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Confesiones

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XIII

Confesiones

1

El parque del Barrero estaba bastante tranquilo. Tal vez fuera por el frío que hacía, o quizás porque ya eran casi las ocho de la tarde. Natalia, Carmen y América entraron en él entre bromas y risas. Era perfecto. Apenas había un par de grupos repartidos por el extenso césped. Caminaron hasta uno de los bancos y tomaron asiento. Cuando Natalia vio el momento preciso, se levantó y se puso frente a sus dos mejores amigas. Era la hora de sincerarse y contarles todo. Quería compartir con ellas su emoción y nerviosismo.

Tengo que contaros algo.

Las chicas esperaron, expectantes, a que Natalia se decidiera a soltar lo que les había dicho que tenía que contarles hacía rato.

Ya os conté las razones de mi ruptura con David. —Ambas asintieron, incitándola a continuar—. Pues, no os lo conté todo. Es verdad que todas esas razones me empujaron a cortar con él, pero hubo algo que fue la gota que colmó el vaso. El detonante.

¡Ajá, suéltalo ya! —exigió América con grosera impaciencia.

Vale, vale… Pues, veréis… —Tomó aire—. Hay otra persona.

Los ojos de América se abrieron como platos. Carmen, sin embargo, sonrió. Conocía tan bien a su mejor amiga que, desde hacía tiempo, cada gesto, cada sonrisa, cada palabra, la había hecho pensar que tal vez pudiera haber un chico de por medio.

¡¿Cómo?! ¿Le pusiste los cuernos? —exclamó América.

¡No! Yo nunca haría eso. La cosa es que conocí a otra persona cuando la cosa iba mal con David, y corté la relación con él porque empecé a sentir algo por ese otro chico. Pero hay un par de problemitas. Bueno, no son exactamente problemitas. Uno, al menos, no lo es para mí. El otro sí es más bien un inconveniente.

Lo conociste por Internet —intervino Carmen.

Natalia se quedó perpleja.

Sí —confirmó.

Lo sabía —dijo—. Es ese chico que te manda tantos mensajes al Facebook, ¿verdad? ¿Un tal Héctor?

Exacto.

Natalia se sonrojaba por segundos. América también, pero por motivos diferentes. No podía creer lo que estaba oyendo.

Bueno, y ¿cuál es el otro inconveniente?

La edad. Hay algo de diferencia.

¿Cuántos tiene? ¿Dieciséis? ¡¿Eres una pederasta?! —soltó América.

¡Joder, que no! —gritó Natalia—. Él es mayor que yo.

¿Cuánto mayor? ¿Seis años?

Un poco más.

¿Ocho? —intentó adivinar Carmen.

Un poquito más.

¿Diez? —preguntó América, preocupada.

Once. Tiene treinta años.

¡Hostia! —exclamó América—. ¡Entonces el pederasta es él! Y yo que llevaba mal que mi novio tenga cuatro años más que yo.

No es un pederasta, Ame. Yo soy mayor de edad.

¡Pero son once años!

¿Y?

América parecía molesta. No le había agradado la idea. Tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados. Parecía dispuesta a llevarle la contraria en todo lo que dijera.

¿Y si es un depravado? ¿De dónde es?

De Cancún, México.

¡Anda, un panchito!

Natalia cogió aire y lo soltó lentamente. Se le estaba acabando la paciencia. No quería pelear con su amiga, pero tampoco podía permitir que insultara a Héctor, y más cuando él no podía defenderse.

No lo llames así.

Carmen permanecía callada, pero por su cara era obvio que no estaba de acuerdo con nada de lo que estaba diciendo América. Durante años habían estado bromeando sobre irse a otro planeta a buscar al chico de sus sueños, y tal vez su mejor amiga podría haberlo encontrado en otro país. ¿Cuál era el problema?

Va a venir en Marzo.

América miró a Natalia como si no tuviera remedio.

¡No jodas! ¿Encima va a venir?

