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El rumbo de la historia

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VI

El rumbo de la historia

1

Unos días más tarde celebraron el cumpleaños de Rocío. Una vez más, Natalia tuvo la sensación de vivir un déjà vu. La cena en el restaurante italiano, las bromas, la bronca de la camarera por alzar demasiado la voz. Desde su asiento, veía a las demás como si viera una película sentada delante de la televisión. Era como si pudiese rebobinar hacia adelante y hacia atrás para saber lo que iba a pasar antes de que ocurriese. Y efectivamente, como tantas veces, su visión se cumplía. Cuando salieron del restaurante Flavio, Natalia miró a América y supo lo que ocurriría a continuación. La chica se acercó a ella, la agarró de brazo y dejó que las demás siguieran adelante. Natalia tragó saliva.

Tengo que contarte algo.

El cuerpo de Natalia se tensó.

No sé si quiero ir a la fiesta —le dijo América.

¿Por qué?

«Ya sé por qué.»

Porque estará Daniel.

«Lo sabía.» Se hizo la tonta.

¿Tu ex?

Sí. Me he enterado de que irá con sus amigos a ese cotillón.

«Son las mismas palabras…»

¿Y qué pasa? —preguntó Natalia, deseando que la respuesta no se correspondiera con lo que ella tenía en mente.

Hay algo que no te he contado —confesó—. Bueno, que no le he contado a nadie.

«Me lo va a decir. Me va a mentir otra vez.»

¿El qué? —se atrevió a preguntar.

La razón por la que dejé a Daniel.

«Está pasando. Está pasando de verdad.»

América caminaba cabizbaja, con una mueca de tristeza en el rostro y un tono de voz apenas audible. Natalia la miraba de reojo. Estaba asustada porque sus predicciones volvían a cumplirse, pero iracunda por volver a pasar por esa fase de gravísimas mentiras.

¿Qué ocurrió?

Mi padre tuvo que ponerle una orden de alejamiento.

Natalia volvió a tragar saliva. «Aquí viene», se dijo.

¿Cómo?

Estábamos con los exámenes de segundo de bachillerato. Yo estaba muy agobiada y no me dejaba en paz. —Hizo una pausa. Respiró hondo y lo soltó de golpe—. Él me forzó, me hizo daño. Daniel me violó, Naty.

2

Deberías haberte quedado en la cama — le dijo Miriam—. Tienes un aspecto horrible.

Natalia levantó la mirada del humeante Cola-cao. Tenía el semblante triste y la faz cenicienta. Miriam empezaba a pensar que las ojeras se habían hecho permanentes en su cara, y cada día la veía más delgada.

Gracias —murmuró Natalia, llevándose el vaso a los labios y dando un pequeño sorbo.

Volvió a dejarlo casi de inmediato en la mesa y apoyó la cara en su mano derecha. La cafetería de la Universidad empezaba a llenarse y la constante cacofonía que formaban los estudiantes al hablar, reír o simplemente caminar le resonaba en la cabeza. Teresa volvió de la barra con una tostada y se la colocó delante. Natalia se tapó la boca y alejó el pan con la otra mano.

Tengo fatiga.

Natanael le frotó la espalda.

Tienes que comer algo. Ayer tampoco cenaste.

Natalia negó con la cabeza y ahogó un quejido. Sus amigos la rodeaban, preocupados.

Mira que te hemos dicho que te quedaras en casa. Es que eres cabezota… —la regañó Gema.

Miriam le puso la mano en la frente y notó que esta ardía.

Tienes fiebre. Tú te vas para casa —dictaminó. Se levantó de la silla y se colocó la mochila en la espalda—. Vamos, que te acompaño.

Natanael se levantó con Natalia y le pidió a Miriam que volviera a sentarse.

No te preocupes. Yo voy con ella.

Natalia se puso el chaquetón y Natanael cargó con su mochila. Despacio, se dirigió a la salida de la cafetería. Se encontraba verdaderamente mal. En lo único en lo que pensaba era en meterse en la cama. En la puerta, chocó con alguien. Le pidió perdón con un murmullo y la chica con la que había tropezado hizo otro tanto y pasó de largo. Natalia se volvió hacia atrás a tiempo para ver la melena oscura de Raquel, que se alejaba mirando al suelo. Quiso ir hacia ella, pararla y aclarar algunas cosas, pero atontada como estaba no le quedaban ganas de jugar a los detectives. Así que dejó que Natanael la guiara hasta la casa.

Gema cogió la tostada que Natalia había rechazado y le pegó un bocado.

No sé qué le pasa, pero desde hace tiempo la noto muy decaída —comentó con la boca llena.

Yo también —corroboró Miriam, que no apartaba la mirada de la puerta por la que había salido su amiga.

¿A vosotras no os ha contado nada? —preguntó Teresa.

Absolutamente nada —dijo Miriam—. Pero algo le tiene que estar pasado. Estoy segura.

3

Esa madrugada volvió a despertar de un sueño, que más que sueño podrían haber sido recuerdos o delirios provocados por la fiebre. Fuera como fuere, se levantó de la cama, cansada de que su cabeza quisiera advertirle de lo que estaba ocurriendo. Caminó hasta su escritorio a trompicones. Notaba la cabeza cargada y tenía unas terribles ganas de vomitar. Ya sentada, comenzó a revisar el cuaderno en el que, con el paso de los días, había estado anotando cada coincidencia, por pequeña que fuera, entre el mundo de sus sueños y la realidad. Y llegó a la conclusión de que la historia casi al completo se repetía. Todo volvía a suceder tal y como ella recordaba. Todo menos ese mensaje en su bandeja de entrada, y por lo tanto, su ruptura con David. Apoyó la cabeza entre sus manos. No estaría levantada de no ser porque el desasosiego no la dejaba pegar ojo. Esa tarde, había vuelto a llamar David, y sin darle la oportunidad de hablar, le había colgado. Estaba enferma, desesperada y se le había acabado la paciencia.

