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La tacita de plata

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XVIII

La Tacita de plata

1

Natalia llevó a Héctor de paseo por el interior de Cádiz. Era una visita rápida al corazón de su ciudad para llegar de nuevo al punto del que habían partido.

¿Para qué quieres volver al principio de nuevo? —le había preguntado Héctor.

Natalia le había sonreído.

Porque no quiero que te pierdas nada. Tenemos que seguir un orden.

Y lo seguirían, pero antes habían decidido parar a comer en el Burguer King. Pidieron dos menús de ternera y pollo respectivamente y en menos de lo que canta un gallo estaban comiendo junto a la cristalera con vistas al puerto. O, mejor dicho, Héctor era el que comía, pues Natalia hablaba sin parar y de vez en cuando le pegaba un bocado a su hamburguesa. La luz del sol acentuaba sus rasgos y doraba su pelo.

Natalia chasqueó los dedos delante de él.

Eh, ¿me estás escuchando?

Tus ojos son hermosos —dijo Héctor en una especie de trance.

Las mejillas de Natalia se tornaron de un color rojizo, y como hacía siempre que se sentía avergonzada, bajó la mirada y rio.

No me hagas la pelota, anda.

Es en serio. Son cambiantes dependiendo de la luz. Nunca me cansaría de admirarlos. Son únicos.

Natalia pensó en qué decir, pero su mente no hacía más que repetir una y otra vez las palabras de Héctor.

Anda, cómete la hamburguesa, que tenemos que irnos —le dijo, intentando cambiar de tema, y le pegó un gran mordisco a la suya. Héctor sonrió. No podía evitar sentir ternura ante su inocencia, una característica no propia de la edad, sino de su esencia.

Salieron del Burguer King atiborrados. Los nervios del encuentro les había cerrado el estómago a ambos; sobre todo a Natalia, que se había llenado con el segundo bocado de su hamburguesa. La temperatura no podía ser mejor, en el cielo no había una sola nube y el sol relucía como nunca. El levante característico en la Tacita de plata estaba dando una pequeña tregua y soplaba con calma. Todos los factores se habían unido para hacer del diez de marzo un día memorable e imposible de olvidar.

¿Estás listo para el tour?

¿Acaso lo dudas?

2

El puerto y el ayuntamiento fue lo primero que vieron. A Héctor le sorprendió reconocer un cierto parecido con la Habana. Nunca había estado allí, pero había visto fotos y había grandes similitudes. Miraba hacia todos lados. Le encandilaban edificios a los que Natalia no había dado ninguna importancia. No podía imaginarse cuán diferente debían ser sus países como para que él se sorprendiera con un edificio que no se salía de lo común. Pasando por la fuente de las tortugas, llegaron a la Plaza de España, centrada por el monumento conmemorativo de la Constitución de 1812, que representaba un gran hemiciclo flanqueado por alegorías de la guerra y frutos de la paz. El texto constitucional se erigía sobre un alto pilar en cuya base se situaba la Justicia.

Algo en el cielo llamó la atención de Natalia. Una docena de pájaros de color verde volaron por encima de sus cabezas y planearon hasta las ramas de unos árboles cercanos. Héctor sacó su cámara Nikon de la funda y enfocó hacia las pequeñas aves como todo un profesional. Natalia se posicionó a su lado.

Me encantaría tener una cámara como esa.

Es tuya, mi amor. Todo lo mío es tuyo.

Entonces, ¿puedo llevarla yo y hacer las fotos?

Héctor le tendió la máquina sin dudarlo.

Ahora no solo eres la guía no autorizada, también eres la fotógrafa oficial de nuestra aventura.

Natalia agarró la cámara con cuidado y saltó de alegría mientras enfocaba todo lo que encontraba a su alrededor.

Bueno, guía no autorizada, ¿por dónde continuamos?

Por allí.

Las murallas de San Carlos se erguían delante de ellos robustas e imponentes, constituyendo un gran conjunto defensivo.

Ponte ahí. Voy a hacerte una foto.

Mejor ponte tú conmigo.

Natalia le entregó la cámara, él estiró el brazo y el flash hizo el resto.

Vamos a subir por esas escaleras —sugirió la chica—. Quiero ver qué hay por encima de las murallas.

¿Nunca has subido?

La verdad es que no. Siempre he ido por abajo.

Descubriendo Cádiz.

Lo que había encima de las murallas era una gran explanada de suelo liso sin ningún tipo de obstáculos.

En los laterales podían descubrirse los huecos que una vez habían sido utilizados para los cañones, y al fondo, se encontraba el mar. En el aire, se escuchaba la melodía que tocaba una banda de música compuesta por distintos instrumentos de viento y de percusión.

