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Cúmulo de desastres

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VII

Cúmulo de desastres

1

Natalia llegó a su casa hecha un basilisco. Entró a oscuras hasta su cuarto y cerró de un portazo. Tenía ganas de gritar, de romper cosas, de golpearse la cabeza contra la pared por lo estúpida que había sido. Se desnudó con rabia y dejó que el ordenador se encendiera mientras se daba una ducha rápida. En su cabeza imaginaba todo lo que podría haberle dicho a esa maldita vieja que le había tomado el pelo. Aún no podía creerlo. Se frotó bien el cuerpo con jabón, intentando deshacerse del olor a grasas. Le dolía todo el cuerpo, estaba agotada y sudorosa, y había perdido toda una tarde en la ardua tarea de limpiar una maldita cocina que llevaba 5 años sin una limpieza a fondo. Los azulejos blancos estaban amarillentos; la grasa se incrustaba hasta en el más escondido rincón; los tarros estaban pringosos y los muebles daban pena. ¡Qué asco! Y sin embargo, había dejado de lado sus escrúpulos y había dado lo mejor de sí para dejar aquel lugar como los chorros del oro. ¿Para qué? Para que, a la hora de cobrar, esa asquerosa vieja le diera cinco euros de menos.

Lo siento, no tengo más —le había dicho. No parecía darle mucha importancia a su estupendo trabajo.

Natalia se había mirado la mano, pensando que era una broma.

No era esto lo acordado —había objetado—. La cocina como una patena por 35 euros. ¡Y poco es, teniendo en cuenta la porquería que he sacado!

La anciana se había encogido de hombros.

O lo tomas o lo dejas. Si no estás conforme, no es mi problema.

¿Cómo que no es su problema? ¡Me dijo que me daría 35 euros, no 30! ¡Es mi dinero, me lo he ganado!

Aquella bruja la miró como si fuera un insecto repugnante.

¿Te parece que me importe? —le preguntó—. Además, ¿para qué quieres tú tanto dinero? ¡Seguro que después te lo gastas en drogas, sinvergüenza!

En ese momento se había quedado de piedra. No podía creerlo. De verdad que no podía. Esa vieja no se conformaba con haberla hecho trabajar duro y haberle pagado menos de lo que le debía…, ¡también la llamaba drogadicta! Cuando el instinto asesino empezó a aflorar en su más tierno ser, supo que debía irse de allí antes de que le estampara uno de sus valiosos jarrones en la cabeza. Pegó un portazo, tal y como lo haría más tarde en su casa, y salió de allí como alma que lleva el diablo.

Cerró el grifo y salió de la ducha. Cuanto más lo pensaba más se cabreaba. ¡Esa hija de…!

Se sentó enfrente del ordenador mientras se vestía. Necesitaba hablar con Héctor y contarle todo lo que había pasado. Sabía que él la haría sentir mejor con sus palabras de aliento, o tal vez ayudándole a acordarse de toda la familia de aquella amargada. Lo vio conectado y no perdió un segundo. Héctor tardó unos minutos en contestar. Natalia sabía que estaba trabajando, pero aun así le soltó la retahíla de sucesos acontecidos esa tarde y esperó a que contestara. Pasadas casi dos horas, su respuesta no había llegado. Al principio se sintió triste, cansada, sola…, pero el nudo que se instaló a su garganta y el dolor de su pecho hicieron surgir la ira. Con cada segundo que pasaba y no contestaba, Natalia se cabreaba cada vez más. En el fondo, sabía que él no tenía la culpa, pero necesitaba estallar, gritar, llorar. No podía más. La tristeza le invadía, y la soledad empezó a ganar terreno cuando se dio cuenta de que, en un momento en el que lo necesitaba tanto, él no estaba allí para ella. En realidad, nunca estaba. No en cuerpo presente, al menos. Y eso la puso furiosa. No estaba enfadada con él, sino con el mundo; con la realidad. Esa maldita realidad en la que estaban separados por miles de kilómetros, y en momentos como ese no podía abrazarse a él y dejarse consolar. Tecleó un último mensaje:

Pensé que estarías aquí ahora que tanto te necesito. Pero no, no estás. Nunca estás.

Y minutos más tarde, llegó el último mensaje de él. Último e inesperado:

No me toques las narices ahora, Natalia.

