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Sucesos extraños

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I

Sucesos extraños

1

Natalia abrió los ojos lentamente con la luz que emanaba de la televisión. En ella, se desarrollaba una película de acción. A su alrededor todo estaba oscuro. Había anochecido hacía rato. Volvió a cerrar los ojos y a recostarse en el sofá. No recordaba haberse quedado dormida viendo una película. Lo último que recordaba era un coche rojo que se le echaba encima. ¿Acaso lo había soñado?

Suspiró. Debía estar muy trastornada y deprimida como para no acordarse de lo más elemental.

¿Y ese suspiro? —preguntó una voz masculina que le produjo un vuelco de corazón.

Abrió los ojos con rapidez y se incorporó en el sofá. Inmediatamente se dio cuenta de que no se encontraba en su casa, sino en una que le era dolorosamente familiar. Siguió el rastro que había dejado esa conocida voz. Estuvo a punto de gritar cuando vio a David sentado en una de las esquinas del sofá. Volvió a observar el salón en el que se encontraba, y las náuseas aparecieron raudas en su estómago.

¿Estás bien? —le preguntó el joven, preocupado.

Natalia no tuvo tiempo de responder. Saltó del sofá y recorrió el pasillo que conocía de sobra a la carrera. Entró en el cuarto de baño justo a tiempo para cerrar la puerta y vomitar en el váter. Era la primera vez que los nervios la traicionaban de tal forma. Respiró hondo y se incorporó, temblorosa y con los ojos llorosos.

En la puerta resonaron unos golpes. David intentó entrar sin permiso, pero Natalia volvió a cerrar la puerta y a echar el pestillo.

No entres —le advirtió.

Pero, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?

Nada —contestó ella—. Ahora salgo.

¿Segura?

¡Que sí! —exclamó, cabreada.

Está bien…

Oyó sus pisadas hacia el comedor y volvió a respirar hondo. Se lavó la cara con agua fría y se sentó sobre la taza del váter a pensar. No lo entendía. Por más que le daba vueltas no conseguía acordarse de qué hacía allí con David. Pensó en mil posibilidades y todas le parecieron locuras. No había podido ocurrir ninguna de las ideas que su imaginación le aportaba por el simple hecho de que su último recuerdo consistía en su despedida de Héctor y en una carrera que había acabado en tragedia. ¿Cómo demonios podría haber ido a buscar a David sin haberse dado cuenta? ¡Era del todo imposible!

«Dios, el accidente me ha dejado secuelas», pensó, histérica. «Me di un golpe en le cabeza. Debo tener pérdida de memoria a corto plazo.»

Dios mío, Natalia, ¿qué has hecho? Joder… —gimoteaba la chica, desesperada.

Los nervios se instalaron en su estómago de nuevo. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía ella allí?

David volvió a llamar a la puerta.

¿Estás segura de que estás bien? —preguntó desde afuera.

Natalia abrió la puerta y lo enfrentó con los ojos humedecidos.

¿Qué hago yo aquí? —le preguntó directamente.

David parecía confundido.

Hemos quedado para ver una película —respondió.

¿Qué? —exclamó ella—. ¿Cuándo hemos quedado tú y yo? ¿Y a cuento de qué?

¿A cuento de qué? —repitió David—. Lo hacemos todos los domingos. Natalia, ¿te sientes bien?

¡No! —gritó la chica, furiosa—. ¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo que lo hacemos todos los domingos?

Estaba nerviosa, y David lo notaba en el temblor que recorría todo su cuerpo. El chico se acercó a ella y colocó las manos en sus hombros.

Cálmate. No entiendo por qué estás tan alterada.

¡Me altero porque no sé qué hago aquí!

¿Que no sabes qué haces aquí? —preguntó David, tragando saliva—. Es lo más normal, ¿no? Eres mi novia.

El corazón de Natalia volvió a dar un vuelco. ¿Su novia? ¿Acaso había vuelto con él?

¿Desde cuándo?

Desde hace once meses, Natalia —respondió él, comenzando a ponerse igual de nervioso que ella.

Natalia tragó saliva. Había recibido esa frase como si de una bofetada se tratara.

¿Once meses…?

Sí. Desde diciembre, ¿recuerdas?

Natalia permaneció callada durante unos instantes, asimilando lo que estaba ocurriendo. Lentamente regresó al sofá y tomó asiento. ¿Qué había pasado? ¿Estaba soñando, o acaso todo lo que había vivido, o lo que le había parecido vivir había sido un sueño?

¿A qué estamos hoy? —preguntó sin mirarle.

David sacó de inmediato su móvil y consultó el calendario.

A 16 de noviembre.

Natalia tragó saliva de nuevo.

¿De qué año? —se atrevió a preguntar.

¿Me estás vacilando?

¿De qué año? —repitió su pregunta con tono hostil.

De 2011. ¿De qué año va a ser? Natalia, creo que el sueñecito que te has echado te ha sentado muy mal —opinó David, dirigiéndose a la cocina para comer algo.

Natalia volvió a tumbarse. Cerró los ojos, intentando volver a la realidad, sin éxito. Esa era la realidad. No había otra. Todo ese mundo que había creído que era real, solo lo había sido en su cabeza. Todo un sueño. Héctor no existía. Nunca había existido.

2011 —repitió en voz baja.

¿Era posible? ¿De verdad él, con todos los sentimientos y situaciones que conllevaba, era imaginario? ¿Había creado su mente un personaje tan poderoso capaz de trastocar su mundo y hacerle creer en otra verdad? ¿De elaborar palabras de amor, decisiones arriesgadas, sentimientos peligrosos y hasta viajes inesperados? ¿Toda esa felicidad era mentira?

