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Tu amistad es lo primero

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VIII

Tu amistad es lo primero

1

El secretario tecleaba en el ordenador, tomándose su tiempo, mientras Natalia miraba el reloj con impaciencia y tamborileaba sobre la mesa con la yema de los dedos. Ese hombre era eficiente y muy amable en sus formas, pero tranquilo como nadie. Natalia apostaba que, si ese señor de gafas tenía que morir de algo, no sería de un ataque al corazón. Manolo, como se llamaba el secretario, dejó el teclado y levantó la mirada.

Sí, no hay duda. Tu antiguo expediente sigue abierto.

¿A estas alturas de curso? —se quejó Natalia.

El hombre se encogió de hombros.

No fuiste a cerrarlo.

Pensé que lo cerraban cuando me matriculaba en otra carrera —contestó la chica, algo enfurruñada, pero intentando mantener un tono de voz apacible. Ya no recordaba que en «su sueño» había tenido que ir en una ocasión a Jerez a cerrarlo.

No, tienes que ir tú y pedir que te lo cierren.

El hombre volvió a teclear en el ordenador y a usar el ratón con la velocidad nata del que trabaja todos los días con ese tipo de máquinas. La impresora emitió un breve sonido y expulsó tres hojas exactamente iguales. Manolo las selló y se las entregó.

Ve a la secretaría de tu antigua Facultad y cuéntales el problema. Entrégales estas hojas. Una es para ellos, otra es para que te la quedes tú, y la última es para que nos la traigas. Te las sellarán.

Natalia asintió y guardó los documentos en su carpeta.

¿Tengo una fecha límite para entregarla? —preguntó antes de levantarse de la silla.

Manolo colocó las manos hacia arriba.

Cuanto antes mejor.

La joven exhaló un suspiro.

Entonces iré en estos días. Gracias.

Salió de la secretaría de la Facultad como alma que lleva el diablo. Llegaba tarde a la próxima clase. Subió las escaleras hasta la primera planta y corrió por el pasillo hasta el aula 19. Desde lejos pudo vislumbrar la puerta cerrada. El profesor ya había empezado la lección. Caminó hasta la puerta trasera. Abrió con sigilo y asomó la cabeza. El catedrático se había vuelto hacia el Powerpoint que se reflejaba en la pantalla. En la parte de atrás, Natanael, Gema y Teresa le hacían señas para que se sentara junto a ellos. En un momento de despiste del profesor, se escurrió por la abertura y corrió a su asiento, dejando a su paso la puerta abierta. Colocó sus cosas en la mesa y respiró, aliviada. El profesor miró hacia ellos, pero no hizo ningún movimiento ni dijo palabra alguna que le hiciera entender que la había visto entrar tarde.

¿Qué te han dicho? —le preguntó Natanael en un susurro.

Tengo que ir a Jerez a pedir que cierren mi expediente de Derecho —masculló, algo malhumorada.

¿Y ahora te lo dicen? —se extrañó Teresa.

Tendré que faltar un día a clases.

No te preocupes. Nosotras te pasamos los apuntes —comentó Gema.

Eh, querrás decir que yo le dejaré los apuntes. Tú nunca atiendes —le espetó Teresa.

Gema se echó a reír por lo bajo.

Oye, si vas a Jerez, ¿no verás a la tarada esa? —preguntó Gema—. La enferma terminal esa de la que nos contaste.

Teresa levantó la mirada de los apuntes como si de un resorte se tratara.

¡Es verdad! ¿Qué vas a hacer si te la encuentras?

Natalia se encogió de hombros con indiferencia.

Pasar de ella. Solo voy a secretaría y me vuelvo. No la he vuelto a ver desde que estuvo en mi casa ese día.

¿Qué te han contado las demás? —quiso saber Teresa.

Al parecer ya ha conseguido otras amigas.

Natanael soltó una risilla.

Ya ha engatusado a otras —comentó.

Sí, y al parecer no les ha hablado demasiado bien de nosotras. Marina me ha dicho que cada vez que se encuentran con ella —Claudia y Sonia se llaman—, las miran con una cara… Como si fueran a vomitar.

Si es tan mala como aseguráis, les habrá contado cualquier cosa —dijo Gema.

Ella es la víctima —masculló Natalia—, y nosotras somos las malas amigas que la hemos traicionado. Me gustaría saber la nueva película que se ha montado ella sola.

La voz del profesor se fue haciendo más cercana. El hombre se acercaba, caminando tranquilamente por la clase a la vez que daba sus explicaciones. Llegó a la puerta y la cerró sin cuidado alguno, sobresaltando a los más despistados.

Por favor, si vais a llegar tarde, os agradecería que cerrarais la puerta al entrar —comentó, fijando sus experimentados ojos en la joven de pelo rizado.

Natalia enrojeció al instante. Era imposible engañar a ese profesor. Nunca se le escapaba nada.

2

El tren con destino Jerez de la Frontera llegó con puntualidad a la estación de San Fernando Centro. Natalia subió con mal sabor de boca. Ese tren lleno de futuros juristas, criminólogos y administrativos le recordaba demasiado a sus días en la carrera de Derecho. Sin duda, una de las peores decisiones que había tomado. Las puertas se cerraron entre molestos pitidos de aviso y el tren se puso en marcha. Las personas que habían entrado tomaron asiento en el primer sitio que encontraron, pero ella quería un lugar tranquilo donde leer la media hora de trayecto que quedaba hasta la última parada. Pensó en buscar a sus amigas, pero recordó que en el segundo año de carrera les tocaba horario de tarde.

En aquella parte del tren había unos cuantos asientos libres, pero frente al primero se hallaba sentado un señor de espesa barba y cara de pocos amigos; el segundo asiento era el que quedaba libre al lado de unos niños que no paraban de lloriquear y pegar berridos por Dios sabía qué razón; y el último estaba «ocupado» por una señora que, sin ninguna contemplación para con los demás pasajeros, había plantado su bolso y su chaqueta en él. Frunció el ceño y se dirigió a la parte delantera del tren, donde la gente prefería no ir por simple pereza.

Escogió un lugar de espaldas a una de las ventanas y sacó su Lingua latina del bolso. Su profesor de latín se lo había recomendado para mejorar su nivel. Los veinte euros que costaba el libro la persuadieron en un primer momento de hacerse con él, pero con el paso del tiempo, dándose cuenta de que su profesor no le enseñaría nada que ya supiera, y que la profesora que impartía las prácticas pensaba que sus alumnos ya sabían todo lo que debían saber de la lengua —nada más lejos de la realidad—, decidió hacer esa pequeña inversión para su futuro.

No pasó mucho tiempo hasta que notó que alguien la miraba. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, pero tras pasar la estación de Puerto Real y seguir con esa sensación, supo que realmente alguien no le quitaba los ojos de encima. Levantó la cabeza disimuladamente, como si quisiera ver el paisaje o estirar el cuello, y entonces la vio. Era una joven de cara fina y pelo corto que viajaba sentada al lado de su novio. Natalia la reconoció de inmediato. Había estado en su clase durante el primer cuatrimestre de Derecho. Se llamaba Claudia, y era la nueva mejor amiga de América.

Miró entonces a la chica que intentaba destacar sobre la voz del chico con sus chistes malos y sus falsas carcajadas, y se preguntó cómo no se había dado cuenta antes del escándalo que formaba esa niña.

Volvió sus ojos hacia Claudia. Esta la miraba como quien mira a una babosa, con repugnancia y deseos de pisotearla. Natalia fijó la mirada en su libro de nuevo con una sonrisa irónica. A saber lo que le habría contado su examiga sobre ella y las demás.

Durante cinco minutos, la miró de reojo. No parecía haberle dicho a América nada sobre su presencia, pero efectivamente no le quitaba ojo, y con cada segundo que pasaba, algo se removía en el interior de Natalia, como un demonio que luchaba por salir. Apretó las manos alrededor de su Lingua latina. Después de todo, las malas eran ellas. Claro. Eso debía pensar todo aquel que se hubiera relacionado con América desde el momento en que la pandilla la había dejado de lado.

El tren llegó a Valdelagrana. Aún quedaba un rato para llegar a Jerez. Natalia levantó la cabeza y su mirada chocó con la de Claudia directamente, sin miedo ni vergüenza. No estaba dispuesta a que la trataran como a un insecto cuando había sido otra la bruja de la historia. Cerró su libro, lo metió en el bolso y, tranquilamente se levantó de su asiento. Por un momento, pensó que lo que estaba a punto de hacer era una locura; pero no podía aguantarlo más. Tenía que hacer algo. Caminó con parsimonia hasta donde se encontraban la pareja y América, sonriendo en todo momento a Claudia, cuya expresión se iba deformando y su rostro iba palideciendo a medida que avanzaba. Finalmente, llegó hasta el asiento que quedaba libre y se sentó en él como si nada. Los tres se quedaron mirándola.

Hola, eres Claudia, ¿verdad? —le preguntó como si no hubiera visto a América sentada justo a su lado.

Sí… —contestó la chica, confundida.

He visto que me estabas mirando, y he pensado: «¿De qué me suena esta chica?» Y al final me he dicho: «¡Ah, claro, pero si estuvimos juntas en primero de Derecho!» Soy Natalia. ¿Te acuerdas de mí?

Claudia balbuceó durante unos instantes. No sabía qué responder. Lo que menos se había esperado era que esa chica se acercara y entablara conversación con ella como si no pasara nada. La había dejado sin armas, sin palabras groseras con las que mandarla a paseo. La había descolocado con su reacción.

Este sitio está ocupado —dijo la chica que se encontraba a su lado, y a la que todavía no había mirado.

Natalia mostró una sonrisa más falsa que un billete de siete euros y se volvió hacia ella. En su mente, imaginaba mil formas distintas de torturarla.

¡Anda, hola! No te había visto —mintió descaradamente—. ¿Que está ocupado? —Se volvió levemente hacia el asiento—. Lo siento, señora invisible, no la había visto.

Y empezó a reír ella sola. Después, dejó su bolso sobre sus piernas y se acomodó.

No te preocupes —le dijo cuando vio que fruncía el ceño y se ponía mortalmente seria—. Enseguida me voy. Solo quería preguntarle una cosa a Claudia—puntualizó, señalándola con el dedo.

En ningún momento perdía la sonrisa, pero quien conociera a Natalia, quien supiera interpretar el brillo de su mirada y cada una de sus expresiones, sabía que esa pequeña curvatura en sus labios no podía traer nada bueno. Era una sonrisa peligrosa; la que pondría un depredador a punto de lanzarse contra su presa.

Dime —le pidió con voz suave y afilada, a la vez que se inclinaba levemente hacia delante—, ¿qué te ha contado tu nueva amiga de nosotras, y en especial de mí, para que me mires como si quisieras tirarme a las vías del tren?

Se hizo el silencio durante unos segundos. Un silencio tenso y frío. América tragó saliva y miró a ambas chicas con el corazón encogido. El novio de Claudia presenciaba la escena ajeno a todo. Claudia ni siquiera parpadeó.

Todo.

Natalia abrió los ojos todo lo que pudo y frunció los labios. Volvió a colocar su cabeza en el respaldo y cruzó los brazos con una sonrisa malintencionada.

¡Ah, todo! ¡Perfecto! —exclamó como si de verdad se alegrara—. Entonces supongo que te habrá contado lo de la leucemia, el cáncer de laringe, la bulimia…

La expresión inquebrantable de Claudia se desintegró poco a poco. Entonces Natalia supo que no sabía nada de aquello. Había llegado su momento.

¿Qué? —murmuró Claudia.

¿Se le ha olvidado contarte eso? —preguntó con gesto inocente—. Pues nada, resulta que tu amiga nos contó en Bachillerato que tenía Leucemia. No sabes lo mal que lo pasé, y todo era mentira. ¡Pero no pasa nada, porque lo importante es que tú estés sana y no que nos hayas hecho daño, ¿verdad, cariño? —dijo, volviendo la cabeza hacia América y guiñándole un ojo.

La joven no se atrevía a decir una palabra. Pálida y callada, parecía a punto de desmayarse. Natalia la examinó unos segundos y continuó sin pudor.

No conforme con ello, a otras dos amigas —Marina y Rocío, ¿las recuerdas?—, les dijo que tenía cáncer de laringe. ¡Qué locura, ¿a que sí?! —comentó como si le hiciera gracia—. Les dijo que se estaba dando quimioterapia. Les contaba cómo le dolía, y Marina estuvo a punto de cortarse el pelo en solidaridad con ella. A mí no me contó nada de eso —aclaró—. Hubiera sido muy raro que tuviera dos enfermedades al mismo tiempo, claro. Pero aquí no acaba todo.

América apretó los labios. Sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

Engañó a su novio con Rocío y le dijo a esta que lo dejaría por ella, pero nunca lo hizo. Intentó alejarnos a unas amigas de otras poniéndonos en contra de las demás. —Miró directamente a América. La chica no se atrevía a levantar la mirada. En ese punto, sollozaba en silencio—. Y no contenta con eso, se puso a calentar a mi exnovio y a pedirle que se acostara con ella mientras aún estábamos juntos.

La sonrisa había desaparecido de su cara, y ahora solo quedaba reproche en su voz y odio en su mirada. Se volvió hacia Claudia por última vez. La joven parecía confundida; como si no supiera si debía creerla a ella o a su supuesta amiga.

Me contó, llorando, que había dejado a su novio porque la había violado. Que tenía una orden de alejamiento. A otra amiga le contó que la había violado un profesor particular —habló tan seria que Claudia no podía dejar de escucharla—. Cuando descubrimos todas sus mentiras, acudimos a su primera novia. A ella le había contado que era bulímica. Y, ¡no os lo perdáis! ¡Le había dicho que yo era homófoba! Por eso esa chica no me soportaba hace años.

La voz femenina del tren anunció que estaban a punto de llegar a Jerez de la Frontera. La gente empezó a levantarse de sus asientos, a preparar los abrigos y sus mochilas. Sin embargo, los cuatro jóvenes no se movían de donde estaban. Natalia relajó su expresión inundada de rencor y rabia, y dejó que Claudia viera el dolor que le había producido tener una amiga como América en su vida. La susodicha, seguía llorando en su asiento, sin intentar interrumpir la conversación.

Esta chica no puede ser amiga de nadie. No se alegra con el bien ajeno y solo busca llamar la atención, sin importar el daño que pueda hacer. Si no me crees, puedes preguntarle a las demás. Pero no creo que haga falta. Solo tienes que fijarte en que esta mentirosa no ha abierto la boca para desmentirme.

Se colocó el bolso de nuevo. El tren paró y los pasajeros comenzaron a bajar.