Estaban ya a principios de febrero, y todavía no había señales de vida de Héctor. Según recordaba, había empezado a hablar con él en diciembre, y había cortado con David en enero. Los grandes acontecimientos de su historia estaban cambiando. Continuó leyendo. En marzo Héctor había bajado a Cádiz para conocerla, después de estar en Madrid. Tras esa visita, su mundo había empezado a tambalearse. Aún podía sentir la tristeza que la había inundado al verlo marchar, y el sentimiento de soledad que se había apoderado de ella durante los meses siguientes; los celos de Natanael habían acabado con su amistad; América había manipulado a sus amigas con un puñado de sucias mentiras; y Natanael le había mandado una foto a David en la que ella y Héctor se encontraban en una situación algo comprometedora. Si todo seguía por ese rumbo, las cosas se pondrían muy feas de nuevo. Aunque, por otra parte, sin Héctor, gran parte de esos problemas desaparecían. Tal vez ese regreso al pasado había sido una oportunidad que le había dado la vida para dejar de sufrir por la situación en la que ella había decidido meterse.

«Quizás debería dejar de esperarle…», pensó en un momento dado.

Suspiró. Tiró el cuaderno al suelo y se dejó caer en la cama sin cuidado alguno, dándose un golpe en la mano derecha con el cabecero.

¡Ay!

Agarró su mano golpeada con fuerza hasta que el dolor remitió; entonces la soltó con cuidado, buscando alguna marca en la piel, pero la única que encontró fue un pequeño lunar que le hizo viajar de nuevo en el tiempo. Cerró sus ojos. En su cabeza, le tomaba la mano derecha a Héctor, donde el joven tenía un lunar exactamente igual al de ella.

Mira, iguales —le había dicho, enseñándole la mano.

Héctor le había sonreído.

¿Necesitas más pruebas de que estamos hechos el uno para el otro? —le había preguntado él, juntando sus manos.

Nunca las he necesitado —había respondido ella, más segura que nunca.

Volvió a abrir los ojos. Esta vez, bañados en lágrimas. Se dio la vuelta en la cama y lloró amargamente contra la almohada, deseando que sus compañeros de piso no la oyeran. Necesitaba desahogarse. Héctor no era un personaje de ciencia ficción. Lo sabía. Todo había sido su culpa. Había sido ella la que había deseado no haberlo conocido; la que había preferido dejar de sufrir y huir como una cobarde. Había conseguido volver al pasado, cambiar los hechos, y con ello, ser infeliz. Héctor no había sido el culpable de que su historia no funcionara, ni Natanael, ni David, ni América… Sino ella.

De repente, paró de llorar y levantó la cabeza de la cama. El problema había sido ella. Había sido ella la que había hecho las cosas mal. Una sonrisa apareció en su cara. Había hecho las cosas mal, pero ahora tenía la oportunidad de arreglarlas.

Se levantó de un salto de la cama. Llorando no iba a arreglar nada. Recogió el cuaderno y volvió a revisarlo. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Todavía estaba a tiempo de enmendar sus errores.

«¡Eso es!»

La historia estaba cambiando, pero ella podía escribirla de nuevo. Podía escribir su propia historia. Empezando por todo aquello que había querido decir y no se había atrevido, por aquello que había deseado hacer en el pasado y no había hecho. Tenía un mes para ello. Ya era hora de que el rumbo de su vida cambiara para bien.

Como Dulcinea para Don Quijote

Publicado en

VI

Como Dulcinea para Don Quijote

1

Gema y Miriam se apearon del coche con sendas mochilas. Durante el viaje, la preocupada madre de Miriam les había preguntado acerca de sus planes: a qué hora pensaban salir y cuándo pretendían irse a la cama; qué cenarían y si alguien las recogería a la salida de la feria; si iban solas o en grupo; qué clase de borrachos y desharrapados había en ese evento festivo que todos los veranos se celebraba en San Fernando… Les había costado mucho tranquilizarla y convencerla —o eso creían— de que ya eran unas mujeres hechas y derechas, que sabían qué lugares evitar, y que no se quedarían sin comer hasta el día siguiente. Se despidieron de ella y les aseguraron que la llamarían por la mañana para que pasara a buscarlas. El Citroën C5 desapareció por donde había venido, y las chicas se vieron libres de darse un beso en los labios. Miriam sabía que su madre no era tonta y que algo se olía, pero no se sentía con el valor suficiente para confesarle que le gustaban las mujeres. Se acercaron a un edificio recién pintado de un llamativo color azul que desentonaba con los colores pasteles de la zona.

¿Era el primer piso? —preguntó Gema.

Sí, primero A —corroboró Miriam, adelantándose a su novia y pulsando el botón.

Tardaron unos segundos en conseguir respuesta. Nadie preguntó quiénes eran; simplemente abrieron la puerta, y las chicas subieron las escaleras con rapidez.

La puerta del primero A se abrió antes de que pudieran llegar a ella, y Natalia salió con un vestido viejo y unas zapatillas de estar por casa. Las amigas se abrazaros entre gritos de alegría y saltaron al unísono como si hiciera un siglo que no se veían.

¡Te hemos echado de menos! —exclamó Miriam.

¡Y yo a vosotras! Pasad, pasad.

La casa estaba más ordenada de lo que acostumbraba. Su madre la había obligado a limpiar a fondo, como hacía cada vez que venían visitas, sobre todo si estas tenían intención de quedarse a pasar la noche. Y esa madrugada habría nada menos que siete chicas durmiendo en esa casa.

Gema y Miriam dejaron las mochilas en la habitación de Natalia y pasaron a saludar a Sandra, que se encontraba preparando su ropa. Esa noche dormiría en casa de una de sus hermanas, como hacía siempre que su hija le preguntaba si sus amigas podían quedarse a dormir.