Y esa frase al principio la dejó fría, pero segundos más tarde hizo que ardiera en llamas de furia. Apagó el ordenador y se metió en la cama sin cenar.

Oyó la puerta de la entrada. Su madre había llegado de casa de su tía. Cerró los ojos y se hizo la dormida. No quería dar explicaciones de por qué estaba en la cama. Sandra entró en su cuarto y le dio un beso de buenas noches, sin intentar despertarla. Una vez que se hubo ido, volvió a abrir los ojos.

«¿Que no te toque las narices?», pensó, furiosa. «Muy bien… Pues no te las tocaré más.»

2

Héctor salió del trabajo echando chispas a las siete de la tarde. Había tenido un día horrible, y se presagiaba peor cuando llegara a casa. Cruzó la calle casi sin mirar, consiguiendo que un par de conductores le pitaran y le mentaran su madre. Caminó hasta el coche a paso ligero y se introdujo en él, cerrando la puerta con fuerza. Arrancó y se puso en marcha a más velocidad de la permitida. Durante el trayecto resopló un par de veces. Estaba demasiado harto de su trabajo. Siempre tenía una razón para cabrearse en ese lugar, ya fuera por los clientes, por las condiciones de trabajo, por sus jefes…, o por los compañeros. Ese día la causa de su mal humor había sido provocada por un compañero en especial, alguien que usualmente no trabajaba en su sucursal: Enrique Ramírez, el ex de Laura y nuevo novio de Irene.

Cuanto más lo pensaba, más se enfurecía. Enrique y él siempre se habían llevado bien. Nunca habían tenido ningún problema el uno con el otro. Y sin embargo, ese día se había pasado de listo.

Todo había comenzado cuando aquella mañana sus jefes le habían comunicado que algunos trabajadores de la sucursal más cercana irían a trabajar ese día con ellos por razones que ni siquiera había escuchado. Había pedido al cielo que entre aquellos trabajadores no estuviera Irene, pero al parecer Dios estaba demasiado ocupado atendiendo otros asuntos como para concederle ese pequeño favor. Y no solo eso; seguramente había sido muy malo en otra vida, porque el desastre venía con complemento. Enrique también trabajaría ese día allí.

«Qué maldita casualidad», había pensado entonces.

Aun así, había querido ser cordial, que traducido a su idioma particular significaba hacer como si no existieran. Así no habría problema alguno.

No sabía lo equivocado que estaba.

Todo había ido bien hasta la hora de comer. Había ido al restaurante más cercano, como siempre hacía, y al volver se había encontrado con una sorpresita. En su ausencia, Enrique había estado mandado correos mediante algún ordenador a los demás compañeros, criticándolo y describiéndolo como un mal trabajador. No sabía si lo había hecho a conciencia o porque era demasiado estúpido, pero también se lo había enviado a él.

Un coche le pitó por saltarse un ceda el paso. Iba demasiado rápido y lo sabía, pero la rabia le impedía levantar el pie del acelerador. Golpeó el volante, frustrado. Por culpa de ese imbécil lo habían suspendido durante un par de días. Después de ver el mensaje, se levantó de su asiento, se dirigió a él y le pidió que lo acompañara hasta un lugar en el que pudieran hablar a solas. La entrometida de Irene los siguió sin haber sido invitada.

Lo que le tengas que decir a él, nos lo puedes decir a los dos —había dicho con cierta chulería.

Héctor no la había mirado siquiera.

Muy inteligente mandarme ese mensaje también a mí —comentó, sarcástico, intentando adivinar por su expresión si lo había hecho adrede o solo había sido una equivocación.

Enrique tragó saliva, pero permaneció serio. Héctor lo supo entonces. Lo había hecho sin querer. Al pobre no parecía llegarle oxígeno al cerebro.

¿Qué mensaje? —intervino Irene. ¡Como si no lo supiera! Aun así, Héctor decidió seguirle el juego.

Mandó un mensaje a todos diciendo que soy un inútil y no sé cuántas cosas más.

Irene miró a su novio, y después a Héctor.

Eso no puede ser.

Enrique no se defendió. Héctor continuó:

Mira, no sé cuál es tu problema, pero será mejor que no vuelvas a intentar chingarme, porque iré a la supervisora y te reportaré con ella.

Enrique frunció el ceño. Sabía que no tenía argumentos con los que contraatacar.

No dije nada que no fuera cierto —se atrevió a insinuar.

