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Feliz no cumpleaños

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V

Feliz no cumpleaños

1

El hipnótico olor de la tienda de chuches se fue desvaneciendo a medida que se alejaron de ella. El paquete de palomitas que Carmen llevaba en la mano se vaciaba con igual rapidez. Natalia volvió a meter la mano como si fuera un gancho y atrapó un puñado que se llevó a la boca. Tomaron asiento en la entrada del Bahía Sur, y no hablaron hasta acabar la bolsa.

¿Estás nerviosa porque llegue mañana? —le preguntó Carmen, sacudiéndose las manos de restos de palomitas.

¿Nerviosa por qué? —inquirió Natalia, que todavía masticaba su último puñado.

Carmen hizo un gesto de obviedad.

Mañana es tu cumpleaños.

Natalia arqueó las cejas.

¿Mañana ya?

No llevaba bien la cuenta de los días. A esas alturas todavía se encontraba algo desorientada en cuestión de tiempo.

Sí, mañana —confirmó Carmen—. ¡Qué cabeza tienes!

No sé en qué día vivo —bromeó.

Carmen hizo una bola con el paquete de palomitas e intentó encestarla en la papelera más cercana.

¿Y vas a celebrarlo como todos los años?

La verdad es que no pensaba celebrarlo —se sinceró ella.

¿Por qué?

«Porque es como si ya lo hubiera hecho.»

Pues, porque es un follón —improvisó—. Hay que comprar mucha comida, para que después la mitad sobre; los invitados llegan tarde, y si no, se van temprano. Me llevo todo el día organizándolo con la mayor ilusión para que los demás no se preocupen ni por la hora.

Pero diecinueve años no se cumplen todos los días.

«¿Diecinueve? Habría jurado que ya eran veinte.»

Ya…

Carmen se dio cuenta por su expresión y por su tono de voz de que ese año, su fiesta no era una prioridad para ella. Como si realmente no le hiciera ilusión; como si no fuera su cumpleaños.

Dejaron su asiento en el Bahía Sur y caminaron de regreso a casa. La noche había caído hacía media hora y el aire frío les calaba los huesos. Natalia pensó que el tema de su cumpleaños había quedado en el olvido, pero cruzando el puente que llevaba a la estación, Carmen volvió a la carga.

Bueno, ¿al menos saldremos a dar una vuelta? —propuso—. Tengo que felicitarte como es debido.

Claro. Saldremos.

2

Carmen colgó el móvil.

Dice Marina que ha tenido un contratiempo y que va a tardar un poco. ¿Vamos hacia su casa para darle el encuentro?

Natalia se encogió de hombros.

Como quieras.

Salieron de la Plaza del Rey en dirección a la Alameda, donde se hallaba la casa de Marina. Natalia se subió hasta el cuello la cremallera de su abrigo. El sol se ocultaría en un rato y la temperatura empezaba a caer en picado.

No entiendo cómo, viviendo tan cerca, siempre llega tarde —comentó Natalia, encogiéndose cuando una fría ráfaga de viento las golpeó en la cara.

Y nosotras, que somos las que más lejos vivimos, siempre llegamos antes de tiempo.

Natalia señaló al cielo. Una gran nube negra amenazaba con descargar más que agua. Un trueno resonó en la ciudad.

Deberíamos darnos prisa, o nos vamos a mojar.

Caminaron a paso rápido hasta la Alameda y llegaron al portal de Marina. Natalia llamó al telefonillo. Segundos más tarde, respondía su amiga.

¡Marina, somos nosotras! ¿Bajas?

Aún me falta un poco. Subid —le pidió.

En la puerta se oyó un chasquido y Carmen empujó justo antes de que empezaran a caer las primeras gotas de lluvia. Nada más cerrar, las chicas escucharon otro trueno, y el sonido que hubo a continuación fue como si el cielo se hubiese desprendido y hubiese chocado contra el suelo. Curiosas, volvieron a abrir la puerta y vieron como una cascada de agua caía sobre el parque de la Alameda.

Madre mía…

Por los pelos.

¿Estás segura de que quieres salir con este tiempo? —le preguntó a Carmen.

Su amiga vaciló.

Tal vez Marina nos deje quedarnos a ver una película…

Subieron al primer piso y llamaron un par de veces a la puerta. Marina abrió la puerta un poco apurada. Parecía nerviosa.

¿Habéis oído eso? —les preguntó nada más entrar—. Está cayendo una buena.

Eso es lo que yo estaba diciendo —dijo Natalia—. No sé si vamos a poder salir con ese chaparrón.

Marina les pidió que dejaran sus cosas en la entrada y las guio hasta el salón. Carmen entró antes que Natalia. Todo estaba oscuro y en silencio. De fondo, solo se escuchaban los truenos y la lluvia caer.

Qué tétrico —comentó Natalia.

Esperad, que enciendo la luz.

Marina pulsó el interruptor y a la vez que se iluminaba la habitación, un montón de globos de colores cayeron sobre las chicas.

¡SORPRESA! —gritaron todos los invitados.

Natalia miró a su alrededor. Estaban todos: Rocío, Teresa, América, Miriam, Gema, Natanael y David. La mesa estaba puesta. Había refrescos, empanada, patatas de varias clases, tortillas… La estancia estaba decorada con montones de globos, serpentinas y una pancarta que rezaba: «¡Felicidades, Natalia!»

Natalia sonrió cuando sus amigos se abalanzaron hacia ella para felicitarla por sus diecinueve años.

La madre que os parió… —murmuró.

Marina enchufó la cadena de música y empezó a sonar una canción de una canción antigua, que enseguida varios de los presentes comenzaron a corear.

No te lo esperabas, ¿eh? —preguntó Carmen.

Qué capulla eres…

Natalia le dio un abrazo. David esperaba solo a uno de los lados de la mesa a que la masa de gente se dispersara. Cuando todos la hubieron felicitado y la fiesta dio comienzo de verdad, se acercó.

Felicidades.

Natalia notó que ni siquiera había hecho el amago de abrazarla.

Gracias —le sonrió—. Conque tú también te habías aliado con ellas…

Yo no he hecho nada. Realmente, casi todo lo han organizado tus amigas —aclaró.

Cuando el silencio empezaba a hacerse presente entre ellos, David resolvió que lo mejor sería unirse a la fiesta e ir a comer algo con los demás. Se inclinó sobre ella y le dio un pico soso.

Durante la merienda-cena, los invitados colmaron de regalos a la cumpleañera. Todos hablaban, cantaban y reían. Todos menos David, que parecía estar en otro mundo. No hablaba con nadie. Si acaso, intentaba poner el punto cómico con algún comentario ingenioso de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo permaneció callado, casi sin tocar la comida —a excepción de las patatas fritas—. Natalia sabía que David no se sentía cómodo entre gente «desconocida», pero su actitud pasiva le cortó el buen rollo más de una vez. Se fijó en que miraba su reloj de pulsera cada pocos segundos. Estaba deseando salir pitando de allí. Natalia imaginó lo que ocurría. Esa noche jugaba el Barcelona. No podía haber otra explicación.

Minutos más tarde, se confirmó su teoría. David se acercó a su oído y habló en voz baja.

Oye, hoy juega el Barça. ¿Te importa si me voy ya?

Natalia apretó la mandíbula. A eso precisamente se refería cuando le dijo a Carmen que había gente que tenía mucha prisa con marcharse.

Te das cuenta de que estás cambiando mi fiesta de cumpleaños por un partido de fútbol, ¿verdad? —le dijo con ojos inquisitivos. David se puso muy serio. Natalia mostró indiferencia ante su expresión—. Puedes irte.

David no dudó en tomarle la palabra. Cinco minutos más tarde salía de casa de Marina con dirección a la suya. Con suerte, llegaría antes de que su equipo marcara un gol. Natalia sofocó una risilla molesta. Al fin y al cabo, no se había sentido tan mal por su comentario.

¿Adónde va David? —le preguntó América.

Tiene cosas que hacer —respondió Natalia.

Prefería no dar detalles, y menos a ella. Le avergonzaba reconocer delante de sus amigas que su novio prefería un partido de fútbol a pasar con ella ese día especial. América no le dio importancia a su respuesta. Estaba demasiado ocupada examinando de arriba abajo a Natanael.

Oye, tú amigo está muy bueno. ¿Tiene novia?

No, que yo sepa.

Bueno, y si tiene, tampoco pasa nada —le dijo, guiñando un ojo.

América se lanzó de lleno hacia su víctima. Lo agarró de la mano y lo invitó a bailar. Natanael parecía un poco incómodo, sobre todo cuando América movía las caderas demasiado cerca de él, pero esperó a que acabara la canción para escabullirse al baño.

Buah, tu amiga no se corta, eh —le dijo Gema, pegando un trago a su bebida—. Mira cómo ha salido huyendo el pobre Natanael.

Las dos empezaron a reír. Natalia se sintió algo culpable. Natanael no conocía a nadie allí a excepción de sus compañeras de piso; para empeorar la situación, era el único hombre en la fiesta. Lo que le faltaba era que América se pusiera a acosarlo. Sintió compasión por él y se levantó de la mesa.

Creo que va a ser mejor que vaya a buscarle.

Salió del salón y caminó hasta el baño. La puerta estaba abierta. Natanael aún estaba dentro, acariciando a uno de los gatos de Marina, que acostado encima del lavamanos, se dejaba hacer sin protestar.

Ese gato suele ser muy arisco. Qué raro que se deje tocar —dijo Natalia.

Natanael le indicó que entrara con una señal, y Natalia cerró la puerta tras sí.

¿Qué haces aquí? —dijo ella entre risas.

Escapando de tu amiga, la acosadora —respondió.

Natalia se echó a reír.

¿En serio?

No, solo he venido a refrescarme —dijo, abriendo el grifo y metiendo las manos bajo el chorro de agua. El gato saltó del mueble y arañó la puerta para salir. Natalia se la abrió y el animal corrió por el pasillo.

He visto que David se ha ido —comentó Natanael como quien no quiere la cosa mientras se secaba las manos—. ¿Ha pasado algo?

Hoy juega el Barcelona —explicó.

¿Se ha ido a ver un partido de fútbol? —inquirió el chico, sorprendido.

Sí… —respondió ella, hastiada de la situación que vivía con su pareja.

Recargó su espalda contra la puerta del baño y se cruzó de brazos. Natanael se acercó y colocó las manos sobre sus hombros. Natalia resopló.

¿Estás bien?

Solo muy harta —murmuró con la vista clavada en el suelo.

Natanael la apretujó entre sus brazos.

Siento decirlo…, pero tu novio es idiota.

Natalia empezó a reír de nuevo y le correspondió el abrazo. No podía estar más de acuerdo con lo que había dicho.

No estés triste. Es tu cumpleaños.

Regresaron al salón. Sonaba una canción de El Canto del loco. Natanael guio a Natalia hasta la pista, la agarró por la cintura y al ritmo de la música empezó a dar saltos a lo largo y ancho del salón.

Y es que la madre de José me está volviendo locooooo —cantaba—. Y no la voy a dejar porque lo siento y siento todoooo.

¿Qué culpa tengo yo si esa puerta no la he abierto? —entonaron a la vez.

Natalia empezaba a divertirse de verdad. Miriam, Gema y Teresa se unieron a su baile enloquecido mientras América y Rocío charlaban en la mesa. Carmen entró por la puerta ayudando a Marina con una gran tarta de galleta, chocolate y nata que contenía dos velas con el número 19. Los invitados comenzaron a cantar el cumpleaños feliz.

¡Pide un deseo!

Natalia sopló las velas un segundo después. Teresa metió el dedo en la nata y le pringó la nariz a Natalia con ella. Rocío se encargó de cortar la tarta y repartir los trozos. Para entonces, Natalia ya no se acordaba del feo desplante de David. Solo pensaba en su deseo, y en si este se haría realidad.

3

A las siete de la tarde decidió marcar el número de teléfono. Lo había estado meditando desde hacía varios días. Había pasado horas dándole vueltas al asunto, y a medida que se acercaba el momento, peor se encontraba y se acentuaban sus ganas de permanecer en casa. Sabía que para él era un día importante, como para cualquier pareja lo sería, pero para ella había perdido todo valor. Le parecía un día como otro cualquiera; incluso más deprimente que uno normal. Recordó su cumpleaños, y cómo David de había ido aun sabiendo que era un día importante para ella. ¿Por qué no podía hacer lo mismo? Ojo por ojo…

Después de un par de tonos, David contestó con desgana.

¿Qué pasa?

«Tan romántico como siempre», pensó Natalia.

Natalia se tiró en su cama.

David, escucha. No me encuentro bien. ¿Podemos dejarlo para otro día?

No había mentido. El solo pensar en una «velada romántica» con ese chico le revolvía las tripas.

¿Otro día? —preguntó, sorprendido—Natalia…, es nuestro aniversario.

Ya, pero creo que tengo destemplanza.

¿Y si esperamos un poco, a ver si mejoras? —sugirió David.

Natalia exhaló un suspiro e hizo rechinar los dientes. David nunca podía ver por su bienestar. ¿Qué importancia tendría una fecha, un simple número en el calendario, si tu pareja estaba enferma? Para él era lo contrario: ¡qué importaba que su pareja se sintiera mal si el calendario decía que cumplían un año!

David, si salgo y cojo frío me pondré peor —dijo con un tono lúgubre.

Si te abrigas bien…

¡David, que no! Joder, que parece que es más importante celebrar un número que la salud de tu novia.

Lo siento, es que tenía muchas ganas de que llegara esta noche —comentó con tono lastimero.

Hay muchos días. Lo celebraremos cuando me encuentre mejor.

Está bien —por su voz, parecía desilusionado—. Mañana te llamo para ver si estás mejor.

De acuerdo. Un beso.

Oye…, ¿pero está todo bien?

Sí. Solo quiero descansar.

Vale. Te quiero.

No le devolvió el te quiero. Solo colgó y dejó el móvil encima de la mesa, aliviada. Se había quitado de encima una carga que ya empezaba a pesarle en los hombros. Sabía que lo había hecho sentir mal, pero tenía que empezar a pensar en su propio bien. A veces, es bueno ser un poco egoísta. Y es que solo imaginarse delante de él en esa mesa, con ese ambiente romántico, recibiendo regalos y besos que no quería, hacía que le entraran náuseas. Y no, no estaba dispuesta a pasar ese mal trago. Se dio la vuelta y cerró los ojos. La preocupación le había costado demasiadas horas de sueño, y las ojeras empezaban a ser dolorosamente visibles. Sentía que le ardían ojos y sienes. Necesitaba dormir aunque fuera un rato, pero no lo consiguió. Los pensamientos y los recuerdos la retenían en el mundo real. Finalmente, decidió que lo mejor sería darse una ducha y escribir un rato. Con tantas cosas que tenía en la cabeza, hacía tiempo que no se plantaba frente al ordenador y tecleaba sin descanso, componiendo lo que ella llamaba «su best-seller».

El agua sobre su cabeza calmó un poco el dolor, y para cuando se sentó delante del portátil, dispuesta a dejar que su imaginación volara, prácticamente ni se acordaba del sueño que tenía acumulado.

Eran las nueve de la noche cuando sonó el timbre de su casa. Refunfuñó. Cuando más concentrada estaba, tenían que llegar a interrumpirla. Con paso lento y cansado, caminó hasta la puerta entre suspiros y quejidos. Su madre nunca llegaba tan temprano. ¿Por qué justo ese día, que necesitaba un poco de soledad, se adelantaba casi una hora? Pero cuando abrió la puerta y descubrió que no era su madre la que esperaba tras ella, deseó haberse hecho la tonta —o la sorda—, y no haber abierto.

Hola, bonita.

Natalia apoyó la cabeza contra la puerta. Era David. Con una rosa en una mano y una bolsa de regalos en otro.

«Genial… »

David entró sin esperar un segundo, como si presagiara que su novia iba a cerrarle la puerta en las narices. Natalia lo pensó por un momento. No, hubiera sido demasiado cruel.

¿Qué haces aquí? —su voz sonó como si realmente estuviera enferma.

Pensé que si no podemos salir a la calle, podía venir a tu casa a celebrarlo aquí, los dos… tranquilitos.

Arqueó una ceja. ¿Acaso ese imbécil estaba pensando en lo que ella creía que estaba pensando? ¿Acaso sus ojeras, su voz y su cara no le convencían de que no se encontraba bien? Cerró la puerta más fuerte de lo que debía mientras David tomaba asiento en el sofá y comenzaba a molestar a Pantera, que se encontraba dormida en uno de los reposabrazos.

Podemos cenar aquí, si quieres —comentó, mirándola de arriba abajo—. Aunque yo no te veo tan mal. ¿Estás segura de que no quieres salir?

Las pulsaciones de Natalia comenzaron a subir de pronto. Cerró los puños y respiró hondo. Las náuseas hacían de nuevo aparición, y esta vez estaba segura de que vomitaría.

Tengo que ir al baño —anunció.

Se encerró en el cuarto y se acercó al retrete por si las ganas de vomitar aumentaban. Las pulsaciones le disminuyeron poco a poco, los ojos se le humedecieron, comenzó a sentir sudores fríos por todo el cuerpo. Intentó tranquilizarse, pero ese chico conseguía sacarla de quicio. Probó a vomitar, pero no lo consiguió. Empezó a sentir debilidad en todo el cuerpo. Le temblaban las manos y los sudores fríos iban en aumento. Tenía un calor insoportable y por un momento creyó que se caería al suelo. Se apoyó en el lavamanos y levantó la mirada. La imagen que le devolvió el espejo fue la de una chica pálida, con los labios tan blancos como la nieve.

Salió del baño tambaleándose y llamó a David con la fuerza que le quedaba. El chico corrió hasta el pasillo, donde la encontró apoyada contra la pared, a punto de caerse al suelo.

¡Natalia! ¿Qué te pasa?

Me encuentro fatal…

La agarró como pudo y la ayudó a llegar al sofá. La chica se tendió de cualquier manera. No tenía fuerzas para mover un solo dedo. David se sentó a su lado e intentó darle un poco de viento con una revista.

Pero, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado?

Natalia respiraba agitadamente, como si le faltase el aire.

Sentía que me caía al suelo. Tengo mucho calor, sudores fríos, ganas de vomitar…

Sonaron unas llaves en la entrada. Ambos agradecieron que Sandra apareciera por la puerta, cargada de bolsas. Cuando vio a Natalia tumbada en el sofá, mortalmente pálida, y a su novio abanicándola, las soltó y se abalanzó hacia el sofá.

Gorda, ¿qué te pasa?

De repente ha dicho que se encontraba mal. Dice que tiene ganas de vomitar, mucho calor, que no tiene fuerzas —explicó rápidamente David.

Eso es una bajada de tensión. Voy a por el tensiómetro.

Sandra desapareció por la puerta del pasillo. Natalia miró a David con los ojos entreabiertos. Parecía muy angustiado, y sobre todo, asustando. Una parte de ella sintió rabia al saber que aquello le había ocurrido por el descontrol emocional que ese chico provocaba en ella cada vez que la ponía de los nervios; pero la otra se compadeció y se sintió culpable al verle allí, tan preocupado, tomándole la mano. ¿Acaso estaba siendo demasiado dura con él…? ¿O demasiado blanda?

