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Contigo, nunca más

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V

Contigo, nunca más

1

Un mensaje en el móvil era lo que la había hecho correr a la hora de vestirse. «Nos vemos a las nueve en vez de a las nueve y media. Estas han quedado antes.»

«Estas han quedado antes… ¡Se les podía haber ocurrido a las siete, y no a las ocho y media!»

Todo aquel que la conociera sabía que necesitaba, mínimo, media hora para vestirse y al menos quince minutos para darse una ducha. Y si a eso se le sumaba el hecho de que vivía en una punta de la ciudad y tenía que caminar treinta minutos para llegar al centro, la cosa empeoraba. Pero claro, como todas las demás vivían en una zona céntrica… Así que, como solía decir, había tenido que «darse patadas en el culo» para ducharse, vestirse en el tiempo justo y salir corriendo hacia el punto de encuentro con su mejor amiga.

Cuando llegó al parque, Carmen aún no había llegado. Se apoyó contra una pared y cambió de canción. Un coche en el que iban montados tres chavales con la música a todo volumen pasó por delante de ella. El copiloto, un joven de unos veintipocos años, moreno y con cara de gamberro, le silbó.

¡Guapa!

Natalia lo miró de reojo sin prestar demasiada atención. Continuó tarareando la canción, como si no lo hubiera oído.

Levantó la vista cuando se dio cuenta de que Carmen se acercaba por la acera de enfrente. Llevaba el pelo liso, se había quitado las gafas y pintado los ojos. Los chicos del coche también le silbaron a ella. Carmen se quedó mirándolos, sorprendida. Una vez que pasaron de largo, cruzó el paso de peatones y se reunió con su mejor amiga.

¿Has visto eso?

Sí, a mí también me lo han hecho. Idiotas… Vámonos.

Hemos quedado a las nueve y media en la Plaza del rey.

Entonces vamos por la calle San Rafael. —Caminaron a lo largo de un parque conocido como la Glorieta y entraron en la mencionada calle—. Bueno, y ¿se puede saber a qué se debe este repentino cambio de hora?

Carmen sonrió y mostró una expresión de inocencia. Conocía a su amiga. Llevaban juntas siete años. A esas alturas, conocía cada gesto, cada expresión de su cara, cada tono de voz…, y estaba segura de que ese que había empleado anunciaba tempestad.

No lo sé. Me han llamado a última hora y me han dicho que habían quedado a las nueve y media porque Teresa se tenía que ir antes por no sé qué… Ni idea. Tú sabes que yo soy una mandada; solo informo.

¡Pues, menuda gracia! ¿Sabes lo que he tenido que correr para llegar a la hora? Debo tener el brazo lleno de cardenales. ¡Me he pegado unos porrazos de tanto correr de un lado para otro…!

Carmen soltó una escandalosa carcajada.

¡No hace gracia!

¿Entonces por qué estás sonriendo?

Natalia no podía aguantar la risa.

Mira, te voy a contar la odisea que he tenido que pasar hasta llegar aquí. —Se aclaró la garganta—. Estaba yo tan tranquila en mi sofá, con mi portátil, cuando de repente me llega un mensaje al móvil. ¡Que con la música tan escandalosa que tengo como tono, he pegado un bote…!

Carmen intentaba aguantar la risa, pero el comienzo del relato ya era demasiado bueno.

¡Que esa es otra! ¿Por qué me mandas un mensaje en vez de llamarme, tía perra? ¿Y si no llego a enterarme?

¡Pero, ¿cómo no vas a enterarte?! ¡Si acabas de decir que tienes una música que se oye a un kilómetro!

Bueno, calla, que continúo: Miro el mensaje. Lo leo tres veces, sin poder creérmelo. Miro el reloj de la pared: ¡Las ocho y media! —dijo, dando énfasis a la hora—. Vuelvo a mirar el mensaje… y al reloj. El mensaje, y el reloj —relata, fingiendo que mira un móvil invisible y a una pared que no hay—. «¡Joder, que no llego!» Salté del sofá, se me enredó un pie en el cable del ordenador y casi me caigo de boca. Voy corriendo a la cocina y enciendo el calentador. Ahora, el calentador que no se encendía —porque últimamente está tonto. Creo que vamos a tener que llamar para que lo reparen —, y yo ya con los nervios de punta. El calentador, que no se encendía, y ahora encima llega la gata pesada y empieza a maullar.

