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Cuestión de edad

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IV

Cuestión de edad

1

Miriam y Gema le entregaron las llaves de la casa a Natalia. Había llegado la hora de despedirse. En quince minutos saldrían los autobuses que les llevarían a sus respectivas ciudades. Había terminado la época de exámenes y cada uno volvía a casa por vacaciones de verano. Las chicas abrazaron a Natalia con fuerza y le dieron besos en sendas mejillas.

Te vamos a echar de menos —dijo Miriam.

Yo también a vosotras.

Pero podemos quedar en verano —sugirió Gema—. Pasamos un fin de semana juntas o lo que sea. Vamos a la playa, después fiesta pijama en casa de la que toque…

Miedo me dan tus fiestas del pijama —comentó Natalia, levantando una ceja. El trío empezó a reír—. Ahora en serio: en San Fernando tenéis vuestra casa. En cuanto os aburráis un poco de la monotonía, me llamáis y os venís.

Eso está hecho.

Y recuerda que el año que viene seguimos en el mismo piso, eh.

Eso no se me olvida.

Quedaba poco para que saliesen sus respectivos autobuses. Cada cual metió su maleta en el que le correspondía y abrazaron de nuevo a su amiga.

Nos vemos dentro de poco.

Buen viaje —les deseó la chica.

Pocos minutos después, los autobuses salían y desaparecían entre el tráfico. Natalia suspiró. Demasiado tiempo conviviendo con ellas. Las echaría en falta, aunque solo fuera por unos meses. Miró entonces a la columna en la que Natanael se encontraba apoyado. Su autobús salía un poco más tarde. Resignada, y viendo que él no hacía nada por moverse, decidió acercarse. Una vez delante de él, tendió la mano derecha. El joven la miró, confundido e indiferente.

La llave —le pidió.

Ah, sí…

Metió la mano en su bolsillo y sacó lo que estaba buscando. Natalia prácticamente se la arrancó de la mano y la guardó en la mochila.

Gracias —dijo, seca y cortante. Estaba a punto de irse, pero se acordó de algo en el último segundo—. ¿Quieres que te guarde tu habitación para el curso que viene?

El joven negó con la cabeza.

Buscaré otro piso. Creo que será lo mejor.

Natalia asintió lentamente y se dio la vuelta.

Es una pena que las cosas no siempre pasen como uno quiere —comentó Natanael con cierta tristeza en la voz.

Natalia se volvió hacia él, y su mirada encontró unos ojos azules arrepentidos y melancólicos. Sin decir nada, siguió con su camino. Ella también tenía un transporte que coger y el tren no esperaba a nadie. Ya subida en él, su mente evocó esa mirada triste. Apoyó su cara sobre el cristal y suspiró de nuevo. Se sentía mal, pero no creía que pudiesen recuperar la amistad. Había demasiado dolor, demasiadas heridas de por medio. Por un momento, le hubiera gustado dar marcha atrás y hacer las cosas de otra manera.

2

Héctor volvió a leer el mensaje de Natalia al salir de la entrevista que saldría en el telediario nacional.

«Ya me voy a la cama. Siento no haberme conectado. He tenido un día muy ajetreado. Ya te contaré. Mañana tengo mi último examen, y por la tarde vuelvo a casa por vacaciones. Recuerdo que me dijiste que mañana tienes una entrevista. Mucha suerte y demuéstrales a todos que eres el mejor. ¡Te amo!»

Desde que había regresado a México, había estado muy solicitado por diferentes programas de radio y televisión, además de por la prensa quintanarroense. El trabajo absorbía prácticamente todo su tiempo, y sus jefes se habían puesto estrictos con el uso de los teléfonos móviles. En las últimas semanas apenas había intercambiado unas cuantas palabras con Natalia, y la echaba de menos a rabiar. Antes de cada entrevista, siempre miraba su foto, la besaba e intentaba dar lo mejor de sí para que ella pudiera estar orgullosa. Todo lo que hacía era por y para Natalia, y sin embargo, no le sobraba tiempo para pasar un rato con ella como antaño.

Necesitaba desahogarse, hablar con alguien.

Paró el coche delante de la casa de su madre y pitó un par de veces. Segundos después, Esther salió apresuradamente de la casa y se metió en el coche. Héctor arrancó de nuevo y puso rumbo a la Plaza Las Américas, donde se encontraba la cafetería en la que siempre hablaban su madre y él.

3

Irene llamó a la puerta de la casa de su exsuegra. Sabía que Esther no se encontraba en casa. Los sábados por la tarde, Héctor solía invitarla a un café en la Plaza Las américas para hablar un rato. A veces iban al cine. Llamó una vez más, impaciente y algo nerviosa. Finalmente, fue Abraham el que abrió. Su expresión no mostró ningún tipo de felicidad al verla. Abraham nunca había llegado a soportarla del todo, a pesar de que ella había intentado acercarse.

