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Feliz no cumpleaños

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V

Feliz no cumpleaños

1

El hipnótico olor de la tienda de chuches se fue desvaneciendo a medida que se alejaron de ella. El paquete de palomitas que Carmen llevaba en la mano se vaciaba con igual rapidez. Natalia volvió a meter la mano como si fuera un gancho y atrapó un puñado que se llevó a la boca. Tomaron asiento en la entrada del Bahía Sur, y no hablaron hasta acabar la bolsa.

¿Estás nerviosa porque llegue mañana? —le preguntó Carmen, sacudiéndose las manos de restos de palomitas.

¿Nerviosa por qué? —inquirió Natalia, que todavía masticaba su último puñado.

Carmen hizo un gesto de obviedad.

Mañana es tu cumpleaños.

Natalia arqueó las cejas.

¿Mañana ya?

No llevaba bien la cuenta de los días. A esas alturas todavía se encontraba algo desorientada en cuestión de tiempo.

Sí, mañana —confirmó Carmen—. ¡Qué cabeza tienes!

No sé en qué día vivo —bromeó.

Carmen hizo una bola con el paquete de palomitas e intentó encestarla en la papelera más cercana.

¿Y vas a celebrarlo como todos los años?

La verdad es que no pensaba celebrarlo —se sinceró ella.

¿Por qué?

«Porque es como si ya lo hubiera hecho.»

Pues, porque es un follón —improvisó—. Hay que comprar mucha comida, para que después la mitad sobre; los invitados llegan tarde, y si no, se van temprano. Me llevo todo el día organizándolo con la mayor ilusión para que los demás no se preocupen ni por la hora.

Pero diecinueve años no se cumplen todos los días.

«¿Diecinueve? Habría jurado que ya eran veinte.»

Ya…

Carmen se dio cuenta por su expresión y por su tono de voz de que ese año, su fiesta no era una prioridad para ella. Como si realmente no le hiciera ilusión; como si no fuera su cumpleaños.

Dejaron su asiento en el Bahía Sur y caminaron de regreso a casa. La noche había caído hacía media hora y el aire frío les calaba los huesos. Natalia pensó que el tema de su cumpleaños había quedado en el olvido, pero cruzando el puente que llevaba a la estación, Carmen volvió a la carga.

Bueno, ¿al menos saldremos a dar una vuelta? —propuso—. Tengo que felicitarte como es debido.

Claro. Saldremos.

2

Carmen colgó el móvil.

Dice Marina que ha tenido un contratiempo y que va a tardar un poco. ¿Vamos hacia su casa para darle el encuentro?

Natalia se encogió de hombros.

Como quieras.

Salieron de la Plaza del Rey en dirección a la Alameda, donde se hallaba la casa de Marina. Natalia se subió hasta el cuello la cremallera de su abrigo. El sol se ocultaría en un rato y la temperatura empezaba a caer en picado.

No entiendo cómo, viviendo tan cerca, siempre llega tarde —comentó Natalia, encogiéndose cuando una fría ráfaga de viento las golpeó en la cara.

Y nosotras, que somos las que más lejos vivimos, siempre llegamos antes de tiempo.

Natalia señaló al cielo. Una gran nube negra amenazaba con descargar más que agua. Un trueno resonó en la ciudad.

Deberíamos darnos prisa, o nos vamos a mojar.

Caminaron a paso rápido hasta la Alameda y llegaron al portal de Marina. Natalia llamó al telefonillo. Segundos más tarde, respondía su amiga.

¡Marina, somos nosotras! ¿Bajas?

Aún me falta un poco. Subid —le pidió.

En la puerta se oyó un chasquido y Carmen empujó justo antes de que empezaran a caer las primeras gotas de lluvia. Nada más cerrar, las chicas escucharon otro trueno, y el sonido que hubo a continuación fue como si el cielo se hubiese desprendido y hubiese chocado contra el suelo. Curiosas, volvieron a abrir la puerta y vieron como una cascada de agua caía sobre el parque de la Alameda.