Tened cuidado con ella —les aconsejó antes de salir del tren y desaparecer entre la muchedumbre.

3

Natalia llamó un par de veces a la puerta de Natanael. Desde fuera se escuchaba una bonita melodía de guitarra. Natanael le dio permiso para pasar, y abrió la puerta despacio. El chico se encontraba sentado en su cama, con el instrumento entre las manos. Cuando vio quién era la que llamaba, sonrió.

Entra.

Natalia cerró la puerta tras sí y tomó asiento a su lado.

¿Qué tocas?

Nada en especial. Estoy improvisando.

¿Puedo escuchar cómo improvisas?

Natanael respondió colocando los dedos de la mano izquierda en posición y pasando los de la derecha con delicadeza por las cuerdas. Tenía una gran habilidad para tocar. Según sabía, su padre era profesor de guitarra y había empezado a enseñarle cuando él era todavía muy pequeño. El resultado demostraba el trabajo que había detrás. Viéndolo tocar con tanta rapidez y destreza, parecía fácil. Cuando de la guitarra escapó la última nota, Natalia prorrumpió en un aplauso sincero. Era fascinante oír aquella música improvisada, pero tan trabajada a la vez. Natanael hizo un gesto con la mano.

Gracias, gracias. Esta pieza se la dedico a mi mayor fan: la señorita Natalia Jiménez, aquí presente.

Qué gran honor —rio la chica.

Natanael metió el instrumento en su funda. Natalia notó el cuidado y el cariño con el que lo trataba. Parecía imposible que alguien con tanta sensibilidad pudiera hacer las cosas que había llegado a hacer. O, mejor dicho, las que llegaría a hacer si no lo evitaba. Recordó las palabras que le había oído decir la última vez que había hablado con él en ese mundo paralelo en el que se había visto envuelta:

«Te quiero, Natalia. Cuando terminaste con David, pensé que había llegado mi oportunidad para conquistarte, pero al parecer alguien ya se había adelantado. No podía aceptarlo…»

Natanael, tengo que hablar contigo.

El joven mostró una sonrisa nerviosa.

Qué seria te has puesto…

Es algo delicado.

Natanael dejó apartada su sonrisa. Su rostro reflejó un alto grado de preocupación. Colocó la guitarra al lado del armario y puso toda su atención en ella.

Bien, dime.

Natalia se removió, incómoda. No sabía cómo debía empezar. No podía contarle todo lo que había pasado —o que pasaría en el futuro—. La creería loca. Se reiría de ella y no la tomaría en serio. Debía abarcar el tema de una forma diferente.

He dejado a David…

La expresión del chico no dejó de ser seria, pero a Natalia le pareció apreciar un brillo de esperanza en sus ojos azules. Era lo que había esperado.

Vaya…, lo siento. ¿Qué ha pasado?

Se acabó el amor. —No mentía, solo había ocultado parte de la verdad. Agarró una mano de Natanael y la apretó con fuerza, tal vez para ablandarlo un poco y prepararlo para lo que venía a continuación. Debía admitir que se sentía un poco asustada por su reacción—. Natanael, sé que te gusto…

Él dejó de respirar unos instantes y enrojeció por completo. Tragó saliva y la miró a los ojos. Por un momento pensó que se iba a declarar, pero en sus ojos no había amor, solo tristeza. No sabía por qué le había sacado ese tema, ni adónde quería llegar, pero debía ser algo realmente importante, así que asintió.

Sí, me gustas —reconoció, sintiéndose más valiente de lo que en realidad era—. Pero no pensaba entrometerme en tu relación.

Ya lo sé —dijo ella, y apretó de nuevo su mano—. Tenía mucho miedo de hablar contigo de esto —admitió—. Eres uno de mis mejores amigos. Te quiero muchísimo, pero no te veo con los mismos ojos con los que tú me ves a mí.

Una mueca de desilusión. Natanael bajó la mirada.

Entiendo.

Me asusta la manera en la que puedas reaccionar si me enamoro de otra persona —dijo, recordando las peleas, los gritos, la bofetada, los insultos, la fotografía… Se acercó un poco más y le dio un abrazo fraternal—. No quiero que dejes de ser mi amigo. Eres demasiado importante para mí. Por favor, no te alejes.

Natanael la apretó fuerte contra él, respirando su aroma, y de repente se sintió hundido. Ella le gustaba más que a nada. Llevaba enamorado de Natalia desde hacía meses. Pensar que nunca la tendría no era algo fácil de asumir, y más cuando ella misma se lo confirmaba.

Somos amigos —murmuró—. ¿Por qué piensas que me alejaré de ti?

Entonces, ¿si algún día me ves con otro, no te enfadarás? ¿No dejarás de hablarme? —le preguntó.

Natanael permaneció callado durante unos instantes. Verla con otro sería un duro golpe. No sabía si podría soportarlo, pero tampoco entendía cómo era posible que ya estuviera pensando en una nueva relación, habiendo terminado una hacía tan poco tiempo. ¿Acaso ya tendría a otro?

¿Lo dices porque ya estás con alguien más? —se atrevió a preguntar.

Natalia dudó. No, no se podía decir que estaba con alguien, pero sabía que no podría volver a enamorarse a menos que se quitase a Héctor de la cabeza.

No…, no lo sé. Es complicado.

Natanael frunció el ceño y gruñó. Natalia volvió a abrazarlo, segura de que su amigo volvería a reaccionar de forma violenta. Estuvo a punto de echarse a llorar. La presión, la tensión estaba pudiendo con ella. Llevaba a su espalda una carga demasiado grande. Sin embargo, aguantó sin soltar una sola lágrima.

No quiero perderte. Por favor… No sé qué decirte para pedirte que no se termine nuestra amistad.

Natanael exhaló un suspiro. No iba a llorar; tampoco se iba a enfadar. Nunca la había tenido, así que no sabía lo que era perderla. No podía culparla por no quererle a él. Al fin y al cabo, ella le había dado más de lo que podría desear: su amistad, que era más grande que cualquier enamoramiento pasajero que pudiera sentir por cualquier otro.

«Eso es», se dijo.

Se esforzaría por convertirse en su mejor amigo. Sería el número uno, el que siempre estaría allí para ella, el que la consolaría cuando las cosas fueran mal y la haría reír. La ayudaría a estudiar y a divertirse. La acompañaría en sus días libres y la trataría como una princesa. Poco a poco se la iría ganando, y estaba seguro de que tarde o temprano conseguiría conquistarla. Solo necesitaba tiempo, paciencia y mucho coraje para soportar a todo aquel que se le acercara.

No me perderás —dijo, besándole la mejilla—. No importa si no sientes lo mismo por mí. Soy tu amigo y no te dejaré por eso.

¿De verdad?

De verdad. No pasa nada, ¿vale? Si no puedo ser nada más para ti, seré tu mejor amigo. Con eso me conformo. Tu amistad es lo primero. —La estrechó con fuerza entre sus brazos—. Y siempre lo será.

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Nueva vida, nuevas oportunidades

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VIII

Nueva vida, nuevas oportunidades

1

Hacía dos días que Héctor no daba señales de vida. Natalia, que había decidido no «tocarle las narices» hasta que él decidiera hablar con ella, estaba furiosa con él, pero también preocupada. Ese comportamiento no era lógico en Héctor. Falta de atención, malas palabras y desaparición por unos días. No, ese no era Héctor. Se preguntó si alguien se habría metido en su sesión sin permiso y habría suplantado su identidad. Se montó ella sola una película en su mente, en la cual Irene entraba en su cuenta, adivinando de algún modo la contraseña, e intentaba perjudicarle haciéndose pasar por él. Pero no, no tenía sentido, ya que Héctor se hubiera conectado al día siguiente y habría conversado con ella como cada día.

«¿Y si le ha borrado su cuenta?», se preguntó. Rápidamente descartó esa posibilidad. Solo intentaba excusar el comportamiento de Héctor. Aun así, no podía creer que a solo dos semanas del viaje a Madrid, cuando ya tenía comprado el billete y realizando todos los preparativos, desapareciera así como así. ¿A qué estaba jugando? ¿Qué estaba pasando?

Al día siguiente, la preocupación ganó al orgullo y su corazón de ablandó hasta el punto de mandarle varios mensajes al móvil…, pero ninguno fue contestado. Comenzó a preguntarse si le habría pasado algo o si había decidido no volver a verla. Con cada minuto que pasaba se angustiaba más. ¿Y si había vuelto a entrar en depresión, como la última vez?

«¿Vuelves a estar deprimido? ¿No quieres volver a verme? ¿Qué ocurre, Héctor? Por favor, contesta al menos para saber que estás bien», rezaba el último mensaje que le había enviado.

Aquella noche se había quedado hasta tarde en el ordenador. Su madre hacía rato que se había ido a la cama, y ella permanecía frente a la pantalla, a la espera de alguna señal de vida. Pero nada. No había absolutamente nada. Héctor no se había conectado en ninguna de las páginas web que frecuentaba, y si lo había hecho, no había dejado ninguna pista de ello.

Natalia quiso golpear la mesa de la impotencia. Se echó las manos a la cara y comenzó a llorar, ahogando los sollozos. Siempre había sido muy reservada y no quería que su madre se despertara a causa de sus lamentos y le preguntara qué ocurría. Lloró hasta que la mesa quedó cubierta de pañuelos y cuando el reloj marcó las tres y media de la mañana, decidió que estaba demasiado cansada para seguir esperando.

Mandó un último mensaje a su Facebook:

«¿Dónde estás, Héctor?»

Y cuando estaba a punto de cerrar, una musiquilla le anunció que tenía un nuevo mensaje. El corazón le dio un vuelvo cuando vio que era de Héctor:

«Aquí estoy, mi amor. Pensé que ya estabas durmiendo.»

Natalia se conectó rápidamente al Messenger, y allí estaba, por fin.

¿Dónde demonios estabas, Héctor Ignacio? —le escribió a toda velocidad, furiosa y feliz a la vez—. ¿Por qué no respondías mis mensajes del móvil?

No podía, mi amor. Mi móvil quedó destrozado.

¿Destrozado? ¿Qué le pasó?

No te vayas a asustar, mi amor. Todo está bien, ¿de acuerdo?

Los latidos del corazón de Natalia empezaron a multiplicarse. Por un momento, olvidó que estaba terriblemente enfadada con él. Héctor se había puesto muy serio, y eso no presagiaba nada bueno.

¿Qué ha pasado, Héctor?

Hace cuatro días, cuando regresaba del trabajo, tuve un accidente de coche. Manejaba a demasiada velocidad y me salí en una curva. El coche quedó destrozado.

Natalia tragó saliva. La noticia había llegado tan de sopetón que no le había dado tiempo a asimilarla. Durante esos días había imaginado mil situaciones en las que Héctor podría haber salido herido, pero nunca llegó a creerlas del todo. Al fin y al cabo, esas cosas solo les pasaban a otras personas.

¿Qué dices?

Por suerte, un hombre que escuchó el accidente se paró y me ayudó. He estado en el hospital hasta esta tarde que me dieron el alta. Quisieron asegurarse de que estaba bien. Me estuvieron haciendo pruebas de todo tipo. No daban crédito a que hubiera salido ileso de tal accidente.

Ay, Dios mío… Pero, ¿estás bien? ¿Tienes roto algo?

Estoy perfectamente, chiquita. Sí tenía algunas heridas, pero muy superficiales. Y de vez en cuando me dan dolores muy fuertes en la espalda. Por eso tengo que ir a que me den unos masajes. Pero de verdad, creo que fue un auténtico milagro. Yo tampoco me lo explico.

Natalia comenzó a llorar de nuevo.

Ay, mi amor, lo siento tanto. Me enfadé por una tontería. Estaba muy cabreada y lo pagué contigo. Te estuve ignorando solo por orgullo. No sabía que te había pasado eso. Perdóname.

Perdóname tú, Natalia. Te hablé muy mal. Yo también estaba de un humor de perros. Tuve problemas en la oficina y estaba insoportable.

No te preocupes, cariño. Me asusté mucho cuando vi que no aparecías, que no contestabas a mis mensajes —confesó.

Yo también me asusté, princesa. Pensé que no volvería a verte cuando vi que me iba a salir de la curva. Me sentí tan mal después, estando en el hospital. Me di cuenta de que mis últimas palabras habían sido muy feas, y si hubiera muerto…

¡Cállate, cállate, no digas eso!

Estuvo muy cerca.

Tú no te puedes morir, ¿vale? Me prometiste que vendrías a buscarme.

Creo que Dios quiso que cumpliera mi promesa.

Natalia sonrió. Eran tan grandes sus ganas de abrazarlo, de pedirle perdón a la cara, de besarlo… Y gracias al cielo tendría la oportunidad de hacerlo en dos semanas.

Eso sí: ¡como vuelvas a decirme que no te toque las narices, seré yo quien te mate!

Y Héctor se echó a reír con todas las ganas y la energía que le daba esa segunda vida, esa nueva oportunidad. Y supo que la quería más que nunca, porque su último pensamiento antes de perder el conocimiento había sido ella, su Natalia.

2

¿Quieres que te acompañe?

Sandra la miraba algo preocupada. Una despedida en el coche era algo fría, pero no tenía tiempo que perder. Entraba a las ocho a trabajar, y su jefa le hacía recuperar cada minuto que perdiera en asuntos personales. Si la llamaba para avisarla de que llegaría tarde porque su hija cogía un tren hacia Madrid, su hora de salida se retrasaría mínimo hasta las cuatro, y para cuando llegara a su casa, no tendría nada de comer.

Natalia sacó la maleta del capó y se colgó la mochila a la espalda.

No hace falta; no vayas a llegar tarde.

Madre e hija se abrazaron con fuerza e intercambiaron besos.

Tened mucho cuidado por allí. Y llámame en cuanto llegues.

Vale.

Volvió a besar la mejilla de su madre y comenzó el ascenso por las escaleras que le llevaban a la estación de Bahía Sur. Con la mano, se despidió de Sandra. Todavía se sorprendía de lo bien que se habían tomado sus padres su relación con alguien mayor que ella y de un lugar tan lejano.

Nos vemos en una semanita.

Sandra se metió en el coche de nuevo y desapareció por la carretera. Natalia dejó que las escaleras mecánicas la subieran mientras veía el Seat de su madre alejarse. El corazón comenzó a latirse con fuerza cuando llegó a la entrada de la estación. Respiró hondo. No sabía qué demonios le pasaba.

