Canal RSS

Archivo de la categoría: capítulo XI

¿Crees en el destino?

Publicado en

XI

¿Crees en el destino?

1

¿Es mi impresión o aquí hay más gente de la que normalmente hay en clase?

Gema echó una ojeada a su alrededor. El descansillo estaba lleno de gente; caras tanto conocidas como desconocidas. Algunas, nerviosas por el primer examen del curso; otras, relajadas y seguras de sí mismas; un último grupo parecía indiferente ante la prueba que estaba a punto de llevarse a cabo.

Hay más gente —confirmó.

Teresa levantó la mirada de sus apuntes de inglés.

La mitad no viene a clase.

Natalia se encogió de hombros.

Peor para ellos. La asistencia es un diez por cierto de la nota.

Sí, pero seguramente son personas superflipadas del inglés a las que no les importa perder un punto con tal de no tener que aguantar las repetitivas lecciones de la profesora —dicho esto, volvió a bajar la mirada a su cuaderno, repasando con ansiedad las preposiciones y encontrando, para su desgracia, algunas palabras cuyo significado desconocía.

No es bueno repasar antes del examen —le aconsejó Natalia.

Lo sé, pero no puedo evitarlo. ¿Entra vocabulario?

¡Pues, claro!

¡Mierda!

Cogió su carpeta y sacó un par de folios llenos de palabras en inglés con el significado al lado. Natalia entornó los ojos. No tenía remedio. Gema, sin embargo, parecía más tranquila. Se había puesto los auriculares y murmuraba la letra de alguna canción de rock a la vez que mascaba chicle. Miró a Natalia y sonrió.

¿Y tú? ¿Estás tranquila?

Se quitó uno de los auriculares para oírla mejor y después bajó el volumen.

Sí. No vale la pena ponerse nerviosa. Voy a suspender igualmente.

Teresa, mientras, se ponía histérica intentando memorizar todas las palabras de un tirón.

¿Qué significa make a complaint? —preguntó con una pésima pronunciación.

Poner una queja —respondió Natalia.

¿Y advice?

Consejo.

Asintió un par de veces, como intentando mantenerlo en su mente.

El murmullo incesante comenzó a elevar su tono. Natalia se dio la vuelta y comprendió la causa. La profesora terminaba de subir las escaleras y se dirigía a la clase. Antes de que se diera cuenta, los nerviosos alumnos se amontonaban y pegaban empujones para entrar por la puerta y buscar un sitio adecuado para hacer el examen.

¿Entramos? —preguntó Natalia.

¿Por qué mejor no dejamos que se peguen empujones y luego hacemos nuestra entrada triunfal? —sugirió Gema, metiendo el mp3 en la mochila y tirando el chicle a la basura.

Teresa recogió todo los folios que había sacado en un momento y se puso en pie.

No, por favor, no puedo esperar. Vamos a entrar ya —rogó.

Vale —cedió Gema—, está bien.

La clase ya estaba prácticamente llena cuando entraron. Buscaron tres sitios por el medio de la clase y tomaron asiento. Después de un rato de nervios e inquietud, la profesora entregó las preguntas y el examen de inglés dio comienzo. Natalia empezó a escribir, tranquila y sin prisas. El inglés escrito no le preocupaba. Lo que la hacía sudar la gota gorda era la prueba oral que tendría lugar un par de horas más tarde.

2

Entonces, ¿todo bien en el examen?

¡Sí, me salió genial! He empezado con buen pie. Ya no hay quien me pare. ¡A por los cuatro que quedan! —escribió con un humor inmejorable.

Otra sonrisa. Con ella todo eran sonrisas. Conseguía olvidar el caos que existía a su alrededor y viajaba lejos, donde todo era perfecto aunque fuera por unas horas. Era su momento de felicidad.

Sabía que esos sentimientos eran un arma de doble filo, pero ¡qué demonios! Ya no había marcha atrás. Había intentado contenerse y no había podido. Estaba sintiendo algo por ella y no iba a luchar más contra eso. Alejarse solo les hacía daño a ambos. Lo mejor sería que el cauce de las cosas fluyera solo y llegase a donde tuviese que llegar.

¡Por supuesto que no habrá quien te pare!

¡Lo aprobaré todo y pasaré limpia! Como acabada de salir de la ducha.

Héctor rio su ocurrencia, y la imaginó riendo también. Su risa… Cómo le hubiera gustado escucharla en directo. Y su voz. ¿Cómo sería su voz? No se la imaginaba. Tenía que ser maravillosa, igual que ella.