Madre mía…

Por los pelos.

¿Estás segura de que quieres salir con este tiempo? —le preguntó a Carmen.

Su amiga vaciló.

Tal vez Marina nos deje quedarnos a ver una película…

Subieron al primer piso y llamaron un par de veces a la puerta. Marina abrió la puerta un poco apurada. Parecía nerviosa.

¿Habéis oído eso? —les preguntó nada más entrar—. Está cayendo una buena.

Eso es lo que yo estaba diciendo —dijo Natalia—. No sé si vamos a poder salir con ese chaparrón.

Marina les pidió que dejaran sus cosas en la entrada y las guio hasta el salón. Carmen entró antes que Natalia. Todo estaba oscuro y en silencio. De fondo, solo se escuchaban los truenos y la lluvia caer.

Qué tétrico —comentó Natalia.

Esperad, que enciendo la luz.

Marina pulsó el interruptor y a la vez que se iluminaba la habitación, un montón de globos de colores cayeron sobre las chicas.

¡SORPRESA! —gritaron todos los invitados.

Natalia miró a su alrededor. Estaban todos: Rocío, Teresa, América, Miriam, Gema, Natanael y David. La mesa estaba puesta. Había refrescos, empanada, patatas de varias clases, tortillas… La estancia estaba decorada con montones de globos, serpentinas y una pancarta que rezaba: «¡Felicidades, Natalia!»

Natalia sonrió cuando sus amigos se abalanzaron hacia ella para felicitarla por sus diecinueve años.

La madre que os parió… —murmuró.

Marina enchufó la cadena de música y empezó a sonar una canción de una canción antigua, que enseguida varios de los presentes comenzaron a corear.

No te lo esperabas, ¿eh? —preguntó Carmen.

Qué capulla eres…

Natalia le dio un abrazo. David esperaba solo a uno de los lados de la mesa a que la masa de gente se dispersara. Cuando todos la hubieron felicitado y la fiesta dio comienzo de verdad, se acercó.

Felicidades.

Natalia notó que ni siquiera había hecho el amago de abrazarla.

Gracias —le sonrió—. Conque tú también te habías aliado con ellas…

Yo no he hecho nada. Realmente, casi todo lo han organizado tus amigas —aclaró.

Cuando el silencio empezaba a hacerse presente entre ellos, David resolvió que lo mejor sería unirse a la fiesta e ir a comer algo con los demás. Se inclinó sobre ella y le dio un pico soso.

Durante la merienda-cena, los invitados colmaron de regalos a la cumpleañera. Todos hablaban, cantaban y reían. Todos menos David, que parecía estar en otro mundo. No hablaba con nadie. Si acaso, intentaba poner el punto cómico con algún comentario ingenioso de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo permaneció callado, casi sin tocar la comida —a excepción de las patatas fritas—. Natalia sabía que David no se sentía cómodo entre gente «desconocida», pero su actitud pasiva le cortó el buen rollo más de una vez. Se fijó en que miraba su reloj de pulsera cada pocos segundos. Estaba deseando salir pitando de allí. Natalia imaginó lo que ocurría. Esa noche jugaba el Barcelona. No podía haber otra explicación.

Minutos más tarde, se confirmó su teoría. David se acercó a su oído y habló en voz baja.

Oye, hoy juega el Barça. ¿Te importa si me voy ya?

Natalia apretó la mandíbula. A eso precisamente se refería cuando le dijo a Carmen que había gente que tenía mucha prisa con marcharse.

Te das cuenta de que estás cambiando mi fiesta de cumpleaños por un partido de fútbol, ¿verdad? —le dijo con ojos inquisitivos. David se puso muy serio. Natalia mostró indiferencia ante su expresión—. Puedes irte.

David no dudó en tomarle la palabra. Cinco minutos más tarde salía de casa de Marina con dirección a la suya. Con suerte, llegaría antes de que su equipo marcara un gol. Natalia sofocó una risilla molesta. Al fin y al cabo, no se había sentido tan mal por su comentario.