Al lado de la ventanilla de venta de billetes una joven y un par de adultos esperaban con grandes maletas. Se acercó lentamente, dispuesta a preguntar cómo podía bajar a las vías solo con el resguardo de su billete. Entonces, una señora que a juzgar por su uniforme debía trabajar allí, les pidió los resguardos, entregando por cada uno un tícket para pasar al otro lado. Cuando le entregó el suyo, le temblaban las manos. Se sintió avergonzada por su absurdo nerviosismo, y con las mejillas totalmente coloradas, bajó a los andenes.

El aire fresco de la mañana consiguió calmarla un poco, y la espera hizo el resto. Resopló al ver que el andén se iba llenando cada vez más, y se preguntó si podría encontrar su vagón y su asiento sin ningún tipo de problema. Abrió el sobre donde llevaba todo lo que debía saber: Vagón 4, asiento 6A. Intentó retenerlo en la mente a base de repetirlo una y otra vez. Llegó un momento en que no hacía más que pensar en ello, y su corazón se desbocó. Volvió a coger aire y a soltarlo lentamente, pero fue inútil. Solo se tranquilizaría una vez sentada en su asiento.

Anunciaron la llegada del tren con destino Puerta de atocha cuando el reloj de la estación marcaba las ocho y diez, pero no llegó hasta pasados diez minutos. Sonrió al ver una mancha blanca que aparecía entre la niebla y se dirigía a la estación. Antes de que parara, le echó un ojo a los números que señalaban los vagones. Vagón 4, asiento 6A, se repetía una y otra vez. Caminó con rapidez hacia el primer vagón que vio, y en cuya entrada empezaba a aglomerarse la gente. Vagón 5. Se había pasado. Recorrió el camino de vuelta y su ansiedad aumentó al darse cuenta de que el vagón anterior no tenía número. Para asegurarse, se alejó hasta el siguiente y se tranquilizó al ver el número 3 en la puerta. No había duda. Se colocó en la cola, justo detrás de una señora y entró sin prisas. Colocó su maleta en la entrada, junto a la de muchos otros pasajeros, y buscó su asiento, que se encontraba en el medio del vagón, al lado de la ventana.

Perfecto —se dijo.

Dejó la mochila a sus pies y miró quién entraba. En esa parada apenas se llenó el vagón. Natalia se puso sus auriculares y cerró los ojos. Por detrás se escuchaba la conversación de unos señores que acababan de entrar. El tren dejó Bahía Sur y se encaminó hacia su siguiente parada. Por fin respiró tranquila. Ya estaba allí. Nada podía salir mal. Solo quedaban cuatro horas para el reencuentro.

3

Cuando empezó a ver algunas construcciones entre la nada, creyó haber llegado a Madrid. Era casi la una de la tarde. El tren dejó atrás los pequeños edificios para dar paso una vez más a la naturaleza. Natalia se hundió en su asiento. La ilusión se hacía y deshacía en su pecho cada vez que veía algún rastro de civilización e inmediatamente después desaparecía. Hacía un cuarto de hora que debería haber llegado. Estaba empezando a impacientarse.

La chica que viajaba a su lado miraba, distraída, su serie favorita en el móvil. No parecía importarle el retraso del tren. A ella, sin embargo, le atacaba los nervios. Necesitaba llegar cuanto antes, bajarse de esa celda móvil y abrazar a su chico. Tenía ganas de levantarse, caminar hasta la cabina del conductor y gritarle: «¡Acelere! ¡Hay un mexicano esperándome en Puerta de Atocha!»

Miró a su alrededor. Los demás también estaban tranquilos; algunos, incluso dormidos. Un señor mayor miró hacia ella. Era él mismo que hacía rato le había chistado por hablar por teléfono, según él, con un volumen de voz elevado. Frunció el ceño. ¿Pero ella qué era, un perro? Había sido su padre el que la había llamado para saber cómo iba. Ella no tenía la culpa de que el ruido del tren le impidiera hacerse oír. Y en su opinión, tampoco había alzado demasiado la voz.

«Menudo gilipollas… », pensó.

Volvió a revisar el reloj. Las 13.20. Llevaban veinte minutos de retraso.

Apretó los puños. Se estaba poniendo de mal humor. Por las ventanas apareció una gran ciudad, pero no quiso hacerse ilusiones.

«¿Será?»

Y sí, finalmente era Madrid. Se quitó los auriculares en cuanto oyó que se aproximaban a la estación de Puerta de Atocha. Guardó sus cosas en la mochila y se preparó para saltar de su asiento en cuanto el tren dejara de moverse. Ya estaba de pie cuando la joven de su lado ni siquiera había recogido sus cosas. Mientras salían, el señor que le había mandado a callar sonrió a la chica que había viajado junto a ella. Por lo que pudo escuchar, le preguntaba la razón de su viaje. Al parecer estudiaba en la complutense.

Recogió su equipaje y salió del tren, nerviosa, enfadada y a la vez, entusiasmada. Siguió a la multitud, esperando que esta la llevara hasta la salida. Pudo ver a una pareja de policías con un pastor alemán a la salida del tren, algo que nunca había visto en la estación de su ciudad. Tuvo que caminar durante varios minutos por largos pasillos. Aquel lugar era más grande de lo que había imaginado. Al fondo del interminable pasaje, vio unas puertas de cristal y supo que había llegado a la salida. Desde varios metros de distancia pudo distinguirle entre la gente. Su piel bronceada destacaba entre las personas de sus alrededores. No la había visto. Miraba atentamente al panel, seguramente preguntándose por qué el tren tardaba tanto en llegar.

Sujetó bien su maleta y corrió hacia él. Ya no estaba nerviosa; tampoco enfadada. En su rostro se formó una radiante sonrisa que iluminó también la cara de él cuando la vio. Sorteó a varias personas y llegó hasta él. Héctor abrió sus brazos; Natalia soltó la maleta y se lanzó a ellos. Sin decir nada, se besaron como si hiciera siglos que no lo hacían.

4

Natalia salió del cuarto de baño con algo más cómodo. Héctor yacía boca arriba en la cama con una camiseta y en bóxer. Aunque la televisión estaba encendida, él tenía los ojos cerrados. Natalia pensó que podía haberse quedado dormido. Después de tantas horas de avión debía estar agotado. En silencio, dejó su ropa encima de la silla del escritorio y se tumbó a su lado cuidadosamente para no despertarlo. Sin embargo, en cuanto Héctor sintió movimiento a su lado, se volvió hacia Natalia y la abrazó.

¿Estás cansado?

El joven asintió sin abrir los ojos.

Demasiadas horas de vuelo —explicó, soñoliento—. Y el jet lag… Ya sabes.

Claro.

Natalia pasó sus dedos por el pelo negro de Héctor, masajeando lentamente su cabeza. Después, deslizó las uñas por sus mejillas y las yemas de los dedos por su frente. Héctor recibía las suaves caricias como un regalo de los dioses. Hacía tanto tiempo que soñaba con ella que su simple tacto parecía un sueño. Tenía miedo a quedarse dormido por si al despertar no la encontraba.

Duérmete si quieres —le dijo ella—. Yo te cuido.

Héctor abrió los ojos un momento, encontrándose con los ojos castaños de ella. Natalia sonrió y lo besó en los labios. Inmediatamente después quiso detenerse para dejarle descansar, pero el joven no se conformó con un roce tan insignificante y buscó un beso más profundo y prolongado. Acarició con sus dedos los brazos de ella, consiguiendo un suspiro y otra de sus maravillosas sonrisas.

Me relaja mucho cuando me haces cosquillas —le explicó.

Entonces, túmbate boca abajo —le sugirió.

Natalia obedeció sin rechistar. También le pidió que se quitara la camiseta y le desabrochó el sujetador. Ambos cayeron al suelo, y Héctor, ya libre de impedimentos, acarició su espalda en toda su extensión, llevando los dedos de arriba abajo, desde el principio del cuello hasta el fallecimiento de la espalda, con tranquilidad y ternura, como si de algo extremadamente delicado se tratara. Natalia volvió a suspirar. Temía sumergirse en un profundo sueño. Pero no terminaba ahí el trabajo de Héctor. Unos segundos más tarde, no eran sus dedos los únicos que recorrían la espalda desnuda de la gaditana. Héctor repartía besos por sus hombros, cuello y columna, deteniéndose en cada uno de ellos como si quisiera dejar su esencia impregnada en la piel de su chica.

Me gusta —la oyó murmurar.

Héctor se tumbó sobre ella, con cuidado de no aplastarla, y le habló al oído.

¿Nunca te habían hecho algo así?

No, nunca.

Héctor volvió a besarla, esta vez en la mejilla, y Natalia se dio la vuelta para buscar sus labios, quedando boca arriba. Héctor se deshizo de su camiseta mientras la besaba cada vez con más intensidad.

Te amo —dijo él.

Te amo —repitió ella.

Héctor bajó la mano hasta el botón de los pantalones de Natalia. A partir de ese momento, ninguno supo más de sí.

5

La luz mañanera entraba entre las cortinas de la ventana del hotel, pero no fue esta la que despertó a Natalia, sino la sensación de vacío en su estómago. Se incorporó lentamente y bostezó. Durante unos instantes, permaneció mirando a su alrededor, adormilada. Había pasado una noche tranquila y en paz, sin pesadillas, sin interrupciones de sueño. Su estómago se quejó de la falta de comida. El reloj marcaba las diez de la mañana. Había dormido demasiado.

A su lado, Héctor dormía plácidamente tapado con el edredón hasta la cabeza. Le sorprendió le hecho de que no roncara, y se preguntó, sin preocuparse demasiado, si ella habría roncado, y sobre todo, si él la habría oído. Se deshizo de las mantas con los pies, como cuando era niña, y gateó hasta su novio con una sonrisa traviesa. No le veía la cara, pero podía asegurar que se encontraba boca abajo. Le recordó un poco a su padre, y rio. Se puso de pie junto a él y empezó a dar botes en la cama. Esperaba que esta fuera lo suficiente buena como para aguantar su peso, o tendrían que pagar los destrozos.

¡Es hora de levantarse! —exclamó la chica, animada—. ¡Despierta!

Héctor la miró entre las mantas con los ojos medio cerrados y se volvió a tapar hasta la cabeza, removiéndose con holgazanería y exhalando un quejido. Natalia le quitó el edredón con mucho esfuerzo y lo dejó con una sola sábana. Entonces se sentó encima de su espalda y continuó pegando botes.

¡Arriba, marmota! ¡Tengo hambre!

Al quinto bote, Héctor la tiró sobre el colchón y comenzó a hacerle cosquillas.

¿Quién osa interrumpir mi sueño? —preguntó con voz de ultratumba mientras sus dedos se movían hábiles por las costillas de la joven.

Natalia reía a carcajadas, intentando quitárselo de encima.

¡Quita, quita! —gritaba.

¿Ahora sí? ¿Te crees muy graciosa despertándome de esa manera?

¡Para, por favor, que tengo el estómago vacío! —suplicaba ella, revolviéndose como una poseída entre las sábanas—. ¡Quitaaaa!

¿Y las palabras mágicas? —preguntó, parando unos segundo sus manos.

Natalia respiró aliviada, pero todavía no podía parar de reírse y se sentía exhausta.

¡Siento… haberte despertado… así!

Héctor hizo un gesto de negación con la cara.

Esas no son las palabras mágicas, princesa.

Natalia intentó escapar, pero Héctor fue más rápido y la agarró con fuerza contra el colchón.

¡Ay, no! ¡Déjame, por favor!

¡Esas! Esas eran las palabritas mágicas. Pero llegaron tarde…

Natalia intentó hacerle cosquillas también a él, pero Héctor no tenía su mismo talón de Aquiles, y no sucumbió a las risas ni a los movimientos bruscos. El chico levantó una ceja, divertido por el vano intento de Natalia.

¿Intentas pagarme con la misma moneda?

¡Sí!

Pues, fallaste.

¡Entonces, plan B!

Se lanzó hacia su nariz y le dio un lametazo en la punta. Héctor retrocedió. Era el momento de atacar. Sacó su lengua y empezó a babearle toda la cara.

¡Me rindo, me rindo!

Natalia quedó sentada sobre él muerta de risa. Pasó sus manos por la cara de Héctor.

¡Yo también, que me pinchas la lengua con tu barba! ¡Aféitate! —le ordenó, señalando el cuarto de baño.

¿Para qué? —preguntó Héctor, perspicaz, alzando una ceja—. ¿Para que puedas seguir baboseándome?

¡Respuesta correcta! Eres más listo de lo que creía.

Antes de que Héctor pudiera agarrarla, se levantó de la cama y salió huyendo hacia el baño. El chico la persiguió, pero Natalia cerró a tiempo la puerta. Desde fuera, escuchó el agua de la ducha correr. Llamó un par de veces con los nudillos.

¿Quién es? —preguntó ella, juguetona.

Él sonrió.

El lobo.

¿El lobo? Entonces no te abro, que me comes.

Esa es la idea, Caperucita —puntualizó Héctor.

Escuchó una carcajada sincera. Apoyó su cabeza sobre la fría madera y exhaló un suspiro de felicidad. Hacía tanto tiempo que no despertaba de esa forma… Siempre era la misma rutina. El despertador sonaba; ella se despertaba primero. Lo agitaba un par de veces para despertarlo y bajaba a preparar el desayuno. Él usaba el baño antes que ella porque tardaba menos en vestirse. Después bajaba las escaleras, aún adormilado. Ella lo esperaba en la cocina con el café y un beso frío y soso en los labios. No desayunaban juntos. Irene se metía en el baño y se arreglaba para el trabajo hasta que llegaba la hora de irse. Y así todos los días durante tres años. Hasta que un día desapareció su presencia en la cama, el olor a café y los besos insípidos.

La puerta se entreabrió despacio. Natalia se asomó por el hueco y le brindó una sonrisa. Escondía su cuerpo desnudo detrás de la puerta.

¿Entras o qué? —Le guiñó un ojo—. ¿No quieres ducharte conmigo?

Natalia se adentró en la tina y dejó que el agua caliente la relajara.

Héctor apareció detrás de ella unos segundos después, besando su hombro.

No me has dado mi beso de buenos días —le reclamó, quitándole espacio debajo del chorro de agua. Llevó su mano hasta el grifo—. Está demasiado caliente.

La temperatura bajó de un momento a otro, y Natalia sintió el frío en la espalda.

¡Está helada! —exclamó, intentando regular el agua de espaldas.

¡Venganza! —gritó Héctor, luchando por el mando del grifo. Definitivamente, quería tener despertares como ese todos los días.

6

Las noches en la Puerta del Sol eran mágicas. Cientos de flores daban el toque de color que faltaba en el ambiente. En cada esquina, había un espectáculo: una estatua humana, un mimo, un par de chicas que tocaban el violín, un hombre más allá que aporreaba una guitarra, personas disfrazadas de dibujos animados…

¡Mira esos! —señaló Natalia.