Es escritor. Se han puesto en contacto con él desde una editorial de Madrid. Están dispuestos a publicarle tres libros. Tiene intención de venir a conocerme el fin de semana.

¡Qué guay! —exclamó Carmen—. ¿Tres libros le van a publicar?

Natalia asintió. Estaba dividida. Por una parte, contenta por la actitud positiva de Carmen; por otra parte, cabreada porque América no entraba en razón.

¿Tres libros? Tsss… ¡A saber si eso es verdad y no te ha engañado!

Una vez más, Natalia frunció el ceño. No quería ni pensarlo, pero ¿acaso el tono de voz de América denotaba cierta envidia?

Os cuento esto porque estoy nerviosa —confesó, rendida—. Estoy deseando conocerle, pero tengo miedo a que no aparezca ese día. ¿No puedes poner un poco de tu parte? Sois las únicas a las que os lo he contado porque sois mis amigas.

Esta frase pareció ablandar el corazón de América, que dejó de fruncir el ceño y descruzó los brazos para abrazar a su amiga.

Lo siento. Mira, si no aparece ese día, le ponemos un detective privado, y cuando lo encuentre, mandamos a un matón para que le pegue una paliza. ¿Vale?

Natalia rio.

No creo que haga falta —habló Carmen.

Eso espero —deseó Natalia.

2

Héctor canturreaba en su puesto de trabajo a la vez que tecleaba algo en el ordenador. La atención al cliente estaba vacía por culpa de la lluvia, y eso les daba libertad a los empleados para comportarse de manera más informal.

A lo largo de la mañana, Héctor había gastado bromas, asustado a algunas de sus compañeras, contado chistes y cantado todo tipo de canciones. Parecía más animado que de costumbre, y sus amigos lo habían notado. Las mujeres cotilleaban acerca de lo que le habría ocurrido a Héctor para que estuviera tan alegre; los hombres solo sonreían. Hacía muchísimo tiempo que no veían a su compañero así. Desde hacía meses se había comportado de manera huraña y seria.

Afuera resonó un trueno y un relámpago iluminó por unos instantes el oscurecido cielo. La lluvia cayó con más fuerza.

No creo que hoy venga nadie. Podrían dejarnos salir antes de la hora —opinó Lucía, una de las compañeras con las que mejor se llevaba Héctor.

Podrían, pero no lo harán —contestó Héctor, sin perder la sonrisa.

Lucía se volvió hacia él, exasperada por ese buen humor que no combinaba para nada con ese día tan desagradable.

¿Qué tienes hoy? Te ves muy contento.

Lo estoy —corroboró él.

¿Por algo en especial?

De hecho, sí. Me han concedido unos días para hacer un viaje.

¿Un viaje? —Aquello era nuevo—. ¿Adónde te vas?

¿Para qué quieres saber? —le preguntó.

Simple chismorreo.

Héctor rio ante su sinceridad.

Está bien, está bien. Me voy a España.

¡España! —exclamó Lucía, haciendo que varios compañeros se volvieran hacia ellos—. ¿Por qué tan lejos?

Eso es un secreto —respondió.

Su móvil empezó a sonar, y su sonrisa se acrecentó. Sin dar explicaciones a nadie, se levantó para ir al baño, dejando a su compañera llena de curiosidad.

Encendió la pantalla del móvil de camino al lavabo. En otra ocasión, se hubiera sentido decepcionado al descubrir que no era Natalia quien le hablaba, pero ese día estaba de muy buen humor, y respondió a Messías de buen grado. Se disculpó por no tener demasiado tiempo para hablar con él. En el trabajo no permitían el uso de teléfonos móviles, y por eso siempre que quería responder iba al baño a esconderse. Le soltó, entusiasmado, que tenía una buena noticia, y cuando le confesó que iría a conocer a la famosa Pétalo, Messías no pudo sino compartir su alegría.

Quién te diría a ti hace un par de meses que viajarías para conocer a tu «archienemiga» —bromeó.