¿Adónde va David? —le preguntó América.

Tiene cosas que hacer —respondió Natalia.

Prefería no dar detalles, y menos a ella. Le avergonzaba reconocer delante de sus amigas que su novio prefería un partido de fútbol a pasar con ella ese día especial. América no le dio importancia a su respuesta. Estaba demasiado ocupada examinando de arriba abajo a Natanael.

Oye, tú amigo está muy bueno. ¿Tiene novia?

No, que yo sepa.

Bueno, y si tiene, tampoco pasa nada —le dijo, guiñando un ojo.

América se lanzó de lleno hacia su víctima. Lo agarró de la mano y lo invitó a bailar. Natanael parecía un poco incómodo, sobre todo cuando América movía las caderas demasiado cerca de él, pero esperó a que acabara la canción para escabullirse al baño.

Buah, tu amiga no se corta, eh —le dijo Gema, pegando un trago a su bebida—. Mira cómo ha salido huyendo el pobre Natanael.

Las dos empezaron a reír. Natalia se sintió algo culpable. Natanael no conocía a nadie allí a excepción de sus compañeras de piso; para empeorar la situación, era el único hombre en la fiesta. Lo que le faltaba era que América se pusiera a acosarlo. Sintió compasión por él y se levantó de la mesa.

Creo que va a ser mejor que vaya a buscarle.

Salió del salón y caminó hasta el baño. La puerta estaba abierta. Natanael aún estaba dentro, acariciando a uno de los gatos de Marina, que acostado encima del lavamanos, se dejaba hacer sin protestar.

Ese gato suele ser muy arisco. Qué raro que se deje tocar —dijo Natalia.

Natanael le indicó que entrara con una señal, y Natalia cerró la puerta tras sí.

¿Qué haces aquí? —dijo ella entre risas.

Escapando de tu amiga, la acosadora —respondió.

Natalia se echó a reír.

¿En serio?

No, solo he venido a refrescarme —dijo, abriendo el grifo y metiendo las manos bajo el chorro de agua. El gato saltó del mueble y arañó la puerta para salir. Natalia se la abrió y el animal corrió por el pasillo.

He visto que David se ha ido —comentó Natanael como quien no quiere la cosa mientras se secaba las manos—. ¿Ha pasado algo?

Hoy juega el Barcelona —explicó.

¿Se ha ido a ver un partido de fútbol? —inquirió el chico, sorprendido.

Sí… —respondió ella, hastiada de la situación que vivía con su pareja.

Recargó su espalda contra la puerta del baño y se cruzó de brazos. Natanael se acercó y colocó las manos sobre sus hombros. Natalia resopló.

¿Estás bien?

Solo muy harta —murmuró con la vista clavada en el suelo.

Natanael la apretujó entre sus brazos.

Siento decirlo…, pero tu novio es idiota.

Natalia empezó a reír de nuevo y le correspondió el abrazo. No podía estar más de acuerdo con lo que había dicho.

No estés triste. Es tu cumpleaños.

Regresaron al salón. Sonaba una canción de El Canto del loco. Natanael guio a Natalia hasta la pista, la agarró por la cintura y al ritmo de la música empezó a dar saltos a lo largo y ancho del salón.

Y es que la madre de José me está volviendo locooooo —cantaba—. Y no la voy a dejar porque lo siento y siento todoooo.

¿Qué culpa tengo yo si esa puerta no la he abierto? —entonaron a la vez.

Natalia empezaba a divertirse de verdad. Miriam, Gema y Teresa se unieron a su baile enloquecido mientras América y Rocío charlaban en la mesa. Carmen entró por la puerta ayudando a Marina con una gran tarta de galleta, chocolate y nata que contenía dos velas con el número 19. Los invitados comenzaron a cantar el cumpleaños feliz.

¡Pide un deseo!

