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Nataly

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VI

Nataly

1

Esa tarde, la cafetería predilecta de las chicas estaba abarrotada. A la gente le gustaba ir a tomar chocolate con churros después de las compras de Navidad. La noche ya estaba cayendo. En la terraza aún quedaban un par de mesas libres, pero eso significaría tener que helarse de frío por tomar una merienda en condiciones. ¿Valdría la pena?

Natalia fue la primera en decidirse. Sus ganas de beber una taza de chocolate calentito pudieron con ella. Carmen y América la siguieron y tomaron asiento a sendos lados. Pidieron tres platos de churros con sus respectivas tazas de chocolates y la camarera llegó poco después con el suculento manjar.

Natalia mojó un churro en el chocolate y se lo llevó a la boca. Estaba espeso y dulce. Había merecido la pena quedarse, aunque fuera en la terraza.

Entonces, ¿se ha enfadado? —le preguntó Carmen a América.

Sí. Decía que había que ver, que había estado planeándolo todo para que después no fuéramos, y que ya no hace más planes.

Pero no es nuestra culpa. El sitio que han escogido es muy caro. Yo no tengo un duro. Estos churros para mí son como caviar —puntualizó Natalia, quien volvió a morder uno de ellos.

La entrada de la discoteca, diez euros; el tren para ir y volver, unos cinco euros; y después, si te quieres tomar algo… ¡Es carísimo! —se quejó Carmen—. Si al menos hubiéramos ido al de Cádiz y no al de Jerez… Era más barato.

¡Bah! ¿Qué más da? Yo estoy feliz con mi merienda.

América y Carmen miraron a Natalia, cuyos ojos no se apartaban en ningún momento del chocolate y el plato de churros.

¡Glotona!

¡Gorda!

¡Capullas! —soltó esta, con la boca llena.

Sus amigas soltaron una carcajada.

Bueno, y ¿qué vamos a hacer esta noche?

Natalia y Carmen se miraron. No entendían la pregunta de América. Ya prácticamente era de noche y estaban allí, merendando tranquilamente. Estarían un rato por el centro comercial, darían una vuelta, hablarían, echarían fotos… ¿Qué más quería?

No sé —contestó Natalia con prudencia—. ¿Qué quieres que hagamos?

Ir a algún sitio, ¿no?

Pero si ya estamos haciendo algo.

Más tarde, digo.

Las dos callaron unos segundos. Por sus mentes pasaba exactamente lo mismo. No habían pensado en quedarse hasta tarde en la calle o volver a casa para arreglarse algo más y salir de nuevo. Creían que el plan de ese día consistía en comprar regalos, merendar en la cafetería y dar una vuelta. Al parecer América se había quedado con ganas de fiesta.

Bueno, pues, no sé. Si queréis podéis venir a mi casa a ver una película —propuso Carmen.

Vale —aceptaron las dos, no demasiado satisfechas, una por tener ganas de volver a casa; la otra por preferir ir a algún bar a tomar chupitos.

2

Llovía en Cancún, pero el calor no se iba. Héctor miraba por la ventana del trabajo. El sonido de las gotas de agua al caer era la perfecta sinfonía para escribir. Siempre que llovía, se sentía melancólico, y la melancolía era la inseparable compañera de la inspiración.

Lástima que no se encontrara en casa. El efecto de la lluvia en horas de trabajo era otro. La gente apenas entraba en la oficina. Preferían dejar sus asuntos para días en los que salir no significara mojarse. Como si un poco de lluvia pudiera hacerles daño…

Héctor trabajaba en Atención al cliente de una gran empresa de telefonía móvil. A menudo se quejaba de su trabajo. Había días en los que acudía demasiada gente a montar follones, y esas personas solían atacarle los nervios. Pero en días como ese no entraba en el establecimiento ni una mosca, y el tiempo pasaba extremadamente lento. Un pitido en la Blackberry le hizo pegar un respingo. Su compañera de trabajo le miró con alarma. A los jefes no les gustaba que usaran los móviles en horas de trabajo. Héctor sacó su teléfono y le quitó el volumen de inmediato. Se aseguró de que a su alrededor no se encontrara ninguno de sus jefes cascarrabias, y desbloqueó la Blackberry. Natalia le hablaba por el Messenger.

¡Hola, Félix! ¿Qué tal?

Héctor sonrió.

Aburrido. Hay muy poco trabajo hoy. Me alegro mucho de verte.

Yo también.

¿Cómo estás?

Muy bien. Acabo de terminar de traducir por hoy.

Genial. Sigue así, señorita filóloga. ¿Sabes dónde estuve ayer?

¿Dónde?

En la presentación de un libro. Conseguí la firma del escritor.

