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Tocada y hundida

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IX

Tocada y hundida

1

«Estoy muy mal. Me gustaría verte.»

Un mensaje simple, insinuante y lleno de malas intenciones. No era algo que le apeteciera ni mucho menos. De hecho, solo de pensar en los detalles del plan le entraban náuseas. Pero tenía que hacerlo. Era una obligación que se había impuesto a sí misma. Después de haber estado meditándolo demasiado tiempo, había decidido que lo que más quería y necesitaba en ese momento era hacerle daño a esa zorra que le había arruinado la vida, y que por segunda vez la había dejado sola, sin amigas. Si no se vengaba, no se quedaría tranquila. Natalia no sabía lo que había hecho ni con quién se había metido. Si ese idiota contestaba, tendría la oportunidad de devolvérsela. Iría a por lo que más daño pudiera hacerle, lo que la hiciera morir de angustia. No era ningún secreto para ella la persona que podía hacer que Natalia se retorciera de dolor. Ahora más que nunca.

Un pitido. Abrió el mensaje nuevo en el móvil.

«Dime dónde y cuándo.»

Perfecto.

2

América encendió un cigarro y digo un par de caladas seguidas para acostumbrarse cuanto antes al sabor. Hacía poco que había empezado a fumar. Se había dado cuenta de que con esa simple acción, los hombres caían como moscas. Se acercaban, la invitaban a algo y si había suerte… En realidad, siempre funcionaba. Esa noche, ya le habían entrado dos chicos, pero por cuestión de compromiso, no había aceptado la invitación de ninguno a salir del pub y dar una vuelta que, con seguridad, acabaría en la casa de él.

Al final de la calle se vislumbró una sombra horonda y de caminar despreocupado. América sonrió al conocer desde lejos la camisa de cuadros rojos sobre la camiseta negra. A medida que se iba acercando, lo examinó con detalle. Se había afeitado cuidadosamente y su escaso pelo estaba excesivamente engominado. No comprendía qué había podido verle Natalia. Dio una última calada y tiró el cigarro al suelo para pisarlo con el tacón. Sacó todo el humo que mantenía en la boca y dio un par de pasos al frente para saludar a David.

¿Desde cuándo fumas? —fue lo primero que le preguntó.

América se encogió de hombros y compuso una sonrisa con sus labios pintados de rojo.

Gracias por venir. ¿Entramos? —ofreció, señalando la puerta del pub.

David abrió la puerta y le cedió el paso. Dentro, sonaba la voz de Bon Jovi. América entró en el garito contoneando de manera exagerada las caderas. Tomó asiento en la barra y pidió una cerveza.

Otra para mí —pidió David a la camarera.

En cuanto la tuvo en la mano, dio un largo sorbo. Aún se preguntaba por qué demonios había acudido a esa cita que, sin lugar a dudas, no le traería más que problemas. Esperó a que fuera ella quien empezara la conversación, pero no parecía tener intención de hacerlo.

¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente.

América bebió de su cerveza y bajó la mirada, como si hablar de ello la apenara.

Me han dejado de lado. Todas. —Pasó el dedo por debajo del ojo, secando una lágrima imaginaria—. Natalia ha malmetido contra mí.

David frunció el ceño, contrariado.

¿Natalia?

Sí, tu novia ha hecho que me quede sin amigas —masculló, apretando la mandíbula—. Ahora estoy sola.

David hizo una mueca con los labios, y por un momento, en sus ojos brilló la tristeza. Estuvo a punto de decirle que Natalia y él ya no eran pareja, pero le pareció lamentable y, sobre todo, humillante contar por qué su ahora ex lo había dejado. No. Con la mala leche que tenía esa chica, seguro que se burlaría de él. No pensaba pasar por eso. Cogió su vaso y volvió a beber. Lo mejor sería callárselo.

La observó detenidamente. Había cambiado. La última vez que la había visto llevaba un vestido largo de estilo hippie, brackets y coletas en su pelo corto. Nadie diría que era la misma de entonces, con ese exceso de maquillaje, los tacones de aguja y minifalda. Juraría que se había alisado y teñido el pelo de negro, pero quién sabía. Quizás ya lo llevaba así antes y no se había dado cuenta. No era bueno para los detalles.

Y… ¿qué dijo exactamente?

No estoy segura. Pero ya qué más da.

Apuró su cerveza y dejó el vaso en la barra con tanta fuerza que David pensó que se rompería y tendría que pedir disculpas ante la camarera.

He acudido a ti porque no tenía a nadie más. La verdad es que me extraña que Natalia no te haya puesto también en mi contra.

Últimamente no está muy habladora —comentó David para salir del paso.

América gruñó y se puso de pie sobre sus taconazos. Hasta ella misma se preguntaba cómo era capaz de andar con ellos, pero todo fuera por estar más sexy a los ojos de aquel chico.

¿Nos vamos? Necesito que me dé el aire.

David terminó su cerveza y salieron del pub. Después de aquello, todo resulto asombrosamente fácil. Anduvieron durante largo rato hablando de cualquier cosa. En varias ocasiones, América soltó insinuaciones e indirectas que David recibió, aparentemente, de buen agrado. Esto no pasó desapercibido para América, acostumbrada a recibir rechazos de él y que en ese momento estaba alerta a cualquier señal que pudiera indicarle que había llegado el momento de actuar.

Todo sucedió cuando llegaron al portal de su casa. No era una casualidad que los padres de la chica no estuvieran esa noche en su casa. Habían ido a pasar el fin de semana a una casa rural en la sierra para celebrar su aniversario de casados, y América sabía de su escapada romántica desde que su padre se había confabulado con ella hacía ya mes y medio, para darle la sorpresa a su madre. América le invitó a pasar sin dar rodeos. Pensó que se negaría en rotundo, pero en vez de eso, aceptó sin pensarlo.

Ya en el ascensor, el silencio los incomodó durante los pocos segundos que duraba el viaje de ascenso, pero una vez que América abrió la puerta, David la empujó dentro de la casa y la besó. América hizo una mueca. David era demasiado baboso a la hora de besar y no era el tipo de hombre al que se tiraría por placer. No. Aquí había en juego mucho más que unos minutos —Dios sabía cuántos— de diversión; con ello le devolvería a Natalia con creces el sufrimiento con el que la había hecho cargar. David la llevó a su habitación y allí pasó lo que tenía que pasar, pero ninguno disfrutó de ese acto tan deleznable. Ambos se sentían despechados. Cada uno tenía su motivo para encontrarse en esa cama, desnudos y con el corazón atormentado. Ninguno de esos motivos era bueno.

3

Los muebles de la cocina estaban impolutos, o eso parecía. En esta ocasión, Natalia no se había esforzado demasiado en limpiar aquella cocina. Sabía perfectamente lo que pasaría cuando saliese de allí, cansada y sucia, y le pidiera a la vieja su paga por tan ardua tarea. Recordaba sus palabras a la perfección. Primero, la timaría; y después, la llamaría drogadicta sin pudor alguno. Había sido una estupidez acudir de nuevo a esa casa, pero necesitaba el dinero, y ya no sabía de dónde sacarlo. Estaba desesperada. Sin embargo, no era tonta, y no se estaba esforzando ni las tres cuartas partes de lo que se había esforzado la última vez que fue —si es que realmente había estado en esa casa—. Además, tenía una idea algo retorcida en mente, que, sin duda, llevaría a cabo si la vieja se atrevía a pagarle de menos y a tratarla como si fuera una drogadicta. Pasó el trapo por la encimera una última vez, lo exprimió y lo echó sin cuidado en el fregadero. Se lavó las manos y salió de la cocina. Se sonrió. Esta vez no sudaba, y aunque fueran imperceptibles, había dejado algunas manchas en lugares donde la señora de la casa nunca se asomaría, y si lo hacía, no le importaba. No se iba a esforzar más de lo que debía para que después le negaran su dinero.

Se dirigió al salón, donde la anciana se encontraba repanchingada en el butacón delante de la tele. Veía y escuchaba con tanta atención los cotilleos que se intercambiaban en ese cutre programa del corazón que no se dio cuenta que la chica que había contratado para la limpieza de la cocina se encontraba en la puerta, esperando. Natalia tocó un par de veces en el marco de la puerta. La señora la mandó a callar con un siseo y volvió a su programa. Natalia frunció el ceño.

Ya he terminado —anunció la joven, manteniendo la calma.

Ah, ¿sí? —dijo simplemente, y volvió a callar.

Natalia apretó los puños y respiró hondo.

Ya es tarde. Si pudiera pagarme…

La anciana señaló unos billetes que había encima de la mesa, pero ni siquiera la miró y mucho menos le habló.

Natalia se acercó y cogió los dos billetes: uno de diez y otro de veinte. Lo sabía. Había vuelto a intentar timarla.

Disculpe, pero faltan cinco euros —intentó la chica, esperando que la señora fuera razonable.

Lo siento, no tengo más —respondió esta con simpleza.

Natalia alzó una ceja. En el fondo ya lo sabía, pero le daba rabia que le hablara con tanta tranquilidad, y sobre todo, que ni siquiera la mirara mientras lo hacía.

Esto no era lo acordado —dijo ella, también serena.

La anciana se encogió de hombros.

O lo tomas o lo dejas. Si no estás conforme, no es mi problema.

Ah, ¿no es su problema?

La voz de Natalia sonaba dura y cada vez más malévola. En su mente, empezaba a degustar lo que vendría a continuación. Aquella bruja la miró como si fuera un insecto repugnante.

¿Por qué me miras así? —le preguntó—. ¿Acaso estás drogada? ¡Claro! Para eso quieres el dinero, ¿no, sinvergüenza?

La joven permaneció callada, sin alterar la expresión de su rostro. Finalmente, una pequeña sonrisa se formó en su cara. La señora sintió un pequeño escalofrío.

Entonces, ¿no me piensa dar lo que me pertenece?

La mujer frunció el ceño y se mantuvo en su postura altiva a pesar de que por su mente pasaba toda clase de barbaridades. ¿Y si esa chica era una psicópata? ¿Y si pretendía hacerle daño o simplemente, robarle?

Por supuesto que no.

Natalia se encogió de hombros.

Muy bien.

Cogió su bolso y salió del salón. La señora suspiró, aliviada, pero se levantó de su asiento para comprobar que realmente se iba a casa. La chica, sin embargo, no fue hasta la entrada, sino que volvió a la cocina. La anciana vio cómo sacaba un bote de Kétchup de su bolso y comenzaba a vaciarlo sobre el suelo de la cocina.

¡Pero, ¿qué haces?! —gritó.

Natalia recorrió toda la cocina, embadurnándola con el tomate, y no paró hasta vaciar el bote. La señora fue corriendo hacia el patio interior de la casa para coger la escoba, su arma defensiva. Fue entonces cuando Natalia salió corriendo, dejando pisadas de tomate por toda la casa y llevando consigo los 30 euros que se había ganado. La vieja empezó a proferir improperios desde la puerta de su casa, donde veía cómo esa chica a la que había intentado timar se escapaba a paso rápido. La joven se volvió en mitad de la noche y se despidió de ella con la mano en alto y una sonrisa.