Natalia sopló las velas un segundo después. Teresa metió el dedo en la nata y le pringó la nariz a Natalia con ella. Rocío se encargó de cortar la tarta y repartir los trozos. Para entonces, Natalia ya no se acordaba del feo desplante de David. Solo pensaba en su deseo, y en si este se haría realidad.

3

A las siete de la tarde decidió marcar el número de teléfono. Lo había estado meditando desde hacía varios días. Había pasado horas dándole vueltas al asunto, y a medida que se acercaba el momento, peor se encontraba y se acentuaban sus ganas de permanecer en casa. Sabía que para él era un día importante, como para cualquier pareja lo sería, pero para ella había perdido todo valor. Le parecía un día como otro cualquiera; incluso más deprimente que uno normal. Recordó su cumpleaños, y cómo David de había ido aun sabiendo que era un día importante para ella. ¿Por qué no podía hacer lo mismo? Ojo por ojo…

Después de un par de tonos, David contestó con desgana.

¿Qué pasa?

«Tan romántico como siempre», pensó Natalia.

Natalia se tiró en su cama.

David, escucha. No me encuentro bien. ¿Podemos dejarlo para otro día?

No había mentido. El solo pensar en una «velada romántica» con ese chico le revolvía las tripas.

¿Otro día? —preguntó, sorprendido—Natalia…, es nuestro aniversario.

Ya, pero creo que tengo destemplanza.

¿Y si esperamos un poco, a ver si mejoras? —sugirió David.

Natalia exhaló un suspiro e hizo rechinar los dientes. David nunca podía ver por su bienestar. ¿Qué importancia tendría una fecha, un simple número en el calendario, si tu pareja estaba enferma? Para él era lo contrario: ¡qué importaba que su pareja se sintiera mal si el calendario decía que cumplían un año!

David, si salgo y cojo frío me pondré peor —dijo con un tono lúgubre.

Si te abrigas bien…

¡David, que no! Joder, que parece que es más importante celebrar un número que la salud de tu novia.

Lo siento, es que tenía muchas ganas de que llegara esta noche —comentó con tono lastimero.

Hay muchos días. Lo celebraremos cuando me encuentre mejor.

Está bien —por su voz, parecía desilusionado—. Mañana te llamo para ver si estás mejor.

De acuerdo. Un beso.

Oye…, ¿pero está todo bien?

Sí. Solo quiero descansar.

Vale. Te quiero.

No le devolvió el te quiero. Solo colgó y dejó el móvil encima de la mesa, aliviada. Se había quitado de encima una carga que ya empezaba a pesarle en los hombros. Sabía que lo había hecho sentir mal, pero tenía que empezar a pensar en su propio bien. A veces, es bueno ser un poco egoísta. Y es que solo imaginarse delante de él en esa mesa, con ese ambiente romántico, recibiendo regalos y besos que no quería, hacía que le entraran náuseas. Y no, no estaba dispuesta a pasar ese mal trago. Se dio la vuelta y cerró los ojos. La preocupación le había costado demasiadas horas de sueño, y las ojeras empezaban a ser dolorosamente visibles. Sentía que le ardían ojos y sienes. Necesitaba dormir aunque fuera un rato, pero no lo consiguió. Los pensamientos y los recuerdos la retenían en el mundo real. Finalmente, decidió que lo mejor sería darse una ducha y escribir un rato. Con tantas cosas que tenía en la cabeza, hacía tiempo que no se plantaba frente al ordenador y tecleaba sin descanso, componiendo lo que ella llamaba «su best-seller».

El agua sobre su cabeza calmó un poco el dolor, y para cuando se sentó delante del portátil, dispuesta a dejar que su imaginación volara, prácticamente ni se acordaba del sueño que tenía acumulado.