Tendría hambre, la pobre.

¿Qué va a tener hambre? ¡Si tenía el cuenco lleno de pienso! —Le hace un gesto para que no hable y sigue—. Espera, que no he acabado. Me meto en la ducha, con mi gorrito para no mojarme el pelo. Cuando salgo, el problema de siempre: «¿Qué me pongo?». Que si estos pantalones se me han quedado pequeños, que si la camiseta esta no conjunta con nada, que si las botas… Cuando por fin consigo encontrar algo que me gusta…, le encuentro una mancha al pantalón, que no sé de dónde narices ha salido. Total, que vuelta a empezar otra vez. ¡Si vieras cómo he dejado el cuarto…! Y viendo que llegaba tarde, he salido corriendo, me he encontrado con esa panda de tontos del culo —dijo, haciendo un gesto hacia atrás, como queriendo recordar a los chicos del coche azul—, y tú, para variar, has llegado tarde. ¡Siempre llegas tarde!

Es que quería maquillarme un poquito. ¡Nunca me maquillo! —se quejó con voz de niña.

¡Pues maquíllate diez minutos antes!

Es que me había quedado dormida en el sofá…

Vaga.

¡Habló!

Yo no soy vaga; vivo la vida con tranquilidad.

Las dos se echaron a reír y continuaron caminando así, divertidas, hablando de asuntos intrascendentes y otros más importantes.

Oye, ¿has traído la mercancía? —preguntó Natalia con aire sospechoso.

Maricarmen se descolgó el bolso, mirando hacia todos lados con los ojos entrecerrados, y le mostró el contenido.

Aquí la traigo. ¿Tienes el dinero?

¿Qué dinero? Si lo compramos juntas —replicó Natalia sin dejar el tono misterioso.

Es el impuesto por guardarlo en mi casa.

Pues te vas a comer un…

¡Eh!

Las dos volvieron a reír.

Las calles ya estaban decoradas con las coloridas luces navideñas. Las calles, atestadas de gente, daban vida a dicha festividad. Personas de todas clases y edades se precipitaban hacia las tiendas buscando el regalo idóneo para sus seres queridos.

A Natalia le encantaba la Navidad. Lo que más le gustaba, sin duda, era el momento en el que sus padres y amigos habrían los regalos que con tanto cariño había buscado para ellos. Desde el año pasado, además, tenía a alguien más a quien regalar: David. El año anterior, para cuando llegó el seis de enero, ellos apenas acababan de empezar a salir, y por ello no le había dado demasiadas vueltas y le había regalado un cojín con forma de huevo Kinder con la frase “Te quiero un huevo”. Cuando lo vio en el escaparate, le pareció el regalo perfecto. David y Natalia se habían conocido por una red social. Tenían una amiga en común, y él, después de ver su foto en el perfil de la chica, había decidido agregarla. Natalia, que nunca había aceptado en una red social a nadie que no conociera, esa noche decidió arriesgar.

Recordó por qué lo había hecho. Fue la temporada en la que estaba perdidamente enamorada de uno de sus mejores amigos, pero este, a pesar de sentir lo mismo por ella, nunca quiso intentarlo, y Natalia se sentía cada vez más hundida. Cuando vio que ese chico quería conocerla, en vez de cerrarse completamente, pensó que sería bueno hablar con alguien y animarse un poco. David resultó ser un chico muy agradable. Natalia sentía que una nueva ilusión crecía dentro de ella a pesar de no poder olvidar a su mejor amigo con tanta facilidad. Unas pocas semanas después, quedaron para ir al cine y conocerse en persona. Natalia el día anterior le había dicho que tenía antojo de chocolate Kinder. Para su sorpresa, ya estando sentados en el cine, David sacó un huevo Kinder de su chaqueta cuando no miraba y lo puso encima de las palomitas.

¡Despierta! —Carmen chasqueó los dedos delante de sus ojos—. ¿En qué estabas pensando?

Natalia suspiró profundamente.

En que tenemos que quedar para comprar los regalos de Navidad.

2

Así que al final tuviste que tragarte tus palabras —le había escrito Messías.

Sí, güey —reconoció Héctor—. Resultó ser buena chava. Hablamos mucho estos últimos días.

¿Y qué tal es?

Pues, es simpática y divertida. También inteligente, y además, está muy bonita.

¡Uyyyy, eso me suena a flechazo!