¿Qué es esa música?

Están ensayando para la Semana Santa. Las bandas de música suelen reunirse en la Punta de San Felipe —explicó.

Está muy bonita.

Sacó la cámara, y la puso en modo vídeo. Enfocó todo el lugar y dejó que la máquina captara las apasionadas notas y las palabras de Natalia, que intentaba explicarle cómo era allí la Semana Santa.

… Son imágenes sobre la vida de Jesús. Y van acompañados por penitentes y por la banda de música.

Allá en México solo se representa la pasión, y es todo muy triste.

No, aquí se representan muchísimas partes de su vida.

Oye, por lo que oí, ustedes siempre están de fiesta, ¿no?

Natalia soltó una carcajada. Solía molestarle que dijeran que los españoles, en concreto los andaluces, hacían el vago a todas horas y siempre estaban de juerga, pero Héctor lo había dicho sin mala intención.

Tenemos fama de fiesteros, la verdad.

Recorrieron toda la explanada hasta que llegaron al final de la misma y se apoyaron en la pared de piedra para dejar que las notas que la banda interpretaba llegaran hasta sus oídos y relajara sus cuerpos y sus mentes. Héctor observó el mar desde donde estaba. Un mar de un color más oscuro que el que estaba acostumbrado a ver en su querido Cancún, pero el mismo mar al fin y al cabo.

Me encanta.

Y a mí. ¿No te gusta el sonido de las olas?

Es lo que más me gusta.

Colocó una mano sobre la de ella y la acarició con el pulgar. Luego, agarró la cámara e hizo una foto a sus manos unidas, esperando que siguieran así por siempre. Natalia miró sus manos y descubrió una similitud poco corriente. Ambos tenían un lunar en el mismo lugar de la mano.

Mira, iguales —le dijo.

Héctor le sonrió.

¿Necesitas más pruebas de que estamos hechos el uno para el otro? —le preguntó, volviendo a juntar sus manos.

Nunca las he necesitado.

3

Podía decirse que la Alameda Apodaca era el rincón más romántico de Cádiz. Sus jardines estaban llenos de fuentes de agua clara y plantas de distintos tipos. Los paseos, decorados con bustos conmemorativos y monumentos. Las farolas y los bancos de estilo sevillano inspiraban andalucismo en estado puro y la balaustrada de piedra era un auténtico balcón al mar.

¡Guau, mira esos árboles!

Los Ficus centenarios se alzaban hacia el cielo en todo su esplendor. Las grandes y gruesas ramas era el sueño de todo niño aventurero.

Cuando era pequeña siempre quería subirme a ellos —comentó Natalia—. Creía que en la parte de arriba podría tocar el cielo.

Son enormes —murmuró Héctor, embelesado.

Natalia reconoció en sus ojos el brillo que hacía unos aparecía en sus mismos ojos cuando soñaba con alcanzar la parte más alta del árbol. Se volvió hacia él y lo besó en la mejilla. En el fondo era un niño que había estado encerrado en una celda por demasiado tiempo, y en ese momento lo único que quería era saborear la libertad.

Ahora vamos al parque Genovés. Podrás ver mi Universidad desde fuera.

Caminaron despacio allí, admirando el mar a su derecha y escuchando las olas que rompían contra las rocas. El parque Genovés era la zona verde más amplia del casco histórico de la ciudad. Estaba abarrotado de diversas especies de plantas y árboles, siendo las más comunes las palmeras y los cipreses. A Héctor le llamó poderosamente la atención el hecho de que unos árboles tropicales como eran las palmeras se encontraran en un lugar con un clima tan frío como aquel.

¿Esa es tu Universidad? —pregunto Héctor, señalando a través de los barrotes unas grandes puertas de madera.

Sí, esa es. Facultad de Filosofía y Letras.

Está bien chida. Y las vistas son espectaculares. Tienes suerte de estudiar acá.

Natalia ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento de la razón que tenía Héctor. Estudiaba en un lugar con vistas al mar y a un parque precioso. Era algo que poco le había importado anteriormente. Solía estar tan ocupada a diario con las clases que apenas tenía tiempo para disfrutar del paisaje que se mostraba a través de las ventanas. Pasearon cerca de la fuente de los niños bajo el paraguas y vieron a los patos nadar en el estanque. Poco a poco, la tarde empezaba a caer.

Quería enseñarte el Teatro de Falla, pero se nos hace tarde. Prefiero que veas la Catedral. Seguro que te encantará.