Al lado de una de las fuentes, un grupo de siete personas ataviadas con vestidos típicos mexicanos cantaban rodeados de gente.

«¡Ay, ay, ay, ay…, canta y no llores! ¡Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones!»

Vamos a acercarnos —sugirió la chica.

¿Sabían que veníamos o qué pedo? —comentó Héctor ante la casualidad.

Los espectadores tocaban las palmas; algunos se movían al ritmo de la canción; otros cantaban las partes que se sabían. En el medio del coro, una de las mujeres del grupo bailaba al son de la música, moviendo la gran falda de su vestido. La canción terminó poco después de que hubieran llegado. La gente aplaudió. Los más groseros se marcharon antes de que los músicos se acercaran a pedirles unas moneditas a cambio de la actuación. Héctor agarró de la mano a Natalia y la guio en medio de la turba. Poco a poco, la multitud se fue disipando y les fue más fácil caminar.

Natalia miró a su alrededor. Se encontraba en un lugar más bonito de lo que había pensado, y sin embargo, observaba a las personas y se daba cuenta de que parecían algo estresadas, como si fueran con prisas; como si no tuvieran tiempo de apreciar el lugar y el momento en el que estaban. Era tan diferente de su tierra natal…

¡Aquí estamos!

Delante de ellos había una estatua, pero no una cualquiera. Un oso se apoyaba sobre las patas delanteras en un árbol de casi la misma altura que él y alzaba la boca para comer. Natalia sonrió al reconocer el símbolo que tantas veces había visto en libros de editoriales madrileñas.

El oso y el madroño.

Héctor chasqueó la lengua y sonrió con picardía.

Con lo despistada que eres, pensé que no lo reconocerías.

Natalia le pegó suavemente en el brazo con el puño. Héctor preparó su cámara y se acercó a una pareja mayor que en ese momento paseaba a su lado. Natalia sonrió de nuevo al comprobar que no todos los madrileños tenían prisa. Aunque no hubiera podido imaginarse a ese señor corriendo de un lado para otro, y mucho menos a su señora.

Disculpe —les interceptó Héctor—, ¿les importaría tomarnos una foto?

Por supuesto.

El hombre de bigote gris cogió la cámara con cuidado. Héctor se colocó junto a Natalia enfrente de la estatua. El señor apuntó e hizo un par de fotos mientras su mujer esperaba, tranquila. El flash los iluminó dos veces, y entonces Héctor volvió a acercarse al señor.

Mirad a ver si os gusta —les dijo, devolviéndole la Nikon.

Héctor seleccionó la foto. Natalia se asomó a su lado.

¡Qué bonita!

Sí, está padrísima —reconoció el joven—. Muchas gracias.

Gracias —le secundó Natalia.

La pareja sonrió. La señora había vuelto a agarrarse del brazo de su marido.

¿Sois de México? —preguntó el hombre, al reconocer los rasgos y el acento de Héctor.

Yo sí.

Yo no —aclaró Natalia cuando la miraron a ella—. Yo soy de Cádiz.

¡Qué buena combinación! —comentó la señora con la sonrisa más sincera que Natalia había visto desde que había llegado a Madrid.

Sintió que sus mejillas se tornaban rojas. Era la primera vez que le decían algo así, y fue suficiente para hacer que su buen humor se acrecentara.

¡Muchas gracias! —dijo, mientras los señores se despedían de ellos y se encaminaban hacia el centro de Sol.

Natalia se abrazó a Héctor, contenta. Parecía una niña a la que le hubieran hecho un regalo inesperado. Sus ojos brillaban. Y es que a Natalia le hacía feliz los pequeños detalles: una sonrisa, un trato amable…, o en este caso, una frase adecuada.

¿Has oído? Dice que somos una buena combinación.

Se puso de puntillas y le obsequió con un beso en la comisura de los labios. Después, lo agarró de la mano y tiró de él para continuar su marcha.

7

Habían parado a cenar en el primer restaurante que les había entrado por el ojo. Parecía acogedor por dentro y no demasiado caro, teniendo en cuenta los precios excesivos de la capital. El color burdeos de las paredes combinado con algunos toques en negro le daban un punto elegante. La mantelería del mismo color estaba perfectamente planchada y a su alrededor reinaba la limpieza. De fondo se oía un suave hilo musical. Natalia intentó reconocer la canción, pero se rindió al descubrir que la letra estaba en italiano. Un señor alto, de mediana edad, muy estirado y con gafas salió a recibirlos.

¿Mesa para dos?

Sí, por favor.

Natalia sofocó una risilla al ver los andares elegantes del camarero. Sus movimientos eran preciosos y decididos; vestía con un uniforme de trabajo blanco y negro, excesivamente pulcro para tratarse de un restaurante. En su cara solo había seriedad. Debía ser un señor muy meticuloso, tanto dentro como fuera de su trabajo. Fernando, como se llamaba el camarero, acompañó a la pareja hasta la mesa más íntima que quedaba después de haber ocupado las mejores con otras parejas que habían llegado antes. Una vez acomodados, le entregó una carta a cada uno.

¿Qué tomarán de beber los señores?

Coca-cola, por favor —respondió Natalia con una sonrisa.

Otro para mí.

Fernando asintió y volvió sobre sus pasos.

Natalia rio cuando estuvo lo bastante lejos para no oírla.

Me he dado cuenta de una cosa.

Héctor levantó la mirada de la carta para atenderla.

¿Qué cosa, mi amor?

Madrid es muy diferente a Cádiz en todo. ¿Sabes cómo te atienden allí los camareros cuando vas a cenar a algún sitio? —Héctor se encogió de hombros—. Creen que la simpatía y una sonrisa es lo más importante. Obviamente, hay muchos que su trabajo les importa muy poco. Pero los buenos camareros suelen tratarte como si te conocieran de toda la vida. —Miró a Fernando, que esperaba a que el camarero de la barra le preparase las bebidas—. Sin embargo, aquí parece que lo que prima es el respeto y la seriedad. —Se puso muy recta e hizo un gesto solemne con la mano—. Tratarte como si fueras una dama o un caballero…, aunque no lo seas. Sinceramente, tanta seriedad da un poco de miedo. Me gustaría que el camarero sonriera de vez en cuando.

Héctor la tomó de la mano.

En cada lugar es distinto. También depende del tipo de persona con la que trates.

Sí, supongo.

Fernando llegó con sus bebidas y sacó un aparato electrónico de su bolsillo. El tiempo de las libretas había muerto en ese lugar y en muchos otros. Ahora todo estaba informatizado.

¿Han decidido ya los señores?

Natalia corrió a mirar la carta mientras que Héctor pedía lo suyo. No le costó mucho decidir. Fue a por uno de los platos más baratos.

Yo quiero pollo al chilindrón.

¿Con patatas fritas o ensalada?

Natalia miró de soslayo a Héctor y vio que este clavaba sus ojos en ella. Sabía que odiaba la ensalada, a pesar de que las últimas semanas la había comido en algunas ocasiones, intentando acostumbrarse a su sabor.

Con… patatas.

Héctor se tapó la boca con el puño para disimular una sonrisa.

Muy bien.

Fernando recogió las cartas y se retiró de nuevo. Héctor la miró de hito en hito, mientras que ella hacía un puchero y desviaba la mirada a otra parte.

No puedo evitarlo, ¿vale?

Héctor se echó a reír y volvió a tomarle la mano.

Eres todavía una niñita —se burló.

Natalia le soltó la mano y se cruzó de brazos. Héctor sabía que no se había enfadado en serio. Solía ser muy teatrera y le encantaba jugar a discutir.

No soy una niñita.

Héctor bebió de su refresco sin quitarle ojo a su chica.

Eres mi niñita.

Natalia se sonrojó y bajó la mirada hasta su falda ante aquellos ojos castaños que se clavaban en ella y la ponían nerviosa. Lanzó un gruñido al aire, indicando que no estaba conforme. Héctor sonrió. Había vuelto a dejarla sin palabras. Siempre se le hacía tan fácil… Se le antojaba encantador cuando se sonrojaba y esquivaba su mirada. Entonces comenzaba a removerse inquieta, pensando en algo que decir, pero nunca encontraba las palabras adecuadas. Mientras la observaba, se le ocurrió algo. No sabía si debía arriesgarse. Tal vez se enfadara con él y no le hablara más en lo que restaba de noche, pero ¿qué demonios? Tenía curiosidad por su reacción. Ya podía imaginársela, temblorosa y adorablemente angustiada.

Así que no te gusta ser una niñita —comentó como quien no quiere la cosa.

Natalia levantó la cabeza por fin.

Es que no soy una niña —aclaró.

Héctor cogió su copa y le dio vueltas al líquido que se hallaba dentro, distraído, como si de un catador de vino se tratase.

Sí, tienes razón. Eres toda una mujer.

Natalia no supo identificar su tono de voz. ¿Serio? ¿Tal vez pensativo? ¿Con cierto toque de lujuria? O tal vez… ¿estaba tramando algo?

Ujum…

Mi mujer…

Natalia tragó saliva. El corazón se le aceleraba cada vez que Héctor le hablaba con tal parsimonia, como si realmente quisiera hacerla sentir mayor de lo que era. Y sin embargo, en esos momentos se sentía tan pequeña e indefensa como una niña. El joven permaneció pensativo unos segundos.

Sí —dijo con decisión—, no me hace falta ningún papel que diga que eres mía. Aunque, la verdad, no me importaría… En un futuro, claro. O tal vez…

La miró, insinuante. Natalia contenía la respiración. Parecía estar impactada con sus palabras. Estuvo a punto de echarse a reír, pero decidió continuar con el teatro.

Al fin y al cabo, ya eres una mujer. No eres ninguna niñita.

Ahora sí que reconoció una nota burlona en su voz. Natalia no se movía, no hablaba, casi no respiraba. Intentaba decidir si lo que estaba aconteciendo solo era una broma o si Héctor se había vuelto loco.

¿Qué…? —murmuró al fin.

¿Acaso no te gustaría? —Héctor se levantó en silencio de su silla y rodeó la de ella, quedando detrás de su espalda. La vio tan tensa que no pudo evitar besarla en la mejilla—. ¿No te gustaría, mi princesa? —Pasó a su lado y se colocó en cuclillas. Natalia lo miró con los ojos levemente humedecidos de no pestañear.

¿Qué haces?

Héctor la tomó de la mano de nuevo y se la besó.

¿No te gustaría que en un lugar como este, en mitad de la cena, me levantara despacio, me acercara a ti y me pusiera de rodillas…?

La respiración de Natalia comenzó a acelerarse. Su cara se volvió del color del tomate, y entonces reaccionó, abochornada.

Héctor, por favor, levántate.

¿Que te besara la mano —Volvió a besarla una vez más—, y te mirara a los ojos…?

Héctor, por favor, que nos mira la gente —le suplicaba. Se había vuelto totalmente hacia él e intentaba con ambos brazos que se levantara y volviera a su sitio. Estaba francamente avergonzada, pero Héctor seguía tranquilo.

¿No te gustaría que te pidiera matrimonio de esa forma, mi amor?

¡Héctor!

Alguien se aclaró la garganta a sus espaldas. Ambos se volvieron hacia Fernando, que traía un plato en cada mano y por su expresión, parecía algo contrariado.

¿Interrumpo algo?

Héctor lo miró desapasionado y con cierto aire burlón. Fue cuando Natalia supo que todo había sido una broma de mal gusto.

Le pedí en matrimonio…, pero me rechazó.

Fernando pareció sentirse un poco incómodo hasta que intervino Natalia.

¡Mentira! ¡Solo me estaba tomando el pelo! —exclamó, moviendo las manos delante de sí a toda velocidad.

Héctor se echó a reír de repente y volvió a su sitio, divertido. Fernando soltó todo el aire que había mantenido por unos segundos en los pulmones y se acercó a la mesa. Por primera vez, Natalia vio una sonrisa en su boca. Dejó los platos y se alejó de nuevo.

¡Eres un capullo! —le soltó, aún sofocada.

Héctor bebió un tragó de su Coca-cola. Después continuó riendo. Había merecido la pena.

Deberías haberte visto la cara, mi amor. Te pusiste pálida y roja al mismo tiempo. Nunca vi nada parecido.

Y se echó a reír de nuevo.

Cabrón… Esto no quedará así —le amenazó.

Dejó la servilleta de su falda encima de la mesa y se levantó. Héctor se asustó por un momento.

¿Adónde vas?

Natalia lo crucificó con la mirada.

Al baño, a refrescarme la cara.

Héctor volvió a sonreír mientras la veía alejarse de la mesa con pisadas que denotaban su enfado. Cogió el tenedor y el cuchillo y los clavó en la tierna carne de ternera. Vio cómo su chica se acercaba a Fernando. Incluso enfadada, para él era preciosa.

Natalia acabó con el espacio que quedaba entre ella y el jefe de camareros. El hombre volvió a sonreír cuando la vio. Seguramente, recordaba lo que acababa de pasar y por dentro se moría de risa.

Disculpe, ¿el baño?

El hombre señaló un pasillo a la izquierda.

Está por ese pasillo, señorita —le indicó, amablemente.

Gracias. —Fernando volvió a sonreírle. Estaba a punto de irse, pero sintió la necesidad de decir algo. Se debatió unos segundos entre soltarlo o no, pero definitivamente, si no lo hacía se arrepentiría durante el resto del viaje—. Señor —lo llamó de nuevo. Fernando se volvió hacia ella—, tiene una sonrisa muy agradable. Debería sonreír más. Creo que a los clientes les gustaría.

Y se marchó sin más, dejando estupefacto al supervisor.

Ya en el baño, mientras se lavaba la cara, pensó que se había metido en lo que no la llamaban, y que seguramente un comentario como ese podría haber sido mal recibido por un hombre tan profesional. Sin embargo, cuando terminaron de cenar y Fernando se acercó con dos postres que hacían la boca agua, supo que no era así.

No pedimos postre —dijo Héctor.

A esto invita la casa —aclaró Fernando, y volvió a sonreír a Natalia.

La chica le devolvió la sonrisa y atacó su postre sin más dilación. Definitivamente, aquella era su noche.

