecía ver en su interior, una suerte de curiosidad psíquica. «Es difícil de explicar», decían las personas que lograron percibir aquello. «Como si con solo mirarme, pudiera saber más cosas de mí que yo mismo. Da escalofríos».

La psicóloga calmó los misterios avivados por comentarios de ficción. Lo había llamado de varias formas: empatía, alto nivel de observación…, pero desde luego, había dejado claro que todo aquello no era demasiado usual en una niña tan pequeña. Y esa niña, a pesar de conocer tan bien el mundo que la rodeaba y las personas que en él vivían con solo una mirada, no era capaz de dejar que los demás vieran en su interior. Era un libro cerrado con candado al que solo se le puede ver la tapa, pues sus hojas contenían pasajes que ni la misma psicóloga pudo llegar a leer. Nadie sabía lo que pasaba por la mente de la pequeña.

Con los años, había aprendido a ser algo más sociable, acercarse a los demás y hablar aunque no quisiera, pero sobre todo, a no mirar con esa intensidad que asustaba a todo aquel que se le acercaba. Aprendió a esconder sus pensamientos y adaptarse a lo que los seres humanos llaman grupos sociales. En definitiva, a parecer una chica normal.

Al subir las escaleras, la atrajo una de las aulas con más capacidad. Echó un ojo y consideró que era un aula demasiado grande para el escaso número de personas que albergaba. Los pocos estudiantes reunidos allí charlaban animadamente por grupos; algunos leían o chequeaban el móvil con una tranquilidad que la sorprendió. Lo que le habían dicho sus primos era cierto. El profesor todavía no había llegado y una idea la sedujo, como si fuese a hacer alguna travesura.

El cosquilleo en el estómago regresó con fuerza, y en un impulso, giró el picaporte. Abrió la puerta y entró aparentando naturalidad y apretando su mochila con fuerza. Los chicos se volvieron hacia ella un momento, pero casi de inmediato retomaron su charla. Con la cabeza gacha y sudando frío, logró colarse hasta las últimas filas, y tomó asiento en una de las mesas, largas y diferentes a las que ella había visto. Cuando vio que no habían reparado en ella, se sintió más tranquila. Sacó un cuaderno para pasar desapercibida y recorrió con la mirada el salón blanco, la gran pizarra y las otras mesas dispuestas en largas filas.

Minutos más tarde entró el profesor. Era un hombre alto y delgado, de tez pálida y abundantes canas matizándole las sienes en un corte de pelo al ras. Llevaba un traje de chaqueta gris impecablemente planchado y una sonrisa que resultaba contagiosa. Con postura correcta y un vocabulario tan pedante que resultaba divertido y tranquilizador, empezó a impartir la clase de Literatura. Increíblemente, la lección se tornaba divertida, y podía seguirla casi sin problema: el maestro explicaba, jugaba con las palabras y componía chistes que solo a ella hicieron reír. Trataba de aprenderse sus movimientos, como si el viejo maestro fuese un director de orquesta: escribía en la pizarra, buscaba textos en un libro lleno de anotaciones, se ajustaba las gafas, jugaba con los botones de su chaqueta, comprobaba la hora y repetía una frase que se le quedó grabada en la memoria: “el tiempo es el mayor tirano”. Una vez acabada la clase, se escabulló entre las filas y alcanzó la puerta con el mismo sigilo con el que había entrado. Antes de que girara el pomo, la voz del profesor la detuvo. Sintió que el estómago le daba un vuelco.

Buen fin de semana.

Ella se volvió, y descubrió que el profesor la miraba tras las gafas con el mismo aire divertido que le había visto en la clase. Forzando una mueca, no consiguió articular la sonrisa.

Buen fin de semana, profesor –contestó.

Y salió con el corazón retumbándole en el pecho.

Tras aquel susto, terminó sentándose junto a la cristalera del primer piso. Se sentía repentinamente decaída. La gente pasaba a su lado sin siquiera mirarla, y eso estaba bien para ella. La invisibilidad era un don que no poseía, pero el hecho de que lo pareciera la tranquilizaba. Los estudiantes iban y venían, hacían y deshacían a su antojo. Estuvo observándolos un buen rato, escuchando sus conversaciones como haría una espía o una maruja entrometida. Algunos iban a las clases, otros preferían pasar las horas en el patio. Entraban y salían de las aulas con pasos diferentes, se tomaban una napolitana de jamón y queso en la cafetería, sacaban algunos apuntes, estudiaban en la biblioteca. Encontraba, extasiada, que aquello en verdad era como entrar en una ciudad en miniatura, un universo que transformaba a los niños en hombres y mujeres pensantes.