Y de la mano, lo guio hasta la salida. Todo iba a las mil maravillas hasta que lo vio a él. Sus piernas se detuvieron como si una pared invisible la hubieran frenado, su corazón se aceleró violentamente y su cara palideció hasta quedar mucho más blanca de lo que normalmente era.

¿Natalia? ¿Qué pasó?

Natalia se volvió hacia él y lo abrazó con fuerza.

El chico que está en la salida —le indicó.

Héctor dirigió su mirada hacia el joven que se encontraba apoyado en la pared, al lado de la puerta del parque. Era un chaval de veintipocos años, pelo negro y algo pasado de peso. Vestía con unos pantalones vaqueros y una sudadera de rayas azules y amarillas. El aspecto que ofrecía hizo que lo reconociera de inmediato. Había escuchado hablar demasiado de él. No miraba directamente hacia ellos, pero Héctor sabía que disimuladamente los estaba observando.

¿Es David?

Natalia asintió.

¿Cómo demonios lo ha sabido?

¿Crees que lo ha hecho adrede? —le preguntó Héctor.

Sí —afirmó con convicción—. David nunca sale. Menos aún por Cádiz. Alguien lo ha tenido que avisar.

Héctor depositó un beso sobre su frente y la abrazó con fuerza.

Vamos por la otra puerta —le pidió ella.

No —se negó Héctor—. Tú no tienes por qué huir de nada. No hiciste nada malo. Si ese niño es masoquista, qué pena por él. Pero no le daremos el gusto de fastidiar nuestro día.

Y sin decir más, la besó, a sabiendas que David lo vería. Quería que supiera que había perdido su oportunidad, que ella jamás volvería con él, que había destruido su relación por no saber tratarla. Ahora estaba con él, y se encargaría de que eso fuera así por el resto de su vida.

Vamos.

La agarró de la mano y caminó hacia la salida. A medida que se acercaban, Natalia tenía la sensación de que se le saldría el corazón por la boca. Al llegar a la puerta, cruzaron sus miradas, y Natalia decidió que no tenía por qué sentirse culpable.

Hola —fue lo único que dijo al pasar al lado de él.

Hola.

Y desaparecieron el uno de la vista del otro. Héctor sujetó su mano con firmeza, y una vez que se alejaron y Natalia se hubo calmado, la chica besó su mano y se abrazó a él. Solo había sido una prueba más.

4

Caminaron por la avenida de Duque de Nájera aún con el mal sabor de boca. Cuando llegaron a la playa de la Caleta, Natalia se obligó a olvidar lo que había ocurrido, por Héctor, por ella misma. Era su día especial y nada ni nadie iba a estropearlo, y menos aún un fantasma del pasado que lo único que quería era atormentarla. En la playa apenas quedaban unos chavales vestidos con gruesas sudaderas que se dedicaban a jugar al fútbol en la arena, disfrutando del buen tiempo que les había tocado después de días tan fríos.

El sol empezaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el mar con su reflejo anaranjado y coloreando el cielo de tonos malvas, rosas, azules y anaranjados. Natalia se apoyó en la balaustrada de piedra y Héctor la abrazó por la espalda. Comenzaba a refrescar y Natalia posó su mano sobre la de él. Su tacto era áspero por culpa del frío. Despacio, enredó sus dedos entre los de Héctor.

Siento lo de antes.

Héctor la obligó a volverse y la abrazó con firmeza por la cintura.

Olvídalo. Es nuestro día. Solos tú y yo. No cabe nadie más.

Natalia sonrió.

Nadie puede estropearlo.

Nadie —corroboró él.

La besó sin prisa, como si fueran dueños del tiempo. ¿Qué importaba el espectáculo de colores con que les obsequiaba el atardecer? Era por esos momentos por los que merecía la pena haber cruzado el océano, y sin duda lo cruzaría mil veces más con tal de volver a vivirlos.

Héctor.

¿Sí, chiquita? —preguntó juntando su frente con la de ella sin abrir los ojos.

La chica permaneció callada unos instantes.

Te amo.

Héctor abrió los ojos y la vio mirando al suelo, sonrojada y nerviosa. Era la primera vez que le decía aquellas palabras en persona, y a esas alturas pensaba que ya no lo haría. El sábado se acercaba a su fin, y al día siguiente tendría que coger un tren que lo devolvería a Madrid, y un avión que lo llevaría hasta Cancún.

Repítelo.

Ella negó repetidas veces con la cabeza.

Héctor agarró una de las manos que Natalia había posicionado en su cuello y besó su palma con cariño. Después, la besó en los labios una vez más, cerrando los ojos con fuerza. Si aquello era un sueño, no quería despertar.

