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Para mí estás muerto

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IX

Para mí estás muerto

1

¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Héctor dejó que una risilla escapara de su boca. Cogió en peso la maleta de su novia y la colocó junto a la suya.

¿Me lo preguntas ahora, que ya montamos en el tren? —preguntó con un tono burlón, mientras la guiaba hasta sus respectivos asientos.

Natalia señaló hacia la salida.

Todavía tenemos la oportunidad de salir huyendo.

Héctor echó una ojeada a la puerta, que tras unos pitidos que alertaban la salida del tren, se cerró, dejando a Natalia con una mueca de disgusto en la cara. Héctor se volvió hacia ella con una sonrisa.

Tarde.

Natalia resopló y vio por la ventana cómo el tren empezaba a alcanzar cierta velocidad. En cuatro horas estarían en San Fernando y les presentaría a sus padres a su novio mexicano de treinta años. Se llevó la mano a la boca y mordió la uña de su dedo pulgar. ¿Y si su padre se ponía muy pesado? ¿Y si hacia algún comentario que pudiera ofender a Héctor? ¿Y si le hacían sentir incómodo?

Le miró de soslayo. Desde la ventana, observaba el paisaje. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Siguen sorprendiéndome los paisajes españoles —comentó, tomando su mano. Natalia le respondió con una expresión preocupada—. ¿Qué ocurre, mi amor? No entiendo por qué estás tan nerviosa. Algún día tendré que conocer a tus padres.

Sí, pero… No sé —murmuró, mirando hacia todos lados.

Se volvió hacia ella y la obligó a enfrentarle con la mirada.

A ver, dime: ¿qué puede salir mal?

Lo pensó con detenimiento, y llegó a la conclusión de que no sabía por qué estaba tan preocupada. Sus padres no eran precisamente unos ogros. Estaba segura de que lo tratarían bien y lo aceptarían sin pensarlo. Aun así, no podía evitar que se le revolviera el estómago.

Nada, supongo —reconoció. Infló los pulmones y los vació de golpe—. Tienes razón. No tengo por qué preocuparme.

Claro que no.

Es la costumbre, supongo. David nunca quería reunirse con mis padres… En realidad, con nadie de mi familia. Se me hace extraño que tú sí quieras.

La besó en la mano y le brindó una mirada cómplice.

Tu familia es mi familia. ¿Esto es una relación, o no?

Claro que sí —respondió sin dudar.

Entonces, no se hable más. San Fernando, allá vamos —dijo, muy animado.

Pero Natalia no estaba tan convencida. Tenía la sensación de que algo saldría mal. Era una corazonada.

Cogió aire y lo soltó lentamente. Seguramente solo estaba nerviosa.

2

Ay, Dios… —murmuró Natalia cuando ya estaban fuera de la estación, girando la cara hacia él, como intentando esconderse de algo o de alguien.

Héctor se detuvo. Conocía esa reacción. La había vivido la última vez que había estado en Cádiz.

¿Qué ocurre? —le preguntó.

Natalia hizo un gesto con la cabeza, señalando disimuladamente a la persona que se encontraba apoyado en una de las barandillas de la estación de trenes. Héctor miró sin disimulo, al igual que hacia el joven de descuidado físico y aspecto que los observaba con cara de pocos amigos.

Tu ex.

Ella asintió.

Héctor la agarró de la mano para tranquilizarla.

Ven, vamos a tomar un taxi.

Salieron por la puerta acristalada y marcharon hacia la izquierda para bajar a la parada de taxis. Ese crío no se atrevería a hacer nada, pero prefería evitar problemas. Así había sido la última vez que se habían encontrado en el parque Genovés. El chico solo había asistido para molestar con su presencia, pero no tenía narices para hacer nada más. Al parecer, esta vez iba a ser diferente.

¡Oye! —les gritó, y acto seguido profirió un silbido colocando dos de sus dedos en la boca—. ¡Os hablo a vosotros!