Buenas tardes, Abraham. ¿Está Sol?

Abraham arqueó una ceja, extrañado. Su excuñada no había visitado la casa desde que su hermano y ella habían roto. Su repentina visita se le hacía rara. No podía traer nada bueno.

Está en la sala —la informó, invitándola a entrar con un gesto—. Supongo que ya conoces el camino.

Cerró la puerta tras ella y subió las escaleras hasta su habitación. Irene hizo una mueca con la cara en cuanto lo perdió de vista. Desde que Héctor y ella habían empezado a salir no había sido testigo de un solo día en el que ese mocoso no se encerrara en su cuarto y se pusiera a componer como un loco. Ella juzgaba su comportamiento como un problema de misantropía, y su trabajo musical como una pérdida de tiempo. Se encogió de hombros. No era problema suyo.

Caminó hasta la salita. Sol veía un programa de televisión sentada en uno de los sillones. Parecía bastante aburrida, porque resopló cuando uno de los presentadores contó un chiste malo. Cogió el mando y cambió de canal. Irene se acercó en silencio y se apoyó sobre el respaldo del sillón.

Hola, Solecito —la saludó con un tono excesivamente zalamero.

Sol se volvió hacia ella, sorprendida, y compuso una sonrisa. Irene había sido como la hermana mayor que nunca había tenido. Siempre se había portado muy bien con ella y habían pasado mucho tiempo juntas. Se había sentido muy mal cuando Héctor la hubo puesto al corriente del fracaso de su matrimonio. Le hubiera gustado que Irene se hubiese pasado por su casa para despedirse, pero no lo había hecho. Desde entonces, no había vuelto a ver a su excuñada.

¡Irene! —Irene se acercó y abrazó a Sol, que la obsequió con varios besos en la mejilla—. ¿Qué haces acá? Mi mamá no está. Fue con Héctor a…

Ya sé que no está —la interrumpió—. Vine a verte a ti. Te echaba de menos, cuñadita.

Sol se encogió en su asiento. Se sentía incómoda. Irene todavía la llamaba cuñada, pero sabía perfectamente que su cuñada ya no era ella.

¿Puedo ofrecerte algo de beber?

No, tranquila. No me quedaré mucho tiempo. Solo pasé a saludar.

Sol apagó la televisión y comenzaron a hablar tranquilamente de sus vidas presentes y recordando los viejos tiempos. Irene fue paciente y escuchó cada una de las anécdotas que Sol tenía que contarle. Sabía que si quería conseguir algo de información no podía ir directa al grano o la chica se asustaría. Debía poner un cebo sutil y dejar que ella se acercara despacio hasta caer en la trampa. Entonces le contaría todo lo que necesitaba saber. Ella era así de ingenua.

Te eché mucho de menos las navidades pasadas.

Irene la tomó de la mano. Un gesto bien pensado que las acercaría más.

Y yo a ti, Solecito. Pero no fue culpa de ninguna de las dos…

Siento mucho que terminara la relación con mi hermano.

Yo lo siento más, pequeña. No quería que pasara —confesó con voz apesadumbrada—. Pero no hablemos de cosas tristes. Hay que celebrar. Me enteré que Héctor va a publicar un libro en España.

¡Sí, mandó sus libros a editoriales españolas y tuvo mucha suerte! —comentó Sol de pasada.

Y ¿cómo es que se le ocurrió tal idea? Mandar sus libros a otro país.

Sol tensó su cuerpo. Fue ahí cuando Irene supo que había dado en el clavo. La joven era transparente como el agua y una mentirosa nefasta. Se notaba a leguas cuando ocultaba algo. Sol se encogió de hombros y desvió la mirada a otro lado, como siempre hacía cuando mentía.

No lo sé.

Irene apretó sus manos con más fuerza y formó en su cara una expresión desoladora.

Sol…, me gustaría que volviéramos a ser una familia. Pero tu hermano no quiere. De verdad que me gustaría. Si al menos supiera qué pasa por su mente…

Sol suspiró, e Irene sonrió por dentro.

Eso no será posible. Héctor no volverá contigo.

¿Por qué? —inquirió.

Sol tragó saliva. No le gustaba meterse en asuntos ajenos, pero quería mucho a su excuñada y no deseaba que siguiera torturándose y luchando por alguien que hacía tiempo la había olvidado. Héctor estaba más enamorado que nunca, y ni siquiera se plantearía la posibilidad de dejar a Natalia. Y, aunque no la conociera, Sol se alegraba de esa relación. Por mucho que quisiera a Irene, Héctor nunca había sido feliz a su lado, y ahora estaba con una chica que lo llenaba de alegría.

Él ya está con alguien.

Irene palideció. Lo había supuesto desde el principio.