5

Caminando por Campo del Sur, llegaron a un paseo al lado del mar. La noche había caído y el frío se había vuelto más intenso. Natalia se sintió culpable al ver que Héctor tiritaba y se encogía. Debería haberle avisado de que por la noche hacía más frío.

Se abrazó a él y caminaron más rápido.

Ahora vamos a ver la Catedral. Cuando entremos por las calles no hará tanto frío —le aseguró, preocupada por sus continuos tembleques.

Tranquila, estoy bien.

Natalia miró a ambos lados antes de cruzar la calle y llevar consigo a Héctor. No había paso de peatones, y normalmente no se hubiera saltado una regla básica de seguridad vial, pero no quería que su chico siguiera enfriándose. Pasaron a la calle de enfrente y bajaron por una callejuela llena de coches aparcados.

Este es uno de los lados de la Catedral —le dijo, señalando a la gran construcción que se encontraba a su derecha.

Es muy grande.

Aún no has visto nada.

Y llegaron a la plaza, donde la gran señora de Cádiz se alzaba en todo su esplendor. El templo se caracterizaba por una planta de cruz latina con tres naves. La portada mostraba un conjunto de maravillosas formas cóncavas y convexas, y se adivinaban tres estilos: el barroco, el rococó y el neoclásico, reflejo de los tres diferentes arquitectos con los que había contado la construcción. Además, se podían diferenciar distintos materiales en su estructura, como caliza y piedra ostionera.

¡Guau, está padrísima! —exclamó Héctor, alzando su mirada hacia lo más alto de la Catedral—. ¡Es enorme!

Y sacó su cámara, para intentar inmortalizar el monumento, pero el objetivo no podía captar la magnitud de la Catedral. Sobre la inmensa construcción se alzaba la luna, llena y blanca como pocas veces se la veía.

Natalia observaba cada detalle, haciendo un esfuerzo por recordar algunas de las lecciones que había recibido de Historia del arte, pero su mente había guardado toda esa información en Dios sabía qué parte de su cerebro, y no había forma de encontrarla.

Héctor se volvió hacia ella. Miraba fijamente la Catedral, callada y pensativa, con su melena al viento. La luna se encontraba en el lugar idóneo. Apuntó con su cámara a su modelo particular. Natalia se volvió rápidamente al notar el flash sobre ella.

Eres hermosa —le dijo.

Natalia se abrazó a él.

¿Se te ocurre un momento más perfecto que este? —le preguntó.

No. Por más que lo busco, no lo hallo.

Y volvieron a besarse allí, delante de uno de los monumentos más bellos de Cádiz. Poco le importaban las miradas de aquellas personas que pasaban. Debían aprovechar cada minuto que estaban juntos, pues, desgraciadamente, no serían eternos.

Desde la terraza de un restaurante cercano, dos chicas observaban a la parejita y reían; una, deseándole a Natalia toda la suerte del mundo; la otra, pensando que esos dos no debían estar pasando demasiado frío. La primera bebió de su refresco mientras la otra le pegaba un mordisco a su hamburguesa.

También es coincidencia —habló esta última con la boca llena—. ¿Nos acercamos?

Miriam negó con la cabeza.

Es su momento. Dejemos que disfruten. Ya mañana la pillaremos por banda.

Y volvió a llevarse refresco a la boca.

6

¿Adónde me llevas? —preguntó Héctor al ver que Natalia aligeraba el paso.

Es una sorpresa.

Y ¿tenemos que correr tanto para ir?

Nos hemos entretenido demasiado con la cena. Si no corremos, se nos pasará la hora —explicó—. ¡Vamos, te echo una carrera!

Soltó su mano y empezó a correr. Héctor, sorprendido gratamente, se dejó llevar por el momento y corrió detrás de ella. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo como eso. Se sentía libre, feliz. Tenía ganas de reír, de volver a ser un adolescente.

¡No vale, no vale! —gritó Natalia cuando Héctor la adelantó.

La gente los miraba. Algunos reían; otros negaban con la cabeza, pensando en los bellos tesoros que eran la juventud y el amor.

¡No debiste retarme! ¡Soy un corredor nato! —exclamó Héctor.

Natalia aceleró y tendió su brazo para poder sujetarle.

¡Te tengo! —anunció, triunfante, abrazándose a él.

¡Eres una tramposa! —dijo Héctor entre respiraciones entrecortadas.

Ambos se echaron a reír. Natalia miró la hora en su móvil y esperó a que se normalizaran sus respiraciones para hablar.

Ya hemos llegado. ¡Y cinco minutos antes de la hora! —anunció Natalia, entrando por una callejuela estrecha.

