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Rizos oscuros

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Cuando era niño, pasaba cada mañana por delante del “castillo encantado” que había de camino al colegio y me quedaba observándolo expectante hasta casi perder la noción del tiempo. Tenía la ilusión de que ocurriera algo paranormal delante de mis ojos que pudiera contar a mis amigos en el recreo.

Mi madre era escritora, y cada noche me contaba historias maravillosas a la hora de dormir. En varias ocasiones, me habló de la leyenda de ese lugar que llevaba años deshabitado. Se decía que había sido el hogar de una familia de nobles que habían luchado con valentía en numerosas conquistas, pero ese mismo arrojo les había acarreado muchos problemas tales como hacerse con un número mayor de enemigos que de amigos. Los dueños del castillo tenían un único hijo que correteaba feliz por los campos que rodeaban las altas paredes de piedra. Su padre siempre le decía que esas tierras algún día le pertenecerían y podría hacer con ellas lo que se le antojase, y el chico soñaba con Dios sabía qué ambiciones. Pero una noche, se inició un terrible incendio en el castillo que se llevó la vida del niño y de su madre, junto con la sonrisa del padre. Aunque se dijo que había sido un accidente, los rumores de que había sido un atentado contra la familia se iban extendiendo. La leyenda cuenta que el padre enterró los restos de su amada familia en un gran horno de piedra que llevaba generaciones sin ser utilizado, y luego, incapaz de soportar la pena, se suicidó.

–La gente dice que a veces se escucha la voz de un niño, su risa… –me había dicho mi madre la noche antes de que mi curiosidad me llevara a colarme en aquellas tierras como un vulgar ladrón.

Estaba atardeciendo y apenas pasaba gente por aquel camino. Me pareció el momento idóneo, ya que de noche no me hubiera atrevido, y de día era demasiado arriesgado. Para alguien tan inquieto como yo, la muralla que me separaba de la aventura de mi vida no supuso un gran obstáculo. Me pasaba el día subiendo a los árboles para coger la fruta que encontraba en ellos o para observar a los pájaros en sus nidos.

La primera impresión que tuve del lugar fue francamente decepcionante: después de tantos años, el campo estaba desolado. Solo malas hierbas crecían en aquel terreno que en otra época debía haber sido deslumbrante. Caminé hacia el castillo, esperando hallar una forma de entrar en él y descubrir los misterios que guardaría en su interior. Había una entrada principal cerrada con llave, lo que no me sorprendió, y algunas puertas más repartidas alrededor del castillo, pero ninguna estaba abierta. Las ventanas tenían tanto polvo que apenas se podía ver el interior por ellas, y descubrí alguna rota, pero con peligrosos cristales que amenazaban con rasgarme la piel si me atrevía a entrar. Era como una amenaza silenciosa.

–Oye, tú. –Respingué y me di la vuelta de un salto. Un chico algo más alto que yo, de rizos negros, me miraba con curiosidad–. ¿Cómo has entrado?

Tragué saliva y sentí cómo la sangre se me agolpaba en las mejillas.

–Lo siento –me disculpé con nerviosismo, mirando hacia todos lados, preocupado por si aparecía alguien de mayor edad que traería consigo mayores consecuencias–. No sabía que aquí viviera nadie. ¿En tu casa?

El chico asintió. No parecía demasiado ofendido por el allanamiento a su propiedad. Aunque, pensándolo detenidamente, a esa edad ninguno de los dos sabríamos que significaban aquellos términos.

–¿Quieres jugar? –me preguntó sin más unos segundos después.

Éramos niños y estábamos solos. No necesitábamos mucho más para tratarnos como si nos conociéramos de toda la vida. Es la dulce inocencia aquella falta de maldad con la que agarras la mano del prójimo sin juzgarle. Desgraciadamente, a medida que crecemos aprendemos a mirar por el hombro, a desconfiar del vecino y a sonreír con hipocresía.