El timbre volvió a sonar. Esta vez era Carmen, que había decidido ir antes para estar un rato más con la pareja y que así no se sintieran apartadas del grupo que, al fin y al cabo, conocían solo del cumpleaños de Natalia. Poco después, llegaron Teresa, Marina y Rocío. Habían traído pizzas para cenar antes de irse a la feria. Natalia preparó el horno y puso la mesa. Era las nueve y media cuando las dos primeras pizzas llegaron a la mesa y las chicas se abalanzaron como animales hacia ellas.

Sandra se acercó a la mesa antes de irse y les robó un trozo de la de jamón y atún. Se despidió de ellas, le dio un par de consejos a su hija y salió por la puerta alegremente con su porción de pizza.

¿Está bien que nos vayamos a las diez y media? —preguntó Marina.

En cuanto terminemos de cenar y me arregle —contestó Natalia.

Oye, ¿y dónde vamos a dormir? Somos un montón —comentó Teresa.

Natalia sonrió a Gema con la boca llena.

¿Lo habéis traído?

La joven de pelo corto se levantó y caminó hasta el cuarto de Natalia. Cuando regresó, llevaba entre las manos una bolsa.

Perfecto.

¿Qué es? —preguntó Rocío.

Una cama hinchable —respondió Miriam.

Gema sacó la cama deshinchada de la bolsa y la extendió en el suelo. Inmediatamente, Pantera saltó sobre ella, olisqueándola y revolcándose como si fuera un nuevo juguete. Las chicas se quedaron mirando su gran extensión. Se preguntaban cuánto mediría, y lo más importante…

¿Tenéis algo para llenarla?

2

Cuando llegaron a la entrada de la feria, esta ya estaba abarrotada de jóvenes cargados con botellas de alcohol que se encargarían de beber en el paseo, o de gente algo más sensata que simplemente esperaba a sus amigos para ir a dar una vuelta. Era el último día de dicha festividad, y las luces parecían brillar más que nunca.

El móvil de Natalia apenas se oía con la música y el jaleo que formaba la gente.

¿Sí?… ¿Dónde estás?… —Giró sobre sí misma, alzando la mirada entre el gentío. Finalmente, encontró a quien buscaba y elevó la mano sobre su cabeza—. Ya te he visto.

Colgó y corrió a por la última integrante del grupo.

¿Quién es? —preguntó Miriam al aire.

Natalia se acercaba de nuevo guiando de la mano a Raquel, aquella chica de pelo negro que alguna vez estuvo liada con América y con la que compartía ex.

Chicas, he invitado a Raquel a venir con nosotras —se volvió a la chica y señaló a la pareja del grupo—. A Gema ya la conoces de la clase. Ella es Miriam, su novia.

El grupo en general se sorprendió de la inesperada invitación de Natalia. Aquel día en la tetería, al volver a la mesa después de haber salido corriendo detrás de Raquel, les había contado todo lo ocurrido. ¿Quién se habría imaginado que la ex de América y la de David eran la misma persona?

Rocío se acercó a saludarla efusivamente. Días atrás habían estado hablando mucho por chat. Sentían que un vínculo especial las unía después de haber estado las dos con América.

El grupo de chicas se hizo hueco entre la multitud y accedieron al recinto ferial. En las casetas ya sonaba la música a todo volumen para desgracia de los residentes de los pisos más cercanos. Un gran número de menores se agolpaba a las afueras de la caseta de moda, El Tangazo, deseosos de entrar y dejar que la música los poseyera. Él vigilante, sin embargo, pedía el DNI e impedía la entrada a cualquiera que no alcanzara los dieciocho. Las chicas pasaron de largo. Allí lo único que encontrarían serían chulitos intentando ligar con la primera petarda que se les cruzara, chicas con vestidos excesivamente cortos contorneando el cuerpo como si de lombrices se trataran, y peleas cada vez que un gallito se cruzara con otro.

Podemos ver los fuegos artificiales y después entrar en alguna caseta —sugirió Carmen.

¡Pero primero Gema se tiene que montar conmigo en el Proyect! —dijo Natalia, volviéndose hacia la susodicha—. ¡Me lo prometiste!

Que sí, que sí… Ya vamos —aseguró esta, y le guiñó un ojo a Carmen—. Vamos a dejar que la niña se monte en los cacharritos.

Natalia adoraba la feria, pero no por la razón por la que los jóvenes suelen adorarla; no por las largas noches en vela bailando y bebiendo hasta emborracharse; sino por las atracciones, por las patatas asadas, por el algodón de azúcar y los buñuelos con chocolate. Por las distintas canciones que bailaban en el ambiente, por los vestidos de gitana, por el olor dulce que desprendían las delicias de los puestos de chucherías, por las patatas fritas en el momento… Porque cuando pisaba ese lugar lleno de música y color, cuando montaba en una de esas atracciones y notaba la adrenalina correr por sus venas, sentía que volvía a ser una niña.

Después de hacer cola y satisfacer sus ansias de probar las atracciones, las amigas fueron al paseo a coger sitio para los fuegos artificiales.

Hacía una noche cálida y soplaba una suave brisa. Natalia recordaba la vez en la que, siendo niña, los fuegos artificiales se desviaron a causa del viento y empezaron a caer demasiado cerca de la gente. La multitud había enloquecido y se empujaban unos a otros para poder salir de ese estrecho paseo. Su padre había impedido que la aplastaran, porque cuando ocurrían ese tipo sucesos terroríficos, la gente solo miraba por su propio bien, y no por el de los demás. No importaba a quién pisotearan o hicieran daño con tal de salvarse…, ni siquiera a una niña. Mientras pensaba en lo egoístas que pueden llegar a ser los seres humanos, se oyó un silbido que ascendía hacia el cielo y provocaba una pequeña explosión. Era la señal.