¡Qué bien! ¿De qué va el libro?

Habla de la cultura maya, pero la verdad es que no sé exactamente cómo es —reconoció Héctor.

¿Entonces por qué fuiste? —quiso saber Natalia.

Me mandó la revista en la que colaboro para escribir sobre la presentación.

«¿También eso?»

Natalia empezaba a envidiar de forma sana al chico que se encontraba al otro lado de la pantalla e, inconscientemente, a desear que su propio novio fuese tan emprendedor como él. Trabajaba, escribía y colaboraba en una revista. ¿Y David? ¿Qué hacía David para aprovechar su tiempo, jugar a los videojuegos durante horas?

«Espera. Estás siendo injusta.»

David estaba cursando el primer año de un Grado Superior de administración. Había tenido mala suerte y le había quedado una asignatura, por la cual no podría pasar a segundo curso. Se había estancado y tendría que malgastar un año entero para una asignatura. Pero ¿qué culpa tenía él? Había buscado trabajo, pero la situación estaba muy mal. No era que él no lo hubiera intentado… ¿verdad?

¿Colaboras en una revista?

Sí. De hecho, el jefe, Francisco Ruiz, es como un padre para mí. Él hizo posible la publicación de mi libro. Me dio una oportunidad.

¡Qué suerte! ¿Cómo se llama la revista?

Pioneros. En Facebook tengo algunos de los artículos que escribí.

Sin perder un segundo, entró en la red social y buscó entre las fotos del escritor. Un álbum sin nombre guardaba varios reportajes escritos con minuciosa atención. A un lado, el nombre del autor y su foto.

¡Ah, sí, incluso sales tú!

Sí, aunque me veo bien feo.

No seas tonto. Sales muy guapo.

Se le escapó una risilla nerviosa. Su compañera, acostumbrada a la seriedad de Héctor, lo miró de inmediato, quedándose pasmada cuando lo vio sonreír con la cara roja como un tomate. Uno de los compañeros pasó a su lado y carraspeó, esperando que así el joven se decidiera a guardar el móvil. Héctor solo le hizo un gesto de desdén y volvió a la conversación. Que se vaya a chingar a su madre, pensó. Hoy no hay nadie a quien atender.

¿Guapo, yo? ¡No bromees!

Oye, solo soy sincera. Eres guapo y por eso sales guapo.

Héctor sintió cómo las mariposas invadían su estómago. Exhaló un suspiro. Aquello no podía ser bueno, y aun así no podía dejar de sonreír.

Al final me vas a enamorar.

Natalia también se sonrojó, y con esas palabras, supo que había hecho mal en ser demasiado sincera. A David no le hubiera gustado. Debía controlarse. No se estaba comportando bien y lo sabía.

No te conviene enamorarte de mí —fue lo último que le dijo antes de que uno de los jefes de Héctor le hiciera guardar la Blackberry.

3

La habitación, que hasta hacía media hora había estado impecable, ahora se hallaba llena de ropa por todos lados. Otra vez tendría que arreglarla.

Cogió un par de camisetas y se volvió hacia el espejo con ellas.

¿La azul o la marrón? —se preguntó a sí misma, hastiada.

Nunca había tenido problemas a la hora de elegir la ropa. No era algo que le preocupara. Vestía como le daba la gana en cada momento: un día más arreglada, otro día más informal… No le había tenido que dar cuentas de su vestuario a nadie hasta que llegó David.

En realidad, no podía decirse que se vistiera según los gustos de su novio. Cada uno es como es, solía decir, y si no gusto como soy, pues que no miren.

Aun así, en momentos como ese prefería ceder un poco para no tener broncas. Era el cumpleaños de uno de sus amigos, y al igual que la habían invitado por cortesía, ella debía asistir por cortesía. Sabía que a David no le gustaba que llevara escote delante de sus amigos, así que debía buscar algo arreglado, pero con lo que no enseñara nada. Ahí residía el problema.

La azul es demasiado desarreglada, y la marrón tiene escote. No mucho, pero tiene.

Sacó algunos jerséis; la mayoría, prendas viejas que tenía desde hacía años. Su fondo de armario de invierno dejaba bastante que desear.

Pensó en el vestido que le habían regalado hacía poco, pero lo descartó rápidamente por si también le molestaba que se le vieran demasiado las piernas. Eso hubiera sido el colmo.

Buscó y rebuscó en los cajones y se probó montones de camisetas de todos los tipos, pero incluso la más discreta resaltaba su busto.

«¡Joder! ¿Qué culpa tengo yo de tener tantas tetas?»