Es como si el destino hubiese querido que aceptaran mi libro en Madrid.

Yo no creo en el destino, pero quién sabe —respondió Messías.

Sí, quién sabe…

3

Esa tarde de jueves escaseaba la vida en la plaza Las Américas. Algunas personas daban una vuelta o tomaban algo refrescante en una de las cafeterías; otras, habían aprovechado el día de asfixiante calor y lluvia para refugiarse en el fresco centro comercial y, de paso, para buscar gangas por el gran paseo de posibilidades y marcas a buen precio que este ofrecía; pero en general, estaba vacío. No había demasiada gente paseando, ni personas que esperaran impacientemente en la cola del cine para comprar entradas. A esa hora, en los restaurantes no había ni un alma.

En una de las cafeterías del centro comercial, la señora Esther, imitando a su hijo, había pedido un café con leche que ahora sorbía lentamente. Dejó la humeante taza sobre la mesa para dejar que se enfriara y miró a su primogénito, que algo más impaciente, dio un trago sin importar que el líquido le quemara la lengua. Lo conocía. Estaba nervioso y dispuesto a contarle algo, y por su sonrisa podía adivinar que se trataba de algo realmente bueno. Sin embargo, desde que el camarero había llegado con los cafés, el joven no había soltado prenda.

¿Qué te traes, que estás todo nervioso?

Héctor se dio cuenta en ese momento que había estado un buen rato moviendo la pierna derecha, y cesó de inmediato. Dejó el café sobre la mesa, se lamió los labios para borrar todo rastro, y sonrió a su madre.

No sé cómo empezar —confesó.

Pues por el principio, hijo, que se nos hace de noche.

Una sincera y nerviosa risilla, y después otra vez los nervios.

Verás, mamá… Te dije que cuando vaya para España para firmar los contratos de mis libros solo estaré en Madrid, ¿cierto?

Ajá. ¿Es que piensas ir a algún sitio más?

Este…, sí. Ese fin de semana también iré a Cádiz. Está en el sur de España, a cuatro horas en tren desde Madrid.

Y ¿para qué vas a Cádiz? —quiso saber Esther—. ¿Qué se te perdió allá? ¿Hay algo que quieras ver?

No. No exactamente. —Tragó saliva—. Mamá…, la verdad es que… he conocido a alguien.

Antes de que su madre pudiese hablar, cogió la taza y volvió a beber de ella. La mirada de Esther se iluminó. Había esperado una noticia sobre sus libros, sobre su trabajo o, incluso, sobre Irene, pero nunca había esperado que la buena nueva tuviese que ver con otra chica que hiciese ilusionar el corazón de su hijo mayor.

¿Enamorado, Héctor?—le preguntó. Su hijo asintió con lentitud—. ¡Órale, qué alegría! ¿Quién es la afortunada? ¿Cómo se llama? Cuéntamelo todo —le pidió, agarrándole la mano para que sintiera todo su apoyo.

Se llama Natalia.

¿Cómo la conociste?

Héctor se removió en su silla, algo incómodo. Sabía que su madre lo apoyaría en todo, que no le importaría la distancia ni la edad, pero aun así se sentía desnudo al desvelar a alguien más su secreto.

En un foro en el que ambos escribimos. Ella también quiere ser escritora.

¡No me digas! Vamos, cuenta. Quiero la historia completita, hasta el mínimo detalle. Que no se te escape nada.

Héctor apuró lo poco que le quedaba de café y pidió otro más. Esther no le dio tregua y empezó a hacer preguntas que él iba contestando, al principio con timidez, pero pasados unos minutos relató la historia como si lo hubiese ensayado y sin que fuera necesario que su madre le tirase de la lengua. Nada más empezar, recalcó el talento que tenía su chica y lo impresionado que había quedado al darse cuenta de ello; habló de sus charlas hasta las tantas de la mañana, de las risas —¡Cuánto tiempo hacía que no reía así!—, de las bromas y los temas serios; contó cómo empezó a sentirse atraído por ella y de la reticencia de la chica por tener novio; se sintió bastante emocionado cuando reveló que ella había dejado a su novio, con el que llevaba todo un año saliendo, para ser fiel a sus sentimientos por él; y concluyó con sus planes de pasar aunque fuera un par de días con ella cuando fuera a España.