El joven mexicano suspiró.

No te voy a negar que algo se me pasó por la cabeza—reconoció—, pero no. Ella es bastante menor que yo y está muy lejos.

¿Cuánto menor? —preguntó Messías, curioso.

Once años —escribió Héctor.

Sus mejillas se habían vuelto rojas en un instante.

¡Hostias!

Sí, güey, pensé que era mayor por su forma de escribir, pero es una chavita. Apenas tiene 19 años. Sería una locura intentar algo con ella.

Se le revolvió el estómago en cuanto leyó lo que él mismo había escrito. Era como si no creyera en sus propias palabras.

Sería una locura, sí, pero aun así estás aquí, esperándola.

Héctor pasó la mano derecha por su pelo, despeinándolo con desesperación.

¿Y qué más puedo hacer? Hablar con ella es lo único que me alegra un poco el día.

¡Ohhh, qué romántico! Félix se nos ha enamorado —se burló Messías.

No mames, cabrón. Ya te dije que nada que ver.

Bueno, como tú digas. Pero yo aquí veo tema.

¿Tema? —preguntó Héctor, confundido.

Que vosotros dos terminaréis juntos.

¿Qué dices? Claro que no. Además, yo acabo de salir de una relación, y ya estoy suficientemente decepcionado.

Pero ella te está volviendo a ilusionar. ¿O no?

No sé… Puede ser…

Lo que yo te diga, amigo. Contra el amor no se puede luchar.

Ay, ya deja de chingar, cabrón.

¿Chingar? ¡Más quisiera yo! Mi novia me tiene a dos velas.

¿Y eso qué quiere decir?

Que últimamente no hay forma de llevarla a la cama. Por más que se lo digo, siempre busca alguna excusa —explicó Messías—. Después se queja cuando le digo que estoy harto de «hacerme yo mismo los trabajos».

Héctor se atragantó con el zumo que bebía directamente del cartón. Tosió un par de veces y volvió a la conversación, anonadado.

¿Pero acaso se lo dices?

Sí.

Eres un pendejo, güey. Esas cosas no se les dice a las mujeres. No les gusta. Es grosero.

Ah, ¿qué más da?

Héctor se encontraba cada vez más sorprendido. Ese chico era un dejado. No podía ni imaginarse la reacción que habría tenido Irene si alguna vez le hubiera dicho algo como aquello. Seguramente le habría mandado al sofá sin pensarlo dos veces.

Las mujeres cuentan todo; cada detalle. Seguro que ahora no está contigo porque se enojó. Dime, ¿por qué hoy no sales, si es sábado?

No seas paranoico —replicó Messías—. No hemos quedado porque he tenido un partido de fútbol esta tarde y estoy cansado.

Bueno, ten cuidado, amigo. A veces no queremos ver lo que va mal. Te lo digo por experiencia con Irene. Todo estaba horrible, pero yo estaba ciego.

No te preocupes. Todo va a la perfección. Mi chica me quiere tal como soy.

Exhaló un suspiro. Él nunca podría haber pronunciado esa frase. Irene siempre tenía algo que reclamarle. Nunca le había querido tal y como era.

«Pues, qué suertudo, amigo.»

3

¡Felicidades, Rocío!

Rocío y Teresa ya estaban esperando delante del Ayuntamiento cuando Natalia y Carmen llegaron. Se saludaron con dos besos e intercambiaron los típicos halagos que se hacen cuando te arreglas más de lo normal.

¿Todavía no han llegado América y Marina?

No. Habían quedado para venir juntas, pero para variar, llegan tarde —contestó Teresa.

Bueno, y ¿adónde vamos a ir? —quiso saber Natalia.

He reservado mesa en el restaurante Flavio. ¿Tenéis hambre? —anunció Rocío.

Un poco —respondió Carmen.

Yo, sí, y bastante —dijo Natalia.

¿Tú cuándo no tienes hambre?

Solo cuando tú no estás delante. —Y con esta respuesta, fingió arañarla en el brazo con una mueca de deseo.

Uy, ¡cómo viene esta! —exclamó Teresa, soltando una carcajada.

¡Pues, como siempre!

Es que Carmen es mi amante —explicó Natalia, agarrándola del brazo. Acto seguido, colocó el dedo índice sobre sus labios—. Pero esto es un secreto. Que no se entere David.