Sandra llegó con el tensiómetro. Se lo colocó a Natalia en la muñeca izquierda y esperó a que diera los resultados.

7 la alta, 3 la baja. Tienes la tensión por los suelos. Pon los pies en alto.

Sandra colocó los pies de su hija sobre un cojín y le pidió a David que fuera en busca de una botella de Coca-cola que había en el frigorífico. Con la bebida dulce, Natalia recuperó poco a poco el color y las fuerzas. Pero después de aquello, cerró los ojos y se quedó dormida. Las horas de sueño perdidas, la presión y sobre todo la tristeza habían podido con ella.

4

¿Estás mejor?

Sí.

Ayer no pude despedirme de ti. Te quedaste dormida y me daba pena despertarte —se explicó como si hiciera falta. Para Natalia no fue un disgusto, sino un alivio no verlo allí al despertar. Estaba casi segura de que había sido por su culpa la bajada de tensión.

No importa.

«Aunque si de verdad estabas preocupado, te hubieras quedado hasta que despertara…»

Oye…, siento haber sido tan pesado.

Natalia sonrió con ironía. Una lástima que a través del teléfono no se pudieran ver las expresiones de la cara.

¿Tan pesado? ¿Por qué lo dices? —Su tono era claro: no solo sabía a lo que él se refería, sino que estaba molesta por ello. Aun así, David le siguió el juego. Estaba seguro de que si no lo hacía, sería peor.

Debo reconocer que creía que estabas fingiendo que te encontrabas mal para no ir a cenar conmigo. Últimamente, con todo eso de los sueños has estado muy distante…

Pues espero que a partir de ahora empieces a creerme cuando te digo que estoy enferma —dijo con una voz dura.

Lo siento de nuevo.

Está bien —dijo después de unos segundos—. Tengo que irme a la cama. Mañana tengo clase a primera hora.

Buenas noches, pequeña.

David…

¿Sí?

Pensó si debía decir lo que tenía en mente o callárselo. Si lo decía, haría sentir mal a David, pero si se lo callaba, sería un asunto más al que darle vueltas en su cabeza. Y el cupo ya estaba bastante lleno.

Aunque hubiera sido mentira que me encontraba mal, no puedes obligarme a estar contigo si no quiero. Buenas noches.

Colgó antes de que pudiera responderle. No quería empezar una discusión que no terminaría nunca. Lo único que pretendía era que sus palabras calaran hondo en él, y que reflexionara un rato. Se metió en la cama, más triste y cansada que el día anterior. Ya no era David el único tema que la agobiaba. Pasaban los días y las semanas, y cada día entraba a Internet en busca del esperado mensaje de Héctor, sin resultado. A veces, se desesperaba tanto que lloraba de pura angustia. Quizás se estuviera volviendo loca. Seguramente sería eso. Un sueño la había trastornado. ¿Qué otra explicación podía tener?

Héctor Ignacio García no existía. Ni siquiera había conseguido dar con él en las redes sociales. Solo era alguien que había creado su imaginación; y eso era algo que le dolía en lo más profundo de su alma, porque al haber podido comparar al que hubiera sido el hombre de su vida con la persona que actualmente estaba a su lado, sufría como una condenada. Sin embargo, y a pesar de que empezaba a convencerse de que todo aquello no era real, a menudo ocurrían cosas que había visto en su sueño, y tenían que pasar por situaciones que estaba segura de haber vivido. A menudo, cuando se hallaba en una escena que su cabeza conocía de sobra, pensaba en lo que iba a acontecer, y efectivamente ocurría. Y así pasó el tiempo, un tiempo que en su mente ya había transcurrido hacía mucho, y un día se dio cuenta de que no podía estar tan loca como para conocer el futuro, y que si estaba pasando por todo eso solo podía significar dos cosas: o que volvía a soñar, o que realmente había vivido todo aquello.

Se llamaba Héctor Ignacio García

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IV

Se llamaba Héctor Ignacio García

1

El refunfuño de Natalia no pasó desapercibido por los oídos de David. La chica miraba el sol que entraba por la ventana de su habitación. Hacía un día perfecto que podían aprovechar para salir a dar un paseo, y sin embargo, allí se encontraban encerrados para ver una película o jugar a los videojuegos. Aun así, David no le dio importancia y continuó tecleando en el ordenador. Se decía a sí mismo que cuando su chica viera la película que le tenía preparada, se alegraría de haberse quedado. Natalia esperaba tumbada en la cama a que su novio se decidiera a hacerle un poco de caso. Siempre que iba y David se pasaba unos minutos haciendo quién sabía qué cosas en Internet o terminando la partida de un juego en la consola, se preguntaba para qué demonios había malgastado su tiempo yendo hasta allí. David parecía tener prioridades, y ella no se encontraba entre las primeras.

Unos minutos más tarde, el joven se levantó de la silla, puso un juego en la consola y le pasó el mando principal.

Voy al baño. Diviértete mientras tanto.

Y sin decir nada más, desapareció por la puerta. Mientras Natalia tecleaba sin entusiasmo los botones de aquel control, un pitido reiterante emergió del ordenador de David. Seguramente se había dejado algún tipo de chat abierto. Intentó ignorarlo y seguir con el juego, pero ese irritante sonido le taladraba el tímpano y parecía no tener fin. Estaba empezando a atacarle los nervios, y finalmente decidió que era hora de bajarle el volumen al ordenador.

Dejando la partida a medio terminar, se sentó en la silla preferida de David —esa que por nada del mundo le cedía cuando se disponían a ver una serie—, y encendió la pantalla del ordenador. David había dejado abierta una ventana de conversación.

No era su intención cotillear. Para nada. Pero los ojos están para ver, y sin querer percibió una palabra que captó toda su atención: novia. ¿Acaso David estaba hablando de ella? La curiosidad la venció por un momento. Quería saber si David la alababa delante de sus amigos, pero sobre todo, cómo lo hacía. Así que echó un vistazo, que segundos más tarde prefirió no haber hecho.

«En verdad, creo que exageras. No lo veo un problema», le decía su interlocutor.

«A lo mejor sí. Pero no me gusta nada», le respondía David. «Es que es uno de sus mayores defectos, a mi forma de ver. Si hace calor, va vestida con escotes, y si hace frío se pone ese chaquetón de colores tan feo. Y después está el tema de su timidez. Es como si creyera que estamos en un cuento de hadas.»

«Lo siento, Messías, no pienso que eso que dices sean defectos.»

«Para mí lo son. Y me acuerdo de Raquel, que vestía tan bien y era tan… ardiente, por así decirlo. Pura acción, ¿sabes a lo que me refiero? Nada de cursilerías. Me ponía cachondo con solo echarme una mirada, con un solo gesto…»

Natalia sintió una arcada. No pudo seguir leyendo. Se levantó del asiento, cogió su bolso y salió por la puerta de la casa justo en el momento en que David salía del baño.

Bajó la calle, dirección a las marismas. No quería pasar por la calle Real, donde tanta gente podría juzgar su palidez y sus lágrimas. Escuchó una puerta a sus espaldas y unos pasos ligeros. David la alcanzó en cuestión de segundos.

¡Eh, ¿adónde vas?!

Natalia apretó los puños, se dio la vuelta, y sin premeditarlo, le pegó un bofetón con la mano abierta. Tan fuerte, que hasta a ella le dolió la palma. David se quedó pasmado, y a la vez sintió cómo la ira surgía en su interior, pero no le dio tiempo de reclamarle.

¡Gilipollas! —le gritó antes de seguir su camino.

El chico la agarró del antebrazo, provocando una reacción brusca de ella.

Pero, ¿qué te pasa?

¡Me pasa que eres un jodido capullo! —le espetó.

Vale —repuso él, tranquilamente—, ¿me explicas por qué?

Natalia lo asesinó con la mirada.

¿De verdad no lo sabes?

David suspiró y bajó los hombros. Sí que lo sabía.

Has visto lo que he escrito en el ordenador. —No era una pregunta.

Conque te acuerdas de Raquel, que vestía taaaan bien y que era tan… ¿ardiente? ¡Hasta donde yo sé, ni siquiera te dejó meterla!

Oye, no sé por qué dije eso…

¿Y la ropa? ¡Al menos yo me cambio! No como tú, que siempre vas con lo mismo.

Natalia…

¿Por qué coño no te vas con tu queridísima Raquel y me dejas en paz?

David la agarró por los antebrazos e intentó que callara por unos segundos. Tenía la cara roja de coraje y los puños tan apretados que dudaba que pudiera abrirlos de nuevo, y si lo hacía, sería después de propinarle un buen puñetazo en la nariz.

A ver, ¿puedes escucharme un segundo? —le preguntó.

Natalia se cruzó de brazos.

¿En un segundo podrás convencerme de que no eres un gilipollas?

No, tienes razón. Soy gilipollas, porque realmente no pienso lo que escribí… No sé por qué dije eso.

Pues si tú no lo sabes…

No sé qué me pasa —se excusó—. Es que eres tan perfecta que… Como no tienes grandes defectos, es como si necesitara sacarte pequeños defectos.

Natalia se quedó boquiabierta. Una vez más se preguntó qué demonios hacía con ese reverendo imbécil.

¿Que necesitas sacarme defectos? —repitió ella, incrédula.

Perdóname. Realmente no pienso eso. Ya sé que soy un idiota.

Natalia deshizo los puños y suavizó la expresión de su cara. Parecía realmente arrepentido, pero aquello no era suficiente. La había herido gravemente. David parecía que tenía la intención de bajarle la autoestima hasta dejarla al mismo nivel que la suya, y eso no se solucionaba con una excusa tan absurda y una disculpa poco creíble.

¿Acaso yo te saco defectos? —murmuró con un tono sombrío—. No…, y eso que tú sí que los tienes a la vista.

David tragó saliva. Un escalofrío recorrió su espalda.

Estás muy equivocado, David, si piensas que el amor es así. No. Alguien que de verdad te quiere no intenta sacarte defectos. Simplemente los acepta, porque las virtudes pesan más.

Se dio la vuelta, dispuesta a irse. David no contaba con ánimos para rebatirla. Se le ocurrió algo más. Quizás fuera algo cruel, pero ¡qué demonios!, él había sido realmente cruel comparándola con su ex.

Por cierto, David…, para exigir algo a tu pareja, primero debes aplicarte el cuento.

Le obsequió con una mirada fría y despectiva de arriba abajo, y continuó su camino.

En la habitación de David, ese pitido iterativo volvía a llegar la habitación.

«Deberías valorar más lo que tienes, Messías», le decía Félix.

2

¿A una piscina? —había preguntado Natalia como si David estuviera loco—. ¿En octubre?

Es una piscina interior y climatizada. Lo pasaremos bien.

Y ella había dudado mucho, sobre todo después de lo acontecido la última vez que se habían visto. Todavía se preguntaba por qué simplemente no le había colgado sin contemplaciones. A veces era demasiado buena, o demasiado estúpida.

Por favor, déjame compensarte por lo del otro día.

Había terminado por aceptar, y en ese momento se arrepentía profundamente. Después de una «agradable» barbacoa junto con todos los amigos de David —en la que había tenido que fingir que entre ella y su novio no pasaba nada—, se habían metido todos en la piscina climatizada. Todos, menos ella, que había preferido echarse en una tumbona a leer. Ahora se encontraba sola en el agua, apoyada en el borde de la piscina, y con la mirada perdida en las manos de David, que dibujaba algo en el suelo con una tiza. Terminó de trazar la última letra y se limpió la mano en el agua. Natalia clavó los ojos en el «Nataly y David» rodeado por un corazón mal dibujado. El chico esperó a una reacción de ella, pero Natalia solo miraba el primer nombre como si algo no encajara. Finalmente, volvió la cara hacia otro lado.

Nunca me habías llamado Nataly.

David parecía desconcertado.

¿Es lo único que te importa?

Natalia suspiró.

No —contestó antes de sumergirse de nuevo en la piscina.

Buceó durante unos segundos antes de volver a la superficie y apoyarse en el filo de piedra. David se acercó lentamente, sorprendiéndola con los ojos húmedos.

¿Todavía estás cabreada por lo del otro día?

El semblante de la joven se tornó más serio si cabía.

Tengo que contarte una cosa.

David tragó saliva. No le gustaba la frase, pero menos el tono con el que la había pronunciado.

¿Quieres que salgamos de la piscina? —le ofreció.

Sí.

Juntos fueron a por un par de toallas y con ellas se sentaron en las tumbonas que había colocadas junto a la piscina. Desde allí podían oírse las risotadas de los amigos de David, que pasaban el rato jugando a las cartas en la mesa de piedra que se hallaba junto a la barbacoa.

¿Ahora sí me lo contarás?

Natalia asintió.

Es algo muy raro. He tenido un sueño. Bueno, no era exactamente un sueño… —Pasó la mano por su pelo, frustrada—. No sé cómo decirlo sin que pienses que estoy como una cabra.

Hazlo sin más. Ya yo decidiré si lo estás o no —contestó David, intentando amenizar el momento con una broma.

Natalia sonrió un solo segundo, y después volvió a su rostro la seriedad.

Yo sé que no era un sueño. Es una locura, pero sé que esto no debería ser así.

¿Cómo?

Que esto ya lo pasamos, David. Esta relación ya la pasamos.

Pero ¿qué dices? —preguntó, confundido. Empezaba a ponerse nervioso—. No te entiendo. Explícate un poco mejor.

Tengo recuerdos. Sé que todo esto ya terminó y estaba en otra etapa de mi vida. Pero algo raro pasó. Es como si el tiempo hubiera retrocedido.

¿Retrocedido el tiempo?

¡Sí, y no sé cómo! —exclamó cada vez más frustrada.

David agarró la mano de la chica. Lo que decía su novia no tenía sentido. ¿Estaría demasiado cansada?

Natalia, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?

Intentó usar un tono suave de voz para que se calmara, pero Natalia se levantó de golpe con el ceño fruncido.

Sí. Sé que es difícil de creer, pero es así. Lo recuerdo todo perfectamente: nuestra relación no funcionó. Conocí a un chico mexicano de treinta años y me enamoré de él. Viajó a Madrid a firmar unos contratos con una editorial y vino a verme. Después yo fui a Madrid para ver su presentación. ¡Estoy segura!

Con cada palabra que salía de su boca, a David se le revolvía el estómago con más intensidad. A la chica no le gustaba nada cómo la miraba. Clavaba sus ojos en ella, no como si estuviera loca, sino como si fuera una mentirosa.

Basta ya, Natalia. Si lo que buscas es una excusa para cortar…

¡No es eso! No busco una excusa porque yo ya corté contigo, David. ¡Terminamos en enero del 2012! —intentaba explicarle ella. Cada vez se sentía más angustiada.

¡Natalia, estamos a 2011! Todo lo que estás diciendo no es más que un sueño, ¿entiendes? ¡Un sueño! —exclamó, agarrándola de los antebrazos para intentar tranquilizarla.

Los ojos de Natalia volvieron a humedecerse.

No lo he soñado —murmuró—. Todo era demasiado real.

El joven suspiró y la soltó suavemente. Después, volvió a sentarse con tranquilidad, pasando los dedos por su pelo mojado.

Así que dices que en enero me dejarás por un mexicano… —dijo con cierto tono sarcástico y decepcionado a la vez—. Y dime, ¿recuerdas su nombre?

La chica asintió. Era lo que más claro recordaba de todo.

Sí, se llamaba Héctor Ignacio García.

3

Me voy a dar una ducha antes de salir —le informó Natalia.

Cada día estaba más fría con él. David sentía una gran frustración e impotencia. Su relación se iba a pique con cada segundo que pasaba. ¿Y qué hacía él para evitarlo? Absolutamente nada.

¿Puedo mirar un par de cosillas en tu ordenador mientras?

Todo tuyo.

Natalia se retiró a su cuarto para coger todo lo necesario y se encerró en el cuarto de baño. En cuanto oyó el agua caer, supo que era libre para hacer lo que le diera la gana. Tenía tiempo de sobra. Natalia solía tardar entre veinte minutos y media hora en ducharse y secarse el pelo.

Entró en Internet y fue directamente a los favoritos de Natalia. Había montones de páginas, pero la que más le interesaba era la red social, el Facebook. Como suponía, su novia dejaba la contraseña puesta. Entró sin problemas y escribió un nombre en el buscador: Héctor Ignacio García. Inmediatamente, aparecieron un par de personas. Uno era español, así que lo descartó de inmediato; pero el segundo era mexicano. Sintió una punzada en el pecho al darse cuenta de que, por alguna extraña razón, el sueño que había tenido Natalia involucraba a un hombre real, un hombre que existía. Tal vez no fuera tal y como ella lo había visualizado, pero había acertado en el nombre y la nacionalidad, y eso le preocupaba. Rápidamente, bloqueó a ese contacto por si a su novia se le ocurría buscar ese nombre que la estaba volviendo loca en la red. Investigó un poco, y se dio cuenta de que ese hombre también tenía una cuenta en Twitter. Al igual que había hecho en la red social anterior, bloqueó al tal Héctor. Apagó el ordenador justo a tiempo para ver salir a Natalia del cuarto de baño, ya arreglada y lista para salir.

¿Nos vamos? —le preguntó.

Un momento, que coja el bolso.

David cerró el portátil, como un asesino que se deshace de la prueba del crimen. No sabía qué demonios le estaba pasando a su novia, ni qué significado tenía el extraño sueño del que le había hablado, pero si estaba tan convencida de que lo había vivido, podría ser capaz de intentar conocer a ese hombre. No podía permitirlo. No iba a dejar que una fantasía destrozase su relación. Eso nunca.

Confianza y amistad

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III

Confianza y amistad

1

Gema copió el anuncio en cuatro hojas distintas.

«Somos tres chicas y buscamos una persona para compartir piso cerca de la Facultad de Filosofía y letras. Si te interesa llama al: 856789787. Pregunta por Gema.»

No había querido poner el precio por si preguntaba por el anuncio alguien desagradable. En ese caso, solo tenía que poner un precio excesivo y la persona interesada dejaría de estarlo. Era una táctica infalible. Colgó una en la entrada de la Universidad, otra en la puerta de la biblioteca, y una más al lado de cafetería. Eran lugares donde los vería mucha gente. Por último, se dirigió al tablón donde los estudiantes se ofrecían para impartir clases particulares, buscaban piso o anunciaban alguna fiesta universitaria. Si alguien estaba interesado en alquilar una habitación, acudiría allí sin pensarlo. Lo colgó con una chincheta y se abalanzó hacia el pasillo para llegar a casa lo antes posible. Estar en la Universidad por la tarde tenía un efecto deprimente en ella, y las chicas debían estar preguntándose dónde se había metido.

¡Espera!

Se dio la vuelta. Un chico de flequillo castaño miraba el cartel que acababa de poner. Lo arrancó del corcho sin consideración y clavó sus ojos azules en ella.