¿Quién es? —preguntó con un tono envenenado. Hacía todo lo posible por dulcificar la voz, pero le era inútil. Estaba demasiado enfadada—. Nunca lo veo con nadie. Siempre está solo.

La joven soltó su mano cuando notó que Irene empezaba a apretar más de lo debido.

Ella no es de aquí.

Irene se puso derecha. Desde su asiento, la hermana de Héctor la vio altiva y enojada. Su expresión daba miedo, y aquella situación la ponía nerviosa.

¿Cómo que no es de aquí?

Es española. La conoció por Internet.

«¿Española?» Irene enrojeció de ira. «¿Cómo que española?»

En su cabeza empezaron a formarse falsas elucubraciones. ¿Y si el idiota de su ex había conocido a esa tipa cuando ellos todavía estaban juntos? ¿Y si había sido la razón de que la dejara? ¿Habría sido capaz de romper un matrimonio por un amorío cibernético?

Pero, ¿qué locura es esa?

Su voz se desgarraba a medida que hablaba. No podía creerse que su marido la hubiera dejado por alguien que estaba a tantísimos kilómetros de distancia.

No es asunto mío, Irene. No puedo contarte más.

Irene, desesperada, volvió a agarrar a Sol, esta vez por los hombros. Temblaba de rabia y su mirada era la de una loca. Sol sintió miedo y volvió a encogerse entre los cojines.

Por favor, Sol, tienes que ayudarme a volver con tu hermano. Seremos una familia de nuevo. Yo…

No, Irene —la interrumpió Sol, tajante—. Héctor es feliz con esa chica. La quiere de verdad a pesar de la distancia y de la edad. Yo apruebo esa relación.

¿Edad? ¿Cuántos años tiene? —preguntó, temerosa.

Sol bajó la mirada.

Diecinueve.

Irene la soltó, espantada. Intentó pensar con claridad, pero en su mente se mezclaban varias ideas a la vez. Aquella tormenta mental la mareo un poco. Finalmente, salió corriendo de la casa sin despedirse.

4

Las estrellas cubrían el cielo de Cancún cuando Héctor llegó a su casa después de cenar con su madre y sus hermanos. Nada más llegar, Abraham le alertó de que Irene había estado allí y había pedido hablar con Sol. Héctor sospechó enseguida de sus intenciones. Irene nunca iba de visita por casa de su madre. Algo estaba planeando. Se dirigió a Sol y le preguntó directamente por la visita de su ex. Su hermana pequeña, muy apenada, le había confesado que habían estado hablando durante largo rato y que le había revelado su nueva relación con una chica española menor que él. También comentó cómo había salido corriendo cuando había mencionado su edad.

La preocupación lo carcomía. Se preguntaba qué se le habría pasado por la cabeza para sonsacar a su hermana información y después irse como alma que lleva el diablo. Irene nunca hacía las cosas por hacer, y sabía que aquello traería consecuencias. Gruñó, exasperado. ¿Por qué no podía dejarle en paz de una jodida vez? Abrió la puerta y entró con caminar cansado. Todo estaba oscuro dentro, menos una luz que provenía del piso de arriba. Hizo una mueca. Creía haber apagado todas las luces antes de irse.

Dejó sus cosas en el salón y subió las escaleras. La luz salía de su habitación. Seguía extrañado. No recordaba haberla encendido esa tarde. Entró sin mirar para cambiarse de ropa, cuando vio algo retorcerse en la cama y respingó. Irene yacía en ella, mirándolo de manera sugerente. Llevaba puesta una de sus camisas del trabajo abierta, dejando a la vista un sujetador rojo de encajes y el tanga a juego.

Dios, no se lo podía creer.

Hola, Héctor. —Su voz era provocadora.

Héctor intentó mantener la calma, fijando la mirada en sus ojos. Estaba estático. El estupor se había apoderado de su cuerpo, imposibilitándole cualquier movimiento.

Irene bajó de la cama y se acercó contoneando las caderas y desordenando su pelo negro con una mano. Pasó las yemas de sus dedos por la camiseta de Héctor y acercó su boca a la de él. Héctor dio un paso hacia atrás. Su mente no podía concebir lo que estaba presenciando. Recordaba los cientos de veces que le había pedido que se pusiera un conjunto sexy para él, aunque fuera en su aniversario de bodas, pero ella nunca había querido. Tampoco había consentido vestirse con la ropa de él, a pesar de que sabía que eso lo hubiera enloquecido. Y ahora, allí estaba, con una de sus camisas y el conjunto más sexy que había visto nunca. Lástima que fuera ella quien que lo llevara. Cogió aire y lo soltó lentamente.

¿Qué… demonios… estás… haciendo? —preguntó, cada vez más cabreado.

Siempre quisiste esto. Acá lo tienes —respondió ella, intentando tocarlo, pero Héctor la agarraba de las muñecas y apartaba sus manos.