Héctor se volvió hacia él. No estaba dispuesto a que un niñato los llamase como si de perros se trataran, y mucho menos que se pusiera chulo con ese tono de voz de barriobajero. Natalia también miró hacia él, con el corazón desbocado. No podía creer que David les hubiera llamado, y aún menos, que se estuviera acercando con pasos seguros. Héctor estaba en tensión. Odiaba a ese niño desde que había oído hablar de él, pero no estaba dispuesto a morder a menos que él atacase primero. David se paró cerca de Natalia. Héctor dio un pequeño tirón de su brazo para acercarla más. David lo miró.

Tranquilo, que no te la voy a quitar. Yo no soy un robanovias.

Aunque quisieras, no podrías —contestó Héctor.

David se dirigió entonces a Natalia.

¡Cuánto tiempo, bonita! —dijo, llamándola de la misma forma en que lo hacía cuando salían—. Supongo que no me habrás echado de menos.

Héctor temblaba de ira. Natalia frunció el ceño.

David…

Oh, lo siento… No me acordaba de que ya no eres mi bonita. No desde que me abandonaste por este.

Héctor estaba a punto de saltar, y la chica lo sabía. Así que intentó tranquilizarle con una caricia en la mano a base de mover el pulgar suavemente.

No pienso volver a tratar ese tema.

David sonrió.

No te preocupes. No es contigo con quien quiero hablar hoy. Ya te rogué bastante en su día —le reprochó, y volvió a mirar a Héctor—. Solo he venido a preguntarte cómo se puede ser tan hijo de la gran puta.

Héctor dio un paso violento hacia adelante. Natalia lo agarró con fuerza del cuerpo.

¡Héctor!

Ella no te dejó porque me conociera a mí —rugió el joven mexicano—; lo hizo porque fuiste un pésimo novio.

David apretó los puños. Su sonrisa malintencionada desapareció.

¡Tú qué cojones sabrás!

Sé lo que ella me contó, que no eres más que un niño que nunca maduró. Y por lo que veo, es cierto, porque si fueras un hombre no la perseguirías de esa forma. ¿Por qué no dejas ya de buscarla y de espiarla?

Yo no la espío.

Entonces, ¿cómo sabías que estaríamos acá?

La mirada de David fue significativa.

Porque tú me lo dijiste.

Natalia miró a Héctor, confundida, pero esto no aclaró sus dudas. Su chico estaba casi tan contrariado como ella.

¿Qué dices?

¿Te suena de algo el nombre Messías? —dijo David, con una mueca en la boca.

Los ojos de Héctor parecían platos.

¿Qué? ¿Tú eres Messías?

David apretó la mandíbula. La expresión de Héctor no hacía más que enfurecerlo. Con cada segundo estaba más cerca de lanzarle un puñetazo a la cara. Metió la mano en el bolsillo y sacó un papel arrugado. Con un gesto furioso, le lanzó la bola de papel al pecho, la cual rebotó y cayó al suelo. Héctor se agachó para recogerla. Cuando vio lo que contenía, palideció. Entonces, clavó su mirada en David.

Mientras yo sufría como un perro, tú te estabas tirando a mi novia.

Ya no estabais juntos cuando ocurrió esto —aclaró Héctor.

¡Se suponía que eras mi amigo!

¿Yo qué demonios sabía? —gruñó.

Natalia echó un ojo a la imagen que aún conservaba Héctor entre sus dedos. El corazón le dio un vuelco, y le arrancó la foto de las manos. Tragó saliva. Era una foto de Héctor y ella en el sofá de su casa, en una situación comprometida. Se llevó la mano a la boca y sofocó un quejido. Apretó la foto con sus manos, y sin que ninguno de los chicos presentes lo esperara, se lanzó contra David y comenzó a propinarle tortazos con las manos abiertas.

¡¿Qué coño haces tú con esto?! ¡¿Qué carajo es esto?! —gritaba, sofocada—. ¡Contesta!

La gente que pasaba los miraba, temerosos de que los chicos pudiera empezar una pelea a puñetazo limpio. David la sujetó por los brazos.