El tiempo volaba y la hora de salir de casa se acercaba. Cansada de su frustrado intento de ser buena novia, se puso unos pantalones vaqueros, la camiseta de color marrón y una rebeca que apenas cubría unos centímetros más de lo que dejaba al descubierto lo que llevaba abajo. Se hizo una trenza en el pelo y salió de su casa a toda prisa, preparándose para la pequeña —o eso esperaba— discusión que tendría en aproximadamente veinticinco minutos. Caminó a paso ligero calle arriba, pasando por la Glorieta, subiendo por las Torres y bajando hasta el centro comercial el Plaza, testigo de todas sus citas. Cuando llegó, sudando y con la respiración agitada y el corazón a mil por hora, David todavía no daba señales de vida.

«Como siempre.»

El cielo estaba totalmente despejado. No había una sola nube en el lienzo azul que se expandía sobre la ciudad. El sol brillaba e irradiaba un calor inesperado y maravilloso en esa época. Era una lástima que un día tan bonito fuera a estropearse por una cuestión de tela.

Con manos rápidas, se deshizo de la rebeca y la ató a su cintura.

A lo lejos se dibujó la figura de David, vestido con su típica camiseta negra y su camisa de cuadros encima. Ella también tendría que cantarle las cuarenta con respecto a su ropa, y sin embargo, lo aceptaba.

Hola, bonita.

Hola.

Un abrazo y un beso. Todavía no llegaba lo malo. Natalia no quería ni pensar en lo que vendría cuando se separaran. David le tocó cariñosamente el culo y Natalia volvió a quitar la mano de su nalga.

Que no me toques el culo.

David sonrió, resignado, y la miró de arriba abajo como si de un escáner se tratara. Su mirada se clavó en los pechos de Natalia. La reacción no se hizo esperar.

Vas muy guapa, pero…

¡No me digas nada! —le advirtió—. ¡Una hora! —exclamó, mostrando su dedo índice—. Me he pasado una hora entera pensando en qué demonios ponerme. He dejado mi cuarto hecho un desastre y no he encontrado nada que pensara que pudiese gustarte.

Ya te he dicho muchas veces que no me gusta que mis amigos te vean así.

¿Así cómo? No voy demasiado destapada.

Ya, pero no me gusta.

Pues que sean ellos los que se corten. ¿Por qué tengo yo que cambiar mi forma de vestir porque a alguno se le pueda ir la mirada? ¡Mírame, David! Voy bien. Casi no se ve nada.

Pero algo se ve.

Pues lo siento mucho. Si no les gusta, que no miren.

El problema es que les pueda gustar.

Natalia rio sarcásticamente.

¡Pues que disfruten!

David frunció el ceño.

Mira, es la ropa que tengo, ¿vale? Estoy harta de tener siempre el mismo problema.

Pero ¿qué te cuesta no venir así por un día? Nunca vamos con mis amigos.

No, David, no es un día. ¡Es siempre! Siempre te quejas de mi ropa. Todos los días tengo que comerme el coco a la hora de vestirme porque no hay día que no te guste cómo voy vestida. ¿Sabes qué? Mejor no voy al cumpleaños. Así no tenemos más problemas. Te vas tú solo y así seguro que tus amiguitos no miran nada.

No seas tonta.

No seas tonto tú.

Si no vas, quedarás mal con ellos.

Parece que todavía no te has dado cuenta, David, pero me da igual lo que piense la gente de mí. Y más si son prácticamente desconocidos.

David suspiró y apoyó la espalda contra la pared de uno de los laterales del Plaza. Él también estaba cansado de los problemas que surgían por culpa de la ropa. Ella no entendía su punto de vista. No le importaba que utilizara escotes, siempre que fuera en la intimidad, donde solo él pudiera verla. Para eso era su novio.

Entonces ve por mí, ¿vale? Dejemos el tema por hoy.

4

Te ves enojada.

Las palabras de Natalia llegaban a través de la pantalla duras, secas, ásperas. No era su carácter afable y animado de siempre. Las letras no engañaban, y menos en ella. Estaba seguro de que le había pasado algo.

Lo estoy —confesó.

Y ¿por qué? ¿Qué ocurrió?

Una pequeña discusión con David, mi novio.

¿Me puedes contar?

Pues, que si fuera por él, iría a la calle vestida con un burka —exageró—. Hoy era el cumpleaños de uno de sus amigos, y nos había invitado a los dos para celebrarlo con una merienda en el parque. Me he puesto una camiseta de mangas largas con un poquito de escote, ¡y no veas cómo se ha puesto el señor! En cuanto me ha visto aparecer así vestida, ha puesto mala cara y me ha dicho que delante de sus amigos no quiere que lleve ese tipo de ropa. ¡Pero es que ya no sé qué ponerme con él! ¡Siempre se queja de algo!

¿Tan celoso es?