¡Ahora limpie usted, vieja amargada! ¡Para que aprenda a tomarle el pelo a su puta madre!

Y corrió calle abajo para perder de vista esa casa a la que no volvería nunca más.

4

Para ella no era ningún secreto dónde se encontrarían esa noche de sábado. Todos los fines de semana durante años quedaban en el mismo sitio, a la misma hora. Viejas costumbres son difíciles de cambiar. Y para la pandilla más aún. Así que cuando quedaba un cuarto de hora para las ocho, se puso sus zapatos de tacón y caminó hasta el centro comercial Plaza. Cuando llegó, Carmen y Natalia ya se encontraban allí. Siempre llegaban las primeras, al menos cinco minutos antes de la hora. Pensó en actuar, pero imaginó la escena cuando estuvieran todas delante y le pareció mucho más humillante y divertido. Así que permaneció escondida tras una columna hasta que vio aparecer a las demás. Una vez que estuvieron todas reunidas, salió de su escondrijo y fingió toparse con ellas.

Las chicas se quedaron pasmadas cuando vieron a América salir de detrás de la columna con una sonrisa, sin bajar la mirada como acostumbraba a hacer cada vez que se encontraba con alguna de ellas. Algo había cambiado, además de su apariencia. Parecía más segura de sí misma, más tranquila, y sobre todo, más mala que nunca.

¿Os olvidabais de mí? —preguntó con todo el morro del mundo.

Las chicas intercambiaron miradas; primero, anonadadas; después, divertidas. Natalia y Marina sonrieron de forma burlona.

¡Anda! Lo siento…, se nos olvidó llamarte —exclamó Marina, dándose un golpecito en la frente de manera teatral.

América la ignoró. No apartaba la mirada de Natalia y mantenía su sonrisa, disfrutando del momento que vendría a continuación. Dio un paso hacia adelante.

¿Sabes? El otro día vi a David.

Natalia se cruzó de brazos. Ella también sonreía. Sabía que América quería fastidiarla de cualquier manera posible, y no iba a darle esa satisfacción.

No me digas.

Sí. Me lo encontré por casualidad y lo invité a una cerveza.

Natalia ensanchó la sonrisa. «Por casualidad… » No había quien se lo creyese.

¿Ah, sí? Entonces, supongo que hablaríais mucho sobre mí.

¿Supones? —Suspiró, teatralmente—. Pues, no… La verdad es que estuvimos demasiado ocupados para acordarnos de ti.

Natalia arqueó una ceja. América cerró los ojos y se llevó una mano a la frente, como si hubiera hecho algo terrible y no pudiera estar más arrepentida.

Ay, no sé cómo decírtelo, cariño… —murmuró.

Las chicas se miraron las unas a las otras. Todas se preguntaban en silencio a qué se refería, pero en el fondo, ya lo sabían, y esperaban tensas y en silencio a que se armara la de Troya. No podían imaginar la reacción que tendría Natalia. ¿La insultaría a gritos? ¿Le tiraría del pelo? ¿Le pegaría un puñetazo en plena cara?

No me lo digas —se adelantó Natalia con voz sombría. Un escalofrío recorrió la espalda de sus amigas —. Mejor déjame adivinarlo. —Colocó una mano bajo su barbilla y esperó unos segundos para dar su predicción—. Te has tirado a David.

América siguió con su teatro, pero una sonrisilla asomaba en sus labios.

Lo siento, cariño… No pudimos evitarlo.

¿Lo sientes? —preguntó Natalia. Aunque pareciera increíble, conservaba la sonrisa en la boca—. ¿Por qué lo sientes?

América no pudo disimular su confusión.

¿Que por qué? Pues…, ¿porque me he acostado con tu novio?

Natalia abrió mucho los ojos, como si acabara de entender la situación. Ahora le tocaba a ella actuar, y sobre todo, joderla. Soltó una risilla y después estalló en carcajadas.

¡No me digas que no te lo ha dicho! —dijo entre risas.

América perdió totalmente la sonrisa.

¿El qué? —preguntó, cautelosa.

¡Que le dejé hace casi un mes! —exclamó. La cara de América se volvió un poema. Las demás comenzaron a reír por lo bajo, pero Natalia no podía dejar de burlarse de ella con su risa escandalosa—. Vamos, que si lo que querías era hundirme, te ha salido el tiro por la culata. —Paró de reír y se aclaró la garganta y colocó las manos como si de una gran dama se tratara—. Perdón, lo que quería decir es: no lo sientas, querida. En realidad, sé que no lo sientes… O puede que ahora que sabes la verdad, sí lo sientas.

Y rio de nuevo.

El grupo se puso en marcha, pasando por al lado de donde América permanecía con la tez grisácea y muerta de rabia. Al pasar por su lado, Natalia le sonrió con una pizca de malicia.

Espero que disfrutaras el polvo, porque tirarte a David por placer tiene tela…

La cara de América comenzó a cambiar de color, pasando del gris al morado y del morado al rojo. Apretó tanto los puños que se clavó las uñas en las palmas; chirrió tanto los dientes que se hizo daño en la mandíbula; y las risas de sus antiguas amigas le provocaron una locura transitoria que la llevó a volverse hacia Natalia y con cara de demonio, a gritar en plena calle.

¡Zorra! ¡¡Eres una maldita zorraaaaaa!!

La gente que paseaba cerca de ellas se volvió, asustada, y al ver los ojos inyectados en sangre de la joven de pelo negro que pegaba zapatazos en el suelo como si quisiera romperlo y corría el riesgo de quedarse afónica de tanto chillar, el temor los hizo alejarse con rapidez. Era como si fuera a explotar en cualquier momento; o peor: tirarse contra la chica de los rizos y ahorcarla hasta la muerte. Natalia se giró con parsimonia. Ya no había sonrisa en su cara, pero su rostro reflejaba tranquilidad, incluso lástima.

No soy yo la que se ha tirado al ex de una «amiga», cariño. —Esta última palabra la dijo con excesiva dulzura. Tanta, que su sabor se antojaba amargo y falso al mismo tiempo.

América temblaba y se erguía en tensión. Natalia se fijó en sus puños, colorados por la fuerza con la que agarrotaba los dedos. De repente, sus manos se aflojaron y su expresión se resquebrajó. Allí, delante de sus juradas enemigas, América, la mentirosa, la traidora, rompió a llorar como una niña pequeña.

¡Me has jodido la vida! —gritó, tapándose la cara y secándose las lágrimas con más fuerza de la que debería—. ¡Me la has arruinado, hija de puta! ¡Te odio! ¡Zorra! ¡Zorra!

Las chicas no le quitaban ojo. Era la primera vez que la veían así, destruida, acabada. Y aunque algunas de ellas lo habían deseado desde hacía mucho, no se enorgullecían de verla de esa forma.

¿Aún no te das cuenta? —Natalia alzó la voz para hacerse oír entre sus llantos—. ¿Después de la que has armado, todavía te quedan ganas de echarle la culpa a los demás?

América dejó de llorar y levantó la mirada. Natalia no se había acercado ni lo haría. Su expresión era dura. Sabía que después de lo que había hecho, nunca se compadecería de ella hasta el punto de tenderle una mano.

Tu situación, que estés sola, la persona en la que te has convertido…, todo lo has creado tú con tus mentiras y tu actitud miserable y envidiosa. Con tus ganas de ser el centro de atención y de herir a las personas. ¿De verdad crees que alguien querría estar contigo? —Hizo una pequeña pausa para que sus palabras calaran hondo en la chica que la miraba fijamente sin decir palabra—. Me llamas zorra, pero aquí la única zorra eres tú. La misma que decidió hundirse en la mierda y no se dio ni cuenta. No busques responsables de tu triste vida. Solo mírate a un espejo y encontrarás a la culpable.

Una vez más, se dio la vuelta y con un gesto de cabeza le indicó a sus amigas que ya podían emprender el camino.

En la calle se había hecho el silencio, pero de pronto comenzaron los murmullos. América levantó la mirada y vio a la gente que hablaba de ella, tapándose la boca, o que la señalaba con disimulo. Pensó que alguien volvería a reírse de ella y salió corriendo, y cuando estuvo a salvo de los murmullos y se detuvo a pensar, supo que la habían derrotado. O lo que era peor, ella había sido su propia contrincante y se había dado una estocada letal.

Natalia tenía razón. Se había hundido a sí misma.

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Para mí estás muerto

Publicado en

IX

Para mí estás muerto

1

¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Héctor dejó que una risilla escapara de su boca. Cogió en peso la maleta de su novia y la colocó junto a la suya.

¿Me lo preguntas ahora, que ya montamos en el tren? —preguntó con un tono burlón, mientras la guiaba hasta sus respectivos asientos.

Natalia señaló hacia la salida.

Todavía tenemos la oportunidad de salir huyendo.

Héctor echó una ojeada a la puerta, que tras unos pitidos que alertaban la salida del tren, se cerró, dejando a Natalia con una mueca de disgusto en la cara. Héctor se volvió hacia ella con una sonrisa.

Tarde.

Natalia resopló y vio por la ventana cómo el tren empezaba a alcanzar cierta velocidad. En cuatro horas estarían en San Fernando y les presentaría a sus padres a su novio mexicano de treinta años. Se llevó la mano a la boca y mordió la uña de su dedo pulgar. ¿Y si su padre se ponía muy pesado? ¿Y si hacia algún comentario que pudiera ofender a Héctor? ¿Y si le hacían sentir incómodo?

Le miró de soslayo. Desde la ventana, observaba el paisaje. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Siguen sorprendiéndome los paisajes españoles —comentó, tomando su mano. Natalia le respondió con una expresión preocupada—. ¿Qué ocurre, mi amor? No entiendo por qué estás tan nerviosa. Algún día tendré que conocer a tus padres.

Sí, pero… No sé —murmuró, mirando hacia todos lados.

Se volvió hacia ella y la obligó a enfrentarle con la mirada.

A ver, dime: ¿qué puede salir mal?

Lo pensó con detenimiento, y llegó a la conclusión de que no sabía por qué estaba tan preocupada. Sus padres no eran precisamente unos ogros. Estaba segura de que lo tratarían bien y lo aceptarían sin pensarlo. Aun así, no podía evitar que se le revolviera el estómago.

Nada, supongo —reconoció. Infló los pulmones y los vació de golpe—. Tienes razón. No tengo por qué preocuparme.

Claro que no.

Es la costumbre, supongo. David nunca quería reunirse con mis padres… En realidad, con nadie de mi familia. Se me hace extraño que tú sí quieras.

La besó en la mano y le brindó una mirada cómplice.

Tu familia es mi familia. ¿Esto es una relación, o no?

Claro que sí —respondió sin dudar.

