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Ad sidera visus

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XII

Ad sidera visus

1

Esa tarde, como otra cualquiera, Héctor llegó a casa después del trabajo. Se deshizo de los zapatos sin desanudarlos, se quitó la ropa con desgana y echó las prendas al cubo de la ropa sucia. Había sido una jornada laboral de calor sofocante y de clientes pesados. En resumen, un día agotador que estaba deseando que terminara. Se metió en la ducha y dejó que el agua fría lo relajara. Estuvo bajo el constante chorro durante más de media hora. No tenía prisa. Natalia se había ido a la cama hacía más de dos horas. Al día siguiente tenía clases.

Recordaba con nostalgia sus años de Universidad. Había pasado muy buenos momentos en la Facultad. Aunque también había otros que hubiera preferido olvidar. La carrera había sido muy costosa y sus padres no tenían suficiente dinero para pagarla. Tuvo que trabajar mucho para conseguir becas todos los años, y también hacer algunos trabajos extra que vender a sus compañeros para sacar algo de dinero con el que pagar los materiales. Pero lo peor vino con la muerte de su padre cuando apenas tenía 20 años. A pesar del sufrimiento que esto les había acarreado a los cuatro, su madre había seguido adelante, haciendo cualquier cosa para poder costear la carrera de su hijo mayor.

Las cosas habían ido mal durante un tiempo. Sus hermanos eran muy pequeños y necesitaban una figura paterna, a la que él, como el mayor, había intentado sustituir. Pero nada de lo que había hecho había dado resultado con la rebeldía de los niños.

Salió de la ducha, se secó un poco y se puso un bóxer y una camiseta. Cogió el libro que estaba leyendo y se acercó al ordenador. Echaría un vistazo a las novedades y se iría al salón a leer tranquilamente.

Miró un par de páginas y decidió entrar en el correo. Allí, solitario y esperado, se dibujaba un sobrecito que llevaba su nombre. Entró en él y comenzó a leer. A medida que su mirada recorría cada línea con atención, sus ojos se agrandaban y su sonrisa se ensanchaba. Cuando terminó de leer la última frase, soltó sin contenerse un grito triunfal y empezó a dar saltos por la habitación. Gritaba, reía y lloraba de alegría. ¡Que se enteraran los vecinos si hiciera falta!

¡Dios mío, gracias, gracias! —decía al cielo, juntando sus manos.

Y una vez más volvía a desatar la euforia que llevaba dentro pegando brincos como un niño. Por fin la suerte se ponía de su parte. Al fin las cosas iban a cambiar.

Se secó las lágrimas con las manos y bajó corriendo las escaleras hasta llegar al teléfono. Tenía que llamar a la persona que más le había apoyado a lo largo de su vida, la que siempre había confiado en él: su madre.

2

Después de la clase de Inglés, Natalia se reunió con Natanael en el aula 22. El profesor de Mitología todavía no había llegado, y Natalia aprovechó para desayunar.

Poco a poco fue entrando gente en el aula: un grupo de amigas que siempre iban juntas a todos lados; un chico alto y callado junto a una chica bajita y charlatana; una mujer de mediana edad que tenía un desarrollado carácter participativo; un señor de bigote espeso que bien podría haber superado los sesenta años; y un grupo más abultado que contenía un poco de todo.

Minutos más tarde, entraron algunos de sus compañeros de Filología clásica. Natalia los saludó con la mano, y Gema y Teresa se alejaron del grupo para sentarse junto a ellos. Detrás de la marea de alumnos, entró el profesor.

Cuando todos estuvieron sentados, comenzó la clase. Natalia y Teresa copiaban todo lo que el profesor explicaba, sin perder el más mínimo detalle. Natanael, sin embargo, apenas apuntaba una o dos palabras de forma limpia y ordenada en su blanco folio. Gema ni siquiera había sacado papel.

Pasada casi una hora, el hombre dio un respiro a todo aquel que se hubiera dejado la mano en el intento de expresar en unas cuantas hojas todo lo que él había explicado, y se puso algunas imágenes en un powerpoint para ilustrar los mitos.

Creo que me he quedado sin mano derecha —se quejó Natalia, masajeándosela con la izquierda.

Te esfuerzas demasiado. Todo lo que está diciendo debe estar en Internet.

Eres un vago.

¿Ahora te enteras?