¿Cuánto?

Gema pestañeó un par de veces, lo miró de arriba abajo y frunció los labios, pensativa. Nunca había pensado que sería precisamente él quien quisiera alquilar la habitación. Pensaba que, siendo una casa habitada por mujeres, sería una fémina la que entrara a vivir con ellas.

¿Quieres alquilarnos la habitación?

¿Hay algún problema? —preguntó el chico, volviendo a dejar el cartel en el corcho.

No, ninguno. Si no te incomoda vivir con chicas…

El joven sonrió.

Creo que podré sacar mi lado femenino.

Gema rio. Podría estar bien.

Son unos ciento cincuenta euros aproximadamente —informó al fin.

El chico abrió tanto los ojos que parecía que estos fueran a salirse de sus órbitas. Gema no supo en un principio si la sorpresa era buena o mala, pero cuando lo vio sonreír, confirmó que era una gran noticia para él.

¿Me acompañas a la cafetería a tomarme un café y hablamos de las condiciones? —ofreció el muchacho sin pensárselo ni un segundo.

2

Natalia escuchó el sonido de la puerta desde su habitación. Era Gema, que llegaba de Dios sabía dónde. Había estado fuera largo rato. Miriam había preguntado por ella, pero no había sabido responderle adónde había ido.

¡Ya estoy aquí! —Su voz era inconfundible—. ¡Natalia!

La llamaba. A saber qué anécdota quería contarle. Se levantó del escritorio sin preocuparse por su aspecto desarreglado y recorrió el pasillo. A medida que avanzaba hacia el salón, su oído percibió una voz masculina. ¿A quién había traído?

Se paró en la puerta y en la estancia pudo ver a sus compañeras de piso conversando animadamente con un joven alto de pelo castaño que le resultó demasiado familiar. Cuando se volvió hacia ella y vio sus ojos azules, supo que algo andaba mal en su cabeza.

¡Ah, mira, Natalia, ya he conseguido un compañero de piso! —exclamó Gema en cuanto la vio.

El joven sonrió a la chica, que se había quedado muda, y se acercó a ella.

Hola, soy…

Natanael —lo interrumpió ella.

El chico se mostró sorprendido.

¿Sabes mi nombre?

Natalia estaba a punto de quedarse muda de nuevo, pero no permitió que los nervios la traicionaran.

Estamos en la misma clase —improvisó, y antes de que pudiera preguntarle al respecto, se presentó—. Yo soy Natalia.

Encantado.

Lo mismo digo —respondió, mostrándole la mejor de sus sonrisas, fingiendo que nada ocurría.

Cuando vio que el chico se quedaba embobado mirándola, supo que no debería haberse mostrado tan encantadora, pues en un futuro podría arrepentirse. Gema cogió las dos maletas que Natanael había dejado en la entrada y le dio una a él y otra a Natalia.

Anda, ¿por qué no le enseñas su habitación, y que se vaya instalando?

Oh, ¿ya te quedas? ¿Sin ver la casa y sin nada?

Natanael se encogió de hombros. Gema los empujó a ambos hacia el pasillo y anduvieron con el equipaje por el angosto corredor. Natalia se paró delante de la habitación que estaba frente a la suya y abrió la puerta. Natanael entró detrás de ella. La habitación era pequeña, pero luminosa, y estaba limpia y ordenada.

No es muy grande… —comentó Natalia.

Es perfecta —dijo Natanael, soltando la maleta encima de la cama—. La casa en la que vivía antes era una pocilga y mi habitación daba pena. Era oscura, la cama estaba rota, la silla del escritorio cojeaba…, y todo por el módico precio de cuatrocientos euros al mes.

¿Cuatrocientos? —repitió Natalia, horrorizada—. ¡Menudo robo!

Y que lo digas. Por eso ni me lo he pensado cuando he visto el cartel de tu amiga. Estaba deseando dejar ese sitio.

Abrió el armario y comenzó a meter ropa de la maleta.

Lo imagino.

Oye, es verdad que estamos en la misma clase, pero nunca habíamos hablado —comentó mientras sacaba su portátil de una de las mochilas y lo colocaba en el escritorio.

Es cierto.

¿Por qué? —preguntó.

Soy muy tímida —se excusó ella.

Pues se acabó la timidez —declaró—. A partir de ahora somos compañeros de piso, y exijo confianza y amistad con las personas que conviven conmigo. ¿Trato hecho? —dijo, ofreciéndole la mano.

Natalia lo miró.

«Confianza y amistad… ¿Y si llegases a traicionarme?», quiso decirle, pero se mordió la lengua a tiempo. «Solo fue un sueño. Solo un sueño», se convenció a sí misma.

Claro. —Y aceptó su mano—. Confianza y amistad.

Natanael sonrió, y volvió a sacar cosas de su maleta. Natalia buscó con la mirada la guitarra española que Natanael tocaba cada noche, pero no la veía por ninguna parte. El chico la pilló desprevenida, mirando hacia todos lados.

¿Qué buscas?

¿Y tu guitarra? —preguntó sin pensar.

Natanael frunció el ceño y permaneció callado y pensativo. Natalia se percató de que una vez más había metido la pata. Ella no tenía por qué saber que él tocaba ningún instrumento, y seguramente todo era un producto de su imaginación. Si allí no había ninguna guitarra era porque él no tocaba. Gema abrió la puerta sin llamar y le tendió al joven el preciado instrumento envuelto en su funda. El corazón de Natalia dio un brinco. Una vez más había acertado.

Te la has olvidado en el salón.

Natanael la dejó sobre la cama. Gema cerró la puerta, y entonces reinó el silencio. Natanael la miraba de forma rara, como intentando adivinar qué pasaba por su mente.

¿Cómo sabías lo de la guitarra?

Pero Natalia era lista y rápida para mentir.

La vi antes en el salón —explicó con una sonrisa nerviosa.

El teléfono empezó a sonar. Dio un par de tonos y de repente enmudeció. Segundos más tarde, Gema llamaba a gritos a Natalia, y la chica vio la oportunidad perfecta para escabullirse. Agarró el pomo de la puerta y antes de salir, dijo:

Espero que algún día toques algo para mí.

3

Quedarse allí parada, donde siempre quedaban David y ella, le revolvía el estómago, pero no podía seguir huyendo de la realidad. Así que cuando David la había llamado el día anterior, decidió quedar con él y hacer como si no hubiera pasado nada. Se excusó a sí misma, argumentando que la Universidad la tenía muy agobiada, y que había tenido algunos problemas familiares. David no había querido entrar en detalles, y la había perdonado por su comportamiento anterior.

Pero Natalia no se sentía bien. Al contrario: era como si se encontrase en una pesadilla permanente de la que no podía despertar. Creía haber pasado a otra etapa de su vida, donde tenía una nueva pareja de la que estaba profundamente enamorada, pero todo aquello no era más que una vil jugarreta de su inconsciente. Así que una vez más estaba delante del centro comercial, donde la rutina volvía a golpearla. Siempre era igual: ella llegaba cinco minutos antes y él más de cinco minutos tarde, lo que la hacía esperar algo más de diez minutos de pie, sola y aburrida. Después, él llegaría, le daría un beso insípido en los labios y se irían a caminar agarrados de la mano. Pero su tacto ya no sería suficiente, pues había aprendido a pasear tomando una mano más adulta.

«Él no existe. Métetelo en la cabeza», se repetía una y otra vez, pero de nada servía. Héctor seguía vivo en su mente, y tenía más vida que nunca.

Reconoció a David en la lejanía por la misma camiseta de cuadros que usaba cada día y por sus pesados andares. Se dirigió a él, sintiéndose también ella terriblemente cansada. Había salido más por obligación que por querer pasar un rato con él. Una parte de ella sentía cierta aversión por el chico. Cuando este se inclinó para besarla, tuvo el instinto de volver la cara, pero él la agarró a los dos lados de la cabeza. Nada más sentir esos babosos labios sobre los suyos tuvo la certeza de que iba a vomitar. Sintió calor en las mejillas y frío en la espalda. Un gusto amargo subió por su garganta. Le empujó y se tapó la boca. Intentó no respirar. Su colonia, su olor, también le provocaba náuseas. Esa fragancia que antes tanto le había gustado, ahora la hacía sentirse mal. David no entendía nada.

¿Qué pasa? —le dijo, preocupado, colocando una mano sobre su hombro.

No me beses hoy. No me encuentro muy bien. Tengo ganas de vomitar…

David mostró decepción en su rostro. La tomó de la mano y la miró con tristeza.

¿Te sientes muy mal? —La chica asintió. Tal vez así se librase de su compañía, y pudiera irse a casa—. ¿Prefieres que vayamos a mi casa a ver una película, tranquilos?

Natalia hizo una mueca. No había sido eso lo que esperaba conseguir, pero finalmente asintió. Era mejor que nada. David la agarró de la cintura y caminó sobre sus pasos. Natalia estaba pálida. Tenía mala cara.

Suspiró.

Hoy no hay nadie en mi casa —comentó de repente—. Es una pena que no te encuentres bien para… Porque no te encuentras bien para eso, ¿verdad? —intentó.

Natalia frunció el ceño. Esa era una de las cosas que tanto le asqueaba de David. Siempre pensando en el sexo, siempre en su propio placer, y no en el bien de ella. No pudo evitar compararlo con su novio imaginario. Sabía lo que habría dicho y hecho Héctor. Primero le habría besado las manos, habría mostrado verdadera preocupación por su estado, la habría llevado a casa y hubiera hecho todo lo posible por que se sintiera mejor. Ni se le habría pasado por la mente pedirle que aprovecharan que la casa estaba vacía. No, no lo hubiera hecho. Él era un hombre, no un niño como David.

¿Quieres que vomite en tu cama? —No pudo evitar que el tono fuera claramente hostil.

Bueno, tranquila. No hace falta que te pongas tan borde.

No es que yo sea borde, David; es que tú tienes la sensibilidad de una piedra. Te acabo de decir que me encuentro mal, y lo único que se te pasa por la cabeza es sacarme ese tema. ¿Eso es todo lo que te preocupas por mí?

Vale —dijo, frunciendo el ceño—. No debería habértelo preguntado.

Desde luego que no.

Sentía una opresión en el pecho. En su mente no paraba de preguntarse qué demonios hacía con un chico así y cómo era posible que no le hubiera dejado de una vez por todas. Entonces, se le ocurrió algo: ¿acaso ese sueño tan real había sido una especie de empujón que había creado su inconsciente para romper con David? Hacía mucho tiempo que se sentía insatisfecha, que sabía que David no sería el hombre con el que pasaría el resto de sus días. Tal vez su cabeza había creado todo ese mundo paralelo para convencerla de que ese chico no era para ella y que si su relación se terminaba, podría encontrar a alguien con el que fuera mucho más compatible. Alguien más adulto.

«Alguien como Héctor.»

4

Habían escogido el Ayuntamiento como punto de encuentro. Carmen y Natalia quedaron antes, como siempre hacían, y se encaminaron juntas hacia la Plaza del Rey. Natalia estaba más callada que de costumbre, y Carmen notó enseguida que algo le pasaba, pero no quiso agobiarla con preguntas que la harían sentir peor, así que esperó a que ella quisiera abrirse. Natalia no le contó nada de lo ocurrido las semanas precedentes. No quería que pensara que había perdido la chaveta. Pero sí le habló del estancamiento en el que se encontraba su relación con David, y en esto se explayó a sus anchas. Carmen la escuchaba atentamente y le aconsejaba, poniendo cuidado en cada palabra. Era un tema delicado, y no quería estropearle la noche a su amiga nada más empezar.

Cuando llegaron al Ayuntamiento, Teresa ya estaba allí. En las últimas semanas, Natalia había hecho un gran esfuerzo por trabar amistad con ella e integrarla en el grupo. Le hubiese resultado muy raro quedar con sus amigas y que ella no estuviera. Marina llegó unos minutos más tarde. Su casa estaba a unos minutos de allí, y caminaba a paso tranquilo.

Solo quedaba Rocío, que rara vez se retrasaba.

Me acaba de llamar. Dice que ya están cerca —dijo Marina.

«¿Están?», se preguntó Natalia.

¿Viene con el novio o qué? —inquirió.

Marina se volvió hacia ella, extrañada.

No —respondió, y si no fuera porque vislumbraron a Rocío corriendo hacia ellas, hubiera completado su respuesta.

¡Chicas!

Natalia quedó pálida. Detrás de ella venía América, cansada y sonriente.

¡Que no cunda el pánico! —gritó desde lejos—. ¡Ya estamos aquí!

Llegaron hasta ellas con la respiración agitada y la frente sudorosa. Se apoyaron sobre sus rodillas y esperaron a recuperar la compostura para besar a sus amigas.

¡Qué pechá de correr, carajo! —exclamó América.

Dio un beso a Marina, a Teresa, a Carmen…, y cuando llegó a Natalia, esta se echó hacia atrás, evitando su contacto y asesinándola con la mirada como si fuera un insecto verde y asqueroso.

¿Quién coño ha invitado a esta zorra? —soltó en voz alta.

América se quedó lívida. Las demás se volvieron hacia Natalia, anonadadas. La chica las recorrió con la mirada. Había esperado que alguna de ellas la apoyara y echaran entre todas a esa mentirosa compulsiva. Pero lo que encontró en sus rostros no fue rechazo, sino sorpresa. Después miró a América, que no se había atrevido a abrir la boca. Natalia dejó escapar una sonrisa y comenzó a reír a carcajadas. América también sonrió levemente, y el grupo se destensó al comprender que no era más que una broma. Natalia abrazó a América.

¡La cara que se te ha quedado! —exclamó.

¡Joder, es que estabas tan seria que me lo he creído! —se excusó.

Las demás también rieron. Solo Carmen fue capaz de adivinar la verdad en las palabras de su amiga. Cuando decidieron ir al pub más cercano y dejaron atrás la Plaza del Rey, Natalia aún sentía el corazón bombeando más rápido de lo normal por haberse expuesto de esa forma. Solo cuando Carmen le dio un codazo, la miró con complicidad y rio por lo bajo, supo tranquilizarse. Al fin y al cabo, todo había quedado como una broma.

5

Con cada día que pasaba, Natalia se sentía más perdida y confusa. La aparición de Natanael como compañero de piso había terminado por trastornarla de tal manera que ya no sabía qué era real y qué ficticio. A menudo soñaba con Héctor. En su cabeza aparecían escenas de ese sueño que se le antojaban demasiado reales. A veces se confundía de clase y se dirigía a las de segundo semestre, y en ocasiones llamaba Héctor a David. Solía sospechar de Natanael y de América sin ningún motivo y se sorprendía a sí misma ahorrando dinero compulsivamente, como si estuviera preparándose para un viaje que habría de hacer en un tiempo.

Esa madrugada volvió a soñar con él. Estaban en el hotel de Madrid en el que se habían hospedado en sus sueños. Héctor aparecía a su espalda y la abrazaba con fuerza. Pudo sentir su vello erizándose, escalofríos recorrer su espalda. Héctor la besó como si fuera la última vez que lo hiciera. La suavidad y el sabor de sus labios parecían tan reales… Y de repente, despertó, sintiendo que le habían arrebatado un bonito recuerdo en vez de una ilusión. Con el corazón a mil por hora y la frente chorreando sudor, se levantó de la cama y sacó del escritorio el cuaderno en el que había escrito unos días antes.

A ver, el sueño ha acertado en que Gema y Miriam son pareja y que Natanael ha venido a vivir con nosotras —se dijo a sí misma, haciendo un par de anotaciones en la hoja cuadriculada—. Creo que conocí a Héctor unos días después de mi cumpleaños. Empezamos a hablar el día… ¿catorce?

Arrancó de un tirón el calendario de la pared y redondeó con un círculo los días trece, catorce y quince de diciembre.

Uno de esos días —se dijo—. Si ese sueño no era un sueño, uno de esos días tiene que llegarme un mensaje de él.

Era una locura esperar que pasara algo, pero ¿qué tenía que perder? Guardó el calendario y el cuaderno en el cajón y volvió a la cama. Ahora solo tenía que tachar los días y esperar a que llegara el deseado mensaje que le diera la razón y desmintiera su aparente desquiciamiento.

Coincidencias

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II

Coincidencias

1

Cuando abrió los ojos unas horas más tarde, no recordaba nada de lo que había pasado el día anterior. Salió de su habitación como cada lunes y se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno antes de ir a clase. Somnolienta, llenó un vaso de leche y sacó algunas magdalenas. Bostezó un par de veces, agotada. La magdalena se rompió de tanto mojarla, cayendo en la leche y salpicándole la cara. Refunfuñó. Quería volver a la cama.

Se bebió la leche y fue a vestirse. Antes de entrar en su cuarto, vio salir a Miriam de la habitación que antes había sido de Natanael y que ahora estaba desocupada. Aquel hecho la despertó del todo. La joven salía en pijama y la habitación estaba a oscuras. Por un momento, se le pasó la cabeza que Miriam hubiera discutido con Gema y se hubiera ido a dormir a aquella habitación, pero de pronto recordó todo lo que había pasado la tarde del día anterior, y sudores fríos empezaron a recorrer su cuerpo.

Buenos días —dijo Miriam entre bostezos.

Buenos días… Oye, Miriam, ¿qué día es hoy?

Lunes… —respondió con los ojos entrecerrados mientras se dirigía al baño, esperando que Gema no se le hubiera adelantado.

No…, de número.

Creo que diecisiete.

Ya… ¿Y el mes?

Miriam abrió los ojos un momento y volvió a fruncirlos, extrañada.

Pues, ¿noviembre? —respondió como si fuera una respuesta demasiado obvia.

Sin decir nada más, entró en el cuarto de baño y Natalia permaneció en el pasillo, pensativa. Escuchó cómo se abría la puerta del cuarto de Gema y vio a la susodicha salir igual o más dormida que Miriam. Apoyando la cara en la puerta del baño, intentó abrir.

¡Ocupado! —exclamó Miriam desde dentro, con un claro tono de victoria.

Gema refunfuñó y miró a Natalia, que no despegaba la mirada del suelo.

¿Y a ti qué te pasa? —preguntó con voz adormilada.

Natalia se mordió el labio inferior.

Gema…, ¿a ti te gusta Miriam?

La inesperada pregunta despertó a Gema más de lo que lo hubiera hecho una ducha de agua fría. Natalia detectó el color rojo coloreando sus mejillas.

Pero, ¿qué dices? —fue lo único que contestó antes de huir hacia la cocina.

Natalia frunció los labios cuando su compañera de piso desapareció tras la puerta del pasillo. Volvió a su habitación, y sacó del escritorio el cuaderno que había estado escribiendo la noche anterior. Cuando por fin vio todo lo que había en él, se convenció de que lo que había pasado no había sido un sueño. Realmente estaba en noviembre de 2011.

Para su desgracia.

2

Cogió el tren hacia San Fernando solo para recuperar sus cosas. Sin el móvil, estaría incomunicada, y no podía ir sin el DNI o el carnet de la Universidad. Así que paró en la estación de Bahía Sur y caminó hasta casa de David. Sentía el cuerpo pesado y estaba de mal humor. No quería verle. No otra vez.