Entonces, no se hable más. San Fernando, allá vamos —dijo, muy animado.

Pero Natalia no estaba tan convencida. Tenía la sensación de que algo saldría mal. Era una corazonada.

Cogió aire y lo soltó lentamente. Seguramente solo estaba nerviosa.

2

Ay, Dios… —murmuró Natalia cuando ya estaban fuera de la estación, girando la cara hacia él, como intentando esconderse de algo o de alguien.

Héctor se detuvo. Conocía esa reacción. La había vivido la última vez que había estado en Cádiz.

¿Qué ocurre? —le preguntó.

Natalia hizo un gesto con la cabeza, señalando disimuladamente a la persona que se encontraba apoyado en una de las barandillas de la estación de trenes. Héctor miró sin disimulo, al igual que hacia el joven de descuidado físico y aspecto que los observaba con cara de pocos amigos.

Tu ex.

Ella asintió.

Héctor la agarró de la mano para tranquilizarla.

Ven, vamos a tomar un taxi.

Salieron por la puerta acristalada y marcharon hacia la izquierda para bajar a la parada de taxis. Ese crío no se atrevería a hacer nada, pero prefería evitar problemas. Así había sido la última vez que se habían encontrado en el parque Genovés. El chico solo había asistido para molestar con su presencia, pero no tenía narices para hacer nada más. Al parecer, esta vez iba a ser diferente.

¡Oye! —les gritó, y acto seguido profirió un silbido colocando dos de sus dedos en la boca—. ¡Os hablo a vosotros!

Héctor se volvió hacia él. No estaba dispuesto a que un niñato los llamase como si de perros se trataran, y mucho menos que se pusiera chulo con ese tono de voz de barriobajero. Natalia también miró hacia él, con el corazón desbocado. No podía creer que David les hubiera llamado, y aún menos, que se estuviera acercando con pasos seguros. Héctor estaba en tensión. Odiaba a ese niño desde que había oído hablar de él, pero no estaba dispuesto a morder a menos que él atacase primero. David se paró cerca de Natalia. Héctor dio un pequeño tirón de su brazo para acercarla más. David lo miró.

Tranquilo, que no te la voy a quitar. Yo no soy un robanovias.

Aunque quisieras, no podrías —contestó Héctor.

David se dirigió entonces a Natalia.

¡Cuánto tiempo, bonita! —dijo, llamándola de la misma forma en que lo hacía cuando salían—. Supongo que no me habrás echado de menos.

Héctor temblaba de ira. Natalia frunció el ceño.

David…

Oh, lo siento… No me acordaba de que ya no eres mi bonita. No desde que me abandonaste por este.

Héctor estaba a punto de saltar, y la chica lo sabía. Así que intentó tranquilizarle con una caricia en la mano a base de mover el pulgar suavemente.

No pienso volver a tratar ese tema.

David sonrió.

No te preocupes. No es contigo con quien quiero hablar hoy. Ya te rogué bastante en su día —le reprochó, y volvió a mirar a Héctor—. Solo he venido a preguntarte cómo se puede ser tan hijo de la gran puta.

Héctor dio un paso violento hacia adelante. Natalia lo agarró con fuerza del cuerpo.

¡Héctor!

Ella no te dejó porque me conociera a mí —rugió el joven mexicano—; lo hizo porque fuiste un pésimo novio.

David apretó los puños. Su sonrisa malintencionada desapareció.

¡Tú qué cojones sabrás!

Sé lo que ella me contó, que no eres más que un niño que nunca maduró. Y por lo que veo, es cierto, porque si fueras un hombre no la perseguirías de esa forma. ¿Por qué no dejas ya de buscarla y de espiarla?

Yo no la espío.

Entonces, ¿cómo sabías que estaríamos acá?

La mirada de David fue significativa.

Porque tú me lo dijiste.

Natalia miró a Héctor, confundida, pero esto no aclaró sus dudas. Su chico estaba casi tan contrariado como ella.

¿Qué dices?

¿Te suena de algo el nombre Messías? —dijo David, con una mueca en la boca.

Los ojos de Héctor parecían platos.

¿Qué? ¿Tú eres Messías?

David apretó la mandíbula. La expresión de Héctor no hacía más que enfurecerlo. Con cada segundo estaba más cerca de lanzarle un puñetazo a la cara. Metió la mano en el bolsillo y sacó un papel arrugado. Con un gesto furioso, le lanzó la bola de papel al pecho, la cual rebotó y cayó al suelo. Héctor se agachó para recogerla. Cuando vio lo que contenía, palideció. Entonces, clavó su mirada en David.

Mientras yo sufría como un perro, tú te estabas tirando a mi novia.

Ya no estabais juntos cuando ocurrió esto —aclaró Héctor.

¡Se suponía que eras mi amigo!

¿Yo qué demonios sabía? —gruñó.

Natalia echó un ojo a la imagen que aún conservaba Héctor entre sus dedos. El corazón le dio un vuelco, y le arrancó la foto de las manos. Tragó saliva. Era una foto de Héctor y ella en el sofá de su casa, en una situación comprometida. Se llevó la mano a la boca y sofocó un quejido. Apretó la foto con sus manos, y sin que ninguno de los chicos presentes lo esperara, se lanzó contra David y comenzó a propinarle tortazos con las manos abiertas.

¡¿Qué coño haces tú con esto?! ¡¿Qué carajo es esto?! —gritaba, sofocada—. ¡Contesta!

La gente que pasaba los miraba, temerosos de que los chicos pudiera empezar una pelea a puñetazo limpio. David la sujetó por los brazos.

¡Alguien me la mandó! Y por las personas que tienen acceso a tu casa, no creo que sea muy difícil adivinarlo…

Natalia palideció de nuevo. Claro que no era difícil. Solo había una persona que tuviera llave de su casa y que fuera capaz de aquello. La chica comenzó a llorar, avergonzada y humillada. Se soltó de un tirón y miró a David con la cara roja de rabia. Parecía que le faltaba la respiración. Héctor la abrazó para tranquilizarla.

¡Os voy a denunciar! ¡A los dos! —chillaba con todas sus fuerzas—. ¡Más te vale que no tengas más fotos como esas! ¡Os vais a acordar de mí!

3

Héctor golpeó a Natanael contra la pared. El chico gruñó de dolor. Natalia agarraba a Héctor de la camiseta y tiraba de él, pero este no iba a parar hasta desahogarse. Cuando, al ver a Natanael salir de la Universidad, le había dicho a su novio que se trataba del ex compañero de piso que había hecho la foto, Héctor se lanzó hacia él cuando estuvo lo suficientemente lejos de la Facultad como para que no pudieran relacionar la pelea con el campus en el que estudiaba Natalia, y que así esta no se viera perjudicada.

¡Héctor, déjalo, no le pegues!

¿Tienes más fotos, cabrón? —preguntó con tono amenazador, colocando su cara muy cerca de la de él. Natanael estaba muy tranquilo. Ni siquiera intentaba defenderse. Era como si ya supiera que eso iba a acabar pasando—. ¡Habla!

Natanael negó con la cabeza.

Solo hice una, y la borré en cuanto se la envié a su ex —reconoció.

Eres un maldito imbécil —sentenció Héctor, sin soltarle—. Te denunciaremos por esto.

Natanael se encogió de hombros.

Haced lo que os dé la gana.

No parecía enfadado. Sus ojos azules miraban fijamente a Natalia, que lloraba copiosamente. El chico exhaló un suspiro. Sabía que lo había hecho todo mal. Había cometido innumerables errores y había hecho esa foto con la intención de dañarla o algo peor. Quería que su relación con ese mexicano se acabara. En ese momento estaba colérico y su mente no pensó en las consecuencias. No había imaginado lo mucho que le dolería ver a Natalia llorar.

¿Por qué hiciste eso? —preguntó Natalia en un susurro, como si más que enfadada, se sintiera infinitamente decepcionada. Natanael había pensado que después de sus continuas peleas no podía estar más desilusionada con él, pero al parecer sí que era posible—. No pensé que pudieras llegar tan lejos.

El chico de ojos azules bajó la mirada, avergonzado, y tragó saliva.

Porque estaba celoso —reconoció, y dejó pasar unos segundos antes de volver a hablar—. Te quiero, Natalia. Cuando terminaste con David, pensé que había llegado mi oportunidad para conquistarte, pero alguien ya se había adelantado. —Miró a Héctor de soslayo—. No podía aceptarlo…

¡Esa no era la manera de hacer las cosas!

Lo sé… —Quería excusarse de todas las formas posibles; intentar que entendiera sus razones, pero ¿de qué serviría? Ya de nada. Había echado todo por la borda. Natalia jamás le perdonaría algo como aquello. Algo tan extremadamente rastrero y asqueroso—. Lo siento. He sido un idiota.

Héctor lo soltó bruscamente. Natanael se colocó bien la camiseta, sin fuerzas, con tristeza.

No importa por qué lo hiciste. Eso es un delito —aclaró Héctor, abrazando a Natalia por la cintura.

¿La enviaste a alguien más? —se atrevió a preguntar Natalia, angustiada.

Natanael negó con la cabeza.

No. Solo a David.

Héctor tiró de Natalia. No quería que estuviera cerca de un chico que era capaz de venderla como si fuera carnaza.

Esto no quedará así…

Natalia agarró fuerte su mano, y apoyó la cabeza en su hombro. Estaba mortalmente seria, y también parecía cansada. Más que nunca.

Héctor…, será mejor que lo dejemos estar.

Ambos se volvieron hacia ella igual de sorprendidos.

¿Qué…?

Quiero dejar de lado esto de una vez. Estoy harta de tantas peleas. No tendría que ser así… —Se dirigió a Natanael. Le lanzó una mirada fría, helada—. No te pondré ninguna denuncia —Tomó la mano de Héctor y empezó a caminar—, pero no quiero tener nada más que ver contigo. A partir de ahora, para mí estás muerto.

Continuaron su camino hasta perderlo de vista. Héctor acarició la mano de Natalia con el pulgar y la chica suspiró.

Oye…, ya sé que querías conocer a mis padres —murmuró—, pero…

Ya sé —entendió Héctor—. Si te ven así, pensarán que te hice algo. Está bien, mi amor. Lo dejamos para la siguiente ocasión.

4

Natalia daba vueltas en la cama de matrimonio de la casa de Cádiz desde que se había acostado. Héctor dormía a su lado, ajeno a todos los pensamientos que se cruzaban en ese momento por su cabeza y al dolor que sentía en el pecho. Al día siguiente, volvería a marcharse, y no volverían a verse hasta Dios sabía cuándo. Una vez más lo perdería y se quedaría hundida, como en la otra ocasión.

No. Esta vez sería peor, porque cuando se habían conocido en marzo apenas habían pasado juntos un fin de semana, y ni siquiera habían compartido habitación. A Natalia apenas le había dado tiempo de saborear su compañía, y aun así había sentido un gran vacío al perderlo. Ver marcharse el tren en el que él iba montado la había destrozado.