Pues, esta ni siquiera ha copiado nada —comentó Teresa, señalando a Gema.

Natalia miró hacia el asiento de Gema para corroborar que lo que decía su amiga era cierto.

¿Cómo que no copias nada?

Gema se frotó los ojos con expresión dormida y le dedicó una sonrisa.

Natanael tiene razón. Todo debe estar en Internet —dijo entre bostezos.

Natanael se fijó en la mano que Natalia se masajeaba sin parar. Había algo diferente en ella. Faltaba algo, y no podía adivinar qué era. Finalmente, cayó en la cuenta.

¿Y tu anillo?

Natalia se miró la mano instintivamente. Concretamente, su dedo anular, donde días antes había un anillo de plata con el nombre de David, el suyo y su fecha.

Oh, sí… No te lo he dicho. He dejado a David.

Lo dijo con cierta tristeza en la voz, con la tristeza de alguien que todavía no ha asumido del todo que la persona con la que ha pasado todo un año de su vida ya no está. Y sin embargo, intentaba hacer que la indiferencia reinara en su tono y en su cara.

Natanael permaneció callado por un momento en respeto hacia su amiga.

Vaya…, ¿qué fue lo que pasó?

Pasó que me cansé de que, a pesar de que tenía cuatro años más que yo, se comportara como un crío. Necesito un hombre, no un niño —explicó, bastante seria—. No tenía futuro.

Pero, ¿estás bien?

Una sonrisa. La que siempre le regalaba. Nunca faltaba ese sincero gesto hacia sus amigos.

Sí. En cierto modo, me siento liberada. Pero no es fácil. Llevábamos mucho tiempo juntos.

Nunca es fácil romper con alguien.

No es el hecho de romper en sí, sino el de que no vayamos a volver a vernos. Me hubiera gustado conservar la amistad aunque fuera.

Natanael se volvió hacia el profesor, que empezaba a dictar un nuevo apartado de apuntes. Natalia cogió una hoja nueva y empezó a copiar con letra rápida e ilegible.

Dudo mucho que pueda haber amistad después de una relación —habló Natanael después de unos segundos.

3

¿Recuerdas cuando te pregunté si creías en el destino?

Claro que lo recordaba. Desde que Héctor le había hecho esa pregunta y tras su respuesta le había dicho que pronto sabrían si era cierto que existía, no había dejado de darle vueltas al tema. Se preguntaba a todas horas a qué se referiría.

Sí. Te dije que no estaba segura. Que por una parte, tú te creas tu propio camino, pero que a veces suceden cosas que no tenías previstas. Tal vez sea una casualidad o puede que sí exista el destino.

Héctor estaba deseoso de contarle todo lo que estaba ocurriendo. Necesitaba compartirlo con la persona a la que quería y que comprendía su amor por la escritura; decirle que su sueño estaba cumpliéndose, que las cosas empezaban a ir bien después de tanto tiempo.

Estoy a punto de demostrarte que sí existe.

Ella sonrió.

¿Cómo?

Hace unas semanas, contacté con algunas editoriales españolas. Ayer recibí la respuesta de una de ellas. —Dejó pasar unos segundos de tensión—. ¡Están dispuestos a publicarme tres libros!

Natalia abrió los ojos como platos y volvió a leer la frase, buscando algún error en lo que había entendido, pero no lo había. Después de tantos años esforzándose, Héctor había conseguido lo que todo escritor soñaba, lo que ella soñaba. Estaba por cumplir su sueño; el de ambos.

¡¿Qué?! ¡¿En serio?!

¡Sí, chiquita, lo he conseguido!

Una agradable sensación recorrió el pecho de la chica. Una gran sonrisa se formó en su cara, y una lágrima surcó su mejilla. Compartía la felicidad de él como si fueran a publicarle a ella misma. Sabía cómo se debía de sentir, porque ambos tenían en común ese deseado sueño, y a él le había llegado la hora de realizarlo.

¡Madre mía! ¡Y tres nada menos! Muchas felicidades, Héctor. Te lo mereces.

Me siento muy emocionado. Cuando recibí la noticia lloré como un niño y le di gracias a Dios.

¡Yo también estoy emocionadísima! Y eso que no es a mí a quien le publican. ¡Cómo te odio!

La sensación que recorría a Héctor no podía describirse con palabras. Era lo que se siente cuando se cumple el sueño por el que has estado luchando toda tu vida y la persona a la que amas te apoya incondicionalmente y siente la misma dicha que tú.