¡Alguien me la mandó! Y por las personas que tienen acceso a tu casa, no creo que sea muy difícil adivinarlo…

Natalia palideció de nuevo. Claro que no era difícil. Solo había una persona que tuviera llave de su casa y que fuera capaz de aquello. La chica comenzó a llorar, avergonzada y humillada. Se soltó de un tirón y miró a David con la cara roja de rabia. Parecía que le faltaba la respiración. Héctor la abrazó para tranquilizarla.

¡Os voy a denunciar! ¡A los dos! —chillaba con todas sus fuerzas—. ¡Más te vale que no tengas más fotos como esas! ¡Os vais a acordar de mí!

3

Héctor golpeó a Natanael contra la pared. El chico gruñó de dolor. Natalia agarraba a Héctor de la camiseta y tiraba de él, pero este no iba a parar hasta desahogarse. Cuando, al ver a Natanael salir de la Universidad, le había dicho a su novio que se trataba del ex compañero de piso que había hecho la foto, Héctor se lanzó hacia él cuando estuvo lo suficientemente lejos de la Facultad como para que no pudieran relacionar la pelea con el campus en el que estudiaba Natalia, y que así esta no se viera perjudicada.

¡Héctor, déjalo, no le pegues!

¿Tienes más fotos, cabrón? —preguntó con tono amenazador, colocando su cara muy cerca de la de él. Natanael estaba muy tranquilo. Ni siquiera intentaba defenderse. Era como si ya supiera que eso iba a acabar pasando—. ¡Habla!

Natanael negó con la cabeza.

Solo hice una, y la borré en cuanto se la envié a su ex —reconoció.

Eres un maldito imbécil —sentenció Héctor, sin soltarle—. Te denunciaremos por esto.

Natanael se encogió de hombros.

Haced lo que os dé la gana.

No parecía enfadado. Sus ojos azules miraban fijamente a Natalia, que lloraba copiosamente. El chico exhaló un suspiro. Sabía que lo había hecho todo mal. Había cometido innumerables errores y había hecho esa foto con la intención de dañarla o algo peor. Quería que su relación con ese mexicano se acabara. En ese momento estaba colérico y su mente no pensó en las consecuencias. No había imaginado lo mucho que le dolería ver a Natalia llorar.

¿Por qué hiciste eso? —preguntó Natalia en un susurro, como si más que enfadada, se sintiera infinitamente decepcionada. Natanael había pensado que después de sus continuas peleas no podía estar más desilusionada con él, pero al parecer sí que era posible—. No pensé que pudieras llegar tan lejos.

El chico de ojos azules bajó la mirada, avergonzado, y tragó saliva.

Porque estaba celoso —reconoció, y dejó pasar unos segundos antes de volver a hablar—. Te quiero, Natalia. Cuando terminaste con David, pensé que había llegado mi oportunidad para conquistarte, pero alguien ya se había adelantado. —Miró a Héctor de soslayo—. No podía aceptarlo…

¡Esa no era la manera de hacer las cosas!

Lo sé… —Quería excusarse de todas las formas posibles; intentar que entendiera sus razones, pero ¿de qué serviría? Ya de nada. Había echado todo por la borda. Natalia jamás le perdonaría algo como aquello. Algo tan extremadamente rastrero y asqueroso—. Lo siento. He sido un idiota.

Héctor lo soltó bruscamente. Natanael se colocó bien la camiseta, sin fuerzas, con tristeza.

No importa por qué lo hiciste. Eso es un delito —aclaró Héctor, abrazando a Natalia por la cintura.

¿La enviaste a alguien más? —se atrevió a preguntar Natalia, angustiada.

Natanael negó con la cabeza.

No. Solo a David.

Héctor tiró de Natalia. No quería que estuviera cerca de un chico que era capaz de venderla como si fuera carnaza.

Esto no quedará así…

Natalia agarró fuerte su mano, y apoyó la cabeza en su hombro. Estaba mortalmente seria, y también parecía cansada. Más que nunca.

Héctor…, será mejor que lo dejemos estar.

Ambos se volvieron hacia ella igual de sorprendidos.

¿Qué…?