Imaginaba la situación del día siguiente. Se abrazarían, se besaría, y después… nada. Él se iría de nuevo y ya no quedaría nada. Volvería a reinar en su vida aquel vacío. No podría evitarlo. Se había acostumbrado demasiado a él, a su presencia, a su voz, a su olor… Se preguntaba cómo sería el despertar sin verle acostado a su lado, sin las bromas y los juegos; qué haría cuando él no pudiera abrazarla para consolarla cuando estuviera triste; qué sentiría al no poder agarrar su mano por la calle; caminar a su lado y hablar de cualquier cosa; simplemente oír su risa.

¿Cómo podría soportarlo aquella vez?

Pero la pregunta que más se repetía era la de ¿cuál sería la siguiente oportunidad para verlo y cuándo llegaría esta? La primera vez, Héctor había tenido que ir a Madrid a firmar los contratos con la editorial, y esa ocasión había llegado con la presentación de su libro. Habían sido casualidades. Le dolía pensar que podría pasar mucho tiempo antes de que Héctor tuviera que volver a España.

Le abrazó con fuerza. No quería volver a perderlo. Desde un principio había conocido las consecuencias que tendría esa relación a distancia, pero no había pensado que la separación sería tan dolorosa. Y lo peor no era eso. Parecía que todo el mundo estaba en contra. Primero, América con sus comentarios malintencionados; después, Natanael, contraponiéndose a su relación e incluso llegando a intentar separarlos; y por último, David, que había ido a buscarlos a la estación. Y ella se preguntaba: ¿por qué? ¿Por qué no podían dejarlos en paz? ¿Por qué no podían dejar que fueran felices?

Se preguntó qué hubiera cambiado si esas tres personas que en su momento habían sido tan importantes para ella no se hubieran metido de por medio, y la respuesta llegó sola y rápida: nada.

Era la triste realidad. Nada hubiera cambiado, porque ella hubiera seguido sufriendo por la distancia. Y seguiría sufriendo durante años, hasta que terminara su carrera y decidieran su futuro juntos. Pero…, ¿valía la pena sufrir durante tantos años, habiendo tantos obstáculos de por medio?, fue lo último que se preguntó Natalia antes de quedarse dormida.

5

Salieron del taxi con el tiempo justo. El tren partía en poco más de cinco minutos. Natalia no había pronunciado palabra desde que le dijera al taxista el destino al que debía llevarles, y a Héctor, teniendo presente la inminente despedida, no se le había pasado por la cabeza que este pudiera ser un comportamiento extraño. Sacó su billete y revisó el vagón y el asiento que se le había asignado. Después, se volvió hacia ella con expresión triste.

Tengo que subir.

Ella asintió.

¿Estás bien?

Natalia abrió la boca un segundo, pero no se sintió con valentía suficiente como para decirle lo que llevaba dentro. Héctor la abrazó con fuerza.

No te preocupes. Volveré antes de lo que te imaginas. Pronto estaremos juntos de nuevo.

Natalia se separó lentamente de él, cabizbaja y negando con la cabeza.

¿No qué? —preguntó Héctor.

Por pronto que regreses, te volverás a ir —dijo—. No creo poder soportar más despedidas.

¿Qué… ? —Ella calló. Héctor fue testigo de cómo una lágrima recorría su mejilla—. ¿Qué quieres decir con eso?

No quiero que vuelvas —respondió con un nudo en la garganta. Tomó aire y volvió a hablar—. No puedo… Yo no creía que estoy iba a ser tan difícil.

¿Qué estás diciendo, Natalia? ¿Me estás dejando?

Todo se pone en nuestra contra. Ya no es solo la distancia lo que hace que esto sea imposible.

¿Imposible? —repitió incrédulo—. ¡Nada es imposible! ¡Te lo dije, el mundo puede ser tan grande o tan pequeño como uno quiera!

Héctor sentía cómo su corazón se resquebrajaba poco a poco. Miraba al tren, que estaba a punto de partir, y a Natalia, que en ese punto lloraba sin control. Si hacía falta, estaba dispuesto a dejarlo ir, pero no podía permitir que las cosas terminaran de esa forma, y más cuando la culpa no había sido de ninguno de los dos. La agarraba con fuerza de los antebrazos e intentaba que lo mirara, pero ella no hacía más que derramar lágrimas y evitar sus ojos.

«Tren de larga distancia con destino Madrid – Puerta de Atocha, con salida a las 12 horas 47 minutos va a efectuar su salida», anunciaban por megafonía.

Héctor esta vez ni siquiera miró el tren, que empezaba a dar señales de partida próxima.

Por favor, Natalia. No puedes dejarme así.

La chica lloraba con la fuerza de una niña pequeña, tapándose los ojos con las manos.

No deberíamos haber empezado esto.

Los ojos de Héctor se humedecieron. Natalia estaba hablando en serio. No era ninguna broma de mal gusto.

No me digas eso, te lo ruego. ¡Esto no puede acabar de esta manera! ¡No fue nuestra culpa todo lo que pasó!

El tren cerró sus puertas y un pitido anunció su puesta en marcha. Héctor miró hacia él un solo segundo; el tiempo suficiente para que Natalia se soltara y saliera corriendo. Sin pensarlo, Héctor corrió detrás de ella, dejando atrás su equipaje. No podía dejarla escapar. Sabía que eso significaría no volver a verla.

Natalia salió de la estación de trenes y corrió con todas sus fuerzas sin mirar por dónde iba. Oía a Héctor detrás de ella. Sabía que tarde o temprano la alcanzaría. Aquello era lo más difícil que había hecho en toda su vida.

¡Natalia!

En un instante de debilidad, miró hacia atrás, y ello le impidió ver el coche que salía del aparcamiento de la estación. Todo fue muy rápido. Oyó un frenazo, giró la mirada y para cuando quiso darse cuenta, aquel coche rojo ya estaba a unos centímetros de ella. Cerró los ojos, se cubrió con los brazos, sintió un golpe en el cuerpo y a continuación otro en la cabeza. El ruido de los cristales acompañó a su caída.

¡Natalia! ¡Natalia! —escuchaba los gritos de Héctor.

Estaba a su lado, la estaba sujetando. Lloraba.

¡Dios mío! ¡No la he visto! ¡Se me ha echado encima!

¡Llame a una ambulancia, apúrese!

Había gritos, llantos, disculpas. Al rato se oyeron unas sirenas. Héctor agarró la mano de su chica mientras la subían a la ambulancia.

Todo va a salir bien, mi amor. Todo saldrá bien. Te lo prometo.

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Lágrimas que derramar

1

El domingo amaneció caluroso, como casi siempre en Cancún. Precisamente fue el calor lo que despertó a Héctor de un bonito sueño en el que le hubiera gustado seguir inmerso. La sábana que había utilizado la noche anterior para cubrirse encontraba perdida en los pies de la cama. Tanteó con la mano la mesita de noche, en busca del móvil. Al comprobar que aún no habían dado las once, volvió a dejar el teléfono en su sitio y se colocó boca abajo en el colchón. Era demasiado temprano; demasiado temprano para no hacer nada.

Respiró profundamente. Había soñado con ella. Era la primera vez que esa chica desconocida se colaba en sus sueños. No pasaba nada en especial; simplemente estaban juntos, uno enfrente del otro, y ella le sonreía. Esa sonrisa que solo había visto en fotos se le había antojado demasiado real, demasiado bonita e imposible de olvidar. Se preguntaba si realmente sería así como sonreiría, puesto que nunca la había visto en persona, ni siquiera por videoconferencia.

Volvió a ponerse boca arriba y su mirada quedó fija en el techo.

¿Qué estaría haciendo ella? ¿Por qué no se había conectado en toda la semana? ¿Le habría pasado algo? Deseaba que estuviera bien. Y sin embargo, tenía el horrible presentimiento de que nada le había impedido conectarse. Era una extraña certeza que lo entristecía. Posiblemente estuviera intentando alejarse de él. En el fondo sabía que era lo más sensato, pero no podía engañarse a sí mismo: la echaba de menos.

Reuniendo toda la fuerza de voluntad que tenía, se levantó y bajó a desayunar. Esos días la casa le parecía más vacía que nunca. El silencio lo golpeaba como si fuera un boxeador. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cómo odiaba ese silencio. Había pasado meses totalmente solo en esa casa, aislado del mundo, alejado de todos, y nunca había sentido la necesidad de compañía. No quería que los demás se compadecieran de él o que le sacaran el tema de su divorcio. La soledad le hacía bien por esos días, y sin embargo, ahora sentía que le faltaba algo; le faltaba la única compañía que había buscado durante esas últimas semanas; le faltaba Natalia. Necesitaba sus palabras, aunque fueran escritas; su presencia, aunque fuera virtual, aunque no pudiera escuchar su voz o mirarla a los ojos, o reírse con ella. Necesitaba imaginar las expresiones de su cara, los movimientos de sus manos, su mirada, su risa.

Hacía tanto tiempo que no se sentía así…

¿Y si estaba conectada? ¿Y si por fin ese día la veía en el Messenger?

Apuró su café y dejó el vaso en el fregadero. Subió corriendo las escaleras y encendió el portátil. El perro del vecino empezó a ladrar como tantas veces.

¡Ay, ya cállate, pendejo! ¡Me tienes hasta la madre!

En el Messenger, una vez más, no aparecía su foto. Desilusionado, dejó encendido el ordenador y fue a darse una ducha y a cambiarse de ropa. La tristeza y la soledad se habían transformado en rabia cuando esa pequeña esperanza de verla se había desvanecido.

De repente, un sonido lejano llegó hasta su habitación. Un sonido que fue música para sus oídos. El pitido que anunciaba que alguien estaba hablándole por Messenger. ¿Sería ella? En un impulso, saltó por encima de la cama y corrió hacia el cuarto donde tenía el ordenador. En su portátil parpadeaba una lucecita naranja. Agrandó la ventana.

Hola —le decía.

¡Era ella!

¡Nataly!—respondió sin perder un segundo—. ¿Dónde andabas? Estaba muy preocupado.

A miles de kilómetros, Natalia recibió la respuesta en su habitación. De verdad que había intentado con todas sus fuerzas no conectarse, pero cada vez que se acercaba al ordenador notaba un cosquilleo en el estómago que la hacía sentir mal. No podía seguir torturándose ni torturándolo a él. Lo echaba de menos.

Lo siento. Tenía que intentar alejarme.

Ya lo había supuesto.

Y ¿por qué estás aquí?

Te echaba de menos —confesó ella.

Yo también te extrañé —reconoció él—. Demasiado.

Confesiones, suspiros y derrotas. Estaban siendo vencidos por aquello que habían intentado evitar todo ese tiempo, y ya no les quedaban fuerzas para resistirse.

Es como un imán.

Un gran imán que me atrae hasta ti. Es demasiado fuerte.

No entiendo cómo hemos llegado a esto.