Con Irene había sido muy distinto. En la presentación de su primer libro publicado no se había alegrado por él ni le había importado que ese fuera su gran día. Lo único de lo que se había preocupado había sido del vestido que debía ponerse. El libro había sido lo de menos. No le importaba nada. Pero con Natalia era distinto. Ella lo comprendía y compartía sus emociones como si fueran uno.

¿Ves lo que te decía? España me estaba llamando. Primero, cuando conocí a un amigo de allá, y después apareciste tú, y España me llamó más que nunca. Y ahora una editorial española está dispuesta a apostar por mí. ¿Te das cuenta? El destino tiene que existir. Tiene que existir, pequeña.

Eran demasiadas coincidencias, y no estaban seguros de poder llamarlas de esa forma. ¿Una simple casualidad podía hacer que se encontraran en ese gran mundo cibernético y romper la distancia de aquella manera? No. Algo quería unirlos de la forma que fuera, por más que se resistieran, por más que se negaran. Ese «algo» era mucho más fuerte que ellos.

¿Te han dado ya alguna fecha? ¿Te han dicho cuándo los publicarían?

No aún. Pero en marzo iré a firmar los contratos.

En marzo… Pero eso es…

Sí, el mes que viene.

4

La verdad es que no pensé que fuera posible cuando envié el libro a aquella editorial, pero decidí arriesgar y probar una última vez antes de rendirme —reconoció Héctor.

Pedes in terra ad sidera visus —respondió Natalia.

¿Qué significa?

Los pies en la tierra, la mirada a las estrellas. Es una expresión latina.

¡Órale…! Me late esa frase. La mirada a las estrellas…

Creo que resume perfectamente lo que pasó esta vez.

Habían pasado de las dos de la mañana en España. Natalia bostezaba constantemente, pero se negaba a que el sueño pudiera con ella. No tenía demasiadas oportunidades de hablar con Héctor por micrófono, y pensaba aprovecharla al máximo.

¿Ya tienes sueño, chiquita?

Solo un poco, pero no te preocupes, puedo aguantar un rato más.

No quiero que te desveles demasiado.

Tranquilo.

Héctor sonrió, aliviado. Entendía que eran muchas horas de diferencia y para Natalia suponía un gran esfuerzo quedarse hasta altas horas de la madrugada, pero le gustaba demasiado oír su voz como para renunciar a ella.

Y ¿cómo es que hoy no has ido a comer a casa de tu madre? ¿No sueles ir los sábados?

Sí, así es, pero hoy ellos vinieron acá para celebrar lo de mis libros.

Supongo que estarán muy contentos y orgullosos.

Por supuesto. Mi mamá estaba muy emocionada. Y también vino mi primo, que me ayudará económicamente con el viaje a Madrid. Estuvimos calculando gastos. Me dijeron que Madrid es carísimo.

Sí, la verdad es que es muy caro.

Y aquí venía el momento que había estado temiendo desde hacía rato, cuando se había dado cuenta del esfuerzo económico que suponía su viaje, no solo para él, sino también para su primo. Le dolía en el alma tener que decírselo y romper así las ilusiones que ambos habían creado en tan poco tiempo, pero había que mantener los pies en la tierra, y la realidad era que no podía costearse el viaje hasta Cádiz.

Sí, es muchísimo dinero. Estuvimos viendo cuánto costaría todo. Los aviones, el hotel, la comida… El precio era tan alto que me percaté de que esta vez no podré ir a Cádiz. Pero veré qué puedo hacer para ir en octubre, para mi cumpleaños —le dijo con naturalidad, intentando no reflejar ningún tipo de sentimiento de tristeza en la voz. Esperaba que así Natalia no se llevara una gran decepción.

Oh, claro… —dijo ella, aparentando igualmente que no sucedía nada por que Héctor no pudiera ir a verla el mes que venía. Madrid era una ciudad con los precios por las nubes, y en Cancún todo era baratísimo. —Es obvio. Demasiado dinero.

Sí, pero veré si puedo ir en octubre —repitió, para que calara en su mente.

Pero a partir de ahí, el ánimo de Natalia decayó en picado. Tenía miedo a conocerle tan pronto, pero indudablemente lo deseaba y se había hecho ilusiones con poder verlo en persona.