Abrió los ojos, y todo seguía igual. Nada había cambiado. En la televisión continuaban las escenas de lucha. David nunca le había dado la satisfacción de ver una película romántica. Según él, prefería verlas cuando estaba soltero. Lo recordaba bien.

Lo recordaba bien, porque era la realidad.

«¡Pero esta realidad es mentira!», gritó su inconsciente.

Una lágrima cayó por su mejilla.

Es mentira. Es mentira —se repitió una y otra vez.

Escuchó a David trasteando en la cocina.

«Él otra vez no. ¡No quiero! ¡No! ¡Héctor!»

Se levantó del sofá de un saltó y corrió por el pasillo. Antes de que David pudiera verla, salió corriendo de su casa calle abajo. Movía tan rápido las piernas que más de una vez pensó que se caería de boca. Cruzó la calle sin mirar. Los coches pitaron, pero ella siguió corriendo hasta que su cuerpo le pidió parar. Para entonces, ya estaba muy cerca de su casa.

2

Sandra llamó a su habitación un par de veces antes de abrir la puerta. Tenía el teléfono inalámbrico en la mano.

Es David —le dijo, alcanzándole el aparato.

Sandra cerró la puerta y Natalia se colocó el teléfono en la oreja con manos temblorosas, como si la persona que se encontraba al otro lado de la línea fuera un fantasma que la perseguía sin descanso. Y en cierto modo, eso era.

¿Diga?

¿Por qué te has ido así? —le preguntó David—. Me has asustado.

Natalia cogió aire mientras seguía con su búsqueda entre la estantería de su habitación.

Ahora no puedo hablar contigo —le dijo.

Pero ¿qué te pasa? —preguntó, desesperado—. Es que no lo entiendo.

Ya hablaremos mañana, si eso… —contestó Natalia, a punto de colgar.

Te has dejado aquí tus cosas. El móvil, las llaves, la cartera…

«El móvil», pensó.

No las toques. Mañana paso a recogerlas.

Colgó sin decir nada más y tiró el teléfono sobre la cama. Pasó la mirada por toda la estantería una vez más, pero no estaba. Allí no estaba el jodido libro que le había regalado Héctor. Maldita sea, no estaba.

Nataly, ¿dónde estás? ¡Te puse aquí! ¡Recuerdo que te puse aquí, joder!

Buscó entonces El corazón de Yucatán, el primer libro que la editorial Atenea le había publicado a Héctor.

¡Tampoco está!

Encendió el ordenador y buscó las fotos que se había hecho con Héctor. No había rastro de ellas. Entonces miró la fecha a la que se encontraba en el ordenador: 16 de noviembre.

Se dio cabezazos contra la pared, barajó varias posibilidades: tal vez se había vuelto loca, o quizás estuviera soñando. Pero, ¿y si realmente había perdido la memoria con el accidente? ¿Y si David se había aprovechado de lo ocurrido para hacer como si todo volviese a como estaban antes?

Salió de su habitación y corrió hasta la cocina. Sandra hacía la comida para el día siguiente. En la olla a presión se cocinaba a fuego lento un potaje de garbanzos.

Mamá, ¿qué día es hoy?

Dieciséis —respondió echando las patatas que acababa de pelar en la olla.

¿De noviembre? —preguntó, asustada.

Pues claro, ¿de qué va a ser?

A Natalia le temblaron las piernas. Aquello no era ninguna broma, de verdad estaban en noviembre de 2011.

Estoy haciendo potaje. ¿Quieres llevarte en una fiambrera para mañana?

Sí, sí… —contestó sin saber lo que decía.

Caminó aturdida hasta el pasillo. Pantera salió a su encuentro y se enredó entre sus piernas con maullidos suaves. Demasiado suaves. Natalia la miró con detenimiento y se dio cuenta de que la gata había disminuido de tamaño. Era pequeña. Jodidamente pequeña.

La cogió en brazo y la llevó hasta la cocina.

¿Mamá, soy yo o la gata ha encogido?

Sandra echó un vistazo a Pantera.

Yo la veo igual que siempre.

¿No está demasiado pequeña?

¿Cómo quieres que esté, si tendrá poco más de cuatro meses?

Se la llevó hasta su habitación sin decir nada. Cerró la puerta con pestillo y se derrumbó sobre la cama. Pantera maulló una vez más. Natalia la miró, a punto de echarse a llorar. No podía ser mentira todo aquello. Estaba demasiado bien montado.

Cogió en brazos a Pantera. La había encontrado abandonada en septiembre, con un mes de vida más o menos.

¿De verdad eres tú? —le preguntó.

Pantera respondió a su pregunta con un maullido casi inaudible. Después, saltó de sus brazos y se puso a investigar por la habitación.

Natalia entró de nuevo en el ordenador para una última comprobación. No se rendiría tan fácilmente. Entró en la página de la Universidad y buscó en las actas. Seguro que allí estarían las notas del primer curso y le darían la razón. Recordaba con detalle cómo había pasado todas las asignaturas. ¡Se acordaba hasta de las preguntas de los exámenes!

Entró en las actas y, para su sorpresa, solo encontró notas en el expediente aún abierto de Derecho. Sus notas de Filología no estaban.

«Pero… no puede ser… », se lamentó, rompiendo a llorar. «Me… me he vuelto ¿loca?»