No lo sé. Nunca lo busqué. Pero cada vez siento más esto por ti.

Héctor, tengo algo que decirte… He dejado a David.

2

Se secó las lágrimas de la cara y se sonó la nariz. No se arrepentía de su decisión. Esa relación no iba a ninguna parte y tenía claro que David no era lo que ella buscaba. Pero cortar definitivamente con una persona con la que había compartido un año completo de su vida era doloroso. Sobre todo a sabiendas que no lo volvería a ver. A pesar de todo, no sufría tanto por ella como por él. Sabía que le había destrozado, y no se lo merecía. David siempre había sido bueno con ella y la había tratado muy bien. Tal vez no como hubiera deseado, pero ¿y si era ella demasiado exigente?

El anillo todavía decoraba el dedo anular de su mano derecha. No había sido capaz de quitárselo. Se sentía rara sin él; como si el hecho de desprenderse de ese regalo acabase de una vez con todo. Tampoco se había atrevido a deshacerse de la foto que él le había regalado por su aniversario. A su mente no hacían más que llegar imágenes, momentos, palabras. Cómo se conocieron, la primera vez que se besaron, los abrazos, las miradas… David y ella. Siempre juntos.

Y una vez más se echó a llorar.

El móvil empezó a sonar. La pantalla del teléfono iluminó parte de la oscuridad del cuarto, mostrándole el nombre de su ahora exnovio. Descolgó y respondió sin intentar ocultar su congoja.

¿Sí?

Hola.

Su voz sonaba tranquila, triste.

¿Qué quieres?

¿Estás llorando? —preguntó, como si le sorprendiera.

Sí.

¿Por qué?

Porque no me siento bien —respondió—. ¿Por qué me has llamado?

Necesitaba oírte.

Y comenzaron a hablar, llorando ambos, desahogándose, lamentándose por lo que tenían que pasar. Pero ya no servía de nada lamentarse. Solo quedaba esperar a que el tiempo calmara el dolor.

3

Dios, qué mal me siento.

Lo sé, chiquita. Pero todo pasará.

Héctor, le he destrozado.

No te sientas culpable.

No para de llamarme. No me deja avanzar.

Bloquéalo.

No puedo hacerle eso.

Entonces, no te dejará tranquila.

«Pero es que yo ya no puedo más. No puedo. ¿Qué hago, Dios?»

4

Creí tener todo lo que necesitaba. Creía que era feliz. Y entonces, ¿por qué me siento tan vacía en este momento?

Hay personas que sufren a mi alrededor y yo sigo sonriendo. O, mejor dicho, seguía sonriendo.

La foto aún está en el marco que me regalaste. ¿Por qué sigue ahí? Parece que ahora nada tiene sentido. Es como si estuviera encerrada en una burbuja que me aísla de la realidad.

Estoy triste, y a la vez no lo estoy. Quizás porque nadie puede comprenderme…, porque ni yo misma me comprendo. Ojalá alguien pudiera darme una respuesta. Realmente la necesito.

Probablemente, solo esté cansada. Me duele la cabeza. Quiero llorar y no puedo. Por una vez, quiero llorar. Pero mis ojos están secos y mi cansancio se acentúa.

¿Qué puedo hacer? Nada. Solo sonreír cuando me pregunten si estoy bien y responder con una mentira.»

Era su forma de desahogarse en un blog que había abierto para sí misma y que nadie conocía. Necesitaba quitarse ese peso de encima de los hombros desde que había cortado con David. En su mente había demasiado cargo de conciencia por haberse fijado en otro, por haberlo dejado después de un año, por seguir adelante, sonreír, y abandonarlo a él en el pasado, hundido y lloroso.

La melodía que tenía asignada a los mensajes resonó en la habitación. Cogió el móvil y leyó el contenido:

«A veces un grito es escuchado por más silencioso que sea.»

Era un mensaje de David. A Natalia le recorrió un escalofrío por la espalda cuando el sonido del timbre llegó desde la entrada hasta la soledad de su habitación.

«No puede ser.»

Se levantó de la silla, dejando de lado los apuntes que apenas había podido estudiar en ese largo rato, y se dirigió a la puerta. De camino, encendió la luz del salón. Puso la mano en el pomo y respiró hondo antes de girarlo. David apareció detrás de la puerta con una rosa de tela. Sonrió, o al menos lo intentó, pero ella permaneció seria.

¿Qué haces aquí? —le preguntó como si se tratara de un intruso, alguien no deseado en su casa.

¿Puedo pasar? —le pidió.

Natalia se hizo a un lado y dejó que su ex entrara. Se dieron dos besos en las mejillas, como si fueran extraños, y le hizo pasar al salón, donde tomó asiento. Pantera lo reconoció de inmediato y se encaminó hacia él con maullidos suaves y zalameros. Pasó un par de veces entre sus piernas antes de ponerse a dos patas, tomando apoyo en el sofá.

Hola, gata.

Un par de caricias en la cabeza fueron suficientes para que se subiera encima. Natalia rápidamente la bajó del sofá.

Mamá no quiere que se suba. Lo llena todo de pelo —explicó.

Tomó asiento a su lado y ambos se miraron.

¿Has recibido mi mensaje?

Sí. ¿Has leído el blog?

Asintió.

Pensé que necesitarías un abrazo.

Natalia estiró sus brazos y dejó que él la consolara. Habían pasado demasiadas cosas juntos y era una de las pocas personas a las que le podía contar todo. Cuando lo había dejado, se había sentido más sola que nunca. Pero David no era para ella, y eso era algo que tenía claro.

¿Cómo lo has encontrado?

Tengo mis métodos —respondió—. Escribes muy bien. Nunca había leído nada tuyo. Serás una gran escritora.

Los sollozos rompían el silencio. Era una situación de lo más difícil para ambos.

Gracias por venir.

Pensé que a lo mejor te molestaba.

Lo necesitaba.

¿Cómo hemos llegado a esto? —le preguntó—. Todavía no puedo entenderlo. Estábamos tan bien…

Ya.

¿Por qué no me das una segunda oportunidad? —le rogó una vez más—. Tal vez salga bien.

No, no saldrá bien —afirmó Natalia.

¿Cómo lo sabes?

Porque siento algo por otra persona. Ya lo sabes. Si no lo sintiera, tal vez lo intentaría. Pero no es así. A pesar de todo, no puedo quitármelo de la cabeza.

Vale. No me digas nada más. Duele mucho.

Las verdades duelen. A mí también me duele.

Sus miradas volvieron a cruzarse. Los ojos de él estaban secos; los de ella, húmedos, y sin embargo ambos sentían la misma tristeza, el mismo dolor, la misma impotencia.

David acercó su boca, y en un momento de flaqueza, Natalia sintió la necesidad de volver a sentir un beso que acabara con su dolor. Quiso acabar con esa tortura que la comía por dentro; olvidarse de todo y dejar que David la besara.

«Héctor…»

Era a él a quien quería besar; a quien quería abrazar. Por ello, en el último momento, apartó la cara, y David volvió a alejar la suya.

Lo siento. Aún no me acostumbro a la idea de que ya no estás conmigo.

Metió la mano en el bolsillo, del que sacó una cajita, y se la entregó. Natalia le dio vueltas entre las manos.

¿Qué es? —preguntó antes de abrirla.

Será mejor que lo veas.

Abrió la solapa y dejó que el contenido cayera sobre su palma izquierda. Era un candado con sus respectivas llaves. No supo si sonreír o enfadarse. ¿Estaba intentando ablandarla?

¿Sabes para qué es?

Sí —respondió de inmediato—, para poner nuestros nombres, dejarlo cerrado en las cadenas de algún puente y tirar las llaves al agua. Es muy típico.

Pensaba regalártelo por San Valentín.

Natalia apretó las manos en torno al candado y frunció los labios. Sin duda, estaba jugando sucio.

¿Podríamos tumbarnos un rato? —preguntó, señalando el sofá—. Como hacíamos antes.

Natalia respiró hondo y cerró los ojos, intentando pensar con claridad. Cuando volvió a abrirlos, había decidido que aquella situación era absurda. Ellos ya no eran pareja. David no tenía por qué regalarle un candado que simbolizara su amor eterno, ni ella tenía por qué tumbarse junto al chico al que había dejado hacía poco. Así que se levantó con tranquilidad y lo más serena que pudo, le pidió que se fuera y que no volviera a intentar contactar con ella.

Esa noche, cuando David se fue a su casa, Natalia se dirigió a su habitación, miró el marco de fotos en el que aún continuaba la foto con David y el anillo que no se había atrevido a quitarse de la mano derecha. Frunció el ceño, sacó la foto del marco y la alianza de su dedo anular. Era hora de ser valiente y de mirar hacia adelante. Era el momento, no de pasar página, sino de cambiar de libro.

No puedo olvidarlo

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IX

No puedo olvidarlo

1

Sin perder tiempo, abrió el Messenger con una creciente ansiedad y buscó su nombre.

«Por favor, que esté», pensó, pero su plegaria no dio resultado. En la pantalla solo había conectados dos conocidos con los que nunca hablaba. Miró el reloj. Tal vez fuera demasiado temprano todavía. ¿Qué hora sería en México?

Todo había empezado cuando había decidido volver a echar una ojeada al álbum de fotos. A la tercera fotos, había empezado a sentir náuseas; a la segunda frase, un nudo en la garganta; y a la cuarta página, ya no podía seguir sin que le temblaran las manos. Entonces, una parte masoquista de sí misma decidió que sería buena idea mirar el pendrive que también le había regalado David y que estaba lleno de imágenes románticas y canciones tan dulces que al segundo estribillo ya se sentía empalagada con sus palabras de amor.

Como si hubiera escuchado su súplica, la inconfundible imagen del gato Félix se dejó ver como un rayo de luz y esperanza. Lo que no sabía Natalia era que Héctor llevaba un par de días pendiente del Messenger, desconectado para todos, esperando solo por ella.

Héctor.

El hombre se llevó una grata sorpresa al ver que era ella quien le hablaba primero. Había pensado que, después de dos días sin charlar, tendría que ser él el que comenzara la conversación.

¡Nataly! ¿Cómo estás?

Mal —se sinceró ella—. Necesito hablar. ¿Estás muy ocupado?

No, pequeña. ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?

Me siento fatal.

Cuéntame, por favor. ¿Qué pasa?

Creo que voy a dejar a David.

El corazón de Héctor dio un vuelco. ¿Había leído bien? ¿Iba a dejar a su novio?

Por un momento, quiso sonreír, pero se obligó mantener la seriedad. Nada era seguro; ni siquiera sabía la razón por la que quería terminar su actual relación. Tal vez solo fuera una pataleta después de una pelea. La idea de que rompieran floreció en su mente y plantó raíces, haciendo que su imaginación volara hasta confines que hasta entonces habían estado cerrados bajo llave y con un claro letrero de prohibición. Luchando contra su propia mente, decidió que el tema no era algo de lo que debía alegrarse. Sabía lo que significaba una ruptura. Natalia debía estar retorciéndose de dolor, y lo menos que quería era que ella sufriera.