Bueno, si soy malo o no en mi trabajo lo tendrán que decidir nuestros superiores. Tú no eres nadie para escribir lo que escribiste y mucho menos para mandárselo a todos y pretender dejarme en ridículo.

Enrique se puso colorado y miró al suelo, pero no estaba arrepentido, y mucho menos parecía tener intención de disculparse. Héctor mantuvo su mirada acusadora.

No quieres tenerme de enemigo. Te lo puedo asegurar. La próxima vez…

Déjalo ya, Héctor —le pidió Irene con cara de pocos amigos.

Tú cállate.

No le digas a mi chica que se calle —se adelantó Enrique, repentinamente hinchado de valentía.

Héctor no se echó atrás. Se dio cuenta de que toda la furia que desprendía Enrique había sido causada por su nueva novia. A saber qué le había contado de él…

Si lo que hiciste fue por ella —dijo, señalándola con el pulgar—, puedes estar tranquilo. No me interesa en lo más mínimo. Dejó de interesarme hace demasiado.

Enrique miró de soslayo a Irene. La joven se había puesto tensa y mortalmente seria, pálida y fría como un témpano de hielo. Se notaba que la habían afectado esas palabras. Su reacción no le gustaba.

¿Cómo puedo saberlo? —preguntó.

Sencillo: porque yo ya tengo a alguien. —Irene apretó los puños—. Y después de estar con ella no podría fijarme en nadie más. Y tu chica —no pudo resistir usar un tono provocador —no le llega ni a la suela de los zapatos.

De repente, Enrique le lanzó las manos al cuello y lo empujó hacia la pared más cercana. Irene profirió un grito de la impresión, y corrió a socorrer a Héctor.

¡Enrique, suéltalo! —chilló, echándole los brazos al cuello y tirando de él, pero su fuerza comparada con la del hombre era reducida. Entonces, salió corriendo a pedir ayuda. Héctor cerró el puño y lo golpeó en plena nariz. Se oyó un crujido. Enrique gruñó de dolor. Se llevó una mano a la sangrante nariz, dejando la otra en el cuello de Héctor. Entonces, este último consiguió quitárselo de encima y agarrarlo del pelo.

Justo en ese momento llegó una de sus jefas —una mujer severa a la par que amargada—, y lo pilló con las manos en la masa, agarrando a un pobre e indefenso trabajador cuya nariz chorreaba sangre. Al menos, eso es lo que vio ella.

Por suerte —y para sorpresa de todos—, Irene salió en su defensa. Le explicó el mensaje que Enrique había mandado a todos los compañeros (cuya prueba aún se hallaba en los ordenadores), la situación incómoda que se había creado entre ellos, y cómo su novio había intentado asfixiar a su ex, y este se había visto obligado a defenderse. Para la jefa todo quedó muy claro: era una disputa pasional provocada por un novio celoso. Por ello, había decidido no llamar a la policía —lo que fue un alivio para ambos—, pero como castigo los había suspendido a los dos; a Enrique por empezar la pelea, y a Héctor por romperle la nariz.

Héctor apretó la mandíbula.

Y para terminar el día, el mensaje de Natalia donde le decía que nunca tenía tiempo para ella. Sabía que lo que le había dicho estaba mal; que se sentía sola, al igual que él, pero tenía que comprender que era su trabajo. No estaba dejando de atenderla por mera diversión. Respiró hondo. Intentó relajarse, pero no pudo. En un día normal, no hubieran discutido. Él se hubiera marchado al baño, hubiera sacado el móvil y le habría pedido perdón por estar demasiado ocupado. Ella lo hubiera comprendido. Pero no; el mal humor había podido con él y le había hablado de mala manera. Tendría pelea la próxima vez que hablara con ella, y eso lo encorajó aún más. Todo había sido culpa de ese imbécil de Enrique. Había sido el estrés, la rabia…, el momento.

Por unos segundos, sus pensamientos le habían abstraído de la vida real. Se había olvidado que estaba conduciendo, que manejaba un coche a mucha velocidad. Volvió en sí con un bache. Se concentró de nuevo en la carretera, pero ya era tarde. Delante de sí había una curva. ¿Desde cuándo había ahí una curva? Dio un volantazo e intentó girar, pero el coche iba demasiado rápido.

Un gran estruendo, humo, olor a aceite quemado. Por suerte, hubo gente que escuchó el golpe.

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