3

Entró en la casa de Cádiz esperando encontrar a Natanael en el sofá, viendo la tele. Pero Natanael no se encontraba allí.

«Claro, me dijo que no volvería a este piso», recordó, y rápidamente su mente la corrigió: «No, espera… Eso realmente no ha sucedido. Natanael debe estar en su habitación.» Y una vez más volvió a corregirse a sí misma. «No. Natanael no vino a vivir con nosotras hasta finales de noviembre.» Por último, habló su miedo a estar perdiendo la cabeza. «¿Natanael es real?»

Se sintió mareada. Dejó el potaje de su madre en la cocina y caminó tambaleándose hasta su habitación. Ya con la mano en el pomo, se giró hacia la puerta contraria, donde se suponía que Natanael había habitado que, en verano, había decidido buscar otro piso. Pegó la oreja a la puerta, pero no oyó nada; llamó un par de veces y nadie respondió. Abrió con sigilo y observó el panorama. Ni rastro de la guitarra, ni de las pesas, ni la ropa de chico tirada por el suelo. La habitación estaba decorada con un indudable gusto femenino. Era la habitación de Miriam.

«Eso significa que Gema y ella todavía no son pareja», se dijo.

Al cerrar la puerta, un pensamiento la invadió.

«¿Todavía?»

Notó que las fuerzas la abandonaban. Abrió la puerta de su habitación y se dejó caer sobre la cama como un peso muerto. Permaneció allí, intentando no pensar en nada, hasta que el sueño la doblegó.

4

Natalia se sentó en su escritorio a las cinco de la mañana. Llevaba despierta desde las cuatro dándole vueltas a todo lo acontecido ese día. Se llevó las manos a la cabeza, planteándose en serio la idea de haberse vuelto loca. Era como si tuviese una especie de amnesia, pero al revés. Recordaba un año completo de su vida que no existía, y estaba volviendo a vivir lo que ella pensaba que ya había vivido. Todo estaba patas arriba. Aún seguía con David, Héctor no existía, no conocía a Natanael y sus compañeras de piso no eran pareja. Tenía que aclarar en su cabeza qué era lo real y qué lo ficticio, o su mundo se convertiría en un completo caos. Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un cuaderno que abrió por una página cualquiera. Cogió un bolígrafo y escribió dos encabezados: «Sueño (Diciembre del 2011 – septiembre de 2012)», «Realidad (Actualidad. Noviembre de 2011)»

Cerró los ojos con fuerza, intentando recordar todo lo que pudiera ayudarla y empezó a escribir la primera lista.

Sueño (Noviembre del 2011 – septiembre de 2012)

-En noviembre conozco a Héctor.

-En diciembre es mi aniversario.

-En enero del 2012 dejo a David.

-Van a publicar los libros de Héctor en Madrid.

-América y Natanael no aceptan mi relación con él.

-El 5 de marzo, Héctor llega a Madrid.

-Nos conocemos el 10 de marzo. Viene a visitarme.

-Natanael avisa a David de dónde vamos a estar (aunque lo niega) y termina nuestra amistad.

-Héctor vuelve a Cancún.

-Entrevistas en la televisión y en la radio para Héctor.

-Cambio de horario en su trabajo.

-Nos queda poco tiempo para hablar.

-Se divorcia.

-Le dan la fecha de su presentación.

-Trabajo para conseguir dinero y así, poder ir a Madrid.

-América es una mentirosa.

Raquel (la de clase) es la ex de América y de David.

-Tenemos una fuerte pelea. Héctor tiene un accidente con el coche.

-Llega la fecha. Me voy a Madrid y estamos juntos durante una semana.

-Apruebo 1º de carrera y paso a 2º.

-Baja a Cádiz conmigo para estar unos días.

-David y Héctor pelean por la foto que le envió Natanael.

-Héctor arregla cuentas con Natanael.

-Los problemas se acumulan y decido dejarlo.

-Salgo corriendo de la estación y… me atropella un coche. Fin del sueño.

Natalia suspiró profundamente. Eran los acontecimientos más sobresalientes que habían tenido lugar en ese año que su imaginación había creado. Ahora tocaba la realidad, el presente.

Realidad (Actualidad. Octubre de 2011)

-Estoy en el primer semestre de mi primer año en la carrera.

-Me instalé hace un mes en la casa de mi tía.

-Gema y Miriam no son pareja.

-Natanael no vive con nosotras.

-Estoy con David. Es nuestro décimo mes juntos.

-Dentro de dos meses cumplo diecinueve años y mi primer año con David.

«¿Ya está? ¿Eso es todo?», le preguntó su mente.

Intentó recordar más cosas con las que rellenar la lista, pero no sabía con qué. Su vida real era aburrida y monótona, al igual que su relación. Era triste reconocerlo, pero la verdad era que ese sueño, esa mentira, había llenado su vida de emoción y experiencias nuevas, y de pronto, había llegado la realidad, golpeándola en la cara con ganas. Y no sabía por qué, pero se sentía triste. Normalmente los sueños no dejaban en ella una huella tan profunda. Eran mejores o peores; le hacían levantarse de buen o mal humor; pero nunca la marcaban de esa forma. Un personaje de ficción nunca había sido más poderoso que una persona real, y sin embargo sentía que ese hombre imaginario llamado Héctor tenía más fuerza de la que tenía David. Y eso era algo que la asustaba terriblemente.