Ya es demasiado tarde, ¿no crees?

Nunca es tarde —respondió con tono sensual, esperando que él cayera en sus redes.

No funcionó.

Por favor, deja de hacer el ridículo, quítate mi camisa, vístete y lárgate cuanto antes —le pidió, saliendo de su habitación para dejar de contemplar esa escena que le revolvía el estómago.

Irene lo siguió, iracunda y pegando voces.

¿Piensas que esto es hacer el ridículo? ¡Estoy intentando recuperarte!

Héctor se volvió hacia ella en mitad del pasillo.

Ya deberías saber que no quiero nada contigo.

¡Claro, porque ya la tienes a ella, ¿no?! ¡A esa escuincla española! ¡Debería darte vergüenza! ¡Solo es una niña!

¡Pues, es mucho más madura de lo que tú serás nunca! —alzó la voz. Estaba empezando a enfurecerse de verdad.

¡Eres un pinche pendejo! ¡Me dejaste por ella, ¿verdad?!

¡La conocí mucho después de dejarte! ¡No intentes hacerme culpable de tus fallos! No supiste comportarte como una esposa, y mírate ahora: primero utilizas a mi hermana para sonsacarle información y ahora te metes en mi casa y te rebajas de esta forma… Das asco.

Irene comenzó a llorar. Se lanzó hacia su ex y lo abrazó con fuerza, a pesar de que Héctor intentaba que lo soltara.

Por favor, Héctor, no seas idiota. Con esto solo quería demostrarte que ella no tiene nada que yo no tenga.

¿Que no tiene nada? —repitió Héctor anonadado. La agarró por los antebrazos y la alejó de sí. Entonces la miró a los ojos con seriedad, y le habló con la mayor tranquilidad que pudo—. No la conoces. Si piensas que solo estoy con ella por su cuerpo, estás muy equivocada. —Señaló las escaleras—. Quiero que te largues de mi casa, y de mi vida. Para siempre.

Después, se volvió hacia su estudio, entró y cerró de un portazo, dando a entender que la conversación se había terminado. Irene cayó de rodillas al suelo y comenzó a llorar como una niña pequeña. Esperaba que Héctor la oyese, que se le ablandara el corazón y saliese a abrazarla; pero eso no pasó. Héctor no volvería a abrazarla nunca más.

5

Irene lloraba desconsoladamente delante del ordenador, pero no tanto por haber perdido a su marido, sino por la humillación a la que la había sometido este al rechazarla por una niña. Lo había perdido todo: su marido, su casa, su vida…

No podía entender cómo la había reemplazado por una chiquilla de diecinueve años. Era inverosímil. ¿Qué habría visto en ella? ¿Cómo era posible que la prefiriera antes que a la que había sido su pareja durante cuatro años? Ella tenía una carrera, un trabajo, era una mujer hecha y derecha. Y aun así…

Se sonó la nariz con otro pañuelo. Había gastado una caja entera desde que había llegado a casa de su madre. Encendió el ordenador y abrió su sesión en Facebook, deseosa de conocer a su enemiga. No le fue difícil encontrarla. Solo tuvo que indagar un poco en la sesión de Héctor. Tenía fotos con ella. Natalia Jiménez, una chica de pelo rizado y sonrisa blanca, pero nada con lo que no pudiera competir. Se hubiese preocupado más si hubiese descubierto una modelo de ojos claros y pelo platino. Era bonita, pero no tenía nada que envidiarle.

Estuvo tentada a enviarle un mensaje. Tal vez debería hacerlo. Quizás Héctor no le hubiera contado nada de ella; quizás no supiera que estaba casado. Con suerte se asustaría y saldría huyendo.

«Al fin y al cabo, la juventud no sabe lo que quiere», pensó.

No creía que una chica que ni siquiera llegaba a la veintena pudiera buscar algo serio con un treintañero deseoso de una vida en común. Seguramente lo único que buscaba era una aventura con alguien de mayor experiencia. Solo tenía que espantarla un poco. Un mensaje brusco y amenazador sería suficiente. Entró en su perfil y empezó a teclear un mensaje privado. No le llevó más de unos segundos.

Enviar.

Se secó las lágrimas y sonrió, confiada. Ahora solo tenía que esperar, si es que se atrevía a contestar.

6

Natalia y Carmen entraron en el centro comercial Bahía Sur aproximadamente a la una y media de ese sábado. Caminaron por el interior, evitando pararse en las tiendas para llegar lo antes posible a la cita. Marina, Rocío y Teresa ya debían haber llegado.

A esa hora, el Bahía se iba llenando. La gente aprovechaba el fin de semana para hacer sus compras o para salir a comer. Esperaban que sus amigas hubieran cogido sitio en el restaurante que habían elegido.