¿Por qué? —fue lo único que se atrevió a decir. Aunque lucha interna de sentimientos contrarios le bloqueaba y no le dejaba espacio para pensar con claridad.

No puedo más con esto. No me puedo seguir engañando a mí misma. Las cosas no van bien. Dejaron de funcionar hace mucho ya y no he querido verlo. He intentado que funcione y llevar esto para adelante, pero es inútil. Estoy cansada.

Durante largos minutos le contó todo lo que le molestaba con respecto a su novio: sus celos cuando usaba ropa algo escotada, su falta de ilusión y ambición ante la vida, su poco interés por avanzar y hacer algo para superarse a sí mismo, la manera brusca en la que a veces la trataba, su poco interés en hablar las cosas cuando tenían un problema, o la escasa voluntad que tenía para dejar los complejos atrás.

¿Por qué no hablas con él todas esas cosas que no te gustan? —propuso Héctor, intentando ser lo más objetivo posible.

¡Lo he intentado miles de veces, pero no me escucha! Siempre rehúye el tema. Estoy harta.

Eso es muy inmaduro por su parte. Pero, chiquita, cada persona es como es, y no creo que cambie con el tiempo.

Ya lo sé. Pero me da mucha pena dejarlo. Hemos estado juntos un año, ¿debo echarlo todo a perder?

Héctor recordaba los días anteriores a su ruptura definitiva con Irene. Había sido tan difícil tomar la decisión. Por su mente siempre pasaba lo mismo: «¿Debo echar todo este tiempo a perder?». Pero con el tiempo se dio cuenta de que la pregunta correcta hubiera sido: «¿Debo seguir perdiendo el tiempo junto a ella?»

Sé cómo te sientes, pero si sigues así solo conseguirás hacerte daño. Tienes que pensar un poco más en ti.

Es que él es tan bueno conmigo… No se merece esto.

Tampoco se merece que le engañes con respecto a lo que sientes, ¿no crees? Debes ser sincera con él.

No quiero perderle del todo, pero no querrá ser mi amigo.

Si esa es su decisión, no podrás hacer nada.

Ya… Hablaré con él la próxima vez que lo vea.

Sé valiente, pequeña. Tienes que buscar tu felicidad ante todo. Sé que es duro al principio, pero al cabo del tiempo será lo mejor.

Natalia pensó en ese último año. Recordó los buenos momentos, y también los malos. Pero recordaba mejor estos últimos. Los defectos de David se ponían por encima de sus cualidades. Y, por primera vez, Natalia sintió que había perdido un año valiosísimo de la mano de alguien que no le había aportado nada. No estaba echando a perder ese año, lo estaba recuperando. David la anulaba como persona. Coartaba su forma de ser, y una pareja no debe ser así.

O ¿acaso crees que pasarás con él el resto de tu vida? —se atrevió a preguntar Héctor, temiendo la respuesta, pero esperando que Natalia fuera lo suficiente inteligente como para acertar en su decisión.

¿Pasar con él el resto de su vida?

No.

Lo tenía demasiado claro. Y no era algo de lo que se hubiera dado cuenta hacía poco. Lo supo desde el primer mes, y habían pasado once meses desde aquello. Pero en su inconsciente se había negado a aceptar que esa relación estaba destinada al fracaso.

David no era el hombre de su vida. Tenía muy claro que la persona que fuera a envejecer con ella no era alguien que pretendía cambiarla. No. La persona que realmente la quisiera, no le cortaría las alas, sino que la ayudaría a que estas se expandieran y la tomaría de la mano para enseñarle a volar. Así debía ser una pareja. Una de verdad.

Sí, tienes razón. Esto no lleva a nada. No tiene futuro, y así no merece la pena.

Héctor sonrió.

Me alegra que lo entiendas.

2

Por suerte, a las cinco de la tarde la gente se echaba la siesta y la calle estaba prácticamente vacía. No le gustaba que desconocidos de todas clases y edades se quedaran mirándola por culpa de su semblante triste. Sentía unos horribles nervios en el estómago que no la dejaban caminar tranquila. Tenía náuseas, como siempre que estaba nerviosa. En su mp3 sonaba una canción triste, acorde con la situación. Asqueada, apagó el aparato y lo metió en su bolso. En ese momento, ni la música podía calmarla. Respiró hondo y cruzó el paso de peatones. Ya casi estaba llegando y aún era temprano. Bajó por el parque Almirante Laulhé, donde algunos niños jugaban con la pelota y otros echaban de comer a los patos que se encontraban dentro de un pequeño espacio acuático. En un par de minutos llegó a una de las entradas, donde había quedado con David. Ahora solo tocaba esperar.

Una pareja de enamorados pasó a su lado haciéndose carantoñas y diciéndose zalamerías que creían oír solo ellos. Natalia apretó su muñeco antiestrés.

«¿Por qué siempre que una persona se siente mal con respecto al tema amoroso tienen que aparecer miles de parejitas demostrándose lo felices que son?»

Permaneció mirándolos durante unos segundos, hasta que se perdieron detrás de una esquina, la misma de la que segundos más tarde apareció la figura de David. Miró a un lado y a otro y cruzó la calle. Natalia ya lo esperaba al otro lado con una sonrisa culpable.

Hola —la saludó David cuando llegó a su lado, con una voz llena de tristeza y de miedo. Miedo por lo que pudiera pasar a continuación, por que las palabras de su novia pudieran hacerle otra vez ese daño que ya había sufrido anteriormente y que esa escena en la que ya tres personas le habían dicho que preferían seguir sus vidas sin él se repitiera de nuevo.

Natalia, por su parte, empezó a llorar antes de poder decir una sola palabra. Era ella quien quería acabar con todo lo que habían construido juntos, pero nadie había dicho que sería fácil. Llevaban un año juntos. Él había sido su primer novio. ¿Cómo decirle que quería romper del día a la mañana?

David la abrazó con fuerza cuando ella se echó a sus brazos y escondió su rostro empapado en lágrimas en uno de sus hombros. Las cosas no iban bien. Todavía no había dicho una sola palabra y ya se había echado a llorar.

¿Vamos al Barrero?

Asintió y ambos fueron hacia el parque con caminar pesado y lúgubre.

El Barrero era un parque en el que tiempo atrás se hallaba una cantera, junto al Observatorio de la Marina. El lugar se encontraba lleno de caminos que giraban alrededor de una gran pradera central llena de árboles y rocas. En uno de los laterales, un pequeño restaurante acogía a todo aquel que quisiera comer mientras sus hijos se divertían en la zona de columpios. En la parte superior del parque, se encontraba el mirador y un monumento conmemorativo dedicado a Clara, una niña que había sido asesinada en ese mismo lugar hacía años.

¿Nos sentamos aquí?

Sin esperar una respuesta, David tomó asiento en uno de los bancos.

Unos niños pasaron por delante de ellos. Uno iba en bicicleta; los otros dos, en monopatines. Natalia observó su alrededor. Estaban rodeados de niños que corrían de un lado para otro. No esperaba que hubiera tanta gente en el parque siendo tan temprano.

Si quieres nos ponemos en otro sitio —sugirió David, leyendo su mente.

No, da igual. Vayamos a donde vayamos estará igual de lleno.

Silencio durante unos minutos. Natalia tomó aire. ¿Por dónde debía empezar? Lo miró a la cara, pero él mantenía su mirada en el suelo asfaltado. No quería mirar sus ojos y ver algo que prefería no conocer. Lo mejor era huir de la verdad, como siempre había hecho.

No sé por dónde empezar.

David tragó saliva.

Quieres que lo dejemos, ¿verdad?

El aire era tan tenso que podría haberse cortado fácilmente con una sierra.

No lo sé. —Más lágrimas. Un nudo en la garganta—. Es que… no lo sé.

¿Por qué?

Natalia sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se sonó la nariz.

Porque no me siento bien. —Pasó la mano por sus mejillas y se secó las lágrimas—. Hay muchas cosas de ti que no encajan conmigo. Hay muchas cosas que no me gustan, y siempre que intento hablarlo contigo rehúyes el tema. Prefieres dejarlo a un lado antes que hablarlo y solucionarlo, y ya ha llegado un punto en que no puedo soportarlo más. —Reunió todo el valor que pudo y se volvió hacia él para hablarle frente a frente. Pero David continuaba con la mirada clavada en el suelo—. Eres un buen novio y me tratas muy bien, pero me he dado cuenta de que necesito otras cosas que tú no me aportas. Necesito más.

¿Qué cosas?

Madurez, para empezar. Hay veces que siento que salgo con un niño. Es lo que te he dicho antes: siempre que sale a la luz un tema que no te gusta, lo haces a un lado en vez de afrontarlo y hablarlo para solucionarlo. Además, cuando quiero contarte algo serio, siento que no me escuchas. Te pasas el día haciendo tonterías. Sé que yo también soy muy infantil, pero la diferencia es que yo sé cuándo comportarme como una niña y cuándo como una adulta. Necesito que mi pareja sea así también, pero tú rara vez te comportas como un adulto.

»Y no solo eso. También en cuanto a tus expectativas. No tienes ningún tipo de ilusión, ningún sueño. Tu única ambición es conseguir un trabajo que dé lo suficiente para vivir y poder quedarte en el mismo sitio toda tu vida. Yo tengo otras ilusiones. Quiero convertirme en una gran escritora, terminar mi carrera, hacer un máster…, quizás un Doctorado. También quiero ver mundo, viajar, conocer. Y cumplir mis metas. Pero tú, ¿qué tienes, David? No tienes nada de eso. De hecho, si yo no estuviera, la vida te parecería una mierda. Parece que yo soy tu centro, y eso no puede ser así. Solo hay una vida y hay que vivirla. El tiempo pasa volando. Cariño, tienes veintidós años, cuatro más que yo, y no tienes nada ni luchas por tenerlo. Todo te da igual.

¿Qué quieres que haga —saltó David—, si hasta que no apruebe la asignatura que me queda en el Grado Superior no puedo continuarlo?

Y ¿qué haces mientras? Las cosas no están fáciles para nadie ahora. Tu futuro dependerá de lo que hagas ahora. Te he dicho miles de veces que hagas cursos, estudies inglés…, cualquier cosa antes de perder este año que tienes libre. Pero no lo haces. No tienes voluntad. Si no fuera porque sales conmigo ni siquiera te moverías de casa. ¡Te pasas el día jugando a los videojuegos, David! Se te pasa la vida delante de la pantalla y no haces nada. Estás perdiendo tu juventud.

Dices eso porque a ti te gusta leer y escribir, y el tiempo que tienes libre lo aprovechas haciendo eso, pero a mí no me gusta la lectura ni la escritura. En mi tiempo libre hago lo que me gusta, que es jugar a los videojuegos —se excusó.