Retorno a la realidad

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I

Retorno a la realidad

1

Héctor caminaba de un lado para otro con el teléfono móvil pegado a la oreja. Su expresión malhumorada no auguraba nada bueno. La persona que había al otro lado del aparato lo estaba poniendo realmente nervioso.

Deja de intentar retrasarlo. No te servirá de nada.

Y volvía a callar, esperanzado de que le diera una respuesta positiva, pero de lo que dijera serviría.

¿No que querías hablar urgentemente conmigo? ¿Qué problema hay ahora? —Y otra pausa—. Pues a mí me urge firmar los papeles del divorcio; así que será mejor que te desocupes pronto.

Y colgó.

Respiró hondo, intentando tranquilizarse. Irene conseguía sacarlo de quicio. Tanto que le había estado insistiendo en que quería verle para tratar asuntos del divorcio y ahora no había manera de que la muy estúpida le dedicara un segundo. Le estaba dando largas; estaba seguro. No quería terminar de una vez con esa absurda relación, e intentaba alargarla como podía.

Mierda…

Un hombre de barba espesa y gafas de vista se acercó a él.

¿Héctor García?

Héctor se dio la vuelta.

Sí, señor.

El hombre le ofreció la mano.

Soy Julián Garrido, el coordinador del programa.

Mucho gusto —respondió Héctor con un firme apretón de manos.

Ven conmigo. Estamos a punto de empezar.

Julián Garrido guio a Héctor por un pasillo hasta llegar a una terraza en cuyo centro se hallaba una larga mesa equipada con varios micrófonos. En la mesa ya se encontraban los integrantes del programa de radio y un joven de expresión nerviosa que, seguramente, había sido invitado a pasar un rato con ellos, al igual que él. Julián Garrido presentó a Héctor y le pidió que se sentara en la única silla que quedaba libre. Le explicaron brevemente cuál sería la dinámica que seguirían, y en unos minutos, saltaron al aire.

Buenas tardes a todos. Mi nombre es Julián Garrido, y estamos una vez más acá en Desde el café —comenzó el coordinador, presentando al programa y a sus compañeros.

Los participantes usuales de Desde el café hablaron largo rato como introducción a la materia de la tarde. Cuando parecía que no les quedaba bromas por hacer, o temas intrascendentes por tratar, Garrido dio paso a Héctor.

Hoy tenemos con nosotros a Héctor García, un joven escritor que, a pesar de no encontrar publicación en México, no se rindió en ningún momento y decidió ir más allá, encontrándose con una respuesta afirmativa en una editorial española. Buenas tardes, Héctor.

Buenas tardes. Gracias por invitarme al programa.

Gracias a ti por venir. Cuéntanos, Héctor, ¿cómo sucedió ese gran milagro que tanto esperabas?

Héctor cogió aire, sonrió, y se dispuso a contar su historia. La historia que a partir de ese momento, repetiría tantas veces.

2

Gema y Miriam bloqueaban la puerta con los brazos cruzados y los ceños fruncidos. Natalia esperaba pacientemente frente a ellas con una maleta. Ninguna de las tres parecía ceder.

Chicas, por favor, sed razonables —les pedía.

Sé razonable tú —decía Gema—. No puedes irte.

Natalia soltó la maleta y se sentó en uno de los brazos del sofá, a espera de que al menos Miriam, que era la más madura del grupo, la dejara salir.

Miriam, por favor.

Lo siento —dijo la chica—, pero esta vez no estoy de acuerdo contigo.

Natalia refunfuñó. Empezaba a cabrearse.

¿Es que no lo entendéis? La situación no puede seguir así. Hay demasiada tensión entre Natanael y yo. Ya no podemos comer todos juntos en la mesa. Cuando nos cruzamos, ni siquiera nos dirigimos la palabra. No me siento a gusto estando aquí —explicó.

Bueno, y ¿no sería más lógico que se fuera él? ¡Natanael fue el que empezó, y esta es la casa de tu tía! —exclamó Gema, recalcando la pertenencia del piso.

Natalia se puso más seria aún.

Sabes que no sería capaz de echarlo —le dijo—. Además, él viene de lejos, y yo tengo mi casa en San Fernando. Lo único que tengo que hacer es levantarme un poco más temprano y venir en tren. Nos veremos en las clases.

Yo no te veré —contestó Miriam, dando un paso al frente—. No estoy en tu clase, ¿recuerdas?

Natalia vio los ojos húmedos de Miriam, y sintió que su ánimo decaía aún más, si es que eso era posible. ¿Tenía que renunciar a la convivencia con sus amigas, a la independencia, a levantarse media hora antes de las clases, solo por alguien que la había tratado mal? Se levantó del sofá, decidida a hablar, pero Miriam le echó los brazos al cuello, abrazándola con fuerza.

Por favor, no te vayas. Me siento muy sola estando lejos de mi familia. Más aún si te vas.

Miriam, no puedo aguantar más. Es demasiada presión. Las peleas, los silencios incómodos, las pullas… No sé qué le pasa a Natanael, pero ya se está pasando.

Gema se acercó.

Por eso mismo, no debes dejar que gane. Si te vas, le darás lo que quiere —opinó.

¡Es que estoy tan harta…!

Lo sabemos —la cortó Miriam—. A partir de ahora todo será distinto, ¿vale? Hablaremos con Natanael si hace falta, o si no…

Le pegaremos cuando te diga algo —continuó Gema.

Eso no —la regañó Miriam.

Sí, mamá.

Natalia rio, y dejó escapar un par de lágrimas de alivio. Necesitaba reírse. Desde que Héctor se había ido, se había sentido muy desanimada, y la situación con Natanael no hacía más que empeorar. Gema cogió la maleta.