Natalia estaba nerviosa e impaciente. Quería saber la verdad de una vez por todas. Y sobre todo, aquello que Marina tenía que contarle. Carmen estaba más tranquila. Había calado a América desde hacía tiempo, y la ruptura de su amistad no le dolía en absoluto, pero igualmente sentía curiosidad.

Llegaron al restaurante. Desde lejos vieron la mesa en la que se encontraban sentadas sus amigas, pero había alguien más con ellas: un chico de gran tamaño y barba de varios días.

¿Ese no es el novio de América? —preguntó Natalia.

Sí. No sabía que iba a venir —respondió Carmen, contrariada.

¿Cómo se llama, por cierto? Que no me acuerdo.

Francis.

Marina las saludó con la mano. Las chicas se acercaron con cautela, intentando adivinar si Francis venía en son de paz o con ganas de pelea. Pero a medida que avanzaban, se dieron cuenta de que el joven se hallaba tranquilo y sumiso; así que le saludaron con la misma amabilidad con la que lo hicieron con las demás, y tomaron asiento.

El camarero se acercó a tomarles nota, y una vez retirado, empezó la tertulia.

Todo empezó antes de Navidad —contó Marina—. Fue cuando nos dijo a Rocío y a mí que le habían diagnosticado cáncer de laringe. Dijo que tenían que darle sesiones de quimioterapia.

¿Fue por eso por lo que estabas tan desanimada? —intervino Natalia, recordando las navidades pasadas—. No quisiste venir con nosotras a la fiesta de fin de año.

Sí, por eso fue. Estuve muchísimo tiempo llorando por ella, porque pensaba que mi mejor amiga se iba a morir.

¿Qué nos vas a contar a nosotras? —dijo Carmen, y señaló a Natalia—. ¿Sabes cómo se puso esta cuando nos dijo en bachillerato que le habían diagnosticado leucemia?

¡¿También dijo eso?! —exclamó Teresa, que no sabía la historia.

Y a mí también me dijo hace poco que su ex la había violado. Que habían tenido que ponerle una orden de alejamiento, y por eso habían cortado —explicó Natalia, con una expresión tan seria que daba miedo.

Bueno, y esto no os lo he contado, pero a mí una vez me contó que la había violado un profesor particular que le habían puesto sus padres —intervino Carmen.

¡Joder, a esta la ha violado todo el mundo! —rio Teresa—. ¡Claro, como es una sex symbol!

¡Es una loca y una enferma! —exclamó Marina.

Oye, pero sigue contando.

Rocío estaba callada y miraba su refresco como si le incomodara la situación. Francis se encontraba igualmente callado, pero en su caso, siempre había sido poco hablador.

Pues, como os decía, estuvo todo este tiempo diciendo que le estaban dando quimioterapia, que cada vez que iba lo pasaba fatal, que se le iba a caer el pelo… ¡Incluso me ofrecí para cortármelo con ella para que no se sintiera mal, y la muy zorra incluso se trajo una revista con cortes de pelo para que decidiéramos!

¿Qué dices?

Qué hija de puta… —comentó Natalia—. Aun sabiendo lo que a ti te gusta tener el pelo largo.

Y ¿cómo descubristeis que era mentira? —sintió curiosidad Teresa.

Desde hacía tiempo sospechábamos, porque siempre la veíamos muy bien y nos extrañaba. Y el otro día dijo que tenía que ir a darse una sesión de quimioterapia; así que me ofrecí para acompañarla. Empezó a ponerme excusas: que si no hacía falta, que no sé qué… Le pregunté dónde se la daban y me dijo que lo hacían en el Hospital San Carlos. Resulta que tengo una prima trabajando allí, y le pregunté si en ese hospital realizaban esas sesiones, y me dijo que no.

¡Pillada!

Entonces quedamos Rocío y yo para ir a su casa, y la llamamos para avisarla. Le pregunté si era verdad que tenía cáncer, que habíamos descubierto lo de la quimioterapia, y se hizo la ofendida. Preguntó por qué no la creía, que lo que nos había contado era verdad y bla bla bla… Entonces, me dice: «Si quieres, te bajo las pruebas que me han hecho.»

Y le dijisteis que sí —adivinó Teresa, echándose a reír instantáneamente.

¡Pues claro! Y fue cuando reconoció que no tenía nada. Dijo que le habían hecho las pruebas, y que ella se había adelantado al resultado porque estaba nerviosa, pero que al final estaba sana.

¡Qué gilipollez! ¿Y por eso dijo que le daban las sesiones? ¡Anda, hombre! Menuda mentirosa —gruñó Natalia.

Pero lo mejor de todo fue cuando la hicimos bajar de su casa para hablar con ella: ¡Estaba tan tranquila! Lo primero que nos dijo fue: «¿Qué?».

Increíble —musitó Carmen.