David abrió con aire lúgubre. Parecía preocupado. Le hizo una señal para que pasara y Natalia no lo pensó dos veces. Caminó a paso ligero hasta la habitación y buscó con la mirada su bolso.

Está en el armario —le indicó David.

Natalia se lanzó hacia el mueble y lo abrió de par en par. Su bolso estaba colgado en una de las puertas. Rebuscó en él y sacó el móvil. Con rapidez, revisó los mensajes antiguos, pero no había ninguno de Héctor. Había sido su última esperanza.

Tú… no has tocado mi móvil, ¿verdad? —le preguntó con cautela.

No.

Era sincero. Estaba demasiado serio como para mentir. Natalia se colgó su bolso en un hombro e intentó salir de la habitación, pero David se lo impidió, envolviéndola entre sus brazos. Natalia mantenía los suyos a ambos lados de su cuerpo. Solo quería salir de allí. No se sentía cómoda en esa habitación, en esa casa, junto a ese chico.

Tengo que coger el tren —le dijo.

¿No me das un beso? —le preguntó él.

Natalia negó con la cabeza con un lado para otro y fue hasta la puerta. David la siguió.

¿Qué he hecho? —le preguntó, impotente—. Te juro que no sé por qué estás enfadada.

Natalia soltó el pomo y le miró con tristeza. ¿Estaba enfadada? No, o eso creía. Pero había algo que la inducía a salir corriendo de allí. Sí, pudiera ser que fuera aquella locura transitoria en la que se hallaba, que realmente la había llevado a pensar que David y ella habían cortado hacía ya muchos meses. Fuera lo que fuese, necesitaba irse de allí.

No me pasa nada… —le aseguró—. No estoy enfadada. Solo necesito un poco de tiempo. Dame unos días —le pidió, y salió de la casa.

3

Al día siguiente, se levantó un poco antes para organizar la mochila. La noche anterior se había acostado pronto, demasiado cansada como para preparar las asignaturas del día siguiente.

Su agenda mental le recordó que los martes a primera hora tenía Teoría de la literatura. Buscó en su carpeta los apuntes de dicha asignatura, pero por más que pasó hojas y hojas, no encontró nada relacionado. Frunció el ceño. ¿Se las habría dejado en clase? ¿Tal vez las habría prestado? Por un momento se asustó: ¿y si las había perdido?

Salió de su habitación y llamó un par de veces en la de Miriam. Cuando abrió la puerta, la joven ya estaba arreglada y lista para desayunar.

Buenos días —le sonrió.

Buenas días —respondió algo apurada—. Oye, ¿te he dejado yo mis apuntes de Teoría de la literatura?

Miriam pareció confundida. Ella y Natalia estaban en filologías diferentes, pero tenían asignaturas en común —aunque con distintos profesores—, y en muchas ocasiones se prestaban los apuntes para tener toda la información posible de cara al examen. Sin embargo, había algo en la pregunta de Natalia que no encajaba.

Mmmm… Natalia, no sé si me equivoco—comenzó educadamente—, pero Teoría de la literatura la tenemos el semestre que viene. Todavía no la hemos comenzado.

Natalia abrió los ojos como platos.

En ese momento, Gema salió de su habitación con expresión adormilada.

Gema, ¿verdad que Teoría de la literatura la tenemos el semestre que viene? —le preguntó Miriam.

Gema se volvió hacia ella con los ojos entrecerrados.

¿Teoría de qué? —repitió con voz pastosa, y sin esperar a una respuesta, entró en el baño a lavarse la cara.

Natalia frunció el ceño, sintiéndose más estúpida que nunca. Su mente seguía adelantada al tiempo en el que vivía. Habían pasado un par de días desde que había despertado de ese extraño sueño, y todavía no se acostumbraba a la realidad.

Miriam ladeó la cabeza para mirarle la cara.

¿Te encuentras bien? Estás muy pálida.

Estoy un poco cansada —reconoció Natalia, llevándose una mano a la cara—. No he dormido bien.

Miriam la miró con ternura y comprensión, como a una hermana pequeña.

Se nota. Anda, ¿por qué no vuelves a la cama? Gema y yo te pasaremos los apuntes de las clases de hoy.

¿No te importa?

Es preferible eso a que te duermas en clase —respondió, acompañándola hasta su habitación—. Descansa un rato, y si más tarde te sientes con ganas de ir a la siguiente clase…

Gracias, Miriam. Me haces un gran favor.

Para eso estamos.

Gema salió del baño bostezando y con el pelo revuelto.

Oye, yo también estoy cansada. ¿No me puedo quedar? —le preguntó con cierta picardía.

Las chicas sonrieron, y Miriam avanzó hasta ella para llevarla a la cocina a desayunar.

Tú lo que tienes es mucha cara.

4

El día anterior no había ido a clase por cansancio, por tristeza…, tal vez por trastorno mental. Empezaba a creer que se estaba volviendo loca de verdad. Se equivocaba con los horarios, con las aulas, las materias, con los días. Recordaba cosas que no existían y creía saber lo que iba a ocurrir en cada momento. Lo más raro de todo era que dichas cosas sucedían de verdad minutos después de haberlas pensado. ¿Acaso tenía poderes? ¿Sueños premonitorios, tal vez?

No se lo había contado a nadie. No quería que la miraran con malos ojos, se alejaran de ella o quizás, la llevasen al manicomio. Pero no descartó del todo gastar parte de su dinero en acudir a un psicólogo. Sin embargo, cuando se enteró que cobraban alrededor de sesenta euros por consulta, decidió que lo más asequible sería permanecer con su locura temporal.

Entró en la Universidad y subió las escaleras. Se adentró por uno de los pasillos y caminó hasta la clase 9, un aula pequeña y calurosa. Tocaba Lengua Griega con Rafa, uno de sus profesores favoritos. Los demás solían quejarse de él y temían el examen que tendría lugar después de Navidades. Ella, sin embargo, estaba tranquila. Le gustaba la asignatura, la forma de impartir las clases y el profesor. «Sacaré un sobresaliente», se dijo inconscientemente, recordando la nota que había sacado en su sueño, pero enseguida se obligó a olvidar todo aquello. Una parte de ella no podía eliminar así como así ese año de vida del que había despertado. Su mente no conseguía asumir que nada de aquello era real.

La clase estaba casi vacía. Apenas había dos chicos en la parte trasera, una chica en la parte central y otra más en la esquina. «Jesús Espinosa y Jesús Pizarro, los tocayos. Teresa, y Raquel», repasó su mente, y enseguida añadió: «La ex de David y de América.»

«¡Dios, que no!»

Intentando sacarse esas locas ideas de la cabeza, se sentó al lado de Teresa. La joven estaba tan absorta en su libro de griego que ni siquiera la miró.

Buenos días —le dijo.

Teresa levantó la mirada. Parecía extrañada.

Buenos días —respondió, y enseguida volvió a la lectura.

Natalia sacó sus cosas de la mochila y las colocó en orden encima de la mesa, mientras se preguntaba por qué Teresa habría reaccionado de esa forma tan seca. Hacía tiempo que eran amigas. Solían sentarse siempre los cuatro juntos: Gema, Teresa, Natanael y ella.

Abrió los ojos como platos.

«Natanael.»

Natanael todavía no era su amigo… y Teresa tampoco.

«¿Todavía?», se preguntó de nuevo. «No sabes si lo serán algún día. ¡Vuelve a la realidad! ¡Aterriza!»

Natalia notó que había creado algo de tensión tratando a la chica con tanta familiaridad. Se aclaró la garganta y sacó el texto de Caritón de Afrodisias. Se dio cuenta de que no había traducido casi nada y cruzó los dedos para que el profesor no le pidiera su traducción. Teresa se fijó en su hoja.

¿Hasta dónde has llegado? —le preguntó.

A Natalia le sorprendió que fuera ella la primera en entablar conversación.

No he adelantado. No me encontraba muy bien… —se excusó.

Teresa cogió su texto y señaló una línea de color rosa que indicaba la última frase que había traducido.

Yo he llegado hasta aquí, pero no he conseguido sacarle el sentido.

Natalia se fijó en la narración griega. Le daba la impresión de que hacía una eternidad que no tocaba la historia de Quéreas y Calírroe. Gema llegó al aula, sofocada, cuando la clase estaba casi completa. Dejó su mochila al lado de Natalia y se sentó encima de la mesa, con la respiración agitada y la frente sudorosa.

Creía… que no… llegaba —explicó, demasiado cansada para hablar de corrido.

Rafa entró unos minutos después de ella con una sonrisa y sus mejillas sonrojadas, tan características de él. Sacó sus folios de una carpeta azul y pasó lista antes de empezar con la clase. Justo cuando estaba terminando, alguien llamó a la puerta. Era un joven alto, de ojos azules.

Disculpe el retraso —dijo, cerrando la puerta y dirigiéndose a su sitio, detrás de Gema.

Que no vuelva a pasar —pidió Rafa, repasando la lista rápidamente con la mirada—. ¿Natanael?

Sí.

Natalia tragó saliva y le miró sin poder evitarlo. Se le hacía tan extraño tenerlo tan cerca y saber que no era ni su amigo ni su enemigo ni… nada. Natanael se percató de que estaba siendo observado y sonrió a la chica que miraba cómo sacaba su cuaderno de la mochila negra. Natalia se dio la vuelta, avergonzada, y exhaló un suspiro. Todo era tan raro…

A ver, Natalia —dijo Rafa, exaltándola—, ¿quieres continuar leyendo el texto? Nos quedamos en la línea 34.

La chica cogió el texto, maldiciendo para sus adentros. No tenía la tarea hecha. Iba a quedar en ridículo delante de todos. Comenzó a leer, y cuando el profesor le pidió su traducción, se dio cuenta de que se la sabía de memoria. A medida que pasaba su dedo por las palabras griegas, estas le iban revelando su significado. Rafa y todos sus compañeros quedaron estupefactos ante su perfecta traducción. El profesor llegó a pensar que la habría sacado de Internet, o de algún libro de la biblioteca, pero era imposible. No era una traducción tan profesional como la de un traductor.

Pues…, no puedo ponerte ninguna pega. Está todo perfecto. ¿Alguna pregunta?

Casi todos los allí presentes levantaron la mano. Rafa hizo que Natalia contestara un par de preguntas, asegurándose así que había sido ella la que había trabajado pasando aquel texto al español. Tal y como esperaba, la chica supo contestar a todo.

Teresa se inclinó hacia ella, con una sonrisa y las cejas arqueadas.

¿No decías que no habías adelantado?

Cabrona…, si lo sabías hacer tan bien, podrías haberme ayudado —le reclamó Gema.

Después de su turno, otro alumno salió voluntario, pero Natalia ya no seguía la clase. Su mirada y su mente estaban fijas en la historia escrita en griego que tenía delante. Comenzó a leer cada una de las frases y por arte de magia, la traducción aparecía nítida en su cabeza. Era algo que no podía comprender ni explicar, pero se sabía de memoria la historia de Quéreas y Calírroe. Una vez más, ese extraño sueño llegó a su mente. Había tenido que estudiarse ese texto para el examen sin diccionario.

«Oh, Dios… Me estoy volviendo loca de verdad.»

Hora y media más tarde, cuando salieron de la clase, Natalia todavía estaba en las nubes. Por más que intentaba explicar lo que había pasado en la clase, no tenía respuesta para ello. ¿Acaso seguía soñando?

Natanael pasó por su lado, cargando la mochila en un solo hombro, y le dio un pequeño golpecito en la espalda.

Bien hecho —la felicitó, guiñándole un ojo, y siguió su camino.

Para cuando Natalia quiso darle las gracias, él ya se había ido.

5

Natalia se hallaba sumida en su plato de filetes con patatas. Masticaba despacio y sin apetito. Habían pasado casi dos semanas desde que despertara asustada y confundida en casa de David. Su cabeza empezaba a asumir la realidad que la rodeaba, pero seguía sin poder darle una explicación a muchos de los sucesos extraños que habían acontecido en los últimos días. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos que no se dio cuenta de cómo se sonreían sus compañeras de piso. Fue Miriam la que interrumpió el silencio.

Estás muy callada —le dijo a Natalia.

La susodicha levantó la mirada.

Estaba pensando.

Ninguna de las dos quiso entrometerse en sus pensamientos, por lo que Gema pasó a otro tema rápidamente.

Mira qué casualidad… Nosotras también habíamos estado pensando en algo —soltó como si hubiese encontrado el momento idóneo para contarle su idea.

¿En qué?

Verás, no sé si te habrás dado cuenta, pero… —comenzó, agarrando a Miriam de la mano.

Gema y yo hemos formalizado nuestra relación —terminó Miriam.

Natalia abrió los ojos como platos. No porque el hecho la sorprendiera, sino porque era exactamente lo que había pasado en su sueño. Sus compañeras de piso eran pareja.

¿Te desagrada? —preguntó Miriam, cautelosamente.

Natalia boqueó como un pececillo un par de veces.

No, no. No me lo esperaba. Eso es todo —explicó.

Las chicas suspiraron, ya más relajadas. Natalia se había convertido en algo más que una compañera de piso en las últimas semanas. Era una amiga, y su aceptación era importante para ellas.

Bueno, habíamos pensado que podíamos alquilar la habitación pequeña a alguien más y dormir nosotras dos en la cama de matrimonio —sugirió Gema—. No sé si te importe.

Los gastos se reducirían, y tocaríamos a menos en las tareas de la casa —completó Miriam—. ¿Te parece bien?

Natalia parecía confundida de nuevo. ¿Meter a alguien más en la casa? Su mente voló hasta cierto chico alto y de ojos azules.

«No, no puede ser», se dijo. «Es solo una coincidencia. Nada más.»

Sí, claro. Por mí, todo genial.

Todo serían ventajas. Menos gasto, menos trabajo y un compañero o compañera que la hiciera sentir menos incómoda que compartiendo la casa sola con una pareja. Podría evitar momentos embarazosos en el caso de que esas dos fueran demasiado empalagosas y se pasaran el día besuqueándose delante de ella. Cosa que no creía que pasara, pero mejor prevenir que curar.

Perfecto. Pues mañana podríamos poner un cartel en la Universidad. Siempre hay gente buscando piso —propuso Gema.

Está bien.

A ver si tenemos suerte.

Tengo la sensación de que la tendremos —comentó Natalia.

Sucesos extraños

Publicado en

I

Sucesos extraños

1

Natalia abrió los ojos lentamente con la luz que emanaba de la televisión. En ella, se desarrollaba una película de acción. A su alrededor todo estaba oscuro. Había anochecido hacía rato. Volvió a cerrar los ojos y a recostarse en el sofá. No recordaba haberse quedado dormida viendo una película. Lo último que recordaba era un coche rojo que se le echaba encima. ¿Acaso lo había soñado?

Suspiró. Debía estar muy trastornada y deprimida como para no acordarse de lo más elemental.

¿Y ese suspiro? —preguntó una voz masculina que le produjo un vuelco de corazón.

Abrió los ojos con rapidez y se incorporó en el sofá. Inmediatamente se dio cuenta de que no se encontraba en su casa, sino en una que le era dolorosamente familiar. Siguió el rastro que había dejado esa conocida voz. Estuvo a punto de gritar cuando vio a David sentado en una de las esquinas del sofá. Volvió a observar el salón en el que se encontraba, y las náuseas aparecieron raudas en su estómago.

¿Estás bien? —le preguntó el joven, preocupado.

Natalia no tuvo tiempo de responder. Saltó del sofá y recorrió el pasillo que conocía de sobra a la carrera. Entró en el cuarto de baño justo a tiempo para cerrar la puerta y vomitar en el váter. Era la primera vez que los nervios la traicionaban de tal forma. Respiró hondo y se incorporó, temblorosa y con los ojos llorosos.

En la puerta resonaron unos golpes. David intentó entrar sin permiso, pero Natalia volvió a cerrar la puerta y a echar el pestillo.

No entres —le advirtió.

Pero, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?

Nada —contestó ella—. Ahora salgo.

¿Segura?

¡Que sí! —exclamó, cabreada.

Está bien…

Oyó sus pisadas hacia el comedor y volvió a respirar hondo. Se lavó la cara con agua fría y se sentó sobre la taza del váter a pensar. No lo entendía. Por más que le daba vueltas no conseguía acordarse de qué hacía allí con David. Pensó en mil posibilidades y todas le parecieron locuras. No había podido ocurrir ninguna de las ideas que su imaginación le aportaba por el simple hecho de que su último recuerdo consistía en su despedida de Héctor y en una carrera que había acabado en tragedia. ¿Cómo demonios podría haber ido a buscar a David sin haberse dado cuenta? ¡Era del todo imposible!

«Dios, el accidente me ha dejado secuelas», pensó, histérica. «Me di un golpe en le cabeza. Debo tener pérdida de memoria a corto plazo.»

Dios mío, Natalia, ¿qué has hecho? Joder… —gimoteaba la chica, desesperada.

Los nervios se instalaron en su estómago de nuevo. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía ella allí?

David volvió a llamar a la puerta.

¿Estás segura de que estás bien? —preguntó desde afuera.

Natalia abrió la puerta y lo enfrentó con los ojos humedecidos.

¿Qué hago yo aquí? —le preguntó directamente.

David parecía confundido.

Hemos quedado para ver una película —respondió.

¿Qué? —exclamó ella—. ¿Cuándo hemos quedado tú y yo? ¿Y a cuento de qué?

¿A cuento de qué? —repitió David—. Lo hacemos todos los domingos. Natalia, ¿te sientes bien?

¡No! —gritó la chica, furiosa—. ¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo que lo hacemos todos los domingos?

Estaba nerviosa, y David lo notaba en el temblor que recorría todo su cuerpo. El chico se acercó a ella y colocó las manos en sus hombros.

Cálmate. No entiendo por qué estás tan alterada.

¡Me altero porque no sé qué hago aquí!

¿Que no sabes qué haces aquí? —preguntó David, tragando saliva—. Es lo más normal, ¿no? Eres mi novia.

El corazón de Natalia volvió a dar un vuelco. ¿Su novia? ¿Acaso había vuelto con él?

¿Desde cuándo?

Desde hace once meses, Natalia —respondió él, comenzando a ponerse igual de nervioso que ella.

Natalia tragó saliva. Había recibido esa frase como si de una bofetada se tratara.

¿Once meses…?

Sí. Desde diciembre, ¿recuerdas?

Natalia permaneció callada durante unos instantes, asimilando lo que estaba ocurriendo. Lentamente regresó al sofá y tomó asiento. ¿Qué había pasado? ¿Estaba soñando, o acaso todo lo que había vivido, o lo que le había parecido vivir había sido un sueño?

¿A qué estamos hoy? —preguntó sin mirarle.

David sacó de inmediato su móvil y consultó el calendario.

A 16 de noviembre.

Natalia tragó saliva de nuevo.

¿De qué año? —se atrevió a preguntar.