8

La suave melodía de piano que emanaba del portátil de Héctor danzaba en el aire y llegaba hasta el cuarto de baño. La luz estaba apagada, y lo único que daba algo de visibilidad era la tenue luz de las velas. Natalia se había encargado de meter en su maleta unas cuantas junto con un mechero que le había cogido prestado a su madre. Había planeado aquella escena desde hacía semanas. Sabía que a Héctor le encantaría la idea, pero obviamente no le había dicho nada. Quería que se tratara de una sorpresa. Solo se oía el relajante murmullo del agua cuando alguno movía alguna extremidad y la música que entraba por la puerta abierta. Natalia exhaló un suspiro de felicidad. No podía imaginar una noche mejor que aquella. Sentía que en cualquier momento podría quedarse dormida en la bañera, con la cabeza apoyada en el pecho de Héctor y arropada por sus brazos y el agua. Héctor besó su mejilla y la apretó con fuerza. Necesitaba hacerlo de vez en cuando para estar seguro de que no estaba soñando. Natalia bostezó y volvió a acurrucarse junto a él.

¿Tienes sueño, mi vida?

No, es que esto me relaja mucho —explicó en voz baja, como una niña a la que se le cierran los ojos del cansancio.

A mí también. —Apoyó su cabeza contra la pared y también él cerró los ojos—. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí tan bien.

Ha sido una buena idea traer las velas, ¿eh?

Fue mejor idea que vinieras. —Acarició uno de los rizos que colgaban de su moño alto y enredó sus dedos índice y corazón en él—. De verdad, gracias por venir, mi amor. Es muy importante para mí que estés en mi presentación.

Para mí también es muy importante. —Natalia se volvió y lo besó en los labios—. Estoy muy orgullosa de ti.

Héctor sonrió. Natalia sabía qué decir para hacerlo sentir bien, y sobre todo, para hacerlo feliz. Deslizó sus dedos por los hombros de ella, bajó por el brazo y acarició la tersa piel de su pierna. Vio cómo una sonrisa se formaba en sus labios. Él también sabía cómo hacerla feliz. Hacía unos meses, hubiera jurado que no sabía nada de mujeres, pero ahora que tenía a su lado a una pareja de verdad, se daba cuenta de que era todo lo contrario. No era él el que había estado equivocado en sus años de matrimonio.

Has crecido —dijo de repente.

Natalia abrió los ojos. Primero, lo miró a él, y después miró sus piernas.

¿Sí? Yo me veo igual que siempre.

No solo se crece de estatura.

¿Por qué lo dices? No he cambiado mucho desde que nos conocimos por primera vez.

Héctor se encogió de hombros.

Te ves más adulta. Cuando nos conocimos no parabas de hablar y estabas toda nerviosa…, pero ahora estás tranquila, relajada, y no hablas demasiado.

¡Sí que hablo! —objetó ella, como si su comentario fuera algo negativo—. Lo que pasa es que ahora estoy muy atontada.

Pero no es igual. Tal vez tú no lo notes, pero yo sí.

Natalia estaba a punto de volver a replicar; entonces, Héctor la besó. Con una sonrisa, se separó durante un segundo.

¡Shhh, cállate!

Y volvió a besarla.

¿Que me calle? —repitió ella, fingiendo estar indignada.

Se miraron por un momento, retándose mutuamente. Ella lo desafiaba a repetir lo que acababa de decir; y él a ella a hacer algo de lo que pudiera arrepentirse. Héctor alzó las cejas un segundo, lo bastante como para hacer reaccionar a Natalia, que le propinó un lametazo en la punta de la nariz. Héctor se secó tranquilamente con el puño, mostrando una sonrisa juguetona.

Te arrepentirás de lo que acabas de hacer…

9

¿Cuánto crees que es un precio razonable? —le preguntó Héctor, mientras se dirigían al embarcadero del parque del Retiro.

Natalia lo pensó un poco. No era buena adivinando precios.

Estaría dispuesta a pagar hasta diez euros, pero no más —sentenció.

Caminaron bajo la sombra de grandes árboles donde centenares de pájaros le cantaban al sol. El estómago de Natalia empezaba a protestar, exigiendo algo de comida, pero quería aprovechar el tiempo. Aún era muy temprano, y no sabía si a cierta hora cerrarían el negocio de las barcas. Llevaba demasiado queriendo montar en una.

Desde unos metros antes de llegar al embarcadero, buscaron con la mirada algún cartel que indicara los precios, pero no había nada. Ni siquiera anunciaban el horario.

Eso lo hacen para que nos acerquemos y piquemos en la trampa —susurró Natalia con tono lúgubre.

Héctor rio y se acercó él solo al mostrador. Natalia permaneció algo más alejada por si tenía que salir huyendo. Héctor se volvió hacia ella.

Son cinco euros, mi amor.

¿Cinco euros? —repitió Natalia, corriendo hacia él—. Es más barato de lo que pensaba.

¿Entonces montamos?

¡Sí!

Héctor pagó las entradas y enfilaron hacia el muelle, donde una pareja salía de su barca con cuidado y se despedían de los encargados. Estos les hicieron un gesto para que se acercaran, y agarraron la embarcación para que pudieran montar sin peligro.

Tenéis hasta la hora que pone en el ticket —les indicó, y dejó que Héctor tomara los remos.

La salida del muelle fue desastrosa. Héctor no se aclaraba con el manejo de la barca y chocaban con otras que estaban amarradas. Natalia reía ante los continuos y vanos esfuerzos del chico, que con sus gafas de sol negras parecía un mafioso. Después de varios intentos, consiguió enderezar la barca, y pudieron navegar derechos.

Oh, sole mio… —cantaba Héctor, imitando a los gondoleros venecianos.

Natalia no podía parar de reír.

¡Eres un torpón! —se carcajeaba de él.

¿Te crees que esto no cansa los brazos, shiquilla? —respondía él, intentando imitar su acento andaluz.

¡Bah, quejica! —Hizo un puchero—. Se suponía que tenías que ser el fuerte caballero que lleva a su dama de paseo por el lago…, pero eres un debilucho.

Ah, pues si te parece tan fácil, toma tú el mando, remera profesional.

Natalia sonrió. Ya se había picado. Al cambiar de sitio, la barca se tambaleó levemente, y Natalia se sentó con cuidado en el lugar de los remos. Había visto cómo se hacía en cientos de películas. Solo había que mover los brazos hacia atrás y hacia delante.

La barca se puso en marcha, recta, sin torceduras. A Natalia le resultaba demasiado fácil.

¡Lo hago mejor que tú!

Presumida, ¡yo te enseñé!

¡Mentira! ¡Aprendí con las películas! —Y empezó a cantar, rememorando cierta escena en barca de una de sus películas Disney favoritas—. Shalalalalala, ¿qué pasó? ¡Qué lástima me dio, que no la besará… Uoh, uoh!

Héctor empezó a reír.

Cálmate, Sirenita.

Natalia giró hacia la izquierda y dirigió la embarcación hacia el monumento de piedra —cuyas escaleras se introducían en el agua—, remando incansablemente.

La sirenita quiere ir a las fuentes —anunció—. Quiero pasar por al lado del agua.

Héctor no habló esta vez. Se quedó callado, observándola remar con energía. Volvía la cabeza hacia atrás, midiendo las distancias entre la barca y el monumento, entonces decidía que tenía que ir más rápido y volvía a avanzar. Parecía una niña entusiasmada con un juguete nuevo.

Nunca pensé que montaría en barca —comentó en un tono nostálgico—. La verdad es que me parecía muy aburrido, y sin embargo… ¡Eh, cuidado!

Natalia se había acercado demasiado al monumento, y la barca avanzaba peligrosamente hacia el chorro de agua que escupía la escultura de un pez.

¡Ay, que nos chocamos!

¡Corrígela, nos va a mojar! —exclamó Héctor.

¡Puedo tocarlo!

¡Pero corrígela, corrígela!

Demasiado tarde. Pasaban por delante del chorro de agua, que en ese momento caía dentro de la barca. Ambos gritaron y Natalia empezó a reír como una desquiciada. La barca naufragó sin rumbo hasta chocar con la piedra. Natalia intentaba mover los remos para sacarla de allí, pero la risa le impedía maniobrar.

¡Ay, que no puedo!

Héctor se puso en pie, agarró la barandilla que separaba el lago de monumento y empujó para impulsar la barca lejos.

Las cosas que tiene que hacer uno… Creo que tendré que volver a los remos.

Natalia remó hacia el centro del estanque. En ese momento envió una mirada desafiante a Héctor sin perder la sonrisa. Maldito karma. No debería haberse metido con él.

De eso nada. Yo soy la capitana de este barco.

10

Esa noche, Natalia cayó en los brazos de Morfeo antes que Héctor, que se había quedado trabajando en algunos asuntos de la presentación que tendría lugar al día siguiente. En ese momento, retransmitían en la televisión una comedia romántica que Natalia había estado viendo antes de quedarse dormida. Héctor la apagó con el mando y arropó a su chica, que tumbada a lo largo de la cama, abrazaba las sábanas con las piernas y la almohada con los brazos. Después la besó en la frente y volvió al trabajo que le esperaba en el ordenador. Aún tenía que terminar el powerpoint con el que marcaría los diferentes puntos de la conferencia. En la pantalla, parpadeaba una ventana de conversación. Era Messías, que le preguntaba cómo iba todo. Héctor miró la hora, y decidió que nunca era demasiado tarde como para hablar con un amigo, y que podía dedicar unos minutos de su tiempo a otra cosa que no fuera trabajo.

11

Natalia y Héctor corrían de un lado para otro en la habitación del hotel. Héctor no se lo podía creer. Era uno de los días más importantes de su vida y se habían quedado dormidos. ¡Los dos! Llevaban tantas noches durmiendo lo menos posible para poder pasar más tiempo junto al otro, que cuando habían llegado de su visita turística a Madrid, se habían tumbado en la cama y se habían sumido en un sueño profundo. Ni siquiera habían puesto el despertador. No tenían previsto echarse una siesta. Natalia fue la primera en terminar de arreglarse. Se enfundó su vestido floral y se peinó y maquillo un poco. En menos de quince minutos estaba lista para salir. Héctor, sin embargo, parecía más nervioso.

¿La camisa por fuera o por dentro? —le preguntó a Natalia.

A ver, métetela por dentro.

Héctor obedeció con máxima rapidez, y esperó a ella decidiera.

Por dentro —sentenció, acercándose y llevando sus manos al cuello de la camisa—. Déjame que te lo arregle. ¿Tienes todas tus cosas?

Sí, todo listo.

Pues, vámonos, corre.

Cerraron la puerta y salieron disparados por el pasillo alfombrado del hotel. Bajaron en el ascensor y salieron a la entrada, pero un sonido familiar los detuvo.

¡Está lloviendo! —exclamó Natalia.

¡Mierda, traigo la laptop en la bolsa!

Vamos a tener que correr hasta la entrada del metro.

Caminaron aprisa por debajo de los balcones, y esperaron bajo un portal a que el semáforo cambiase de color. La lluvia apretaba cada vez más y no parecía tener intención de parar en un buen rato. El semáforo se puso en rojo para los coches. Héctor cogió de la mano a Natalia y emprendieron la carrera hasta la boca del metro. Una vez cubiertos, no se detuvieron y corrieron hasta el túnel del tren correspondiente.

¡Allá está! —exclamó Héctor.

Un último sprint, y se colaron a lo justo por las puertas del primer vagón que vieron. Las puertas se cerraron tras ellos y el metro se puso en marcha. Héctor y Natalia se sentaron en unos asientos libres y cogieron aire. Al cabo de unos segundos se miraron el uno al otro. Estaban exhaustos, mojados y con la cara colorada. Natalia sonrió y ambos se echaron a reír.

¿Te has mojado mucho los pies? —le preguntó Héctor, al ver las sandalias veraniegas que llevaba la joven.

No mucho. No me he traído zapatos cubiertos. No pensaba que fuera a llover.

Con el buen tiempo que hizo hasta hoy…

Cuando llegaron al espacio literario, dejó repentinamente de llover. Héctor pidió perdón por el retraso, pero nadie tenía nada que reclamarle. Al fin y al cabo, ese día él era la estrella. Lidia, su editora, se encargó de todo con ayuda de Fernando Gómez, un filólogo que Héctor había tenido el placer de conocer la vez pasada que estuvo en Madrid. Allí también se encontraban Luis Jaén, el filósofo, y Deyanire Polo, de la revista La tinta madrileña, pero en esa ocasión no se encontraba Hugo Ramírez, el crítico de arte. Prepararon la iluminación, el sonido de los micrófonos y el portátil de Héctor para que un vídeo que él mismo había preparado pudiera proyectarse en la pared del fondo.

La sala estaba llena y todo el mundo tenía su sitio. La gente estaba preparada para dar la bienvenida al escritor mexicano.

Hay más gente de la que esperaba —comentó Héctor.

Si te digo la verdad, yo tampoco sabía que iba a venir tanta gente —se sinceró Lidia—. Anda, toma asiento junto a Luis. Ya vamos a empezar.

Se hizo el silencio una vez que Fernando Gómez, con un micrófono en la mano, se adelantó un par de pasos por delante de la mesa en la que Héctor y Luis esperaban su turno para hablar.

Buenas tardes a todos. Gracias por asistir a la presentación del libro El corazón de Yucatán. Me llamo Fernando Gómez, y voy a hablar un poco del autor aquí presente antes de cederle la palabra al filósofo Luis Jaén para que diga unas palabras acerca de la obra.

»Héctor I. García nació en Cancún (México) y se licenció en Administración de Empresas Turísticas por la Universidad La Salle de Cancún, pero desde pequeño sintió una profunda pasión por el mundo de las letras…

Fernando hablaba y hablaba de Héctor como si supiera toda su vida, pero Natalia, sentada cerca de su chico, no escuchaba. Ese hombre no podría decir nada que ella no supiera todavía. Solo acertaba a observar a su novio, embriagado por la emoción del momento. Se preguntó qué se sentiría al estar sentada en el sitio de él, con toda esa gente observando, dispuesta a escucharte y, sobre todo, a leer lo que has escrito.

Todavía no había llegado su momento, pero era el momento de Héctor y eso la hacía feliz. Sabía cómo debía estar sintiéndose él, porque ambos compartían ese sueño que, al menos uno, estaba empezando a cumplir. Era dichosa por poder compartirlo con él, y el día que fuera ella la que presentase su libro, quería que Héctor estuviera allí, igual, o al menos la mitad, de orgulloso de lo que ella se sentía.

Y sin más dilación, dejo paso a Luis Jaén.