Y le preguntamos por lo de la leucemia—dijo, centrando su atención en Carmen, con quien primera había mantenido aquella conversación sobre primera supuesta enfermedad de América—, y dijo que os había dicho que «podía tener leucemia», no que tuviera.

¡Dijo que tenía! —recalcó Carmen, empezando a cabrearse.

¿Sabéis todo lo que me hizo pasar? Se suponía que yo era su mejor amiga. Pasé por una gran depresión por su culpa.

Natalia bebió un sorbo de su bebida. Se le estaba quedando la boca seca de todo lo que estaba saliendo a la luz. Miró a las demás. Carmen se encontraba igual de seria que ella; la expresión de Teresa reflejaba incredulidad, pero parecía divertida. Su relación con América nunca había ido más allá de un par de besos al saludarse; Marina, sin embargo, tenía verdadero odio en la mirada; Francis y Rocío seguían callados, y la joven miraba apenada a la mesa.

Rocío, estás muy callada.

La chica levantó la cara. Tenía los ojos levemente humedecidos.

Es que la cosa no termina ahí —explicó Marina, y se volvió hacia su amiga—. Diles. Diles lo que te hizo a ti.

Natalia soltó su Coca-cola. Teresa se colocó recta en su silla, como si de esa forma pudiera prestar mayor atención. Rocío se aclaró la garganta. Sintió su voz pastosa cuando la dejó salir.

Supongo que sabréis que América es bisexual, ¿no? —Todas asintieron, impacientes—. Esto que voy a decir os va a sorprender, pero… América se lio conmigo en varias ocasiones y dijo que dejaría a Francis por mí —contó mirándole de reojo, intentando que interpretara ese gesto como una disculpa—. Me dijo que me quería a mí, que estaba con Francis solo por estar, pero que iba a ser valiente y se iba a quedar conmigo. —Hizo una pequeña pausa para coger aire—. Después nunca lo dejaba…

A la pobre chica le temblaban los labios. Acababa de reconocer dos verdades algo complicadas: que era homosexual, algo que solo Marina y América sabían, y que esta última le había puesto los cuernos a su novio allí presente con ella. Apretó los puños sobre sus piernas y miró las caras de sus amigas. Natalia permanecía con la boca abierta; Carmen mantenía los ojos como platos; y Teresa era una mezcla de ambas.

El silencio duró unos pocos segundos. Natalia fue la primera en expresar sus pensamientos.

¿Eres lesbiana? —preguntó en el momento en el que el camarero traía sus platos.

El hombre se quedó parado por un instante, preguntándose si era el mejor momento para llevarles la comida, pero seguidamente colocó cada plato delante de su comensal y se retiró. Natalia aún estaba roja del bochorno por el que una vez más le había hecho pasar su bocaza.

¡Qué cerda! ¡No nos habías dicho nada! —saltó Teresa con una sonrisa en la boca.

Pero, ¿tú no tenías novio? —le preguntó Carmen.

Lo dejé —contestó—. Ha sido algo difícil de asumir que en realidad no me gustan los hombres, ¿sabéis?

¡Anda, tonta, pero si eso no tiene nada de malo! —la animó Carmen.

Bueno, solo tiene una cosa mala —dijo Natalia. Todas se quedaron mirándola entre preocupadas y sorprendidas. —Que te has liado con América. —En su cara apareció una expresión de profundo asco—. ¿No te envenenaste con su lengua viperina?

Todas empezaron a reír, incluida Rocío. Por un momento, sintió que se deshinchaba. Era la tensión que había acumulado durante tanto tiempo y que empezaba a esfumarse. Sus amigas lo habían aceptado bien. Ahora podía estar más tranquila.

Había un componente en el grupo que todavía no había pronunciado palabra alguna. Seguía tan callado como al principio, como una estatua. Y las chicas empezaron a sentirse mal por él.

Siempre ha sido una mentirosa —dijo cuando le preguntaron su opinión—. En realidad, yo ya sabía lo vuestro—reconoció, mirando a Rocío—. Yo sabía que era bisexual, pero me pidió que no contara nada de lo que había pasado entre vosotras a nadie. Me dijo que ni Carmen ni Natalia lo entenderíais porque sois un poco homófobas.

Natalia se atragantó en ese momento con un trozo de carne que tenía en la boca y empezó a toser compulsivamente. Carmen le pasó el Coca-cola y le dio unos golpecitos en la espalda.

¡¿Que somos homófobas?! —exclamó indignada entre toses—. ¡Hija de puta! ¡Homófoba, yo! ¡Pero si comparto piso con una pareja de mujeres!

A saber la de cosas que habrá dicho de nosotras —comentó Carmen, algo más tranquila.

Natalia apretaba los dientes, rabiosa. No podía creerlo. Una de las cosas por las que se caracterizaba era por estar en contra de la intolerancia hacia la homosexualidad. Llamarla homófoba era lo peor que había podido hacer, o eso creía ella. Se metió un trozo de filete en la boca, murmurando a la vez miles de insultos hacia esa arpía que había estado insultándola a sus espaldas.

