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Camarero, un Orgasmo

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XV

Camarero, un Orgasmo

1

Habían llegado temprano al pub H2o para coger un buen sitio. Una conocida canción de los Beatles sonaba en la estancia, haciendo competencia a las voces de los allí presentes. Rápidamente, Carmen y Natalia corrieron a acomodarse en uno de los sofás del pub, dejando a sus amigas las incómodas banquetas. Teresa, América, Marina y Rocío se dispusieron alrededor de la pequeña mesa que había en el centro.

¿Pedimos una ruleta? —propuso Rocío.

¿Cuántos chupitos trae? —preguntó Carmen.

Dieciséis. Tocamos a dos cada una y sobran 4 para quien los quiera.

¡Sí, ronda de chupitos! —exclamó América, animada.

Marina trajo tres cartas y las repartió por cada dos. Una para Carmen y Natalia, otra para Teresa y Rocío, y la última la compartió con América. Las chicas repasaron la lista con atención.

Podemos pedir alguno de piruleta —sugirió Natalia.

¡Ese está muy visto! —la contradijo América—. ¡Mejor uno de tequila!

Natalia continuó revisando el listado, en busca de algo de color vistoso y sabor dulce.

Uno de los nombres le llamó la atención. Sus ojos se abrieron como platos y lo señaló con el dedo para que Carmen lo viera.

¡Hay un chupito que se llama Orgasmo! —exclamó.

¿Dónde? —preguntaron todas a la vez.

El undécimo: granadina, baileys y licor de manzana. ¡Pues, tiene que estar bueno!

¿Pedimos uno para cada una?

¡Venga!

Rocío sacó su móvil y empezó a apuntar con la velocidad de una veterana en mensajes de texto.

Vale, 6 Orgasmos.

América empezó a reír.

¿Os lo imagináis? ¡Camarero, un orgasmo! —exclamó, y se echó a reír de nuevo.

Carmen y Natalia se miraron. Siempre tenía que ser el centro de atención. Aun así, Marina le rio la gracia mientras las demás seguían buscando entre la lista de chupitos.

Podemos probar el King-Kong —dijo Natalia—. Licor de plátano y Malibú.

¡Ese es flojísimo! —volvió a quejarse América.

Sabes que a mí no me gustan los sabores fuertes.

Vale, pues dos King-Kong —apuntó Rocío.

¡Y de piruleta! —añadió la chica.

Vale, dos más de piruleta.

Pide uno de tequila —insistió América—. A ver a quién le toca.

Y Rocío volvió a apuntar.

Y dos Pitufos —pidió Teresa—: Blue Topic, Martini y nata.

Vale, quedan tres.

Y dos de Chupa-Chups: Amaretto y Granadina —leyó Marina.

¿Y el último?

Un Infierno—sugirió Carmen—. Licor de melocotón, licor de fresa y zumo de limón.

Rocío cerró la lista con el último chupito, pidió el dinero correspondiente a cada una y se dirigió a la barra, acompañada por Teresa.

Mientras estas últimas pedían, Carmen y Natalia se dedicaron a observar a América, que no paraba de hacerse fotos con Marina, profesándole numerosas muestras de afecto como abrazos o besos en las mejillas. Las chicas no podían creer lo falsa que podía llegar a ser su amiga. La semana pasada se había pasado la noche criticándola, y una semana más tarde se comportaba como su hermana. América posó su cara sobre la de Marina y apretó el disparador de la cámara. Miró su obra maestra e hizo un gesto de exagerada dulzura.

Esta la pondré de principal en mi Facebook.

Natalia y Carmen no pudieron aguantar más y estallaron en carcajadas. América y Marina se volvieron hacia ellas. Las chicas se agarraban la barriga de la risa y casi lloraban.

¿Qué os pasa? —preguntó Marina, intentando no contagiarse con su risa.

Nada —dijo Natalia con la voz entrecortada—. Que le he… le he contado un chiste… buenísimo.

Y continuaron carcajeándose.

Marina sonrió. América frunció el ceño. Rocío y Teresa regresaron con la ruleta de chupitos de colores y cuatro vasos de agua. Las chicas se prepararon para el juego. Rocío repartió los seis chupitos de color rojo.

Estos son los famosos Orgasmos —dijo, soltando una risilla.

Cada una cogió el suyo, y a la cuenta de tres se los bebieron de un tirón. Tenía buen sabor y casi no picaba en la garganta. Después, comenzaron a jugar a la ruleta con los diez restantes. La primera en lanzar la bolita fue América. La ruleta dio vueltas y vueltas hasta que la bolita se paró en el número 4 rojo.

¡El Pitufo! —anunció Marina, entregándole el correspondiente vasito, lleno de un líquido de color azul que América se tragó en menos de dos segundos.

El juego continuó. A Marina le tocó uno de piruleta; a Teresa, el King-Kong; el segundo de piruleta fue para Rocío; Carmen probó el de Chupa-Chups; y a Natalia le tocó el Infierno.