Me llevó a sus lugares favoritos y me contó secretos de ellos, cosas que mamá jamás había mencionado en sus historias. Escuchando sus palabras, aquel paraje desolador empezó a convertirse a mi vista en un lugar lleno de verde naturaleza, con estanques y flores que aromatizaban el ambiente. El castillo había dejado de ser una ruina de puertas cerradas para transformarse en un lugar lleno de luz y vida donde los sueños se hacían realidad.

Cuando nos acercamos a la entrada principal, estuve a punto de advertirle que estaba cerrada a cal y canto, pero el chico dio un pequeño tirón y la abrió sin esfuerzo. Pensé, por lo que había visto por la ventana rota, que el interior estaría lleno de polvo y oscuro. Me equivocaba. Las habitaciones eran grandes y luminosas, y mantenían la majestuosidad de tiempos pasados. Me quedé embobado mirando lo que parecía el escudo de la familia colocado en una gran pared: un fondo rojo albergaba tres ollas de reluciente oro.

Aquel niño me agarró de la mano, llevándome por los pasillos casi a rastras y guiándome por las distintas estancias que aquel palacio. Me mostró su habitación y me obsequió con uno de los muchos libros que tenía en una estantería. Ya con el regalo a salvo entre los brazos, lo seguí hasta la bodega. Paseé la mirada por aquellos barriles amontonados en varias filas con curiosidad.

–A mi padre le encantan los vinos –me explicó–. Los manda traer de todas partes. No importa el dinero que cuesten; ante todo tiene que ser un buen vino –dijo, imitando una voz madura. Ambos reímos–. Cuando sea mayor, no tendrá que traerlos de ninguna parte.

–¿Por qué?

–Porque los haré yo mismo. Aquí –especificó con entusiasmo abriendo los brazos para abarcar imaginariamente toda la finca–. Haré los mejores vinos del mundo. Todo el mundo los querrá. Y mi padre será mi mejor cliente. No tendrá que buscarlos fuera, porque los tendrá aquí mismo. Y… –clavó sus ojos en mí –necesitaré a alguien que me eche una mano. Yo solo no puedo. ¿Me ayudarás?

–¡Claro que sí! –respondí sin pensarlo, contagiado de sus ganas y sin darme cuenta, enamorado de sus grandes expectativas.

Finalmente, me llevó de nuevo fuera de su casa. Estaba oscureciendo, y la verdad es que agradecí estar acompañado. El niño me guio una vez más por los campos hasta un lugar del que sí había oído hablar: el horno de piedra.

–Este es uno de mis lugares favoritos –comentó el chico, y su voz sonó extrañamente lejana.

–¿Por qué?

Él se encogió de hombros con una sonrisa.

–No lo sé. Siempre me ha gustado. Supongo que porque mi padre ayudó a construirlo.

La leyenda que me había contado mi madre me vino rápidamente a la cabeza y estuve a punto de soltarlo, pero pensé que después de saber la historia que se cernía sobre aquel sitio, ese chico no volvería a dormir por las noches, y preferí callarme.

El sol terminó de ocultarse y decidí que era hora de volver a casa. Me volví para despedirme de mi nuevo amigo, pero él ya no estaba allí. Quise llamarle por su nombre, pero me di cuenta de que no lo sabía. Yo tampoco le había dicho el mío.

El miedo a la oscuridad me atenazó por un momento y salí corriendo de allí todo lo rápido que mis piernas lo permitieron.

Al amanecer, nada más salir el sol, regresé para ver a mi misterioso amigo, pero allí no había nadie. Volví también los dos días siguientes con el mismo resultado, y terminé por rendirme. Nunca más vi al niño de los cabellos rizados.

Una noche, abrí el cuento que me había regalado. Era un tomo viejo y maltratado por el tiempo. Debía tener mucho cuidado si no quería que las hojas se rompieran. Tenía dibujos descoloridos y apenas visibles. El contenido trataba una serie de leyendas e historias fantásticas parecidas a las que me habían contado tantas veces. Una de ellas, era la que hablaba del castillo en el que había entrado, pero mucho más detallada que la que mi madre había tratado de forma más fugaz. En una de las páginas, había una fotografía de un retrato que había sido hallado en la casa. Un señor con bigote y una mujer de larga cabellera recogida en un moño, posaban sus manos sobre los hombros del que debía ser su hijo: un niño de rizos oscuros y sonrisa ensoñadora.