Eran las nueve de la noche cuando sonó el timbre de su casa. Refunfuñó. Cuando más concentrada estaba, tenían que llegar a interrumpirla. Con paso lento y cansado, caminó hasta la puerta entre suspiros y quejidos. Su madre nunca llegaba tan temprano. ¿Por qué justo ese día, que necesitaba un poco de soledad, se adelantaba casi una hora? Pero cuando abrió la puerta y descubrió que no era su madre la que esperaba tras ella, deseó haberse hecho la tonta —o la sorda—, y no haber abierto.

Hola, bonita.

Natalia apoyó la cabeza contra la puerta. Era David. Con una rosa en una mano y una bolsa de regalos en otro.

«Genial… »

David entró sin esperar un segundo, como si presagiara que su novia iba a cerrarle la puerta en las narices. Natalia lo pensó por un momento. No, hubiera sido demasiado cruel.

¿Qué haces aquí? —su voz sonó como si realmente estuviera enferma.

Pensé que si no podemos salir a la calle, podía venir a tu casa a celebrarlo aquí, los dos… tranquilitos.

Arqueó una ceja. ¿Acaso ese imbécil estaba pensando en lo que ella creía que estaba pensando? ¿Acaso sus ojeras, su voz y su cara no le convencían de que no se encontraba bien? Cerró la puerta más fuerte de lo que debía mientras David tomaba asiento en el sofá y comenzaba a molestar a Pantera, que se encontraba dormida en uno de los reposabrazos.

Podemos cenar aquí, si quieres —comentó, mirándola de arriba abajo—. Aunque yo no te veo tan mal. ¿Estás segura de que no quieres salir?

Las pulsaciones de Natalia comenzaron a subir de pronto. Cerró los puños y respiró hondo. Las náuseas hacían de nuevo aparición, y esta vez estaba segura de que vomitaría.

Tengo que ir al baño —anunció.

Se encerró en el cuarto y se acercó al retrete por si las ganas de vomitar aumentaban. Las pulsaciones le disminuyeron poco a poco, los ojos se le humedecieron, comenzó a sentir sudores fríos por todo el cuerpo. Intentó tranquilizarse, pero ese chico conseguía sacarla de quicio. Probó a vomitar, pero no lo consiguió. Empezó a sentir debilidad en todo el cuerpo. Le temblaban las manos y los sudores fríos iban en aumento. Tenía un calor insoportable y por un momento creyó que se caería al suelo. Se apoyó en el lavamanos y levantó la mirada. La imagen que le devolvió el espejo fue la de una chica pálida, con los labios tan blancos como la nieve.

Salió del baño tambaleándose y llamó a David con la fuerza que le quedaba. El chico corrió hasta el pasillo, donde la encontró apoyada contra la pared, a punto de caerse al suelo.

¡Natalia! ¿Qué te pasa?

Me encuentro fatal…

La agarró como pudo y la ayudó a llegar al sofá. La chica se tendió de cualquier manera. No tenía fuerzas para mover un solo dedo. David se sentó a su lado e intentó darle un poco de viento con una revista.

Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado?

Natalia respiraba agitadamente, como si le faltase el aire.

Sentía que me caía al suelo. Tengo mucho calor, sudores fríos, ganas de vomitar…

Sonaron unas llaves en la entrada. Ambos agradecieron que Sandra apareciera por la puerta, cargada de bolsas. Cuando vio a Natalia tumbada en el sofá, mortalmente pálida, y a su novio abanicándola, las soltó y se abalanzó hacia el sofá.

Gorda, ¿qué te pasa?

De repente ha dicho que se encontraba mal. Dice que tiene ganas de vomitar, mucho calor, que no tiene fuerzas —explicó rápidamente David.

Eso es una bajada de tensión. Voy a por el tensiómetro.

Sandra desapareció por la puerta del pasillo. Natalia miró a David con los ojos entreabiertos. Parecía muy angustiado, y sobre todo, asustando. Una parte de ella sintió rabia al saber que aquello le había ocurrido por el descontrol emocional que ese chico provocaba en ella cada vez que la ponía de los nervios; pero la otra se compadeció y se sintió culpable al verle allí, tan preocupado, tomándole la mano. ¿Acaso estaba siendo demasiado dura con él…? ¿O demasiado blanda?