Héctor, ahora sí me gustaría irme a la cama. Es tardísimo. Son casi las tres de la mañana.

Claro, chiquita. Ve a descansar. Duerme bien.

Gracias. Buenas noches, Héctor. Y no te quedes hasta muy tarde escribiendo.

Sonrió. Cómo lo conocía…

Tranquila. Solo tantito.

Hasta mañana. Un beso.

Y se desconectó.

A Héctor se le quedó un gusto amargo en la boca. Sabía que la chica se había desilusionado, y lo entendía. Él también ardía en deseos de ir a verla, pero no podía permitírselo.

Pedes in terra ad sidera visus.

Sí, tenía que tener los pies en la tierra, pero nunca dejar de soñar. Los pies en la tierra, la mirada a las estrellas. Por un momento, se imaginó cambiando la frase. ¿Y si pudiera tener los pies en las estrellas, y no en la tierra?

5

Natanael llamó un par de veces a la puerta de la habitación de Natalia. Desde que habían vuelto al piso para dar comienzo al segundo semestre, Natalia se pasaba el día encerrada, ya fuera estudiando o delante del ordenador. Casi no pasaban tiempo juntos, ni siquiera para ver la televisión antes de irse a la cama. Durante el primer semestre, siempre cenaban y se sentaban todos juntos a ver su serie favorita, pero ya parecía no importarle. Nada más comer, recogía su plato, lo fregaba y volvía a refugiarse en su habitación.

¿Sí?

Natanael abrió la puerta, pero no entró hasta que ella le dio permiso. Natalia se encontraba sentada en su cama, ya con el pijama puesto y el portátil en las piernas. Al verle, le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

¿Por qué no te vienes al salón? —le preguntó—. Están poniendo tu serie favorita. Esa de los vecinos… ¿Cómo se llamaba?

Aquí no hay quien viva.

¡Sí, esa!

Natalia hizo una mueca con la boca. Se sentía culpable por distanciarse de Natanael, Gema y Miriam, pero esa hora era la única en la que podía hablar con Héctor, y no podía sacrificar ese ratito para ponerse a ver capítulos repetidos de una serie que se sabía de memoria. Al fin y al cabo, a ellos los veía todos los días. Vivía con ellos y tenían clases juntos. Necesitaba un poco de tiempo con Héctor.

Prefiero quedarme aquí.

Natanael se acercó lentamente a la cama, buscando su aprobación con la mirada, y se sentó en el borde, al lado de ella. Natalia, rápidamente, cerró una ventana del Messenger. Este acto no pasó desapercibido para Natanael.

Desde que volvimos apenas pasamos tiempo juntos. Ya sé que nos vemos en clase, pero no es lo mismo. ¿Por qué no te vienes, aunque sea solo hoy? Creo que Gema y Miriam también echan de menos a su compañera de televisión.

La chica bajó la mirada, sintiéndose repentinamente mal. La mirada de Natanael le provocaba remordimientos, pero no quería dejar de hacer lo que la hacía feliz, que era hablar con Héctor.

Está bien. Ya voy —dijo, levantándose de la cama y poniéndose las zapatillas.

Bien —sonrió él—. Te esperamos en el salón.

Y salió del cuarto sin cerrar la puerta.

Natalia desconectó el portátil y se lo llevó al salón. Gema y Miriam veían la tele acurrucadas en el sofá, junto a Natanael, que cuando vio entrar a Natalia, quiso cederle el sitio. Ella, sin embargo, le hizo una señal para que no se levantara y se acomodó en el sillón de al lado, colocando su portátil de nuevo en las piernas.

Gema y Miriam se carcajeaban por las tonterías y los diálogos ingeniosos de los personajes, pero Natalia ni siquiera prestaba atención. Natanael miró disimuladamente la pantalla del ordenador. Estaba hablando con alguien, pero ¿quién?

Observó su sonrisa, sus ojos atentos a la pantalla, sus mejillas sonrosadas.

¿Con quién hablas? —le preguntó directamente.

Natalia tardó unos segundos en contestar.

Con un amigo —dijo con simpleza.

¿Qué amigo?

No lo conoces.

Y ahí acabó la conversación. La chica no parecía tener interés en explicarle quién era ese amigo con el que no podía dejar de hablar ni un momento.

Cada vez siento más no sé qué cosa por ti —le había dicho Héctor.

Yo también. Esto es una completa locura.