Los aplausos llenaron la sala, y Luis se levantó de su silla para tomar el relevo. Luis Jaén era profesor de filosofía en la Universidad de Madrid, y su experiencia delante de las masas se dejaba ver en el dominio de la dialéctica, en su modo de expresarse y en la forma de mover las manos. Durante unos minutos, habló de El corazón de Yucatán, de los puntos fuertes del libro y de lo que más le había impresionado de este. Natalia no podía saber si todo lo que salía de su boca era verdad o solo mentía para vender, pero no podía negar que sus ganas de tener un ejemplar en las manos aumentaban a medida que Luis alababa el trabajo de Héctor. A continuación, pusieron el vídeo que Héctor traía preparado: una especie de tráiler que, sutilmente, daba a conocer los misterios que aquellas personas podrían encontrar en las páginas del libro. De fondo, sonaba una música maravillosa, totalmente acorde con las imágenes del vídeo. De repente, la música acabó, y las imágenes dieron paso a la figura de un joven de pelo rizado sentado delante de un piano electrónico. El chico sonrió a la cámara.

Hola, ¿qué tal? Soy Abraham García, el hermano de Héctor. Y la música que acaban de escuchar es el soundtrack de la novela El corazón de Yucatán.

Abraham hizo un gesto con la mano, y su imagen se desvaneció para dar paso a la portada del libro, con la que volvió a sonar una de las canciones que formaban parte de la banda sonora. Segundos después, la música se cortó de nuevo, y Abraham volvió a aparecer en la pantalla.

Cuando Héctor volvió de España surgió la idea de hacer un soundtrack para su novela. Se acercó a mí y estuvimos platicando de cómo podíamos hacer. Así que empecé a hacer las maquetas, estuve componiendo con ideas que tenía ya pensadas, y más tarde se las mostré a Héctor. Entonces me puse a grabar, pero sentía que faltaba algo. Así que investigué más sobre la mitología maya, sobre su música, los instrumentos que utilizaban…

»Estuve trabajando mucho en este proyecto hasta que conseguí el resultado que esperaba. Después de que las canciones fueran grabadas, editadas y mezcladas, quedó lo que ahora ustedes pueden escuchar.

»Aprendí mucho con este proyecto, pues es un campo que nunca había experimentado. Fue muy enriquecedor, y lo más interesante de todo fue pasar una historia ya escrita a la música. Les invito a pasar a la página web que aparecerá a continuación para que puedan escuchar el soundtrack completo de El corazón de Yucatán en compañía del libro. Estoy seguro de que lo disfrutarán mucho.

Abraham realizó una despedida hacia la cámara y su imagen se desvaneció de nuevo, esta vez para no volver. Fue el momento en el que Héctor se levantó de la mesa y caminó hasta el atril.

Natalia tragó saliva, nerviosa. Parecía ella la que tenía que salir a hablar.

Buenas tardes. Gracias a todos por venir —dijo Héctor en primer lugar—. Este que acaban de ver es mi hermano Abraham, al que le pedí el favor de componer un soundtrack para mi novela.

No sé cómo estará la novela, pero la música me ha gustado mucho —escuchó Natalia que le decía en voz baja la señora que estaba sentada a su lado a otra mujer de su misma edad.

Natalia sonrió. Habían logrado causar buena impresión.

Héctor comenzó a hablar de su libro, de cómo surgió la idea, de los viajes y la investigación que tuvo que recopilar para escribirlo. Estaba tranquilo y seguro de sí mismo. Hablaba sin trabarse y despreocupado. Ese era su día, y estaba disfrutando al máximo de él. Natalia escuchaba atenta y más enamorada que nunca. Tenía ganas de gritar a los cuatro vientos que el joven del atril era su novio. Su pecho se henchía de orgullo al verle allí, relajado y feliz. En ese instante, supo que quería compartir todos esos momentos con él; estar a su lado en cada uno de sus éxitos, contemplando esa sonrisa que tanto le gustaba.

Después de la presentación, llegó el turno de preguntas. Más tarde, los presentes pudieron adquirir el libro en la entrada de la sala, y una vez comprado podían ponerse a la cola para conseguir la firma del autor.

Natalia esperaba a que Héctor acabara para acercarse y darle la enhorabuena. Sentada en el sofá, vio a Lidia caminar hacia ella. Tenía un ejemplar de El corazón de Yucatán en las manos. Se sentó a su lado y, con una sonrisa, le tendió el libro.

Toma, este es para ti.

¡Gracias!

Natalia cogió el libro como si fuera un tesoro y tocó la portada con cuidado. Lo primero que hizo al abrir el libro fue oler sus páginas y probar el tacto de estas, como siempre hacía con cada nueva novela que adquiría. Entonces, pasó la primera página y la segunda hasta llegar a las dedicatorias. Sonrió al ver que mencionaba a algunos de sus amigos o a sus familiares, pero cuando llegó al último párrafo su sonrisa desapareció. Allí, grabado en el papel, estaba su nombre.

Tragó saliva.

No podía ser.

Contuvo la respiración.

Pero era. Allí estaba su nombre.

«Natalia, el ángel que me ayudó a resurgir de las sombras, esta historia es para ti.»

Sonrió, tapándose la boca. Volvió a leer la frase una y otra vez. Los ojos se le habían llenado de lágrimas. Cerró el libro por miedo a mojar las hojas y pasó el dorso de la mano por ambos. Miró hacia Héctor, esperando que él se girara y la descubriera emocionada; pero estaba demasiado ocupado firmando ejemplares como para darse cuenta.

¿Por qué no te pones en la cola para que te lo firme? —propuso Lidia.

Natalia se levantó y caminó hasta el último de la fila, abrazando el libro. Volvió a secarse los ojos con las manos. Héctor fue despachando uno por uno con rápidas dedicatorias y amables comentarios a la persona que hubiera comprado la novela. Cuando se acercó ella y le entregó su ejemplar, Héctor se quedó sin palabras, con la mente en blanco y el bolígrafo inmóvil sobre el papel. Rio y finalmente garabateó un par de frases en la primera página. Firmó con su nombre y se lo devolvió. Natalia esperó unos segundos con el libro en la mano, sin saber qué hacer. Había gente esperando tras sí, y una muestra de afecto allí en medio tal vez no era lo más indicado. Dio un paso al lado para irse, pero en el último momento se volvió hacia él y quiso besarle en la mejilla. Héctor, sin embargo, giró la cara y le rozó los labios.

Natalia salió de la fila, colorada y nerviosa. Hubo un par de personas más que pidieron la firma del escritor. Mientras tanto, Natalia aprovechó para leer la dedicatoria:

Disfruta de esta historia. Tú más que nadie sabes lo que significa este sueño. Te amo sobre todas las cosas. Héctor. I García.

Después de las firmas, Lidia organizó todo para la sesión de fotos con la portada de la novela y dos modelos vestidas iguales. Natalia se sorprendió gratamente al descubrir que sus vestidos contenían la portada del libro en la parte delantera. La gente se reunía alrededor para ver posar al escritor, primero con las modelos; después con Luis Jaen y Fernando Gómez; por último con Deyanire Polo; pero nunca con Lidia, su editora.

Lidia se volvió hacia Natalia, que miraba atenta la sesión de fotos.

Cuando termine con estas, te pones tú con Héctor.

Natalia enrojeció de repente.

¿Yo? Anda ya, ¿qué pinto yo ahí? —preguntó, pero Lidia no le hizo ni caso.

Al ver que no tendría opción, Natalia se encogió y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Parecía que era su presentación, y no la de Héctor.

¿Tú eres la novia de Héctor? —le preguntó una señora de avanzada edad que se encontraba detrás de ella. Natalia asintió, y su voz salió como un murmullo ahogado—. ¡Ya decía yo! ¡Pero si estás nerviosísima!

Sonrió, y señaló a su chico, que seguía posando para las cámaras.

Estoy yo más nerviosa que él.

Y que lo digas. Héctor está fresco como una rosa. Pareciera que hace esto todos los días.

Héctor miró hacia ella y le hizo un gesto. Deyanire se separó de su lado. Había terminado su momento de flashes.

Natalia, ven acá.

Lidia le indicó también que ya podía acercarse. Natalia tragó saliva y caminó, vacilante. Héctor la abrazó con fuerza y pretendió que posaran de esa forma. Lidia hizo un gesto de separación con las manos.

A ver, primero una separados, ¿vale, tortolitos?

La gente rio. Ellos también.

Natalia colocó el libro por delante de ella, sonrió y las cámaras empezaron a disparar.

La tacita de plata

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XVIII

La Tacita de plata

1

Natalia llevó a Héctor de paseo por el interior de Cádiz. Era una visita rápida al corazón de su ciudad para llegar de nuevo al punto del que habían partido.

¿Para qué quieres volver al principio de nuevo? —le había preguntado Héctor.

Natalia le había sonreído.

Porque no quiero que te pierdas nada. Tenemos que seguir un orden.

Y lo seguirían, pero antes habían decidido parar a comer en el Burguer King. Pidieron dos menús de ternera y pollo respectivamente y en menos de lo que canta un gallo estaban comiendo junto a la cristalera con vistas al puerto. O, mejor dicho, Héctor era el que comía, pues Natalia hablaba sin parar y de vez en cuando le pegaba un bocado a su hamburguesa. La luz del sol acentuaba sus rasgos y doraba su pelo.

Natalia chasqueó los dedos delante de él.

Eh, ¿me estás escuchando?

Tus ojos son hermosos —dijo Héctor en una especie de trance.

Las mejillas de Natalia se tornaron de un color rojizo, y como hacía siempre que se sentía avergonzada, bajó la mirada y rio.

No me hagas la pelota, anda.

Es en serio. Son cambiantes dependiendo de la luz. Nunca me cansaría de admirarlos. Son únicos.

Natalia pensó en qué decir, pero su mente no hacía más que repetir una y otra vez las palabras de Héctor.

Anda, cómete la hamburguesa, que tenemos que irnos —le dijo, intentando cambiar de tema, y le pegó un gran mordisco a la suya. Héctor sonrió. No podía evitar sentir ternura ante su inocencia, una característica no propia de la edad, sino de su esencia.

Salieron del Burguer King atiborrados. Los nervios del encuentro les había cerrado el estómago a ambos; sobre todo a Natalia, que se había llenado con el segundo bocado de su hamburguesa. La temperatura no podía ser mejor, en el cielo no había una sola nube y el sol relucía como nunca. El levante característico en la Tacita de plata estaba dando una pequeña tregua y soplaba con calma. Todos los factores se habían unido para hacer del diez de marzo un día memorable e imposible de olvidar.

¿Estás listo para el tour?

¿Acaso lo dudas?

2

El puerto y el ayuntamiento fue lo primero que vieron. A Héctor le sorprendió reconocer un cierto parecido con la Habana. Nunca había estado allí, pero había visto fotos y había grandes similitudes. Miraba hacia todos lados. Le encandilaban edificios a los que Natalia no había dado ninguna importancia. No podía imaginarse cuán diferente debían ser sus países como para que él se sorprendiera con un edificio que no se salía de lo común. Pasando por la fuente de las tortugas, llegaron a la Plaza de España, centrada por el monumento conmemorativo de la Constitución de 1812, que representaba un gran hemiciclo flanqueado por alegorías de la guerra y frutos de la paz. El texto constitucional se erigía sobre un alto pilar en cuya base se situaba la Justicia.

Algo en el cielo llamó la atención de Natalia. Una docena de pájaros de color verde volaron por encima de sus cabezas y planearon hasta las ramas de unos árboles cercanos. Héctor sacó su cámara Nikon de la funda y enfocó hacia las pequeñas aves como todo un profesional. Natalia se posicionó a su lado.

Me encantaría tener una cámara como esa.

Es tuya, mi amor. Todo lo mío es tuyo.

Entonces, ¿puedo llevarla yo y hacer las fotos?

Héctor le tendió la máquina sin dudarlo.

Ahora no solo eres la guía no autorizada, también eres la fotógrafa oficial de nuestra aventura.

Natalia agarró la cámara con cuidado y saltó de alegría mientras enfocaba todo lo que encontraba a su alrededor.

Bueno, guía no autorizada, ¿por dónde continuamos?

Por allí.

Las murallas de San Carlos se erguían delante de ellos robustas e imponentes, constituyendo un gran conjunto defensivo.

Ponte ahí. Voy a hacerte una foto.

Mejor ponte tú conmigo.

Natalia le entregó la cámara, él estiró el brazo y el flash hizo el resto.

Vamos a subir por esas escaleras —sugirió la chica—. Quiero ver qué hay por encima de las murallas.

¿Nunca has subido?

La verdad es que no. Siempre he ido por abajo.

Descubriendo Cádiz.

Lo que había encima de las murallas era una gran explanada de suelo liso sin ningún tipo de obstáculos.

En los laterales podían descubrirse los huecos que una vez habían sido utilizados para los cañones, y al fondo, se encontraba el mar. En el aire, se escuchaba la melodía que tocaba una banda de música compuesta por distintos instrumentos de viento y de percusión.

¿Qué es esa música?

Están ensayando para la Semana Santa. Las bandas de música suelen reunirse en la Punta de San Felipe —explicó.

Está muy bonita.

Sacó la cámara, y la puso en modo vídeo. Enfocó todo el lugar y dejó que la máquina captara las apasionadas notas y las palabras de Natalia, que intentaba explicarle cómo era allí la Semana Santa.

… Son imágenes sobre la vida de Jesús. Y van acompañados por penitentes y por la banda de música.

Allá en México solo se representa la pasión, y es todo muy triste.

No, aquí se representan muchísimas partes de su vida.

Oye, por lo que oí, ustedes siempre están de fiesta, ¿no?

Natalia soltó una carcajada. Solía molestarle que dijeran que los españoles, en concreto los andaluces, hacían el vago a todas horas y siempre estaban de juerga, pero Héctor lo había dicho sin mala intención.

Tenemos fama de fiesteros, la verdad.

Recorrieron toda la explanada hasta que llegaron al final de la misma y se apoyaron en la pared de piedra para dejar que las notas que la banda interpretaba llegaran hasta sus oídos y relajara sus cuerpos y sus mentes. Héctor observó el mar desde donde estaba. Un mar de un color más oscuro que el que estaba acostumbrado a ver en su querido Cancún, pero el mismo mar al fin y al cabo.

Me encanta.

Y a mí. ¿No te gusta el sonido de las olas?

Es lo que más me gusta.

Colocó una mano sobre la de ella y la acarició con el pulgar. Luego, agarró la cámara e hizo una foto a sus manos unidas, esperando que siguieran así por siempre. Natalia miró sus manos y descubrió una similitud poco corriente. Ambos tenían un lunar en el mismo lugar de la mano.

Mira, iguales —le dijo.

Héctor le sonrió.

¿Necesitas más pruebas de que estamos hechos el uno para el otro? —le preguntó, volviendo a juntar sus manos.

Nunca las he necesitado.

3

Podía decirse que la Alameda Apodaca era el rincón más romántico de Cádiz. Sus jardines estaban llenos de fuentes de agua clara y plantas de distintos tipos. Los paseos, decorados con bustos conmemorativos y monumentos. Las farolas y los bancos de estilo sevillano inspiraban andalucismo en estado puro y la balaustrada de piedra era un auténtico balcón al mar.