Héctor observó las paredes de piedra y las grandes puertas de madera frente a las que se habían parado. Unas letras plateadas anunciaban el Hotel Spa Senator, de cuatro estrellas. El joven se preguntó si Natalia sería tan lanzada como para llevarle a un hotel.

No vamos al hotel —aclaró Natalia, adivinando los pensamientos de Héctor—. Vamos al Spa.

No traigo bañador, ni toalla —dijo él, confundido—. ¿A poco es un Spa nudista?

Natalia sonrió y empezó a mirar por todos lados, buscando algo o a alguien.

Ya tienen que estar al llegar… —murmuró.

¡Natalia! —la llamó una voz femenina.

Miriam corría hacia ellos llevando prácticamente a rastras a Gema, que jadeaba de cansancio. Cada una llevaba en su espalda una mochila. Natalia se acercó a ellas rápidamente.

Menos mal que sois puntuales —suspiró—. ¿Me lo habéis traído todo?

Todo lo que nos dijiste. Esta es la tuya y esta es la de él —puntualizó Miriam, entregándole las mochilas.

Hemos tenido que ir a toda hostia con la moto. Creía que nos la pegábamos —aseguró Gema, pasándose la mano por la frente sudorosa.

Estábamos en la calle cuando nos llamaste —aclaró Miriam.

Uy, lo siento. Pero muchas gracias por hacerme el favor, de verdad.

Oye, es muy mono —comentó Miriam.

No está mal —dijo Gema—. Después nos dices qué tal en bolas.

¡Que solo le llevo al Spa! —murmuró la chica.

Bueno, pero ya que tienes arriba el hotel…

¡Anda, deja de decir chorradas! Siempre igual —la regañó Miriam, y le guiñó un ojo a Natalia—. Anda, preséntanoslo antes de irnos.

Natalia sonrió y le hizo un gesto a Héctor para que se acercara. El joven, que había mantenido las distancias educadamente, no tardó en aproximarse.

Héctor, estas son mis compañeras de piso y amigas: Gema y Miriam.

Es un placer conocerte —dijo Miriam, dándole dos besos.

Igualmente.

Trata bien a nuestra Natalia —dijo Gema después de saludarle de la misma forma.

Tranquila. La cuidaré mucho.

Pues, ¡hala! Que lo paséis bien. Nosotras ya nos vamos, que se os va la hora —comentó Miriam, apretándole fuerte la mano a Natalia—. Ya nos contarás.

Tan pronto como se despidieron, desaparecieron por una de las calles, dejando a la pareja sola de nuevo.

Entremos —dijo Natalia.

Los dos jóvenes se adentraron en el lujoso hotel, donde fueron recibidos por un señor bien vestido y de amable sonrisa.

Buenas noches —los saludó.

Buenas noches —respondieron al unísono.

Héctor pensó que Natalia se pararía a preguntar, pero al parecer ya sabía el camino. Anduvieron por la entrada, sorteando una pequeña fuente que adornaba el lugar y se metieron por una de las puertas de la izquierda. Esta les llevó por una escalera que bajaba. En el camino se encontraron con varias personas que salían de su sesión de baños con expresiones relajadas y sonrientes. Cuando llegaron al mostrador, apenas había un par de personas más esperado para ser atendidas.

Buenas noches —les dijo una señorita de aspecto sumamente cuidado que a Natalia le dio muy buena impresión—. ¿Tienen reserva?

Sí, a nombre de Natalia Jiménez.

La chica buscó en una libreta.

¿Dos personas, verdad?

Sí —respondió Natalia de inmediato.

Son 20 euros.

Natalia le entregó un billete, adelantándose a Héctor, que ya estaba metiendo la mano en el bolsillo.

Bien, pues su sesión dura hasta las diez y media. ¿Tienen toalla y todo lo necesario? —preguntó educadamente.

Sí, lo tenemos todo —contestó la joven.

Bien. Ahí tienen los vestidores. Que disfruten —les deseó con una sonrisa.

Natalia se volvió hacia Héctor y le tendió una de las mochilas.

He metido un bañador y unas chanclas de mi hermano. Espero que te queden bien —le dijo—. Ahí están los vestidores. En cuanto te hayas cambiado, sal y espérame en junto a las taquillas, ¿vale?

Cada uno eligió un vestidor y se cambió de ropa. A esa hora no había casi nadie en el spa, por eso Natalia había decidido que sería el turno perfecto. Cuando salió del vestidor, Héctor ya estaba esperándola con el bañador de su hermano.

