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Archivo mensual: julio 2015

Una senda de dioses y sonrisas

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De ese verano, recuerdo una carretera llena de mariposas que esquivaban con su frenético aleteo el coche que nos llevaba a tierras de leyenda.  También recuerdo el primer armadillo que vi en mi vida, caminando por el borde del camino hasta perderse entre la maleza, y a la familia de coatíes que habitaba en aquel parque natural que se abría a un mar pintado de turquesa, rodeado de playas de arena blanca y suave; la misma por la que caminábamos aquellas noches estrelladas.

Bajo un sol intenso y con el único apoyo de nuestras gorras y unas botellas de agua que se iban calentando con cada segundo, nos aventurábamos a subir a lo alto de templos, cuyas inclinadas escaleras parecían tocar el cielo. Sin duda, los mejores eran aquellos que, apartados de la sociedad y del turismo masivo, nos permitían soñar con tiempos pasados, complicados juegos de pelota y sacrificios realizados al Xibalbá en profundos cenotes.

Cuando el calor se hacía insoportable, invocábamos en broma al dios Chaac, que se encargaba de regalarnos aguaceros inesperados y nos obligaban a refugiarnos bajo la primera palapa con la que nos cruzáramos. La lluvia era un buen aliciente para detener nuestra ruta y saciar el hambre con sabores desconocidos para mí. Aún se me hace la boca agua al pensar en aquel pescado llamado Tikin xic que degustamos en Isla Mujeres mientras las nubes descargaban la voluntad de los dioses; o la cochinita pibil que devoramos, hambrientos, en la cena del hotel desde el que pudimos divisar las luces del espectáculo nocturno de Uxmal.

Por supuesto, no todo lo que comí fue maravilloso. Preferí borrar de mi memoria los nombres de aquellos platos que, por su exceso de picante y especias, reaccionaron como una bomba en mi delicado estómago y me obligaron a pasar algunos días a base de patatas cocinas y arroz blanco.

Él todavía se ríe por ello. Por ello y por el brinco que di al ver a mi lado al hombre disfrazado de guerrero maya que nos guio por la ruta del cacao, donde pude comprobar que el chocolate no está tan rico si no ha pasado antes por una serie de procesos para suavizar su amargo sabor. Prefería, sin duda, las marquesitas y los tamales de chocolate.

Me acuerdo también de los acantilados que daban al océano, del despertar en la cama colgante de una cabaña perdida de la mano de Kukulkán, donde solo se escuchaba la brisa, las olas al romper en la playa, y una respiración profunda y relajada a mi lado.

Y cómo olvidar las tortugas y los tiburones ballena con los que íbamos a nadar… y que fueron reemplazados por un pequeño y manso tiburón gata por mi miedo irremediable a todo ser vivo que pudiera tragarme con solo abrir la boca.

Recuerdo los viajes en barco, los animales y a las personas. A mi familia mexicana; a todo aquel que, estando en un país tan lejano, me hizo sentir como en casa. Cada pequeño gesto, cada mirada. Pero sobre todo, recuerdo las sonrisas, no tanto por lo que veía, sino por la persona con la que lo veía; mi guía particular, el compañero del viaje de mi vida montada en un coche viejo a lo largo de la Riviera maya.

 

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