Al lado de su portátil, reposando sobre la mesa, los auriculares y el micrófono le incitaron a intentar algo. Tal vez ella también quisiera saber cómo era su voz. Posiblemente también tuviera micrófono. ¿Y si empezaba todo como un juego?

Cogió los cables y los conectó al portátil. Luego, se colocó los auriculares y cogió aire. Dudó por unos segundos, pero se obligó a hacer clic en «mensaje de audio». Luego, no hubo marcha atrás.

Hola, Nataly. ¿Cómo estás? No sé si funcionará mi micrófono… Te mando un beso y un abrazo desde Cancún.

Enviado.

En el cuarto de Natalia, el mensaje sonó bajo, apenas audible. La chica sintió que el corazón le latía con fuerza.

Rápidamente, buscó en los cajones llenos de claves los auriculares y los conectó al ordenador. Subió el volumen y reinició el mensaje. La voz de Héctor sonó alta y clara entonces. Era extraño. Nunca habría encajado esa voz con él. Había pensado que sería mucho más grave, pero en cambio, era suave y dulce, sin dejar de ser varonil. Suspiró y volvió a repetir el mensaje. Le encantaba su voz, y su acento era perfecto y sutil; no exagerado como el de los actores de telenovela.

Me encanta tu voz.

¿Te gustó el mensaje?

¡Claro! Tu acento también me encanta.

Preparó su micrófono y, al igual que Héctor, se detuvo un segundo a pensar si debía enviar el mensaje, pero una vez más, las ganas superaron a la vergüenza.

¡Hola! ¿Se me oye? ¿Funciona esto?

El corazón de Héctor dio un vuelco. ¡Era ella! Era su voz. Su maravillosa voz, que era mucho mejor de lo que imaginaba. El juego había funcionado. Había merecido la pena el intento. Volvió a oír el breve mensaje. El tono infantil y tierno llenó sus oídos y se clavó en su corazón. El acento era diferente al suyo, y tal vez por eso lo consideraba algo único. Necesitaba oír más.

¡Eres tú! —escribió, emocionado.

Una vez más, el micrófono fue el medio de comunicación de ella.

Sí, soy yo.

Y a partir de aquí, ya no necesitaron usar más el teclado. Sus oídos les pedían oír la voz del otro, sentir que no estaban tan lejos, que podían acercarse cada vez más. Querían soñar que estaban el uno delante del otro, y tal vez si cerraran los ojos podrían imaginarlo.

Tu voz es maravillosa.

¿Qué dices? Odio mi voz.

Pero ¿cómo vas a odiar tan melodiosa voz? Uy, si cada día al menos me saludara alguien con esa voz sería muy feliz.

¡Qué exagerado!

El seseo estaba presente en el acento de él; en el de ella, en cambio, Héctor notó cómo se aspiraban las eses finales. Era divertido oírla hablar, pero también muy gratificante.

Solo digo lo que oigo. Me gusta mucho escucharte.

A mí también me gusta mucho. Se me hace raro poder hablar contigo así.

El tiempo pasó más deprisa que nunca. De repente, parecía que estaban más unidos, como si sus voces pudieran acercarlos más. No podían tocarse ni verse ni estar juntos, pero ahora podían oírse, y eso era mucho más de lo que habían esperado.

La conversación fluyó amena y divertida. Palabras sinceras, seguras, románticas; otras reprimidas en el principio de la garganta, deseosas de ser pronunciadas. Después surgieron las bromas, los juegos, y con ellos las carcajadas. Y por fin esa risa que tanto había deseado escuchar. Esa que había adorado incluso antes de saber cómo era.

¿Sabes? Me encanta tu risa y tu acento. Es muy padre escuchar de repente a alguien que no hable como tú escuchas a diario.

A mí también me encanta tu acento, no demasiado exagerado, como en las telenovelas.

«Como las telenovelas», pensó, divertido, y sonrió. ¿Qué no tenía? ¿Había algo que le faltara a esa chica?

A su pantalla llegó un aviso de mensaje. Entró en él y vio que era de la última editorial a la que le había mandado su libro y la única que quedaba por contestar. Nervioso, abrió el sobrecito que llevaba su nombre y lo leyó. Su ánimo decayó cuando, una vez más, vio el contenido de la carta. Otra negativa. En un breve resumen, le decían que ellos no hacían ese tipo de publicaciones y le daban el nombre de una editorial a la que podría interesarles su obra: la editorial Atenea.

Se dejó caer sobre la silla. Tal vez debía rendirse. Estaba ya tan cansado de que lo rechazaran que empezaba a asimilar que no valía para escribir, y que Irene tenía razón. Sus ojos se posaron en una pila de folios que se encontraba encima de la mesa, al lado de su mano derecha. Acarició con los dedos la primera hoja, donde resaltaba el título de la novela y su nombre:

El corazón de Yucatán

Héctor I. García

Oye, Nataly, ¿cuál es tu dios griego favorito?