¿Me estás vacilando?

¿De qué año? —repitió su pregunta con tono hostil.

De 2011. ¿De qué año va a ser? Natalia, creo que el sueñecito que te has echado te ha sentado muy mal —opinó David, dirigiéndose a la cocina para comer algo.

Natalia volvió a tumbarse. Cerró los ojos, intentando volver a la realidad, sin éxito. Esa era la realidad. No había otra. Todo ese mundo que había creído que era real, solo lo había sido en su cabeza. Todo un sueño. Héctor no existía. Nunca había existido.

2011 —repitió en voz baja.

¿Era posible? ¿De verdad él, con todos los sentimientos y situaciones que conllevaba, era imaginario? ¿Había creado su mente un personaje tan poderoso capaz de trastocar su mundo y hacerle creer en otra verdad? ¿De elaborar palabras de amor, decisiones arriesgadas, sentimientos peligrosos y hasta viajes inesperados? ¿Toda esa felicidad era mentira?

Abrió los ojos, y todo seguía igual. Nada había cambiado. En la televisión continuaban las escenas de lucha. David nunca le había dado la satisfacción de ver una película romántica. Según él, prefería verlas cuando estaba soltero. Lo recordaba bien.

Lo recordaba bien, porque era la realidad.

«¡Pero esta realidad es mentira!», gritó su inconsciente.

Una lágrima cayó por su mejilla.

Es mentira. Es mentira —se repitió una y otra vez.

Escuchó a David trasteando en la cocina.

«Él otra vez no. ¡No quiero! ¡No! ¡Héctor!»

Se levantó del sofá de un saltó y corrió por el pasillo. Antes de que David pudiera verla, salió corriendo de su casa calle abajo. Movía tan rápido las piernas que más de una vez pensó que se caería de boca. Cruzó la calle sin mirar. Los coches pitaron, pero ella siguió corriendo hasta que su cuerpo le pidió parar. Para entonces, ya estaba muy cerca de su casa.

2

Sandra llamó a su habitación un par de veces antes de abrir la puerta. Tenía el teléfono inalámbrico en la mano.

Es David —le dijo, alcanzándole el aparato.

Sandra cerró la puerta y Natalia se colocó el teléfono en la oreja con manos temblorosas, como si la persona que se encontraba al otro lado de la línea fuera un fantasma que la perseguía sin descanso. Y en cierto modo, eso era.

¿Diga?

¿Por qué te has ido así? —le preguntó David—. Me has asustado.

Natalia cogió aire mientras seguía con su búsqueda entre la estantería de su habitación.

Ahora no puedo hablar contigo —le dijo.

Pero ¿qué te pasa? —preguntó, desesperado—. Es que no lo entiendo.

Ya hablaremos mañana, si eso… —contestó Natalia, a punto de colgar.

Te has dejado aquí tus cosas. El móvil, las llaves, la cartera…

«El móvil», pensó.

No las toques. Mañana paso a recogerlas.

Colgó sin decir nada más y tiró el teléfono sobre la cama. Pasó la mirada por toda la estantería una vez más, pero no estaba. Allí no estaba el jodido libro que le había regalado Héctor. Maldita sea, no estaba.

Nataly, ¿dónde estás? ¡Te puse aquí! ¡Recuerdo que te puse aquí, joder!

Buscó entonces El corazón de Yucatán, el primer libro que la editorial Atenea le había publicado a Héctor.

¡Tampoco está!

Encendió el ordenador y buscó las fotos que se había hecho con Héctor. No había rastro de ellas. Entonces miró la fecha a la que se encontraba en el ordenador: 16 de noviembre.

Se dio cabezazos contra la pared, barajó varias posibilidades: tal vez se había vuelto loca, o quizás estuviera soñando. Pero, ¿y si realmente había perdido la memoria con el accidente? ¿Y si David se había aprovechado de lo ocurrido para hacer como si todo volviese a como estaban antes?

Salió de su habitación y corrió hasta la cocina. Sandra hacía la comida para el día siguiente. En la olla a presión se cocinaba a fuego lento un potaje de garbanzos.

Mamá, ¿qué día es hoy?

Dieciséis —respondió echando las patatas que acababa de pelar en la olla.

¿De noviembre? —preguntó, asustada.

Pues claro, ¿de qué va a ser?

A Natalia le temblaron las piernas. Aquello no era ninguna broma, de verdad estaban en noviembre de 2011.

Estoy haciendo potaje. ¿Quieres llevarte en una fiambrera para mañana?

Sí, sí… —contestó sin saber lo que decía.

Caminó aturdida hasta el pasillo. Pantera salió a su encuentro y se enredó entre sus piernas con maullidos suaves. Demasiado suaves. Natalia la miró con detenimiento y se dio cuenta de que la gata había disminuido de tamaño. Era pequeña. Jodidamente pequeña.

La cogió en brazo y la llevó hasta la cocina.

¿Mamá, soy yo o la gata ha encogido?

Sandra echó un vistazo a Pantera.

Yo la veo igual que siempre.

¿No está demasiado pequeña?

¿Cómo quieres que esté, si tendrá poco más de cuatro meses?

Se la llevó hasta su habitación sin decir nada. Cerró la puerta con pestillo y se derrumbó sobre la cama. Pantera maulló una vez más. Natalia la miró, a punto de echarse a llorar. No podía ser mentira todo aquello. Estaba demasiado bien montado.

Cogió en brazos a Pantera. La había encontrado abandonada en septiembre, con un mes de vida más o menos.

¿De verdad eres tú? —le preguntó.

Pantera respondió a su pregunta con un maullido casi inaudible. Después, saltó de sus brazos y se puso a investigar por la habitación.

Natalia entró de nuevo en el ordenador para una última comprobación. No se rendiría tan fácilmente. Entró en la página de la Universidad y buscó en las actas. Seguro que allí estarían las notas del primer curso y le darían la razón. Recordaba con detalle cómo había pasado todas las asignaturas. ¡Se acordaba hasta de las preguntas de los exámenes!

Entró en las actas y, para su sorpresa, solo encontró notas en el expediente aún abierto de Derecho. Sus notas de Filología no estaban.

«Pero… no puede ser… », se lamentó, rompiendo a llorar. «Me… me he vuelto ¿loca?»

3

Entró en la casa de Cádiz esperando encontrar a Natanael en el sofá, viendo la tele. Pero Natanael no se encontraba allí.

«Claro, me dijo que no volvería a este piso», recordó, y rápidamente su mente la corrigió: «No, espera… Eso realmente no ha sucedido. Natanael debe estar en su habitación.» Y una vez más volvió a corregirse a sí misma. «No. Natanael no vino a vivir con nosotras hasta finales de noviembre.» Por último, habló su miedo a estar perdiendo la cabeza. «¿Natanael es real?»

Se sintió mareada. Dejó el potaje de su madre en la cocina y caminó tambaleándose hasta su habitación. Ya con la mano en el pomo, se giró hacia la puerta contraria, donde se suponía que Natanael había habitado que, en verano, había decidido buscar otro piso. Pegó la oreja a la puerta, pero no oyó nada; llamó un par de veces y nadie respondió. Abrió con sigilo y observó el panorama. Ni rastro de la guitarra, ni de las pesas, ni la ropa de chico tirada por el suelo. La habitación estaba decorada con un indudable gusto femenino. Era la habitación de Miriam.

«Eso significa que Gema y ella todavía no son pareja», se dijo.

Al cerrar la puerta, un pensamiento la invadió.

«¿Todavía?»

Notó que las fuerzas la abandonaban. Abrió la puerta de su habitación y se dejó caer sobre la cama como un peso muerto. Permaneció allí, intentando no pensar en nada, hasta que el sueño la doblegó.

4

Natalia se sentó en su escritorio a las cinco de la mañana. Llevaba despierta desde las cuatro dándole vueltas a todo lo acontecido ese día. Se llevó las manos a la cabeza, planteándose en serio la idea de haberse vuelto loca. Era como si tuviese una especie de amnesia, pero al revés. Recordaba un año completo de su vida que no existía, y estaba volviendo a vivir lo que ella pensaba que ya había vivido. Todo estaba patas arriba. Aún seguía con David, Héctor no existía, no conocía a Natanael y sus compañeras de piso no eran pareja. Tenía que aclarar en su cabeza qué era lo real y qué lo ficticio, o su mundo se convertiría en un completo caos. Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un cuaderno que abrió por una página cualquiera. Cogió un bolígrafo y escribió dos encabezados: «Sueño (Diciembre del 2011 – septiembre de 2012)», «Realidad (Actualidad. Noviembre de 2011)»

Cerró los ojos con fuerza, intentando recordar todo lo que pudiera ayudarla y empezó a escribir la primera lista.

Sueño (Noviembre del 2011 – septiembre de 2012)

-En noviembre conozco a Héctor.

-En diciembre es mi aniversario.

-En enero del 2012 dejo a David.

-Van a publicar los libros de Héctor en Madrid.

-América y Natanael no aceptan mi relación con él.

-El 5 de marzo, Héctor llega a Madrid.

-Nos conocemos el 10 de marzo. Viene a visitarme.

-Natanael avisa a David de dónde vamos a estar (aunque lo niega) y termina nuestra amistad.

-Héctor vuelve a Cancún.

-Entrevistas en la televisión y en la radio para Héctor.

-Cambio de horario en su trabajo.

-Nos queda poco tiempo para hablar.

-Se divorcia.

-Le dan la fecha de su presentación.

-Trabajo para conseguir dinero y así, poder ir a Madrid.

-América es una mentirosa.

Raquel (la de clase) es la ex de América y de David.

-Tenemos una fuerte pelea. Héctor tiene un accidente con el coche.

-Llega la fecha. Me voy a Madrid y estamos juntos durante una semana.

-Apruebo 1º de carrera y paso a 2º.

-Baja a Cádiz conmigo para estar unos días.

-David y Héctor pelean por la foto que le envió Natanael.

-Héctor arregla cuentas con Natanael.

-Los problemas se acumulan y decido dejarlo.

-Salgo corriendo de la estación y… me atropella un coche. Fin del sueño.

Natalia suspiró profundamente. Eran los acontecimientos más sobresalientes que habían tenido lugar en ese año que su imaginación había creado. Ahora tocaba la realidad, el presente.

Realidad (Actualidad. Octubre de 2011)

-Estoy en el primer semestre de mi primer año en la carrera.

-Me instalé hace un mes en la casa de mi tía.

-Gema y Miriam no son pareja.

-Natanael no vive con nosotras.

-Estoy con David. Es nuestro décimo mes juntos.

-Dentro de dos meses cumplo diecinueve años y mi primer año con David.

«¿Ya está? ¿Eso es todo?», le preguntó su mente.

Intentó recordar más cosas con las que rellenar la lista, pero no sabía con qué. Su vida real era aburrida y monótona, al igual que su relación. Era triste reconocerlo, pero la verdad era que ese sueño, esa mentira, había llenado su vida de emoción y experiencias nuevas, y de pronto, había llegado la realidad, golpeándola en la cara con ganas. Y no sabía por qué, pero se sentía triste. Normalmente los sueños no dejaban en ella una huella tan profunda. Eran mejores o peores; le hacían levantarse de buen o mal humor; pero nunca la marcaban de esa forma. Un personaje de ficción nunca había sido más poderoso que una persona real, y sin embargo sentía que ese hombre imaginario llamado Héctor tenía más fuerza de la que tenía David. Y eso era algo que la asustaba terriblemente.

Libertad

Publicado en

V

Libertad

1

Irene se secó las lágrimas con fuerza. ¡Dios! Si ya se había sentido humillada con el rechazo de Héctor, el mensaje que acababa de leer había acabado de hundirla. ¿Cómo era posible que una escuincla que contaba diez años menos que ella le hablase así? Había tenido el coraje de enfrentarla y de decirle que ella no era nada para Héctor. Golpeó el teclado con fuerza.

¿Nada? Ella había mantenido con él una relación de cuatro años y llevaban tres casados. ¿En serio pensaba que ella no era nada?

Quiso contestar el mensaje, pero ¿para qué? Pelear con esa niña no le traería ningún beneficio; solo dolores de cabeza. Se había equivocado de objetivo. Era a Héctor al que tenía que atacar. Debía echarle el anzuelo de distintas maneras hasta que se decidiera a picar. Al fin y al cabo, ella podía ofrecerle una vida en pareja, una economía…, quizás un hijo. ¿Qué podía darle esa niña?

Gruñó. Sí, ya sabía lo que podía ofrecerle una veinteañera…

Tenía que cambiar de estrategia. Si ofrecerse directamente y amenazar no surtía efecto, tendría que pasar a la última fase, aunque esta llevara más tiempo del que le gustaría. Recurriría al mejor aliado que tenía una mujer a la hora de conquistar a un hombre: los celos.

2

Ese día, cuando Héctor llegó a casa de trabajar, se tumbó directamente en su cama sin deshacerse del uniforme del trabajo. Exhaló un suspiro y cerró los ojos. No tenía ganas de nada. Solo quería dormir. Desde hacía tres días parecía un muerto viviente. Apenas comía, apenas dormía, y solo salía de casa para ir a trabajar. Había dejado de contestar los mensajes de Natalia, y de responder las llamadas de todo aquel que quisiera contactar con él. Los últimos acontecimientos habían terminado de hundirlo en la depresión.

Se había sentido profundamente triste cuando había tenido que separarse de Natalia hacía ya unos meses; la rutina lo había abatido, y su trabajo solo lo asfixiaba y amargaba cada día más. Después estaba Irene, que seguía dando guerra, e incluso había llegado a meterse con Natalia; y ella se había defendido, como era lógico. Pero eso no hacía más que preocuparlo. Después estaba la maldita casa en la que vivía, que no hacía más que traerle quebraderos de cabeza. Era demasiado grande y en consecuencia, demasiado cara para él. Debía quitársela de en medio cuanto antes, pero el banco tampoco se lo ponía fácil.

Y además estaba el tema del divorcio, que parecía no salir nunca.

Había perdido el apetito con tantos disgustos. Por las noches tenía pesadillas que lo martirizaban y no le dejaban descansar. Sus jefes se aprovechaban de él y del resto de sus compañeros. Al principio se había puesto de un humor de perros, pero cuando este pasó, solo había quedado la tristeza, y esta había derivado en una pequeña depresión que no le dejaba ganas para hablar con nadie, y mucho menos para escribir.

Y después…, esa maldita pesadilla que le revolvía el estómago.

El móvil vibró y se iluminó la pantalla.

Abrió los ojos débilmente. Sabía que era Natalia, su pequeña, a la que tanto necesitaba en esos momentos. Pero ella no estaba allí y hablar con ella sabiendo que no podía siquiera tocarla lo ponía peor. Así que ni siquiera miró el mensaje, y simplemente apagó el móvil.

Se volvió en la cama. Sentía la necesidad evadirse del mundo. Imaginar que todo estaba solucionado. Que ya se había divorciado, que al día siguiente no tendría que ir a trabajar, que había vendido su casa por un precio razonable y que podría dejarlo todo para irse a España con su chica. Antes de quedarse dormido, rio. Ojalá las cosas fueran tan fáciles.

3

¿Esperamos a alguien? —refunfuñó Natalia, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Pensaba que íbamos a la tetería a tomar algo.

Marina buscaba con la mirada por los alrededores del ayuntamiento, pero no faltaba nadie. Estaban todas.

¿Un batido helado? —preguntó Carmen.

¡Para el calor! —exclamó a modo de queja.

Ya nos vamos —la tranquilizó Marina—. Es que he quedado aquí con alguien.

¿Se puede saber con quién? —curioseó Rocío.

A ver, desde que nos enteramos de las mentiras de América, he estado indagando —explicó—. América me había contado que, estando en el instituto, había tenido una novia. Una tal…

Raquel —se adelantó Carmen.

Natalia hizo una mueca, como si el solo recuerdo de aquella chica le entrara escalofríos.

Sí, la recuerdo. La que era medio gótica, medio machorra… Así, con el pelo corto tapándole los ojos —señaló, gesticulando con las manos—. Nunca me cayó bien. Nos miraba raro.

Es que era rara —puntualizó Carmen.

Y siniestra…

Marina las miró alternativamente con semblante preocupado. A partir de la descripción que sus amigas acababan de hacer de la ex de América, podía imaginar una persona seria y antipática. Se llevó la mano a la boca de manera pensativa, y cuando las chicas le devolvieron la mirada, se sintió obligada a desviarla.

Bueno, y ¿qué pasa con ella? —preguntó Teresa.

Marina hizo un gesto con la mano, restándole importancia a lo que iba a decir.

Nada, que la he invitado a venir con nosotras.

El silencio se hizo en el grupo de forma repentina. Las chicas se miraron entre todas, y después fulminaron a Marina.

¿Qué?

¿La has invitado a venir? —preguntó Natalia—. ¿Para qué?

La localicé por medio de unos amigos de América y estuve hablando con ella de todo lo que había pasado. Se interesó mucho. Dijo que tenía cosas que contarnos —se explicó rápidamente—. De hecho, fue ella quien me pidió que quedásemos.

Madre mía… —suspiró Carmen.

¿Tan mala es? —quiso saber Teresa.

Carmen inclinó la cabeza y se encogió de hombros.

Siempre puede haber mejorado el carácter.

¡Mirad, allí viene! —dijo Marina, agitando en alto la mano—. No me parece tan gótica ni tan machorra…

Natalia se dio la vuelta para intentar localizar entre la gente que caminaba en la calle Real a la única chica de aspecto siniestro, tanto en semblante como en atuendos. Para su sorpresa, lo único que vio fue una joven con la cara despejada y ropa colorida que le resultaba extrañamente familiar.

Vaya…, pues al parecer sí que ha cambiado —comentó Carmen.

¡Pero si yo a esa la conozco! —exclamó Natalia—. Está en mi clase. ¿No recordáis lo que os conté sobre una niña lameculos que llegó diez minutos tarde a un examen y se puso a llorarle al profesor?

Teresa se fijó mejor en ella, pues sin gafas no veía bien de lejos.

¡Hostia, es verdad! ¡Es Raquel!

¿Esa es? —preguntó Carmen en voz baja, pero ninguna quiso seguir con el tema al ver que la chica se acercaba con rapidez.

Raquel mostró una sonrisa al llegar al grupo y saludó a Marina primero.

Hola, ¿qué tal?

Fue presentándose a todas las integrantes. Al llegar a Carmen, solo le dio dos besos, seguramente porque la recordaba de años pasados. Saludó a Teresa como siempre hacía en clase, pero cuando se acercó a Natalia, pasó algo extraño: la expresión de su cara cambió casi imperceptiblemente. Natalia atisbó un brillo de preocupación en sus ojos y cómo su sonrisa se deshacía. Dudó un momento, y finalmente, al ver que Natalia no reaccionaba de ninguna forma, la saludó como a todas las demás.

Natalia visualizó en su mente las ocasiones en las que había coincidido con su compañera en la clase y esta ni siquiera se había dignado a saludarla. Pero eso no era todo. Cuando la veía por los pasillos, bajaba la mirada o hacía como si no la hubiera visto. Solía evitarla y no sabía por qué.