Metieron las mochilas en las taquillas y entraron en la zona de las piscinas. Primero, un remojón en la ducha, y después se lanzaron hacia los primeros chorros que vieron y que masajeaban sus espaldas. Las personas que quedaban de la sesión anterior comenzaron a salir, y los nuevos, a entrar; pero estos últimos eran cuatro gatos. Entraron en la piscina de cítricos, que contenía un suave olor a limón. Se decía que estos eran buenos para la piel. Otra piscina más pequeña contenía piedras en el fondo. Más tarde, probaron el jacuzzi que burbujeaba con fuerza, y permanecieron allí hasta que otros clientes del spa se aventuraron a probarlo, dejándoles menos espacio e intimidad. Entonces, decidieron probar la piscina más grande, construida en una caverna rocosa y algo oscura, que albergaba cascadas artificiales. Héctor y Natalia nadaron a sus anchas, aprovechando que no había nadie.

Héctor se deslizó hasta ella y la agarró de la cintura.

No podría estar en un lugar mejor —le susurró al oído.

¿Entonces, te gusta? —le preguntó ella, dándole un beso en los labios.

Me gustas tú.

Ella sonrió. Él la besó.

Nunca olvidaré estos momentos, una vez que vuelva a México.

Calla —ordenó ella—. Hablas como si no nos fuéramos a volver a ver.

Claro que nos volveremos a ver.

¿Vendrás a buscarme? —le preguntó, seria, mirándolo a los ojos.

Héctor no apartó la mirada. Su intención no era mentir.

Siempre.

Entonces, Natalia echó los brazos al cuello de Héctor y le abrazó como si ello evitara la despedida del día siguiente, y el joven pasó sus dedos por el cabello mojado de su chica, intentando que su tacto permaneciera con él hasta el día que volvieran a encontrarse.

7

Apenas quedaba una hora para que muriese el sábado y diera paso al domingo. El tiempo pasaba demasiado deprisa, y resultaba escaso para todo lo que querían hacer o decir.

Juntos, de la mano, salieron del restaurante al que habían parado a cenar y caminaron tranquilos por las solitarias calles. Natalia se abrochó los botones de su chaquetón y miró a Héctor. Debajo de la sudadera azul, lo único que llevaba era una camiseta de mangas largas. Debía estar pasando frío.

¿Estás bien? Si quieres vamos al hostal y cogemos tu chaquetón.

Ay, no… ¡Qué hueva! No te preocupes. Estoy bien.

No te vayas a poner enfermo.

No te preocupes, mi amor.

Dieron una vuelta que los llevó hasta la Plaza de España, donde unos cuantos chavales se habían reunido para charlar y cantar al son de unas guitarras.

Héctor y Natalia tomaron asiento en uno de los bancos que se hallaban justo enfrente del monumento conmemorativo a la Constitución de 1812. En el centro de este, ardía una pequeña llama que les ofrecía algo de luz. Allí, hablaron de cualquier cosa que se les viniera a la mente, rieron, se abrazaron y se besaron durante largo rato, dejando que los minutos pasaran, disfrutando el uno del otro, acariciando sus caras, cabellos y manos.

Héctor sacó algo de su bolsillo y se lo entregó. A la luz del fuego, Natalia descubrió un libro pequeño con la portada rota. En esta se adivinaba un nombre sobre el dibujo de una niña: Nataly.

¡Es el libro! —exclamó Natalia.

Te dije que te lo traería cuando nos conociéramos —le recordó Héctor.

Natalia pasó los dedos por las páginas amarillentas de aquel libro infantil, poniendo atención a los dibujos y fijándose en el gran tamaño de las letras con las que estaba escrito el cuento. No pudo evitar imaginar al Héctor niño tumbado en la cama, pasando las páginas y leyendo la historia una y otra vez. Se guardó el libro en el bolso y le abrazó con fuerza.

Una suave y fría brisa los hizo estremecerse y decidieron marcharse. Natalia le abrazó, frotándole los brazos persistentemente para darle calor. Héctor se puso la capucha de su sudadera y Natalia no pudo evitar reír.

¿Qué pasó?

Pareces un macarrilla.

¿Un macarrilla? —Ahora fue Héctor quien rio—. ¿Eso qué es?

Pues un macarra es una persona agresiva. Los que tienen muy malas pintas y van de chulos.

Ah, ya veo. Bien, pues soy un macarra.

Pues a mí no me gustan los macarras, eh. Das miedo —bromeó ella, retrocediendo unos pasos para alejarse de él.

Ah, ¿sí? —Corrió hacia ella de repente, provocando un grito agudo por parte de la chica. Una pareja que estaba en un banco cercano miraron hacia ellos—. ¡Te agarré!