Pero es que tu tiempo libre es prácticamente todo el día, David. Podrías hacer mil cosas en este tiempo, pero no haces nada. Por ejemplo, ¿por qué no sales a hacer deporte? En verano nunca vamos a la playa porque te da complejo. ¡Que esa es otra! Tienes complejo de que la gente te vea en bañador, pero no haces nada por solucionarlo. Te limitas a compadecerte de ti mismo y a comer porquerías. Has dicho mil veces que vas a ponerte a dieta y nunca lo has hecho. Sabes que no me importa, pero lo que no podemos dejar es que esa vergüenza tuya nos afecte. Tienes la autoestima por los suelos. Deberías quererte más a ti mismo. Te pasas el día quejándote de mi manera de vestir, cuando tú siempre llevas lo mismo porque te sientes mal llevando una camiseta que no sea negra.

»Y hay algo más que no me gusta: te pasas el día tocándome el culo. Te he dicho mil veces que no me gusta, y sin embargo, lo sigues haciendo. Te tomas todo lo que te digo a broma. Y estás todo el día diciéndome: ¿me quieres? ¿De verdad me quieres? No me quieres. No te gusto. Eso me quema muchísimo, David. Me agobia.

El chico apretó los puños débilmente y soltó una pequeña risilla nasal.

Parece que te lo hubieras aprendido de memoria. No sabía que había tantas cosas. Creía que todo iba bien.

Eso es porque siempre que te digo algo, te niegas a escuchar.

No sé qué decirte. Yo creo que las cosas no van tan mal como tú lo pintas.

Natalia gruñó, exasperada.

¿Por qué no quieres verlo?

Una lágrima resbaló por la mejilla de David hasta perderse debajo de su barbilla.

No es eso… Puedo cambiar algunas cosas si te molestan, pero otras… Yo soy así, y no puedo hacer nada. Lo que has dicho de tener sueños: no tengo ninguno. No hay nada que me guste especialmente además del fútbol. No soy como tú. Me conformo con tener en el futuro una casa, un trabajo y una mujer que me quiera.

Natalia suspiró. Ese era el problema. David no era malo. Simplemente eran diferentes y dos mitades con diferentes hendiduras no pueden encajar por más que se fuercen. No estaban hechos el uno para el otro, eso era todo.

Estuve hablando con alguien… —soltó Natalia de repente. Tenía que ser sincera. No podía echar el muerto de todo a David, aunque su actitud fuera la que tenía gran parte de culpa—. Tengo que serte sincera… Conocí a un chico por un foro. Bueno…, un chico… Tiene treinta años. Es escritor, de México. Estuve hablando con él sobre esto. Me sentía mal y con él cogí mucha confianza. — Suspiró. Tenía que ser valiente. Debía contárselo. Sinceridad ante todo. Se dio ánimos a sí misma, pero por más que lo intentó, no se sintió preparada para confesarle la cruda verdad—. Me aconsejó que no siguiéramos con esto. Que simplemente somos diferentes. Que cada persona es como es y no se puede cambiar. Me dijo que si las cosas están así, solo irá a peor.

Me cae mal ese tío. —Sonrió amargamente—. Por un momento, pensé que ibas a decir que te habías enamorado de él.

Natalia tragó saliva y su corazón dio un vuelco. Ahora se sentía peor que antes, mucho más culpable. Debería habérselo dicho. Ocultarlo no serviría de nada.

No, no… Él es mucho mayor que yo. Además, vive en otro país. Tendría que estar loca.

Y lo estaba.

¿Entonces? ¿Le harás caso?

No lo sé. Estoy muy confundida. Realmente, no creo que esto tenga futuro, pero…

Natalia empezó a temblar. El sol caía y el frío se hacía presente poco a poco. David se levantó del banco.

Vamos a coger un taxi hasta tu casa. No quiero que te resfríes.

Caminaron por el parque. El viento helado los hizo estremecerse.

Si quieres, podemos darnos un tiempo. Pasar un tiempo separados, y cuando sepas qué es lo que quieres, me lo dices.

No creo que eso sea justo, porque seguramente en ese tiempo yo me sentiré mejor, y tú te sentirás peor por la espera. Lo menos que quiero es hacerte daño.

Lo sé, pero lo prefiero antes que cortar.

Me siento mal, David. Es como si ya no sintiera lo mismo que sentía al principio. Me gustaría pedirte algo, pero no creo que sea justo.

Ya me imagino lo que es. Quieres un beso, ¿verdad?

Sí.

David la agarró por la espalda y la besó profundamente. Esa acción lo único que hizo fue confundirla más. Quería a David, pero las cosas habían cambiado. Era un sentimiento que apenas tenía fuerza. Algo que no era suficiente para llevar hacia adelante una relación que estaba en crisis.

Si antes estaba hecha un lío, ahora estoy peor.

Se abrazaron. En cierto modo, ninguno de los dos quería que su relación acabase. Natalia sabía que era lo mejor, pero le dolía pensar que no volvería a verlo. Ya varias veces le había preguntado a David si seguirían siendo amigos si su relación llegara a acabar. A pesar de que, para variar, solía evadir el tema, un día le contestó con una negativa. Sus sentimientos por ella no podrían cambiar tanto como para ser solo amigos, y menos habiendo compartido un año completo de su vida juntos. Las cosas no eran tan fáciles. O blancas o negras, pero nunca grises. Y tal vez fue esto lo que la hizo dudar de la decisión que había tomado.

Volvamos a intentarlo.

David la apretó fuerte entre sus brazos.

¿En serio?

Sí. —Le sonrió—. Tal vez todo vaya bien si ponemos más de nuestra parte.

David también sonrió, aunque con un rastro de tristeza en sus ojos. Entonces, volvió a besarla, con una suavidad y dulzura que nunca antes había utilizado con ella. Una dulzura que ella siempre había añorado sin darse cuenta…, y que llegaba tarde.

3

Esa noche David volvió a acompañarla hasta su casa, como siempre hacía. Antes de irse, la besó con cuidado, como si tuviera miedo a que un movimiento demasiado brusco pudiera hacerle cambiar de idea. Durante el trayecto habían estado hablando largo y tendido sobre la segunda oportunidad con la que ella le había obsequiado. Había tenido la valentía de preguntar si estaba segura, y ella había respondido afirmativamente. Ahora solo debía esforzarse por que todo saliera bien.

Te quiero —le dijo él antes de que subiera las escaleras que la llevarían hasta su piso.

Te quiero —soltó ella por inercia.

Y otro beso.

El taxi que minutos antes había llamado David paró en el portal que este le había indicado previamente. Se despidieron y David subió al coche. Natalia ni siquiera esperó a que este desapareciera de su vista para subir al primer piso. Afortunadamente, su madre no estaba en casa. Entró en su cuarto, dejó el bolso encima de la cama y se desvistió, quedándose únicamente en ropa interior. Encima del escritorio descansaba el portátil. Fue poner la vista en él y esa odiosa sensación de nerviosismo volvió a instalarse en su pecho.

Encendió la pantalla y entró en el Messenger sin cambiar su estado de «Desconectado». Allí estaba él, como cada noche. Su foto y su nombre eran los únicos que resaltaban en esa gran lista de contactos. Miró el anillo de su dedo y esa foto que tanto le gustaba en el marco que David le había regalado, y entonces se convenció a sí misma de que había hecho lo correcto. Llevaba un año con David; juntos habían compartido muchísimas cosas; él había hecho demasiado por ella y estaba allí siempre que lo necesitaba. Héctor era un hombre al que acababa de conocer, que la superaba once años en edad y que vivía en otro país. Sabía que sentir algo por él solo le acarrearía sufrimiento. Debía alejarse. Aún estaba a tiempo. Debía frenar esos sentimientos ahora que no hacían más que empezar.

Cerró el portátil y sacó ropa interior limpia y el pijama. Cargada con ellos, se dirigió al baño. Una ducha la relajaría.

Mientras el agua caía por su cuerpo, cerró los ojos y recordó el «te quiero» que le había contestado a David, y se preguntó si había sido sincero.

«Y si lo fue, ¿por qué me sentí tan mal diciéndolo?»

¿Estaría haciendo realmente lo correcto? ¿Darse una segunda oportunidad sería lo más adecuado? Ni siquiera había tenido el valor de confesar a David que los motivos de sus dudas se habían acrecentado por culpa de una tercera persona. Alguien que la había hecho suspirar mientras él la había hecho frustrarse; que la había hecho sonreír mientras él la había hecho enfadar; alguien con el que sentía ganas de hablar todas las noches, que compartía sus mismos sueños; alguien que de verdad la comprendía.

Una lágrima se confundió con el agua que caía de la alcachofa. Salada y amarga, se perdió entre miles de gotas que desaparecían bajo sus pies.

Lo siento, Héctor —sollozó—. Siento haber sido una cobarde.

4

En el ordenador, dos nuevos correos negativos. Contándolos, ya había recibido cinco respuestas de editoriales españolas que se negaban a publicar sus obras. En realidad, no le sorprendía. En México todas las editoriales a las que había acudido le habían dado una negativa.

«Lo siento, no es lo que buscamos», era lo que siempre respondían.

Para colmo de males, hacía ya seis días que Natalia no daba señales de vida. No contestaba a sus mensajes, no se conectaba al Messenger… Estaba francamente preocupado. En su cabeza solo cabían dos posibilidades, y ninguna le gustaba: o le había pasado algo, o había decidido alejarse de él definitivamente. Quiso barajar otras posibilidades, como que el ordenador se le hubiera estropeado o que el Internet estaba fallando, pero su mente las alejaba inconscientemente.

Nunca había pensado que las acciones de esa joven podrían afectarle tanto. ¿Qué era lo que le había hecho para dejarlo así? Por más que intentaba convencerse a sí mismo de que esos sentimientos eran una locura, no podía dejar de pensar en ella. Había llegado a tal punto que necesitaba verla conectada diariamente para sentirse feliz.

«¿A quién pretendes engañar, Héctor?», se decía. «¿Por qué iba ella a fijarse en alguien como tú pudiendo elegir entre galanes que pueden ofrecerle algo más que una relación a distancia? Además, con lo cambiantes que son los jóvenes seguro que se cansaría de ti en poco tiempo.»

Y aun así, con estos pensamientos pesimistas, seguía pendiente a ella. No podía evitarlo. Era como un hechizo del que no podía escapar.

¿Qué le había hecho esa chica?

Se produjo un sonido en el Messenger. Alguien había entrado.

Lleno de esperanza, se lanzó a buscar a Natalia, pero no era ella quien se había conectado, sino Messías.

Ey, tío, ¿qué te cuentas? —le saludó.

Héctor contestó desganado. No era con él con quien quería hablar.

Estoy mal, güey. Lleva una semana sin conectarse. Creo que no quiere saber nada de mí.

No seas idiota. Seguramente tendrá cosas que hacer, o se le habrá estropeado el ordenador.