Sandra llegó con el tensiómetro. Se lo colocó a Natalia en la muñeca izquierda y esperó a que diera los resultados.

7 la alta, 3 la baja. Tienes la tensión por los suelos. Pon los pies en alto.

Sandra colocó los pies de su hija sobre un cojín y le pidió a David que fuera en busca de una botella de Coca-cola que había en el frigorífico. Con la bebida dulce, Natalia recuperó poco a poco el color y las fuerzas. Pero después de aquello, cerró los ojos y se quedó dormida. Las horas de sueño perdidas, la presión y sobre todo la tristeza habían podido con ella.

4

¿Estás mejor?

Sí.

Ayer no pude despedirme de ti. Te quedaste dormida y me daba pena despertarte —se explicó como si hiciera falta. Para Natalia no fue un disgusto, sino un alivio no verlo allí al despertar. Estaba casi segura de que había sido por su culpa la bajada de tensión.

No importa.

«Aunque si de verdad estabas preocupado, te hubieras quedado hasta que despertara…»

Oye…, siento haber sido tan pesado.

Natalia sonrió con ironía. Una lástima que a través del teléfono no se pudieran ver las expresiones de la cara.

¿Tan pesado? ¿Por qué lo dices? —Su tono era claro: no solo sabía a lo que él se refería, sino que estaba molesta por ello. Aun así, David le siguió el juego. Estaba seguro de que si no lo hacía, sería peor.

Debo reconocer que creía que estabas fingiendo que te encontrabas mal para no ir a cenar conmigo. Últimamente, con todo eso de los sueños has estado muy distante…

Pues espero que a partir de ahora empieces a creerme cuando te digo que estoy enferma —dijo con una voz dura.

Lo siento de nuevo.

Está bien —dijo después de unos segundos—. Tengo que irme a la cama. Mañana tengo clase a primera hora.

Buenas noches, pequeña.

David…

¿Sí?

Pensó si debía decir lo que tenía en mente o callárselo. Si lo decía, haría sentir mal a David, pero si se lo callaba, sería un asunto más al que darle vueltas en su cabeza. Y el cupo ya estaba bastante lleno.

Aunque hubiera sido mentira que me encontraba mal, no puedes obligarme a estar contigo si no quiero. Buenas noches.

Colgó antes de que pudiera responderle. No quería empezar una discusión que no terminaría nunca. Lo único que pretendía era que sus palabras calaran hondo en él, y que reflexionara un rato. Se metió en la cama, más triste y cansada que el día anterior. Ya no era David el único tema que la agobiaba. Pasaban los días y las semanas, y cada día entraba a Internet en busca del esperado mensaje de Héctor, sin resultado. A veces, se desesperaba tanto que lloraba de pura angustia. Quizás se estuviera volviendo loca. Seguramente sería eso. Un sueño la había trastornado. ¿Qué otra explicación podía tener?

Héctor Ignacio García no existía. Ni siquiera había conseguido dar con él en las redes sociales. Solo era alguien que había creado su imaginación; y eso era algo que le dolía en lo más profundo de su alma, porque al haber podido comparar al que hubiera sido el hombre de su vida con la persona que actualmente estaba a su lado, sufría como una condenada. Sin embargo, y a pesar de que empezaba a convencerse de que todo aquello no era real, a menudo ocurrían cosas que había visto en su sueño, y tenían que pasar por situaciones que estaba segura de haber vivido. A menudo, cuando se hallaba en una escena que su cabeza conocía de sobra, pensaba en lo que iba a acontecer, y efectivamente ocurría. Y así pasó el tiempo, un tiempo que en su mente ya había transcurrido hacía mucho, y un día se dio cuenta de que no podía estar tan loca como para conocer el futuro, y que si estaba pasando por todo eso solo podía significar dos cosas: o que volvía a soñar, o que realmente había vivido todo aquello.

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