Solo quedaban cuatro chupitos. Natalia renunció a su tercero y dejó que las demás disfrutaran de los que quedaban. Carmen, que al igual que Natalia no bebía demasiado, también prefirió ceder el suyo a alguna de sus amigas. América dio vueltas a la ruleta y la bolita cayó en el 6 negro.

¡El de tequila! —exclamó Marina, entregándole el vasito.

Sin dudarlo ni un segundo, cogió el vasito y se lo tragó de un tirón. Las demás la vitorearon. En el pub, los presentes se giraron para ver por qué el grupo de amigas montaban tanto follón. Marina volvió a preguntar a Natalia si realmente no quería otro chupito, y su respuesta fue la misma. América, intentando poner el punto cómico y recuperar la atención, exclamó en voz elevada:

¡Venga, no seas mojigata! ¡Después te vas con el panchito y le pides otro «orgasmo»!

Y comenzó a reír otra vez. Pero Natalia no reía. Se había quedado de piedra. América sabía que no quería hacer pública su relación con Héctor hasta que no lo conociera en persona y se cerciorara de que todo era real, pero había preferido hacerse la graciosa y dejarla en evidencia delante de las demás.

¡¿Qué panchito?! —preguntaron todas al unísono.

2

¡Qué fuerte! —exclamó Teresa—. ¡O sea, que te echas un novio mexicano, escritor y mayor que tú y no nos lo cuentas!

Teresa se cruzó de brazos, fingiendo indignación; Marina seguía con la boca abierta después de un rato; Rocío la miraba, emocionada por la historia que acababa de contar; Carmen solo sonreía; y América, como siempre, sostenía su semblante serio.

¿Por qué a mí no me pasan estas cosas? —se preguntó Rocío en voz alta, quejosa.

¡Pero si tú ya tienes novio! —exclamó Carmen.

Yo todavía estoy alucinando… —murmuraba Marina.

Y ¿dices que el sábado que viene os vais a conocer?

Sí, el sábado por la mañana a las 12.30 llega a la estación de Cádiz.

Teresa se lanzó al sofá e intentó aplastarla bajo su peso.

Y ¡¿por qué no nos lo contaste?!

Quería mantenerlo en secreto hasta conocerle en persona —explicó, intentando que la frase fuera en parte un reproche para que América se sintiera mal, pero ni eso pudo hacer que la diva agachara la cabeza. Marina sonreía, pero aún no podía creerlo.

Dios, es una locura —dijo, aunque no para desalentarla. Su magnífica sonrisa estaba llena de apoyo.

Natalia se encogió de hombros, sonrojada.

Ya…

L’amour… —dijo Carmen con un exagerado acento francés.

¿Amor? Eso no existe —intervino por fin América, después de permanecer un rato callada.

«Ya estaba tardando… », pensaron Natalia y Carmen. América cogió la Coronita que se había pedido hacía unos minutos y bebió de ella.

¡Pues que tú digas eso teniendo novio…! —saltó Natalia, cada vez más irritada por los odiosos comentarios de su amiga.

¿Y? Eso no quiere decir que esté enamorada de él.

¿No estás enamorada de él? —le preguntó Rocío.

América negó con la cabeza.

¿Entonces por qué estáis juntos?

Porque me gusta la vida en pareja y necesito sexo. En definitiva, no puedo vivir sin un hombre a mi lado.

Las chicas la miraron, incapaces de digerir lo que acababa de decir. ¿No podía vivir sin un hombre? ¿Qué clase de estupidez era esa?

Por eso no entiendo cómo podrás aguantar teniéndolo tan lejos —le dijo directamente a Natalia, quien apretó los puños y se mordió la lengua para no decirle lo gilipollas que era.

Pues porque el sexo no lo es todo —replicó Carmen, acudiendo a la salvación de su mejor amiga—. Hay gente que sí tiene sentimientos.

Y con esta frase, América se puso roja de rabia y pegó otro buche a su Coronita, encogiéndose de hombros y fingiendo que su respuesta no le había importado lo más mínimo. Ya no volvió a hablar en toda la noche. Carmen le había lanzado una clara invitación a callarse, y, por una vez, eso es lo que haría.

3

Ya casi había terminado de hacer las compras para su viaje a España. Estaba todo listo. Un par de pantalones, sudaderas y un chaquetón que le protegería del gélido clima que asolaba España por esa época. No podía sentirse mejor. Al día siguiente cogería un avión que le llevaría a México D.F. y después, otro con destino Madrid. Estaba emocionado e impaciente. Solo le faltaba comprar una bufanda y podrían irse. Cenarían todos juntos en casa de su madre. Habían invitado también a Francisco Ruíz, que tendría la amabilidad de acompañarlos al aeropuerto al día siguiente.