Esther había estado escuchando atentamente, sin poder despegar su atención de la historia de su hijo con esa chica española. El café se le había enfriado. Estaba boquiabierta, pero innegablemente feliz por Héctor.

Hijo, es una historia preciosa. Parece un cuento de hadas.

Sí. Este…, hay algo más, mamá.

¿Qué ocurre?

Ella es algo menor que yo.

Esther pareció sorprendida. Que su hijo mencionara el hecho de la diferencia de edad quería decir que había bastantes años de diferencia.

¿Cuántos años tiene?

Las dudas se apoderaron de Héctor. Estaba seguro de que lo apoyaría. Era su madre, y siempre respetaba sus decisiones, pero ¿y si alguien más se enteraba? ¿Y si los juzgaban? ¿Y si ella misma lo juzgaba o minusvaloraba a Natalia por su juventud? Tal vez pensaran que no era más que una cría. Lo mejor sería poner algunos granos de más sobre esa pequeña montaña que empezaba a formarse, al menos hasta que la conocieran en persona.

Tiene veintidós años.

Esther sonrió para dar confianza a Héctor, que parecía algo inseguro.

La edad no importa, hijo. Esa chica parece muy madura. Aún no me puedo creer que dejara a su novio para estar contigo. Eso dice mucho de ella. Seguro es una buena niña. No todas estarían dispuestas a sacrificar a alguien que puede estar allá con ella por una persona que está al otro lado del mundo.

Sí, mamá. Ambos estamos dispuestos a llegar hasta el final. La amo, y ella me ama a mí. A pesar de que todavía no nos hayamos conocido en persona, siento algo muy profundo por ella. Es algo muy fuerte.

Lo imaginaba.

¿Lo imaginabas?

Sí —respondió, y volvió a beber de la taza fría de café. Puso una mueca de disgusto y la volvió a posar sobre el platito—. Desde hace un tiempo te he visto más contento, más enérgico. Empecé a preguntarme si tendría que ver una chica en todo esto, pero la verdad es que pensé que Irene y tú habíais arreglado la relación.

No, mamá. Lo nuestro ya no tiene solución. Me he dado cuenta de que ella no valía la pena. Con Natalia es diferente. Sé que me quiere. Es maravillosa, y me hace sentir vivo. Me hace rejuvenecer.

Esther rio.

¡Ni que estuvieras ya viejo, hijo! ¡Aún eres muy joven!

Héctor también rio.

Ella me hace ser yo mismo. No me juzga, no me siento oprimido. Puedo decir lo que quiero en cada momento, aunque sea una tontería, y sé que responderá con una sonrisa.

¿Tienes alguna foto de ella?

¡Claro!

Sacó el móvil de uno de sus bolsillos y rebuscó en él. Había guardado algunas fotos que le habían gustado mucho, y siempre que sentía ganas de verla, las miraba. La primera que encontró resultó ser la que más le gustaba. En ella llevaba un vestido blanco que la hacía parecer un ángel, pero no se veía bien su cara. Pasó a la segunda foto; una en la que Natalia miraba a la cámara directamente, mostrando su mejor sonrisa. Le tendió el móvil a su madre.

¡Órale…! Es muy linda —dijo como primera impresión—. Tiene unos ojos grandes y hermosos. Y ¡qué melena tan espesa, como la de un león! Es preciosa.

Y ¿qué me dices de su sonrisa?

Es muy bonita. Se ve que es sincera. Pero lo que más me gustan son sus ojos. Transmiten mucha dulzura. Es como si a través de ellos pudieras llegar hasta su alma.

No te extrañe.