Entre bromas y risas llegaron Marina y América a ritmo apurado y con gesto arrepentido.

¡Perdón! —exclamó Marina desde lejos.

¿Qué estabais haciendo?

La señora —contestó América, señalando a Marina—, que antes de salir se ha puesto a buscar a sus tres gatos por toda la casa. ¡Y mira que es grande!

¿Para qué te has puesto a buscar a los gatos? —preguntó Natalia.

¿Tienes tres gatos? —se sorprendió Teresa.

Sí —respondió Marina a esto, y se volvió hacia Natalia—. Es que no encontrábamos a uno de mis gatos, y me daba miedo que se hubiese escapado. Pero nada, al final estaba encima de mi armario.

Pues si tienes que ponerte a buscar a los tres gatos cada vez que sales de casa, no llegarás puntual en la vida.

No, solo ha sido esta vez, de verdad.

Lo que sea. Bueno, ¿nos vamos? ¡Me muero de hambre! —exclamó la chica.

Venga, que tengo hecha la reserva para las diez.

Cuando llegaron al restaurante Flavio, algunas familias, parejas y grupos de amigos ya llenaban las mesas de la planta baja. La camarera las guio hasta una mesa redonda reservada para ellas. Les tomó nota de las bebidas y se apresuró a servirlas.

Podemos pedir una pizza para las dos —sugirió Carmen.

Sí, mejor, que la economía no está para muchos gastos —contestó Natalia.

Poco después, volvió la misma camarera con las bebidas y las cartas, y una vez que hubieron pedido las pizzas, llegó la hora de los regalos.

Saca la «mercancía» —le dijo Natalia a Carmen.

La «mercancía» consistía en un peluche y una colonia que habían comprado a medias. Marina le regaló un marco de fotos, y América, un pañuelo de tonos azules.

Con el paso de los minutos, las risas de las seis chicas y su tono de voz subían de volumen. Cada una de ellas pugnaba por hacerse oír entre el barullo que ellas mismas estaban formando.

¡Bajad la voz, que nos van a llamar la atención! —exclamó Natalia, pero no sirvió de nada.

Instantes después, volvían a alzar la voz. La camarera que las había atendido no tardó en llegar con cierta molestia en la cara.

Por favor, ¿podéis bajar el volumen? Estáis molestando a los demás clientes. Gracias.

Os dije que nos echarían la bronca —dijo Natalia en cuanto se hubo ido la muchacha.

¡Bah, esa es una malfollada! —exclamó América.

No—la contradijo Natalia en tono de sermón—, es que estáis armando mucho follón.

Minutos después, se habían olvidado de la camarera que les había cortado la diversión y volvían a la carga con otros temas, esta vez intentando moderar el volumen para que no volviera a repetirse la incómoda situación.

¿Os parece bien si después vamos al pub nuevo que han abierto en la Calle Real? —sugirió Rocío.

¡Sí! ¡Vamos a por unos chupitos! —exclamó América, bastante animada.

Y tenemos que hablar de qué vamos a hacer en fin de año —recordó Natalia, dando el último mordisco a su primer trozo de pizza.

Ah, sí, eso os iba a comentar. Me han dicho que el cotillón de La leyenda, en Cádiz, está genial y es barato. Podríamos ir allí —propuso Rocío.

¿Cuánto es «barato»? —preguntó Natalia, asustada.

Me dijeron que unos veinticinco euros.

¡Ah, pues está muy bien! —opinó Carmen.

Marina y América permanecieron calladas, como si el tema que habían propuesto fuera algo incómodo para ambas.

Yo voy a ir con Raúl y sus amigos. Podemos vernos allí —intervino Teresa.

¡Perfecto! —Natalia se dirigió a las dos únicas que no habían hablado—. ¿Vosotras qué opináis?

Marina miró un segundo a América. Fue un instante casi imperceptible que nadie captó, y luego habló con tristeza.

Lo siento mucho, pero yo no voy a ir. Este año no me apetecen fiestas.

¿Qué? —exclamó Natalia, repentinamente desilusionada—. Pero, ¿por qué? Lo guay es que estemos todas juntas.

Ya lo sé, pero es que tampoco tengo demasiado dinero.

¿Y tú? —le preguntó Carmen a América.

Esta se encogió de hombros.

No lo sé. Ya veremos.

Más tarde, cuando habían terminado de pagar la cuenta y se dirigían al pub por la calle Real, América se acercó a Natalia.

