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Se llamaba Héctor Ignacio García

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IV

Se llamaba Héctor Ignacio García

1

El refunfuño de Natalia no pasó desapercibido por los oídos de David. La chica miraba el sol que entraba por la ventana de su habitación. Hacía un día perfecto que podían aprovechar para salir a dar un paseo, y sin embargo, allí se encontraban encerrados para ver una película o jugar a los videojuegos. Aun así, David no le dio importancia y continuó tecleando en el ordenador. Se decía a sí mismo que cuando su chica viera la película que le tenía preparada, se alegraría de haberse quedado. Natalia esperaba tumbada en la cama a que su novio se decidiera a hacerle un poco de caso. Siempre que iba y David se pasaba unos minutos haciendo quién sabía qué cosas en Internet o terminando la partida de un juego en la consola, se preguntaba para qué demonios había malgastado su tiempo yendo hasta allí. David parecía tener prioridades, y ella no se encontraba entre las primeras.

Unos minutos más tarde, el joven se levantó de la silla, puso un juego en la consola y le pasó el mando principal.

Voy al baño. Diviértete mientras tanto.

Y sin decir nada más, desapareció por la puerta. Mientras Natalia tecleaba sin entusiasmo los botones de aquel control, un pitido reiterante emergió del ordenador de David. Seguramente se había dejado algún tipo de chat abierto. Intentó ignorarlo y seguir con el juego, pero ese irritante sonido le taladraba el tímpano y parecía no tener fin. Estaba empezando a atacarle los nervios, y finalmente decidió que era hora de bajarle el volumen al ordenador.

Dejando la partida a medio terminar, se sentó en la silla preferida de David —esa que por nada del mundo le cedía cuando se disponían a ver una serie—, y encendió la pantalla del ordenador. David había dejado abierta una ventana de conversación.

No era su intención cotillear. Para nada. Pero los ojos están para ver, y sin querer percibió una palabra que captó toda su atención: novia. ¿Acaso David estaba hablando de ella? La curiosidad la venció por un momento. Quería saber si David la alababa delante de sus amigos, pero sobre todo, cómo lo hacía. Así que echó un vistazo, que segundos más tarde prefirió no haber hecho.

«En verdad, creo que exageras. No lo veo un problema», le decía su interlocutor.

«A lo mejor sí. Pero no me gusta nada», le respondía David. «Es que es uno de sus mayores defectos, a mi forma de ver. Si hace calor, va vestida con escotes, y si hace frío se pone ese chaquetón de colores tan feo. Y después está el tema de su timidez. Es como si creyera que estamos en un cuento de hadas.»

«Lo siento, Messías, no pienso que eso que dices sean defectos.»

«Para mí lo son. Y me acuerdo de Raquel, que vestía tan bien y era tan… ardiente, por así decirlo. Pura acción, ¿sabes a lo que me refiero? Nada de cursilerías. Me ponía cachondo con solo echarme una mirada, con un solo gesto…»

Natalia sintió una arcada. No pudo seguir leyendo. Se levantó del asiento, cogió su bolso y salió por la puerta de la casa justo en el momento en que David salía del baño.

Bajó la calle, dirección a las marismas. No quería pasar por la calle Real, donde tanta gente podría juzgar su palidez y sus lágrimas. Escuchó una puerta a sus espaldas y unos pasos ligeros. David la alcanzó en cuestión de segundos.

¡Eh, ¿adónde vas?!

Natalia apretó los puños, se dio la vuelta, y sin premeditarlo, le pegó un bofetón con la mano abierta. Tan fuerte, que hasta a ella le dolió la palma. David se quedó pasmado, y a la vez sintió cómo la ira surgía en su interior, pero no le dio tiempo de reclamarle.

¡Gilipollas! —le gritó antes de seguir su camino.

El chico la agarró del antebrazo, provocando una reacción brusca de ella.

Pero, ¿qué te pasa?

¡Me pasa que eres un jodido capullo! —le espetó.

Vale —repuso él, tranquilamente—, ¿me explicas por qué?

Natalia lo asesinó con la mirada.

¿De verdad no lo sabes?

David suspiró y bajó los hombros. Sí que lo sabía.

Has visto lo que he escrito en el ordenador. —No era una pregunta.

Conque te acuerdas de Raquel, que vestía taaaan bien y que era tan… ¿ardiente? ¡Hasta donde yo sé, ni siquiera te dejó meterla!

Oye, no sé por qué dije eso…

¿Y la ropa? ¡Al menos yo me cambio! No como tú, que siempre vas con lo mismo.

Natalia…

¿Por qué coño no te vas con tu queridísima Raquel y me dejas en paz?