Sí, dirán que estamos locos. Pero que digan lo que quieran.

Poco importa lo que ellos piensen —sentenció ella.

Exacto.

Héctor…, solo quiero pedirte una cosa.

¿Qué cosa?

No quiero falsas promesas. No quiero hacerme ilusiones que después puedan romperse. Que pase lo que tenga que pasar, pero no me prometas nada.

Héctor tardó en responder.

Está bien. No habrá promesas.

Natanael se dio cuenta del deje de tristeza que apareció en la mirada de la chica. Su sonrisa se había borrado, pero solo él se percató de ello.

Habrá hechos —terminó Héctor.

Y la sonrisa volvió a aparecer en la cara de Natalia.

6

Bésame. Bésame mucho.

Se le había venido a la mente esa preciosa canción. Últimamente, llegaban cientos de canciones a su mente y no podía hacer otra cosa que exteriorizarlas a gritos. Incluso en el trabajo, sus compañeros le habían sorprendido en varias ocasiones cantando. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. Hacía años que no sentía esa opresión tan agradable en el pecho que bien podría comparar con la flecha de Cupido. Sí, ese dios travieso del amor había acertado de lleno en su corazón, y no podía ser más feliz. Tenía ganas de reír, de saltar, de correr, de gritar, de cantar e incluso de bailar. Esa chica había puesto su mundo del revés.

Como si fuera esta noche la última vez.

Una sonrisa de oreja a oreja iluminó su cara.

«¡Se la sabe!»

Bésame. Bésame mucho.

Que tengo miedo a perderte después.

Dios mío, ¡cómo te quiero, Natalia! No creí que te supieras esa.

Natalia suspiró ante su comentario. «¡Cómo te quiero, Natalia!» Era encantador. Pues claro que se sabía esa canción. La había estado cantando en esa última semana. ¿Casualidad?

La ponen de vez en cuando en la televisión. Es bonita.

«En las novelas», pensó, pero prefirió no escribirlo.

De la vieja escuela.

De hecho, ayer mismo la estaba cantando —se sinceró.

¿En serio?

Te lo juro. ¡Qué coincidencia!

Héctor cogió aire. ¿Coincidencia? Sí, tal vez. Pero él prefería llamarlo destino. Era la mujer perfecta para él. O eso, o hacía un papel genial interpretando a la chica de sus sueños.

Esto a veces da miedo.

Estamos compenetrados —corrigió ella.

Me late esa palabra. — Volvió a sonreír, satisfecho—. Oye, ¿por qué siempre me haces sacar lo mejor?

Yo no he hecho nada.

Haces que esté feliz; que me divierta contigo. No lo hago con casi nadie aquí.

Me gusta que estés feliz. Y me gusta sacarte sonrisas, aunque no pueda verlas.

¡Y cómo le hubiera gustado verlas! Pero no era posible. Solo podía ver fotografías de un chico que no aparentaba la edad que tenía. Un chico lindo a su parecer, pero las fotos ocultaban muchos detalles que no se escapan cara a cara. Los gestos, las distintas expresiones de su rostro, los movimientos, las sonrisas fugaces, las reacciones, el brillo de los ojos… En una foto podía salir bien o mal, ser fotogénico o no. La realidad nunca mentía.

Ay, me haces sentir… No sé, es algo tan intenso que no sé explicarlo con palabras. Gracias por existir.

Gracias por encontrarme —contestó ella.

¿Qué te dije primero? ¿Te invité a ser amigos?

No. Comentaste mi historia y me pediste que te agregara al Messenger.

Hacía tan poco tiempo de aquello, y sin embargo parecía que habían pasado años.

Al principio te consideraba una niña fresa.

¿Fresa?

Tú dirías pija.

¿Yo, pija?

Sí, por tu apodo, “Pétalo”.

¡Es un personaje de dibujos animados! —aclaró ella.

Lo sé, pero antes no lo sabía. «Fresita que escribe y consigue miles de comentarios. Muy famosa, muy famosa. Debe ser una niña mimada que cree saber escribir», me dije.

¡Vaya, pues sí que me tenías en un pedestal!

Era por mi estado anímico. Iba con la intención de desmenuzar tu historia y hacerte ver lo peor. Era muy crítico al punto de ser una basura.

Lo entiendo. Buscabas algo con lo que desahogarte.