¡Ya empieza! —exclamó Carmen.

Empezaban poco a poco, tirando un solo cohete a la vez. Normalmente solían ser pequeños y de pálidos colores para que la gente se impacientara y no perdiera detalle del espectáculo. Pasados unos minutos, soltaban algunos más grandes y vivos. Colores rosas, azules, verdes, rojos… Cada vez que explotaban en el cielo y lo iluminaban con su luz, Natalia recordaba el sonido de las palomitas al hacerse en el microondas. Tenían formas extrañas. Pudo adivinar flores entre otras. El juego de distintas tonalidades era precioso. La gran masa permanecía en silencio, expectante. Solo se oía a los niños, que asombrados señalaban al cielo y gritaban de júbilo. Cuando las explosiones cesaron y el cielo quedó inundado de humo, algunos aplaudieron. Natalia sonrió, satisfecha.

¿Compramos unas bebidas y damos una vuelta por aquí antes de entrar a bailar? —se hizo oír Marina entre el barullo y la música estruendosa de las atracciones.

¡Me apetece un rebujito! —exclamó Rocío animada.

El paseo fue vaciándose poco a poco, y pronto solo quedó la juventud que se reunía allí para beber y pasar el rato. Se pusieron en un lugar tranquilo, donde no hubiera mucha gente, procurando que entre esas personas abundara el sexo femenino más que le masculino, pues este último solía crear más problemas que un grupo de chicas. Aunque tal vez, eligieron mal…

¡Quilla, mira quién está allí! —le dijo Marina a Natalia.

No solo Natalia se dio la vuelta, también toda la tropa. Si querían ser discretas, no lo habían conseguido. Natalia sintió que se le revolvía el estómago. Era América, pero no estaba sola, como ella esperaba verla.

Raquel y Rocío hicieron una mueca con la boca.

Es esa cerda mentirosa —soltó la primera.

Qué patética —comentó Rocío—. Está con los amigos de su hermano.

Normal —comentó Teresa, dando un buche a su tinto con casera—, se ha quedado sola.

Gema y Miriam quisieron participar en la conversación, y se acercaron aún más para curiosear en voz baja.

¿De qué estáis hablando? —preguntó Miriam en un susurro.

¿Quién es? ¿Quién es la cerda mentirosa?—Gema no fue tan sutil.

Natalia señaló con la cabeza a sus espaldas.

La chica de vestido azul, ¿la veis?

Sus amigas miraron y asintieron a la vez. Era imposible no verla. Parecía querer llamar la atención de toda la feria con su risa estridente y sus chistes malos.

¿Recordáis la amiga traidora esa de la que os hablé?

¡¿Esa es la enferma terminal?! —exclamó Gema sin importarle quién pudiera oírle.

El grupo se echó a reír sonoramente. Miriam se quedó observando a la pandilla, que ahora los miraban, la mayoría intrigados por saber de qué se estarían riendo. América le dijo algo al oído a uno de los chicos, y este le rio la gracia, fuera la que fuese.

«¡Hombres!», pensó Natalia.

Rocío apuró su rebujito y rio con malicia. Se acercó a Raquel y pasando el brazo por su hombro, le susurró alguna maldad al oído. La morena sonrió abiertamente y asintió varias veces. Bebió un buche de su Whisky con cola y le dejó su vaso a Natalia. Ambas, agarradas de hombro y cintura respectivamente, se acercaron entre bailes a América y, como si no las hubiera visto antes, la saludaron con falsa sorpresa. Todo el grupo se giró para ver cómo la expresión de América se deformaba al ver dos de sus ex —que además la odiaban a muerte— juntas. Algo inaudito. Y por ello, Gema no pudo evitar grabar la escena con la cámara de su móvil. Dos chicas medio borrachas atormentando a una exnovia en común. Eso tenía que inmortalizarlo. Cuando Raquel y Rocío se encaminaron de nuevo hacia ellas con unas sonrisas de oreja a oreja y América se quedó con cara de pánfila, el grupo entero estalló en carcajadas. Natalia pasó un brazo alrededor de los hombros de Raquel como si la nueva integrante del grupo fuera un gran premio. Entonces, volvió la vista hacia atrás y se percató de que América la asesinaba con la mirada. Su cara mostró una sonrisa; su mano, el dedo corazón.

3

¿Ya te han dicho la fecha de presentación? —le preguntó Messías, su ciberamigo desde hacía largo tiempo.

Héctor intercalaba las tareas del hogar con la charla de su amigo. Tenía que aprovechar sus días libres para poner orden en esa enorme casa. Cuando la vio por primera vez, no se sintió del todo convencido. Compuesta por dos pisos, era excesivamente espaciosa para una pareja. Pero Irene insistió hasta la saciedad, y terminó convenciéndolo. Ahora se arrepentía de aquella decisión. La limpieza no acababa nunca y la hipoteca lo ahogaba. Tenía que trasladarse a un apartamento más pequeño.

Será en septiembre, pero aún no me dijeron la fecha exacta —respondió Héctor.

¿Estás nervioso?

Emocionado. —Recordó los hermosos rincones de Madrid; se sintió ansioso por ver su libro ya preparado y colocado en los estantes de las tiendas; pero sobre todo, dejó volar su mente hasta una joven de sonrisa cautivadora—. Pero más por el reencuentro que por la presentación —admitió.

¿Por el reencuentro? —preguntó Messías, algo perdido.

¿Acaso no te dije?

¿El qué?

¡Mi chica vendrá a Madrid! —anunció, como si de un gran bombazo se tratara.

¿En serio? ¡La famosísima Pétalo irá a tu presentación! —escribió—. Y pensar que hasta hace poco no querías ni verla!

Estaba equivocado —reconoció—. Es sencillamente perfecta.

Vamos, que la relación va viento en popa.

Sin duda.