David la agarró por los antebrazos e intentó que callara por unos segundos. Tenía la cara roja de coraje y los puños tan apretados que dudaba que pudiera abrirlos de nuevo, y si lo hacía, sería después de propinarle un buen puñetazo en la nariz.

A ver, ¿puedes escucharme un segundo? —le preguntó.

Natalia se cruzó de brazos.

¿En un segundo podrás convencerme de que no eres un gilipollas?

No, tienes razón. Soy gilipollas, porque realmente no pienso lo que escribí… No sé por qué dije eso.

Pues si tú no lo sabes…

No sé qué me pasa —se excusó—. Es que eres tan perfecta que… Como no tienes grandes defectos, es como si necesitara sacarte pequeños defectos.

Natalia se quedó boquiabierta. Una vez más se preguntó qué demonios hacía con ese reverendo imbécil.

¿Que necesitas sacarme defectos? —repitió ella, incrédula.

Perdóname. Realmente no pienso eso. Ya sé que soy un idiota.

Natalia deshizo los puños y suavizó la expresión de su cara. Parecía realmente arrepentido, pero aquello no era suficiente. La había herido gravemente. David parecía que tenía la intención de bajarle la autoestima hasta dejarla al mismo nivel que la suya, y eso no se solucionaba con una excusa tan absurda y una disculpa poco creíble.

¿Acaso yo te saco defectos? —murmuró con un tono sombrío—. No…, y eso que tú sí que los tienes a la vista.

David tragó saliva. Un escalofrío recorrió su espalda.

Estás muy equivocado, David, si piensas que el amor es así. No. Alguien que de verdad te quiere no intenta sacarte defectos. Simplemente los acepta, porque las virtudes pesan más.

Se dio la vuelta, dispuesta a irse. David no contaba con ánimos para rebatirla. Se le ocurrió algo más. Quizás fuera algo cruel, pero ¡qué demonios!, él había sido realmente cruel comparándola con su ex.

Por cierto, David…, para exigir algo a tu pareja, primero debes aplicarte el cuento.

Le obsequió con una mirada fría y despectiva de arriba abajo, y continuó su camino.

En la habitación de David, ese pitido iterativo volvía a llegar la habitación.

«Deberías valorar más lo que tienes, Messías», le decía Félix.

2

¿A una piscina? —había preguntado Natalia como si David estuviera loco—. ¿En octubre?

Es una piscina interior y climatizada. Lo pasaremos bien.

Y ella había dudado mucho, sobre todo después de lo acontecido la última vez que se habían visto. Todavía se preguntaba por qué simplemente no le había colgado sin contemplaciones. A veces era demasiado buena, o demasiado estúpida.

Por favor, déjame compensarte por lo del otro día.

Había terminado por aceptar, y en ese momento se arrepentía profundamente. Después de una «agradable» barbacoa junto con todos los amigos de David —en la que había tenido que fingir que entre ella y su novio no pasaba nada—, se habían metido todos en la piscina climatizada. Todos, menos ella, que había preferido echarse en una tumbona a leer. Ahora se encontraba sola en el agua, apoyada en el borde de la piscina, y con la mirada perdida en las manos de David, que dibujaba algo en el suelo con una tiza. Terminó de trazar la última letra y se limpió la mano en el agua. Natalia clavó los ojos en el «Nataly y David» rodeado por un corazón mal dibujado. El chico esperó a una reacción de ella, pero Natalia solo miraba el primer nombre como si algo no encajara. Finalmente, volvió la cara hacia otro lado.

Nunca me habías llamado Nataly.

David parecía desconcertado.

¿Es lo único que te importa?

Natalia suspiró.

No —contestó antes de sumergirse de nuevo en la piscina.

Buceó durante unos segundos antes de volver a la superficie y apoyarse en el filo de piedra. David se acercó lentamente, sorprendiéndola con los ojos húmedos.

¿Todavía estás cabreada por lo del otro día?

El semblante de la joven se tornó más serio si cabía.

Tengo que contarte una cosa.

David tragó saliva. No le gustaba la frase, pero menos el tono con el que la había pronunciado.

¿Quieres que salgamos de la piscina? —le ofreció.

Sí.

Juntos fueron a por un par de toallas y con ellas se sentaron en las tumbonas que había colocadas junto a la piscina. Desde allí podían oírse las risotadas de los amigos de David, que pasaban el rato jugando a las cartas en la mesa de piedra que se hallaba junto a la barbacoa.

¿Ahora sí me lo contarás?

Natalia asintió.

Es algo muy raro. He tenido un sueño. Bueno, no era exactamente un sueño… —Pasó la mano por su pelo, frustrada—. No sé cómo decirlo sin que pienses que estoy como una cabra.

Hazlo sin más. Ya yo decidiré si lo estás o no —contestó David, intentando amenizar el momento con una broma.