Entonces, ¿puedo llevarla a tu cuarto? —preguntó con mirada suplicante.

Natalia asintió, y antes de que pudiera cambiar de opinión, la joven corrió por el pasillo con la maleta de ruedas.

Tú no te preocupes por nada, ¿vale? Todo irá bien —le dijo Miriam.

Natalia volvió a abrazarla.

Gema tiene razón. Eres como una mamá —comentó, y ambas rieron.

De repente, se oyó el sonido de la puerta. Natanael entraba sudado del gimnasio y con una mochila al hombro. Desde que habían empezado las tensiones y los malos rollos entre ellos, siempre entraba sin saludar. Miriam se volvió hacia él con una sonrisa que al chico no le gustó nada.

Contigo quería yo hablar.

3

Natalia volvió a meter toda su ropa en el armario. De fondo, y a pesar de que la puerta de su cuarto estaba cerrada, se escuchaba la voz alta y clara de Miriam imponiéndose frente a Natanael. Una lagrimilla mojó el edredón. La joven rápidamente borró todo rastro que esta hubiera dejado. Pegada a la pared, encima del escritorio, la foto de una pareja parecía querer animarla y entristecerla a la vez. El joven de la foto era algo mayor que la chica y su piel estaba ligeramente más bronceada. Natalia se sentó frente a ella y la observó durante minutos. Desde que se había montado en ese tren que lo alejaría de ella, la había invadido un vacío que no había sentido nunca antes. Era la sensación de que algo le faltaba, algo imprescindible.

Los primeros días después de su partida habían sido extraños. El hecho de haberse conocido en persona le había creado la falsa ilusión de que desde ese momento en adelante podrían verse siempre que quisieran, como si viviesen apenas a unos metros de distancia en vez de a miles de kilómetros. Pero con el paso de las semanas, esa fantasía había ido evaporándose, dejando a la vista la cruda realidad. Fue entonces cuando Natalia comenzó a llorar y a sentirse más sola que nunca. Habían pasado casi dos meses desde entonces, y seguía sintiendo ese dolor en el pecho que no la dejaba respirar. Para colmo de males, la convivencia con Natanael se había hecho insoportable, y David seguía acosándola con mensajes a todas horas. A veces se sentía tan deprimida que apenas tenía ganas de levantarse de la cama para ir a clases. Y lo peor era que Héctor pasaba la mayor parte de su tiempo libre asistiendo a entrevistas en la radio y en la televisión, y en el trabajo se habían puesto estrictos con el uso de los teléfonos móviles, con lo cual apenas tenían tiempo para hablar. Pero, ¿qué podía hacer? Eran las consecuencias de su elección, y estaba dispuesta a asumirlas.

4

David mataba a todo soldado que encontrara en el punto de mira en ese juego nuevo que había conseguido a precio de ganga. Eran más de la una de la mañana. Sus padres y hermana hacía largo rato que se habían acostado, pero él no tenía prisa por irse a la cama. La mesa estaba llena de envoltorios vacíos de chocolatinas y bolsas de patatas. También un plato sucio y lleno de migas de pan y un vaso de Coca-cola a medio beber. Cuando Natalia decidió terminar con su relación, empezó una dieta algo más estricta que a las que estaba acostumbrado, pero en ese momento no estaba de ánimos para dietas.

En su móvil había más de veinte llamadas perdidas. Sus amigos intentaban contactar con él, saber cómo estaba, pero no tenía ganas de hablar con nadie, y menos de responder cientos de preguntas como: «¿Por qué lo habéis dejado? ¿Qué ha pasado? ¿Desde cuándo teníais problemas?». Ya había respondido a ellas una vez. La primera y última vez que salió de fiesta con su grupo después de su ruptura. Entre todos habían intentado sonsacarle información.

«Éramos muy diferentes», fue la única razón que se atrevió a dar.

«Pero eso no tiene por qué ser un problema», le había dicho una de sus amigas. La primera vez que Natalia le había hablado sobre terminar, él había pensado lo mismo. Que los componentes de una pareja no tienen por qué ser iguales, que eso al cabo del tiempo resultaba aburrido y problemático. Pero cuando se había enterado de que había otro de por medio, las pocas esperanzas que le quedaban se las llevó el viento.

El móvil volvió a sonar, y decidió ponerlo en silencio. Había tenido suficiente con las malas palabras que había recibido de su padre cuando había decidido contarles a él y a su madre que la relación más larga que había tenido se había ido al traste. En vez de apoyarle y hacerle sentir mejor con palabras cariñosas como había hecho su madre, había comenzado a despotricar.

«Te lo dije. Te dije que te iba a dejar si seguías así. Siempre pasa lo mismo. ¿Cuántas te han dejado ya, David? ¿No será que algo estás haciendo mal?», le había dicho entre otras muchas frases venenosas.

Según él todo había sido su culpa. Igual que Natalia. Ella le había echado toda la culpa a él. Apretó el mando de la consola con fuerza y se limpió furiosamente con la manga del pijama la lágrima que caía por su mejilla. En la papelera estaba la única foto de ellos que no había guardado en un baúl, la que conservaba debajo de la almohada para poder verla todas las noches. Ahora no era más que añicos.