Marina la miraba, cautelosa. Había llegado el momento de decirle la verdad.

Hay algo más que tienes que saber —le dijo—. Es lo que te comenté antes de ayer.

Natalia tragó y dejó los cubiertos sobre la mesa. El rostro de Marina se había ensombrecido. Mala señal.

Dime.

Hace relativamente poco, cuando todavía no había empezado con Francis —recalcó, para no hacer más daño al chico de barba espesa—, América me dijo que ella en ese momento no quería una relación seria. Lo único que quería era…, ya sabes…

Tirarse al primero que pillara —completó ella.

Sí —confirmó Marina—. Me contó que tenía alguien en el punto de mira, pero que no sabía si a ti te importaría. Dijo que había estado hablando con él.

El corazón de Natalia palpitó con más fuerzas que nunca. Su rostro había perdido todo el color que unos segundos antes le había dado la furia. Le daba miedo preguntar, pero necesitaba saberlo.

¿Por qué me iba a importar?

Marina tomó aire y lo expulsó lentamente.

Porque era David.

7

Natalia entró en su casa como alma que lleva el diablo, maldiciendo a diestro y siniestro. Su madre había salido, gracias a Dios, y no podía ver su furioso estado de ánimo. Soltó sus cosas en un sillón y se lanzó a por el teléfono. Buscó en la agenda el número a marcar y no perdió un segundo en hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no llamaba a esa casa. Le temblaban las manos, y seguramente también la voz, pero no estaba dispuesta a que eso le impidiera llegar al fondo de la verdad. Con suerte, estaría en su habitación enclaustrado como siempre y lo cogería él. El primer tono. Cruzó los dedos.

«Cógelo.»

No podía aguantar la incertidumbre.

Segundo tono.

«Venga.»

El tercer tono.

«Deja los putos videojuegos y coge el teléfono de una puta vez.»

Cuarto tono. Alguien descolgó el teléfono.

¿Diga?

8

Alguien llamó cuando estaba en medio de una partida. Seguramente, alguno de sus amigos. Finalmente había aceptado sus peticiones, y saldría esa noche de sábado. Comprarían algunas bebidas y se irían al paseo a beber y olvidar. Se había convencido a sí mismo de que le sentaría bien divertirse un rato y reír como antes. No podía estar de luto por su fracasada relación durante mucho más tiempo. Paró la partida y cogió el estridente aparato. El número le resultaba familiar, pero no acertaba a adivinar a quién pertenecía.

Un escalofrío recorrió su espalda. La terminación le traía recuerdos de cuando pulsaba esas teclas todos los días. ¿Pudiera ser…?

¿Diga? —respondió, después de tragar saliva.

Hola —dijo la voz de ella. Esa voz que hacía tanto que no oía y tanto anhelaba.

Hola.

¿Sabes quién soy? —Parecía seria.

Sí. ¿Qué pasa?

Hay algo realmente serio que quiero preguntarte.

David mantuvo un tono indiferente.

Adelante.

¿Te has tirado a América?

David quedó impactado en un primer momento, y segundos más tarde reaccionó de la única forma en que una persona inocente de una acusación tan seria lo hubiera hecho.

¡¿Qué?! —exclamó, intentando no levantar demasiado la voz para que sus padres no se enteraran.

Fue hacia la puerta y la cerró con sigilo, aunque lo que le hubiera gustado hubiera sido dar un portazo que se oyera en toda la casa.

Lo que has oído.

¿A qué viene esto?

Hemos descubierto algunas cosas sobre América —resumió Natalia—. Mentiras muy graves que ha dicho. Y una de ellas ha sido que pensaba follar contigo. ¿Qué sabes tú de eso?

David resopló. Ya prácticamente había olvidado ese tema. Pasó los dedos por su pelo corto y tomó asiento en el filo de la cama.

No quise decirte nada en su momento porque tenía miedo a que la creyeras a ella antes que a mí.

¿A qué te refieres?

La voz de Natalia era dura, afilada y peligrosa como un cuchillo.

Cuando estábamos juntos, tu amiga se pasó un tiempo hablando conmigo por Internet. Me mandaba mensajes… sugerentes.

La chica frunció el ceño.

¿Me estás diciendo que intentaba ponerte cachondo?

Sí. Y de hecho en más de una ocasión me propuso lo que ya te imaginas, pero obviamente yo le dije que no.

Natalia soltó una risa sarcástica.

No me lo dijiste porque tenías miedo a que la creyera a ella…

Exacto.

Y ¿no será que te lo callaste porque te gustaba? —soltó ella sin pensar.

Pero, ¿quién te crees que soy?