Ya en la tetería, Raquel les explicó todo lo acontecido en su relación con América, y cómo esta había seguido persiguiéndola por años.

En realidad, yo no quería salir con ella —explicó, llevándose su taza de café a los labios—. De hecho, dudo que esa niña haya sido alguna vez lesbiana. O bisexual. —Hizo una pausa para pensar—. Sí, bisexual. También le gustaban los chicos. Estuvo liada con un par de mi pandilla.

Esa le da a todo. Si pudiera, se tiraría a su perro —comentó Natalia.

Rocío rio.

¿Quién te dice que no lo viola cuando sus padres no están?

Las chicas empezaron a reír. El camarero les suplicó con la mirada que mantuvieran el orden y el silencio cuando les llevó los batidos e infusiones que quedaban.

Ufff…, sus padres. Cuando descubrieron que estábamos juntas, la llevaron a un psicólogo. No podían admitir que su hija fuera una «desviada». Palabras textuales. O al menos, eso decía ella.

¿Y cortasteis por eso? —preguntó Marina.

Si sus padres no nos hubieran separado, yo habría terminado dejándola —aclaró—. Como ya os he dicho, yo no quería salir con ella. Pero insistía e insistía… Fue ella quien me entró la primera vez.

¿Te besó? —preguntó Teresa—. ¡Qué fuerte!

Bueno, fue un pico…

Y ¿qué más? ¿Qué más?

Pues, se comportaba siempre de forma muy rara. Decía muchas tonterías… ¡Incluso un día me dijo que era bulímica! Obviamente, no me lo creí.

¡Hala, otra enfermedad más! —exclamó Teresa, echándose a reír.

Leucemia, cáncer de laringe, bulimia… ¿Quién da más? —bromeó Natalia.

Además, después empezó a inventar cosas. Que yo la acosaba, que no la dejaba en paz… ¡Y era ella la que no me dejaba en paz a mí! ¿Os podéis creer que hace poco me mandó una foto medio en pelotas?

¿Qué dices?

¡Sí, en ropa interior! Pero vamos, que se le veía casi todo.

¡Qué asco! —exclamó Marina—. ¿Y no te traumatizó?

Entre risas y bromas variadas sobre la “esbelta figura” de América, Natalia miró disimuladamente a Raquel mientras bebía de su batido. Su perfil, su pelo, sus gestos, su ropa… La había visto en alguna parte además de la Universidad, estaba segura, pero su desastrosa mente no le permitía recordar dónde.

Por un instante, se le ocurrió pensar que quizás esa sensación de familiaridad venía de cuando la había conocido, años atrás. Pero no; estaba demasiado cambiada. Había algo más. No era su cara, era su perfil… La había visto de espaldas en alguna parte.

Bueno, si te dijésemos la de cosas que ha inventado de nosotras… —intervino Carmen—. ¡Que somos homófobas, dijo de esta y de mí! —señaló a Natalia, que se hallaba en su mundo.

¡Claro, a mí me dijo lo mismo de vosotras! Por eso, no me caíais bien.

Fue en esa frase en la que Natalia levantó la mirada con los ojos muy abiertos. No le caía bien.

«No le había caído bien… en el pasado», corrigió su mente. A su cabeza llegó una imagen clara, nítida: una chica de espaldas. Pelo negro azabache. El mismo cuerpo, los mismos gestos. Se gira hacia su novio para decirle algo. No le ve la cara, solo el perfil.

Apretó el vaso con ambas manos. Ya sabía dónde la había visto antes.

¿De verdad? ¿Por eso era? —Carmen no pudo evitar sorprenderse.

Qué hija de puta… —murmuró Natalia.

Raquel fijó la vista en Natalia, que le clavaba la mirada como si fueran mil puñales. Supo entonces que el insulto no iba dirigido precisamente a América. Por fin la había reconocido.

Apuró su café y sacó su monedero.

Chicas, tengo que irme. Ha sido un placer —dijo, dejando un par de monedas encima de la mesa.

¿Ya te vas? Pero si acabamos de llegar —se quejó Rocío.

Lo sé, pero tengo un compromiso. Lo siento.

Y sin decir nada más, salió del lugar como alma que lleva el diablo. Todas sabían que algo la apuraba. Su semblante había cambiado. Parecía realmente incómoda por Dios sabía qué.

Natalia se levantó, dejando su bolso y su batido en la mesa.

Ahora vuelvo —dijo—. Se me ha olvidado decirle una cosa.

Salió corriendo de la tetería, dispuesta a alcanzarla. Ya debía haber cogido carrerilla para alejarse de ella lo más pronto posible. Natalia la vio bajando la calle a paso rápido. Corrió detrás de ella y la llamó por su nombre. No quería insultarla de nuevo, solo necesitaba una explicación.

Raquel se paró con el corazón a mil por hora, dispuesta a enfrentarla. Solo esperaba que esa chica no recurriera a la violencia. Se dio la vuelta y la miró a los ojos. Natalia se apoyaba en sus rodillas y cogía aire después de la carrera.

Eres la ex de David. —No era una pregunta.

La chica asintió lentamente.

¿Pero tú no eras lesbiana?

Soy bisexual —aclaró con voz tranquila—. No creas que me copié de América. Más bien, América se copió de mí.

No me jodas…

Oye, no quiero pelea —dijo, levantando las manos en señal de paz.

Yo tampoco. Solo aclarar dudas.

Raquel exhaló un suspiro. Intentaba tranquilizarse, pero la situación la desestabilizaba.

¿Qué dudas?

¿Fue por eso que has contado? —preguntó sin rodeos—. ¿Intentaste quitarme a David porque creías que era una homófoba?

Esperaba una respuesta negativa. ¿Qué si no? Pero el silencio momentáneo de Raquel la sorprendió.

Sí…, y no —contestó con sinceridad—. Natalia, cuando dejé a David, lo hice creyendo que era lo mejor para mí. Después vino una etapa difícil y pensé que tal vez, David no había sido tan mal novio. Estuve pensando en volver con él, pero entonces llegaste tú. Y la verdad, no te voy a engañar; si hubiera sido otra, simplemente habría dejado a David en paz. Pero al saber que eras tú… Me creí todo lo que América dijo de ti y pensé que no eras buena para David. Así que intenté que volviera conmigo.

Natalia se cruzó de brazos. Lo único que salió de su garganta fue un gruñido.

Pero me he dado cuenta de que es justo lo contrario. David no es bueno para ti.

¡Oh!, ¿y ese cambio repentino de idea? —preguntó con un tono algo sarcástico.

Raquel se lo pensó un poco antes de responder. No podía imaginar la reacción que tendría la chica cuando se enterara, pero no tenía por qué importarle. Su relación se había acabado hacía tiempo.

David me llamó hace unas semanas. Me tomó la palabra —dijo con una sonrisa avergonzada—. Estuve en su casa. Estaba despechado, y ya te imaginas lo demás… No, no me lo tiré, si eso me vas a preguntar. Me di cuenta de que no quería ser su segundo plato. Pero bueno, ya te imaginarás que un hombre que hace eso— que un día está enamoradísimo de una y al día siguiente llama a su ex con esas intenciones—, no debe ser tan bueno como parece.

Natalia se quedó muda. Eso sí que no se lo esperaba de David. Sabía que tenía muchos defectos, pero realmente aquello había sido patético. Llamar a su ex por resentimiento…

¿Alguna pregunta más?

Creo que no.

Raquel se acercó y le tendió la mano. Natalia vaciló antes de apretarla con fuerza.

No me caes mal, Natalia. Aunque supongo que tú a mí no podrás ni verme… Espero que no haya malos rollos entre nosotras. Al fin y al cabo, David y América son el pasado.

Natalia arqueó una ceja y sonrió de lado.

Mira que salir con esos dos… Qué mal gusto tienes, hija.

Raquel liberó su mano y soltó una carcajada libre de tensión.

Mejor calla, que tú compartes la mitad de mi mal gusto. Espero que tus siguientes elecciones, al igual que las mías, vayan a mejor.

Han ido a mejor, sin duda.

Raquel le guiñó un ojo con una repentina complicidad.

Parece que tienes una buena historia. Espero poder oírla en otra ocasión…, si es que hay otra. —Se dio la vuelta y levantó la mano—. ¡Hasta luego!

4

Natalia se subía por las paredes. Hacía tres días que no hablaba con Héctor, desde que Irene y ella se hubieron intercambiado mensajes hostiles. Ese día todo parecía normal, pero a la mañana siguiente no encontró el mensaje de buenos días que él siempre le dejaba, y por la tarde, por más mensajes que le envió, Héctor no respondió a ninguno de ellos. Empezó a preocuparse. ¿Acaso la visita de Irene le había confundido? ¿Y si se estaba planteando volver con ella?

Al día siguiente, tampoco hubo respuesta, pero después de rogarle repetidas veces que al menos le dijera si estaba bien para quedarse tranquila, él se dignó a contestar:

«Estoy bien. Ignórame, ¿sí? Necesito estar solo.»

Natalia se quedó de piedra. No entendía su mensaje. ¿Acaso estaba enfadado porque le había contestado a Irene? ¿Por qué debía ignorarle? ¿Qué era lo que había ocurrido y por qué Héctor no quería hablar con ella? Se sintió infinitamente dolida, pero decidió que lo mejor era dejarle en paz. No pensaba estar detrás de él, esperando a que tuviera un rato para hacerle caso. Si quería tiempo, eso tendría.

Al día siguiente tampoco le escribió ni una sola vez. No quería pensarlo, pero ¿y si había decidido dejarla de esa forma tan sutil? ¿Y si el verdadero mensaje que le quería transmitir era el de «déjame en paz»?

Esa noche no pudo dormir bien. La angustia la carcomía. Necesitaba saber la verdad, y si Héctor no quería volver a verla, lo asumiría como una adulta. Pero precisaba que fuera sincero con ella.

Sin embargo, a la tarde siguiente, Héctor la saludó como si nada hubiera pasado.

Hola, mi vida.

Natalia tragó saliva.

Hola.

¿Cómo estás, preciosa?

La chica frunció el ceño y apretó la mandíbula. ¿Acaso era idiota? ¿Cómo la saludaba así después de haberla hecho sufrir de esa manera durante tres malditos días? ¿Qué tenía en la cabeza?

¿A qué estás jugando? —inquirió.

¿Qué?

Has desaparecido durante tres días. Me dijiste que te ignorara.

Ah, nomás necesitaba estar unos días aislado del mundo.

Hablaba tan tranquilo que Natalia sentía que le estallaría la cabeza. Él no le daba importancia al asunto. Parecía no darse cuenta de lo mal que lo había pasado.

¿También de mí? ¿Sabes lo mal que me lo has hecho pasar?

No tuviste por qué.

¡Creía que estabas mal! ¡Llegué a pensar que querías dejarme!

Estaba mal —reconoció—. Por eso me alejé. Pero ya todo está bien, mi vida. No tienes por qué estar así.

¿Que no tengo por qué estar así? —Natalia estaba a punto de explotar. No podía creerse que hubiera tomado esa actitud despreocupada y egoísta. Si hubiera estado delante de él, ya le hubiera propinado una buena bofetada—. ¡Eres gilipollas!

… Vale.

¡Imbécil, estúpido! ¡Te importa todo una mierda!

No es verdad —la contradijo—. Te pedí que me ignoraras porque no quería meterte en mis tonterías.

¡Pues lo hiciste! ¡Al pedirme que me mantuviera al margen ya me involucrabas! ¡He pasado los peores días de mi vida pensando en lo que podría haberte pasado! ¡Quería ayudarte y tú no me dejabas!

¿Crees que yo no lo pasé mal? —contraatacó él, escudándose en su propio dolor.

¡Eres un egoísta!

¿Egoísta por no querer hacerte sentir mal con mis problemas?

¡Me hiciste sentir mal dejándome de lado y pidiendo que te ignorara! ¿Crees que yo nunca he querido apagar el ordenador unos días y aislarme de todo? ¿Sabes por qué nunca lo he hecho? ¡Por ti! ¡Porque sabía que te dolería!

Pensé que sería peor…

¡Soy tu novia, Héctor! ¡Para eso estoy!

Ya te dije que yo también lo pasé mal.

Natalia respiró hondo y tragó saliva. Le temblaban las manos y tenía unas terribles ganas de llorar. Héctor estaba consiguiendo frustrarla. No entendía nada. O sí lo entendía, y se hacía el tonto.

Eres un jodido egoísta —lo acusó de forma más calmada—. Solo piensas en lo mal que lo pasaste tú. ¿Y yo qué? Te importa una mierda cómo me sentí yo. No he hecho más que preocuparme por ti todos estos días. No hacía más que pensar que estabas sufriendo y yo no podía ayudarte. Ni siquiera me has pedido perdón.

¿Perdón? ¿Por qué tendría que hacerlo? Yo no hice nada malo.

Me hiciste sentir mal. ¿Eso no cuenta?

No fue mi culpa.

¿Estás diciendo que sufrí porque quise? ¡Sufría por ti, gilipollas!

Natalia lloraba. No podía creer su comportamiento. No era el mismo de siempre. Era como si se hallara encerrado en una burbuja en la que el único que importaba era él. ¿Qué había pasado en esos días? ¿Qué era lo que lo había vuelto así?

Deja de insultarme, por favor.

Pues deja tú de comportarte como un capullo.

Héctor por fin se puso serio.

¿Quieres saber por qué me fui? ¿Qué fue lo que me hizo alejarme?

Sí, claro que quiero.

Estaba estresado, agobiado, harto de todo. Ya no podía más. Y la otra noche, tuve una pesadilla. Soñé que ibas sola por la calle y te asaltaban unos hombres. Ya puedes imaginar el resto. ¿Sabes cómo me sentí cuando desperté y me di cuenta de que si algo como eso ocurriera de verdad, yo no podría hacer nada, estando a tantos kilómetros?

Natalia cogió aire de nuevo y lo soltó lentamente.

¿Y crees que separándote de mí hubieras conseguido protegerme?

No…, pero me dolía hablar contigo porque recordaba esa maldita pesadilla. Siento si te hice sentir mal. No fue mi intención.

La próxima vez piénsalo dos veces antes de hacer una tontería como esa. Soy tu novia, y eso no significa estar a tu lado solo en los buenos momentos. También en los malos.

Héctor se pasó la mano por los ojos y el pelo. Tenía unas grandes ojeras y gesto cansado.

Te quiero demasiado. Solo estaba desesperado por no tenerte conmigo.

Entonces piensa razonablemente y no me alejes. No vuelvas a hacerlo porque no volveré a aguantarlo.

No, no lo haré más —aseguró.

No. Era como intentar alejar la medicina que curaba una enfermedad que lo degenerada a cada paso que daba, algo realmente estúpido.

Júralo.

Te lo juro.

5

Había menos gente de la que había esperado en el Registro Civil, y aun así estaban tardando más de lo que le hubiera gustado. Pero no le importaba. Estaba tranquilo, relajado… Ya casi saboreaba la ansiada libertad. Quedaban escasos minutos para ser un hombre divorciado, y por ello estaba de buen humor y sonreía.

No se podía decir lo mismo de Irene. Mientras que él hablaba con su hermano Abraham, su todavía esposa no abría la boca para nada, y mantenía un semblante serio. Sus brazos estaban cruzados, y no paraba de dar golpecitos impacientes con el pie, mientras que su hermano y testigo miraba a Héctor con los hombros encogidos, quitándole importancia al mal humor de su hermana pequeña. Héctor la había estado ignorando durante el tiempo que llevaban allí. Pasaba el rato charlando con Abraham, contándole todo lo que se le viniera a la cabeza y preguntándole qué tal iba Prometeo. Hablaban animadamente, y eso hacía que Irene se cabreara e impacientara más.

Ya se tardaron —murmuró la mujer—. ¿Cuánto más tendremos que esperar a estos inútiles?

Nadie le respondió. Su hermano tenía la mirada perdida en el techo blanco, y su casi exmarido y excuñado la ignoraban. Ni la miraban, ni le hablaban… Como si fuera el viento; como si no existiera. No lo soportaba.

Se levantó de su silla de la sala de espera y se dirigió a la puerta donde se encontraba la responsable de tramitar los últimos detalles de su divorcio. No supo por qué hizo esa estupidez. Tal vez por llamar la atención, o quizás porque necesitaba salir de allí cuanto antes y dejar de percibir lo poco que significaba para la persona con la que había pasado los últimos cuatro años.

Héctor se fijó en ella por primera vez y no pudo evitar soltar una sonrisa mezquina. Se volvió hacia su hermano y señaló a Irene con la cabeza.

Fíjate, hermano. Verás en la que se mete la muy pendeja.

Abraham observó cómo su cuñada abría la puerta sin siquiera llamar y asomaba la cabeza. La mujer de gafas y chaqueta negra que se encontraba dentro trabajando levantó la mirada de los papeles que estaba revisando en ese momento y quedó desconcertada.

Disculpe, ¿le falta mucho? Llevamos un buen rato esperando. Tengo que trabajar, ¿sabe? —dijo con un tono grosero y desubicado.

La mujer frunció el ceño, pero no se dignó a levantarse de la silla. Había mucha gente como esa señorita que acababa de abrir su puerta sin permiso. Estaban amargados por el fracaso de su matrimonio y querían que les solucionaran su divorcio lo antes posible para acabar toda relación con su cónyuge. No entendían que los trámites llevaban su tiempo y que, como todo el mundo, tendría que tener un poco de paciencia y dejarla hacer su trabajo.

¿No le enseñaron a usted a llamar antes de entrar? —respondió la mujer, fulminándola con la mirada y esperando unos segundos para que sus palabras calaran hondo y la hicieran enrojecer de vergüenza. Volvió a enfocar su mirada en los documentos presentes—. Ya casi está todo listo, pero tendrá que esperar. Fuera, si no le importa —aclaró, señalando la puerta con el bolígrafo que tenía en la mano—. Cierre la puerta, y no vuelva a interrumpir.

Irene se mordió la lengua, y con la mandíbula bien apretada y la cara colorada, cerró de un portazo y volvió a su asiento pisando fuerte. Lo que le faltaba. Había vuelto a hacer el ridículo delante de su todavía marido. No había tenido suficiente con la intrusión en su casa o con el mensaje a su novia española, ahora también se metía con la encargada de acabar con su matrimonio.

Héctor y Abraham no podían contener ni disimular la risa. La cara que se le había quedado a Irene después de tal respuesta hacía que la infinita espera en ese lugar mereciera la pena. El hermano de Irene también sonreía, pero por respeto a su hermana intentaba guardar la compostura.

Qué pendeja —le susurraba Abraham a su hermano, y cuanto más reían ellos, más colorada se ponía Irene.

La puerta volvió a abrirse pasados unos quince minutos. La mujer de gafas leyó los nombres en un papel.