Apagó la televisión y se metió en la cama, preguntándose quién había sido el hijo de puta que había querido joderle. Cogió el móvil y volvió a abrir el mensaje de ese número privado. La frase: «Mira lo que hace tu ex mientras tú te mueres por ella» predecía a una fotografía en la que se la veía a ella desnuda de cintura para arriba y encima de un hombre algo mayor que la besaba, ignorando que estaban siendo observados. Estuvo tentado a tirar el móvil al suelo, pero pudo controlarse a tiempo, y calmó su dolor llorando como si de un niño pequeño se tratara, preguntándose una y otra vez cómo había podido olvidarlo tan rápido. La rabieta duró unos minutos, y cuando se tranquilizó, algo verdaderamente estúpido le vino a la mente. Estúpido y patético. Pero, ¿y qué? En ese momento nada le importaba.

La pluma del escritor

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La pluma del escritor

Las distancias pueden ser tan grandes o tan pequeñas como uno quiere que sean. En nuestro caso, no existe la distancia porque yo siempre te llevo en mi corazón.

Mauro I. Barea

1

Las manecillas del reloj casi marcaban las dos de la madrugada cuando Natalia entró en su habitación. La fiesta había acabado y todos los invitados se habían marchado a sus casas. Se quitó el vestido nuevo que le había regalado su madre —ese de mangas anchas y cuello vuelto que le vio a su prima hacía tiempo y que tanto le había gustado—, y lo colgó en una percha. Se deshizo de las botas ayudándose con los pies y se puso el pijama mientras daba vueltas a lo acontecido en su cumpleaños. Se lo había pasado bien, pero desearía que ciertas cosas hubieran sido distintas: que algunos invitados no hubieran llegado tarde o que otros no se hubieran ido con tantas prisas, como si no les importara que cumpliera diecinueve años.

En su mesa, apiñados, se hallaban todos los regalos que había recibido. Simples objetos materiales que ni la llenaban ni la hacían sentir mejor.

Apagó la luz y se metió en la cama. Hacía frío, pero no todo el que podría llegar a hacer cuando estuvieran más adentrados en diciembre. Cerró los ojos sin intención de dormirse. Cuando se iba a la cama, siempre dedicaba unos minutos a pensar. Diecinueve años… Todavía no podía creerse que hubiera pasado el tiempo tan rápido. Hacía un año exactamente que su actual novio la había besado por primera vez. Quedaban seis días para su primer aniversario.

Exhaló un suspiro. Debería sentirse feliz. Era su primera pareja, y la relación había sido todo un éxito… Al menos, a vista de los demás.

Se levantó de la cama, sacó el regalo que le haría a David, y con él, volvió a introducirse entre las sábanas de franela. Era un álbum hecho a mano con cartulinas. Sus fotos acompañaban frases románticas o que contenían algún significado especial.

Apoyó su cabeza en la almohada. Si tenían un significado, ¿por qué no se sentía ilusionada con su inminente primer aniversario?

Miró por la ventana. No había ni un alma en las calles oscuras de aquella ciudad gaditana. San Fernando dormía, dándole un sabio consejo a la joven cumpleañera.

2

A miles de kilómetros, cruzando el inmenso océano, Héctor salía del trabajo malhumorado y cansado de la vida que le estaba tocando vivir. Sacó la llave del coche, abrió la puerta del mismo y entró en él. Antes de arrancar, respiró hondo. Estaba harto de todo, incluso de sentirse deprimido. Quería volver a sonreír, necesitaba que algo lo hiciera sentir mejor, pero ¿qué? A sus treinta años tenía un trabajo que odiaba, su matrimonio había fracasado y con cada día parecía que su sueño de ser escritor se esfumaba.

Arrancó el coche, se abrochó el cinturón de seguridad y salió del aparcamiento. Solo quería llegar a casa, quitarse ese traje que tanto le incordiaba y tumbarse en el sofá a leer o, quizás, entrar un rato en el ordenador.

Condujo con relativa calma. La carretera estaba tranquila. El sol brillaba en el cielo y hacía un calor horrible. Abrió la ventana y dejó que la brisa lo despejara, pero ni siquiera el viento consiguió llevarse sus pensamientos.

Una chica delgada, de pelo moreno, apareció en su cabeza. Irene… ¿Qué había salido mal? Después de cuatro años juntos, casi tres de matrimonio, todo se había ido al garete. ¿Por qué? ¿En qué había fallado? Había hecho todo lo posible y más por hacerla feliz, había pensado que era la mujer de su vida, con la que pasaría el resto de sus días, pero no había sido así. La había amado más que a nadie, la había consentido y siempre la había tratado como a una reina, pero para ella no había sido suficiente. No lo había valorado, se había comportado como una egoísta y, aunque le costase reconocerlo, seguramente nunca lo había visto con los mismos ojos enamorados con los que él la veía a ella.

«Yo ya tuve al amor de mi vida y lo dejé escapar», le solía decir.

¿Qué quería decir con eso, que él jamás podría ocupar el lugar de aquel otro que había estado en su vida?

«Maldita sea… »

Estaba tan ofuscado con sus recuerdos que no supo reaccionar cuando un insecto se coló por la ventana. Intentó echarlo de un manotazo, pero esto le hizo desviar la vista por un momento, y para cuando quiso darse cuenta, estaba demasiado cerca del coche de delante. Pensó en pegar un frenazo, pero si lo hacía, la furgoneta familiar que iba detrás de él no podría reaccionar a tiempo y alguien podría salir herido. Sin pensar en lo que hacía, dio un volantazo hacia la derecha, para después pisar el freno a la vez que giraba el volante hacia la izquierda. El coche se detuvo a escasos centímetros de un árbol, pero afortunadamente, no llegó a tocarlo. Héctor, conmocionado por lo que acababa de ocurrir, vio cómo una mariposa blanca revoloteaba inquieta por delante de él hasta salir por donde había entrado.