Me alegro mucho por ti, amigo. ¿Y cómo es físicamente? ¿Es guapa?

Héctor sonrió al recordar de nuevo su joven rostro.

Te dije que es perfecta.

Uy, eso me suena a que no es muy agraciada —bromeó Messías.

Cuando digo perfecta, lo digo en todos los aspectos.

No me lo creeré hasta que la vea.

Héctor sonrió de nuevo, pero esta vez algo picado, con el reto reflejado en el brillo de sus ojos. Así como nadie podía osar insultar a Dulcinea delante de don Quijote de la Mancha, no dejaría que ni su amigo de más confianza se atreviera a dudar de la belleza de su chica.

Te enseñaré una foto, y te tragarás tus palabras.

No quería confiarle una fotografía a alguien del que ni siquiera sabía el nombre, así que la subió como foto de perfil del Messenger. Tardó unos segundos en cambiar la imagen del gato Félix por una en la que estaban los dos en Cádiz, abrazados.

Messías se quedó sin palabras cuando vio a esa chica de pelo rizado y profundos ojos castaños. Su rostro perdió todo el color y empezaron a temblarle las manos.

¿Qué te parece mi niña? Hermosa, ¿verdad?

Messías tardó en responder. No sabía exactamente qué escribir. Finalmente, tragó saliva, respiró hondo y tecleó unas pocas palabras.

No está mal. Oye, tengo que irme. He quedado con unos amigos.

Está bien, güey. Nos vemos.

Messías apagó el ordenador rápidamente. Sentía el corazón acelerado y un profundo dolor en el pecho. No podía ser. Había tantas personas en el mundo… ¿Cómo era posible?

Alguien llamó a su puerta. Era su hermana pequeña.

David, mamá dice que la ayudes con no sé qué —le avisó desde fuera.

Ya voy —contestó David cuando buenamente pudo.

Quiso levantarse de inmediato, pero las náuseas que sentía en el estómago le anunciaron que vomitaría si se atrevía a hacerlo. Así pues, tuvo que esperar unos minutos más en la silla, intentando asimilar lo que acababa de ver.

4

¿En serio?

Natalia no podía creérselo. O sí…, sí que podía. Claro que podía. Las personas no cambian tan fácilmente. Aun así, no conseguía dejar de asombrarse con la poca vergüenza de la que hacían gala algunas personas.

Como lo lees. Me telefoneó esta mañana.

Pero, ¿qué te dijo exactamente?

Era curiosa por naturaleza, pero aquella situación hacia que esa característica se acentuara. Necesitaba conocer los detalles.

Para empezar, me sorprendió oír cómo sollozaba. Me pregunté: «¿qué pedo con esta vieja?». Ya te digo que fuimos compañeros una vez en la misma sucursal, pero la trasladaron a la de Irene. Hacía meses que no hablábamos, aunque siempre tuvimos buena relación. Se llama Laura.

»Le pregunté qué le ocurría, y me contestó: «Enrique rompió conmigo. Y todo por culpa de la perra de tu ex. ¡Se fue con ella! ¡Me dejó por esa víbora!». Ya puedes imaginar mi cara.

¡Qué zorra! Aunque, la verdad, no me extraña. La que es guarra, es guarra —contestó Natalia. No sabía por qué, pero una parte de ella se sentía furiosa con esa mujer. Podía ponerse en la piel de la pobre Laura e imaginar el calvario que estaría pasando.

Lo peor es que llevaban dos años casados —explicó Héctor.

¿Se metió en un matrimonio?

Al parecer se vieron a escondidas en varias ocasiones.

¡Dios, cómo se puede ser tan… asquerosa!

Era indignante. Se suponía que debía estar contenta —o al menos tranquila— al saber que se la había quitado de en medio, y sin embargo, se encontraba consternada por su actitud de niñata y su comportamiento amoral. En su mente no cabía que existiese gente tan retorcida.

Sinceramente, me da igual lo que ella haga o deje de hacer, pero siento tristeza por Laura. Es una buena chica y estaba muy enamorada de su marido.

¡Ese es otro cerdo! Engañando a su mujer… Se ve que Irene y él están hechos el uno para el otro. Son dos hijos de puta. ¡Dios los crea y ellos se juntan! —dijo Natalia.

Ya ni al caso, mi amor. No me gusta decirlo, pero no es cosa nuestra. Y eso mismo le dije a Laura; que lo sentía mucho, pero que Irene ya no es cosa mía, y lo que ella haga no me incumbe. De todas formas, decidimos quedar con unos amigos para ir a la playa en estos días. Necesita olvidarse de lo que pasó.

Sí, intentad animarla. ¡Que se divierta y se olvide de ese idiota! Díselo de mi parte.

Eso haré. Descuida.

Nataly

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VI

Nataly

1

Esa tarde, la cafetería predilecta de las chicas estaba abarrotada. A la gente le gustaba ir a tomar chocolate con churros después de las compras de Navidad. La noche ya estaba cayendo. En la terraza aún quedaban un par de mesas libres, pero eso significaría tener que helarse de frío por tomar una merienda en condiciones. ¿Valdría la pena?

Natalia fue la primera en decidirse. Sus ganas de beber una taza de chocolate calentito pudieron con ella. Carmen y América la siguieron y tomaron asiento a sendos lados. Pidieron tres platos de churros con sus respectivas tazas de chocolates y la camarera llegó poco después con el suculento manjar.

Natalia mojó un churro en el chocolate y se lo llevó a la boca. Estaba espeso y dulce. Había merecido la pena quedarse, aunque fuera en la terraza.

Entonces, ¿se ha enfadado? —le preguntó Carmen a América.

Sí. Decía que había que ver, que había estado planeándolo todo para que después no fuéramos, y que ya no hace más planes.

Pero no es nuestra culpa. El sitio que han escogido es muy caro. Yo no tengo un duro. Estos churros para mí son como caviar —puntualizó Natalia, quien volvió a morder uno de ellos.