4

El sol brillaba en el cielo a pesar del frío de ese día. Era la una y media de la tarde cuando Natalia salió de la Universidad y puso rumbo oeste. Giró a la izquierda y bajó la calle. Después, cuesta arriba hasta que llegó a una callejuela de mal aspecto. Las aceras eran diminutas y estaban realmente sucias, los coches llenaban la calle, y la obra que se estaba realizando en ella desde hacía largo tiempo parecía interminable. Por fin, después de unos minutos, llegó a la calle donde un cartel rezaba: “Pensión Los Girasoles”.

Según lo que había leído en Internet, la pensión Los Girasoles era un lugar bonito y acogedor regentado por un matrimonio joven que habían decidido arriesgar con su propio negocio, cansado de que los mangonearan en otros trabajos.

Tomó aire, se acercó hasta la puerta y llamó al timbre. Desde fuera parecía un lugar agradable y, sobre todo, barato. La fachada estaba pintada de blanco. Había tres ventanas en el piso de abajo, y dos más en el primero. Parecía algo pequeño, pero para Héctor no serían necesarios grandes lujos teniendo en cuenta que solo dormiría allí una noche.

Se oyeron pasos. Un hombre grande, de escaso pelo y gafas salió de una puerta interior y abrió a Natalia con una sonrisa y la invitó a pasar.

Hola, buenas.

Buenas —respondió ella—. Mire, quería hacerle una consulta. Tengo un amigo que querría hospedarse aquí, pero necesitaría saber el precio y las condiciones.

¿Para qué día sería?

Pues llegaría el sábado 10 de marzo sobre la una de la tarde y se iría al día siguiente sobre las tres o cuatro.

El hombre se colocó detrás del mostrador y revisó una agenda que ya tenía abierta. Buscó el día que la chica le había marcado.

Verás, normalmente cobramos diecisiete euros por día, pero ese fin de semana seguramente estaremos completos porque tienen lugar las juras de bandera. Entonces serían veinte euros. Y ¿hasta qué hora me has dicho que se quedaría?

Hasta las 3 o 4 más o menos.

Claro, porque tendrá que coger el tren o el autobús, ¿no?

Sí.

Bien, mira. La salida es a las 12 de la mañana, al igual que la entrada. Si sale a las tres, no podemos reservar esa habitación porque la persona que venga no podrá entrar a su hora. Normalmente cobraríamos un día más, pero si solo son tres horas…, te cobraría unos… cuatro euros más. Veinticuatro euros.

Ah, bien. Y ¿habría que reservar o ya cuando venga?

Vendría bien que reservara, porque puede llegar el día 10 y encontrar que no hay sitio. Y habría que pagar en el momento.

Ajá.

Pero ¿se quedará solo él? —preguntó el dueño.

Natalia se sintió confundida.

¿Cómo?

Hablando claro. ¿Querrás quedarte tú con él?

La chica sintió cómo enrojecía por momentos. Imaginó la escena. Héctor pidiéndole que se quedara con él, ella intentando rechazarlo, y finalmente aceptando.

¡No, no! Solo él.

Lo digo porque una habitación doble costaría más, y habría que reservar de antemano.

Está bien. —Intentó cambiar de tema—. Ah, y otra pregunta. Él llegará, dejará sus cosas, y me lo llevaré a conocer Cádiz. Así que no sé a qué hora volveremos. ¿Tiene que estar aquí a alguna hora en concreto?

No. Estamos abiertos las veinticuatro horas. Solo tiene que llamar al timbre y esperar a que le abramos.

¿Y con respecto a la documentación?

El DNI.

Él es mexicano —aclaró ella—. ¿Hay algún problema con eso?

No, ninguno. Que enseñe su DNI. Creo que allí se llama Carta de Identidad o algo así. Y si no, con el pasaporte vale.

Perfecto. Entonces voy a hablarlo con él y si le parece bien, me paso para reservar un día de estos, ¿vale?

Muy bien.

Abrió la puerta, y antes de salir, se despidió del hombre que tan amablemente la había atendido.