¿Héctor Ignacio García e Irene López? —preguntó a la sala. Héctor se levantó enseguida; a Irene le costó un poco más. La señora miró a Irene como si de un sapo asqueroso se tratara—. Pueden entrar con sus testigos, por favor. Solo quedan unas firmas y podrán marcharse. Ya sé que se encuentran muy apurados —dijo, lanzando una mirada significativa a Irene.

Héctor y Abraham volvieron a reír mientras entraban en el despacho de la mujer.

Pasados unos minutos y realizadas las mencionadas firmas, Héctor salió del Registro Civil con los papeles del divorcio y una magnífica sensación de tranquilidad. Respiró hondo y se sintió relajado. Al fin era un hombre libre.

Cuestión de edad

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IV

Cuestión de edad

1

Miriam y Gema le entregaron las llaves de la casa a Natalia. Había llegado la hora de despedirse. En quince minutos saldrían los autobuses que les llevarían a sus respectivas ciudades. Había terminado la época de exámenes y cada uno volvía a casa por vacaciones de verano. Las chicas abrazaron a Natalia con fuerza y le dieron besos en sendas mejillas.

Te vamos a echar de menos —dijo Miriam.

Yo también a vosotras.

Pero podemos quedar en verano —sugirió Gema—. Pasamos un fin de semana juntas o lo que sea. Vamos a la playa, después fiesta pijama en casa de la que toque…

Miedo me dan tus fiestas del pijama —comentó Natalia, levantando una ceja. El trío empezó a reír—. Ahora en serio: en San Fernando tenéis vuestra casa. En cuanto os aburráis un poco de la monotonía, me llamáis y os venís.

Eso está hecho.

Y recuerda que el año que viene seguimos en el mismo piso, eh.

Eso no se me olvida.

Quedaba poco para que saliesen sus respectivos autobuses. Cada cual metió su maleta en el que le correspondía y abrazaron de nuevo a su amiga.

Nos vemos dentro de poco.

Buen viaje —les deseó la chica.

Pocos minutos después, los autobuses salían y desaparecían entre el tráfico. Natalia suspiró. Demasiado tiempo conviviendo con ellas. Las echaría en falta, aunque solo fuera por unos meses. Miró entonces a la columna en la que Natanael se encontraba apoyado. Su autobús salía un poco más tarde. Resignada, y viendo que él no hacía nada por moverse, decidió acercarse. Una vez delante de él, tendió la mano derecha. El joven la miró, confundido e indiferente.

La llave —le pidió.

Ah, sí…

Metió la mano en su bolsillo y sacó lo que estaba buscando. Natalia prácticamente se la arrancó de la mano y la guardó en la mochila.

Gracias —dijo, seca y cortante. Estaba a punto de irse, pero se acordó de algo en el último segundo—. ¿Quieres que te guarde tu habitación para el curso que viene?

El joven negó con la cabeza.

Buscaré otro piso. Creo que será lo mejor.

Natalia asintió lentamente y se dio la vuelta.

Es una pena que las cosas no siempre pasen como uno quiere —comentó Natanael con cierta tristeza en la voz.

Natalia se volvió hacia él, y su mirada encontró unos ojos azules arrepentidos y melancólicos. Sin decir nada, siguió con su camino. Ella también tenía un transporte que coger y el tren no esperaba a nadie. Ya subida en él, su mente evocó esa mirada triste. Apoyó su cara sobre el cristal y suspiró de nuevo. Se sentía mal, pero no creía que pudiesen recuperar la amistad. Había demasiado dolor, demasiadas heridas de por medio. Por un momento, le hubiera gustado dar marcha atrás y hacer las cosas de otra manera.

2

Héctor volvió a leer el mensaje de Natalia al salir de la entrevista que saldría en el telediario nacional.

«Ya me voy a la cama. Siento no haberme conectado. He tenido un día muy ajetreado. Ya te contaré. Mañana tengo mi último examen, y por la tarde vuelvo a casa por vacaciones. Recuerdo que me dijiste que mañana tienes una entrevista. Mucha suerte y demuéstrales a todos que eres el mejor. ¡Te amo!»

Desde que había regresado a México, había estado muy solicitado por diferentes programas de radio y televisión, además de por la prensa quintanarroense. El trabajo absorbía prácticamente todo su tiempo, y sus jefes se habían puesto estrictos con el uso de los teléfonos móviles. En las últimas semanas apenas había intercambiado unas cuantas palabras con Natalia, y la echaba de menos a rabiar. Antes de cada entrevista, siempre miraba su foto, la besaba e intentaba dar lo mejor de sí para que ella pudiera estar orgullosa. Todo lo que hacía era por y para Natalia, y sin embargo, no le sobraba tiempo para pasar un rato con ella como antaño.

Necesitaba desahogarse, hablar con alguien.

Paró el coche delante de la casa de su madre y pitó un par de veces. Segundos después, Esther salió apresuradamente de la casa y se metió en el coche. Héctor arrancó de nuevo y puso rumbo a la Plaza Las Américas, donde se encontraba la cafetería en la que siempre hablaban su madre y él.

3

Irene llamó a la puerta de la casa de su exsuegra. Sabía que Esther no se encontraba en casa. Los sábados por la tarde, Héctor solía invitarla a un café en la Plaza Las américas para hablar un rato. A veces iban al cine. Llamó una vez más, impaciente y algo nerviosa. Finalmente, fue Abraham el que abrió. Su expresión no mostró ningún tipo de felicidad al verla. Abraham nunca había llegado a soportarla del todo, a pesar de que ella había intentado acercarse.

Buenas tardes, Abraham. ¿Está Sol?

Abraham arqueó una ceja, extrañado. Su excuñada no había visitado la casa desde que su hermano y ella habían roto. Su repentina visita se le hacía rara. No podía traer nada bueno.

Está en la sala —la informó, invitándola a entrar con un gesto—. Supongo que ya conoces el camino.

Cerró la puerta tras ella y subió las escaleras hasta su habitación. Irene hizo una mueca con la cara en cuanto lo perdió de vista. Desde que Héctor y ella habían empezado a salir no había sido testigo de un solo día en el que ese mocoso no se encerrara en su cuarto y se pusiera a componer como un loco. Ella juzgaba su comportamiento como un problema de misantropía, y su trabajo musical como una pérdida de tiempo. Se encogió de hombros. No era problema suyo.

Caminó hasta la salita. Sol veía un programa de televisión sentada en uno de los sillones. Parecía bastante aburrida, porque resopló cuando uno de los presentadores contó un chiste malo. Cogió el mando y cambió de canal. Irene se acercó en silencio y se apoyó sobre el respaldo del sillón.

Hola, Solecito —la saludó con un tono excesivamente zalamero.

Sol se volvió hacia ella, sorprendida, y compuso una sonrisa. Irene había sido como la hermana mayor que nunca había tenido. Siempre se había portado muy bien con ella y habían pasado mucho tiempo juntas. Se había sentido muy mal cuando Héctor la hubo puesto al corriente del fracaso de su matrimonio. Le hubiera gustado que Irene se hubiese pasado por su casa para despedirse, pero no lo había hecho. Desde entonces, no había vuelto a ver a su excuñada.

¡Irene! —Irene se acercó y abrazó a Sol, que la obsequió con varios besos en la mejilla—. ¿Qué haces acá? Mi mamá no está. Fue con Héctor a…

Ya sé que no está —la interrumpió—. Vine a verte a ti. Te echaba de menos, cuñadita.

Sol se encogió en su asiento. Se sentía incómoda. Irene todavía la llamaba cuñada, pero sabía perfectamente que su cuñada ya no era ella.

¿Puedo ofrecerte algo de beber?

No, tranquila. No me quedaré mucho tiempo. Solo pasé a saludar.

Sol apagó la televisión y comenzaron a hablar tranquilamente de sus vidas presentes y recordando los viejos tiempos. Irene fue paciente y escuchó cada una de las anécdotas que Sol tenía que contarle. Sabía que si quería conseguir algo de información no podía ir directa al grano o la chica se asustaría. Debía poner un cebo sutil y dejar que ella se acercara despacio hasta caer en la trampa. Entonces le contaría todo lo que necesitaba saber. Ella era así de ingenua.

Te eché mucho de menos las navidades pasadas.

Irene la tomó de la mano. Un gesto bien pensado que las acercaría más.

Y yo a ti, Solecito. Pero no fue culpa de ninguna de las dos…

Siento mucho que terminara la relación con mi hermano.

Yo lo siento más, pequeña. No quería que pasara —confesó con voz apesadumbrada—. Pero no hablemos de cosas tristes. Hay que celebrar. Me enteré que Héctor va a publicar un libro en España.

¡Sí, mandó sus libros a editoriales españolas y tuvo mucha suerte! —comentó Sol de pasada.

Y ¿cómo es que se le ocurrió tal idea? Mandar sus libros a otro país.

Sol tensó su cuerpo. Fue ahí cuando Irene supo que había dado en el clavo. La joven era transparente como el agua y una mentirosa nefasta. Se notaba a leguas cuando ocultaba algo. Sol se encogió de hombros y desvió la mirada a otro lado, como siempre hacía cuando mentía.

No lo sé.

Irene apretó sus manos con más fuerza y formó en su cara una expresión desoladora.

Sol…, me gustaría que volviéramos a ser una familia. Pero tu hermano no quiere. De verdad que me gustaría. Si al menos supiera qué pasa por su mente…

Sol suspiró, e Irene sonrió por dentro.

Eso no será posible. Héctor no volverá contigo.

¿Por qué? —inquirió.

Sol tragó saliva. No le gustaba meterse en asuntos ajenos, pero quería mucho a su excuñada y no deseaba que siguiera torturándose y luchando por alguien que hacía tiempo la había olvidado. Héctor estaba más enamorado que nunca, y ni siquiera se plantearía la posibilidad de dejar a Natalia. Y, aunque no la conociera, Sol se alegraba de esa relación. Por mucho que quisiera a Irene, Héctor nunca había sido feliz a su lado, y ahora estaba con una chica que lo llenaba de alegría.

Él ya está con alguien.

Irene palideció. Lo había supuesto desde el principio.

¿Quién es? —preguntó con un tono envenenado. Hacía todo lo posible por dulcificar la voz, pero le era inútil. Estaba demasiado enfadada—. Nunca lo veo con nadie. Siempre está solo.

La joven soltó su mano cuando notó que Irene empezaba a apretar más de lo debido.

Ella no es de aquí.

Irene se puso derecha. Desde su asiento, la hermana de Héctor la vio altiva y enojada. Su expresión daba miedo, y aquella situación la ponía nerviosa.

¿Cómo que no es de aquí?

Es española. La conoció por Internet.

«¿Española?» Irene enrojeció de ira. «¿Cómo que española?»

En su cabeza empezaron a formarse falsas elucubraciones. ¿Y si el idiota de su ex había conocido a esa tipa cuando ellos todavía estaban juntos? ¿Y si había sido la razón de que la dejara? ¿Habría sido capaz de romper un matrimonio por un amorío cibernético?

Pero, ¿qué locura es esa?

Su voz se desgarraba a medida que hablaba. No podía creerse que su marido la hubiera dejado por alguien que estaba a tantísimos kilómetros de distancia.

No es asunto mío, Irene. No puedo contarte más.

Irene, desesperada, volvió a agarrar a Sol, esta vez por los hombros. Temblaba de rabia y su mirada era la de una loca. Sol sintió miedo y volvió a encogerse entre los cojines.

Por favor, Sol, tienes que ayudarme a volver con tu hermano. Seremos una familia de nuevo. Yo…

No, Irene —la interrumpió Sol, tajante—. Héctor es feliz con esa chica. La quiere de verdad a pesar de la distancia y de la edad. Yo apruebo esa relación.

¿Edad? ¿Cuántos años tiene? —preguntó, temerosa.

Sol bajó la mirada.

Diecinueve.

Irene la soltó, espantada. Intentó pensar con claridad, pero en su mente se mezclaban varias ideas a la vez. Aquella tormenta mental la mareo un poco. Finalmente, salió corriendo de la casa sin despedirse.

4

Las estrellas cubrían el cielo de Cancún cuando Héctor llegó a su casa después de cenar con su madre y sus hermanos. Nada más llegar, Abraham le alertó de que Irene había estado allí y había pedido hablar con Sol. Héctor sospechó enseguida de sus intenciones. Irene nunca iba de visita por casa de su madre. Algo estaba planeando. Se dirigió a Sol y le preguntó directamente por la visita de su ex. Su hermana pequeña, muy apenada, le había confesado que habían estado hablando durante largo rato y que le había revelado su nueva relación con una chica española menor que él. También comentó cómo había salido corriendo cuando había mencionado su edad.

La preocupación lo carcomía. Se preguntaba qué se le habría pasado por la cabeza para sonsacar a su hermana información y después irse como alma que lleva el diablo. Irene nunca hacía las cosas por hacer, y sabía que aquello traería consecuencias. Gruñó, exasperado. ¿Por qué no podía dejarle en paz de una jodida vez? Abrió la puerta y entró con caminar cansado. Todo estaba oscuro dentro, menos una luz que provenía del piso de arriba. Hizo una mueca. Creía haber apagado todas las luces antes de irse.

Dejó sus cosas en el salón y subió las escaleras. La luz salía de su habitación. Seguía extrañado. No recordaba haberla encendido esa tarde. Entró sin mirar para cambiarse de ropa, cuando vio algo retorcerse en la cama y respingó. Irene yacía en ella, mirándolo de manera sugerente. Llevaba puesta una de sus camisas del trabajo abierta, dejando a la vista un sujetador rojo de encajes y el tanga a juego.

Dios, no se lo podía creer.

Hola, Héctor. —Su voz era provocadora.

Héctor intentó mantener la calma, fijando la mirada en sus ojos. Estaba estático. El estupor se había apoderado de su cuerpo, imposibilitándole cualquier movimiento.

Irene bajó de la cama y se acercó contoneando las caderas y desordenando su pelo negro con una mano. Pasó las yemas de sus dedos por la camiseta de Héctor y acercó su boca a la de él. Héctor dio un paso hacia atrás. Su mente no podía concebir lo que estaba presenciando. Recordaba los cientos de veces que le había pedido que se pusiera un conjunto sexy para él, aunque fuera en su aniversario de bodas, pero ella nunca había querido. Tampoco había consentido vestirse con la ropa de él, a pesar de que sabía que eso lo hubiera enloquecido. Y ahora, allí estaba, con una de sus camisas y el conjunto más sexy que había visto nunca. Lástima que fuera ella quien que lo llevara. Cogió aire y lo soltó lentamente.

¿Qué… demonios… estás… haciendo? —preguntó, cada vez más cabreado.

Siempre quisiste esto. Acá lo tienes —respondió ella, intentando tocarlo, pero Héctor la agarraba de las muñecas y apartaba sus manos.

Ya es demasiado tarde, ¿no crees?

Nunca es tarde —respondió con tono sensual, esperando que él cayera en sus redes.

No funcionó.

Por favor, deja de hacer el ridículo, quítate mi camisa, vístete y lárgate cuanto antes —le pidió, saliendo de su habitación para dejar de contemplar esa escena que le revolvía el estómago.

Irene lo siguió, iracunda y pegando voces.

¿Piensas que esto es hacer el ridículo? ¡Estoy intentando recuperarte!

Héctor se volvió hacia ella en mitad del pasillo.

Ya deberías saber que no quiero nada contigo.

¡Claro, porque ya la tienes a ella, ¿no?! ¡A esa escuincla española! ¡Debería darte vergüenza! ¡Solo es una niña!

¡Pues, es mucho más madura de lo que tú serás nunca! —alzó la voz. Estaba empezando a enfurecerse de verdad.

¡Eres un pinche pendejo! ¡Me dejaste por ella, ¿verdad?!

¡La conocí mucho después de dejarte! ¡No intentes hacerme culpable de tus fallos! No supiste comportarte como una esposa, y mírate ahora: primero utilizas a mi hermana para sonsacarle información y ahora te metes en mi casa y te rebajas de esta forma… Das asco.

Irene comenzó a llorar. Se lanzó hacia su ex y lo abrazó con fuerza, a pesar de que Héctor intentaba que lo soltara.

Por favor, Héctor, no seas idiota. Con esto solo quería demostrarte que ella no tiene nada que yo no tenga.

¿Que no tiene nada? —repitió Héctor anonadado. La agarró por los antebrazos y la alejó de sí. Entonces la miró a los ojos con seriedad, y le habló con la mayor tranquilidad que pudo—. No la conoces. Si piensas que solo estoy con ella por su cuerpo, estás muy equivocada. —Señaló las escaleras—. Quiero que te largues de mi casa, y de mi vida. Para siempre.

Después, se volvió hacia su estudio, entró y cerró de un portazo, dando a entender que la conversación se había terminado. Irene cayó de rodillas al suelo y comenzó a llorar como una niña pequeña. Esperaba que Héctor la oyese, que se le ablandara el corazón y saliese a abrazarla; pero eso no pasó. Héctor no volvería a abrazarla nunca más.

5

Irene lloraba desconsoladamente delante del ordenador, pero no tanto por haber perdido a su marido, sino por la humillación a la que la había sometido este al rechazarla por una niña. Lo había perdido todo: su marido, su casa, su vida…

No podía entender cómo la había reemplazado por una chiquilla de diecinueve años. Era inverosímil. ¿Qué habría visto en ella? ¿Cómo era posible que la prefiriera antes que a la que había sido su pareja durante cuatro años? Ella tenía una carrera, un trabajo, era una mujer hecha y derecha. Y aun así…

Se sonó la nariz con otro pañuelo. Había gastado una caja entera desde que había llegado a casa de su madre. Encendió el ordenador y abrió su sesión en Facebook, deseosa de conocer a su enemiga. No le fue difícil encontrarla. Solo tuvo que indagar un poco en la sesión de Héctor. Tenía fotos con ella. Natalia Jiménez, una chica de pelo rizado y sonrisa blanca, pero nada con lo que no pudiera competir. Se hubiese preocupado más si hubiese descubierto una modelo de ojos claros y pelo platino. Era bonita, pero no tenía nada que envidiarle.

Estuvo tentada a enviarle un mensaje. Tal vez debería hacerlo. Quizás Héctor no le hubiera contado nada de ella; quizás no supiera que estaba casado. Con suerte se asustaría y saldría huyendo.

«Al fin y al cabo, la juventud no sabe lo que quiere», pensó.

No creía que una chica que ni siquiera llegaba a la veintena pudiera buscar algo serio con un treintañero deseoso de una vida en común. Seguramente lo único que buscaba era una aventura con alguien de mayor experiencia. Solo tenía que espantarla un poco. Un mensaje brusco y amenazador sería suficiente. Entró en su perfil y empezó a teclear un mensaje privado. No le llevó más de unos segundos.

Enviar.

Se secó las lágrimas y sonrió, confiada. Ahora solo tenía que esperar, si es que se atrevía a contestar.

6

Natalia y Carmen entraron en el centro comercial Bahía Sur aproximadamente a la una y media de ese sábado. Caminaron por el interior, evitando pararse en las tiendas para llegar lo antes posible a la cita. Marina, Rocío y Teresa ya debían haber llegado.