La entrada de la discoteca, diez euros; el tren para ir y volver, unos cinco euros; y después, si te quieres tomar algo… ¡Es carísimo! —se quejó Carmen—. Si al menos hubiéramos ido al de Cádiz y no al de Jerez… Era más barato.

¡Bah! ¿Qué más da? Yo estoy feliz con mi merienda.

América y Carmen miraron a Natalia, cuyos ojos no se apartaban en ningún momento del chocolate y el plato de churros.

¡Glotona!

¡Gorda!

¡Capullas! —soltó esta, con la boca llena.

Sus amigas soltaron una carcajada.

Bueno, y ¿qué vamos a hacer esta noche?

Natalia y Carmen se miraron. No entendían la pregunta de América. Ya prácticamente era de noche y estaban allí, merendando tranquilamente. Estarían un rato por el centro comercial, darían una vuelta, hablarían, echarían fotos… ¿Qué más quería?

No sé —contestó Natalia con prudencia—. ¿Qué quieres que hagamos?

Ir a algún sitio, ¿no?

Pero si ya estamos haciendo algo.

Más tarde, digo.

Las dos callaron unos segundos. Por sus mentes pasaba exactamente lo mismo. No habían pensado en quedarse hasta tarde en la calle o volver a casa para arreglarse algo más y salir de nuevo. Creían que el plan de ese día consistía en comprar regalos, merendar en la cafetería y dar una vuelta. Al parecer América se había quedado con ganas de fiesta.

Bueno, pues, no sé. Si queréis podéis venir a mi casa a ver una película —propuso Carmen.

Vale —aceptaron las dos, no demasiado satisfechas, una por tener ganas de volver a casa; la otra por preferir ir a algún bar a tomar chupitos.

2

Llovía en Cancún, pero el calor no se iba. Héctor miraba por la ventana del trabajo. El sonido de las gotas de agua al caer era la perfecta sinfonía para escribir. Siempre que llovía, se sentía melancólico, y la melancolía era la inseparable compañera de la inspiración.

Lástima que no se encontrara en casa. El efecto de la lluvia en horas de trabajo era otro. La gente apenas entraba en la oficina. Preferían dejar sus asuntos para días en los que salir no significara mojarse. Como si un poco de lluvia pudiera hacerles daño…

Héctor trabajaba en Atención al cliente de una gran empresa de telefonía móvil. A menudo se quejaba de su trabajo. Había días en los que acudía demasiada gente a montar follones, y esas personas solían atacarle los nervios. Pero en días como ese no entraba en el establecimiento ni una mosca, y el tiempo pasaba extremadamente lento. Un pitido en la Blackberry le hizo pegar un respingo. Su compañera de trabajo le miró con alarma. A los jefes no les gustaba que usaran los móviles en horas de trabajo. Héctor sacó su teléfono y le quitó el volumen de inmediato. Se aseguró de que a su alrededor no se encontrara ninguno de sus jefes cascarrabias, y desbloqueó la Blackberry. Natalia le hablaba por el Messenger.

¡Hola, Félix! ¿Qué tal?

Héctor sonrió.

Aburrido. Hay muy poco trabajo hoy. Me alegro mucho de verte.

Yo también.

¿Cómo estás?

Muy bien. Acabo de terminar de traducir por hoy.

Genial. Sigue así, señorita filóloga. ¿Sabes dónde estuve ayer?

¿Dónde?

En la presentación de un libro. Conseguí la firma del escritor.

¡Qué bien! ¿De qué va el libro?

Habla de la cultura maya, pero la verdad es que no sé exactamente cómo es —reconoció Héctor.

¿Entonces por qué fuiste? —quiso saber Natalia.

Me mandó la revista en la que colaboro para escribir sobre la presentación.

«¿También eso?»

Natalia empezaba a envidiar de forma sana al chico que se encontraba al otro lado de la pantalla e, inconscientemente, a desear que su propio novio fuese tan emprendedor como él. Trabajaba, escribía y colaboraba en una revista. ¿Y David? ¿Qué hacía David para aprovechar su tiempo, jugar a los videojuegos durante horas?

«Espera. Estás siendo injusta.»

David estaba cursando el primer año de un Grado Superior de administración. Había tenido mala suerte y le había quedado una asignatura, por la cual no podría pasar a segundo curso. Se había estancado y tendría que malgastar un año entero para una asignatura. Pero ¿qué culpa tenía él? Había buscado trabajo, pero la situación estaba muy mal. No era que él no lo hubiera intentado… ¿verdad?

¿Colaboras en una revista?

Sí. De hecho, el jefe, Francisco Ruiz, es como un padre para mí. Él hizo posible la publicación de mi libro. Me dio una oportunidad.

¡Qué suerte! ¿Cómo se llama la revista?

Pioneros. En Facebook tengo algunos de los artículos que escribí.

Sin perder un segundo, entró en la red social y buscó entre las fotos del escritor. Un álbum sin nombre guardaba varios reportajes escritos con minuciosa atención. A un lado, el nombre del autor y su foto.

¡Ah, sí, incluso sales tú!

Sí, aunque me veo bien feo.

No seas tonto. Sales muy guapo.

Se le escapó una risilla nerviosa. Su compañera, acostumbrada a la seriedad de Héctor, lo miró de inmediato, quedándose pasmada cuando lo vio sonreír con la cara roja como un tomate. Uno de los compañeros pasó a su lado y carraspeó, esperando que así el joven se decidiera a guardar el móvil. Héctor solo le hizo un gesto de desdén y volvió a la conversación. Que se vaya a chingar a su madre, pensó. Hoy no hay nadie a quien atender.

¿Guapo, yo? ¡No bromees!

Oye, solo soy sincera. Eres guapo y por eso sales guapo.