Tengo que contarte algo.

La agarró del brazo y dejó que las demás siguieran adelante para quedarse ellas algo rezagadas y poder hablar con tranquilidad. Entre el barullo de la gente yendo y viniendo, los villancicos que sonaban en las calles y la alegría que desprendía el ambiente navideño, ninguna de las chicas se dio cuenta de que a sus espaldas un aire sombrío envolvía a dos de sus amigas.

No sé si quiero ir a la fiesta.

¿Por qué?

Porque estará Daniel.

¿Daniel? ¿Tu ex, con el que estuviste más de dos años?

Sí. Me he enterado de que irá con sus amigos a ese cotillón.

¿Y qué pasa? —preguntó Natalia, restándole importancia—. Tú estás con nosotras. No tienes ni por qué saludarle.

Hay algo que no te he contado —confesó. Su actitud lúgubre empezaba a asustar a Natalia—. Bueno, que no le he contado a nadie.

¿El qué? —se atrevió a preguntar.

La razón por la que dejé a Daniel.

Natalia presintió que lo que se avecinaba no era nada bueno. América caminaba cabizbaja, con una mueca de tristeza en el rostro y un tono de voz apenas audible.

¿Qué ocurrió?

Mi padre tuvo que ponerle una orden de alejamiento.

¿Cómo? —preguntó, patidifusa.

Estábamos con los exámenes de segundo de bachillerato. Yo estaba muy agobiada y no me dejaba en paz. —Hizo una pausa, cogiendo fuerzas para lo que venía. Respiró hondo y lo soltó de golpe—. Él me forzó, me hizo daño. Daniel me violó, Naty.

4

¿Eso te dijo?

Sí, un momento.

Sandra, la madre de Natalia acababa de entrar en el salón, donde su hija había estado largo rato hablando por teléfono tirada en el sofá. Natalia permaneció callada hasta que vio a su madre entrar en la cocina, pero seguía sin fiarse. Estaba segura de que pondría la oreja disimuladamente. Se levantó del sofá, llevándose consigo la manta en la que se encontraba envuelta, y caminó hasta su cuarto, cerrando la puerta para asegurar total discreción.

Perdona, estaba mi madre delante. —Se tumbó en la cama, enrollándose en la manta—. Pues eso, me dijo que su ex la había violado y que le daba miedo ir al cotillón.

Carmen se sentía recelosa.

A mí me contó hace tiempo que un chico la había violado, pero que era un profesor particular que tenía o algo así.

Tal vez le avergonzaba confesar que había sido su propio novio.

Ni idea, pero la verdad es que no sé si creérmelo.

Natalia se mostraba algo más ingenua.

No sé, no creo que mienta en algo tan grave, ¿no? Pero, por otra parte, Daniel no parece de esa clase de chicos.

¿Recuerdas lo que nos dijo en 2º de Bachiller?

Sí, lo de que le habían diagnosticado leucemia. ¿Cómo no me voy a acordar, si me harté de llorar?

Durante muchísimo tiempo no había podido quitárselo de la cabeza. Ese día, América les había pedido que la acompañaran a un lugar apartado del patio del Instituto. Tenía un semblante serio que presagiaba malas noticias. Al principio intentó que ellas lo adivinaran, diciendo que le habían hecho unas pruebas médicas. Finalmente, fue Natalia la que pronunció la palabra temida. América había sonreído amargamente. Le costaba que las palabras salieran de su boca. Carmen se quedó de piedra, pero Natalia se echó a llorar. Cuando América vio el rostro bañado en lágrimas de su mejor amiga, la abrazó con fuerza. Fue uno de los momentos más angustiosos de su vida.

Sin embargo, dos años más tarde, todavía no sabían nada nuevo de su supuesta enfermedad. En ningún momento les había comunicado que estuviera siguiendo un tratamiento, su aspecto parecía saludable y no conseguían notar ningún cambio en ella. Les costaba creer que una leucemia se hubiese curado de la noche a la mañana, pero tenían la valentía de preguntarle.

Han pasado dos años y no se le ve ningún cambio. Tampoco ha vuelto a sacarnos el tema.

Natalia suspiró profundamente. Todo era tan extraño y confuso.

De verdad, no sé qué pensar.

Yo de América no me creo casi nada.

Bueno, hagamos como que no pasa nada. Dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Si todo lo que está contando es mentira, se acabará sabiendo.