La última vez que hablé con ella me dijo que estaba dispuesta a dejar a su novio. Quizás cambió de idea…

¡Espera, espera! ¿Tiene novio? —Se sorprendió Messías—. Eso es algo que no me habías contado.

Pero está muy harta de él. No la trata como debería —la excusó.

Messías tardó un poco más en responder esta vez.

Tío, si te soy sincero, no sé qué pensar. Que esa chica te siga el juego teniendo novio, y que encima te diga que lo va a dejar y desaparezca durante una semana… ¿No crees que puede estar jugando contigo?

Héctor lo meditó. Intentó ser objetivo, pero no podía. Algo dentro de él le decía que Natalia no era de esas, y por más que le advirtieran no podría creer que aquella niña que a sus ojos era tan inocente, pudiera estar convirtiendo todo aquello en un simple juego.

No… Sé que no. Estoy seguro de que ella también siente algo por mí.

Ten cuidado, Félix. A veces, nuestra intuición puede fallar. Podemos estar muy seguros de algo, y equivocarnos.

Esta vez no estoy equivocado.

Está bien. Solo ten cuidado.

5

La tarde del viernes se presentó oscura y lluviosa. Natalia no tenía ganas de salir y el tiempo no acompañaba. David la había llamado para dejarle decidir los planes de ese día. Natalia eligió una tarde de cine en casa tranquilo. Su madre se iba a visitar a una de sus tías, así que podrían ver una película en su casa, comer palomitas y resguardarse del temporal.

David se presentó cerca de las siete. La película, estrenada recientemente en el cine, trataba una historia de hechiceros, brujas, hadas y demás criaturas mitológicas que a Natalia le encantaban. Por primera vez en mucho tiempo, David le había dejado elegir la película. Por fin era consciente de que siempre escogía las películas y pocas veces le daba el gusto de ver las que ella quería.

Natalia metió las palomitas en el microondas y sacó refrescos. Un trueno sonó a lo lejos. Se asomó por la ventana. La lluvia caía con fuerza, golpeando el suelo y encharcándolo. En el microondas ya se escuchaba el pop del maíz al saltar. Recién sacadas, se llevó un par a la boca y llevó el bol al salón, donde David ya había abierto uno de los paquetes de patatas que había comprado por el camino y devoraba unas cuantas.

Pusieron la película, apagaron las luces y se taparon con una manta.

Esa tarde, David no le preguntó ni una sola vez si le apetecía hacer el amor, y Natalia lo agradeció. Quería que ese nuevo comienzo empezara con buen pie y que su novio no la agobiara con esos temas mientras se sintiese confundida. Durante la película, la joven fue más cariñosa que de costumbre: le agarró la mano en numerosas ocasiones, le regaló repetidos besos y se acurrucó a su lado, dejando caer la cabeza en su hombro; pero David no reaccionaba. Devolvía sus besos con triste frialdad y apenas la miraba. A Natalia llegó a parecerle que no prestaba atención a la película, y llegó un momento en que ella tampoco lo hacía. Esa película la aburría y parecía no tener fin.

¿Estás bien? —le preguntó.

Sí —respondió él, y volvió a sumergirse en ese silencio.

En el fondo, Natalia había sido consciente de que ocurriría; sabía que las cosas no volverían a ser igual una vez que se hubiera sincerado. David se sentía mal y ya no tenía la misma confianza ciega que había tenido anteriormente en la relación.

Natalia cogió el mando y paró la película. Encendió las luces y se volvió hacia él. David ni siquiera se molestó en preguntar por qué.

¿Qué te pasa? —Después de hacer esta pregunta, Natalia se sintió verdaderamente estúpida. No necesitaba que David le contestara para saber lo que ocurría, pero debía abrirse con ella.

Nada.

Aún sigues dándole vueltas a lo del otro día, ¿verdad?

No puedo evitarlo —murmuró—. Creía que todo iba genial. Yo no veía ningún problema en la relación. Y de repente vienes y me dices que todo está mal. Es como si la confianza se hubiera venido abajo.

Eso no es verdad. Sabías que había cosas que estaban mal, pero preferías ignorarlas.

No pensaba que estuviera todo tan mal.

David, no voy a entrar otra vez en eso porque ya lo hablamos. Hemos empezado de nuevo, ¿no? Borrón y cuenta nueva.

David la abrazó, sin convicción.

Sí…

Sé cómo te sientes; es normal. —Mirándole a los ojos, le acarició la mejilla—. Pero verte así lo único que consigue es que me sienta insegura con respecto a mi decisión.

Esperó por una respuesta; una respuesta que nunca llegó. David volvió a callar, como siempre hacía, y ese silencio inundó la mente de Natalia una vez más. Besó su frente cariñosamente y volvió a apagar las luces. Play en el mando y la película continuó su curso, pero ya nadie la veía. Ni siquiera la oían.

6

Podemos darnos un tiempo si es lo que necesitas, ya te lo dije —ofreció David en un intento desesperado por no perder a Natalia. Daba gracias por estar solo en casa. Lo que menos quería en esos momentos era que sus padres lo oyeran hablar por teléfono con su novia.

No, no necesito tiempo. Ya sé lo que quiero. Fue un error intentarlo de nuevo. Es inútil retrasar lo que pasará tarde o temprano, y esto hace tiempo que está roto.

Ni siquiera lo has intentado.

Natalia echó la cabeza hacia atrás, dejándola reposar en el respaldo del sillón. Si supiera David la de vueltas que le había dado al asunto y la de dolores de cabeza que le había causado. Había intentado mirarlo de todas las maneras y desde todas las perspectivas posibles, pero el resultado siempre era el mismo. No era feliz con David, y esto no era únicamente porque sintiera algo por otra persona, sino también porque no encajaban. Eran muy diferentes; tanto, que chocaban. Él no era lo que buscaba, y si seguía alargando una relación que no iba a ninguna parte, tarde o temprano se arrepentiría.

Sí lo he intentado, pero me he dado cuenta de que no sirve de nada. Somos muy diferentes. Esto no tiene futuro.

No sabes lo que pasará. Tal vez lo intentemos y vaya bien.

No quería ver la realidad. Estaba cegado. Para él las cosas siempre habían ido bien, o mejor dicho, se había negado a ver que iban mal.

No, David. Ya nada puede volver a ser lo mismo. Estás siempre triste por todo lo que te dije. Ya no volverás a confiar en nuestra pareja. Y yo no siento que hayas cambiado. De hecho, no soy nadie para cambiarte. Cada uno es como es.

No entiendo qué es lo que ha podido cambiar en tan poco tiempo… Hasta hace unas semanas me decías que me querías. ¿Qué he hecho mal?

Los ojos de Natalia se humedecieron de tristeza y culpabilidad. Se sentía tan mal. David era tan bueno… Le estaba haciendo daño; muchísimo. Y eso era algo que no se perdonaba a sí misma. No quería herirlo, pero tampoco podía seguir ocultándole la verdad. Merecía saber que, aunque la relación se había ido desgastando poco a poco, él no era el único responsable de la ruptura.

Tengo que serte sincera. Todo esto no es solo tu culpa. —Cogió aire y lo expulsó lentamente, intentando ser fuerte—. El otro día te hablé de un chico mexicano que me había aconsejado, ¿recuerdas?

Unos segundos de silencio, y después una respuesta temerosa:

Sí.

Tenías razón. Siento algo por él. —Al soltar estas palabras, unas lágrimas escaparon de sus ojos y su voz de quebró—. No sé cuándo pasó, pero empecé a sentirme atraída. Intenté alejarme, pero es demasiado fuerte. Y no puedo seguir con esto sintiendo algo por otra persona, ¿entiendes?

David no sabía qué decir. En el momento en que ella había admitido que había una tercera persona, su corazón se había roto en mil pedazos. Los problemas entre ellos los podría haber solucionado, pero si entraban en escena sentimientos hacia otro hombre, la cosa cambiaba. Era algo que no dependía de él.

No puedo creerlo…

Lo siento. Ojalá no sintiera esto que siento, pero no puedo negarlo más. Me come por dentro —sollozó.

Siento como si me hubieras puesto los cuernos.

Aunque ese chico hubiera estado aquí sabes que jamás te hubiera sido infiel.

Pero sientes algo por él.

Por eso es que corto contigo.

Ya no era ella la única que lloraba.

¿Desde cuándo…?

Pues…, solo hace un mes que hablamos. Eso es lo extraño. Nos conocemos solamente de hace un mes. No lo entiendo. No entiendo cómo ha podido pasar.

Una parte de él la odiaba, pero la otra no podía dejarla marchar, y mucho menos a sabiendas que otro se la llevaría. Tal vez no físicamente, pero se quedaría con sus sentimientos, con esos que tan celosamente había custodiado desde hacía un año. No quería rendirse tan fácilmente, aunque eso significara arrastrarse.

¿No puedo hacer nada para volver a conquistarte? Tal vez pueda hacer que lo olvides.

No. Ya lo he intentado. Es imposible. No puedo olvidarlo.

David soltó una amarga risa nasal.

Al final soy yo el que se queda solo.

Yo también estoy sola.

Tú lo tienes a él —gruñó.

¿Que lo tengo? David, no tengo nada. Está a miles de kilómetros, en otro país, ¿entiendes? Y eso es mucho más doloroso, porque no puedo estar con él.

Más lágrimas, respiraciones entrecortadas, silencio.

Entonces…, ¿es definitivo?

Sí.

No encontraré a nadie como tú —sentenció.

Eso siempre se dice.

Pero esta vez lo sé. No encontraré a nadie como tú.

Natalia se secó las lágrimas e intentó serenarse.

La encontrarás. Y cuando lo hagas, por favor, escúchala, habla con ella de los problemas que tengáis, no los rehúyas.

Vale, Natalia —la cortó—. Dejémoslo. No quiero hablar del tema.

¡No! —exclamó ella, volviendo a llorar—. ¡Escúchame! Estamos en esta situación porque nunca me has escuchado. Huyendo no se soluciona nada. A la próxima escúchala, hablad de lo que no os guste del otro e intentad solucionarlo. Y, David, intenta quererte más a ti mismo. Si no te quieres tú, nadie te va a querer. Tienes la autoestima por los suelos. Crees que no vales nada, pero sí que vales, joder. Vales muchísimo.

Entonces, ¿por qué me dejas?

Porque no somos compatibles, cariño, y me he dado cuenta demasiado tarde. Pero eso no quiere decir que no seas una gran persona. Te mereces mucho más que esto. Ve siempre a por algo mejor de lo que has tenido. Nunca te conformes con menos. Ten presente todo esto que te digo, ¿vale?

Vale.

El sonido de unas llaves llegó hasta sus oídos. Supo de inmediato que su madre subía las escaleras y se dirigió al cuarto de baño para que no viera los rastros que las lágrimas habían dejado en su cara.

Tengo que colgar. Ha llegado mi madre.

Está bien. Ya hablaremos. Un beso.

Otro para ti.