Natalia sonrió un solo segundo, y después volvió a su rostro la seriedad.

Yo sé que no era un sueño. Es una locura, pero sé que esto no debería ser así.

¿Cómo?

Que esto ya lo pasamos, David. Esta relación ya la pasamos.

Pero ¿qué dices? —preguntó, confundido. Empezaba a ponerse nervioso—. No te entiendo. Explícate un poco mejor.

Tengo recuerdos. Sé que todo esto ya terminó y estaba en otra etapa de mi vida. Pero algo raro pasó. Es como si el tiempo hubiera retrocedido.

¿Retrocedido el tiempo?

¡Sí, y no sé cómo! —exclamó cada vez más frustrada.

David agarró la mano de la chica. Lo que decía su novia no tenía sentido. ¿Estaría demasiado cansada?

Natalia, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?

Intentó usar un tono suave de voz para que se calmara, pero Natalia se levantó de golpe con el ceño fruncido.

Sí. Sé que es difícil de creer, pero es así. Lo recuerdo todo perfectamente: nuestra relación no funcionó. Conocí a un chico mexicano de treinta años y me enamoré de él. Viajó a Madrid a firmar unos contratos con una editorial y vino a verme. Después yo fui a Madrid para ver su presentación. ¡Estoy segura!

Con cada palabra que salía de su boca, a David se le revolvía el estómago con más intensidad. A la chica no le gustaba nada cómo la miraba. Clavaba sus ojos en ella, no como si estuviera loca, sino como si fuera una mentirosa.

Basta ya, Natalia. Si lo que buscas es una excusa para cortar…

¡No es eso! No busco una excusa porque yo ya corté contigo, David. ¡Terminamos en enero del 2012! —intentaba explicarle ella. Cada vez se sentía más angustiada.

¡Natalia, estamos a 2011! Todo lo que estás diciendo no es más que un sueño, ¿entiendes? ¡Un sueño! —exclamó, agarrándola de los antebrazos para intentar tranquilizarla.

Los ojos de Natalia volvieron a humedecerse.

No lo he soñado —murmuró—. Todo era demasiado real.

El joven suspiró y la soltó suavemente. Después, volvió a sentarse con tranquilidad, pasando los dedos por su pelo mojado.

Así que dices que en enero me dejarás por un mexicano… —dijo con cierto tono sarcástico y decepcionado a la vez—. Y dime, ¿recuerdas su nombre?

La chica asintió. Era lo que más claro recordaba de todo.

Sí, se llamaba Héctor Ignacio García.

3

Me voy a dar una ducha antes de salir —le informó Natalia.

Cada día estaba más fría con él. David sentía una gran frustración e impotencia. Su relación se iba a pique con cada segundo que pasaba. ¿Y qué hacía él para evitarlo? Absolutamente nada.

¿Puedo mirar un par de cosillas en tu ordenador mientras?

Todo tuyo.

Natalia se retiró a su cuarto para coger todo lo necesario y se encerró en el cuarto de baño. En cuanto oyó el agua caer, supo que era libre para hacer lo que le diera la gana. Tenía tiempo de sobra. Natalia solía tardar entre veinte minutos y media hora en ducharse y secarse el pelo.

Entró en Internet y fue directamente a los favoritos de Natalia. Había montones de páginas, pero la que más le interesaba era la red social, el Facebook. Como suponía, su novia dejaba la contraseña puesta. Entró sin problemas y escribió un nombre en el buscador: Héctor Ignacio García. Inmediatamente, aparecieron un par de personas. Uno era español, así que lo descartó de inmediato; pero el segundo era mexicano. Sintió una punzada en el pecho al darse cuenta de que, por alguna extraña razón, el sueño que había tenido Natalia involucraba a un hombre real, un hombre que existía. Tal vez no fuera tal y como ella lo había visualizado, pero había acertado en el nombre y la nacionalidad, y eso le preocupaba. Rápidamente, bloqueó a ese contacto por si a su novia se le ocurría buscar ese nombre que la estaba volviendo loca en la red. Investigó un poco, y se dio cuenta de que ese hombre también tenía una cuenta en Twitter. Al igual que había hecho en la red social anterior, bloqueó al tal Héctor. Apagó el ordenador justo a tiempo para ver salir a Natalia del cuarto de baño, ya arreglada y lista para salir.

¿Nos vamos? —le preguntó.

Un momento, que coja el bolso.

David cerró el portátil, como un asesino que se deshace de la prueba del crimen. No sabía qué demonios le estaba pasando a su novia, ni qué significado tenía el extraño sueño del que le había hablado, pero si estaba tan convencida de que lo había vivido, podría ser capaz de intentar conocer a ese hombre. No podía permitirlo. No iba a dejar que una fantasía destrozase su relación. Eso nunca.

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