Sí, solo nos queda esperar.

Ajá… Por cierto, el lunes vamos a ir a comprar las entradas para el cotillón.

¿América va? —preguntó Carmen.

Sí, se dejó convencer fácilmente.

¿Ves? —saltó—. Si tanto miedo le diera ir, no se dejaría convencer por más que le dijeras.

Ya…

¿Y Marina?

Ella dice que no va. Parecía muy decidida.

¿No la notaste rara ayer? Creo que debe de pasarle algo y no nos lo quiere contar. Tal vez tenga problemas con la familia. Ella siempre tiene ganas de fiesta.

Sí —corroboró Natalia—, parecía triste. Vamos a tener que investigar. Demasiados misterios nos acechan.

Ambas rieron, pero ciertamente se convencieron de que debían llegar al final del asunto. Algo extraño estaba ocurriendo en su grupo y tenían que averiguar el qué.

Tengo que irme —informó Carmen—. Mi tía se va de compras navideñas y tengo que quedarme de niñera con mis tres primos.

Sí, yo también tengo que irme. Tengo que ir preparándome, que a las nueve nos vamos a casa de mis tíos a celebrar la Noche buena. ¿Te parece bien si vamos el lunes a por las entradas tempranito y después nos vamos a comprar los regalos de Navidad?

Perfecto.

Bien, pues el lunes hablamos sobre la hora, ¿vale?

Venga. ¡Adiós!

5

Héctor terminó de prepararse para ir a casa de su madre a comer con ella y con sus hermanos. La comida de Navidad consistía en un recalentado de la cena de Nochebuena. Su madre solía preparar tortas rellenas de pavo —que había sobrado la noche anterior— y verduras. Se le hacía la boca agua nada más pensarlo.

Salió de su casa con una bolsa de regalos en una mano y la llave del coche en la otra. El coche estaba aparcado donde siempre, frente a su casa. Todo normal hasta que la vio a ella. Una mujer de piel bronceada y pelo negro esperaba apoyada en la puerta de su coche. Héctor frunció el ceño. Hacía tiempo que no la veía, y hubiera preferido que siguiera así.

Hola, Héctor. Feliz Navidad.

Hola —dijo él, cortante, caminando hasta el coche y abriendo la puerta trasera para dejar los regalos. Después, pasó por delante de ella y se dirigió al asiento del conductor.

¿Cómo estás?

Después de todo lo que le había hecho, de tantas humillaciones y desprecios, de haberlo dado todo por ella y que lo despreciara como si no valiera nada, de que le hiciera sentir pequeño e inútil, todavía se atrevía a preguntarle cómo estaba.

«Horrible, y todo por tu culpa. ¿Por qué tuviste que volver? ¿Por qué siempre tienes que andar chingando?»

De maravilla. ¿A qué viniste?

Irene ignoró su pregunta y su expresión mostró falsa tristeza.

¿Aún me guardas rencor? ¿Me odias, Héctor?

El joven lo pensó durante unos instantes. Buscaba herirla con sus palabras, como ella lo había herido a él en tantísimas ocasiones. ¿Odiarla? Tal vez no, pero no quería ni verla.

Para odiarte tendría que sentir algo por ti. Lo único que me produces es indiferencia.

Su respuesta pareció molestarla, pero dudaba mucho que la hubiera herido. Irene frunció el ceño y se cruzó de brazos.

¿Indiferencia? ¿Después de cuatro años juntos?

Lo dices como si no hubiera sido el infierno.

¿Eso fue para ti?

Héctor rio, incrédulo.

Cómo puede ser que todavía lo preguntes.

Abrió la puerta del conductor, dispuesto a acabar de una vez con esa conversación que no llevaba a nada, pero Irene volvió a cerrarla, y de nuevo con una expresión triste, se acercó a él, intentando abrazarlo. Héctor dio un paso atrás y se quitó sus brazos de encima.

¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero que me toques?

Héctor, es Navidad —dijo con voz lastimera—. Pensé que podríamos volver a intentarlo.

Pues pensaste mal. Contigo, nunca más.

Y entró en el coche. Metió la llave y arrancó. Antes de irse bajó la ventanilla.

El divorcio seguirá en marcha —sentenció, para luego apretar el acelerador, dejando a Irene sola y sumergida en un mar de pensamientos marchitos.

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