El cielo se tornó gris una vez más. Comprobó su reloj de muñeca y descubrió que la manecilla del segundero agonizaba en estertores repetitivos. De hecho, marcaba la hora en que creía haber entrado a la facultad. Seguramente le había entrado el agua de lluvia. Otro reloj a la basura.

Se quitó las gafas para frotarse los ojos con fuerza. La cabeza le dolía. Descubrir y procesar todas aquellas maravillas de la Facultad de Filosofía y Letras sobrecargaba su cerebro y la agotaba. Respiró hondo y esperó a que los alumnos se metieran en las aulas, y los pasillos estuvieran vacíos para ponerse en pie. Bajó las escaleras dispuesta a marcharse.

Clac, clac, clac…

Se dio la vuelta, sorprendida. Buscó a su alrededor, pero allí no había nada ni nadie. ¿Esos habían sido… los cascos de un caballo? Cerró los ojos y aguzó el oído, pero esta vez, detrás de las voces de los estudiantes, de forma lejana, no escuchó el tranquilo caminar de un caballo, sino el filo de dos espadas al chocar. Y mucha, mucha gente hablando. Siguió aquella mezcla de sonidos y voces hasta una puerta de madera que guardaba la biblioteca. Música, risas. Entró en silencio y se quedó frente a la recepción, buscando la fuente de tanto ruido. Ecos, grillos, pájaros que trinaban. Los estudiantes que allí se encontraban guardaban un respetuoso silencio. Y aun así, ella seguía oyendo todo aquel barullo.

Alguien se aclaró la garganta.

¿Puedo ayudarte en algo? –le preguntó la bibliotecaria, una señora de mediana edad que tecleaba Dios sabía qué cosas en un ordenador y de vez en cuando se levantaba para dejar un libro en alguna estantería.

No, no gracias.

Decidió adentrarse en la estancia. Su oído parecía engañarla. No dejaba de oír sonidos que venían de todas partes y de ninguna a la vez. Emanaban de las paredes, de las estanterías y de los libros, pero nadie parecía oírlo además de ella. Una puerta la llevó a un gran patio interior inundado de una luminosidad inusitada en la biblioteca. En las mesas distribuidas por todo el lugar, algunas personas se daban el lujo de charlar en voz baja, pero nada fuera de lo normal. Alzó la vista hacia arriba, examinó los arcos y las pilastras, los dos pisos que se alzaban por encima de aquel, y el techo que a esa altura parecía inalcanzable, como un cielo artificial creado expresamente para ese museo de libros.

¿Le importaría dejarme pasar, bella dama?

«¿Bella dama?», pensó.

Se hizo a un lado por inercia. Un joven con sombrero de plumas, capa y espada pasó a su lado haciendo una ligera reverencia. Abrió la boca, atónita, pero lo que más la sorprendió no fue su peculiar atuendo, sino el hecho de que su cuerpo fuera traslúcido como si se tratara de una fina tela, de efímero humo, de una cortina de agua. Con unos elegantes andares que evocaban otra época, se acercó a tres hombres que llevaban el mismo uniforme, y desenvainando sus espadas, las juntaron en un mismo punto para gritar al unísono de forma solemne:

«¡Todos para uno y uno para todos!»

Clac, clac, clac

Otra vez las pisadas del caballo. Un hombre mayor y escuálido, subido en un jamelgo más deteriorado que él, vestía una armadura ajada y sostenía una lanza en la mano derecha y un escudo en la izquierda. Lo seguía de cerca un hombre bonachón y orondo en un burro que a duras penas podía soportar su enorme peso.

Ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubre una gran serpiente con la que pienso hacer batalla, y quitarle la vida; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra –anunció el caballero de la triste figura.

Mire vuestra merced, que aquello no es una serpiente sino una columna de piedra–respondió el bueno de Sancho Panza con la infinita paciencia que le caracterizaba.

El caballero refunfuñó, seguramente pensando que su escudero debía estar loco o cegato. Se colocó en posición, agarrando con firmeza su arma.