Respiró agitadamente. Se quitó el cinturón, sintiendo que le apretaba más que nunca, y apoyó su cabeza sobre el volante, tembloroso. Tenía las manos sudorosas de los nervios. Una lágrima escapó de su ojo derecho.

¿Se encuentra bien, joven?

Héctor alzó la vista hacia la ventana. Un hombre de pelo canoso y expresión preocupada había detenido el coche detrás del suyo al ver lo ocurrido, y se había acercado para comprobar que el conductor del vehículo que había estado a punto de colisionar estuviera en buenas condiciones.

«No», era la respuesta que quería dar Héctor, pero su estado psicológico no era lo que preocupaba a ese buen hombre, así que sonrió y fingió que todo estaba en bien.

Cuando se hubo tranquilizado, arrancó y puso rumbo a su casa. Lo que le hubiera faltado sería que llegase la policía y le sacaran el dinero con la llamada “mordida”.

3

Llegó a su casa media hora más tarde; esa casa en la que había puesto tantos sueños e ilusiones.

Tiró las llaves en la mesa del salón y aflojó el nudo de su corbata azul con cansancio. Se dirigió a su habitación, en el segundo piso, desnudándose en el camino. Después de buscar algo cómodo que ponerse, puso rumbo al cuarto contiguo, donde esperaba, encima de una mesa llena de trastos, su único compañero en las largas noches de escritura.

Antes de acomodarse frente al ordenador portátil, bajó a la cocina y cogió un brick de zumo. Una vez en la silla, abrió el procesador de textos y se dispuso a escribir. Intentó concentrarse y formó la primera frase. Tecleó algunas palabras más para borrarlas inmediatamente después. Minutos más tarde, tuvo la certeza de que no sería capaz de escribir aquel día, y cerró el procesador.

Reposó la espalda sobre el respaldo de la silla y miró hacia arriba, como si su mirada pudiera atravesar el techo y ver el cielo. Ya no tenía ganas de escribir.

Entró en el foro donde solía colgar algunos de sus escritos, La pluma del escritor. Hacía tiempo, había terminado una historia en la que había puesto todo su corazón y la había colgado en esa página web. Entró en su perfil y buscó su pequeña creación. En el primer capítulo, antes del título, aún rezaba la frase «Para Irene». Había escrito esa historia solo para ella; había puesto todo su amor en cada palabra…

«Escribir no es lo tuyo. Eres mejor en otras cosas

Aún no podía comprender cómo había podido decirle eso. Él amaba escribir. Era lo que más le gustaba en el mundo, su sueño. Incluso había llegado a pensar que realmente no servía para ello, pero tenía un libro publicado y sus historias cosechaban bastante éxito en la red.

Entró en la página principal, buscando novedades. Fue entonces cuando lo vio y no pudo sino fruncir el ceño. Ahí estaba otra vez ese nombre que le ponía de mal humor cada vez que entraba en La pluma del escritor: Pétalo. Ya había entrado en su perfil; tenía publicadas varias historias, pero esa era la primera en la sección en la que él escribía. A pesar de no ser un sector demasiado visitado, su relato, aún incompleto y con apenas diez capítulos, ya contaba con más de cien comentarios de sus seguidores; mientras que la historia que él había creado hacía algún tiempo para Irene —y que había cosechado gran éxito en su momento—, con dieciséis capítulos, apenas tenía noventa comentarios.

Dejó a un lado el foro y abrió el Messenger. Entre varios usuarios que poco y nada le interesaban, encontró a un buen amigo que había conocido en una web de videojuegos. Su nick era Messías; un chico español con el que Héctor solía hablar a menudo. El joven había preferido mantener el anonimato, y Héctor lo había aceptado de buena gana.

Su ventana se abrió repentinamente en la pantalla.

¡Hombre, el desaparecido! ¿Dónde te habías metido?

Héctor tecleó la respuesta sin perder un segundo.

No me sentí muy bien en estos días.

¿Sigues deprimido?

¿Cómo no estarlo?

Héctor notó que esta vez la respuesta tardaba unos segundos más en llegar. Seguramente, Messías estaba sopesando lo que debía escribir.

Esa chica no te merecía. Lo mejor que haces es olvidarte de ella.

Sí, lo sé… —escribió. Estaba harto de hablar siempre sobre lo mismo. Lo que realmente quería en ese momento era desahogarse sobre otro tema—. ¿Sabes? Esa niña fresa volvió a actualizar.

Ah, ¿sí?

Héctor sabía que a su amigo le aburría tanto ese tema como a él hablar una y otra vez de su ex, pero no tenía a nadie más con el que hablar de aquello.

En cuanto tenga un minuto, leeré su historia y la haré pedazos.

¿Ya estás otra vez con eso?

Estoy seguro de que no es más que una niña mimada que cree saber escribir —respondió, encorajado.

Eso no puedes saberlo —dijo Messías. Inmediatamente después llegó otro mensaje—: Oye, que tenga más comentarios que tú no quiere decir nada, ya lo sabes.

No estoy celoso, si eso insinúas.

Entró de nuevo en la página. Quería ser objetivo, pero no podía. El solo hecho de ver ese seudónimo hacía que se le revolviera el estómago. Pétalo… ¿No se le podría haber ocurrido un apodo más ridículo? Pétalo, la niña mimada de la red. Muy famosa ella.