Atenea —contestó sin dudar—. ¿Por qué?

Héctor sonrió. ¿Acaso sería una casualidad?

Nada más por saber. Y dime, ¿crees en el destino?

¿En el destino? Pues no sé. A veces parece que existe, pero, por otra parte, creo que uno se crea su propio destino. ¿Por qué?

Porque en unos días podremos saber si existe.

La curiosidad innata de Natalia resurgió como cada vez que alguien intentaba ocultarle algo o le insinuaba que sabía algo que ella no sabía.

¿A qué te refieres?

Para saberlo, tendrás que esperar.

3

El examen de Lingüística había sido más fácil de lo que había pensado. Tipo test, 100 preguntas que se sabía de memoria. Casi le había dado vergüenza haberse preocupado tanto por algo tan sencillo. Si lo hubiera sabido antes, se habría evitado muchos dolores de cabeza.

Se despidió de sus compañeros y bajó junto con Natanael y Gema a la biblioteca. Les había comunicado que se quedaría a comer en la Universidad para aprovechar el tiempo al máximo y estudiar para su último examen: Lengua griega. Sus amigos habían decidido ir con ella y repasar juntos para aclarar dudas.

Esos días, la biblioteca estaba a rebosar de estudiantes agobiados. Expresiones contraídas, grandes ojeras y rostros blanquecinos eran el cuadro de presentación de los jóvenes que llenaban la estancia. Seguramente llevaban días estudiando mucho y durmiendo poco.

Natalia se dirigió a un rincón apartado de la biblioteca, al lado de las estanterías de Literatura griega y latina, y se acomodó en una de las mesas. Natanael y Gema se sentaron en sendos lados. Antes de empezar con las lecciones, la joven dejó el móvil en silencio. No había sido del todo sincera. La verdadera razón por la que no quería volver a casa era porque allí tenía la distracción del ordenador. Sabiendo que Héctor debía de estar conectado, no podía centrarse en los apuntes que tenía delante. Y por otra parte estaba David, que últimamente no paraba de mandarle mensajes, tanto al móvil como al correo. Estaba cansada, y sentirse mal no la ayudaba. Sabía que David estaba deprimido por su reciente ruptura, pero debía comprender que ella estaba estudiando y no podía alejar su mente de las asignaturas de las que se tenía que examinar.

Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó Gema.

Podríamos empezar por ir a por un bocadillo —sugirió Natanael—. Me muero de hambre.

Si hacemos parones tan pronto no terminaremos nunca —le regañó Natalia—. Vamos a mirarnos los verbos. ¿Os parece bien?

Mientras se ponían de acuerdo y discutían sobre las formas verbales, un mensaje apareció en el móvil de Natalia. Otro mensaje de David. Por suerte, el teléfono estaba en silencio, y la chica se negó a mirarlo hasta que hubieran terminado. Para entonces, ya eran casi las ocho de la tarde, y David seguro que se había cansado de esperar una respuesta.

4

Siete de febrero, el día tan esperado y temido por todos los alumnos de primero de Filología clásica: el día del examen de Lengua griega, esa asignatura que, según contaban los rumores, solo dos personas habían aprobado el año anterior. Los histéricos estudiantes hacían un repaso frenético de última hora delante del aula donde tendría lugar su juicio final. Natalia llegó veinte minutos antes de que empezara la prueba, y encontró allí a todos los que habían tenido el valor de presentarse. Teresa y Gema ya estaban allí, pero Natanael todavía no había llegado.

Buenos días —la saludó Teresa.

Eso espero: que sean buenos —respondió Natalia—. ¿Cómo lo llevas?

Fatal. Realmente me presento para ver cómo es el examen, porque ni siquiera llegué a terminar el texto. No me daba tiempo.

Vaya, qué pena…

¿Y tú?

Yo, bien. Creo que bien —rectificó la chica—. Se hará lo que se pueda.

Natanael llegó unos minutos más tarde, acompañado de los tocayos, Jesús Pizarro y Jesús Espinosa.

Buenas —saludó.

Empezaba a pensar que te habías rajado —le dijo Natalia.

Natanael sonrió de manera cómplice.

He estado a punto, pero al final he venido para ver cómo va el examen. Llevo despierto desde las siete pensando: “¿voy o no voy? ¿Voy o no voy?” Ya casi a las ocho me decidí y me levanté.