Si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con

ella en fiera y desigual batalla –añadió antes de lanzarse con su fiel Rocinante a combatir a la malvada criatura que solo se encontraba en su atolondrada imaginación.

Sancho negó con la cabeza y cerró los ojos para no ver cómo su amo se daba de bruces contra la dura piedra. Un niño de mirada sumamente avispada, vistiendo ropajes andrajosos y con pies descalzos, aprovechó que el escudero se encontraba distraído con las locuras de su señor para quitarle de la bolsa un trozo de pan que reservaba celosamente para la hora del almuerzo. Al intentar huir, chocó contra un conejo blanco que miraba de manera ansiosa un reloj de bolsillo que sacaba una y otra vez de su chaqueta. El niño recogió el trozo de pan, le sacó la lengua al conejo y salió corriendo antes de que Sancho se diera cuenta de que le había robado. El conejo, por su parte, salió pegando saltos, demasiado preocupado por lo tarde que se le había hecho como para responder a la insolencia de aquel mocoso.

Por donde miraba, los personajes de libros que había leído y de otros tantos que no conocía, inundaban la sala. El rey Arturo celebraba una reunión con sus caballeros en una de las mesas redondas más grandes de la sala. Unas oscuras golondrinas pasaron por delante de ella, buscando en su mágico vuelo el lugar adecuado donde colgar sus nidos. Del sótano, apareció un grupo de romanos que, dirigidos por un altivo Julio César, se disponían a conquistar la silenciosa biblioteca con tácticas que solo ellos conocían.

«Alea iacta est.»

Alzó la vista hacia uno de los balcones que daban a las aulas de la parte nueva de la Universidad. Allí vio a una hermosa joven –demasiado joven, quizás– que se inclinaba en la barandilla, desde la que podía ver a su amado en el piso de abajo.

¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? ¡Renuncia a tu padre, abjura tu nombre!; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso de ser una Capuleto.

Romeo, un joven apuesto con expresión atontada y mirada brillante y febril, esperaba en la zona de las aulas. Alzaba sus manos como si quisiera alcanzar a Julieta, y a la vez se arrodillaba para mostrar la devoción que sentía hacia la mujer de sus sueños.

¡Mi amor, llámame tan sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo, ángel resplandeciente! –respondía apasionadamente–. De aquí en adelante no seré más Romeo.

Cuatro mujercitas de distintas edades jugaban teatralmente entre risas. Una de ellas dejó el libro que llevaba en la mano en una de las mesas y corrió detrás de la más pequeña de las hermanas. Vio piratas en busca de tesoros escondidos, princesas de largos cabellos, animales con el don del habla, criaturas mitológicas y héroes de leyenda. Le extrañó ser la única que podía verlos y oírlos. Se preguntó si acaso había empezado a perder la cordura.

Un hombre mayor que ella, bien vestido y de exquisitos modales, la tomó de la mano y mirándola a los ojos le recitó un conocido verso, ante el cual no pudo más que callar y aguantar la risa.

¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?

Emm…

Don Juan parpadeó un par de veces y la observó con detenimiento. Al ver que se había quedado muda y que sus mejillas enrojecían con cada segundo que pasaba, le soltó la mano y dio un paso atrás.

Vos no sois doña Inés –sentenció.

Ella lo corroboró negando con la cabeza a la vez que se tapaba la boca con la mano para que no la viera sonreír.

Oh, disculpadme, mi señora –le pidió antes de marcharse a buscar a la verdadera doña Inés.

No pudo aguantar la risa dada la disparatada situación en la que se había visto envuelta, rodeada de personajes del maravilloso mundo de algún escritor, llegando a ser incluso cortejada por uno de ellos. La gente la miró. Se dio cuenta de que estaba riéndose de algo que los demás no podían apreciar. ¿Es que ella sentía la magia, sabía dónde encontrarla? Lo cierto era que allí brotaba como una fuente inagotable: de cada rincón, de cada libro, de cada página nueva o deteriorada por el tiempo, y se alzaba hasta llenar el lugar con imágenes construidas de las palabras, personajes que surgían de las nieblas del tiempo, atrapados inevitablemente dentro de sus historias.

Fascinante, ¿no es así?