¿Qué demonios veían todos en ella que parecían adorar lo que escribía? Tantos comentarios le habrían subido la fama a la cabeza. Indudablemente, se creería la reina del lugar. Pero él se iba a encargar de bajarla del trono en el que se alzaba. No tendría ninguna posibilidad. Leería su historia y le sacaría todos los fallos posibles. La haría trizas y los humos se le bajarían. Le iba a enseñar a esa cría que la vida no es siempre tan bonita como uno cree.

4

¿Qué película te apetece ver?

Natalia paseó la mirada por el panel en el que se anunciaban las películas y sus respectivos horarios. A esa hora no había demasiada gente en el cine. Apenas dos o tres personas esperaban en la cola para comprar las entradas.

No había nada que mereciera verdaderamente la pena, pero tenían que usar los códigos canjeables por entradas que habían ganado en una de esas promociones que solían hacer en las redes sociales antes que de caducaran.

La de zombis me han dicho que es malísima, así que esa está descartada; El amigo de mi hermana podría estar bien, es de risa… ¡Ya sé! ¡Bellos atardeceres!

¿Esa? —protestó David, poniendo mala cara—. ¡Pero si es una pastelada!

Te gustan las pasteladas —le recordó Natalia.

—No me apetece ver una película romántica. Prefiero una de acción. ¿Por qué no vemos Ciborgs?

Natalia hizo una mueca.

Esa no me gusta.

No la has visto.

No me gustan las películas de robots. ¡Vamos a ver Bellos atardeceres! Que siempre eliges tú las películas. ¡Te llevo pidiendo desde hace siglos que veamos una película romántica y nunca quieres!

Porque esas películas me gusta verlas cuando estoy soltero, no cuando tengo novia.

¡Qué tontería! ¡Venga, anda! Me han dicho que es preciosa.

Que no me apetece, Natalia. La de Ciborgs te va a gustar.

¡Siempre eliges tú!

Natalia se cruzó de brazos y frunció el ceño. ¿Tanto le costaba darle el gusto por una vez?

Pero casi siempre acierto, ¿o no?

Eso no quiere decir que yo no tenga derecho a escoger la película de vez en cuando. ¿No podemos al menos ver El amigo de mi hermana? ¡Es una comedia!

Sí…, una comedia romántica.

Tal vez tenga algo de romance, pero en general la película es de risa.

No, anda, quiero ver Ciborgs.

Pues nada; veremos esa porquería —gruñó ella, a punto de mandarle a la mierda.

Como gesto de agradecimiento, David llevó la mano al trasero de su novia y le dio una palmadita. Natalia se giró para pegarle en la mano, pero no llegó a tiempo.

Gracias, bonita.

Sí, bonita… —refunfuñó.

Se acercaron hasta la cola, donde en los últimos minutos se había acumulado más gente. En la taquilla, unas niñas parecían hechas un lío con el dinero que tenían que poner cada una para su entrada; detrás de ellas, un señor mayor resoplaba, aburrido por la tardanza o agobiado por el inminente comienzo de su película; la pareja que iba detrás de él se agarraba de la mano y hablaba, serena; los siguientes también eran una pareja, aunque algo mayor. La mujer llevaba a un niño de la mano que hablaba sin parar de la película de dibujos a la que iban a entrar.

David se volvió repentinamente hacia su novia con una expresión nerviosa. Natalia notó enseguida que se encontraba inquieto.

¿Qué pasa?

¿Ves esa pareja que está delante? La chica morena del pelo corto y camiseta verde.

Natalia miró con disimulo. David se refería a la pareja que se encontraba un par de turnos antes que ellos.

Sí, la veo.

Es Raquel, mi ex.

Natalia notó cómo el corazón empezaba a latirle con fuerza. Observó a esa chica a la que tanto asco tenía. Era más bajita que ella, de pelo liso y bastante corto, negro como el azabache. Apenas podía verle la cara, pues solo se volvía para mirar a su actual pareja, que estaba a su lado.

¿Esa es la zorra? —soltó sin poder evitarlo.

No la llames así; es una buena chiquilla.

Sí…, y también una zorra.

Natalia recordaba cómo esa rata miserable se había atrevido a llamar a David cuando este ya estaba saliendo con ella para llorar e implorarle que la dejara, y así reanudar la relación que en tantas ocasiones había roto. ¿Y encima su novio pretendía que no la llamara zorra?

David frunció el ceño. Natalia apretó los puños. No podía entenderlo. Siempre se cabreaba cuando insultaba a su ex; siempre la defendía. ¿Por qué?

David volvió a mirar hacia la pareja.

Ese era uno de sus amigos. Siempre iban juntos. La última vez que hablamos me dijo que había empezado una relación con él. Me da pena. Está claro que lo hace por despecho. Lo está utilizando como segundo plato.

Natalia apretó la mandíbula.

¿Y a ti qué más te da lo que haga esa zorra?

Natalia, deja ya de llamarla así.

¡No, si encima querrás que me caiga bien después de lo que hizo! ¿Por qué la defiendes tanto?

La defiendo como te defendería a ti si algún día lo dejáramos y alguien te insultara.

Ya, claro…

Raquel y su nuevo novio terminaron de comprar las entradas y se dirigieron a la sala. Natalia dio gracias a Dios por perderla de vista y deseó no volver a encontrarla en el resto del día.

«Espero que no vayan a ver la misma película que nosotros», era lo que pensaban Natalia y David al mismo tiempo.