Natalia movió la cabeza de un lado para otro horizontalmente. No tenía remedio. Después, se dirigió a los tocayos. Físicamente eran totalmente opuestos. Jesús Pizarro era alto y grande, de pelo claro, corto y lacio. Jesús Espinosa, sin embargo, era bajo y delgado, con rizos rubios.

Hola a vosotros también.

Salve —saludó Pizarro en latín.

Morituri te salutant —completó Espinosa, recordando a los gladiadores que saludaban al César antes de luchar entre sí o contra distintas fieras en la arena. Pero ellos ni eran gladiadores ni estaban a punto de morir. O, al menos, no de esa forma—. ¿O debería decir: “suspenduri”?

Nueva palabra para el diccionario Latín-Español. Pero sería mejor que aprendierais a decirlo en griego —les aconsejó.

Kalimera —contestó rápidamente Jesús Pizarro.

El otro Jesús se quedó callado durante unos segundos, buscando en la base de datos de su cabeza las palabras griegas adecuadas. Después de unos segundos, soltó una carcajada.

No pienso ponerme a investigar ahora.

¿Lo lleváis bien?

Ambos dudaron.

Dejémoslo en “lo llevamos” —respondió Pizarro.

Lo va a hacer en tres partes, ¿no?

Eso dijo. Primero, la gramática; un descanso, y después, la traducción sin diccionario; otro descanso, y por último, la traducción con diccionario —explicó ella, ayudándose con los dedos para enumerar las partes.

¿Cuál os da más miedo?

Creo que la parte sin diccionario. Pero no sé. Los verbos también los llevo bastante mal. Tal vez la gramática.

A mí, todo.

Teresa, que se encontraba sentada junto a la ventana escuchando la conversación, empezó a sentir la presión del momento. Abrió su carpeta y sacó algunos folios desordenados.

¡Ay, ya me habéis puesto nerviosa! Voy a repasar.

¡No repases, que es peor! —le aconsejó Natalia—. Guarda esos apuntes.

Si de todas formas vamos a suspender —dijo Natanael.

Natalia le echó una mirada cuanto menos asesina.

¡Eso es, con optimismo!

Teresa echó un ojo a dos o tres notas que tenía en los folios que ella misma había redactado y volvió a meterlos en la carpeta, dándose por vencida. Esos últimos minutos no la salvarían.

Oye, ¿Rafa no se retrasa mucho? —preguntó.

Gema, que se encontraba a su lado hablando con una chica de clase, se volvió.

Eso digo yo. ¿Es el profesor y el único que llega tarde?

Natanael miró su reloj.

Son ya las nueve y diez.

¿Y si se ha perdido? —sugirió Natalia.

¿Cómo se va a perder?

Hombre, como no es en la misma clase de siempre…

¡Ah, mira, ahí viene! — la interrumpió Gema.

Rafael —Rafa para sus amigos y alumnos—, el profesor de Lengua Griega, se apresuraba por el pasillo cargado de carpetas y folios con la frente perlada en sudor y las mejillas rojas. Parecía algo acelerado y, sobre todo, sorprendido de verlos allí a todos, mirándolo con expectación.

Pero, ¿qué hacéis aquí?

Los alumnos se quedaron callados por un momento.

Os dije que se había perdido —soltó Natalia en voz baja.

Rafa, es aquí el examen.

¿Ah, sí? —Parecía confundido. Miró el número del aula y después a sus alumnos—. ¿Desde cuándo?

Desde que lo pone en el calendario de exámenes —rio Jesús Espinosa de buena gana—. Aula 2.

Rafa se echó la mano libre a la cabeza y con el reverso se limpió la frente.

Madre mía… Bueno, pues voy a por la llave. Jesús, ¿puedes ir al aula 9 y escribir en la pizarra que el examen de griego es en el aula 2?

Jesús Espinosa asintió sin decir una palabra y desapareció por el pasillo del que había hecho acto de aparición el profesor. Rafa bajó las escaleras y se dirigió a conserjería para pedir la llave del aula.

¡Qué desastre! —se quejó una de las estudiantes en cuanto perdió de vista al profesor.

Esto es una señal —murmuró Teresa.

Natalia se volvió hacia ella, intercambiaron una mirada asustada, y acto seguido prorrumpieron en risas.

5

La gramática resultó más fácil de lo que Natalia había pensado. A pesar de que muchos verbos no supo cómo traducirlos correctamente y que algunas palabras se le atascaron, en general la primera parte del examen la hizo sentir satisfecha.