El profesor en cuya clase se había colado sin permiso se había parado a su lado. Una mano sujetando un par de libros; la otra metida en el bolsillo. Como ella, contemplaba las escenas de cuento con una maravillosa serenidad. Ella permaneció callada, expectante. Había pensado que era la única que podía ver todo aquello, pero al parecer se había equivocado. El profesor se ajustó las gafas de cristales redondos.

Francamente, cuando entré por primera vez en la Facultad, pensé que me había vuelto loco. Pero con el tiempo comprendí que no es que yo hubiera perdido la razón, sino que no todos tienen el don de ver los prodigios que guardan las puertas de esta Biblioteca. Jamás he visto cosa parecida en otras tantas, y créeme que he visitado muchas.

Ambos sonrieron. La chica decidió que el maestro hablaba con franqueza. No se estaba burlando de ella.

¿Alguien más puede verlos? –La pregunta salió sola de sus labios.

Asintió.

Algunos de los profesores de la Universidad –respondió.

¿Y por qué?

¿Por qué podemos verlos? Supongo que solo los que sienten verdadera pasión por los libros son capaces de ver las almas que estos contienen. Tiene lógica, ¿no?

Ella parpadeó, anonadada.

¿Los libros tienen alma?

No todos. Me gustaría decir que todos los escritores escriben por amor a las letras, pero sería un engaño tanto para ti como para mí mismo –confesó con una voz profunda, jugando con los botones de su chaqueta. Un personaje vestido con túnica, y cargando varios pergaminos en una mano, lo saludó al pasar por su lado, y él respondió con familiaridad–. Tristemente, hoy en día hay demasiadas personas que usan las letras como medio para sacar dinero. Pero hay muchos libros que, por supuesto, contienen las almas de los escritores que los han traído al mundo, y las de los personajes que ahora ves delante de ti.

Para mí los que no escriben por placer no son verdaderos escritores –opinó en voz alta.

El profesor se volvió hacia ella.

¿Eres nueva en la Universidad?

Negó con la cabeza, nerviosa y avergonzada a la vez por si el profesor le reprochaba el hecho de que se hubiera metido en su clase como oyente sin pedir permiso.

Empiezo el año que viene –confesó con reparo–. Pero tenía curiosidad.

Bueno, pues el año que viene serás bienvenida. Ya sabes a lo que atenerte –rio mientras señalaba el armonioso caos que reinaba en la sala. Ella también rio. El señor miró su reloj–. Ay, el tiempo es el mayor de los tiranos. ¡Cómo vuela! Tengo que irme, no vaya a ser que me coja el taurus.– Rio por su propio chiste latino, y como si una idea le viniese a la mente, se volvió una vez más hacia ella–. Por cierto, hablando de toros: si quieres bajar al sótano, ten cuidado. El minotauro ha instalado ahí su guarida. ¡Me pega cada susto cuando bajo a por algún libro! Una criatura fascinante, sin duda, pero le faltan modales.

La chiquilla soltó una carcajada.

¿Y Teseo?

Debe andar buscándolo. Si te pregunta, no le digas nada. No quiero ser el responsable de la muerte de aquel híbrido.

Descuide. Aunque –hizo una mueca de tristeza– ya sabemos cómo termina la historia.

El profesor se encogió de hombros.

Sí, pero ellos no lo saben –le dijo, guiñándole el ojo antes de salir por la puerta por la que había llegado.

Permaneció allí algunos minutos más, sintiéndose completamente cómoda en un lugar por primera vez en mucho tiempo. Se acercó a la mesa donde Jo, una de las protagonistas de Mujercitas, había abandonado un libro antes de salir corriendo tras su traviesa hermana de rubios tirabuzones. Lo cogió. Era pequeño, y sus páginas olían a nuevas. “Vida Universitaria y leyendas de la biblioteca”, leyó en una portada de vivos colores. Se dio cuenta de que era el único libro que no llevaba código de barras en la parte interna ni etiqueta en la externa. Se preguntó si la pillarían si decidía llevárselo a casa. Finalmente, se lo metió en la mochila y salió de la biblioteca sin problema.

Fuera, volvía a chispear. Abrió el paraguas con la imagen de un panda sonriente, echando antes un último vistazo a la fachada, evocando en un suspiro todo lo que había visto allí adentro. En un impulso, echó un ojo su reloj de muñeca. La manecilla del segundero atascado cobró vida en ese momento y continuó marcando el tiempo, imperturbable. La niña sonrió, se echó la mochila al hombro y continuó su camino.