¡Guau, mira esos árboles!

Los Ficus centenarios se alzaban hacia el cielo en todo su esplendor. Las grandes y gruesas ramas era el sueño de todo niño aventurero.

Cuando era pequeña siempre quería subirme a ellos —comentó Natalia—. Creía que en la parte de arriba podría tocar el cielo.

Son enormes —murmuró Héctor, embelesado.

Natalia reconoció en sus ojos el brillo que hacía unos aparecía en sus mismos ojos cuando soñaba con alcanzar la parte más alta del árbol. Se volvió hacia él y lo besó en la mejilla. En el fondo era un niño que había estado encerrado en una celda por demasiado tiempo, y en ese momento lo único que quería era saborear la libertad.

Ahora vamos al parque Genovés. Podrás ver mi Universidad desde fuera.

Caminaron despacio allí, admirando el mar a su derecha y escuchando las olas que rompían contra las rocas. El parque Genovés era la zona verde más amplia del casco histórico de la ciudad. Estaba abarrotado de diversas especies de plantas y árboles, siendo las más comunes las palmeras y los cipreses. A Héctor le llamó poderosamente la atención el hecho de que unos árboles tropicales como eran las palmeras se encontraran en un lugar con un clima tan frío como aquel.

¿Esa es tu Universidad? —pregunto Héctor, señalando a través de los barrotes unas grandes puertas de madera.

Sí, esa es. Facultad de Filosofía y Letras.

Está bien chida. Y las vistas son espectaculares. Tienes suerte de estudiar acá.

Natalia ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento de la razón que tenía Héctor. Estudiaba en un lugar con vistas al mar y a un parque precioso. Era algo que poco le había importado anteriormente. Solía estar tan ocupada a diario con las clases que apenas tenía tiempo para disfrutar del paisaje que se mostraba a través de las ventanas. Pasearon cerca de la fuente de los niños bajo el paraguas y vieron a los patos nadar en el estanque. Poco a poco, la tarde empezaba a caer.

Quería enseñarte el Teatro de Falla, pero se nos hace tarde. Prefiero que veas la Catedral. Seguro que te encantará.

Y de la mano, lo guio hasta la salida. Todo iba a las mil maravillas hasta que lo vio a él. Sus piernas se detuvieron como si una pared invisible la hubieran frenado, su corazón se aceleró violentamente y su cara palideció hasta quedar mucho más blanca de lo que normalmente era.

¿Natalia? ¿Qué pasó?

Natalia se volvió hacia él y lo abrazó con fuerza.

El chico que está en la salida —le indicó.

Héctor dirigió su mirada hacia el joven que se encontraba apoyado en la pared, al lado de la puerta del parque. Era un chaval de veintipocos años, pelo negro y algo pasado de peso. Vestía con unos pantalones vaqueros y una sudadera de rayas azules y amarillas. El aspecto que ofrecía hizo que lo reconociera de inmediato. Había escuchado hablar demasiado de él. No miraba directamente hacia ellos, pero Héctor sabía que disimuladamente los estaba observando.

¿Es David?

Natalia asintió.

¿Cómo demonios lo ha sabido?

¿Crees que lo ha hecho adrede? —le preguntó Héctor.

Sí —afirmó con convicción—. David nunca sale. Menos aún por Cádiz. Alguien lo ha tenido que avisar.

Héctor depositó un beso sobre su frente y la abrazó con fuerza.

Vamos por la otra puerta —le pidió ella.

No —se negó Héctor—. Tú no tienes por qué huir de nada. No hiciste nada malo. Si ese niño es masoquista, qué pena por él. Pero no le daremos el gusto de fastidiar nuestro día.

Y sin decir más, la besó, a sabiendas que David lo vería. Quería que supiera que había perdido su oportunidad, que ella jamás volvería con él, que había destruido su relación por no saber tratarla. Ahora estaba con él, y se encargaría de que eso fuera así por el resto de su vida.

Vamos.

La agarró de la mano y caminó hacia la salida. A medida que se acercaban, Natalia tenía la sensación de que se le saldría el corazón por la boca. Al llegar a la puerta, cruzaron sus miradas, y Natalia decidió que no tenía por qué sentirse culpable.

Hola —fue lo único que dijo al pasar al lado de él.

Hola.

Y desaparecieron el uno de la vista del otro. Héctor sujetó su mano con firmeza, y una vez que se alejaron y Natalia se hubo calmado, la chica besó su mano y se abrazó a él. Solo había sido una prueba más.

4

Caminaron por la avenida de Duque de Nájera aún con el mal sabor de boca. Cuando llegaron a la playa de la Caleta, Natalia se obligó a olvidar lo que había ocurrido, por Héctor, por ella misma. Era su día especial y nada ni nadie iba a estropearlo, y menos aún un fantasma del pasado que lo único que quería era atormentarla. En la playa apenas quedaban unos chavales vestidos con gruesas sudaderas que se dedicaban a jugar al fútbol en la arena, disfrutando del buen tiempo que les había tocado después de días tan fríos.

El sol empezaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el mar con su reflejo anaranjado y coloreando el cielo de tonos malvas, rosas, azules y anaranjados. Natalia se apoyó en la balaustrada de piedra y Héctor la abrazó por la espalda. Comenzaba a refrescar y Natalia posó su mano sobre la de él. Su tacto era áspero por culpa del frío. Despacio, enredó sus dedos entre los de Héctor.

Siento lo de antes.

Héctor la obligó a volverse y la abrazó con firmeza por la cintura.

Olvídalo. Es nuestro día. Solos tú y yo. No cabe nadie más.

Natalia sonrió.

Nadie puede estropearlo.

Nadie —corroboró él.

La besó sin prisa, como si fueran dueños del tiempo. ¿Qué importaba el espectáculo de colores con que les obsequiaba el atardecer? Era por esos momentos por los que merecía la pena haber cruzado el océano, y sin duda lo cruzaría mil veces más con tal de volver a vivirlos.

Héctor.

¿Sí, chiquita? —preguntó juntando su frente con la de ella sin abrir los ojos.

La chica permaneció callada unos instantes.

Te amo.

Héctor abrió los ojos y la vio mirando al suelo, sonrojada y nerviosa. Era la primera vez que le decía aquellas palabras en persona, y a esas alturas pensaba que ya no lo haría. El sábado se acercaba a su fin, y al día siguiente tendría que coger un tren que lo devolvería a Madrid, y un avión que lo llevaría hasta Cancún.

Repítelo.

Ella negó repetidas veces con la cabeza.

Héctor agarró una de las manos que Natalia había posicionado en su cuello y besó su palma con cariño. Después, la besó en los labios una vez más, cerrando los ojos con fuerza. Si aquello era un sueño, no quería despertar.

5

Caminando por Campo del Sur, llegaron a un paseo al lado del mar. La noche había caído y el frío se había vuelto más intenso. Natalia se sintió culpable al ver que Héctor tiritaba y se encogía. Debería haberle avisado de que por la noche hacía más frío.

Se abrazó a él y caminaron más rápido.

Ahora vamos a ver la Catedral. Cuando entremos por las calles no hará tanto frío —le aseguró, preocupada por sus continuos tembleques.

Tranquila, estoy bien.

Natalia miró a ambos lados antes de cruzar la calle y llevar consigo a Héctor. No había paso de peatones, y normalmente no se hubiera saltado una regla básica de seguridad vial, pero no quería que su chico siguiera enfriándose. Pasaron a la calle de enfrente y bajaron por una callejuela llena de coches aparcados.

Este es uno de los lados de la Catedral —le dijo, señalando a la gran construcción que se encontraba a su derecha.

Es muy grande.

Aún no has visto nada.

Y llegaron a la plaza, donde la gran señora de Cádiz se alzaba en todo su esplendor. El templo se caracterizaba por una planta de cruz latina con tres naves. La portada mostraba un conjunto de maravillosas formas cóncavas y convexas, y se adivinaban tres estilos: el barroco, el rococó y el neoclásico, reflejo de los tres diferentes arquitectos con los que había contado la construcción. Además, se podían diferenciar distintos materiales en su estructura, como caliza y piedra ostionera.

¡Guau, está padrísima! —exclamó Héctor, alzando su mirada hacia lo más alto de la Catedral—. ¡Es enorme!

Y sacó su cámara, para intentar inmortalizar el monumento, pero el objetivo no podía captar la magnitud de la Catedral. Sobre la inmensa construcción se alzaba la luna, llena y blanca como pocas veces se la veía.

Natalia observaba cada detalle, haciendo un esfuerzo por recordar algunas de las lecciones que había recibido de Historia del arte, pero su mente había guardado toda esa información en Dios sabía qué parte de su cerebro, y no había forma de encontrarla.

Héctor se volvió hacia ella. Miraba fijamente la Catedral, callada y pensativa, con su melena al viento. La luna se encontraba en el lugar idóneo. Apuntó con su cámara a su modelo particular. Natalia se volvió rápidamente al notar el flash sobre ella.

Eres hermosa —le dijo.

Natalia se abrazó a él.

¿Se te ocurre un momento más perfecto que este? —le preguntó.

No. Por más que lo busco, no lo hallo.

Y volvieron a besarse allí, delante de uno de los monumentos más bellos de Cádiz. Poco le importaban las miradas de aquellas personas que pasaban. Debían aprovechar cada minuto que estaban juntos, pues, desgraciadamente, no serían eternos.

Desde la terraza de un restaurante cercano, dos chicas observaban a la parejita y reían; una, deseándole a Natalia toda la suerte del mundo; la otra, pensando que esos dos no debían estar pasando demasiado frío. La primera bebió de su refresco mientras la otra le pegaba un mordisco a su hamburguesa.

También es coincidencia —habló esta última con la boca llena—. ¿Nos acercamos?

Miriam negó con la cabeza.

Es su momento. Dejemos que disfruten. Ya mañana la pillaremos por banda.

Y volvió a llevarse refresco a la boca.

6

¿Adónde me llevas? —preguntó Héctor al ver que Natalia aligeraba el paso.

Es una sorpresa.

Y ¿tenemos que correr tanto para ir?

Nos hemos entretenido demasiado con la cena. Si no corremos, se nos pasará la hora —explicó—. ¡Vamos, te echo una carrera!

Soltó su mano y empezó a correr. Héctor, sorprendido gratamente, se dejó llevar por el momento y corrió detrás de ella. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo como eso. Se sentía libre, feliz. Tenía ganas de reír, de volver a ser un adolescente.

¡No vale, no vale! —gritó Natalia cuando Héctor la adelantó.

La gente los miraba. Algunos reían; otros negaban con la cabeza, pensando en los bellos tesoros que eran la juventud y el amor.

¡No debiste retarme! ¡Soy un corredor nato! —exclamó Héctor.

Natalia aceleró y tendió su brazo para poder sujetarle.

¡Te tengo! —anunció, triunfante, abrazándose a él.

¡Eres una tramposa! —dijo Héctor entre respiraciones entrecortadas.

Ambos se echaron a reír. Natalia miró la hora en su móvil y esperó a que se normalizaran sus respiraciones para hablar.

Ya hemos llegado. ¡Y cinco minutos antes de la hora! —anunció Natalia, entrando por una callejuela estrecha.

Héctor observó las paredes de piedra y las grandes puertas de madera frente a las que se habían parado. Unas letras plateadas anunciaban el Hotel Spa Senator, de cuatro estrellas. El joven se preguntó si Natalia sería tan lanzada como para llevarle a un hotel.

No vamos al hotel —aclaró Natalia, adivinando los pensamientos de Héctor—. Vamos al Spa.

No traigo bañador, ni toalla —dijo él, confundido—. ¿A poco es un Spa nudista?

Natalia sonrió y empezó a mirar por todos lados, buscando algo o a alguien.

Ya tienen que estar al llegar… —murmuró.

¡Natalia! —la llamó una voz femenina.

Miriam corría hacia ellos llevando prácticamente a rastras a Gema, que jadeaba de cansancio. Cada una llevaba en su espalda una mochila. Natalia se acercó a ellas rápidamente.

Menos mal que sois puntuales —suspiró—. ¿Me lo habéis traído todo?

Todo lo que nos dijiste. Esta es la tuya y esta es la de él —puntualizó Miriam, entregándole las mochilas.

Hemos tenido que ir a toda hostia con la moto. Creía que nos la pegábamos —aseguró Gema, pasándose la mano por la frente sudorosa.

Estábamos en la calle cuando nos llamaste —aclaró Miriam.

Uy, lo siento. Pero muchas gracias por hacerme el favor, de verdad.

Oye, es muy mono —comentó Miriam.

No está mal —dijo Gema—. Después nos dices qué tal en bolas.

¡Que solo le llevo al Spa! —murmuró la chica.

Bueno, pero ya que tienes arriba el hotel…

¡Anda, deja de decir chorradas! Siempre igual —la regañó Miriam, y le guiñó un ojo a Natalia—. Anda, preséntanoslo antes de irnos.

Natalia sonrió y le hizo un gesto a Héctor para que se acercara. El joven, que había mantenido las distancias educadamente, no tardó en aproximarse.

Héctor, estas son mis compañeras de piso y amigas: Gema y Miriam.

Es un placer conocerte —dijo Miriam, dándole dos besos.

Igualmente.

Trata bien a nuestra Natalia —dijo Gema después de saludarle de la misma forma.

Tranquila. La cuidaré mucho.

Pues, ¡hala! Que lo paséis bien. Nosotras ya nos vamos, que se os va la hora —comentó Miriam, apretándole fuerte la mano a Natalia—. Ya nos contarás.

Tan pronto como se despidieron, desaparecieron por una de las calles, dejando a la pareja sola de nuevo.

Entremos —dijo Natalia.

Los dos jóvenes se adentraron en el lujoso hotel, donde fueron recibidos por un señor bien vestido y de amable sonrisa.

Buenas noches —los saludó.

Buenas noches —respondieron al unísono.

Héctor pensó que Natalia se pararía a preguntar, pero al parecer ya sabía el camino. Anduvieron por la entrada, sorteando una pequeña fuente que adornaba el lugar y se metieron por una de las puertas de la izquierda. Esta les llevó por una escalera que bajaba. En el camino se encontraron con varias personas que salían de su sesión de baños con expresiones relajadas y sonrientes. Cuando llegaron al mostrador, apenas había un par de personas más esperado para ser atendidas.

Buenas noches —les dijo una señorita de aspecto sumamente cuidado que a Natalia le dio muy buena impresión—. ¿Tienen reserva?