A esa hora, el Bahía se iba llenando. La gente aprovechaba el fin de semana para hacer sus compras o para salir a comer. Esperaban que sus amigas hubieran cogido sitio en el restaurante que habían elegido.

Natalia estaba nerviosa e impaciente. Quería saber la verdad de una vez por todas. Y sobre todo, aquello que Marina tenía que contarle. Carmen estaba más tranquila. Había calado a América desde hacía tiempo, y la ruptura de su amistad no le dolía en absoluto, pero igualmente sentía curiosidad.

Llegaron al restaurante. Desde lejos vieron la mesa en la que se encontraban sentadas sus amigas, pero había alguien más con ellas: un chico de gran tamaño y barba de varios días.

¿Ese no es el novio de América? —preguntó Natalia.

Sí. No sabía que iba a venir —respondió Carmen, contrariada.

¿Cómo se llama, por cierto? Que no me acuerdo.

Francis.

Marina las saludó con la mano. Las chicas se acercaron con cautela, intentando adivinar si Francis venía en son de paz o con ganas de pelea. Pero a medida que avanzaban, se dieron cuenta de que el joven se hallaba tranquilo y sumiso; así que le saludaron con la misma amabilidad con la que lo hicieron con las demás, y tomaron asiento.

El camarero se acercó a tomarles nota, y una vez retirado, empezó la tertulia.

Todo empezó antes de Navidad —contó Marina—. Fue cuando nos dijo a Rocío y a mí que le habían diagnosticado cáncer de laringe. Dijo que tenían que darle sesiones de quimioterapia.

¿Fue por eso por lo que estabas tan desanimada? —intervino Natalia, recordando las navidades pasadas—. No quisiste venir con nosotras a la fiesta de fin de año.

Sí, por eso fue. Estuve muchísimo tiempo llorando por ella, porque pensaba que mi mejor amiga se iba a morir.

¿Qué nos vas a contar a nosotras? —dijo Carmen, y señaló a Natalia—. ¿Sabes cómo se puso esta cuando nos dijo en bachillerato que le habían diagnosticado leucemia?

¡¿También dijo eso?! —exclamó Teresa, que no sabía la historia.

Y a mí también me dijo hace poco que su ex la había violado. Que habían tenido que ponerle una orden de alejamiento, y por eso habían cortado —explicó Natalia, con una expresión tan seria que daba miedo.

Bueno, y esto no os lo he contado, pero a mí una vez me contó que la había violado un profesor particular que le habían puesto sus padres —intervino Carmen.

¡Joder, a esta la ha violado todo el mundo! —rio Teresa—. ¡Claro, como es una sex symbol!

¡Es una loca y una enferma! —exclamó Marina.

Oye, pero sigue contando.

Rocío estaba callada y miraba su refresco como si le incomodara la situación. Francis se encontraba igualmente callado, pero en su caso, siempre había sido poco hablador.

Pues, como os decía, estuvo todo este tiempo diciendo que le estaban dando quimioterapia, que cada vez que iba lo pasaba fatal, que se le iba a caer el pelo… ¡Incluso me ofrecí para cortármelo con ella para que no se sintiera mal, y la muy zorra incluso se trajo una revista con cortes de pelo para que decidiéramos!

¿Qué dices?

Qué hija de puta… —comentó Natalia—. Aun sabiendo lo que a ti te gusta tener el pelo largo.

Y ¿cómo descubristeis que era mentira? —sintió curiosidad Teresa.

Desde hacía tiempo sospechábamos, porque siempre la veíamos muy bien y nos extrañaba. Y el otro día dijo que tenía que ir a darse una sesión de quimioterapia; así que me ofrecí para acompañarla. Empezó a ponerme excusas: que si no hacía falta, que no sé qué… Le pregunté dónde se la daban y me dijo que lo hacían en el Hospital San Carlos. Resulta que tengo una prima trabajando allí, y le pregunté si en ese hospital realizaban esas sesiones, y me dijo que no.

¡Pillada!

Entonces quedamos Rocío y yo para ir a su casa, y la llamamos para avisarla. Le pregunté si era verdad que tenía cáncer, que habíamos descubierto lo de la quimioterapia, y se hizo la ofendida. Preguntó por qué no la creía, que lo que nos había contado era verdad y bla bla bla… Entonces, me dice: «Si quieres, te bajo las pruebas que me han hecho.»

Y le dijisteis que sí —adivinó Teresa, echándose a reír instantáneamente.

¡Pues claro! Y fue cuando reconoció que no tenía nada. Dijo que le habían hecho las pruebas, y que ella se había adelantado al resultado porque estaba nerviosa, pero que al final estaba sana.

¡Qué gilipollez! ¿Y por eso dijo que le daban las sesiones? ¡Anda, hombre! Menuda mentirosa —gruñó Natalia.

Pero lo mejor de todo fue cuando la hicimos bajar de su casa para hablar con ella: ¡Estaba tan tranquila! Lo primero que nos dijo fue: «¿Qué?».

Increíble —musitó Carmen.

Y le preguntamos por lo de la leucemia—dijo, centrando su atención en Carmen, con quien primera había mantenido aquella conversación sobre primera supuesta enfermedad de América—, y dijo que os había dicho que «podía tener leucemia», no que tuviera.

¡Dijo que tenía! —recalcó Carmen, empezando a cabrearse.

¿Sabéis todo lo que me hizo pasar? Se suponía que yo era su mejor amiga. Pasé por una gran depresión por su culpa.

Natalia bebió un sorbo de su bebida. Se le estaba quedando la boca seca de todo lo que estaba saliendo a la luz. Miró a las demás. Carmen se encontraba igual de seria que ella; la expresión de Teresa reflejaba incredulidad, pero parecía divertida. Su relación con América nunca había ido más allá de un par de besos al saludarse; Marina, sin embargo, tenía verdadero odio en la mirada; Francis y Rocío seguían callados, y la joven miraba apenada a la mesa.

Rocío, estás muy callada.

La chica levantó la cara. Tenía los ojos levemente humedecidos.

Es que la cosa no termina ahí —explicó Marina, y se volvió hacia su amiga—. Diles. Diles lo que te hizo a ti.

Natalia soltó su Coca-cola. Teresa se colocó recta en su silla, como si de esa forma pudiera prestar mayor atención. Rocío se aclaró la garganta. Sintió su voz pastosa cuando la dejó salir.

Supongo que sabréis que América es bisexual, ¿no? —Todas asintieron, impacientes—. Esto que voy a decir os va a sorprender, pero… América se lio conmigo en varias ocasiones y dijo que dejaría a Francis por mí —contó mirándole de reojo, intentando que interpretara ese gesto como una disculpa—. Me dijo que me quería a mí, que estaba con Francis solo por estar, pero que iba a ser valiente y se iba a quedar conmigo. —Hizo una pequeña pausa para coger aire—. Después nunca lo dejaba…

A la pobre chica le temblaban los labios. Acababa de reconocer dos verdades algo complicadas: que era homosexual, algo que solo Marina y América sabían, y que esta última le había puesto los cuernos a su novio allí presente con ella. Apretó los puños sobre sus piernas y miró las caras de sus amigas. Natalia permanecía con la boca abierta; Carmen mantenía los ojos como platos; y Teresa era una mezcla de ambas.

El silencio duró unos pocos segundos. Natalia fue la primera en expresar sus pensamientos.

¿Eres lesbiana? —preguntó en el momento en el que el camarero traía sus platos.

El hombre se quedó parado por un instante, preguntándose si era el mejor momento para llevarles la comida, pero seguidamente colocó cada plato delante de su comensal y se retiró. Natalia aún estaba roja del bochorno por el que una vez más le había hecho pasar su bocaza.

¡Qué cerda! ¡No nos habías dicho nada! —saltó Teresa con una sonrisa en la boca.

Pero, ¿tú no tenías novio? —le preguntó Carmen.

Lo dejé —contestó—. Ha sido algo difícil de asumir que en realidad no me gustan los hombres, ¿sabéis?

¡Anda, tonta, pero si eso no tiene nada de malo! —la animó Carmen.

Bueno, solo tiene una cosa mala —dijo Natalia. Todas se quedaron mirándola entre preocupadas y sorprendidas. —Que te has liado con América. —En su cara apareció una expresión de profundo asco—. ¿No te envenenaste con su lengua viperina?

Todas empezaron a reír, incluida Rocío. Por un momento, sintió que se deshinchaba. Era la tensión que había acumulado durante tanto tiempo y que empezaba a esfumarse. Sus amigas lo habían aceptado bien. Ahora podía estar más tranquila.

Había un componente en el grupo que todavía no había pronunciado palabra alguna. Seguía tan callado como al principio, como una estatua. Y las chicas empezaron a sentirse mal por él.

Siempre ha sido una mentirosa —dijo cuando le preguntaron su opinión—. En realidad, yo ya sabía lo vuestro—reconoció, mirando a Rocío—. Yo sabía que era bisexual, pero me pidió que no contara nada de lo que había pasado entre vosotras a nadie. Me dijo que ni Carmen ni Natalia lo entenderíais porque sois un poco homófobas.

Natalia se atragantó en ese momento con un trozo de carne que tenía en la boca y empezó a toser compulsivamente. Carmen le pasó el Coca-cola y le dio unos golpecitos en la espalda.

¡¿Que somos homófobas?! —exclamó indignada entre toses—. ¡Hija de puta! ¡Homófoba, yo! ¡Pero si comparto piso con una pareja de mujeres!

A saber la de cosas que habrá dicho de nosotras —comentó Carmen, algo más tranquila.

Natalia apretaba los dientes, rabiosa. No podía creerlo. Una de las cosas por las que se caracterizaba era por estar en contra de la intolerancia hacia la homosexualidad. Llamarla homófoba era lo peor que había podido hacer, o eso creía ella. Se metió un trozo de filete en la boca, murmurando a la vez miles de insultos hacia esa arpía que había estado insultándola a sus espaldas.

Marina la miraba, cautelosa. Había llegado el momento de decirle la verdad.

Hay algo más que tienes que saber —le dijo—. Es lo que te comenté antes de ayer.

Natalia tragó y dejó los cubiertos sobre la mesa. El rostro de Marina se había ensombrecido. Mala señal.

Dime.

Hace relativamente poco, cuando todavía no había empezado con Francis —recalcó, para no hacer más daño al chico de barba espesa—, América me dijo que ella en ese momento no quería una relación seria. Lo único que quería era…, ya sabes…

Tirarse al primero que pillara —completó ella.

Sí —confirmó Marina—. Me contó que tenía alguien en el punto de mira, pero que no sabía si a ti te importaría. Dijo que había estado hablando con él.

El corazón de Natalia palpitó con más fuerzas que nunca. Su rostro había perdido todo el color que unos segundos antes le había dado la furia. Le daba miedo preguntar, pero necesitaba saberlo.

¿Por qué me iba a importar?

Marina tomó aire y lo expulsó lentamente.

Porque era David.

7

Natalia entró en su casa como alma que lleva el diablo, maldiciendo a diestro y siniestro. Su madre había salido, gracias a Dios, y no podía ver su furioso estado de ánimo. Soltó sus cosas en un sillón y se lanzó a por el teléfono. Buscó en la agenda el número a marcar y no perdió un segundo en hacerlo. Hacía demasiado tiempo que no llamaba a esa casa. Le temblaban las manos, y seguramente también la voz, pero no estaba dispuesta a que eso le impidiera llegar al fondo de la verdad. Con suerte, estaría en su habitación enclaustrado como siempre y lo cogería él. El primer tono. Cruzó los dedos.

«Cógelo.»

No podía aguantar la incertidumbre.

Segundo tono.

«Venga.»

El tercer tono.

«Deja los putos videojuegos y coge el teléfono de una puta vez.»

Cuarto tono. Alguien descolgó el teléfono.

¿Diga?

8

Alguien llamó cuando estaba en medio de una partida. Seguramente, alguno de sus amigos. Finalmente había aceptado sus peticiones, y saldría esa noche de sábado. Comprarían algunas bebidas y se irían al paseo a beber y olvidar. Se había convencido a sí mismo de que le sentaría bien divertirse un rato y reír como antes. No podía estar de luto por su fracasada relación durante mucho más tiempo. Paró la partida y cogió el estridente aparato. El número le resultaba familiar, pero no acertaba a adivinar a quién pertenecía.

Un escalofrío recorrió su espalda. La terminación le traía recuerdos de cuando pulsaba esas teclas todos los días. ¿Pudiera ser…?

¿Diga? —respondió, después de tragar saliva.

Hola —dijo la voz de ella. Esa voz que hacía tanto que no oía y tanto anhelaba.

Hola.

¿Sabes quién soy? —Parecía seria.

Sí. ¿Qué pasa?

Hay algo realmente serio que quiero preguntarte.

David mantuvo un tono indiferente.

Adelante.

¿Te has tirado a América?

David quedó impactado en un primer momento, y segundos más tarde reaccionó de la única forma en que una persona inocente de una acusación tan seria lo hubiera hecho.

¡¿Qué?! —exclamó, intentando no levantar demasiado la voz para que sus padres no se enteraran.

Fue hacia la puerta y la cerró con sigilo, aunque lo que le hubiera gustado hubiera sido dar un portazo que se oyera en toda la casa.

Lo que has oído.

¿A qué viene esto?

Hemos descubierto algunas cosas sobre América —resumió Natalia—. Mentiras muy graves que ha dicho. Y una de ellas ha sido que pensaba follar contigo. ¿Qué sabes tú de eso?

David resopló. Ya prácticamente había olvidado ese tema. Pasó los dedos por su pelo corto y tomó asiento en el filo de la cama.

No quise decirte nada en su momento porque tenía miedo a que la creyeras a ella antes que a mí.

¿A qué te refieres?

La voz de Natalia era dura, afilada y peligrosa como un cuchillo.

Cuando estábamos juntos, tu amiga se pasó un tiempo hablando conmigo por Internet. Me mandaba mensajes… sugerentes.

La chica frunció el ceño.

¿Me estás diciendo que intentaba ponerte cachondo?

Sí. Y de hecho en más de una ocasión me propuso lo que ya te imaginas, pero obviamente yo le dije que no.

Natalia soltó una risa sarcástica.

No me lo dijiste porque tenías miedo a que la creyera a ella…

Exacto.

Y ¿no será que te lo callaste porque te gustaba? —soltó ella sin pensar.

Pero, ¿quién te crees que soy?

¡Eres el idiota que sabía que a su novia la estaba traicionando una de sus mejores amigas y no dijo nada!

Mira, no tengo ganas de discutir. Hasta luego.

Estaba a punto de colgar cuando oyó su última frase.

Encima, cobarde. Eres tan traidor como ella.

No supo si dejar el teléfono o responderle. Se moría de ganas por decirle lo que pensaba, pero él nunca había poseído una lengua viperina que soltara veneno sin ton ni son. Quizás era hora de empezar a tenerla.

Qué irónico que tú me hables de traición. —Una pausa para ver si respondía, pero Natalia estaba demasiado indignada como para reaccionar—. Adiós.

No quería oírla más. Ella no era la única que se sentía traicionada. Por una vez, tenía que mirar por su propio bien, y no por el de los demás.

9

Supongo que ya sabrás quién soy. Y por si Héctor no te ha hablado de mí, soy SU MUJER.

Ya me enteré de lo que hubo entre ustedes. ¿Cómo te atreviste a inmiscuirte en un matrimonio? Nosotros todavía estamos casados, y tú no eres más que una escuincla que se cruzó en su camino. Será mejor que te alejes. ¿No ves que no puedes ofrecerle nada, niñita estúpida?

¡Deja a MI MARIDO!

Era el mensaje que le había enviado Irene desde su Facebook. Natalia ardía de rabia en su habitación.

«¡Hija de la grandísima puta!», pensaba.

Entre sus brazos apretaba con fuerza un cojín, intentando relajarse antes de responder. Después del día de perros que había pasado, lo menos que le quedaba era paciencia. Primero se había enterado de lo que América había estado haciendo a sus espaldas; después, David se ponía chulo por teléfono; Héctor le había contado lo acontecido en su casa la madrugada pasada; y ahora se encontraba con el mensaje de esa idiota que no se daba por vencida.

Respiró hondo.

Sabía que no debía decirle nada a Héctor hasta haber terminado con aquel asunto. Él era más prudente que ella, y con seguridad le pediría que no le siguiera el juego, pero en esos momentos estaba demasiado encendida como para perder la valiosa oportunidad de escupirle metafóricamente en la cara con sus palabras. ¡Cómo le hubiera gustado estar en ese momento delante de ella y poder hacerlo de verdad!

Respiró hondo un par de veces. Tenía que relajarse. Con la mente fría escribiría algo realmente dañino, pero cabreada como estaba solo conseguiría caer en su juego y darle el gusto. No. Irene debía pensar que ese mensaje no la había afectado lo más mínimo, que ella no la consideraba una rival porque hacía tiempo que estaba fuera de juego.

Soltó el cojín y colocó los dedos sobre el teclado. Lo tenía:

Queridísima Irene:

Claro que te conozco. Héctor y yo nos contamos todo. Es un hombre maravilloso, y sobre todo, sincero. Yo también me he enterado del numerito que le formaste anoche. Muy astuto, pero ¿sabes? Héctor es inteligente, y estaba claro que no iba a caer en tu trampa.

Dime una cosa: si ya sabías que estaba conmigo, ¿por qué te arriesgaste a hacer el ridículo de esa forma? No sé los demás hombres, pero a Héctor no le gusta que las mujeres se arrastren. Después de cuatro años con él, ya deberías saberlo.

Lo siento, cariño, pero él no va a volver contigo, y no es por mí. Aunque yo no existiera, Héctor jamás regresaría a esa relación que no le traía más que dolor. Y mucho menos ahora, que está despegando en el mundo de la literatura. Me pregunto si esa es la razón de tu afán por conquistarlo de nuevo. Ahora él está conmigo, y pronto dejaréis de estar casados. Yo no te lo he quitado. Tú lo perdiste.

Por cierto, tal vez sea una “escuincla estúpida” que no tiene nada que ofrecerle, pero está conmigo. Así que tan mala no debo ser. Una cosa más: ahora él es MI NOVIO, y yo soy SU MUJER. Y tú… no eres nada.

Te mando un saludo desde España.

Natalia.

Enviar.

Natalia sonrió, satisfecha. Había estado a punto de escribir algo como «Deja en paz a mi chico o te sacaré los ojos», o quizás: «Como me vuelva a enterar que le zorreas a mi novio, cuando vaya para México te voy a arrancar los pelos uno a uno», pero había conseguido tranquilizarse y evitar ponerse a su nivel. Estaba segura de que aquello le daría más rabia que una respuesta llena de insultos. Abrió la conversación con Héctor y tecleó, animada.

Tu ex me acaba de mandar un mensaje.

¿Irene? ¿Qué te dijo?

En resumen: que soy una niñita estúpida y que deje en paz a su marido.

No le habrás respondido…, ¿verdad?

Natalia rio como si fuera una niña que acaba de realizar alguna travesura.

Que nadie me toque a MI CHICO.