Quiero dejar de lado esto de una vez. Estoy harta de tantas peleas. No tendría que ser así… —Se dirigió a Natanael. Le lanzó una mirada fría, helada—. No te pondré ninguna denuncia —Tomó la mano de Héctor y empezó a caminar—, pero no quiero tener nada más que ver contigo. A partir de ahora, para mí estás muerto.

Continuaron su camino hasta perderlo de vista. Héctor acarició la mano de Natalia con el pulgar y la chica suspiró.

Oye…, ya sé que querías conocer a mis padres —murmuró—, pero…

Ya sé —entendió Héctor—. Si te ven así, pensarán que te hice algo. Está bien, mi amor. Lo dejamos para la siguiente ocasión.

4

Natalia daba vueltas en la cama de matrimonio de la casa de Cádiz desde que se había acostado. Héctor dormía a su lado, ajeno a todos los pensamientos que se cruzaban en ese momento por su cabeza y al dolor que sentía en el pecho. Al día siguiente, volvería a marcharse, y no volverían a verse hasta Dios sabía cuándo. Una vez más lo perdería y se quedaría hundida, como en la otra ocasión.

No. Esta vez sería peor, porque cuando se habían conocido en marzo apenas habían pasado juntos un fin de semana, y ni siquiera habían compartido habitación. A Natalia apenas le había dado tiempo de saborear su compañía, y aun así había sentido un gran vacío al perderlo. Ver marcharse el tren en el que él iba montado la había destrozado.

Imaginaba la situación del día siguiente. Se abrazarían, se besaría, y después… nada. Él se iría de nuevo y ya no quedaría nada. Volvería a reinar en su vida aquel vacío. No podría evitarlo. Se había acostumbrado demasiado a él, a su presencia, a su voz, a su olor… Se preguntaba cómo sería el despertar sin verle acostado a su lado, sin las bromas y los juegos; qué haría cuando él no pudiera abrazarla para consolarla cuando estuviera triste; qué sentiría al no poder agarrar su mano por la calle; caminar a su lado y hablar de cualquier cosa; simplemente oír su risa.

¿Cómo podría soportarlo aquella vez?

Pero la pregunta que más se repetía era la de ¿cuál sería la siguiente oportunidad para verlo y cuándo llegaría esta? La primera vez, Héctor había tenido que ir a Madrid a firmar los contratos con la editorial, y esa ocasión había llegado con la presentación de su libro. Habían sido casualidades. Le dolía pensar que podría pasar mucho tiempo antes de que Héctor tuviera que volver a España.

Le abrazó con fuerza. No quería volver a perderlo. Desde un principio había conocido las consecuencias que tendría esa relación a distancia, pero no había pensado que la separación sería tan dolorosa. Y lo peor no era eso. Parecía que todo el mundo estaba en contra. Primero, América con sus comentarios malintencionados; después, Natanael, contraponiéndose a su relación e incluso llegando a intentar separarlos; y por último, David, que había ido a buscarlos a la estación. Y ella se preguntaba: ¿por qué? ¿Por qué no podían dejarlos en paz? ¿Por qué no podían dejar que fueran felices?

Se preguntó qué hubiera cambiado si esas tres personas que en su momento habían sido tan importantes para ella no se hubieran metido de por medio, y la respuesta llegó sola y rápida: nada.

Era la triste realidad. Nada hubiera cambiado, porque ella hubiera seguido sufriendo por la distancia. Y seguiría sufriendo durante años, hasta que terminara su carrera y decidieran su futuro juntos. Pero…, ¿valía la pena sufrir durante tantos años, habiendo tantos obstáculos de por medio?, fue lo último que se preguntó Natalia antes de quedarse dormida.

5

Salieron del taxi con el tiempo justo. El tren partía en poco más de cinco minutos. Natalia no había pronunciado palabra desde que le dijera al taxista el destino al que debía llevarles, y a Héctor, teniendo presente la inminente despedida, no se le había pasado por la cabeza que este pudiera ser un comportamiento extraño. Sacó su billete y revisó el vagón y el asiento que se le había asignado. Después, se volvió hacia ella con expresión triste.