Algo así. La verdad es que ahora me avergüenzo de haber pensado de esa manera. Pero un amigo me frenó un poco y empecé a leer la historia más calmado. Me sorprendió que de entrada no tenías faltas de ortografía.

Suena como si hubieras estado celoso de mí.

No, solo eran ganas de chingar —explicó—. «Pétalo, la niña mimada de La pluma del escritor», así te veía.

Yo sabía quién eras, pero no pensaba que tú me conocieras a mí. Me alegro de que no destrozaras mi historia.

Me enganchaste en el capítulo siete. Me encantó la escena en la que los que tus protagonistas están en una piscina, cuando se besan por primera vez. Las escenas románticas son lo tuyo.

Natalia recordaba cómo había surgido esa escena. No se le ocurría nada para el capítulo siete, y ese día dejó de escribir su historia para leer la de alguien más. Casualmente, vio que ese tal Félix había actualizado la suya, y se atrevió a entrar y echarle un vistazo. La lectura no duró mucho. Después de leer el primer capítulo y darse cuenta de que era lo más cruel que había leído en mucho tiempo, decidió que esa temática era demasiado fuerte para ella. Sin embargo, esos minutos invertidos en la historia de Félix le habían servido para crear una escena en su cabeza que, en la medida de lo posible, solucionaba y suavizaba en su historia lo que Héctor había escrito.

¿Ah, sí? Pues, ¿te cuento un secreto? Esa escena la escribí gracias a ti. Leí el primer capítulo de tu historia y se me ocurrió lo de la piscina.

¿En serio? —preguntó, incrédulo—. ¡Guau! Nunca pensé que lo había inspirado. Nataly, me haces sentir tan bien que me dan ganas de llorar.

No llores —le pidió.

¿Acaso eres ella?

¿Ella?

La que esperé toda mi vida.

Natalia rio.

Los acordes de una guitarra inundaron su habitación. Natanael, encerrado en su cuarto, tocaba una melodía melancólica. Natalia se preguntó por un instante qué estaría ocurriendo para que su amigo y compañero de piso hubiera dejado de lado las tonalidades más alegres para pasar a unas canciones tan tristes, pero al momento se olvidó de todo aquello y volvió a centrarse en la conversación.

Me conformo con ser alguien importante en tu vida.

No eres importante, Nataly.

¿No?

No. Te volviste imprescindible.

7

Todavía se escuchaba el agua caer desde la alcachofa de la ducha. Natanael se aseguró posando la oreja en la puerta del baño y, después, se dirigió de puntillas a la habitación de Natalia. Entró sigilosamente y cerró despacio. Por fin, después de tantos días tenía su oportunidad. Gema y Miriam habían salido a comprar y Natalia estaba en el baño. El momento perfecto.

El portátil se encontraba encima de la mesa, pero por desgracia, estaba apagado.

Pulsó el botón de encendido y esperó a que se iniciara caminando de un lado hacia otro. El portátil se inició con una música atronadora que le hizo respingar. Se quedó totalmente quieto y dejó de respirar hasta que escuchó el agua de la ducha de nuevo.

Entró en el Messenger de Natalia, pero había demasiados contactos como para saber si alguno era especial para ella. Cerró sesión y entró en el Facebook, maldiciendo la lentitud del Internet. Se metió en su perfil: tenía dos mensajes privados nuevos. Hizo click en ellos. Uno de ellos era de Carmen, su mejor amiga; el otro, de un tal Héctor Ignacio García.

Natanael frunció el ceño.

«¿Quién demonios es?»

Estaba a punto de leer el mensaje cuando oyó la puerta y del susto, cerró sesión.

Natalia entraba a su cuarto envuelta en un albornoz y con una toalla en el pelo. Natanael se fijó en sus piernas húmedas, la única parte del cuerpo que dejaba ver.

Natalia frunció el ceño, sorprendida de verle ahí, pero antes de que pudiera preguntar, Natanael se lanzó a dar su explicación.

No sé lo que le pasa a mi ordenador, que no me deja entrar en Facebook. Quería ver si desde aquí podía.

Ah… —dijo Natalia, y sonrió—. Pues, adelante.

No sospechaba nada. Confiaba demasiado en él.

No, tranquila. Ya lo haré cuando te vistas —respondió él, nervioso y sonrojado, saliendo a toda prisa de su cuarto.