¡No vale! —se quejó—. ¡Me has pillado desprevenida!

Un macarra de verdad no te dará chance. Tienes que aprender a tener los ojos bien abiertos.

Está bien, macarrilla, me rindo.

¡No debes rendirte con alguien así!

Natalia sonrió y lo besó en los labios.

Me rindo porque eres tú.

Un abrazo, eterno, o al menos eso hubieran querido. Se miraron a los ojos y volvieron a besarse, despacio, sin prisa. Héctor burló el suéter de Natalia y una de sus manos se adentró por la espalda de esta, tocando con delicadeza la suave piel de su espalda.

Estoy cansado —comentó de repente.

¿Quieres que nos vayamos ya?

Sí —contestó, pero no se movió del sitio, ni la soltó ni dejó de acariciar su espalda—. Quédate conmigo esta noche.

No puedo —respondió ella en voz baja—. Me gustaría, pero ya sabes lo que dijo el dueño del hostal.

Puedo hablar con él.

No. Fue muy claro conmigo. Además, había que pagar por anticipado.

Héctor suspiró, resignado.

Anda, vámonos —le pidió ella antes de que pudiera seguir insistiendo, y, tirando de su mano, lo guio por las calles vacías de una Cádiz dormida. Pronto, el silencio se hizo presente también entre ellos. Héctor estaba serio y callado. Natalia se preguntó si se habría enfadado con ella, pero en seguida lo descartó. Seguramente estaba cansado.

8

En silencio, metió la llave en la cerradura y la giró lentamente. Eran más de las tres y media de la mañana.

Sus compañeros de piso debían de estar dormidos. Abrió la puerta con sigilo y se llevó tremendo susto cuando vio a la pareja de la casa esperándola ansiosas detrás de la puerta. A sus espaldas, la televisión seguía encendida. En la mesa, restos de pipas, palomitas y refrescos delataban a las chicas: se habían quedado despiertas solo para oír cómo le había ido el día.

No me puedo creer que estéis todavía despiertas.

¡No podíamos esperar hasta mañana! —soltó Miriam.

Te dijimos que de hoy no te librabas.

Gema agarró a Natalia de la mano y la guio hasta el sofá. Miriam bajó el volumen de la televisión y se sentó en el lado que había quedado libre.

¡Cuéntanoslo todo! —exigió Gema.

¿Cómo es? ¿Es tal como lo imaginabas? —preguntó Miriam.

¿Besa bien?

¿De qué habéis hablado?

¿Te quiso llevar al catre?

¡Gema! —Natalia intentó mostrarse ofendida ante esa última pregunta, pero no pudo evitar sonreír. Gema acusó, señalándola con el dedo.

Eso significa que sí.

Anda, calla ya —le mandó Miriam, y seguidamente se volvió hacia la protagonista de la noche—. Vamos, cuéntanos.

Natalia les explicó todo, hasta el mínimo detalle. Les habló de su encuentro en la estación, de cómo se besaron por primera vez, de su día en Cádiz y de los incontables momentos que habían vivido juntos. De sus palabras, de sus gestos, de sus miradas… Y cada vez que lo recordaba, sonreía inconscientemente y suspiraba.

¡Oh, qué bonito!

Sí, pero seguro que el pobre chaval se ha quedado con ganas de más —bromeó Gema—. Oye, si quieres te dejamos mañana la casa libre y te lo traes.

¡No seas tonta!

Natalia cada vez estaba más roja. Empezaba a pensar que había sido una mala idea contarles todo a las chicas.

Oye, ¿por qué no? —la apoyó Miriam por primera vez—. Nos vamos por ahí y te lo traes aquí a comer. Le preparas algo rico. ¿No te quejas siempre de que tienes muy poco dinero?

Ya, pero…

¡Nada! Coméis aquí y después…, lo que tenga que pasar.

Gema movió las cejas arriba y abajo.

¡Estáis como una cabra!

Pero, espera, ¿qué pasa con Natanael? —intervino Miriam.

El ruido de la puerta del pasillo. El susodicho entró en el salón con expresión indiferente y se dirigió a la cocina. Las chicas permanecieron calladas, siguiendo con la mirada el recorrido del joven. Pasados unos segundos, Natanael volvió a salir de la cocina con una botella de agua en la mano.

Por mí no os preocupéis —contestó con un tono de reproche—. Sé cuándo estorbo. Llamaré a alguna amiga para comer con ella y listo.

Dicho esto, salió de la estancia, cerrando de nuevo la puerta tras sí y encerrándose en su habitación.

Gema miró la puerta por la que había desaparecido con una ceja levantada.