Héctor sintió cómo las mariposas invadían su estómago. Exhaló un suspiro. Aquello no podía ser bueno, y aun así no podía dejar de sonreír.

Al final me vas a enamorar.

Natalia también se sonrojó, y con esas palabras, supo que había hecho mal en ser demasiado sincera. A David no le hubiera gustado. Debía controlarse. No se estaba comportando bien y lo sabía.

No te conviene enamorarte de mí —fue lo último que le dijo antes de que uno de los jefes de Héctor le hiciera guardar la Blackberry.

3

La habitación, que hasta hacía media hora había estado impecable, ahora se hallaba llena de ropa por todos lados. Otra vez tendría que arreglarla.

Cogió un par de camisetas y se volvió hacia el espejo con ellas.

¿La azul o la marrón? —se preguntó a sí misma, hastiada.

Nunca había tenido problemas a la hora de elegir la ropa. No era algo que le preocupara. Vestía como le daba la gana en cada momento: un día más arreglada, otro día más informal… No le había tenido que dar cuentas de su vestuario a nadie hasta que llegó David.

En realidad, no podía decirse que se vistiera según los gustos de su novio. Cada uno es como es, solía decir, y si no gusto como soy, pues que no miren.

Aun así, en momentos como ese prefería ceder un poco para no tener broncas. Era el cumpleaños de uno de sus amigos, y al igual que la habían invitado por cortesía, ella debía asistir por cortesía. Sabía que a David no le gustaba que llevara escote delante de sus amigos, así que debía buscar algo arreglado, pero con lo que no enseñara nada. Ahí residía el problema.

La azul es demasiado desarreglada, y la marrón tiene escote. No mucho, pero tiene.

Sacó algunos jerséis; la mayoría, prendas viejas que tenía desde hacía años. Su fondo de armario de invierno dejaba bastante que desear.

Pensó en el vestido que le habían regalado hacía poco, pero lo descartó rápidamente por si también le molestaba que se le vieran demasiado las piernas. Eso hubiera sido el colmo.

Buscó y rebuscó en los cajones y se probó montones de camisetas de todos los tipos, pero incluso la más discreta resaltaba su busto.

«¡Joder! ¿Qué culpa tengo yo de tener tantas tetas?»

El tiempo volaba y la hora de salir de casa se acercaba. Cansada de su frustrado intento de ser buena novia, se puso unos pantalones vaqueros, la camiseta de color marrón y una rebeca que apenas cubría unos centímetros más de lo que dejaba al descubierto lo que llevaba abajo. Se hizo una trenza en el pelo y salió de su casa a toda prisa, preparándose para la pequeña —o eso esperaba— discusión que tendría en aproximadamente veinticinco minutos. Caminó a paso ligero calle arriba, pasando por la Glorieta, subiendo por las Torres y bajando hasta el centro comercial el Plaza, testigo de todas sus citas. Cuando llegó, sudando y con la respiración agitada y el corazón a mil por hora, David todavía no daba señales de vida.

«Como siempre.»

El cielo estaba totalmente despejado. No había una sola nube en el lienzo azul que se expandía sobre la ciudad. El sol brillaba e irradiaba un calor inesperado y maravilloso en esa época. Era una lástima que un día tan bonito fuera a estropearse por una cuestión de tela.

Con manos rápidas, se deshizo de la rebeca y la ató a su cintura.

A lo lejos se dibujó la figura de David, vestido con su típica camiseta negra y su camisa de cuadros encima. Ella también tendría que cantarle las cuarenta con respecto a su ropa, y sin embargo, lo aceptaba.

Hola, bonita.

Hola.

Un abrazo y un beso. Todavía no llegaba lo malo. Natalia no quería ni pensar en lo que vendría cuando se separaran. David le tocó cariñosamente el culo y Natalia volvió a quitar la mano de su nalga.

Que no me toques el culo.

David sonrió, resignado, y la miró de arriba abajo como si de un escáner se tratara. Su mirada se clavó en los pechos de Natalia. La reacción no se hizo esperar.

Vas muy guapa, pero…

¡No me digas nada! —le advirtió—. ¡Una hora! —exclamó, mostrando su dedo índice—. Me he pasado una hora entera pensando en qué demonios ponerme. He dejado mi cuarto hecho un desastre y no he encontrado nada que pensara que pudiese gustarte.

Ya te he dicho muchas veces que no me gusta que mis amigos te vean así.

¿Así cómo? No voy demasiado destapada.

Ya, pero no me gusta.

Pues que sean ellos los que se corten. ¿Por qué tengo yo que cambiar mi forma de vestir porque a alguno se le pueda ir la mirada? ¡Mírame, David! Voy bien. Casi no se ve nada.

Pero algo se ve.

Pues lo siento mucho. Si no les gusta, que no miren.

El problema es que les pueda gustar.

Natalia rio sarcásticamente.

¡Pues que disfruten!

David frunció el ceño.

Mira, es la ropa que tengo, ¿vale? Estoy harta de tener siempre el mismo problema.

Pero ¿qué te cuesta no venir así por un día? Nunca vamos con mis amigos.

No, David, no es un día. ¡Es siempre! Siempre te quejas de mi ropa. Todos los días tengo que comerme el coco a la hora de vestirme porque no hay día que no te guste cómo voy vestida. ¿Sabes qué? Mejor no voy al cumpleaños. Así no tenemos más problemas. Te vas tú solo y así seguro que tus amiguitos no miran nada.

No seas tonta.

No seas tonto tú.

Si no vas, quedarás mal con ellos.

Parece que todavía no te has dado cuenta, David, pero me da igual lo que piense la gente de mí. Y más si son prácticamente desconocidos.

David suspiró y apoyó la espalda contra la pared de uno de los laterales del Plaza. Él también estaba cansado de los problemas que surgían por culpa de la ropa. Ella no entendía su punto de vista. No le importaba que utilizara escotes, siempre que fuera en la intimidad, donde solo él pudiera verla. Para eso era su novio.