Han pasado veinte años desde aquella experiencia, y jamás se ha borrado de mi memoria la cara de ese chico que se había mostrado a mí, me había hecho llegar un mensaje, y después se había marchado para nunca más volver; esa misma cara que unas noches más tarde había encontrado entre las páginas de un libro olvidado.

Por ese entonces, era demasiado pequeño para saber el mensaje que aquella aparición había tratado de hacerme llegar, pero cada noche recordaba sus palabras, sus ilusiones. Soñé repetidas veces con sus rizos oscuros y su voz sonaba como un eco en mi mente. Llegó a convertirse en una verdadera obsesión y comencé a hacer investigaciones más profundas sobre la familia que había habitado aquella casa. También volví a adentrarme en la finca de vez en cuando para confirmar que lo que había visto había sido real y que no me estaba volviendo loco con cada segundo que pasaba. Pero cada vez que volvía encontraba la misma situación: unas puertas cerradas y ni un alma en un paraje que cada día moría de tristeza por los sueños que no habían llegado a cumplirse de un pequeño inocente que había muerto a manos del odio. Y un día, cada día más convencido de lo que debía hacer, tomé una decisión que marcaría mi vida para siempre.

Hice un gran esfuerzo económico durante años, con la ayuda de mi familia, que confió plenamente en mí desde que les planteé el proyecto en el que había decidido embarcarme. Al ser un lugar que necesitaba un gran dinero en reformas y que nadie quería, me lo dejaron más barato de lo que jamás hubiera soñado. Trabajé duro en la restauración de la finca y del castillo, porque por supuesto, cuando me dieron las llaves, pude comprobar que el interior no era ni mucho menos como lo había visto aquella noche de sucesos mágicos.

Llevó mucho tiempo y dinero volver a recuperar la grandeza que aquel lugar había tenido en tiempos mejores, pero no paré hasta que cada detalle fuera idéntico a como lo recordaba. Incluso encargué bordar un escudo exactamente igual al que había visto. Finalmente, le puse el nombre de mi familia.

Cuando todo estuvo listo, fue la hora de empezar a trabajar para que el negocio prosperara, algo lento y tedioso que supuso una gran inversión por mi parte. Debo reconocer que hubo momentos en el que pensé en tirar la toalla. Esto es una locura. Me estoy arruinando solo porque vi una alucinación, me decía a mí mismo. Pero mi madre siempre creyó en mí y me apoyó hasta cuando ambos sentíamos que no llegaríamos a nada por aquel camino tortuoso.

–Los comienzos siempre son difíciles –me decía–. Las estrellas no siempre brillaron como lo hacen hoy. Y a pesar de que muchas de ellas ya no están, nos sigue llegando su luz.

Era lo que necesitaba para seguir adelante: alguien que creyera en mí. Sí, quizás todo eso fuera una locura, pero ¿qué sería de la vida sin locuras? Así que casi al borde de la ruina, continué adelante, poniendo todo mi empeño en aquello en lo que creía. De vez en cuando, sentía el peso de una mano invisible en mi hombro que me daba fuerzas, para más tarde empujarme hacia delante.

No hace falta decir que es pronto todavía para convertir nuestros viñedos en los más famosos y nuestros vinos en los más cotizados, pero tengo la esperanza de que con los años, los herederos de este imperio que empiezo a construir cumplan el sueño que protegían con recelo estas paredes, a la espera de que alguien lo realizara por su dueño.

Por supuesto, nunca le conté a nadie que el castillo Oller del Mas había sido reformado y devuelto a la vida por mi obsesión de cumplir los deseos de un niño que quería complacer a su padre y que no descansaría en paz hasta verlo realizado, aunque fuera desde el otro mundo.

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Un comentario »

  1. Flavia Maggioli

    Un encanto de cuento. Muy emotivo, a decir verdad 🙂 No he podido quitar el ojo desde que me puse a leerlo, y no me arrepiento.

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