¡Eres el idiota que sabía que a su novia la estaba traicionando una de sus mejores amigas y no dijo nada!

Mira, no tengo ganas de discutir. Hasta luego.

Estaba a punto de colgar cuando oyó su última frase.

Encima, cobarde. Eres tan traidor como ella.

No supo si dejar el teléfono o responderle. Se moría de ganas por decirle lo que pensaba, pero él nunca había poseído una lengua viperina que soltara veneno sin ton ni son. Quizás era hora de empezar a tenerla.

Qué irónico que tú me hables de traición. —Una pausa para ver si respondía, pero Natalia estaba demasiado indignada como para reaccionar—. Adiós.

No quería oírla más. Ella no era la única que se sentía traicionada. Por una vez, tenía que mirar por su propio bien, y no por el de los demás.

9

Supongo que ya sabrás quién soy. Y por si Héctor no te ha hablado de mí, soy SU MUJER.

Ya me enteré de lo que hubo entre ustedes. ¿Cómo te atreviste a inmiscuirte en un matrimonio? Nosotros todavía estamos casados, y tú no eres más que una escuincla que se cruzó en su camino. Será mejor que te alejes. ¿No ves que no puedes ofrecerle nada, niñita estúpida?

¡Deja a MI MARIDO!

Era el mensaje que le había enviado Irene desde su Facebook. Natalia ardía de rabia en su habitación.

«¡Hija de la grandísima puta!», pensaba.

Entre sus brazos apretaba con fuerza un cojín, intentando relajarse antes de responder. Después del día de perros que había pasado, lo menos que le quedaba era paciencia. Primero se había enterado de lo que América había estado haciendo a sus espaldas; después, David se ponía chulo por teléfono; Héctor le había contado lo acontecido en su casa la madrugada pasada; y ahora se encontraba con el mensaje de esa idiota que no se daba por vencida.

Respiró hondo.

Sabía que no debía decirle nada a Héctor hasta haber terminado con aquel asunto. Él era más prudente que ella, y con seguridad le pediría que no le siguiera el juego, pero en esos momentos estaba demasiado encendida como para perder la valiosa oportunidad de escupirle metafóricamente en la cara con sus palabras. ¡Cómo le hubiera gustado estar en ese momento delante de ella y poder hacerlo de verdad!

Respiró hondo un par de veces. Tenía que relajarse. Con la mente fría escribiría algo realmente dañino, pero cabreada como estaba solo conseguiría caer en su juego y darle el gusto. No. Irene debía pensar que ese mensaje no la había afectado lo más mínimo, que ella no la consideraba una rival porque hacía tiempo que estaba fuera de juego.

Soltó el cojín y colocó los dedos sobre el teclado. Lo tenía:

Queridísima Irene:

Claro que te conozco. Héctor y yo nos contamos todo. Es un hombre maravilloso, y sobre todo, sincero. Yo también me he enterado del numerito que le formaste anoche. Muy astuto, pero ¿sabes? Héctor es inteligente, y estaba claro que no iba a caer en tu trampa.

Dime una cosa: si ya sabías que estaba conmigo, ¿por qué te arriesgaste a hacer el ridículo de esa forma? No sé los demás hombres, pero a Héctor no le gusta que las mujeres se arrastren. Después de cuatro años con él, ya deberías saberlo.

Lo siento, cariño, pero él no va a volver contigo, y no es por mí. Aunque yo no existiera, Héctor jamás regresaría a esa relación que no le traía más que dolor. Y mucho menos ahora, que está despegando en el mundo de la literatura. Me pregunto si esa es la razón de tu afán por conquistarlo de nuevo. Ahora él está conmigo, y pronto dejaréis de estar casados. Yo no te lo he quitado. Tú lo perdiste.

Por cierto, tal vez sea una “escuincla estúpida” que no tiene nada que ofrecerle, pero está conmigo. Así que tan mala no debo ser. Una cosa más: ahora él es MI NOVIO, y yo soy SU MUJER. Y tú… no eres nada.

Te mando un saludo desde España.

Natalia.

Enviar.

Natalia sonrió, satisfecha. Había estado a punto de escribir algo como «Deja en paz a mi chico o te sacaré los ojos», o quizás: «Como me vuelva a enterar que le zorreas a mi novio, cuando vaya para México te voy a arrancar los pelos uno a uno», pero había conseguido tranquilizarse y evitar ponerse a su nivel. Estaba segura de que aquello le daría más rabia que una respuesta llena de insultos. Abrió la conversación con Héctor y tecleó, animada.

Tu ex me acaba de mandar un mensaje.

¿Irene? ¿Qué te dijo?

En resumen: que soy una niñita estúpida y que deje en paz a su marido.

No le habrás respondido…, ¿verdad?

Natalia rio como si fuera una niña que acaba de realizar alguna travesura.

Que nadie me toque a MI CHICO.

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