Tengo que subir.

Ella asintió.

¿Estás bien?

Natalia abrió la boca un segundo, pero no se sintió con valentía suficiente como para decirle lo que llevaba dentro. Héctor la abrazó con fuerza.

No te preocupes. Volveré antes de lo que te imaginas. Pronto estaremos juntos de nuevo.

Natalia se separó lentamente de él, cabizbaja y negando con la cabeza.

¿No qué? —preguntó Héctor.

Por pronto que regreses, te volverás a ir —dijo—. No creo poder soportar más despedidas.

¿Qué… ? —Ella calló. Héctor fue testigo de cómo una lágrima recorría su mejilla—. ¿Qué quieres decir con eso?

No quiero que vuelvas —respondió con un nudo en la garganta. Tomó aire y volvió a hablar—. No puedo… Yo no creía que estoy iba a ser tan difícil.

¿Qué estás diciendo, Natalia? ¿Me estás dejando?

Todo se pone en nuestra contra. Ya no es solo la distancia lo que hace que esto sea imposible.

¿Imposible? —repitió incrédulo—. ¡Nada es imposible! ¡Te lo dije, el mundo puede ser tan grande o tan pequeño como uno quiera!

Héctor sentía cómo su corazón se resquebrajaba poco a poco. Miraba al tren, que estaba a punto de partir, y a Natalia, que en ese punto lloraba sin control. Si hacía falta, estaba dispuesto a dejarlo ir, pero no podía permitir que las cosas terminaran de esa forma, y más cuando la culpa no había sido de ninguno de los dos. La agarraba con fuerza de los antebrazos e intentaba que lo mirara, pero ella no hacía más que derramar lágrimas y evitar sus ojos.

«Tren de larga distancia con destino Madrid – Puerta de Atocha, con salida a las 12 horas 47 minutos va a efectuar su salida», anunciaban por megafonía.

Héctor esta vez ni siquiera miró el tren, que empezaba a dar señales de partida próxima.

Por favor, Natalia. No puedes dejarme así.

La chica lloraba con la fuerza de una niña pequeña, tapándose los ojos con las manos.

No deberíamos haber empezado esto.

Los ojos de Héctor se humedecieron. Natalia estaba hablando en serio. No era ninguna broma de mal gusto.

No me digas eso, te lo ruego. ¡Esto no puede acabar de esta manera! ¡No fue nuestra culpa todo lo que pasó!

El tren cerró sus puertas y un pitido anunció su puesta en marcha. Héctor miró hacia él un solo segundo; el tiempo suficiente para que Natalia se soltara y saliera corriendo. Sin pensarlo, Héctor corrió detrás de ella, dejando atrás su equipaje. No podía dejarla escapar. Sabía que eso significaría no volver a verla.

Natalia salió de la estación de trenes y corrió con todas sus fuerzas sin mirar por dónde iba. Oía a Héctor detrás de ella. Sabía que tarde o temprano la alcanzaría. Aquello era lo más difícil que había hecho en toda su vida.

¡Natalia!

En un instante de debilidad, miró hacia atrás, y ello le impidió ver el coche que salía del aparcamiento de la estación. Todo fue muy rápido. Oyó un frenazo, giró la mirada y para cuando quiso darse cuenta, aquel coche rojo ya estaba a unos centímetros de ella. Cerró los ojos, se cubrió con los brazos, sintió un golpe en el cuerpo y a continuación otro en la cabeza. El ruido de los cristales acompañó a su caída.

¡Natalia! ¡Natalia! —escuchaba los gritos de Héctor.

Estaba a su lado, la estaba sujetando. Lloraba.

¡Dios mío! ¡No la he visto! ¡Se me ha echado encima!

¡Llame a una ambulancia, apúrese!

Había gritos, llantos, disculpas. Al rato se oyeron unas sirenas. Héctor agarró la mano de su chica mientras la subían a la ambulancia.

Todo va a salir bien, mi amor. Todo saldrá bien. Te lo prometo.

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