No habían pasado ni diez minutos cuando Teresa y Natanael se levantaron de sus respectivos sitios y anduvieron hasta el profesor, que, sentado en su mesa, ocupaba su tiempo corrigiendo exámenes de otros grupos. Cuando los jóvenes llegaron hasta donde estaba y le entregaron la primera parte del examen en blanco, se sintió no solo anonadado, sino francamente decepcionado.

Desde su asiento, Natalia pudo escuchar algunas de las palabras que le profesor les dedicó a ambos, pero no fue capaz de entender qué era lo que ellos le habían preguntado antes de salir por la puerta. Una vez que salieron, volvió a concentrar su atención en el folio. La segunda pregunta le pedía que escribiera todo lo que supiera acerca de los verbos griegos que se encontraban a continuación. Reconoció enseguida las formas en presente, aoristo y futuro respectivamente de los verbos ser, desatar y decir, pero hubo dos más que en un principio no reconoció.

La puerta del aula volvió a abrirse y entró una chica que llegaba tarde. Le explicó al profesor que había habido un atasco provocado por un accidente de coche y el autobús en el que iba montada había llegado con retraso a la parada. No pasó ni dos minutos antes de que se sentara y empezara a escribir como una loca en el examen para el que había pasado tantas horas estudiando. Natalia continuó con lo suyo. Era difícil concentrarse cuando no paraban de salir y de entrar. Cinco minutos después, volvió a abrirse la puerta. Esta vez entró una chica cuya ausencia había extrañado a todos. En la clase, casi nadie la soportaba, tal vez porque quería sobresalir en la asignatura hablando a destiempo y asegurándose siempre de que el profesor diera el visto bueno a sus traducciones aunque estas no tuvieran sentido. Muchos aseguraban que era una pelota, pues no había un solo día en el que no se quedara después de clases para hablar a solas con Rafa.

Raquel, como se llamaba la chiquilla, se acercó al profesor y le comentó en voz baja, aunque lo suficiente fuerte como para que Natalia pudiera oírlo, que no se iba a presentar en el examen. Después, no escuchó más que el llanto de la chica y al profesor dándole ánimos. Finalmente, consiguió convencerla de que lo intentara y le dio la hoja.

Ella continuó en el aula casi un cuarto de hora más que el resto de los alumnos. Natalia se acercó a Natanael y Teresa, que se encontraban afuera desayunando, y les explicó lo que había pasado.

Sí, hemos estado hablando con ella —dijo Teresa—. Ha estado aquí fuera como unos cinco minutos. Al parecer ha habido un accidente de coches y el autobús ha llegado tarde, y decía que para presentarse mal a este examen, mejor no se presentaba, porque «para uno que se le da realmente bien»…

Pero si solo ha llegado diez minutos tarde…

Ella se encogió de hombros.

Quiere darle pena al profesor. No hay más que ver que ya lleva ahí dentro quince minutos más de lo que dura el examen —dijo Natanael.

Es una chica muy rara —comentó Natalia, pensativa—. En todo el tiempo que llevamos de curso, no me ha saludado ni dirigido la palabra ni una sola vez.

¿Y eso? —preguntó Teresa.

No lo sé. Siempre me evita o baja la mirada cuando me ve.

Qué raro…

Por cierto, ¿y a vosotros qué os ha dicho?

Que podemos presentarnos a la traducción con diccionario, y si aprobamos, nos podemos quitar esa parte.

Bueno, algo es algo. ¿Y no os ha dicho nada de que le hayáis dado el examen en blanco?

Natanael rio entonces, rememorando el momento en el que el profesor de griego casi se los come vivos.

Que somos unos mierdas.

6

Oficialmente, habían terminado los exámenes. La traducción sin diccionario había sido facilísima. Al menos, para ella, que había preparado el texto y se lo había estudiado a fondo. Otros no pensaron lo mismo.

Después de un breve descanso, entraron de nuevo al aula para finalizar el examen con la tercera parte: la traducción con diccionario. Los alumnos se dieron ánimos unos a otros y compartieron un momento de risas cuando una de las chicas, que había bajado a la biblioteca a buscar un diccionario de griego, se dio cuenta de que el tomo solo abarcaba de la letra Alfa a la Mi.

Una vez más, Natalia vio recompensado todo su esfuerzo cuando las frases fluyeron de sus manos y parecieron escribirse solas en el papel. Comprendía el texto. Cada palabra, cada forma. Conocía el contexto. Casi podía ver en su cabeza la imagen que se describía en ese fragmento.

Fue una de las últimas en salir de la clase. Quería que todo estuviera perfecto. Cuando le entregó el papel a Rafa y este le devolvió la sonrisa, supo que había comenzado la carrera con buen pie. Ahora tenía una semana para relajarse antes de que empezara el segundo semestre.