¿Su madre no le enseñó que es de mala educación escuchar detrás de las puertas?

Natalia frunció el ceño, harta de su comportamiento. Parecía un niño grande, incapaz de hablar las cosas como los adultos.

¿Qué demonios le pasa? —se preguntó.

¿No es obvio?

Miriam la miraba con perspicacia.

Pues no. No entiendo por qué está tan estúpido —dijo, haciendo como si la conversación con Carmen no hubiera tenido lugar.

Ay, qué inocente eres.

Gema le alborotó el pelo cariñosamente y apagó la tele. Pensó en recoger todo lo que había dejado por medio, pero era muy tarde y se le caían los ojos.

Será mejor que nos vayamos a la cama. ¿A qué hora has quedado mañana con tu Romeo?

A las 9.

Entonces vete ya a dormir —le recomendó Miriam—. Y haznos caso, tráetelo mañana, aunque sea solo para comer. Estar solos en una casa siempre es más íntimo que estar solos en la calle.

Nos iremos sobre la una, y dejaremos la casa recogida —añadió Gema, dirigiéndose hacia su habitación.

Buenas noches —le deseó Miriam.

Bye, nena —dijo Gema.

Buenas noches, locas.

Cerró la puerta del pasillo y se dirigió a su habitación, que estaba puerta con puerta con la de Natanael. El chico ya se había encerrado en su cuarto. Natalia cogió aire y lo soltó lentamente. La situación se hacía más insostenible y Natanael cada vez estaba más insoportable. Pensó una vez más en lo que le había dicho Carmen.

«Los celos son poderosos», pensó. «Hacen que hagas cosas que normalmente no harías.»

Quiso entrar en su cuarto e irse a la cama, pero un último y amargo pensamiento surgió en su mente. Natanael no había hecho más que intentar fastidiarla desde que se había enterado de su relación con Héctor.

«¿Habrá sido capaz…?»

Ella misma contestó a su pregunta: sí. Claro que había sido capaz.

Se dio la vuelta y sin llamar, movida por la fuerza y la valentía que siempre acompañaban a la furia, entró en la habitación de Natanael y cerró la puerta para que ni Miriam ni Gema pudieran enterarse de lo que tendría lugar allí adentro. Natanael estaba sentado enfrente de su recién estrenado ordenador portátil. Cuando oyó la puerta, giró la cabeza despacio y la miró con indiferencia, volviendo después la mirada hacia la pantalla.

Pasa, pasa —dijo en tono sarcástico.

Natalia caminó hasta él con la mandíbula apretada y los puños cerrados.

Fuiste tú, ¿verdad?

Natanael levantó una ceja, confundido.

¿Qué?

No te hagas el idiota. Le contaste a David que hoy estaría con Héctor para que viniera a cortarnos el rollo —le acusó, completamente convencida de que no se equivocaba. Natanael frunció el ceño y se levantó lentamente.

No sé de qué coño me hablas —dijo, y su voz se asemejó a un gruñido amenazante.

No creí que fueras capaz de llegar tan lejos —habló ella, más calmada—. Mi paciencia tiene un límite, y esta vez te has pasado.

Caminó hasta la puerta.

¡Ni siquiera tengo el número de tu ex! —exclamó, exasperado, el joven.

Pero lo tienes en Facebook.

Agarró el pomo de la puerta.

He intentado que las cosas fueran bien, pero no has puesto nada de tu parte. Parece que lo único que quieres es hacerme daño —dijo, esta vez con la voz rota—. No puedo más con esta situación. Si esto es lo que quieres…

¿Cómo?

No quiero volver a ser tu amiga.

Abrió la puerta.

Así que lo escoges a él antes que a mí —habló él en un intento por mantenerla a su lado.

Él no me ha hecho elegir. Tú, sí. —Antes de salir, se dio la vuelta para dedicarle una última y furibunda mirada—. Solo espero que tengas un poco de decencia, y mañana no aparezcas por aquí.

Y salió para internarse en su propia habitación. Natanael permaneció quieto y callado por unos segundos, intentando procesar lo que acababa de ocurrir. Con pasos inestables, cerró de un portazo y se sentó en el filo de la cama. Tapó sus ojos con la mano derecha y de ellos brotaron lágrimas de amargura e impotencia. Le hubiera gustado ir tras ella y contarle toda la verdad. Que la primera sonrisa que le dedicó lo había enamorado completamente, que su comportamiento infantil era causado por unos celos desmedidos; sin embargo, el orgullo pudo más que su dolor y sus piernas no quisieron mover ni un músculo para llevarle hasta la habitación de enfrente.

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