Había sido pillado con las manos en la masa. Suerte que Natalia no era desconfiada y creía en su palabra; de no ser así, no hubiera sido capaz de mirar a su amiga a los ojos en mucho tiempo. Sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien. Era la intimidad de Natalia, y debía respetarla, pero la curiosidad podía con él y lo guiaba por el mal camino.

8

Te quiero, Nataly. Voy a ver qué puedo hacer para ir aunque sea un día y poder verte.

Leer esas palabras en la pantalla del ordenador la dejó sin aliento. Cuando Héctor le había dicho que no tendría suficiente dinero para ir a Cádiz, se había sentido decepcionada, pero el hecho de que volviera a pensar en la posibilidad de conocerlo en persona la inquietaba. Apenas quedaban unas semanas para la firma de contratos. Era todo tan repentino que le temblaban las manos.

¿Qué? Pero si dijiste que no ibas a poder. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

No puede ser que vaya a estar tan cerca y no pueda ir a verte.

Alguien de nacionalidad española no diría exactamente que la distancia entre Madrid y Cádiz era precisamente «cerca», pero para ellos no era prácticamente nada. Apenas unas horas en tren, un salto desde la capital hasta una de las puntas del país. ¿Qué era eso comparado con el inmenso océano que los separaba cada día?

Pero es un viaje muy caro para tan poco tiempo. No merece la pena.

No digas que ir a verte no merece la pena, Nataly.

Tenía razón. El dinero no valía nada comparado con los momentos que podrían pasar juntos, y aun así, no sabía por qué intentaba disuadirlo de que no fuera hasta Cádiz.

Abrió el buscador y se informó del precio de los billetes en la página de la compañía de trenes. Introdujo los datos —estación de salida, estación de destino y día del mes—, y ante sus ojos se abrió un abanico de posibilidades. Diferentes trenes con sus respectivos horarios a cada cual más caro. El más barato ascendía a 72 euros solo la ida.

Te cuesta más de cien euros la ida y vuelta en tren. Y no es solo eso; también la comida, el hostal… ¿Te vas a gastar todo eso para solo unas horas?

Él estaba seguro de lo que quería hacer. Apenas gastaba, no tenía caprichos, y la verdad, consideraba aquello una necesidad. Estaba loco por ella. Después de mucho tiempo, volvía a sentirse vivo de nuevo. Tenía ganas de sonreír, de ser feliz. Ella había conseguido que volviera a ser él mismo. ¿Qué importancia tenía el dinero? Necesitaba verla y asegurarse de que todo lo que sentía no era una fantasía, una ilusión que se evaporaría una vez que estuvieran el uno frente al otro. Tenía que verificar que lo que había entre ellos era real.

Me gastaría eso y mucho más por ir a verte.

No, de verdad, Héctor. Es demasiado dinero.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué no hacía más que poner impedimentos? ¿Acaso no quería que fuera?

Mi primo me está ayudando económicamente con el viaje a Madrid, así que no gastaré tanto como piensas. El viaje hasta Cádiz sí correrá de mi cuenta, pero nada más.

Pero me sentiría muy mal.

No te sientas mal. Piensa que nos vamos a conocer.

Ya, pero… No sé.

«¿Qué estás intentando, Nataly? ¿Acaso no quieres que vaya a verte? », se preguntaba Héctor.

Sería ir un sábado y volverme por la tarde o el domingo por la mañana, supongo.

Es carísimo. Héctor, de verdad, me voy a sentir fatal si gastas tanto por mí.

Tal vez tenía miedo. Pero ¿a qué? ¿A que todo fuera mentira? ¿A que ese hombre que decía ser escritor fuera todo lo contrario a lo que le contaba? ¿A que realmente solo estuviera jugando con ella y ese día la dejara esperando en la estación? Había visto fotos, pero ¿quién le aseguraba que fuera él realmente? Había oído su voz, pero eso no le demostraba nada. No le había visto en movimiento. Aseguraba que no tenía cámara web. ¿Y si se trataba de una mentira?

Ay, Natalia… Está bien. Ya no te diré nada más.

Decepción, tristeza, frustración. Después de tantas respuestas negativas, Natalia había conseguido desanimarlo. Su entusiasmo, sus ganas, no servían de nada si ella no respondía del mismo modo. «Mucho dinero», «demasiado caro», era lo único en lo que pensaba. ¿Tan importante era eso para ella? ¿Por qué no podía comprender que ni todo el dinero del mundo sería suficiente para pagar unos segundos a su lado?