Solo un poco, pero dice que no le gusta que los demás vean mis escotes. Que le gusta que los lleve, pero solo para él.

Héctor no pudo evitar reír. Menudo imbécil. No sabía cómo una chica como Natalia podía estar con alguien como él. ¿Qué le había visto?

Qué inmaduro y posesivo.

Sí, y ya llega un momento en que cansa muchísimo. ¿Sabes lo que es tener que estar comiéndome el coco siempre que tengo que salir porque no sé qué ponerme para no discutir con el señorito? —se quejó ella. Parecía realmente agobiada—. Uff…, me pone de los nervios, te lo juro. ¡Y lo peor de todo es que se queja de mi ropa cuando él siempre lleva lo mismo!

No manches. ¿En serio?

Sí, siempre viste con las mismas camisas o las mismas sudaderas.

Héctor pensó que se trataba de todo un personaje. Quizás lo incluyera en alguna de sus novelas, ¿quién sabe? Podría dar mucho juego. Sería entretenido escribir sobre alguien con un carácter tan… extraño.

Oye, pues ni modo. No vas a cambiar tu forma de vestir porque a él no le agrade.

Por supuesto que no. Nadie va a cambiar mi manera de ser. Eso lo tengo muy claro.

Bien dicho. Es tu personalidad. Nadie debe cambiarla. Nunca dejes de ser tú misma. —Suspiró y recargó la espalda contra el respaldo—. Yo una vez lo hice. Llegué a desconocerme a mí mismo.

¿Qué pasó?

Irene, mi esposa, hizo que cambiara.

¿Tu esposa?

Sitió una punzada en el pecho y dejó de respirar unos instantes.

«¿Está casado?»

Tragó saliva. Se esperaba cualquier cosa menos eso. ¿Por qué nunca antes se lo había dicho? ¿Le había estado tirándole los tejos teniendo mujer?

Estoy en trámites de divorcio —explicó—. Me separé hace unos meses. Llevábamos tres años casados.

Natalia resopló aliviada. Ya sabía que Héctor no era de ese tipo de hombres.

Vaya, lo siento mucho. ¿Qué pasó?

No lo sientas. Estaba ya muy harto de ella. No me apoyaba en nada, no aceptaba mis muestras de cariño, no apreciaba nada de lo que yo hacía por ella y me reclamaba por todo. No me amaba como yo la amaba a ella. Luché mucho por que nuestro matrimonio saliera adelante, pero ella no hizo más que empeorarlo. Al final la mandé a la chingada.

Si no te quería, ¿por qué se casó contigo? —preguntó Natalia, más a sí misma que a él.

No lo sé. Aunque ya me vale madres. He estado muy mal durante demasiado tiempo. Tenía muchas ilusiones puestas en mi matrimonio. Incluso ya quería tener hijos.

Natalia no pudo evitar imaginarse la situación si la ex de Héctor hubiera consentido tener hijos. Eso sí que hubiera sido un verdadero marrón. Héctor, mexicano de treinta años y un hijo, camelando a una chica de diecinueve. Gran titular. Y también horripilante.

Bueno, piensa que hubiera sido un error tenerlos con la mujer equivocada.

Sí. Debería haberme dado cuenta mucho antes, pero estaba ciego.

Pues mejor —afirmó Natalia.

¿Mejor?

Sí. Te mereces mucho más que eso; muchísimo más. Ella se lo pierde.

Gracias, Nataly.

Nataly. Siempre la llamaba así y todavía no sabía por qué. La curiosidad iba ganando terreno poco a poco.

Oye, ¿por qué siempre me llamas Nataly?

Nataly es el nombre de la protagonista de uno de mis cuentos favoritos. Lo leía cada noche cuando era niño. Cuenta la historia de una chica que tiene un poder especial: el poder de ayudar a las personas. Un día, conoce a un chico que está totalmente perdido, hundido en un pozo oscuro del que nadie ha podido sacarlo. Pero Nataly lo consigue; le ayuda a seguir adelante y a reencontrarse a sí mismo.

¿Por qué estaba ese chico en ese pozo oscuro? —curioseó Natalia—. ¿Y cómo lo ayudo Nataly a salir de ese pozo?

Ya no te voy a contar más —sentenció Héctor—. Es mejor que lo leas.

No creo que lo encuentre por ninguna parte.

Entonces yo te lo regalaré cuando nos conozcamos en persona.

Natalia cogió aire y lo soltó lentamente. Se estaba metiendo en terreno peligroso.

¿Tienes pensado conocerme en persona?

¿Por qué no? Me gustaría caminar contigo, agarrados de la mano, por las calles de tu ciudad. Sería algo muy padre. De verdad que me gustaría.

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