Esther paró junto al escaparate de una tienda de zapatos. Había visto unos a buen precio para Sol. Le pidió a Héctor que esperara un momento y se adentró en la zapatería. Héctor se apoyó contra la pared sujetando todas las bolsas. Un suave pitido le indicó que alguien le hablaba por la Blackberry. Sacó el móvil y abrió el Messenger. Era Natalia.

¡Hola, cariño!

Hola ¿Cómo estás?

Bien. ¿Dónde andas?

Estoy haciendo las últimas compras —contestó—. Conseguí una chamarra a muy buen precio.

Tendrás que abrigarte bien cuando estés aquí.

Por supuesto.

Oye, cariño, ¿alguien ve lo que escribes?

Héctor contrajo su cara en una mueca confundida. Miró a su alrededor y tecleó con la mano que le quedaba libre.

No, ¿por qué?

Quiero decirte algo, pero nadie puede leerlo.

Héctor se aseguró de que su madre continuara en la tienda. La vio a través del escaparate intentando decidirse entre dos modelos diferentes.

Nadie lo lee.

Vale, pues… Héctor…, ¡quiero un orgasmo!

A Héctor casi se le caen todas las bolsas cuando leyó lo que su chica había escrito. ¿Acaso su mente le había jugado una mala pasada? ¿Habría leído mal? Pasó su mirada de nuevo por las palabras que había dejado Natalia, examinándolas letra por letra, y tragó saliva. No había leído mal, era exactamente lo que ponía. Enrojeció al instante, y su corazón se aceleró. Reflexionó un momento, y se acordó de que la joven le había dicho que iría con sus amigas a tomar algo.

Mi vida, ¿tomaste demasiado?

Y Natalia comenzó a carcajearse. Solo había querido hacer una pequeña prueba para asegurarse de que Héctor era el caballero que decía ser, y sin lugar a dudas, lo era, pues otro en su lugar se habría lanzado a decir guarradas, pero él se había mantenido recto.

No, cariño, solo era una broma —rio—. Es que hemos estado bebiendo chupitos, y uno de ellos se llamaba “Orgasmo”. Me ha hecho mucha gracia.

Héctor suspiró, aún con el corazón sobresaltado. Ya sabía que había algo extraño.

Así que sí tomaste.

Solo un par de chupitos, pero casi no tenían alcohol. No estoy borracha, si es lo que piensas.

Y volvió a reír, esta vez acompañada por Héctor.

Esther llegó de la tienda con una bolsa. Por fin había conseguido decidirse por el modelo de color azul. Cuando llegó hasta Héctor, lo miró, extrañada.

¿Mijo, por qué estás todo colorado?

4

El camarero llegó con los cafés y los chocolates. Apenas eran las seis de la mañana, pero Héctor ya había facturado sus maletas y tenía el billete en la mano para entrar en el avión hacia México D.F. que saldría a las ocho de la mañana. Por fin había llegado el día en el que cruzaría el Atlántico para hacer realidad su sueño. Había costado diez años de duro trabajo, pero finalmente había llegado la recompensa.

Asegúrate de Informarnos de todos los avances una vez que estés en Madrid —le pedía Francisco.

Sí, no se preocupe, doc. Le mantendré al tanto de todo.

Héctor bebió de su café y observó a su familia, que no le quitaba ojo. Se les veía a todos muy emocionados por su viaje. Su madre se sentía más orgullosa de él que nunca.

¿Estás nervioso, hermano? —preguntó Abraham.

En absoluto. Estoy muy emocionado.

Era su primer viaje trasatlántico. No podía esperar a subirse al avión y partir hacia la capital para tomar el que lo llevaría hasta Madrid.

Haz muchas fotos y ve a la Puerta de Alcalá —le pidió Sol.

Su madre, sentada al lado de él, le tomó la mano con firmeza.

Estoy muy orgullosa de ti, mijo. Sé que todo saldrá bien.

Héctor abrazó fuerte a la mujer que más quería en el mundo, la que siempre lo había ayudado a salir adelante. Ya se lo había dicho en la noche de fin de año: ese nuevo año vendría cargado de cosas buenas para él. Todo iría mejor a partir de entonces. Su madre había pedido mucho a Dios para que así fuera, y al parecer había sido escuchada.

Gracias por todo, mamá —le dijo al oído.

Supongo que irán a recogerte al aeropuerto, ¿verdad? —preguntó Francisco.

Sí, por supuesto. Mi editora dijo que me esperaría en la salida.

Avísanos cuando llegues, sea la hora que sea —le pidió Esther, depositando un beso en su mejilla.

Poco después, Héctor se despidió de su familia y de Francisco, que se podía decir que era parte de ella, y se adentró en el punto de partida de su gran viaje. Ya en el avión, le mandó un mensaje a Natalia que rezaba:

«Ya voy para allá, mi amor. Llegaré a España mañana por la mañana. Te amo.»

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