Entonces ve por mí, ¿vale? Dejemos el tema por hoy.

4

Te ves enojada.

Las palabras de Natalia llegaban a través de la pantalla duras, secas, ásperas. No era su carácter afable y animado de siempre. Las letras no engañaban, y menos en ella. Estaba seguro de que le había pasado algo.

Lo estoy —confesó.

Y ¿por qué? ¿Qué ocurrió?

Una pequeña discusión con David, mi novio.

¿Me puedes contar?

Pues, que si fuera por él, iría a la calle vestida con un burka —exageró—. Hoy era el cumpleaños de uno de sus amigos, y nos había invitado a los dos para celebrarlo con una merienda en el parque. Me he puesto una camiseta de mangas largas con un poquito de escote, ¡y no veas cómo se ha puesto el señor! En cuanto me ha visto aparecer así vestida, ha puesto mala cara y me ha dicho que delante de sus amigos no quiere que lleve ese tipo de ropa. ¡Pero es que ya no sé qué ponerme con él! ¡Siempre se queja de algo!

¿Tan celoso es?

Solo un poco, pero dice que no le gusta que los demás vean mis escotes. Que le gusta que los lleve, pero solo para él.

Héctor no pudo evitar reír. Menudo imbécil. No sabía cómo una chica como Natalia podía estar con alguien como él. ¿Qué le había visto?

Qué inmaduro y posesivo.

Sí, y ya llega un momento en que cansa muchísimo. ¿Sabes lo que es tener que estar comiéndome el coco siempre que tengo que salir porque no sé qué ponerme para no discutir con el señorito? —se quejó ella. Parecía realmente agobiada—. Uff…, me pone de los nervios, te lo juro. ¡Y lo peor de todo es que se queja de mi ropa cuando él siempre lleva lo mismo!

No manches. ¿En serio?

Sí, siempre viste con las mismas camisas o las mismas sudaderas.

Héctor pensó que se trataba de todo un personaje. Quizás lo incluyera en alguna de sus novelas, ¿quién sabe? Podría dar mucho juego. Sería entretenido escribir sobre alguien con un carácter tan… extraño.

Oye, pues ni modo. No vas a cambiar tu forma de vestir porque a él no le agrade.

Por supuesto que no. Nadie va a cambiar mi manera de ser. Eso lo tengo muy claro.

Bien dicho. Es tu personalidad. Nadie debe cambiarla. Nunca dejes de ser tú misma. —Suspiró y recargó la espalda contra el respaldo—. Yo una vez lo hice. Llegué a desconocerme a mí mismo.

¿Qué pasó?

Irene, mi esposa, hizo que cambiara.

¿Tu esposa?

Sitió una punzada en el pecho y dejó de respirar unos instantes.

«¿Está casado?»

Tragó saliva. Se esperaba cualquier cosa menos eso. ¿Por qué nunca antes se lo había dicho? ¿Le había estado tirándole los tejos teniendo mujer?

Estoy en trámites de divorcio —explicó—. Me separé hace unos meses. Llevábamos tres años casados.

Natalia resopló aliviada. Ya sabía que Héctor no era de ese tipo de hombres.

Vaya, lo siento mucho. ¿Qué pasó?

No lo sientas. Estaba ya muy harto de ella. No me apoyaba en nada, no aceptaba mis muestras de cariño, no apreciaba nada de lo que yo hacía por ella y me reclamaba por todo. No me amaba como yo la amaba a ella. Luché mucho por que nuestro matrimonio saliera adelante, pero ella no hizo más que empeorarlo. Al final la mandé a la chingada.

Si no te quería, ¿por qué se casó contigo? —preguntó Natalia, más a sí misma que a él.

No lo sé. Aunque ya me vale madres. He estado muy mal durante demasiado tiempo. Tenía muchas ilusiones puestas en mi matrimonio. Incluso ya quería tener hijos.

Natalia no pudo evitar imaginarse la situación si la ex de Héctor hubiera consentido tener hijos. Eso sí que hubiera sido un verdadero marrón. Héctor, mexicano de treinta años y un hijo, camelando a una chica de diecinueve. Gran titular. Y también horripilante.

Bueno, piensa que hubiera sido un error tenerlos con la mujer equivocada.

Sí. Debería haberme dado cuenta mucho antes, pero estaba ciego.

Pues mejor —afirmó Natalia.

¿Mejor?

Sí. Te mereces mucho más que eso; muchísimo más. Ella se lo pierde.

Gracias, Nataly.

Nataly. Siempre la llamaba así y todavía no sabía por qué. La curiosidad iba ganando terreno poco a poco.

Oye, ¿por qué siempre me llamas Nataly?

Nataly es el nombre de la protagonista de uno de mis cuentos favoritos. Lo leía cada noche cuando era niño. Cuenta la historia de una chica que tiene un poder especial: el poder de ayudar a las personas. Un día, conoce a un chico que está totalmente perdido, hundido en un pozo oscuro del que nadie ha podido sacarlo. Pero Nataly lo consigue; le ayuda a seguir adelante y a reencontrarse a sí mismo.

¿Por qué estaba ese chico en ese pozo oscuro? —curioseó Natalia—. ¿Y cómo lo ayudo Nataly a salir de ese pozo?

Ya no te voy a contar más —sentenció Héctor—. Es mejor que lo leas.

No creo que lo encuentre por ninguna parte.

Entonces yo te lo regalaré cuando nos conozcamos en persona.

Natalia cogió aire y lo soltó lentamente. Se estaba metiendo en terreno peligroso.

¿Tienes pensado conocerme en persona?

¿Por qué no? Me gustaría caminar contigo, agarrados de la mano, por las calles de tu ciudad. Sería algo muy padre. De verdad que me gustaría.