Sí, a nombre de Natalia Jiménez.

La chica buscó en una libreta.

¿Dos personas, verdad?

Sí —respondió Natalia de inmediato.

Son 20 euros.

Natalia le entregó un billete, adelantándose a Héctor, que ya estaba metiendo la mano en el bolsillo.

Bien, pues su sesión dura hasta las diez y media. ¿Tienen toalla y todo lo necesario? —preguntó educadamente.

Sí, lo tenemos todo —contestó la joven.

Bien. Ahí tienen los vestidores. Que disfruten —les deseó con una sonrisa.

Natalia se volvió hacia Héctor y le tendió una de las mochilas.

He metido un bañador y unas chanclas de mi hermano. Espero que te queden bien —le dijo—. Ahí están los vestidores. En cuanto te hayas cambiado, sal y espérame en junto a las taquillas, ¿vale?

Cada uno eligió un vestidor y se cambió de ropa. A esa hora no había casi nadie en el spa, por eso Natalia había decidido que sería el turno perfecto. Cuando salió del vestidor, Héctor ya estaba esperándola con el bañador de su hermano.

Metieron las mochilas en las taquillas y entraron en la zona de las piscinas. Primero, un remojón en la ducha, y después se lanzaron hacia los primeros chorros que vieron y que masajeaban sus espaldas. Las personas que quedaban de la sesión anterior comenzaron a salir, y los nuevos, a entrar; pero estos últimos eran cuatro gatos. Entraron en la piscina de cítricos, que contenía un suave olor a limón. Se decía que estos eran buenos para la piel. Otra piscina más pequeña contenía piedras en el fondo. Más tarde, probaron el jacuzzi que burbujeaba con fuerza, y permanecieron allí hasta que otros clientes del spa se aventuraron a probarlo, dejándoles menos espacio e intimidad. Entonces, decidieron probar la piscina más grande, construida en una caverna rocosa y algo oscura, que albergaba cascadas artificiales. Héctor y Natalia nadaron a sus anchas, aprovechando que no había nadie.

Héctor se deslizó hasta ella y la agarró de la cintura.

No podría estar en un lugar mejor —le susurró al oído.

¿Entonces, te gusta? —le preguntó ella, dándole un beso en los labios.

Me gustas tú.

Ella sonrió. Él la besó.

Nunca olvidaré estos momentos, una vez que vuelva a México.

Calla —ordenó ella—. Hablas como si no nos fuéramos a volver a ver.

Claro que nos volveremos a ver.

¿Vendrás a buscarme? —le preguntó, seria, mirándolo a los ojos.

Héctor no apartó la mirada. Su intención no era mentir.

Siempre.

Entonces, Natalia echó los brazos al cuello de Héctor y le abrazó como si ello evitara la despedida del día siguiente, y el joven pasó sus dedos por el cabello mojado de su chica, intentando que su tacto permaneciera con él hasta el día que volvieran a encontrarse.

7

Apenas quedaba una hora para que muriese el sábado y diera paso al domingo. El tiempo pasaba demasiado deprisa, y resultaba escaso para todo lo que querían hacer o decir.

Juntos, de la mano, salieron del restaurante al que habían parado a cenar y caminaron tranquilos por las solitarias calles. Natalia se abrochó los botones de su chaquetón y miró a Héctor. Debajo de la sudadera azul, lo único que llevaba era una camiseta de mangas largas. Debía estar pasando frío.

¿Estás bien? Si quieres vamos al hostal y cogemos tu chaquetón.

Ay, no… ¡Qué hueva! No te preocupes. Estoy bien.

No te vayas a poner enfermo.

No te preocupes, mi amor.

Dieron una vuelta que los llevó hasta la Plaza de España, donde unos cuantos chavales se habían reunido para charlar y cantar al son de unas guitarras.

Héctor y Natalia tomaron asiento en uno de los bancos que se hallaban justo enfrente del monumento conmemorativo a la Constitución de 1812. En el centro de este, ardía una pequeña llama que les ofrecía algo de luz. Allí, hablaron de cualquier cosa que se les viniera a la mente, rieron, se abrazaron y se besaron durante largo rato, dejando que los minutos pasaran, disfrutando el uno del otro, acariciando sus caras, cabellos y manos.

Héctor sacó algo de su bolsillo y se lo entregó. A la luz del fuego, Natalia descubrió un libro pequeño con la portada rota. En esta se adivinaba un nombre sobre el dibujo de una niña: Nataly.

¡Es el libro! —exclamó Natalia.

Te dije que te lo traería cuando nos conociéramos —le recordó Héctor.

Natalia pasó los dedos por las páginas amarillentas de aquel libro infantil, poniendo atención a los dibujos y fijándose en el gran tamaño de las letras con las que estaba escrito el cuento. No pudo evitar imaginar al Héctor niño tumbado en la cama, pasando las páginas y leyendo la historia una y otra vez. Se guardó el libro en el bolso y le abrazó con fuerza.

Una suave y fría brisa los hizo estremecerse y decidieron marcharse. Natalia le abrazó, frotándole los brazos persistentemente para darle calor. Héctor se puso la capucha de su sudadera y Natalia no pudo evitar reír.

¿Qué pasó?

Pareces un macarrilla.

¿Un macarrilla? —Ahora fue Héctor quien rio—. ¿Eso qué es?

Pues un macarra es una persona agresiva. Los que tienen muy malas pintas y van de chulos.

Ah, ya veo. Bien, pues soy un macarra.

Pues a mí no me gustan los macarras, eh. Das miedo —bromeó ella, retrocediendo unos pasos para alejarse de él.

Ah, ¿sí? —Corrió hacia ella de repente, provocando un grito agudo por parte de la chica. Una pareja que estaba en un banco cercano miraron hacia ellos—. ¡Te agarré!

¡No vale! —se quejó—. ¡Me has pillado desprevenida!

Un macarra de verdad no te dará chance. Tienes que aprender a tener los ojos bien abiertos.

Está bien, macarrilla, me rindo.

¡No debes rendirte con alguien así!

Natalia sonrió y lo besó en los labios.

Me rindo porque eres tú.

Un abrazo, eterno, o al menos eso hubieran querido. Se miraron a los ojos y volvieron a besarse, despacio, sin prisa. Héctor burló el suéter de Natalia y una de sus manos se adentró por la espalda de esta, tocando con delicadeza la suave piel de su espalda.

Estoy cansado —comentó de repente.

¿Quieres que nos vayamos ya?

Sí —contestó, pero no se movió del sitio, ni la soltó ni dejó de acariciar su espalda—. Quédate conmigo esta noche.

No puedo —respondió ella en voz baja—. Me gustaría, pero ya sabes lo que dijo el dueño del hostal.

Puedo hablar con él.

No. Fue muy claro conmigo. Además, había que pagar por anticipado.

Héctor suspiró, resignado.

Anda, vámonos —le pidió ella antes de que pudiera seguir insistiendo, y, tirando de su mano, lo guio por las calles vacías de una Cádiz dormida. Pronto, el silencio se hizo presente también entre ellos. Héctor estaba serio y callado. Natalia se preguntó si se habría enfadado con ella, pero en seguida lo descartó. Seguramente estaba cansado.

8

En silencio, metió la llave en la cerradura y la giró lentamente. Eran más de las tres y media de la mañana.

Sus compañeros de piso debían de estar dormidos. Abrió la puerta con sigilo y se llevó tremendo susto cuando vio a la pareja de la casa esperándola ansiosas detrás de la puerta. A sus espaldas, la televisión seguía encendida. En la mesa, restos de pipas, palomitas y refrescos delataban a las chicas: se habían quedado despiertas solo para oír cómo le había ido el día.

No me puedo creer que estéis todavía despiertas.

¡No podíamos esperar hasta mañana! —soltó Miriam.

Te dijimos que de hoy no te librabas.

Gema agarró a Natalia de la mano y la guio hasta el sofá. Miriam bajó el volumen de la televisión y se sentó en el lado que había quedado libre.

¡Cuéntanoslo todo! —exigió Gema.

¿Cómo es? ¿Es tal como lo imaginabas? —preguntó Miriam.

¿Besa bien?

¿De qué habéis hablado?

¿Te quiso llevar al catre?

¡Gema! —Natalia intentó mostrarse ofendida ante esa última pregunta, pero no pudo evitar sonreír. Gema acusó, señalándola con el dedo.

Eso significa que sí.

Anda, calla ya —le mandó Miriam, y seguidamente se volvió hacia la protagonista de la noche—. Vamos, cuéntanos.

Natalia les explicó todo, hasta el mínimo detalle. Les habló de su encuentro en la estación, de cómo se besaron por primera vez, de su día en Cádiz y de los incontables momentos que habían vivido juntos. De sus palabras, de sus gestos, de sus miradas… Y cada vez que lo recordaba, sonreía inconscientemente y suspiraba.

¡Oh, qué bonito!

Sí, pero seguro que el pobre chaval se ha quedado con ganas de más —bromeó Gema—. Oye, si quieres te dejamos mañana la casa libre y te lo traes.

¡No seas tonta!

Natalia cada vez estaba más roja. Empezaba a pensar que había sido una mala idea contarles todo a las chicas.

Oye, ¿por qué no? —la apoyó Miriam por primera vez—. Nos vamos por ahí y te lo traes aquí a comer. Le preparas algo rico. ¿No te quejas siempre de que tienes muy poco dinero?

Ya, pero…

¡Nada! Coméis aquí y después…, lo que tenga que pasar.

Gema movió las cejas arriba y abajo.

¡Estáis como una cabra!

Pero, espera, ¿qué pasa con Natanael? —intervino Miriam.

El ruido de la puerta del pasillo. El susodicho entró en el salón con expresión indiferente y se dirigió a la cocina. Las chicas permanecieron calladas, siguiendo con la mirada el recorrido del joven. Pasados unos segundos, Natanael volvió a salir de la cocina con una botella de agua en la mano.

Por mí no os preocupéis —contestó con un tono de reproche—. Sé cuándo estorbo. Llamaré a alguna amiga para comer con ella y listo.

Dicho esto, salió de la estancia, cerrando de nuevo la puerta tras sí y encerrándose en su habitación.

Gema miró la puerta por la que había desaparecido con una ceja levantada.

¿Su madre no le enseñó que es de mala educación escuchar detrás de las puertas?

Natalia frunció el ceño, harta de su comportamiento. Parecía un niño grande, incapaz de hablar las cosas como los adultos.

¿Qué demonios le pasa? —se preguntó.

¿No es obvio?

Miriam la miraba con perspicacia.

Pues no. No entiendo por qué está tan estúpido —dijo, haciendo como si la conversación con Carmen no hubiera tenido lugar.

Ay, qué inocente eres.

Gema le alborotó el pelo cariñosamente y apagó la tele. Pensó en recoger todo lo que había dejado por medio, pero era muy tarde y se le caían los ojos.

Será mejor que nos vayamos a la cama. ¿A qué hora has quedado mañana con tu Romeo?

A las 9.

Entonces vete ya a dormir —le recomendó Miriam—. Y haznos caso, tráetelo mañana, aunque sea solo para comer. Estar solos en una casa siempre es más íntimo que estar solos en la calle.

Nos iremos sobre la una, y dejaremos la casa recogida —añadió Gema, dirigiéndose hacia su habitación.

Buenas noches —le deseó Miriam.

Bye, nena —dijo Gema.

Buenas noches, locas.

Cerró la puerta del pasillo y se dirigió a su habitación, que estaba puerta con puerta con la de Natanael. El chico ya se había encerrado en su cuarto. Natalia cogió aire y lo soltó lentamente. La situación se hacía más insostenible y Natanael cada vez estaba más insoportable. Pensó una vez más en lo que le había dicho Carmen.

«Los celos son poderosos», pensó. «Hacen que hagas cosas que normalmente no harías.»

Quiso entrar en su cuarto e irse a la cama, pero un último y amargo pensamiento surgió en su mente. Natanael no había hecho más que intentar fastidiarla desde que se había enterado de su relación con Héctor.

«¿Habrá sido capaz…?»

Ella misma contestó a su pregunta: sí. Claro que había sido capaz.

Se dio la vuelta y sin llamar, movida por la fuerza y la valentía que siempre acompañaban a la furia, entró en la habitación de Natanael y cerró la puerta para que ni Miriam ni Gema pudieran enterarse de lo que tendría lugar allí adentro. Natanael estaba sentado enfrente de su recién estrenado ordenador portátil. Cuando oyó la puerta, giró la cabeza despacio y la miró con indiferencia, volviendo después la mirada hacia la pantalla.

Pasa, pasa —dijo en tono sarcástico.

Natalia caminó hasta él con la mandíbula apretada y los puños cerrados.

Fuiste tú, ¿verdad?

Natanael levantó una ceja, confundido.

¿Qué?

No te hagas el idiota. Le contaste a David que hoy estaría con Héctor para que viniera a cortarnos el rollo —le acusó, completamente convencida de que no se equivocaba. Natanael frunció el ceño y se levantó lentamente.

No sé de qué coño me hablas —dijo, y su voz se asemejó a un gruñido amenazante.

No creí que fueras capaz de llegar tan lejos —habló ella, más calmada—. Mi paciencia tiene un límite, y esta vez te has pasado.

Caminó hasta la puerta.

¡Ni siquiera tengo el número de tu ex! —exclamó, exasperado, el joven.

Pero lo tienes en Facebook.

Agarró el pomo de la puerta.

He intentado que las cosas fueran bien, pero no has puesto nada de tu parte. Parece que lo único que quieres es hacerme daño —dijo, esta vez con la voz rota—. No puedo más con esta situación. Si esto es lo que quieres…

¿Cómo?

No quiero volver a ser tu amiga.

Abrió la puerta.

Así que lo escoges a él antes que a mí —habló él en un intento por mantenerla a su lado.

Él no me ha hecho elegir. Tú, sí. —Antes de salir, se dio la vuelta para dedicarle una última y furibunda mirada—. Solo espero que tengas un poco de decencia, y mañana no aparezcas por aquí.

Y salió para internarse en su propia habitación. Natanael permaneció quieto y callado por unos segundos, intentando procesar lo que acababa de ocurrir. Con pasos inestables, cerró de un portazo y se sentó en el filo de la cama. Tapó sus ojos con la mano derecha y de ellos brotaron lágrimas de amargura e impotencia. Le hubiera gustado ir tras ella y contarle toda la verdad. Que la primera sonrisa que le dedicó lo había enamorado completamente, que su comportamiento infantil era causado por unos celos desmedidos; sin embargo, el orgullo pudo más que su dolor y sus piernas no quisieron mover ni un músculo para llevarle hasta la habitación de enfrente.