Oye, no te habrás enfadado, ¿verdad? Anda, tengo que irme a dormir ya. Es tarde.

Con esa frase, pretendía dar por terminada una conversación que no llevaba a nada. Él insistía; ella se resistía. Pero no podía evitar sentirse mal sabiendo que él invertiría tantísimo en solo un día mientras que para ella no supondría ningún tipo de esfuerzo.

Vale.

«¿Vale?»

¿Te has enfadado de verdad, Héctor?

Vete a la cama, Natalia.

«Genial, se ha cabreado.»

¿Natalia? ¿Ya no me llamas Nataly? Héctor, ¿qué te pasa?

Buenas noches.

No, espera. ¿Qué ocurre? ¿Qué he dicho?

Vete ya a dormir, Natalia.

En el fondo sí sabía lo que pasaba. Después de todo el tiempo que habían pasado delante de la pantalla del ordenador, deseando conocerse, estar juntos, cuando por fin tenían la oportunidad, ella se echaba para atrás. Se estaba comportando como una tonta insegura. Héctor podía pensar que estaba jugando con él.

No sé por qué te has enfadado. No puedo saberlo si no me lo dices. Pero me has hecho sentir mal por primera vez.

Creía que con esas palabras reaccionaría, y así fue:

Parece que lo único que te importa es el dinero —le reclamó.

¿Qué? —exclamó ella, sorprendida—. ¿Cómo puedes decir eso? Solo miro por tu bienestar.

Es como si no quisieras que fuera.

Suspiró. No era tan sencillo.

Claro que quiero. Pero es tan caro…

¿Y eso qué, Natalia? Maldita sea, ¿eso qué? ¿Acaso tienes miedo? ¿Me tienes miedo, Natalia?

Una vez más, temblaban sus manos. Sus ojos comenzaban a humedecerse.

Sí, tengo miedo —reconoció—. Pero no es eso por lo que no quiero que vengas. Bueno, sí quiero. Claro que quiero. Pero también quiero que estés bien. Sé que España todo es mucho más caro que México. Solo me preocupo por ti. No quería que te enfadaras. Lo siento mucho.

No importa lo que cueste. Lo único que me importa es que quiero conocerte en persona y haré lo que haga falta para ello. Tú mereces la pena. Natalia, apenas salgo, apenas gasto. Puedo permitirme esto.

Pero me siento mal porque es como si fueras tú el único que se esforzara por esto.

Esta vez me toca a mí actuar. Quién sabe si en el futuro seas tú quien venga a visitarme.

Está bien. Perdóname. No te enfades conmigo, por favor. Me dan ganas de llorar.

Y por primera vez en mucho tiempo, Héctor sintió como si una palanca se accionara en su interior. Como si algo le empujara a decir las palabras que tenía atascadas en la garganta.

Te amo, Nataly. —Ya está. Ya lo había dicho—. Te amo. Jamás te haría llorar, mi niña.

El corazón de Natalia dio un vuelco. Esa frase era lo que había estado intentando evitar durante todo ese tiempo que habían pasado juntos.

No me digas eso, por favor.

Un profundo miedo inundó a Héctor.

«Se va a ir», se dijo. «La voy a perder.»

Una vez más se había arriesgado a que le rompieran el corazón. Pero así es el amor. Unas veces se gana, otras se pierde, pero si uno no arriesga, nunca sabrá lo que podría haber ocurrido.

No quería decirlo, pero no podía seguir engañándome a mí mismo. Te amo, en una forma que jamás imaginé. Siento si te ha molestado.

No es eso.

He intentado luchar contra esto, pero no puedo negarlo más. No sé si sea válido con esta distancia que nos separa.

Natalia lo pensó muy bien antes de contestar. Estaba en una encrucijada y dependiendo del camino que tomase, su futuro cambiaría drásticamente. Lo que no sabía era si ese cambio sería para bien o para mal. ¿Debía seguir lo que sentía y decirle que sí, o escuchar a su cabeza, que le repetía que era una locura? Tantas veces se había metido en problemas por escuchar al corazón, que ya no podía estar segura de nada. Y sin embargo, algo en su interior le gritaba que fuera valiente.

Para mí lo es —escribió finalmente, dejando que sus dedos se movieran solos.

Héctor no podía creer lo que leía.

¿De verdad?

Sí, yo también te amo.

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